Desidia
Ramón Gil
Quizá sea hoy mi último día sobre la faz de la tierra y gran parte de ello es por mi culpa.
Pude sólo estar condenado a una muerte, pero con el deseo de burlar un destino que
consideraba invariable, me aseguré una segunda. Todo hubiera sido tan simple si hubiese
esperado, si me hubiese dejado ganar por mi eterna desidia. Pero no, esta vez tenía que
ser diferente. No podía dejar que la vida me dictara su última voluntad. Por eso consideré
indigno de mí que el destino o ese terrible azar que los creyentes llaman “Dios”, me
impusieran su voluntad. Desde que el doctor me dijera lo de la enfermedad, apenas pude
articular, ¿Está usted seguro, doctor? —Sí, —fue su escueta contestación. Nunca había
sentido nada y no era más que un examen de rutina. —¿Cuánto tiempo más calcula usted
que me queda? —No más de un mes… si nos atenemos a los exámenes. Me despedí del
doctor, pero me prometí burlar la muerte a mi manera. Ningún destino decidiría por mí. Yo
era el dueño absoluto de mi vida y la podía dejar en cuanto quisiera. Decidí suicidarme ese
día. Fui directo a la veterinaria y compré el veneno más letal que tenían. Llegué a casa y
preparé un café fuerte como siempre lo he tomado. Eché la mitad del veneno y lo moví. Y
entonces, en cuanto hube terminado de prepararlo, sucedió. Fue un ataque terrible de
desidia y mi mano se negó a levantar la taza. Hice acopio de toda mi voluntad; miré la
bebida caliente, aromática y di la orden de nuevo. Mi mano se negó otra vez. Me levanté,
entonces, y traté de tomar la taza desde esta posición. Inútil, también. En ese momento
supe que nunca podría tomar esa taza con mis manos. Pero había otras soluciones. Esa
noche me acosté calmado a pesar de este primer fracaso y soñé distintas formas de
suicidarme. La que consideré más adecuada fue cortarme las venas sumergido en una
bañera. Tal como lo había pensado, coloqué la navaja a poca distancia de mi brazo y
cuando ya me sentía listo para cumplir con mi cometido, la tomé y acerqué a la muñeca
derecha. La navaja se detuvo a cinco o seis pulgadas y por más que traté, mis manos, que
rara vez se negaban a obedecerme, lo hicieron por segunda vez en apenas dos días.
Estaba a punto de darme por vencido cuando se me ocurrió contratar a un asesino. Revisé
mis ahorros. Tenía suficiente, pensé y luego con buen humor y gran ánimo, me interné en
los barrios de los bajos fondos donde por doscientos pesos hasta un niño te apuñala.
Quería una muerte limpia y que nadie sospechara que había burlado una primera muerte
contratando una segunda. Así todo dependería de mí y sólo de mí. Me burlaría del azar.
Pero aunque anduve todo el día, sólo pude conseguir un mísero número de teléfono.
“Quiero ver a un asesino”, había ido pregonando por los barrios. La gente me tomaba por
loco y nadie hacía caso de mi pedido. Así pasé todo el día encontrando apenas a uno que
se apiadó de mí y por trescientos pesos consintió en darme el número. Aunque venía
cansado, levanté el auricular para llamar a mi liberador y sin darme cuenta siquiera, mis
dedos atacados de desidia, se negaron a marcar. Entendí, entonces, que no había nada
que hacer y que tenía que esperar. Me duché, me acosté y dormí con la paz del que tiene
su conciencia limpia y no debe nada a nadie. Al día siguiente, probé mis dedos y ya no se
negaron. El teléfono timbró más de cinco veces del otro lado, pero nadie lo levantó. Lo
intenté de nuevo. Esta vez, a la tercera, alguien lo tomó. Era una voz ronca pero agradable.
Incluso se sentía amable y de persona bien educada. Me preguntó qué quería. Le expliqué
todo. La voz no me interrumpió ni una sola vez. Cuando terminé y para asegurarse de que
no fuera una broma me pidió que hiciera dos depósitos, uno para iniciar el contrato y el otro
para cuando terminara. Era caro, me dijo, pero garantizaba su trabajo. Me alegró esto y ese
día hice todo como me lo había pedido. Desde ese momento, me poseyó una especie de
hiperactividad y todo lo veía desde una óptica superior, diferente. Me sentía dueño de mí y
mejor que esto, de mi destino. Había burlado la voluntad de los hados. Ahora yo era un
dios. La voz había prometido que haría su trabajo en los próximos siete días, así que no
sabía con qué tiempo contaba. Quizás fuesen horas solamente y esto, no sé por qué, me
hacía feliz. Empecé a ver todo lo que me rodeaba como si lo estuviera fotografiando,
entonces vi a un perro abandonado y hambriento y sentí pena por él, vi a una mujer
extremadamente bella que miraba a los hombres como desde un trono, vi a un hombre
rebajado a la indignidad de pedir, vi la vanidad, la prisa y el orgullo y vi que todo esto era yo,
y lloré por mí, por el perro, por el hombre y por la mujer. Entonces entendí que mi decisión
de algún modo me estaba humanizando y todo aparecía ante mis ojos con increíble
claridad. Llegué a la casa, exhausto y pleno. Me sentía lleno de la vida, pletórico de gozo y
cada segundo me despedía de algo. Los siguientes dos días fueron iguales y hasta temía
que podía reventar de la emoción. Una noche me dediqué a escuchar los sonidos más
tenues, aquellos en los que nunca había reparado y por primera vez pude escuchar la labor
paciente de la termita en la madera y me asombré a medianoche porque escuché mi propio
latido del corazón y el fluir de la sangre por mis venas y supe como si lo hubiera descubierto
en ese momento que estaba vivo. Me levanté, encendí la luz y fui hasta un espejo. Ese
rostro barbudo y de mirada profunda era yo y ese reconocimiento de mí, es la felicidad más
grande que he experimentado en mi vida hasta hoy. “Estoy vivo”, dije en voz alta “¿Dónde
estaba que nunca lo percibí?” y agradecí a la muerte porque me despertaba a la vida y tanto
me gustaba esta sensación que comencé a experimentar nuevos sabores y salaba la carne
o comía sin sal y cada cosa que hacía era sencillamente maravillosa porque era la última y
yo lo sabía. Pero esta felicidad era extrema y sentía que estaba durando demasiado.
