EL IMPACTO DE LA ACTIVIDAD FÍSICA Y EL DEPORTE SOBRE LA SALUD,
LA COGNICIÓN, LA SOCIALIZACIÓN Y EL RENDIMIENTO ACADÉMICO:
UNA REVISIÓN TEÓRICA
El panorama mundial está enmarcado por una creciente preocupación
por las consecuencias que pueda traer consigo la poca práctica de
actividad física o deporte. Los gobernantes en general y los entes
estatales encargados de la salud pública en particular, se encuentran
alarmados por las cifras que indican la poca actividad física y las
consecuencias sociales en términos de bienestar físico que la
escoltan. Recientes estudios señalan al sedentarismo como un factor
que acompaña la aparición y gravedad de un número importante de
enfermedades crónicas como la hipertensión arterial, la diabetes y la
obesidad, entre otras. En el contexto latinoamericano se hallan cifras
bastante preocupantes que estiman que más de un cuarto de la
población mayor a los 14 años no practica una actividad física o
deporte. Uno de los estudios más reciente, realizado en Argentina,
encontró que aproximadamente el 60% de los varones y el 75% de las
mujeres de entre 25 y 70 años no realizan actividad física
regularmente (Argentina en movimiento, 2000). Este estudio plantea,
así mismo, que aquellos que participan lo hacen con una frecuencia o
dosificación inadecuada. Este panorama, plantean los autores,
permite señalar que no están debidamente incorporados en el
imaginario colectivo los hábitos que conllevan dicha experiencia vital.
La consecuencia es que gran número de ciudadanos, en el campo de
la salud, se ubican en la categoría de población de riesgo, es decir,
son potencialmente vulnerables frente a la posibilidad de contraer
alguna enfermedad.
En este mismo sentido el documento argumenta que "el estilo de vida
sedentario no sólo atenta contra la calidad de vida de la población,
provocando la aparición de enfermedades, sino que además, tiene un
alto costo económico para el país. Un 20% del presupuesto destinado
a los organismos y entidades relacionadas a la salud, podría ser
evitado si se lograra cambiar este estado de situación, con programas
y proyectos que favorezcan el desarrollo de dichas actividades. De
esta forma, los recursos disponibles serían orientados de manera
eficiente hacia planes de prevención y mejoramiento de la salud
pública y no solamente a cubrir las urgentes demandas coyunturales
que ocasionan las enfermedades".
Esta situación es similar en otro de los países de América del sur,
Chile, en donde un estudio difundido por la Clínica Alemana, Santiago
de Chile (2002), encontró que el 88.8% de los hombres y el 93.3% de
las mujeres pueden ser catalogadas como sedentarios. En cuanto al
estrato socioeconómico, es en los estratos más bajos donde se
presenta con mayor frecuencia el problema con un 93.6%, 90.5% en
el estrato medio y 89.8% en el estrato alto. A pesar de que las
diferencias no son muy notorias, esto indicaría que las condiciones
económicas de la población tienen cierta incidencia en la aparición
del sedentarismo. La situación es igualmente interesante cuando se
presentan los datos en cuanto a edad: entre 15-19 años la proporción
es del 78.6%; entre 20-44 años es del 90.4%; entre 45-64 años es del
95.5%; entre 65-74, es del 95.6%, y de 75 y más años alcanza el
98.8%. Los últimos datos indican que posiblemente a mayor edad,
mayor sedentarismo, pero esto debe ser matizado con el análisis de
contextos sociales y la influencia que estos han ejercido en las
distintas actitudes hacia la práctica deportiva, de las personas o
grupos.
En otros contextos, Costo, Azizy y Eny (2003) describen la prevalencia
del sedentarismo en Israel. Los resultados son expuestos de acuerdo
a una escala que va desde la total inactividad física hasta una alta
intensidad: personas sedentarias, 48.2%; con actividad física leve,
23.2%; con niveles medios de actividad física, 19.6%; con altos
niveles de actividad física, 8%; y muy altos niveles de actividad,
1.1%. Igual que en los estudios anteriores, las mujeres son más
sedentarias que los hombres, 55.2% y 40.2% respectivamente.
Si bien los estudios antes reseñados no utilizan la misma
metodología, existen argumentos suficientes que señalan al
sedentarismo como un problema de salud pública que ha sido
asociado a un número creciente de patologías claramente
identificadas.
