El Relojero del Viento
En un pueblo olvidado por los mapas, donde las estaciones llegaban sin aviso y los
relojes se negaban a funcionar, vivía un viejo conocido como El Relojero del
Viento. Su taller estaba construido en lo alto de una colina, donde el viento nunca
dejaba de soplar. Decían que no usaba engranajes ni péndulos, sino aire, susurros y
secretos para medir el tiempo.
Nadie sabía su nombre ni de dónde venía. Solo que cada cierto tiempo, bajaba con un
reloj nuevo en las manos y lo dejaba colgado en la plaza. No marcaban horas,
minutos ni segundos. Solo mostraban símbolos: una hoja, una lágrima, una llama, una
nube… y todos sabían qué significaban. Cuando la hoja aparecía, era tiempo de
partir. Cuando la lágrima, alguien pronto dejaría este mundo.
La gente del pueblo aprendió a leer el tiempo a través de esos signos. Ya no
necesitaban calendarios ni campanas. Vivían en armonía con los vientos que el
relojero capturaba en sus extraños aparatos.
Un día, una niña llamada Lina, que soñaba con detener el tiempo para que su madre
enferma no muriera, subió al taller del relojero. Él la recibió sin palabras, como
si ya la estuviera esperando. Le mostró un reloj distinto a los demás: uno con su
reflejo atrapado dentro, mirándola con los ojos muy abiertos.
—¿Puedo detener el tiempo con esto? —preguntó Lina.
—Sí —respondió el relojero por primera vez—, pero debes dar algo a cambio.
Lina no dudó. Apretó el reloj contra su pecho y el viento cesó. Todo quedó en
silencio. El pueblo se congeló, las nubes dejaron de moverse, y su madre respiraba
tranquila, dormida, pero viva.
Desde entonces, Lina forma parte del taller. Cada reloj nuevo lleva un poco de su
aliento. Y aunque el tiempo volvió a fluir, cada tanto, el viento se detiene por un
instante… como si el relojero y la niña estuvieran recordando.