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Atlántida y Conexiones Prehistóricas

El documento explora la relación entre el mito platónico de la Atlántida y la teoría de las conexiones prehistóricas entre Europa y América, sugiriendo que la Atlántida podría estar vinculada a América o ser un reflejo de ella. Se analizan diversas interpretaciones históricas y teorías sobre el poblamiento de América y la identificación de la Atlántida con tierras americanas, así como la evolución de la concepción geográfica en la antigüedad. Finalmente, se plantea la necesidad de un análisis crítico sobre la existencia de contactos transatlánticos antes de la era clásica.
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Atlántida y Conexiones Prehistóricas

El documento explora la relación entre el mito platónico de la Atlántida y la teoría de las conexiones prehistóricas entre Europa y América, sugiriendo que la Atlántida podría estar vinculada a América o ser un reflejo de ella. Se analizan diversas interpretaciones históricas y teorías sobre el poblamiento de América y la identificación de la Atlántida con tierras americanas, así como la evolución de la concepción geográfica en la antigüedad. Finalmente, se plantea la necesidad de un análisis crítico sobre la existencia de contactos transatlánticos antes de la era clásica.
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E L MITO PLATONICO D E LA ATLANTIDA, FRENTE

A LA T E O R I A D E LAS VINCULACIONES TRAS-


ATLANTICAS PREHISTORICAS ENTRE E L VIEJO
MUNDO Y AMERICA

POR
JUAN MHOBINGER

El renacimiento, sobre bases científicas, de la teoría de la


realidad de navegaciones prehistóricas o protohistóricas desde
Europa Occidental y el norte de Africa hacia los sectores cen-
trales del Continente americano (cuya formulación específica está
dada por el trabajo de Alcina, 1969), plantea nuevamente un pro-
blema que se creía superado: el de la relación de la Atlántida de
Platón con América. El mismo puede formularse de dos maneras:
a) Cuál es la base real, geográfica y culturalmente hablando, de
l a descripción platónica, y si la o las tierras y culturas que
proporcionaron esta base tuvieron alguna vinculación con el
«Nuevo Mundo», y si, por lo tanto, pueden considerarse como
una pieza más, más o menos importante, en el supuesto pro-
ceso de difusión. &) En el caso de no haber una base real atlán-
tica (sea en las costas eurafricanas, sea en islas como las que
se hallan en el Atlántico Norte, sea en partes hoy sumergidas
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pla~w~u-
co-), ver la posibilidad de que la Atlántida sea en realidad Amé-
rica o, respectivamente, una parte de la misma (alguna isla o
islas de América Central, por ejemplo). Es decir, en cierto modo,
s i la Antilia (aanti-isla») medieval reflejaba míticamente (o pre-
2 JUAN SCHOBINGER

anunciaba) a América, a su vez la Atlántida platónica, al igual


que su pararlelo mítico las Islas de los ~ien&enturados, rifle-
jaría y/o preanunciaría a la AntilialAmérica. Si hasta ahora
creíamos que «no es necesario suponer, como lo han hecho al-
gunos, que tanto el relato de tierras lejanas y desaparecidas como
la idea de las "antiecumenes" sean reminiscencias de antiguos
viajes casuales al continente americano, de los que no existen
pruebas de ninguna clase» ', ello se debía más que nada a que
no se había planteado aún una teoría -o mejor, hipótesis de
trabajo- sobre bases científicas acerca de antiguas conexiones
culturales entre el Viejo Mundo y América por vía trasatlántica.
Existiendo ahora ésta (aunque lejos aún de tener muchos pun-
tos a su favor), corresponde volver a analizar con nuevos ele-
mentos de juicio lo que Imbelloni llamó ala Atlántida del Ame-
ricanistan.
Una variante, y en realidad más conforme con el texto platóni-
co, es la identificación con América de la «Tierra Firme» ( + ~ l p o c ) ,
situada alrededor del «verdadero mar» que limitaba a la Ecume-
ne centrada en el mundo mediterráneo. Esta es la opinión de
varios escritores de la época del Descubrimiento (padre Las Ca-
sas, López de Gomara, Zárate, fray G . García). Sarmiento de
Gamboa fue el primero en sentar la tesis de un poblamiento de
América como efecto de la migración hacia Occidente de una par-
te de los habitantes de la «isla Atlántica», que a su vez habrían
venido desde el Oriente tras el Diluvio (N.. Indias de Castilla o
América, que luego inmediatamente tras el Diluvio se tornó a
poblar .. por medio de las primeras gentes viniéndose por la
tierra de la isla Atlántica») '. Esta última era imaginada con un
extremo muy cerca de las costas españolas, en la zona de Cádiz,
y uniéndose en el otro con el continente americano (esto último
en contradicción con la descripción platónica). Por su parte,
algunos cosmógrafos de los siglos XVI y XVII denominan «Atlán-
tidan al nuevo continente 3, lo que alguno justifica diciendo que

