UNIDAD 1. Seremos Nutricionistas … ¿y educadores también?
CAPÍTULO II.
Las bases para comprender a la Educación Alimentaria Nutricional.
II. A. BREVE REPASO DEL CONCEPTO DE SALUD
Recuperando contenidos que han trabajado en la materia Comunidad y Salud,
podemos decir que pensar la salud como estado implica entenderla como algo sin
movimiento, que se tiene o no se tiene. Por el contrario, entenderla como proceso,
nos permitirá captar su dinamismo, su capacidad de cambio. Y es, en este punto, en
el que debemos detenernos para identificar la salud y la enfermedad como extremos
de una recta, en la cual nos movemos constantemente, acercándonos y alejándonos
de la salud y la enfermedad.
Los procesos de salud se comprenden en profundidad si se analiza el
contexto en el cual se producen, los acontecimientos políticos, económicos y sociales
que los acompañan y que dan sentido a los sucesos y los paradigmas a partir de los
cuales se explica la realidad. Por eso, decimos que la salud es el resultado de
procesos históricos y que está situada en un contexto y en un tiempo determinado.
La salud y la alimentación son considerados derechos humanos
fundamentales y datan de 1948. Terminada la Segunda Guerra Mundial (1948), se
realiza la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) donde se hace
referencia a distintos ámbitos vinculados a la dignidad de las personas como el
trabajo, a la educación, la libertad de pensamiento y de expresión, entre otras.
Al analizar las concepciones de salud y enfermedad, desde la antigüedad
hasta nuestros días, se destacan las luchas y pugnas a partir de las cuales un
paradigma iba perdiendo su vigor para darle paso a otro que surgía impetuoso. En
la actualidad, en este mundo signado por el mercado y el dinero, no existe distinción
con la salud y la alimentación, por lo que se consideran las mismas como mercancías
o bienes de mercado. Los niveles crecientes de pobreza, indigencia y desigualdad en
el mundo deberían indicarnos que algo estamos haciendo mal en el camino …
¿elegido?
FRANCO, ML - SALOMONE, A pág. 9