Pero la no práctica de actividad física no está ligada exclusivamente a
problemas de salud como los mencionados anteriormente. Existe
evidencia importante que sugiere que la práctica de una actividad
física puede mejorar las funciones cognitivas y propiciar un mejor
bienestar en personas que padecen de alguna enfermedad mental,
como es el caso de un trastorno de ansiedad, depresión o estrés.
También se han determinado los beneficios que puede tener sobre el
rendimiento académico de niños escolares (Hanneford 1995).
Aunque se describen de manera amplia los indicadores del
sedentarismo y se puntualizan los beneficios que la actividad física
tiene sobre el bienestar psicológico, sociocultural y cognitivo, también
se han estructurado una gran cantidad de procedimientos tendientes
a modificar los comportamientos y las actitudes que las personas
tienen sobre la práctica de una actividad física o deporte. Sin
embargo, no siempre se han integrado los hallazgos de las
investigaciones con los programas de intervención. Pese a los
trabajos realizados por estos investigadores, el estudio del problema
del sedentarismo no ha sobrepasado la barrera de las metodologías
descriptivas que indagan básicamente por la frecuencia del
fenómeno, de acuerdo a ciertas variables de control, como es el caso
de la edad, el género y el estrato socioeconómico. A pesar de que se
debe reconocer la importancia que tiene este tipo de investigación,
de igual manera se deben superar estas aproximaciones y recurrir a
metodologías que permitan comprender multidisciplinarmente el
fenómeno. De igual manera, es importante hallar otras formas de
estimular la práctica de la actividad física, debido a los beneficios
probados que tiene en los procesos cognitivos en niños, jóvenes
adultos y ancianos, así como en la calidad de vida de personas con
limitaciones mentales y físicas. En esta revisión, se hace una pequeña
descripción de los hallazgos de investigaciones que han indagado por
los beneficios de la actividad física y deportiva, los cuales pueden ser
agrupados en cognitivos, sociales, psicológicos y en rendimiento
escolar. Igualmente, es importante resaltar los cambios que se
generan en el cerebro.
Salud y actividad física
Aunque los efectos positivos de la actividad física sobre la salud
mental se han investigado durante largo tiempo, la calidad de la
investigación y los métodos que se utilizaron resultan en lo sumo
confusos. En parte, esto se debe al pobre diseño de los estudios:
tamaños de muestra pequeños y la utilización a menudo de diversas
definiciones y medidas de la evaluación de la salud mental.
Mientras que la participación en actividad física se ha asociado a la
disminución de la depresión y de la ansiedad (Dunn et al., 2001;
Paluska y Schwenk, 2000), y es una modalidad reconocida del
tratamiento (Blumenthal, 1999), es poca evidencia para sugerir que la
actividad física puede prevenir el desarrollo inicial de estas
condiciones. La actividad física ocupacional y del tiempo libre, se
asocian a reducciones en los síntomas de la depresión y posiblemente
de la ansiedad y la tensión (Dunn et al., 2001; Hassmén et al., 2000).
Los niveles más altos de actividad física se han asociado a pocos o
escasos síntomas de depresión (Stephens, 1988). Sin embargo, los
estudios con mejores diseños desarrollados en períodos de tiempo
prolongados (longitudinales), resultan necesarios para entender
completamente la asociación entre la actividad física y la depresión.
La actividad física puede también tener otras ventajas psicológicas y
sociales que afecten la salud. Por ejemplo, la participación de los
individuos en un deporte o en un ejercicio físico, puede ayudar a
construir una autoestima más sólida (Sonstroem, 1984), una auto-
imagen positiva de sí mismo entre las mujeres (Maxwell y Tucker,
1992), y una mejora de la calidad de vida entre niños y adultos
(Laforge et al., 1999). Estas ventajas, probablemente, obedecen a
una combinación de la actividad física y los aspectos socioculturales
que pueden acompañar esta actividad. El ser físicamente activo
puede también reducir las conductas auto-destructivas y antisociales
en la población joven (Mutrie y Parfitt, 1998).
