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Estrategias de Inclusión Social Actual

El documento analiza las estrategias de inclusión generadas por los 'desafiliados' en respuesta a la exclusión social, destacando tres modos: el mundo de las imitaciones, la conexión multifrénica y el entretenimiento de bajo nivel. Se argumenta que estas estrategias surgen en un contexto de crisis económica y desigualdad, donde las personas buscan formas de resistencia cultural y sobrevivencia económica. Además, se enfatiza la relación entre consumo y exclusión, sugiriendo que las dinámicas de consumo contemporáneas reflejan y perpetúan estas condiciones de exclusión.

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Estrategias de Inclusión Social Actual

El documento analiza las estrategias de inclusión generadas por los 'desafiliados' en respuesta a la exclusión social, destacando tres modos: el mundo de las imitaciones, la conexión multifrénica y el entretenimiento de bajo nivel. Se argumenta que estas estrategias surgen en un contexto de crisis económica y desigualdad, donde las personas buscan formas de resistencia cultural y sobrevivencia económica. Además, se enfatiza la relación entre consumo y exclusión, sugiriendo que las dinámicas de consumo contemporáneas reflejan y perpetúan estas condiciones de exclusión.

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REVISTA TEMAS SOCIOLÓGICOS Nº 16 ∙ 2012

ISSN 0717-2087 ∙ pp. 287 - 304

Las estrategias de la inclusión


Juan Soto Ramírez*

Categoría: Comunicado
Fecha de recepción: 28 de mayo de 2012
Fecha de aprobación: 28 de junio de 2012

Resumen
El tema de la exclusión ha sido demasiado discutido en disciplinas como la
sociología y la antropología social. Incluso en la psicología social la temática ha
nutrido bastantes investigaciones. Como tópico ha dado lugar a innumerables
reflexiones de grandes pensadores e intelectuales. Frente a las diversas facetas que
ha adquirido la exclusión en el mundo contemporáneo, paulatinamente se han
gestado diversos modos de inclusión más allá de la oposición material y simbólica
que son dignos de ser analizados y discutidos. En este texto se discuten sólo tres:
el mundo de las imitaciones, la conexión multifrénica y el entretenimiento de bajo
nivel. Con el afán de apropiarse de una subjetividad que les ha sido negada, los
‘desafiliados’ de diversos sistemas simbólicos han optado por generar estrategias
de inclusión en el ámbito de la vida cotidiana y son dignas no sólo de ser
analizadas sino de ser discutidas. A lo largo de todo el texto se llama la atención
sobre los heurísticos que apuntalan las formas contemporáneas del consumo.

Palabras clave: Exclusión, Estrategias, Consumo, Entretenimiento, subjetividad,


redes sociales

Abstract
The issue of exclusion has been overly discussed in disciplines such as sociology
and social anthropology. Even in the social psychology, it has drawn considerable
research interest. As a topic has led to countless thoughts of great thinkers and
intellectuals. Given the different facets that exclusion has acquired the exclusion
in the contemporary world, various modes have been increasingly developed
beyond the material and symbolic opposition, which are worthy of being analyzed
and discussed. In this paper, we discuss only three: the world of imitations, the
‘multifrenica’ connection and low level entertainment. In an attempt to seize a
subjectivity that has been denied, the ‘unaffiliated’ from various symbol systems
have chosen to generate strategies for inclusion in the scope of everyday life and
are worthy not only be analyzed but to be discussed. Throughout all texts, it is
emphasized the heuristics that underpin contemporary forms of consumption.

Keywords: Exclusion, Strategies, Consumption, Entertainment, subjectivity,


Social Networks

* Profesor Titular C de Tiempo Completo de la Universidad Autónoma


Metropolitana (UAM), Unidad Iztapalapa, México, D.F. Licenciado en Psicología
Social por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Iztapalapa.
Maestro en Psicología Social por la Facultad de Psicología de la Universidad
Nacional Autónoma de México (UNAM). Doctor en Antropología Social por la
Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), juansotoram@[Link]

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Las estrategias de la inclusión - Juan Soto Ramírez

