El Amor: Un Misterio Humano Profundo
El Amor: Un Misterio Humano Profundo
Introducción
El amor es un concepto que la humanidad a lo largo de su existencia la ha cautivado, ha
tratado de comprenderlo, ha dado diferentes posturas en diferentes épocas a lo largo de la historia.
Todo ser humano ha sido o será sujeto del amor por el mismo hecho de que no puede estar solo,
necesita de las demás personas, para satisfacer sus necesidades físicas, psicológicas y
espirituales; la soledad deprime al hombre aunque sea adictiva en cierto punto. Pero el amor no es
solo necesitar, si nos centráramos en solo ese aspecto lo que estaríamos experimentando sería
cualquier cosa menos amor .Entonces ¿Qué es el amor? ¿Acaso es un sentimiento?, ¿Es una
pulsión?, ¿Es una acción?
Pero cabe aclarar lo siguiente: “Dios es amor”, claro está, el tierno cariño que Dios siente
por los seres humanos es una garantía de que todas las promesas que les ha hecho se cumplirán
al pie de la letra, el amor de Dios es un amor especial en el sentido de que primero nos ama
porque él nos creó y en segundo lugar, porque tiene un lazo especial con el ser humano, tiene un
amor dádiva puramente desinteresado, Dios no necesita nada de nosotros, pero así mismo se
encarnó y murió en una cruz por todos nuestros pecados.
Dios es amor, pero no hay que confundirnos y tergiversar esta proposición, llegando a la
conclusión de que entonces también “Todo amor es Dios” y aquí cito a Denis de Rougemont:”El
amor empieza a ser un demonio en el momento en que empieza a ser un dios”.
Rougemont lo que ha tratado de decir es que todo amor humano, en su punto culminante,
tiene la exigencia para sí la autoridad; su voz tiende a sonar como si fuese el mismo Dios, nos
convence de que no consideremos lo que cuesta conseguir ese afecto, nos pide un compromiso
absoluto, pretende atropellar cualquier otra exigencia y sostiene que cualquier acción sinceramente
realizada “Por amor” es legítima e incluso meritoria. Que el amor sensual y el amor a la patria
puedan realmente llegar a «convertirse en dioses» es algo generalmente admitido; y con el afecto
familiar también puede ocurrir lo mismo; y, de distinto modo, también puede suceder con la
amistad. Ahora bien, hay que advertir que los amores naturales proponen esta blasfema exigencia
cuando están, según su condición natural, en su mejor momento, y no cuando están en el peor, es
decir, cuando son lo que nuestros abuelos llamaban amores «puros» o «nobles». Esto es evidente
sobre todo en la esfera erótica. Una pasión fiel y auténticamente abnegada habla como si fuera la
misma voz de Dios.
De lo dicho entonces, se desprende que no debemos imitar ni a los que idolatran el amor
humano ni a los que lo ridiculizan. El amor merece ser llamado como tal cuando este no nos
obstaculiza el encontrarnos con nuestro creador y al mismo tiempo no olvidarse del vínculo
presente que se está teniendo con el que uno está relacionado afectuosamente.
Pues como dice G.K Chesterton:”El amor es un misterio inagotable”. Y coincido bastante
con el autor inglés, si bien podemos experimentar el amor y ver sus efectos en nuestras vidas, no
podemos reducirlo a una fórmula lógica o descripción completa, a pesar de que la humanidad ha
reflexionado sobre el amor durante siglos, este sigue siendo un enigma profundo y esencial en la
vida humana. En realidad el amor es una paradoja constante. Puede ser al mismo tiempo una
fuente de alegría y sufrimiento, un acto de dar y recibir, un sacrificio y un regalo. El amor a menudo
implica contradicciones que son difíciles de reconciliar en términos lógicos, pero que son
esenciales para su naturaleza misteriosa.
Aunque por otra parte el clasificar el amor en distintos escalafones y categorías ayuda al
hombre el entender sus importancias y sus diferencias, le sirve para explorar las diversas formas
en que experimentamos y expresamos el amor en nuestras relaciones y vidas. Y como dice San
Francisco de Sales: “el amor es el principio fundamental de la vida devota”. El Santo enfatiza en un
amor amoroso y apacible hacia Dios, hacia los demás y hacia la creación. Cabe destacar también
que en realidad esas llamadas “categorías” en realidad serían más bien “sub-categorías”, porque
para explicar cómo se desenvuelven los afectos humano primero hay que hacer una clasificación
primaria, la cual abarca todos estos tipos de amores con sus objetos propios, relacionándose con
cada uno por separado y en distintos grados. Esta distinción consiste básicamente en dividir
primero los amores en:”amores de necesidad y amores dádivas”. Luego de hacer esa aclaración
sutil, pero importante, si conviene categorizar, los amores en sus diferentes formas de
desenvolvimiento con la realidad (amor a la patria, al prójimo, a Dios, etc.).
Por eso mismo, luego de lo ya explicado, conviene hablar a continuación de una serie de
descripciones y calificaciones acerca de los diferentes géneros donde se puede hablar
explícitamente sobre El Amor.
Creo que el factor clave en este punto es distinguir el concepto amar algo y de que algo me
guste.
Casi todas las personas cuando hablan, tanto da que sea gente pedante o piadosa, dicen
una y otra vez que “aman”: “aman” una comida, un juego o una actividad cualquiera. En realidad
hay una cierta relación entre nuestros gustos básicos por las cosas y nuestro amor por las
personas. Y ya que lo más alto no se sostiene sin lo más bajo.
Será mejor empezar por la base, con los simples gustos; que me “guste” algo indica que se
siente placer por ello, por tanto, se debe empezar por el placer.
Es una cosa muy sabida que los placeres pueden dividirse en dos clases: los que no lo
serían si no estuviesen precedidos por una necesidad natural o por el deseo, y aquellos que no
necesitan de una preparación y que tienen un fin más deleitable o contemplativo. Un ejemplo de lo
primero sería un trago de agua: es un placer enorme si uno está muy sediento. Pero
probablemente nadie, salvo que se sienta empujado por la sed, se serviría un vaso de agua por
puro gusto. Un ejemplo de la otra clase serían los involuntarios e imprevistos placeres del olfato o
la vista: El aroma proveniente de un pedazo de carne asándose lentamente al calor de las brasas,
o la contemplación de un gran paisaje natural. Hasta ese momento uno estaba satisfecho sin
desear nada; y entonces el placer -que puede ser muy grande- llega como un don no buscado,
como algo que viene de repente.