En el contexto psicológico, existe una gran variedad de situaciones
terapéuticas que están asociadas a la práctica deportiva, si se
considera la actividad física como un aliado en los procesos de
intervención de patologías tan frecuentes como el estrés, la ansiedad
y la depresión. También, puede observarse la actividad física como un
elemento protector para la aparición de trastornos de personalidad,
estrés laboral o académico, ansiedad social, falta de habilidades
sociales, disminución del impacto laboral, social y familiar del estrés
postraumático. Recientemente, los epidemiólogos se han fijado en la
aparición de un trastorno de la alimentación, la anorexia nerviosa,
que suele dejar bastantes estragos en los organismos de las personas
que la padecen. La anorexia consiste en el rechazo a mantener un
peso corporal mínimo normal, en un miedo intenso a ganar peso y en
una alteración significativa de la percepción de la forma o tamaño del
cuerpo (APA, 2000). Esta enfermedad se ha convertido en una de las
pocas que tienen origen psicológico y pueden llevar a la muerte. En
un estudio realizado por Davis, Kennedy, Ravelski y Dionea (1994), se
encontró que la práctica de un deporte por parte de jóvenes mujeres
que presentan anorexia disminuía algunas de las conductas auto-
lesivas de éstas.
Ansiedad, auto - concepto y actividad física
Los programas de ejercicio físico se asocian a aumentos significativos
en autoestima, particularmente en individuos con autoconcepto bajo
(Sonstroem, 1997). Sin embargo, estos aumentos no se asocian a
mejoras de la actitud (estados de ánimo). Gruber (1986) encontró que
los niveles altos de autoestima estaban asociados a la participación
en programas de la educación física, con lo que concluye que la
actividad física es un protector importante para aquellas personas
que tienen un autoconcepto bastante bajo.
La evidencia empírica apunta a que mientras la reducción en
ansiedad ocurre con los tipos de actividad anaeróbicos y aeróbicos,
efectos más grandes fueron encontrados con la actividad aeróbica
sostenida por 30 minutos o más tiempo (Long y Stavel, 1995). Esto
indica que posiblemente la práctica de un deporte aeróbico en
sesiones superiores a los treinta minutos tendría repercusiones
importantes en la calidad de vida de los pacientes que presentan
problemas de ansiedad. Así mismo, puede convertirse en un aliado
importante en las estrategias terapeutas estructuradas por
psicólogos, psiquiatras y médicos.
El Instituto Nacional Americano de la salud mental, indicó que el
ejercicio reduce ansiedad, disminuye la depresión moderada, mejora
el bienestar emocional, y aumenta la energía. Los estudios de Doyne
et al (1985) encontraron que en las mujeres que asistían a
tratamiento psicológico y que presentaban síntomas depresivos, un
programa de seis semanas de terapia a partir de ejercicio físico
disminuía dichos síntomas. Sin embargo, la reducción de los síntomas
depresivos no fue relacionada con los niveles de la aptitud frente a
situaciones cotidianas.
ACTIVIDAD FÍSICA Y PROCESOS COGNITIVOS
Desde hace bastante tiempo se presumía que la actividad física
podría tener relación con una mejoría de los procesos cognitivos que
tienen su origen en el cerebro, pero gracias a una serie de estudios
desarrollados por la Universidad de Illinois, en los Estados Unidos,
esta suposición terminó siendo una comprobación empírica que arrojó
como resultado que, efectivamente, a mayor actividad aeróbica,
menor degeneración neuronal.
A pesar de no ser la primera investigación que se hacía en ese
sentido, los resultados arrojaron información que presentaba a la
actividad física como una amiga de los procesos cerebrales. Trabajos
anteriores, realizados con animales, demostraron que el ejercicio
aeróbico podía estimular algunos componentes celulares y
moleculares del cerebro (Neeper, Pinilla, Choi y Cotman, 1996).
Así mismo, ciertos estudios ejecutados en seres humanos también
habían demostrado que algunos procesos y habilidades cognitivas
cerebrales en las personas mayores, eran mejores en las personas
que practicaban una actividad física que en aquellas que no lo hacían.
Por ejemplo en 1999 los mismos científicos que realizaron el estudio
de la Universidad de Illinois observaron que un grupo de voluntarios -
que durante 60 años llevaron una vida muy sedentaria-, tras una
caminata rápida y sostenida de 45 minutos durante tres veces a la
semana, lograron mejorar sus habilidades mentales, las cuales suelen
declinar con la edad.
Pero los beneficios cognitivos no se limitan solamente a los datos
hallados en las investigaciones realizadas con personas de edad
avanzada. Existe evidencia de que los procesos cognitivos en niños
que practican una actividad física de manera sistemática, son mejores
que los procesos de niños que son sedentarios (Stone, 1965).