Introducción
Las formas que ha adoptado la exclusión social no sólo son di-
versas sino evidentes en muchos ámbitos de la vida cotidiana.
Diferentes disciplinas sociales se han encargado de reflexionar y
discutir al respecto, pero han dejado de lado dos cuestiones que
parecen importantes. La primera es que la exclusión se encuen-
tra ligada a la inclusión. Forman parte de un continuum. Están
mutuamente implicadas. La segunda es que tradicionalmente la
exclusión se ha estudiado en demasía y, por obvias razones, no
se ha puesto atención en los modos en que los ‘desafiliados’ de
los sistemas se resisten a ser excluidos y, gracias a ello, generan
estrategias para no quedar fuera de estos últimos.
Poner atención a dichas estrategias de inclusión nos permite
conocer la manera en que las masas, como las olas, van de un lado
a otro. Y los dominios por excelencia para analizar esto son, sin
lugar a dudas, los del consumo, el ocio y el entretenimiento. En
ellos es donde se ve reflejado el pensamiento colectivo. Es donde
se puede mirar con lujo de detalle, por ejemplo, que la cultura ha
perdido profundidad y paulatinamente se ha trivializado. En el
ámbito del consumo es más que evidente cómo la inclusión de
unos pocos va generando desafiliaciones masivas, pero a su vez
esto trae consigo fenómenos culturales dignos de ser analizados.
La idea central de este texto es que frente a los procesos de
desafiliación, provocados por los despidos masivos, el endeuda-
miento a gran escala, el debilitamiento de los sistemas políticos y
la degradación de la calidad de vida, entre otros, a nivel de la vida
cotidiana, a ‘ras de suelo’, se van generando no sólo formas de re-
sistencia cultural y de sobrevivencia económica sino también es-
trategias de inclusión para no quedar fuera de los sistemas mate-
riales y simbólicos que alimentan el funcionamiento de la cultura.
Y aunque si se pone la atención debida seguramente se des-
cubrirán muchas más, en este escrito sólo se analizarán tres. El
mundo de las imitaciones, la conexión multifrénica y el entrete-

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nimiento de bajo nivel. Otra de las ideas centrales es que diversas


prácticas culturales que apuntalan estos tres fenómenos, son un
conjunto de heurísticos. Es el ‘pensamiento débil’ lo que permite
que el razonamiento colectivo funcione a través de razonamien-
tos simples, pero eficientes. Sin embargo, es preciso señalar que
para arribar a la discusión de estos tres puntos, primero es ne-
cesario retomar ciertos aspectos relevantes sobre la exclusión en
el marco de la discusión sociológica. A saber: el acceso desigual
a los sistemas, la excesiva monetarización de los problemas y la
aparición de nuevas amenazas y riesgos. Sin estos tres fenóme-
nos, sería difícil comprender el modo en que aparecen estrategias
colectivas de apropiación, material y simbólica, que le permiten
a la gente obtener satisfactores a nivel subjetivo para sentirse in-
cluida.

Consumo y exclusión
Es un lugar común en distintas disciplinas sociales hablar de la
exclusión. Es un tema recurrente en Sociología, Antropología So-
cial e incluso en la Psicología Social. Bajo la forma sociológica de
la marginación, la exclusión, como tema de investigación, incen-
tivó la escritura de cientos o miles de páginas que se dividieron,
más o menos, entre estudios académicos serios y consignas pan-
fletarias disfrazadas de investigación social.
Como haya sido, cualquiera puede recordar la amplia obra
del Profesor Alain Touraine e identificar cómo la marginación ha
sido uno de los temas centrales y recurrentes en sus reflexiones.
Para Touraine (2011), el retroceso social, no tanto el político, im-
plica la defensa de las libertades que se habían ganado tiempo
atrás. Dos aspectos son centrales en sus disertaciones: a) el que
tiene que ver con la oposición entre los dueños del dinero versus
los ciudadanos comunes, y b) el que tiene que ver con la reivindi-
cación ciudadana (ya sea por la vía de la participación política u
otros medios) de cara a la defensa de los derechos universales (a
través de la lucha social, por ejemplo).

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Las estrategias de la inclusión - Juan Soto Ramírez

La crisis económica, mal nombrada por muchos ‘desacele-


ración’, ha generado, en el sentido de la reflexión de Touraine,
cada vez más ‘desafiliados’ y ha producido un, digámoslo así,
adelgazamiento de las clases medias. Los despidos masivos, el
endeudamiento a gran escala, el debilitamiento de los sistemas
políticos y la degradación de la calidad de vida, entre otros, son
algunos de los principales obstáculos que deben enfrentarse a
diario y sirven como directrices de lo que bien podríamos de-
nominar nuevas estrategias de sobrevivencia. Es así que las for-
mas de exclusión social parecen agudizarse en dos ámbitos de
fácil identificación. En el dominio de la salud, la educación y la
previsión, así como en el terreno del acceso a bienes y servicios
(Lechner, 1998: 187).
En el campo de la salud y la previsión social es fácil encon-
trar numerosos casos alarmantes de personas que no cuentan con
los beneficios de los sistemas sanitarios. Bien porque se han ido
privatizando, bien porque el ingreso a este sistema se encuentra
condicionado por la incorporación a otro que es el del trabajo. Es
decir, el arribo al mundo laboral, de una u otra forma, garantiza
la afiliación a los servicios de salud, pero la crisis económica que
conlleva a los despidos masivos produce, a su vez, desafiliados
de ambos dominios: el de salud y el del trabajo.
Debemos decir que así como las grandes crisis económicas y
financieras tienen su debido impacto en los campos de salud y la
previsión, también lo tienen en el de la educación. Según Norbert
Lechner (1998: 187-191), las deficiencias de los sistemas provocan
un sentimiento de desvalidez e impotencia gracias a tres facto-
res. El primero está dado por el acceso desigual a los sistemas
funcionales (que son la educación, la salud y la previsión). Y es
preciso resaltar que independientemente de que la incorporación
a dichos sistemas se encuentre condicionada, además, haya que
pagar por ello. El nivel socioeconómico juega un papel decisivo
en la afiliación a dichos servicios. Podemos decir pues que nues-
tra sociedad está caracterizada por la marcada desigualdad en