Sea cual sea, y a pesar de todas sus variantes y posibles combinaciones, la distinción entre
las dos clases de placer me parece bastante clara y acertada. Podríamos, por tanto, darles los
nombres de placeres de necesidad y placeres de apreciación.
Por eso, en el mundo se observan demasiado las lágrimas de madres desatendidas por
sus hijos, de mujeres que han sido olvidadas por sus amantes porque estos ya suplieron las
necesidades que buscaban con ellas. Nuestro amor-necesidad hacia Dios está en una posición
diferente, porque nuestra necesidad de Él no puede terminar nunca, ni en este mundo ni en el otro;
sin embargo, nuestra advertencia de ello sí que puede terminar, y entonces este amor-necesidad
también puede morir.
En los placeres de apreciación, incluso en su más bajo nivel, y a medida que crecen hacia
una completa apreciación de toda belleza, conseguimos algo del objeto mismo de placer que
difícilmente podemos no llamar “amor”, algo que difícilmente podemos dejar de calificar como
desinteresado. Ese algo es el sentimiento que impediría a un hombre estropear una pintura
valiosa, ese algo que nos hace sentir plenos cuando después de haber regado un hermoso rosal
durante un mes este exhiba de manera majestuosa sus flores.
No sólo nos gustan simplemente las cosas, sino que las proclamamos muy buenas. Esto
sinceramente me ha hecho reflexionar sobre una deficiencia en la anterior clasificación de amores
de necesidad y de dádiva: y es que hay un tercer elemento en el amor no menos importante que
esos dos, y que viene determinado por nuestros placeres de apreciación: es esa especie de
sentimiento de que el objeto de placer es muy bueno, ese deseo de que esa cosa sea y siga
siendo lo que es aunque no vayamos a gozar de ella; y no sólo puede aplicarse a cosas, sino
también a personas .Y es tan fácil de ejemplificarlo por el simple hecho de que son afecciones que
a uno le suceden (incluyéndome), en la vida cotidiana.
Y es así como el amor de necesidad te reclama de la mujer que uno ama: “No puedo vivir
sin ella, la necesito ahora, hoy y todos los días de mi vida” .El amor dádiva te hace aspirar a
hacerla feliz, a darle todo lo necesario para que sienta satisfecha, a dar hasta la vida por ella. Y el
amor de apreciación contempla casi sin respirar, en silencio profundo, alegre y extasiado de que
esa maravilla exista, aunque no sea para él, y no se quedará abatido si la pierde, porque prefiere
eso antes que no haberla conocido nunca.
Siguiendo sobre el tema del amor sub-humano, hay dos formas de amor a lo que no es
persona, que exigen un análisis especial.
El único mandato que la naturaleza dicta es: «Mira. Escucha. Atiende». El hecho de que
ese mandato sea a menudo tan mal interpretado y mueva a la gente a hacer teorías y
conspiraciones estúpidas.
El otro amor del cual se tiene que hacer alusión es el amor a la Patria. Sin duda el
patriotismo es uno de esos sentimientos que nos hace inflar nuestro pecho de gloria y orgullo y
alzar la frente en alto, porque quién no siente cariño y respeto por la tierra en la que Dios lo puso,
la tierra de nuestros padres. Como no tener ese sentido de pertenencia, ese impulso de defender
lo que me fue dado, como no tener ese sueño de que mi nación sea la mejor y la más noble. Y es
común sentirse tan engrandecido, pues como dijo Domingo Faustino Sarmiento: “Después del
amor a Dios, el amor a la Patria es lo más sagrado”.
Si bien frase de Sarmiente dice gran verdad, esta nos puede llevar a un camino ponzoñoso
de enaltecer demasiado el sentimiento, hasta incluso exagerarlo ridículamente. Aquí no es preciso
que repita la máxima de Rougemont; a estas alturas todos sabemos que ese amor cuando se
convierte en un dios se vuelve un demonio. Cuando este amor se hace demoníaco, realiza
acciones inicuas, pero ahora sólo estamos considerando el sentimiento en sí, esperando poder
distinguir lo que es bueno y lo que es demoníaco.
En primer lugar está el amor a la tierra donde nacimos, o a los diversos sitios que fueron
quizá nuestros hogares, y a todos los lugares cercanos o parecidos a ellos; amor a viejos
conocidos, paisajes, sonidos y olores familiares. Hay que decir que todo eso no es otra cosa, en
nuestro caso, que el amor a la Argentina, o a Mendoza en un modo más específico. Este amor por
el suelo va acompañado por el amor a cierta cultura, a un modo de vida: Amor por el mate, el
folklore, el futbol y asados al aire libre.
Como dice Chesterton, las razones que uno tiene para no querer que su país sea
gobernado por extranjeros son parecidas a las que tiene para no desear que su casa se queme.
Sería difícil encontrar un punto de vista válido que permitiera condenar este sentimiento. Así como
la familia hace posible dar el primer paso más allá del amor egoísta, el amor a la patria hace
posible dar el primer paso más allá del egoísmo familiar.
El hombre más indicado para arruinar el lugar que ama, es precisamente el hombre que lo
ama por una razón. El hombre que beneficia al lugar, es el hombre que lo ama sin razón alguna. Si
un hombre ama algún aspecto Mendoza se encontrará defendiendo ese aspecto contrala misma
Mendoza. Pero sí simplemente ama Mendoza en Si, puede que lo convierta en una Nueva
Jerusalén. No niego que la reforma puede ser extremosa, sólo digo que el patriota místico es el
que transforma. La simple, autosugestión enardecida es más común entre aquellos que tienen
alguna razón pedante para su patriotismo. Los peores frenéticos no aman a la Argentina sino a una
idea de Argentina. Si amamos a nuestro país por ser un imperio o una superpotencia, podemos
exagerar el éxito con que regimos a los vasallos de nuestro territorio. Pero si la amamos solamente
por ser una nación, podemos hacer frente a todos los acontecimientos: porque sería una nación
aunque los vasallos nos rigieran a nosotros. Y lo mismo aquellos cuyo patriotismo les permite sólo
falsear la historia, porque de la historia depende su patriotismo. A un hombre que ama a la
Argentina porque es argentino, no le interesa cómo surgió la misma. Pero uno que la ama porque
es latino, podría ir a desmentir los hechos con sólo su fantasía. Podría concluir sosteniendo que la
conquista española fue una conquista latina. Podría concluir en completa irrazón, porque en
realidad tiene una razón.