Sibley y Etnier (2002) hacen un análisis de la relación que existe entre
procesos cognitivos y actividad física. En este texto, los autores
plantean ampliamente los beneficios que tiene para el desarrollo
cognitivo de los niños, el hecho de que estos practiquen una actividad
física de manera regular. Concluyen argumentando que los beneficios
de la actividad física son bastante altos y que por ello es necesario
que se adopten políticas para estimular la actividad física entre esta
población.
Estos mismos argumentos son planteados y sustentados por trabajos
de investigación como los llevados a cabo por tres investigadores
japoneses (BrainWork, 2002) que realizaron un estudio con jóvenes
adultos sedentarios, a los cuales se les aplicó un protocolo de
evaluación cognitiva, antes de someterlos a un programa de
entrenamiento físico. El programa consistía en correr moderadamente
por treinta minutos, tres veces a la semana por tres meses, tras lo
cual se les evaluó nuevamente. Los resultados mostraron mejor
rendimiento en las pruebas que fueron aplicadas después del
programa de entrenamiento físico. Las mejoras fueron básicamente
en atención, control inhibitorio y memoria de trabajo.
Actividad física y actividad cerebral
Thayer et al (1994) plantea que, "una vez que se ha demostrado la
capacidad del cerebro para modificar sus conexiones interneuronales
en caso de envejecimiento o daño cerebral, la denominada
plasticidad, era importante conocer el papel exacto del ejercicio en la
mejora de las funciones cerebrales. Estudios en ratones, demostraron
que la actividad física aumentaba la secreción del factor neurotrófico
cerebral (BDNF), una neurotrofina relacionada con el factor de
crecimiento del nervio, localizada principalmente en el hipocampo y
en la corteza cerebral. El BDNF, mejora la supervivencia de las
neuronas tanto in vivo como in vitro, además, puede proteger al
cerebro frente a la isquemia y favorece la transmisión sináptica".
Pero, según este autor, se continuaba sin conocer la relación entre el
factor neurotrófico cerebral y el ejercicio: tenía que haber algo en la
actividad física que estimulase la producción de BDNF en el sistema
nervioso. La respuesta se consiguió cuando se descubrió que la
actividad física provoca que el músculo segregue IGF-1 -un factor de
crecimiento similar a la insulina-, que entra en la corriente sanguínea,
llega al cerebro y estimula la producción del factor neurotrófico
cerebral.
No debe olvidarse entonces que el ejercicio físico ayuda a conservar
en mejores condiciones la función cognitiva y sensorial del cerebro.
Juan Francisco Marcos Becerro, vicepresidente de la Federación de
Medicina Deportiva, explica que la razón de la mejora es la mayor
producción de factor CO cerebral, provocada por la llegada al cerebro
del factor de crecimiento IGF-1, que es producido por los músculos al
hacer ejercicio. Estos hallazgos, ofrecen a la actividad física un papel
neuropreventivo que hasta ahora no se había tenido en cuenta en
enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer, Parkinson,
Huntington o esclerosis lateral amiotrófica.
El ejercicio también podría tener un papel importante en el
tratamiento de personas que sufren depresión ya que esta afección
se caracteriza por niveles bajos de BDNF, lo que podría significar que
este factor también está relacionado con alteraciones en la
afectividad.
Actividad física y cambios funcionales en el cerebro
Un trabajo realizado por el doctor Kubota de la Universidad de Handa
(Japón) ha sido presentado en San Diego ([Link].) con ocasión del
congreso anual de la Sociedad Americana de Neurociencias (2002).
En esta investigación siete jóvenes sanos participaron en un
programa de entrenamiento que consistió en correr durante 30
minutos, tres veces por semana durante tres meses. Cada uno
completó una serie de 'tests' diseñados por ordenador, cuyo objetivo
era comparar la capacidad para memorizar objetos y establecer la
capacidad intelectual antes y después del plan de entrenamiento. Una
vez transcurrido el período de seguimiento, las puntuaciones de estas
pruebas aumentaron de forma estadísticamente significativa en todos
los participantes, así como la velocidad de procesamiento de
información. Para comprobar la fiabilidad del trabajo, en ningún
momento se le permitió a los participantes practicar con los 'tests'
durante el tiempo de duración del estudio.