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cuanto a la adhesión a los sistemas funcionales, muy a pesar de


los servicios públicos existentes, tanto educativos como sanita-
rios (que, a su vez, deben enfrentarse a diario con los problemas
de los recortes presupuestales y la corrupción, por mencionar
sólo dos casos).
El segundo factor del que habló Lechner fue el de la excesiva
monetarización de los problemas que, grosso modo, termina por
excluir a las personas de escasos recursos económicos de los ser-
vicios básicos. Dicho factor tiene un desenlace trágico pues des-
emboca en la privatización de algunos servicios públicos básicos
y trata, de forma sutil y descarada, de acabar con ellos (por no
decir que intenta exterminarlos). La educación y la salud pública,
tanto en México como en los países de América Latina, padecen
los embates directos del estrangulamiento financiero. Fenómeno
típico del neoliberalismo. Por un lado se privatizan ciertos servi-
cios que deberían ser públicos y, por otro, se emprenden campa-
ñas de recortes presupuestales injustificados. Y así la población
desarrolla un sentimiento de indefensión, es decir, no se siente
protegida ni respetada.
De acuerdo con Lechner (1998: 188), “los sentimientos de dig-
nidad, identificación e integración que generaba anteriormente el
trabajo”, se ven sumamente debilitados en la nueva organización
de las empresas. Enfermarse se traduce en un verdadero dilema
financiero. Caer enfermo no sólo implica gastar dinero sino que es
caro. La salud se convierte en una inversión y un negocio, tanto
que las compañías cuentan con seguros de gastos médicos e inclu-
so accidentes. En palabras de Touraine (1997: 188), la vida social,
al degradarse, se convierte en mercado. Es decir “la sociedad de
producción se transformó en sociedad de mercado” (Touraine,
1997: 91). Estos y otros ejemplos ponen en evidencia la ruptura
existente del vínculo entre la sociedad y la cultura, mientras que
“la proletarización cultural de las masas sometidas a los mensajes
difundidos por los medios ya sólo deja frente a frente a mercados
triunfantes y comunidades agresivas” (Touraine, 1997: 92).

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Las estrategias de la inclusión - Juan Soto Ramírez

El tercer factor del cual habló Touraine fue el de la existencia


de un nuevo tipo de amenazas. Es decir, la sociedad se ha con-
vertido en productora de riesgos a tal grado en que ella misma
se ha transformado en un espacio peligroso. Años atrás, antes de
Touraine, U. Beck (1986), había reflexionado ya al respecto. De
acuerdo con Beck, el accidente nuclear de Chernobyl modificó la
percepción del riesgo a escala mundial. La seguridad, entonces,
pasó a ocupar un lugar que no tenía en la sociedad. No obstante,
la oposición para Beck no está dada entre los mensajes difundi-
dos por los medios y las comunidades agresivas sino en la forma
en que se reparten riesgos entre ricos y pobres debido a la fractu-
ra de la estratificación social anterior.
El origen del riesgo para Beck es propio de la sociedad de la
riqueza. El consumo excesivo se vuelve dañino y la participación
es sustituida por otro proceso social que es la protección. Las ‘or-
gías del consumo’ y la ‘embriaguez por el consumo’, tal como las
ha denominado Lipovetsky (2006: 198), se han instalado como un
modo de vida contemporáneo. Estas prácticas culturales asocia-
das a los ‘excesos’ han devenido riesgosas por sí mismas. No sólo
porque escapan al cálculo racional de sus efectos sino porque se
diluyen en el mero presentismo. Lo sabemos bien, “los temas de
la seguridad y la salud inundan la vida cotidiana” (Lipovetsky,
2006: 199).
En este sentido, la defensa de las dinámicas de la exclusión,
ha apuntado Lechner (1998: 189), al menos subjetivamente, im-
plica un repliegue hacia la esfera de lo individual. Y coincide con
Lipovetsky (2006: 200), quizá sin quererlo, quien, dicho sea de
paso, ha sostenido que el repliegue se manifiesta en los pequeños
grupos. El zapping, por ejemplo, se ha convertido en una especie
de ‘ritual’ que materializa la utopía del control en la intimidad
mientras que el shopping, de carácter público, cristaliza el con-
sumo excesivo apartado de todo cálculo racional. A nivel de vida
cotidiana encontramos entonces un sinfín de imágenes que hacen
evidente que la desafiliación institucional y la exclusión social

