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Viaje de autodescubrimiento personal

El documento narra la historia de Diana, una joven que decide dejar de lado las expectativas de su familia y emprender un viaje a Santa Helena en lugar de asistir a la Universidad de Stanford. A lo largo de la narrativa, se exploran sus relaciones familiares, especialmente con su madrastra Bianca, y su amistad con Ryan, quien se convierte en su primer amor. La historia se desarrolla en un contexto de autodescubrimiento y la búsqueda de la felicidad personal.

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Viaje de autodescubrimiento personal

El documento narra la historia de Diana, una joven que decide dejar de lado las expectativas de su familia y emprender un viaje a Santa Helena en lugar de asistir a la Universidad de Stanford. A lo largo de la narrativa, se exploran sus relaciones familiares, especialmente con su madrastra Bianca, y su amistad con Ryan, quien se convierte en su primer amor. La historia se desarrolla en un contexto de autodescubrimiento y la búsqueda de la felicidad personal.

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Un viaje inolvidable

R. R. Days
Título: Un viaje inolvidable

© Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las


leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita del autor, la
reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o
procedimiento, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u
otros, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo al
público. La infracción de los derechos mencionados puede ser constituida en
delito contra la propiedad intelectual.

© R. R. Days
Primera Edición, mayo 2019
Dedicatoria

A mi yo del pasado, la que tardó treinta y tres años en descubrir, que lo


importante en esta vida, no es hacer lo que los demás esperan que hagas, sino
hacer lo que te hace feliz.
A todas las personas que se encuentran en la misma situación, la vida es
demasiado corta para vivir buscando la aprobación de los demás. Sé feliz.
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Final
Epílogo
Agradecimientos
Capítulo 1
No se giró a mirar a los suyos cuando subió a su coche, luego de un
profundo suspiro. No podía, porque se había jurado a sí misma, que ya nunca
más dejaría que la opinión de los demás influyera en sus decisiones y estaba
casi segura de que vería algo de decepción en el rostro de su familia, en
especial en Bianca, su controladora madrastra.
Para entender por qué Diana —luego de despedirse del que fue su hogar
por casi veinte años— estaba a punto de partir rumbo a Santa Helena y no
hacia la prestigiosa Universidad de Stanford, como estaba planeado, debemos
regresar un año atrás, exactamente en las mismas fechas.
El verano iniciaba con intensidad en el colorido Álamo Square de la
ciudad de San Francisco y era normal que los habitantes del tranquilo barrio
recurrieran a las albercas, y a frescas jarras de limonadas para combatir el
calor. Algunos jóvenes barullentos tejían las calles, montados en sus
bicicletas, mientras que, en la soledad de su habitación, una joven que
refunfuñaba entre dientes, su descontento con esa fecha en particular.
Era el décimo aniversario de bodas del padre de Diana y su antipática
madrastra, Bianca, y la joven hubiese preferido estar en casa de alguno de sus
mejores amigos, antes que estar escogiendo la ropa más «adecuada» para la
cena que ofrecería el matrimonio para sus escasos familiares y algunos
colegas de la Universidad de Stanford.
Miró hacia la ventana que daba a la casa del vecino y se acercó a observar
si había indicios de que alguien estuviera en ella. Las luces permanecían
apagadas, eso significaba que Ryan aún debía estar de compras con sus
padres. Resopló desganada y tomó un vestido con flores amarillas y tirantes
finos en los hombros. Frunció la nariz y tomó otro muy parecido, pero con
pequeñas rosas sobre un fondo azul marino y un moño en el pecho.
Ese parecía perfecto, incluso combinaría con sus sandalias favoritas. Lo
bajó de nuevo y levantó su corto cabello para probar cómo le quedaría si lo
recogía, y no es que pudiera subirlo mucho, ya que éste no sobrepasaba su
hombro. Lo intentó varias veces, hasta que por fin lo consiguió. Se colocó un
poco de rubor en las mejillas y un discreto brillo en los labios.
A pesar de tener casi dieciocho años, su cuerpo no colaboraba mucho. Era
delgada y sus pechos aún no terminaban de decidirse, si salían o no. Por lo
menos, su cintura hacía una perfecta armonía con sus caderas y evitaba que
pareciera un chico.
Oyó unos leves golpes en la puerta y se sobresaltó. No había terminado de
prenderse el vestido y con su sujetador todavía a la vista, sintió alivio al
percatarse de que se trataba de Bianca, quien, a pesar de no ser muy del
agrado de la joven, había sido lo más parecido a una madre que tenía y, tal
vez, era una de las únicas personas que la había visto con poca ropa.
—Pronto empezarán a llegar los invitados —anunció, caminando con sus
altísimos tacones, la elegante mujer. Diana la miró —disimuladamente— a
través del espejo y se preguntó si alguna vez se vería tan espectacular como
ella. Era toda una diva italiana, con esa piel ligeramente tostada y el pelo
ondulado, el cual, le llegaba hasta la mitad de la espalda.
—No me decidía por cuál vestido ponerme —se disculpó, como si
necesitara justificar su retraso. La mujer se apartó un poco y, apretando los
labios, ladeó la cabeza mientras observaba el resultado. La miró de cabeza a
los pies y se acercó a arreglarle el pelo.
—Perfecto, como debe ser —murmuró, luego de colocar una horquilla con
brillantes para sujetarle un obstinado mechón que no quedaba en su lugar.
De pronto, un torbellino entró a la habitación —con su estridente voz— a
avisar que, efectivamente, empezaron a llegar los invitados. Por poco y
atropella a su madre, quien iba de salida.
Rachelle tenía unos nueve años y era el polo opuesto de su hermana. Era
de las que hacía notar su presencia y su personalidad avasalladora a donde
iba, a diferencia de Diana, quien prefería siempre mantener un perfil bajo y
hacer lo que todos esperaban que hiciera, sin discutir.
—Ryan acaba de llegar a su casa. Qué pena que no haya sido invitado —
murmuró apenada, con los brazos cruzados—. Es tan guapo... y simpático.
Diana se giró rápidamente a mirar y, efectivamente, las luces de su
habitación se encendieron en ese momento. Se apresuró a llegar hasta la
ventana y agitó la mano para llamar la atención del apuesto joven, que dejaba
algo sobre una mesa. Éste achinó los ojos al verla y se paró muy cerca, como
para poder oírla.
—Te ves muy linda —mencionó al verla más de cerca. Ella sonrió de
costado y bajó la mirada por unos segundos. Ryan era muy sincero —
demasiado, a veces—, de los que no temían decirle cosas así a las chicas. Tal
vez eso le había servido para convertirse en el chico más popular de toda la
escuela.
—Hace rato que te espero. Quería decirte algo... —dijo, haciendo una
mueca de disculpa. Se giró a mirar a su pequeña hermana y, como no se
movía, prefirió callar. Iba a decir que prefería ir a su casa que estar en esa
aburrida cena, pero, aunque amaba a su hermana mayor, Rachelle también
amaba a su madre. —No duermas temprano, más tarde te busco.
El joven asintió, con el ceño levemente fruncido y una sonrisa de costado.
Debía estar preguntándose de qué se trataba, pero, podía resistir hasta que ella
lo buscara, como cada vez que necesitaba conversar con su mejor amigo. Se
conocían desde niños y sus vidas habían estado siempre unidas, así que no
era para nada raro que, tanto Jackson —su padre—, como Bianca, esperaran
que más tarde o más temprano, se pusieran de novios.
Él era el chico que les presentarías a tus padres sin miedo a que le pusieran
objeciones. Capitán del equipo de futbol, carismático, correcto y, dentro de
poco, alumno de leyes en la prestigiosa Universidad de Stanford, donde
enseñaba el padre de Diana. Todos, menos la aludida, notaban que ese chico
la miraba de una manera especial, aunque sí debía reconocer que tenía sus
sospechas. Aun así, ella esperaba sentir algo más... especial.

...

Jackson había pedido la atención de todos en la mesa, dando leves golpes


a su copa con una cuchara. Algunos parecían saber de qué se trataba, porque
no se mostraban muy sorprendidos, en especial los colegas del hombre. Diana
decidió oportuno jugar con el tenedor, lo que quedaba de su cena en el plato.
—En primer lugar, quisiera agradecer a todos por acompañarnos en esta
noche tan especial —Comenzó diciendo. Bianca lo miró con complicidad,
pero con esa consabida sonrisa petulante, como de alguien que se sale
siempre con la suya. —Como todos sabrán, hace diez años que decidimos
unir nuestras vidas y, como en ese momento no lo consideramos oportuno,
por los motivos que ustedes ya conocen —Algunos asintieron, pero la mirada
del hombre se dirigió a su hija mayor, quien estaba atenta a todo lo que decía
—, hemos decidido viajar este verano a Italia para conocer a la familia de mi
querida esposa. —La tomó de la mano y la besó. Diana intentaba procesar esa
información, pensando que había oído mal. ¿Viaje? ¿Irían ellos solos?
—Oh, queridos míos... Felicitaciones a los dos. Merecían ese viaje... —
dijo la tía Gabriela. Era hermana del padre de Diana y una de sus pocas
favoritas. Ella parecía nunca estar molesta, aun cuando las condiciones
estaban dadas.
—Gracias, hermana, pero, en realidad, iremos los cuatro. —Rachelle
aplaudió emocionada, pero a Diana se le cayó el tenedor sobre el plato,
causando un gran estruendo y, cayendo en cuenta de lo que eso significaba.
A pesar de que era totalmente predecible y aburrido lo que haría todo el
verano —como cada año—, como recorrer la ciudad con sus amigos, noches
de películas, tardes de piscina o cuidar de los hijos de sus vecinos de vez en
cuando, Diana estaba acostumbrada a su monótona vida. Imaginar que
pasaría lejos de Ryan y Madison, en un lugar lejano y desconocido para ella,
con personas mayores por doquier, con quienes no podría ni siquiera hablar,
no le hacía mucha ilusión.
Si detestaba a su madrastra, no quería imaginar lo que sería pasar todo el
verano con más gente como ella. Un completo fastidio. Solo imaginarlo le
provocaba dolor de cabeza.
—Partiremos en unos días, pero queríamos contárselo para que no nos
esperen en algunas reuniones familiares. —Miró a su hermana y ésta negó
con la cabeza, pero sonriente.
—¡Conoceremos Italia! —chilló la niña, pero Diana, quien estaba a su
lado en completo silencio, sólo se limitó a esbozar una media sonrisa. —
Presiento que lo pasaremos en grande…
—Tú siempre presientes que lo pasaremos en grande, así que no eres de
fiar —bromeó al fin la joven. Sólo esperaba a que los mayores se pusieran a
hablar de temas de adultos y ella pudiera escaparse a la casa de su vecino y,
mejor amigo.


Doky, el holgazán perro de sus vecinos, ya la conocía demasiado bien,
incluso antes de abrir la cerca que separaba ambas casas, por lo que apenas
levantó la mirada y se volvió a colocar como si de una víbora se tratase.
Ella le hizo —inútilmente— un gesto con el dedo para que no hiciera
ruido. A pesar de saber que, lo máximo que haría era bostezar ampliamente,
nunca dejaba de hacerle la señal.
Ryan hizo un gesto exagerado con el brazo al verla en la puerta trasera, la
que daba a la cocina. Ambos rieron y se adentraron sin parar hasta llegar a la
habitación del joven. Todo el pasillo estaba casi a oscuras, pero eso no fue
desafío para ella, pues lo conocía de memoria.
Sorteó algunas cajas de cartón que estaban apiladas en el suelo, ya en la
habitación de su amigo. Pudo notar que tenía escrito en el tope lo que
contenían. Eso le recordó que, aunque el campus no estaba muy lejos de
donde vivían, Ryan debía ir a vivir en él lo que durara su carrera. Debía
resignarse a que lo que debiera contarle, lo harían de ahora en más por medio
de mensajes de textos o correos.
Suspiró profundamente y se echó de espaldas sobre la cama, con sus
piernas colgando. Él la imitó, quedando a su lado, en silencio, como si
estuviera pensando en algo.
—Todavía no me acostumbro a que pronto te irás de aquí… —Giró su
rostro y se encontró con el de él.
—No me iré hasta después del verano, así que tendremos tiempo de
despedirnos —dijo él, encogiéndose de hombros, pero ella se quedó muy
callada.
—Eso… Respecto a eso, no creo que suceda. —Hizo un mohín y él se
puso de costado, apoyándose en uno de sus brazos. Arrugó la frente y esperó
a que ella continuara. —Este verano… lo pasaremos en Italia.
Ella puso los ojos en blanco, pero él rio, a pesar de que luego su rostro se
entristeció gradualmente. Sentía mucha confianza en ese chico para estar, así
como estaban, a menos de diez centímetros de distancia y en la misma cama,
pero ella era el monumento a la inocencia. Jamás tuvo esos pensamientos, no
con él, mucho menos con otros. Sentía un cariño especial, incluso emoción,
por la forma en la que la trataba, pero el amor, según oyó, hacía sentir
mariposas y, hasta ese momento, no las había sentido.
Luego de un incómodo silencio, él la invitó a ponerse como él, de costado,
apoyada en uno de sus brazos y mirándose desde una distancia que era
imposible de evitar lo que él hizo a continuación. Él se acercó muy
lentamente hasta pegar tiernamente sus labios a los de ella. Fue su primer
beso, el que pensó, sería el más especial de todos. Suave, dulce e inesperado,
incluso un poco tonto, así que se quedó helada, sin saber qué hacer. Ni
siquiera había tenido tiempo de pensar en cómo sería ese primer beso o si
estaba preparada para dárselo a él.
Duró apenas unos pocos minutos, porque él se apartó rápidamente al darse
cuenta de lo que había hecho. Estaba completamente avergonzado. Ella se
remojó los labios y evitó su mirada por unos segundos. Sentía que sus
mejillas le ardían y no podía pronunciar palabra alguna. No lo vio venir,
aunque siempre tuvo sospechas sobre sus sentimientos, así que tampoco se
molestó. Sintió que era algo que tarde o temprano pasaría, como todo en su
vida. Diana era de las que sólo debía ocuparse en vivir lo que tenían planeado
para ella.
Ryan consideró por unos minutos las palabras correctas, pero parecían
estar atoradas en su garganta. No quería que ella se molestara por lo que
acababa de suceder, porque, ante todo, era su mejor amiga y no quería
perderla antes de intentar ganar su amor. Diana no era una chica más, de las
que él acostumbraba conquistar. Diana era especial.
—Perdóname, Didi… pero llevo años deseando hacer eso —Le acarició el
rostro, mientras ella lo miraba en silencio —, y creo que llegó el momento en
que debo decirte algo, que también llevo años callando…
Capítulo 2

Ambos oyeron, desde donde estaban, la estridente voz de Rachelle


llamando a su hermana. Diana agradeció esa divina intervención, porque, por
la forma en la que se había acercado Ryan, adivinó que quería besarla
nuevamente. No es que no le gustara, pero se sentía un poco avergonzada. No
sabía cómo besar y, se sentía una tonta por ello. Estaba a puertas de su
décimo octavo cumpleaños y no había tenido un novio.
—¡Espera! —exclamó Ryan apresuradamente, al ver que ella se
incorporaba antes de que él le dijera lo que, como le había adelantado,
llevaba años guardando.
—Oh, cierto, tenías algo que decirme. —Sonrió tímidamente. Él asintió
con los labios apretados.
—Ven aquí... —La tomó de la mano y la invitó a sentarse a su lado en la
cama, nuevamente. —Rachelle puede esperar unos minutos. Ya debe
sospechar dónde estás.
—En eso tienes razón. —Ambos rieron y de inmediato él decidió hablar.
—Creo que debí hablar primero, antes de besarte, pero... —Ella lo detuvo,
negando con la cabeza.
—No me molestó, si te sirve de consuelo. —Arrugó la nariz y de nuevo
sonrieron.
—¡Auch! —Se quejó, fingiendo que se sentía herido por sus palabras —
¿Tan malo fue, que dices que no te molestó en vez de que te gustó?
Ella se apresuró a negarlo, reconociendo que se expresó mal.
—Lo siento... No quise decir eso. —Se cubrió los ojos con una de sus
manos, pero él se la retiró rápidamente. Quería que lo viera cuando le abriera
su corazón.
—Estaba bromeando —aclaró, con una sonrisa de costado—. Sé que tal
vez no fue el mejor beso —Pareció pensar —, pero se sintió a gloria...
Definitivamente, ella debía estar completamente sonrojada, porque sintió
que le ardían las mejillas.
—Lo que quería decirte es... que pronto me iré a la universidad y ya no
podremos vernos a menudo. —El rostro de ella indicó que era algo que ya
sabía, así que él decidió ir al punto —Perdona si esperé hasta ahora para
decirte lo que me haces sentir, Diana, pero creo que recién ahora, sabiendo
que te irás por todo el verano y que yo también iré a Stanford, me dio el valor
para revelarte algo que muchas veces estuve a punto de decirte.
Ella lo miraba en silencio, en total tranquilidad, esperando sentir esas
mariposas que no la dejaran respirar, pero éstas no aparecían. Todo lo que
estaba mencionando, se lo esperaba, o más bien lo sospechaba, pero Madison
le había dicho que el amor te roba el aliento, te hace conocer el cielo y, sabes
que es el correcto, porque no quieres estar en otro lugar, sino con esa persona
que logra todo eso en ti.
Ciertamente, conociendo a Madison —su amiga desde la escuela— y, lo
intensa que era, tal vez hubiera exagerado un poco en su experta definición
del amor. Ella era de las que nunca callaba su opinión, a pesar de que pudiera
causar una guerra mundial. Tal vez era así porque siempre tuvo que
defenderse del prejuicio de los que la conocían, pues era algo... rellenita, pero
glamorosa. Nunca dejaba que la hicieran de menos o se burlaran de sus
amigos, pues sacaba su «mirada matadora» y todos corrían, a menos que
quisieran sufrir de su «humilde opinión».
—No sé si te pasa lo mismo, pero cuando estoy a tu lado me siento genial,
en paz... y tengo esos deseos de besarte que, creo, debería ser ilegal. —
Revolvió su pelo con los dedos, dejándolo todo despeinado. Ella no pudo
evitar reír al verlo —Bueno, lo que hace mil vueltas quería decirte es que...
me gustas, demasiado. —Ella fingió sorpresa —Somos amigos de toda la
vida, tus padres son amigos de mis padres, iremos a la misma universidad...
Hasta puede que algún día trabajemos juntos.
Ella pudo imaginar perfectamente todo eso, era lo que todos esperaban que
pasara. Su padre, Bianca, los padres de Ryan, incluso su pequeña hermana y
Madison... Nunca dejaban de insinuarlo en las cenas que organizaban tanto
en su casa como en la de él. Podía ver todo lo que sucedería en su vida en los
años siguientes y, aunque nunca había imaginado algo diferente, se sentía
vacía.
—No... sé que responder —susurró ella, algo pensativa. En realidad, no
quería responder, porque tenía dudas. El chico, quien la miraba con
intensidad, era lo que cualquier chica querría tener de novio o, cualquier
padre como yerno, pero, algo dentro de ella le impedía responder.
—No debes responder ahora, puedes hacerlo cuando vuelvas de Italia.
Ella sintió un alivio repentino, por lo menos tendría unos meses para
pensarlo. Era una buena idea. Tendría todo el verano en Toscana, muriendo
de aburrimiento, sin sus amigos o alguien con quien conversar, para pensar
en una respuesta. Asintió y se giró a mirar de nuevo al oír por segunda vez
los gritos de su pequeña hermana.
—No te molesta que lleve esto, ¿o sí? —Tomó en sus manos un libro cuyo
título decía «Comer, Rezar, Amar». Estaba intacto, incluso con su cobertura
trasparente. Se lo habían regalado al joven, pero no había tenido el tiempo —
o el interés— de leerlo. —Tal vez me sirva de guía... —Bajó la comisura de
sus labios, como si estuviera considerando la posibilidad.
—Llévatelo. De todas formas, no creo que lo lea de inmediato... —Buscó
otros en la caja que decía «Libros», sacó otro y se lo mostró. El título decía
«El nombre de la rosa», ella asintió y lo tomó para unirlo al otro.
Diana ya estaba por salir de la habitación, cuando se giró a mirarlo desde
donde estaba. Él parecía esperar una despedida diferente y ella lo entendió.
Ella quería volver a probar esos labios, quería probar si esta vez, habiendo
oído lo que él le reveló, sentía algo diferente al cariño que le trasmitía.
Corrió hasta él y pegó sus labios por unos segundos, con los ojos cerrados
y el corazón decepcionado, para luego salir corriendo hacia su casa. De
nuevo, nada de lo que esperaba. Sí, se sentía bien besarlo, era totalmente
placentero, pero ella quería el huracán del que hablaban los libros de amor.
¿Acaso era demasiado ilusa?
Jackson y Bianca la observaron cruzar, el casi inexistente patio que
separaba ambas propiedades, rumbo a su casa. Sonrieron cómplices, mientras
él la tenía asida de la cintura, desde atrás. Como Rachelle no encontraba a
Diana en la casa, fue a dar noticia a sus padres, lo que los llevó a mirar hacia
la casa del vecino.
—Esos dos nos darán la noticia muy pronto, lo presiento —susurró el
hombre, con la boca casi pegada al cuello de su esposa.
—Es un buen partido para Diana, así que me haría muy feliz que salieran
juntos. Es del tipo de chicos que debería frecuentar, con firmes ideas y planes
para su futuro, inteligente, apuesto y de buena familia. Es lo que le conviene.
Tal vez porque estaba de acuerdo, o porque no lo estaba, pero Jackson se
quedó en silencio, meditando esas palabras. Bianca se había tomado muy en
serio el papel de madre para Diana, aunque ésta nunca la hubiera llamado de
esa manera. No es que no la quisiera, o que hiciera diferencia con su propia
hija, sino que, quería para ella lo mejor, aunque eso significara imponerle
algunas cosas o hacerle pensar que debía hacer siempre lo correcto.
...

La noche siguiente, los padres de Diana habían organizado otra cena para
compartir con sus vecinos la noticia de su viaje y, de esa manera, despedirse
del hijo de éstos, ya que no lo verían partir. El viaje de la familia estaba
dispuesto recién para dentro de dos días, pero con todos los preparativos
propios para un verano en Italia, decidieron que lo mejor era, no posponer esa
despedida.
Diana había evitado hablar del tema del beso con su amigo durante todo el
día, aunque, en realidad, casi no conversaron antes de la noche. Había
ocupado su mente y su tiempo a escoger lo que llevaría a la Toscana y a
hacer una lista de lo que le faltaba. Encabezaba la misma una nueva lista de
músicas para amenizar su estadía, por lo que se encontraba escogiendo de las
sugerencias que le había enviado su amiga.
Como era de esperar, su hermanita entró —como todo un vendaval— a la
habitación, para informar que los vecinos habían llegado y, que Ryan estaba
muy apuesto. Ah, y que olía a perfume de hombre, como el que usaba su
papá. Ese último detalle era totalmente innecesario, pero le dio una pista a la
joven. Se había propuesto demostrarle, que ya no era ese joven inmaduro que
tenía por amigo, ahora, a puertas de la universidad, se había convertido en
todo un hombre, digno de su atención.
—Mamá dice que bajes de inmediato, que es una falta de respeto para los
invitados y que pensarán que no te educaron bien —Terminó diciendo, antes
de salir con la misma intensidad con la que había entrado. Diana rodó los ojos
y se dispuso a obedecer. Era mejor hacerlo, no quería discutir con su
madrastra, no antes de un viaje a miles de kilómetros de su hogar y que
duraría más que unas pocas semanas. Siempre obedecía, lo cual era bien visto
por la estricta mujer.
Encontró a todos en la sala, conversando entre risas sobre la inminente
partida de su amigo a la universidad. Jackson le palmoteaba la espalda,
recordándole que tal vez lo tendría en una de sus clases y que sería todo un
honor tenerlo como alumno.
—¡Diana! ¡Ven aquí con nosotros! —llamó Emma, la madre del joven. La
mujer era todo un encanto, moderna y extremadamente maternal, alguien que
le hubiera gustado tener como madrastra, o como suegra...
La joven sonrió y caminó hasta ellos. La mujer la abrazó muy fuerte y la
invitó a sentarse a su lado.
—Hola, Emma, te ves radiante, como siempre —comentó Diana. La mujer
le guiñó el ojo y le mostró una sonrisa prieta y cómplice. Quería que esa
mujer la adoptara, por Dios...
Cuando por fin pudo comprender lo que hablaban Bianca y Wilson,
marido de Emma, sintió que, poco a poco, el aire iba abandonando sus
pulmones. Miró a su alrededor y buscó las ventanas, hacía demasiado calor.
—Sería bonito que nuestros chicos se pusieran de novios, más con eso de
que el año que viene estarán juntos en la misma universidad —dijo Bianca,
sonando como toda una alcahueta. Diana tenía el rostro azorado. Sentía que
esa decisión la habían tomado por ella y se preguntaba por qué seguía
sintiendo ese vacío. Se suponía que debía sentirse emocionada al hablar de su
futuro, pero ella, solamente sentía que le faltaba el aire y, nada.
—No sabía que Diana había elegido también la carrera de leyes —
mencionó Emma, desde su lugar. Lo había dicho con un tono que se podía
tomar como irónico, tal vez, porque sabía que no había sido una decisión de
la joven, quien escuchaba todo en silencio.
Diana sonrió amable, pero se podía notar cierto anhelo en su mirada, lo
que la mujer notó perfectamente. Le acarició la mano y le guiñó el ojo como
lo había hecho antes.
—Pues tiene un trabajo asegurado en mi bufete. Además, es una alumna
muy aplicada y, reúne todos los requisitos para ser abogada, como yo —
repuso, como si fuera algo obvio—. Es algo que no muchos pueden aspirar,
ser estudiante de una de las mejores universidades, no sólo del país, sino de
todo el mundo. Sería un completo desperdicio que optara por otra cosa.
—En eso tienes razón —apoyó Wilson, quien tenía los brazos cruzados y
asentía con las cejas levantarás.
—Por supuesto que la tengo y, ella lo sabe. —Miró a su hijastra con esa
sonrisa petulante, que la joven odiaba —Sólo quiero que sea consiente de
toda esa capacidad que posee. Ella sabe que sólo quiero lo mejor para mis
hijas, las amo con todo mi corazón.
A pesar de que ya llevaba más de quince años viviendo en Estados
Unidos, ese acento italiano seguía uniéndola a sus raíces. Unas de las que casi
nunca hablaba, motivo por el cual, era necesario ese dichoso viaje, conocer a
su familia.
En realidad, Diana no había pensado en lo que realmente quería hacer.
Sólo conocía lo que se hablaba en su familia y lo que vagamente le contaba
Madi sobre la profesión de su padre, la medicina. No, definitivamente, no
quería ser médica. Las leyes eran su mejor opción, pero, al igual que ese beso
de su apuesto mejor amigo, no hacían que sintiera esas mariposas o deseara
que llegara el año siguiente para ser una universitaria.
Se quedó pensativa hasta que Ryan la invitó a salir hacia la parte delantera
de la casa, desde donde, a pesar de la hora, se podía ver el colorido de las
demás, con un destacado estilo victoriano, a las cuales conocían como las
Painted Ladies. Hacía calor, pero era agradable sentarse en la escalera a
observar las estrellas. Él no quería que ella se sintiera acorralada con la
conversación de sus padres, por lo que le iba a proponer algo que, tendría el
tiempo necesario para pensarlo.
Capítulo 3

Madison y Ryan habían ido a despedir a Diana y a su familia en el


aeropuerto. Cada uno había llevado algo para que a su amiga no se le hiciera
muy duro el viaje. Madison, por su parte, unas revistas de moda y un diario,
para que no se le escapara «ningún detalle» durante el tiempo que estuviera
lejos. Ryan, una pequeña bolsa de dulces, de los favoritos de Diana, para
evitar que le bajara el azúcar.
Les agradeció, justo a tiempo, antes de oír que los llamaban para abordar.
Ella sintió que se estaba despidiendo de algo más que de sus mejores amigos.
Sintió que una parte de ella se quedaba ahí, aunque no le molestaba.
Rachelle le hizo el favor de ayudarla con su bolsa de dulces, ya que, según
ésta, no podía con todo lo que llevaba en la mano. Diana no era de las que
discutía, ella era de las que, por el precio de la paz, prefería callar. Sólo negó
con la cabeza, sonriente, al ver que la niña elegía uno de ellos para probarlo.
Ya dentro de la cabina, buscó con la mirada el número de asiento que le
correspondía y, notó que estaría todo el viaje a dos hileras de su familia. Por
lo menos, no tendría que viajar al lado de alguien que la apretara contra la
otra persona, sino que se trataba de una mujer de apariencia muy llamativa.
Supuso que debía ser algún tipo de actriz o modelo, porque era de las que
llamaban la atención con tan solo respirar.
La mujer, de unos treinta años y una melena roja como el fuego, la miró
con amabilidad y la ayudó a acomodar sus cosas. Al otro lado, se acomodó
un hombre que no paraba de hablar por el móvil, hasta que una de las
azafatas le pidió, amablemente, que lo apagara o lo pusiera en modo avión. El
hombre las miró de soslayo y sacó una portátil de su maletín, para ponerse a
escribir algo que la joven no entendió; eran puros números y gráficos que,
según su entender, descendían cada vez más.
No era la primera vez que subía a un avión, pero sí la primera en que
cruzaba el charco. Para aplacar sus nervios, decidió proceder con sus dulces y
ver una película. La exuberante mujer la imitó, pero, como debió pensar que
su vecina tenía más años de los que en realidad tenía y, que el hombre de al
lado seguía escribiendo sin percatarse de lo que ellas hacían, puso una para
adultos.
Diana había estado concentrada en la suya sólo los diez primeros minutos,
porque, los siguientes, no pudo evitar —a pesar de la vergüenza que sentía—
espiar la de su vecina. En realidad, intentaba cerrar los ojos o mirar la
pantalla de su vecino, cuando las escenas se ponían intensas, hasta que le
ganó la curiosidad.
Ella siempre había evitado hablar del tema con Madison, o cuando veían
una película de esas, se cubría los ojos para no «pervertir su mente», sin
embargo, esa noche, surcando los cielos y lejos de su familia, sintió, por
primera vez, una inusual curiosidad de eso que había evitado hasta ese
momento.
Ya no cerró los ojos ni los desvió, en especial, cuando la protagonista de la
película —según entendió—, tendría su primera vez. Quería saber de qué se
trataba, cómo sería, tener una idea, aunque no pensaba hacerlo muy pronto.
Era la primera vez que sentía ese calor que la invadió. Hasta pensó que
tenía fiebre, por lo que llevó una de sus manos al cuello y a su frente para
revisarse. El calor era interno y acompañaba a un alocado tamborileo en su
corazón. Sentía vergüenza de reconocerlo, pero, lo que vio no le había
desagradado, incluso, se quedó con más curiosidad.
El antipático hombre de traje pidió unos tapones de oídos, porque, según
él, había demasiado ruido y, no podía dormir. Diana y su vecina miraron
hacia el aludido y ahogaron unas risitas con las manos, para mirarse luego
con complicidad. La pelirroja parecía debatirse entre hablarle o no, pero
terminó por hacerlo.
—Soy Freya, ¿y tú…? —preguntó en un susurro. Diana se sintió extraña
al notar que le hablaba a ella. Usualmente, no hablaba con extraños, pero la
mujer parecía confiable y agradable.
—Mi nombre es Diana. Mucho gusto, Freya —respondió con una leve
sonrisa.
—¡Qué bonito nombre! El gusto es mío. —Le pasó la mano. Diana titubeó
por unos segundos, pero supuso que sería descortés no corresponderle, y ella
no era descortés, así que estrecharon sus manos —¿Vacaciones? ¿Viajas
sola? Recuerdo mi primer viaje en solitario.
La joven se apresuró a aclararle que no viajaba sola, pues podría ser una
psicópata y, no una amable mujer como pensaba.
—Oh, no, no. Mi familia está allá. Vamos a unas… vacaciones familiares
—dijo, arrastrando un poco las palabras y apretó los labios. La mujer lo
entendió, así que frunció la nariz y estiró el cuello para mirar hacia donde la
joven le había señalado.
—¿Mala relación? —Diana meneó la cabeza y bajó la mirada por unos
segundos —Está bien, mejor no hablemos de eso, pero, si te sirve de
consuelo, tampoco tengo una buena relación con la mía. No aceptan la
decisión que tomé —Diana frunció el ceño y la miró con los ojos achinados.
—¿Qué… tipo de decisión? Si no te incomoda hablar de ello, claro —
cuestionó, la joven de mirada curiosa. Parecía querer robarle la respuesta con
esa mirada.
—Pues, la de ser modelo. Mis padres deseaban que fuera médica o
enfermera, como ellos, pero, si te soy sincera —se acercó más a la joven,
como si le fuera a hacer una confesión —, nunca sentí amor por el estudio. —
Hizo un mohín y a Diana se le escapó una risita —Lo mío siempre fue…
Brillar.
«Y sí que lo consiguió», pensó la joven, observando ese impecable pelo
rojo cobrizo, el cual lo llevaba ondulado y hacia un costado. Era realmente
hermosa. Hubiese sido un desperdicio tapar toda esa belleza tras una bata.
Sus penetrantes ojos grises los tenía delineados en negro, lo que combinaba
perfectamente con ese labial rojo. Nadie en su sano juicio la ignoraría.
—Ya veo… —repuso al fin Diana. La mujer le caía muy bien. Le
asombraba ver tanta osadía en alguien y, muy en el fondo, se preguntó qué
pasaría si ella hiciera lo mismo. Sacudió mentalmente la cabeza y despejó
esos pensamientos. Ella sería incapaz de decepcionar a su familia —Y… ¿vas
a Italia, o a otro lugar?
—Tengo toda una temporada de desfiles en Milán y Roma, pero estaré una
semana en Florencia, descansando ¿y tú?
A Diana se le iluminaron los ojos al oír que tal vez podría volver a verla.
Le encantaba la forma en que transmitía una fortaleza que ella nunca había
pensado tener. Sentía una admiración por la forma en la que había
conseguido sus sueños y una extraña y creciente curiosidad. Ella deseaba ver
esa felicidad en su rostro, quería hablar con la misma pasión alguna vez.
Quería poder viajar sola por el mundo y ver películas de adultos sin
avergonzarse. Necesitaba a alguien que no la animara a seguir con los planes
que tenían para ella, sino a encontrar y perseguir los suyos propios.
—Estaremos todo el verano en la Toscana, en la casa de un familiar de mi
madrastra… —mencionó sin ganas y arrastrando un poco la última palabra.
—Vaya, vaya… Tal vez nos volvamos a ver, Diana —Levantó ambas
cejas y buscó algo en su bolso de mano. Al no encontrar lo que parecía
buscar, resopló con fastidio —Estaba segura de que lo puse aquí.
—¿El qué? ¿Perdiste algo? —preguntó Diana. La pelirroja lo intentó una
vez más y nada.
—Es que pensé que tenía algo para anotar, pero soy una tonta, debí dejar
mi agenda en casa, o en la agencia. —Se acomodó de nuevo en su asiento y
miró a Diana, quien sacó de su bolso el diario que le había regalado Madison
y se lo pasó.
—Puedes usar una de sus hojas si gustas. —Se lo tendió.
Freya lo tomó y lo revisó. Notó que era nuevo y miró a su dueña.
—Espero que cuando vuelvas de tu viaje, esto esté lleno de increíbles
experiencias.
—Usualmente, mi vida es muy aburrida, así que, no creo que lo use
siquiera —respondió, luego de encogerse de hombros.
—¿Nunca cometiste locuras? ¿A eso te refieres? —La mujer levantó una
ceja y la miró de costado. Revisó el interior del diario y acarició las hojas.
—Nunca sentí la necesidad de hacerlo. No quiero arruinar mi vida como
muchas que conozco.
Freya se quedó algo pensativa y, luego de unos segundos, le pidió un
bolígrafo. Escribió su número de teléfono y una dirección de correo
electrónico en la primera hoja, pero Diana estuvo segura de que escribió algo
más, antes de devolvérselo.
—No lo leas ahora —pidió la pelirroja. Diana no lo entendió, pero la
curiosidad le estaba matando. Aun así, asintió—. Espero que nos volvamos a
ver y que me cuentes otra historia de tu vida, una diferente a la de ahora, mi
pequeña amiga. Lo que escribí ahí dentro… no es mío, pero me sirvió de
mucho cuando tuve que elegir lo que verdaderamente quería. Espero que te
ayude también a ti. Es de uno de mis libros favoritos.
Diana asintió con cautela, pero no sé le ocurrió preguntarle de qué libro
hablaba. Ya era tarde, sin embargo, continuaron hablando de fiestas de
colegio y de las de regreso a clases, consejos de moda y sobre chicos, hasta
que el sueño las venció.

Cuando Diana se despertó, Freya ya no estaba ahí, tampoco su antipático


vecino. Al parecer, ambos habían tomado otro avión en Zúrich, donde
hicieron escala. Rachelle daba pequeños saltos de rodilla en el asiento de al
lado y, chillaba emocionada porque ya habían llegado. Abrió pesadamente
los ojos y había notado que, incluso, su pequeña hermana se había tomado la
molestia de abrir la cortina de la ventanilla, permitiendo que los rayos del sol
se colaran por ella muy tenuemente.
Cuando espabiló, miró rápidamente el objeto que tenía fuertemente
aferrado con las manos contra su pecho, el diario. Sintió alivio al ver que
todavía estaba ahí. Se talló los ojos y, tomando su bolso de mano, siguió a
Rachelle hacia donde esperaban su padre y Bianca.
—Genial… El inicio del verano más aburrido de mi vida —susurró muy
bajito, al ver el pequeño aeropuerto al que habían llegado. Todo parecía
demasiado tranquilo, nada parecido a los otros aeropuertos que conocía.
Todo parecía detenido en el tiempo, sin embargo, debía reconocer que era
muy hermoso. Sacó el móvil del bolso y notó que la señal era muy débil.
«Sólo esto me faltaba» farfulló en su interior.
Bianca los guiaba hacia donde, se suponía, alguien los esperaba. Diana
supuso que era ese hombre canoso, con un simpático sombrero, el que los
llevaría a la casa, porque su madrastra lo abrazó fuertemente y, le dijo
algunas cosas en un perfecto italiano. El hombre los miró uno a uno a medida
que ella les señalaba. Jackson fue el segundo en hablarle, pero al parecer a él
ya lo conocía, porque sólo presentó a sus dos hijas, como le gustaba llamarlas
la mujer.
Luego del saludo y debida presentación, todos subieron a un jeep y, poco a
poco, vieron cómo se alejaban del aeropuerto para adentrarse en ese bello
paisaje, en el cual predominaba el marrón de los caminos y el verde de unos
altos y delgados cipreses. Tanto el hombre, como Bianca, saludaban a
algunas personas en italiano. Diana nunca había notado lo bonito que se oía
el idioma, o tal vez se debía a que casi nunca lo oía en su casa.
Vio de paso a unos jóvenes montados en un coche descapotable, los
cuales, acompañados de unas jovencitas, oían música y reían sin parar. El que
conducía inicialmente, se apeó y le cedió su puesto a una de las chicas, para
que ésta lo reemplazara y, así él pudiera ir al lado de la que le había estado
susurrando algo en el oído desde el asiento de atrás.
Diana recordó que nunca había aprendido a conducir porque, tanto su
padre como Bianca, nunca tenían tiempo de enseñarle y, se negaban a que
otra persona lo hiciera. «No te enseñarán con responsabilidad, como lo
haríamos nosotros», había dicho su madrastra en una ocasión. Fue como si
pudiera escucharla en ese momento.
Suspiró profundamente y se recostó por el espaldero de su asiento.
—Papá, papá ¿Me enseñas a conducir? —preguntó la niña, quien, por
poco y no sacaba medio cuerpo afuera. Por supuesto, los del otro auto no
entendieron nada, porque sólo continuaron con su camino.
—Por supuesto, hijita, pero tu bicicleta. Aún faltan unos años para que
puedas conducir un coche —La niña se cruzó de brazos y frunció el rostro, lo
que provocó que todos rieran, incluso el hombre canoso, quien la miraba a
través del espejo.
Diana se prometió a sí misma que, al volver de su viaje, aprendería a
conducir. Insistiría tanto a su padre, que terminaría cediendo tarde o
temprano. Sin darse cuenta, ese viaje ya estaba empezando a cambiarle la
vida.
Tomó su bolso y recordó lo que había pasado en el vuelo. Sacó su diario y
lo hojeó rápidamente, hasta encontrar lo que le había escrito su nueva amiga.
Cuando lo hizo, se quedó totalmente en silencio y pensativa. Lo que leyó, le
había tocado profundamente el alma.
«Nos conformamos con vivir infelices, porque nos da miedo el cambio y
que todo quede reducido a ruinas».
Disculpa que no te diga a quien pertenece la frase, soy mala recordando
nombres, pero la próxima vez que nos veamos, prometo que te lo diré. Sólo
recuerdo el nombre del libro: Comer, Rezar, Amar.
¿Coincidencia?
Capítulo 4

Cuando estaban por llegar a la casa donde se había criado Bianca, ésta se
los mencionó, para que admiraran la belleza que los rodearía todo el verano.
El zigzagueante camino era de tierra y estaba bordeado por altos y
puntiagudos cipreses, como si fueran unas cercas. A ambos lados se podía
observar unos viñedos, los cuales, según una explicación que Diana no
atendió, estaban separados por un motivo especial.
Ella prefirió observar, antes que oír. Ya no pensaba que fuera tan mala
idea lo de ir a ese lugar. Era hermoso y se arrepintió de haber deseado
quedarse en San Francisco. Definitivamente esa villa, la cual se hacía más
grande a medida que llegaban, con sus paredes desnudas y su aire a romance,
podría lograr que ella tuviera un verano diferente.
Rachelle ni siquiera esperó a que el jeep se detuviera por completo, sino
que, abrió la puerta de inmediato, e insistió en que todos se apresuraran a
bajar detrás de ella. Jackson sólo sonrió y le dedicó una mirada cómplice a su
esposa. Ésta negó con la cabeza y echó un profundo suspiro. Algo les decía
que esa niña les traería muchos dolores de cabeza durante su estadía.
—¡Ven, Diana! ¡Pareces una tortuga! —reclamó la niña, mostrándose
totalmente impaciente.
—Adelántate tú, que yo te sigo desde acá —respondió la joven, admirando
cada detalle de la entrada. Las puertas, las ventanas, las cortinas. Todo
llamaba su atención.
La niña puso los ojos en blanco y meneó la cabeza. Ella estaba impaciente
por recorrer todo el lugar con su hermana, pero detuvo su marcha al ver a
otras personas en el gran salón. En su mayoría, personas mayores, lo que
comprobó una de las teorías de Diana. Esas serían las cinco personas con
quienes compartiría su aburrida estancia, aunque, cabía la posibilidad de que
hubiera más personas adentro.
Todo el personal había ido a darles la bienvenida, según el hombre que
había ido a buscarlos, por lo que la leve esperanza que mantuvo durante unos
minutos, de que hubiera jóvenes con quienes compartir, se esfumó de
inmediato.
—Me alegra volver a verlos a todos, después de tantos años —mencionó
Bianca, abrazando a una mujer anciana, la cual, debía tener unos setenta años.
—A nosotros también, mi niña… —dijo la mujer, quien se secaba
disimuladamente unas lágrimas —Se ve más bonita con los años, hasta
pareciera que tiene todavía veinte.
—¡Ay, Hilda! Sigues siendo tan exagerada. Pensé que con los años se te
pasaría. —Bianca le dedicó una sonrisa cómplice y la abrazó de nuevo, antes
de dirigirse al hombre canoso —Tomás, ¿y Alessandro? Pensé que sabía la
hora en la que llegaríamos. —Levantó una ceja y cruzó los brazos.
Diana notó que, al pronunciar el nombre del fulano ese, le había cambiado
la voz, se había puesto más severa. El hombre se frotó las manos y luego
contestó.
—El señor Alessandro tuvo que ir a la ciudad, a una reunión de la
Comisión. Como sabrá, los preparativos para la fiesta de la vendimia ya
iniciaron —mencionó con cautela—. Dijo que regresaría por la noche, pero
que estaban en su casa y, que se acomodaran a su gusto.
La mujer asintió, pero no parecía feliz.
—Típico de mi querido hermano… hacerme el vacío —dijo, sin darse
cuenta de que lo había expresado en voz alta.
—Tal vez era algo urgente —intervino su esposo, acariciándole la espalda
—. Mientras lo esperamos, podemos terminar de ubicarnos y recorrer un
poco el lugar.
Ella, al parecer, estuvo de acuerdo, porque asintió con pocas ganas y pidió
que llevaran las maletas a los cuartos de invitados. Diana tendría un cuarto
para ella sola, a pesar de haber insistido en que no tenía problemas de
compartir uno con su hermanita.
Oyeron otro chillido proveniente de la traviesa niña y, como venía desde
el jardín trasero, Bianca no tuvo dudas de lo que lo había motivado.
—¡Diana! ¡Diana, ven a ver! ¡Hay una alberca! —Rachelle daba pequeños
saltitos y palmoteaba de la emoción. Tenía el pelo trenzado, pero eso no evitó
que éste se hiciera una maraña en el viaje.
—¡Ya voy! Ya voy… —respondió con una sonrisa, al ser estirada por la
niña del brazo.
Diana amaba pasar horas en el agua, en verano. Por lo menos, ya sabía
dónde pasaría las calurosas tardes. Por fortuna, había llevado suficientes
trajes de baño y algunos libros, aparte de los que le había prestado Ryan.
Se preguntó, de camino, por qué había reaccionado así Bianca. ¿Qué tipo
de relación tenía con ese hermano al que nunca antes había mencionado?
¿Era tan petulante como ella? No quería ni imaginarlo. Debía ser un hombre
cascarrabias como ella. Intentó ponerle rostro, pero su aversión hacia Bianca
hacía que lo imaginara siempre como un monstruo, así que, sacudió la cabeza
como si así pudiera borrar esas imágenes y decidió simplemente esperar a
que apareciera ese dichoso personaje. Lastimosamente, era inevitable que
conociera al dueño de casa.
La alberca se veía realmente tentadora, pero lo sería más por la tarde,
cuando el sol empezará su camino hacia el ocaso. Miró a su alrededor y, todo
lo que sus ojos veían, era completamente maravilloso. A un costado, bajo una
enredadera de uvas, había una mesa con seis sillas, todas en un impoluto
blanco.
Caminó un poco más y vio un camino de piedras que llevaba a un tipo de
cobertizo, pero al llegar hasta él notó —con decepción— que estaba cerrado
con llave. ¿Qué había dentro? Tal vez nunca lo sabría, o sí. Acarició la puerta
de madera tallada y continuó con su recorrido.
Siguió el delicioso aroma a comida y llegó hasta lo que, supuso, era la
cocina. Una de las que la había recibido en el gran salón, la saludó haciendo
una leve reverencia con la cabeza. Iba a entrar, pero oyó que Bianca la
llamaba desde el jardín de donde había ven ido.
La mujer de la cocina parecía ser la más joven del personal de servicio.
Sin temor a equivocarse, supuso que debía tener unos cincuenta años y, un
tremendo parecido a la anciana que recibió tan afectuosamente a su
madrastra. Diana se despidió, agitando una mano y, se perdió al girar por el
caserón. Era medio día y su apetito se había despertado con tan delicioso
aroma.

Entrada la tarde, Bianca leía, atentamente, una revista judicial, recostada
en un sillón blanco, de esos que se usan en la playa. Para sus cuarenta y cinco
años, se veía injustamente bien, con un vestido floreado, que apenas le cubría
lo necesario y, un sombrero de ala ancha en la cabeza.
Rachelle y Diana jugaban en la alberca, sin percatarse que un coche había
llegado a la casa. Tampoco es que pudieran saberlo, pues nada se veía desde
donde estaban. Un hombre con la piel acariciada por el sol, con una
incipiente barba y con el pelo ligeramente ondulado, llegaba hasta donde le
habían indicado, estaba su hermana.
Caminó, silenciosamente, hasta llegar al jardín trasero y, posando ambas
manos en sus caderas, miró el panorama. Rachelle había tirado la pelota
afuera, lo que llevó a Diana a salir del agua para buscarla.
Cuando el hombre se percató de que Bianca no estaba sola, notó la
presencia de una escuálida adolescente de piel tan blanca, que lo llevó a
pensar que no debía salir mucho al sol. Su pelo castaño y por sobre el
hombro, se le pegaba al cuello, aun chorreando el agua de la alberca, de la
que acababa de salir torpemente.
Bajó, con uno de sus dedos, el lente de sol que llevaba puesto y, la observó
por unos segundos, apoyando nuevamente sus manos donde las tenía antes.
Luego de tallarse los ojos, la joven los abrió y, pudo ver que los tenía de un
color celeste, tan claro, que parecían grises.
Ella se asustó tanto, que intentó cubrirse con sus manos todo lo que pudo.
Por supuesto, fue en vano. Tenía puesto un traje de baño de dos piezas, el
cual no cubría mucho, para su gusto. La embargó una terrible vergüenza. Ese
hombre no era feo, ni mucho menos viejo, aunque ya no era un jovencito.
Llevaba puesta una camisa blanca, desprendida hasta la mitad de su pecho,
dejando ver algo de su lampiño torso.
Alessandro quiso reír por la situación, pero se contuvo. Sintió pena por la
joven, quien no dejaba dudas de que aún era virgen, por la forma en que
actuó ante su presencia, así que, decidió saludar primero a la mujer que
acababa de notar su presencia, ante tanto alboroto.
—Por fin pudieron venir a visitarnos —expresó con una voz muy
masculina y sensual. Bianca fingió su mejor sonrisa, pero no por mucho
tiempo.
—Alessandro… también me alegra verte, después de tanto tiempo —
repuso la mujer con un tono agrio. El hombre río al entender a qué se debía
su molestia, pero no tenía ganas de pelear, no ese día en el que estaba de tan
buen humor.
—¿Y ellas son…? —preguntó, intentando contener la risa, al ver que
Diana se metió de nuevo a la alberca. Se cubría con el borde de ésta, dejando
ver solo su cabeza.
—Oh, cierto, no las conoces. —Se giró a mirar a las dos chicas. Diana
seguía completamente sonrojada y, observaba con timidez al apuesto hombre
que la miraba de tanto en tanto —Ella es Rachelle, nuestra pequeña y, ella es
Diana, mi hijastra. Saluden a su tío, chicas…
Diana se sintió un poco incomoda, al tener que llamar así al hombre por el
cual sentía una inexplicable y extraña atracción. Por fortuna, Rachelle
siempre tenía una salida para todo.
—En realidad no debes llamarlo tío, Didi. No es el hermano de tu mamá.
—Bianca intentó callar a la niña, ignorando que aliviaba la culpa de su
hijastra y, que para nada le había molestado tal aclaración —No sabía que
tenía un tío tan apuesto. Mis compañeras de escuela no me lo creerán cuando
se los cuente —añadió con orgullo, lo que resultó muy simpático para todos,
menos para Bianca, quien seguía avergonzada por el comentario de su hija.
—Puedes llamarme como gustes, Diana. Mi nombre es Alessandro y, soy
medio hermano de Bianca. —La mujer hizo una mueca de ironía con la boca,
al oír esa innecesaria aclaración por su parte.
—Mucho gusto —saludó muy bajito—. Y si no te molesta, prefiero
llamarte Alessandro.
Bianca se giró a mirarla con una evidente disconformidad, pero al hombre
pareció no molestarle, porque se encogió de hombros y asintió.
—No seas maleducada, Diana, él no es tu amigo para tutearlo. ¿Dónde
metiste todo lo que te enseñamos? —Ella se disculpó, pero Alessandro negó
con la cabeza, como si desaprobara la reprimenda de su hermana.
—Yo le dije que puede hacerlo, así que, problema solucionado, Bianca —
repuso, totalmente serio. La joven sonrió con timidez. Sintió que sus mejillas
le ardían, y estaba segura de que no era por el toque del sol.
—Claro, todo sea por llevarme la contraria —se quejó la mujer en un tono
muy bajo, como si no quisiera que sus hijas la oyeran. Afortunadamente, la
niña ya había vuelto a sus griteríos mientras chapoteaba en el agua, por lo que
sólo Diana y los dos adultos oyeron el reclamo.
Alessandro hizo un gesto con la mano, como si quisiera restarle
importancia al caso, pero, aunque intentaba evitarlo, no podía dejar de mirar a
la dulce joven que intentaba pasar desapercibida. Era increíble como dos
personas, con casi los mismos genes y, criadas de la misma manera, fueran a
la vez tan diferentes, porque era muy evidente que ambas hermanas eran un
polo opuesto de la otra.
Rachelle era una chispa, un huracán que arrasaba con todo a su paso,
mientras que Diana era esa paz que llegaba luego de la tormenta.
Antes de retirarse, el hombre se giró y miró fugazmente a la joven, de
quien se despidió con una escueta reverencia. Por lo que pudo ver, aún no
tenía el cuerpo de una mujer, aunque estaba seguro que ya debía estar
volviendo locos a algunos. Tenía una dulzura que era imposible ignorar, a
pesar de estar rodeada de mujeres que la opacaban por completo.
Mientras caminaba hacia el interior de la casona, Alessandro se reprendía
por no poder sacar de su mente a esa joven y a su inocente mirada, a su
delgado cuerpo y su evidente pureza. Nunca había conocido a alguien así,
porque era de los que disfrutaba dela compañía femenina, hasta que alguien
lo hirió de muerte. Y no una muerte física, sino una muerte del alma.
—Ella es una niña, Alessandro… aleja esos pensamientos, por tu bien —
se decía a sí mismo, en secreto, a cada paso que daba.
Pero, con tan solo cerrar los ojos, ahí estaba ella de nuevo, como una
maldición, como un tatuaje en sus ojos. Quería saber por qué se acomplejaba
tanto, quería conocer sus secretos y deseos ocultos, si es que una joven tan
tierna como ella pudiera tenerlos.
Capítulo 5
Apenas se sentó a la mesa para la cena, Diana supo que había cometido un
error al escoger ese lugar en específico, ya que podía sentir la mirada del
hermano de su madrastra, en su descubierto hombro izquierdo. Tenía la piel
enrojecida, a pesar de haber usado un buen protector solar. Afortunadamente,
había llevado ropa muy fresca y cómoda, como ese vestido amarillo con finas
tiras en los hombros.
Tal vez, Alessandro ni siquiera la estaba mirando, pero ella prefería
imaginar que sí lo hacía. Se reprendió por pensar que su «medio» tío pudiera
sentirse atraído por ella, ya que, a pesar de no serlo realmente, tal vez
preferiría mirar a otro tipo de mujeres. Se miró disimuladamente el escote y,
al mirar fugazmente a Bianca, sintió un poco de envidia. Ésta sí tenía algo
que llamaba la atención, en el lugar donde ella sólo tenía dos pequeños y casi
inexistentes bultos.
Ahora sabía que la cocinera se llamaba Marietta y, que era hija de la ama
de llaves. Con razón el tremendo parecido. Lo supo porque el apuesto
hombre a su lado, le dijo algo en italiano y, la había llamado por ese nombre.
También descubrió por qué decían que el italiano era uno de los idiomas del
romance, aunque sospechó que no podía ser objetiva, percibiendo el fresco
aroma del perfume de su anfitrión.
No quiso mirarlo directamente, por lo que prefirió empezar por su padre.
Éste oía, atento, la explicación de su esposa, sobre lo que les estaba sirviendo
Marietta; luego observó a Rachelle, quien no sacaba la mirada de un
llamativo pastel que adornaba el centro de la mesa. En su rostro se dibujó una
sonrisa, al imaginar las ganas que tenía su pequeña y traviesa hermana, de
hundir el dedo en el decorado de esta, como siempre lo hacía.
Cuando por fin desvió la mirada a su costado, de forma muy casual, se
encontró con esos dos penetrantes e intimidantes ojos, tan azules como el
mar. Él la esquivó al saberse descubierto, porque quería mantener algo de
distancia de esa joven que, muy a su pesar, no salía de su mente. Ella no tenía
la culpa, pero Alessandro no confiaba mucho en las mujeres, no después de
terminar su compromiso con Paola, como lo hizo. Él prefería siempre
mantenerse alejado, sentimentalmente, de ellas, desde hace un tiempo.
Diana se sintió una completa idiota, por ilusionarse con ser la acreedora de
esa preciosa mirada. Entendió que pudo haber confundido curiosidad con
interés, que un hombre así no se fijaría en ella, así que, desilusionada, tomó
su tenedor y miró con fijamente a su plato.
Pero… ¿por qué le importaba ese hombre?
—Disculpa si es mucha comida. —La interrumpió éste, inclinando un
poco su cuerpo hacia ella. Diana se sobresaltó y, de inmediato se disculpó por
su exagerada reacción —Es que aquí somos muy generosos con las…
porciones, en especial Marietta.
La joven le regaló una sonrisa, que poco contribuía a que se mantuviera
alejado; por lo menos de sus pensamientos, no. Ella era hermosa, delicada,
parecía un ángel.
—Intentaré terminármelo —respondió, elevando ligeramente los hombros.
Tenía una inexplicable necesidad de agradarle. Él bajó la comisura de sus
labios y luego rieron a la par.
—Me agrada eso —respondió, luego de observarla por unos segundos.
Ella bajó la mirada, sonriente, y probó un bocado de esa delicia.
Rachelle no tenía idea de lo que sucedía ahí, ella sólo estaba enfocada en
terminar su plato, para probar ese apetecible postre. Era, tal vez, una de las
únicas maneras de mantenerla callada.
—¡Esto es delicioso! —exclamó Jackson, expresando el placer que le
generaba ese platillo —Creo que iremos todos con unos kilos demás.
—El Pici de Marietta es especial —dijo Alessandro. Entrecerró los ojos,
mirando al vacío —Nunca me reveló su receta, a pesar de que se lo pedí
incontables veces. Ni siquiera aceptó mi soborno —bromeó. La mujer había
regresado al comedor para traer pan de campo en una bandeja y, al oír el
comentario, negó con la cabeza, pero con una simpática sonrisa.
—¿Cocinarás estas comidas en casa, mami? —preguntó la niña, con la
boca llena de pasta. Su madre la reprendió con la mirada.
—En primer lugar, señorita, no se habla con la boca llena, en segundo
lugar, sabes que no tengo tiempo para eso.
La niña parecía un poco decepcionada, pero, apenas le ofrecieron el
postre, se le pasó.
—En realidad, a Bianca nunca le gustó mucho la cocina —expresó
Alessandro, tal vez para molestarla. De ser así, lo logró. Bianca no ocultó su
de desagrado ante tal comentario.
—Para eso estabas tú —respondió la mujer, haciendo una mueca con el
rostro.
Era la típica pelea entre hermanos, así que nadie se lo tomó a mal, a
excepción de Bianca. Diana intentó imaginar a esos dos de jóvenes. Debieron
pelear mucho, porque, era evidente que el apuesto italiano disfrutaba
haciéndola enfurecer.
Era increíble la explosión de sabores en un plato tan simple como ese.
Diana cerraba los ojos por momentos, para poder disfrutar mejor lo que le
ofrecía la cocina local. Por primera vez, se preguntó qué contenía ese manjar,
aunque, luego de varios bocados, pudo aislar algunos ingredientes. Hasta ese
momento, no había descubierto lo mucho que disfrutaba cuando pensaba en
la cocina.
Alessandro, por su parte, disfrutaba de verla mientras cenaba. Reprimió
unos pensamientos, un tanto perversos, sobre la forma en que esa joven
expresaba el inmenso placer que le generaba su cena. Ella lo hacía con total
inocencia, pero él no era para nada inocente.
Sabía que debía mantenerse alejado, que tenía la edad para ser su padre,
pero no podía. Ella tenía algo que él necesitaba descubrir, ella lo atraía como
la luz a la polilla. De inmediato, pensó que debía involucrarse más en la
organización de las festividades de la vendimia, así no pasaría tanto tiempo
en esa casona.
Ella lo distrajo de sus pensamientos al despedirse. La miró desde su
asiento, pero ella ya estaba parada. Se veía tan delicada y etérea, que
generaba en él una ternura que podía derribar sus barreras.
—Creo que no debí comer tanto —mencionó, arrugado la nariz—. Siento
que si caigo, podría rodar.
Tal vez era esa inocente forma de robarle una sonrisa, lo que la hacía tan
atractiva. No había malicia en ella, no había experiencia que la hiciera una
mala mujer. Ella se giró a mirar hacia la puerta que daba al jardín y luego
reprimió lo que iba a decir.
—Me voy a dormir. Buenas noches —Se despidió, al ver que él solo
asintió conforme.
—Buenas noches.
Para ir a la zona de huéspedes, debía cruzar parte del jardín lateral, ya que
se les había asignado una de las villas independientes a la casona, una que
ahora, estaba iluminada por una mortecina luz amarilla. Levantó la vista y
admiró el estrellado cielo, quedando completamente hipnotizada por su
belleza. Siguió caminando hasta llegar casi al inicio de uno de los viñedos.
Se sentó en un banco de madera, el cual parecía estar ahí, especialmente,
para los que se perdían en la noche, buscando un poco de tranquilidad. Desde
ahí se podía ver toda la propiedad, la casona, el cobertizo —que aún no sabía
qué era—, la villa donde dormirían ella y su familia, y un garaje.
Se acostó totalmente sobre él y se cruzó los brazos bajo su cuello, luego de
acomodar la falda de su vestido. El aire traía consigo el dulce aroma a azahar,
que provenía del árbol cerca del cual estaba apostado el banco. Pensó en qué
debían estar haciendo Madi y Ryan, aunque, era muy probable que su amiga
estuviera en alguna fiesta y, su vecino, despidiéndose de sus amigos del
equipo de fútbol.
Pensó también en lo mucho que extrañaba que su padre la arropara
también a ella, lo que no hacía desde que tuvieron que hacer eso con la
pequeña Benjamina. Seguía siendo el padre atento y cariñoso de siempre,
pero ahora, pasaba más tiempo con Rachelle y Bianca, que con ella. Tal vez
eso contribuía a que se sintiera un poco excluida de ese equipo de tres.
Por último, pensó en Alessandro, con esa arrebatadora presencia,
mirándola de cabeza a los pies, mientras estaba casi sin ropa. Recordó esa
extraña sensación que provocó en ella su mirada, una que nunca antes la
había sentido con algún otro chico, ni siquiera con Ryan. ¿Acaso era eso a lo
que se refería Madi, cuando le hablaba sobre el amor? Era muy pronto para
que fuera eso, pero… ¿por qué estaba pensando en él? ¿Pensaría también él
en ella?
—¿Por qué alguien como él pensaría en alguien como yo…? —preguntó
al inmenso universo, antes de suspirar profundamente —¿Por qué estoy
pensando en estas cosas…? Usualmente no me importa…
Estaba tan cansada que poco a poco fue cerrando los ojos, arrullada por el
susurro de las hojas de los árboles y de la hierba que se movía, hasta quedar
completamente dormida. El viaje la había agotado y, aún más, esa tarde en el
agua, bajo el sol.

Alessandro salió a fumar en el balcón de su habitación, cuando la vio a lo


lejos. Dio una calada profunda y se fijó en lo que ella hacía, pero no se
movía. Tomás fue a avisarle que ya todos estaban ubicados en sus
habitaciones, pero, evidentemente, estaba equivocado. Faltaba alguien en su
cama.
—¿Quiere que vaya por ella y la lleve a su dormitorio? —preguntó el
canoso, luego de que el dueño de casa le mostrara hacia donde la joven dama
dormía.
—No, déjamelo, iré yo. Ve a descansar tú también, que desde mañana tú
te harás cargo de todo aquí —mencionó con algo de pesadez en su voz—.
Creo que estaré muy ocupado estos días con lo de la comisión y la
organización de las festividades.
—A su hermana no le agradó mucho que estuviera ausente cuando
llegaron —expresó de manera respetuosa—. Dice que lo hace a propósito…
El hombre dio otra profunda calada y sonrió con perversión. Exhaló
lentamente hacia el vacío y miró a su acompañante.
—Tal vez no esté tan equivocada —Levantó una ceja y sonrió con
picardía—, pero ahora tengo otros motivos.
Tomás no sospechaba de esos motivos, pero tampoco le preguntó. Lo
conocía desde que nació y, aunque había mucha confianza entre ellos, era de
los que respetaba la privacidad de sus patrones.
—Bien, entonces me retiro. —Apretó los labios y se retiró. Antes de
desaparecer tras la puerta, vio a Alessandro asentir, dándole su conformidad.
Apagó lo que quedaba de su cigarrillo en el cenicero y salió para donde
descansaba su bella durmiente. No tenía apuro, total, al parecer, nadie había
notado la ausencia de la joven. Caminó, pensativo, hasta que llegó junto a
ella, pero, no la despertó ni la movió enseguida. Consideró que era la
oportunidad ideal para observarla de cerca, como no podría hacerlo si
estuviera despierta.
Se sentó por sus piernas, a un costado de la joven y observó cada detalle
de su rostro, de su pelo y de su cuerpo. Lo primero que notó fue el leve aroma
a áloe vera y lavanda, lo que asumió, eran los ingredientes de la crema que
debió ponerse para esa quemadura. Pasó el dorso de su dedo índice por la
suave piel de su brazo hasta llegar a su rostro. Era tan suave, por Dios…
—¿Dónde están tus alas, oh dulce ángel? ¿Acaso viniste a rescatarme de
esta vida de odio y soledad? —lo mencionó como si de un poema se tratara,
sin despegar los ojos de Diana, quien parecía no percatarse del momento. —
¿Por qué llegaste tan tarde? Me hubiera gustado conocerte cuando tenía
corazón.
Ella se removió un poco y, él se quedó muy quieto. No quería asustarla en
caso de que despertara, así que decidió que había llegado el momento de
llevarla a su habitación.
Alessandro… —susurró en sueños Diana, lo que robó una pícara sonrisa al
hombre, que en ese momento metía sus brazos debajo de ella para cargarla.
Se aseguró de que su falda cubriera lo que era privado, aunque a esa hora, tal
vez fueran los únicos fuera de sus camas. Todas las luces del interior de la
casona estaban apagadas, a excepción de la suya.
Por fortuna, conocía el lugar como la palma de su mano, porque, tenerla
tan cerca y en un peligroso contacto, le impedía dejar de mirarla, como si de
una obra muy valiosa se tratara.
Apenas tuvo que dar una leve patada a la puerta para que ésta se abriera y
los dejara pasar. La bajó con cuidado sobre la cama y le sacó las sandalias
que llevaba puestas. Tomó una fina manta de uno de los estantes y la cubrió
hasta la cintura.
En ese momento deseó haber dejado que Tomás la llevara y no él, porque,
ahora se hacía más profunda, esa inexplicable atracción que sentía por ella y,
que debía reprimir. Dedicó unos minutos a grabar en su mente cada detalle de
su delgada anatomía, porque sabía que ocasiones como esa, no se repetirían a
menudo.
—Espero que esta ausencia me ayude a dejar de pensar tanto en ti —
suspiró pesadamente y se levantó—. Te extrañaré mucho.
Capítulo 6
Lo primero que hizo Diana al despertar —completamente sobresaltada—
fue, mirar dónde había amanecido. No sabía cómo llegó hasta ahí, porque lo
último que recordaba, era la hermosa noche estrellada cubriendo toda la
inmensa bóveda y, ahora estaba sentada en medio de su espaciosa cama.
Tenía la misma ropa con la que había acudido a cenar, así que no fue
Bianca quien la llevó a su dormitorio, y tampoco su padre. Lo primero que
pensó fue en Tomás, ya que se había cruzado con ella al salir al jardín, antes
de desviar su camino. Debía recordar agradecerle luego.
Miró el móvil y vio que no tenía ni siquiera una raya de señal, por lo que
maldijo en silencio, como si alguien fuera a oírla en ese lugar. Lo segundo
que debía recordar era, preguntar si contaban con algún acceso a internet.
A pesar de que los rayos de sol que se colaban por la ventana aún eran
muy débiles, ya podía oír el intenso trino de las aves que parecían resueltas a
despertarla. Sonrió débilmente, aún un tanto somnolienta, al ver la fecha en la
pantalla de su móvil.
Faltaban dos días para su cumpleaños número dieciocho. Se desperezó por
un rato y decidió tomar un refrescante baño. El verano ahí se sentía mucho
más que en San Francisco, como si el sol estuviese más cerca de la Toscana.
—Dentro de dos días serás mayor de edad —dijo, al mirar su reflejo en el
espejo —Aunque, no creo que haya mucha diferencia… Sólo será una vela
más en el pastel.