Los resultados de las pruebas de inteligencia mostraron una clara
mejoría en la función del lóbulo frontal del cerebro. Además, los
autores observaron que las puntuaciones comenzaban a bajar si los
participantes abandonaban el entrenamiento. También descubrieron
que el consumo de oxígeno aumentaba paralelamente a las
puntuaciones de los 'tests', confirmando así que el mantenimiento de
un flujo constante de sangre y oxígeno preserva las funciones
cognitivas. El doctor Kubota, director de la investigación, señala que
el hecho de que las mejoras se perdieran al interrumpir la actividad
física, indica que lo que se requiere realmente para este desarrollo
intelectual es la continuidad en el ejercicio físico. Precisamente el año
pasado, investigadores de la Duke University de Carolina del Norte
habían realizado un trabajo con personas de edad a las que
sometieron a un programa de actividad física de cuatro meses de
duración y mostraron una notable mejoría en la memoria.
Procesos de socialización y actividad física
En un estudio realizado por Carratala y Carratala (1999) que tenía
como objetivo fundamental describir las motivaciones de los padres
de jóvenes deportistas para incorporar a estos en el judo, muestra en
los resultados que existe un componente importante en atribuir al
deporte la potencialización de factores psicosociales como incorporar
la norma, el respeto por el otro, la responsabilidad y el
compañerismo.
En otro estudio, Trulson (1986) examinó a tres grupos de jóvenes de
la misma edad, género y estrato socioeconómico. Un grupo participó
en taekwondo, programa para incorporar prácticas de lucha y
autodefensa; el segundo se ejercitó en el taekwondo tradicional,
programa de entrenamiento en la reflexión y la meditación filosófica;
y el tercer y último grupo practicó el balompié y el baloncesto.
Después de seis meses, los muchachos que participaron en el
taekwondo tradicional (el grupo 2) exhibieron agresión por debajo de
lo normal, menos ansiedad, mayores habilidades sociales y mejora de
la autoestima.
En otro trabajo realizado por Teixeira y Kalinoski (2003), en el que
aplicaron 1.000 cuestionarios a padres de niños escolarizados en
varias escuelas deportivas, se les preguntó por lo motivos que tenían
para matricular a sus hijos, y la relación entre el deporte y la escuela.
Los resultados muestran que el 85.5% de los padres matriculan a sus
hijos porque el deporte mejora los procesos de socialización en los
niños y el 8.5%, porque desean formar futuros atletas. A la segunda
pregunta, los padres responden en su mayoría, 80.9%, que la escuela
como la formación en un deporte o actividad física, tiene la misma
importancia, porque consideran que ambos despiertan la
responsabilidad haciéndole aprender a dividir su tiempo, trabajar en
grupo e incorporar normas. Solo una pequeña parte de los padres
encuestados plantean que el deporte o actividad física entorpece el
rendimiento escolar. Los autores concluyen que el deporte y la
actividad física en general permiten verificar que, sin duda, la
comunidad local considera que el deporte es un instrumento
poderoso de transformación social y que existe en él un elemento
importante para el desarrollo de los individuos, el niño, y el
adolescente, además del aspecto de la socialización. En el mismo
sentido, el autor concluye que la práctica del deporte es saludable, se
utiliza como un antídoto a los vicios, a la delincuencia, y a la violencia
de cualquier tipo. Esta clase de conclusiones es ampliamente
respaldada por los trabajos de Washington (2001) y Gunter (2002).
Gutiérrez (1995) plantea que desde la perspectiva de la socialización,
el deporte puede estructurarse en diversas situaciones sociales, entre
las que se encuentra la escuela. Existe un amplio acuerdo en
reconocer el elevado potencial socializador del deporte: puede
favorecer el aprendizaje de los roles del individuo y de las reglas
sociales, reforzar la autoestima, el auto concepto, el sentimiento de
identidad y la solidaridad. Además, parece que los valores culturales,
las actitudes sociales y los comportamientos individuales y colectivos
aprendidos en el marco de las actividades deportivas, vuelven a
encontrarse en otros campos de la vida como el trabajo y las
relaciones familiares.
Este potencial socializador que tiene el deporte puede tener
consecuencias negativas o positivas, según el modo en que se
establezca la interacción entre la persona que se socializa, los
agentes socializadores y los contextos sociales. Por ejemplo, no se
dará la misma situación socializadora en una escuela que cuente con
todos los medios para impulsar un programa de iniciación deportiva,
que aquella otra en la que, además de carecer de esta posibilidad, un
programa de este tipo puede ser juzgado con cierto recelo. De allí la
importancia del correcto accionar del docente ya que someter al
alumno a presiones constantes o cargarlo de exigencias que él no
está en condiciones de poder afrontar, puede marcarlo de tal manera
que condicione o limite su futura participación en el deporte,
disminuya su autoeficacia y se decida por relaciones sociales
inadecuadas.