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promueven, sin quererlo, su contraparte. La desafiliación institu-


cional promoviendo la afiliación simbólica a la sociedad.
Hoy más que nunca, el consumo parece haber atravesado
ya por una fase de naturalización drástica. Cualquier consumi-
ble, desde el más insignificante hasta el más ostentoso, desde el
menos lujoso hasta el más opulento, lleva detrás el sello de una
firma comercial. Verdú (2003: 123) lo ha ejemplificado de la si-
guiente manera: “ya no decimos que usamos un pañuelo de pa-
pel sino un Kleenex, no tomamos cualquier café sino un Nescafé”
y así sucesivamente. Los ejemplos sobran, en vez de solicitar un
producto sólo diga la marca, incluso puede combinar algunas,
“añejo con coca cola y peñafiel” en vez de solicitar al mesero un
ron con refresco de cola y agua mineral.
El miedo a la exclusión “está estrechamente vinculado a un
rasgo fundamental de la sociedad actual: la creciente autonomía
de las lógicas funcionales” (Lechner, 1998: 189). En efecto, las
lógicas de los sistemas, basadas en sinsentidos, se erigen en los
verdaderos poderes fácticos. Esto explica en parte la existencia
de heurísticos que otorgan significado y justifican buena parte de
lo que ocurre en la vida cotidiana. En el dominio del consumo,
dichos heurísticos podrían identificarse en expresiones como las
siguientes: “lo barato sale caro”; “si es caro es bueno”; etc. Mien-
tras tanto, del otro lado de la cara de la moneda, encontramos
que esta lógica del sinsentido también la podemos hallar en la ar-
bitrariedad de las reglas y normas sociales, como en el hecho de
no vender alcohol cuando hay procesos electorales o no venderlo
sino hasta determinada hora, que se fija por determinaciones po-
líticas, económicas o jurídicas.
Los razonamientos basados en heurísticos tienen un modo de
circulación y reproducción eficiente ya que son parte esencial de
los procesos de socialización y porque apuntalan las creencias o
el pensamiento colectivo. Si bien es cierto que mientras las lógicas
de los sistemas sociales, políticos y económicos parecen imponer-
se en un sentido vertical, de manera sutilmente autoritaria, frente

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a ellas aparecen formas de contraargumentación y oposición que


conducen al cuestionamiento, a la revuelta y a la resistencia, pero
debemos tomar en cuenta que “ni los sujetos pueden disponer
libremente de las lógicas funcionales, ni los sistemas logran apro-
piarse completamente de la subjetividad” (Lechner, 1998: 190).
Lo anterior podría explicar la manera en que han cambiado
las formas del consumo. Éste se ha vuelto más emocional “he-
mos pasado de una lógica centrada en la oferta, la creación y el
creador, a una lógica que integra la demanda, la competencia,
las necesidades del mercado y las de los consumidores” (Roux,
2003: 107). El consumo ha pasado a ser una forma de entreteni-
miento, se ha afirmado como algo legítimo e incluso se encuentra
asociado al ejercicio de la libertad personal. Miles de personas
alrededor del mundo están convencidas de que el shopping con-
trarresta los efectos de la depresión.
Por su parte, el gasto dispendioso o fuera del presupuesto ha-
bitual se considera un lujo legítimo entre muchas personas, quie-
nes lo justifican a través de una lógica que conjunta esfuerzo y
recompensa, desgaste (físico y emocional) y retribución (material
y simbólica). Es obvio que la retribución y la recompensa van in-
cluidas en la adquisición del bien. Es decir, son el plus emocional
que su adquisición conlleva. Los heurísticos que hacen evidente
este proceso son los siguientes: “si tanto trabajas, cómpratelo”;
“si tanto trabajas y te esfuerzas, te lo mereces”.
Podemos ver pues que frente a la ‘subjetividad negada’ se
despliegan estrategias de afiliación que corren paralelas a las
formas de resistencia social. El trabajo informal y el free lance
serían dos ejemplos de ello y si bien operan bajo lógicas distin-
tas, podríamos considerarlas como estrategias de incorporación
(materiales y simbólicas), al mundo laboral. Es pertinente desta-
car que no en todos los casos la desafiliación laboral sea siempre
forzada. En muchos casos ésta es razonada y se erige como una
forma alternativa a la precarización del empleo y las condiciones
de trabajo (el heurístico que apuntala dicha estrategia es el de

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“sé dueño de tu tiempo”; “sé tu propio jefe”). Pero es claro que


la desafiliación del mundo laboral no se da al ciento por ciento.
Tanto el free lance como el denominado trabajo informal siguen
dependiendo, indirectamente, del mundo laboral.
Vistas así las cosas, podríamos afirmar que la exclusión como
tema de reflexión sociológica sigue siendo interesante, pero debe-
ríamos señalar que las estrategias de inclusión que se despliegan
como modo de vida o como formas de apropiación material y
simbólica también lo son y se les ha pensado poco. Y aunque hay
diversas formas, sólo analizaremos tres.