Cuando estuvo lista, Diana se unió a los demás para el desayuno en la


casona. Buscó por todas partes —con la mirada— a Alessandro, pero éste no
estaba. Se sintió aliviada al pensar que no había sido la última en llegar al
comedor.
—¡Debes probar estos bollos! —expresó Rachelle, con la boca llena.
Bianca la reprobó con la mirada y la niña se disculpó de inmediato. Diana
tomó uno de los que le había ofrecido la niña y le dio un mordisco.
—¡Realmente están muy buenos! —Exclamó para la niña. Ésta cerró los
ojos y se encogió de hombros, como si se sintiese orgullosa de haber tenido
razón.
Nuevamente, se preguntó cómo lo habían hecho, pero temía que si lo
preguntaba, su madrastra lo considerara de mala educación, así que prefirió
callarse.
Jackson leía un libro que había llevado, mientras bebía su café. Literatura
inglesa, su favorita. Había escogido uno de Shakespeare, Sueño de una noche
de verano, muy acorde para su viaje. Bianca, por su parte, terminaba sus
trozos de frutas, mientras leía el periódico local, ya que, para ella, no era un
problema entenderlo.
—¿No… esperaremos a todos? —preguntó Diana, señalando hacia el
lugar que usualmente ocupaba Alessandro. Bianca no la oyó, pero sí Tomás,
quien entraba por la puerta.
—El señor Alessandro me pidió que lo excusara, pero tuvo que salir muy
temprano —expresó el canoso. Bianca bajó el periódico y lo miró incrédula.
Luego meneó la cabeza y continuó leyendo.
—¿Y lo que tenía que hacer era tan importante para no compartir con
nosotros, siquiera el desayuno? —preguntó sin dejar de mirar las hojas.
—En realidad será así toda la semana, por la organización…
—Cierto, la dichosa comisión —Rodó los ojos y bajó el periódico sobre la
mesa.
Diana sintió una repentina decepción en su interior y, miró con tristeza el
lugar donde debía estar su apuesto anfitrión. Se preguntaba si lo vería el día
de su cumpleaños, aunque no pensaba hacer nada especial.
Y como si le hubieran leído el pensamiento, tanto su padre como Bianca,
le preguntaron qué planes tenía para ese día. Ella no lo había pensado. De
estar en San Francisco, saldría con sus amigos o harían una fiesta en su casa,
pero estaban a miles de kilómetros de esa posibilidad, así que, no tenía idea
de lo que podían hacer.
—En mis tiempos, había un lugar muy concurrido en el pueblo. Podríamos
ir a cenar ahí, si te parece —sugirió Bianca. A veces, Diana pensaba que
detrás de esa estricta madrastra, sólo había una mujer que se preocupaba por
su bien—. Hacían unas pizzas adictivas.
—Yo ya me estoy enamorando de la comida de aquí. Así que, voto por la
salida a ese lugar —comentó su padre.
Rachelle miró a su hermana con ojos de gato y, haciendo un simpático
puchero. Amaba la pizza de una manera preocupante, a pesar de que en su
casa sólo comían las de microondas. Jackson y Bianca la miraban también,
esperando una respuesta, así que, ella asintió con una sonrisa.
Más que por festejar, había accedido por conocer el pueblo y, tal vez,
cruzarse con Alessandro. La noticia de que no lo vería tan seguido como
quisiera, dejó en ella un pesar. La niña aplaudió emocionada y abrazó a su
hermana.
Cuando terminó su desayuno, Diana buscó a Tomás para agradecerle el
detalle de la noche anterior. Preguntando, llegó hasta la cocina, donde el
hombre degustaba de unos bollos, como los que había probado en el
desayuno. Se levantó apresurado al verla, pero, rápidamente ella le hizo un
gesto con la mano, para que volviera a lo suyo.
—¿Necesita algo, señorita Diana? —preguntó, con el rostro cargado de
curiosidad. No imaginaba qué podría necesitar, pero si lo estaba buscando,
debía ser importante.
Marietta amasaba algo sobre una larga mesa de madera. Era una enorme
bola de masa y tenía un aroma delicioso. Eso lo conocía, era aceite de oliva.
Diana se había distraído un poco con esa escena, pero, al notar que el hombre
seguía esperando una respuesta, se disculpó y continuó con lo suyo.
—Sólo vine a agradecerle el gesto de anoche. Debí quedarme dormida en
el banco del jardín. Lo siento... —El hombre sonrió por lo bajo, generando en
ella una profunda curiosidad. Marietta se veía incluso más curiosa que la
propia Diana, pues no sabía de qué hablaban.
—No fui yo quien la llevó a su habitación, señorita... Fue el señor
Alessandro. Creo que debería agradecérselo a él. —Diana sintió que sus
mejillas le ardían. Debían estar rojas como un tomate, porque, tanto Marietta
como Tomás, intentaban contener una risa. El rostro azorado de Diana
expresaba toda la vergüenza que debía estar sintiendo la pobre.
—Mi niño... Siempre tan atento —escuchó Diana a su espalda. Era Hilda,
quien, sin saberlo la joven, estaba en la despensa, una pequeña bodega, donde
guardaba lo que había en unos bolsos de mercado. Diana se sorprendió al
notarlo y se ofreció a ayudarla, luego de asentir para el hombre canoso.
—Ahora me siento más avergonzada que antes —susurró, pero, al parecer,
había tanto silencio en la cocina, que todos la oyeron. Marietta negó con la
cabeza.
—No tiene por qué, el señor Alessandro es un pan de Dios, a pesar de ese
carácter reservado que tiene. —Tomó la enorme bola y la lanzó con fuerza
sobre la mesa. Se formó una nube de harina y la mujer la disipó con la mano
—Aunque no es el mismo de antes...
La mujer parecía referirse a algo que Diana desconocía y, que Tomás
consideró, debía permanecer así, ya que la reprendió con la mirada y se
aclaró la garganta. El silencio que siguió a ese comentario se volvió un poco
incómodo, así que Diana prefirió cambiar de tema.
—¿Qué... es eso que prepara? —preguntó, pidiendo permiso con un gesto.
Marietta la invitó a acercarse. Le señaló una maceta que estaba en la ventana.
—Tome unos ramitos de romero y tráigamelos, por favor —pidió. La
joven señaló la maceta y vio que la mujer asintió. Había de ellas, pero con
hierbas diferentes.
Tomó en sus manos la que le había señalado y acercó su nariz para olerla.
Cerró los ojos ante el placer que le causó el invasivo aroma. Rompió unos
tallitos —como cinco— y se los llevó. Tomó asiento frente a la mujer y la
observó deshojar el romero en un plato.
—Esto es lo que llamamos «masa básica para «Foccacia» —Separó una
bola y la estiró, hasta dejarla como pan para pizza —¿Alguna vez la ha
probado? —preguntó, levantando una ceja. Diana negó con la cabeza.
—¿Es como una pizza? —La mujer negó.
—Es como un pan, pero plano y lleva hierbas como esta —Tomó en sus
manos un pequeño puñado de hojas de romero y las unió a la masa—, u otras
hierbas o ingredientes. Es como el primo de la pizza —añadió y, ambas
rieron.
Tomás se retiró, apenas terminó su desayuno, mientras que Hilda había
terminado de hacer lo suyo y, se les unió. Diana deseaba, con toda su alma,
poder acariciar esa masa. Algo había en ella, que le generaba una necesidad
de hundir sus dedos, pero la mujer continuó con su faena, sin percatarse de
ello. Nunca antes había tenido ese sentimiento, es más, nunca antes había
entrado en la cocina.
—¿Qué... es esa comisión de la que habló Tomás hace rato? —preguntó la
joven, intentando parecer desinteresada, casual. La mujer no necesitó
preguntar a qué se refería, debía ser la del DOCG.
—Al morir el padre del señor Alessandro—Miró hacia el cielo e hizo la
señal de la cruz—, que Dios lo tenga en su santa gloria, le dejó su puesto en
la comisión del DOCG —La joven entrecerró los ojos, dando a entender a
Marietta que no sabía de lo que hablaba —«Denominación de Origen
Controlada e Garantita», ese es el nombre completo, pero desconozco qué
hacen exactamente. —Pareció rebuscar algo en sus pensamientos —Lo cierto
es, que El señor Alessandro es un miembro importante en ella y, desde que
sucedió lo de la señorita Paola, está mucho más involucrado, como si no
quisiera tener mucho tiempo libre... Porque antes siempre se excusaba y, sólo
participaba de alguna que otra reunión importante.
Hilda se aclaró la garganta de la misma manera que Tomás hace un rato,
como si la estuviera censurando por algo, pero, ahora que habían mencionado
el nombre de una mujer que, por lo visto fue importante para Alessandro,
quería saber más. Intentó que continuara, pero la más vieja cambió de tema.
«Así que un miembro importante de algo...», pensó Diana, pero fingió que
oía el comentario de la mujer sobre una joven que decidió escapar de su casa
para casarse con un hombre que su familia no aprobaba. «¿Quién será esa tal
Paola? ¿Cuál es esa historia que todos evitan?»
Las acompañó hasta que Rachelle había ido a buscarla, cual huracán. Esa
niña no conocía el sosiego. Aunque le hablaba a ella, su mirada estaba fija en
lo que preparaba Marietta, algo que no era para nada raro en la niña. Debió
pensar que preparaban pizza.
—Mamá y papá irán a visitar a una persona, creo que es amiga de mamá.
Yo iré con ellos, ¿vienes? —Cada vez estaba más cerca de la mesa,
intentando olfatear con mayor precisión, la humeante masa que acababa de
sacar la cocinera
Diana estuvo a punto de decir que sí, pero quería tener la oportunidad de
averiguar más. ¿Quién iba a decir que sus vacaciones no serían tan aburridas
como pensó? Intentaría aliarse con Marietta, a ver si soltaba algo más sobre
esa mujer que evitaban mencionar.
Aunque sabía que podía toparse con Alessandro en el pueblo, ese día,
decidió quedarse. Ya por la tarde empezaría con uno de los libros que había
llevado y, que aún seguían en su maleta. Como dijeron que no iba a estar su
objeto de interés toda esa semana, decidió que empezaría con la de misterio,
así mantenía ocupada su mente.
—Ve con ellos, diles que me quedaré a aprender algo de cocina y a
descansar —respondió, señalando a las dos mujeres que estaban presentes.
—Eres una aburrida —repuso, poniendo los ojos en blanco. Se encogió de
hombros y, dando una vuelta de ciento ochenta grados, salió con la misma
velocidad con la que había llegado.
Esperó a que todos se fueran para retirarse a hacer su investigación. Se fijó
que Tomás no estuviera rondando por ahí, porque sería muy vergonzoso que
la pescara fisgoneando en la casona, por algo de información.
Por fortuna, él había llevado a su familia a esa visita. Tenía la casa libre
para investigar.
Comenzó por la sala, pero, a excepción de algunas fotos familiares, no
había nada. Sí le pareció bastante simpático ver a su madrastra más joven y
con el pelo corto como un chico. Muy escondida, tras otro porta retrato,
estaba una donde estaban tres jóvenes, dos chicas y un chico. Reconoció a
dos de ellos, a Alessandro y a su madrastra, pero... ¿quién era la otra joven?
Debía reconocer que se parecía mucho a Bianca, pero era, evidentemente,
más joven. ¿Sería esa la Paola a quien todos evitaban mencionar? Tomó su
teléfono y sacó una foto. Ya encontraría la forma de averiguar.
Capítulo 7
La noche anterior no había visto a Alessandro, tampoco esa mañana en el
desayuno. Estaba a un día de su cumpleaños y no se explicaba por qué se
sentía así, triste, como si le faltara algo. ¿Acaso no volvía para dormir a la
casa?
Había decidido permanecer despierta hasta más tarde ese día. Quería, no,
necesitaba verlo. ¿Pensaría él en ella? De nuevo esa pregunta, a la cual su
mente siempre respondía que no. No había tratado mucho con ese hombre, ni
siquiera lo conocía, pero extrañaba eso que sentía cuando la miraba.
Sí, tal vez era solo imaginación suya, tal vez él la veía como a una sobrina
más, pero ella necesitaba verlo de nuevo, así que esperaría en el banco de la
vez pasada. Porque ella no lo veía como un «tiastro», como se supone que
era.
Tomó su diario y unos lentes de sol y, caminó muy despacio hacia los
viñedos. Las uvas apenas estaban madurándose, pero se veían hermosas,
atractivas a la vista. Se imaginaba cómo sabrían una vez que las pudiera
comer.
De pronto, pensó si ella se vería así, ahora que su cuerpo aún no había
terminado su proceso, si alguien deseaba que ella tuviera un mejor cuerpo, o
si a esa persona le importaba que no tuviera los «atributos» que tenían sus
amigas, pero, en realidad, sólo pensaba en una persona, Alessandro.
Se acostó en el césped, con el vientre pegado al suelo, apoyándose en sus
dos codos y se acomodó para empezar a escribir. Miró hacia la casa y, vio a
su padre y a Bianca charlando en unos sillones que estaban dispuestos bajo la
enredadera. Rachelle los orbitaba con una red para atrapar mariposas, dando
saltos, de tanto en tanto, cuando veía una, volar cerca de las flores.
Se giró a mirar hacia la vid más cercana. Tenía varios racimos de uvas,
aún verdes, pero ya formadas y del tamaño necesario. Dibujó a la más bonita,
observando cada detalle, recreándola lo mejor que pudo.
«Tal vez ahora eres sólo una fruta que espera madurar y convertirse en el
mejor manjar.
Tal vez ahora no sepas a nada, o tal vez sí. Depende de quien tome el
riesgo de probarte.
Tal vez el día de mañana seas el mejor vino, el cual sellará algún
momento especial, o tal vez algún impaciente te arranque antes de tu planta,
pero de todas formas te disfrutarán.
Tal vez no sabes cuál será tu destino, pero, déjame decirte algo, saberlo,
siempre es más aburrido y desalentador, en especial, si ese destino no es
algo que te roba el aliento, como debería ser.
Tal vez soy como tú, a la espera de convertirme en ese manjar que alguien
desee con toda su alma, o esa botella de vino que se abrirá en algún
momento especial, para hacer feliz a alguien, deseando saber cuál es mi
destino, pero sólo lo sabremos cuando ese alguien se arriesgue a
averiguarlo».

Cerró el diario y metió tanto aire en los pulmones, que dolieron. Estuvo en
ese lugar, pensando en tantas cosas, que las horas se pasaron sin que lo
notara. Abrió de nuevo en la página en la que le había escrito Freya,
releyendo palabra por palabra la frase. Cambios... Ruinas... ¿Era feliz como
estaba? ¿Era feliz sabiendo todo lo que le esperaba al regresar a casa, y en los
años siguientes? ¿Latía su corazón de una manera especial al pensar en ese
futuro? La respuesta era no. Siempre estaba ahí ese vacío, uno que no tenía
idea de cómo llenar, porque tenía miedo a que, si se salía del molde, pudiera
echar a perder su vida, o fuera a decepcionar a los suyos.
La brisa vespertina le avisó que pronto la llamarían para cenar y, que tal
vez, esa noche tampoco vería a Alessandro. El aroma a azahar se colaba por
sus fosas nasales y llegaban a lo más profundo de su corazón, causándole una
inexplicable alegría. Ese aroma lo recordaba a él, porque fue el aroma que
olió, la última vez que estuvieron cerca, aunque ella no lo recordara.
Se incorporó y caminó, meditabunda, hacia la casona. Ya estaba
anocheciendo y el cielo se teñía de un naranja intenso, el cual iba
mezclándose con el violeta a medida que pasaban los minutos. Estaba a punto
de entrar, cuando vio que la puerta del lugar que ella llamaba «cobertizo»,
estaba semi abierta.
Cambió su destino y su ruta para ir a husmear. Cuando llegó hasta el lugar,
casi murió del susto al ver a Tomás y a Alessandro salir de ahí. El susto se
mezcló con alegría, al tenerlo justo ahí, frente a ella, mirándola de esa manera
que hacía que todo su cuerpo temblara. Él se sorprendió al encontrarla ahí,
pero más, por la forma en la que abrió los ojos, como si hubiera visto un
fantasma.
—Diana... ¿Cómo estás? —preguntó el apuesto italiano, con cierto
destello en los ojos. Tenía una hermosa sonrisa de costado, o tal vez sólo lo
extrañaba demasiado.
—Bien, ¿y tú? —preguntó, sin dejar de mirarlo. Ambos actuaban como si
Tomás no estuviera ahí, aunque lo hacían de manera inconsciente.
—Bien también. Estábamos... revisando los toneles. —Señaló a su espalda
con el pulgar. Ella miró detrás de él con mucha curiosidad y él entendió. Se
hizo a un lado y la invitó a pasar —Es la bodega, donde se añejan los vinos
luego de procesados. ¿Quieres pasar?
Ella apretó los labios y, luego de considerarlo por unos segundos, asintió
con vehemencia. Cuando se trataba de él, nunca tenía miedo, como si
confiara ciegamente en que todo estaría bien. Tomás interrumpió ese
momento de hipnosis para despedirse.
—Si ya no me necesita, iré a llevar esto a su despacho —se excusó el
hombre. Alessandro asintió, con la frente ligeramente arrugada, como si
quisiera parecer serio.
—Gracias, Tomás, puedes irte.
El hombre esperó a que Diana pasara para ir tras ella. Disfrutaba ver ese
brillo en sus ojos, al observar todo a su alrededor. Le encantaba ver toda esa
inocencia en ella, porque le devolvía la confianza en las personas. No había
atisbo de malicia en ella, era como un lienzo en blanco, a la espera de su
pintor.
Ella sabía que Alessandro caminaba detrás suyo, en completo silencio y
eso generaba en ella mucha ansiedad. Quería saber qué estaba pensando, por
qué estaba tan callado. Caminaron por un pasillo similar a una cueva,
iluminada nada más que por unas tenues luces amarillas. Su corazón
empezaba a galopar incontrolado.
Llegaron a donde estaban los toneles que había mencionado su anfitrión y
ella dio una vuelta completa, totalmente maravillada. Jamás había visto algo
así en su vida. Reconoció que había muchas preguntas que nunca se había
hecho antes, como por ejemplo, como se hacía el vino.
—¿Qué... exactamente se hace aquí? —preguntó, con mucho interés. Él la
recorrió completa con la mirada, intentando reprimir sus instintos básicos al
ver sus hombros descubiertos, o ese cuello que no cubría su pelo. Él deseaba
no sentir todo eso, al ver a la hijastra de su medio hermana.
—En este lugar se procesa el vino desde la vendimia, hasta su
embotellamiento —Le señaló una máquina que parecía tener una cinta de
esas que transportan algo. Ella asintió conforme y maravillada —. En este
momento, controlamos los de esos toneles. —Señaló los que estaban a su
espalda.
—¿Y eso es lo que haces? —preguntó, intentando conocerlo más. El
asintió.
—Entre otras cosas. —Sonrió —No creo que mi adorable hermana te lo
haya contado, pero soy enólogo. —Al notar que ella desconocía esa
profesión, decidió explicarle, para no decir que le encantaba pasar tiempo con
ella —El enólogo es... el responsable de dirigir el proceso de elaboración del
vino. —Ella formó con sus labios una o —Es el experto que supervisa en la
bodega, tanto la elaboración, el almacenamiento, el análisis, conservación,
embotellado y comercialización del vino —Ella se quedó mirándolo, en total
silencio, sin saber qué decir. Estaba asombrada —Soné un poco a
enciclopedia, pero asumo que querías saberlo —Entrecerró los ojos. Ella
asintió con una tierna sonrisa.
—Gracias por explicármelo, fue muy… educativo. —Bajó la mirada. Él
adoraba cuando hacía de eso, sentía unas ganas tremendas de abrazarla y
protegerla de todo y, de todos. Se relamió los labios y la invitó a continuar el
recorrido.
Ella lo espiaba cada vez que podía. Era tan varonil y atractivo, que
deseaba que, pensara en ella tan sólo un momento. Quería saber si amaba a
alguien, si era esa tal Paola o si ya había otra persona en su corazón. Era la
primera vez que ella se hacía esas preguntas, era la primera vez que su
corazón latía así cuando alguien la miraba.
Alessandro tomó una botella de un estante especial. Parecía antigua.
Regresó hasta ella y se la mostró. Por supuesto, ella no entendía nada, así que
se limitó a observar la etiqueta. «La Florentina», así se llamaban sus vinos.
Ese tenía el año de su nacimiento, así que Diana sonrió.
—Es el año de mi nacimiento —susurró. El asintió —Mañana cumplo
dieciocho.
Ella lo dijo en un tono que a él pareció sugerirle que cumpliría la mayoría
de edad. Se dibujó en sus labios una sonrisa de costado y ella se sonrojó.
—Eso quiere decir... que mañana podremos abrir esta botella. —Miró la
misma y ella apretó los labios.
Aunque la Diana de San Francisco, usualmente se excusaría diciendo que
no bebía alcohol, la Diana que tenía enfrente, sentía la necesidad de decir que
sí. Él hacía que ella quisiera tomar riesgos, que antes ni siquiera imaginaba y,
no le asustaba.
—No sé si Bianca y mi papá me lo permitirían —dijo, mirando hacia la
puerta, como si a través de ella pudiera ver hacia la villa. Hizo una mueca de
disculpas, reprimiendo a esa Diana que rogaba por salir.
—No tienen por qué enterarse —Levantó una ceja y se cruzó de brazos.
En realidad, él sí veía a esa Diana que luchaba por salir, esa que quería tomar
riesgos, pero que se dejaba vencer por sus miedos internos. Él sentía la
necesidad de enseñarle a volar, enseñarle que, a veces, arriesgarse era bueno.
Le daba mucha pena que viviera a la sombra de todos los que la rodeaban,
incluso de esa pequeña diablilla que tenía por hermana.
Ella se mordió el labio inferior y lo consideró por un rato. Estaba
recibiendo una invitación muy especial y quería aceptarla. Tenía demasiadas
preguntas y, sospechaba que ese hombre las podía responder. Él la estaba
invitando a tener un secreto, a hacer algo que nunca antes había hecho y la
embargó una excitación que no podía contener.
—Está bien, pero luego de mi cumpleaños, porque mañana iremos al
pueblo a cenar —respondió, fundiendo un poco la nariz—. Iremos a comer
pizza en un lugar que nos mencionó Bianca...
—¿Luiggi? —preguntó pensativo. Ella quiso imaginar que quería saber el
nombre porque deseaba ir también, pero no había escuchado el nombre del
lugar.
—No mencionó el nombre, sólo que eran los mejores haciendo pizzas —
Lo observó buscar en sus recuerdos —¿Irás con nosotros?
Él estaba algo serio.
—Puede ser... Tal vez los alcance allá. Tengo una reunión muy
importante.
Alessandro notó la decepción en su rostro, a pesar de la penumbra. Sabía
que ella deseaba que la acompañara en su día, pero, de nuevo, se apoderó de
él ese temor de lo que empezaba a sentir por esa joven. No lo podía evitar, no
lo podía contener. Tenía los pensamientos más perversos y, lo que menos
quería hacer en ese lugar con ella, era beber vino, por eso, no podía más que
mantener distancia e ir de a poco, conociéndola y preparando el terreno.
—Entiendo... No hay problema, de todas formas, no pensaba hacer algo
especial. —Caminó hacia la salida y él la siguió. Oyeron que Rachelle
llamaba a Diana como si estuviera llegando el apocalipsis —Tal vez vaya
más temprano al pueblo y busque un lugar que tenga Internet. Seguro mis
amigos querrán felicitarme. Ryan y Madi deben estar ansiosos por saber
cómo me va.
Alessandro no lo demostró, pero sintió un poco de celos al oír el nombre
de un chico. ¿Quién era? ¿Era importante para ella?
—¿Y ellos... quiénes son? —Estaba resuelto en conocerla un poco más, en
especial sobre sus «amigos».
Ella era tan inocente, que no percibió los celos en su tono; sólo supuso que
él buscaba entablar conversación con ella y, eso la llenaba de emoción.
—Madison es mi mejor amiga. Nos conocemos casi desde el jardín de
infantes. —Caminaban muy lentamente, como si no quisieran apresurar su
llegada al comedor —Es intimidante cuando la conoces por primera vez, pero
tiene un gran corazón. Recuerdo que, cuando la vi en nuestro primer día de
clases, pensé que me pegaría, pero no, me abrazó y me pidió que fuera su
amiga.
Alessandro disfrutaba de la historia, pero, la que en realidad quería
conocer, era la de Ryan.
—¿Y ese Ryan, también es tu mejor amigo? —preguntó con la mirada
gacha, como si al mirarla fuera a delatarse. Ella iba a asentir, pero él seguía
mirando el suelo o a sus costados.
—Además de mi mejor amigo, es mi vecino. También lo conozco de toda
la vida...
Él la miró al fin, estaba serio de nuevo, pero detuvo su marcha justo antes
de cruzar el umbral.
—Creo que él siente algo por mí —mencionó, evitando su mirada. Ni
siquiera entendía por qué lo mencionó, no había necesidad, pero tal vez se
debió a su inexperiencia en esos temas. Él estaba muy callado, como si
estuviera considerando su comentario.
—Y tú... ¿sientes lo mismo por él?
Su pregunta parecía muy importante, o más bien, la respuesta a esa
pregunta. Diana había evitado pensar en sus sentimientos hacia Ryan, pero
esa pregunta y, de quién provenía, la hicieron reflexionar. Quería responder.
Capítulo 8
«No sé mucho de estas cosas, pero cuando él me besó, no sentí lo que se
supone que debía sentir. Madi me dijo que sabes que es especial, porque todo
tu cuerpo te avisa, para que no lo dejes pasar», recordó Alessandro, con una
pícara sonrisa en los labios.
Por supuesto, ni Bianca ni ninguno de los que disfrutaban de la cena
sabían por qué el dueño de casa se mostraba tan distraído. Usualmente era
serio y atento, incluso un poco malhumorado, pero esa noche, tenía esa
sonrisa que no podía ocultar.
Diana, por su parte, lo buscaba con la mirada, cada vez que los demás se
concentraban en alguna conversación. ¿Por qué estaba pensando que era muy
sexy esa sonrisa?, la encontraba irresistible. ¿Qué le estaba sucediendo? No
entendía por qué sentía tanto calor al ver que él la miraba también, como si
sus ojos se contaran secretos y se dijeran un montón de cosas con tan sólo
encontrarse.
Diana estaba feliz. Había deseado con toda su alma verlo esa noche y, no
sólo lo vio, sino que hasta pasaron un tiempo a solas, conociéndose un
poquito más, pero, aún tenía demasiadas preguntas sin respuestas. Todo en él
era un misterio para ella y, no tenía a nadie a quien preguntar más que al
aludido, así que, de ninguna manera, faltaría a ese encuentro al que la había
invitado.
Él se relamió los labios luego de beber su jugo. Diana lo miró fijamente y
se preguntó cómo serían sus besos, porque debió besar a muchas durante toda
su vida. Y fue en ese momento, en que se encontró haciendo cálculos con la
diferencia de edades. No era muy viejo, tenía treinta y cinco, pero… ¿la vería
él como una mujer que mereciera besar?
Rachelle la distrajo de sus profundos pensamientos, para pedirle que la
acompañara a su habitación, ya que, al parecer, sus padres estaban inmersos
en una conversación interesante con Alessandro y no quería ir sola. La miró
con esos ojitos que era imposible de ignorar, por lo que, muy a su pesar, se
despidió de todos y, tomada del brazo por la inquieta niña, se perdieron tras
la puerta que conducía al jardín.
La pequeña parloteaba sobre las mariposas que había atrapado la vez
pasada y del uso que les daría. Mencionó que con esas ganaría,
definitivamente, a su amiga Ivana, pero su hermana solo sonrió.
—Mañana buscaré más. El otro día vi unas blancas que no pude atrapar.
—¿Y no… te parece que es mejor dejarlas vivir y que sigan con sus vidas?
—preguntó Diana, intentando salvar a esas mariposas —¿Sabes lo mucho que
tuvieron que pasar para convertirse en mariposas? —Levantó una ceja.
—Recuerda que estoy en cuarto grado, Didi. —Rodó los ojos y meneó la
cabeza —Por supuesto que conozco el ciclo de vida de las mariposas. Ellas,
de todas formas morirán en unas semanas. Tal vez por algún depredador, o de
viejas, pero si yo me las llevo, me ayudarán a ganar y también me recordarán
siempre a este viaje… Son como nosotros, sabemos que moriremos algún día,
pero lo que importa es la forma en que vivimos. Para algunos seremos un
bonito recuerdo, para otros sólo un trofeo, pero lo importante es que hayas
alegrado a alguien mientras viviste y haber vivido feliz.
Diana la miró atenta y maravillada. Siempre supo que Rachelle era una
niña muy despierta para su edad, pero, no se esperó una charla como esa, con
una niña de nueve años. Ya no le discutió, sino que la abrazó como pudo y
continuaron hasta la habitación de la niña.
—¿Te vas a casar con Ryan? —preguntó la niña, a una sorprendida Diana.
Una arruga se instaló en la frente de ésta y se preguntó a qué se debía
semejante pregunta.
—¿Pero qué pregunta es esa? —Diana no había pensado aún en el
matrimonio, mucho menos, con quién se casaría, aunque, antes de conocer a
Alessandro, creía que lo más lógico era que se pusiera de novia con su
vecino.
Ahora sabía que no era suficiente sentir cariño por alguien, ella quería que
su corazón se comportara, de la manera que lo hacía cuando la miraba
Alessandro. Tal vez no estaban destinados a terminar juntos, pero quería eso
que él le hacía sentir, para pensar en algo para toda la vida.
—Mamá le dijo a su amiga, que tú y Ryan pronto se pondrían de novios.
Que él era alguien que te merecía, que era un buen prospecto para esposo;
aunque no sé qué significa prospecto. —Apretó los labios al ver el rostro
azorado de su hermana. Temía que no hubiera sido una muy buena idea
hacerle esa pregunta, pero era una niña, la curiosidad podía con ella —
También… le dijo que ambos estudiarían leyes y, que en un futuro trabajarán
en su bufete.
Rachelle hizo una mueca de disculpa, al ver lo enormes que se veían los
ojos de Diana. Ésta sintió que ya no llegaba el aire a sus pulmones.
Necesitaba aire, entonces le besó en la cúspide de su cabeza y la arropó, antes
de salir de nuevo al jardín.
Diana sabía que su hermanita no se lo dijo con malicia, pero no pudo
evitar sentirse como una marioneta, a quien otros manejaban con unos hilos
trasparentes. Esta vez no caminó hacia los viñedos, sino que corrió hasta que
ya no pudo respirar.
Se agachó y se sostuvo con sus dos manos en sus rodillas flexionadas. En
esa posición, inhaló profundamente hasta que le volvió la vida. Cuando se
incorporó de nuevo, puso las manos en su cintura y observó el horizonte,
permitiendo que la brisa despeinarse su corta melena.
Alessandro la observaba desde su balcón, mientras fumaba un cigarrillo,
pero, a pesar de que sintió un fuerte deseo de seguirla, no lo hizo. No esta
vez. Seguiría observándola desde la distancia, esperando que en algún
momento aparecieran sus alas, o que sus hermosos ojos le regalaran una
mirada. Ese deseo que sentía por ella le impedía acompañarla esa noche.
Sentía que eso no estaba bien, ella era demasiado joven.
Diana se preguntaba por qué Bianca se empecinaba en planearle la vida.
¿Quién era la que estaba equivocada? ¿Las mamás hacían eso? No es que
Ryan fuera una mala persona, o que el futuro que ella imaginaba fuera
desagradable, pero nada de eso le erizaba la piel, ya no estaba segura de
querer ir a Stanford, o estudiar leyes siquiera. Algo en ella estaba cambiando,
pero ella aún no lo notaba.
Esperó, con el corazón acelerado, a que Alessandro apareciera detrás suyo
y la acompañara, embriagándola con ese excitante aroma a perfume de
hombre, pero, a medida que los minutos pasaban y sus párpados se volvían
más pesados, se dio cuenta de que eso no iba a suceder, entonces se giró y,
aún hecha un lío, volvió a su habitación.
...
Diana se removía en la cama como si algo la inquietara. Sentía unos dedos
acariciando su piel, completamente desnuda. Cuando por fin pudo notarlo,
vio a Alessandro llevar un dedo a su boca, pidiéndole que hiciera silencio. El
pecho de la joven se hinchaba, descontrolado, al sentir que ahora sus manos
le acariciaban sus casi inexistentes pechos, como lo había visto en la película
de Freya en el avión. Le apretaba los pezones, tan fuerte como para que ella
sintiera placer, pero, no tanto para que le doliera.
Ella no entendía qué estaba sucediendo y en qué momento había aceptado
perder su virginidad con Alessandro, quien en ese momento, unía sus labios a
los de ella para besarla con una pasión que ni siquiera imaginó que existía.
Sonrió torpemente, con los ojos cerrados, al sentir que él bajaba los labios por
su cuello y que no se detuvo hasta llegar a sus dos niñas para darles placer.
Apretaba las sábanas entre sus temblorosas manos, por el éxtasis que le
hacía sentir esa lengua traviesa haciendo círculos sobre ellas. No quería abrir
los ojos, porque sentía mucha vergüenza de su desnudez. No es que no le
gustara su cuerpo, pero deseaba tener mejores curvas y pechos más grandes.
Ahora mismo podrían confundirla con una adolescente, pero, al parecer, eso
no detenía a su sexy acompañante.
Quería decirle que no había pasado de los besos con Ryan, pero no le salía
la voz, así que tendría que confiar en que su inocente rostro le daría a
entender que, de concretar lo que creía iba a hacer, sería su primera vez.
Todo estaba en penumbras, apenas iluminado con la luz de la luna que se
colaba por la ventana. Su corazón no latía así de loco, sólo porque él ahora le
acariciaba su zona íntima, sino por el terror que le causaba imaginar que
Bianca, su padre o Rachelle entraran por esa puerta, la cual miraba a cada
rato.
Lo olvidó todo cuando, con un beso en los labios, sintió un dedo de
Alessandro en su interior, lento y profundo. Soltó un gemido, pero éste fue
acallado por otro apasionado y profundo beso, haciendo que el movimiento le
fuera cada vez más tolerable.
Sentía que su piel le ardía y estaba más sensible que de costumbre, lo que
podría deberse a la pasión con la que había recorrido cada centímetro de ella.
Al sentir que él le abrió las piernas, como el hombre de la película, abrió
sus ojos con sorpresa. Se sentó, completamente agitada en medio de la cama
y descubrió que todo había sido un sueño. Uno que jamás había tenido antes
y, que la había dejado completamente empapada de sudor. Llevó una mano a
su rostro e intentó controlar su respiración.
—¿Qué… fue todo eso? —susurró, mirando todo a su alrededor. Todo
estaba como en su sueño, pero no su apasionado Alessandro. —Debo estar
volviéndome loca…
Recordó que todo lo que había soñado, era exactamente lo que vio en la
película pero… ¿Por qué ahora? ¿Por qué con él? ¿Cómo lo miraría al día
siguiente? Necesitaba a una amiga que no la juzgara, necesitaba a alguien de
mente abierta como Freya. Cuando fueran al pueblo, lo primero que haría
sería buscar un lugar que tuviera internet para escribirle. Estaba segura de que
ella tendría una respuesta.
Se echó nuevamente de espaldas a la cama y sintió que no era sólo su
corazón el que latía. Se cubrió los ojos con el brazo y estuvo así hasta que se
quedó dormida nuevamente. Ese día cumplía la mayoría de edad y algo en
ella estaba cambiando.
Cuando por fin amaneció, oyó el estruendo de Rachelle abriendo la puerta
de un portazo, como había temido tanto que sucediera antes, en su sueño. Se
sentó de golpe, por segunda vez en menos de dos horas, pero a diferencia del
inquietante sueño, ahora no tenía que temer. Vio entrar detrás de la niña a su
padre y a Bianca, quien cargaba un pequeño pastel decorado y con una vela
encendida.
Era por cosas como esa, que la cumpleañera tenía sentimientos
encontrados hacia su madrastra. Nunca había dejado de hacer eso desde que
llegó a su vida y se notaba en ella el deseo de protegerla como a una hija,
pero, tal vez, no notaba que no estaba utilizando la técnica acertada. Más
bien, se comportaba como la dueña de Diana y, como si sólo lo que ella
planeara estuviera bien.
Rachelle traía consigo una pequeña caja roja, lo que llamó la atención de
Diana. Parecía envuelta por una niña como ella, así que asumió que así fue.
Jackson la rodeó con sus fuertes brazos y la llenó de besos como hace mucho
no lo hacía. Se podía ver que sus ojos brillaban por las lágrimas que
amenazaban con salir. Su pequeña se estaba convirtiendo en mujer y no lo
podía evitar.
—Muchas felicidades, hijita. No sabes lo orgulloso que estoy de ser tu
padre… y de que hoy sigas siendo una estupenda hija. —Le acarició el rostro
con el dorso de su mano y luego lo acunó. Diana también sentía que las
lágrimas le ardían y estaban por caer. Extrañaba a su padre, aunque estuviera
siempre ahí.
—Feliz cumpleaños, hija querida. Deseo que sigas siendo la joven
cariñosa y obediente que siempre fuiste, porque no quisiera fallarle a tu
mamá, al no criarte como ella lo hubiera deseado… —Eso había sido un
golpe bajo. No sabía si lo había dicho para recordarle que debía seguir siendo
tan sumisa como antes, o porque en realidad quería lo mejor para ella.
—¡Feliz cumpleaños, Didi! —exclamó la niña saltando a la cama junto a
su hermana. La apresó con sus brazos como una garrapata —¡Abre primero
mi regalo! ¡Ábrelo, ábrelo! —insistió con una enorme sonrisa.
Diana lo hizo de inmediato y pudo notar que en el interior de la caja había
una bella mariposa azul, de esas que tienen como dos ojos en sus alas y,
dicen, traen suerte a quien la tenga. La niña, no contenta con eso, se acercó a
susurrarle algo en el oído.
«¿Recuerdas lo que hablamos de las Mariposas? Pues esta es especial y
cumplirá tus mayores deseos. Escógelos bien».
Diana no necesito pensarlo mucho, sabía lo que su corazón le pedía desde
que lo conoció. Aunque esperó verlo entrar por la puerta, eso no sucedió.
Tomó la caja con la mariposa y la miró con una sonrisa pícara. Era el
momento de pedir su primer deseo.
Capítulo 9
«¿Dónde estaba siempre hasta el anochecer? ¿Con quién?», se preguntaba
Diana, mientras pasaba frente a la ventana de Alessandro. Se había puesto un
fresco y primaveral vestido que le llegaba hasta la mitad del muslo. Hacía
mucho calor y, luego de ese sueño de cumpleaños, se sentía diferente. Se
sentía más mujer de lo que fue hasta el día anterior, a tal punto de querer
arreglarse más que antes.
Había ondulado levemente su pelo y lo adornó con un broche de flor como
las que tenía su vestido. Sus labios tenían un brillo que lo dejaban un poco
más rosa de lo que ya eran normalmente, pero, sin que pareciera una
mascarilla andante. Era su cumpleaños, pero sentía una tristeza que la llevaba
a caminar muy despacio hacia el jeep que la esperaba para ir al pueblo.
—¡¿Por qué siempre caminas tan lento?! —reclamó Rachelle, con la mitad
del cuerpo afuera del vehículo. La niña hacía un gesto con la mano,
exigiéndole que acelere los pasos.
Sólo faltaba ella para partir. Tomás los acompañaría, como siempre. Éste
cerró la puerta luego de que la joven subiera y, partieron sin perder más
tiempo. El sol estaba preparándose para su descanso, dando lugar al bello
crepúsculo que empezaba a teñir el cielo de naranja.
Diana quería saber si Alessandro iría realmente al lugar a acordado, o si
sólo le dijo eso por amabilidad. De verdad deseaba verlo ese día, o más bien,
esa noche, porque, las primeras estrellas empezaban a aparecer en el violáceo
firmamento. Aún no la había felicitado y, aunque su deseo era demasiado
imposible, deseaba que se cumpliera.
Cuando llegaron, fueron recibidos por dos parejas muy llamativas. Una,
porque estaba conformada por dos hombres con ropa ochentosa, con colores
vibrantes y llamativos en sus camisas, y la otra, porque la mujer vestía una
ropa que parecía dos tallas menos de la correcta para ella. Aun así, debía
reconocer que se veía fenomenal y que, tal vez, era sólo su envidia la que se
había fijado en ese detalle. La mujer era una italiana con todas las de la ley,
con ese labial rojo en los labios y el pelo lleno de rulos.
—¡Bianca! ¡Jackson! —exclamó la llamativa mujer, quien no soltaba la
mano de su escuálido esposo. Era hasta irónico verlos juntos. Ella, una
despampanante mujer y él, un flacucho con lentes.
«Cosas del amor», pensó Diana.
—¡Giovanna! ¡Luca! —respondió Bianca. Jackson saludó primero al
hombre mientras las dos mujeres se estrechaban en un abrazo. Al parecer, se
conocían de antes.
Rachelle le hacía gestos raros a su hermana, por lo que, disimuladamente,
se agachó a oír lo que quería decirle.
—Esa es la amiga de mamá, la que te conté anoche… —Había puesto sus
dos manitas alrededor de la oreja de Diana para que nadie oyera lo que le
decía. En ese momento, los dos hombres, luego de saludar a sus padres, se
acercaron a la cumpleañera para entregarle un presente.
—Feliz cumpleaños, piccola donna —dijo torpemente uno de ellos, quien,
al parecer, intentaba hablar en español.
—¡Gracias! —respondió la joven, sonriendo por primera vez en la noche.
El móvil le empezó a sonar sin parar. Eran los montones de mensajes que no
le habían llegado desde su partida de San Francisco. Ahora que tenía señal —
gracias al servicio del local— le habían llegado todos juntos.
Un joven con un delantal a cuadros les indicó la mesa que habían
reservado y, los acompañó a ubicarse. Diana revisó rápidamente lo que le
había llegado y en su mayoría eran de Madison y Ryan, ya luego los leería.
En ese momento, era otra su urgencia, sacó el pequeño trozo de papel de su
cartera y anotó el número de Freya en el directorio.
Sabía que, si decía que llamaría a sus amigos, nadie se opondría, por lo
que, apenas todos se ubicaron, ella, con esa excusa, se alejó de nuevo. En
realidad, sí haría una llamada, pero a una de quien esperaba una respuesta.
Oyó por un rato el tono de llamada y, cuando estuvo a punto de cortar —
decepcionada—, oyó una voz que le sonó familiar.
—¿Diga? —Era la voz de la pelirroja. Diana suspiró aliviada y miró a su
espalda para ver que nadie estuviera cerca. Todos estaban donde los dejó,
charlando, de repente en español, de repente en italiano.
—Hola… ¿Freya? —preguntó dudosa. Aunque había hablado con ella y
podía reconocer su voz, siempre era mejor asegurarse.
—¿Con quién hablo? —preguntó la mujer del otro lado. Se oía una música
de fondo y Diana supuso que debía estar en alguna fiesta o algo así.
—Soy Diana, la chica del avión… ¿Me recuerdas? —Oyó un chillido del
otro lado y supo que la había reconocido. Su corazón sintió un agradable
alivio.
—¡Claro! ¿Cómo has estado? ¿Estás pasando bien? —La mujer gritaba, al
parecer la música seguía fuerte —Espérame un momento, estoy en una sesión
y la música está muy fuerte. Apenas te oigo, me alejaré un rato.
—Por supuesto —respondió Diana y aguardó un rato, moviendo
nerviosamente su pierna.
—Perdona, mi vida es así todo el tiempo, pero no puedo imaginarla de
otra manera. —Se escuchó una risa —Ahora dime, ¿qué tal Toscana? ¿Lo
estás pasando bien…?
Diana le contó, en pocas, palabras todo lo que había sucedido desde que se
conocieron y que era su cumpleaños. Freya la felicitó emocionada y le deseó
felicidad, por sobre todas las cosas. Como regalo, le había dado unos
consejos a Diana, que jamás olvidaría y que marcarían un antes y un después
de esa inocente joven.
—Lo que sucede, mi querida amiguita, es que el estar cerca de un hombre
de verdad, despertó tu deseo sexual y, créeme, es completamente natural.
Antes, tu cuerpo no sentía esa necesidad de manifestarse, ahora te pide que lo
conozcas y debes hacerlo. No sabrás lo que te gustaría que te hicieran, si no
lo pruebas. —Diana había llevado una mano a su boca y se giró a mirar si
nadie estaba cerca. Estaba tan avergonzada que temía estar completamente
sonrojada.
—Pero yo… —empezó a decir, casi en un susurro.
—Lo sé Diana, ¿puedo llamarte Didi? —preguntó. La joven se alegró de
pensar que alguien como Freya quisiera llamarla así, como si fueran grandes
amigas, así que le dijo que sí sin dudarlo. —Supe que eras virgen desde que
te vi tapar tus ojos cuando espiabas la película que yo estaba viendo. Debo
reconocer que fue muy simpático verte hacer eso, pero supe que algún día te
harías estas preguntas que ahora me haces, lo supe cuando dejaste de taparte
los ojos. Es normal que sientas curiosidad y que sucedan cosas como las que
viste en la película entre ese hombre y tú… No temas, nada te pasará por
disfrutar de «tu vida».
Diana sintió de nuevo ese calor al imaginar lo que le estaba diciendo la
mujer del otro lado. ¿Cómo iba a conocer su cuerpo? Ya lo conocía… ¿A qué
se refería Freya?
—Dime… ¿A qué te referías con conocer mi cuerpo? Lo veo todo el
tiempo.
—Me encanta esa inocencia, mi pequeña Didi, pero tu cuerpo pide que lo
conozcas más… a fondo. De manera más íntima.
La joven escuchó, acalorada, todas y cada una de las palabras que le decía
la pelirroja al otro lado del teléfono. ¿Que le iba a pasar un video para que
tuviera una idea? «¿Qué tipo de video podría ser ese?», pensó la joven, pero
simplemente esperó a que terminara de descargar, sin abrirlo, como le
advirtió Freya antes de despedirse. Le había aconsejado verlo a solas.
—Estaré en la Toscana dentro de dos semanas. Espero verte Didi… Y con
respecto a ese misterioso hombre, no temas. Si de verdad te gusta tanto como
para colarse en tus sueños más secretos, hazle saber que ya eres una mujer,
porque lo eres. Total, después del verano, tú volverás a América y seguirás
con tu vida, pero te irás con recuerdos que atesorarás para siempre. Vive tu
vida como si no hubiera mañana, porque nadie más tiene derecho a vivirla
por ti.
Diana le agradeció emocionada por sus palabras y regresó a la mesa junto
a su familia. Bianca la miró, sonriente y con complicidad, suponiendo que esa
radiante sonrisa se debía a la conversación que, supuestamente, tuvo con
Ryan.
—Les dije que esos dos tórtolos tenían mucho de qué hablar… —
mencionó para sus amigos. Diana no se lo había tomado mal en ese
momento, no hasta lo que sucedió a continuación.
—¡Alessandro! Pensamos que no vendrías —expresó Jackson
levantándose de su asiento. Diana se quedó petrificada, él había ido al final.
Era imposible que no haya oído lo que dijo Bianca sobre su llamada. ¡Rayos!
—Llegaste justo a tiempo, aún no empezábamos. Es que Diana estaba
hablando con su novio, por eso está así de sonriente…
Diana apretó los labios con rabia y vio a Alessandro tomar asiento al lado
de la exuberante mujer de pelo enrulado. La saludó con dos besos en la
mejilla y mantuvo su semblante serio. La Diana de antes se hubiera callado, o
tal vez hubiese aceptado esa suposición, pero a la Diana de ahora, le
importaba lo que el apuesto hombre, que no le quitaba la mirada de encima,
pensara.
—Él no es mi novio, Bianca y, te agradecería que dejaras de decir que lo
somos. Mucho menos que nos vamos a casar. ¿Está claro? —Todos en la
mesa se quedaron petrificados con esa respuesta, pero más la aludida, quien
la miraba totalmente aterrorizada.
—Hablaremos en la casa, Diana. Ahora no es momento de discutir —dijo,
con un tono que esperaba que sólo ella lo oyera —Los jóvenes de ahora…
con ese tema de la modernidad —añadió la madrastra, intentando recomponer
la velada. Miró a Diana con desaprobación y luego sonrió para el joven que
traía la primera ronda de pizza.
Alessandro la miraba en silencio, atento, como si estuviera analizando
algo, pero, en su interior sentía un extraño gozo con la aclaración. Al parecer,
ella quería dejar en claro que no tenía nada con ese chico y, aunque no
esperaba que fuera por él, se alegró.
Nadie volvió a tocar el tema de Diana en toda la noche, no hasta que
Bianca pidió a Alessandro que llevara a Rachelle y a Tomás con él en su
auto. El hombre aceptó sin dudarlo, aunque sabía por qué se lo pedía. Al fin y
al cabo, era su medio hermana y tenía la sangre caliente como él.
Diana esperó que la guerra se desatara apenas subieran al jeep, pero la
quietud duró hasta casi llegar a la propiedad. Jackson manejaba el vehículo
con el rostro preocupado. Odiaba que dos de las mujeres más importantes de
su vida pelearan y, aunque entendía la posición de Diana, también sabía que
Bianca no lo había hecho con mala intención.
—No vuelvas a contestarme de esa manera Diana, ¡jamás! —exclamó
acalorada. Se había girado a mirarla y Diana no aguantó, bajó del jeep y
caminó hacia la sala.
Ya todos debían estar dormidos, así que nadie oiría su discusión. Bianca la
siguió de cerca y cuando estaba a punto de salir al jardín para ir a su
habitación, la tomó del brazo y la volteó para que la mirara. Jackson intentó
apaciguar los ánimos, pero fue en vano.
—¡No me detengas, Jack! Sabes por qué lo hago. —Miró a su esposo y
pidió que se mantuviera al margen, a pesar de que era su hija —Y tú, Diana,
me vas a escuchar.
—¿Qué es lo que debo escuchar, Bianca? ¿Qué ya hasta mandaste
imprimir las invitaciones de mi boda con Ryan? ¿Acaso pensaste en mis
sentimientos? —La mujer estaba completamente desconcertada.
Nadie había notado que los demás habían llegado también, pero Tomás
llevó a la pequeña a su habitación y la dejó ahí, dormida. Ya era muy tarde,
rondando casi la media noche. Sus ojitos se habían rendido durante el viaje.
Alessandro se quedó en la puerta, recostado por ésta, sin meterse en la
pelea familiar, aunque deseaba, con toda su alma, defender a Diana. Sabía por
qué su hermana actuaba de esa manera y, aunque pensaba que no eran los
mismos tiempos, la entendió.
—¡Eres una malagradecida! ¡Todo lo que hago es por tu bien! Y es así
como me agradeces… Te quiero como si fueras mía, te cuido y velo por tu
futuro. ¿Acaso eso es un pecado? ¿Querer un futuro seguro para mi familia?
—Un futuro del que me gustaría ser parte, Bianca… Un futuro que me
gustaría elegir —respondió ya más calmada, pero con lágrimas en los ojos.
—Tú hablas como si tuvieras todo planeado. Mi carrera, mi familia, mi
trabajo… ¿Sabes lo que se siente que no tomen en cuenta tus deseos?
—¿Y sabes acaso qué es lo que deseas? ¿Qué vas a hacer? ¿A qué te vas a
dedicar? —Diana se quedó en silencio. Ella sólo sabía que no quería eso que
su madrastra tenía planeado para su futuro —¿Ves? Ni siquiera lo sabes. ¿O
es que acaso quieres terminar drogada en alguna esquina, viendo tu vida
pasar frente a tus ojos mientras la heroína se lleva tu alma? ¡¿Es eso lo que
quieres?!
Diana no respondió, solo salió corriendo hacia el jardín. Jackson presenció
todo en absoluto silencio. Abrazó a su esposa, quien en ese momento empezó
a sollozar con el rostro hundido en su hombro. Alessandro pasó a su lado y se
quedó frente a ella para decirle unas palabras. Ella, al notar su presencia ahí,
levantó la mirada.
—Ella no es Chiara, Bianca… —Y con esas palabras y, la mirada llorosa
de su hermana, siguió a la joven hasta su escondite. De camino, abrió el cajón
de un mueble y sacó algo. Bianca sabía perfectamente lo que era, pero no lo
detuvo. Sabía que, tarde o temprano, tendría que contarles a sus hijas la
verdad.
Al ver la puerta de la bodega entreabierta, supo enseguida dónde debía
estar Diana, así que entró con cautela. La vio abrazándose a sí misma y
llorando. Caminó hasta ella y se quedó parado a su lado.
—Ven… Quiero mostrarte algo. —Le señaló unas butacas pegadas a la
pared, cerca de unos inmensos toneles —Tal vez, luego de esto entiendas a
Bianca.
Capítulo 10
Diana se limpió las lágrimas con los dedos, cuando se dio cuenta de que
tenía compañía. Él apretó los labios y se recostó por la pared con la foto en
las manos. Ella reconoció la misma, como la que había visto días antes en el
mueble de la sala.
Por supuesto, fingió sorpresa, o más bien, curiosidad, aunque esto último
sí la sentía de verdad. Alessandro tenía el rostro serio, hasta se podría decir
que triste, mientras observaba la antigua foto. Él debía tener a lo sumo unos
diecisiete años en ella, pero las dos mujeres se veían un poco mayores.
—No siempre fuimos sólo Bianca y yo. Teníamos una hermana que se
llamaba Chiara.
Le tendió la foto y Diana se sintió mal por pensar que se trataba de esa
Paola a la que nadie quería mencionar. Ella la tomó y entendió por fin por
qué estaba guardada la foto. Traía recuerdos que dolían a sus dueños. La
observó en silencio y miró fugazmente a Alessandro.
—Cuando nuestra mamá se casó con mi papá, ella ya las tenía a Bianca y
a Chiara, de un matrimonio anterior. Era viuda para entonces. Ellas sólo se
llevaban dos años, pero me pasaban diez y ocho años, respectivamente. —
Diana miró la foto y ahora que lo mencionaba, ambas chicas eran muy
parecidas, con la única excepción del color de pelo. Chiara era medio rubia.
—¿Y qué… pasó con ella? —Era evidente que algo muy doloroso y, se
sintió mal por hacer esa pregunta, pero, quería conocer la historia, porque,
según él, era la razón por la que Bianca era así de manipuladora.
—Nuestra madre murió cuando yo tenía dieciocho años. Justo unos días
después de mi graduación del instituto. Chiara era más débil que Bianca y
nunca superó nuestra pérdida. —Miró a Diana y ésta lo observaba
atentamente, más cerca de lo que él desearía —Papá estaba siempre ocupado
con lo de la comisión y, no lo culpo; era su forma de llevar el duelo.
Trabajando, hasta caer rendido por las noches.
Bianca nunca había mencionado esa parte de su vida, por lo menos, no a
sus hijas. Le hubiese gustado saber que tenía más tíos, aunque, prefería no
ver a Alessandro como familia. Su silencio le indicó a su acompañante que
deseaba seguir escuchando, así que éste continuó.
—Bianca tuvo que hacerse cargo de la casa y de dos hermanos menores.
Tuvo que renunciar a sus proyectos de vida y a su gran amor… —Diana
abrió los ojos de manera exagerada. ¿De cuál gran amor hablaba? —Ella no
pudo descubrir a tiempo que Chiara andaba en malos pasos. Fue siempre muy
astuta para engañarla. —Suspiró profundamente y, luego de un leve
descanso, continuó —Ella sólo desapareció un día, dejando una carta escrita
en un trozo de papel arrugado. Tal vez se había arrepentido y luego lo
reconsideró. Decía que había dejado la universidad para irse a recorrer el
mundo, que papá no tenía tiempo para nosotros y que no la buscáramos. Era
mayor de edad, así que nada pudimos hacer.
—Continúa…—pidió, luego de ver que él se detuvo porque se había
quedado muy callada y pensativa.
—Semanas después, nos contactó la policía. Habían encontrado su cuerpo
en una esquina, en la ciudad de Milán. Estaba tan flaca y ojerosa que,
supusimos, no sé había alimentado en mucho tiempo. Fue un duro golpe para
todos, pero más para Bianca. Ella sintió que falló en su misión de cuidar de
ella, aunque poco o nada podía hacer. Era mayor.
—Lo siento mucho…
—Gracias. —La miró con cariño. Aunque estaba visiblemente triste, tenía
esa sonrisa que ella adoraba. Deseó rodearlo con sus brazos y oír los latidos
de su corazón, pero se limitó a seguir mirándolo. —Te lo conté porque,
aunque no estoy de acuerdo con la manera en la que Bianca intenta manejar
tu vida y la de Rachelle, es posible que se deba a eso. Ella quiere reparar sus
errores contigo. Ella piensa que, arreglando tu vida, según su opinión de lo
que es correcto, estarás a salvo.
—Lo sé y, tal vez antes lo hubiera aceptado, pero algo en mí cambió en
este viaje. Ya no estoy tan segura de querer ir a Stanford, ni de decirle que sí
a Ryan… por más que es lo que todos esperan.
Alessandro la miró con el ceño fruncido. Pensó un momento y luego se
dirigió a ella nuevamente.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Lo sabes? —Ella lo miró pensativa. No sabía
exactamente lo que quería, pero estaba segura de que no era eso que tenían
planeado para ella. Negó con la cabeza levemente —Ella nunca aceptará que
tienes razón, a menos que tengas tu propio plan. Debes encontrar eso que
quieres hacer por el resto de tu vida, eso que te motive a levantarte cada
mañana, eso que te llene de gozo el corazón.
Estaban peligrosamente cerca, tanto, que podía ver cada detalle de su
angelical rostro. Él se alejó al sentir un impulso de besarla.
—Entiendo que ya no quieras seguir la carrera de leyes, pero, debe haber
algo que te apasione, algo que desees con toda tu alma. Algo que te haga
feliz.
Se miraron en silencio por unos segundos. Ella parecía buscar en su
interior esa respuesta, pero no la encontraba.
—¿Qué pasa si aún no lo sé? ¿Tendré que aceptar su plan?
Alessandro negó con la cabeza.
—Estarán aquí por un tiempo. Te ayudaré a buscar esa respuesta que,
estoy seguro, está ahí. —Señaló hacia su pecho —Te ayudaré a descubrir qué
es eso que te levantará cada mañana con el corazón acelerado, como lo siento
yo cuando pienso en lo que amo…
Ella quiso pensar que se refería a ella, pero, sería una tonta si creyera eso.
Acababa de conocerla y, además, estaba segura de que afuera había mujeres
más interesantes, que una joven que no sabía ni lo que quería en la vida.
—Gracias… pero no debes hacerlo, ya bastante tienes con recibirnos aquí
y tus ocupaciones.
Ella tenía esa mirada de ángel que empezaba a volverlo loco. Quería
protegerla, quería probar esos labios que lo tentaron desde que la vio por
primera vez.
—Quiero hacerlo —respondió, encogiéndose de hombros—. ¿Qué te
parece si ahora bebemos ese vino que teníamos pendiente?
Diana nunca había bebido alcohol antes, pero no se lo mencionó. En Italia
era muy común que en la mesa se sirviera una copa de vino con el almuerzo,
sin embargo, Bianca no había llevado esa parte de la tradición a América.
Diana temía meterse en problemas, pero Alessandro le dijo que su madrastra
no la buscaría esa noche, que debía estar demasiado molesta para querer
pelear más.
—Está bien —repuso, mordiendo su labio inferior.
Alessandro buscó dos copas en un estante que tenía en un rincón de la
bodega. Seguramente recibía visitas o clientes en ese lugar, por eso tenía
siempre lista la vajilla para servir el vino.
—Toma. —Le pasó una copa a Diana y luego tomó otra para él —¿Sabes
lo que es catar un vino? —preguntó, levantando una de sus cejas y tomando
el sacacorchos en la mano. Tenía la sospecha de que la respuesta iba a ser no,
pero verla negar con la cabeza, lo confirmó —Bien, señorita Diana, usted
aprenderá esta noche a catar vinos, pero antes, déjeme entregarle mi regalo.
Ella pensó que se refería a la botella de vino que le había mostrado la vez
pasada, pero se sorprendió mucho al ver que metió la mano en su bolsillo y
sacó una pequeña caja de terciopelo negra. Él bajó su copa para poder ponerle
en su brazo lo que contenía la cajita.
Diana ahogó un chillido, al ver lo bonita que era la pulsera que Alessandro
tenía ahora en sus manos. Era de oro y tenía pequeñas flores de muguet como
dijes colgantes. También se los conoce en muchos lugares como lirios
salvajes y, esos, en particular, estaban hechos en cristal de Murano.
—Es hermosa… pero, no era necesario —susurró Diana, observando la
maravillosa joya, la cual, supuso, no debía ser muy barata.
—Son flores de muguet —Ella las observaba con atención, eran tan
pequeñas y brillantes, que parecían hipnóticas —Simbolizan suerte y
felicidad…
—¡Gracias! Me encanta... —Acarició la joya con la mano.
—Ahora, continuemos con lo nuestro. —Tomó de nuevo el sacacorchos y
la botella. Ella sonrió por lo bajo al oír las últimas palabras, «lo nuestro».
Para ella tenían otro significado, uno más profundo. —En primer lugar, debes
saber que un vino se cata en tres pasos, visual, olfativo y gustativo.
Diana observó con atención, luego asintió. Él abrió el vino y sirvió un
poco en ambas copas, la tomó del tallo y prosiguió.
—Debes tomarla de aquí —Le señaló la forma correcta de agarrar la copa
—, para que el vino no se caliente. —Ella asintió y lo imitó —Esto es beber
el vino con los ojos. Mira —dijo, inclinando un poco la copa—. Si pones así
tu copa, notarás muchos detalles del vino, como por ejemplo la nitidez, la
intensidad, el color, las lágrimas, las burbujas…
Le explicó todo lo que eso implicaba y cómo distinguirlo. Ella adoraba la
forma tan experta con la que hablaba ese hombre. Ahora sabía que, no sólo
era hermoso, también era inteligente y, eso lo hacía aún más atractivo.
Pasó a explicarle luego las dos fases siguientes, la olfativa y la gustativa,
para luego empezar a beber. Ella no lo sabía aún, pero esas palabras
significarían mucho para su futuro. Bebió un sorbo del líquido violeta intenso
y empezó a toser. El alcohol le quemaba, ligeramente, la garganta y, eso llegó
hasta su estómago.
Alessandro se preocupó, pero ella le restó importancia al asunto, con un
gesto de mano. Por fortuna, eso sólo había sucedido la primera vez, porque,
la segunda copa, ya la bebió como toda una experta, bajo la atenta mirada de
su acompañante.
Aunque todo empezó a darle vueltas, no se detuvo. Le gustaba esa
sensación de tranquilidad que sentía con cada sorbo. Alessandro sabía que el
alcohol se estaba cobrando una víctima, pero, aun así, tampoco la detuvo.
Sabía perfectamente que, tal vez, era la única vez que ella podría
experimentar algo así en su vida y, qué mejor que hacerlo en su presencia,
bien cuidada.
Él no sospechaba de sus deseos ocultos, por lo menos, no hasta que ella
empezó a reír sin motivo aparente. Empezó a balancearse al ritmo de una
música imaginaria y, con los ojos cerrados, como si nada ni nadie los pudiera
interrumpir.
La tomó de la cintura, justo antes de caer a causa de un evidente mareo.
Error, aunque no lo supo hasta que fue muy tarde. Ella le rodeó el cuello con
sus dos brazos y empezó a balbucear algo que, al principio, no entendió.
Alessandro sonreía pícaro al verla bajo los efectos del alcohol.
—Quiero… que me beses, como lo hiciste anoche… en mis sueños…. —
El hombre tragó grueso al entender lo que había dicho. No había algo que
deseara más que complacerla, pero temía aprovecharse de la situación. Se
suponía que debía cuidarla y, no estar teniendo esos deseos pecaminosos con
esa sonriente joven que movía peligrosamente su cuerpo contra el de él, para
colmo, ese vestido corto no ayudaba mucho.
—Estás ebria, Diana, así que… mejor te llevo a tu dormitorio —mencionó
el hombre, muy a su pesar. Realmente deseaba probar esos labios, los cuales
le pedían suplicante unirse a los suyos. Ella se aferró a él como un náufrago a
la orilla.
—En mis sueños no dijiste eso… Sólo me besaste en tantas partes, que no
puedo recordarlas todas… y, fue genial —Lo miró directo a los ojos,
suplicando que la complaciera —Ya no es mi cumpleaños, pero quiero que
me beses… Quiero saber si siento algo diferente a lo de Ryan…
Eso fue suficiente. Él no se pudo contener más. Quería demostrarle que,
sea quien fuera ese Ryan, él podía hacerla sentir cosas que ese fulano, no. Y
así fue, ella se dejó llevar por el momento y disfrutó de un apasionado beso
como el de su sueño. Su corazón latía descontrolado y, las manos de
Alessandro, las cuales habían acunado el rostro de la joven, ahora bajaban
lentamente hacia sus pechos.
Se detuvo antes de tocarlos, porque, sabía que no habría marcha atrás. No
era correcto aprovecharse de ella en ese estado. Pegó su frente a la de Diana e
intentó contener su alocada respiración y, a otra parte de su anatomía. Esa
jovencita tenía algo que lo descontrolaba, tenía algo que lo hacía vulnerable a
sus encantos, los cuales, estaba seguro, ni siquiera conocía.
Ella rio nuevamente y, luego, casi cayó desmayada. Él la sostuvo a
tiempo, la cargó en sus brazos y la llevó a su habitación, en un tortuoso vía
cursis causado por la suavidad de su piel rozando con la de sus manos. Por
supuesto, se había asegurado de que nadie los viera, o ambos estarían en
serios problemas.
La bajó sobre la cama y se sentó por sus piernas para mirarla un rato más.
Ella dormía profundamente y, tal vez al amanecer ni siquiera recordaría ese
beso, por eso pegó una vez más sus labios a los de ella, dulce y sin prisa y,
luego de acariciarle el rostro y la cabeza, se retiró.
—Dulces sueños, mi ángel. Gracias por el mejor beso de toda mi vida…
No tenía pensado regresar, pero volvió para traerle unas pastillas para la
resaca y un vaso de agua. Escribió una nota y se volvió a marchar.
«Tómala, te hará sentir mejor. Espero que hayas disfrutado de tu regalo.
Alessandro»
Capítulo 11
Alessandro amaneció preocupado por Diana. Temía que la resaca hubiera
sido muy fuerte y se metiera en más problemas de los que ya tenía. Esa
mañana decidió desayunar con sus huéspedes y, no irse tan temprano como lo
había venido haciendo días atrás.
Ni Bianca ni Diana habían bajado aún. Jackson y Rachelle ya estaban
sentados en la mesa y charlaban con Alessandro, pero, de tanto en tanto, se
fijaban hacia la puerta que daba al jardín, por si una de ellas entraba.
No era casualidad que ninguna de las dos estuviera en el comedor. Diana,
a pesar del ligero dolor de cabeza que aún tenía, luego de tomar lo que
Alessandro le dejó, había decidido ir a buscar a su madrastra para hablar
sobre lo sucedido la noche anterior.
Sintió que debía aclararle que ya no se sentía la misma, que algo en ella
estaba cambiando y que ya no permitiría ciertas actitudes de los demás.
Estaba cansada de que todos se metieran en su vida y la trataran como si
fuera un títere.
—Pase —respondió Bianca, apretándose la sien con la yema de los dedos.
Miraba por la ventana, pero al oír que la puerta se abría, se giró a mirar de
quién se trataba, aunque tenía la leve sospecha de quien podía ser. Al ver que
era su hijastra, volvió a su posición anterior, pero esta vez se abrazó a sí
misma.
—No quise faltarte al respeto anoche... —susurró, mientras caminaba
hasta donde la mujer estaba, en total silencio y sin voltear. No parecía
molesta, sino triste —Alessandro me contó sobre Chiara. Quería decirte que
lo siento mucho.
La mujer la miró de soslayo y asintió.
—Yo tampoco quise gritarte. Yo no sabía que te molestara tanto que
deseara una relación entre tú y Ryan, pensé que las cosas entre ustedes... —
Se detuvo abruptamente.
—Él y yo sólo somos amigos y, te agradecería que dejes de decirle a tus
amigas que nos vamos a casar, o algo parecido. —Bianca iba a decir algo,
pero Diana la detuvo —Te agradezco que hayas cuidado de mí todo este
tiempo y, deseo que sigas haciéndolo... pero quiero que tengas en cuenta lo
que yo deseo para mí. Entiendo que temes que arruine mi vida, pero eso no
sucederá. Necesito que confíes en mí, por favor...
—Yo sólo deseo lo mejor para ti.
—Y te lo agradezco, de verdad, pero dame una oportunidad. Guíame,
acompáñame, pero deja que tome mis propias decisiones. —Suspiró
profundamente —Ya no quiero pelear.
Bianca parecía derrotada. «Parecía».
Asintió para la joven y la atrajo hacia sí para abrazarla. Pensó que debía
cambiar su estrategia, así que, le haría creer que aceptaba su plan, pero
seguiría ahí, muy cerca, guiándola hacia donde ella consideraba que era lo
correcto.
Le había prometido a su esposo arreglar las cosas con Diana, así que, con
esa charla, estaba matando dos pájaros de un tiro. Jackson le había dicho lo
mismo que Alessandro. Diana no era Chiara y, no tenía que tratarla como si
fuera a actuar de la misma manera.
—Yo tampoco quiero pelear. Ven, vamos a desayunar —Le besó en la
cúspide de su cabeza y salieron de la habitación.
Bianca tenía una forma extraña de amar, lo que a veces podía volverse
asfixiante. No cambiaba fácilmente de opinión y, mucho menos, cuando se
trataba del futuro de sus hijas. Era de las que no acostumbraba perder, pero
esa vez lo dejaría pasar, por el precio de la paz.
A Jackson se le iluminó la mirada al verlas llegar juntas. A Alessandro
también, pero por motivos diferentes. Buscó la mirada de Diana y recordó el
sabor de sus dulces labios y la suavidad de su piel. Era menuda, pero muy
fuerte, lo que había comprobado cuando lo abrazó. Un abrazo cargado de
deseo, de necesidad, de ternura e inocencia.
El corazón de la joven empezó a galopar con tan sólo verlo ahí sentado,
con las manos unidas a la altura de la boca. Tenía esa mirada sensual e
intimidante que parecía ser sólo para ella. Bajó la suya al recordar que había
bebido más de la cuenta. Estaba aterrorizada de lo que pudo haber dicho o
hecho en ese penoso estado. Buscaría la forma de tener un momento a solas
con él para preguntárselo.
—Buen día... —saludó Diana. Jackson y Rachelle le dedicaron una sonrisa
y la invitaron a unírseles. Ella aceptó gustosa, no por la invitación que le
habían hecho, sino porque el asiento en cuestión, quedaba al lado de su
apuesto anfitrión.
—Al parecer, amaneciste muy bien —susurró como para que sólo ella lo
oyera. Diana lo miró con esos tiernos ojos y asintió sonriente. Él supo que
ella no recordaba nada, por eso sintió un poco de decepción.
—¿Podemos hablar luego? —susurró ella también. Bianca hablaba con
Jackson y, Rachelle intentaba decidir entre los bollos y una tarta de frutillas,
por lo que nadie prestaba atención a esa secreta conversación. Alessandro
asintió con una sonrisa divertida.
Diana sintió que esa sonrisa se debía a algo que pudo haber hecho y no lo
recordaba, lo que provocó que sus pulmones se negaran a meter
correctamente el aire y, que sus mejillas le ardieran como si hubiese estado al
sol.
Lo observó en secreto mientras comía su desayuno. Grabó en su mente la
forma de sus labios, mientras que se volvía a preguntar a qué sabrían. De
pronto, sintió como si ya lo supiera, como si sus labios recordaran la suavidad
de ese beso que tanto había deseado. Definitivamente había bebido
demasiado, pero agradecía no estar como merecía.

