Cosmovisión Realista
Lazarillo de Tormes, Anónimo.
Prólogo.
Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas ni vistas vengan a
noticia de muchos y no
se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que
le agrade, y a los que no
ahondaren tanto los deleite. Y a este propósito dice Plinio que «no hay libro, por malo que
sea, que no tenga alguna
cosa buena». Mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro
se pierde por ello, y así
vemos cosas tenidas en poco de algunos que de otros no lo son. Y esto para que ninguna
cosa se debría romper ni
echar a mal, si muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente
siendo sin perjuicio y
pudiendo sacar de ella algún fruto. Porque, si así no fuese, muy pocos escribirían para uno
solo, pues no se hace sin
trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean
y lean sus obras y, si hay
de qué, se las alaben. Y a este propósito dice Tulio: «La honra cría las artes».
¿Quién piensa que el soldado que es primero del escala tiene más aborrecido el vivir? No,
por cierto, mas el
deseo de alabanza le hace ponerse al peligro; y, así, en las artes y letras es lo mismo.
Predica muy bien el presentado
y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten a su merced si le
pesa cuando le dicen:
«¡Oh, qué maravillosamente lo ha hecho Vuestra Reverencia!». Justó muy ruinmente el
señor don Fulano y dio el
sayete de armas al truhán porque le loaba de haber llevado muy buenas lanzas: ¿qué
hiciera si fuera verdad?
Y todo va de esta manera; que, confesando yo no ser más santo que mis vecinos, de esta
nonada que en este
grosero estilo escribo no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que
en ella algún gusto
hallaren, y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades.
Suplico a Vuestra Merced reciba el pobre servicio de mano de quien lo hiciera más rico si su
poder y deseo se
conformaran. Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso,
pareciome no tomalle
por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona; y también
porque consideren los que
heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y
cuánto más hicieron los que,
siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron a buen puerto.
TRATADO PRIMERO: Cuenta Lázaro su vida, y cúyo hijo fue.
Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de
Tomé González y de
Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río
Tormes, por la cual causa
tomé el sobrenombre, y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de
proveer una molienda de
una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y
estando mi madre una noche
en la aceña, preñada de mí, tomole el parto y pariome allí. De manera que con verdad me
puedo decir nacido en el
río.
Pues siendo yo niño de ocho años achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los
costales de los que
allí a moler venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padeció persecución por
justicia. Espero en Dios que
está en la Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta
armada contra moros,
entre los cuales fue mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho,
con cargo de acemilero de
un caballero que allá fue, y con su señor, como leal criado, feneció su vida.
Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos,
por ser uno de ellos, y
vínose a vivir a la ciudad y alquiló una casilla, y metíase a guisar de comer a ciertos
estudiantes y lavaba la ropa a
ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue
frecuentando las caballerizas.
Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban vinieron en conocimiento.
Éste algunas noches se
venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de día llegaba a la puerta, en
achaque de comprar huevos, y
entrábase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo
el color y mal gesto que tenía, mas de que vi que su venida mejoraba el comer fuile
queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de
carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos.
De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito
muy bonito, el cual yo
brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que estando el negro de mi padrastro
trebejando con el mozuelo, como
el niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre y
señalando con el dedo decía:
—¡Madre, coco! Respondió él riendo:
—¡Hideputa!
Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mí:
«¡Cuántos debe de haber en
el mundo que huyen de otros porque no se veen a sí mismos!».
Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del
mayordomo, y, hecha
pesquisa, hallose que la mitad por medio de la cebada que para las bestias le daban
hurtaba, y salvados, leña,
almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas; y cuando otra
cosa no tenía, las bestias
desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos
maravillemos de un clérigo ni de un
fraile porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de
otro tanto, cuando a un
pobre esclavo el amor le animaba a esto.
Y probósele cuanto digo y aun más, porque a mí con amenazas me preguntaban, y, como
niño, respondía y
descubría cuanto sabía, con miedo: hasta ciertas herraduras que por mandato de mi madre
a un herrero vendí. Al
triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el
acostumbrado
centenario, que en casa del sobredicho comendador no entrase ni al lastimado Zaide en la
suya acogiese.
Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia, y, por evitar
peligro y quitarse de
malas lenguas, se fue a servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana; y allí,
padeciendo mil
importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí hasta ser
buen mozuelo, que iba a los
huéspedes por vino y candelas y por lo demás que me mandaban.