Schobinger, 1949, pág. 21.


1
S. de Gamboa, 1906 (1572), pág. 25, cit. por Vivante e Imbelloni, 1939,
2
página 59.
3 G. Postel, 1561; N. y G Sanson, 1689.

348 ANUARIO DE ESTUDIOS ATLANTICOS


Atlántida no quedó para siempre sumergida, sino que volvió a
emerger en la forma americana 4. Ya en el siglo XIX, Jacob
Krüger, uno de los primeros en creer que los fenicios llegaron a
América, también identificó a ésta como la Atlántida (1855). Otra
variante: que es «un fragmento de la antigua Atlántida» 5.
Quien sistematizó por primera vez, con fundamentos que
hoy llamaríamos etnológicos, la teoría del poblamiento ~ a t l á n -
tico» de América, fue el conde Giovanni Rinaldo Carli, a fines
del siglo XVIII. Las semejanzas de civilización entrz muchos
pueblos antiguos del Viejo y del Nuevo Mundo se explicaban
mediante una vía de comunicación, «una tierra de muy grande
extensión.. .,existente quizás hace más de seis mil años» 6 . Las opi-
niones de estos autores oscilan entre considerar a la Atlántida
como un mero puente de pasaje o como verdadera cuna de la Hu-
manidad, y más concretamente de los indígenas americanos 7. Con
ello, surge implícitamente la ecuación Atlántida = Paraíso Te-
rrenal, y Cataclismo Atlántico = Diluvio bíblico.
La pregunta de si la Atlántida, o bien la «Tierra Firme. si-
tuada más allá del Océano, y hasta la cual se podía llegar en tiem-
pos de la existencia de la Atlántida, reflejan contactos o nave-
gaciones muy anteriores a la época griega clásica, debe integrar-
se con otros relatos sobre tierras existentes en el dejano Oeste*,
situadas a veces en el Océano, a veces aún más allá (Islas de
los Bienaventurados, Islas Afortunadas, Campos Elíseos -situa-
dos «donde se pone el sol»-, Ogygia o Tierra de Cronos, según
Plutarco, para no citar sino las de la Antigüedad Clásica).
Antes de intentar contestar esa pregunta se impone un aná-
lisis crítico sobre el problema. Para ello hay que partir de la
concepción antigua -greco-oriental- de la Tierra y del Cos-
mos, a su vez reflejo o hipóstasis de la antigua imagen mítica
surgida en el seno de los templos protohistóricos.
Veamos, por ejemplo, cómo ello se presenta en Hornero
(ca. 800 a. C.): la Tierra es un gran disco, cuyo centro es el Mar
4 C. Paw, 1768.
5 J. Bircherodius, 1683; idea retornada hasta por autores de nuestro
siglo.
6 Carli, 1784, pág. 177, cit. p. Vivante e Imbelloni, 1939, pág. 74.
7 Por ej. Brasseur de Bourbourg, 1868, 1871.

Núm 17 (1971) 349


4 JUAN SCHOBINGER

Egeo, y cuyo borde lo forma el cinturón inmenso del Océano,


que como un río ciñe la «tierra firme» eurasiática; en él se su-
merge diariamente el sol por el Occidente, para volver a surgir
del mismo por el Oriente. En el nombre ' ~ x a a v ó c(así como en su
equivalente 'RyTjv), considerado ya por los antiguos de origen
«bárbaro», se descubre la raíz fenicia uk, emparentada con la he-
brea og, que significa «circunferencia»'. Es ésta una notable
muestra de la importación conceptual (y en este caso también
lingüística) y su adaptación propia, que constituye el punto de
partida de la geografía griega.
La calificación homérica del Océano como «padre de los
dioses» revela su naturaleza primitivamente no geográfica. El
a
carácter fluvial que se le otorga hace pensar en una «tierra más N

