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Cuidado con los Pactos Espirituales

El único pacto válido que los creyentes deben aceptar es el que Dios hizo a través de Cristo Jesús, y no otros pactos que se imponen erróneamente. Muchos líderes pueden manipular las Escrituras para establecer pactos que carecen de fundamento bíblico, lo que puede llevar a la frustración y al daño espiritual. Es crucial centrarse en el pacto divino en Cristo y ser cautelosos con enseñanzas que desvíen de esta verdad.

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Cuidado con los Pactos Espirituales

El único pacto válido que los creyentes deben aceptar es el que Dios hizo a través de Cristo Jesús, y no otros pactos que se imponen erróneamente. Muchos líderes pueden manipular las Escrituras para establecer pactos que carecen de fundamento bíblico, lo que puede llevar a la frustración y al daño espiritual. Es crucial centrarse en el pacto divino en Cristo y ser cautelosos con enseñanzas que desvíen de esta verdad.

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¡CUIDADO CON ALGUNOS ‘PACTOS’!

En las Escrituras, el único Pacto válido que tenemos que aceptar y cumplir es el que Dios hizo ya en y
con Cristo Jesús a nuestro favor.
Cuando alguien te dice que hagas un pacto con Dios porque esa es la manera en la cual Dios se relaciona
con nosotros, no le hagas caso. Lo más probable es que aquel haya escogido el texto de la historia de
Gedeón. Éste, en su relación con Dios “le impuso” la forma en la cual Él debía hablarle y guiarle
respecto de lo que Gedeón le estaba pidiendo. Aunque esa no es la forma en la cual Dios trata con
nosotros Él escuchó a Gedeón y le contestó acorde con su petición. Entonces, algunos al leer esta
historia lo toman como “norma” para su vida, y así lo enseñan a otros creyentes (Ver, Jue. 6.34-40). Pero
una vez más nos encontramos con un texto aislado que forma parte de una historia particular (podría ser
otra parecida) que, en ningún momento puede establecerse como norma para los creyentes; ni lo fue en
el Antiguo Testamento, ni mucho menos en el Nuevo Testamento. Además, al demandar de Dios una
petición acorde con “nuestro método” cabría la posibilidad de que, como reza el dicho, “nos salga el tiro
por la culata”. Se cuenta que en cierta ocasión un creyente le dijo al Señor: “Señor voy a abrir mi Biblia
y las primeras palabras que vea, las tomaré como que tú me estás guiando”. Así que el creyente “lleno de
fe” abrió su Biblia y las primeras palabras que vio, decían: “Y salió y fue y se ahorcó” (Mt.27.5).
Entonces, no muy convencido de que esa era “la guía” del Señor para él, creyó que se había equivocado
y volvió a repetir la acción poniendo “toda la fe” que podía en el intento. Abrió su Biblia nuevamente, y
las primeras palabras que vio, decían: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lc.10.37). Así que si la primera
“respuesta” sorprendió al creyente, la segunda le causó un gran disgusto.
El ejemplo es uno más de otros muchos que se podrían poner del disparate que resulta de usar un texto
de la Escritura y una acción, sacados de su contexto y establecerlos como “norma” en nuestra vida de
relación con Dios. Entonces, todo esto de “hacer pactos con Dios” viene a cuento porque hace muchos
años le oí decir a un pastor, con cierta insistencia:“Nosotros debemos hacer pactos con Dios y
seguirlos”. Al parecer, era su convicción y era su norma. Pero como otras muchas cosas que vemos y
oímos, esa era una creencia y práctica que no tiene soporte bíblico alguno. Pero mientras él hablaba, yo
pensaba en que esa era una forma de imponerle a Dios un “pacto”, al cual él debía someterse.
¡Sorprendente! Entonces me venía a la mente que en las Escrituras el único Pacto –con mayúsculas-
válido que tenemos que aceptar y cumplir es el que Dios hizo ya en y con Cristo Jesús a nuestro favor.
Luego, cuando por la fe en Jesucristo entramos y llegamos a formar parte de ese pacto, descubrimos que
es un pacto completo, perfecto, concluido y establecido de forma definitiva, para el pueblo de Dios. A
ese pacto no le falta nada; ni en relación con las ordenanzas divinas para nosotros, ni tampoco en
relación con las promesas divinas: Promesas de perdón y de reconciliación con Dios por medio de la
justificación por la fe en Jesucristo; promesas de enseñanza y guía para nuestras vidas; promesas de
fortaleza, de fe, de esperanza, de consuelo, de guarda, de cuidado y de seguridad; de amor, de
aceptación, de vida eterna, etc., etc. ¿Qué más necesitaremos si en todo ha pensado nuestro buen Dios?
