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Revista Dilemas Contemporáneos: Educación, Política y Valores.
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Año: VII Número: Edición Especial Artículo no.:32 Período: Noviembre, 2019.
TÍTULO: El desarrollo socio-afectivo en la niñez como base fundamental en la formación de valores.
AUTORES:
1. Máster. Cedeño Sandoya Walter Adrián.
2. Máster. López Tobar Fanny Raquel.
3. Máster. Valencia Mayorga Graciela Alemania.
RESUMEN: Formar en valores a niños y niñas requiere de las diversas matrices en las que ellos se
desarrollan, un gran esfuerzo y dedicación socio-pedagógica, por la forma en la que los niños
aprenden, teniendo por cierto como telón de fondo la pedagogía del ejemplo; además, debe
considerarse cuáles son los factores que inciden para que estos aprendizajes se produzcan, y desde
nuestro abordaje investigativo concluimos que el factor quizá más determinante es el socio-afectivo,
porque se constituye en el marco emocional más adecuado para que la niñez aprenda los valores
necesarios que luego ellos ejercerán en la convivencia diaria.
PALABRAS CLAVES: Valores humanos, socio afectividad, educación emocional, inteligencia
interpersonal, competencias emocionales.
TITLE: Socio-affective development in childhood as a fundamental basis in the formation of values.
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AUTHORS:
1. Master. Cedeño Sandoya Walter Adrián.
2. Master. López Tobar Fanny Raquel.
3. Master. Valencia Mayorga Graciela Alemania.
ABSTRACT: Training children in values requires the diverse matrices in which they develop, a great
effort and socio-pedagogical dedication, due to the way in which children learn, having as a backdrop
the pedagogy of the example; In addition, we must consider what are the factors that affect these
learning to occur, and from our research approach we conclude that the most decisive factor is perhaps
the socio-emotional, because it constitutes the most appropriate emotional framework for children to
learn the necessary values that they will then exercise in daily living.
KEY WORDS: human values, emotional affection, emotional education, interpersonal intelligence,
emotional competences.
INTRODUCCIÓN.
Fundamentalmente, los seres humanos somos seres sociales, que nos desarrollamos en interacción
con otras personas, las que provienen de nuestros entornos: familiar, social, educativo, laboral, y que
se constituyen en matriz donde se gestan virtualmente todos nuestros aprendizajes. Como es bien
sabido, el ser humano necesita convivir con otros seres; para él es capital la convivencia pues sólo en
ella alcanza su desarrollo y su evolución, y expresa al ser social que lleva dentro.
Desde los albores de la humanidad, hubo la necesidad de garantizar una sana convivencia social, para
lo cual paulatinamente las sociedades tuvieron que configurar normas basadas en principios y valores,
los cuales se constituyeron en el cemento que les dio consistencia a las relaciones interpersonales,
que en aquellas épocas significaron la pervivencia pacifica de esos grupos humanos.
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Por eso debemos tener claro, que el desarrollo humano es un proceso de descubrimiento, crecimiento,
humanización, conquista de la libertad; que representa el esfuerzo de hombres y mujeres por
conquistarse a sí mismos mediante la iluminación de la inteligencia y el fortalecimiento de la
voluntad, y con apertura, resultado del amor a los demás.
De modo que se hace indispensable que entendamos cuál es la verdadera importancia de vivir y
convivir con valores, pues todos los seres humanos precisamos vivir en una sociedad. Y por supuesto,
para que ésta funcione, hay que aprender a convivir y la convivencia es producto de la educación que
recibimos en la casa, la escuela, los amigos, los medios de comunicación, etcétera.
En ese sentido, hay que resaltar que la casa es el lugar donde recibimos la formación más importante
y nuestros padres son los encargados de inculcarnos los valores y las normas de convivencia que más
tarde serán parte de nuestra educación cívica, sobre todo, en un mundo que se caracteriza hoy por la
vivencia de antivalores como el egoísmo, la insolidaridad, el irrespeto, la violencia, la intolerancia
entre otros, que ponen en duda nuestro estatus de seres civilizados.