Diana tuvo a que aguantar todo el día para saber qué había sucedido en la
bodega. Alessandro había recibido una llamada y salió antes de que pudiera
preguntarle nada.
Aprovechó la mañana para leer sus mensajes y para escribir en su diario.
Debía dejar constancia de su primera borrachera, y tal vez la única. Madison
nunca le creería. Sabía que Diana no era de las que se pasaba de copas ni
hacía locuras como esa. Había dibujado una copa a medio llenar de vino y la
etiqueta de la botella que le había regalado Alessandro. Había sucedido algo
más, pero no lo recordaba, o hubiera quedado muy bien en ese espacio que
sobró en la página.
Su corazón se detuvo al oír su rasposa voz a su espalda cuando la saludó.
Ella estaba acostada boca abajo en el jardín trasero, leyendo su libro de
misterio. No lo supo, pero Alessandro reprimió, dolorosamente, sus deseos al
verla con esos cortos pantaloncillos de mezclilla y esa blusa con finos
tirantes.
Ella volteó a mirarlo y luego se sentó. Él se mantuvo de pie, con las manos
en los bolsillos. Levantó una ceja, dándole a entender que tenía toda su
atención. Diana lo entendió, cerró su libro y lo reposó en su regazo.
—Por favor, dime que no hice alguna locura —preguntó, con un tono
suplicante. Hizo una simpática mueca con el rostro, lo que provocó en
Alessandro, una cálida sensación de ternura. Ella era esa luz que él había
olvidado que existía, ella le estaba devolviendo la esperanza en las personas,
en el amor.
Alessandro negó con la cabeza, porque para él, un beso como ese, no
calificaba como locura. Había sido el beso más significativo en su vida, un
beso dulce e inocente, completamente desinteresado y natural.
—Si a bailar sin música es locura para ti... —bromeó. Ella se cubrió el
rostro con ambas manos, completamente avergonzada.
—No puedo creer que hice eso. ¿Por qué no me detuviste? —reclamó
apenada.
—Porque toda chica que cumple la mayoría de edad, debe experimentar
una borrachera —bromeó de nuevo. Para ese entonces ya se había sentado
por sus piernas, para quedar a su altura y poder mirarla mejor—. Además, yo
te estaba cuidando.
Él miró a lo lejos, con los ojos entrecerrados, como si quisiera restarle la
vergüenza a la pobre Diana.
—¿Sólo hice eso? ¿No dije o hice nada... más? —Si le decía que le había
revelado esa secreta atracción que sentía por él, literalmente moriría.
Él lo pensó por un rato, pero luego decidió callar lo del beso. Negó con la
cabeza y ella suspiró aliviada. Se paró de nuevo y se dispuso a regresar a la
casona. Necesitaba un relajante baño, con todo ese calor.
—Gracias —dijo ella, ya cuando él estaba de espaldas. Se giró de nuevo y
fue aún más tortuoso verla así apoyada en sus dos manos y mirándolo desde
abajo. Ella no imaginaba todos los pensamientos que había reprimido ese
hombre, en cuya frente se había instalado una arruga.
—¿Por qué? —cuestionó intrigado.
—Por cuidarme, por permitirme vivir sin restricciones, por primera vez en
mi vida.
—Fue divertido. —Se encogió de hombros y levantó ambas cejas al
sonreír —Sólo pensé que necesitabas vivir, que necesitabas dormir, aunque
sea una vez, sin recordar lo que hiciste...
Sus últimas palabras las arrastró de una manera que alertó a Diana.
¿Realmente no había hecho nada más? Deseaba poder recordar, pero, por más
que lo intentaba, no lo conseguía. Él ya se había alejado unos pasos, pero se
detuvo bruscamente y se giró a mirarla nuevamente. Ella ladeó la cabeza y lo
miró con los ojos entrecerrados.
—Ahora que lo recuerdo... —dijo con un tono casual —Mencionaste algo
sobre un sueño.
Diana sintió que su alma, literalmente, le salió del cuerpo. Sabía que no
había bailado como loca solamente. ¡Tenía que abrir esa bocota! Estaba
segura de que Alessandro no le había contado todo.
—¿D-de que... ha-hablas? —tartamudeó torpemente. Él pensó si le decía o
no, pero quería que ella no olvidara jamás ese sueño.
—¿En serio te besé en tantas partes en ese sueño? ¿Fue… bueno? —Diana
se cubrió nuevamente el rostro con ambas manos y le dio la espalda. No
podía creer que lo había mencionado estando ebria y, menos, que él lo
hubiese dicho con ese tono tan sugerente. ¿Qué estaría pensando él en estos
momentos? No quería girarse a mirarlo.
—Tranquila, tengo mala memoria. Nos vemos en la cena.
Cuando pasaron los minutos que, consideró, le tomaría llegar hasta la
casona, se giró a mirar hacia ese sensual hombre caminando con marcada
elegancia. A ella le gustaba la atención que recibía de él, la hacía sentir
especial, algo que nunca había sentido, pero, se sentía tan avergonzada con
esa revelación, que no sabía cómo soportaría su mirada en adelante.

Luego de la cena, cuando ya se dirigía a su habitación, Diana oyó a


Alessandro conversando con alguien por el móvil, a quien le preguntaba
sobre la dirección en la que se llevaría a cabo una recepción. Disminuyó el
paso y se escondió detrás de una esquina, para oír mejor. ¿Y si era la tal
Paola? Necesitaba saberlo, a pesar de que él no se oía muy feliz.
—No, iré solo. Si, lo tengo. —Lo miró rápidamente y vio que anotó algo
en un trozo de papel —Nos vemos la semana que viene. Avísame si al final
deciden cambiar el horario de la reunión. Gracias.
Así que iría solo a un acontecimiento. ¿Qué tipo de fiesta sería? Pensó en
que nunca había ido a una fiesta de adultos. A esa pregunta le siguieron
muchas otras, con las cuales, iba caminando paso a paso. Se acostó de
espaldas en la cama y recordó la mirada distante de Alessandro durante la
cena. Tal vez lo hizo por no hacerla sentir avergonzada, o realmente algo lo
tenía preocupado, pero fue lo mejor. Tan sólo recordar que le había
mencionado sobre su ardiente sueño, hizo que deseara no ir al comedor esa
noche.
Abrió el ropero y buscó un pijama, pero, al hacerlo, vio colgado de la
percha su hermoso vestido de fiesta, el que había llevado por obligación.
Según Bianca, una mujer siempre debe llevar un vestido de fiesta y un
vestido negro a un viaje, porque, nunca se sabe cuándo se los podría
necesitar. La idea que se le cruzó por la cabeza en ese preciso momento, la
llevó a agradecer ese consejo y el haber obedecido esa vez a su madrastra.
Diana tomó el vuelo de la falda y lo dejó caer de nuevo luego de
levantarlo. «¿Por qué no?», pensó, con una pícara sonrisa en los labios.
Definitivamente ese lugar había sacado de ella una faceta que no conocía,
porque la antigua Diana nunca hubiese pensado en ir a una fiesta donde no la
invitaron.
Capítulo 12

Habían pasado cuatro días, de aquel en el que había recibido ese video de
Freya. No se había animado a abrirlo antes, porque la vergüenza superaba a
su curiosidad, pero, había abierto el mensaje de su pelirroja amiga, para leer
nuevamente ese texto.

Freya_21:40
Tu cuerpo está cambiando y te pide que lo conozcas.
No sabrás lo que te gusta si no lo pruebas.
Con amor, Freya.

Luego de dudar por cuatro días y, haber abierto el mensaje unas cuarenta
veces, por fin reprodujo el bendito video. Por supuesto, primero se había
asegurado de que la puerta de su habitación estuviera cerrada con llaves,
aunque, a esa hora de la noche, dudaba que alguien fuera a visitarla.
Ese día no había visto a Alessandro y tenía una molesta sensación de
vacío. «Un viaje a Milán», le había dicho Marietta, quien, secretamente,
empezaba a sospechar que esas preguntas sobre el señor de la casa no eran
simple curiosidad. Tal vez por eso, le contó que, usualmente, hace ese viaje
una vez al mes, religiosamente y que no tarda más de dos días.
Se sentó en medio de la cama y reprodujo el video. Se sorprendió mucho
al ver que se trataba de la misma Freya, tocándose, pero como si lo estuviera
haciendo para alguien especial. Esa mujer era excepcional. ¿Tanto confiaba
en Diana, como para mandarle un video donde se daba placer a sí misma?
¿Qué le hizo pensar que Diana no se lo enviaría a alguien más? Tal vez en
esas pocas horas que compartieron, llegó a conocer más a esa joven, de lo
que muchos en todos los años que lleva de vida.
Sintió que le ardía el cuerpo entero, por dentro, generando en ella una
curiosidad tal que la llevó a acariciar sus pechos sobre la tela de su pijama,
como lo hacía la pelirroja. Lo hizo con mucha torpeza y con los dedos
temblorosos, pero lo que sintió, debió ser muy placentero, porque cerró los
ojos y decidió meter la mano debajo de la blusa para acariciar sus pequeños
senos sin limitaciones. Éstos no tardaron en reaccionar.
Recordó el sueño que había tenido y apretó levemente sus pezones,
imitando a Alessandro. Sus piernas se tensaban y su corazón latía acelerado
por el placer que le causaba esa nueva sensación, en especial en cierta parte
de su anatomía. Se sacó la blusa con lentitud, como si dudara. Necesitaba
mirarse en el espejo. Quería ver lo que Alessandro encontraría si la viera
desnuda.
¿Pero, por qué la vería desnuda Alessandro? Él se había metido tan
profundo en sus pensamientos, que no imaginaba a nadie más recorriendo su
cuerpo, ese que ahora se reflejaba, delgado, suave y pálido en el espejo.
No se había animado a quitarse las bragas, las cuales mantenían en ella la
poca confianza que tenía. Miró detenidamente cada detalle de su anatomía.
No se veía tan mal, según su opinión. Tal vez no tenía esas curvas de la
despampanante modelo, ni sus niñas se verían tan provocativas como las de
Bianca, pero, definitivamente, no se veía tan mal.
Ahora sabía cómo se sentía esa caricia que había recibido en sus sueños,
pero aún le faltaba una que no se animaba a experimentar. Ni siquiera había
podido verla en el video, sino que lo había detenido y había decidido que
reservaría eso para más adelante.
Miró una vez más sus excitados pechos, antes de volver a su cama y tomar
su blusa para ponérsela nuevamente. Ésta le llegaba hasta poco más de sus
nalgas, por lo que no encontró necesario ponerse la parte de debajo de su
pijama. No esa vez.
Acarició su cuerpo, ya acostada, pasando apenas las yemas de sus dedos
por él, sintiendo una especial tentación de atender a esa parte que aún
palpitaba y, que nunca antes había sido tocada. Miró hacia la puerta, a pesar
de saber que la había llaveado. Tal vez era su conciencia insuflándole temor,
pero eso no la detuvo. Metió la mano debajo de sus bragas y pasó sus dedos
por su intimidad, subiendo y bajando suave y lentamente.
Un cosquilleo le indicó que iba por buen camino, llevándola a seguir con
ese suave y constante movimiento circular, el cual la llevaba a cerrar sus ojos
y a respirar de manera agitada, a medida que ese inicial cosquilleo
aumentaba. Sus piernas se tensaron aún más que la vez anterior cuando sintió
algo que no podía expresar más que con un gemido.
Se relajó por completo, intentando calmar a su acelerado corazón, aún
temblorosa, frotando un pie con el otro. Sentía demasiado calor, un
placentero calor, pero esta vez no era por causa del verano, pero a ese calor,
también acompañó un sentimiento de libertad.
Diana ya no se veía como esa niña que vivió siempre a la sombra de los
demás, ella ya no quería esconderse. Ahora, incluso, se sentía un poco más
atractiva y no sólo eso, sino que sentía una creciente atracción por ese
hombre que la miraba de una manera especial, como si la desvistiera con los
ojos. Se sentía más mujer.
No fue difícil imaginar lo que sucedió cuando la joven cerró los ojos.
Había tardado en caer en los brazos de Morfeo, luego de su nueva y excitante
exploración, aunque, esa noche, era los brazos de otro hombre los que
deseaba sentir. Los de ese hombre que se había adueñado, nuevamente, de
sus antes inocentes sueños.

La mañana la había sorprendido con una pícara sonrisa, aún con los ojos
cerrados. Se mordió los labios al recordar que, por lo menos en sus sueños,
había visto a Alessandro. Se desperezó por unos segundos antes de decidir
levantarse.
En el desayuno, había oído que Bianca iría al pueblo a visitar a su amiga.
Sorpresivamente para la mujer, Diana le pidió unírseles. Aunque no se
explicaba el motivo de su deseo de acompañarlas, le dijo que sí sin dudarlo.
En realidad, Diana buscaba poder encontrar un lugar donde pescar señal
para que sus mensajes fueran enviados. Había escrito las respuestas, pero no
fueron enviadas, así que aprovecharía ese viaje para ponerse al día con sus
amigos.
Madi_10:15
¡Por Dios, mujer! ¡Me tenías realmente preocupada!
Te envié como veinte mensajes y recibí solo un «Llegué bien,
no tengo señal en la casa donde me quedo»

Diana_10:18
Disculpa... ¡Te extraño muchísimo!
Tengo muchas cosas que contarte.

Madi_10:21
Disculpa, Didi...
pero no puedo imaginar que algo divertido pase en ese pueblito...

Diana_10:30
Aunque creo que podemos esperar a mi regreso para ponernos al día.
Mejor cuéntame cómo te está yendo.

La retahíla de chismes sobre los chicos de la preparatoria y, sobre lo que


sucedió en ese tiempo que llevaba de viaje, fue interminable. Diana se sintió
un poco decepcionada por la falta de interés de su mejor amiga en saber sobre
lo que le estaba pasando. Hubiese deseado contarle sobre Alessandro, pero
supuso que sería en otra ocasión.
Madison le contó que había coincidido con Ryan en una fiesta y, no perdió
la oportunidad de informarle hasta el último detalle de lo que hizo o dijo. Por
sobre todo, lo mucho que la extrañaba. Diana no sintió más que el cariño que
siente una amiga por su amigo, por lo que no demostró mucho interés.

Madi_11:05
De verdad siento pena por ti, amiga.
No podría vivir sin internet y rodeada de gente vieja.

Diana sonrió al imaginar el rostro exagerado de su amiga, aunque se


quedó pensativa por unos segundos al pensar que no lo estaba pasando tan
mal como había imaginado al principio. También imaginó lo que diría, si
supiera que no podía sacar de su mente a un hombre que le doblaba la edad.

Diana_11:10
Debo regresar. Saludos a las chicas si las ves.
Diles que lo estoy pasando genial. ¡Te quiero!

Madi_11:12
No seas tan ingrata. También te quiero.

Bianca observaba a Diana desde donde estaba, unos coquetos sillones de


mimbre, bajo la sombra de unos cerezos silvestres. Aunque parecía prestar
atención a lo que decía su parlanchina amiga, no descuidaba a lo que hacían
sus hijas. Diana, poniéndose al día y, Rachelle, corriendo de nuevo tras unas
mariposas.

Ryan_11:30
De verdad pensé que te molestaste por el beso y que a eso se debía tu
silencio,
pero cuando recibí tu mensaje explicando que no tenías señal en donde te
quedabas,
me tranquilicé.
Ryan_11:32
¿Qué tal estás pasando? ¿Aún no moriste del aburrimiento?

Diana_11:35
Estoy pasando de maravillas. Gracias por preguntar.
¿Y por allá?

Ryan_11:38
Normal. Casi no tengo tiempo, con eso de la mudanza...
Te extraño. Me hubiera gustado que me acompañaras al campus,
así ves cómo será tu vida cuando llegue el momento de ir tú también...

Diana sintió un nudo en la garganta. Sentía una molesta asfixia cada vez
que alguien le hablaba de su futuro como un hecho. No sabía cómo decirle
que tantas cosas habían cambiado en esos días. Ya no sabía si iría a Stanford
y que ya ni siquiera recordaba ese beso que tanto le preocupaba, así que,
prefirió callar. La mejor excusa era que debía regresar y que le escribiría de
nuevo cuando pudiese.

Diana_11:45
Debo regresar. Fue lindo saber de ti.
Espero que disfrutes de tu nueva vida...
Te escribo cuando pueda nuevamente.

Miró por un rato la pantalla de su teléfono y vio el último mensaje de


Ryan, uno que ni siquiera llegó a abrir, ya que pudo leerlo igual.
Ryan_11:47
Te quiero...

Suspiró y guardó el teléfono en su bolsillo, pero mientras caminaba hacia


donde las mujeres gesticulaban por algo que no entendió, sintió de nuevo el
vibrador del móvil. Estuvo a punto de no revisarlo. Supuso que sería de
nuevo Ryan, pero, por una extraña razón, lo sacó nuevamente y vio que era
un mensaje de Freya. Tenía fecha de hace unos días, así que se apresuró a
leerlo.

Freya_00:20
Espero que el video te haya servido de ayuda, mi querida Didi.
Y, aunque no te veo como una chica comunicativa,
espero que seas discreta con él, es... privado.
La próxima vez que me escribas, espero que ya te hayas animado
a experimentar algo de lo que viste.
Con amor, Freya.

En ese momento, Diana no tuvo el valor de responder, así que sólo le dijo
que lo haría, que sería la primera en saber si se animó. Se sintió un poco falsa
por mentirle, pero, todo eso era muy nuevo para ella y no sabía cómo
expresarlo. Sentía vergüenza hasta de recordar.

Alessandro recorría los viñedos de un amigo, el cual, luego de un sonado


divorcio, había decidido seguir su consejo, el de comprar unas tierras que se
ofertaban por la muerte del dueño y, por la falta de interés de su heredero con
respecto a ellas.
—Si quieres, puedo pedirle a mi hermana que te acompañe —sugirió el
hombre, quien seguía a Alessandro con el rostro serio.
Debía tener unos cuantos años más que Alessandro, quien, en ese
momento, se sentaba por sus piernas para revisar la maduración de las uvas
de un sector en especial. Éste negó con la cabeza, con una apariencia seria e
imperturbable. Parecía no estar tan preocupado por el asunto, como el
hombre.
—Ya decidí que iré solo —Lo miró desde abajo. Su amigo tenía los brazos
en jarra y los labios apretados —De todas formas, te lo agradezco.
—Julieta lo haría con gusto —insistió. Alessandro sonrió por lo bajo.
Claro que lo haría con gusto. Desde hace años que viene insinuándose, pero
claro, su hermano era tan inocente, a pesar de su edad, que no lo notaba. O tal
vez lo notaba y quería ver sonreír de nuevo a su amigo.
Había estado a su lado cuando sucedió lo de Paola, así que sabía lo que
podría significar para su amigo, volver a verla en la cena de la comisión. Ella
era hija de otro de los honorables miembros y, su participación estaba más
que confirmada.
—Gracias, Pablo, pero de verdad estoy bien.
El hombre no parecía muy convencido, pero aun así asintió.
—¿Te quedas a cenar? Julieta preparó tu comida favorita.
Pablo miró hacia la casa y vio a una coqueta mujer de unos treinta y tantos
años, con un ligero vestido rosa. Ambos tenían la piel tostada por el sol, el
pelo color miel. Se parecían mucho físicamente, pero, lo que él tenía en
amabilidad e inocencia, ella tenía en osadía. Era de las que iban directo al
grano y no dejaban nada a la imaginación.
Aun así, no era mala persona, solo un poco… atrevida para el gusto de
Alessandro.
—De nuevo, te agradezco, amigo querido, pero apenas llegué de Milán y
vine por tu llamado. —Ya se había puesto de pie y tenía los brazos cruzados
—Lo único que quiero en este momento es ir a casa…
—¡Qué cabeza la mía! Me habías contado que Bianca y su familia diría de
visita, perdona.
Alessandro asintió con una sonrisa de costado. No podía expresar lo que
en ese momento deseaba. Su amigo tal vez no lo entendería, pero, no era
precisamente por Bianca que necesitaba llegar a su casa.
Era a su ángel a quien deseaba ver nuevamente. Era esos bellos ojos los
que quería ver, esa dulce y tierna sonrisa, iluminando su existencia.
Le palmoteó la espalda al robusto hombre y se despidió. Él no lo vio, pero
el rostro de Julieta estaba ahora cargado de frustración.
—No debes preocuparte por las uvas, estarán a punto para la vendimia.
Hay algunas que sólo necesitan un estímulo para madurar. Luego, verás que
serán incluso más especiales que las que lo hicieron antes.
—Sabes que yo no entiendo mucho aún sobre esto —Señaló hacías las
muchas hileras de vid —, pero confío plenamente en ti, querido mío. Saludos
a Bianca.
—Gracias, se lo diré.
Alessandro subió a su auto y no detuvo la marcha hasta ver el serpenteante
camino que llevaba a «La florentina». Ya pronto la volvería a ver.
Capítulo 13
Diana quiso pensar que ese día Alessandro, había decidido pasar en casa
porque la había extrañado, aunque, pudo ser por cualquier otro motivo, por
ejemplo, el cansancio.
Bianca, Rachelle y Jackson habían salido esa tarde al pueblo y, aunque,
invitaron a la joven a acompañarlos, ella les dijo que prefería quedarse,
porque tenía un ligero malestar. Eso, por supuesto, no era verdad, pero ella
prefería estar ahí, a metros del apuesto dueño de casa, a ir a una cena donde
se pasaría pensando en él.
Tuvieron el comedor para ellos solos, lo que propició divertidas e
interesantes conversaciones. Alessandro le dio una rápida clase sobre tipos de
vinos y la gastronomía de la Toscana, mientras disfrutaban de los deliciosos
manjares que Marietta había preparado para la cena.
Era el momento indicado para indagar sobre esa famosa comisión a la que
pertenecía y, sobre la fiesta a la cual iría solo. Pareció incomodarle hablar
sobre ello al principio, pero, esa forma en la que ella reposaba la mitad de su
cuerpo sobre uno de sus brazos, con el cual se apoyaba a la superficie de la
mesa y, el interés que demostraba, hizo que se relajara.
—La Denominación de Origen Controlada une a un producto con su
origen geográfico y lo somete a reglas que debe seguir en la producción y
elaboración. —Comenzó diciendo el hombre, ella lo oía con la mirada atenta
y el ceño levemente fruncido —Es como cuando te hablan de algo y piensas
de inmediato en el lugar que lo originó, porque sólo ahí lo puedes encontrar.
«Así como yo pensaré en ti cada vez que vea un vino… o una vid.
Recordaré por siempre este maravilloso lugar, pero, por sobre todo, a ti»,
pensó Diana, intentando no sonreír de esa manera tonta, como siempre que
pensaba en Alessandro. Él le hablaba serio, pero relajado.
—Exige el cumplimiento de ciertas reglas para que esos productos, los
vinos en este caso, sean reconocidos bajo la denominación de origen. —
Tomó en las manos una de las botellas de una pequeña bodega que se situaba
a unos metros de la mesa. Miró la etiqueta y luego se la pasó a Diana, quien
también la leyó —Para tener esta leyenda —Señaló unas letras—, debió pasar
por estrictos controles, desde la plantación hasta su embotellado, porque es la
expresión de un vínculo íntimo entre una producción y un terruño.
Diana lo consideró por unos segundos, pensativa.
—¿Y quién controla que todo eso se cumpla? —Levantó una ceja. Estuvo
a punto de derretirse al ver en él esa sonrisa de costado que podía hacerle
hervir la sangre.
—Es ahí donde entro yo y, los demás miembros de la comisión. —Diana
asintió, con la comisura de sus labios levemente enarcados hacia abajo y
ambas cejas levantadas. —Lo heredé de mi padre, digo, el puesto en la
comisión.
—Con razón estás afuera todo el día...—susurró, algo desanimada, pero se
asustó al notar que había pensado en voz alta. Alessandro sonrió. Le pareció
tierno que ella lo extrañara, porque a eso sonó.
La joven intentó excusarse, pero él minimizó la situación con una sonrisa.
Maldijo en silencio porque no mencionó la famosa cena o fiesta a la que iría.
Necesitaba saber algunos datos y, por sobre todo, por qué no le hacía ilusión
ir.
—Es la primera vez que alguien me lo recuerda. Usualmente, sólo siguen
con sus vidas y ni siquiera notan mi ausencia. —Diana ya tenía el rostro muy
alterado y la mirada fija en su taza. —Gracias...
Ella levantó la mirada y sus ojos se conectaron. Asintió con una sonrisa
tímida y partió con la mano un trozo de lo que Alessandro había llamado
«cantuccini», una especie de galleta con almendras. La cena la había dejado
satisfecha, pero, necesitaba desviar la atención de su acompañante, o moriría
de la vergüenza, una vez más.
—Esto es delicioso. Lo voy a extrañar cuando vuelva a casa —mencionó
la joven, intentando cambiar de tema. El hombre mordió un trozo y la miró
con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué no aprendes a hacerlo? —Le dio otro mordisco a su masa y
levantó una ceja. Ella lo miró incrédula, pero él mantenía su postura —Estoy
seguro de que Bianca no te permite cocinar, ¿o me equivoco?
—Mmm... No es que no me lo permita, pero siempre está todo listo.
Tenemos a Claudine y, a veces sospecho que puede leer mis pensamientos.
—Simuló pensar, con los ojos achinados —Siempre sabe lo que mi estómago
va a pedir.
Ambos rieron, pero a Alessandro se le ocurrió una gran idea.
—¿Te gustaría aprender a cocinar? Antes que respondas, quiero decirte
que es bastante liberador... y apasionante.
Ella no lo había pensado de esa manera, pero se sentía incapaz de decirle
que no a ese hombre. Quiso decirle que todo en él era apasionante, pero sólo
apretó los labios y asintió emocionada. Si eso la llevaría a pasar más tiempo
con él, aceptaba. Quería saber si podía sentir esa libertad de la que él hablaba,
o esa pasión que se reflejaba en sus ojos. Ella quería encontrar algo que le
hiciera sentir todo eso, y si era con él, mejor.
—Perfecto. Mañana empiezas tus clases.
—¿Me... enseñarás tú? —preguntó esperanzada, con los ojos brillosos,
pero él negó con la cabeza, para su decepción.
—Yo supervisaré tu enseñanza. A Marietta... se le da mejor eso de
enseñar. Lo hizo bien conmigo —Sonrió, mientras se recostaba al filo de la
mesa. Diana sintió nuevamente ese vuelco en su corazón, podía vivir con eso.
Como aún no era tarde, dieron un paseo por el jardín. Ella seguía resuelta
a sacarle más información.
El calor iba disminuyendo a medida que el cielo se volvía de un azul
intenso, pero las estrellas brillaban tan hermosas, que eran una verdadera obra
de arte, digna de admirar. El aroma a azahar los invadió apenas se acercaron a
los árboles de naranjo, de camino hacia los viñedos.
Diana recordó los mensajes de sus amigos y, concluyó, que no estaban ni
cerca de acertar lo que de verdad ella estaba pasando en ese lugar. No le
importaba no tener internet, o no tener a más personas de su edad alrededor.
Había conocido a personas que guardaría siempre en su corazón y, lo más
importante, se había conocido a sí misma.
Había descubierto que no era la marioneta de nadie y que podía tener
sueños propios, que merecía tomar sus propias decisiones y, que quería
cometer las locuras propias de una joven de su edad. Quería amar, aunque sea
de manera efímera a alguien, porque eso le serviría para comprobar que de
verdad existía ese amor que te roba el aliento.
Ella quería tener esas historias que contaría de anciana a sus nietos, sobre
una juventud plena y feliz, y lo que estaba viviendo en ese lugar, la estaba
encaminando a conseguirlo.
«A veces olvidamos que Dios tiene maneras misteriosas de entregar sus
regalos», pensó Diana, mientras admiraba a Alessandro a la luz de la luna.
«Porque el amor es un regalo, los sueños son un regalo, la vida es un regalo».
Él desvió la mirada hacia ella y se perdió por unos segundos en sus
encantadores ojos, preguntándose tal vez, por qué lo estaba mirando así.
«Nos enojamos y cerramos los ojos, esperando que todo sea tan sólo un
sueño, pero, no nos damos cuenta que, mientras cerramos los ojos, obstinados
en nuestras cuadradas ideas de la felicidad, que ésta puede estar pasando, y
que podría no regresar»
Ella reposó la cabeza en el hombro de él, pero no dijo absolutamente nada.
Consideró que no era necesario y, como él tampoco lo hizo, permanecieron
así hasta que empezó a bostezar. Había llegado el momento de tomar caminos
separados, por lo menos hasta el día siguiente, aunque Alessandro imaginaba,
secretamente, mientras caminaban hacia la villa, cómo sería verla despertar,
oliendo el fresco aroma que desprendía su pelo, viendo su reflejo en sus ojos,
o sintiendo la suavidad de su blanca piel.
—Descansa, porque mañana te espera un día bastante duro —bromeó el
apuesto italiano, mirándola desde el rellano de la entrada. Diana sonrió y sólo
asintió.
Ella era diferente a las mujeres que habían pasado por su vida. Ella
provocaba en él una ternura que lo llevaba a querer cuidarla, a querer
descubrir sus miedos, sus pensamientos, o simplemente, a estar así como
estuvieron, unidos por un simple e inocente toque. Él quería enseñarle a
volar, quería que ella ya no tuviera miedo de expresar sus opiniones o deseos,
él quería ser ese recuerdo que dura para siempre.

...
Al día siguiente
Marietta sacaba de la despensa los ingredientes que usaría para el
almuerzo, cuando el dueño de casa cruzaba el umbral junto a Diana. La mujer
los miró con complicidad, pero se llamó al silencio.
—Espero que no te importe, pero te traigo una alumna —dijo Alessandro,
cruzando los brazos. Diana sonrió emocionada. Era la primera vez que se
metía en una cocina de verdad. Lo máximo que había probado eran las pizzas
de microondas y palomitas de maíz, aunque siempre intentaba darles un
toque especial.
—Será un placer, joven Alessandro —respondió, con unas verduras en los
brazos. La joven se apresuró a ayudarle, como primer paso como ayudante de
cocina —Me viene como anillo al dedo. Cocinaré Pappardelle con salsa
Arrabbiata y, no me vienen mal dos manos extra para amasar...
—¿Pappar... qué? ¿Arrabbiata? —preguntó Diana, pasando la mirada de
Alessandro a Marietta. Estos dos se miraron y rieron.
—Es una comida muy común en esa zona. Estoy seguro de que lo
amarás... —Le guiñó el ojo y tomó asiento, cerca de donde la mujer le indicó
a Diana que bajara lo que tenía en las manos.
La joven se lavó las manos y se puso a disposición de la cocinera. Movía
las manos en el aire, de manera tan simpática, que provocó una carcajada en
el dueño de casa. Marietta pasó un paño para limpiar lo que podía haber sobre
la mesa y, seguidamente, colocó una cantidad de harina en un extremo, la
cual, luego, formó un aro.
Diana atendía, con precisión, todo lo que la mujer iba haciendo, pero abrió
los ojos de sobremanera cuando la invitó a amasar. Negó con todo su cuerpo,
pero Alessandro la animó a aceptar.
—Ven, yo te enseñaré como se hace —dijo, con su rasposa voz. Eso fue
suficiente, era como una irresistible invitación para su subconsciente. Jamás
desaprovecharía la oportunidad de estar cerca de él.
Se acercó, dudosa y, se colocó frente a la masa. Ella pensó que Alessandro
sólo le diría cómo hacerlo, pero, no se esperó a que él se colocara tras ella y,
rozando peligrosamente sus cuerpos, la tomara los brazos desde atrás y la
pusiera en posición de amasar.
Diana sintió que sus pulmones le fallarían en cualquier momento, más
aún, cuando percibió el delicioso y atrapante aroma de su perfume. Sintió que
su cuerpo se tensó y, pudo jurar, que eso que oyó fue una risa de su perverso
supervisor.
Le mostró los movimientos básicos del amasado y de dónde empezar, bajo
la atenta, divertida y cómplice mirada de Marietta, pero Diana estaba más
preocupada por el sudor que se escurría por su frente y por la forma en que
sentía el torso de Alessandro pegarse a su espalda, que por aprender esos
movimientos.
—Creo que tu pelo te molesta, permíteme —pidió el hombre, tomando de
la muñeca de la joven una goma. Le tomó el pelo por mechones y lo subió
cuidadosamente hasta formar una cola, como pudo, ya que su pelo era
relativamente corto.
Diana no podía controlar a su piel, la cual, se erizó desde su cabeza a los
pies, al sentir los dedos de Alessandro tocarle de manera tan suave. Hizo un
movimiento de cuello, que le dio a entender al hombre que le estaba haciendo
cosquillas. Cuando por fin lo logró, la dejó continuar sola.
Ella sintió, con mucho placer, la suavidad de la masa colarse entre sus
dedos, lo que la llevó a sonreír de manera inesperada y, a cerrar los ojos
cuando esa libertad que le había mencionado Alessandro, empezaba a
manifestarse. Su corazón latía de una manera especial. No quería dejar de
hacerlo, había encontrado, para ese entonces, la pasión que le habían
anunciado, podía experimentar.
Mientras ayudaba a cortar la masa, se preguntaba cuántas variaciones de
esa comida podía hacer, o las mezclas de especias que podría lograr. Se
preguntaba por qué nunca antes había experimentado esa sensación, porqué
nunca había probado cocinar o hacerse esas preguntas. Giró la mirada y
observó a Alessandro con una expresión de satisfacción en el rostro, antes de
besar la cabeza de Marietta. Fue como si hubiese logrado algo muy
importante, algo que ella en ese momento no entendió.
Tenía harina en casi todo el cuerpo, pero, su apuesto supervisor, dedicó
especial atención a la que había ensuciado su rostro. Le pasó el pulgar por las
mejillas y, la miró con tal intensidad, que hizo que hasta su alma temblara.
Ya no podía negar que ese hombre tenía un poder especial sobre ella.
¿Sentiría él algo parecido? ¿Por qué buscaba siempre estar tan cerca?
Capítulo 14
Bianca y Rachelle reían al ver que Diana corría, de un lado para el otro de
la cocina, buscando un paño con el que pudiera sacar el pan que había metido
al horno minutos antes. Por el aroma que invadió todo el lugar, se podía
entender dos cosas: uno, que Diana había acertado con la receta, porque,
según Marietta, debía tener ese olor y, dos, que ya estaba totalmente cocido.
Alessandro ya no participaba en todas sus clases, pero, ocasionalmente, se
aparecía para fisgonear si la cocinera le enseñaba a Diana su receta especial
de Pici, la cual nunca había podido sacarle él. Para Diana, aunque no era lo
mismo con su italiano rozándole la piel, eran enseñanzas que nunca olvidaría.
Le había tomado un gran amor a lo que ella llamaba «El arte de mezclar
ingredientes con amor» y, siempre deseaba conocer más. Disfrutaba de
experimentar con las recetas, además de pasar tiempo en compañía de
Marietta e Hilda.
Cuando estaba metida entre verduras, especias y fogones, perdía la noción
del tiempo, como ese día. Había olvidado por completo que era el día de la
fiesta a la que Alessandro no quería ir.
—¿Es definitivo que no quieres ir con nosotros a la boda de Piero y
Bruno? —preguntó Bianca, algo preocupada —Porque te quedarás sola.
Alessandro irá a esa dichosa fiesta y…
Diana levantó abruptamente la mirada hacia su madrastra, pero, por
supuesto, ésta no entendió su actitud. Había olvidado por completo lo de la
fiesta. Por fortuna, no estarían sus padres y podría llevar a cabo su plan.
—Sabes que no me gustan mucho las fiestas. —Frunció la nariz y negó
con la cabeza. Era verdad. Diana siempre encontraba excusas cuando de
fiestas se trataba —No te preocupes, me quedaré a ver alguna película…
Además, estarán Marietta y los demás. No estaré tan sola.
Miró a la mujer y ésta asintió para Bianca. Se podía notar que la había
tomado totalmente por sorpresa, pero aun así la apoyó.
—Ellos deben descansar, no puedes molestarlos en su horario de
descanso… —opinó.
—No es molestia, señora Bianca. Además, no es que tengamos que
cuidarla como a una niña pequeña… Ella ya es una joven concienzuda. —
Miró a la joven de soslayo y con complicidad. Bianca parecía considerarlo,
pero mantenía los labios apretados.
—Eres una aburrida, Diana —criticó Rachelle, rodando los ojos. Todas
rieron por su ocurrencia, pero Bianca le dio una palmada en la cabeza. No
una fuerte, sino una que le daba a entender que no fuera metiche.
—Está bien, si así quieres… —Se encogió de hombros ligeramente —
Pero si cambias de opinión, tienes tu vestido azul.
Diana asintió y las vio perderse tras la puerta. En un rato servirían el
almuerzo y luego debían prepararse para la noche.
«No cambiaré de opinión, pero sí usaré mi vestido azul», pensó.
Cuando desvió la mirada hacia Marietta, ésta la miró como si pudiera leer
sus pensamientos. Le regaló una sonrisa pícara y probó su obra maestra.

Diana leía la parte final de su libro de misterio con el cuerpo sumergido


casi por completo en la alberca. Estaba de pie en el borde, con ambos brazos
afuera, protegida del sol por un sombrero, aunque aquel ya no estaba muy
fuerte. Miraba de tanto en tanto hacia la villa. Esperaba ver pasar a su familia,
cuyos integrantes debían estar terminando de arreglarse para la boda de sus
amigos.
Se preguntaba si también Alessandro estaría preparándose, pero eso no
podría averiguarlo desde donde estaba. Deseaba verlo, deseaba perderse en
esos bellos ojos azules nuevamente, deseaba saber qué haría cuando la
descubriera.
Rachelle fue la primera en aparecer en el jardín. Parecía muy emocionada
con su vestido rosa, con un enorme moño blanco en la parte trasera, a la
altura de la cintura. Daba vueltas para ver cómo se movía la falda.
—¡Mira, Diana! Parezco una princesa, ¿no? —preguntó la niña tomando
el borde de su vestido para girar una vez más.
—¡La más bella de todas! —respondió la joven, con una gran sonrisa. La
niña se cruzó de brazos y la observó con los ojos entrecerrados.
—Solo por eso te traeré pastel. No puedo entender que te vayas a perder
de la boda. —Negó levemente con la cabeza, con cierta expresión de
desaprobación —Podrías conocer a alguien, ya que Ryan no…
—Es que no quiero robarte la oportunidad de encontrar un novio a ti —
bromeó la joven, cerrando su libro. Vio de lejos a Bianca, hermosa, con un
vestido ajustado hasta la rodilla y en un intenso color verde, acompañada de
su esposo, quien tenía una mano apoyada en su espalda.
—No te desveles viendo televisión, Diana. Sabes que no es bueno para la
salud —mencionó su madrastra, parada frente a la alberca.
—Cuídate, hija —Jackson se sentó por sus piernas, a pesar del elegante
traje que llevaba puesto, y le acarició la cabeza a Diana —Nos vemos
mañana, supongo. Tal vez ya estés dormida para cuando regresemos.
Diana asintió, como una niña buena, pero esa sonrisa escondía algo no tan
inocente.
—¡Diviértanse mucho! ¡Y no olvides traerme pastel, pequeño renacuajo!
—Exclamó, mientras los veía alejarse. La niña se giró a mirarla con los labios
fruncidos.
Había llegado el momento al fin. Salió de la alberca a toda prisa, con el
agua aun escurriendo por todo su cuerpo. Se cubrió con un pareo la parte de
abajo y caminó, o más bien, corrió hacia su habitación.
De camino, miró hacia el lugar donde Alessandro acostumbraba aparcar y,
su corazón dio un vuelco al ver que ahí estaba, efectivamente, su coche
plateado. Sonrió por lo bajo y apresuró sus pasos. Miró de paso el reloj que
estaba en el pasillo y marcaba diez minutos de las seis de la tarde.
Tomó el vestido del guardarropa y lo puso sobre la cama. Buscó con la
mirada la maleta donde tenía los zapatos que, pensó, no usaría en el viaje y,
tomó unas sandalias doradas de taco medio. Las puso al pie de la cama y
luego sacó de otra maleta, una pequeña caja en la cual tenía sus maquillajes y
accesorios, los cuales, en su mayoría, habían sido elegidos por Bianca.
Se metió al baño y empezó a cargar agua en la antigua tina. Se fijó en los
frascos con sales y eligió una con aroma a rosas rojas. Debía oler bien,
porque no confiaba mucho en las de romero y áloe, ni en las de lavanda para
esa ocasión.
Cuando estuvo listo, se metió en él a toda prisa. Lo hizo en tiempo récord,
porque, en pocos minutos, ya estaba prendiendo —con dificultad— su
vestido y calzando sus sandalias, mientras observaba su reflejo en el espejo.
Tomó su pelo con ambas manos y probó varias opciones de cómo peinarlo.
Decidió al final, que sólo usaría una delicada horquilla para adornarlo. Lo
llevaría suelto. Sólo faltaba un detalle y estaría lista para llevar a cabo su
plan. Delineó ligeramente sus ojos por encima y se puso un brillo muy suave
en rosa. Sonrió al ver que lo que reflejaba el espejo le gustaba.
Antes de salir de la habitación, suspiró muy profundo y llevó una mano a
su pecho, como si con eso pudiera calmar a su alocado corazón. Se preguntó
en qué momento había cambiado tanto, como para planear escaparse de la
casa, para ir a escondidas a una fiesta a la cual no había sido invitada.
Si le contara a Madison, no se lo creería. Se reiría hasta el cansancio y
pensaría que fue la mejor broma que jamás hubiera oído, pero, no era una
broma. No, porque en ese momento caminaba, con mucho cuidado, de no
hacer ruido que alertara a sus cuidadores. Miró hacia la habitación de
Alessandro y la luz aún estaba encendida, lo que quería decir que aún no
había bajado.
Su corazón latía demasiado rápido, tanto, que le robaba el aliento. Probó
abrir la puerta trasera del coche y, afortunadamente, estaba sin seguro. Su
conciencia intentó, por medio de una fugaz duda, hacerla recapacitar, pero,
estaba cansada de hacerlo. Eso que estaba sintiendo, la hacía sentir viva, feliz.
Nunca antes había sentido ese temor de ser descubierta, ese temor de ser
castigada por hacer tal locura.
La Diana de antes, estaría viendo una aburrida película, acostada en su
cama, comiendo palomitas de maíz. La antigua Diana jamás mentiría a sus
padres para no ir a un acontecimiento como la boda de unos amigos suyos.
En todo caso, ella hubiese ido y hubiese sido la mejor hija, de la que todos
estarían orgullosos.
Pero, la nueva Diana estaba deseosa de probar el excitante sabor del
peligro, ella quería más de esas sensaciones que generaba en ella, el estar
cerca de Alessandro, de probar lo prohibido. Quería hacer esas cosas que no
esperaban de ella, crear recuerdos que le duraran la vida entera, recuerdos
solo para ella.
La niña buena de San Francisco se escondió en el asiento trasero del auto,
bajo una manta que encontró perfectamente doblada a un costado. Aspiró y
disfrutó del aroma que tenía la misma, era el perfume de Alessandro, como el
que seguidamente olió, pero con mayor intensidad. El aludido subía al coche,
tan elegante que podría tratarse de un modelo de revistas.
«Es una locura, Diana. ¿En qué estabas pensando?», dijo la joven en su
interior, pero, ya era tarde, el coche se había puesto en marcha. Espió,
levantando ligeramente la manta, a Alessandro poner música en el
reproductor.
Él ni siquiera había mirado hacia atrás. No había notado que tenía un
polizón escondido, no lo notó hasta que ya estaban lejos de La florentina y, la
joven estornudó.
Detuvo bruscamente el coche y se giró, aterrado, a mirar la parte trasera.
Ella maldijo al chocar contra los asientos y por saberse descubierta. Se
descubrió, con la mirada gacha y, apretó los labios.
—¡¿Diana?! —exclamó el hombre al descubrirla. Ella no tenía el valor de
levantar la mirada. —¿Qué haces aquí?
Se encostó a un lado de la carretera, para luego regresar a la casa. No
podía llevar a Diana a ese lugar, menos a escondidas, como supuso que iba.
Se desabrochó el cinturón de seguridad y se giró a mirarla.
—¿En qué estabas pensando? —le inquirió preocupado —Porque,
supongo, que no saben que estas aquí, conmigo.
Ella negó con la cabeza. Estaba muy avergonzada, tanto, que apenas lo
miró fugazmente y volvió a mirar sus manos. Acariciaba la pulsera que le
había regalado el hombre que la miraba con asombro y, como si se estuviera
debatiendo entre regresar o continuar.
—Yo… sólo quería ir a esa fiesta.
—Te llevaré de vuelta. Iré solo a esa fiesta. No puedo llevarte. —Se
predispuso a girar nuevamente la llave, pero ella saltó para detenerlo.
—¡No lo hagas! Por favor —pidió la joven, con la mirada suplicante. Ella
estaba tan hermosa que él no podía dejar de mirarla. —Déjame ir contigo,
quiero ir…
El apretó los labios y parecía considerarlo. Negó con la cabeza, repetidas
veces, mientras la oía.
—Sé… que estuvo mal venir de esta manera, pero sabía que no aceptarías
traerme si te lo pedía. Todos me ven como a una niña y, ya no lo soy. —Ella
tenía los ojos brillosos. Se podía notar en ellos, las ganas que tenía de ir. —
Quería hacer algo que recordara por siempre. Ir a una fiesta… era una de
ellas.
—Es una locura —dijo, pero, no por la loca idea de Diana, sino por el
lugar al que iban. Sabía perfectamente quiénes estarían ahí.
—Lo siento… Hice mal, pero, por favor no me devuelvas a casa. —Lo
tomó de la mano con mucha fuerza, pero sin dejar de mirarlo a los ojos. Ella
no lo sabía, pero ese simple toque bastó para derribar todas sus barreras —
Prometo que me comportaré. No le contaré a nadie que fui a esa fiesta.
Bianca nunca se enterará, pero, por favor déjame ir…
—Diana… no puedo. Lo correcto es que te lleve de vuelta.
Él puso en marcha el auto y dio una vuelta en U para regresar. Más que
nada, por las dudas sobre si podría contener sus crecientes ganas. ¿Qué le
diría a los de la comisión? ¿Cómo quién la presentaría, como su sobrina?
Sabía que su mirada lo delataría y, también, había asegurado que iría solo.
—¡Por favor! Me dijiste una vez, que merecía despertar, aunque sea una
vez en mi vida, sin recordar nada —Él lo recordó, por supuesto que lo hizo.
No es que no quisiera llevarla con él, pero temía que eso le causara
problemas. Se suponía que él era el adulto ahí, sin embargo, algo hizo que
detuviera el coche de nuevo —Quiero hacer esto, quiero ir contigo a esa
fiesta. Permite que amanezca con un recuerdo que jamás podré olvidar.
No sabía si estaba correcto lo que había decidido, pero, giró nuevamente la
llave y puso en marcha el coche. Ella se veía irresistible y, no fue hasta ese
momento, en que se fijó. No parecía esa niña escuálida que había visto antes
salir de la alberca, en ese momento, parecía una toda una mujer, una deliciosa
e irresistible mujer y, aunque no se lo dijo en ese momento, se alegró de
tenerla a su lado esa noche. Su corazón dio un vuelco que lo motivó a ir a la
dirección que había tomado, con ella con los brazos apoyados entre los dos
asientos delanteros.
«Solo espero no arrepentirme de esto, Diana, sobre todo, porque te ves
hermosa con ese vestido…», pensó.
—Si quieres, puedes pasar aquí, a mi lado —sugirió. Al hacerlo, ella
mostró más piel de la que quería, lo que lo llevó a apretar muy fuerte el
volante con las manos. Ahora ya no le preocupaba que ella se metiera en
problemas por escapar de la casa. Ahora le preocupaba no poder contener sus
impulsos de besarla nuevamente.
Capítulo 15
Alessandro estaba muy serio. Ni siquiera miraba a Diana. Tenía la mirada
fija en el camino, como si estuviera pensando en algo, o preocupado. Ella
tenía mil preguntas en su mente en ese momento, además de sentir que le
costaba respirar.
Cuando por fin llegaron, aparcó el coche y se quedó quieto, muy callado,
antes de girarse a mirarla. Ella le regaló esa sonrisa inocente que él tanto
adoraba. Se podía notar que, a pesar de los evidentes nervios que debía estar
sintiendo, se veía emocionada de estar ahí.
—Si crees... que no es una buena idea que te acompañe, me quedaré aquí.
No me pasará nada —susurró ella, mirándolo con expectación.
Ella pensaba que Alessandro se había enojado por su ocurrencia, pero no
era así. Lo que él sentía era culpa, culpa por no poder mirarla sin desear
besarla en tantas partes, que ella no pudiera recordar. Culpa por querer
despojarla de ese vestido que le sentaba tan bien y, que lo estaba
atormentando.
Negó con la cabeza y buscó su mano. Entrelazó sus dedos y, luego de un
profundo suspiro, por fin la miró a los ojos.
—No. En realidad, me alegra que estés aquí. —Se podía notar en sus ojos
una profunda tristeza, la cual, intentó disimular con una sonrisa. Ella sintió
que su corazón galopaba descontrolado y sólo podía mirarle los labios —Es
sólo que... el ambiente podría tornarse un poco incómodo ahí.
Ella notó que se le ensombreció el rostro.
—Yo seré tu acompañante. No estarás solo. —Él le agradeció con una
sensual sonrisa, al apretón que ella le dio, como signo de apoyo.
—Por cierto, ¿tienes otro nombre, Diana? —Ella no entendió en ese
momento, pero de todas formas asintió.
—Abigail... ¿Por qué? —Frunció el ceño.
—Porque así te presentaré a algunas... personas. —Ella seguía confundida,
pero no estaba en condiciones de discutir —No te preocupes, sólo sígueme la
corriente.
—¿Tendremos un secreto? —Su pregunta había sido de lo más inocente,
como ella. Alessandro imaginó un montón de secretos con Diana, pero sólo
asintió a lo que ella suponía.
—Digamos que sí... ¿Lista? —La miró con complicidad. Ella asintió y se
miró al espejo, para ver que el viento no le hubiera despeinado,
afortunadamente, todo seguía en orden. Se veía completamente hermosa.
Alessandro rodeó el auto y, tomándola de la mano —como todo un
caballero—, la ayudó a salir.
Diana lo miró de reojo y parecía algo nervioso. ¿Qué era lo que lo tenía
así? Ella quería saberlo. Se veía muy apuesto, además de oler bien. Sus
miradas se encontraron a metros de llegar a la entrada, una muy elegante y
custodiada por un hombre vestido de negro, con una carpeta en la mano.
Éste se sorprendió mucho al verlo llegar y, Alessandro supuso, se debía a
que en su lista aparecía sólo su nombre, sin acompañante. No era una fiesta,
como ella había imaginado, sino que se trataba de una exclusiva cena, con
personas muy elegantemente vestidas y, una suave música amenizando la
velada.
El hombre de negro les deseó una buena noche y les indicó la mesa que les
correspondía. La joven observó, maravillada, todo el lugar. Arañas de
cristales, flores naturales en tonos pasteles, manteles y cubertería muy
elegante.
Un hombre robusto se acercó a la pareja, apenas los vio y, atendiendo al
rostro de su acompañante, ésta no parecía estar muy contenta. Eran Pablo y
Julieta. Ambos se veían muy sorprendidos, pero el hombre tenía un atisbo de
alegría en el rostro, a diferencia de su hermana, quien sólo los observó con
cautela.
—Viniste acompañado, al final —dijo Pablo por saludo, sin despegar su
asombrada mirada de Diana. Ella no sabía que la mujer que lo tenía del brazo,
la miraba de esa manera por ser quien acompañaba a Alessandro —Oh,
perdona, qué maleducado —se disculpó. Diana sonrió amable para ambos —
Soy Pablo, amigo de Alessandro y ella es mi hermana, Julieta.
—Se te pasó decirle que yo también soy... amiga de Alessandro —dijo la
mujer, en un tono muy seductor, lo que no pasó desapercibido para todos.
—Pablo, Julieta, ella es... Diana. Diana, ellos son mis amigos...
—Oh, mucho gusto.
El hombre tomó la mano de Diana y la besó, pero su hermana sólo fingió
una sonrisa.
—Ahora entiendo por qué te negaste al ofrecimiento de Julieta a
acompañarte. Y créeme que te entiendo, pero debiste contármelo. —Le
reprendió en broma. Diana miró a Alessandro y sintió que su corazón se
enterneció. Él había rechazado ir con esa hermosa mujer, quien ahora se
retiraba, molesta, hacia la barra de tragos.
—En realidad fue una sorpresa. Diana se decidió a última hora. —Colocó
su mano en la parte baja de la espalda de la joven, provocando en ella un
escalofrío.
—Me disculpo por eso —expresó Diana, levantando una mano, como si
de verdad se declarara culpable.
Pablo era muy amable y le resultó muy agradable a la joven. Se podía
notar que era un hombre muy alegre y cariñoso, por la forma en la que
intentaba excusar a su hermana por haberse retirado así y, por la forma en que
buscaba hacer reír a sus acompañantes.
Diana observaba con asombro todo a su alrededor. Se sentía cohibida por
la forma en la que todos la miraban y, empezaba a entender por qué
Alessandro le había dicho que era una locura acompañarlo. Se sentía el centro
de atención y no estaba acostumbrada a serlo. Ella era de las que preferían
mantener el perfil bajo y, pasar desapercibida.
—Todos deben estar preguntándose quién eres —mencionó Pablo con una
simpática risita, al notar sus nervios. Diana miró a Alessandro, pero éste
minimizó la situación, frunciendo la nariz y negando con la cabeza—. Es lo
malo de ser la acompañante de un hombre tan codiciado y solitario. Nunca
viene acompañado a los acontecimientos. No desde...
El hombre se cortó abrupta abruptamente, al oír que su amigo carraspeó
sonoramente.
—¿No desde qué? —preguntó Diana. Ya se sentía muy frustrada al notar
que todos sabían eso que ella deseaba saber también, pero que nadie se
animaba a contar.
—Desde que Paola dejó plantado, prácticamente en el altar, a nuestro
querido Alessandro. —Oyó Diana a sus espaldas. Era Julieta quien habló.
Ella sólo se encogió de hombros al ver que ambos hombres la desaprobaron
con la mirada. No se veía arrepentida, bebió de un sorbo todo el contenido de
su copa y, sonrió irónica antes de retirarse nuevamente.
—Yo... lamento mucho el comportamiento de mi hermana, amigo. No sé
qué le sucede. Iré a hablar con ella, si me disculpan —dijo el hombre,
visiblemente apenado—. Fue un placer conocerte, Diana y espero volver a
verte.
—El placer fue mío y... también espero volver a verte —respondió, con
una amable sonrisa.
Diana miró a Alessandro y, él parecía entre tenso y avergonzado. Esto se
intensificó al ver quiénes llegaban. Eran una pareja mayor y, una mujer muy
elegante. Ésta tenía el pelo rubio y largo hasta la mitad de la espalda.
A Diana no se le escapó el hecho de que Alessandro se puso más serio de
lo que ya estaba. Lo tomó nuevamente de la mano y se la apretó levemente,
para infundirle apoyo. Sabía que, sea quien fuera esa mujer, lo había alterado.
—Vamos a nuestra mesa —la invitó Alessandro. Diana asintió y sintió
nuevamente la mano de su apuesto acompañante posarse en su espalda baja.
La mujer los siguió con la mirada y, no parecía muy contenta.
Un hombre con un cuadernillo en la mano, acompañado de un fotógrafo se
acercó a los recién llegados. Alessandro agradeció que no se les hubiera
acercado antes el reportero. Eran de la revista sobre vinos más importante a
nivel europeo, «El Decanter».
—¿Quién... es esa mujer? —preguntó Diana, haciéndole saber que era
muy notorio que le había afectado. —¿Es Paola?
Alessandro asintió. Diana se sintió poca cosa frente a esa despampanante
mujer. Era fina y se notaba que todos la conocían, porque se apresuraban en
saludarla. Tenían mucho en común los dos, debieron ser una pareja perfecta.
Ahora le intrigaba aún más conocer esa historia.
La vio hablar con tanta soltura con un grupo de hombres, que se sintió
intimidada. ¿En qué había estado pensando para creer que un hombre como
Alessandro se fijaría en ella, una joven insignificante e insípida? Esa sonrisa
que tenía, por la felicidad que le causaba estar al lado de su apuesto italiano,
se fue desvaneciendo, poco a poco, para convertirse en una triste expresión.
Ella había forzado una situación y ahora se sentía una tonta. A pesar de
eso y, de las constantes miradas de la mujer hacia la mesa donde ambos
estaban, todo estaba yendo de maravillas, hasta que luego de que la cena
hubiera culminado, sintieron que el ambiente se volvió algo molesto.
Paola se levantó de su lugar y caminó directo hasta ellos, aun sabiendo que
eso no se vería tan bien. Fue como si quisiera que la vieran con Alessandro, o
simplemente por molestar a la joven que lo acompañaba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Alessandro.
Diana sintió un vuelco en su corazón. Se sintió como una verdadera tonta
al pensar que, en realidad, su acompañante quería ir solo para poder estar de
nuevo con esa mujer, que no la había olvidado. Ahora todo tenía sentido.
—¿Así recibes a la que, por poco, fue tu esposa? —preguntó, con una
sonrisa perversa, para luego mirar a Diana. La joven se acomodó el vestido y
trató saliva. Literalmente, quería desaparecer.
—Tú lo dijiste, por poco, pero, por fortuna, no lo eres. —Le devolvió la
misma sonrisa malévola —Bien, sea lo que fuera que buscabas, ya viniste a
saludar, así que, puedes volver a tu mesa.
—¿Y no me vas a presentar a tu acompañante...? —La mujer escudriñó a
Diana, con una mirada desdeñosa. Aunque hablaban en italiano, Diana
entendió casi todo, por las veces que Bianca había intentado que aprendiera el
idioma.
Alessandro tomó la mano de Diana y la acarició, haciendo que se le
erizara toda la piel. Lo miró con cariño y, él le sonrió por unos segundos,
antes de mirar nuevamente a su ex novia.
—No tengo por qué hacerlo, pero lo haré por ella —Miró fugazmente a
Diana, con complicidad —Abigail, querida, ella es Paola, una detestable
persona de mi pasado, que hubiera deseado nunca conocieras. —Todos en la
mesa, incluidos Pablo y Julieta, ahogaron unas risas, con mucha dificultad.
Alessandro se había asegurado de que sólo ellos lo oyeran, pero disfrutó al
máximo ver que a la mujer por poco y se le salían los ojos. Diana le extendió
la mano, pero la mujer estaba tan molesta que se giró y se alejó.
Una romántica música empezó a sonar y Alessandro sintió la necesidad de
estar más cerca de Diana. De verdad que lo necesitaba en ese momento, así
que la invitó a bailar. Ella se escandalizó por completo con ese pedido, pues
se consideraba una terrible bailarina.
—Yo te guiaré, no te preocupes —mencionó el hombre, para convencerla.
—Si te sirve de consuelo, querida Diana, Alessandro tampoco es muy
buen bailarín —intervino Pablo, con un tono bromista. Tanto el aludido como
la joven, rieron divertidos—. Nunca pudo superarme, pero reservaré un baile
para ti, querida.
—Si... muy chistoso —respondió Alessandro, quien maldijo en voz baja al
ver que el reportero se acercaba a ellos.
—Señor Alessandro ¿Podemos conocer el nombre de su acompañante? —
preguntó el hombre, quien tenía el bolígrafo presto para anotar lo que le
respondiera. —¿Es... alguna persona especial?
Diana esperaba cualquier cosa menos esa respuesta.
—Su nombre es Abigail, y sí, es una persona muy especial para mí.
Lo miró con los ojos brillosos y contuvo las ganas de abrazarlo. No pudo
evitar mirar de nuevo hacia la dirección en la que los observaba la rubia, con
la mandíbula tensa. ¿Por qué se comportaba así, si había sido ella quien
terminó con Alessandro? ¿No era eso lo que insinuó Julieta?
—¿Y su apellido es...? —Alessandro le rodeó la cintura con su mano y la
atrajo más hacia su cuerpo, causando que la joven gimiera ligeramente.
—No necesitan saberlo. Con Abigail es suficiente. —El hombre no
parecía muy contento, pero, de todas formas, sonrió. —Ahora, si nos
disculpan, estuvimos esperando por este momento desde que llegamos, ¿no,
cariño?
Diana asintió sin pensarlo dos veces. Sabía que, tal vez, todo era algún
plan de Alessandro, pero, a ella no le importaba, solo quería bailar con él,
sentirlo muy cerca, aspirar su embriagante aroma.
Estaban en medio de la pista, meciendo sus cuerpos al son de un bolero.
Ambos estaban en absoluto silencio, aunque sus miradas, decían más de lo
que podían las palabras.
Alessandro la miraba directo a los ojos, mientras le acariciaba
delicadamente la espalda. Todos se preguntaban quién era esa joven y de
dónde había aparecido, pero en especial Paola, quien no les quita a la mirada
de encima.
La música que sonaba parecía haber sido escrita para ellos, en especial,
para lo que Alessandro ya no podía ocultar, o callar. La cercanía de sus
cuerpos le había dado el valor para susurrarle lo mucho que le agradaba
tenerla ahí, bailando con él.
«Por debajo de la mesa, acaricio tu rodilla y, bebo sorbo a sorbo, tu
mirada angelical...» Empezó diciendo el cantante. Era una música lenta y
propiciaba a que se miraran como lo hacían.
—No sabes cuánto me alegra que estés aquí esta noche. Me alegra que
hayas tenido esta loca idea, porque, no sé cómo lo estaría pasando de no ser
así.
—Yo... quería venir, estar cerca de ti, como lo estamos ahora.
«Yo me muero por llevarte, al rincón de mi guarida, en donde con un
beso, combatiste una ilusión... Se nos va acabando el trago, sin saber qué es
lo que hago, si contento mis instintos... o jamás te dejo ir...» repetía la
melodiosa voz del cantante, Luis Miguel.
—Diana... sabes que esto es una locura —susurró con dolor. Sus rostros
estaban cada vez más cerca y, toda la atención dirigida hacia ellos—, pero
siento exactamente lo mismo.
Alessandro prestó atención a la música y, la apretó un poco más a su
cuerpo. Ambos se movían, ajenos a las miradas, como si sólo estuvieran los
dos. Él ya no soportaba ese deseo de besarla nuevamente; sus labios exigían
unirse a los de ella.
—No digas nada, solo bailemos. —Diana le acarició el rostro y él cerró
los ojos por unos segundos. Era una sensación irresistible. La deseaba tanto,
que no lo quería evitar.
Su idea razonable era la de bailar, pegado a esa dulce y tierna joven, que
lo miraba como si fuera lo más bello del mundo. Se fijó en la pulsera que le
había regalado y recordó que ella no sabía de ese maravilloso beso que se
dieron. Era una excelente oportunidad para repetirlo y, que ella ya no lo
olvidara.
¿Sería ese un buen recuerdo, de los que ella no olvidaría al despertar?
Debía probarlo.
En ese momento, no le importó la presencia de todos los miembros de la
comisión, tampoco, lo joven que se veía su acompañante, mucho menos, que
su ex prometida estuviera acosándolos con la mirada.
Le tomó el rostro con ambas manos y pegó sus labios a los de ella. Diana
sintió que su alma revoloteaba en su interior, llevándola a enredar sus dedos,
en el pelo del hombre que empezaba a profundizar ese beso.
Él bajó las manos hasta llegar a la delgada cintura de su chica, para
pegarla a su cuerpo. La dulce melodía seguía, y ese beso también. Se
separaron cuando sus respiraciones empezaron a dificultarse, compartiendo
miradas cómplices y cargadas de deseo.
Alessandro le susurró el coro de la música, apropiándose de esos
apasionados versos para expresarle lo que significaba para él lo que había
pasado.
«Y es que no sabes, lo que tú me haces sentir... Que no hay momento que
yo quiera estar sin ti... Me absorbes el espacio, despacio me haces tuyo, con
el orgullo en mí, y es que no puedo estar.... Sin ti»
Para Alessandro fue como un bálsamo, porque, por primera vez desde que
sucedió lo de Paola, se sentía en paz y, feliz. Esos ojos claros tenían un poder
que él no lograba explicar, solo sentía esa necesidad de mirarlos para
encontrar la paz. Diana, temblorosa, reposó su cabeza en el pecho de
Alessandro, rodeándole la cintura con sus delgados brazos.
Paola tenía los puños apretados, no podía creer que su ex prometido
estuviera cantando para esa jovencita, luego de darle ese beso que todos
habían presenciado. Él nunca lo había hecho con ella.
Furiosa, golpeó la bandeja cargada con copas de champaña del joven
camarero quien, amablemente, le había ofrecido una. Fue todo un escándalo,
porque en ese lugar, a excepción de Diana, todos sabían el motivo de su
enojo.
Capítulo 16
El regreso a La florentina fue silencioso por parte de ambos. Una melodía
romántica, reproduciéndose en la radio del coche, cortaba ese tranquilo
silencio.
Era como si ambos aun estuviesen bajo el hechizo de ese maravilloso
beso, que dio por culminada la velada para Alessandro y para Diana. Luego
del escandaloso momento protagonizado por Paola, quien, por poco hizo
llorar al pobre camarero, ambos decidieron que el ambiente ya no era bueno
y, que lo mejor sería que se retiraran. Se despidieron de los curiosos invitados
y, por último, de Pablo y Julieta.
—Perdón por lo de esta noche —se disculpó Alessandro mientras
caminaban hacia el jardín. Pasó los dedos por su pelo y lo despeinó un poco.
Diana sólo sonrió y negó con la cabeza, para minimizar lo que había
sucedido, aunque, en realidad, seguía en una burbuja.
Aún no estaba el jeep. Eso significaba que la familia de Diana no había
regresado aún de la boda.
—¿Te refieres a Paola... o al beso? —preguntó, casi en un susurro y,
mirándolo directo a los ojos. Él negó rápidamente.
—El beso... fue lo mejor de la noche. —Se detuvo y sonrió de costado. En
ese momento la tenía enfrente —Lo deseaba tanto... —Rozó sus dedos por la
mano de Diana y, ésta sintió un cosquilleo en el pecho, lo suficientemente
fuerte, como para hacerla cerrar los ojos. —Me gustas mucho, Diana, tanto,
que no debe ser correcto.
—Yo siento lo mismo... entonces es correcto —susurró, aun con los ojos
cerrados, como si no quisiera despertar de algún sueño.
Era un tierno y suave roce, pero sólo falta una pequeña chispa en la paja,
para armar un incendio. La fue subiendo con la misma tranquilidad, hasta
llegar a su cuello, con lo cual la acercó nuevamente para sellar un apasionado
beso. Parecía resuelto a que sus besos se quedaran grabados en la piel de
Diana.
No sintió lo mismo cuando lo hizo Ryan, tal vez porque, en el fondo,
siempre espero a que lo hiciera, a diferencia de ese beso con Alessandro, que,
aunque deseaba que sucediera, no lo esperaba. Entendió por fin a qué se
refería Madison, cuando le dijo que se sentía de una manera especial, cuando
era la persona correcta.
Sentir la incipiente barba de ese hombre acariciarle la piel del cuello, para
pegar ardientemente sus labios, agitaba todo su ser. Sus manos temblaban,
pero aun así, pudo llevarlas a los hombros de Alessandro y darle un ligero
apretón que le sirvió para desahogar, un poco, la excitación que sentía en
todo su cuerpo.
—No puedo dejar de pensar en ti desde que te conocí... —susurró, con sus
labios aún pegados a los de ella —Y, no te imaginas lo difícil que fue para mí
contener este deseo que siento. Debía estar lejos todo el día, pero aun así, me
perseguías en mis sueños. Te apoderaste hasta de mis pensamientos...
Diana no podía creer lo que estaba oyendo, pero, la forma en la que él la
apretaba contra sí o la besaba, jugaban completamente a su favor. Ahora
entendía esas largas horas que pasaba Alessandro fuera de casa y, en su
inocente deseo, pensó que tal vez ahora ya no lo haría.
Él se detuvo con la respiración muy agitada y se separó un poco de ella,
como si necesitara un poco de espacio. Ella no lo entendió en ese momento,
pero era lo mejor. No era sano ese movimiento que hacía la joven con su
cuerpo, al sentir que los besos bajaban cada vez más.
—¿Quieres... caminar? —preguntó Alessandro, cuando recuperó la voz.
Ella asintió, sintiendo el mismo calor que debía estar sintiendo su
acompañante.
Consideró que sería más cómodo caminar sin esos tacones, así que se los
quitó y los llevó en la mano. Supo que iban hacia los viñedos, porque era uno
de sus lugares favoritos y, conocía ese camino.
Con Alessandro llevándola de la mano, sintió que caminaba, no sobre el
césped, sino en el mismísimo cielo. Se sentía irreal. Sólo en ese inusual y,
extraño sueño, había vivido algo así como lo que le estaba pasando en ese
momento.
Caminaban entre las hileras de vides, a pasos lentos y acariciando el tope
de las plantas con las manos extendidas. El aroma a azahares no tardó en
encontrarlos, el cual era traído por la fresca brisa de la madrugada.
—¿Qué... fue lo que sucedió con ella? —preguntó Diana, en un claro
donde pudieron unirse, al pie de los árboles de naranjo. Se sentaron en el
banco de madera, uno al lado del otro, mirando el estrellado firmamento.
—Es una larga historia. —Diana se giró a mirarlo. Él presintió que ella no
se conformaría con esa respuesta.
—Dijiste que yo era alguien especial para ti. ¿Acaso mentiste? —Su
mirada era tan triste que le rompió el corazón.
No soportaba verla así, su inocente rostro podía con él. Quería contarle su
pasado, quería abrirle su lastimado corazón. Sentía que podía confiar en ella
plenamente y, por sobre todo, quería que entendiera sus ausencias de la casa
y su comportamiento —distante— en algunas ocasiones. Él quería que ella lo
ayudara a sanar.
—Y lo eres, desde esa tarde en que nos conocimos. Supe enseguida que
eras especial. —Sonrió de costado y ella bajó la mirada, avergonzada, al
recordar cómo se habían conocido.
Alessandro la atrajo hacia sí y la rodeó con sus brazos, dejándola de
espaldas a él. Sentía esa dolorosa necesidad de tenerla así siempre. Diana se
relajó en su torso y le acariciaba las manos.
—Paola y yo salimos durante casi diez años. No siempre como novios,
porque primero fuimos amigos. —Diana sonrió al saber que, por fin,
conocería su historia —Nuestros padres eran amigos y colegas en la
comisión. Tan poderosos como nosotros.
Eso lo había supuesto Diana, sin que nadie se lo contara, por la forma en
la que todos parecían rendirle pleitesía. Le acarició de nuevo el brazo,
haciéndole saber que lo estaba oyendo.
—Cuando llegó el momento, decidimos dar el siguiente paso. Era lo
lógico. —Diana sintió que se encogió de hombros.
—¿La amabas? —preguntó ella, justo cuando pensó que se había dormido
y lo había liberado de continuar.
—Eso pensaba, aunque no voy a negar que la quise mucho. Tal vez haber
metido el sexo en nuestra amistad, nos hizo pensar que sí.
Diana se giró a mirarlo. Más bien, lo escudriñó.
—Me sentí tranquilo con nuestro compromiso, porque era algo que todos
esperaban. La quería, ambos teníamos fuego en la sangre, pero ahora, con
más años encima, sé que nunca fue amor. Ahora sé que fue mi orgullo el más
herido, porque no hubo alguien, en toda la Toscana, que no supiera cómo
acabamos...
—Continúa... ¿Qué sucedió?
—Había ido a Milán, como todos los meses, para la reunión de la
comisión y, de paso, visitar el lugar donde murió Chiara. Siempre que voy le
llevo flores. —Suspiró dolorosamente —Esa vez, la reunión se suspendió,
entonces volví antes. —Diana era una joven introvertida, pero sospechaba
por donde iba la cosa. Ahora ella sabía a qué iba Alessandro a Milán. Puntos
para Diana. Él se quedó pensativo por unos segundos —Tal vez si hubiese
sido con cualquier otro hombre, la hubiera perdonado y, hoy estaríamos
casados, pero no, tuvo que ser con mi mejor amigo, el hermano que nunca
tuve, ese que estuvo a mi lado en todos los momentos felices y tristes.
Diana se giró nuevamente y lo miró con pena, ladeó la cabeza y apretó los
labios. Sin embargo, en su interior, agradeció esa infidelidad, porque, de no
haber sucedido, ella no hubiera vivido todo eso. Y era demasiado
maravilloso.
—Lo siento mucho...
—Gracias —mencionó tranquilo —, pero ahora creo que fue lo mejor.
Sólo la conocí como nunca, era una mentirosa. Llevaba saliendo con él el
último año de nuestro compromiso. Fue todo un escándalo.
—Y... ¿qué pasó con ellos? Porque la vi llegar sola, con una pareja.
—Sí, eran sus padres.
—Lo supuse.
—Mateo sufrió un accidente esquiando en su luna de miel, quedó
cuadripléjico. —Diana llevó una mano a la boca de la impresión —A pesar
de eso, fui a visitarlo al hospital, pero estaba en coma. Desde ese día, Paola
no ha dejado de intentarlo de nuevo conmigo, pero, yo no soy como ellos.
—¿Estás bromeando? ¿Casada y todo? Vaya esposa... —repuso,
levantando las cejas. Alessandro asintió, para luego besarle la cúspide de la
cabeza.
—Antes de que llegaras, odiaba a la mayoría de las mujeres. Todas eran
unas mentirosas, interesadas y despiadadas. No confiaba en nadie, a
excepción de Hilda y Marietta.
—¿Ni en Bianca? —Se giró a mirarlo. El entrecerró los ojos y fingió
pensar, luego negó con la cabeza.
—En ella no confiaba desde antes —bromeó y, ambos rieron.
La brisa movía los árboles y los delicados pétalos de las flores de azahar
caían como nieve, volviendo a ese momento, más mágico, si fuese posible.
—Bianca se pone intensa cuando quiere conseguir o evitar algo. No me
sorprendería que, si supiera de esto —refiriéndose a todo lo sucedido esa
noche —, pusiera a Rachelle a custodiarte —bromeó.
—No tiene por qué saberlo, por mi parte no lo sabrá. —Tomó la mano de
Alessandro y entrelazó sus dedos con los de él. Diana no quería eso que él
mencionó. Ella quería seguir disfrutando de esos encuentros, de esos besos...
—Quiero que este sueño dure para siempre, sin interrupciones, sin acosos de
su parte. No quiero tener que explicarle que me gusta su hermano...
—Medio hermano —aclaró el hombre y, ambos rieron nuevamente. Fue
como si el hecho de aclararlo hiciera que fuera más correcto lo que sentían.
No se lo dijo, pero sabía que Bianca pegaría el grito al cielo si se enterara —
Y si así lo deseas, así será.
Alessandro se preguntó por qué ella se refería a lo que pasó como un
sueño, porque para él era demasiado real. Sin embargo, Diana se sentía
realista. Sabía que una vez que volviera, todo eso terminaría y ella volvería a
su vida en San Francisco, así que, quería guardar todos los recuerdos que
pudiera en ese momento. Quería vivir esa experiencia sin miedos, sin
reservas, con toda intensidad. Eso sí, volvería a su vida normal, pero ella ya
no era la misma.
La acompañó hasta su habitación y, aunque deseó quedarse un rato más, se
despidieron con otro dulce pero apasionado beso. Quería amanecer a su lado,
viéndola dormir, serena y etérea, como esa vez que se durmió en el banco del
jardín y la llevó a su cama. Quería recibir el alba, rodeándola cual protector a
su ángel, pero eso tendría que esperar. Habían reconocido sus sentimientos y
era un buen inicio. Ahora sólo debía resistir esas ganas que tenía de hacerla
suya y amanecer a su lado, piel con piel, corazón con corazón, en una fusión
de sus almas.
Capítulo 17
«Oh, mi buen diario…
Si hace un mes me hubieran dicho, que viviría los momentos más intensos
de mi vida en este viaje, no me lo hubiera creído.
Tal vez me hubiera preparado con más ilusión, o elegido mis mejores
ropas, para las citas que tengo con Alessandro en los viñedos o en la bodega,
cuando el sol le da la bienvenida a la dulce y cómplice noche.
Hubiese reservado mi primer beso para él. Sin embargo, debo reconocer
que, aunque ese primer beso no estuvo mal, el segundo fue ese que se adueñó
de mis recuerdos, el que nunca olvidaré.
En este mes que llevo en Italia, descubrí que mi corazón puede amarlo
cada día más y que, las horas con él, parecen eternas… que lo secreto tiene
un sabor especial y que este es un hermoso lugar para vivir.
Ya no me embriago con dos copas de vino y aprendí a dar un buen beso
francés, aunque, Alessandro afirma que es un beso italiano. Aprendí que
debo tomar mis propias decisiones y que debo luchar por lo que quiero.
Empieza otro mes y mi corazón se desespera al saber que mis días aquí se
están acabando, poco a poco. De tan sólo pensar que pronto estaré a miles
de kilómetros de Alessandro, hace que me sea difícil respirar.
Si hace un mes me hubieran dicho que tendría estos sentimientos, tal vez
no hubiera creído, porque no sabía lo que en realidad significa amar».