El mundo de las imitaciones


Frente al consumo opulento, frente al consumo ostentoso y el lujo
inalcanzable, se yergue todo un mercado ‘alternativo’. El de la
copia o las imitaciones. Los duplicados juegan un papel muy im-
portante en la desarticulación de la funcionalidad y satisfacción
emocional que brinda el original. El heurístico es: “lo mismo,
pero más barato”. Es cierto “el consumo de la ‘imitación’ es una
especie de bluff […] que engaña sobre todo al que lo practica, pri-
mer interesado en tomar la copia por el original y el relumbrón
por lo auténtico, a la manera de los compradores de ‘imitaciones’,
de saldos o de ocasión, que quieren convencerse de que ‘es más
barato y hace el mismo efecto’ ” (Bourdieu, 1979: 327).
El éxito de las copias sólo cobra sentido en las sociedades que
valoran no sólo la diferenciación o la individualización a través
del consumo y la adquisición de bienes materiales, sino donde
el ‘prestigio asociado a la marca’ ha jugado un papel clave en los
procesos de distinción social. Es decir, donde se ha hecho del con-
sumo una forma de diferenciación y reconocimiento social. Esto
resulta ser un tanto paradójico pues el mundo de las imitaciones
triunfa justo donde a las copias se les desprecia. Es decir, donde
los originales están sobrevalorados y las copias ofrecen al consu-
midor un sustituto emocional que también brinda el original. Los

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Las estrategias de la inclusión - Juan Soto Ramírez

duplicados son pues una especie de ‘objetos placebo’ que brin-


dan a quienes las adquieren un sustituto subjetivo que les permi-
te, al menos en la ficción, compensar la desigualdad material con
el beneficio emocional. “Para desmarcarse con respecto a quienes
están desprovistos de ella [la copia], la pretensión inspira la ad-
quisición, que trivializa de por sí, las propiedades hasta entonces
más distintivas, y contribuye con ello a sostener continuamente
la tensión del mercado de bienes simbólicos, obligando a los po-
seedores de las propiedades a la afirmación de su singularidad”
(Bourdieu, 1979: 249).
El consumo emocional implica que las necesidades de los
consumidores están incluidas o son tomadas en cuenta tanto en
el ‘diseño’ de los productos como en las formas en que la publi-
cidad presenta a dichos objetos. La publicidad ya no sólo define
lo que se consume sino bajo qué términos y condiciones. En todo
momento podemos hallar una tentativa de proyectar la identi-
dad de los consumidores en ciertos rasgos característicos de los
productos. “La clientela de los años ochenta consumía marcas de
lujo ‘cueste lo que cueste’, la de los años noventa ya no quería
comprar ‘a cualquier precio’, la de la década del 2000 supedita
sus afinidades e identificaciones afectivas a las marcas que saben
proyectar su identidad y reinterpretarla de manera creativa y co-
herente, ciñéndose a la época o en otro universo” (Verdú, 2003:
110).
Las formas que ha adoptado el consumo han permitido que
la distinción social sea evidente en distintas categorías (Verdú,
2003: 73): realista (el original versus la imitación); género (lo mas-
culino versus lo femenino); temporal (lo actual versus lo fuera de
moda); etc. Las posibilidades parecen ser infinitas. Las marcas,
más que tratar de vender prestigio al día de hoy, más bien inten-
tan difundir estilos de vida asociados a los productos. Y el mun-
do de las imitaciones es uno de los mejores ejemplos de ello. Des-
de el arte hasta la cocina. Desde la salud hasta la moda. Etcétera.
Las imitaciones ofrecen a los excluidos del consumo ostentoso u

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opulento la posibilidad de acceder a él de manera simbólica bajo


la ilusión de que la réplica provee, aunque sea de manera iluso-
ria, el mismo bienestar emocional que el original.