Por eso es de mucha importancia, que, desde temprano en la vida de niños y niñas, se inicie un proceso
de pedagogía axiológica, o, en otras palabras, que, desde la primera edad infantil, se desarrolle en
ellos una cultura de valores, y sean capaces de alternar con sus pares y con otros seres con los cuales
les toca interactuar mientras dure su tránsito por esta vida.
Sin embargo debe quedarnos muy claro, que cualquier aprendizaje no solo es producto de pasar con
éxito por un proceso pedagógico-didáctico o cognitivo instrumental, que por cierto están en la orilla
de lo objetivo, sino que también es necesario que niños y niñas sean educados desde el afecto y para
el afecto, lo cual también sitúa el proceso del interaprendizaje en la orilla de lo subjetivo, pues de lo
subjetivo está hecho el ser humano, y al no poder deshacerse de esa característica que le es intrínseca,
requiere que sea considerada en el quehacer educativo, tanto en el formal que es propio a la
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escolaridad, como el no formal que es propio al entramado intrafamiliar en el que los niños se
desarrollan.
Esto sin duda, aplica para todos los saberes y conocimientos que niños y niñas habrán de adquirir,
que incluyen por supuesto aquello que cada día los hace más humanos, y que se relacionan
directamente con el aprendizaje de valores que es lo que los ayudará a trascender el simple aprendizaje
instrumental focalizado en el “saber”, para lograr el “saber ser” y el “saber convivir”, atendiendo así
al pie de la letra la máxima de Graham Greene, de que “ser humano es un deber”, deber que se cumple
cuando una sociedad cohesiona sus vivencias con la práctica consistente de los valores universales,
cuya resultante tangible es que cada día esta se humaniza más.
DESARROLLO.
Materiales y métodos.
Para alcanzar el objetivo de este trabajo, hemos utilizado los métodos teóricos análisis‐síntesis e
histórico-lógico, con los cuales hemos explorado y analizado los principales referentes teóricos
pedagógicos y psicosociales que permiten comprender el objeto de estudio, estableciendo y valorando
las relaciones esenciales y características de las principales categorías que lo abordan, a través de las
que podemos identificar los principales retos y vías que contribuyen a la formación en valores de
niños y niñas, a partir de una práctica pedagógica socioafectiva.
Por otra parte, por medio de la integración de los métodos sistémico-estructural e investigación-
acción, se explican las características fundamentales de la propuesta de estrategia pedagógica para el
desarrollo de formación en valores, de manera que esta contribuya al aprendizaje y práctica de valores
de niños y niñas, con la consecuente constatación interpersonal y social que implica, el que ellos
hayan adquirido una consistente educación axiológica.
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Historia de la formación en valores y su método de transmisión.
Podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que aun las sociedades más primitivas vivieron bajo un
determinado sistema de valores básicos, aunque muchas de esas prácticas ahora resulten inapropiadas,
pero que de todos modos revelan la forma en la que organizaban su convivencia. Está claro que, en
esta primera etapa, los valores no guardaban mucha relación con los valores considerados válidos en
el mundo actual, porque eran hijos de su tiempo, y no respondían a lo que actualmente se considera
como cualidades humanas significativas y beneficiosas que deben ejercitarse dentro del marco de una
sana interacción entre los seres que habitamos este Planeta.
En estas sociedades la transmisión de los valores, estuvo fundamentalmente a cargo del seno familiar
que era el sitio donde los niños no tan solo observaban de manera directa la práctica de valores, sino
que además ahí eran donde ellos los interiorizaban tanto a nivel de memorización cuanto de
repetición. Cabe recordar que hasta los conglomerados humanos más antiguos tenían normas que
debían respetarse, y que estaban supeditadas a la materialización de los valores en la cotidianidad, en
medio de la diversidad de relaciones y vivencias que cada día comporta.
