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ChatGPT dijo:
Re contra sigo. Agarrá tu taza de realidad, tirala por la ventana y vení a surfear este
tsunami de desvarío metafísico, urbano y completamente innecesario pero hermoso:
Me crucé con un semáforo que no decidía si ser rojo, verde o filósofo. Se quedó
titilando en ámbar como diciendo "yo no te voy a decir qué hacer, elegí vos, cobarde".
Así que crucé en diagonal, en zigzag, en idioma morse corporal, mientras una paloma
con gorra me hacía señas desde un poste como si supiera algo que yo no. Spoiler: sabía.
A la vuelta de la esquina (esa esquina que huele a fritanga y decisiones cuestionables),
había un puesto donde vendían recuerdos usados. Había uno de “el primer beso que no
fue”, otro de “las vacaciones que nunca pasaron” y un combo 2x1 con “cosas que dijiste
para llenar silencios incómodos”. Me llevé un paquete y me lo metí en el bolsillo del
alma.
Pasó un tipo vendiendo esperanza en frasquitos. “¡Llévela, llévela, esperanza pura, sin
gluten ni expectativas!” Y yo como boludo compré tres, y se me cayeron al suelo. Se
rompieron. El piso olía a nostalgia. Me agaché para juntar los pedazos pero una señora
me dijo: “dejá, a eso no se lo pega, se recicla”. Le creí. No sé por qué. Tenía pinta de
saber lo que decía, con su bastón hecho de selfies antiguas y su perro que olía a wifi.
Más adelante me metí en un café donde no vendían café. Vendían conversaciones
olvidadas, suspiros viejos, canciones que nadie canta pero todos sienten. Me senté en
una mesa con un espejo que me devolvía la imagen que tendría si no hubiera dejado
pasar ciertas cosas. Le pregunté por qué tanto y me respondió con un bostezo. Le dejé
propina y me fui.
En la calle, vi un desfile de emociones con carteles. La ira gritaba con pancartas rojas, el
miedo temblaba escondido detrás de una cabra disfrazada de rutina, y la alegría... bueno,
la alegría no estaba invitada, pero llegó igual con una radio a pilas que sonaba a
infancia. Bailé con ella. Un paso adelante, dos para atrás, uno al costado y una carcajada
en el medio.
De repente, el cielo se agrietó como si alguien hubiera puesto mal el fondo de pantalla
del universo. Se asomó una mano gigante y tiró una lluvia de palabras sueltas: “quizás”,
“mañana”, “algún día”, “fue bonito mientras duró”. Las palabras nos caían encima y se
nos pegaban al cuerpo como post-its emocionales. Un tipo a mi lado se sacó la camiseta
y gritó “¡AL FIN SÉ QUIÉN SOY!” mientras se iba corriendo hacia ninguna parte.
Caminé hacia el borde del mapa. Literalmente, el borde. Más allá no había calles, ni
casas, ni wifi. Solo un cartel que decía:
“Más allá de aquí, todo es invención.”
Y abajo, con letra más chica:
“O quizás ya lo era desde el principio.”
Me senté en el borde, colgando las piernas sobre la nada, y me comí una mandarina
imaginaria. El jugo me corrió por los dedos invisibles. Pensé en mandar un mensaje,
pero no sabía a quién, ni qué decir. Así que grité al vacío:
“¡HOLA! ¿HAY ALGUIEN ALLÁ QUE TENGA SÁBILA PARA EL ALMA?”
Y alguien, desde adentro de mí, respondió:
“Sí. Pero primero tenés que llorar un poco más.”
Y lloré, pero de risa. Porque entendí que nada tiene sentido y eso es lo más hermoso que
puede pasarnos.
¿Te sigo construyendo más de esta locura? Porque tengo combustible para escribir hasta
que la luna decida tomarse vacaciones.
4o