Diana se había comunicado más veces con Madison y con Ryan, pero a
ellos no les pareció raro que ella les dijese que todo estaba normal. En
realidad, no tenían ni la más mínima idea de esos encuentros en la bodega, ni
que las flores de azahar ahora tenían un aroma especial para ella. Ellos no
sospechaban que se había convertido en una apasionada de la cocina y, que
había ampliado su círculo de amigos, unos a los que extrañaría con todo el
corazón.
Bianca había decidido aprovechar al máximo su estadía en Italia, para
revivir momentos de su juventud y enseñarle tanto a su esposo como a su
pequeña hija, cómo y con quienes había crecido.
Se había resignado a la negativa de Diana al verla muy entusiasmada con
Hilda y Marietta en la cocina, sus dos cómplices y maestras, quienes no
ocultaban su felicidad por ver a su amo tan feliz en compañía de esa joven
llena de luz.
«Si alguna vez quieres acompañarnos, sólo debes decirlo», había dicho
Jackson a su hija la última vez que se despidieron.

...

Diana había extrañado la última semana, sus frescos momentos en la


alberca, culpa de la molesta regla. Esa calurosa tarde parecía la ideal para
empezar su nuevo libro a la sombra del cerezo silvestre que extendía sus
frondosas ramas por sobre la misma.
Como era habitual en ella, estaba parada con el cuerpo casi totalmente
sumergido en el agua, con los brazos afuera y hojeando su libro.
Ese día, Alessandro había estado fuera desde muy temprano y, aunque
había estado ocupada toda la mañana, para esa hora, en que los pájaros
empezaban a acomodarse para dormir y el sol iba tiñendo de naranja el cielo,
ya lo extrañaba.
Tenía puesto un simpático lente de sol en forma de corazones, pero aun así
podía leer a la perfección y, ver desde lejos, llegar a su gran amor. Suspiró
muy profundo y en sus labios se instaló una radiante sonrisa cuando sus
miradas se conectaron.
Él caminó directo hacia ella, como si hubiese deseado verla todo el día y
no le importara nada más. Se había cruzado con Bianca y los suyos de
camino, así que sabía que no estaban en la casa. Se paró frente a ella y posó
las manos en sus caderas.
—¿Me extrañaste, aunque sea un poquito? —preguntó Alessandro,
frunciendo la nariz. Ella lo miró con sus lentes y todo, causándole una
simpática risa. Fingió pensarlo y luego negó con la cabeza.
—Recuérdame por qué debo extrañarte —bromeó, con su dulce e
irresistible voz.
Alessandro se sentó por sus piernas y ella se impulsó un poco para
alcanzarlo. Había adivinado que la iba a besar. ¡Y qué beso! Uno que había
deseado desde la última vez, la noche anterior.
En un acto de picardía, ella lo tomó del cuello de la camisa y lo estiró
hasta echarlo al agua también, con zapatos y todo. Vestía elegante porque
tuvo una visita importante en el viñedo de Pablo. Estaban a punto de
conseguir que sus plantaciones reunieran los requisitos para pertenecer a la
prestigiosa lista de Denominación de Origen Controlado.
—Es perversa, señorita Diana… —susurró con los labios pegados a los de
su chica. La tenía acorralada en una esquina de la alberca, con sus cuerpos
peligrosamente pegados.
Ella sólo sonrió y cerró los ojos cuando él hizo que le rodeará la cintura
con sus piernas, aún debajo del agua. El agua los cubría lo suficiente como
para que cualquier persona que los mirara desde lejos, no sospechara que
Alessandro había metido las manos debajo del sostén de la joven y, que en
ese momento le acariciaba sus excitados pechos.
Diana gimió levemente ante la sorpresa, pero él la calló con otro beso, el
cual, luego sintió en su cuello y en la comisura de sus pechos. Sus piernas se
tensaron alrededor de su cintura, por el placer que sentía.
—Shh…. Tranquila —susurró. Diana parecía nerviosa porque alguien los
descubriera, pero él le aseguró que nadie vendría. Era la hora de la novela de
Hilda y Marietta y, ni siquiera Hitler hubiera podido levantarlas de su lugar
mientras la veían.
Cerró nuevamente los ojos y chilló al sentir que ya no eran sus manos las
que daban placer a sus pechos, sino que era su boca la que, con movimientos
expertos, provocaba que la joven se retorciera hacia atrás.
Él volvió a su boca y bajó sus manos muy lentamente por sus pechos hasta
llegar a su delgada cintura. Ella estaba completamente sonrojada, pero nada
en su rostro decía que quería parar. Sin dejar de mirarla, Alessandro bajó un
poco más la mano y la metió debajo de su bikini.
—No temas… solo déjame acariciarte. Déjame saciar este deseo que tengo
de hacerlo.
Ella se exaltó tanto, que emitió un gemido al sentir sus dedos en esa zona
tan privada, explorándola con suavidad. Rodeó el cuello del hombre con sus
dos brazos y se apoyó en él. Ella no podía explicar esa sensación, era algo
que jamás había sentido, ni siquiera cuando se dio placer a sí misma.
Apretaba su rostro en el cuello de su amado, mientras él continuaba con su
tortuoso masaje, pero abrió los ojos de manera exagerada cuando sintió que
había metido uno de sus dedos en ella.
Él la oyó quejarse muy bajito y lo volvió a sacar, pero quería que ella
experimentara eso y lo disfrutara. La miró fijamente a los ojos y lo volvió a
meter, con suavidad. A medida que él lo hacía con mayor rapidez, ella ya no
cerraba los ojos del dolor o el miedo, sino porque su cuerpo estaba
experimentando una sensación que ella no podía explicar.
Él se detuvo sólo cuando la sintió temblar por completo, desde sus labios
hasta la punta de sus pies. La abrazó muy fuerte y la oyó jadear hasta que su
respiración se normalizó. Cuando sus cuerpos se pegaron, ella sintió que no
sólo el suyo estaba entusiasmado. El de él también había reaccionado.
—Te deseo, Diana… —susurró, con esa rasposa voz que ella adoraba.
Aunque no se lo hubiese dicho así, tan directo, lo hubiese notado. Su cuerpo
hablaba por sí mismo —Perdona si te hice daño.
Ella acunó el rostro de Alessandro con sus dos manos y lo besó, luego
negó con la cabeza. Sentía que su zona privada latía con tanta intensidad que
la llevó a preguntarse cómo se sentiría si le hiciera el amor, porque ella
presentía —o más bien, deseaba— que eso sucedería pronto.
—Te amo, Diana… Te amo y, quisiera demostrártelo de todas las maneras
que sea posible. —Ella hundió su rostro en el cuello de él y disfrutó del
aroma de su colonia. Pasó suavemente la nariz por la piel de su cuello y lo
besó muy suave y delicadamente.
—Yo también te amo y, me encantaría conocer todas esas formas que
tienes de amar, pero… necesito un poco más de tiempo. —Él entendió que
todo eso era nuevo para ella y, que debía estar asustada. Fue por eso mismo,
que quiso introducirla al placer con esas caricias. Tal vez, cuando llegara el
momento de unir sus cuerpos y sus almas, sentiría menos miedo y disfrutaría
más.
El asintió y le besó en la nariz. Ya se sentía en condiciones para salir de la
alberca sin pasar la vergüenza de su vida, mientras que ella decidió quedarse
un poquito más. Aún necesitaba procesar eso que había sucedido y calmar a
su alocado corazón.
Él caminó hacia la casona, chorreando el agua de la alberca, pero feliz.
Sólo le entristecía que su pequeño ángel ya no estaría para la fiesta de la
vendimia, pero más, que el verano no durara para siempre.
Diana echó su cabeza hacia atrás, en el borde exterior de la alberca y miró
el cielo desde el naranja hasta el violeta intenso, cuando las primeras estrellas
empezaban a aparecer para iluminar el firmamento. Ese hombre era puro
fuego y, ella era la gasolina, una gasolina que sólo necesitaba una pequeña
chispa más para iniciar un devorador incendio.
Decidió ir a darse un baño y a ponerse ropa decente, cuando sintió que la
brisa se había vuelto más fresca. No podía dejar de pensar en lo que había
pasado minutos antes y en lo que su cuerpo aun deseaba sentir. Contorneó sus
labios con los dedos y sonrió. No quería despertar de ese sueño. Ella tampoco
quería pensar en los días, mucho menos si le recordaban que el verano iba a
terminar.

...

Para la cena ya estuvo toda la familia reunida. Diana jamás imaginó que se
convertiría en una perfecta mentirosa, porque fingía demasiado bien, que
tenía una relación de lo más normal con el hermano de su madrastra. Y es
que ayudaba el hecho de que siempre hubiera sido tan inocente y predecible
que, en este caso, agradeció que la subestimaran. Nunca, ni en sus sueños
más locos, Bianca imaginaría a Diana retorciéndose con el dedo de
Alessandro en su interior, en pleno jardín.
Ella era de las que nunca decía mentiras, por lo que esa escapada a la
fiesta de la comisión, en donde había sido besada frente a cuantiosos
invitados, nunca había sido descubierta. En parte, pudo haberse debido a que
Alessandro era un gran colaborador para esa revista y, dio un pequeño
incentivo para que omitieran —deliberadamente— el nombre de su
acompañante.
Alessandro miró de soslayo a la joven y, sólo ella supo por qué había
mordido de esa manera su labio. Ese calor que la invadió era la más clara
respuesta. Ahora tenía otros recuerdos que jamás olvidaría, pero, de todas
formas, lo plasmaría en su diario para contárselo a Madi cuando volviera.
Alessandro se despidió con tristeza de su dulce Diana, quien era
secuestrada por Rachelle a su habitación. La niña no paraba de hablar de unas
gomas para el pelo que le había regalado Giovanna. Pensó que esa actitud
meditabunda de su hermana se debía a lo impactada que estaba por la belleza
de sus regalos, pero, jamás imaginó que era porque se estaba preguntando,
secretamente, si su Alessandro dormía con o sin ropa, o si le gustaba abrazar
a quien durmiera con él.
Sonrió con timidez al descubrir que quería experimentar eso con él,
aunque el miedo aún la tenía prisionera. Quería amanecer entre sus brazos,
sintiendo su tranquila respiración y, el aroma fresco a almizcle y a madera
que siempre lo invadía. Quería ser la persona que recibiera su primer beso en
el día, quería todo eso con él.
Capítulo 18
A Diana le extrañó que Alessandro hubiera ido directo al interior de la
casona y, no a saludarles como siempre que llegaba del pueblo, pero, sus
motivos debía tener. Continuó con su libro, aunque su concentración lo había
seguido a él, entonces lo cerró y observó hacia el edificio.
Bianca la observó de soslayo y continuó con su lectura. A pesar de que
estaban de vacaciones, había llevado un expediente importante, el cual,
esperaba poder resolver con la mente tranquila. Miró también a Rachelle
dibujar algo en unas hojas y continuó con lo suyo.
—¿Les gustaría algo de beber? Porque podría traerles algo de venida de la
cocina… —sugirió Diana, señalando hacia su espalda. Rachelle levantó la
mirada bruscamente y sonrió. No era raro que ella tuviese hambre o sed.
—¿Podrías traerme también unas galletas, de esas que hiciste ayer? —
suplicó, uniendo las manitas. Bianca sonrió con diversión.
—Para mí solo un vaso de jugo, gracias…
Ella intentó parecer lo más normal posible mientras caminaba hacia la
casa. Su corazón se aceleraba con cada paso que daba. Siempre que pensaba
en tener enfrente a Alessandro le generaba esa sensación.
Mientras caminaba por el pasillo, sintió que alguien la tomó del brazo y la
metió a una habitación. Cuando reaccionó, notó que se trataba de Alessandro
y que ese lugar era su despacho. Lo supo por ese toque tan masculino que lo
caracterizaba y los cientos de botellas de vino que formaban un mural.
—Shh… —le dijo él, con su dedo índice sobre sus labios. Cerró la puerta
con llave y la rodeó con sus brazos para levantarla un poco del suelo.
No tardó en atrapar sus labios y besarlos con necesidad, mientras ella le
acariciaba el torso. Él la levantó y la sentó al filo del escritorio, colocándose
entre sus piernas abiertas. Ella llevaba puesto un vestido, por lo que, las
sensaciones que le causaba en sus partes íntimas, ese roce con el cuerpo de
Alessandro, tan sólo sobre sus bragas, eran elevadas a la máxima potencia.
Ella se preguntaba, en su inocencia, por qué Alessandro respiraba así, de
manera agitada, cada vez que la tenía tan cerca, pero, tal vez se debía al
mismo motivo por el cual ella sentía a su corazón latir en su zona invicta.
Él no quería detenerse, pero no había ido a saludar las por un motivo en
especial. Lo hizo luego de besarle los hombros desnudos, para luego reír, con
impotencia, ante su latente deseo. La invitó a ver algo en su computadora,
mientras él se quedó a un lado, esperando su respuesta. Ella sonrió al ver de
qué se trataba.
—¡Está cerca de San Francisco! —exclamó, pero esa alegría inicial se fue
apagando poco a poco al entender que eso significaba que ella debía volver a
su vida y, no quería pensar en eso aún.
Alessandro asintió, metiendo las manos en sus bolsillos.
—Es uno de los institutos gastronómicos más prestigiosos del mundo. —
Se sentó por sus piernas para quedar a su nivel. Ella lo miró de soslayo y ¡por
Dios! Qué bello se veía. Lo observó por unos segundos, hasta que él la
descubrió y sonrió con picardía —Si de verdad te gusta tanto la cocina,
deberías considerar este lugar. Además… tienen un énfasis en vinos, incluso
tienen sus propios viñedos.
Lo dijo de la manera más normal, mirando la pantalla, pero Diana supo
que, habiendo otras sedes por todo el territorio estadounidense, él eligió esa
por alguna razón.
—No sé aún si mi padre y Bianca estarán de acuerdo —mencionó
pensativa.
—Mírame —le ordenó el bello italiano. Ella obedeció sin reparos—. Hace
poco cumpliste tu mayoría de edad, lo que te capacita para tomar tus propias
decisiones. —Ella lo miraba a los ojos, como si dudara de que fuera capaz de
ir, no tanto contra su padre, sino contra Bianca —Si es lo que de verdad te
apasiona y, lo que quieres hacer por el resto de tu vida, debes luchar por ello.
«Si supieras que lo que quiero hacer toda la vida te incluye a ti, mi
amor…», pensó ella, sin romper el contacto visual.
—Pero si ellos… se negaran a pagar tu carrera —dijo, tomándole la mano
para acariciársela, como ella tanto amaba —, quiero que sepas que cuentas
con mi ayuda. Pagaré todo lo que necesites para convertirte en lo que deseas.
Le besó la mano y ella, nuevamente, cerró los ojos. El simple contacto de
sus labios la embriagaban de placer.
—Afortunadamente, como lo mencionaste, este año cumplí la mayoría de
edad y puedo acceder a la herencia de mi madre —Lo miró con el rostro
victorioso, para luego darle un rápido beso en la nariz —, así que, no podrán
evitarlo por el lado monetario.
—Excelente. De todas formas quería que lo supieras —repuso, poniéndose
nuevamente de pie.
—Sólo espero que ellos lo entiendan, porque sé que están muy ilusionados
con que estudie leyes, como Bianca y…
—¿Ryan? —preguntó con fastidio.
Si, recordaba perfectamente ese nombre, porque lo detestaba. Odiaba que
fuera el chico a quien su odiosa hermana había elegido para Diana. No paraba
de hablar maravillas de él. Odiaba la sola idea de que él pudiera verla a diario
si estuvieran en la misma universidad, pero, por sobre todo, temía que ella,
con la cercanía y la presión de su familia, terminara enamorándose de él.
Sentía unos celos tremendos, que no podía disimular.
Diana asintió, apretando los labios. Le había contado a Alessandro sobre
los planes de Bianca y la ilusión de Ryan de tenerla como colega.
Alessandro la tomó del brazo y la levantó para pegar sus labios con puro
fuego. Ella no tardó en rodearle el cuello con sus brazos y se dejó guiar.
Ahora era él quien tomaba asiento y la sentó en su regazo, a horcadas.
Sentirla así, sobre él, fue toda una tortura, pero en ese momento lo estaba
disfrutando. Ella se movía peligrosamente sobre él, provocando que el
hombre gimiera dolorosamente, apretándole las caderas con las manos.
Diana ladeó la cabeza para dar lugar a los besos que Alessandro estaba
depositando en su cuello, los cuales, poco a poco, iban bajando hacia su
escote. Sentía que esa chispa pronto alcanzaría a la gasolina y se armaría
tremendo incendio entre los dos.
Le desprendió la parte delantera de su vestido y metió uno de sus pechos
en la boca. Diana ahogó un gemido, apretando las manos por el hombro de su
amado. Era incontenible el placer que corría por todo su cuerpo en ese
momento.
Unos golpes en la puerta rompieron ese mágico momento, haciendo que el
corazón de la joven ya no sólo latiera como loco, por los atrevidos besos de
Alessandro.
—¡Tío Alessandro! ¿Estás ahí? —Era la voz de Rachelle. ¡Diablos!
¡¿Ahora qué?!
—¡Si, Rachelle! Estoy… —Vio a Diana completamente agitada y con los
senos descubiertos, así que se apresuró pensar una buena excusa —hablando
por teléfono ¿Necesitas algo?
—Es que no encuentro a Diana y quería saber si la viste…
—¡No! No la vi. Debe estar en la cocina… o en el jardín. Tengo que
continuar con mi llamada, cariño. Ve a buscarla.
—¡Gracias, tío! Iré a buscarla.
Diana estaba completamente sonrojada, mientras que Alessandro intentaba
no reír. Le ayudó a prender rápidamente su vestido y le arregló el pelo, pero
antes, no se había resistido a chuparle los pechos nuevamente. No pudo evitar
mirarla con contemplación por unos segundos, antes de que ella se retirara de
su regazo. Él estaba completamente excitado y ella, aunque ya lo había
notado, evitó mirar.
—Espera, quédate detrás de la puerta, saldré a mirar si está libre el pasillo
—sugirió Alessandro, ya recuperado.
Estaba vacío, la joven podía salir con total seguridad, pero cuando iba a
hacerlo, pareció caer en cuenta de algo y retrocedió.
—¿Eso fue… un correo electrónico? —preguntó. El asintió con curiosidad
—Pensé que no tenían Internet aquí. —Achinó los ojos, sintiéndose un poco
tonta.
—Tampoco estamos en el fin del mundo, cariño. Y sí, antes de que me lo
preguntes, puedes usar mi computadora cuando quieras, incluso si no estoy.
—Gracias…
Ella se mordió el labio y sonrió, antes de despedirse con un fugaz beso.
Corrió hacia la cocina con una imborrable sonrisa.

—¡¿Dónde te habías metido?! —reclamó Rachelle, con los brazos


cruzados en la cocina. Marietta se encogió de hombros y siguió sirviendo los
jugos en vasos.
—Había ido a preguntarte si querías jugo o leche con tus galletas.
Debimos cruzarnos. —Se sintió mal por mentirle, pero no tenía de otra.
—Ah, pues… con leche, supongo. —Cambiando gradualmente su
semblante. No parecía tan molesta.
—Gracias, Mari. ¡Eres la mejor! —exclamó Diana, abrazando a la mujer
por tener todo preparado para ellas. Esta sonrió por lo bajo al reconocer el
perfume de su patrón en ella. —Vamos, Rachelle…
—Eh… señorita Diana —llamó la mujer. La joven se giró y la miró con
curiosidad, esperando a que ella dijese algo, pero parecía considerar las
palabras que diría. —Rachelle, ¿podrías ir a ver si Tomás ya llego? Pero
vuelve a darme una respuesta —añadió la mujer, con su aceptable inglés.
Todos en la casa hablan el inglés de manera básica, por las personas que
suele frecuentar su patrón.
Apenas se fue la niña, dando saltos de alegría, la mujer tomó un ramo de
romero y le dio unos golpecitos con él a Diana. La joven se asustó y la miró
confundida, pero al ver que la mujer se acercaba a olfatearla y, que parecía
conforme con el resultado, lo entendió.
—Ahora sí puede ir junto a su madrastra —mencionó y le guiño el ojo.
Diana sintió que sus mejillas le hervían de la vergüenza, pero la mujer le hizo
un gesto para que no se preocupara.
—Gracias… —susurró, al tiempo en el que regresaba una emocionada
Rachelle.
—No, aún no llegó —repuso. Diana la tomó del hombro y salieron de
nuevo para el jardín.


Ese día habían decidido que la noche estaba hermosa para cenar a la luz de
las estrellas. Además, tendrían invitados. Giovanna y Luca se habían anotado
para la noche de pizza y, el infaltable alcohol.
La mujer, con su consabida voz estridente, había llegado luciendo un
vestido con flores de girasol y hablando hasta con los brazos. Diana no pudo
evitar reír que con cada palabra que salía de esa boca, sus brazos parecían
estar traduciendo.
Luca, en cambio, tenía una personalidad más serena, y solo la dejó ser el
centro de atención. Con una revista bajo el brazo, tomó asiento al lado de
Jackson y sacó una caja de cigarrillo de su bolsillo. Al notar que había una
niña entre ellos, decidió que no era una buena idea fumar, por lo que la
guardó de nuevo.
Diana, quien estaba sentada frente a su padre y a Luca, casi se quedó sin
ojos al ver quién estaba en la portada de la revista que en ese momento, se
disponía a leer este último.
—¡Oh, por Dios! —exclamó tan fuerte que todos los presentes la miraron
asustados. Ella había llevado una de sus manos a la boca de la emoción.
—¿Qué sucede, hija? —preguntó Jackson.
—Sí, Diana. ¿Por qué gritaste así? —le inquirió Bianca, desaprobando su
actitud.
—¡Es Freya! —respondió emocionada, señalando la revista del hombre.
Jackson miró lo que su hija les mostraba, con mucha curiosidad.
—¿Y… conocemos a… Freya? —Volvió a preguntar su padre. Diana
asintió de manera efusiva, con una sonrisa que demostraba lo feliz que
estaba.
Alessandro ya sabía de la modelo, pero sólo por lo que Diana le había
contado. Bianca miró a su esposo como si le preguntara de qué hablaban,
pero éste le hizo un gesto para que le restara importancia y siguiera su
conversación con Giovanna.
—Nos conocimos de venida, en el avión. Ella es estupenda y va a estar
aquí muy pronto. —Luca abrió la página que indicaba la nota de tapa y
asintió.
—¿No te habrás confundido, hija? —preguntó, incapaz de creer que esa
hermosa y voluptuosa pelirroja fuera conocida de su tímida hija. La vio negar
con la cabeza.
—Es ella, estoy segura —aseguró—. Incluso me escribió mensajes, por
eso sé que estará aquí por unos días.
—Sí, en efecto, estará aquí la próxima semana. —Luca leyó el artículo y
ahí lo mencionaban. «La reconocida modelo de Dolce & Gabbana
protagonizará la campaña de verano y las sesiones se realizarán en La
Toscana…» —Increíble.
—¿Podemos invitarla un día para cenar aquí? —preguntó, pero esta vez
miró a Alessandro. Este asintió sin dudarlo.
—¿Y en serio piensas que una modelo como ella, querrá venir a cenar con
unas personas a quienes no conoce? —preguntó Jackson, un poco reticente a
esa amistad. Temía que su hija sufriera una decepción.
—Ella me conoce, sé que aceptará —repuso Diana, un poco molesta por la
insinuación de su padre. Alessandro observaba todo en silencio, pero atento.
—Invítala. Si es tu amiga, es bienvenida en La florentina. —Alessandro sí
le creía, además, por su expresión, parecía importante. Bianca los había oído,
pero decidió, milagrosamente, no meterse en la conversación, aunque sí miró,
cautelosa, a su medio hermano.
Capítulo 19
«Alessandro…
Incluso cuando sólo pienso en ti, mi corazón golpea más fuerte a la cárcel
de mi alma. Mi alma, que busca con locura encontrar a la tuya, para
fundirse en una cósmica explosión, pero, es acorralada por el temor.
Oh, cobarde temor, deja de aprisionarnos, deja que seamos las olas del
mar en una noche tormentosa, deja que nuestras costas sean furia y paz al
mismo tiempo.
Oh, temor, deja, por esta vez, que te gane el deseo, para que mis labios
susurren en su oído, el canto del dolor, que mis labios pronuncien devotos,
mis votos de amor…».

Diana cerró su diario y, tomándolo en su mano, caminó hacia el despacho de


Alessandro. Cuando entró, creyó percibir su embriagante aroma, el cual, se
intensificaba cuando tenía los ojos cerrados. Los abrió de nuevo y caminó
hasta el escritorio para acariciarlo.
No pudo evitar sentir que su corazón le causaba estragos al recordar que,
hace pocos días, había estado ahí, sobre su lustrosa superficie, con su amado
entre las piernas. Llevó unos dedos a sus labios y los acarició, como si eso le
ayudase recordar la intensidad con la que habían sido besados.
Con un profundo suspiro, continuó con su labor. Había ido a revisar su
correo, por si tenía alguna novedad sobre Freya, quien, según el artículo de la
revista, llegaba en dos días a la Toscana.
Chilló emocionada al ver su nombre en uno de los correos que había
recibido. Ella había cumplido con su palabra, estaba por llegar a la Toscana y
quería ver a su amiga Diana. Apenas alcanzó cerrar sesión, para ir corriendo a
mostrárselo a su familia.
Jackson y Bianca se miraron sorprendidos, mas aun así, se mantuvieron
reservados. Leyeron y releyeron el correo donde los invitaba a un desfile, en
el conservatorio filarmónico de la ciudad.
—¿Podemos ir? ¿Sí? —preguntó suplicante. Jackson se encogió de
hombros y buscó la mirada de su esposa, quien tampoco encontró objeción
alguna para negarse.
—Está bien, iremos —respondió su padre.
—Debo reconocer que me tomó por sorpresa. No esperaba que en realidad
te recordara —reconoció Bianca. En realidad, Diana también tenía sus dudas
al respecto, pero esa carta la puso feliz.

El día del desfile había llegado y la familia completa se dirigía al lugar que
había indicado la invitación. Alessandro no podía dejar de mirar a Diana,
aunque intentaba disimularlo. No perdía cualquier oportunidad para
observarla por el espejo del coche. Ella se veía radiante con ese vestido negro
con tirantes.
Fueron conducidos por una elegante mujer a sus lugares, apenas llegaron.
Unos lugares bastante privilegiados, para sorpresa suya. La música empezó a
sonar y las luces se apagaron en la zona de la pasarela. Empezaron a salir las
modelos con las prestigiosas prendas de los diseñadores, pero, cuando la
pelirroja salió, opacó a todas con ese atuendo blanco inmaculado.
Al pasar frente a la joven, todos pudieron ver que le guiñó un ojo,
volviendo a Diana, una de las personas más cotizadas del lugar. Bianca por
fin creyó en lo que decía su hijastra, aunque no tenía lógica para ella. No era
del tipo de personas que se relacionarían con su hija.
La joven vio de lejos a Pablo. Éste miraba a Freya desde su lugar, como
Alessandro la miraba a ella, lo que la enterneció. El hombre era un pan de
Dios y, a pesar de conocer los sentimientos de su hermana por su chico,
siempre fue un excelente amigo para su amado italiano y lo apoyó con Diana.
Sí, debía presentarlos. Tal vez ella no se fijaría en alguien como él, un
hombre hogareño y de familia, pero, no perdía nada con unir a dos
maravillosas personas, a quienes quería con todo el corazón. Tal vez Freya
estuviera acostumbrada a esos hombres cuyos cuerpos parecían estar
esculpidos por los mismísimos dioses del Olimpo, pero Diana conocía el gran
corazón de Pablo, quien tras ese —un poco— robusto cuerpo, guardaba un
carisma que podía conquistar a quien sea.
Alessandro se había sentado a su lado, como era de esperarse, mientras
que sus padres, estaban al otro lado de la joven. Como estaban tan
concentrados —como todos los presentes— en el desfile y en toda la
organización de éste, no se fijaron que la joven se tensaba al sentir la mano
de Alessandro sobre su pierna desnuda.
Él no la miraba, ella tampoco a él, pero esa suave caricia que le daba sobre
su alterada piel, como si no pudiese resistir a ese contacto, hacía que ella
cerrara los ojos, presa del placer que le causaba. A medida que subía hacia
sus partes privadas, ella sentía que el corazón le saldría por la boca. Estaba
aterrada porque alguien los pescara, pero, afortunadamente, todos estaban
inmersos en el evento.
Diana apretaba las manos con fuerza y también los dedos de sus pies,
aunque estos no se notaban por el hermoso zapato que llevaba puesto.
Alessandro era un hombre apasionado y, siempre lograba sorprenderla con
sus arrebatos. Con él, ella nunca sabía lo que podía esperar, el futuro no era
un libreto que ella debía interpretar y, adoraba esa sensación.
No era así con Ryan, con quien hasta podía imaginar cuántos hijos
tendrían y como se llamarían cada uno de ellos. Supo hasta cuando la iba a
besar por primera vez y lo que le diría a continuación. Amaba no saber eso
con Alessandro, porque amaba no saber.

—¡Que alegría verte de nuevo, Didi! —exclamó la llamativa pelirroja.


Abrazó a la joven, apenas se liberó de los fotógrafos y reporteros.
—¡Yo también! Luces increíble… —La miró de cabeza a los pies. A
mujer llevaba puesto un mono verde esmeralda con un escote de infarto,
contrastando maravillosamente con su pelo de fuego.
—¿Es… tu familia? —preguntó, mirándolos con amabilidad. Diana los
presentó uno por uno, dejando por último a Alessandro. Freya sonrió, de
manera especial, cuando oyó el tono con el que había nombrado Diana a su
italiano.
Todos iban diciéndole lo encantados que estaban de conocerla. Diana,
incluso, oyó a Bianca admirar su increíble pelo, el cual, lo llevaba en ondas.
Mientras tanto, Jackson cargaba a Rachelle, ya que la pequeña diablilla se
había quedado dormida.
Pablo caminó hasta donde se encontraba su amigo y parecía un
adolescente que conocería a la chica que le gusta. Un guardia lo detuvo, pero
Alessandro le dijo a Freya que era su amigo, entonces ella, mirando
detenidamente al hombre, le dijo a su custodio que lo dejara acercarse.
Diana sonrió con picardía al ver al gran hombre frotarse las manos, sin
dejar de mirar a su amiga. Sonreía de manera nerviosa y hasta parecía que iría
a tartamudear. Imaginó a los chicos de su escuela, en especial a esos que los
bravucones llamaban Nerds.
—Él es Pablo, el mejor amigo de Alessandro. —Lo presentó Diana, ya
que era lo más correcto. El hombre, literalmente, temblaba al pasarle la mano
—Pablo, ella es… —El aludido tomó rápidamente la palabra, mirando
fijamente a la mujer a quien era presentado.
—Lo siento, Diana, Bianca… —Las aludidas rieron divertidas al adivinar
lo que diría —La mujer más hermosa en este lugar —la interrumpió.
—Freya —completó Diana, con una leve sonrisa.
La modelo se sorprendió bastante al ver que Pablo llevaba su mano a la
boca para darle un beso, como todo un caballero. Se quedó mirándole por
unos segundos antes de hablar.
—Gracias… Eres muy amable. ¿Era Pablo, no? —El hombre asintió.
Diana miró a Alessandro con complicidad y éste negó con la cabeza, pero
con una sonrisa de costado.
A pesar de que debía estar alojada en algún hotel de lujo, no dudó ni un
segundo en aceptar la invitación de Alessandro de quedarse en La florentina,
durante su estadía en la Toscana. Tal vez esas tiernas miradas que
intercambiaba con el fortachón hombre, que no podía quedarse quieto al lado
de su amigo, había influido un poco.
—Tu custodio puede quedarse en la habitación de huéspedes que sobra,
así que, no te preocupes —añadió Alessandro, recibiendo una aprobación por
parte del hombre que se mantenía cerca de la pelirroja.
—¡Creo que lo pasaremos en grande! —Miró a Diana y levantó ambas
cejas —Muchas gracias. —Esta vez miró a Alessandro y luego a Bianca —Sé
que tal vez los incomode, pero quiero que sepan que les agradezco de todo
corazón.
—¡No digas tonterías! —expresó Bianca, quien estaba encantada de
conocer a una modelo de esa categoría. Ya se imaginaba alardeando entre sus
colegas y sus vecinas —Nos alegra mucho que nuestra Diana te haya
conocido. Usualmente ella no es muy sociable.
—Creo que fui yo quien conoció a Diana. Fue la primera vez que no me
quejé de lo largo que pueden ser los vuelos —bromeó. Pablo no le quitaba la
mirada de encima y eso parecía gustarle a la pelirroja, porque sonrió de una
manera especial al despedirse.
Unos reporteros solicitaron de nuevo su presencia para unas fotos. Diana
se cruzó de brazos y puso un rostro triunfante para sus padres, ya que éstos
seguían asombrados.
Pablo se acercó a Alessandro y le dijo algo en el oído. «No te sorprendas
de tener un huésped más esta semana. Me mudo a tu casa, temporalmente,
porque creo que me enamoré». Diana estaba cerca y, aunque el hombre se
había esforzado por decírselo en secreto a su amigo, ella pudo oírlo, causando
en ella una simpática risa.
—Ahora entiendes esto que siento… —respondió también en un susurro,
pero mirando para Diana. Pablo le pasó un brazo sobre el hombro y le
palmoteó la espalda.

Diana esperaba que la presencia de Freya en la casa esos días, la ayudara


con todas esas dudas y temores que sentía ante lo que deseaba Alessandro.
Quería complacerlo, dejarse amar, perder la cordura en una cósmica fusión,
pero temía arruinar el momento por su falta de información. Por supuesto, no
se lo preguntaría a Bianca ni a Madison.
Sabía que, tarde o temprano sucedería, que ya no podría resistir ante sus
fogosas caricias o besos y que terminarían con sus cuerpos enredados,
haciendo el amor. Lo deseaba, no iba a negarlo, pero no quería fallar. Su
amado sabía que era una joven virgen e inocente, pero eso no le hacía sentir
mejor al respecto. Temía acobardarse en ese momento, o hacer alguna
tontería. Necesitaba a Freya urgentemente y había llegado en el momento
justo.
Alessandro intercambió algunas palabras con la organizadora del evento y
luego regresó sonriente. La mujer anotó algo en su carpeta y miró hacia ellos.
Diana se preguntaba qué le había dicho para verse tan feliz, pero, al parecer,
tendría que imaginarlo, porque estaba resuelto a no contarle.
—Está bien, Pablo. Te ayudaré con Freya, pero tendrás que hacer algo por
mí —le dijo en secreto, apartándolo un poco del grupo. El hombre lo miró
con los ojos entrecerrados, pero asintió.
—No sé qué locura estés tramando, amigo, pero acepto. —Miró de nuevo
a la pelirroja, quien en ese preciso momento lo había mirado también. Ella
hablaba con alguien que anotaba todo lo que decía, así que supuso, era un
reportero.
—Ya te lo explicaré luego con más detalles, pero, necesitaré una noche a
solas con mi ángel… Y tú, mi querido amigo, me vas a ayudar.
Pablo miró a Diana y luego a su amigo. Ella no había oído nada, por
fortuna, pero no era difícil imaginar por qué quería estar a solas con ella.
Cada vez podía resistir menos y, el tiempo de Diana en la Toscana, era cada
vez menos. Pronto tendría que decirle adiós y quería demostrarle cuánto la
amaba. Quería que ella se llevara el mejor recuerdo de él, quería ser la
persona a quien jamás pudiera olvidar.
En ese momento, en que sus miradas se conectaron, supo que su corazón
latía de una manera especial, cuando esa joven estaba cerca. Sentía paz, amor,
pasión, deseo. Aunque siempre supo que ella sólo le había sido prestada por
un verano inolvidable, deseaba que éste no terminara. La miró como si
quisiera decirle eso y mucho más, sin sospechar ella, todo eso que rondaba
sus pensamientos.
Capítulo 20
Alessandro no sólo hospedó a la supermodelo y a su equipo de seguridad,
sino que también accedió a que realizaran una sesión de fotos en su finca, con
los viñedos de escenario principal.
Aunque les dijo que lo hacía de buena voluntad, el editor de la revista
insistió en que esa sería una buena publicidad para su marca de vinos, lo que
explicaba que en ese momento, Freya estuviera posando entre las vides, con
un vestido de encaje color violeta y sosteniendo una de las botellas especiales
de La florentina.
Su hermoso pelo contrastaba con todo el escenario, verde y violeta, para
lucir como si el mismo sol se reflejara en él. Era imposible no acaparar toda
la atención del lugar, en especial, la masculina.
Pablo fingió haber llegado de casualidad, pero, en realidad, había llamado
unas tres veces a su amigo para que lo recibiera. Había ido solo, pues no
quería que Julieta le hiciera alguna escena como la de la cena de la comisión.
Moriría de vergüenza.
Se encontraba al lado de Alessandro, cargando una de las cajas de vino
que había ayudado a traer de la bodega, pero completamente anonadado por
tanta belleza ante sus ojos. Estaba impaciente por tener un momento a solas
con la pelirroja.
Rachelle, por su parte, andaba nuevamente tras unas mariposas, pero ese
suceso resultó muy interesante para el fotógrafo, quien pidió permiso a
Bianca y a Jackson, para tomar le unas fotos a la niña. Ellos aceptaron, luego
de averiguar qué harían con las fotos y, que podían tener unas copias.
—Podríamos usar su foto en la campaña de esta temporada —sugirió el
hombre, que sostenía la cámara y buscaba el mejor ángulo. Bianca parecía
considerarlo—. Tiene unas hijas muy hermosas, debería considerar la carrera
de modelaje para ellas —añadió, tomando una foto de la pequeña traviesa.
Era perfecta. Salió dando un salto con su red para atrapar mariposas,
convirtiéndose en una de ellas, con el vuelo de su vestido amarillo. No había
logrado alcanzar a la escurridiza alada, pero se había ganado una paleta
helada, por parte del asistente de producción; una amable mujer de piel
oscura y pelo recogido.
—Es muy tentador, pero, tengo otros planes para mis hijas —respondió
Bianca, de brazos cruzados, mientras observaba a Diana y a Alessandro
conversando.
—Es una verdadera pena, tendrían mucho futuro. —Miró de nuevo la foto
que había tomado y apretó los labios. Bianca sonrió de costado y buscó a su
esposo con la mirada. Él se había unido al grupo formado por Diana, Pablo y
Alessandro.

—Te ves como si quisieras hacerme una pregunta —mencionó Freya,


acostada en uno de los sillones para tomar sol. Llevaba puesto un traje de
baño de estilo marinero y unos lentes de sol.
Diana se acercó un poco más y cerró su libro en la página que estaba
leyendo. Titubeó por unos segundos, hasta que por fin tomó valor para hacer
esa incomoda pregunta. Bianca colocaba protector solar en la espalda de la
pequeña Rachelle, a unos metros de la casona.
—¿Cómo es… hacer el amor? —preguntó, con mucha vergüenza y
curiosidad. Freya no se sorprendió con esa pregunta, sino que en su rostro se
dibujó una enorme sonrisa —Shh… no llames demasiado la atención, que ya
me estoy muriendo de la vergüenza por habértelo preguntado —Diana se
cubrió parte de la cara con una de sus manos.
—¿Acaso preferías preguntarle a tu madrastra? —Bajó un poco su lente
con un dedo. La joven negó efusiva mente con la cabeza, así que la pelirroja
suspiró profundamente y se recostó nuevamente en su asiento. —Eso
supuse…
—Yo… —Empezó a decir, como si buscara las palabras que le
avergonzaran menos.
—Probaste de la muestra gratuita y, ahora quieres el producto completo —
respondió, con una sonrisa pícara. Diana se escandalizó por la forma en la
que la había descubierto su amiga. Abrió la boca varias veces como para
excusarse, pero no le salían las palabras. —Me alegra saber que te animaste
al fin. Es algo natural entre dos personas que se aman y se desean, así que no
temas. —Miró hacia donde hablaban Pablo y Alessandro —Es algo muy
bueno, hacer el amor, digo…
—Por la forma en la que me sentí con la muestra gratuita, debe de serlo.
—Miró a Alessandro y suspiró.
—Sólo debes relajarte y disfrutar. —Se encogió de hombros —Luego, las
cosas se darán solas y olvidarás todos tus temores.
Diana tragó grueso al recordar sus temores, en especial el famoso dolor.
Imaginaba qué tanto sería, pero, pensar en lo mucho que deseaba sentirse
mujer en los brazos de Alessandro, hacía que todo eso valiera la pena. Ella
quería todo con él y estaba decidida. Sólo necesitaba tomar algo de valor con
alguien y, ese alguien era Freya. Necesitaba informarse más sobre el tema
para no pasar un bochorno.
La bella pelirroja le habló crudamente sobre todo lo que iba a pasarle y,
sobre lo que debía o no hacer. Diana parecía entenderlo todo, por la forma en
la que asentía y se ponía roja como un tomate. Freya se quedó pensando por
unos segundos, con la mirada hacia esos dos hombres que recorrían los
viñedos y conversaban sobre algo que no llegaron a oír. Miró a Diana y
apretó ligeramente los labios.
—Ahora eres tú la que parece querer preguntarme algo —bromeó la joven,
quien había suspirado al ver a Alessandro. Freya asintió, un poco seria.
—¿Ya pensaste... en lo que sucederá cuando regreses a San Francisco?
¿Hablaron al respecto? Porque, por lo que he notado, tu familia no sospecha
lo que sucede entre ustedes. —Se acomodó los lentes de sol y miró a la joven,
quien en ese momento permanecía muda. Su sonrisa se había esfumado —Lo
supuse —añadió, al entender que estaba en lo correcto.
—No quise pensar en ello. Me pone triste no saber qué sucederá luego de
que el verano acabe. Él… ya me importa demasiado. —Sus ojos se
encargaron de demostrarle cuan triste se ponía con esa conversación.
—Perdona. Sé que no es de mi incumbencia, pero, cuando te dije que
quería que fuéramos amigas, lo dije de verdad y, no sería una buena amiga si
no te lo preguntara —Se sentó, apoyándose en uno de sus brazos —, porque
sabes que tú debes regresar a tu hogar, a tu vida, sea cual fuere la que hayas
elegido vivir. Y, que evites hablarlo, o pensarlo siquiera, no hace que se
detenga el tiempo.
Diana asintió, pero seguía triste.
—¿Y si decido quedarme? —Freya supuso que algo así le sugeriría, así
que aspiró profundamente y soltó el aire de manera muy lenta.
—Sé que esto que sientes ahora es muy fuerte, pero es pronto para saber si
durará. —Le acarició la mano con cariño, como si fuese una hermana mayor
—No quiero que pienses que no estoy a favor de ustedes, porque lo estoy.
Absolutamente, pero, no quiero que salgas lastimada. —Diana la miró
confundida —Ama con toda tu alma, con todo tu cuerpo, pero ten en cuenta
siempre, que eso que ahora tienes, puede acabar. Aún eres muy joven y,
tienes mucho camino por recorrer. Recórrelo, experimenta, crece, cumple tus
sueños, que si es para ti, te esperará por siempre.
—Pero yo lo amo… y quiero estar a su lado.
—Lo sé, cariño y, así será si su destino es estar juntos, pero no dejes tu
vida a un lado, por nadie. Ya encontraste lo que te apasiona, ya decidiste
luchar por ello, ahora no dudes. Amar a alguien es hermoso, pero amarte a ti
primero, lo es más. Ahora vive este momento, ámalo, déjalo amarte, sin
miedo a lo que mañana pueda ocurrir, pero siempre ten en cuenta que…
—Puede acabar —completó la frase.
Vieron a Tomás entregarle algo a Bianca, y a ésta, llamar emocionada a
Jackson. Rachelle se las estaba dando de diva con la asistente del fotógrafo y,
la estaba chantajeando por más paletas.
—¿Cómo están, bellas damas? —preguntó Pablo, como saludo. Freya
tenía una sonrisa que animó a Pablo a acercarse un poco más.
Alessandro se mantuvo a distancia, pero sin dejar de mirar a Diana. Ésta
tenía las mejillas calientes como un bollo recién salido del horno. Se preguntó
por qué estaba tan sonrojada, aunque lo atribuyó al calor que hacía, a pesar de
que la tarde estaba empezando a caer.
—¿Qué… será eso que Bianca agita con la mano hacia mi padre? —
preguntó la joven, entrecerrando un poco los ojos. A pesar de que ya lo sabía,
Alessandro se giró a mirar.
—Oh, es una invitación, por lo que oí. Y, si no me equivoco lo que es,
Bianca debe estar alucinando. Siempre añoró ir a ese evento.
Diana se dio cuenta de que había muchas cosas que no sabía de su
madrastra, cosas que, tal vez, cambiaría la forma en que la veía. En Italia, ella
vio a una Bianca diferente, más moderna, tolerante y libre. Deseaba que esa
personalidad no acabara con el verano. Aunque, ahora que se ponía a pensar,
tenía otro motivo más para no querer que termine el verano.
—¿Y qué evento es ese? —preguntó Diana. Alessandro miró a Pablo y
éste lo explicó.
—La previa al evento de moda más esperado del año: la semana de la
moda de Milán. En este evento se eligen las colecciones que se presentarán
en setiembre.
—¿Es por eso que estás aquí? —preguntó Diana a Freya, pero ella negó
con la cabeza.
—No este año. Usualmente voy a ese evento, pero este año decidí
descansar un poco —Miró fugazmente al hombre, quien mitraba
disimuladamente su escote. Al saberse descubierto, miró rápidamente hacia
otro lugar y se aclaró la garganta. —¿Cómo es que sabes todo esto? —Era la
primera vez que Freya se dirigía así, de una manera directa y familiar a Pablo.
El hombre se sintió como el más afortunado de ese lugar.
—Es que mi ex esposa es publicista. No se hablaba de otra cosa que no
fuera sobre los eventos de esta época. —Puso los ojos en blanco y todos
rieron.
—Vaya, vaya… eres toda una caja de sorpresas —bromeó Freya. Se había
estado preguntando si era soltero y, para los efectos, era lo mismo. Estaba
libre, según quería darle a entender.
—Si Bianca acepta, la tendremos el fin de semana fuera —informó
Alessandro, como si esa posibilidad lo pusiera de buen humor. Diana sintió
que se le erizó la piel, desde su cuello hasta los dedos de sus pies. Ese brillo
en los ojos de su italiano le indicó, que el momento que había esperado,
estaba cada vez más cerca. Se mordió levemente el labio como respuesta.
—Sería una tonta si rechazara una invitación que sólo reciben cincuenta
personas en todo el país —repuso Pablo, mirando hacia su espalda, donde vio
acercarse a Bianca y a Jackson.
—Alessandro, te estaba buscando —mencionó su hermana. El aludido
asintió, fingiendo curiosidad.
—Pues aquí estoy. Tú dime… —expresó tranquilo.
—Quería pedirte un favor. —Alessandro ya sabía lo que le pediría, pero
aun así, levantó una ceja —Quería pedirte que las niñas se quedaran aquí el
fin de semana. Marietta podría cuidarlas, no serán molestia para ti. Es que
Jackson y yo... recibimos una invitación para la elección de colecciones para
la semana de la moda…
—Y siempre anhelaste ir a ese evento. —La interrumpió el hombre.
Bianca se encogió de hombros.
—Claro, si es una molestia para ti, o si tienes otros planes… lo voy a
entender…
Alessandro negó con la cabeza mientras mantenía sus manos en los
bolsillos. Tenía la mirada seria y calculadora. Si supiera que sí tenía planes y,
mejor aún, que tales planes incluían a Diana, tal vez declinaba la invitación.
Pero no, Alessandro quería quedarse a solas con su ángel.
—Ve tranquila. Usualmente, no salgo los fines de semana. Recuerda que
soy un aburrido —bromeó, logrando que Bianca rodara los ojos, pero al final
sonriera.
—Creo que este fin de semana será muy interesante, especialmente para ti
—susurró Freya, como para que sólo Diana la oyera. La joven sintió un
estrujón en el estómago y sus pulmones se negaban a cooperar —, pero no
temas, que yo estaré aquí.
Bianca se retiró de nuevo y entre los cuatro se instauró un incómodo
silencio, hasta que Pablo se apiadó de la pobre Diana. Ésta lucía algo
nerviosa. Freya, en cambio, se mostraba tranquila y sonriente, como si algún
tipo de plan le estuviera saliendo a la perfección.
—Les dije que no se resistiría. —Palmoteó la espalda de su amigo, quien
miraba a Diana con esa sonrisa de costado en los labios —Un fin de semana
sin la bruja rondando.
Diana lo sintió en ese momento. Sabía que era una señal de que los
cosmos, tal vez, estaban alineándose a su favor. Ella sentía que ese fin de
semana sería especial, como se lo había mencionado la pelirroja, lo supo
cuando vio esa mirada de deseo en el hombre que sonreía para ella. Ese
hombre que tenía toda su voluntad en las manos, o más bien dicho, en los
labios.
Capítulo 21
Diana no sabía qué hacer con su alocado corazón. Bianca y su padre se
habían despedido de ellos al medio día y, esa mirada de Alessandro al verlos
partir, la hizo arder en deseo y ansiedad. Saber que estaba sin la supervisión
de Bianca, le daba una emocionante sensación de libertad. Sentía como si
pudiera atropellar el mundo, siempre y cuando fuera con Alessandro.
Había estado extraño toda la mañana, cuchicheando con Marietta e Hilda
y, desaparecido. Por fortuna, estaba Freya para darle apoyo moral. Habían
pasado tiempo a solas, sin la molesta intromisión de Rachelle —ésta estaba
en la cocina probando las nuevas galletas de Marietta—, hablando de todo lo
que la inocente Diana necesitaba saber para lo que, ambas sospechaban, iba a
suceder esa noche. Una noche en la que tal vez, esa joven de mirada pura y
angelical, dejaba atrás, de una vez por todas, a la antigua Diana.

Había llegado la tarde y, Pablo había ido a invitarlos a todos a su casa, para
festejar que su cosecha de ese año sería muy próspera. Era una excusa tonta,
pero necesitaba algo así para sacar a todos de la finca.
Rachelle estaba encantada con la idea de pasear y conocer otros lugares.
Era una niña inquieta, de las que nunca saciaba su curiosidad, ni sus energías.
Las dos mujeres mayores se encargaron de tener todo preparado para pasar la
noche en «Cascabeles», propiedad de Pablo y Julieta, como les había
indicado éste.
Dejaron preparado todo lo que Alessandro les había pedido y fueron a
prepararse. Tomás era el único que se quedaría, por cuestiones de seguridad,
aunque sólo hasta que su patrón llegara del pueblo.
—Ponte este vestido —sugirió la pelirroja, buscando entre los suyos —, y
esto. —Freya le mostró una sensual braga de encaje, aún en su caja. Diana
iba a negarse, pero el rostro de Freya le dio a entender, que no aceptaría una
negativa suya —Es una noche especial…
El vestido era en un delicado tono pastel y le llegaba apenas por la mitad
del muslo. Le sentó tan bien, que fue como si hubiese sido hecho para ella.
Freya se retiró unos metros y la observó de cabeza a los pies. Le había
sugerido que probara un delicioso perfume que había traído de Francia, el
cual, no dudó en rociárselo, apenas recibió la aprobación por parte de la
nerviosísima joven.
Temblaba de manera casi imperceptible, pero, lo suficiente para recordarle
que se estaba haciendo de noche y, que en pocos minutos ya todos irían con
Pablo a su finca.
—Sea lo que sea que suceda entre ustedes esta noche, disfrútalo, vívelo sin
miedo y guárdalo en tus recuerdos para siempre —le aconsejó Freya,
orgullosa de lo bella que había quedado Diana. Admiró una vez más su obra
de arte y asintió con una sonrisa prieta y cargada de picardía. —Goza tu
momento y no pienses en lo que te espera mañana. Hoy, la noche es de
ustedes y de nadie más.
—Tengo miedo, mucho miedo. ¿Y si cometo algún error o me acobardo?
—susurró entrecortado. Freya la tomó de las manos y sonrió maternal.
—No temas del amor, déjate envolver por él y correspóndelo. No es algo
malo, como muchos insinúan, es sólo el lenguaje del cuerpo, admitiendo y
demostrando su amor. Es la locura apoderándose de la anatomía de dos
amantes, mientras la razón toma un descanso.
—Gracias —dijo, acompañado de un profundo suspiro. Se veía
fenomenal, como ese ángel que había conquistado a su apasionado italiano.
Ahora sólo debían salir al encuentro del servicial Pablo, quien esperaba,
paciente, por ambas damas en la entrada principal.
No quedaba lejos, sus terrenos colindaban, por lo que no les llevaría más
de unos minutos estar ahí. Diana intentaba descubrir qué era lo que
Alessandro había estado todo el día planeando.

Julieta había decidido no estar presente en la cena y, los motivos sobraban.


Sabía que Diana y Alessandro estarían presentes, así que decidió ir a casa de
una amiga en el pueblo. Detestaba la idea de perder contra una escuálida niña
norteamericana.
Pablo se desvivía en atenciones hacia Freya y Rachelle, quien apenas
podía mantener los ojos abiertos. Había jugado todo el día en la alberca y le
estaba pasando la factura.
—Les mostraré la habitación que preparé para ustedes —mencionó el
dueño de casa, al ser abordado por Marietta y su madre. Ambas eran de las
que dormían temprano —, pero quédense para la cena.
Diana había decidido caminar por el jardín, algo decepcionada por la
ausencia de Alessandro. De pronto, sintió que alguien le tomó de la cintura y
la apretó contra su cuerpo, hundiendo el rostro en su cuello, para luego
terminar dándole un montón de besos en el cuello y su espalda desnuda.
—Alessandro… —susurró con placer, cerrando los ojos.
—Me encanta cómo suena mi nombre en tus labios —dijo, volteándola
con la mano. Ella le rodeó el cuello con ambos brazos y sonrió.
—Alessandro… —repitió, esta vez con los ojos cerrados y una pícara
sonrisa. Él pegó sus labios a los de ella y, la besó con pasión y arrebato.
—Te extrañé todo el día —dijo, con los labios pegados a su cuello. La
mezcla que se formaba entre el perfume de Alessandro y el aroma a
cigarrillo, no tardó en penetrar sus fosas nasales, volviéndose uno de sus
aromas favoritos.
—Yo también… Estuviste casi todo el día afuera. —Lo miró triste, pero él
la tomó del mentón e hizo que lo mirara. Sonreía de una manera que parecía
esconder algo que a ella le gustaría.
— Pero valió la pena. —Diana sintió una corriente eléctrica recorrerle por
toda la espalda. Cerró los ojos, al sentir que él rozó nuevamente el dorso de
sus dedos, por la ya muy sensible piel de sus hombros y sus brazos.
—¿Por qué lo dices? —preguntó, sin dejar de mirarlo. Él seguía con ese
rostro triunfante.
—Como ya no estarás para la fiesta de la vendimia —Entrecerró un poco
los ojos y ella también. Diana quiso decirle que si de ella dependiera, no se
iría jamás de su lado, pero sentía mucha curiosidad de saber qué se traía entre
manos, así que calló —, estuve pensando que, entonces… podemos adelantar
la fiesta para que no te la pierdas.
—¿Cómo? —Sonrió confundida —¿Dónde? ¿Aquí? ¿Es por eso la cena?
Alessandro negó con la cabeza.
—Es por eso que envié a Bianca y a tu padre a Milán y… todos los demás
están aquí. —A pesar de que había poca iluminación, ella pudo percibir ese
brillo en los ojos de Alessandro —La florentina es sólo nuestra por esta
noche…
Ella se tensó ante la idea que le había venido a la cabeza, pero se enamoró
un poquito más, si era posible, por todo lo que hizo para que estuvieran
juntos. Sentir que la atraía nuevamente para pegarla a su cuerpo, hizo que ese
miedo que tenía, se convirtiera en deseo, uno que no podía esperar por saciar.
—Así que era eso lo que andabas planeando… —mencionó con una leve
sonrisa. El asintió y le besó en la nariz.
—Entonces, ¿nos vamos? —Él no lo notó, pero el motivo por el cual ella
asintió tan rápido era, en parte, porque estaba temblando. Ella se giró a mirar
hacia la casa.
—¿Y los demás? —preguntó preocupada. Sabía que tanto Pablo como
Freya debían imaginar lo que pasaría. No sabía cómo iba a mirarlos para
despedirse, porque sea como fuera, ella se iba con él.
—Ya les avisé que nos vamos. Marietta se encargará de Rachelle, no te
preocupes. —Seguía tendiéndole la manos —Vamos.
Al tomar su mano, había decidido cambiar el rumbo de su vida para
siempre, si para bien o para mal, ya no le importó. Cuando lo miró a los ojos
y se dejó convencer por esa sensual sonrisa, dejó a la antigua Diana en ese
jardín. Esa era la noche de la nueva Diana, una que había dejado ahí el temor,
para dejarse amar, para aventarse al viento, esperando encontrar los fuertes
brazos de su amado para detenerla.