El segundo elemento es una especial actitud respecto al pasado de nuestro país. Me refiero
a ese pasado tal como vive en la imaginación popular, las grandes hazañas de nuestros
antepasados. Recordemos San Lorenzo, recordemos Chacabuco, recordemos Malvinas. Sentimos
ese pasado como imponiéndonos una especie de obligación y como dándonos una seguridad; no
debemos bajar del nivel que nuestros padres nos legaron, y porque somos sus hijos podemos
esperar que no bajaremos de él. Este sentimiento no tiene tan buen aspecto como el estricto amor
a lo propio.
La patria implica amar a mi país incondicionalmente, en las buenas y en las malas. Sea un
gran imperio o una triste nación en declive. No puedo amar algo solo cuando está en lo más alto,
es como amar a un hijo solo si este es bueno, a la esposa sólo si esta se conserva bien
físicamente, al marido sólo mientras sea famoso y tenga éxito. “Ningún hombre -dijo un gran
griego- ama a su ciudad porque es importante, sino porque es suya”. Un hombre que realmente
ame a su país lo amará aun arruinado y en decadencia: A la Argentina aún con todos sus defectos
la sigo amando, así como Eneas amo a su Troya, así yo amo a mi querido país.
Otro de los ciertos amores subhumanos es el amor que siente por los animales, pero creo es
plausible explicarlo haciéndolo partícipe en otro tipo de amor. Sea por el hecho de que los
animales son como subpersonas, o más bien porque nunca se les quiere como animales. El hecho
o la ilusión de personalizarlos están siempre presentes, de modo que el amor por ellos es
realmente un ejemplo de afecto que es tema que se abordará a continuación.
EL AFECTO
Ahora me permitiré hablar del más común y extenso de los amores, el amor en el que,
debido nuestra experiencia parece diferenciarse menos de la de los animales. Debo añadir que no
por eso le doy menos valor; nada en el ser humano es mejor o peor por compartirlo con las bestias.
En la vida animal, y más aún en la nuestra, el afecto se extiende mucho más allá de la
relación madre hijo. Ese cálido bienestar, esa satisfacción de estar juntos abarca toda clase de
objetos. Es el menos discriminativo de los amores. De algunas mujeres podemos afirmar que
tendrán pocos pretendientes, y de algunos hombres que probablemente tengan pocos amigos: no
tienen nada que ofrecer. Pero casi todo el mundo puede llegar a ser objeto de afecto: el feo, el
estúpido e incluso esos tipos que desesperan a todo el mundo. No es necesario que haya nada
manifiestamente valioso entre quienes une el afecto. El afecto ignora barreras de edad, sexo, clase
y educación. Puede darse entre un inteligente joven universitario y una vieja niñera, aunque sus
almas habiten mundos diferentes. El afecto ignora hasta las barreras de la especie. El especial
mérito de este amor consiste en que puede unir a quienes más radicalmente cómicamente no lo
están. El afecto, es el amor más humilde, no se le da importancia. La gente puede estar orgullosa
de estar enamorada o de su amistad; pero el afecto es modesto, discreto y pudoroso, el afecto no
sería afecto si se hablara de él repetidamente y a todo el mundo.
Pero hay que aclarar de inmediato, estoy hablando del afecto tal como es cuando se da
fuera de los otros amores. A veces, sí, se da de ese modo, pero a veces no. El afecto, además de
ser un amor en sí mismo, puede entrar a formar parte de otros amores, ya darles un poco de
sazón, hasta llegar a ser como el ámbito en que ese amor se manifiesta cada día. Sin el afecto, los
amores quizá no funcionarían muy bien. Hacerse amigo de alguien no es lo mismo que ser
afectuoso con él; pero cuando nuestro amigo ha llegado a ser un viejo amigo, todo lo referente a él,
que al principio no tenía que ver con la amistad, se vuelve fraternal y se ama como si fuera parte
de nuestra familia.
El afecto, como ya dije antes, incluye tanto el amor necesidad como el amor dádiva. Pero
ahora empezaré con la necesidad: nuestra ansia del afecto de los demás.
Todos sabemos que debemos hacer algo, si no para merecer el afecto, al menos para
merecer el amor erótico o el amor de amistad; pero a menudo el afecto se considera como algo
preparado y entregado gratuitamente por la naturaleza, que nos lo incluye, nos lo coloca. Tenemos
derecho a esperarlo así, decimos, y si los demás no nos lo dan son unos insensibles.
Esta presunción es, sin duda, una distorsión de la realidad. Es cierto que bastante viene
incluido: somos de una especie sociable, y el círculo familiar proporciona un ambiente en el que, si
todo marcha bien, el afecto surge y crece con fuerza, tanto es así que si se nos da afecto no suele
ser necesariamente por nuestros méritos: podemos conseguirlo con muy poco esfuerzo.
Es interesante también hacer alusión y explicar el tema de los celos. Supongo que ahora
nadie cree que los celos estén exclusivamente referidos al amor erótico. Si alguien lo cree, el
comportamiento de los niños debería enseguida sacarles del error. Toda clase de amor, casi toda
clase de relación está expuesta a los celos, excepto la amistad. Los celos del afecto están
estrechamente ligados a la confianza con lo tradicional y lo familiar. Lo mismo sucede con la falta
de importancia, total o relativa, para el afecto de lo que yo denomino amor de apreciación. No
deseamos que los viejos rostros familiares se vuelvan más vivos o más hermosos, que los viejos
hábitos cambien, aunque sea para mejor, que las viejas bromas e intereses sean reemplazados
por atrayentes novedades, ese cambio es una traición al afecto, queremos que todo siga como
siempre fue. Una madre que está viendo crecer a su hijo no quiere ni que la religión, ni el trabajo,
ni siquiera sus amistades lo saquen del ambiente familiar del cual se crío y siempre formó parte.
Esas perversiones del afecto están sobre todo relacionadas con el afecto como amor
necesidad. Pero, también, el afecto como amor-dádiva tiene sus irregularidades.
Vuelvo ahora al ejemplo de las madres porque es fácil de retratar. Una madre que vive para
su familia, que lava para ellos, cocina para ellos y que realiza un montón de actividades
innecesarias, e incluso obligando al resto de la familia a ayudar en cosas que realmente no desean
tener, va a hacer concluir en el hecho de que en un momento su familia se canse de ella. Se trata,
del amor-dádiva, pero de un amor-dádiva que necesita dar; por tanto, necesita que lo necesiten.