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para
adestralle, me pidió a mi
madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por
ensalzar la fe había
muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi
padre, y que le rogaba me
tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él le respondió que así lo haría y que me
recibía, no por mozo, sino
por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la
ganancia a su contento,
determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos
llorando, me dio su
bendición y dijo:
—Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con
buen amo te he puesto:
válete por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca, y, llegando a la
puente, está a la
entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandome que
llegase cerca del animal y,
allí puesto, me dijo:
—Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra,
afirmó recio la mano
y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de
la cornada, y díjome:
—Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
—Y rio mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido
estaba. Dije entre mí:
«Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me
sepa valer».
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza; y como me viese
de buen ingenio,
holgábase mucho y decía: —Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir
muchos te mostraré.
—Y fue así, que, después de Dios,
éste me dio la vida y, siendo ciego, me alumbró y adestró en la carrera de vivir.
Huelgo de contar a Vuestra Merced estas niñerías, para mostrar cuánta virtud sea saber los
hombres subir
siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio.
Pues, tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, Vuestra Merced sepa que,
desde que Dios crió el
mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz. En su oficio era un águila. Ciento y tantas
oraciones sabía de coro. Un
tono bajo, reposado y muy sonable, que hacía resonar la iglesia donde rezaba; un rostro
humilde y devoto, que con
muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos,
como otros suelen hacer.
Allende de esto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero. Decía saber
oraciones para muchos y diversos
efectos: para mujeres que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran
malcasadas, que sus maridos
las quisiesen bien. Echaba pronósticos a las preñadas, si traía hijo o hija. Pues en caso de
medicina decía que Galeno
no supo la mitad que él para muelas, desmayos, males de madre. Finalmente, nadie le
decía padecer alguna pasión
que luego no le decía:
—Haced esto, haréis estotro, coged tal yerba, tomad tal raíz.
Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto les decían
creían. De éstas sacaba
él grandes provechos con las artes que digo y ganaba más en un mes que cien ciegos en
un año.
Mas también quiero que sepa Vuestra Merced que, con todo lo que adquiría y tenía, jamás
tan avariento ni
mezquino hombre no vi, tanto, que me mataba a mí de hambre y a sí no se demediaba de lo
necesario. Digo verdad:
si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de
hambre. Mas, con todo su
saber y aviso, le contraminaba de tal suerte, que siempre o las más veces me cabía lo más
y mejor. Para esto, le hacía
burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque no todas a mi salvo.
Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo que por la boca se cerraba con
una argolla de hierro y
su candado y llave; y al meter de las cosas y sacallas, era con tanta vigilancia y tan por
contadero, que no bastara todo
el mundo a hacerle menos una migaja. Mas yo tomaba aquella laceria que él me daba, la
cual en menos de dos
bocados era despachada. Después que cerraba el candado y se descuidaba pensando que
yo estaba entendiendo en
otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del un lado del fardel descosía y
tornaba a coser, sangraba el
avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y longaniza. Y
así buscaba conveniente
tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba.
Todo lo que podía sisar y hurtar traía en medias blancas, y cuando le mandaban rezar y le
daban blancas, como
él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía
lanzada en la boca y la media
aparejada, que, por presto que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la
mitad del justo precio.
Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca
entera, y decía:
—¿Qué diablo es esto, que después que conmigo estás no me dan sino medias blancas, y
de antes una blanca y
un maravedí hartas veces me pagaban? En ti debe estar esta desdicha.
También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, porque me tenía
mandado que, en yéndose el
que la mandaba rezar, le tirase por cabo del capuz. Yo así lo hacía. Luego él tornaba a dar
voces, diciendo: «¿Mandan
rezar tal y tal oración?», como suelen decir.
Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino, cuando comíamos. Yo muy de presto le asía y daba
un par de besos
callados y tornábale a su lugar. Mas turome poco, que en los tragos conocía la falta y, por
reservar su vino a salvo,
nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido. Mas no había piedra
imán que así trajese a sí
como yo con una paja larga de centeno que para aquel menester tenía hecha, la cual,
metiéndola en la boca del jarro,
chupando el vino lo dejaba a buenas noches. Mas, como fuese el traidor tan astuto, pienso
que me sintió y dende en
adelante mudó propósito y asentaba su jarro entre las piernas y atapábale con la mano y así
bebía seguro.
Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me
aprovechaba ni valía,
acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente, con una
muy delgada tortilla de cera, taparlo; y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame
entre las piernas del triste ciego a calentarme en
la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor de ella luego derretida la cera, por ser muy
poca, comenzaba la
fuentecilla a destillarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se
perdía. Cuando el pobreto
iba a beber, no hallaba nada, espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no
sabiendo qué podía ser.