La conexión multifrénica
Fue Gergen (1991, 37) quien utilizó, de manera lúdica, el concep-
to multifrenia para referirse a “la fragmentación y colonización
de la experiencia del yo” en relación con el cambio tecnológico y
la forma en que “va penetrando cada vez más en nuestras inter-
pretaciones y relaciones”. El concepto de conexión multifrénica
no sólo se centra en la forma en que “la saturación social acarrea
un menoscabo general de la premisa sobre la existencia de un yo
verdadero y reconocible” (Gergen, 1991: 37), sino también en el
hecho de que las transformaciones tecnológicas han multiplica-
do de manera sorprendente nuestras posibilidades de conexión
y localización.
Lo paradójico de la sobrelocalización y la multiconexión es
que frente a tantos millones de usuarios conectados a las denomi-
nadas redes sociales es fácil sentirse solo. La conexión multifré-
nica permite, entre otras cosas, no sólo estar en red sino perma-
necer conectado todo el tiempo. Ya no es necesario encender una
computadora y permanecer con los ojos pegados en la pantalla en
espera de notificaciones o nuevas actualizaciones para intercam-
biar información en forma de mensajes o simples clics transfor-
mándose en “me gusta”. Las imágenes de un grupo de personas
sentadas a la misma mesa actualizando sus estados, indicando
dónde se encuentran o haciendo llamadas al mismo tiempo ya no
son extrañas para ninguno de nosotros. Los cambios tecnológicos
se han inmiscuido en nuestras formas de relación.
Oguibe (2002: 135) ha señalado que en el mundo contemporá-
neo ha surgido una divisoria digital “entre los que tienen derecho
a estar dentro de la red y así pueden participar de sus numerosas
ventajas, y los que no pueden llenar los requisitos de la conectivi-

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Las estrategias de la inclusión - Juan Soto Ramírez

dad”. Pero ha dicho también, muy atinadamente, que la cuestión


de la conectividad y la no conectividad no es algo que tenga que
ver con la pertenencia social, como se ha pensado durante mu-
cho tiempo. “En las naciones más industrializadas hay un gran
número de personas cuya improbabilidad de que simplemente se
conecten es tan grande como la de muchos en las regiones menos
desarrolladas del mundo, un hecho que corroboran cada vez más
las estadísticas que están apareciendo” (Oguibe, 2002: 137).
En efecto, “los contextos social y material de la no conectivi-
dad trascienden el delineamiento geopolítico tradicional y pue-
den ser hallados con la misma facilidad en las naciones altamente
industrializadas en el llamado Tercer Mundo. En otras palabras,
la cartografía de los no conectados o [del] Tercer Mundo Digital
es, en lo fundamental, una cartografía de clase que trasciende la
nación (Oguibe, 2002: 137). Es una falacia seguir pensando que
los conectados son los únicos representantes de nuestro momen-
to histórico. Y también lo es seguir pensando que las revoluciones
se cocinan primero en las redes sociales. A partir de lo anterior no
se puede subestimar el papel y el poder que han tenido estas últi-
mas en años recientes en materia de difusión, pero de ahí a creer
en la online revolution hay un abismo insoslayable. Los casos de
wikileaks y de anonymous no sólo son de digno reconocimiento
sino bastante ilustrativos, pero de ahí a creer que la revolución es
posible circulando ideas burguesas disfrazadas de retórica incen-
diaria en las redes sociales es demasiado absurdo.
La red ofrece a los usuarios, frente a los ‘desiertos repletos de
gente’, la satisfacción psicológica de saber que otro, simplemente,
también está allí. Razón por la cual podemos entender que los co-
nectados no siempre se comuniquen entre sí. Sólo se monitorean
para saber si siguen ahí. La conectividad implica pues conexión
global frente a desconexión local. Sin embargo, para los no conec-
tados, por contradictorio que parezca, los conectados, muchas ve-
ces, representan un verdadero peligro. “En ausencia de las voces
de éstas, sitúa o fabrica sin demora voces dentro que asumen la
autoridad de hablar por el Otro, puesto que, muy a menudo, no

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escasean los grupos e individuos que aprovecharían la ocasión


