PIERRE BENOIT, O.P..
PRESENCIA DE CRISTO EN LA EUCARISTA
Les rcits de f Institution et leur porte Lumire et Vie, 31 (1957) 49-76. Si Jess ha instituido la Eucarista, ha sido para que, adems de su espritu, tengamos su cuerpo, que, crucificado y resucitado por nosotros, es la fuente de toda vida nueva. La presencia de su cuerpo entre nosotros se nos da en el tiempo, entre el pasado de la cruz y el futuro de nuestra glorificacin: es una presencia actual. Presencia tambin sensible, es decir, en nuestro mundo espacial. Presencia, fsica y real, gracias a la cual recibimos su cuerpo mismo. Y porque en su cuerpo resucitado, clula del mundo nuevo, encontramos su cuerpo eclesial, es presencia tambin colectiva. Y es que este sacramento contiene el sacrificio de Cristo, que es nuestro propio sacrificio, y que se prolonga en los altares por una presencia permanente.
Presencia actual Las palabras de Cristo: "Haced esto en memoria ma" (Lc 22,19; 1Cor 11,. 24) parecen hablarnos ms bien de un puro recuerdo de su muerte y de la esperanza de reunirnos un da con l. As piensan algunos sectores protestantes. Incluso se ha hablado de una dualidad de fuentes: En Jerusaln se habra celebrado la eucarista como un banquete de alegra por la Resurreccin de Cristo, a quien esperaban en su inminente venida. En las comunidades paulinas, como Corinto, se tratara de un banquete funerario, en el que de un modo misterioso, con cierto parecido con los :ritos msticos helnicos, se lograba una comunicacin con el cuerpo sacrificado de Cristo. De la fusin de estas dos corrientes habran brotado los relatos evanglicos. Pero la exgesis y la teologa se oponen a esta ingeniosa dicotoma. Los dos aspectos se encuentran ya combinados en cada una de las dos fuentes. Pablo dice: "anunciar la muerte del Seora y aade "hasta que l venga". Y en los Hechos de los Apstoles el banquete de alegra de la comunidad jerosolimitana est estrechamente unido al kerygma, cuyo centro son la Cruz y la Resurreccin. Tampoco la teologa autoriza esta divisin: el Cristo del pasado inaugura un tiempo nuevo, de resonancias eternas, como eterno es el designio de Dios. Cristo resucitado ha penetrado en el santuario del cielo, vestido de nuestra carne "para permanecer ahora ante la presencia de Dios en favor nuestro" (Heb 9,24). Este Cristo actual, rico de pasada, posee tambin el porvenir, porque est ya instalado en el estado nuevo y definitivo, al que son llamados los que participan de su salvacin. Slo l (y Mara, gracias al privilegio de su Asuncin) viven plenamente en ese presente escatolgico, en que el pasado y el futuro se hallan en toda su plenitud. Los fieles viven en un estado "anfibio" (doble vida), ya que estando muertos al pecado y resucitados con Cristo, deben sin embargo mantenerse sujetos a la ley del pecado y de la muerte. Estado. paradjico: "Estis muertos... morid, pues..." (Col 3,3.5). Precisamente la eucarista, sacramento central, nos introduce en el presente de la salvacin realizada y nos la apropia. Por la eucarista comunicamos en el sacrificio tal como Cristo, despus de haberlo ofrecido "de una vez para siempre", lo ofrece actualmente y siempre.
PIERRE BENOIT, O.P.. Presencia sensible No nos bastara un contacto meramente espiritual con Cristo, a travs de la fe y de la Palabra? As piensan los que deprecian prcticamente el orden sacramental. Pero esto no es human. El hombre es un ser sensible; su alma habita en un cuerpo. Para afectarle hay que impresionar cuerpo y alma. Incluso la palabra tiene algo sensible. Son los sonidos los que expresan las ideas, y a la palabra la acompaan gestos expresivos u objetos simblicos. Dios, que conoce la estructura humana, se adapta a ella. Por eso abundan en el AT los "tipos", que expresan de modo humano la salvacin: la sangre del cordero pascual, las tablas de la ley escritas por la mano misma de Dios,, la, serpiente de bronce... Jess, que es l mismo la mayor expresin de la proximidad sensible de Dios, actu tambin as: imgenes, parbolas, curaciones por medio de objetos humildes... Lo cual quiere decir que cuando toma el pan y el vino para expresar la presencia permanente de su sacrificio, lo hace con el fin de hacernos esta presencia sensible, tangible, impresionante. Palabras, pan y vino darn al hombre una posesin ms completa del don que se le da.