E
allá» del mismo; idea que, si no mencionada explícitamente en 0

Homero, tuvo sostenedores en épocas posteriores, hasta la tem- n


-
-
m
prana Edad Media9. Otro dato que completa su concepción es O
E
la del gigante Atlas, que sostiene las «grandes columnas que se- S£
paran el cielo de la tierra». (Sobre esto, ver más abajo.) En el -E
nombre de la isla Ogyia -sede de la ninfa Calipso- vemos la 2

misma raíz semítica que en Okeanós. --


0

En Hesiodo, algo posterior a Homero, el esquema es funda- m


E
mentalmente el mismo, y el Océano continúa envolviendo circu- O
larmente a la tierra sólida; pero en sus descripciones se mani- n

fiesta más claramente el esfuerzo por adaptar los mitos de la -


E
a
epopeya a los más nuevos y más amplios conocimientos geográ- 2

ficos. Además de los pueblos y regiones del área mediterránea, n


n

también se alude al Atlántico y, vagamente, a la isla de Tartessos, 3


zona en la que, por sus brumas y su situación occidental extrema, O

pzrece b c d i z u r !a entmda 21 m ~ d infernal.


n Igualmentej 10-
caliza en estas regiones la actividad de Herakles, en relación con
Atlas -que ahora es representado como sostenedor del mundo
sobre sus espaldas- y con las Hespérides. Todo ello se relacio-

"n ei Lzbro de ios r"roverbtos ( Y i i i , 27j se iiabia de ciiaii6a Yai'ivé


[estableció los cielos; cuando trazó un círculo sobre la haz del abismo D.
Ver también Job, XXVI, 7-12
9 Es conocido el arcaico esquema geográfico de Cosmas Indicopleus-
tes (siglo VI A. D.), que incluye una ~ T e r r aultra Oceanumn.

350 ANUARIO DE ESTUDIOS ATLANTICOS


na directamente con la frecuencia creciente de las navegaciones
hacia estos lugares.
Un siglo y medio después, ya producida la colonización de
algunas zonas, por rodios y calcidios primero 'O y los focenses
después (quienes fundaron Massalia/Marsella hacia 600 y Empo-
rion/Ampurias hacia 550 a. C.), es delineada la primera carta
geográfica ( x i v a E) de que se tiene noticia en el mundo clásico;
su autor es Anaximandro (610-546 a. C.), principal discípulo de
Thales de Mileto. Tenía forma circular, según las reconstruccio-
nes, presentando la masa continental como encerrando al Medi-
terráneo y, a su vez, totalmente rodeada por el Océano. Como la
Tierra era imaginada en forma de un cilindro o tambor, cuya
altura es 1/3 de su diámetro, debía suponerse una tierra o borde
circumoceánico, que correspondería a la «otra orillas del río
oceánico de la concepción primitiva. Esta masa acuática envol-
vente ya no era de carácter mítico, sino que su existencia se
basaba en el conocimiento que los focenses habían adquirido
del Atlántico y en el testimonio de los viajeros que comenzaban
a visitar el Mar Rojo y el Golfo Pérsico, a los cuales, así como
al Mar Caspio (y anteriormente al Mar Negro), se los conside-
raba como brazos del Océano.
' Es probable que Anaximandro haya conocido el famoso Pe-
riplo Massaliota, contenido en la Ora Marítima de Avieno 'l. «El
citado mapamundi no debía representar solamente la cuenca
occidental del Mediterráneo, con las costas líbicas e ibéricas
y el Estrecho de las Columnas, sino también la ciudad y el río
de Tartessos y el Océano, con Oestrymnis (Bretaña), Albión (In-
glaterra), Hierne (Irlanda) y con el Erídano-Rhinn '*.
Las tierras desconocidas del norte de Europa («de los Hi-
perbóreo~~) y del resto de Africa y Asia («de lo; Etíopes») esta-
ban contorneadas esquemáticamente, de manera que todo el.
bloque continental formaba una gran isla circular, cuya centro
era el centro espiritual helénico: Delfos. Es la supervivencia del
esquema primitivo.
10 García Bellido, 1940.
11 Fontes Hispaniae Anttquae, 1, edic. de A. Schulten, 2.a ed., Barce-
lona, 1955.
12 Schulten. 1945, pág. 110.