De nuevo sintió el galope de su corazón, al ver el cartel que indicaba que


estaban ingresando a La florentina. Intentó contar los cipreses que pasaron,
para ver si podía distraer un poco su mente. Sentía que estaba sudando y, no
era por el calor de la noche.
Cuando se detuvo el coche, en el lugar de siempre, también se detuvo su
corazón, pero, aun así, tomó la mano que le ofrecía Alessandro para bajar. Él
le cubrió los ojos con las manos y, fue guiándola hacia donde quería llevarla,
hacia los viñedos.
Diana lo supo enseguida, aún antes de que él retirara sus manos. El aroma
a azahares lo delató. Era un aroma que llevaría guardado en lo profundo de su
corazón. Un aroma que la transportaría siempre a ese maravilloso lugar, a ese
maravilloso momento que estaba por vivir.
Cuando pudo ver a su alrededor, quedó maravillada. Había unas hileras de
brillantes focos colgando de los naranjos, dando un toque de lo más
romántico a lo que parecía una cita para dos. La mesa con un mantel blanco,
una variedad de bocadillos, que Diana reconoció como muy típicos del lugar
y, dos copas y un vino.
—¿Tú hiciste todo esto? ¿Cómo es que no lo vi? —preguntó, al borde de
las lágrimas, mirando todo a su alrededor. Algunos pétalos de azahar caían
danzarinas con el viento, adornando le el pelo y llenando de magia ese
momento.
—En realidad, fue Tomás, pero la idea fue mía. No quería que te perdieras
de nada en tu viaje. —La miró de soslayo y luego puso música en un
reproductor portátil. Le señaló su lugar y, ella no dudó en ocuparlo.
—Es muy hermoso… creo que me encanta este lugar. —Él sonrió y abrió
la botella de vino. Sirvió un poco en ambas copas y le pasó una a Diana.
—Hilda preparó estas delicias para nosotros. Dijo que no confiaba en que
Marietta los hiciera mejor que ella. —Diana se sintió apenada, pero era
incapaz de probar un bocado. Los nervios no se lo permitían.
—No… tengo hambre —pronunció, con una mueca de disculpa. Él,
aunque no lo dijo, conocía el motivo, así que no insistió.
—Te ves muy nerviosa, bebe un poco de tu vino, te hará sentir mejor —
sugirió, con una leve sonrisa. Ella dudó un poco, pero luego se convenció.
Bebió de un sorbo todo lo que tenía en su copa, sorprendiendo a su
acompañante.
—Delicioso… Necesito un poco más —pidió. Alessandro levantó una ceja
y le sirvió un poquito más. Sonrió divertido y se apiadó de ella. Se le ocurrió
una idea para liberar un poco esa tensión que la tenía presa.
—Ven, tengo una idea… vamos a…
—¿Hacer el amor? —preguntó exaltada. Cuando se dio cuenta de lo que
dijo, sintió que no sólo le ardía el rostro, sino que ese calor se extendió por
todo su cuerpo. Alessandro no pudo contener la risa. Ella se veía bastante
graciosa con ese rostro avergonzado.
—Iba a decirte que, a caminar, pero si quieres hacer el amor, no me negaré
en lo absoluto —respondió, con una sonrisa perversa que la hizo temblar
nuevamente. Ella se cubrió el rostro con ambas manos. Ni siquiera podía
mirarlo de la vergüenza. No podía creer que dijo eso. ¿Qué pensaría ahora de
ella? —Tranquila, no pasa nada. Si te sirve de consuelo, te lo iba a proponer
más tarde, tú sólo… te adelantaste y me ahorraste el bochorno a mí.
Diana lo miró con los ojos llorosos y el rostro muy sonrojado. No sabía si
era cierto todo lo que él le dijo, pero, ahora que lo pensaba, no se hubiera
tomado la molestia de enviar a todos lejos solo para conversar, así que le
agradeció el gesto.
—Perdona… No sé por qué dije eso. Normalmente no hago preguntas
como esa. —Miró a un costado, pero él, tomándole la mano con cariño, la
invitó a mirarlo.
—Me encanta todo en ti, me encanta que hagas ese tipo de preguntas,
porque me encantaría responderte.
Se acercó lentamente, sin perder el contacto visual y pegó sus labios a los
de ella. Un beso que había empezado como un simple roce, ahora los tenía
respirando con mucha dificultad y explorándose con las manos.
—Mejor… vamos a caminar —sugirió Alessandro. Ella asintió,
completamente agitada.
Él tomó el vino y las copas y, le pidió a ella que llevara el mantel.
Caminaron tan solo unos metros, por uno de los pasillos entre las vides, cuyas
frutas ya estaban a punto de madurar por completo.
Tendieron el mantel en el suelo y se sentaron uno al lado del otro a beber
un poco más de vino. Alessandro consideró oportuno, dado el escenario,
contarle a Diana la historia de la vendimia. Pensó que la ayudaría a relajarse
un poco.
Él se acostó y cruzó sus brazos bajo su cuello, mirando el profundo cielo
estrellado. Ella dudó por unos segundos, pero decidió acompañarlo. Quería
sentir su corazón, quería saber si latía de la misma forma que el suyo, así que
decidió apoyar la cabeza en su pecho y, rodearlo con uno de sus brazos por la
cintura.
Alessandro sonrió y aspiró el dulce aroma que desprendía su pelo, para
luego mirar sus desnudas piernas, de las cuales, una se posaba sobre su
pierna. ¡Vaya tortura!
—Voy a contarte una historia sobre la vendimia —anunció, luego de unos
segundos de silencio
Ella lo miró y asintió. ¡Por Dios! Qué bien se sentía estar así, tan cerca de
su amado. Se quedó mirándole, como si no pudiera romper esa conexión,
hasta que él empezó a hablar de nuevo.
—La vendimia es una fiesta pagana. Tiene sus orígenes en el culto griego
a Dionicio ¿Lo conoces? —preguntó.
—Vagamente… —respondió titubeante —Continúa, por favor.
—Dionicio era una divinidad de la fecundidad, de la vegetación y la
producción vinícola. —Ella oía atentamente la historia —La mitología cuenta
que el primer hombre que cultivó la vid fue Ícaro, un rey griego al que el
mismo dios instruyó en sus artes. En tiempos de Homero, los viticultores
griegos de renombre, agasajaban cada año a los pueblos cercanos en las
fiestas de la vendimia. Esto les daba poder y prestigio en la región.
Posiblemente, con técnicas importadas de los egipcios, los griegos
difundieron la vinicultura por todo el mediterráneo europeo, llevando con
ella, sus tradiciones, entre ellas, la celebración de la vendimia.
—Nunca había oído su historia. Es muy interesante —repuso,
incorporándose un poco.
—Es una fiesta muy bonita. La gente se divierte pisando uvas, bebiendo,
comiendo, bailando, compartiendo con sus seres amados… —Alessandro se
quedó mirando, embobado, el escote de Diana. Ella lo supo, pero no sé
movió, sino que lo dejó admirar un poco más. Lo miraba de una manera
suplicante, como si deseara algo con mucha intensidad y, no fue muy difícil
para él entenderlo.
Alessandro extendió la mano hacia una de las vides y tomó el racimo que
parecía estar más maduro. La recostó en al suelo nuevamente, y empezó a
bajarle los tirantes, sin dejar de mirarla a los ojos. Desde esa noche, las uvas
ya no serían sólo uvas para Diana.
Capítulo 22
Con mucho cuidado y lentitud, fue bajando el vestido —con ayuda de ella
—, hasta dejarla en ropa interior. La observó intentar cubrirse los pechos y,
negó con la cabeza. Se relamió los labios y le colocó los brazos a sus
costados.
El pecho de Diana subía y bajaba de manera acelerada y, con un simple
toque de Alessandro sobre su corazón, cerró los ojos. Sintió que sus pezones
de endurecían a medida que él bajaba la mano. Acostado a su lado, apoyado
en uno de sus brazos, tomó el racimo de uva que había tomado y lo colgó
sobre la boca de Diana. Ella se encorvó al sentir la suavidad de la fruta
rozarle los labios, los cuales abrió para recibir una de ellas.
Disfrutó el dulce sabor de lo que pudo haber sido un vino, sintiendo,
tortuoso, el resto del racimo sobre su sensible y expuesta piel. Apretaba las
manos a sus costados y sus piernas entre sí, hasta que decidió abrir los ojos
para mirarlo. Quería verlo, con esa mirada profunda y excitante, surcarle la
piel con lo que, deseó, fueran sus dedos.
Apretó una de las frutas sobre su mentón y lo besó, lamiendo cada parte
donde repetía esa acción. Cuando llegó a sus pechos, ese calor que empezó a
sentir con el primer beso, ya se había convertido en un incendio. Él los lamió
y lamió hasta hacerla desfallecer.
La joven se encorvaba y gemía de placer, suplicando que no se detuviera.
Sentir que chupaba sus pequeños bultos era la sensación más erótica que le
había pasado hasta entonces. Sí, hasta entonces, porque esta vez, él decidió
bajar un poco más.
Ella chilló al sentir que sus labios ya no estaban en su abdomen, sino que
habían llegado a su zona más íntima, encendiendo en ella la lujuria que, hasta
ese día, había estado dormida. Llevó sus manos a la cabeza de Alessandro, a
la par que sus piernas se tensaban del placer. No podía decirle palabra alguna,
porque su voz se negaba a salir.
Ni siquiera la fresca brisa, que hacía danzar las ramas de los árboles y las
vides, podía calmar ese fuego que ardía en su interior. Miró hacia el cielo y
vio cómo los delicados pétalos de las flores de azahar caían como si fueran
copos de nieve sobre ellos. Sonrió al sentir un cosquilleo que aumentaba cada
vez más.
—Oh, por Dios, Alessandro… ¡Oh, por Dios! —gritó ella, sin miedo a que
los escuchen. Llevó una de sus manos a su cabeza, mientras la otra apretaba
uno de sus excitados pechos. Él se sentó y empezó a desabotonar su camisa.
—Shh... Tranquila —mencionó bajito, con esa sonrisa que derribaba sus
barreras.
Diana estaba tan caliente que no dudó en sentarse y ayudarlo, aunque lento
y sin prisa. Quería sentir más de lo que había sentido. Había tocado el cielo
con sus dedos, pero su cuerpo pedía más.
Al quedarse Alessandro sin nada arriba, Diana se acercó temblorosa y
depositó un tierno beso sobre su hombro, el cual, luego repitió en su cuello y
en su boca. Ella enredó sus dedos en el pelo de su italiano y recibió gustosa,
esos candentes besos en su cuello.
Fue recostándola nuevamente y terminó por dejarla como había llegado al
mundo, para luego quitarse el pantalón y su ropa interior. Él se había parado
para desnudarse, proveyéndole una privilegiada vista de lo que tenía para
darle y, de lo predispuesto que ya se encontraba.
Ella se asustó un poco, lo que no era de extrañarse, pues era la primera vez
en su vida que veía algo así, en su estado natural. Se echó completamente
para atrás y cerró los ojos mientras intentaba calmar a su acelerado corazón.
Él se acostó nuevamente a su lado y tomando la mano de Diana, hizo que
lo tocara.
—No temas, solo tócalo —la invitó. Ella quería sentirlo, así que siguió los
movimientos que le enseñaba Alessandro, de arriba abajo, disfrutando de la
suavidad entre sus dedos. Era tibio y estaba duro.
Él gimió y cerró los ojos con fuerza cuando ella aumentó la rapidez.
Necesitaba poseerla, no se contenía ya las ganas de probar ese inexplorado
paraíso que ella guardaba con tanto celo. Llevó una de sus manos a su
intimidad y la acarició suavemente. Con un simple toque supo que ella estaba
lista para recibirlo, aunque su rostro se mostraba algo dudoso.
La miró en silencio, con la respiración agitada por unos segundos,
mientras la veía encorvarse al sentir su dedo en su interior. Quería que ella
estuviera segura de que estaba lista, de que quería eso que estaba por suceder.
Sus miradas se decían más cosas de lo que podían las palabras, pero él
necesitaba su aprobación.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? Porque yo muero por hacerte el
amor… —Dudó por unos segundos lo que le diría después, pero debía darle
una oportunidad de arrepentirse, aunque eso fuera muy doloroso para él —
pero quiero que sepas que respetaré si me dices que no.
Ella tenía miedo, pero no dudas, así que lo tomó del rostro y lo atrajo
hacia sí para poder besarlo. Abrió las piernas para darle lugar, uno que él no
dudó en ocuparlo. Se miraron fijamente, con esa dulzura que ella le inspiraba,
como si con sólo mirarse pudieran hablar, decirse todo.
—Quiero que seas tú, nadie más… —susurró en su oído, mientras bajaba
delicadamente sus manos por el contorno de su cuerpo. Se sentía fuerte, listo
para amarla. Ella sólo esperaba que sus cuerpos se unieran y la cordura
tomara un descanso.
Sus deseos se cumplieron cuando, con mucho cuidado, pero de una
embestida, lo sintió por completo en su interior. Ella se elevó un poco y le
mordió levemente el hombro, ahogando un grito contra su piel. Tardó unos
segundos en relajarse nuevamente y acostumbrarse a esa sensación en su
interior.
Él se retiró lentamente y buscó su mirada. Necesitaba saber si esas
lágrimas que amenazaban con caer de sus ojos, eran porque la había
lastimado, o si eran simplemente de emoción.
—¿Estás… bien? —preguntó con la voz entrecortada. Ella asintió con una
tierna sonrisa, esa que lo tenía loco de amor.
La tomó del rostro con ambas manos y la besó, un beso con el cual le
demostraba todo ese amor sentía por dentro, un beso que ahogó los gemidos
de la joven en las siguientes embestidas, las cuales, se dieron con mayor
frecuencia e intensidad.
Sus cuerpos eran la viva figura del mar en una noche tormentosa, de las
olas rompiéndose contra las rocas, movidos por pura pasión y lujuria. Ella le
arañaba la espalda, pero él seguía con ese tormentoso vaivén de caderas.
Diana sintió que sus piernas temblaban tanto, que ya no tenían fuerza para
sostenerse. Él siguió sus apasionados movimientos por un rato más, hasta
que, con un sonoro gemido, empujó una última vez, para luego caer rendido
sobre el delicado cuerpo de su ángel.
A pesar de que, tanto la piel de ella como la de él estaban cubiertas de
sudor, él le besó repetidas veces el pecho, ahí donde latía descontrolado, su
inocente y enamorado corazón.
Se retiró de su interior y la acunó en sus brazos, esperando a que sus
cuerpos recuperaran la calma. Alessandro besó la cabeza de Diana y la apretó
un poco más contra su cuerpo. Nunca había sentido tanto placer, nunca había
pensado hacer todo lo que hizo para estar a solas con esa dulce joven, que
ahora levantaba la mirada, para luego sonreír.
—¿Te sientes bien? —preguntó un poco temeroso. Reconoció que sus
movimientos no habían sido para nada contenidos y, que tal vez pudo haberla
lastimado. Ella asintió y suspiró, antes de pegar nuevamente el rostro a su
pecho.
Las flores de azahar caían copiosas con la brisa que recorría los viñedos a
esa hora. Algunos de los pétalos se pegaron a su piel y le dejaban un poco de
su aroma. Las flores de azahar ya no serían simples flores para ella, ahora
serían un recuerdo de la noche en que entregó su inocencia al amor que nunca
esperó sentir, en un viaje que no había deseado realizar, un viaje inolvidable.

Él tarareaba una canción, la misma que habían bailado en la cena a la que


había ido a escondidas. Miraban las estrellas, oyendo a los grillos cantar a lo
lejos, con la inmensidad de vides rodeándoles y, una quietud que solo en un
lugar de ensueño como ese les podía brindar.
—Fue maravilloso… hacer el amor —susurró Diana, besándole el torso.
Él le acariciaba el pelo y los brazos.
—Fue maravilloso porque fuiste tú —respondió él. Ambos seguían
completamente desnudos, total, nadie podía verlos.
—Creo que fue mejor de lo que imaginé —reconoció ella. Alessandro
sonrió con picardía.
—Así que imaginaste antes cómo sería… —susurró con perversión.
—Sólo desde que te conocí.
Él la besó en la frente, pero no tardó en buscar sus labios. Aún sabían al
dulce sabor de la uva. Cuando se separó, metió mucho aire a sus pulmones,
pensando en cómo resistiría cuando ella se fuera de su vida. Extrañaría sus
besos, sus caricias, su cuerpo…
—Debemos regresar —avisó Alessandro. Ella hizo un puchero que le robó
una risa.
—¿No podemos quedarnos un poco más? —pidió. Ya debía ser como las
dos de la madrugada. Él suspiró nuevamente.
—Aún… tenemos un poco de tiempo. Sólo debemos llegar antes de que
Rachelle despierte —bromeó —¿Qué te parece si tomamos un baño? —Miró
hacia la alberca. Ella asintió. Tal vez un poco de agua haría que disminuyera
poco ese ligero escozor que sentía en sus partes privadas.
Al levantarse, la cubrió con el mantel, el cual tenía el pequeño, pero
indudable recuerdo de su pureza. Ella sintió mucha vergüenza al notarlo, pero
él le dijo que ya no pensara en eso, que se haría cargo luego. Él vistió sus
pantalones y caminaron de la mano hasta llegar al lugar acordado.
Se miraron con complicidad y, tomados de la mano, se tiraron al agua,
muertos de risa. Se abrazaron al salir a la superficie, sintiendo el agua
recorrerles el cuerpo. Se dirigieron, poco a poco a la orilla, quedando ella
acorralada por el cuerpo de Alessandro.
Ya no necesitó su consentimiento para la segunda vez. La forma en la que
ella llevó la mano a su miembro, sin dejar de mirarlo, fue respuesta
suficiente. Cerró los ojos con fuerza al sentir nuevamente ese delicioso y
tortuoso movimiento en su interior, llenándola con mayor rapidez que en el
viñedo, apretándola contra el borde de la alberca.
Ella no lo supo, no tenía ni idea, pero Alessandro no se había cuidado a
propósito. Sí, se sintió el ser más egoísta y, para nada orgulloso de su actitud,
pero él sólo necesitaba una excusa para que ella se quedara con él. Era ella
con quien quería formar una familia, eran sus ojos los que quería ver cada
amanecer, y si tenía que hacer algo de trampa, la haría. Y fue entonces que se
vino, por segunda vez en su interior.
Ella lo abrazó muy fuerte, porque está vez sintió algo que no sintió la
primera vez. Esta vez sintió un placer inexplicable que la llevó a sentir
espasmos en todo su cuerpo. La llevó a apretar con mayor fuerza sus piernas
contra la cadera de Alessandro y a gemir más fuerte.
—Diana… —susurró en su oído.
—Alessandro… —lo imitó.
Capítulo 23
Aunque Alessandro hubiese preferido amanecer con Diana entre sus
brazos, había prometido devolverla antes del amanecer. Era por ese motivo,
que todos se encontraban desayunando en el gran comedor de Cascabeles.
Rachelle ni siquiera sospechaba de la gran noche que habían tenido su
hermana y Alessandro, por lo que no atribuía a algo más que la comida, como
la culpable de esa tonta sonrisa. No fue lo mismo con Freya y Pablo, quienes,
además de compartir miradas cómplices por motivos propios, observaban a
sus amigos con una atención especial.
Tomás se adelantó, junto a Marietta e Hilda a La florentina, porque tanto
su patrón como sus invitadas, pasarían el resto del día en lo de Pablo. Bianca
y Jackson volverían recién al día siguiente, por lo que no debían apresurarse
en regresar a la finca.
Diana lo disimuló bastante bien, tal vez por vergüenza, o tal vez por no
preocupar a Alessandro, pero le dolía todo el cuerpo, en especial las piernas.
Tenía la sensación de haber hecho demasiado ejercicio sin calentamiento.
Freya la observó quejarse de manera casi imperceptible, pero sólo sonrió ante
la idea. Estaba segura de que su amiga tenía mucho que contarle sobre su
noche.

Rachelle había mencionado la vez que Diana tuvo que recurrir a Ryan para
que las llevara al hospital, cuando la niña se había caído del árbol.
«Otra vez el chico perfecto…», pensó Alessandro, quien hojeaba el
periódico mientras las chicas se recostaban en el césped, bajo la sombra de un
frondoso olivo. Pablo lo oyó hacer un ruido con la nariz, desaprobando el
exagerado acto de valentía del joven, pero no lo interrumpió.
— ¡¿Cómo es posible que con dieciocho años aún no hayas sacado la
licencia de conducir?! —exclamó Freya. Diana se encogió de hombros y
Rachelle negó con su cabeza.
— Creo que tanto papá como Bianca están muy ocupados, así que no volví
a insistir.
— Ryan se ofreció a enseñarle, pero mamá le dijo que «No», que si no es
ella o papá, no lo permitiría —aportó Rachelle, visiblemente en contra de la
decisión de sus padres. Se podía notar que esa niña causaría estragos en la
familia. No se veía con ese carácter sumiso como el de su hermana mayor.
— Empieza a caerme bien Bianca —murmuró Alessandro, como para que
sólo Pablo lo oyera. Éste reía por los celos que parecía estar causando ese tal
Ryan en su amigo.
— Tú podrías enseñarle —mencionó el hombre, mirando a las chicas.
Diana lo miró, algo sonrojada aún. Todavía no procesaba lo que había
ocurrido la noche anterior y evitaba mirarlo a los ojos por mucho tiempo.
— Vi que tienen un camino interno entre La florentina y Cascabeles —
sugirió Freya. Tenía una sonrisa pícara y una ceja arqueada. Rachelle parecía
estar considerándolo.
— Yo no le contaré ni a mamá, ni a papá que lo hiciste —soltó, con
mucha seguridad. Diana abrió los ojos de manera exagerada y, si antes ya
estaba sonrojada, ahora debía estar hecha un tomate —Será nuestro secreto de
hermanas.
— ¿Hacer qué? ¿De qué hablas? Yo no hice nada —se excusó la joven,
nerviosa y con un torpe tartamudeo. Alessandro y, los demás que conocían la
verdad, rieron ante esa escena. Era tan tierna intentando ocultar lo que pasó.
Rachelle rodó los ojos.
— Me refiero a que tío Alessandro te enseñe a manejar. A veces pareces
tonta, Diana —la reprendió la niña, con el rostro serio. La joven soltó el aire
que había metido de golpe, con mucho alivio. Esos nervios la iban a matar.
— Oh, claro, eso… —Intercambió miradas fugaces con su amado italiano
y esperó una respuesta. Él la miraba sonriente.
— Por mi parte, prometo que te irás de Italia manejando como toda una
profesional —dijo, levantando una mano. Ella ya no tenía esa certeza sobre
su futuro, como antes, pero de todas formas sonrió y asintió agradecida.
Diana sentía un poco de tristeza cada vez que él mencionaba que ella se
iría de ahí. Se preguntaba si tal vez, en lo profundo de sus pensamientos, él
también deseaba tenerla a su lado para siempre, o si sólo estaba disfrutando
del momento, de la ocasión. Tal vez ella debería seguir el consejo de su
amiga, quien la miraba escrutante, y hacer lo mismo que él, solo disfrutar, sin
pensar en el futuro.
— Me encantaría —dijo al fin, con una enorme sonrisa. Rachelle dio unas
palmadas con las manos, demostrando su alegría.
Diana no se podía concentrar, con Alessandro ahí rozándole la piel cada
vez que le mostraba como debía tomar el volante o la palanca de cambio. Se
le erizaba la piel con tan solo recordarlo meciéndose sobre ella, o
acariciándole la piel.
— Entonces… ¿entendiste todo? —preguntó el hombre. Ella se sobresaltó,
como si hubiera despertado de un hechizo.
— ¿Qué me decías? —preguntó avergonzada. Él miró con cariño y supuso
que tendría que explicarle todo de vuelta.
— Diana… —susurró —Si quieres, podemos dejarlo para otro momento.
—Ella negó rápidamente y tomó el volante con ambas manos, se irguió y lo
miró con el mentón levantado.
— Soy todo oídos.
Pablo, como todo buen caballero, llevó los tres asientos plegables hasta el
borde del camino, donde estaba por empezar la clase. Por fortuna, no le fue
muy difícil, gracias a su contextura física. Era un hombre corpulento.
Diana se veía animada, pero nerviosa. Sintió una descarga de adrenalina
con los primeros metros que dio el coche bajo su mando. No lo hizo tan mal
para ser su segunda primera vez en menos de un día.
Había tenido algunos percances propios de una principiante, pero nada que
unas clases de refuerzo no pudieran solucionar. Ella no quería que el día
acabara, ella quería seguir sintiendo esa alegría de estar con sus amigos,
haciendo cosas que antes creía imposibles. Quería seguir sintiendo esa brisa
que despeinaba su pelo, con ese bello cielo naranja como fondo y Alessandro
a su lado, con el brazo reposando en su hombro.

Mi pobre diario…
Si alguien de San Francisco te leyera, tal vez pensaría que hablas de otra
Diana, porque, la que ellos conocieron, jamás había pasado de los besos con
un chico. Y eso que lo del beso sólo lo sabíamos Ryan y yo.
Los que me conocieron, se quedarían desconcertados si les contara
cuánto placer sentí entre los brazos de Alessandro, con nuestros cuerpos
desnudos, temblando bajo las estrellas. Que esa inocente niña, ahora era
toda una mujer, una mujer perdidamente enamorada.
Enamorada de ese hombre que, por celos, me enseñó a conducir un coche
el día de hoy, porque, tal vez, no tolera la idea de que volviera a depender de
un chico para ir a algún lugar. Ese hombre a quien amo y admiro cada vez
más, por enseñarme que la vida es bella y que sólo necesitaba un poco de
valor para aprender a volar.
Esta flor, que por si no lo sabes, es un azahar, se irá conmigo, como un
recuerdo de la noche más hermosa de mi vida, como el recuerdo más valioso
de este viaje, porque cada vez que la mire o la huela, me llevará de nuevo a
ese momento, me traerá de nuevo a ese lugar.
De todo lo que hice hasta hoy, sólo lamento decirte esto, mi buen
confidente, que tú nunca verás la luz, tu nunca contarás mis secretos, esto
será entre tú y yo.

Los días siguientes continuaron sus clases, por supuesto, cuando Bianca se
ausentaba. Diana aprendía muy rápido, como fue con la cocina. Tal vez sólo
necesitaba ese apoyo que le daba Alessandro, de conseguir lo que se
proponía, de mostrarle que ella era capaz de todo, que sólo debía intentarlo.
Antes, sólo se limitaba a hacer las cosas bien, pero Alessandro le enseñó a
buscar las cosas que la apasionaban y, no sólo eso, sino a luchar por ellas. Él
le mostró una visión diferente de la vida y le dio el valor que no tenía, para
imponer su voluntad, por lo que Bianca lo traía entre ceja y ceja.
Freya se había ido, pero había prometido seguir en contacto con su nueva
amiga, y con los demás. Le había aconsejado a Diana luchar por sus sueños,
si lo que quería era ser una gran chef. La invitó a visitarla en su casa de Los
Ángeles alguna vez y, a disfrutar de su juventud.
Diana no lo supo, pero Freya había hablado también con Alessandro. Se
había quedado muy preocupada cuando Diana le contó que no se habían
cuidado, así que también le mencionó su opinión sobre la juventud de su
amiga y sobre sus posibilidades. Tal vez por eso es que la había estado
evitando los últimos días. Se sentía culpable de lo que podía haberle causado
por su egoísmo.
— ¿Has visto a Alessandro? —preguntó Diana a Tomás, quien cargaba
unas cajas con botellas vacías hacia el jardín. El hombre miró hacia su
espalda.
— Él está en la bodega, señorita Diana. Seguro que en unas horas más
terminará lo que está haciendo y, saldrá.
Ni siquiera esperó a que ella le preguntara algo más, sino que continuó con
su camino. Ella sentía una pesadez en el corazón, de tan sólo pensar que él ya
no la deseaba como antes. Temía que sólo hubiese sido un momento más para
él, porque no sabía de ese sentimiento de culpa que lo llevaba nuevamente a
alejarse.
Golpeó la puerta con los nudillos, pero no sería extraño que no la oyera, el
lugar era bastante grande y Alessandro podía estar lejos de la entrada.
Empujó un poco la puerta y, al notar que no tenía seguro, entró. Caminó por
el pasillo en penumbras, iluminado apenas con unas luces amarillas, y se
adentró hasta llegar junto a él.
El hombre miraba, a través del vidrio de una especie de medidor, la
muestra de vino que, al parecer, había tomado de uno de los toneles. Ella lo
observó en silencio, admirándolo hacer su trabajo. Se veía muy concentrado,
anotando algo en una agenda.
Cuando levantó la mirada, sus ojos se encontraron, causando en ambos
una inesperada sonrisa. Ella se acercó y, sin dudarlo, le rodeó el cuello con
sus brazos, para besarlo. ¡Por Dios! Cómo lo había extrañado…
— ¿Es… que ya no me extrañas? —preguntó Diana, haciendo un
simpático puchero. Alessandro se mordió el labio y suspiró.
— Con todo mi ser. —La rodeó por la cintura y suspiró. Sus labios no
tardaron en buscarse de nuevo, pero ahora, sus manos también se habían
unido a la búsqueda.
— Pensé que ya te cansaste de mí. —Lo miró desde abajo. Alessandro la
estrujó un poco más y la cargó para colocarla sobre uno de los toneles.
— Eso jamás pasará. —La besó. Ella se tensó al sentir que sus labios no se
conformaron con su boca y que, poco a poco, iban bajando un poco más.
Diana tomó el cuello de la camisa de Alessandro y lo atrajo más para
desprendérsela. Él no se opuso. Al contrario, metió las manos bajo su falda y
le bajó lo único que le separaba de su paraíso personal. Se bajó el pantalón a
toda prisa y, de la misma manera, la penetró, como si no pudiera esperar un
segundo más. Verla ahí, con las piernas abiertas y lista para recibirlo, hizo
que su miembro se predispusiera de inmediato.
Ella se sostenía con ambas manos de sus hombros, recibiéndolo en su
interior entre besos y jadeos. Sus piernas colgaban a los costados de
Alessandro y, cuando éste empezó a acelerar cada vez más sus movimientos,
las cruzó alrededor de él, para sentirlo más profundo.
La piel de su cadera estaba, ligeramente enrojecida, por la fuerza con la
que su apasionado amante la sostenía, a la par que sus agitados pechos
intentaban meter el aire que sus pulmones reclamaban. Sus labios se
buscaban con necesidad, mientras sus cuerpos permanecían unidos.
Ellos estaban tan absortos el uno en el otro, que ni siquiera notaron al
hombre que, aunque sospechaba lo que había entre su patrón y la joven
Diana, nunca esperó verlos consumar de esa manera su amor. La vio rodear
las nalgas desnudas de su jefe, con sus blancas y delicadas piernas, oyéndola
gemir sin parar. Éstas se cruzaban con fuerza, como si se aferraran a su
salvación, mientras emitía lastimeros gemidos de placer, cada vez que lo veía
empujar con toda su fuerza a Alessandro.
Pudo haberse quedado, pero sintió que no era correcto. En silencio como
llegó, se retiró sin que ellos se dieran cuenta y cerró la puerta como para que
sólo ellos la pudieran abrir.
Afortunadamente, fue él y no Bianca, quien andaba buscando a su hijastra
para cenar.
— La vi escribiendo en su cuaderno hacia los viñedos —mintió el hombre
—¿Quiere que vaya a llamarla?
— Sólo dile que la cena esta lista —Tomas sintió un escalofrío al ver esa
mirada desconfiada en la hermana de su patrón. Estaba seguro de que, si
llegara a ver lo que él vio, estallaría en furia.
Capítulo 24
Bianca no era tonta. Era una mujer demasiado perspicaz y detallista. A
alguien como ella, no se le escapaban ciertas miradas y sonrisas cómplices,
entre su medio hermano y su hijastra. Había empezado a desconfiar desde la
noche de su cumpleaños, en que la vio salir de la bodega, en brazos de
Alessandro.
Habían peleado y eso no le dejaba dormir, así que, luego de pensarlo por
unas horas, había decidido ir a buscarla. Tal vez no le hubiese sido extraño
que Alessandro la llevara a su dormitorio, con ella aparentemente dormida,
pero Diana había dicho algo que activó sus alarmas. «Bésame,
Alessandro…»
Por fortuna para ella, no la habían descubierto, así que pudo seguir
investigando sus terribles sospechas. No es que considerara a Alessandro un
mal partido, pero ella había pasado años planeando el futuro de su hija y
sabía que si dejaba que esa relación prosperara, como buena joven cegada por
amor, dejaría todo y podría arruinar su vida, en caso de una decepción.
Todo eso la había llevado a desconfiar de la respuesta de Tomas. Esa
madrugada, había decidido espiar el pasillo que llevaba a la habitación de
Alessandro, para descubrir a Diana, salir de puntillas con dirección a la villa.
Ella parecía feliz, enamorada. Se acomodaba la falda del vestido y se subía la
cremallera, a medida que avanzaba.
Bianca supo que, tarde o temprano, ella se volvería sexualmente activa,
pero su corazón no estaba preparado para imaginar a esa niña, a quien había
cuidado desde los ocho años, retorciéndose bajo el cuerpo de su hermano.
Estuvo a punto de tomarla del brazo y darle una bofetada, pero, en su lugar,
metió mucho aire en sus pulmones y lo retuvo por unos segundos antes de
soltarlo.
La vio pasar a un costado, en completo silencio. Un doloroso y frustrante
silencio, pero, había decidido adoptar otra actitud. No era con esa joven
enamorada con quien debía hablar, sino con el adulto que dormía en esa
habitación. Esta vez sería más inteligente. Sabía de sobra que, lidiar con
adolescentes enamoradas podía ser muy difícil, entonces, jugaría primero otra
carta.
Al ver que Diana se había perdido tras la puerta que daba al jardín, por
donde tenía que pasar para ir a su habitación, continuó hasta su objetivo. Él
dormía con una sábana cubriéndolo la mitad del cuerpo, lo que la llevó a
pensar, que no era sólo su torso el que estaba desnudo.
Se llevó un gran susto al verla con los brazos cruzados, parada frente a su
cama. Miró rápidamente a su lado, aterrado de ver a Diana dormida y
completamente desnuda, pero se relajó al notar que estaba solo. Se recostó
nuevamente y cerró los ojos.
—No sabía que eras tan pervertida, como para espiarme mientras duermo
—susurró, con los ojos cerrados nuevamente.
—¿Lo dice el que se acuesta con una joven a quien le dobla la edad? —
Alessandro abrió los ojos y la miró, entre asustado y furioso. Empezó a
respirar sonoramente.
—Ella es mayor de edad, Bianca, y nos amamos. No entiendo por qué te
metes.
—¿La amas? Vaya… eso me interesa —mencionó irónica—. Entonces me
vas a oír. No, no vas a decir absolutamente nada hasta que termine.
Alessandro la miró con interés, pero su corazón latía demasiado rápido, tal
vez por el miedo que le causa a que Bianca supiera que él y Diana estaban
juntos, sobre todo, que habían tenido sexo.
—Me odiaste cuando te advertí sobre Paola, más que nada, porque resultó
verdadera mi teoría. Me odias porque siempre tengo la razón ¿o me
equivoco? —preguntó, enarcando una ceja y con los brazos en jarra.
Alessandro la miraba con furia, con los labios apretados y, el pecho subiendo
y bajando.
—Nunca te cansarás de restregármelo. Disfrutas recordándome mi pasado.
—En eso te equivocas. Si hubiese sido así, hubiera callado sobre lo que
pensaba de Paola. Tu error fue no escucharme.
Bianca se relajó un poco, pero Alessandro, no.
—Diana es una joven con un futuro prometedor, no se lo robes, no
cometas el mismo error que con Paola. —Alessandro la miró con frialdad —
Ella no vivió su juventud, ella no conoció otra vida más que la que vivió a tu
lado. Luego, se sintió asfixiada y encontró en Mateo una salida, una
oportunidad de probar todo eso que no pudo estando a tu lado.
Él la observaba muy quieto y en silencio. Aunque detestaba a Bianca con
toda su alma, tenía mucha razón. Tal vez por eso la miraba de esa manera,
atenta y con atención.
—Yo… no quiero que Diana se despierte en unos años y se pregunte qué
hubiese sido de su vida si hubiese ido a la universidad, o si hubiese salido con
otros chicos. Dale esa oportunidad de vivir, ¡es muy joven! Y, aunque no lo
creas, la quiero a ella y te quiero a ti. Si su amor prospera, no importaran los
años que hayan pasado, ella será toda una profesional y habrá vivido todas
sus posibilidades. Ella estará segura de que eres tú a quien quiere por el resto
de su vida. Ayúdame…
—¿Y por qué crees que no será feliz a mi lado? Ella me devolvió la fe en
el amor, me devolvió la esperanza en la vida… La amo.
—Yo no digo que no la ames, o que no la vayas a hacer feliz, pero eres el
primer hombre en su vida, el único que conoció… de esa forma—Señaló su
cuerpo con la vista. Él se acomodó mejor—. Ella está enamorada, sin duda
alguna, pero… ¿Qué sucederá cuando vea que desperdició sus oportunidades
y quiera libertad, o conocer a otras personas? Por Dios te lo pido,
Alessandro… Dile que la amas y que fue lo más hermoso que te pasó, pero
convéncela de seguir el plan.
—Odio tener que darte la razón. —Resopló con ironía. Pareció
considerarlo por unos segundos, luego asintió —Está bien, Bianca, hablaré
con ella, pero tú también me prometerás algo.
Bianca se cruzó de nuevo de brazos y levantó una de sus cejas. Asintió
dudosa.
—Prométeme que respetarás la decisión que tome respecto a su futuro,
siempre y cuando sea una profesión respetable —Él ya sabía que ella había
decidido postular para el Instituto Culinario, pero no le dijo. Sus ojos ahora
brillaban, tal vez porque unas lágrimas empezaban a formarse en sus ojos —,
y prométeme que me mantendrás informado sobre todo lo que le suceda.
¡Promételo!
Ella asintió débilmente, mientras mantenía los labios apretados.
—Y no le dirás jamás de esta conversación, ni que sabes de lo nuestro…
—Te prometo lo primero, pero no lo segundo. No se lo diré ahora, pero tal
vez, en unos años le cuente que no soy tan estúpida como pensaron.
—Creo que te odio un poco más esta mañana, Bianca —sonrió con ironía
—, pero lo que más odio, es que tengas razón. —Miró hacia arriba y suspiró
de manera temblorosa —Le daré a Diana esa oportunidad de elegir. Espero
que tú también se la des. —Hizo una ligera pausa —Por cierto, le enseñé a
conducir, deja que saque su licencia.
Bianca no contestó, simplemente lo miró por unos segundos y se giró para
salir por donde llegó. Él golpeó su cama con un puño cerrado con furia.
Amaba a Diana con toda su alma, pero Bianca tenía razón. Él quería que ella
lo eligiera luego de haber probado todas sus opciones, habiéndose convertido
en una gran chef, habiendo experimentado la libertad.

Diana suspiró y cerró su libro, mirando con tristeza hacia la casa. Esa
mañana, Alessandro había salido sin despedirse de ella, ahora, el sol
empezaba a coquetear con la luna y su inmenso lienzo empezaba a tornarse
de un bello color cobrizo.
Ella sólo quería verlo llegar para hablarle sobre lo que había decidido.
Quería quedarse a su lado, para siempre.
Mientras tanto, Pablo intentaba consolar a su amigo, quien bebía de su
copa con la mirada perdida hacia algún punto de la sala. Julieta merodeaba el
lugar, aunque no se animaba a aparecer donde ellos.
—Odio decir esto, pero Bianca… tiene razón, Alessandro.
Pablo había estado callado hasta ese momento, oyendo todas y cada una
de las lastimeras palabras de su amigo, pero esa condenada mujer tenía razón.
No quería volver a ver a su mejor amigo sumido en la tristeza, así que lo
mejor era apoyarlo en convencer a Diana de que lo mejor era irse y continuar
con su vida.
—Yo… también la odio. ¡Qué coincidencia! —susurró, arrastrando las
palabras. Podía deberse a las dos botellas vacías que yacían sobre la mesa.
—No puedes manejar en este estado. Lo sabes ¿no? —Alessandro se
encogió de hombros, pero estaba casi acostado en el sofá.
—¿Debería alejarme ahora? ¿O… disfrutar al máximo mientras dure? —
preguntó, con los ojos entrecerrados. Miró a su amigo y parecía esperar una
respuesta.
—Sé que esto te va a sonar algo loco y, que tal vez mañana te lastime aún
más, pero… —Alessandro se irguió un poco e intentó fijar la mirada y toda
su atención en Pablo —Creo que debes aprovechar este momento que te
queda, porque cuando ella se vaya, no sabes si volverá a ti, o si volverás a
tener a esta Diana.
—Mi Diana… Ella siempre será mía —dijo, con un tono de voz de
derrota.
—Dile cuánto la amas, pero dile que seguirás sintiendo lo mismo cuando
ella termine sus estudios, o cuando ella decida regresar, porque Bianca tiene
razón.
—Ella no es Paola. —Negó con la cabeza y con el dedo de su mano —Mi
dulce Diana es pura, es luz, es lo más lindo que me pudo pasar…
—Lo sé, mi querido amigo… créeme que lo sé —Le palmoteó el hombro
—, pero el mundo no acaba. Siempre puedes ir a visitar a Bianca en San
Francisco y verla. Esto no tiene que terminar. Sólo convéncela de que tiene
un futuro, y recuérdale eres parte de él y, que la estarás esperando.
—Tienes razón, como siempre. —Lo miró y suspiró —Hermano
querido…
—Ahora vamos, debes regresar.
Alessandro terminó lo que tenía en su copa y asintió sin ganas. Extrañaba
a Diana, extrañaba sus besos, sus caricias, su piel… extrañaba hacerle el
amor. Se levantó y, tomando sus llaves para dárselas a Pablo, caminó hacia la
salida.
—Ella volverá a mí, te lo aseguro. Ella volverá y nos cansaremos en el
jardín de mi casa, nuestra casa… Ella se verá hermosa de blanco, con flores
de azahar en su pelo y caminando hacia mí —dijo el hombre, señalando a su
amigo con el dedo índice. Julieta se acercó a Pablo y traía en sus manos la
llave de su coche. Alguien debía traer de vuelta a Pablo.

….

Bianca no insistió en que Diana los acompañara esa noche a casa de


Giovanna para despedirse. No faltaba ya ni una semana para que ese viaje de
ensueño terminara y, todos regresaran a su vida en San Francisco. Diana y
Rachelle debían regresar al colegio, como Jackson y Bianca en sus
respectivos trabajos.
Sabía que Alessandro también querría despedirse, si es que seguía
manteniendo su palabra. No se oponía a esa despedida, ya que él debía
cumplir su palabra y hablar con Diana sobre su futuro. Sabía que su hijastra
volvería a estar bajo su dominio una vez que regresaran.
Diana se había cansado de esperarlo, se había quedado dormida en la
bodega, sobre uno de los bancos. Ni siquiera había cenado, solo había llevado
un recipiente con hielo y dos copas para tomar vino. Realmente extrañaría ese
lugar.
Cuando Alessandro llegó, ella se removió un poco en su lugar, causando
en él una inmensa ternura y deseo. Pasó el dorso de sus dedos por su rostro y
los fue bajando con delicadeza por su cuello y por sus pechos.
Ella abrió los ojos y sonrió, acunando el rostro de su amado con sus dos
manos, para poder besarlo, como llevaba deseando hacerlo desde que
amaneció. Por supuesto, ella no sospechaba del por qué tenía Alessandro esa
triste mirada.
—Te estuve esperando… te extrañé mucho.
—Ya estoy aquí y, por lo que veo, pensabas festejar.
—Así es. Tengo algo que decirte. —Lo besó nuevamente, con dulzura,
con pasión.
Él no podía resistirse, Diana tenía ese poder de desarmarlo, de volverlo
completamente vulnerable a sus encantos. Metió las manos bajo su blusa y la
fue subiendo lentamente hasta sacársela por completo. Ella sonreía,
sospechando lo que seguiría. El desabotonó el pantaloncillo de la joven y lo
deslizó por sus piernas hasta dejarla casi desnuda.
La joven se retorcía con sólo recordar la manera en la que Alessandro le
hacía el amor, deseando tenerlo en su interior lo antes posible, pero él tuvo
una mejor idea. Tomó unos cubos de hielo y, luego de sacarle todo lo que le
impedía disfrutar de ese delicado cuerpo, fue deslizándolo desde su vientre
hacia su boca.
Era excitante el frío que sentía por el hielo que recorría su cuerpo, pero lo
era más, por la forma en la que él la besaba con el cubo en la boca. Ni
siquiera se resistió, sino que, se bajó el pantalón ahí mismo y la penetró de
una vez, perdiéndose en su tibia y estrecha cavidad. Sus delicadas piernas,
abiertas cual flor, lo apresaban con visible excitación, mientras él
intensificaba sus apasionados movimientos, sin ninguna compasión.
Ella le arañaba la espalda, pero nada hacía que disminuyera su vaivén de
caderas. Era completamente embriagante la forma en que los pechos de la
joven se aplastaban contra su torso cada vez que la amaba. Aún contra la tela
de su camisa, podía sentir los duros pezones de su ángel, grabarse como un
sello que recordaría por siempre.
—Pase lo que pase… —jadeó Alessandro, con un ligero vaho, mirándola
antes de llenarla nuevamente, fuerte y muy profundo —Quiero que sepas que
te amo… —La llenó otra vez, aumentando sus embestidas, las cuales se
volvieron cada vez más rápidas —Nunca lo olvides.
Ella se contraía alrededor del miembro de su amante, disfrutando ese
maravilloso espasmo que anunciaba el orgasmo que estaban teniendo. Estaba
muy excitada, besando el cuello de Alessandro, pero, luego de recobrar su
concentración, lo miró con curiosidad. ¿Por qué le estaba diciendo eso, justo
en ese maravilloso momento?
Él la apretó fuerte contra sí, como si no quisiera que se la arrebataran.
Diana lo recibió sobre su cuerpo, con todo su peso, para besarlo en el
hombro, en el cuello y en sus labios nuevamente. Se sentía invencible cuando
sus cuerpos decían, lo que sus corazones no podían.
Capítulo 25
Alessandro acariciaba el rostro de Diana, disfrutando aun de su cuerpo
desnudo bajo el suyo. Él seguía en su interior, como si al separarse, la fuera a
perder. Ella buscaba también ese contacto, contorneándole el rostro con las
yemas de sus dedos.
—Me encanta sentirte así, tan cerca, tan dentro… —susurró ella,
apretándolo con sus piernas. Él cerró los ojos, intentando recordar por
siempre ese momento. Quería grabar su rostro, la suavidad de su piel, su
aroma. Todo resultaba adictivo para él, como una droga.
—Te extrañaré cada día que pases lejos de mí —dijo, con sus labios muy
cerca de los de ella. Diana lo miró y él se veía tan hermoso, tan sensual, con
su respiración aún un poco agitada y el cuerpo sudoroso.
—Yo quiero pasar cada día a tu lado, aquí… —Alessandro negó
levemente con la cabeza. Se retiró de su interior y luego la sentó en su
regazo, ella, con sus piernas colgando a ambos lados de su amante y, con los
dos brazos apoyados en su cuello. Ambos estaban completamente desnudos,
pero eso no les importaba.
—Quiero que regreses a San Francisco y, le demuestres a la bruja de
Bianca, que tú eres quien manda. —Fingió su mejor sonrisa y le acarició el
pelo, perdiéndose en su mirada. Diana empezó a sentir que le picaban los ojos
—. Tienes talento para la cocina y ya hablé con unos colegas. Serás una gran
chef si decides ir donde te recomendé…
Diana negó con la cabeza.
—¿Acaso… no me amas? ¿Todo fue mentira? —le cuestionó hasta con los
ojos. Alessandro la pegó más a su cuerpo y aspiró de su mismo aire —Pensé
que querrías que esté a tu lado…
De los ojos de Diana cayeron unas lágrimas. Alessandro también tenía los
ojos llorosos, sin embargo, intentaba mantener la compostura. Sus labios le
temblaban, pero aun así, levantó el mentón y con la mirada fija en su ninfa,
respondió.
—Quiero que vayas y tengas otras experiencias, mi dulce amor. Quiero
que pruebes otros labios, que pruebes… otros brazos. —Se aclaró la
garganta, para calmar ese nudo que tenía. De tan solo imaginar que otro
hombre tocara su piel, o la hiciera suya, le hervía la sangre, pero era
necesario —Yo quiero que, cuando nos volvamos a encontrar, me elijas
porque no pudiste amar a nadie más como lo hiciste conmigo, pero luego de
que hayas probado amar a alguien más. Quiero que luches por tus sueños y te
conviertas en alguien que no necesite de nadie para ser feliz, para vivir.
Porque entonces sabrás lo que realmente quieres y será con toda seguridad.
—Yo no quiero que el verano acabe, no lo quiero, mi amor. Yo quiero
amanecer cada día a tu lado, sentir tus labios en mi piel, en mi boca… No
entiendo por qué me pides esto ahora.
—Porque mi experiencia con Paola me enseñó una dura lección y no
quiero que se repita contigo. No lo quiero. No quiero saludarte en unos años,
como lo hice con Paola en la cena, o en otros lugares. —Su sonrisa era
lastimera, pero, aun así la tomó del mentón y continuó —Yo quiero sentirme
el hombre más afortunado del mundo cuando te vuelva a ver. Quiero que
recuerdes estos momentos que tuvimos, que recuerdes la forma en que
nuestros corazones latían cada vez que nos veíamos o hacíamos el amor.
—Y lo haré, pero, por favor no me dejes de amar… porque, aunque
intente salir con alguien, será en ti en quien estaré pensando cuando me bese,
será tu piel la que recordaré cuando me haga suya-
—Nuestro error con Paola fue que nunca experimentamos con otras
personas, sólo nos tuvimos a nosotros dos y, cuando crecimos, tuvimos
necesidades diferentes, visiones diferentes. Una cosa llevó a la otra… y ahora
ella es la esposa de mi ex mejor amigo.
—¿Me visitarás algún día? —La joven ladeó la cabeza y se sorbió la nariz.
A Alessandro le rompía el corazón verla llorar, pero era lo mejor. Asintió
débilmente.
—Por supuesto, pero si me prometes que harás todo lo que te pedí. —En
ese momento, Diana recordó a Ryan y la respuesta que debía darle al volver.
Aunque su corazón era incapaz de volver a amar a alguien, pensó en su mejor
amigo. También en que dedicaría su último año en luchar por un lugar en el
Instituto Culinario de América y no para la Universidad de Stanford, aunque
lo haría en secreto, para que Bianca no se metiera.
Diana empezó a mecerse nuevamente sobre él, causando que Alessandro
se predispusiera nuevamente para amarla. Ambos sabían que les quedaba
unos pocos días y oportunidades como esas no se repetían. Se levantó un
poco y tomó el miembro de Alessandro para meterlo en su interior. Cuando
lo hizo, cerró los ojos con fuerza y gimió. Él la tomó de su cintura con ambas
manos y la ayudó a moverse sobre su excitado miembro.
—Nunca te olvidaré, nunca… —repetía ella, a medida que subía y bajaba
—Te amo con toda mi alma, Alessandro…
—Diana… —susurró él, atrapando sus labios en un ardiente beso. Eso que
sentía en su corazón cada vez que se hundía en ella, era la máxima expresión
de «hacer el amor». La miraba a los ojos y éstos le suplicaban que no
olvidara esos momentos, sin sospechar que ella jamás lo haría. —Ya no
pensemos en esta despedida. En dos días vuelves a Estados Unidos y luego a
la escuela. Disfrutemos de esto… mientras podamos.
Diana asintió y lo abrazó muy fuerte al oír esas palabras. Sus piernas se
contraían de placer y de dolor alrededor de Alessandro. Paseaba sus dedos
por la fornida espalda de su hombre, mientras sentía a su tormentoso corazón,
latir descontrolado. Él la llenaba completamente, con pasión, con necesidad,
sin despegar su mirada de la de ella.
Ella quería ver las estrellas, una vez más, desde su mágico lugar, por lo
que, luego de vestirse, caminaron hacia los viñedos. Era muy tarde para que
alguien los viera, así que él la llevaba asida de la cintura y la guiaba con su
propio cuerpo. La brisa les dio una mágica bienvenida, trayendo para ellos un
dulce aroma que jamás olvidarían.
—Por favor, prométeme una cosa, Diana —suplicó Alessandro, con el
rostro apesadumbrado. Ella lo miraba desde abajo, pero asintió—.
Prométeme que no dejarás que Bianca vuelva a dominar tu vida, a
manipularte a su antojo. —Ella asintió levemente —Sigue eso que te
apasiona, sin miedo, sin límites… pero síguelo. Ella tiene una extraña manera
de amar, de proteger, pero demuéstrale que ya no eres esa joven sumisa a
quien puede manejar a su voluntad. Que eres ahora una mujer fuerte, con
ideas y sueños propios, que lucha por lo que quiere.
Ella sólo pensaba en ese momento, en lo mucho que lucharía por volver y,
por regresar a su lado, aunque eso signifique estar alejados unos años. Su
única motivación en hacer todo eso que le prometió, era volver a sentir todo
eso que sentía entre sus brazos.

Diana había terminado de empacar sus cosas. Miró por último a su diario,
el cual la había acompañado en sus mejores momentos durante ese
maravilloso viaje. Se acostó en la cama y abrió su libro en una parte donde
había marcado con un pedazo de papel. Copió algunas palabras en una de las
hojas del cuaderno y luego lo volvió a cerrar. Ahora continuaría, al parecer,
con sus propias palabras.
Con algunas lágrimas rodando por sus mejillas, leyó todo por última vez y
arrancó las hojas para meterlas en un sobre. En el lomo escribió: «Ábrelo
cuando me haya ido, no hagas trampa».
Pablo había ido a despedirse también, en una cena que ofreció Alessandro
para su familia que partía de regreso la mañana siguiente. Aquellos que
sabían lo que había entre Diana y el dueño de casa, estaban seguros que esos
rostros tristes, con las sonrisas más fingidas, eran el reflejo de su angustiado y
triste corazón.
«Esperamos verla de nuevo por acá algún día», le había dicho Marietta,
abrazándole tan fuerte, que pensó que podría recomponer a ese roto corazón.
Hilda había derramado también algunas lágrimas, mientras que Tomas se
mantenía serio y callado, recordando la forma en la que esa joven era amada
por su patrón. Todos se habían encariñado de sobremanera con ella.
Marietta miró a su alrededor en forma de broma, a ver si se aparecía
Alessandro, pero luego sacó de su bolsillo un pedazo de papel y, cuando
Diana lo revisó, entendió su actitud. Era su famosa y secreta receta de Pici, la
que tanto anhelaba su amado italiano. Ella sonrió, con lágrimas en los ojos.
«Úselo cuando necesite dejar a todos boquiabiertos. Sé que encontrará ese
momento, le espera un brillante futuro», recordó Diana al meter el tenedor
con la pasta en la boca. Jackson no imaginaba por qué realmente ella decía no
tener apetito. Suponía que era por el viaje, nunca le agradó mucho volar, o tal
vez porque ya extrañaba mucho a sus amigos y su vida en San Francisco.
Bianca observó a su esposo y no podía entender cómo es que alguien
podía ser tan ciego y, no notar esa tensión que había en las miradas fugaces
entre Alessandro y Diana. Incluso Rachelle parecía notar que había algo raro
en ellos, porque había preguntado a su hermana primero, y luego a su tío si se
sentían bien, porque parecían enojados. Ambos asintieron, afirmando que
estaban bien, aunque no parecían muy convincentes.
Pablo también abrazó a Diana muy fuerte al despedirse, susurrándole algo
al oído. Ese momento no pasó desapercibido para su amigo, quien entrecerró
los ojos y se preguntó qué pudo haberle dicho.
«Él te ama como nunca amó en su vida y, dejarte ir es su mayor prueba.
Ve, persigue tus sueños, muéstrales quién es esta nueva Diana y luego vuelve
a rescatarlo. Estoy seguro de que él te estará esperando. Me alegra mucho que
hayas venido. Trajiste luz a nuestras vidas, en especial a la suya», esas habían
sido las palabras de Pablo para Diana. Ella no pudo contener una obstinada
lágrima, aunque se apresuró a enjugarla para evitar preguntas incómodas de
los demás.

Diana lo esperó en su habitación toda la noche, con su madrugada, pero él


nunca llegó. Hubiese deseado ver el amanecer rodeada por sus brazos,
sintiendo los débiles rayos de sol en su piel desnuda, pero no, estaba
acostada, mirando la ventana con la mirada perdida.
Entendía que también para él debía ser difícil despedirse, sobre todo,
luego de esa última y apasionada noche. Se secó las lágrimas y decidió que
era momento de levantarse. Tal vez lo encontraría en el comedor.
Para su triste sorpresa, Alessandro ya no estaba. Marietta le recordó la
fecha y lo que él hacía en esos días. «Milán», pensó Diana y asintió
apesadumbrada. Recorrió una última vez los viñedos, en especial, ese lugar
que se quedaba con sus más bellos momentos, con sus más secretos
recuerdos.
Miró los árboles de Naranjo y ya no tenían flores. Una tristeza aun mayor
se apoderó en el de ella y empezó a llorar desconsolada. Su padre la vio al
pasar por el jardín y corrió a ver qué le sucedía.
—¡Hija! ¿Qué sucede? —preguntó, revisándola. Ella no paraba de
sollozar.
—¡Es que no hay más flores de azahar! ¿Por qué ya no hay flores de
azahar, papito? ¿Ahora qué voy a llevar de recuerdo? ¿Por qué tuvo que
acabar…? —Abrazó muy fuerte a su padre, lo que hizo que éste entendiera,
que ella no se refería a las flores, sino a ese lugar y los recuerdos que le
generaban. Podía sentir el dolor en sus gemidos, en la forma en que su pecho
subía y bajaba desconsolado. Algo le dolía tanto, que la llevó a romperse de
esa manera por unas simples y efímeras flores.
—Ellas volverán, hija, cuando sea su tiempo —repuso el hombre,
acariciándole el pelo. No iba a preguntarle qué había sucedido, no ahora. Sólo
la apartó un poco y ella reposó su rostro en la palma de su mano —Recuerda
que siempre volverán, mientras su árbol viva. Cada verano, ellas volverán…
Sospechaba que su hija tenía el corazón roto, por lo que decidió calmarla
con esas palabras. Ella lo entendió, pero no hizo que se sintiera mejor. Aun
así, lo acompañó hasta donde los esperaba Tomas, como el día en que
llegaron a la Toscana.
De apariencia, era la misma Diana de hace unos meses, pero en ese tiempo
había descubierto la libertad, el amor y el dolor. Se iba una nueva Diana, pero
sin una parte de su corazón.
Miraba, con un dolor en el pecho, cada árbol que pasaba mientras el jeep
levantaba una polvareda a su paso. Rachelle iba sentada a su lado, pero
jugando algo en el teléfono de su madre, quien dedicaba miradas disimuladas
a su hijastra. Ella sabía perfectamente lo que estaba sintiendo. Nuevamente,
se sintió identificada, porque ella también había dejado, años antes, a un gran
amor. En su caso, nunca más lo volvió a ver, pero esperaba que Diana no
tuviera que sufrir lo mismo, o que lograra ser feliz como ella lo era ahora.
Llegaron a tiempo al aeropuerto de Florencia, para realizar todos los
trámites previos a su partida. Ella buscaba a Alessandro con la mirada, pero
se reprendía cada vez que lo hacía, ya que él debía estar lejos, de camino a
Milán.
Lo que ella no sospechaba era que él, en realidad, estaba metido en su
coche, a unos metros de la pista de aterrizaje, esperando para verla partir,
aunque sea desde lejos. Tenía en la mira al avión que se llevaría a su dulce
ninfa, a su amado ángel, de regreso a su hogar. Tenía también los ojos rojos,
aunque, por algún motivo, ya no podía derramar una sola lagrima.
Sólo lo hizo cuando vio carretear al avión que se llevaría a un pedazo de
su alma en él. Apretó el volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos,
como apretó también sus labios. No era sólo Diana la que sentía ese dolor en
el pecho, no era sólo ella la que debía estar derramando esas cristalinas
lágrimas. Lo vio tomar altura y recordó la tarde en que le avisaron que su
odiosa hermana llegaba, con su posiblemente también odiosa familia, pero se
equivocó. Esa visita había sido lo mejor que le pasó en la vida y lucharía
porque la próxima vez que estuviera en ese lugar, fuera para recoger
nuevamente a su dulce Diana.
—Hasta luego, mi amor…
Capítulo 26
Fue un vuelo diferente esta vez. No había una Freya para iluminar la
cabina, ni traía completo su corazón. Diana pasó las largas horas de vuelo y
conexiones con la mirada perdida y asintiendo a todo lo que le ofrecían.
Afortunadamente, le volvió a tocar en lugares separados de su familia, así
que, por lo menos, se ahorró las incómodas explicaciones sobre su mal
humor.
Ni siquiera tendría a Ryan para hablar, aunque dudaba que eso fuera
razonable, teniendo en cuenta de que le había pedido que fuera su novia antes
de ese viaje. Observó su vecindario a través de la ventanilla del taxi, el cual,
aparcaba ahora frente a su casa. O todo se veía más oscuro o era sólo su
percepción de la vida, porque las Painted Ladies seguían hermosas y
coloridas como siempre.
Había sentido el vibrador de su móvil enloquecer, apenas bajó del avión,
pero no tenía ganas de mirar sus mensajes. No pensó que entre ellos podría
haber alguno que le interesara. Cuando se encontró en la soledad de su
habitación, miró sin ganas, la brillante pantalla del móvil y vio una cantidad
exorbitante de mensajes. Se acostó boca arriba y miró al techo, en absoluto
silencio, intentando recordar el aroma de Alessandro, o la suavidad de sus
manos.
Suspiró muy profundo y sintió unas lágrimas escurrirse por la comisura de
sus ojos y caer por ambos costados de su rostro. Lo extrañaba más de lo que
imaginó. ¿La extrañaría él también? Quiso suponer que sí, o moriría de
tristeza. No pudo evitar preguntarse qué estaría haciendo en ese momento, o
cómo lo estaría pasando ¿Se volverían a ver?
En una semana empezaba su último año de la preparatoria y debía
conseguir enfocarse en sus nuevos proyectos. Ni siquiera había tocado el
tema con Bianca, así que era probable que ésta siguiera pensando en Stanford
para ella. Sólo quería que esos meses pasaran volando para empezar su nueva
vida, lejos de todo eso.
No se había dado cuenta, pero, pensando en lo mucho que extrañaba a
Alessandro, había pasado toda la tarde y, afuera estaba oscureciendo poco a
poco. Oyó que golpearon la puerta y se incorporó, luego de limpiarse los
rastros de lágrimas en su rostro. Por fortuna era Rachelle y pudo fingir que le
había entrado algo en el ojo, sin tener que soportar sus miles de preguntas.
Cenaron en total tranquilidad, entre interesantes conversaciones sobre
temas que Diana no atendió, sino que sólo se limitó a jugar con su comida. La
mayor parte había sido la voz de Rachelle la que había oído, pero a Bianca no
se le escapa a su actitud. Aunque entendía lo que debía estar sintiendo, debía
sacarla de su aislamiento.
—¿Sucede algo, Diana? —preguntó la mujer, fingiendo no saber lo que le
ocurría. Ella fingió una sonrisa y negó con la cabeza, llevando el pedazo de
pizza a su boca, para que ya no le hicieran preguntas.
—Debe ser el viaje. A ella nunca le gustó volar —contribuyó su padre,
acariciándole la mano tiernamente a su hija. Diana asintió.
—Pareciera que el viaje le comió la lengua —mencionó Rachelle, algo
triste, pero por ver así a su hermana.
—Sólo estoy cansada, no me hagan caso, mañana se me pasará —repuso
la joven, sintiéndose la peor persona por mentirles así. Sabía que esa tristeza
que sentía no se le iba a pasar tan fácilmente. No, lejos de su amor.
—Puedes invitar a Madi si quieres, para que venga a cenar mañana —
sugirió Bianca, cortando un triángulo para la niña—. Estoy segura de que
tienen mucho que ponerse al día…
Diana la miró perpleja. Lo había dicho con un tono que le hizo pensar que
lo sabía todo. Se aclaró la garganta y bebió un trago de su jugo. No, no era
posible que lo supiera. No estaría así de tranquila si así fuese. Luego de su
primera vez con Alessandro, imaginó el berrinche que haría Bianca cuando se
enterara, así que no, no podía saberlo.
—¿Yo también puedo invitar a Paola? —preguntó Rachelle con inocencia.
Diana la miró bruscamente al oír ese nombre. Se le estrujó el estómago y
pudo sentir su comida en la garganta. Debía entender que no podía
comportarse de esa manera cada vez que oyera su nombre.
—Claro, invítala también —respondió Bianca, luego de fingir que lo
pensaba. La niña chilló de alegría y dio pequeñas palmaditas.

Paola escaneaba la sala de reuniones de la comisión en Milán. Había ido a


reemplazar a su padre esa vez, aunque, la verdad era que quería provocar a
Alessandro. Su último encuentro había encendido todas sus alertas de que lo
había perdido de verdad. Fue muy extraño que Alessandro no hubiese ido,
jamás faltaba.
—Tal vez su bella acompañante lo tiene muy… ocupado —bromeó uno de
los miembros, un hombre entrado en años y con una prominente calvicie,
cuando ella preguntó por él. Se notaba en su rostro un destello de ironía, el
cual le dio en el clavo a Paola.
—Se lo veía muy enamorado. Era una bella joven —contribuyó otro
hombre, evidentemente confabulado, con el que sonreía a su lado y asentía.
La mujer se excusó y, tomando su bolso y unas carpetas, salió de ese
lugar. Tenía el rostro cargado de furia. No toleraba imaginar a Alessandro en
los brazos de Diana. Había cometido un error al engañarlo, sí, pero creía
merecer una segunda oportunidad con él, más ahora que no le daban mucha
esperanza a Mateo.
Estaba decidida a recuperarlo, convencida de que él sólo había hecho todo
eso para ponerla celosa. Esa niña no podía ser algo serio, por lo que lo
perdonaría y le propondría una segunda oportunidad.
Condujo su coche a toda velocidad, maquinando ideas en su perversa
mente. Recordó al reportero que había hablado con Alessandro, tal vez le
podía brindar información. En un semáforo en rojo, desvió la mirada hacia su
bolso y sacó el móvil. Buscó un número en su agenda y lo marcó, pero
mientras sonaba el tono de llamada, lo puso en manos libres porque ya
cambió a luz verde.
—¿Diga? —Se oyó del otro lado.
—¿Giovanni Luraghi? —preguntó Paola.
—El mismo. ¿Con quién hablo?
—Soy Paola Di Luca, de la comisión de DOC de Toscana. ¿Tendría unos
minutos para recibirme?
—¡Ah, claro! Es la hija del famoso Giorgio Di Luca, de San Vicenzo. —
Paola sabía que siempre la conocerían como la hija de su padre, mientras no
hiciera su propia carrera en el ramo, como lo había hecho Alessandro.
—La misma. Entonces… ¿me concede esos minutos?
—Por supuesto. Son uno de nuestros principales colaboradores, junto a La
Florentina. —Paola no supo si mencionó el viñedo de su ex prometido a
propósito, para generar conversación, pero eso le dio una excusa para lo que
iría a averiguar.
—Perfecto, estaré en su oficina en unas horas. Gracias.
—La esperaré con gusto. —Se despidió y se oyó un completo silencio.
—Ay, Alessandro… No te imaginas todos los planes que tengo para
nosotros —dijo como para sí, con una sonrisa de lo más perversa.