Presencia fsica El pan y el vino no son meros smbolos. Son real, aunque misteriosamente, el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Para probarlo no basta acudir a las palabras de Cristo: "ste es mi cuerpo", "sta es mi sangre", ya que Jess las pronunci en arameo, lengua que no expresa la cpula. Adems, esta cpula, aun sobreentendida, no incluye necesariamente una identidad real. As, por ejemplo, en: "el que siembra el buen grano es el hijo del hombre; el campo es el mundo... " (Mt 13,37-38), el verbo "ser" es sinnimo de "significar", "representar". No podra decirse paralelamente "esto representa mi cuerpo", etc...? El valor de expresin simblica que tienen en s el pan y el vino, no basta para explicar su utilizacin. En toda parbola se aclara una idea abstracta o una realidad ausente por una imagen concreta o una realidad presente: semilla, tesoro, levadura... ayudan a percibir las realidades misteriosas del Reino de Dios. Pero el pan y el vino, cmo pueden hacer mas comprensible una realidad tan inmediata como el sacrificio del cuerpo y sangre de Cristo? En nuestro caso, la muerte de Cristo es la que nos da el sentido del pan y del vino. Y es que el pan y el vino no son primordialmente smbolos para el alma, sino alimentos para el cuerpo. Lo que nos dan no es una enseanza, sino una realidad tan concreta como el cuerpo y la sangre del Seor. Porque la salvacin de Cristo interesa al cuerpo tanto como al alma: idea esta que no siempre ha quedado suficientemente subrayada por culpa de una herencia platnica, poco acorde con la antropologa bblica. En sta el cuerpo no es un compaero accidental e intrnsecamente malo. Es un elemento esencial y bueno como el alma. El pecado le ha afectado a l tanto como al alma, porque los ha separado, produciendo un desorden interior. La muerte consumar esta separacin. Es nuestro lenguaje el que nos hace hablar de una y de otro como de dos componentes distintos. En el pensamiento semtico y bblico,, el hombre es su alma y el hombre es su cuerpo: son dos aspectos complementarios e inseparables de un mismo ser concreto.
PIERRE BENOIT, O.P.. Esta mentalidad semtica, y no la griega, es esencial para comprender la Encarnacin, la Redencin y ulteriormente el orden sacramental. El Verbo ha tomado un cuerpo humano, no slo para actuar sensiblemente entre los hombres, sino para re-crear al hombre entero, cuerpo y alma. Todo l es afectado por la Resurreccin de Cristo. Alma y cuerpo de los fieles son unidos a los de Cristo para tomar parte en su "paso o de la muerte a la vida. La gracia de Cristo es su vida concreta tal y como se despliega en su cuerpo y en su alma glorificados; y tal como la expande en el alma y cuerpo de los que se unen a l. Los sacramentos son los medios sensibles y fsicos de sembrar su gracia en el hombre. La salvacin se opera por la fe y por los sacramentos de la fe. En almas descarnadas habra bastado con sola la fe; pero slo se puede llegar al hombre, si se impresiona tambin en su nivel sensible al cuerpo, soporte del alma. No se trata aqu de un medio de expresin, como en las parbolas, sino de hacer pasar la vida nueva, recreada y pura del cuerpo resucitado de Cristo a la contaminada carne del pecador. Es, pues, preciso un contacto diferente al del espritu, un contacto corporal, de orden fsico, que obra segn su modo peculiar. Y este contacto, por su misma naturaleza, no est al alcance de la inteligencia; se deja ms bien experimentar que definir, sin ser por eso menos real e indispensable. Esto, que sucede en todos los sacramentos, en la eucarista se verifica por la asimilacin del alimento, un alimento que es verdadera carne y sangre de Cristo.