Esperaba que la voz cumpliera lo prometido, cuando sonó el teléfono. Era de mañana y la
secretaria me urgía a presentarme ante el médico. Sonaba alegre y yo entendí que quería
regalarme un poco de alegría porque me suponía triste. Me presenté al consultorio. En
cuanto la secretaria me vio, me hizo pasar. El médico me esperaba alegre y nervioso. Me
pidió que me sentara y empezó a hablar. Entonces me dio la noticia y me habló del error al
tiempo que se disculpaba. Mis manos y esos dedos que a veces eran atacados por fuerte
dosis de desidia, volaron hasta su cuello, pero no conforme lo abofeteé y luego empecé a
pegarle con el puño. El doctor empezó a gritar y a sus gritos vinieron la secretaria, unos
pacientes que ese día se iban a consultar y dos doctores. El médico, en los límites que
impone el pánico, no podía entender mi reacción, pero había malogrado miserablemente mi
felicidad. Mi alegría de antes se convirtió en terror. A cada paso que daba, miraba a todos
lados. La muerte se me hizo presente más que nunca y cada ojo que me miraba, cada
conversación susurrada entre dos, me parecía una conspiración para exterminarme.
Entonces como nunca, traté de aferrarme a lo [Link]é a casa y marqué el número
del que dependía mi destino. Quería suspender mi ejecución. Me nacieron, de repente,
unas ganas locas de vivir, de perder el tiempo en nada, de ser uno más entre la multitud, un
desconocido, un ente ignorado por todos y quise ser gusano, caracol u hormiga. Marqué y
el teléfono sonó como la ocasión anterior una vez, dos, cinco veces. Lo intenté y lo intenté,
pero nadie lo tomó. Me pasé el resto del día marcando y marcando. Por la noche, a pesar
de lo terrible del momento, se apoderó de mí una calma y supe lo que debía hacer:
escaparía, me iría bien lejos y me olvidaría del dinero. Siempre podía comenzar de nuevo y
para ello sólo necesitaba la vida, una vida que yo había condenado y que ahora se me
escapaba a cada segundo en forma de bala, soga o cuchillo. Me preparé para escapar. Si
lograba burlar a mi asesino por el día de hoy, él habría incumplido su contrato y esto lo
obligaría a reconsiderar una contrapropuesta, me imaginaba yo. Y fue entonces cuando lo
supe, con una certeza que me habría gustado tener en circunstancias más agraciadas de la
vida, supe que no podría escapar, supe que este ataque de desidia de ahora era definitivo y
que cuando se presentara el asesino, no podría mover ni un músculo de mi cuerpo para
defenderme.
RAMON GIL BIOGRAFÍA
Nació en Santiago de Los Caballeros, República Dominicana, en 1969. Es coordinador del
Taller de Narradores de Santiago. Su poemario Poemas obsoletos. Obtuvo una mención de
honor en concurso Eugenio Dechamps 2006, de la biblioteca Alianza Cibaeña de Santiago.
En el 2007 su escrito Desidia ganó mención de honor en el concurso de cuentos Juan
Bosch de la Fundación Global Democracia y Desarrollo, FUNGLODE En el 2008, con el
cuento Movimiento Elemental, obtuvo el segundo lugar en el décimo quinto Concurso de
Cuentos de Radio Santa María en La Vega. En julio de 2008 fue reconocido como “Joven
Intelectual 2008” por el taller literario Virgilio Díaz Grullón de la Universidad Autónoma de
Santo Domingo (UASD-CURSA). RAMÓN GIL 236 En Sosúa, ciudad donde vive al norte del
país, es co-fundador de “Los Jueves Literarios”. Trabajos suyos han sido publicados en el
periódico “La Información” de Santiago y en la revista “Cuadernos de Ataecina” del Centro
Cultural Unión Extremeña de Terrassa, Barcelona. Ha publicado el libro Cuentos terrenales,
en marzo de 2008 y Desidia, en noviembre de 2008. También es autor de la novela Los
cazadores de nubes, 2009, finalista del Premio de Novela Infantil de la Editorial SM.
Titulo:Desidia
Autor:Ramon Gil (copien un chin de biografia aqui)
Genero:Relato/cuento
Año de publicación:2008
Argumento:(aqui busquen un resumen del cuento y lo copian)
Personajes:El protagonista , el doctor , la secretaria , los otros pacientes , el asesino
Tipo de narrador:primera persona
Espacio:no se sabe
Organización secuencial: Lineal
Intertextualidad:no tiene
Código apreciativo: desesperación , tristeza , rebeldía
Registro del habla: informal
Marco histórico: no se sabe
Palabras desconocidas:Atonía , Desidia
Figuras literarias: Personificación , metáfora , hipérbole , ironía