Culturas como la Mesopotamia, con su muy conocido Código de Hammurabi, ya habían estructurado
un conjunto de leyes que ha recibido del Dios Marduk, con las que se pretende asegurar el bienestar
de la gente del pueblo babilónico; por su parte en época muy posterior, Israel configuró un Código
de leyes que Dios le dio a Moisés. En estas brillaban con luz propia, muchos valores que permitían
una vivencia armónica entre familias, clanes y tribus, luego ciudades y reinos. Esos valores, principios
y normas permiten que se viva de manera armónica y en paz. Los valores más sobresalientes de
aquella época y que aquí destacamos son: la justicia, la libertad, la solidaridad, la generosidad, la
humildad, el respeto, el amor.
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En sentido estricto, es la civilización griega la que primeramente hace mención a los valores, los
cuales eran de suma importancia, para ellos son cuatro los principales: la democracia, la libertad, la
belleza y la verdad. Existía dentro de su sociedad una búsqueda profunda de la verdad, principalmente
por los grupos de intelectuales o filósofos; sin embargo, es durante la etapa del Imperio Romano
cuando la legislación y el nacimiento del derecho se hacen presentes, y son los romanos quienes se
encargan de “expandir la cosmovisión axiológica griega, que es en consecuencia lo que vertebra ética
y moralmente al denominado mundo Grecorromano.
Los valores como conjunto de normas de convivencia válidas.
Esencialmente valor es todo aquello que hace buenas a las cosas, aquello por lo que las apreciamos,
por lo que son dignas de nuestra atención y deseo. El valor es intrínseco a las cosas, subyace a ellas,
y que a través de nuestro discernimiento somos capaces de ejercer en cualquiera de las contingencias
de la vida que nos toca enfrentar.
Los valores cuando son de carácter positivo, y por ende traen beneficios a quienes los practican y a
quienes son beneficiarios de esas prácticas dignifican a todo ser humano. El evidenciar los valores
humanos en el devenir cotidiano, incluso es una forma de demostrar o expresar nuestra inteligencia,
porque ser inteligente es también el saber convivir armónicamente con los demás, procurando no
afectar a nadie.
Si el ejercicio de los valores es signo de inteligencia, entonces es por naturaleza un acto reflexionado
que refleja lo que somos, que nos define, que son la cara visible de nuestra arquitectura ética y moral.
Por eso para el abordaje epistemológico de esta investigación, es importante que antes que nada
clarifiquemos a qué nos referimos cuando empleamos el constructo “valor” o “valores”: “el valor,
por tanto, es la convicción razonada y firme de que algo es bueno o malo y de que nos conviene más
o menos” (Martín, 2012).
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Los valores muestran de qué estamos hechos, porque los seres humanos somos suma de aprendizajes
socio-culturales, intrafamiliares, docente-educativos, etc., incluso hasta de traumas infantiles que nos
han configurado a lo largo del tiempo, y que han repercutido notablemente en nuestra dimensión
psico-afectiva. De allí que la práctica de valores no está totalmente ligada a la objetividad de la
educación en valores recibida, sino además en la subjetividad de las particularidades internas que
constituyen esencialmente lo que somos; por eso, es de capital importancia que a los niños, por un
lado se les enseñe la valía de aprender valores y practicarlos, pero por otro lado, hay que acompañarlos
desde la afectividad para que esos aprendizajes sean más significativos y perdurables; en otras
palabras, que sean aprendizajes cuyas repercusiones se noten en la calidad de sus actuaciones, en la
calidad de sus interrelaciones, y que se sostengan en el tiempo, aun a pesar de que hallen razones para
dejarse llevar por la corriente de un mundo en el que hacer visible los valores humanos parece la
excepción y no la regla.