Núm 17 (1971) m
6 JUAN SCHOBINGER

En los dos siglos que van desde la composición de la Odisea


hasta la confección del mapa de Anaximandro se produce el inte-
resante proceso de traslado y adaptación del teatro mítico a las
regiones descubiertas, y, finalmente, la liberación de esta misma
atadura mitológica. Esto último se refleja en los primeros peri-
plos y cartas geográficas, y en la literatura geográfico-descripti-
va de Hecateo de Mileto, Herodoto y Ctesias de Cnido, entre
otros (siglos VI-V). Así, por ejemplo, Hecateo se opone a la
identificación de los mitos con las comarcas del extremo occiden-
tal mediterráneo, específicamente lo referido al ciclo de Herakles.
Platón vive en un momento posterior, en que la libertad de
movimientos de los griegos en el Mediterráneo occidental ha que-
dado algo reducida por el dominio púnico de España, norte de
Africa y algunas de las islas. La casi mítica Tartessos -puente
hacia ias isias y costas atiánticas de Europa, así como hacia ei
occidente de Africa y, tal vez, el Golfo de Guinea- quedó des-
truida (fines del siglo VI a. C., según Schulten), y la actividad
cosmológica continúa ahora orientada en sentido filosófico-sim-
bólico. En el pitagorismo, sobre todo, se cultiva una tradición
mitico-esotérica que tiene fuertes raíces en ias concepciones ar-
caicas. Platón asimiló mucho del pitagorismo, reflejado en sus
últimas obras, y sobre todo en el Timeo. Y es en este célebre
diálogo, dedicado a la cosmogonía y al análisis de la naturaleza
del hombre, en donde se halla, al principio, el tan conocido
'ar 1av r r x ó S h 8 y os luego desarrollado en el inconcluso diálogo
Cuitias.
Pero, ¿qué es 'Arhavris, y por qué ese nombre? Se trata
del reino, la isla o la comarca de Atlas. ¿Qué es Atlas?
Por un lado, se trataba del sostenedor de las columnas que
en el confín del mundo habitado sostienen la bóveda celeste.
También, o primitivamente, el guardián de las columnas que
franquean el paso al Más Allá: las xóha r -los Pilones, el Yakim
y Boaz- y tantos otros símbolos que representan el «umbral»
del Mundo Ultraterreno, espiritual; de lo que Platón llamaba el
Mundo de las Ideas 13. En el proceso ya mencionado de hipósta-

13 Diríamos que se trata de la figura del «Guardián del Umbral»,


luego sustituida por el Cancerbero. Una variante de esta figura la vemos

352 ANUARIO DE ESTUDIOS A T L A N T I C O S


sis geográfica de los mitos, tenemos como una de sus manifes-
taciones a los estrechos marinos, sobre todo si son peligrosos y
cortados a pico: Scilla y Caribdis, Columnas de Herakles (de
Melkart para los fenicios) 14. También existió una temprana aso-
ciación a la montaña (lugar sagrado para el pensamiento arcaico):
el primer Atlas griego estaba situado en la Arcadia; se trataba,
según Dionisio de Halicarnaso, del primer rey de esa comarca
(a la que a su vez la tradición atribuía caracteres paradisíacos),
que residía cerca del Monte Cauconio; sus descendientes sufrieron
una inundación que los obligó a emigrar hacia la Troade 15. Tam-
bién se asoció alguna vez al Atlas al Monte Ida de Creta, y al
Monte Ida de la Troade; allí estaba la «sagrada Iliónz, guardiana
de otro estrecho: el Helesponto.
Paralelamente, y desde un punto de vista más profundo, ve-
mos en Atlas una figura mistérica; una premonición del Cristo,
del Dios que sufre, que padece (según la etimología: t h á o pa-
decer, estar bajo un peso). Traspuesto al plano espacial, se lo co-
loca - e n combinación con el Sentido anterior- hacia el Occi-
dente. donde se pone el sol: el mundo de Osiris, el Amenti egip-
cio; el mundo de la muerte para los mortales, pero de la vida
eterna para quienes han sufrido el proceso de iniciación y han
logrado franquear el umbral. Este es, precisamente, el caso de
Herakles, como se verá más abajo 16.