Massengale (1979) plantea que el deporte influye en todos las formas
de vivir la cotidianidad de los miembros de una sociedad. Por eso,
dentro de la escuela, el deporte favorece la capacidad de aceptar
valores morales y éticos a través del comportamiento aprendido
como deportista, establece comunicaciones verbales y no verbales
mediante el desarrollo de un lenguaje específico y de unos gestos, y
crea un ambiente cultural para el deportista, considerado un héroe
popular moderno que es de hecho habitualmente contemplado en las
tendencias de la publicidad. Frente a este planteamiento, otros
autores exponen que el énfasis en la victoria puede desviar la
atención de la variedad y motivaciones con que se participa en el
deporte escolar, en el que algunos alumnos desean participar y
divertirse y otros ganar campeonatos (Devís, 1995).
Weiss (1982) y Bredemeier (1994) aseguran que basados en el
convencimiento general de que cualquier actividad que se realice
durante los años de formación de un individuo producirá un impacto
educacional, el deporte es una de las influencias a considerar en la
educación de la juventud, y para muchos, la parte más importante del
establecimiento educativo. Sin embargo, el carácter formativo que
pueda alcanzar el mismo dependerá, entre otros factores, de la
manera en que los niños y jóvenes han de enfrentarse al dilema del
juego limpio, es decir, a la toma de una posición frente al respeto de
las normas del juego, o al hecho de saltarse las reglas establecidas
con el único fin de ganar.
Para que se dé el desarrollo moral en un contexto deportivo, se deben
idear estrategias de razonamiento moral que superen la convención
social. Esto hace referencia al aprendizaje de los valores que
tradicionalmente se han difundido con el deporte, que sólo se limitan
al cumplimiento de las normas necesarias para su práctica, sin que en
ello exista algún razonamiento que justifique la necesidad del respeto
por los mismos. Trabajos de otros investigadores indican que los
niveles de desarrollo cognitivo de los estudiantes mejoran por el uso
de un sistema de intervención estructurada, más que por otros que
simplemente exponen a los deportistas a la interacción propia
derivada del juego.
Valores sociales y personales más propicios de alcanzar a través de la
actividad física y el deporte
¿Pero concretamente, cuáles son los valores sociales que son factibles
de desarrollar a través del deporte en la escuela?
A partir de los resultados obtenidos por las investigaciones realizadas
por Gutiérrez (1995), el autor concluye que los valores más propicios
de alcanzar a través de la actividad física y el deporte son los
siguientes:
Valores sociales: participación de todos, respeto a los demás,
cooperación, relación social, amistad, pertenencia a un grupo,
competitividad, trabajo en equipo, expresión de sentimientos,
responsabilidad social, convivencia, lucha por la igualdad,
compañerismo, justicia, preocupación por los demás, cohesión de
grupo.
Valores personales: Habilidad (forma física y mental), creatividad,
diversión, reto personal, autodisciplina, autoconocimiento,
mantenimiento o mejora de la salud, logro (éxito-triunfo),
recompensas, aventura y riesgo, deportividad y juego limpio
(honestidad), espíritu de sacrificio, perseverancia, autodominio,
reconocimiento y respeto (imagen social), participación lúdica,
humildad, obediencia, autorrealización, autoexpresión, imparcialidad.
Rendimiento escolar y actividad física
Se ha encontrado una relación positiva entre la práctica de la
actividad física y el rendimiento académico en varios estudios
realizados por el departamento de educación del estado de California
en los [Link]. (Dwyer et al, 2001; Dwyer et al, 1983; Linder, 1999;
Linder, 2002; Shephard, 1997 y Tremblay et. al, 2000) que apoyan la
idea de que el dedicar un tiempo sustancial a actividades físicas en
las escuelas, puede traer beneficios en el rendimiento académico de
los niños, e incluso sugieren que existen beneficios, de otro tipo,
comparados con los niños que no practican deporte.