para designarse y delegarse a sí mismos como representantes de
los ausentes. Hoy día tales individuos y grupos abundan por los
capilares y nudos de la Red: luchadores solitarios y grupos de
presión temporales, organizaciones de amigos preocupados y
revolucionarios auto designados, figuras mesiánicas que vienen
al rescate de los desvalidos, anarquistas en busca de preocupa-
ciones y activistas remanentes de causas fracasadas, ansiosos de
hallar nuevas causas que pudieran mitigar su pasión de vivir”
(Oguibe, 2002: 140).
De cara a los cambios tecnológicos, ha aparecido un conti-
nuum en cuyos extremos encontramos, por un lado, la ‘tecnofilia’
y, por otro, la ‘tecnofobia’. Sea por miedo, por aversión o por otras
causas, frente a las actitudes ‘tecnofílicas’ encontramos otras que
ofrecen un contrasentido. Mientras unos (los tecnófilos), se es-
fuerzan incansablemente por permanecer conectados a la red,
muchos otros (los tecnófobos), tratan de evitar a toda costa algu-
na relación con las denominadas tecnologías de la información
y la comunicación, así como con los productos tecnológicos de
última generación. Los tecnófobos son como una nueva clase de
hippies o una especie de posthippies que se resisten, por ejemplo,
a comprar un teléfono celular o a habilitar su perfil de Facebook
como una forma de protesta simbólica o bien como una forma de
diferenciarse y de reivindicar su individualidad frente a los com-
portamientos colectivos (no obstante las actitudes anti tecnología
están fundamentadas en heurísticos del tipo: “la tecnología escla-
viza”; “la tecnología deshumaniza”). Pero formas de distinción
también las encontramos entre los ‘tecnófilos’. Éstas remiten a la
superflua dualidad de ¿Twitter o Facebook? Que vista así podría
remitir a dos partidos políticos con un gran número de seguido-
res en todo el mundo.
Los disidentes del mundo digital, quienes también podrían
ser como una especie de postpunks, también defienden su de-
recho a no ser ‘etiquetados en red’, por ejemplo. Algunos otros,
de configuración ideológica un tanto más extraña, utilizan correo

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Las estrategias de la inclusión - Juan Soto Ramírez

electrónico, pero se niegan a abrir una cuenta en Facebook. Es


muy probable que estos seres anti tecnología no se nieguen a
musicalizar su vida cotidiana y pasen un buen número de horas
frente a la televisión o la computadora. Se podrán negar a las
redes sociales, pero no a la utilización de las nuevas tecnologías.
Sean éstas de alto o bajo nivel.
Todo parece apuntar a que esta conexión multifrénica per-
manente no está naturalizada socialmente como sí lo está la uti-
lización de los teléfonos celulares y los reproductores de dvd, por
ejemplo. Es muy probable también que estos hippies del mundo
contemporáneo gocen de los efectos secundarios de la radio (Sar-
tori, 1997: 35), musicalizando sus prácticas sexuales aunque se re-
sistan a conectarse en red. La gran paradoja de todo esto es que
independientemente de que uno renuncie a la multiconexión, sea
por analfabetismo tecnológico o por animadversión, no se puede
renunciar al uso de los productos tecnológicos por mucho que uno
se decida a escalar una montaña para escapar del resto del mundo.

El entretenimiento de bajo nivel


Delante de lo que podríamos denominar ‘entretenimiento
culto’, aparecen ahora diversas formas de entretenimiento cuya
calidad es nula o casi nula. Verdú (2005: 21), lo ha dicho de esta
forma: “la sociedad de consumo tiene como misión proveer de
placeres sin tregua y como destino esencial la diversión hasta
morir. La cultura de consumo no ha prosperado con la penitencia
del trabajo, sino con la fiesta sin fin. Con una cultura sin sacra-
mentos, donde los autores del cine, la radio, de la escritura, del
telefilme proporcionan distracciones laicas, superficiales, dirigi-
das al entretenimiento y al sentir superficial”. La cultura ha per-
dido así, profundidad.
Las célebres nulidades se convierten, rápidamente, en una
‘cultura sin culto’, en los centros de atención para millones de
desafiliados a la ‘cultura culta’. En palabras de Mark Dery (1999),

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REVISTA TEMAS SOCIOLÓGICOS Nº 16, 2012

los años noventa tuvieron una cualidad ‘oscuramente cómica’:


para él fue una década cautivada por célebre nulidades y el elen-
co del Zippergate cuya estrella fue Monica Lewinsky. Una cul-
tura sin culto no es aquella que no lee sino aquella precisamente
que rinde tributo a las historias donde los protagonistas son, por
ejemplo, magos y brujos movidos por los hilos de una situación
narrativa arquetípica (Eco, 2006: 303).
Sobra decir que la tediosa e insulsa historia de Harry Potter
no ofrece mucho a sus fanáticos, pero desgraciadamente no son
capaces de darse cuenta de ello. Sin miramientos podemos afir-
mar que “sin Harry Potter la literatura no pierde nada, pero sin
el libro sus no lectores se pierden la participación en la actuali-
dad” (Verdú, 2005: 35). Y esta última es precisamente la forma de
contrarrestar la desafiliación de la ‘cultura culta’. Asumiendo que
devorar best sellers (que es más o menos equivalente a leer lo que
sea) es una actividad culta, sobre todo si una buena cantidad de
personas (miles o millones), están leyendo el mismo libro. Un lec-
tor promedio es incapaz, claro está, de distinguir entre un buen y
un mal libro. Sabemos que en muchos países se deposita un voto
de confianza en una actividad tan sensata como la de leer, pero
se hace muy poco por enseñar a esos lectores a diferenciar entre
un libro de calidad y uno que no la tiene. Leer es sensato, pero no
todos los libros ofrecen el mismo nivel de excelencia.
Es cierto, leyendo best sellers no se alcanza la erudición. El
alcance de estos libros no va más allá de las charlas de café. Pero
lo que dejan a sus lectores es simplemente la satisfacción emocio-
nal de haberlos leído. Una de las grandes contradicciones es que
cada año se sigan publicando más libros y los lectores sean cada
vez menos (Verdú, 2005: 35). En una cultura sin culto, es fácil ser
presa de las orgías de los mass media. Las series de televisión,
por ejemplo, desde las de escritores o médicos ebrios hasta las de
un puñado de personas que aparecen por causas inverosímiles
en una isla que aparece y desaparece, se convierten en el suceso
conversacional de moda y de los programas de entretenimiento.