Pero la decisión misma de dar es poner a quien recibe en una situación tal que ya no
necesite lo que le damos: alimentamos a los niños para que pronto sean capaces de alimentarse a
sí mismos; les enseñamos para que pronto dejen de necesitar nuestras enseñanzas. Así pues, a
este amor-dádiva le está encomendada una dura tarea: tiene que trabajar hacia su propia
abdicación; tenemos que aspirar a no ser imprescindibles. El momento en que podamos decir “Ya
no me necesitan” debería ser nuestra recompensa; pero el instinto, simplemente por su propia
naturaleza, no es capaz de cumplir esa norma. El instinto desea el bien de su objeto, pero no
solamente eso, sino también el bien que él mismo puede dar más de lo que se le requiere. Tiene
que aparecer un amor mucho más elevado ,un amor que desee el bien del objeto como tal,
cualquiera que sea la fuente de donde provenga el bien y ayudar o dominar al impulso antes de
que pueda controlarnos; y muchas veces lo hace, por supuesto. Pero cuando eso no ocurre, la
voraz necesidad de que a uno le necesiten se saciará, ya sea manteniendo como necesitados a
sus objetos o inventando para ellos necesidades imaginarias; lo hará despiadadamente en cuanto
que piensa es un amor de dar y que, por lo tanto, se considera a sí mismo caritativo.
Esa terrible necesidad de que le necesiten a uno, encuentra a menudo un escape mimando
a un animal. Que a alguien le gusten los animales no significa mucho hasta saber de qué manera
le gustan. Porque hay dos maneras: por un lado, el animal doméstico más perfecto es, por así
decir, un puente entre nosotros y el resto de la naturaleza. Todos percibíamos a veces, un tanto
dolorosamente, nuestro aislamiento humano del mundo sub-humano. No debemos y, además, no
podemos convertirnos en bestias; pero podemos estar con una bestia. Sin embargo el animal sigue
siendo muy principalmente un pequeño conjunto inconsciente de impulsos biológicos, con tres
patas en el mundo de la naturaleza y una en el nuestro. El hombre con perro cierra una brecha en
el universo. Pero, claro, los animales son con frecuencia utilizados de una manera peor. Si uno
necesita que le necesiten, y en la familia, muy justamente, declinan necesitarle, una mascota es
obviamente el sucedáneo. Puede uno tenerle toda la vida dependiendo uno mismo. Puede
mantenerle en la infancia permanentemente, reducirlo a una invalidez, separarlo de todo lo que un
auténtico animal desea y, en compensación, crearle la necesidad de pequeños caprichos que sólo
usted puede ofrecerle. La pobre bestia se convierte así en algo muy útil para el resto de la familia:
hace de sumidero o desagüe. Se está demasiado ocupado estropeando la vida de un perro para
poder estropeársela a ellos. A decir verdad, todo esto supone una muy mala suerte para el animal;
pero es probable que no se dé cuenta del daño que usted le ha hecho, mejor dicho, nosotros
nunca sabremos si se dio cuenta.
Tampoco quiero llegar a la conclusión de que la falta de afecto natural supone una
depravación extrema y tampoco pongo en duda por el momento de que el afecto es la causa, en
nueve casos sobre diez, de toda la felicidad sólida y duradera que hay en nuestra vida natural.
Pero el afecto produce felicidad si hay, y solamente si hay, sentido común, el dar y recibir
mutuos, y honestidad; en otras palabras: sólo si está incluido algo más que el mero afecto, algo
distinto del afecto, pues el sentimiento solo no es suficiente. Se requiere sentido común, o sea,
razón; se necesita tira y afloja, esto es, se necesita consejo que continuamente estimule al afecto
cuando éste decae, y en cambio lo restrinja cuando olvida o va contra el arte de amar; se necesita
honestidad, y no hay por qué ocultar que esto significa bondad, paciencia, humildad y la
intervención continua de una clase de amor mucho más alta, amor que el afecto en sí mismo
considerado nunca podrá llegar a ser. Aquí está toda la cuestión: si tratamos de vivir sólo de
afecto, el afecto nos hará daño.
Y me parece que rara vez reconocemos ese daño. ¿Podía la madre de familia estar
realmente tan ajena a las innumerables frustraciones y aflicciones que infligía a su familia? Es
difícil de creer. Ella sabía que echaba a perder toda la alegría de una velada fuera de casa cuando,
al volver, uno la encontraba ahí sin hacer nada, acusadoramente. Seguía actuando así porque, si
dejaba de hacerlo, se tendría que enfrentar al hecho que estaba negada a ver: habría sabido que
no era necesaria, y esa era la perversión del afecto que poseía.
LA AMISTAD
Cuando vamos a hablar sobre el tema de la amistad se puede notar como ya hay un
ambiente preparado. La importancia y belleza de ambos ha sido reiteradamente destacada, y hasta
exagerada una y otra vez.
A los antiguos, la amistad les parecía el más feliz y más plenamente humano de todos los
amores: coronación de la vida y escuela de virtudes. El mundo moderno, en cambio, la ignora.
Admite, por supuesto, que además de una esposa y una familia un hombre necesita unos pocos
amigos; pero la manera misma en que se admite, y el que ese tipo de relación desinteresada se
describa como amistades demuestra que de lo que se habla tiene muy poco que ver con esa philia
que Aristóteles clasificaba entre las virtudes, pues dijo el Filósofo en su Ética Nicomaquea: “La
amistad es una virtud o algo acompañado de virtud y, además, es lo más necesario para la vida.
Sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera todos los otros bienes; incluso los que poseen
riquezas, autoridad o poder parece que necesitan sobre todo amigos; porque ¿de qué sirve esta
abundancia de bienes sin la oportunidad de hacer el bien, que es la más ejercitada y la más
laudable hacia los amigos? ¿O cómo podrían esos bienes ser guardados y lo preservados sin
amigos?”
En cierto sentido muchas personas han tomado a la amistad como un disfraz o una
elaboración del eros, pero en realidad sabemos que aunque podamos sentir amor erótico y
amistad por la misma persona, sin embargo, en cierto sentido, nada como la amistad se parece
menos a un asunto amoroso. Los enamorados están siempre hablándose de su amor; los amigos,
casi nunca de su amistad. Normalmente los enamorados están frente a frente, absortos el uno en
el otro; los amigos van el uno al lado del otro, absortos en algún interés común. Sobre todo, el eros
(mientras dura) se da necesariamente sólo entre dos. Pero el dos, lejos de ser el número requerido
para la amistad, ni siquiera es el mejor, y por una razón importante.
Charles Lamb dijo que si de tres amigos (A, B y C) A muriera, B perdería entonces no sólo a
A sino la parte de A que hay en C, y C pierde no sólo a A sino también la parte de A que hay en B.