La niñez a nuestro cargo debe trascender cualquier obstáculo que le impida seguir transitando
exitosamente el camino de la humanización, que es sin duda todo un arte, que en primer lugar toma
cual materia prima los aspectos básicos de nuestra personalidad, que inicialmente se desarrollan en
el contexto de lo familiar y social, y que son constitutivos a nuestro proceso de plena humanización,
los cuales posteriormente se desarrollan en el contexto de lo escolar, en interacción permanente con
maestros y pares, con los cuales se recorre la misma ruta del peregrinaje humano.
Cada sociedad, en un momento determinado de su historia, selecciona del sistema general de valores
aquellos que considera más adecuados para satisfacer las necesidades sociales, siendo la escuela la
institución encargada de su transmisión y desarrollo, por medio de la actividad educativa que se
desarrolla en su seno.
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“La educación es, por tanto, aquella actividad cultural que se lleva a cabo en un contexto
intencionalmente organizado para la transmisión de los conocimientos, las habilidades y los valores
que son demandados por el grupo social. Así, pues, todo proceso educativo está relacionado con los
valores” (Parra, 2003).
A propósito de lo antes mencionado, conviene señalar que, “el desarrollo socio-afectivo del niño
juega un papel fundamental en el afianzamiento de su personalidad, autoimagen y autonomía, en su
convivencia, clima escolar y rendimiento académico, elementos esenciales para la consolidación de
su subjetividad, como también en las relaciones que establece con los demás” (Bravo & Pérez, 2016).
Socio-afectividad y formación de valores en niños y niñas.
Los valores humanos y sociales son la columna vertebral desde la cual se sostiene cualquier tipo de
sociedad, razón por la cual estos deben enseñarse y practicarse desde las primeras etapas de la vida,
y como ya hemos considerado previamente, debe hacerse con diversos factores que propician el
aprendizaje de los mismos, pero sin duda y en lo que atañe a nuestro abordaje temático, es clave que
se lo haga desde el factor de la socio-afectividad.
“Sólo niños y niñas seguros y contentos consigo mismos, que se conocen y aprenden de sí y de los
demás, que se sienten queridos y aceptados, que se abren y sienten competentes, se convertirán en
adultos emocionalmente equilibrados, creativos, capaces de transformar positiva y constructivamente
el mundo que los rodea” (Valdés y Cepeda, 2010, citado por Casanova, 2017).
De la aseveración de Casanova (2017), es posible inferir cuán importante es que los niños y niñas, se
desarrollen en un ambiente en el que se fortalezca su autoconcepto, su autoimagen y su autoestima,
y cuán valioso es que se los potencie en competencias como la propositividad, la creatividad y la
asertividad, para que desde una vivencia afirmativa y en tónica de propuesta, se conviertan en agentes
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de cambio en medio de un mundo en el que pareciera que antivalores como la desigualdad, la
injusticia, la corrupción, etc. reinan campantes.
La pregunta obligada es, ¿Con qué herramientas emprendemos la tarea de la formación en valores de
nuestra niñez? Por la naturaleza de esta tarea consideramos importante partir de los aportes teórico-
metodológicos de la Pedagogía afectiva, en sinergia con los presupuestos de la Psicología afectiva.
Por la vía de la caracterización explicamos a qué nos referimos con el constructo “Pedagogía
afectiva”: “pretende no sólo formar profesionistas, sino seres humanos íntegros que sean capaces de
convivir adecuadamente con sus semejantes, esto contradice a la educación tradicionalista que
pondera exclusivamente la formación cognitiva del individuo, limitándose a la transmisión y
repetición de fórmulas acabadas, sin tomar en cuenta factores de convivencia grata entre los
individuos” (Zubiría, 2004).
Por otra parte, la influencia de la llamada Psicología afectiva, se centra en los estudios que se han
realizado desde el vértice de la Salud humana, y desde el vértice de la Teoría de la mente, en su
análisis de la afectividad, como parte constitutiva de la salud a la que todo hombre y mujer deben
aspirar, pues esta es parte intrínseca de la realidad humana en todas sus dimensiones.