Mitchell (1994) estudió la relación entre la actividad física y la
capacidad cognoscitiva después de asistir a dos talleres en el verano
con Phyllis Weikart, profesor emérito en la Universidad de Michigan. El
autor se preocupa porque los niños tienen menos oportunidades de
ser físicamente activos y de desarrollar las habilidades motoras
básicas.
Mitchell (1994) realizó un estudio para investigar la relación entre la
capacidad rítmica y el rendimiento académico en los primeros grados.
Los resultados apoyaron una relación entre los logros académicos y
las habilidades motoras de mantener un golpeteo constante. También
son respaldados por Geron (1996), quien divulga en sus discusiones
que la sincronización de los niños se encuentra relacionada
positivamente con los logros en la escuela, específicamente en las
matemáticas y la lectura.
Los jóvenes que practican actividad adicional a la contemplada en los
programas de formación en las escuelas tienden a mostrar mejores
cualidades como un mejor funcionamiento del cerebro; en términos
cognitivos, niveles más altos de concentración de energía, cambios
en el cuerpo que mejoran la autoestima, y un mejor comportamiento
que incide sobre los procesos de aprendizaje (Cocke, 2002; Dwyer et.
al, 1983; Shephard, 1997; Tremblay, Inman y Willms, 2000).
Las cualidades del cerebro que se mejoraron se asociaron a la
actividad física regular y consisten en el alto flujo de sangre que
recibe el órgano, los cambios en los niveles hormonales, la
asimilación de los nutrientes, y la mayor activación del mismo
(Shephard, 1997). Cocke (2002) indica que "tres de los estudios
presentados en la sociedad de neurología en el 2001, sugieren que el
ejercicio regular puede mejorar el funcionamiento cognoscitivo y
aumentar, en el cerebro, los niveles de las sustancias responsables
del mantenimiento de la salud de las neuronas". La función del
cerebro puede también estar beneficiada indirectamente por la
actividad física debido a la generación creciente de la energía a partir
del tiempo que permanecen fuera del salón de clase; el incremento
de los niveles de energía en esta situación puede disminuir la
aburrición de los niños en el salón, provocando mayores niveles de
atención cuando regresan a recibir instrucciones (Linder 1999).
Diferente a las pruebas de medidas, Linder (1999) utilizó un
cuestionario para recopilar datos sobre la actividad física y el
funcionamiento académico de 4.690 estudiantes, entre 9 y 18 años
de edad, en Hong Kong. Ambas pruebas fueron administradas por los
investigadores en las salas de clase de los estudiantes. Cada uno de
ellos terminó personalmente su cuestionario, clasificando su propia
actividad física y rendimiento académico. Después del análisis de los
datos, los resultados demostraron una correlación positiva, pero baja
(más para las mujeres que para los hombres), en la cual los
estudiantes que perciben que hacen más actividad física reportan un
mayor rendimiento académico.
En dos estudios realizados a largo y mediano plazo (reportados por
Shephard, 1984), se compararon estudiantes de Bailey de una
escuela que ofrecía educación física por un intervalo de 1 a 2 horas al
día, con otra que no ofrecía ningún programa parecido y por el
contrario se concentraba en temas académicos. Después de 9 años,
los integrantes de la escuela que realizaban educación física dieron
muestras de mejor salud, actitud, disciplina, entusiasmo y
funcionamiento académico que los integrantes de la otra escuela. El
segundo estudio trabajó con una escuela primaria en Aiken, SC. Las
estadísticas mostraban a esta escuela en 25% por debajo del
rendimiento académico de las restantes escuelas del distrito. La
escuela decidió introducir un plan de estudios fuertes en artes (danza
diaria, música, drama y artes visuales) y las estadísticas pasaron del
25% por debajo al 5% por encima en 6 años.
Conclusión
Hay evidencia de tipo teórica que nos indica que el ejercicio físico
tiene una fuerte influencia en factores que no se habían considerado
anteriormente. Véase estados emocionales como ansiedad y
depresión, disminución del estrés, mejoras de las capacidades
intelectuales y cognitivas, apoyados en cambios funcionales a partir
de la práctica de actividad física y deporte. Esto implica que la
actividad deportiva puede considerarse un elemento central y
fundamental en los programas de promoción de la salud para
poblaciones infanto-juveniles con y sin patologías específicas -como
las dificultades de aprendizaje, los síntomas de hiperactividad,
algunos casos de deficiencia mental y conducta disocial-. Una vez
más, solo una perspectiva sistémica bio-psico-social-ambiental del ser
humano permite entender que las diferentes funciones fisiológicas y
cognitivas están interrelacionadas y que cambios o modificaciones
positivas en algunas de ellas van a repercutir en cambios y
modificaciones en esferas diferentes del organismo humano. Hace
muchos siglos, cuando planteaban que una mente sana podía existir
en un cuerpo sano -y viceversa- los griegos tuvieron una visión holista
del ser humano. Nuestra revisión evidencia que estaban por el
camino adecuado y que éste es el que debemos recorrer en futuras
investigaciones que pretendan desarrollar una intervención integral
en la promoción, prevención y tratamiento de muchas patología
humanas.