En cada uno de mis amigos hay algo que sólo otro amigo puede mostrar plenamente. Por mí
mismo no soy lo bastante completo como para poner en actividad al hombre total, necesito otras
luces, además de las mías, para mostrar todas sus facetas. Ahora que Bautista ha muerto, nunca
volveré a ver la reacción de Ezequiel ante una broma típica de Bautista. Lejos de tener más de
Ezequiel al tenerle sólo para mí ahora que Bautista ha muerto, tengo menos de él. Por eso, la
verdadera amistad es el menos celoso de los amores. Dos amigos se sienten felices cuando se les
une un tercero, y tres cuando se les une un cuarto, siempre que el recién llegado esté cualificado
para ser un verdadero amigo. Pueden entonces decir, como dicen las ánimas benditas en el Dante,
“Aquí llega uno que aumentará nuestro amor”; porque en este amor “compartir no es quitar”.
Bien, he dicho que la amistad es el menos biológico de los amores. Tanto el individuo como
la comunidad pueden sobrevivir sin ella; pero hay alguna otra cosa, que se confunde a menudo
con la amistad, y que la comunidad sí necesita, una cosa que, no siendo amistad, es la matriz de la
amistad. En las primeras comunidades, la cooperación de los varones como cazadores o guerreros
no era menos necesaria que la tarea de engendrar y criar a los hijos. Una tribu donde no hubiera
inclinación por una de esas tareas moriría, con la misma seguridad que la tribu que no tuviera
inclinación por la otra tarea. Mucho antes de que la historia comenzara, los hombres nos hemos
reunido, sin las mujeres, y hemos hecho cosas; teníamos que hacerlas. Y sentir agrado por hacer
lo que es necesario hacer es una característica que tiene valor de supervivencia.
La amistad surge fuera del mero compañerismo cuando dos o más compañeros descubren
que tienen en común algunas ideas o intereses o simplemente algunos gustos que los demás no
comparten y que hasta ese momento cada uno pensaba que era su propio y único tesoro, o su
cruz. La típica expresión para iniciar una amistad pudo haber sido algo así: ¿Cómo, tú también? Yo
pensaba ser el único. En este tipo de amor la expresión típica de ¿Me amas? Es remplazada por la
de ¿Ves lo mismo que yo veo?
Ahora bien cuando dos personas descubren de este modo que van por el mismo camino
secreto y son de sexo diferente, la amistad que nace entre ellas puede fácilmente pasar -puede
pasar en la primera media hora al amor erótico. A no ser que haya entre ellas una repulsión física,
o a no ser que una de ellas ame ya él otra persona, es casi seguro que tarde o temprano pasará
eso. Y al revés, el amor erótico puede llevar a la amistad entre los enamorados; pero esto, en lugar
de borrar la diferencia entre ambos amores, los clarifica incluso más La coexistencia de amistad y
eros también puede ayudar a algunos modernos a darse cuenta de que la amistad es en realidad
un amor, y que ese amor es incluso tan grande como el eros.
Pero la gran perla y el gran problema de la amistad son otros, pues nos estamos
enfrentando al más espiritual de los amores. La amistad, si se quiere, hasta es angélica; pero el
hombre necesita estar triplemente protegido por la humildad si ha de comer sin riesgo el Pan de los
ángeles.
Quizá podamos ahora arriesgar una opinión de por qué las Escrituras usan tan poco de la
amistad como imagen del Amor Supremo. Es ya, de suyo, demasiado espiritual para ser un buen
símbolo de cosas espirituales. Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo. Dios puede presentarse
a sí mismo ante nosotros, sin riesgo de que le malentendamos, como Padre y como Esposo,
porque sólo un loco pensaría que es físicamente nuestro progenitor o que su unión con la Iglesia
es otra cosa que mística. Pero si la amistad fuese usada con ese propósito, podríamos tomar el
símbolo por lo simbolizado. El peligro latente en la amistad se agravaría. Podríamos sentimos
además, por su misma semejanza con la vida celestial, inclinados a confundir esa cercanía, que
ciertamente se da en la amistad, con una cercanía de aproximación, y no sólo de semejanza. En
consecuencia, la amistad, como los demás amores naturales, es incapaz de salvarse a sí misma.
Debido a que es espiritual, se enfrenta a un enemigo más sutil; debe, incluso con más sinceridad
que los otros amores, invocar la protección divina si desea seguir siendo auténtica.
Porque la mistad tampoco quiere y es igual que los otros amores, el afecto persigue la
afinidad que no depende nunca de nuestra elección, el eros parece decirnos que el amar y ser
amado está en el destino.
Pero en la amistad, en la que se está libre de todo eso, creemos haber elegido a nuestros
iguales, y en realidad unos pocos años de diferencia en las fechas de nacimiento, unos pocos
kilómetros más entre ciertas casas, la elección de una escuela en vez de otra, la circunstancia
accidental de que surja o no un tema en un determinado encuentro, cualquiera de estas
casualidades podría habernos mantenido separados. Pero para un católico, estrictamente
hablando, no hay casualidades.
Un cauteloso jefe mayor de obra ha entrado en acción. Cristo, que dijo a sus discípulos
“Vosotros no me habéis elegido a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros”, puede realmente decir a
cada grupo de amigos cristianos: “Vosotros no os habéis elegido unos a otros, sino que Yo os he
elegido a unos para otros". La amistad no es una recompensa por nuestra capacidad de elegir y
por nuestro buen gusto de encontrarnos unos a otros, es el instrumento mediante el cual Dios
revela a cada uno las bellezas de todos los demás, que no son mayores que las bellezas de miles
de otros hombres; por medio de la amistad Dios nos abre los ojos ante ellas.
Como todas las bellezas, éstas proceden de Él, y luego, en una buena amistad, las
acrecienta por medio de la amistad misma, de modo que éste es su instrumento tanto para crear
una amistad como para hacer que se manifieste. En este festín es Él quien ha preparado la mesa y
elegido a los invitados. Es Él, nos atrevemos a esperar, quien a veces preside, y siempre tendría
que poder hacerlo. No somos nada sin nuestro Huésped.
EL EROS
Entiendo por “eros” ese estado que llamamos “estar enamorado”. Anteriormente, describí el
afecto como el amor en el que nuestra experiencia parece acercarse más a la de los animales.