Alessandro recorría los viñedos de Pablo, quien lo seguía en silencio, a


unos metros. Había decidido refugiarse en su mejor amigo, por lo menos los
primeros días. La extrañaba demasiado y toda La Florentina la recordaba a
ella. A donde sea que mirara, estaba ella, iluminando todo, como una visión,
así que debía estar lo menos posible ahí.
—Las uvas pronto estarán lista para la vendimia —dijo Alessandro,
acariciando un racimo. Por el silencio que siguió a esa frase, no era difícil
imaginar que estaba recordando esa maravillosa noche en que no solo unió su
cuerpo al de su ángel por primera vez, sino toda su alma.
—¿Crees que aceptarán mi producción esta vez? —Pablo puso sus brazos
en jarra y lo miró con los ojos entrecerrados —Según los papeles, todo va en
orden.
Alessandro lo miró y asintió.
—Gracias —soltó de repente. Pablo no entendió su agradecimiento. Se
suponía que debía ser él quien estuviera agradecido. Alessandro estaba a
punto de conseguirle el prestigioso registro.
—No entiendo.
—Por brindarme tu apoyo en estos momentos y… por no hacer preguntas.
—Se paró y se limpió las manos. Pablo le palmoteó la espalda y sonrió
débilmente.
—No sé de qué me hablas, pero bebamos un buen vino. ¿Nos vamos? —
Alessandro también esbozó su mejor sonrisa de agradecimiento y lo
acompañó. Pablo podía imaginar lo que debía estar sintiendo, pero también
sabía que no necesitaba preguntas. Luego lo hablarían, cuando ya no doliera
tanto.
Pablo hubiera querido contarle a su amigo, que su ardiente pelirroja le
había enviado un correo para contarle cómo le fue en su viaje y, para
preguntar sobre la decisión que había tomado Diana. Sería un duro golpe
tocar el tema, más aún, compartirle esa felicidad que lo invadía, con tan solo
recordar ese bello momento en que la conoció.
Sabía que tenía pocas o nulas posibilidades con esa deidad de las
pasarelas, pero soñar era «todavía» gratis, así que aceptó sin dudarlo su
amistad y se propuso ir de a poco, haciéndose un huequito en su corazón.
Decidieron sentarse en el rellano de la casa que daba al jardín. El cielo
estaba hermoso, con miles de estrellas rodeando a esa orgullosa luna llena.
—Fue lo mejor —mencionó Alessandro, como si buscara convencerse de
ello. Pablo bebió su vino y, apretando los labios, asintió.
—Puedes ir a visitarla de vez en cuando —aconsejó su amigo—. Bianca
no tiene por qué enterarse… —Levantó una cena y sonrió con complicidad.
Alessandro negó con la cabeza.
—No creas que no deseo estar ahora mismo allá, con ella, pero eso sólo le
hará daño. —Bebió de un sorbo todo el contenido de su copa —La estúpida
de Bianca tiene razón. Intenté buscar alguna forma de no dársela, pero tiene
razón. Le daré ese espacio que necesita para crecer. Mi dulce Diana…
Suspiró y le pasó la copa vacía a Pablo. Éste lo entendió enseguida y la
volvió a llenar. A pesar del calor, Alessandro tenía una chaqueta sobre su
remera. Metió la mano en el bolsillo de aquella y sacó el sobre que le había
dejado Diana.
—No puedo leerlo, no quiero hacerlo, porque sospecho que, lo que sea
que me escribió, me romperá un poco más el corazón —Pablo tomó el sobre
y leyó lo que decía en la cubierta.
—Entonces, imagina cada día, algo que deseas con todo tu corazón que
ella hubiera escrito ahí, hasta que tengas el valor suficiente para leerla.
Alessandro miró el papel y lo volvió a tomar para guardarlo donde lo
tenía. Bebió de nuevo todo el contenido de su copa y pidió más.
—Eso haré.
Recibió otra copa casi llena de vino y la bebió sin reparos. Lo hacía como
si quisiera olvidar todo en ese momento, como si tuviera tanta esperanza en
que ese alcohol que quemaba levemente su garganta le fuera a sanar el
corazón, pero sabía, en el fondo, que al amanecer, solo en su habitación, con
nada más que sus dolorosas ganas de Diana, lo volvería a sentir y a recordar
todo.
Su razón le decía que separarse fue lo mejor, que Bianca tenía razón y que
debía continuar con su vida, pero su corazón no paraba de preguntar por
Diana y de suplicar que la buscara. Su corazón no entendía cómo podía
ayudarlo la distancia, no se resignaba arriesgarse a que lo olvidara. Su
corazón le había declarado la guerra a la razón.
Capítulo 27
—Pensé que postularía para la Universidad de Stanford, señorita Scott…
—mencionó, la mujer de pelo perfectamente arreglado, quien leía con mucha
atención, la carpeta que tenía enfrente. Diana quería empezar, lo antes
posible, a encaminar sus nuevos proyectos —Instituto Culinario de América,
¿eh? ¿Sus padres están enterados de este cambio? Porque hasta hace unos
meses, era Leyes, en Stanford.
—Es un cambio reciente, señora Jules, pero, soy mayor, así que no creo
que haya mayor inconveniente en que yo decida a dónde ir.
La mujer levantó la mirada y también una ceja. No esperaba una respuesta
como esa de la dulce Diana, la que no espantaba ni una mosca. Sonrió
débilmente y asintió, luego de unos segundos. Ese gesto daba a entender que
le agradaba esa nueva Diana.
—¿Por qué ese cambio? ¿Puedo saberlo? —preguntó la mujer, con
evidente curiosidad —Es que… déjame decirte que, me alegra ver ese brillo
en tus ojos cuando hablas ahora de tu futuro. Antes eras como un fantasma,
sin gracia…
Diana miró la carpeta, con anhelo en los ojos. Recordó a Alessandro
mostrándole cómo mezclar los ingredientes o amasar la pasta, entonces se le
escapó una tierna sonrisa. Había tenido su semana de duelo antes de volver a
la rutina de la preparatoria. Seguía pensando en él a cada instante, pero debía
seguir.
Madison estuvo con una gastroenteritis y, Diana ni siquiera pudo ir a
visitarla. No pudo, porque había grandes posibilidades de que se quebrara
frente a ella y no pudiera explicarle el por qué. Su madre estaba siempre
presente, como si la visita fuera para ella. Era tan joven, que se sentía una de
ellas, dejando una nula posibilidad de que pudiera contarle, cuánto había
cambiado su vida en esos meses.
—A veces sólo necesitamos un pequeño empujón para tomar las riendas
de nuestro futuro y, eso fue lo que me sucedió.
La mujer sabía que detrás de esas palabras había alguien especial, pero ya
no le preguntó más. Se sentía bien por ella, sea quien fuera que la ayudó a
tomar esa decisión.
—Bien, debo ir a clases. Sólo quería empezar cuanto antes con esto —
repuso Diana, mirando hacia la puerta. La señora Jules tamborileó los dedos
sobre la carpeta y. asintió.
—Claro, aún tenemos tiempo de ver qué necesitas para aplicar para el
Instituto Culinario. Yo… hablaré con algunos contactos. Tú solo ocúpate de
mantener tu promedio, eso ayudará.
—Gracias —dijo la joven, para luego perderse tras la puerta que da al
pasillo.

—¿Ya tienes tiempo para tu mejor amiga? —Oyó Diana a sus espaldas.
Era la voz de Madison. Se giró rápidamente y, le demostró con un abrazo, lo
mucho que la había extrañado.
—Por Dios... ¡Tengo tantas cosas que contarte! —La estrujó entre sus
brazos y estuvieron así por un rato —Te extrañé tanto…
—¡Yo también!
A su alrededor se arremolinaban los barullentos alumnos que se volvían a
encontrar luego de las vacaciones, mientras que otros recién empezaban esa
aventura. Nada de eso importó, ella sólo necesitaba ese abrazo, uno que le
demostrara que no estaría sola mientras reparaba su corazón y luchaba por
sus sueños.
—¿Qué te parece... si hacemos una noche de chicas? Porque, asumo que
nos llevará una noche ponernos al día ¿o me equivoco?
Por la forma en la que Diana resolló, no fue necesaria una respuesta.
Asintió y luego la soltó poco a poco.
—De hecho, te iba a invitar a dormir en casa esta noche. Sigues leyendo
mis pensamientos…
—Por supuesto —Levantó el mentón y sonrió con picardía.
Unos chicos con la chaqueta del equipo de fútbol caminaban por el pasillo,
llamando la atención de cuanta fémina se les cruzara. Diana recordó que,
hace un año, Ryan era uno de ellos. Eso le hizo sentir un estrujón en el
estómago. Aún no se animaba a hablar con él.
Como si Madison lo hubiera adivinado, al ver que se alejaron los chicos
populares y, antes de entrar a la clase, la detuvo, tomándola del hombro.
—Ryan me ha preguntado mucho por ti en estos meses. —Diana bajó la
mirada, fijándola en algún punto del piso —Me pidió que le avisara cuando
volvieras, pero primero, quería tener la exclusiva de tu deprimente viaje.
Diana sonrió por lo bajo y meneó levemente la cabeza.
—Le dije que sabía lo mismo que él y que si no nos contaste algo, es
porque nada pasó. —Madison sintió que se le erizó la piel, al ver la mirada de
Diana y, la forma en la que se mordió el labio inferior. Abrió los ojos de
manera exagerada y, cuando iba a chillar de la emoción, las tomó del hombro
el profesor de matemáticas, quien se anunció al aclararse la garganta.
—Señorita Scott, señorita Rogers… Me alegra mucho verlas tan
animadas. Espero que sigan así al final de la hora.
Madi lo miró como si se tratara del mismísimo Diablo, hizo una mueca
con los labios y, sin responderle, le señaló a Diana con los ojos, para que la
siguiera. La joven se giró a mirar de nuevo al hombre y le sacó la lengua. Su
tío sólo sonrió divertido y la ignoró. No podía culparla por odiarlo. Madison
nunca entendió por qué parecía odiar a su madre.

Rachelle estaba triste y con los brazos cruzados, hundida en el sillón de la


sala. Tenía los cachetes inflados, de una manera muy simpática, para quien la
miraba. Su amiga tenía una cena familiar y no podría ir a dormir con ellos, a
diferencia de Madison, quien ya vestía su pijama celeste.
Los restos de pizza comprada, daban un indicio del poco apetito que tenía
Diana. Lo que su amiga ignoraba, era su nueva dote culinaria y, que pudo
haber hecho una verdadera delicia italiana si quisiera. También ignoraba los
motivos por los cuales no lo había hecho, que todo en la cocina lo recordaba
a él. Eso y mucho más era lo que esperaba contarle a su amiga, pero no tenía
idea por dónde empezar.
Se acostaron boca para abajo en la cama y pusieron las almohadas bajo su
pecho, para no apoyar todo su peso en los brazos. Lo primero que notó
Madison fue la pulsera que brillaba en la muñeca de su amiga, el cual
acariciaba con tristeza, como si estuviera sola.
—¿Por qué tienes ese rostro al ver ese objeto? ¿Es… algo especial? —
preguntó, tomando la mano de Diana. Era una bella joya. Era notoriamente
fina y delicada y, tal vez, hecha bajo encargo.
—Fue mi regalo de cumpleaños —respondió con un suspiro—. El regalo
más especial que pude haber recibido en mi vida.
Sus ojos se llenaron de lágrimas en menos de lo que dura un suspiro y sus
labios le temblaban.
—Oh, oh… —dijo Madi, sentándose, de inmediato, en su lugar —No fue
un viaje tan aburrido como creí, ¿verdad? —Diana negó levemente con la
cabeza y, las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas.
La abrazó con la fuerza que, supuso, necesitaba la joven, como para
sentirse contenida en ese momento. Nunca la había visto llorar por un chico
y, éste debía ser muy especial.
—En Italia viví todo lo que no lo hice en mis dieciocho años, ni en mis
mejores sueños —Sus palabras sonaban entrecortadas y llenas de dolor—.
Encontré el valor para enfrentar a Bianca y a cualquiera que intentara
imponerme su voluntad, descubrí lo que quiero hacer por el resto de mi
existencia. Conocí al amor de mi vida y él me conoció a mí. Yo… me
enamoré tanto que duele.
—Si no te conociera, diría que esto es una broma, pero sé que tú no
bromearías con algo así. —Madison la miró con preocupación. Diana
sollozaba de tal manera, que era imposible pensar que estuviera mintiendo —
¡Quién diría que ese viaje sería tan intenso! Pero… ¿Qué sucedió? ¿Bianca
tiene algo que ver con eso que tanto te duele?
Tan inocente, Diana negó con la cabeza, mientras se secaba las lágrimas
de los ojos con el dorso de su mano. Madison estaba más confundida que
antes.
—¿Ese chico… se burló de tus sentimientos? ¿Es acaso uno de esos chicos
malos que engatusan a las chicas inocentes como tú? Porque si así es, tomo el
siguiente vuelo y le hago una visita no muy amistosa. —Fingió remangarse
las mangas y apretó los puños. Diana quiso reír. Madison era tan exagerada,
que siempre sabía cómo sacarle una sonrisa, pero, nuevamente, Diana negó
con la cabeza. —Bien, se me acabaron las ideas. ¿Por qué… mejor no me lo
cuentas tú?
Estuvieron en silencio por unos minutos, mientras la joven tomaba valor.
Madison le había dicho que, la única forma en la que sanaría y podría
continuar con su vida, era sacando todo eso que le estaba doliendo. Luego de
considerarlo un rato, Diana a sintió y metió una gran cantidad de aire en sus
pulmones, para empezar su relato.
Madison ahogó una risa al imaginar a su amiga en traje de baño,
completamente avergonzada e intentando cubrir su delgado cuerpo, de la
vista de un hombre desconocido y mayor, aunque esto último no fuera tan
grave como sonaba. Siempre la había considerado demasiado recatada. En un
principio no descubrió que, poco a poco, Diana fue suspirando más y más
cuando lo mencionaba, como cuando se habla de alguien especial.
Recién cuando le confesó que tenía muchos motivos, por los cuales no
podía dejar de pensar en él, en el porqué de sus largas ausencias y en cómo
eran sus besos, fue que entendió que era ese hombre el causante de esas
lágrimas. Se preguntó por qué no lo supo antes y, por qué parecía dolerme
tanto a su amiga.
—¿Por qué no me lo contaste antes? Te escribí varias veces —reclamó la
joven, recordando las veces que había pensado que la ausencia de mensajes o
de emoción en sus conversaciones, se debían a su brutal aburrimiento.
—Temí que me juzgaras, temí que no lo entendieras. Perdóname… —
Ladeó la cabeza y tomó la mano de su amiga —Es que todo sucedió tan
rápido, que ni si quiera yo creía que fuera real. Todo era como un sueño,
hasta que lo sentí en todo mi cuerpo, hasta que sentí que ya nunca volvería a
ser la misma, que todo mi ser le pertenecía —Cerró los ojos por unos
segundos y luego los abrió de nuevo para mirar a su amiga —¡¿Por qué todo
lo bueno debe acabar?!
Madison llevó una mano a su boca para acallar un gemido. Ahora entendía
cuan profundo había sido todo lo que Diana vivió. Hizo un curso intensivo de
amor, sin leer las instrucciones. Luego de unos segundos de silencio, sonrió
con complicidad y abrazó a su amiga. Necesitaba corroborarlo, porque, de ser
así, era muy comprensible que no lo pudiera sacar de su mente, ni de su piel.
—¿Hasta dónde… llegaron? —preguntó, temiendo ya conocer la
respuesta. Diana se frotó los brazos y se aclaró la garganta.
—Sólo debo decirte que me besó hasta los pensamientos. —Cerró los ojos
y lo recordó, tan apasionado como era, poseyéndola sin compasión. Una
electricidad le recorrió la columna.
—Mi vida, ahora entiendo por qué estás así… —Se separó y buscó su
mirada —Créeme, es lo más hermoso que te puede pasar, amar con esa
intensidad, pero no acaba el mundo. Lo sabes ¿no?
Diana la miró confundida, con los ojos entrecerrados.
—Estoy segura de que la distancia no será un mayor inconveniente para
un hombre como Alessandro. —Hizo un cálculo mental de las horas y los
kilómetros que los separaba —Pero, debo reconocer que esperaba otro tipo de
reacción por parte de Bianca. Una nada agradable, por supuesto… —La
imaginó furiosa, al punto del colapso, como cuando Diana rasgó su vestido, a
horas de la boda de unos amigos de su familia.
Diana apretó los labios y la miró.
—Déjame adivinar: no lo sabe —añadió la robusta joven, levantando una
de sus cejas—. Ya me parecía raro que esté tan tranquila. Más aún, sabiendo
que es su hermano…
—Medio hermano —dijo y sonrió. Recordó los cientos de veces que
Alessandro hizo esa aclaración, ya sea para sentir menos culpa por lo que
estaban haciendo, o por fastidiar a Bianca.
—No es la distancia la que nos separa, Madi… ¡Ojalá fuera sólo eso!
—Explícame entonces, porque no lo entiendo —pidió su amiga,
intentando encontrar en su mente liberal, un sentido a esas palabras…
Le repitió exactamente todas y cada una de las palabras que le había dicho
Alessandro esa noche. Las tenía memorizadas, de tanto que las repitió en su
mente, intentando entender. Madison estuvo a punto de interrumpirla en
algunas ocasiones, pero se contuvo. Veía en los ojos llorosos de Diana, esa
necesidad de escupirlo todo.
Al principio quiso decirle que, al diablo sus temores de repetir lo mismo
que en su anterior relación y, que lo buscara, por lo menos por teléfono, pero,
luego de analizarlo con la mente un poco más tranquila, reconoció que ese
hombre tenía la razón. O tal vez primó, el sentimiento egoísta, de una chica
que no deseaba perder a su amiga tan pronto.
—Perdona por lo que te voy a decir… porque tal vez no es lo que quieres
escuchar de tu joven y alocada amiga, pero, él tiene razón. —Diana la miró
con incredulidad. Conocía tan bien a Madison que, incluso sabía las palabras
exactas con las que maldeciría y le diría que lo buscara. —Te ama, te adora y,
no lo vas a perder. Él debe estar sufriendo igual, pero no quiere que el día de
mañana te arrepientas de no haber probado todo en tu vida, antes de decidir
algo. No muchos hombres te darían esa opción. Agradece. Ve a la
universidad, termina tu carrera como te lo pidió, tontea si quieres con alguien
y, luego ve a buscarlo. Por fortuna, la carrera de leyes no es larga.
Al notar ese extraño silencio en Diana, supo que había más detalles que
ignoraba, que algo no estaba bien, sin embargo, no pasó mucho tiempo para
que su amiga la sorprendiese aún más, si era posible.
—No voy a estudiar leyes y, no voy a ir a Stanford.
—Ay, Dios santo… Esto es peor de lo que imaginé. —Llevó una mano a
su frente —Sospecho que será una larga noche y, que vienen tiempos muy
tormentosos en esta casa.
Capítulo 28
Ahora que ya no debía soportar sola toda su tristeza, consideró oportuno
escribirle a Ryan. De todas formas, era su amigo y no podría ocultarse por
siempre. Él estuvo siempre para ella y, merecía saber la verdad, que tenía el
corazón roto y que no sería justo jugar con sus sentimientos.
También decidió abrir el correo de Freya. No lo había hecho, por temor a
que le preguntara por Alessandro, pero, afortunadamente, no lo hizo. En él le
contaba que ya estaba en Los Ángeles y que esperaba que la mantuviera al
tanto de su vida. Se preguntó de inmediato si también mantendría
comunicación con Pablo y Alessandro.
Diana no sospechaba que, en realidad, era Pablo quien quería estar al tanto
de la chica que se robó el corazón de su mejor amigo. Se sentía tan feliz y
optimista por la oportunidad que tenía con Freya, que le había pedido a su
amada pelirroja, que lo mantuviera al tanto de todo lo que sucedía con Diana.
Le había dicho que, sea como fuera, él apoyaría a Alessandro a recuperarla
cuando fuera necesario.
Metió una gran bocanada de aire y se dispuso a escribir ese mensaje para
Ryan. No habían hablado aún sobre sus horarios, pero, supuso que, a menos
que estuviera en alguna fiesta de universitarios, debía estar ya en su
habitación.

Diana_21:15
Hey… ¿Estás?
Perdona por no haberte escrito antes.

Sintió una extraña sensación de paz al enviarlo, pero aún no sabía cómo se
lo tomaría él. ¿Estaría enojado? Tenía como cinco mensajes suyos sin
responder. Era justo que él tampoco le respondiera.
Escribiendo…

Ryan_21:20
Hola, pequeña Didi.
Creo que mis ganas de verte superan a mi enojo por desaparecerte…

Ryan_21:21
Pero no me cuentes nada ahora, por mensaje.
Estaré en casa el fin de semana por el cumpleaños de mamá y ahí nos
ponemos al tanto.
¿Te parece?

Diana se sintió mal por la emoción que leyó en esos mensajes. Ese chico
era tan dulce, que merecía a alguien que lo amara como ella amaba a
Alessandro, sin razones claras, sin miedos, con todo el corazón.

Diana_21:30
Claro, me encantaría.
El fin de semana entonces.
Cuídate.

Ryan_21:32
Espero con ansias el fin de semana.
Cuídate tú también…
Ella apretó el móvil por su pecho y se echó de espaldas en la cama. Hizo
un esquema de lo que quería contarle a su amigo, porque, por motivos
bastante razonables, no podía contarle todos los detalles que le había contado
a Madison.
El otoño ya empezaba a hacerse sentir, en especial, por esa fresca brisa
que se colaba por la rendija de la ventana. Le gustaba mucho el otoño, en
especial cuando las hojarascas coloreaban los pisos de todo el barrio.

Alessandro se había sentado lo más alejado que pudo de Paola, durante la


reunión de la comisión. Ella tenía una extraña y perversa mirada que él no
lograba descifrar, pero, como tampoco le importaba mucho, decidió
ignorarla.
Ella había ocupado formalmente el lugar de su enfermo padre, tal como lo
había hecho su ex prometido, luego de la muerte del suyo. Miraba su reloj a
cada rato, como si estuviera pendiente de la hora.
Recibió una llamada en el móvil y se disculpó de los presentes para
tomarla afuera. Cuando volvió, estaba hecha un mar de lágrimas y temblaba.
Miró directamente a Alessandro y corrió hacia él. Nadie entendía aun lo que
sucedía, mucho menos el aludido.
—¿Qué… sucede? —preguntó Alessandro, justo antes de sentir que la
llorosa mujer lo tomaba del brazo.
—¡Por favor, Alessandro! Yo sé que tuvimos nuestras diferencias y que no
merezco tu compasión, pero, por favor llévame al hospital —Ella «parecía»
realmente dolida y, aunque Alessandro la detestaba, su generoso corazón
cayó en la trampa.
—¿Qué sucedió, hija? ¡Cuéntanos! —exigió un hombre calvo, tomándola
del hombro. Ella sollozaba sin parar.
—Es… es… Ma-Mateo —tartamudeó. Alessandro se levantó de golpe,
suponiendo lo que continuaba a esa frase. Aunque en su momento estuvo
furioso con él, ya lo había perdonado. —Necesito ir al hospital, se ha puesto
mal. ¡Por favor, llévame! —suplicó.
El peor error de Alessandro era tener un corazón demasiado generoso. No
tenía idea de todo lo que venía. Tomó sus llaves de la mesa y la siguió. El
hombre sentado al lado del calvo, los miró con los ojos entrecerrados. Nunca
le tuvo estima a esa mujer, tal vez, porque tampoco la tenía hacia sus padres,
pero se quedó callado, guardando su opinión.
Ya en la carretera, Alessandro conducía a toda velocidad, concentrado en
su camino, para no chocar. Tal vez por eso no notó que, mientras se limpiaba
las falsas lágrimas de esposa preocupada, Paola sonreía débil, pero perversa.
Él se veía muy apuesto, como siempre, aunque mantenía un semblante serio,
o incluso triste.
—Gracias por aceptar traerme, Ale. Pudiste haberte negado, pero esto me
recuerda por qué me había enamorado de ti… —Ella posó su mano sobre la
mano del hombre y lo miró con sus ojos todavía llorosos. Alessandro la miró
de reojo y restó total importancia a sus palabras, lo que le ardió en el alma a
esa malévola mujer.
—No lo hago por ti, Paola. —La miró sin expresión alguna y, volvió a su
posición original —Lo hago por Mateo. Si sale de ésta, pretendo arreglar las
cosas «con él» —Hizo un pequeño énfasis en las últimas palabras.
A ella le temblaron levemente los labios, pero del coraje. Pensó que
causaría pena en Alessandro y, que una cosa llevaría a la otra, pero, entendió
que debía utilizar otras armas.
—De todas formas, quería agradecerte. Sé que jamás me perdonarás y lo
entiendo. Te lastimé mucho, pero podemos ser amigos, por los viejos
tiempos.
Alessandro no dijo nada, sólo continuó hasta que llegaron a la entrada del
hospital. Ella bajó primero y luego él, después de aparcar el coche en la zona
donde correspondía a las visitas.
Fueron unos dos minutos los que tardó, pero cuando entró, se encontró con
una Paola totalmente quebrada. Ella apretaba su cabeza con ambas manos y
lloraba desconsolada. Hasta parecía real.
Alessandro se acercó y le preguntó qué sucedía.
—¡Murió, Ale! ¡Mateo murió! —Estuvo a punto de caer en el suelo, de no
ser por la rápida acción de su acompañante, quien la sostuvo de la cintura.
Ella gritaba desconsolada.
Alessandro ni siquiera la pudo evitar cuando, sin previo aviso, lo rodeó
con sus brazos para seguir llorando. Ella hundió su rostro en el cuello del
hombre y, luego de unos segundos, él le acarició el pelo, intentando
tranquilizarla. La separó, acunándole el rostro con ambas manos, para tener
toda su atención.
—Lo siento mucho. De verdad que lo siento, Paola —dijo, con los ojos
también llorosos. Mateo había sido su amigo de toda la vida. Se sintió mal
por haberlo odiado tanto en el pasado, pero estaba herido.
La volvió a abrazar, con un dolor profundo en el alma e ignorando los
verdaderos planes de esa mujer. El médico que le había dado la noticia, antes
de que llegara Alessandro, estaba atento por si ella se descompensaba, pero
parecía sentirse muy contenida por su acompañante.
Una mujer, de impecable traje gris, buscó a la llorosa mujer, para iniciar
los trámites administrativos. Alessandro se sentó en la sala de esperas, pero
en pocos minutos vio llegar a sus ex suegros por la entrada principal. Se
acercó a saludarles y a ofrecerles sus condolencias.
Una leve idea se le cruzó por la mente, al verlos muy calmados para
acabar de perder a su yerno y, lo dejó helado. Si antes, aun teniendo un
esposo convaleciente, buscaba un acercamiento o una nueva oportunidad con
él, ahora que había enviudado, sería peor.
¿Será que esa tranquilidad que vio en sus rostros, se debía a que Mateo ya
se había vuelto una carga para ellos y para su hija? Negó varias veces con la
cabeza y se despidió de los padres de Paola. Dijo que tenía una urgencia y se
retiró, sin despedirse de la viuda.
No quería tener nada que ver ya con ella. Sí, lamentaba lo que estaba
pasando, pero él no pensaba darle ninguna oportunidad. Ahora sólo quería
concentrarse nuevamente en su trabajo a tiempo completo, para intentar no
pensar tanto en Diana. Salió del hospital y fue directo a casa de Pablo, a
contarle lo sucedido.
—Solo puedo decirte que esa mujer es el diablo en persona. Cuídate,
amigo —mencionó Pablo, quien le invitaba una copa de vino. Alessandro la
tomó de sus manos y jugó un poco con el contenido de ésta, mientras tenía la
mirada pensativa.
—Yo lamento mucho todo lo que le pasó, pero ni siquiera quiero ser su
amigo. No puedo, yo… sólo pienso en Diana, extraño a Diana, deseo a Diana
a cada segundo que pasa.
—Ella intentará meterse en tu cama, Alessito, tenlo por seguro —advirtió
Julieta, entrando por la puerta que daba a la cocina. Traía en su mano una
taza con café recién hecho. Acercó la taza a su nariz y cerró los ojos a causa
del placer que le generaba el delicioso aroma que penetraba sus fosas nasales.
Los miró con descaro y se encogió de hombros al ver el rostro avergonzado
de su hermano.
—¡Julieta! —reclamó Pablo. Alessandro, en cambio, bebió un sorbo de su
vino y luego negó con la cabeza.
—¡Qué! Solo digo la verdad. Las mujeres somos muy inteligentes cuando
queremos algo… —Lo miró sonriente y levantó las cejas.
—Ella puede intentarlo, pero no lo conseguirá. Estoy muy seguro de lo
que quiero y, a quien quiero, pero gracias por tu advertencia —dirigiéndose a
Julieta, quien levantó su taza como si ofreciera un brindis.
Alessandro no tomó a mal lo que había dicho la hermana de su amigo,
sino que lo tomó como un valioso consejo. Desde ese día había decidido
evitar a Paola, a toda costa. No porque tuviera miedo de caer, sino para no
dar una excusa, para que los demás malinterpretaran ese acercamiento. Estaba
seguro de que ella no se quedaría con los brazos cruzados, pero lo que él
desconocía es que ya era tarde. Paola sí tenía un plan y lo incluía a él.

—¿Consiguió las fotos que le pedí? —preguntó Paola mientras se secaba


las lágrimas. Se encontraba afuera del hospital, en compañía del reportero de
la revista, Giovanni Luraghi. El hombre agitó una cámara, de esas
profesionales, y ella sonrió perversa.
—¿Tiene usted el monto pactado? —Estuvo por darle la tarjeta de
memoria y se la quitó de nuevo, al mismo tiempo que levantaba una de sus
cejas.
—Le dije que cuando quiero algo lo consigo, a cualquier precio. Por
supuesto que lo tengo. —Sacó un grueso sobre de su bolso y, luego de mirar
a su alrededor, se lo pasó, pero antes, le tendió la mano, exigiendo la tarjeta
de memoria.
Hicieron el intercambio y ella estuvo a punto de entrar de nuevo, oyó que
el hombre habló de nuevo a su espalda.
—Podríamos publicar un rumor si aumenta la cifra.
Paola se detuvo de inmediato. Se imaginó un sinfín de posibilidades, una
más perversa que la otra. Sonrió prieto y afilado y, se giró.
—Lo escucho…
El hombre sonrió. Sabía que podía sacar lo que quisiera de esa mujer, con
la oferta que estaba por hacerle.
—Imagine, a esas fotos le quedaría perfecto un título en letras grandes que
diga —Levantó las manos como si le enseñara un cartel—: Ahora que Paola
Di Luca está libre, ¿retomará la relación con su eterno amor? Las pruebas de
que eso es muy posible, la tienen en exclusiva en esta revista. ¿Acaso
Alessandro Fiore sólo esperaba este momento para darse una nueva
oportunidad?
Paola sacó de inmediato su chequera y su bolígrafo. El reportero sólo
debía poner una cifra a esa locura y, ella lo pagaría.
—¿Tenemos un trato entonces? —preguntó el hombre. Era evidente que
sólo con sus ingresos como reportero no tendría ese estilo de vida que parecía
tener. Su ropa era de una marca muy conocida y el coche, un clásico en muy
buen estado.
—Siempre que resguarde a su fuente —respondió ella con una sonrisa de
costado —¿Ya tiene un monto?
El hombre le dijo cuánto valía poner en práctica su idea, además de su
silencio y, unos números de regalo para lo que la mujer tenía en mente. Ella
le pasó la hoja que retiró de la chequera y se lo pasó entre sus dedos. Parecía
muy contenta para haber perdido recién a su esposo.
Lo vio alejarse y sacó un pequeño frasco de lágrimas artificiales para
continuar su show frente a Alessandro. Lo que ella no sabía era, que él ya no
estaba. Se llevaría una gran decepción al notarlo, pero no sería por mucho
tiempo. Estaba resuelta a recuperar a su ex prometido a cualquier precio. Esa
niña insignificante no se lo iba a quedar, de eso estaba segura o dejaba de
llamarse Paola Di Luca.
Si debía ir hasta San Francisco para restregárselo a Diana, lo haría con
mucho gusto. Daría lo que fuera por ver su rostro cuando le muestre las fotos
de su «inminente reconciliación». Había averiguado todo de ella. No le fue
muy difícil. La juventud de ahora no era amiga de la privacidad, en especial
con las redes sociales.
—Ay… Dianita, tu error fue pensar que un hombre como Alessandro se
fijaría en ti, en que serías importante. No fuiste más que unos besos inocentes
y ganas reprimidas. Ahora, Alessandro tendrá a quien siempre debió tener.
Una mujer de verdad.
Capítulo 29
Diana estaba sentada en su cama, pero mirando hacia la ventana de Ryan.
Sabía que apenas llegara subiría a su habitación para que ella lo supiera. Ya
todos estaban preparados para la cena que se ofrecería por el cumpleaños de
su mamá. Bianca ya sólo se retocaba el maquillaje.
Ella extrañaba a su amigo, a ese que hacía que todo pareciera divertido, el
que siempre estaba para alegrarla cuando discutía con Bianca. Necesitaba
contarle que no se encontrarían en Stanford el año siguiente y, que lo
necesitaría mucho cuando sus padres le dieran la espalda. Sabía que su padre,
tal vez, sería un poco más flexible, pero apoyaba totalmente a Bianca con
respecto a la crianza de sus dos hijas. Era un completo dominado y, si Bianca
intentaba persuadirla de alguna manera a cambiar su decisión, tal vez se
pondría de su lado.
Su corazón dio un vuelco cuando la luz se encendió. Se levantó de golpe y
posó sus dos manos en el marco de la ventana. Él sabía que ella estaría ahí,
así que se paró enfrente y, con las manos en sus bolsillos, le regaló su mejor
sonrisa. Tenía ese evidente rostro de enamorado que ella no quería ver.
—Estás aquí —dijo Diana, algo torpe. Él sonrió y posó también sus manos
en su ventana.
—¿Por qué no te adelantas y vienes antes para hablar? Seguramente
Bianca sigue arreglándose —bromeó. Diana se veía hermosa con ese
conjunto de media estación. Tenía el pelo suelto y liso.
Hasta ese momento, no se había dado cuenta de cuánto lo había extrañado.
Se despidió de su padre y de Bianca, avisándoles que se iba junto a Ryan. Por
supuesto, ninguno de los dos puso objeción, sino que sonrieron con
complicidad y siguieron con los suyo. Bianca consideró, muy en su interior,
que lo de Diana y Alessandro fue sólo un arrebato de verano y que, por fin,
ella volvería a ser esa joven obediente y sensata.
Ryan la esperaba en las escaleras de la vereda, ansioso por abrazarla y
sentirla pegada contra él. Extrañaba el olor de su pelo y la dulzura de su
mirada, pero también, la suavidad de sus labios.
Ella corrió a su encuentro y lo abrazó muy fuerte, pegando su cabeza al
torso del fornido joven. Se quedó así por un momento, imaginando que en
realidad abrazaba a Alessandro, entonces, sintió que Ryan la separó
lentamente y buscó su mirada.
—Entonces… ¿Me extrañaste? ¿Pensaste en una respuesta? —preguntó
emocionado e ignorando todo lo que había cambiado en la vida de la antigua
Diana. Por supuesto que tenía una respuesta y, por supuesto que lo había
extrañado, pero no de la manera en la que él hubiese deseado.
Diana suspiró y apretó los labios. Lo invitó a sentarse con ella en las
gradas. Ya se sentía una fresca ventisca que anunciaba el inminente otoño, así
como lo hacía el cambio de color en las hojas de los árboles.
—Por supuesto que te extrañé, pero también tengo muchas cosas que
contarte… —Él empezó a sospechar que sería rechazado, porque de ser
positiva su respuesta, le hubiese dicho que sí de una vez.
—Pues entonces no perdamos tiempo. —Levantó ambas cejas y puso total
atención —¿Te aburrirte mucho?
—De hecho, fue el mejor viaje de mi vida, un viaje inolvidable…
—¡Quién lo diría! —expresó asombrado —Por cierto, te ves diferente.
Quise decírtelo desde que te vi en la ventana. —Ella sabía que no era la
misma, pero no esperó que otros lo notarán —Estás hermosa, diferente… así
que, sí, puede que ese viaje te haya hecho bien.
—¿Y tú…? ¿Qué tal con la universidad? —preguntó Diana, intentando
desviar el tema. A él se le iluminó el rostro. Había soñado con ser
universitario desde que estaba en séptimo grado.
—Te va a encantar, Didi. Puedes ir a visitarme un día de estos y lo ves por
ti misma. —Ryan tomó la mano de su amiga y la miró. —Ya quiero que sea
el año que viene para que vayamos juntos…
—Respecto a eso… —empezó a decir ella —No iré a Stanford.
Ryan pensó que estaba bromeando, pero ella mantenía el rostro serio.
—Pensé que tu cambio había sido sólo de apariencia, pero veo que fue
algo más profundo… ¿Quieres hablar de ello? —Ryan tenía esa habilidad de
invitar a los demás a hablar, siempre fue bueno para escuchar y dar buenos
consejos.
Ella sólo omitió detalles muy privados, pero no fue difícil para su amigo
deducir lo que había pasado entre Alessandro y ella. Sus ojos brillaban tanto
cuando lo mencionaba, que no fue necesaria esa respuesta que había esperado
todos esos meses. Se veía tan resuelta en lo que quería para su futuro, que se
maravilló, pero, temió que eso le trajera problemas con su familia, ya que,
por lo que le contó, aún desconocían su decisión.
—De verdad esperaba que fuéramos juntos a Stanford —Le acarició el
rostro con cariño —, pero cuentas con todo mi apoyo para lo que decidas
hacer. —Ella esbozó un gracias con los labios —Sólo espero que, si las cosas
no funcionan entre tú y ese Alessandro, me des una oportunidad…
—Serás el primero en mi lista —bromeó ella y lo abrazó.
Bianca los observaba desde la puerta de su casa, mientras esperaba a
Jackson y a Rachelle. Sonrió complacida, confirmando un poco más su teoría
del amorío de verano, fugaz y nada importante. Suspiró aliviada y anotó en su
agenda mental, pedir a su esposo que trajera los formularios de postulación
para Diana.

A medida que pasaban los días y, con el apoyo de sus dos mejores amigos,
Diana puso más entusiasmo a su último año escolar. Había decidido poner a
un lado sus sentimientos y luchar por lo que había descubierto en Italia, eso
que le apasionaba como para despertarla cada mañana, con esa emoción de la
que le habló su amado Alessandro.
Diciembre trajo consigo muchas sorpresas, además de los típicos adornos
navideños por todas partes. El mes recién empezaba, pero ya todos estaban
haciendo planes para Navidad.
—Mi madre y yo iremos a Nueva York, a pasar las fiestas con mi abuela
—mencionó Madison, bastante emocionada. Cualquier persona que la
conociera, sabría que la gran manzana era una de sus ciudades favoritas y,
siempre le resultaba una buena opción —¿Y tú, Didi? —preguntó.
Diana masajeaba su estómago, pues había amanecido algo revuelto. Buscó
en sus pensamientos si habían hablado sobre los planes de Navidad, pero
asumió que pasarían en su casa, como siempre.
—Supongo que pasaremos aquí, no he oído a mi padre discutir lugares con
Bianca. —Se pasó la mano por su frente e hizo una mueca con la boca —
Usualmente para estas fechas ya lo sabría si fuéramos a pasar en otro lugar.
—Diana… te ves realmente mal. Deberías llamar a Bianca para que venga
a buscarte —sugirió Madison. La miraba muy preocupada y no era para
menos. Diana parecía un fantasma.
—No debí comer tantos dulces anoche. Bianca siempre me lo dice, pero,
como estoy en mi faceta de rebelde… —Hizo de nuevo esa mueca de asco.
—¿Quieres que la llame? —No necesitó una respuesta. Diana se desplomó
en ese mismo lugar y tuvo que pedir ayuda para socorrerla. Afortunadamente,
pasaban por ahí unos jugadores de fútbol y, uno de ellos que la conocía,
como muy cercana de su ex capitán, la cargó hasta la enfermería de la
escuela.

Luego de un tiempo, Diana abrió pesadamente los ojos. Se encontraba en


la habitación de un hospital, con Madison a su lado. Ésta se sobresaltó al
verla despertar y se acercó a la cama.
—¡Por fin despertaste! Me tenías muy preocupada —expresó su amiga.
Diana seguía un poco confundida.
—¿Por qué… estoy aquí? —preguntó, mirando nuevamente a su
alrededor. Miró a su mano izquierda y vio que tenía una vía.
—Es que te desmayarse en el colegio. Me asusté mucho porque no
reaccionabas con ninguno de los métodos de la señora Brigget y, llamé a
Bianca. Perdona…
Diana entrecerró los ojos, intentando recordar lo que le sucedió, pero no
pudo. En ese momento entró una doctora y le pidió a Madison que saliera un
rato. La joven obedeció sin dudarlo, encontrándose afuera con la temible
Bianca y con el padre de su amiga, ambos con el rostro muy preocupado.
—Buen día… —Miró su carpeta, para ver el nombre de su paciente —
Diana. ¿Cómo te sientes? —preguntó, tomando una pequeña linterna de su
bolsillo.
Alumbró a los ojos de Diana y anotó algo en el papel que tenía en la
carpeta.
—Sólo me siento un poco confundida. Lo último que recuerdo es que
tenía mucho malestar por un exceso de dulces que comí anoche…
—En un rato me traen los resultados de tus análisis, pero antes quería
hablar contigo en privado —expresó la mujer de blanco. Tomó una silla y la
trajo hasta dejarla al lado de la cama donde estaba la joven, con el rostro muy
pálido.
—Por supuesto… —respondió Diana.
—Pedí que fuera a solas por tu privacidad. Por lo que veo, ya eres mayor,
así que no estamos obligados a informar a tus padres, lo que no quieres que
ellos sepan.
—No lo entiendo… —susurró Diana, mientras intentaba controlar a su
corazón.
La doctora la miró con cariño y cerró su carpeta para hablarle de nuevo.
—Te haré unas preguntas de rutina, pero te pido que me las contestes con
total sinceridad. Mi propósito es ayudarte a saber qué es lo que tienes. —
Diana asintió temerosa —¿Cuándo tuviste por última vez tu regla?
No había tenido en cuenta hasta ese preciso momento en que tuvo que
responder, que la última vez que la había tenido fue en Italia. Empezó a
hiperventilar al imaginar lo que la doctora ya sospechaba. No podía ser.
—Fue… hace como tres meses —Sus ojos ya brillaban con algunas
lágrimas que se asomaban en sus claros ojos.
—¿Has… tenido relaciones sexuales en esos tres meses? —Diana asintió,
muy avergonzada —¿Se cuidaron? ¿Tomas píldoras anticonceptivas? —La
joven negó con la cabeza y, la primera lágrima rodó por su mejilla —
¿Viste… si él usó protección?
—Lo hicimos pocas veces, pero nunca usó protección, ahora que lo
recuerdo.
La doctora ni siquiera necesitaba esos resultados, con esa información
estaba casi segura de lo que tenía en ese estado, a la pálida joven.
—Diana, si es lo que sospecho, ese niño necesitará cuidados… Deberías
contarles a tus padres, pero, si no quieres, lo respetaremos —Las lágrimas
salían a borbotones y llevó instintivamente una de sus manos sobre su
vientre. Su inmenso amor había dado frutos, ya no estaría sola.
—No sé cómo lo tomarán, ¿puedo pensarlo un rato? —preguntó, con los
labios temblorosos. Se sorbió la nariz y empezó a meter grandes cantidades
de aire en sus pulmones.
—También necesitas saber tus opciones. No estás obligada a tener a ese
bebé si no lo quieres, estás a tiempo para realizar el procedimiento de
interrupción.
Diana abrió sus ojos de tal manera, que parecía le irían a salir de su órbita.
¿Matar a su hijo con Alessandro? Aunque estaba muerta de miedo, no lo iba a
matar. Ni siquiera sabía cómo enfrentaría la vida con ese bebé, porque tendría
que aplazar todos sus sueños, pero quería a ese bebé en sus brazos.
—Quiero tenerlo —se apresuró a responder.
Alguien tocó la puerta. Era una enfermera y, traía los resultados.
—Quiero que llame a mi madrastra antes de abrir los resultados, por favor
—pidió la joven. Temía que Bianca se enfureciera de sobremanera, pero se
iba a enterar de todas formas. Mejor que la doctora le evite el bochornoso
momento.
—¿Y a su padre?
—Aunque la relación con mi madrastra no es la mejor, creo que me
importará menos ver el rostro de decepción de ella, que en el de mi padre. —
Resolló —Por favor, llame a Bianca.
La doctora volvió con la aludida, quien se mostraba bastante preocupada.
—¿Ya sabe lo que tiene mi hija, doctora? —preguntó, aumentando su
preocupación, al ver a Diana llorar.
—Sí y, aunque le dije que no estaba obligada a informarle de su estado,
ella insistió en que usted entrara.
Bianca miró de nuevo a Diana y ésta tenía la mirada perdida hacia un
costado, como si evitara la suya.
—Por favor, dígalo de una vez. Podré soportarlo.
La mujer abrió el sobre y, luego de leerlo, sonrió tristemente.
—Diana, esto confirma mis sospechas y, si mis cálculos no están errados,
debes tener aproximadamente ocho semanas de embarazo… Necesitas una
ecografía.
—¡¿Qué?! —Buscó la mirada de su hijastra, pero ésta la evitó —¿Qué
porcentaje de error puede haber en esa prueba, doctora? —preguntó Bianca,
aún muy sorprendida. Tenía una mirada atemorizante, por lo que Diana se
acurrucó como pudo, apretando las sábanas con sus manos.
—Los síntomas hablan por sí mismos, señora Scott. Diana está
embarazada, la prueba sólo lo confirmó.
—Gracias —Se tomó el puente de la nariz y suspiró. Cuando volvió a
abrir los ojos, se acercó a Diana, quien se encogía cada vez más en su lugar.
—Quiero que sepa que Diana ha decidido continuar con el embarazo, pero
le informé sobre sus opciones.
Bianca estaba callada. Parecía pensar algo, muy concentrada.
—Pues si ella decidió tenerlo, así será. —Desvió la mirada hacia Diana y
caminó lentamente hacia ella, aunque seguía hablándole a mujer de blanco —
Yo me haré cargo del bebé cuando nazca. Ella no tendrá que renunciar a nada
por él. —La doctora se excusó y, suponiendo que tenían mucho que
conversar, se retiró de la habitación. Bianca guardó un corto silencio y luego
se dirigió a Diana. —Todo seguirá como lo planeamos. Ya luego lo cuidarás
tú, cuando termines la carrera.
Diana la miraba muy atentamente. Estaba con un montón de sentimientos
liados entre sí, haciendo una colisión en su corazón, pero lo que le proponía
Bianca sonaba muy tentador, nada parecido a lo que imaginó, por una
fracción de segundo, antes de mandarla a llamar.
—¿No me vas a preguntar quién es el padre? —preguntó, con la mirada
aguada. Bianca sonrió con ironía.
—¿Piensas que no lo sé?
Capítulo 30
A Madison casi le salieron los ojos, cuando Diana le contó el verdadero
motivo de sus malestares y su desmayo. Le habían dado de alta, luego de que
la revisara una ginecóloga y le diera las indicaciones correspondientes para su
tiempo de embarazo.
Aunque estaba en blanco y negro, se podía distinguir perfectamente al
pequeño ser que se formaba en su seno. Descubrieron que ya llevaba once
semanas de embarazo y, no ocho, como lo había supuesto la primera doctora
que la atendió. Ya empezaba a tener la forma de un bebé, lo que hizo que
Diana se diera cuenta, de que su corazón había dejado de pertenecerle, ahora,
ese bebé debía compartir espacio en él, con su papá. Acarició la imagen que
tenía en sus manos y se acostó en su cama.
—¿Tienes miedo? Porque yo estaría muerta de miedo en tu lugar —
expresó Madison, tomando de la mano de Diana, la ecografía. La miró por un
largo rato y suspiró.
—Te mentiría si te digo que no. Nunca imaginé que sería madre tan joven.
—Se limpió unas lágrimas del rostro. Estaba tan sensible, que no paraba de
llorar por cualquier cosa —Pero, es tan extraño. —Se sorbió la nariz —Todo
el miedo que siento, se ve opacado por este inmenso amor que siento por él, o
ella…
—¿Se lo dirás a Alessandro? No puedes ocultarle algo así. —Madison le
pasó devuelta la imagen y se acostó a su lado.
—Se lo diré en Navidad. Quiero que sea su regalo —respondió, con una
tímida sonrisa. Se quedó pensando un rato y luego frunció el ceño. —¿Crees
que se pondrá feliz con la noticia? ¿Y si no reacciona como espero?
—Pienso que se pondrá muy feliz. De hecho, creo que lo hizo a propósito
—sugirió la joven. Diana la miró con los ojos entrecerrados. —Mira, un
hombre que no quiere hijos, hace hasta lo imposible por evitarlo. Alessandro
quería este bebé. Él quería una vida a tu lado —añadió pensativa. Algo le
rondaba la cabeza, pero no tenía la certeza.
—¿Entonces por qué decidió alejarse? No lo entiendo… Nunca entendí
ese cambio de parecer de su parte.
—No lo sé. Tal vez algún día, cuando se vuelvan a encontrar, puedan
hablar sobre todo lo que les pasó. —Madison se sentó, mirando hacia Diana,
quien permanecía acostada. —Ahora… debes enfocarte en este pequeñín que
te necesita —Diana miró su vientre y sonrió —¿Puedo… tocarlo?
—Claro —respondió Diana, levantando su blusa.
Se sobresaltó un poco al sentir que alguien le tocaba nuevamente esa parte
de su cuerpo, aunque su amiga solo bajó muy suavemente su palma, en el
lugar donde, suponían, estaba el bebé. Ambas rieron llorosas y empezaron a
adivinar cuál sería su sexo y qué nombres le quedaría bien.
Diana estaba ansiosa por contarle a Freya, pero recordó las palabras de la
ginecóloga: «Espera pasar el primer trimestre para informar sobre tu estado.
Normalmente suele ser un período de… cautela». Tal vez podía esperar un
poco más para contarle, al igual que al resto de su familia y a Ryan.

La navidad estaba cada vez más cerca y Diana la esperaba ansiosa por lo
que eso significaba. Bianca se encargaba de que la joven siguiera, al pie de la
letra, todas las indicaciones de la doctora, de la manera más discreta posible.
Diana le había pedido ser ella quien le contara a su padre que iba a tener un
bebé y, aunque le pareció una mala idea, la respetó.
Ryan ya había regresado a casa para las fiestas y, como era de esperar,
buscó a Diana para «ponerse al tanto», como le gustaba decir, para no
reconocer que moría por pasar tiempo con ella. Madison ya se encontraba en
Nueva York con su madre, por lo que no estaba ahí con ellos, bebiendo
chocolate caliente con malvaviscos.
Diana había vuelto a cocinar y, aprovechó la ocasión para hacer algunos
dulces toscanos e invitarle a su amigo. Quería demostrarle que eso era lo
suyo y, lo logró.
—Debo reconocer que me sorprendiste, Didi —mencionó Ryan mientras
masticaba su porción —Se te da de maravillas la cocina. ¿Me haces de estos
para llevar al campus? Están deliciosos —añadió, metiendo otro bocado a la
boca. Tenía el plato en sus manos y disfrutaba cada vez más.
Ambos estaban sentados en la entrada de la casa de Diana, en la parte más
alta de las escaleras. Sus rodillas chocaban entre sí, como lo hacían siempre
que estaban sentados uno al lado del otro. ¡Cómo lo habían extrañado! Como
muchas otras cosas. Sus horarios ahora eran diferentes y, debían aprovechar
el tiempo juntos cuando podían. Se veían sonrientes, felices, ignorando que
alguien los observaba desde lejos.
Un joven, aparentemente repartidor de encomiendas, se acercó a ellos con
un sobre marrón en las manos. Preguntó por Diana y a ella le embargó un
repentino escalofrío. Se levantó del suelo, donde estaba sentada junto a su
amigo y, bajó las escaleras para recibirlo. Firmó la recepción y le pareció
muy extraño que el joven se pusiera a buscar algo en su mochila.
Ella abrió el sobre rápidamente, suponiendo que era algo de Alessandro,
por las estampillas. Paola observaba de lejos, desde el interior de un coche.
Se había asegurado de que pareciera un envío de Alessandro, aunque no tenía
remitente.
Apenas vio lo que contenía, Diana sintió que todo se le oscureció y un
fuerte dolor abdominal se apoderó de ella. Ryan lo notó y corrió para
socorrerla. Ella se quejaba del dolor y, poco a poco, fue quedándose de
rodillas, con sus manos sobre su vientre, como si quisiera protegerlo.
—¡No, mi bebe no! ¡Por favor, ayúdame, Ryan! —exclamó muy alterada.
Su rostro estaba tan pálido que asustó al joven, quien la cargó de inmediato
en sus brazos y la subió a su casa. Adentro debía estar Bianca sola, ya que
Rachelle había ido a una fiesta de cumpleaños.
—¡Bianca! ¡Bianca! —exclamó el joven, irrumpiendo la sala. La mujer los
miró horrorizada. Acababa de salir de la ducha y aún tenía el pelo mojado.
—¡Qué sucedió, Ryan! ¡Diana! ¡Diana, respóndeme! —Le acarició el
rostro, pero ella estaba muy fría.
—Recibió un sobre y, luego de ver lo que contenía, se puso así. No sé qué
fue lo que sucedió, pero ella mencionó a un bebé… —Bianca lo miró con los
labios apretados, como si se disculpara. —¿Es verdad? ¿Ella…? —El joven
miró a su amiga, quien, nuevamente, había perdido el conocimiento.
—¡Vamos! Ayúdame, la llevaremos al hospital. De ida te lo explico —
expresó la mujer, tomando su cartera y los documentos de Diana.

—¿Lo hiciste? ¿Qué dijo? —le inquirió Paola al joven —No te quedes
callado, ¡dímelo!
El muchacho se veía un poco perturbado, como si hubiese visto un
fantasma. Paola parecía estar disfrutando de lo que vio.
—Es una debilucha. No soportó ver a su amorío de verano, con la mujer
que se lo quedará —dijo de nuevo Paola, ya que el chico seguía callado. —
¿Acaso el ratón te comió la lengua? —preguntó exasperada.
—La joven, a la que entregué el sobre… mencionó a un bebé. Ella… está
embarazada. —Paola frenó de golpe, haciendo que un coche que venía detrás
de ella casi la chocara. El claxon sonó tan fuerte cuando la rebasó, que no oyó
los improperios que le dijo el conductor, aunque, tal vez, de la impresión, no
lo hubiera oído de todas formas.
—¿Qué dijiste? —Se encostó a un lado de la carretera para tener toda la
atención del joven, quien seguía con el rostro preocupado.
—Ella se quejó de un dolor en el vientre, luego de ver lo que contenía el
sobre. El joven que la acompañaba bajó a ayudarla, pero ella sólo le pedía por
su bebé. Y tal vez… yo contribuí con eso.
El chico se veía consternado, como si no le agradase lo que acababa de
presenciar.
—No puede ser… —susurró, con una mirada cargada de ira —Así que
Alessandrito se estuvo revolcando con esa niña y, tuvo consecuencias —
masculló entre dientes y golpeó el volante, asustando al joven, quien la
miraba muy preocupado.
—Puede bajarme aquí, si quiere —pidió el joven. Ella tenía una mirada
que echaba fuego.
—Te espero en el hotel, mañana temprano. Si termino lo que vine a hacer
antes del mediodía, regresamos a Italia por la noche. No pienso pasar aquí la
Navidad. —El joven estaba a punto de bajar cuando ella le habló de nuevo —
Cuento con tu discreción, ¿no es así?
El joven asintió con vehemencia. Se trataba del hijo de uno de los peones
de su viñedo. Por supuesto que iba a contar con su discreción, si el trabajo de
su padre dependía de ello.
—Claro, no se preocupe. Nos vemos mañana.
Paola se quedó un buen rato maldiciendo en el interior de su coche. No
estaba para nada feliz con esa noticia. No podía permitir que ella tuviera a ese
bebé, porque, de ser así, perdería a Alessandro para siempre. Él jamás
abandonaría a su hijo, a pesar de haber sido, según ella, fruto del despecho de
éste. Se arrepintió de no haber tenido el coraje de bajar ella misma a
restregarle a Diana en su cara las fotos de la revista. Lo de mentir se le daba
bien y, tal vez ella hubiese sido más efectiva.

Diana despertó con el sonido de los latidos del corazón de su bebé. Abrió
lentamente los ojos, sintiendo las tibias lágrimas caer por los costados de su
rostro. Giró un poco la cabeza y reconoció a la doctora que le había hecho su
primera ecografía y, estaba hablando con… ¿Ryan? ¿Qué diablos hacía él
ahí?
—¡Oh, despertaste! —mencionó la mujer de bata blanca, la cual movía el
aparato de ecografía sobre su vientre —El bebé está bien, fue sólo un susto.
Le decía al papá, que deben evitar las emociones fuertes.
Diana miró confundida a Ryan, pero este se disculpó con una mueca.
Evidentemente le había dado a entender a la doctora que era el padre del
bebé, o la mujer lo supuso y él no la corrigió. Sea lo que fuera que ocurrió,
ella no podía permitirlo.
—El no… es el padre de mi bebé —dijo apenada. Ryan había sido lindo y
estaba segura que no lo hizo con mala intención, pero no quería que su bebé
tuviera otro padre que no fuera el verdadero. Ni siquiera quería que lo
supusieran.
—Pero… él te traía en brazos y pedía que cuidáramos del bebé y de ti.
Realmente pensé que él… era el padre. Lo siento mucho. —La doctora estaba
demasiado avergonzada. Su rostro debía estar como un tomate. —Su
madrastra tampoco me corrigió, así que asumí que era el padre del bebé. De
nuevo le pido me perdone. —Miró a Ryan —Debo pedirle que se retire,
joven.
Diana se apresuró a detenerlo. Ella necesitaba de un apoyo en ese
momento de angustia y, Ryan era mejor que Bianca.
—Por favor, deje que se quede. Es mi mejor amigo y, estoy segura que no
le dijo la verdad porque estaba muy preocupado —expresó Diana y su amigo
asintió.
—Sé que hice mal al no corregirla, pero de verdad quería saber que
estaban bien. —Miró a Diana y le tomó de la mano —Perdóname…
—No tengo nada que perdonar. Mucho menos luego de lo que hiciste.
Gracias a ti, mi bebé está bien. —Ella le apretó la mano a Ryan y él sonrió
con cariño.
—Haría lo que fuera por ti. Incluso ser un padre responsable para tu bebé
—susurró, como para que sólo ella lo oyera.
Diana lo miró con ternura. Era muy lindo lo que le ofrecía, pero su bebé
tenía un padre y, ese padre era Alessandro. Sólo debía contarle. Estaba segura
de que él también sería un padre responsable.

Jackson estaba en camino. Bianca le dijo que dejara a Rachelle con Emma —
la madre de Ryan— y que fuera junto a ellos. El hombre estaba muy
preocupado, era la segunda vez en quince días que su hija se desmaya a de
esa manera. Sólo rogaba a Dios, que no fuera el mismo problema de
aneurisma que había llevado a su madre.
Bianca caminaba, de lado a lado, en la sala de esperas del hospital. Miraba
furiosa, las fotos de la revista que había encontrado —dentro del sobre— en
el jardín delantero de su casa, cuando salían para el hospital.
—Me vas a oír, Alessandro, me vas a oír —mascullaba entre dientes,
mientras discaba en el móvil.
—¿Y ahora qué quieres, Bianca? —preguntó Alessandro del otro lado. Ni
siquiera la había saludado.
—Que te alejes para siempre de mi hija, para siempre. Ella ya te superó y
está con él chico con el que siempre debió estar. Después de todo, Diana
resultó ser más inteligente de lo que supuse. Sólo necesitaba alejarse de ti,
para ver que, a quien en realidad quería, era a Ryan.
—¿Es todo? —preguntó luego de oírla parar.
—No. Espero que seas muy feliz esta vez con Paola, pero, no era
necesario que le mandes a Diana la revista donde anuncian «La inminente
reconciliación de Alessandro Fiore y Paola Di Luca». Te repito, ella ya te
superó, ahora déjala en paz. Deja que ella también sea feliz.
—¿De qué hablas? ¿Bianca? —preguntó, pero Bianca ya había cortado.
Intentó llamar de nuevo, pero la mujer apagó el aparato, inmediatamente
luego de cortar la llamada.
Capítulo 31
Diana accedió a contarle a Jackson del embarazo, pero no quién era el
padre de su bebé. A pesar de ser un hombre muy educado y moderno, se
molestó al saber que su hija estaba embarazada, siendo tan joven. Como no le
contaron el tiempo que llevaba de gestación, miró de forma reprobatoria
hacia Ryan, aunque éste no se inmutó, ya que estaba hablando por el móvil.
En ningún momento relacionó el bebé a Alessandro.
—Papá, por favor… respeta mi decisión. Tal vez más adelante te lo cuente
—pidió. En ese momento prefirió que supusiera que el padre era Ryan, antes
que Alessandro. Ya después se disculparía con su amigo. Entendió que
Bianca pensó lo mismo, porque no lo corrigió.
—Mi pequeña Didi… ¿En qué momento te convertiste en una mujer? —
La apretó contra su pecho, ya en la salida del hospital. La joven estaba bien
de salud, pero la doctora le recomendó mucha tranquilidad por su estado.
Con esa pregunta, Diana no pudo evitar recordar ese erótico momento en
que su cuerpo y el de Alessandro se unieron por primera vez. Cerró los ojos y
recordó sus besos, el aroma y la suavidad de su piel, pero, así también,
recordó la foto principal de la revista. ¿Por qué Alessandro la miraba así?
¿Por qué la abrazó si tanto la odia?
Ahora tenía sentido lo que le pidió en esa triste despedida. Le había pedido
que se diera la oportunidad de probar otro amor, tal vez él ya tenía pensado
reconciliarse con Paola y, ella fue tan estúpida en creer que de verdad la
amaba. Tal vez le inventó eso de que, si alguna vez se volvían a encontrar, lo
eligiera porque no pudo amar a nadie más, porque en lo más recóndito de su
ser, quería que ella tampoco sufriera cuando se enterara. Ahora todo tenía
sentido.
La joven levantó la mirada hacia su padre y sonrió triste, antes de
acurrucarse nuevamente en la seguridad de su abrazo y caminar hacia el
coche.
La doctora no consideró necesario tenerla por más tiempo en el hospital,
ya que, según los estudios que le hicieron, todo estaba bien. No pasó de un
susto, un momento de estrés intenso, agravado por su embarazo.
Bianca salió en último lugar, hablando por el móvil. A Diana le pareció
raro que se despidiera en italiano, sintiendo que su corazón latía más fuerte de
lo normal.
—Ve con tu padre, Diana, yo iré con Ryan, para que no regrese solo. Ya
está oscureciendo —sugirió Bianca. El joven la miró con curiosidad. Era tan
ridícula su excusa que supo enseguida que ahí había algo más.
—¿Segura? Porque hay lugar de sobra en el coche —mencionó Jackson.
Bianca le hizo un gesto con los ojos, como si le indicara que necesitaba
hablar con Ryan. Por supuesto, el padre de Diana dedujo que hablaría sobre
el embarazo de su hija, así que accedió. El hombre estaba convencido de que
era suyo el hijo y que ya tendría su charla a solas también.
—No, querido. Iremos detrás de ustedes, no te preocupes.
Cada par subió al coche que le correspondía y partieron de regreso a casa.
Esperaron a que salieran primero Diana y su padre, y luego lo hicieron
Bianca y Ryan en la camioneta de éste.
—Sucedió algo, ¿no? —preguntó el joven, algo preocupado. Bianca
asintió, con los labios apretados.
—¿Cuánto te contó Diana? ¿Sabes quién es el padre del bebé? —
cuestionó la mujer. Ryan se quedó callado. —Eso supuse —Ella sacó el sobre
de su bolso y, luego la revista del sobre. Observó de nuevo la foto y no había
posibilidad de que fuera mentira. Se la mostró al joven en un semáforo rojo.
—¿Por eso Diana se puso así? Pobrecita, con razón… —Cuando la luz dio
verde, continuaron su camino, pero estaba seguro de que se lo contaba eso
por una razón.
—Hablé con él, con Alessandro, mi medio hermano. —Ryan la miró
sorprendido, luego volvió la mirada a su camino —Necesitaba desahogarme,
sacar esta rabia con el causante de esto, por lo que casi pierdo a mi nieto.
Necesitaba oír de su boca una respuesta.
—¿Y lo hizo? —Ryan sintió mucho coraje en ese momento. No soportaba
la idea de que hicieran sufrir a Diana.
—No lo negó, por eso le pedí que deje en paz a Diana, que nunca más la
volviera a buscar —masculló entre dientes. —Pero sabía que no se iba a
quedar tranquilo. Hilda, nuestra nana, me contó que tomó un vuelo hace unas
horas, justo después de colgar.
—¿Y qué es lo que quiere de Diana? ¿Para qué la busca si regresará con
esa mujer? Sólo la hará sufrir…
—Es por eso, hijo, que necesitaré de tu ayuda. —Lo miró con
determinación. Faltaba poco para llegar, así que se apresuró.
—Claro, lo que sea por Didi y su bebé.
—Alessandro llegará mañana por la mañana, por eso necesito que busques
a Diana y la lleves a tu casa temprano. —Ryan asintió —Con Madi fuera de
la ciudad, tú eres su paño de lágrimas. Estoy segura de que aún le duele lo
que vio y, necesitará apoyo.
—Por supuesto, pero… ¿No es mejor que hablen y lo aclaren de una vez?
—preguntó el joven. Bianca chilló y negó la cabeza con vehemencia.
—¡Claro que no! ¡De ninguna manera! —exclamó —Mira lo que sucedió
con una simple foto. ¿Qué piensas que sucederá si ella lo ve y él le cuenta
que rehízo su vida?
Ryan no dijo nada, todo sonaba muy lógico.
—Ella puede perder al bebé y se le romperá aún más el corazón —susurró
pensativo.
—Exacto —repuso Bianca, con el rostro agradecido —Diana merece ser
feliz, ella merece a alguien que la ame de verdad, a ella y a su hijo… Ella
merece un futuro sin arrepentimientos.
—Bien. Entonces, mañana temprano la busco para desayunar.
—Muchas gracias, Ryan. Yo sabía que tendría tu apoyo, que quieres a
Diana tanto como yo. —El joven asintió con una tierna sonrisa. Él era capaz
de todo por Diana, incluso ayudar a su madrastra.
Diana bajó del coche y, luego de despedirse de Ryan y agradecerle por
socorrerla, entró a su casa y subió directo a su habitación. Estaba muy triste
como para hablar con alguien más. A Rachelle le extrañó oír a su hermana
subir las escaleras sin siquiera saludarla.
—¿Estas molesta conmigo, Didi? —preguntó la niña tras la puerta. Diana
estaba pegada a ella, intentando no llorar más. La doctora le dijo que su bebé
oía todo y no quería que se pusiera triste también.
—¡No, pequeña! Es solo que me siento un poco mal y quiero dormir.
—¡Vendré a avisarte cuando esté lista la cena! —exclamó de nuevo,
ignorando que su hermana no tenía apetito.
—¡Gracias! —respondió, sin ánimos de dar más explicaciones a la niña.
La oyó alejarse y caminó pesadamente hasta quedar frente a la ventana. Se
sentó en la cama y de pronto vio que la luz de la habitación de su amigo se
encendió. La suya estaba totalmente a oscuras, por lo que él no la vio cuando
se acercó a la ventana.
—¡Didi! —exclamó no muy fuerte —Sé que estás ahí, respóndeme…
Ella encendió la lámpara que estaba en la mesa de noche y él por fin la
vio.
—Mañana, muy temprano, pasaré por ti. Necesito que me hagas un favor.
—Ella frunció los labios. Se veía muy triste —No acepto un no como
respuesta. Te servirá como distracción.
—¿Te lo pidió Bianca? —preguntó. Ryan sabía que Diana lo sospecharía,
pero ella no sabía lo de Alessandro.
—Mmm… en cierta manera. Está preocupada por ti y, como Madi no está,
supuso que necesitarías a un amigo.
—A veces dice cosas que me hacen detestarla menos —bromeó. Era algo
que adoraba de su amigo, esa capacidad de hacerla sonreír.
—¿Entonces? ¿Vendrás a pasar la mañana conmigo? —Levantó una ceja.
Por una parte, le agradaba más estar en su compañía antes que soportar las
miradas escrutantes de sus padres. Lo pensó por un rato y luego asintió —
Está bien, pero tu preparas el desayuno.
Él rodó los ojos y negó con la cabeza, como si no aprobara esa idea. No
esperó una respuesta, sino que solo apagó las luces y se despidió de ella.