Presencia real No cabe duda que los primeros cristianos, y ante todo los primeros telogos, san Pablo y san Juan, lo entendieron as (1Cor 11,27-29; Jn 6,53-56). Este realismo no ha y que interpretarlo como un materialismo grosero. El sacramento no es nada sin la fe, y la carne de Cristo nada sera sin el Espritu que la habita. Jess mismo lo dice: "Es el Espritu el que vivifica; la carne no sirve de nada" (Jn 6,63). El cuerpo de Cristo, de que debemos revestirnos (1Cor 15,49) y que es portador de vida, es su cuerpo "espiritual" o "pneumtico "; pero este cuerpo, aunque no es el "terrestre" o "psquico", recibido de Adn y crucificado, no es ms que ste mismo que ha pasado de la corrupcin a la incorrupcin, de la debilidad a la fuerza, -de la ignominia a la glora (1Cor 15,42-43), pero que sigue siendo real y que se ha dejado tocar (Lc 24,39-40; Jn 20,27): as se encuentra en el pan en que se nos comunica. "Cmo es esto posible" podemos decir con Nicodemo. Es un misterio de fe, que creemos porque creemos en la Palabra del Seor. Si l quiere, puede hacer que este pan nos d realmente su cuerpo. Sus palabras no son un enunciado, sino una decisin, un decreto que confiere al pan y al vino un valor que antes no tenan. El presidente del banquete pascual confera a ciertos alimentos una plusvala real, de modo que los convidados, al comerlos, se unan verdaderamente a la liberacin pasada y perciban sus frutos. La eficacia de las palabras de Jess es mucho mayor, porque el objeto de la conmemoracin es de un orden totalmente nuevo. Este objeto no es lo accesorio a la intervencin divina (hierbas amargas, cordero pascual); sino lo esencial, la realidad misma del sacrificio que ha rescatado al mundo y que, al renovarse realmente, influye an en los cuerpos de los comensales. Es posible reducir este misterio a categoras ms racionales? La Iglesia ha aceptado el trmino filosfico de "transubstanciacin"; pero no cabe duda de que todas estas
PIERRE BENOIT, O.P.. nociones filosficas son tambin algo misteriosas. Lo que en definitiva quieren decir es que el pan y el vino consagrados por la palabra de Cristo conservan de alguna manera su ser antiguo, pero que reciben un ser ms profundo, que proviene del mundo nue vo y que hace caduco lo antiguo. Este nuevo ser, perteneciente a la era escatolgica como todo el orden sacramental, es el ser del cuerpo de Cristo muerto y resucitado. El enunciado dogmtico tradicional est formulado segn una filosofa de las naturaleza s, que tiene su valor; es lcito, no obstante, repensarlo y profundizarlo en funcin del pensamiento bblico, mejor conocido hoy da, que se ocupa ms bien de la existencia y del paso de la era antigua de pecado y muerte, a la era de la salvacin y la vida. Este paso, que Jess ha hecho primero en persona, lo obr ahora en el pan y en el vino; para. realizarlo as en los que los reciben con fe.
Presencia colectiva Al recibir a Cristo, no le recibimos a l solo. Por designio de Dios, lleva consigo toda la humanidad, de la que es nueva cabeza. Al revestirse de nuestro "cuerpo de carne", haba asumido toda la raza del primer Adn, extraviada por el pecado, para castigarla en la cruz en su propia persona, y as reconciliarla con el, Padre (Col 1,22). Cuando resucit como segundo Adn re-creado por Dios, toda la humanidad nueva sale con l del sepulcro como una raza regenerada, justa y santa (Rom 5,12-19; 1Cor 15,45-49; Ef 4,22-24). Todo lo separado por el pecado es juntado por l. Los pecadores no slo estn reconciliados con Dios, sino tambin entre s mismos (Ef 2,14-16). Entendido con el realismo concreto de la Encarnacin, esto quiere decir que la humanidad de Cristo, su alma y su cuerpo, son el nuevo molde en el que Dios ha refundido su obra, son la arcilla de su mueva criatura": En l se encuentran todos los salvados estrechamente unidos. Pero esta nueva creacin se encuentra en Cristo realizada slo de modo germinal. Es preciso que su alma y su divinidad toquen por medio de su cuerpo el cuerpo y el alma de los que salva. De este modo los "Incorporan a s, hacindolos "miembros" de su cuerpo. Los cristianos son los miembros de Cristo porque su unin a l vincula sus cuerpos a su Cuerpo dentro de una misma vida resucitada, oculta para ellos, pero realsima (Col 3,1-4). Y como este sacramento nos da el cuerpo de Cristo, nos une por lo mismo a todos los hermanos que l lleva consigo. "El pan que partimos, no es la comunin en el cuerpo de Cristo? Y como no hay ms que un pan, todos nosotros formamos un solo cuerpo, porque todos participamos de este nico pan" (1Cor 10,16-17). Este cuerpo eucarstico fue el primero en ser llamado "cuerpo mstico", y por consumar la unin de los cristianos con Cristo y entre si, se aplic pronto esta expresin a la Iglesia. Con razn se llama a la Eucarista sacramento de la caridad. Por ella se establecen entre nosotros lazos de comunin sobre la base fsica de nuestros cuerpos; lo cual posibilita ese misterioso, intercambio, en el que el sufrimiento y la muerte de uno pueden pagar por su hermano.