Seguramente, cabría preguntarse: ¿nuestras funciones sexuales nos colocan igualmente cerca de
ellos? Esto es muy cierto si se mira la sexualidad humana en general; pero no voy a ocuparme de
la sexualidad humana simplemente como tal. La sexualidad forma parte de nuestro tema sólo
cuando es un ingrediente de ese complejo estado de estar enamorado. Que esa experiencia
sexual puede producirse sin eros, sin estar enamorado, y que ese eros incluye otras cosas,
además de la actividad sexual, lo doy por descontado. Si prefiere decirse de otra manera, estoy
investigando no la sexualidad que es común a todos nosotros y las bestias, o enteramente común
a todos los hombres, sino una variedad propiamente humana de ella que se desarrolla dentro del
amor, lo que llamamos eros.
La sexualidad puede actuar sin eros o como parte del eros. Me apresuro a añadir que hago
esta distinción simplemente con el fin de limitar nuestra investigación, y sin ninguna implicación
moral. No suscribo en modo alguno la idea, muy popular, de que es la ausencia o presencia del
eros lo que hace que el acto sexual sea impuro o puro, degradante o hermoso, ilícito o lícito. Si
todos los que yacen juntos sin estar enamorados fueran abominables, entonces todos provenimos
de una estirpe mancillada. Los lugares y épocas en que el matrimonio depende del eros son una
pequeña minoría. La mayoría de nuestros antepasados se casaban a temprana edad con la pareja
elegida por sus padres, por razones que nada tenían que ver con el eros. Iban al acto sexual sin
otro combustible, por decirlo así, que el simple deseo animal. Y hacían bien: cristianos y honestos
esposos y esposas que obedecían a sus padres y madres, cumpliendo mutuamente su deuda
conyugal y formando familias en el temor de Dios. En cambio, este acto realizado bajo la influencia
de un elevado e iridiscente eros, que reduce el papel de los sentidos a una mínima consideración,
puede ser, sin embargo, un simple adulterio, puede romper el corazón de una esposa, engañar a
un marido, traicionar a un amigo, manchar la hospitalidad y causar el abandono de los hijos. Dios
no ha querido que la distinción entre pecado y deber dependa de sentimientos sublimes. Ese acto,
como cualquier otro, se justifica o no por criterios mucho más vulgares y definibles; por el
cumplimiento o quebrantamiento de una promesa, por la justicia o injusticia cometida, por la
caridad o el egoísmo, por la obediencia o la desobediencia.
Habrá quienes en un comienzo han sentido un mero apetito sexual por una mujer y más
tarde han llegado a enamorarse de ella; pero dudo de que esto sea muy común. Con mayor
frecuencia lo que viene primero es simplemente una deliciosa preocupación por la amada: una
genérica e inespecífica preocupación por ella en su totalidad. Un hombre en esa situación no tiene
realmente tiempo de pensar en el sexo; está demasiado ocupado pensando en una persona. El
hecho de que sea una mujer es mucho menos importante que el hecho de que sea ella misma.
Está lleno de deseo, pero el deseo puede no tener una connotación sexual. Si alguien le pregunta
qué quiere, la verdadera respuesta a menudo será: Seguir pensando en ella. Es un contemplativo
del amor. Y cuando en una etapa posterior despierte explícitamente el elemento sexual, no sentirá
que eso haya sido permanentemente la raíz de todo el asunto. Lo más probable es que sienta que
la inminente marea del eros, habiendo demolido muchos castillos de arena y convertido en islas
muchas rocas, ahora, por fin, con una triunfante séptima ola, ha inundado también esa parte de su
naturaleza: el pequeño pozo de sexualidad normal, que estaba allí en su playa antes de que
llegara la marea. El eros entra en él como un invasor, tomando posesión y reorganizando, una a
una, todas las instituciones de un país conquistado; puede haberse adueñado de muchas otras
antes de llegar al sexo, que también reorganizará.
Sin el eros el deseo sexual, como todo deseo, es un hecho referido a nosotros. Con el eros
se refiere más a la persona amada. Llega a ser casi un modo de percepción y, enteramente, un
modo de expresión. Se siente como algo objetivado, algo que está fuera de uno, en el mundo real.
Por eso el eros, aun siendo el rey de los placeres, en su punto culminante tiende a considerar el
placer como un subproducto. El hecho de pensar en el placer volvería a meternos en nosotros
mismos, en nuestro propio sistema nervioso, mataría al eros.
El acto de la sexualidad puede llevar al hombre a una actitud, aunque corta en duración,
extremadamente imperiosa, a la dominación propia del conquistador o del posesor; y a la mujer, a
una correspondientemente extrema abyección y rendición. De ahí la rudeza, y hasta la fiereza, de
cierto juego erótico: “el tormento del amante, que hace daño y es deseado”
Debemos tener en cuenta que aquí se trata de lo que he llamado «el sacramento pagano»
del sexo. En la amistad, como ya vimos, cada participante se sostiene precisamente por sí mismo,
como individuo contingente que es. Pero en el acto del amor no somos solamente nosotros
mismos. También somos representantes. No hay aquí un empobrecimiento, sino un
enriquecimiento en el hecho de tener conciencia de que actúan en nosotros fuerzas más remotas y
menos personales que nosotros mismos. Toda la virilidad y toda la feminidad del mundo, todo lo
que es avasallador y todo lo que le responde, está momentáneamente bien enfocado en nosotros.
El hombre, en efecto, representa el papel del padre cielo, y la mujer el de la madre tierra. Él
representa el papel de la forma, y ella el de la materia. Pero debemos dar a la palabra representar
todo su valor. Desde luego, ninguno de los dos «representa un papel» en el sentido de ser un
hipócrita. Pero cada uno desempeña una parte o papel en..., bueno, en algo comparable a la
representación de un misterio o de un ritual y de una mascarada.
Pero no me atrevo a mencionar este sacramento pagano sin detenerme a prevenir al mismo
tiempo contra el peligro de confundirlo con un misterio que es incomparablemente más alto: así
como la naturaleza corona al hombre en esta breve acción, así la ley cristiana lo ha coronado en la
relación permanente con el matrimonio, otorgándole o diré más bien infligiéndole una cierta
«autoridad». Esta es una coronación muy distinta. Y así como podríamos tomar el misterio natural
demasiado en serio, podríamos igualmente no tomar el misterio cristiano con suficiente seriedad.
Los escritores cristianos (especialmente Milton) han hablado a veces de la superior autoridad del
esposo con una complacencia que hiela la sangre. Tenemos que volver a la Biblia. El marido es la
cabeza de la esposa en la medida en que es para ella lo que Cristo es para la Iglesia.