“Los estados afectivos reflejan la relación que existe entre las necesidades y motivaciones, los deseos
y aspiraciones del hombre, por una parte, y por otra los objetos y fenómenos que lo rodean y satisfacen
o impiden la satisfacción de sus necesidades” (Colectivo de autores, 2001).
Así que es sumamente importante el estado emocional o socioafectivo de los niños, en virtud de que
interiorizarán los valores enseñados, solo en la medida que tanto el contexto social, familiar,
educativo en lo que ellos sufren su evolución humana, estén permeados por la afectividad, incluso
porque la vivencia de los valores está estrechamente ligada a la salud afectiva de las personas.
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“Los procesos afectivos expresan el valor, el significado y la importancia que las cosas adquieren
para el individuo. Estos valores se forman a lo largo de la vida personal como consecuencia de las
experiencias y el aprendizaje social del hombre, de acuerdo con su ideología y su personalidad”
(Colectivo de autores, 2001).
La afectividad influye, penetra, se difunde por toda la vida psíquica del sujeto y tiñe con un rico
colorido la totalidad del campo de la conciencia humana. Cualquier proceso intelectual o volitivo se
desarrolla, necesariamente, sobre un fondo de sentimientos, los cuales constituyen, sin lugar a duda,
los aspectos más profundos de la conciencia, los más difíciles de verbalizar totalmente, los más
dinámicos y motivadores de la conducta y el pensamiento.
El asunto de la socio-afectividad es tan importante en el contexto actual, que autores como Goleman
y Bisquerra la han hecho su objeto emblemático de estudio, y la han analizado, explicado y
caracterizado desde el ángulo de la inteligencia emocional, ligada a su expresión áulica, la educación
emocional. A partir de allí siguiendo a Rafael Bisquerra, constatamos la necesidad de desarrollar en
niños y niñas su inteligencia emocional, o digamos, la capacidad afectiva de relacionarse con otros
de manera asertiva, dejando de lado cualquier atisbo de conflictividad y agresividad.
A esta capacidad se le denomina “competencia emocional”, que según Bisquerra es: “el conjunto de
conocimientos, capacidades, habilidades y actitudes necesarias para realizar actividades diversas con
un cierto nivel de calidad y eficacia; en el concepto de competencia se integra el saber, saber hacer y
saber ser; el dominio de una competencia permite producir un número infinito de acciones no
programadas” (Bisquerra, 2003).
En la definición del investigador español, se resalta la competencia como la habilidad que se denota
en el saber, el saber hacer, y el saber ser; en otras palabras, la competencia resulta del proceso de un
aprendizaje interiorizado, de la praxis de ese saber que toma forma en el hacer, y del saber ser
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(evidencia de valores), que a su vez se expresan en competencias básicas para la vida: competencias
sociales, competencias emocionales, competencias socio-emocionales, etc. (Bisquerra, 2003).
Niñez y aprendizaje de valores fundamentales.
Ha quedado suficientemente establecido que los niños deben ser formados en valores desde la
perspectiva de la socio-afectividad, sin embargo, aún falta por definir cuáles son los valores
fundamentales que ellos de manera urgente y prioritaria deben aprender y luego ejercitar.
Convenido está que durante su desarrollo los niños deben incorporar a su aprendizaje normas éticas
que les ayuden a convivir y formar su personalidad. En este sentido, la educación en valores se
convierte en punto fundamental de su aprendizaje, contribuyendo a su socialización y preparándolos
para el día de mañana.
1. Responsabilidad.
La responsabilidad es uno de los valores que deben aprender los niños desde bien pequeños. Necesitan
asumir el hecho que sus actos tienen consecuencias, tanto positivas como negativas, de modo que es
clave que ya desde la infancia sean responsables por sus acciones. Tanto padres, docentes y adultos
en general, son clave en la ejemplificación de los valores que se enseñan.