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Universidad de los Andes, Facultad de Ciencias Sociales
Carrera 1 E No 18ª -10, Edificio Franco Of 202
Bogotá D.C., Colombia
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res@[Link]
¿POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE LA ACTIVIDAD FÍSICA PARA LA SALUD
Y BIENESTAR?
Sabemos que mantenerse activo es una de las mejores formas de
mantener nuestro cuerpo sano. Pero ¿sabía que también puede
mejorar su bienestar general y la calidad de vida?
A continuación, le mostramos algunas de las formas en que la
actividad física puede ayudarla a sentirse mejor, tener un mejor
aspecto y vivir mejor. Porque, ¿por qué no?
Mejora el estado de ánimo de forma natural.
La actividad física regular puede aliviar el estrés, la ansiedad, la
depresión y el enfado. ¿Conoce esa “buena sensación” que se tiene
después de hacer actividad física? Imagínela como una píldora de la
felicidad sin efectos secundarios. La mayoría de las personas se
sienten mejor con el tiempo, cuando la actividad física se convierte en
una parte regular de sus vidas.
La mantiene sana y en buena forma física.
Sin actividad regular, el cuerpo pierde lentamente su fuerza,
resistencia y capacidad para funcionar correctamente. Es como el
viejo dicho: “El hombre no deja de jugar porque se hace viejo, se hace
viejo porque deja de jugar”. El ejercicio físico aumenta la fuerza
muscular, lo que, a su vez, aumenta su capacidad para realizar otras
actividades físicas.
Ayuda a mantener al médico alejado.
Póngase de pie cuando se coma esa manzana al día. Pasar demasiado
tiempo sentado y otras actividades sedentarias puede aumentar el
riesgo de padecer cardiopatías y derrames cerebrales. Un estudio
demostró que los adultos que ven más de 4 horas de televisión al día
presentan un riesgo un 80% mayor de fallecimiento por enfermedad
cardiovascular.
Ser más activa puede ayudarla a lo siguiente:
reducir la presión arterial
Aumentar los niveles de colesterol bueno
Mejorar el flujo sanguíneo (circulación)
Mantener el peso bajo control
Evitar la pérdida de masa ósea que puede provocar osteoporosis
Todo esto puede ahorrarle gastos médicos, intervenciones y
medicamentos más adelante en la vida.
Puede ayudarla a vivir más tiempo.
Es cierto que los 70 son los nuevos 60… pero solo si tiene salud. Las
personas que están físicamente activas y con un peso saludable viven
unos siete años más que las que no están activas y son obesas. Y la
parte importante es que esos años extra suelen ser años más
saludables. Mantenerse activo retrasa o previene enfermedades y
afecciones crónicas asociadas al envejecimiento. Por tanto, los
adultos activos mantienen su calidad de vida y su independencia
durante más tiempo.
Estas son algunas de las ventajas que puede obtener con la actividad
física habitual:
La ayuda a dejar de fumar y vivir sin tabaco.
Aumenta el nivel de energía para que pueda hacer más cosas.
La ayuda a controlar el estrés y la tensión.
Fomenta una actitud y unas perspectivas positivas.
La ayuda a dormir con mayor rapidez y de forma más profunda.
Mejora la imagen y la confianza de una misma.
Esto ayudará a que pase más tiempo al aire libre.
La American Heart Association recomienda al menos 150 minutos de
actividad aeróbica de intensidad moderada a la semana. Puede
hacerlo dedicando tan solo 30 minutos al día, 5 días a la semana. Y
cada minuto de actividad moderada a fuerte cuenta para su objetivo.
¡Así de fácil! Simplemente muévase más, de manera más intensa, y
siéntese menos. No es necesario que haga grandes cambios en su
vida para ver las ventajas. Empiece integrando más actividad en su
día, paso a paso.