en el ángel (cherubzm) con espada Hameante, que guarda la entrada al


oriente del Edén (Génesis, 111, 24).
14 Otra manifestación la constituyen algunos pasos montañosos y
desfiladeros (Termópilas!~);la «Hohle Gasse» de la leyenda nacional sui-
za, etc. En América también hay ejemplos de esto.
l5 Vivante e Imbelloni, 1939, pág. 232.
16 ES interesante que Prometeo, otra figura «sufriente», era, según
la Teogonía de Hesíodo, hermano de Atlas. Ambos eran hijos del titán
Japeto (hijo, a su vez, de Urano y Gea, y hermano por lo tanto de Cronos,
padre de los dioses olímpicos) Esposa de Japeto fue Climene, hija de
Vcéanc y ker=ana de !as nhfus. E: !a xitdegk heriSdica O d a m es
también un retoño de Urano y Gea, es decir, de Cielo y Tierra.
En la mitología platónica, en cambio, Atlas es hijo de Poseidón (hijo
de Cronos y hermano de Zeus), mientras que su madre es «aborigen*:
Clito, hija única de Euenor y Leucippe, habitantes primitivos de la r e
8 JUAN SCHOBINGER

En el proceso de proyección geográfica, varios sitios fueron


denominados «columnas de Herakles» (por ejemplo el estrecho
de Kerch, en el Mar Negro); pero fue el estrecho de Gibraltar
el que recibió ese nombre por antonomasia. Confluyeron aquí
su situación extremo-occidental dentro del mundo conocido, su
proximidad a una alta y extensa cadena montañosa, en la que
se veía cristalizado el ser que «sostenía el peso de la bóveda ce-
leste» (el Atlas), y la salida de las aguas «internas» del Mar Me-
diterráneo a la inmensidad de las aguas «externas»: el ' f l x ~ a v ó c
-a su vez, hipóstasis del «río amargo» de los babilonios, del
«río circular» ( o g ) de fenicios y hebreos, del «río océano» de
Hornero-. Por su proximidad al Monte Atlas (o si se quiere, al
reino de Atlas, que abarcaba toda la zona que rodeaba a las
columnas-) este océano fue denominado Atlántico.
E- Il#.-
bII U3 IULuIILaJ JLLIIICLLVJ, !OS e s t r e c h o s s e dencminan bab,
%-o-:+:--*

«puerta» (por ejemplo, Bab-el-Mandeb), donde se percibe el


mismo sentido mítico-geográfico de «puerta hacia el Océano»;
es decir, originariamente, «puerta hacia el Mundo Espiritual» 17.
¿Y quién es Herakles y por qué se relaciona con Atlas? He-
rak!es-Mz!kar:-G;i!garLeShes e! z';ziciGdo, e! siendo mor:a!
obtiene por sí mismo acceso a la inmortalidad. Hay dos versio-
nes de su iniciación: a) Rompe violentamente el obstáculo para
llegar al «Más Allá» (cuya primera «región»es el Océano), abrien-
do así el Estrecho. Queda superado el «non plus ultra». b) Para
uno de sus últimos Doce Trabajos -que representan, al comien-
zo, el camino de la expiación, y en su tramo final, el de la ini-
ciación- obtiene la ayuda de Atlas, quien, como jefe del mundo
liminar occidenal ' Ea TE^ í a (Hesperia), conoce el secreto y la
ubicación de las «manzanas de oro de las Hespérides». El «jar-
Uin Ut. las Hespérides», cümü :OS Campos Eliseus y las Islas de
los Bienaventurados, son otros tantos nombres del Mundo Es-
piritual (o de ciertos sectores o facetas del mismo), en donde se
gión. El primero de los nueve hermanos de Atlas es Eumelos, también
llamado Gadeiros, esto último derivado evidente de la Gadir fenicia.
17 Cfr. el nombre de una antigua ciudad templaria Bab-zlu (puerta
de Dios = puerta para llegar al mundo de los dioses. Significado con-
vergente con Teotihuacán. lugar de los dioses = lugar donde los hombres
se convierten en dioses = lugar de iniciación).