¿Acaso se le ha escapado algo a él? Por otra parte, ¿le impondremos alguna condición nosotros a él? ¿Le
condicionaremos sobre la base de lo que nosotros pensamos, deseamos o dispongamos? Eso sería tanto
como “tentar a Dios”. En todo caso es mejor atender al pacto que Dios hizo en Cristo Jesús a nuestro
favor. Ese pacto está respaldado por el testimonio del ES en toda la Sagrada Escritura. Dice en
Heb.10.15-17:
“Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: Este es el pacto que
haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones y en sus
mentes las escribiré, añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones”.
Y a esto, se le añade:
“Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo (el de Jesús) cuanto es el Mediador de un mejor pacto,
establecido sobre mejores promesas” (Hb.8.6-13)
Por tanto, todo énfasis en otro tipo de “pactos” que no sea ese “mayor” y “mejor pacto” que Dios ya hizo
en Cristo Jesús, no tienen sustento bíblico alguno que los avale; y todo cuanto no tiene apoyo bíblico,
sólo traerá frustración, desencanto e incluso podría afectar a la fe de forma muy seria a los que los
siguen; mientras que aquellos que lo enseñan y lo propagan a los cuatro vientos, viven en su “nube” de
una aparente auténtica espiritualidad. Pero a todo eso, ¡ni caso! Porque sobre esto no tenemos mandato
divino; y por tanto, tampoco derecho alguno a realizarlos. Así que, por nuestra propia salud espiritual, es
mejor no hacer caso a ese tipo de enseñanzas y prácticas. Otra cosas sería el que nos comprometiéramos
a hacer algo sobre la base de algunas de sus demandas en las cuales sabemos que las tenemos
descuidadas. Eso no tendría nada que ver con “hacer pactos con Dios”.
Por otra parte, y siguiendo con usar pasajes de forma incorrecta, hace años supimos de un “apóstol” que
enseñaba a los pastores de su organización a hacer “pactos de amistad” con aquellos que apuntaban al
liderazgo dentro de sus iglesias. El “apóstol” (“falso apóstol” y “obrero fraudulento” -2ªCo.11.13-14-)
basaba ese “consejo” y práctica, en el pacto que David y Jonathan, el hijo de Saúl hicieron el uno con el
otro (1Sm.18.1-4). Algo, que en ciertas circunstancia puede tener sentido entre dos personas, de igual a
igual, a efectos de tener una verdadera amistad que estará por encima de todas las dificultades que
pudieran presentarse en el camino.
Sin embargo, ese “pacto de amistad” de David y Jonathan, fue tomado por el “apóstol” mencionado para
hacerlo con aquellos que descollaban en el liderazgo pero no “de igual a igual” sino de “apóstol a
creyente ‘raso’”. Con el tiempo se vio que usaba, por una parte, su autoridad espiritual como “apóstol” y
“pastor” para demandar de aquel creyente lo que creía oportuno; y si aquel tenía duda al respecto, el
“apóstol” le recordaba su “pacto de amistad” el cual “habían hecho delante de Dios”. El asunto es que
algunas cosas que le demandaba aquel dirigente, estaban en contra del pacto que el creyente tenía hecho
con su esposa, por la vía del matrimonio. Cuando la esposa se dio cuenta de aquella manipulación,
protestó, argumentando que ella se había casado con su marido pero no con el “pastor” ni con el
“apóstol”. No hubo manera de reconducir aquello: “La esposa tiene que someterse a su marido, como al
Señor” (Ef.5.23-24). “Y si no, es que no es la esposa que Dios te ha dado para ti”. Así le decían al
marido.
Aquella autoridad espiritual estaba muy por encima de lo que la esposa pensaba y decía; ni a su
conciencia respetaron. Así que después de ocho años de matrimonio, sin mayores problemas… fue roto.
Con las tensiones que sufrió la esposa, el bebé que esperaba, se perdió. Por lo visto hay “líderes”
“apóstoles” y “pastores” que se creen ser Dios y que la obediencia que les deben los demás, es de
carácter absoluto, la misma que le debemos a Dios. Pero eso es propio de las sectas religiosas, y
peligrosas.
Por eso, cuando oímos de “hacer pactos” sea con Dios o entre hermanos… hemos de argumentar que el
único Pacto (con mayúsculas) al que hemos de estar sujetos es el que Dios ha hecho en Cristo por
nosotros, a nuestro favor, y en el cual también cabe el pacto matrimonial. Todo “pacto” que no esté
dentro de es gran y perfecto Pacto de carácter divino, debe ser analizado con mucha atención; porque lo
que podría presentarse como “una gran bendición” podría ser una trampa “mortal” para nuestra propia
vida de relación con Dios y, consecuentemente, nuestra vida espiritual.
Una vez más, y de fondo nos parece oír las palabras del Señor: “El que tiene oídos para oír, oiga”.

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