—No diréis, tío, que os lo bebo yo —decía—
, pues no le quitáis de la mano.
Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla, mas así lo
disimuló como si no lo
hubiera sentido. Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando
en el daño que me
estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, senteme como solía. Estando recibiendo
aquellos dulces tragos, mi
cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió
el desesperado ciego que
agora tenía tiempo de tomar de mí venganza, y con toda su fuerza alzando con dos manos
aquel dulce y amargo
jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera
que el pobre Lázaro, que de
nada de esto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso,
verdaderamente me pareció que el
cielo con todo lo que en él hay me había caído encima.
Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los
pedazos de él se me
metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los
cuales hasta hoy día me
quedé. Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y, aunque me quería y regalaba y me
curaba, bien vi que se había
holgado del cruel castigo. Lavome con vino las roturas que con los pedazos del jarro me
había hecho, y sonriéndose
decía:
—¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud.
—Y otros donaires, que a mi gusto no lo eran.
Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que, a pocos
golpes tales, el cruel
ciego ahorraría de mí, quise yo ahorrar de él; mas no lo hice tan presto, por hacello más a
mi salvo y provecho. Y
aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo, no daba lugar el
maltratamiento que el mal ciego
desde allí adelante me hacía, que sin causa ni razón me hería, dándome coxcorrones y
repelándome. Y si alguno le
decía por qué me trataba mal, luego contaba el cuento del jarro, diciendo:
—¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara otra tal
hazaña.
Santiguándose los que lo oían, decían:
—¡Mirá quién pensara de un mochacho tan pequeño tal ruindad! Y reían mucho el artificio y
decíanle:
—Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis.
—Y él, con aquello, nunca otra cosa hacía.
Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y adrede, por le hacer mal y daño,
si había piedras, por
ellas; si lodo, por lo más alto. Que, aunque yo no iba por lo más enjuto, holgábame a mí de
quebrar un ojo por
quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto, siempre con el cabo alto del tiento me atentaba
el colodrillo, el cual
siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos. Y aunque yo juraba no lo hacer
con malicia, sino por no
hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía, mas tal era el sentido y el grandísimo
entendimiento del
traidor.
Y porque vea Vuestra Merced a cuánto se extendía el ingenio de este astuto ciego, contaré
un caso de muchos
que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia.
Cuando salimos de Salamanca,
su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la gente más rica, aunque no muy
limosnera. Arrimábase a
este refrán: «Más da el duro que el desnudo». Y venimos a este camino por los mejores
lugares. Donde hallaba
buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no, a tercero día hacíamos San Juan.
Acaeció que, llegando a un lugar que llaman Almorox al tiempo que cogían las uvas, un
vendimiador le dio un
racimo de ellas en limosna. Y como suelen ir los cestos maltratados, y también porque la
uva en aquel tiempo está
muy madura, desgranábasele el racimo en la mano: para echarlo en el fardel, tornábase
mosto, y lo que a él se
llegaba. Acordó de hacer un banquete, así por no lo poder llevar como por contentarme, que
aquel día me había
dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar y dijo: —Agora quiero yo usar
contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas y que hayas de
él tanta parte como yo. Partillo hemos de esta manera: tú picarás una vez y yo otra, con tal
que me prometas no
tomar cada vez más de una uva.
Yo haré lo mismo hasta que lo acabemos, y de esta suerte no habrá engaño.
Hecho así el concierto, comenzamos, mas luego al segundo lance, el traidor mudó de
propósito y comenzó a
tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba
la postura, no me
contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos y tres a tres y como podía
las comía. Acabado el
racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo:
—Lázaro, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.
—No comí —dije yo—
, más ¿por qué sospecháis eso? Respondió el sagacísimo ciego:
—¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.
—Reíme entre mí y,
aunque mochacho, noté mucho la discreta consideración del ciego.
Mas, por no ser prolijo, dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que con
este mi primer amo
me acaecieron, y quiero decir el despidiente y con él acabar.
Estábamos en Escalona, villa del duque de ella, en mesón, y diome un pedazo de longaniza
que le asase. Ya que
la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí de la bolsa y
mandó que fuese por él de vino
a la taberna. Púsome el demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir,
hace al ladrón; y fue que
había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que por no ser para la olla
debió ser echado allí. Y
como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso,
habiéndome puesto dentro el
sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando qué
me podría suceder,
pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa
el dinero, saqué la
longaniza y muy presto metí el sobredicho nabo en el asador. El cual, mi amo, dándome el
dinero para el vino, tomó y
comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser cocido por sus deméritos
había escapado.
Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y cuando vine hallé al
pecador del ciego que
tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aún no había conocido, por no lo haber
tentado con la mano.
Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando también llevar parte de la
longaniza, hallose en frío con el
frío nabo. Alterose y dijo:
—¿Qué es esto, Lazarillo?
—¡Lacerado de mí —dije yo—
, si queréis a mí echar algo! ¿Yo no vengo de traer el vino? Alguno estaba ahí y por
burlar haría esto.
—No, no —dijo él—
, que yo no he dejado el asador de la mano, no es posible.
Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio, mas poco me
aprovechó, pues a las
astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantose y asiome por la cabeza y llegose
a olerme, y como debió
sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran
agonía que llevaba,
asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía
la nariz, la cual él tenía
luenga y afilada, y a aquella sazón, con el enojo, se había aumentado un palmo, con el pico
de la cual me llegó a la
gulilla. Con esto y con el gran miedo que tenía y con la brevedad del tiempo, la negra
longaniza aún no había hecho
asiento en el estómago; y lo más principal: con el destiento de la cumplidísima nariz medio
casi ahogándome, todas
estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo
fuese vuelto a su dueño. De
manera que antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi
estómago, que le dio con el
hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra mal maxcada longaniza a un tiempo salieron
de mi boca.
¡Oh gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el
coraje del perverso
ciego, que si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de entre
sus manos, dejándoselas
llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la
garganta. Y esto bien lo
merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones. Contaba el mal ciego a
todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez así de la del
jarro como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande, que
toda la gente que por la calle
pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis
hazañas, que, aunque yo estaba
tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no se las reír. Y en cuanto
esto pasaba, a la memoria
me vino una cobardía y flojedad que hice, por que me maldecía: y fue no dejalle sin narices,
pues tan buen tiempo
tuve para ello, que la mitad del camino estaba andado, que con sólo apretar los dientes se
me quedaran en casa, y,
con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la
longaniza, y, no pareciendo
ellas, pudiera negar la demanda. Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así
que así.
Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y con el vino que para beber le
había traído laváronme la
cara y la garganta. Sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:
—Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año que yo bebo en
dos. A lo menos,
Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el
vino mil te ha dado la vida.
—Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y arpado la cara y con vino luego
sanaba.
—Yo te digo —dijo— que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que
serás tú.
—Y reían
mucho los que me lavaban, con esto, aunque yo renegaba.
Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo
de aquel hombre, que
sin duda debía tener espíritu de profecía, y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque
bien se lo pagué,
considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como adelante Vuestra Merced
oirá.
Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle,
y como lo traía
pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmelo más. Y fue así
que luego otro día salimos
por la villa a pedir limosna y había llovido mucho la noche antes; y porque el día también
llovía, y andaba rezando
debajo de unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojábamos, mas como
la noche se venía y el
llover no cesaba, díjome el ciego:
—Lázaro, esta agua es muy porfiada y cuanto la noche más cierra, más recia. Acojámonos
a la posada con
tiempo.
Para ir allá habíamos de pasar un arroyo, que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:
—Tío, el arroyo va muy ancho, mas, si queréis, yo veo por donde travesemos más aína sin
nos mojar, porque se
estrecha allí mucho y saltando pasaremos a pie enjuto.
Pareciole buen consejo y dijo:
—Discreto eres, por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el arroyo se
ensangosta, que agora es
invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.
Yo que vi el aparejo a mi deseo, saquele de bajo de los portales y llevelo derecho de un pilar
o poste de piedra
que en la plaza estaba, sobre el cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y
díjele:
—Tío, éste es el paso más angosto que en el arroyo hay.
Como llovía recio y el triste se mojaba, y con la prisa que llevábamos de salir del agua que
encima nos caía, y lo
más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme de él
venganza), creyóse de mí y
dijo:
—Ponme bien derecho y salta tú el arroyo.
Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste, como
quien espera tope
de toro, y díjele:
—¡Sus! Saltá todo lo que podáis, porque deis deste cabo del agua.
Aun apenas lo había acabado de decir, cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón y
de toda su fuerza
arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza
en el poste, que sonó tan
recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás medio muerto y hendida
la cabeza.
—¿Cómo, y olistes la longaniza y no el poste? ¡Olé! ¡Olé! —le dije yo.
Y déjole en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer y tomo la puerta de la villa en
los pies de un trote,
y antes que la noche viniese di conmigo en Torrijos. No supe más lo que Dios de él hizo ni
curé de lo saber.