354 A N U A R I O DE E S T U D I O S ATLANTICOS
encuentran las almas de los virtuosos, de los valientes y de los
iniciados.
Atlas mismo le trae a Herakles las manzanas de oro (que
algunos identifican hipostáticamente con la granada hispánica);
pero para ello éste ha debido sufrir personalmente el «trabajo»
de Atlas, de sostener -es decir, «llevar sobre sí»- todo el peso
del mundo.
Todo lo dicho constituye un fondo importante a partir del
cual hay que entender el mito platónico («historia muy singular,
pero absolutamente verdadera»), que sin duda persigue en lo
fundamental efectuar una descripción alegórica de realidades
y procesos cósmico-espirituales, hipostasiados hacia el extremo
occidental del mundo conocido. La proyección hacia el pasado
de esa utópica cuns;iwye la <<Edadde Ora,,, la <<A;láii-
tidan, el «Jardín de las Hespérides», equivalentes al Edén semí-
tic0 (también imaginado como huerto o jardín).
Si alguna duda queda sobre el carácter y la función simbóli-
ca de Atlantis, hagamos una comparación con el mito final del
Fedóíi, el dramática en se narlaii las úliiiiiaS liiolaS
de vida de Sócrates. Curiosamente, no hemos visto esta compa-
ración en ninguno de los autores que se han ocupado del tema,
sean «atlantófilos» o catlantófobos~.Para no alejarnos dema-
siado del tema, dejaremos la explicitación de este paralelismo
para otro trabajo.
No cabe duda de que el atlantikós Zógos no es un elemento
extraño y prescindible dentro de la obra y la filosofía del gran
maestro ateniense, sino que constituye una de tantas imágenes,
verdaderas pero no materiales (E I .x O s p O 6 o c ), con que estáe
saipicada su enseñanza de contenido eminentemente «místico-
científico». Mientras el Fedón presenta lo dicho en forma sólo
espacial -por así decir-, en el TimeolCritias hay una importan-
te variante espacio-temporal, con concreta localización geográfi-
ca y también cronológica, por más que probablemente se trate
de un;t cronología mítica («9000 años atrás»: casi lo mismo que
decir «in illo temporen) 18.

18 La forma puramente temporal, sin proyección espacial muy pre-

N& 17 (1971) 355


10 JUAN SCHOBINGER

La identificación de la Atlántida con el Paraíso bíblico, o, más


ampliamente, con el mundo antediluviano, y la homología de los
catacIismos que le dieron fin (o mejor dicho, el reconocimiento
,de que ambos constituyen un desgajamiento de un sistema más
amplio de cuatro grandes cataclismos que dieron fin a cuatro
eras o edades, hallándose ahora el narrador en la quinta edad),
se debe a las pacientes y eruditas investigaciones de José Imbe-
lloni 19.
Hay un interesante «relleno» histórico-literario dado por Pla-
tón al relato que habría sido proporcionado por el sacerdote
egipcio a Solón, y transmitido luego por varias bocas hasta
Critias, quien lo habría referido en una reunión presidida
por Sócrates destinada a tratar temas de gran profundidad
ontológica. Empero los resultados de su estudio son hasta ahora
u n tanto contradictorios. Las identificaciones de la cultura de
la Atlántida con la de Creta antigua (Frost, Brandensein), con
'Tartessos (Schulten), con la cultura Atlántica africana del golfo
d e Guinea (Frobenius), con la isla de Helgoland en el Mar del
Norte (Spanuth), por no citar sino a las mejor fundamentadas,
en realidad no son enteramente excluyentes. Hay numerosos ele-
mentos geográficos, históricos y culturales en la narración plató-
nica, que él no pudo inventar, pero sí asimilar y «componer»,
dentro de la unidad de su propósito que, como dijimos, no era
e l de presentar una historia externa, ni tampoco una mera fábula
.o utopía. A las identificaciones anteriores se agrega ahora la más
reciente: la que surge de excavaciones hechas en la isla volcánica

cisa y sin mayores detalles de tipo cultural, la constituirían los mitos del
puraiss perdirln.
19 «El diluvio no estaba por sí solo, sino formando parte de un
sistema, definido numéricamente, de calamidades telúncas, regido por
e l juego de los Cuatro Elementos, y su definitiva supervaluación como
forma destructora no era otra cosa que el efecto de mutilaciones re-
cientes de aquel antiguo sistema, todavía no tan remotas que fuese
?Gadai, 1968, P&ga 21). fqa luS
irnposi'"ie rec"ri"cei~ las CiS"i-aS, ((-jlta
pueblos del Asia Occidental, el factor principal para la supervaluación
de la destrucción hídrica debió ser la inundación producida en la Baja
Mesopotamia hacia comienzos del cuarto milenio a. C., durante el período
d e El Ubaid, cuyos rastros descubrió Wooley en Ur (Menghin, 1958).