Así pues, esta autoridad está más plenamente personificada no en el marido que todos
quisiéramos ser, sino en Aquel cuyo matrimonio más se parece a una crucifixión, cuya esposa
recibe más y da menos, es menos digna que él, es -por su misma naturaleza- menos amable.
Porque la Iglesia no tiene más belleza que la que el Esposo le da; El no la encuentra amable, pero
la hace tal. Hay que mirar el crisma de esta terrible coronación no en las alegrías del matrimonio de
cualquier hombre, sino en sus penas, en la enfermedad y sufrimientos de una buena esposa, o en
las faltas de una mala esposa, en la perseverante (y nunca ostentosa) solicitud o inextinguible
capacidad de perdón de ese hombre, perdón, no aceptación. Así como Cristo ve en la imperfecta,
orgullosa, fanática o tibia Iglesia terrena a la Esposa que un día estará sin mancha ni arruga.
A muchos teólogos les ha preocupado que el amor se convierta en una idolatría, sugiriendo
que los amantes podrían adorarse mutuamente. En mi opinión, este no es realmente el verdadero
riesgo, especialmente en el matrimonio. La vida conyugal, en su cotidianidad práctica, desestima
tal idea. Lo mismo ocurre con el afecto que acompaña al eros, el cual rara vez se piensa capaz de
satisfacer la sed de lo inmortal. Como compañero en la búsqueda espiritual, es decir, como amigo,
el ser amado puede ser apropiado y valioso, pero como un medio para saciar esa sed, parece
ridículo.
Es curioso que este eros, cuya voz parece emanar desde un reino eterno, no sea
necesariamente duradero. Es conocido por su inconstancia, a pesar de sus declaraciones de
permanencia. En el enamoramiento auténtico, se promete la fidelidad para toda la vida sin que se
le solicite hacerlo. Es un amor que promete sin posibilidad de convencerlo de lo contrario.
De alguna manera, el eros tiene razón al hacer tales promesas. Este tipo de amor es tan
profundo que la idea de su transitoriedad resulta intolerable. Ir más allá de uno mismo, dejando de
lado la propia felicidad para centrarse en el otro, ocurre de manera natural. Cumplimos, sin
esfuerzo, con el mandato de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es un adelanto de
lo que podríamos ser si el amor imperara en nosotros sin rivalidad alguna. Pero al caer de nuevo,
al simplemente desenamorarse, es una especie de des-redención. El eros promete lo que por sí
solo no puede cumplir.
Como cualquier otro tipo de amor, el eros revela su verdadera naturaleza, especialmente por
su fuerza, dulzura, terror y presencia atractiva. No puede ser lo que debe ser si se deja a sí mismo.
Necesita ser guiado y dirigido. Sin esa guía, puede convertirse en demonio en lugar de dios. A
menudo, este amor encadena a dos personas, torturándose mutuamente, desesperadas por recibir
pero reacias a dar, celosas, desconfiadas, resentidas y luchando por el dominio, anhelando libertad
pero negándosela el uno al otro, atrapadas en un ciclo de escenas emocionales.
LA CARIDAD
Según el parecer de algunos Padres de la Iglesia, la Escritura divina, con el fin de impedir
que la palabra amor fuese ocasión de algún mal pensamiento para los espíritus flacos, como más
propia para significar una pasión carnal que un afecto espiritual, ha empleado en su lugar las
palabras caridad y dilección, que son más honestas. Al contrario, San Agustín, después de haber
considerado mejor el uso de la divina palabra, demuestra claramente que la palabra amor no es
menos sagrada que la palabra dilección y que una y otra significan, unas veces un afecto santo, y,
otras, una pasión depravada. Pero la palabra amor representa más fervor, más eficacia y más
actividad que la palabra dilección, de suerte que, entre los latinos, la dilección es muy inferior al
amor. Por consiguiente, el nombre de amor, como el más excelente, es el que justamente se ha
dado a la caridad, como el principal y más eminente de todos los amores.
Se sabe que la voluntad gobierna todas las demás facultades del espíritu humano; pero ella
es gobernada por su amor, que la hace tal cual es. Ahora bien, entre todos los amores, el de Dios
es el que tiene el cetro, y de tal manera la autoridad y el mando están inseparablemente unidos a
su naturaleza, que, si no es el dueño, deja al instante de ser, y perece. Y, aunque hay otros afectos
sobrenaturales en el alma, como el temor, la piedad, la fuerza, la esperanza, sin embargo el amor
divino es el dueño, el heredero y el superior, ya que en su favor ha sido el cielo prometido al
hombre. La salvación se muestra a la fe, es preparada por la esperanza, pero sólo se da a la
caridad. La fe muestra el camino hacia la tierra prometida, como una columna formada de fuego y
nubes, es decir, clara y obscura; la esperanza nos alimenta con la suavidad del maná; pero la
caridad nos introduce en ella, como arca de la alianza, que nos abre el paso del Jordán, es decir,
del juicio, y que permanecerá en medio del pueblo, en la tierra celestial prometida a los verdaderos
israelitas, donde la columna de la fe ya no sirve de guía, ni de alimento al maná de la esperanza. El
santo amor establece su morada en la más alta y encumbrada región del espíritu, donde hace sus
sacrificios y sus holocaustos a la divinidad, tal como Abraham hizo el suyo, y de la misma manera
que Nuestro Señor se inmoló sobre el Calvario, para que, desde un lugar tan elevado sea visto y
oído por su pueblo, es decir, por todas las facultades y afectos del alma, que él gobierna con una
dulzura sin igual; porque el amor no tiene forzados ni esclavos, sino que reduce todas las cosas a
su obediencia con una fuerza tan deliciosa que, así como nada es tan fuerte como el amor, nada
es tan amable como su fuerza.
Las virtudes están en el alma para moderar sus movimientos, y la caridad, como la primera
entre todas las virtudes, las rige y las templa todas, no sólo porque el primer ser, en cada una de
las especies, es la regla y la medida de todos los demás, sino también porque, habiendo Dios
creado el hombre a su imagen y semejanza, quiere que, como en él, todo esté ordenado por el
amor y para el amor.