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Las estrategias de la inclusión - Juan Soto Ramírez

No verlos o no saber de ellos lo deja a uno fuera de innumera-


bles conversaciones triviales y sin sentido. Tomar distancia con
las orgías televisivas lo sitúa a uno lejos del entendimiento de los
chistes que se puedan hacer en torno a ello.
El entretenimiento de bajo nivel, que está a la orden del día
en cualquier sociedad contemporánea, es de fácil reinversión y
evita, a toda costa, la reflexión profunda o la lentitud. Podríamos
decir que, en este sentido, el divertimento se ha vuelto más efi-
ciente, pero que las consecuencias de esto son desastrosas pues
ha adquirido un carácter cada vez más trivial. Sobra decir que
esto es una condición general de las ofertas de la industria del
ocio. Lo vemos en el cine, la música, el teatro, la televisión, el in-
ternet, la literatura, pero sobre todo en el orden de reproducción
por excelencia de lo social que son las conversaciones cotidianas.
La gente evita hablar de cosas profundas, prefiere el consumo
eficiente o de fácil reinversión que versa sobre las trivialidades
de la vida.
Frente al resquebrajamiento de la cultura culta se ha erigido
una industria cultural de lo superfluo que si bien refleja y dicta
los patrones de consumo de la derrama económica, se presenta
como legítima apelando a la masificación del consumo de deter-
minados productos (el heurístico aquí sería que “si lo consume la
mayoría hay que consumirlo también”; “si 10 millones de perso-
nas se ríen con eso, es que definitivamente es divertido”).

Conclusiones
El acceso desigual a los distintos sistemas de la sociedad, la
excesiva monetarización de los problemas y la aparición de nue-
vas amenazas y riesgos ha propiciado, sin quererlo, el surgimien-
to de fenómenos culturales y sociales que, para fines de análisis,
se han llamado en este trabajo ‘estrategias de inclusión’. Cabe
mencionar que las señaladas aquí no son precisamente las únicas.
Seguramente el lector podría haber descubierto ya muchas más.

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REVISTA TEMAS SOCIOLÓGICOS Nº 16, 2012

Sólo por mencionar algunos otros ejemplos con el afán de no caer


en la repetición, se podría decir que a pesar de tanta revolución
científica y tecnológica, el pensamiento mágico, icono cultural de
la Edad Media, ha prevalecido hasta nuestros días. No se ha ex-
tinguido. Y con él, una pléyade de fenómenos culturales se puede
vislumbrar. En términos muy generales, podemos decir que Oc-
cidente ha entrado en un proceso acelerado de ‘orientalización’.
Lo que explica el éxito del reiki, el yoga, el feng shui, etc.
De forma paralela, la sociedad ha entrado en un severo proce-
so de medicalización. Como práctica, la automedicación se ha ex-
tendido mientras que la industria médica ha hecho de la salud un
verdadero mercado. Así, encontramos otra oposición. Mientras
la industria insiste en medicalizar los problemas, las ‘terapias al-
ternativas’ insisten en desacreditar a la ciencia médica. Y es en
los terrenos de estas últimas que encontramos, también, formas
a través de las cuales la gente intenta incluirse por la vía de la
desacreditación de los discursos médicos institucionales.
Sólo por poner el último ejemplo, quizá el más divertido de
todos, sea el del sexo desenfrenado. Gracias a la industrialización
del sexo y a que éste se ha convertido en un gran negocio, es
que podemos considerarlo el último recoveco de la defensa de la
identidad, no sin dejar de mencionar que esto tiene su lado oscu-
ro en los dominios de la prostitución y la pornografía infantil por
poner dos casos de fácil identificación. No obstante, en el lado
amable, ha devenido una estrategia de inclusión en la medida en
que se ha convertido en una forma de entretenimiento colectivo.

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Las estrategias de la inclusión - Juan Soto Ramírez

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