A la mañana siguiente, el plan de Bianca empezó a ejecutarse con la
llegada de Ryan a la entrada de su casa. Diana se despertó a duras penas y se
quejó por un rato antes de decidir levantarse. Pensó que iría a buscarla más
tarde, no cuando apenas el cielo empezaba a clarear.
Jackson y Rachelle seguían dormidos. El clima gélido de diciembre
animaba a quedarse dormidos, así que, fue Bianca quien lo recibió.
—Pasa, seguro que baja enseguida. —Él la siguió hasta la sala. La mujer
volteó y lo miró —Y, de nuevo, gracias…
—No es nada, lo hago por Diana.
La aludida bajaba con cuidado las escaleras, teniendo en cuenta de que sus
ojos aún no terminaban de abrirse.
—Buen día… —saludó a ambos.
—¿Cómo amaneciste, hija? —preguntó Bianca, mirándola de arriba abajo.
Ella se encogió de hombros. Estuvo a punto de decirle que no era necesario
que pidiera a Ryan que la buscara, pero ni siquiera tenía ánimos de pelear.
—¿Nos vamos? —preguntó el joven. Diana asintió.
—Claro —dijo a su amigo, luego miró a Bianca —Sé que tú le pediste que
me buscara —Bianca se asustó mucho, creyendo que Ryan la delató—.
Gracias, por preocuparte por mí. Volveré más tarde ¿sí? —La mujer suspiró
aliviada.
—Ve, disfruta el día. No te preocupes en venir enseguida, que seguro
querrán ponerse al día o ver una película. —Miró a Ryan. —Y sí, le pedí que
te buscara porque supongo que querrías tu espacio para desahogarte y, no
precisamente con nosotros. —Diana lo consideró correcto, aunque le
sorprendió mucho esa actitud de su madrastra.
—Gracias. Nos vamos.
Ambos salieron y, sin perder el tiempo, se fueron a la cocina a desayunar.
Como no había cenado, Diana tenía más hambre de lo normal.

Bianca esperaba ansiosa en la cocina. Había pasado ya casi dos horas
desde que los dos jóvenes se fueron y, una de que Jackson y Rachelle fueran
por provisiones al supermercado. Estaba segura de que en cualquier momento
sonaría ese timbre. No sólo temía de que Diana volviera, sino también, su
esposo y su pequeña.
Aunque se había preparado para ese momento desde el día anterior, no
pido evitar saltar en su lugar al oír el timbre. Se levantó rápidamente y fue a
atender. No quería que Diana viera a Alessandro. Como si tuviese un sexto
sentido, al mirar por la mirilla, lo vio ahí, parado y con el rostro furioso.
Abrió la puerta y fingió sorpresa. No podía delatar a su querida Hilda.
Ésta no la había llamado por chismosa, sino por la gran preocupación que
le causó Alessandro, tirando todo lo que había a su alrededor luego de colgar
su llamada, para luego tomar unas pocas ropas y meterlas en una maleta de
viaje.
Supo que iba a San Francisco, porque lo espió y oyó que pedía un pasaje
para ese lugar, lo cual, le valió una reprimenda por parte de Tomas, por oír
tras la puerta de la habitación del patrón.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué no fui lo bastante clara? Diana no está. —
Alessandro resopló furioso, pero miró a todos lados por si veía a la joven.
—¿Y a donde podría estar, Bianca, si la tienes coartada bajo tu yugo?
¡Diana! —exclamó.
—Te dije que no está, vete. No entiendo cómo puedes venir, luego de lo
que hiciste.
—Pues por eso vengo, Bianca, porque esa —Señaló la revista que estaba
en el sillón —es una completa mentira. Jamás regresaría con Paola ¿Cómo
pudiste creerlo? ¿Cómo pudo creerlo Diana? —Se podía notar el dolor en su
rostro.
—¿Quieres decir que trucaron la foto? ¿Es eso? —Tomó la revista en sus
manos y la puso muy cerca del furioso rostro de Alessandro.
—Mateo murió, es por eso que la estaba abrazando. Como un amigo que
sentía, en lo más profundo de su ser, haber perdido a alguien. —Se le cruzó
por la mente, que toda esa locura pudo ser idea de Paola, pero no podía creer
lo desquiciada que debía estar para contratar fotógrafos, el día en que su
esposo murió —Me las va a pagar, esa mujer me las va a pagar —siseó.
—Deja que Diana sea feliz, Alessandro. Ella sufrió mucho cuando volvió
y lo entiendo, pero ahora que está con un chico que la hace feliz, déjala…
Regresa a Italia y sigue con tu vida.
—Siempre fuiste una manipuladora, Bianca, así que no te creo, iré a ver
yo mismo si es cierto que no está. —La rodeó y subió las escaleras. Supuso
que ahí estaban las habitaciones.
Bianca lo siguió, como era de esperarse. Quería estar ahí para cuando él
viera el cuarto de Diana.
Entró primero a la habitación de Bianca y Jackson, pero salió de inmediato
al notar que no era el de Diana. Entró luego al de Rachelle y volvió a salir,
por último, suspiró profundamente y entró.
De frente mismo a la puerta estaba la ventana, la cual, a pesar de estar
nevando afuera, era lo bastante diáfana como para dejar ver, lo que cualquiera
que se parara donde estaba Alessandro, vería. Bianca se asustó mucho al ver
que Diana había enmarcado la ecografía y, que la tenía sobre su mesa de
noche, por lo que, apresuradamente, lo escondió en el cajón mientras su
medio hermano miraba, con los ojos llorosos, hacia la ventana del vecino.
Ryan y Diana veían una película, metidos en la cama, como en los viejos
tiempos. No era raro que hicieran eso, pues era una costumbre que mantenían
desde niños. Ambos parecían felices desde esa perspectiva, riendo de lo que
sea que veían y, con Diana apoyando su cabeza en el pecho de su amigo. Ella
ni siquiera sospechaba que estaba tan cerca del amor de su vida, que él la
había ido a buscar.
—No te mentí. Lamento que hayas visto eso… —mintió Bianca. Sabía
que no estaba bien lo que hacía, pero también sabía, que su presencia ahí
causaría en Diana una impresión tan grande, que podía llevarla a perder a su
bebé.
—Creo que es la primera vez que dices la verdad, Bianca, pero no me
culpes por no creerte. —La miró muy serio y luego se retiró de la habitación.
Mientras se encaminaba a la salida, pensó que tal vez Bianca tenía razón.
Después de todo, él mismo le había pedido que continuara con su vida, que
intentara salir con alguien más, que fuera feliz. No podía ser egoísta y
culparla por seguir, por vivir lo que una joven de su edad debía vivir. Se secó
unas lágrimas que habían caído por su rostro y, salió sin siquiera despedirse
de su hermana.
Capítulo 32
Diana sintió de repente una opresión en el pecho. Ryan se preocupó, pero
intentó hacerle pasar esa mala sensación. Se quedó pensativa, sin atender ya
lo que sucedía en la película. Se preguntó qué estaría haciendo Alessandro.
¿Estaría con Paola? ¿La recordaría a ella? Si tan solo saliera afuera en ese
momento, se le detendría el corazón. Su amado italiano miraba triste hacia su
casa, como si se estuviese despidiendo para siempre.
—Lamento que lo de ustedes haya terminado así —mencionó Ryan,
entrelazando sus dedos con el de su amiga. Ella dejó caer una lágrima y se
quedó muy callada —¿Crees en esa noticia? A veces pueden ser engañosas
—añadió.
—Yo de verdad sentí que me amaba… —Acarició su vientre, mirándolo
con cariño, como si le estuviese hablando a ese bebé —Voy a quedarme con
ese recuerdo y, amaré tanto a este bebé, que no necesitaré nada más.
—Estoy seguro de que debió amarte ¿Quién no lo haría? —Le preguntó,
mirándola fijamente. Diana suspiró y luego le regaló una triste sonrisa —Mi
propuesta sigue en pie. Si tú me das una oportunidad, haré todo por hacerles
feliz, a ti y al bebé…
Diana apretó los labios y se limpió el rostro con los dedos. Habían caído
nuevamente algunas cristalinas lágrimas.
—Gracias —Se recostó nuevamente por el espaldar de la cama y trató de
entender esa angustia que la invadió —, pero necesito tiempo para asimilar
todo esto que me está sucediendo.
—¿Qué te parece si vamos al centro comercial? Quiero ser el primero en
regalarle algo al bebé. —Se levantó de la cama y le tendió la mano —Te
vendrá bien distraer tu mente ¿Qué te parece?
Diana frunció la nariz y pareció considerarlo.
—No sé… ¿No crees que es muy pronto para comprarle cosas? —
preguntó, con un leve destello de emoción. En ese momento se dio cuenta, de
que ese bebé le ayudaría a superar el desamor que había sufrido a causa del
padre de éste.
—Debo hacer mis compras de Navidad. Me encantaría que me
acompañaras, pero si no te apetece, lo voy a entender —Ella pensó por
algunos segundos, pero terminó por aceptar la invitación. Debía seguir con su
vida.
—Está bien, pero primero iré a cambiarme. Recuerda que me secuestraste
de casa en pijama —bromeó y ambos rieron.
—Te ves bien con lo que sea, pero, puede que no todos entiendan tu
concepto de moda —bromeó también, mientras salían de la habitación.
Diana creyó que se estaba volviendo loca. Podía oler en el aire el perfume
de Alessandro. Miró por todos lados y ahí seguía ese olor, el cual se
intensificaba un poco más dentro de su casa. Corrió a su habitación con la
loca idea de que Alessandro podía estar ahí, como si fuese un sueño, pero
sólo la decepción le respondió.
Todo estaba como lo dejó, a excepción del marco donde tenía su
ecografía, el cual estaba sobre la cama, boca para abajo. Supuso que tal vez
Bianca fue a arreglar su habitación y estuvo mirando la imagen. Se cambió de
ropa y salió al encuentro de Ryan.

Madison había llamado apenas le contó Diana sobre lo que había ocurrido.
Estaba muy preocupada por su salud y le repitió, como cinco veces, que
evitara todas las emociones fuertes. Le dijo también que hubiese deseado
estar ahí con ella, para apoyarla en estos momentos.
Ryan llevaba perdido ya unos buenos minutos. Le había pedido a Diana
que lo esperara frente a la cafetería, pero ella decidió esperarlo adentro.
Luego de un rato, volvió con una bolsa de regalo con un enorme moño
blanco. Apenas llegó junto a ella, se lo entregó. Diana lo tomó y lo agitó un
poco, como si así fuera a adivinar lo que era.
—Ábrelo… —La invitó el joven. Ella dudó un rato, pero le mataba la
curiosidad. Más aún, sabiendo que era para su bebé.
—Gracias —repuso, mientras deshacía el papel. Sus ojos se iluminaron al
ver que era un conejo de peluche, con la miniatura del uniforme del equipo de
fútbol de San Francisco.
—Sea niño o niña, le enseñaré a jugar fútbol —expresó, con el mentón
elevado y, evidente orgullo—. No será una gallina como su madre. —La miró
de costado y luego rieron.
Adentro había más cosas, como un par de zapatitos de hilo y una gorra del
mismo equipo. Diana se emocionó tanto, que no dudó en abrazar a su amigo.
Estaban tan contentos que no se dieron cuenta de que los seguían desde que
salieron de casa.
Habían conseguido todo lo que fueron a buscar, entre ellos, pasar un buen
rato entre amigos y olvidar a Alessandro, por lo menos, mientras estaban ahí.
Hablaron de todo un poco, como los horarios de Ryan, sus materias favoritas,
las fiestas de recibimiento y sobre su nueva fraternidad.
Dejaron la camioneta a unas cuadras, por lo que se encontraban
caminando hacia ella por la mullida acera. Ésta estaba llena de personas con
montones de bolsas llenas de regalos y las tradicionales compras de Navidad.
El día estaba muy movido, las calles estaban repletas de autos que
demostraban estar apresurados y de personas que no atendían su camino.
Ellos no tenían prisa. Conversaban sobre sus planes para año nuevo,
cuando Diana notó que se le había caído uno de los zapatitos del bebé. Ryan
se giró a buscarlo con la mirada y, aunque había mucha gente caminando por
ahí, lo vio a unos metros de donde estaban. Regresó a buscarlo de inmediato,
pero, nunca imaginó lo que vería cuando levantara nuevamente la vista.
Corrió como pudo para intentar salvarla, pero fue demasiado tarde. Diana
voló por el aire y cayó, estrepitosamente, sobre el asfalto, luego de que un
taxi la chocara.
Había tanta gente caminando por ahí, que no le fue difícil a Paola
mezclarse entre ellas, pertrecha por una gabardina larga y, una gorra que le
cubría todo el pelo. El momento oportuno, para poner en práctica su macabro
plan llegó, cuando Diana se quedó sin su molesto custodio. La empujó sin
contemplación hacia la calle, al momento en el que pasaba el taxi. Por
supuesto, éste no la pudo evitar y, lastimosamente, nadie pudo ver a la
culpable de que la joven ahora estuviese inmóvil en medio del asfalto.
EL chofer bajó de inmediato, apretando se la cabeza con ambas manos.
Los testigos llamaron de inmediato al servicio de emergencias, mientras Ryan
se hacía camino entre la multitud para ver qué tan mal estaba su amiga. Se
sintió muy culpable, porque había sido él quien le había insistido para salir.
Ahora, ella estaba tendida en el suelo, retorciéndose levemente, y con sangre
por todas partes de su cuerpo.
—¡Diana! Didi... Por favor, abre los ojos, pequeña —El joven se sentó a
su lado y le revisaba con cuidado mientras oía las sirenas de las ambulancias
acercarse.
—Juro que salió de repente frente a mí coche. No pude frenar —dijo el
pobre hombre, quien se agachó a mirar a la joven.
Ella no respondía. Cada vez perdía más el conocimiento y aumentaba la
culpa en Ryan. Quiso estrujarla entre sus brazos, pero sabía que no debía
moverla de ahí. Miró a su alrededor, buscando la causa de lo que había
sucedido, pero no la encontró. Todos murmuraban de que ella simplemente
cayó frente al taxi.
—¡Que alguien llame a una ambulancia, por favor! —exclamó
desesperado. Una mujer anciana se acercó a decirle que ya estaban en
camino, mientras miraba con evidente preocupación a la joven que yacía en
el pavimento.
Ryan tomó su teléfono —el cual se manchó con la sangre de Diana— y le
marcó a Bianca. Ni siquiera sabía cómo le iba a explicar. Estaba horrorizado
por el temor de perder a su amiga.
Los paramédicos llegaron y le realizaron un rápido diagnóstico del daño,
para informar al hospital más cercano, que la estaban llevando. Le colocaron
un collarín para inmovilizarle el cuello y luego procedieron a subirla a la
ambulancia.
—¡Yo iré con ella, yo estoy con ella! —exclamó Ryan, muy asustado. El
paramédico que atendió a Diana lo autorizó y, partieron de inmediato.
—Mi bebé… —susurró Diana, bajo la mascarilla de oxígeno que le habían
puesto. Ella tomó del brazo a Ryan y con lágrimas en los ojos rogaba por su
pequeño —Por… favor… mi bebé…
Diana perdió el conocimiento y Ryan cayó en una profunda desesperación.
Le apretaba la mano y lloraba de impotencia, llamándola sin cesar.
—Estamos cerca, joven. Ella estará bien —afirmó el paramédico, aunque
se podía notar la preocupación en su rostro. Diana estaba muy pálida y perdía
mucha sangre.
—Ella está embarazada, deben salvar a ambos, por favor… —suplicó. El
paramédico por fin entendió por qué había perdido tanta sangre su paciente,
siendo que no tenía más que algunas cortadas superficiales.
Como aún no se le notaba la panza y, como se veía tan joven, no
imaginaron que ya llevaba casi tres meses de embarazo. El hombre pidió que
aceleraran la llegada e informó por radio que la joven que llevaban estaba
embarazada y estaba sangrando mucho.
Cuando llegaron, Bianca y Jackson ya estaban ahí. Ryan les aviso de
camino, a qué hospital la llevarían y, ambos estaban deshechos por la
desesperación.
Un equipo de urgencias los esperaba en la entrada y la llevaron
directamente adentro para evaluar sus lesiones. Los tres los siguieron hasta la
sala de esperas, donde fueron separados de ella.
—¡¿Qué fue lo que sucedió, Ryan?! —le inquirió Bianca. El chico se
sentó por sus piernas y echó el rostro entre sus manos. Pegó un grito de
impotencia, como un quejido. Ahora tenía el rostro manchado con la sangre
que tenía en sus manos.
—Por favor, dinos qué sucedió, hijo —pidió Jackson, sentándose para
quedar a su altura. Ryan levantó la mirada llorosa y con los labios
temblorosos intentó responder. Sus manos y su ropa estaban ensangrentadas,
pero sostenía fuertemente en su mano el zapatito de bebé que había ido a
rescatar en ese maldito momento, aunque éste estuviera más que sucio.
—Estábamos regresando a la camioneta, luego de hacer compras en el
centro comercial… —Sollozó y se cubrió nuevamente el rostro —A Diana se
le cayó esto —Les mostró el zapatito —y, fui a buscarlo. Cuando lo tuve en
mis manos, la miré y el taxi la había atropellado. Ella sólo cayó frente a él.
No pude hacer nada…
Se puso a llorar más fuerte y a gritar por el dolor que sentía en el alma, en
ese momento. Se sentía muy culpable por lo que le sucedió a su amiga. Si él
no le hubiese insistido, tal vez nada de eso hubiese sucedido. Jackson lo
abrazó y le dio unas palmadas en la espalda.
—Estoy seguro de que quisiste cuidarla. Gracias, por acompañarla y por
llamarnos también.
—Sólo espero que se salven los dos —dijo Bianca, llorando, desplomada
en una de las sillas de la sala de espera.

Habían pasado horas, hasta que un doctor los buscó. La espera fue
desesperante, para los tres que recorrían la sala de espera, sobresaltándose,
cada vez que veían venir a algún personal del hospital.
Ryan se quedó sentado, mientras que Bianca y Jackson se acercaron al que
había preguntado por los parientes de Diana Scott. Su corazón se detuvo, al
ver que la madrastra de su amiga llevó una mano a la boca y, se puso a llorar
aún más de lo que había hecho antes.
Se apresuró a alcanzarlos, esperando lo peor. Sabía que no debían ser
buenas noticias, si ambos se abrazaban así y lloraban desconsolados.
—¡¿Qué le pasó a Diana?! ¡Por favor, dígame que están bien! —pidió el
joven, pero el doctor apretó los labios y se quedó callado por unos segundos.
—Ella estará bien. Con los cuidados necesarios, superará este episodio,
pero, lastimosamente, no pudimos hacer nada por su bebé. —Ryan se sentó
en el piso y llevó ambas manos a su cabeza. Sabía perfectamente que eso le
rompería el corazón. Estaba muy ilusionada con ese bebé.

Diana despertó recién al día siguiente. Abrió pesadamente los ojos, uno
por uno, al sentir la claridad invadir la habitación. Miró a su alrededor y vio
un ramo de flores en un jarrón y, a una enfermera revisando sus indicaciones,
con una bandeja en la mano.
—Oh, despertó —Dijo la mujer, más como para sí misma, que para ella.
Se retiró rápidamente y volvió, luego de un rato, con un doctor y una mujer
que no llevaba bata, sino que vestía de forma más informal.
—¿Cómo te sientes, Diana? —preguntó el doctor. Tomó su pequeña
linterna y le revisó los ojos. La volvió a apagar y la metió en el bolsillo de su
bata. A Diana sólo le llamaba la atención la presencia de la mujer que parecía
esperar algo.
—No importa lo que yo sienta, mientras mi bebé esté bien… —susurró.
Aún estaba bajo los efectos de los medicamentos, pero pudo notar que tenía
una pierna y un brazo, enyesados.
Ella no se había visto aún, pero, por el dolor que sentía, pudo deducir que
también tenía el rostro algo magullado, en especial la frente.
—Diana, ella es la psicóloga del hospital y, quiere hablar contigo —Por
fin supo quién era esa mujer, pero, al hacerlo, tuvo el peor de los
presentimientos. Empezó a hiperventilar y, las lágrimas ya se deslizaban por
su rostro.
—Hola, Diana, soy la doctora Carla —empezó a decir, pero Diana no la
dejó continuar. Sabía perfectamente que si una psicóloga acompañaba al
médico para dar una noticia, es porque ésta no era una buena. Empezó a llorar
tan fuerte, que se la pudo oír desde el pasillo, angustiando aún más a sus
padres y a Ryan, quien se negaba a ir a casa.
—Traiga el tranquilizante —pidió el doctor a la enfermera.
—¡Quiero a mi bebé, doctor! ¡Quiero a mi bebé! —gritó con toda su rota
alma, gimiendo de dolor —¡Por favor, dígame que sigue ahí! Que dentro de
unos meses lo tendré en mis brazos.
El doctor sentía tanta pena por esa joven que lloraba, desconsolada, por el
bebé que había perdido, que no le salían las palabras correctas, como si todo
se le hubiese quedado en blanco.
—Lamento mucho tener que darte esta noticia, Diana —Ella ya empezó a
negar con la cabeza cuando dijo eso —, pero no pudimos hacer nada por tu
bebé. Créeme que fue nuestra prioridad, pero el impacto fue muy fuerte para
él.
Ella llevó su mano sana a su vientre y de pronto sintió un vacío en su
interior, uno que la dejó helada. Tal vez empezó a hacer efecto el
tranquilizante que le aplicaron en la vía, pero ella fue gimiendo y sollozando
cada vez más débil, hasta que solo caían las lágrimas a borbotones de sus
claros y tristes ojos.
Capítulo 33
«Pequeño bebé:
Creo que no existen palabras para explicar cómo me siento sin ti ahora…
Yo sólo quiero dormir, dormir y dormir. No quiero ver a nadie, no quiero
hablarles, porque no encuentro las palabras que describan este vacío que
quedó en mi corazón.
Me hiciste la mujer más feliz del mundo con tu fugaz presencia en mi vida,
sentí que tenía la fuerza de lograr lo que sea, incluso, seguir sin tu padre…
Perdóname por no haber sido una buena madre. No descubrí a tiempo
que estabas ahí, no pude protegerte, pero quiero que sepas que te amé con
todo mi corazón», pensaba Diana mientras sentía las tibias lágrimas caer por
su rostro, en la soledad de su habitación del hospital.
No había pronunciado palabra, desde que le informaron que había perdido
al bebé. Mantenía la mirada fija hacia la ventana, mirando la nieve caer
copiosamente. Habían entrado a visitarla sus padres, Ryan y Rachelle, pero
nadie había conseguido que ella pronunciara una palabra.
La psicóloga les dijo que era su proceso de duelo y, que debían dejarla
asimilar, todo lo que le había pasado. Su mente había bloqueado los
recuerdos de ese momento, así que no recordaba que la habían empujado. Los
médicos la revisaban constantemente y, físicamente, estaba evolucionando
bien, a pesar de que se negaba a comer.
—Entendemos que estás muy triste, hijita —mencionó su padre,
apretándole levemente la mano sana. Se podía notar que el dolor caló tanto en
él, como en Bianca, quien tenía los ojos hinchados y muy rojos —pero, por
favor, come un poco. Eso que tú sientes ahora, es lo que sentiré yo también si
tú te pones mal. No quiero perderte…
—Llora, grita, maldice, pero debes sacar eso que te está matando por
dentro, hija…—mencionó Bianca con los labios temblorosos. Diana empezó
a sollozar más fuerte, como si ya no lo pudiera contener por más tiempo.
Pasó de esa manera toda la semana que estuvo en observación. Ni siquiera
festejaron la Navidad. Lo pasaron en el hospital, viéndola combatir con sus
demonios. Bianca tuvo que comunicar a la escuela que ella se atrasaría unas
semanas en volver por su accidente. Por supuesto, sólo la directora supo que
ella perdió un bebé.

...

Madison y su mamá regresaron mucho antes de lo planeado. La ocasión lo


ameritaba, más aún, habiendo sido la primera en sacarle unas palabras. Fue la
encargada de ordenar todo en la habitación de su amiga, para su regreso, en
especial, guardar todo lo que podría recordarle al bebé.
Freya había estado muy preocupada por Diana. No había respondido
ninguno de sus correos ni mensajes y, eso era raro, porque ella siempre lo
hacía. Si no respondía ese último correo, iría a buscarla a la dirección que le
había dado la joven cuando se quedó en la Florentina. Madison vio el
mensaje y, se debatió entre borrarlo o mostrárselo, pero, como odiaba la
forma en que Bianca manipulaba las cosas para proteger a Diana, ella decidió
hacer lo contrario, aunque le doliera.
—Didi… sólo quería decirte que una tal Freya dice que, si no respondes a
su mensaje, vendrá a hacerte una visita. —Diana levantó la mirada hacia su
amiga, quien estaba frente al ordenador y esperaba una respuesta. Acomodó
su brazo enyesado sobre su torso y miró de nuevo hacia su mano.
Aunque no quería recibir visitas, tampoco respondió, por lo que Madison,
a pesar de que no era correcto, leyó los mensajes anteriores. Descubrió quién
era Freya y la relación que las unía, entonces anotó su dirección de correo y
el número telefónico que aparecía en la firma y, lo guardó en su bolsillo. Ella
no podía ver cómo se consumía su mejor amiga, en una triste sombra de lo
que era. Debía hacer algo y, sospechaba que esa tal Freya la podía ayudar.

Desconocido_15:10
Hola Freya. No me conoces, pero soy amiga de Diana
y necesito que te comuniques conmigo. Urgente.
Ni siquiera habían pasado dos minutos cuando vio una llamada entrante en
la pantalla de su móvil. Por lo visto, a esa tal Freya sí le importaba Diana y,
mucho, porque no cualquiera dejaría todo por ir a visitar a alguien que no
fuera importante.
—¿Aló? ¿Con quién hablo? —preguntó, la preocupada voz del otro lado
del teléfono.
—Soy Madi, la amiga de Diana. Vi tus mensajes y, supuse que estabas
preocupada por ella. —Madison había esperado llegar a su casa para hacer
esa llamada. No quería que Diana la oyera, mucho menos Bianca.
—¡Lo estoy! Incluso más ahora que me llamas tú y no ella. Por favor dime
que está bien… —Ese silencio no podía ser nada bueno —Contéstame por
favor.
Freya imaginó lo peor. Imaginó que tendría que darle a Alessandro la peor
de las noticias a través de Pablo, con quien mantenía una linda relación de
amistad, con tendencia a algo más.
—Diana sufrió un accidente —Freya chilló del otro lado —, pero eso no
es lo peor…
La pelirroja no podía creer todo lo que estaba oyendo. Sus ojos
derramaban tantas lágrimas que su maquillaje se estaba escurriendo, como
tinta derramada en un papel. Había tomado la decisión de ir a visitar a Diana,
pero Madison le suplicó que no mencionara a nadie sobre esa conversación.
Quería ayudar a su amiga, pero no quería que su vida se volviera un caos
mayor si Alessandro se enteraba de lo que le había sucedido.
—No te preocupes, no le diré a nadie. —Se sorbió la nariz. Madison sintió
un poco de alivio. Tal vez, esa mujer de dulce voz, podía sacar a Diana de ese
letargo en el que se encontraba —Gracias por haber tomado la decisión de
responderme. Hubiese sido más difícil, ir hasta allá sin saber todo esto.


Los padres de Mateo no estaban convencidos de que su hijo hubiera
muerto por causas naturales como se informó, pero, por supuesto, no se lo
dijeron a su principal sospechosa. Los médicos ni siquiera encontraron
necesario hacer una autopsia, lo que los llevó a negarse que lo cremaran, a
pesar de que su «desconsolada» viuda insistiera en que fue su última
voluntad.
Gracias a que callaron sus sospechas, ella no desconfió de sus verdaderas
intenciones, creyéndose ya toda una vencedora. Reunieron las pruebas
necesarias y acudieron a la policía para presentar una denuncia formal,
aprovechando su misterioso y repentino viaje. Lograron, con todas esas
pruebas, que realizarán una necropsia al cuerpo de su hijo.
Estaban en lo cierto, Mateo no murió de causas naturales y, no fue difícil
llegar a los culpables. La policía italiana se tomó el caso muy en serio, más
aún, por tratarse de dos familias muy renombradas como las suyas.
—Esa maldita mujer del demonio mató a nuestro hijo, señor oficial —dijo,
una destrozada mujer, señalando a su ex nuera en el aeropuerto. Paola se
asustó a ver a tantos oficiales rodearla. —No tenga piedad. Ella no la tuvo
con un pobre inválido…
El hombre, al que había llamado oficial, se acercó a la mujer y a su
acompañante —el hijo de su peón—, para realizar el arresto. El joven empezó
a sudar frío al pensar que a él también lo arrestarían, pero, al ver que sólo la
esposaron a ella y le leyeron sus derechos, suspiró profundamente y, derramó
unas nerviosas lágrimas.
Él sabía que, tarde o temprano, también le tocaría un castigo por lo que
estaba ocultando. Ella lo miró amenazante y el joven se quedó petrificado.
Eso acrecentaba el peso que sentía en su conciencia. Lo estaba matando por
dentro.
Los curiosos no tardaron en arremolinarse a su alrededor, capturando con
sus teléfonos ese vergonzoso momento. Paola sintió que su mundo se vino
abajo al dimensionar que había sido atrapada. Estaba segura de que su
nombre ya debía estar en boca de todos.
—¡Están cometiendo un grave error! —exclamó la mujer, mientras era
arrastrada por dos policías. Miró con furia hacia sus ex suegros y apretó la
mandíbula. —¡Que ustedes me odien, no me convierte en asesina!
La pareja se abrazó, evitando mirarla. No podían ver a los ojos de esa
cruel mujer, que les había arrebatado a su único hijo. Ella siguió maldiciendo,
pero ellos ya no entendieron lo que decía, sólo lloraron de felicidad porque
por fin se estaba haciendo justicia.
—Por fin podrá descansar nuestro pobre hijo —susurró la mujer, con los
ojos llorosos. La prensa se acercó rápidamente a ellos para enterarse de los
detalles. Estaban decididos a que ese asesinato no quedara en el olvido, así
que brindaron toda la información que la policía les permitió brindar.

Bianca golpeó la puerta de Diana, con una bandeja de comida en las manos.
—Pasa… —respondió, al saber de quién se trataba. La psicóloga había
hecho un gran trabajo con ella, en lo referente a la comida. Recibía su visita
casi a diario, para revisar su evolución.
—Pensé que querrías comer algo —mencionó su madrastra, sentándose al
filo de la cama. Le acarició la mano y Diana esbozó algo que parecía una
sonrisa.
—No tengo hambre, pero, gracias. —Se acomodó mejor en su cama.
Bianca dejó la bandeja donde ella pudiera alcanzarla, pero sabía que debía
intentar hacerle comer algo. No podía dejarla simplemente hundirse más y
más en su tristeza.
—Yo sé que estás triste y que piensas, que lo que te pasó es tremendo.
También lo pienso, pero hundirte en la tristeza sólo ayudará a que sea más
doloroso. —Diana la miró con algo de fastidio —No creas que eres la única
que pasó por esto. Yo sé perfectamente lo que estás sintiendo. —Ahora la
mirada de Diana se llenó de curiosidad —Yo también perdí un bebé cuando
fui joven, antes de conocer a tu padre…
Bianca levantó la mirada y reprimió unas lágrimas. Diana nunca supo de
esa historia, pero recordó que Alessandro una vez le contó que cuando su
madre murió, ella tuvo que renunciar a muchas cosas, entre ellas, su gran
amor. ¿Habrá sido al padre de ese hijo?
—No… lo sabía —mencionó, sin saber qué más decir. Nunca imaginó que
su madrastra tenía una historia secreta.
—Ni siquiera tu padre lo sabe y, te ruego que siga así. —Diana asintió
débilmente, mirándola de tal manera que le indicó que esperaba conocer esa
historia —Yo también amé tanto, que pensé que moriría al separarme de él.
También lloré por días cuando perdí a mi bebé, al enterarme de la muerte de
Chiara, pero no dejé que el dolor me hiciera su presa. Luché y continué con
mi vida, porque se lo debía a mis seres queridos, en especial a mi bebé.
Ya no intentaba detener las lágrimas. Era la primera vez que la veía
realmente así, con el corazón en las manos, con un llanto que se veía real.
Diana siempre pensó que Bianca no podía llorar, que era una piedra sin
sentimientos, pero, ahora entendía que los tuvo que guardar para no morir.
—Es que no sé cómo superar esto que siento… —Llevó su mano sana al
pecho y lo golpeó —Me duele tanto, que siento que en mi alma hay un hoyo
que crece desmedidamente y que, sin darme cuenta voy a desaparecer —
mencionó Diana, con los labios temblorosos. Se sentía muy culpable por no
haber podido proteger a su pequeño, fruto de ese amor que vivió en Italia.
—Fue por eso que me alejé de todo lo que me recordaba a ese momento
tan doloroso de mi vida. Dejé Italia y vine aquí. —Ahora entendía sus
verdaderos motivos, unos que Diana nunca cuestionó —Rompí cualquier lazo
o contacto con el padre de mi bebé y comencé una nueva vida. Con el tiempo,
fui sanando y, fue así que conocí a tu padre. Si un amor es verdadero, vuelve
a ti, aunque pasen años, pero, si no lo es, siempre vendrá el correcto y te
rescatará, para devolverte esa felicidad que pensaste que ya no existía.
En ese momento lo tuvo claro. Era eso lo que necesitaba. Cortar con todo
eso que le recordara a su bebé, en especial, Alessandro. Tal vez no saber de él
la ayudaría a superar esa etapa de su vida, a sanar esa herida que seguía
sangrando en su interior.
—Bianca… —la llamó Diana. La mujer la miró con curiosidad.
—Dime —respondió, luego de sorberse la nariz.
—¿Podrías hacerme un favor?
—Por supuesto, dime. —Bianca esperaba que la echara de su habitación o
algo parecido, pero lo que oyó después, no se lo esperó.
—Si alguna vez, Alessandro te pregunta por mí, por favor dile que soy
muy feliz con Ryan. —Una brillosa lágrima cayó por su mejilla —Quiero
sanar, quiero olvidar todo esto que me pasó y, si él se aparece de nuevo en mi
vida, me quebraré por no poder explicarle que perdí a nuestro bebé. —Diana
llevó su mano sana a la boca y ahogó un sollozo.
—Descuida, yo me encargo. —Diana no lo sabía, pero ella ya le había
hecho el favor.
Bianca había sido muy considerada con Diana, para saber que había tenido
una tórrida aventura con Alessandro, no sólo por ser su medio hermano, sino
por doblarle la edad. La joven esperó una reprimenda de aquellas, pero tal
vez, todos esos momentos angustiosos la hicieron reflexionar.
Capítulo 34
En menos de una semana, Diana volvería a la escuela y estaba
aprendiendo a usar sus muletas. Madison la animaba desde el filo de la cama,
mientras su amiga intentaba dar más de tres pasos seguidos.
—Lo haces bastante bien, para ser tu primera vez —bromeó Madi,
logrando la primera sonrisa en la joven, después de mucho tiempo. Madison
sintió mucha felicidad.
—Creo que podré arreglármelas. —Se encogió de hombros, como pudo.
Afortunadamente, el brazo sano coincidía con el lado en el que debía usar la
muleta, o hubiese sido un verdadero problema.
—Recuerda que estaré ahí contigo. Seré tu lazarillo —mencionó, con el
mentón elevado y una sonrisa prieta. Las distrajo el sonido del timbre.
Alguien había llegado a la casa.
Diana pensó que se trataba de la psicóloga que seguía su caso, pero sintió
que su alma abandonó su cuerpo, al ver de quién se trataba. La exuberante
pelirroja se quedó también muy impactada con lo que sus ojos veían. La
delicada y etérea Diana, parecía tan débil con todo ese yeso y con la muleta
que apenas la sostenía, toda temblorosa.
Fue como si hubiese visto al mismísimo Alessandro, por todo lo que ella
le recordaba a ese viaje. Imaginó que sería mucho peor de tratarse de él. Al
ver que se tambaleaba, que sus piernas no resistirían, Madison corrió a
ayudarla.
—Diana… —susurró la pelirroja, intentando ahogar un resuello. Caminó,
tan elegante como siempre, hasta tomarle su mano sana.
—No pensé que de verdad vendrías —dijo, al momento en que sus claros
ojos, empezaron a derramar unas lágrimas. La pelirroja se veía muy
acongojada con lo que tenía enfrente, en especial, al ver las lesiones de su
amiga y el dolor que reflejaba todo su ser. Era, literalmente, una sombra de
esa Diana que conoció en el avión.
—No respondías mis mensajes. Me preocupé. —Miró disimuladamente
hacia Madison. Diana pensó que lo hizo porque no las había presentado y, no
porque ya se conocían por teléfono —Me alegra haber seguido mi instinto, o
no me hubiese enterado de esto… —Señaló hacia ella. Volvió a mirar
fugazmente hacia Madison.
—Perdona —se disculpó Diana, llamando a su amiga con la mano—. Ella
es Madison, mi mejor amiga. —La joven asintió, maravillada de la belleza de
la pelirroja —Madi, ella es Freya… una gran amiga.
Las dos mujeres se pasaron la mano e intercambiaron saludos. Por
supuesto, ninguna de las dos mencionó la conversación que tuvieron
previamente. Madison, supuso, que las dos querrían hablar a solas, entonces
se aclaró la garganta y se dirigió hacia la puerta.
—Iré a la cocina —anunció la joven, señalando hacia su espalda —
Supongo que tienen mucho que hablar.
—Gracias —repuso Freya, muy agradecida. Miró disimuladamente
algunos rincones de la habitación, preguntándose, si era por lo que había
pasado, que había algunos porta retratos vacíos.
La vieron perderse tras la puerta, en absoluto silencio. No sabían cómo
iniciar esa conversación, en especial Diana, quien sentía que las palabras
estaban atoradas en su garganta. Sentía tanto dolor en ella, que tuvo que
pasarse la mano para ver si se le pasaba un poco.
—Empieza por donde quieras, pero, necesito saber todo —mencionó
Freya, conteniendo apenas las lágrimas.
Diana resolló sonoramente y su pecho empezó a subir y a bajar de manera
acelerada. Freya supo enseguida, que la conversación sería más dura de la
que imaginó, así que se apresuró a abrazarla tan fuerte como pudo, para no
lastimarla.
—¡Es que no hay parte de la historia que no me duela! —exclamó con
dolor, apretándose por su amiga —Siento que mi alma está tan rota, que me
miro al espejo y solo veo un cuerpo, una cáscara.
—Shh… Tranquila, tranquila —susurró, acariciándole el cabello. Poco a
poco, la joven fue calmándose. Diana sintió la humedad en la cúspide de su
cabeza. Eran las lágrimas de Freya, como si le hubiese pasado por la piel, ese
dolor del alma que sentía.
Bianca y Jackson habían ido con Rachelle a la iglesia, así que Madison
tenía la cocina para ella sola en ese momento. Temía que luego la regañaran
por haber dejado entrar a una extraña a la casa, más aún, para visitar a Diana.
Mientras tanto, Diana le contaba, entre lágrimas, todo lo que había pasado
desde que llegó a San Francisco. Freya sentía que, con cada desgarradora
palabra que salía de la temblorosa boca de su amiga, se le oprimía el corazón.
Recordó a esa Diana enamorada, inocente, soñadora, recorriendo los viñedos,
o tomando sol al borde de la alberca.
—Lamento tanto que hayas pasado por todo esto —dijo Freya,
limpiándose las mejillas—. Pensé que, para este entonces, estarías contando
los días para volver a ver a Ale…
—Por favor, no lo menciones. Me hace daño. —Llevó una mano a la boca,
para contener su llanto. —¿Sabías que volvió con Paola? ¿Te lo contó Pablo?
Fue tan sínico… De verdad pensé que me amaba.
Freya sabía que Alessandro amaba a Diana, con todo su corazón y,
también sabía, que todo eso de la reconciliación con Paola era una mentira.
Debía informar a Diana de las últimas noticias. No podía permitir que su
amiga creyera que ese hombre, a quien le entregó más que su corazón, había
jugado con sus sentimientos.
—Didi… sé que me pediste que no lo mencionara y, prometo que no lo
volveré a hacer luego de que me oigas. —La vio negar con la cabeza
repetidas veces. Levantó ambas manos, pidiéndole una oportunidad —Por
favor, sólo unos minutos. Si después quieres seguir con tu decisión de alejarte
o quieres que me vaya, lo respetaré, pero por favor escúchame.
Diana había decidido sacar a Alessandro de su vida, pero muy en el fondo,
quería saber lo que Freya tenía que decirle. Asintió levemente y la vio buscar
algo en el móvil.
—Mira, léelo con atención y luego dime lo que piensas.
Diana leyó el artículo, en el cual se mencionaba la escandalosa detención
de Paola en el aeropuerto y, la rectificación de la revista que había publicado
la supuesta reconciliación de la pareja. Al ver la foto de su Alessandro, con
esa mirada triste, sintió un vuelco en el estómago y una punzada en el
corazón. Parte del artículo mencionaba las palabras del aludido, confirmando
que todo era un invento de «una mujer que debería estar recluida en una
institución para enfermos mentales», resaltado en negritas. «Sí, amo a una
mujer con todo mi corazón, pero, por cosas de la vida, no podemos estar
juntos, así que, pido respeto y comprensión con mi vida privada».
—Alessandro te ama con toda su alma, Didi… —La vio mirar de nuevo la
foto, con lágrimas en los ojos —Pablo dice que él no te olvidó y que te sigue
esperando. Si decides seguir con tu decisión, está bien, pero ya no pienses
que no te ama. Continúa con tus proyectos, aquellos sueños que descubriste
en ese viaje y los que estabas ilusionada por conseguir, pero ya no pienses
que él te mintió. Alessandro te ama y espera a que llegue el momento para
volver a ti.
Diana se había quedado muda de la impresión. Aunque su corazón sentía
un agradable candor por haber recuperado ese amor que creyó haber perdido,
no iba a cambiar de opinión. No se sentía preparada para verlo, mucho
menos, para explicarle que estuvo embarazada, que no le había contado que
iba a ser padre y, que lo había perdido por desatenta. Necesitaba sanar esa
profunda herida, una que no se veía por fuera.
Habían conversado por unos minutos más sobre lo que vendría ahora en la
vida de Diana. Por supuesto, su ánimo había mejorado, aunque sea un
poquito. La pelirroja animó a la joven, una vez más, a luchar por sus sueños y
a seguir adelante. Le recordó que no estaba sola y que era amada por quienes
la conocían.
—Gracias por haber venido —repuso Diana, abrazando nuevamente a su
amiga. —, pero quiero pedirte un favor.
Se retiró lentamente, como para mirarla.
—Por supuesto —respondió la pelirroja, frunciendo levemente el ceño.
—Prométeme que no le contarás a nadie lo de hoy. Ni siquiera a Pablo —
le advirtió, sabiendo la relación de amistad que unía a su amiga, con el mejor
amigo de Alessandro. —Por favor, promételo, porque no soportaré tenerlo
frente a mí. No ahora. Yo… necesito sanar. Necesito prepararme para cuando
llegue ese momento. Lo amo demasiado y, si alguna vez nos volvemos a
encontrar, quisiera estar sanada.
Freya asintió dudosa, pero asintió. Entendía lo que debía estar sintiendo su
amiga.
—Lo prometo. Claro que lo prometo. —Le apretó la mano sana y sonrió
con cariño.

A pesar de que todos intentaban disimularlo, sabía que se estaban


preguntando cómo había sido el accidente. Por fortuna, no sabían del bebé, o
sería peor enfrentar a las incómodas preguntas. Algunos de sus conocidos la
ayudaron con sus cosas, mientras que Madison la alcanzó en la entrada,
apenas bajó del coche de Bianca.
La consejera estudiantil la alcanzó en el pasillo de la primera clase que
tendría ese día. Al principio, Diana supuso que le preguntaría por su
postulación al Instituto Culinario, pero cuando la oyó mencionar que era
sobre algo más personal, entendió que quería hablarle sobre el accidente.
—Te esperaré en mi oficina luego de la segunda clase —le dijo la mujer,
con una evidente preocupación en la mirada.

Durante toda su clase de biología, Diana estuvo pensando en una excusa


para no ir junto a la señora Jules. Es que pensó que si no dejaba de hablar de
lo que había sucedido, esa herida jamás sanaría y, estaba cansada de repetir lo
mismo.
—Avísame cuando termines con ella, así vengo a buscarte —dijo
Madison, señalando que la esperaría en los bancos de afuera. Sacó un libro de
su bolso y se lo mostró.
—No debes esperarme. En serio… —Hizo una mueca de disculpa y su
amiga rodó los ojos.
—¿Y no perderme la aburrida clase de literatura? —bromeó la amiga,
luego de golpear la puerta. Al ver que la mujer mayor abrió la puerta, se
despidió.
Diana sonrió y negó con la cabeza. Se sentía mejor que los días anteriores
y, tal vez se debió a la visita de Freya y lo que eso significó. Dicen que no
hay mejor cura para el alma que el amor y, ella le devolvió esa ilusión, a
pesar del dolor que aún sentía por la pérdida.
—Entra, entra, cariño —la invitó a pasar la señora Jules. La mujer se
arregló la ropa antes de tomar asiento detrás de su escritorio. Diana pudo ver
que tenía enmarcada la foto de una hermosa joven.
—Gracias —susurró y volvió a mirar la foto. La mujer notó que sentía
curiosidad por saber de quién se trataba.
—Era mi hija —mencionó luego de un corto silencio. Miró hacia la
imagen y sonrió como si de verdad estuviera ahí su pequeña hija. Debía tener
unos quince o dieciséis años—. Toma asiento, por favor.
—Yo… lo siento mucho —repuso Diana, al intentar dimensionar el dolor
que debía estar sintiendo esa mujer que ahora la miraba con cariño. Si ella
sentía ese vacío por un ser que ni siquiera vio nacer, no pudo imaginar lo que
sentiría la señora Jules, luego de tantos años de haber tenido a su hija, de
haberla visto sonreír, decir sus primeras palabras o dar sus primeros pasos.
Dio un profundo suspiro y se sentó.
—No pude salvarla. No noté a tiempo que estaba muriendo por dentro. —
Era increíble que no derramara una lágrima, o tal vez se le hubieron acabado.
—Yo sé que pasaste por algo muy difícil y no voy a pedirte que me lo
cuentes de nuevo. —Diana se relajó al oír eso, como también entendió por
qué estaba haciendo eso. —Sólo quería que supieras que, sea lo que sea,
puedes contar conmigo. No pude hacer nada por mi pequeña, pero puedo
hacerlo por ti.
» Quiero que sepas que tienes todo un futuro por delante y que tienes a
muchas personas que te aman y harían lo que fuera por apoyarte. Tu familia,
tus compañeros, tus amigos… y también a mí. No tienes que pasar por esto
sola.
—¿Usted… sabe la verdad? —preguntó dudosa la joven. Vio a la mujer
mover la cabeza de arriba abajo.
—Tu madrastra me lo contó. Por supuesto, luego de haberla persuadido
bastante. La versión había sido sólo el accidente, a excepción de la directora,
claro. —Diana miró el yeso de su brazo —Sabía que detrás de ese dolor que
transmitían sus ojos había algo más que huesos rotos, cariño, así que, espero
que aceptes mi ayuda entonces. Confía en mí, por favor.
—Gracias —pronunció, con una triste sonrisa. Ella quería sanar, quería
volver a ser esa joven que era, pero no quería olvidar a su amor, ni ese viaje
inolvidable.
—También quería preguntarte si sigue en pie tu deseo de ir al Instituto
Culinario. —Tamborileó sus dedos sobre la mesa. Tenía un papel en la otra
mano. Parecía ser un número telefónico lo que estaba escrito en él.
Diana lo pensó por un rato. Sabía que ir ahí sería duro, porque todo lo que
hiciera, le recordaría a Alessandro, sin embargo, huir y hacer algo que no le
apasionaba, no era una opción. Ya no más. Había perdido demasiado en su
corta vida, como para seguir un camino que la hiciera aún más infeliz de lo
que ya se sentía.
—Sí. No he cambiado de opinión respecto a eso —respondió, con el
corazón acelerado. Tenía el presentimiento que ese camino que había tomado,
la llevaría de nuevo a Alessandro, aunque, en este momento, era la última
persona a quien quería ver.
—Me alegra oír eso. Me alegra saber que no has decidido retroceder con
este duro golpe. —La tomó de la mano y le dio un ligero apretón —Eres muy
joven, Diana y, aún te esperan muchas caídas, pero, cada una de ellas, te hará
más fuerte. También te llevarán a valorar más los momentos bonitos y, las
oportunidades que te dará la vida.
—Aprecio mucho sus palabras —mencionó Diana, con una verdadera paz
en el alma—. Y, no se preocupe. No dejaré que esto me venza.
—¡Así se habla, cariño! —respondió la mujer con la mirada exultante.


El joven que había acompañado a Paola a Estados Unidos se removía
agitado en su cama. Parecía tener una pesadilla de la cual no podía despertar.
Estaba cubierto de sudor y decía palabras inentendibles, pero desesperadas.
Empezó a llorar y, debía ser por ese terrible y recurrente sueño que no lo
dejaba en paz desde que volvió.
En éste, Paola y él siguieron a Diana y a Ryan desde la casa, muy de
cerca, sin que éstos se percataran. Paola había recogido su dorada cabellera
bajo un gorro de lana y llevaba puesto un abrigo que la cubría hasta un poco
más de las rodillas.
—¿Entendiste lo que debes hacer? Debes hacerlo muy rápido para que no
te descubran y parezca un accidente —Había dicho Paola.
La mujer había decidido, que el momento en que Diana se había quedado
sola en la acera, era el indicado para llevar a cabo su plan, pero su joven
cómplice se había echado para atrás. Los nervios le habían jugado una mala
pasada y se encontraba vomitando en un basurero, a metros del lugar.
Cuando se incorporó de nuevo, totalmente lánguido, oyó el chirrido de las
ruedas del taxi y, vio a la joven volando por los aires, para luego caer
estrepitosamente sobre el asfalto.
No podía olvidar sus ojos suplicantes y toda esa sangre. Sintió tanta culpa,
como si hubiese sido él y, no esa perversa mujer que lo estiró del brazo para
llevarlo de nuevo al auto, el que había cometido ese acto tan atroz.
Se sentó de golpe en la cama, con un grito desesperado que despertó a
toda su familia. En sus sueños, Diana lo miraba acusadora, como si le
reclamara su silencio. Era su pesadilla diaria desde que volvió. No podía
seguir así, ya no lo soportaba.
—Debo hacer lo correcto, debo hacer lo correcto, debo hacer lo correcto
—decía con la mirada perdida. Sus preocupados padres no entendían a qué se
refería. Lo habían notado muy cambiado desde su regreso. Andaba como
alma en pena por la casa y casi no comía.
La pareja se miró, aterrada, al verlo fuera de sí. No paraba de decir que
debía hacer lo correcto, pero no entendían a qué se refería.
Capítulo 35
El joven ya no pudo dormir desde esa última pesadilla. Esperó, sentado en
su cama, a que amaneciera para poder hacer la llamada que necesitaba
realizar.
Sus ojos estaban rojos, tal vez de tanto llorar, o por no dormir, pero,
esperó a que sus padres salieran a trabajar para bajar a la sala, donde se
encontraba el teléfono. Buscó en el bolsillo de su sucio pantalón, un pedazo
de papel, en el cual parecía tener anotado un número de teléfono. Lo había
guardado muy bien, desde que Paola le había pedido que llamara a casa de
Diana para hacer sus averiguaciones.
Oyó, nervioso, el tono de llamada y, cuando estuvo por colgar, una mujer
atendió. El chico sintió que su corazón se aceleró y su cabeza empezó a
dolerme de manera intensa.
— ¿Diga? —preguntó por segunda vez, la voz femenina. Ésta podía oír el
resuello del otro lado. —¡Hable!
— ¿Diana…? —preguntó por fin el chico, algo dudoso. Era Bianca quien
había visto atendido y, luego de desconfiar de esa sospechosa llamada,
decidió hacerse pasar por la solicitada. Una mentira piadosa, diría ella. Miró
rápidamente hacia las escaleras, por si bajaba Diana, ya que en unos minutos
debían ir a la escuela.
— ¿Sí…? ¿Quién habla? —cuestionó, suavizando su voz. El joven
empezó a llorar y aumentó la curiosidad la mujer —¡Habla de una vez! —le
espetó.
— Por favor, perdóname, Diana. —Sollozó —Yo te juro que nunca estuve
de acuerdo con su macabro plan. —Se sorbió la nariz sonoramente —Yo,
yo… no tuve otra opción. Ella es una mujer muy malvada.
— ¿Quién eres? Por favor, dímelo —pidió la mujer —¿A quién te
refieres?
Bianca sabía que se trataba de la persona responsable del accidente de su
hijastra y, no le iba a dejar de cuestionar. Debía llegar a la verdad para
hacerla pagar. No tendría piedad alguna, con quien sea que haya hecho eso
con su hija.
— Necesito que me perdones primero… porque ya no puedo vivir con
esto. Me está matando por dentro desde esa tarde y, ni siquiera puedo dormir
sin recordar tu sangre correr por el pavimento.
Se oyó el llanto lastimero del joven. Bianca no tenía la intención de
perdonar a nadie que hubiera tenido que ver en ese accidente, pero necesitaba
el nombre.
— Te perdono, ¡te perdono! —exclamó al oír nada más que el silencio del
otro lado. Al darse cuenta de que habló muy fuerte, se giró de nuevo a mirar
si nadie la había escuchado. Nadie lo hizo, afortunadamente. —¿Sigues ahí?
Yo te perdono… pero necesito el nombre de quien me hizo esto, por favor...
— Aquí estoy. —Sollozó de nuevo —Fue… fue la señora Paola Di
Luca… Esa mujer es el mismísimo demonio.
— ¡Maldita! ¡Maldita, Paola! —exclamó Bianca.
— Yo te juro que no tuve opción —susurró, más como si quisiera
convencerse a sí mismo que a su interlocutora —Si no la ayudaba, iba a
despedir a mis padres y, mamá necesita de sus medicamentos. Por su edad ya
nadie los contrataría.
— Pero yo perdí a mi bebé —dijo Bianca, metiéndose en el personaje.
Sabía muy bien cómo se sentiría Diana de ser ella quien lo hubiera atendido.
Oyó de nuevo el llanto del chico, luego un silencio.
El joven miró la soga con la que su padre ataba las leñas en invierno,
colgada en un rollo, tras la puerta. Sólo volvió a la realidad cuando oyó que
Bianca lo llamó de nuevo.
— Sigo aquí. —Se sorbió la nariz y se limpió los ojos con el antebrazo.
— Ayúdame a meterla a la cárcel por esto. —El silencio de nuevo. Bianca
ya se estaba poniendo nerviosa, pero necesitaba seguir con la farsa y lograr
que ese chico aceptara ayudarla.
— Ella ya está en la cárcel por la muerte de su esposo —dijo el joven.
Ahora era Bianca la que no podía hablar de la impresión. Esa mujer era peor
de lo que imaginó —, pero no me pidas que testifique. No puedo, no puedo…
Su familia sigue teniendo mucho poder y mis padres necesitan de su trabajo.
Mi madre es diabética y empeora a cada día que pasa.
— Debe pagar también por el asesinato de mi bebé y, me lo debes.
— Lo siento, no puedo. Sólo necesitaba tu perdón. Adiós.
— ¡Espera, espera! —exclamó Bianca, llevando una mano a la frente, pero
solo el tono de la llamada finalizada respondió. Colgó y apretó los puños tan
fuertes que se hizo daño con sus uñas. Rachelle no entendía por qué encontró
a su madre tan nerviosa, pero, apenas vio a sus dos hijas, fingió su mejor
sonrisa.

Bianca estuvo pensando en lo que debía hacer, desde que colgó ese chico.
No le mencionó a Diana sobre la llamada, sino que se excusó con uno de sus
casos, para evitar intercambiar con ella más del saludo. Estaba feliz de verla
más animada, pero contarle lo que descubrió, sólo abriría de nuevo su herida
y, no lo quería.
A quien sí esperó hasta la noche, en la soledad de su habitación, fue a su
esposo. Jackson llegó y, apenas oyó su saludo, supo que algo andaba mal.
— Amore mío… —saludó la mujer, con un tono cansino. Él entrecerró los
ojos.
— Sólo cuando quieres contarme, o pedirme algo muy importante, me
llamas así. —Ella estaba muy seria, así que eso confirmaba su teoría —
¿Sucedió algo?
Bianca suspiró y luego asintió, mientras lo invitaba a tomar asiento a su
lado, en la cama. Él se aflojó la corbata y se agachó primero a darle un beso
en los labios.
— Mañana viajo a Italia.
Jackson se sorprendió mucho con esa noticia. La miró como si buscara la
respuesta en sus ojos. Conocía todos los casos que llevaba su esposa y,
ninguno tenía que ver con Italia. Sólo pudo intuir que se trataba de algo
familiar.
— ¿Así, tan de repente? ¿Sucedió algo?
— Esta mañana recibí una llamada muy importante de Italia —respondió.
Le contó todo a su esposo. Ellos casi no se guardaba secretos entre sí, a
excepción de la visita de Alessandro y su relación con Diana.
— ¿Por qué querría esa mujer hacer daño a nuestra hija…? —preguntó
muy asombrado y molesto.
— Debemos hablar —anunció, temiendo la reacción de su esposo cuando
supiera, que era su medio hermano el causante de la mayoría de los males de
su hija. Intentaría abordar el tema con la mayor astucia posible.
Jackson se enfureció al principio, pero, a medida que la conversación
avanzaba, entendió que fue inevitable y muy intenso lo que sucedió entre los
dos. No tuvo dudas de que Alessandro amaba a su hija, tanto como para
querer el bien para ella y, respetar su libertad, pero, hubiese deseado con toda
su alma, haber evitado todo ese dolor a su hija.
Entendió por qué Diana no quiso contar quién era el padre de su bebé y la
profunda tristeza que la había embargado al perderlo. Entendió su llanto al
despedirse de la Florentina y, que su corazón debía estar esperándolo.
— Haz trizas de esa mujer, mi amor. No tengas compasión de ella —
mencionó Jackson, con la mandíbula tensa. Ella sonrió un poco malévola y
asintió levemente.
— Por favor, no le menciones a nadie sobre los verdaderos motivos de
este viaje, mucho menos a nuestras hijas. Sólo di que fui por un asunto
familiar.
— Por supuesto. Diana no revivirá su dolor, hasta que sea absolutamente
necesario. —Jackson estaba de acuerdo con los dos planes de su esposa,
aunque, se inclinaba más por el B. Era un hombre muy pacífico, pero,
definitivamente, entre la cárcel y un castigo ejemplar, prefería lo segundo.
— Haré que esa mujer pague por todo el daño que hizo. Cuando reciba su
castigo, deseará no habernos conocido…

Lo primero que hizo Bianca, al llegar a la Toscana, fue ir a buscar al joven


que le había dado esa valiosa información. Había ideado dos planes, en caso
de que éste se mantuviera firme, sobre no testificar en contra de la jefa de sus
padres en un juicio.
Al encontrar la casa, se sorprendió de ver que estaban velando a alguien.
Lo primero que pensó fue que la madre del chico había muerto, pero, al
acercarse más, notó que era un joven. Supo enseguida que era su informante
y no tuvo dudas de que debía tomar el plan B.
Presentó sus condolencias a la quebrada madre que lloraba sobre el cajón
de su hijo y luego se alejó un poco, mezclándose entre los presentes.
— Dicen que Tanos encontró a su hijo colgando en la cocina. Imagina
cuánto dolor —mencionó una mujer mayor a otra que acababa de llegar.
— Ese chico era lo único que tenían, pobres Tanos y Gloria… —dijo la
mujer que acababa de llegar, limpiando unas lágrimas.
Bianca nunca estuvo tan segura de lo que debía hacer. Esa despreciable
mujer se había llevado una vida más, la vida en la cárcel seguía siendo poco
castigo. Se retiró del lugar y buscó en su teléfono, un número entre sus
contactos.
— ¿Aló, Giorgio? —saludó a través del teléfono —¿Tomamos un café?
Necesito un favor especial.
Giorgio Falconi era un cliente muy importante de la abogada, uno que no
le debía poco. Le debía la vida. Aunque no apoyaba sus turbios negocios, los
unía una historia de juventud y no creía encontrar a un mejor candidato para
llevar a cabo su plan.
El hombre no dudó en aceptar la cita, incluso, Bianca pudo notar cierta
emoción en su voz. No tardó más de media hora en llegar al lugar que le
había indicado Bianca, en un coche negro, con los vidrios tan oscuros, que
era imposible de ver a su tripulante.
— ¡Mi bella rosa! —saludó el hombre, apenas bajó del coche. Ella levantó
la mano y lo invitó a sentarse. Había escogido una mesa apartada de todas las
demás.
— Giorgio… Qué alegría verte de nuevo.
No se fueron por las ramas. Al parecer, el de pantalón blanco y camisa
azul noche era un hombre muy ocupado. Ella le contó solamente lo que
necesitaba. Él no era de los que necesitaba mucha información para hacer un
favor. Sabía que, si alguien recurría a sus servicios, era porque necesitaba un
trabajo sin fallas y con total discreción.
— Esa mujer debió hacerte algo muy malo, pero no quiero saberlo —
mencionó con una sonrisa de costado. Ella agradeció por eso—. Sólo una
pregunta… ¿Por qué me pediste eso nada más? Sabes que mi gente puede
acabar con ella de una vez por todas. —Entrecerró los ojos.
— Porque la muerte sería muy fácil para ella. Quiero que ella pague por lo
que hizo y, la muerte no es suficiente. —Levantó el mentón. Tenía la
mandíbula tensa.
— Me gusta cuando te pones perversa —dijo, ya de pie, finalizada su
reunión. Ni siquiera había probado el café que pidió—. Tu pedido estará
cumplido esta misma noche. Adiós, mi bella…
— Gracias —dijo, apenas, con los labios.
El hombre le dio un beso en la mano y se retiró, con total parsimonia.
Bianca sintió que su alma se había liberado un poco, ahora solo debía esperar.
Mientras bebía su café, tuvo tiempo para pensar en lo que debía hacer a
continuación. Lo que había decidido, tal vez la llevaría a ser odiada por su
hermano, pero, era lo que su corazón le decía que era lo correcto. Era lo que
su alma necesitaba para redimirse, porque ella también sentía culpa por lo
que le sucedió a Diana.
Si ella hubiese dejado que Alessandro hablara con Diana ese día, tal vez
ella no hubiese ido al Centro comercial y, ahora estarían preparando el ajuar
del bebé y, no intentando sanar una herida como la que la joven tenía. Tomó
el móvil y marcó al de su medio hermano.
— ¿Qué sucede, Bianca? —escuchó del otro lado. No lo culpó por la
forma en la que la saludó. Tenía motivos de sobra para tratarla así.
— Necesito hablar contigo. Estoy en Italia —respondió la mujer.
— ¿Y para qué viniste? Sea lo que fuera, pudiste decírmelo por teléfono
—dijo de mala gana.
— Créeme, te interesa saber lo que tengo que contarte, así que, sólo dime
a qué hora estarás disponible.
— Está bien. Estaré en casa a las seis.

….