Dios es Amor. El amor es un aspecto esencial de Dios. Nos recuerda que "en esto reside el
amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero". Al explorar el
amor, no deberíamos empezar con la perspectiva mística o la adoración de la criatura hacia Dios,
ni con las maravillosas anticipaciones de la experiencia divina que algunos puedan haber tenido en
su vida. El verdadero punto de partida radica en el Amor como una energía divina. Este amor
original es el Amor-Donación. En Dios no hay carencia, sino una abundancia que anhela dar. La
doctrina de que Dios no tenía necesidad de crear no es una mera abstracción teórica; es
fundamental. Sin esta idea, podríamos concebir a Dios como un administrador del universo, atento
como un director a su escuela, o un hotelero a su establecimiento. Sin embargo, ser soberano del
universo no es una tarea significativa para Dios. En su esencia, en la trinidad, es soberano de un
reino mucho más vasto. Dios, que no carece de nada, otorga existencia a seres completamente
prescindibles por amor, para amarlos y perfeccionarlos. Crea el universo con la visión, o más bien
la previsión (si puede decirse así en el ámbito divino), de la multitud agitada alrededor de la Cruz,
el dolor del cuerpo martirizado, la agonía de la asfixia y el sufrimiento. Es como si Dios, siendo un
huésped, creara deliberadamente sus propios huéspedes; nos otorga ser para que podamos
explotar esa existencia y beneficiarnos de ella. Esta es la esencia del amor: crear para dar.
El amor divino, al crear la naturaleza, infunde en nosotros tanto los dones de amor-dádiva
como los de amor-necesidad. Los amores-dádiva reflejan la imagen de Dios, pero su semejanza no
garantiza cercanía. Un amor desinteresado, como el de una madre abnegada o un líder
benevolente, a menudo se dirige hacia objetos que parecen merecerlo o ser intrínsecamente
dignos de amor. Los amores-necesidad, por otro lado, son más bien opuestos, una forma
complementaria pero no idéntica. Dios, además de estos amores naturales, otorga un regalo aún
mayor: un amor-dádiva diferente, un don de sí mismo que no se dirige hacia objetos naturalmente
dignos de amor. Este amor divino en el hombre permite amar a aquellos que no son naturalmente
dignos de amor, como los marginados o los que causan daño.
Además, Dios capacita al hombre para tener amor-dádiva hacia Él mismo. Si bien no
podemos dar a Dios algo que no sea suyo, podemos ofrecerle voluntariamente lo que ya posee. Y
al desviarnos de Dios, también podemos volvernos hacia Él. Lo que es suyo por derecho, pero que
puede ser desatendido, puede ser entregado de nuevo a Él. "Nuestras voluntades son nuestras
para hacerlas tuyas". Además, cada vez que ayudamos a un desconocido, también estamos
ayudando a Cristo, aunque no seamos conscientes de ello. Este amor-dádiva viene por la gracia y
se conoce comúnmente como caridad. Sin embargo, hay algo más que debería considerarse: Dios
concede un amor-necesidad hacia Él mismo de naturaleza sobrenatural, así como un amor-
necesidad sobrenatural hacia otros seres humanos.
Cuando se empieza a hablar del amor divino instantáneamente los amores naturales deben
aceptar ser algo secundario, si han de seguir siendo lo que quieren ser. En este sometimiento
reside su verdadera libertad: «Son más altos cuando se inclinan». Cuando Dios manda en un
corazón humano, aunque a veces tenga que derrocar a algunas de sus originarias autoridades,
mantiene a menudo a otras en sus puestos y, al someter su autoridad a la Suya, da por primera
vez a ese corazón una base sólida. Emerson ha dicho: “Cuando se van los semidioses, llegan los
dioses”. Ésta es una máxima muy dudosa. Digamos mejor: “Cuando Dios llega, y sólo entonces,
los semidioses pueden quedarse”. Entregados a ellos mismos desaparecen o se vuelven
demonios. Solamente en Su nombre pueden, con belleza y seguridad, “esgrimir sus pequeños
tridentes”. La rebelde consigna “Todo por amor” es, en realidad, la garantía de la muerte del amor.
Y esto último nos lleva la siguiente reflexión, y es que al darse cuenta de que el verdadero
amor es el que ama de forma desinteresada y compasiva, que busca el bienestar de los demás, es
aquella virtud que trasciende el mero acto de dar y consiste en amar a Dios como la única
obligación que tenemos.
Creo que una de las cosas más difíciles y más necesarias para el hombre es darse cuenta
que todo los amores que tiene en este mundo lo van a decepcionar, excepto el amor de Dios.
Todos esos amores efímeros y tan dulces por ciertos momentos, se van a acabar tarde o
temprano, sean puros o sean torcidos. Porque el hombre fue hecho pura y exclusivamente para su
creador y vive solo para el hecho de perfeccionarse, porque perfeccionarse es cumplir con nuestra
naturaleza de hombre, perfeccionarse nos hace felices.
No obstante no estoy diciendo, que por ejemplo, el amor de una madre no nos llene de
calidez y alegría, que no nos pueda llevar al camino de la vida devota; por supuesto que puede
hacerlo. Pero este amor terrenal es amor en todo su esplendor en cuanto es nutrido por el amor de
Cristo, y aún así, ese amor se acabará, ya sea por las circunstancias de la vida o por la
infranqueable barrera de la muerte. Cabe destacar también la opción de que ese amor nos
corrompa y nos aleje de nuestro verdadero vínculo amoroso y hay que tener cuidado con esa
posibilidad porque Dios es una amante celoso, nos pide que dejemos todo y lo sigamos solo a Él.
Digamos por una parte que esa decepción, ese sabor agridulce, ese pensamiento de
inutilidad de que hemos venido al mundo para ni siquiera poder aferrarse a las cosas o a las
personas que uno ama; ese sentimiento de impotencia se convierte instantáneamente en un rayo
de luz esperanzador, porque en ese instante es cuando nos damos cuenta que aferrándonos a
Dios nos aferramos a las demás cosas por añadidura. Y esto en realidad ha estado en frente
nuestro desde siempre, Yahvé dijo en el antiguo testamento:”Amarás a tu prójimo por amor al
Padre”. Y ahí está la razón de todos los amores y de la vida misma: No es aferrarme al amor
terreno para llegar a Dios, sino que amando a Cristo amo a toda la creación: amo a mi padre, a mis
amigos, a mi novia a mí mismo y vivo en consecuencia. Esa es la realidad, pero hay que dejarse
asombrarse y escuchar el llamado, porque es Él quien nos hace amar; cuando comenzamos a
creer que nosotros somos los dueños completos de nuestra vida, ese es el comienzo de nuestro
fin, el comienzo de una vida destinada a la infelicidad.
Concluyo este estudio con este capítulo sobre la Caridad, porque la caridad es la
consumación de todos los amores que necesita el hombre y todo lo que necesita el hombre es
amar, y ¿Qué es el amor? Pues Dios es amor y como dice San Agustín “Solo Dios basta”.