PIERRE BENOIT, O.P.. Sacrificio de la Iglesia y presencia permanente Con lo dicho queda claro que la Misa renueva sobre el altar el sacrificio de la Cruz. Pero se puede decir que la misa aade algo al sacrificio de la Cruz? Eso nos reprochan los protestantes; veamos por qu su reproche no es justificado. Est claro que en un sentido la Misa no aade nada a la Cruz. A diferencia de los sacrificios de la antigua alianza, que deban renovarse a causa de su insuficiencia, Cristo sufri "de una vez para siempre", al fin de los tiempos... para abolir el pecado por su sacrificio (Heb 9,26). Pero hay una orden del Maestro de que la Iglesia renueve este sacrificio, evidentemente no al modo judo. Por ello es legtimo afirmar que la misa aade algo a la Cruz, y esto de dos maneras. Primero, porque aplica el mrito infinito del sacrificio de la Cruz a las diversas circunstancias de lugar y de tiempo. Nada se aade a la accin y a la voz de Cristo, si no es la accin y la voz de sus ministros, que slo tienen valor porque l se vale de ellos para influir en nosotros. Adems, se aade al sacrificio de Cristo la ofrenda de la Iglesia, sacerdotes y fieles, que contribuyen con su cooperacin humana. Porque l ha querido aplicarles .los frutos de su sacrificio. valindose de la cooperacin de ellos mismos; por ms que sta misma cooperacin, respuesta activa del salvado a su Salvador, reciba todo su valor de l. Este es el significado de la ofrenda que se hace en la misa: Cristo incorpora a su sacrificio los sacrificios simbolizados por los humildes dones del pan y del vino. Una vez ms la condescendencia divina en el plan de salvacin se. patentiza aqu de modo fulgurante. Con qu derecho podramos despreciar esta riqueza teolgica, apoyados en no s que afn mal entendido de salvaguardar la trascendencia y autonoma divinas? Finalmente, aunque es cierto que el cuerpo y la sangre de Cristo nos son dados en el acto de su sacrificio, no son medios efmeros de expresin, como pretenden los protestantes, que admiten slo una presencia momentnea, ms o menos simblica. Cristo les da un ser nuevo, que mana de la era escatolgica y tiene por eso su permanencia. La parte que conservan del mundo antiguo impide al sacramento revestir plenamente la perennidad escatolgica: por la corrupcin o acabamiento del soporte caduco del pan y del vino, cesa la presencia del cuerpo y la sangre. Cristo ha regalado a su Iglesia esta presencia y la ha encargado de su administracin: las variedades litrgicas tienen aqu su fundamento. Y por eso ha podido la Iglesia tambin implantar desde siempre la costumbre de la santa reserva: costumbre plenamente justificada por su fe en la presencia permanente. El Seor permanece as siempre entre nosotros y esto es fuente de fuerza espiritual para innumerables cristianos. Slo es preciso no olvidar que la hostia reservada en el sagrario es la misma hostia de la misa, es decir, la hostia de la cena y de la cruz. Porque este pan y este vino son el alimento en que Cristo ha depositado la virtud de su sacrificio; para tener la vida necesitamos comerlo. Tradujo y extract: JOS M. GARCA DE MADARIAGA