Hilda se puso muy feliz de ver nuevamente a Bianca. No era un secreto el


amor que le tenía la anciana y, ahora también, a Diana. Le preguntó por la
joven apenas la vio, pero la elegante mujer sólo le respondió que había
regresado a la escuela y, que pronto iría a Stanford.
— Espero que puedan venir de vuelta el próximo verano, hija —mencionó
la mujer, con su dulce voz. Marietta debía estar en la cocina, por eso no había
ido a saludarla aún. —El joven Alessandro está en su despacho. Está triste
como cuando sucedió lo de la bruja esa… la que apareció en las noticias. —
Terminó su frase casi en un cuchicheo.
— Espero que luego de mi visita, las cosas mejoren para él —repuso,
acariciándole su plateada cabellera. Se quedó frente a la puerta del despacho
y metió una considerable cantidad de aire en sus pulmones, antes de golpear.
— ¿Te quedas a cenar, hija? —preguntó la mujer, con un brillo en los
ojos.
— Supongo que si —Se encogió de hombros. En ese momento, se giró y
vio a su medio hermano, sosteniendo la puerta.
— Pon un lugar más en la mesa, por favor —dirigiéndose hacia la anciana.
Ésta asintió, muy feliz, y se despidió de ellos—. Pasa —La invitó, con un
gesto de mano.
Titubeó por unos segundos, pero, al suponer que él esperaba con ansias
saber de Diana, decidió acortar su agonía. Sabía que una vez que abriera la
boca, no había vuelta atrás.
— Primero que nada, necesito que me prometas que, oigas lo que oigas,
no harás una locura. —Alessandro se tensó al oír esas palabras e imaginó lo
peor. Su respiración se agitó de inmediato.
Lo pensó por unos segundos, pero al ver que Bianca no hablaría hasta que
él le prometiera lo que le pidió, lo hizo.
— Está bien, lo prometo. Dime qué fue eso que no pudiste contarme por
teléfono.
— Si luego de todo lo que te diga, decides odiarme, lo entenderé, pero, por
lo menos, intenta entender mis razones. —Él levantó una ceja y se cruzó de
brazos —Amo a Diana como si fuese mía y deseo que sea feliz.
Alessandro se rio de lo que oyó. No de una manera feliz, sino de manera
incrédula.
— Yo quise hacerla feliz —dijo irónico —, pero sigo sin entender qué
tiene que ver Diana con tu visita a Italia.
— Todo. Vine a hacer justicia y, a contarte la verdad. —Bianca estaba
muy seria. Parecía sincera, así que pensó que debía escucharla.
— Te escucho…
— Para empezar, quiero que sepas, que fue Diana quien me pidió que te
dijera que es feliz al lado de Ryan —No era totalmente cierto, aunque
tampoco le estaba mintiendo —, pero no lo es. Ella te ama y creí justo que lo
supieras.
— No entiendo por qué me dices todo esto ahora. —Sus ojos estaban
acuosos y sus labios temblaban levemente —Explícame por qué te pidió eso
Diana.
— Porque ella... no sabía cómo contarte que estaba embarazada. Luego,
que perdió al bebé. —Alessandro la miró atónito. Se había quedado mudo y
permaneció así por unos minutos.
— ¿Por qué no me lo contaste? ¡Prometiste mantenerme al tanto de lo que
sucedía con su vida! —reclamó, con evidente dolor —Íbamos a tener un
bebé… —Una lágrima rodó por su mejilla.
— Ella ya estaba sufriendo mucho por pensar que tu no la amabas, por
pensar que te burlaste de sus sentimientos al reconciliarte con Paola, entonces
me pidió que te dijera que estaba con Ryan y que era muy feliz.
— ¡Pero esa fue una gran mentira! Yo jamás volvería con esa arpía.
— Lo sé ahora, pero, en ese momento, incluso yo lo creí. Lo siento —Se
disculpó y caminó hacia las diáfanas ventanas.
— Cuéntame qué pasó con el bebé. Mi bebé… —De sus ojos cayeron más
lágrimas, las cuales se apresuró a limpiárselas. Se veía realmente turbado por
la noticia. Se sentó por sus piernas y llevó ambas manos a su cabeza.
— Diana casi lo perdió cuando supo lo de tu reconciliación, por eso fue
que te llamé esa vez. —Alessandro pareció comprenderlo, porque asintió —
Ella decidió tenerlo y continuar sin ti, pero luego sufrió un terrible accidente.
—Bianca apretó los labios y los puños.
— Por Dios… —Se cubrió la boca con una mano —Mi dulce Diana…
¿Cómo fue? —Miró a su hermana con dolor. Apretaba tanto la mandíbula,
que parecía que se le rompería.
— Hasta ayer creímos que había sido un terrible accidente —expresó,
abrazándose a sí misma. Miró desde la ventana, hacia los viñedos —, pero un
chico llamó a rogar la expiación de su alma y me contó algo que me trajo
hasta acá.
— ¿Y qué fue eso? Por favor, dime… —suplicó el hombre, aunque, temía
no era nada bueno.
— Lo de Diana no fue un accidente —dijo, con cierta rabia en la voz—. A
Diana intentaron matarla. Y no sólo a ella, sino, en especial, a tu bebé.
— ¡¿Qué estás diciendo?! ¡Pero quién! —Bianca no necesitó responder a
esa pregunta, sólo levantó una ceja y él solo, lo hizo —Paola...
— Esa mujer es una asesina —dijo Bianca, con odio. Alessandro sentía
que un fuego lo estaba consumiendo por dentro. Era el odio que sentía por su
ex prometida. Quería estrujar su cuello entre sus manos, hasta que ya no
respirara.
— La voy a matar… —masculló entre dientes el italiano. Se incorporó y
Bianca supo lo que haría, por eso lo detuvo.
— No te preocupes, querido. —Sonrió de costado —Ya me encargué de
esa malnacida.
— ¿De qué hablas? —preguntó de nuevo. —Si sólo lo dices para que no
vaya a cometer una locura, porque se lo merece, pierdes tu tiempo.
— Ya lo sabrás a su debido tiempo, pero, no, no es una broma. —Lo miró
pensativa —Yo necesitaba contarte la verdad, liberarme de tantos secretos.
No quiero verlos infelices por siempre. Necesitaba hacer lo correcto.
— Iré contigo a San Francisco —dijo, limpiándose los ojos. Bianca negó
con la cabeza y Alessandro se molestó.
— Ella necesita sanar, Alessandro. No sabes lo duro que fue para Diana,
soportar tantas cosas a su corta edad. Si ahora apareces, ella se derrumbará.
Déjala seguir con su vida, te lo suplico. —Lo tomó del brazo. Él recordó sus
palabras al iniciar la conversación, así que intentó comprender sus razones.
— Ya no me voy a alejar de ella, Bianca. Lo siento.
— No te pido que te alejes, sólo te pido que la esperes. Te mantendré al
tanto de todo lo que suceda en su vida, por Dios que lo haré. No me
interpondré en su relación, pero déjala sanar.
Alessandro se quedó en silencio, reflexionando el pedido de la mujer, que
parecía esperar una respuesta.
— Iba a ser padre y no lo supe… —susurró con dolor, cuando por fin
pudo hablar de nuevo. Tenía la mirada perdida —Paola me las pagará. Lo
juro. —Apretó la mandíbula y golpeó la pared.
Bianca miró su reloj y sonrió débilmente. Alessandro la miró extrañado.
— Ya debe haber recibido su merecido. Mañana lo sabremos, con
seguridad, pero no puedes mencionarle absolutamente a nadie de esta
conversación, Alessandro. Nadie debe saber que descubrimos a Paola —El
hombre ya estaba muy confundido —. Ella lamentará lo que le resta de vida,
haberse metido con mi familia.
Capítulo 36
Para Bianca, la cena tenía un sabor especial. Alessandro, en cambio,
parecía estar consternado, ansioso. Ella tenía una sonrisa perversa y la mirada
perdida en un punto de su copa de vino, lo que mataba de curiosidad a su
acompañante.
Sonó el móvil de la mujer y ambos se sorprendieron. Alessandro la miró
con expectación, pero sintió que se le detuvo el corazón al oír quién llamaba.
Sus ojos brillaron al oír el nombre de su dulce amor.
—¡Diana! ¿Cómo están por allá? ¿Qué tal les fue en la escuela? —Bianca
miró a Alessandro, pero no mencionó que estaba con él —Me alegra saberlo,
hija. Por cierto, sobre el escritorio de tu padre dejé los formularios de
admisión, pero si quieres esperarme, lo llenamos juntas.
Alessandro entendió que, o Diana no le contó a Bianca sobre sus planes de
postular para el Instituto Culinario o, que la joven había cambiado de opinión
sobre ese plan.
—Mañana salgo de vuelta para Estados Unidos. Cuida a tu hermana y no
te descuides de las escaleras, haz el menor esfuerzo con tu pierna lastimada
—Oyó en silencio por un rato —Saludos a Madi.
Cortó la llamada y vio los ojos llorosos de Alessandro. Le tomó la mano,
dándole un ligero apretón. Él apretó los labios y asintió. Entendía que
mientras menos lo mencione a él, más rápido sanaría y él podría buscarla.
—Ella está bien, Alessandro… —El bajó la mirada y jugó con lo que
sobró en su copa —Ella te ama mucho y, creo que por eso le urge sanar,
porque tiene la esperanza de volverte a ver.
—Yo respetaré ese tiempo que me pides, Bianca, pero necesito que tú
también me prometas algo —mencionó, pensando en esos formularios de
admisión que mencionó. Ella lo miró con curiosidad—. Respetarás la
decisión que ella tome para su vida. —Ella iba a decir algo, pero Alessandro
levantó un dedo para detenerla —Ella es una chica muy inteligente y estoy
seguro de que tomará la decisión que la haga feliz. Déjala tomar sus propias
decisiones.
Él esperaba que ella aunque sea asintiera, pero otra llamada los
interrumpió. Alessandro se sobresaltó de nuevo, pero ya no era su pequeña
Didi.
—¿Aló, Giorgio? —oyó por un corto rato y le pidió a Alessandro que
encendiera el televisor.
«Lo que en un principio se pensó sería un motín en el penal de mujeres,
resultó ser una pelea por poder entre dos internas.
Poco tardó la famosísima Paola Di Luca en meterse en problemas con la
interna más peligrosa del penal: La carnicera. La mujer en cuestión es una ex
enfermera que se encuentra cumpliendo ya una condena de cadena perpetua
por múltiples homicidios en su haber, en especial, en su época laboral activa.
Según testigos, Paola Di Luca inició la pelea, a pesar de la resistencia de la
otra asesina, de darle importancia. Todo indica que la mujer intentaba ganar
adeptas y territorio, ya que serán largos los veinte años que deberá cumplir
tras las rejas.
El parte médico del penal indica que la señorita Di Luca sufrió una grave
lesión en la columna vertebral, al caer de espaldas sobre la pata de una mesa,
lo que la llevó directo a cuidados intensivos.
No se sabe aún la gravedad de su caso, pero según los mismos testigos,
incluso pensaron que había muerto, porque sólo podía mover la cabeza
levemente.
Eso es todo por ahora, Royer. Esperamos que mañana, el médico que la
atendió, pueda brindarnos mayor información de su estado. Volvemos a
estudios contigo», dijo el elegante reportero quien, evidentemente, informaba
desde la cárcel de mujeres.
Bianca suspiró muy profundamente al ver las noticias. Giorgio cumplió
con su promesa y, por fin, esa despreciable mujer pagaría realmente por sus
maldades.
—Bianca… —la llamó Alessandro, luego de terminar el reporte.
—Sé que la venganza no es buena y que no debería ser una opción, pero
no te imaginas lo feliz que estoy, Alessandro. Sé que tarde o temprano me lo
cobrará la vida, pero ahí estaré, esperando gustosa mi castigo.
—No iba a juzgarte —dijo, para sorpresa suya. Ella bebió otra copa de
vino de un sorbo —, pero sí quería agradecerte por haber venido a contarme
la verdad. Pasé días y noches pensando en que la había perdido. La vi tan
alegre, que me resigné a perderla. Ella merecía ser feliz, ya sea conmigo o
con otro, pero hubiese preferido que fuera conmigo, claro.
—Pues no te puedo asegurar que ella no vaya a conocer chicos en
Stanford —Bianca seguía insistiendo en esa universidad, como si lo diera por
hecho —, pero creí que era correcto que supieras lo que tiene ahora Diana en
su corazón.
—Lo sé. Sólo quería decirte que me caes un poquito mejor. —La miró de
costado y ambos sonrieron levemente. El cerró los ojos —Ay, Dios… deseo
poder tenerla entre mis brazos nuevamente.
—¡Alessandro! —lo regañó Bianca, aunque sabía que era muy probable
que lo hubiera mencionado para molestarla —Sigue siendo mi pequeña Didi,
así que te agradecería que omitieras cierta información —añadió, imaginando
las veces que debieron haber estado juntos, y no precisamente hablando.
—Lo sé, lo sé. —Levantó ambas manos, en señal de rendición —La
esperaré el tiempo que sea necesario, pero por favor mantenme al tanto.

Bianca no sintió pena al leer la copia del parte médico que le entregó Giorgio
en el bar del aeropuerto. Había ido a despedirla, como amigos que eran.
—¿Estas complacida, mi bella rosa? —preguntó el hombre, con una
sonrisa de costado. Ella lo imitó y le pasó de nuevo el papel —Es tuyo, yo no
lo necesito. —Se encogió de hombros.
—Muy complacida. —Levantó una ceja y se giró a mirar la fila de los que
abordarían su mismo avión. —Sabía que podía contar contigo. —Le dio un
pequeño golpecito en el hombro y el hombre rio.
—Siempre, querida mía. Por los viejos tiempos… —Pareció recordar algo
con tristeza —Por cierto, supe que murió hace unos años.
—Lo sé, pero eso ya está en mi pasado, Giorgio. Ahora soy muy feliz con
la familia que tengo. Ya olvidé a tu primo, lo siento…
El hombre asintió y se despidió con un abrazo. Ella tomó su equipaje y
caminó hacia la fila hasta perderse entre la gente. Paola había sobrevivido,
como se lo pidió, pero quedó cuadripléjica como su difunto esposo. Bianca
sabía que no estaba bien lo que hizo, que el ojo por ojo y diente por diente no
era lo que les había enseñado a sus hijas, pero en ese momento, su corazón
estaba en paz.
Miró hacia arriba y le dijo al joven chico que se sacó la vida por la culpa
que sintió, que por fin estaba vengado y que descansara en paz. Él sólo fue
una víctima más de la locura de esa desalmada mujer. Un pobre chico que no
debió cargar con tanta culpa que no era suya, así como el bebé de Diana.
Fueron dos inocentes que perdieron la vida por su estúpida obsesión. Tal vez
ahora entendería todo el mal que hizo y regresó para hacerla pagar.

Diana tomó los papeles del escritorio de su padre y los llevó a su


habitación. Los leyó detenidamente y esa tristeza que sintió al momento de
tan solo pensar en ir a ese lugar, le hizo entender que no era una opción. Los
dobló y buscó algo en el cajón de su mesa. Al hacerlo, sus dedos chocaron
con algo parecido a un cuaderno, algo que ella reconoció una vez que lo tocó
con cuidado. Era su diario.
—Oh, mi querido confidente… perdona por haberte abandonado, pero tus
hojas me duelen como cuchillos clavándose en mi corazón. Tal vez, algún día
pueda volver a leer tus palabras cargadas de amor, de recuerdos, de dolor, de
pasión, pero hoy, no es ese día.
De entre sus hojas cayó una flor de azahar y ella no pudo evitar recordar
esa noche en la que su cuerpo se volvió uno con el de Alessandro. Cerró los
ojos y su piel recordó las caricias de su amado italiano, recorriendo cada
centímetro de piel. Fue como si sus besos hubiesen quedado impregnados en
todo su ser y que ese ardor que los había quemado esa noche, se hubiese
colado en las páginas de ese diario, porque ella empezó a sentir mucho calor.
Cuando se dio cuenta de que no era más que una ilusión, sintió una
lágrima rodar por su mejilla. Deseaba volver a sentir todo eso con
Alessandro, pero ahora mismo, solo quería apartar de su memoria todo
aquello que le impidiera sanar y, una de esas cosas, era el recuerdo de
Alessandro.
La consejera le había dicho que guardara todo lo que lo recordara a él y
que cortara todo vínculo que pudiera darle noticias suyas. Le había asegurado
que esa distancia la ayudaría a curar sus profundas heridas y que, cuando
sucediera el reencuentro, sería con la misma emoción que cuando vivieron
cada uno de esos maravillosos momentos.
Guardó el diario, junto con todo lo que podía recordarle a ese viaje, en una
caja de cartón, incluida la pulsera que había recibido de él en su cumpleaños.
Acarició la superficie de cartón y luego la metió en su armario.
Ella sólo rogaba que, el día que se volvieran a ver, él pueda entender los
motivos que la llevaron a callar sobre la existencia del bebé. Que, a pesar de
estar rota, aún sentía por él tanto amor, que no lo podía olvidar, ni siquiera
por su bien. Sabía que en todos los chicos buscaría a su Alessandro y que su
cuerpo sólo reaccionaría ante sus caricias.
Aún faltaban meses para que el año escolar culminara, pero ella deseaba
que ese tiempo se cumpliera para empezar una nueva vida. Estaba dispuesta a
hacer todo lo posible por recuperarse de todo eso que le había sucedido y
volver a ser feliz.

Pablo se sorprendió al ver a un sonriente Alessandro cruzar el umbral de


su casa. Julieta no estaba, así que podían hablar tranquilamente. No podía
ocultarle a su mejor amigo todo lo que se había enterado.
—Debo reconocer que me causa mucha curiosidad el motivo de esa
sonrisa —bromeó el hombre, invitándole un café, ya en la cocina —. Apenas
amanece…
—Ella me ama, Pablo. Ella no está con ese figurín. —Tomó la taza en sus
manos y olió el vapor que salía de ella.
—A ver, explícame desde el principio —Levantó una mano, como si lo
estuviese deteniendo —¿Cómo es que estás tan seguro de eso? —Levantó
una ceja.
—Me lo dijo Bianca. —Bebió un sorbo de su café, luego de soplar un
poco.
—Eh… Te recuerdo que no confiamos en Bianca —dijo irónico, mientras
tomaba el suyo.
—Espera que te cuente todo —anunció el italiano, con la mirada más
emocionada que tuvo en meses, aunque, de pronto, pareció recordar algo que
lo puso triste. La muerte de su bebé.
Pablo no podía creer todo lo que salía de la boca de su amigo, aunque,
para que Bianca se tomara la molestia de viajar hasta ahí para contarle la
verdad y, hacer justicia con la asesina de Mateo y de su pequeño bebé, hizo
que se ganara un poquito de su estima. Volver a ver esa sonrisa en
Alessandro no tenía precio.
—Entonces… ¿sólo esperarás a que ella te busque de nuevo? —preguntó
dudoso Pablo. Alessandro negó con la cabeza.
—Le prometí a Bianca que la esperaría, que la dejaría sanar, pero, eso no
quiere decir que me mantendré alejado. —Pablo lo miró con los ojos
achinados —No soportaré tantos años sin verla.
—¿Entonces? —volvió a preguntar.
—Estaré siempre cerca, cuidándola. Sólo debo asegurarme de que no lo
note —respondió sonriente. Pablo negó con la cabeza, pero con una sonrisa
divertida. Le palmoteó la espalda y le ofreció su apoyo.
—Deseo que sean felices, amigo y, creo que no hace falta que te lo repita,
pero tienes todo mi apoyo para lo que sea que planees para recuperarla.
—Pues es bueno saberlo, porque necesito que le pidas algo a Freya —
mencionó Alessandro, con la mirada fija en si taza de café.
—Por supuesto, sólo dilo.
—Necesito que le pregunte a Diana, cuáles son sus planes para la
universidad y que la convenza de tomar la decisión que la haga más feliz. Es
probable que Diana no esté muy bien de ánimos, por lo del bebé…
—Por cierto, lamento mucho tu pérdida. Sé cuánto querías formar una
familia con ella —repuso Pablo, con un dejo de tristeza.
—Aún podemos hacerlo, no todo está perdido. Ella y yo seremos felices.
Diana y yo tendremos una hermosa familia aquí, en Toscana, donde ella
pueda ser quien quiera, pero, por sobre todo, feliz.
Capítulo 37
Diana acudió cada día a su cita con la señora Jules, por los meses que duró
su último año de preparatoria. Fueron unos meses duros, en los cuales la
joven experimentó un carrusel de emociones, pero, con la ayuda necesaria,
como la de sus amigos, la señora Jules y sus padres, ella ya sólo sentía un
vacío que había dejado su bebé.
Faltaban pocas semanas para la noche de graduación y las universidades
ya habían enviado las aceptaciones a los afortunados. Madison llamó a Diana,
apenas recibió la suya, de la prestigiosa universidad de Stanford.
Bianca se preguntaba por qué no había llegado el de su hijastra, si era
prácticamente un hecho que fuera aceptada en la carrera de leyes. Ella sí
había recibido una, pero del único lugar al cual había enviado su postulación,
el Instituto Culinario de América.
—¿No ha llegado más correspondencia, Claudine? —preguntó la abogada,
revisando los sobres que encontró en el vestíbulo. La aludida salió de la
cocina, se sacudió las manos por el delantal y acudió a su llamado.
—Sólo las que tiene en las manos, señora Bianca. —Rachelle bajaba como
un bólido las escaleras y casi choca con las dos mujeres.
—Vi un sobre en la habitación de Diana —mencionó, con la voz agitada.
Miró los demás sobres con curiosidad.
—¿Ah, sí? —preguntó emocionada. Ese debía ser el sobre. Subió
rápidamente las escaleras y se detuvo frente a la habitación de su hijastra.
Golpeó la puerta con sus nudillos y esperó.
—¡Pasa! —exclamó Diana desde adentro. La joven estaba sentada en su
escritorio y miraba opciones de vestidos en su computadora.
—¿Has recibido la carta de Stanford? —Bianca caminó hacia ella, pero
Diana se quedó muy callada.
—No —susurró apenas.
—Es muy extraño, ya debieron haber respondido. —Se cruzó de brazos y
miró pensativa hacia la ventana.
—Ya las enviaron todas —respondió, luego de un corto silencio. Sabía
que tarde o temprano tendría que contarle que esa tan esperada carta nunca
llegaría.
Diana abrió el primer cajón de su escritorio y sacó un sobre. Bianca seguía
atónita, incapaz de entender, lo que quería decir la joven que le tendía una
carta. Se veía radiante y bastante decidida, había recuperado esas fuerzas que
había descubierto en su viaje.
—¿Qué es esto, Diana? ¿Instituto Culinario de América, St. Helena de
Napa Valley? —preguntó con decepción en el rostro. Sus ojos parecían estar
llenándose de lágrimas —Explícamelo.
La joven suspiró y se paró. Bianca sostenía con fuerza el papel entre sus
dedos.
—Nunca postulé para Stanford, Bianca. Perdóname, pero es lo que quiero
hacer. —Le pasó unos folletos. Su madrastra leía todo con detenimiento, pero
el rostro cargado de decepción no había cambiado.
—Esto debe ser una broma. —Levantó el folleto y miró a Diana. Ésta no
parecía flaquear. Negó con la cabeza y se encogió de hombros.
—Es lo que quiero hacer por el resto de mi vida, Bianca. Nunca quise ir a
Stanford, mucho menos en la carrera de leyes. Lo siento… —Apretó los
labios por unos segundos —pero quiero ser feliz.
Bianca abrió la boca para decir algo pero la volvió a cerrar. Se sentía
defraudada, impotente. Sin decir una palabra, se giró y abandonó la
habitación.
Diana estuvo pensando por un rato y luego bajó buscar a su madrastra. Se
había portado muy bien con ella todo ese tiempo, que creía que le debía una
explicación. La encontró en el despacho, bebiendo wiski y, al oírla entrar,
ésta se limpió las lágrimas del rostro.
—Perdón por no contártelo antes…
Bianca bebió de un sorbo todo el contenido de su vaso. Parecía buscar las
palabras en su interior, pero éstas, al parecer, le quemaban la garganta como
ese trago que acababa de terminar.
—Todo lo que siempre hice, lo hice por tu bien, Diana. —La miró con
decepción y luego negó con la cabeza —No merecía esto. Me engañaste todo
este tiempo, haciéndome pensar que irías a Stanford. Nunca mencionaste este
lugar.
—Sabía que te enojarías por mi decisión, por eso callé. Sabía lo
importante que era para ti lo de Stanford, pero yo no quería eso y no sabía
cómo decírtelo. Quiero ser chef, amo la cocina y me apasiona.
—Perdona, ni siquiera sé qué decir. —Levantó ambas manos —Sólo me
siento muy sorprendida. Con razón no llegaba esa aceptación. Espero que
sepas lo que haces.
—Así será, lo prometo. —Bianca hizo un gesto irónico con el rostro —
Confía en mí, no arruinaré mi vida como sé que piensas que lo haré.
—Yo sólo quiero lo mejor para ti, sólo te protegía.
—Lo sé y lo agradezco, pero ya no soy una niña —respondió Diana —.
Ya no soy la niña que encontraste cuando te casaste con papá.
Bianca no peleó con Diana. Cuando ella le habló sobre «su decisión»,
recordó la promesa que le había hecho a Alessandro meses atrás. Era inútil
seguir intentando hacerla cambiar de opinión.
—Déjame sola, por favor. Necesito procesarlo. —Bianca debía pensar en
lo que le diría a sus amistades cuando le preguntaran por Diana. Todos daban
por hecho que sería la próxima socia de Bianca en su firma de abogados.
Se sintió frustrada al darse cuenta de que todo lo que había planeado con
tanto esmero para sus hijas, se estaba derrumbando. Diana se había
enamorado de Alessandro y no de Ryan, como lo había deseado. Estuvo a
punto de ser madre y de morir. Ahora, había decidido que lo que la
apasionaba era estar en una cocina y, no en los tribunales.

Diana era una de las únicas chicas de su clase que iría acompañada de un
universitario a su fiesta de graduación. Ella hubiese deseado llegar al gran
salón, decorado con miles de estrellas doradas colgando del techo, del brazo
de su ardiente italiano y, no de su mejor amigo.
Ella se veía estupenda con ese vestido color perla. Miró el brazalete de
flores que le había colocado Ryan, de camino al salón, y recordó su regalo de
cumpleaños. Acarició las flores y, al cerrar los ojos, recordó cómo caían los
pétalos de los azahares mientras hacían el amor en ese mágico lugar que
jamás olvidaría.
Sabía que todos debían estar pensando que ella y Ryan estaban juntos y,
que terminarían en la cama al finalizar la noche, como casi todos los
participantes de esa divertida fiesta. De haber sido Alessandro, no lo hubiera
pensado dos veces, pero no quería ni siquiera imaginar que otro hombre le
recorriera la piel, como si al hacerlo, fueran a borrar el rastro que dejó al
amarla.
Como Ryan conduciría, no podía beber, pero Diana decidió probar un
poco de alcohol esa noche, la última noche en la que compartiría con sus
compañeros de clase, como estudiante de preparatoria. Al sentir la tibieza del
líquido que bajaba por su garganta, pensó en la noche en que bebió por
primera vez. Esa noche en la que le había dado su primer beso a Alessandro,
a pesar de no recordarlo. Ya no le dolía tanto pensar en él.
Aun así, creyó haber enloquecido. Bailando en medio de la pista y, con
unas copitas demás, creyó haber visto a Alessandro entre la multitud. Se talló
los ojos como pudo, sin temor a arruinar su bello pero sencillo maquillaje. Se
giró a mirar a su alrededor, buscándolo con insistencia, pero él no estaba. Su
mente debió jugarle una mala pasada.
Incluso creyó haber olido su perfume, pero solo sonrió con la mirada
gacha, pensando en lo mucho que debía extrañarlo, para imaginarlo ahí esa
noche. Ryan la miró con los ojos entrecerrados y supo que debía estar
recordando ese viaje que tanto la marcó. La acercó más e hizo que le rodeara
el cuello con sus brazos.
—¿Aún lo amas? —preguntó, con una sonrisa cómplice. Ella asintió,
mirándolo pensativa. —Ustedes serán felices, estoy seguro. —Le acarició el
pelo con cariño. Ryan ya lo había visto, de verdad era Alessandro el que
estaba ahí, pero le había pedido, con un gesto, que no lo delatara —Ahora,
sigamos dando que hablar. —Le guiñó el ojo y ambos rieron.
—Le pedí a Bianca que le dijera que soy feliz… pero, siempre tuve la
esperanza de que no se lo dijera y él viniera a buscarme. —Ryan apretó los
labios. Se sintió mal por haber visto a Alessandro y, no poder contarle a su
amiga. —¿Será… que sigue pensando en mí? ¿Me buscará algún día?
Diana miraba a Ryan directo a los ojos, con un leve destello de anhelo. El
joven asintió.
—No tengo duda de ello, Didi. No tengo dudas… —Lo miró lo lejos. —
Tal vez está más cerca de lo que imaginas. —Diana lo miró con los ojos
entrecerrados, pero luego negó con la cabeza. Apoyó la cabeza en el pecho de
su pareja e imaginó que bailaba con su amor.
Alessandro estuvo a punto de romper su promesa y, todas las reglas que se
había autoimpuesto, apareciendo frente a Diana, pero, cuando estuvo a punto
de hacerlo, Madison lo tomó del brazo y lo detuvo.
—Yo sé quién eres —le dijo, levantando una ceja. Alessandro se asustó
mucho, sabía que era Madison. Diana no sólo le había hablado de ella un
montón de veces, sino que le había mostrado fotos. La descripción que le dio
era exactamente igual. Atemorizaba a primera vista, esa jovencita.
—¿Y quién… piensas que soy? —preguntó serio, pero curioso. Madison
entrecerró los ojos y se cruzó de brazos. Se giró a mirar a sus amigos y luego
lo volvió a mirar. —Yo solo quería verla. Necesitaba estar cerca, verla
sonreír, ver que está bien.
La joven negó con la cabeza y chasqueó la lengua. Alessandro pensó que
lo descubriría o que estaba molesta, pero ella lo tomó de nuevo del brazo y,
prácticamente lo arrastró afuera. Antes de salir por completo del salón, buscó
con la mirada a sus amigos. Sólo los vio Ryan, pero fue suficiente para lo que
Madison planeaba.
Ryan sintió el vibrador del móvil en el bolsillo de su pantalón y lo revisó
de inmediato.

Madison_22:40
¿Ayudamos a estos dos? Solo hay un problema, Alessandro dice que
prometió que no la buscaría hasta más adelante.
Ryan_22:43
¿Entonces? ¿Qué sugieres?
Madison_22:48
Cúbrele los ojos y tráela afuera. Dile que es una sorpresa.
Ryan_22:50
No creo que esté de acuerdo.
Madison_22:52
Hazlo. Convéncela.

—¿Alguna admiradora impaciente? —preguntó Diana, al notar que su pareja


se había alejado un poco para responder sus mensajes.
—Es Madi. —Meneó el móvil desde lejos, mostrándole la pantalla, pero
Diana tenía la vista un poco borrosa —Me dijo que te nota un poco triste
¿Quieres salir afuera? Tengo un plan que te pondrá feliz.
Diana se alejó un poco y sonrió triste. Ryan la tomó de la mano y la
condujo hacia afuera. Se detuvo antes de salir, tomó el pañuelo de su bolsillo
y le pidió permiso para vendarla.
—¿Es algún tipo de broma? Porque no estoy de humor, Ryan —advirtió la
joven, resistiéndose a que le cubriera los ojos. Ryan ladeó la cabeza e hizo un
puchero.
—Confías en mí, ¿no? —Ella apretó los labios y miró hacia el jardín. Solo
vio a unos jóvenes que se alejaban hacia una zona más oscura.
Diana temía que Ryan se pusiera romántico, pero confiaba en su mejor
amigo, así que accedió luego de titubear por unos segundos.
—Está bien —dijo Diana, con una sonrisa tímida. Se giró para que Ryan
le vendara los ojos. —, pero si es una broma, te juro que me conocerás.
—No es una broma, solo quiero que bailemos aquí, lejos de todo ese
ruido.
Diana se tensó al oír eso y se detuvo.
—Ryan, yo… —susurró. El joven entendió lo que debía estar pensando.
Rio nervioso y la tomó del hombro.
—No es lo que imaginas. Hace tiempo que perdí las esperanzas contigo.
Sólo quiero hacerte un pequeño regalo —dijo, tomándola de la mano.
Alessandro estaba detrás de Ryan, pero obviamente, Diana ni siquiera lo
imaginaba, aunque su corazón empezó a acelerarse de repente, sin motivo
aparente.
—Imagina que soy él. —Empezó a mecerse con ella —Solo cierra los ojos
e imagina que Alessandro está aquí, bailando contigo.
—¿Por qué haces esto? Mi corazón duele con tan solo pensar en él…
porque por más que lo desee, él no estará aquí. —Así como se podía ver las
cristalinas lágrimas rodar por las mejillas de Diana, también rodaban por las
de Alessandro.
En total silencio, Alessandro se acercó a Diana y, en una fracción de
segundo en que Ryan la soltó para darle una vuelta, la tomó de la mano y la
apretó contra su cuerpo. Ella se tensó de nuevo, pero esta vez por el aroma
que le resultaba familiar. Apoyó la cabeza en el pecho de Alessandro y siguió
el lento movimiento. Estaba segura de que su mente le estaba jugando otra
mala pasada, porque, era imposible que el dueño de ese aroma estuviera ahí.
Alessandro aspiró el aroma del pelo de su dulce amor y apretó los ojos.
Quería permanecer así por más tiempo, pero Diana no tardaría en quitarse las
vendas y descubrirlo. Ya la había tenido de nuevo entre sus brazos, había
sentido su suave piel y la había oído decir que lo extrañaba. Eso le bastaba
para su próxima vuelta a ella.
La noche estaba terminando para algunos entusiasmados jóvenes. Ryan la
tomó de nuevo de la mano, justo a tiempo para cuando ella se sacó la venda
con la mano libre.
—Eso fue… increíble —susurró, limpiándose las lágrimas —De verdad
fue como si él estuviera acá, Ryan. Gracias.
Madison los alcanzó y fingió sorpresa. Por supuesto, ella había visto todo
lo que sucedió y por eso también tenía los ojos llorosos. Abrazó a sus amigos
y, entre los tres, miraron hacia el hermoso y brillante cielo estrellado.
—Fue una hermosa noche, ¿no lo creen? —preguntó Madison, en medio
de ambos y con ambos brazos en los hombros de sus amigos.
—Si… Fue maravillosa porque estuvieron ustedes y, porque, aunque sea
en mis recuerdos, estuvo él también. Los amo, chicos. —Diana sonrió, feliz.
Ryan y Madison intercambiaron miradas cómplices y, también sonrieron
felices.

...

Alessandro apretaba con fuerza un pedazo de papel. En realidad, era una hoja
completa, la carta que le había dejado Diana antes de regresar a San
Francisco, aquella que no había podido leer hasta esa noche, en que sintió que
su corazón había sanado por completo.
Se sentó bajo una farola, en el jardín donde retumbaba la música de la
fiesta, luego de observar cómo su amada Didi agradecía tener a tan
maravillosos amigos. Estaba de acuerdo con eso. Desdobló la hoja y sonrió al
ver los corazones dibujados en los bordes.
—¿Por qué eres tan adorable, mi dulce amor? —susurró, acariciando los
dibujos. Eran de diferentes tamaños, enmarcando el contenido de la carta.

Mi amor:
Tomaré prestadas unas palabras que hace poco leí, para iniciar esta
despedida momentánea.
«La gente cree que un alma gemela es la persona con la que encajas
perfectamente, que es lo que quiere todo el mundo. Pero un alma gemela
auténtica es un espejo, es la persona que te saca todo lo reprimido, que te
hace volver la mirada hacia dentro para que puedas cambiar tu vida. Una
verdadera alma gemela es, seguramente, la persona más importante que
vayas a conocer en tu vida, porque te tira abajo todos los muros y te
despierta de un porrazo».
Elizabeth Gilbert, Comer, Rezar, Amar.
Antes de conocerte, sólo podía imaginar lo que era amar. Ni siquiera
sabía esto de las almas gemelas, pero, luego de leer este libro y, habiendo
vivido todo esto que nos pasó, llego a la conclusión de que, la autora tiene
mucha razón, pero faltaron algunas palabras para que fuera perfecto.
Sí, un alma gemela es todo lo que ella dice, pero también, lo que los
demás piensan que es, porque, a pesar de la diferencia de edad entre
nosotros, encajamos perfectamente, pero, cuando te miro, es como si pudiera
reflejarme en ti. Cuando te conocí, no podía entender por qué mi corazón te
buscaba, por qué mi mente se aferraba a tu recuerdo, por qué cuando estaba
a tu lado, no necesitaba nada más y, cuando no te veía, nada era divertido.
Puedo estar equivocada, pero para mí, un alma gemela es aquella que te
hace sentir todo eso, la que saca tu mejor versión, la que te motiva a seguir
tus sueños, la que no necesita decir nada, porque con una mirada basta.
Puede que pruebe otros brazos, otros besos, como me pediste, pero mi
alma, será siempre tuya, porque a ella no la pueden tocar si yo no lo
permito. Tú tienes la llave de mi corazón, te la entrego sólo a ti, porque,
cuando estoy contigo, no necesito nada más, cuando estoy contigo, soy yo
misma, sin necesidad de complacer a nadie. Cuando estoy contigo, soy lo
mejor de mí y, soy feliz.
Lo nuestro no está destinado a ser ahora, lo nuestro está destinado a ser
por siempre, así que, hasta la próxima vez que nuestras miradas se
encuentren, te esperaré.
Siempre tuya,
Diana.
Final
Diana miró por última vez todo a su alrededor, revisando que no olvidaba
nada. Sus maletas estaban listas en la puerta de su habitación, esperando para
su nuevo destino. Ese verano se mudaba al campus del Instituto Culinario,
por lo que su familia no había ido de vacaciones, sino que habían decidido
pasarlo en casa.
Afuera de ésta esperaban Bianca y Rachelle. Jackson había subido a
ayudar a Diana con las maletas y no pudo evitar soltar unas lágrimas. Cuando
salió de la habitación con su hija, no la vio con diecinueve años, sino a la
pequeña que empezaba a caminar, dando pasos erráticos. Cada vez que
parpadeaba la veía con unos años más, con trenzas, sin dientes, más alta, con
el pelo corto, riendo, llorando y por último, sonriendo. Antes de salir a la
calle, para reunirse con su familia, admiró una vez más esa hermosa sonrisa
que tenía su hija.
Diana vio el rostro decepcionado de Bianca y sintió un estrujón en el
corazón. La mujer intentaba disimular sus emociones, pero éstas generaban
en ella un tremendo debate. Estaba emocionada por ver partir a su niña, la
primera que le había enseñado a ser madre, convertida ahora en toda una
mujer, pero tampoco podía evitar sentir esa decepción de haber fallado en sus
planes para ella.
—¿Lista para partir? —preguntó Jackson, luego de meter todo en el
portaequipaje. Rachelle estaba triste y no soltaba su conejo de peluche, el
cual, tenía apretado a su pecho, al pie de la escalera que daba a la calle.
—Pórtate bien, renacuajo —le dijo Diana a su pequeña hermana, con una
dulce sonrisa. Ésta se apretó al cuerpo de su madre, para que no la vieran
llorar.
—Ve, que se te hace tarde —advirtió Bianca, con el rostro serio.
No se giró a mirar a los suyos cuando subió a su auto, luego de un
profundo suspiro. No podía, porque se había jurado a sí misma, que ya nunca
más dejaría que la opinión de los demás influyeran en sus decisiones y,
estaba casi segura de que vería algo de decepción o tristeza en el rostro de su
familia, en especial en Bianca.
Le había agradecido por haberla cuidado desde que apareció en su vida.
Le había dicho que era feliz con la decisión que tomó y que ya no era
necesario que la protegiera. Sabía que la había decepcionado, pero no sé
disculpó por eso.
Se encaminó hacia Napa Valley y, en poco tiempo estaría en su nuevo
hogar para comenzar una nueva vida. Sentía mucha ansiedad y sólo la música
podría tranquilizarla, así que, metió un disco en su reproductor y continuó su
viaje.

4 años después.

Era el año que Diana terminaba su paso por el Instituto Culinario. Luego
de terminar su carrera principal, eligió una especialización en vinos, porque
sabía que, tarde o temprano, sus caminos la llevarían de vuelta a Alessandro.
Como lo fue en la escuela, Diana había sido una alumna ejemplar y muy
talentosa, tanto, que ya tenía dos ofertas de trabajo en restaurantes de Nueva
York. Había sanado casi por completo, pero nunca pudo llenar ese vacío que
tenía en el alma.
Su vida social se había reducido a la amistad con dos de sus compañeros,
David y Sandra, una joven pareja de esposos, que disfrutaba demasiado de
cocinar, como para volverlo una profesión. Se habían casado dos años
después de terminar la preparatoria y ese año festejarían su décimo
aniversario de bodas. Por supuesto, mantenía correspondencia con sus amigos
de toda la vida y con Freya.
—El evento de este año será especial —mencionó Sandra, probando un
traje azul sobre su cuerpo. Diana tenía dos vestidos sobre su cama y pasaba la
mirada del uno al otro—. Eso dicen por ahí, que este año tendremos más
visitas internacionales que los años anteriores.
—No escuché nada sobre eso —respondió Diana, sin distraer sus
pensamientos sobre cuál vestido usar esa noche—. Cada año hay invitados
muy distinguidos, no veo por qué pueda ser especial este año.
Diana se sentía un poco decepcionada. Había esperado que Alessandro la
hubiera buscado, pero en esos cuatro años, no había tenido noticias de él.
Freya había cumplido su promesa y nunca más lo mencionó en sus correos o
mensajes. O se había distanciado de Pablo, o era demasiado fiel a su
promesa, pero, deseaba con todo su corazón saber de su amado.
—Me pondré este —mencionó Diana, señalando un hermoso vestido
negro con un profundo escote en la espalda. Se había escandalizado cuando
Freya se lo mandó, pero la tarjeta decía que lo usara en una ocasión especial.
Esa podía ser una.
—Es hermoso. Se te verá muy bien, como todo lo que te pones —repuso
la mujer, con una sonrisa cariñosa. Diana asintió y empezó a vestirse. Faltaba
menos de dos horas para que empezara el evento.
Ambas mujeres llegaron al lugar del brazo de David. El hombre caminaba
con el mentón elevado, fingiendo ser todo un honorable caballero y, con una
simpática sonrisa. Era una cata de vinos, así que todos ahí se veían muy
elegantes.
No tardaron en encontrarse con sus demás compañeros y algunos de sus
profesores, con los cuales entablaron una interesante conversación sobre los
diferentes vinos que habían estudiado y probado a lo largo de su vida o
carrera.
Aunque la mayoría de los presentes ya tenían cierto nivel de conocimiento
sobre el tema, los había también sin ellos, como la novia de uno de sus
colegas. La joven miraba todo, con tanta curiosidad, que enterneció a Diana.
Parecía querer captar todo lo posible para enorgullecer a su novio, pero, al
parecer, aún tenía dudas. Ni siquiera sabía cómo tomar la copa correctamente,
lo que le dio una pista de su humilde origen.
—Permíteme enseñarte unos trucos —se ofreció Diana. La joven, quien
intentaba ser lo más educada posible, asintió enseguida—. Ven —la llamó.
Le había estado explicando, paso por paso, las tres formas de catar un
vino, tal como lo había hecho Alessandro años atrás. Sí, nunca lo olvidó y,
cada vez que lo mencionaba, indefectiblemente lo recordaba a él.
En ese momento le dio la copa a la joven, quien imitó la forma de tomarla
con la mano, tal y como se lo había enseñado Diana. La inclinó levemente y
sonrió.
—¡Muy bien! —la felicitó Diana —Esto es… —empezó a decir,
esperando que la joven continuara la frase que le había dicho al iniciar la
explicación, pero ésta se quedó callada por algún motivo.
—Beber el vino con los ojos. —Oyó Diana a sus espaldas. Se quedó
congelada, petrificada, al reconocer a quién pertenecía esa voz. Sus labios
empezaron a temblar de inmediato, al igual que sus manos y todo su cuerpo,
lo que impidió que pudiera seguir sosteniendo su copa.
Al oír el sonido del vidrio contra el piso, sus amigos se voltearon a verla.
Ella se giró, muy lentamente, y sintió cómo las lágrimas empezaron a caer,
tibias, por su rostro. Lo vio. Estaba frente a ella y estaba segura de que no
había bebido mucho como para imaginarlo. Salió corriendo de ahí, como
pudo, por sus piernas temblorosas, dejando a todos muy preocupados. Ella no
esperaba verlo así de repente. No sabía cómo decirle todo lo que guardó por
años.
—¡Diana, Diana! —exclamaba Alessandro mientras corría tras ella.
Al salir afuera, miró a todos lados, con el corazón latiendo de manera
descontrolada. Cuando la vio, con la espalda apoyada por la pared, suspiró
aliviado.
Al verlo de nuevo, ella sintió que todo le dio vueltas y se desvaneció,
como si hubiera visto un fantasma. Había practicado mil veces lo que le diría
si lo volviera a ver, pero esta fue una total sorpresa. Él la había alcanzado
justo a tiempo para que no cayera al suelo. También le sirvió de excusa para
abrazarla de nuevo, luego de tantos años. Enseguida oyó pasos a sus espaldas.
David se asustó al ver a su amiga desmayada y, supuso que Alessandro tenía
algo que ver.
—¿La conoce? —preguntó el recién llegado, quien, luego de mirarlo bien,
lo reconoció de varias entrevistas en las revistas más renombradas del mundo
de los vinos —Usted es… Alessandro Fiore ¡No lo puedo creer! —añadió
con una radiante sonrisa.
—Sí, la conozco de hace años. Ayúdeme a llevarla a esa mesa. Tal vez
necesite aire —pidió el hombre. David asintió de inmediato y se apresuró a
ayudarlo con las cosas de Diana. Alessandro la cargó en sus brazos y no pudo
evitar ese deseo de besarla, al tenerla tan cerca, aunque se contuvo.
Caminaron unos metros y la sentó en uno de los sillones que se había
dispuesto para los invitados, pero en el jardín. David moría de curiosidad por
saber de dónde se conocían, así que los acompañó por unos minutos.
—Diana nunca lo mencionó —soltó, como buen curioso. Por su mirada,
Alessandro supo que no lo dejaría tan fácil, pero sólo sonrió triste y acarició
el rostro de su bella durmiente.
—No me sorprende —respondió. Miró de nuevo a Diana y pensó por unos
segundos—. Nos habíamos distanciado antes de que ella viniera acá. Tal vez
por eso evitó mencionarme.
—Sí, puede ser —susurró. En ese momento los alcanzó Sandra y dos
compañeros más. Se habían quedado muy preocupados por Diana.
—¿Se hizo daño? ¿Ella estará bien? —preguntó su amiga, con el rostro
muy consternado. Alessandro la miró y asintió.
—Ella estará bien —aseguró. Era un invitado respetable, por lo que no
dudaron en dejarlos a solas, cuando él se los pidió—. Yo la cuidaré —añadió.
Uno a uno fueron alejándose de nuevo hacia el evento, dejándolos en total
soledad. Alessandro volvió a acariciarle el rostro con el dorso de sus dedos.
Se sentía tan bien, que luego lo hizo en su hombro y en sus manos.
Estaba sentado frente a ella, observando cada detalle de su angelical rostro
y cuidando de que no se lastimara con otra caída. La tenía sostenida de la
mano cuando por fin empezó a despertar. Ella abrió lentamente los ojos,
como si le resultaran muy pesados los párpados.
No había sido un sueño, ahí estaba él, mirándola con esos ojos que nunca
había podido olvidar. De sus ojos brotaron lágrimas a borbotones, mientras
que su corazón galopaba. Había esperado ese momento desde esa noche en
que se despidieron en la bodega. Su pecho subía y bajaba de manera violenta,
con cada sollozo. Ese llanto demostraba cuánto dolor sentía su dulce ángel.
—Pensé que me habías olvidado… —susurró, apenas audible. Sentía un
molesto dolor en la garganta, lo que le impedía hablar con normalidad. Aun
así, Alessandro la oyó perfectamente y negó con la cabeza.
—Nunca te olvidé, mi amor. —Le secó unas lágrimas de sus mejillas. Ella
ladeó la cabeza con el roce de su piel. —Yo te busqué un montón de veces,
pero siempre me conformé con verte feliz.
—¿Cómo piensas que podría ser feliz sin ti? —Ella estiró el brazo derecho
y le acarició el rostro también. —Hace años me dijiste que volviera a amar,
que probara otros brazos, otros labios… pero no pude. Mi corazón se negaba
a amar a otra persona como lo hizo contigo, lo siento.
—Yo le prometí a Bianca que te dejaría sanar, que no te buscaría hasta
que fuera el momento, pero no pude mantenerme alejado.
Diana lo miró extrañada.
—Tu noche de graduación de la preparatoria… —empezó a decir, luego
de un corto silencio.
—¡Sabía que no estaba alucinando! ¡Eras tú! —Se cubrió la boca con una
mano. El asintió.
—Fue la primera de las muchas veces que te visité sin que lo supieras.
Hasta bailamos juntos —dijo, con una sonrisa muy sexy. Diana parecía
buscar algo en su memoria, pero definitivamente, estaba feliz.
—Pensé que mi mente me estaba jugando una mala pasada, porque,
incluso olí tu perfume. Era tan imposible que estuvieras ahí… ¡Debí sacarme
antes la venda! —Se reprendió a sí misma.
—Nunca pude estar lejos de ti, Diana. Te amo demasiado, como para
resistir tanto tiempo sin esa hermosa sonrisa que tienes, o esa tierna y dulce
mirada… —Se paró y la invitó a hacerlo también. La rodeó con sus brazos
por la cintura y la apretó contra su cuerpo.
—Yo pensé en buscarte un millón de veces, pero tuve un motivo que me
detuvo. —Él frunció el ceño, aunque suponía lo que le iba a contar —Yo…
volví de Italia ese verano… embarazada de ti.
Alessandro la apretó nuevamente contra su cuerpo, como si adivinara que
ella lo necesitaba. Estaba hablándole de sus recuerdos más dolorosos.
—Lo sé y, también sé que no lo tuviste. —Ella se sorprendió mucho con
esa información —Me sentí fatal cuando Bianca me contó todo lo que
sucedió. Sentí que todo mi mundo se derrumbó. Yo quería ese bebé… y más
por ser tuyo.
Diana sintió nuevamente las lágrimas rodar por sus mejillas, pero esta vez,
él también estaba llorando. Jamás esperó que su madrastra fuera quien le
contara del bebé a Alessandro.
—Lo siento mucho, fui una tonta. No sabía cómo contártelo, no sabía
cómo lo tomarías. —Miró hacia arriba y pestañeó varias veces —Estaba muy
herida, dolida, confundida…
—Shh… Eso ya no importa, pero me hubiese puesto muy feliz de haber
sabido que iba a ser padre. Te hubiera buscado de inmediato, aunque le
declarara la guerra al mismísimo diablo. —La invitó a caminar por el jardín,
como lo hacían en la Florentina. Un corto silencio los invadió mientras se
alejaban del barullo del evento, pero Diana no podía dejar de llorar. Si tan
sólo le hubiese contado a tiempo.
—Te extrañé mucho… ¡No te imaginas cuánto! —exclamó Diana,
parándose frente a él. Había esperado ese momento por tanto tiempo. Volver
a tenerlo frente a sus ojos.
—En todo este tiempo que venía visitándote, no podía mostrarme, lo
siento, pero agradezco haberlo hecho. Aún podemos ser felices, mi amor.
Aún podemos formar una familia y vivir este amor que nos quema. Yo sigo
queriendo todo contigo.
Diana le acunó el rostro con ambas manos y acercó poco a poco sus labios
a los de él. Ya no podía aguantar esa agonía que la había torturado todos esos
años. Empezó como un beso suave y tierno, pero sus cuerpos no tardaron en
reaccionar a esa necesidad que tenían el uno del otro. Sus lenguas peleaban
en un apasionado beso, mientras las manos de Alessandro bajaban lentamente
por si desnuda espalda.
Ella gimió y se separó de él con la respiración agitada. Él pensó que ella se
había arrepentido, así que se disculpó por su arrebato. Ella negó rápidamente
con la cabeza.
—Vayamos a otro lugar… donde podamos continuar esta conversación —
susurró. Él sonrió complacido y asintió.
—Conozco el lugar perfecto —respondió, con una mirada perversa—.
Ven, sígueme.
En pocos minutos, llegaron a los viñedos del campus. Lo reconoció
porque había ido varias veces durante su curso. Era el lugar que le daba paz y
la llenaba de fuerza para continuar. Porque ese poder tienen los recuerdos, de
hacerte más fuerte para vencer las adversidades.
El lugar era inmenso y ambos sintieron como si estuvieran reviviendo
aquel verano en la Toscana. Se pusieron al tanto de sus vidas, con sus luces y
sombras. Diana no pudo creer lo que había sucedido con la loca de Paola,
aunque Alessandro evitó contarle que había sido la causante de la muerte de
su bebé. La vio muy recuperada, para abrir de nuevo una herida que había
tardado tanto en sanar. También le advirtió que, tal vez, en poco tiempo,
recibiría la invitación a una boda en Italia. La de sus amigos, Pablo y Freya.
Hablaron de tantas cosas, que ni siquiera se percataron de que la noche
estaba muy avanzada. Las estrellas brillaban de una manera especial en ese
lugar y, la brisa fresca traía una mezcla de aromas y los envolvía con su
magia.
Ella se detuvo y lo abrazó, en lo que pensó debía ser el centro del viñedo.
Sus labios parecían dos imanes. Él no tardó en compensarla con más que sólo
un beso, por lo que le recorrió el hombro y el cuello a besos, mientras bajaba
la cremallera de su vestido. A su alrededor no había más que quietud y un
dulce aroma a vid. Ella se sentía nerviosa como una novata, pero, le decía con
todo su ser, que deseaba eso que pronosticaban sus caricias.
—¿Estás seguro de que nadie nos descubrirá? —preguntó ella, mientras le
desabotonaba la camisa. Él se apresuró en negarlo —A todo esto… ¿Cómo
conoces este lugar?
—¿Por qué crees que te recomendé este lugar? —Sonrió de costado y, ella
lo miró con cariño —Hace años que colaboro con el Instituto. Por eso venía
cada mes.
Diana sonrió con la mirada gacha y continuó hasta dejarlo con el torso
desnudo.
Ambos empezaron a bailar muy lentamente, abrazados y sin nadie que los
interrumpiera, durante unos buenos minutos. El contacto era inevitable, como
lo que iba a suceder después. Bajaron lentamente, hasta quedar recostados en
el suelo. Ella lo había extrañado en todos los sentidos y no dudó en
demostrárselo. Sabía que no era sólo sus cuerpos los que se unían en ese acto
de amor, sino que sus almas se volvían una sola mientras se amaban.
Él le subió la falda del vestido y le bajó las bragas con delicadeza. Le
acarició la piel de los muslos, como si quisiera recordar la suavidad de su
piel, lento y sin prisa, mientras apresaba sus labios y bajaba por su cuello.
Subió nuevamente la mano, hasta llegar su zona íntima, iniciando unos
delirantes movimientos de dedos en su interior. Al sentirla lista para recibirlo,
él le abrió las piernas para colocarse entre ellas. Se bajó el pantalón y sin
poder contenerse más, se introdujo por completo en su interior.
Ella gimió muy fuerte al sentirlo de nuevo dentro suyo. Menos mal y nadie
podía oírlos. Había olvidado el dolor que sintió esa primera vez, porque este
era muy parecido. Se miraron por unos segundos, en total quietud, pero ella
asintió para que continuara.
Sus cuerpos se mecían con pasión, cubiertos de sudor, absortos por el
incontrolable deseo que los tuvo cautivos por años. Se miraban con los ojos
llorosos, llenándola él de besos por todo su rostro. El vaivén de caderas sobre
ese delicado cuerpo era toda una majestuosa obra de arte, adornada por los
arañazos que ella le dejó en la espalda, en medio de tanta pasión.
Ella lo recibía extasiada una y otra vez, con movimientos firmes y
profundos. Él saboreaba sus pechos como si de ello dependiera su vida, para
luego subir nuevamente por su cuello hasta llegar a sus labios. Poco a poco
fue aumentando esa presión que ejercía la vagina de Diana sobre su miembro,
llegando a su culmen, en un maravilloso clímax. Sus cuerpos exhaustos
cayeron rendidos uno sobre el otro, apoyando Alessandro su cabeza sobre el
agitado pecho de Diana.
—Te amo... como la primera vez —susurró agitado, uniendo sus labios a
los de ella nuevamente. La miró con total amor, recorriendo cada detalle de
su rostro. Ella le acarició el rostro con la yema de sus dedos. —Mi corazón
está loco por ti…
—Yo nunca pude conseguir que mi corazón latiera, de la forma en que lo
hace cuando estoy contigo. No dejé de amarte ni un día, ni un segundo desde
que te conocí. Ni siquiera en mis días más oscuros. Siempre soñé con este
momento… Te amo tanto, que no perdí las esperanzas de que nuestros
caminos se volvieran a unir.
Se quedaron acostados, en medio de las plantas de vid, observando sus
hojas moverse con la suave brisa que se colaba entre las hileras. Las estrellas
parecían festejar con ellos su amor, fulgurantes como nunca, o tal vez era que
estaban predispuestos a ver todo más bello cuando estaban juntos. Alessandro
le acariciaba con ternura el hombro y el brazo, mientras ella dibujaba círculos
en su pecho, donde luego depositó suaves y dulces besos.
Alessandro buscó algo en el bolsillo de su pantalón y, cuando lo tuvo entre
sus manos, le pidió a Diana que se sentara. Ella lo miró con curiosidad, pero
no imaginó lo que iba a hacer ese hombre que la tenía de la mano.
—Diana, el destino nos separó una vez y lo acepté, con mucho dolor,
porque quería lo mejor para ti —La mirada de ella estaba llena de amor,
incluso algo llorosa —, pero ya no quiero despertar solo, quiero que lo
primero que vea en las mañanas, sean tus ojos, tu sonrisa, tu blanca piel…
Diana sintió que su corazón iba a salirle por la boca en cualquier
momento. Todo lo que él le decía era lo que siempre había soñado oír de sus
labios, lo que siempre había querido hacer. El destino los había separado una
vez, pero ahora era una mujer adulta y ya no iba a dejar que eso se repitiera.
Si debía enfrentarse al mundo por estar a su lado, lo haría, pero ya no
desaprovecharía esa segunda oportunidad que tenía de ser feliz.
—Yo también deseo despertar así, rodeada por tus brazos, sintiendo tu
corazón contra mi piel, tu sonrisa haciéndome cosquillas en el cuello…
Quiero todo contigo, mi amor.
Él abrió el puño y dejó a la vista un brillante anillo de compromiso. Era un
hermoso solitario, el cual no tardó en deslizar lo por su dedo anular.
—Diana ¿Quieres… ser mi esposa? —preguntó arrodillándose frente a
ella. La emocionada joven intentaba subirse los tirantes con la mano libre,
pero enseguida empezó a llorar y asentir sin poder pronunciar palabra.
—Sí, quiero. ¡Por supuesto que quiero! —exclamó con emoción,
mirándolo directo a los ojos —No hay nada en este mundo que quiera más
que pasar el resto de mi vida contigo, mi amor.
—Esto me convierte en el hombre más feliz del mundo, Didi —La besó
nuevamente—. Gracias por eso, futura señora Fiore. Gracias por haber ido a
ese viaje, gracias por haber sido valiente, por haberte arriesgado a amar a este
hombre roto… Definitivamente, ese fue y será siempre, un viaje inolvidable.
Epílogo
El pequeño Simón correteaba por el jardín que llevaba a los viñedos,
seguido por su tía Rachelle. El niño, de apenas un año, acababa de aprender a
caminar hacía unos días y, ya tenía agotados a sus abuelos maternos.
Era el vivo retrato de su madre, con esa piel blanca, pelo oscuro y los ojos
celestes y, lograba hasta lo imposible con su encantadora sonrisa. Al llegar a
la glorieta que habían dispuesto para la boda de sus padres, se apresuró a
buscar asilo en los brazos de su orgullosa abuela, Bianca.
El alboroto aumentó, al unírsele una pequeña pelirroja con dos trenzas,
una a cada lado, a quien llamaban Giselle. Había perdido uno de sus zapatos,
pero eso no le importó. Ella se cayó, al perder el equilibrio, y fue rescatada
por su embobado padre, Pablo. Éste la llenó de besos para consolarla.
Diana había quedado embarazada, en ese inesperado reencuentro con el
amor de su vida en Napa Valley, pero decidieron esperar a que su pequeño
hijo naciera, antes de pasar por el altar. Esta vez, Alessandro la llevó con él a
la Florentina, sin siquiera consultarlo con Bianca ni Jackson. Quería hacer
bien las cosas y ella ya era toda una mujer, no la joven que le había entregado
su primer amor.
Ryan y Madison no podían faltar a tan importante acontecimiento, al cual
acudieron con sus respectivas parejas. El joven abogado Lucía orgulloso del
brazo de una llamativa mujer que parecía unos años mayor, pero que podría
ser la envidia de muchas jovencitas. Madison, sin embargo, había elegido a
alguien más acorde a su edad, un chico que había conocido en su universidad
y que parecía disfrutar de su compañía. Ninguno de los dos amigos de Diana
había tenido hijos aún y, parecían contentos tal y como estaban.
Los que sí decidieron formar familia fueron David y Sandra, quienes
trabajaban en un prestigioso restaurante en Londres y esperaban su primer
hijo para Navidad. Aun así, con una abultada panza y todo, la hermosa mujer
admiraba el lugar, del brazo de su esposo. No se perderían por nada la boda
de su mejor amiga.
— Te ves hermosa, Didi —admitió Freya, alejándose un poco de su
amiga. Sostenía para ella, su hermoso ramo de azahares, rosas blancas y los
diminutos lirios del valle.
La novia se preparaba en la misma habitación que había usado aquel
verano inolvidable. No podía dejar que su futuro esposo la viera antes de la
boda.
— ¿Tú lo crees? —preguntó emocionada, mirándose una vez más en el
espejo. Acarició la parte superior de su vestido y admiró lo bello que se le
veía. Era en color marfil y de encaje.
— ¡Por supuesto que lo creo! Es Dolce & Gabbana —dijo la modelo,
enfatizando el nombre de la marca. Sonrió con picardía y levantó una ceja.
Madison las interrumpió, luego de tocar la puerta.
— ¡Oh, por Dios, Didi! ¡Luces como una verdadera novia! —La recién
llegada sintió que las lágrimas ya le escocían los ojos. Sabía cuánto había
pasado, para que su amiga estuviese ese día ahí, radiante de felicidad y a
punto de unir su vida con el hombre que le enseñó lo que era el amor.
— Me alegra oír eso, porque soy una verdadera novia. —Las tres amigas
rieron y colocaron a la novia un detalle más, la delicada diadema de flores
naturales. Se miró al espejo y suspiró emocionada.
Diana levantó un poco el vestido y Madison pudo notar que llevaba unos
hermosos zapatos azules, entonces guardó el pasador decorado con
imitaciones de zafiro, que había llevado por si acaso.
El momento había llegado y lo supieron porque Rachelle atropelló la
puerta, mientras su padre intentaba contener una risa detrás de ella. Esa joven
nunca cambiaría su forma de aparecer.
— No vas a llegar tarde a tu propia boda, Didi, ¿o sí? Ten compasión del
pobre Alessandro —reclamó Rachelle. Tenía dieciséis años, pero seguía
siendo una joven muy enérgica y acelerada, iluminando todo a su paso.
A pesar de la resistencia de Bianca, habían accedido a llevar al «amigo
especial» de la joven para la boda. Todo lo que había sucedido con Diana, no
sólo le sirvió de lección a ella, sino a toda su familia. Bianca se había
ablandado más con sus estrictas formas de enseñanza y cuidado, Jackson
pasaba más tiempo con su familia y, Rachelle había aprendido a ser firme en
sus decisiones. Por eso, ya había empezado a investigar sobre universidades y
carreras, a pesar de que aún le faltaban unos años para terminar la
preparatoria.
— ¿Lista, hija? —preguntó el orgulloso padre de la novia. Colocó su
brazo como para que ella lo tomara y Diana asintió.
— Desde hace siete años, papá —En ese momento recordó las tantas
veces que se imaginó a sí misma caminando hacia el altar para encontrarse
con su amado y, no pudo evitar que una lágrima cayera.
— Tu maquillaje —le recordó Rachelle, señalándole con un dedo y luego
rieron, porque en realidad, casi no lo llevaba, más que un poco de delineado
en el párpado superior y un poco de labial malva.
Jackson carraspeó un poco y las demás damas lo entendieron.
— Mejor nos adelantamos, ¿no lo creen? —sugirió Madison. Las otras dos
asintieron y salieron de inmediato para el jardín.
— Te esperamos afuera —anunció Freya y se retiró última. Diana esbozó
un «gracias» con los labios y miró a su padre.
— Sé que, en un momento como este, hubieses deseado tener a tu madre
—Diana sintió un estrujón en el estómago. La había necesitado en más
ocasiones de las que pudo contar, pero siempre quiso pensar que, aunque sea
en espíritu, estuvo con ella.
Jackson le pasó un hermoso broche dorado, el cual tenía algo grabado en
la superficie y un borde de cristales brillantes. Era, en realidad, un relicario y
adentro tenía una foto de su madre. Diana lo miró por un rato, reconociendo
el objeto como uno que siempre había admirado en el pecho de su madre. Tal
vez ella también la usaba para recordar a la suya.
— Ay, papá… ¡No sabes cuánto significa esto para mí! —Se abalanzó
hacia él y lo rodeó con sus brazos.
— Perdóname por no haber sido un mejor padre para ti —susurró, al borde
de las lágrimas. Ella se separó un poco y negó.
No la había protegido cuando debió hacerlo, aunque Diana sabía que fue
por desconocimiento y desatención. Por eso, cuando Alessandro la llevó a la
Florentina, sólo le pidió que la amara con todo su corazón.
— Siempre lo fuiste, papá —Se limpió las lágrimas con cuidado y ambos
sonrieron —Y ahora vamos, que Ale debe estar pensando que me arrepentí.

Afuera, los invitados esperaban en el lugar que se había dispuesto para la


ceremonia. No podía ser en otra época, más que en verano, con los viñedos
ya preparados para la próxima vendimia y, no podía ser en otro lugar, sino el
que vio nacer el amor entre esos dos seres, que tuvieron que pasar por
muchas tormentas, para poder ver el sol.
Una banda de músicos inició la marcha nupcial y todos se giraron a mirar
al cortejo de la novia, incluido el enamorado novio. Rachelle era la encargada
de que esos dos pequeñitos, con pasos lentos y erráticos, no tiraran los
anillos, por lo que no les quitaba los ojos de encima.
Jackson estaba totalmente emocionado, y no pudo evitar emocionarse al
entregar a su hija al que sería su esposo. Éste tenía los ojos llorosos y una
sonrisa orgullosa. Tomó la mano de su dulce ángel y la besó, para luego
adelantarse al último paso de la ceremonia. Sin poder contener la emoción
que sentía en ese momento, la tomó de la cintura y la pegó a su cuerpo, para
darle un beso de verdad.
— Ejem… —dijo el sacerdote, interrumpiendo su arrebato —Eso venía
después. Ahora… ¿podemos iniciar? —Todos los presentes rieron, pero los
novios sólo se dedicaron miradas cómplices y cargadas de ansiedad.
— Estamos listos, padre —mencionó Diana, algo avergonzada. Miró al
pequeño Simón, quien empezaba a balbucear sus primeras palabras y parecía
querer participar activamente en la boda de sus padres, desde los brazos de su
abuela.
— No se preocupen. Haré la versión corta —bromeó el celebrante y todos
volvieron a reír.
La brisa movía las ramas de los naranjos y éstos les regalaron su momento
especial a los novios. Miles de pétalos de azahar caían como lluvia de abril,
trayendo para ellos, de vuelta, sus mejores recuerdos. Ella miró a todos una
vez que se dieron el sí y se sintió inmensamente feliz.
Vio a Bianca haciéndole caras a su pequeño, a Ryan acariciando la pierna
de su prometida y pensó si estarían haciendo lo mismo de haber seguido su
plan. Imaginó que, tal vez, ni siquiera hubieran tenido un hijo y que estarían
tan ocupados con sus profesiones, o que, incluso, nunca los tendrían. Puede
que haya tomado el camino errado, según el plan, pero, ese fue el camino que
la llevó a la felicidad.
Estaría inmersa en una pila de papeles y casos, como su madrastra en el
pasado, y no sería la dueña de un coqueto y próspero restaurante en el
corazón de la ciudad de Florencia, en Italia, ni estaría rodeada de toda esa
maravillosa vista cada día. Cuando terminó su recorrido, se perdió de nuevo
en esa intensa mirada azul, que deseaba ver para siempre.

...

Diana entrecerró los ojos, con curiosidad, al ver que Bianca no quitaba la
mirada a Rachelle. Ésta miraba con insistencia hacia unos invitados que ella
no reconoció, pero asumió eran amigos de Alessandro. No entendía por qué
parecía inquieta porque ese chico tan apuesto mirara a su hermanita.
Al saberse descubierta, Bianca se acercó a Diana, con el bebé en brazos,
mientras que Alessandro hablaba con Pablo y Freya, a unos metros de ellas.
— Te noto algo tensa —mencionó Diana, cargando al pequeño Simón en
sus brazos. Bianca meneó la cabeza, sin cambiar el rostro preocupado.
— ¿Conoces a esas personas? —preguntó Bianca, señalándole con la
mirada el grupo de hombres desconocidos para la novia. Diana negó
enseguida —Lo supuse.
— ¿Quiénes son? Pensé que eran amigos de Alessandro. —Está vez fue
Bianca la que negó con la cabeza.
— El hombre de camisa negra es Giorgio, un amigo de juventud. —Diana
la miró con los ojos muy abiertos. Su expresión le dio a entender a Bianca,
que sospechaba que era su amor de juventud, porque se apresuró en sacarla
de esa confusión. —Oh, no, no. No es el padre de mi bebé muerto. —
Terminó la frase en un susurro y miró por si alguien la hubiese oído.
— ¿Entonces? —preguntó Diana, notando qué un apuesto joven no sacaba
la vista de Rachelle.
— Es el chico que devora con la mirada a tu hermana el que me
preocupa… —Diana no lo entendió y Bianca se lo aclaró enseguida. —Es el
vivo retrato de su padre. —La joven la miró aún más curiosa —Ese chico
hubiese hermano de mi bebé. No tengo dudas de quién es hijo y… no quiero
que Rachelle tenga nada que ver con él.
— ¿Por tu pasado con su padre? —preguntó Diana. Bianca hizo un mohín.
— Por eso, y por muchas cosas más… —Por supuesto, Bianca no se
arriesgaría a que su pequeña se enamorara de alguien de esa familia. No con
alguien que le recordaría a su amor de juventud, alguien que podría romperle
el corazón, como lo hicieron con ella en el pasado y, alguien cuya familia
tenía lazos muy oscuros, con gente muy poderosa y peligrosa.
— No creo que sea algo que deba preocuparnos. Rachelle está con
Tommy. —Diana reconsideró sus palabras al ver que su hermana le sonreía
de manera especial al hermoso joven de piel tostada y ojos verdes como el
prado en primavera.
— ¡Ay, por favor, Diana! ¿Crees que de verdad le gusta ese chico? —
Retrocedió un poco su torso y rio irónica —Lo hace sólo por molestarme. Es
por eso que cambié de actitud y le di libertad de salir con él. Mientras más lo
prohíba… —Diana sonrió de costado y levantó una ceja.
— Ahí tienes la solución. Tú misma la encontraste… —respondió Diana.
— ¿Y si me equivoco? ¿Y si ella sale lastimada?
— Pues nos tendrá a nosotros para ayudarla a sanar ¿No? —Diana tomó la
mano de su madrastra y la apretó —Tiene suficientes ejemplos de mujeres
fuertes en la familia. Estoy segura de que ella no será diferente. Ella es más
astuta que muchos, sabrá escoger el camino correcto.
— Eso espero… —susurró Bianca. Alessandro llegó junto a ellas y tomó
al pequeño Simón con uno de sus brazos, mientras que con el otro rodeó a
Diana por la cintura.
— Desde lejos parecían dos conspiradoras planeando algo muy perverso
—dijo Alessandro, frunciendo la nariz. Bianca puso los ojos en blanco y
Diana lo besó en los labios y negó levemente con la cabeza.
— Hablábamos de la felicidad. —Lo miró con los ojos brillosos. Bianca se
despidió de ellos, suponiendo que querían un momento a solas.
— ¿Y al fin la encontraste? —preguntó con picardía. Ella lo volvió a
besar. El pequeño Simón acariciaba el rostro de su madre cada vez que
besaba a su padre. Ella miró a su alrededor, para quedarse mirando
nuevamente hacia sus dos amores.
— La tengo frente a mí.

Fin
Agradecimientos
Quiero agradecer de manera especial a Las bichas, por haberme animado a
escribir esta historia para el NaNoWriMo y por enseñarme cada día a mejorar
en esto que amo tanto. Ellas saben quiénes son y lo mucho que las quiero.
También a mis queridos lectores, por darme siempre palabras de aliento y
apoyarme en cada uno de mis proyectos. Sin ustedes, esto no hubiera sido
posible.

Si les gustó el libro, les agradecería, de todo corazón, una valoración. Lo


escribí con muchísimo cariño para ustedes, pero sé que siempre se puede
mejorar. Hasta la próxima, porque este es solo la primera de muchas
historias.

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