2. Generosidad.
El valor de la generosidad es un valor con el que se es capaz de gestionar y resolver conflictos, pues
desde el acto de compartir con sus pares a compartir y a ayudar.
3. Compromiso.
El compromiso es un valor esencial para el desarrollo tanto educativo como social de los niños. Este
valor define la fortaleza con la que enfrentarán la vida en sus diversas dimensiones.
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4. Tolerancia.
Nuestro país es considerado intercultural y plurinacional, en el que cohabitan varias etnias, culturas
y religiones, para lo cual el respeto, la inclusión y la tolerancia son indispensables en los niños en el
esfuerzo de crear una sociedad sin prejuicios.
5. Humildad.
Hay que procurar que los niños ni se sobrevaloren ni se sobreestimen por sobre los demás, forjando
en ellos una falsa y peligrosa superioridad. Habremos de enseñarles que son diferentes en muchos
aspectos, pero esencialmente iguales a los otros niños.
6. Gratitud.
Los niños deben conocer el valor de las cosas y para ello hay que inculcarles el valor de la gratitud.
Realizar acciones que demuestren agradecimiento hacia los demás no solo les hará más respetuosos,
sino que les aportará un mayor autocontrol y felicidad.
7. Honestidad.
En un mundo plagado de corrupción, la honestidad no es una moneda muy corriente, por lo que hay
que inculcarles desde pequeños que no hay que anteponer nuestras propias necesidades o intereses en
desmedro de los demás.
CONCLUSIONES.
La formación en valores de los niños en el marco de la socio-afectividad, es una obligación que atañe
al conjunto de la sociedad, y puede, por cierto, tomar varias formas de materializarse desde el campo
del aprendizaje social y desde la escolaridad, por medio del juego, de los juegos tradicionales, del
canto, de los mimos, de representaciones teatrales, aprendizaje cooperativo, etc.
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Lo medular es que niños y niñas aprendan los valores desde el marco de la socio-afectividad, porque
es desde una sana vivencia socio-afectiva que ellos serán capaces de desarrollarse en el marco de una
sana convivencia estructurada en valores humanos y sociales, permeada por la dimensión socio-
afectiva que es consustancial a la vida misma.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.
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Revista de Investigación Educativa, 21(1), pp.7-43.
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amparo filial. La Habana: Revista Cubana de Medicina General Integral, 32(3).
3. Casanova, M. (2017). Importancia de la socio-afectividad en el desarrollo del aprendizaje. Tesis
para Optar al Grado de Licenciatura en Educación. Santiago: Universidad Academia.
4. Colectivo de autores. (2001). Proceso afectivo. La Habana: Ed. Ciencias Médicas.
5. Martín, P. (2012). La importancia de la educación en valores en infantil. Valencia: UVA.
6. Parra, J. (2003). La Educación en valores y su práctica en el aula. Madrid: Universidad
Complutense de Madrid. Tendencias Pedagógicas, No.8, pp.69-88.
7. Zubiría, M. (2004). Enfoques pedagógicos y didácticas contemporáneas. Bogotá: Fundación
Internacional de pedagogía conceptual.
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pp. 175-190.
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Barcelona, España.
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3. García, C. (2015). Educación emocional en la infancia. Barcelona. Edúkame.
4. Savater, F. (1997). El valor de educar. Barcelona: Editorial Ariel, S. A.
DATOS DE LOS AUTORES.
1. Cedeño Sandoya Walter Adrián. Magíster en Psicoanálisis y Educación. Docente de la
Universidad Técnica de Babahoyo – Ecuador. E-mail: wcedeno@[Link]
2. López Tobar Fanny Raquel. Magíster en Docencia y Currículo. Docente de la Universidad
Técnica de Babahoyo- Ecuador.
3. Valencia Mayorga Graciela Alemania. Magíster en Docencia y Currículo. Docente de la
Universidad Técnica de Babahoyo – Ecuador.
RECIBIDO: 10 de octubre del 2019. APROBADO: 19 de octubre del 2019.