356 ANUARIO DE E S T U D I O S ATLANTICOS


de Thera o Santorín, en el Mar Egeo, en donde existió una ciudad
minoica destruida por torrentes de lava 20.
Como conclusión, podemos considerar a Atlantis fundamen-
talmente como una realidad espiritual, puente -junto con otras
islas 21- en el tránsito de las almas (difuntas o iniciadas) hacia
el «continente» situado del otro lado del «río Océano»; lo que
transportado a la realidad tempo-espacial quedó hipostasiado en
la AtlántidalReino de Atlas = Edad de Oro/Paraíso Terrenal, el
que en un proceso inexorable quedó perdido o alejado del mundo
humano a raíz de la .pérdida del principio divino» (Platón), o
la «caída en el pecado» (Génesis): En el ámbito más concreta-
mente espacial, ello quedó identificado con la región del actual
Estrecho de Gibraltar, el vecino mar de Atlas (considerado como
materialización del Océano) y las costas del mismo. Diríamos,
en resumen, que una hipóstasis mas lnmedlata y cercana a ia
época de Platón -aún contemporánea con la época en que vivi6
Solón- sería el reino de Tartessos (cuya vida duró, según Schul-
ten, entre unos 1200 y 500 a. C.); otra algo más lejana en eE
tiempo, la civilización minoica en sus fases de esplendor, inclu-
yendo la colonia recientemente descubierta de Thera (ca. 2Uü0-
1400 a. C.), a su vez exponente mayor de la llamada cultura Po-
seidónica (Frobenius, Imbelloni) que se manifestó también en la
citada cultura tartesia, en la de los etruscos, y con formas nota-
blemente puras en la cultura africana occidental de Ife sobre el
Golfo de Guinea. En cuanto al ataque de los pueblos de Occiden-
te sobre el Egipto, es casi seguro que se refiere al de los «pueblos
del Norte y del Mar» aliados a los libios, en las postrimerías
del Nuevo Imperio egipcio, hacia 1200 a. C. (tesis de J. Spanuth,
ya adelantada por otro^)^. El cataclismo es mítico, pero pudo,

a Luce, 1969.
21 Tzmeo, 24 e).
22 Spanuth habla de los aatlantes nórdicos», que migraron desde
las dislocadas costas del mar del Norte hacia el Mediterráneo y Africa;
resulta interesante que por si? parte e! nnrdafricanisf~E. Zyh!xz h a h ! ~
de alibios nórdicos» (grupo «hespérico»),poseedores de carros de guerra
de tipo egeo, que a partir del siglo XIII se constituyeron en clase domi-
nante entre los vecinos occidentales del Egipto. (En cuanto a la iden-
tificación física de Atlantis con Helgoland -considerando a esta isla
12 JUAN SCHOBINGER

reforzarse hipostáticamente con uno o varios que tuvieron lugar


en el área mediterránea (por ejemplo, el citado de Thera, a me-
diados del siglo XV), o aun de las costas e islas del Atlántico
vecinas de España (como lo supone el oceanógrafo Le Danois
para alrededor de 6000 a. C.) 23.
Más allá de este complejo mosaico de aspectos, no se debe
excluir la posibilidad de que, en parte, el relato platónico refleje,
n o un reino, isla o cultura más antigua ni geográficamente loca-
lizada con precisión, sino un estadio de la evolución mental y
cultural de la Humanidad, estadio o fase que se reflejaría sobre
todo en culturas prehistóricas del occidente de Europa (aco-
rriente megalíticas, 111 milenio a. C.), o más allá aún, en el Paleo-
lítico Superior. Si fuera esto último, tendríamos que llegar a la a
N

conclusión de que las especulaciones de autores como De Merej-


kovsky (más bien místicas y éticas), H. Poisson (antropológicas) -
O
n
y E. Uehli, seguidor de R. Steiner (más bien psicológicas), tam- =
m
O

bién poseen su parte de verdad. Tendríamos así una gran «época E


E
2
cultural atlántica», en que el pensamiento era intuitivo y no E
=
racional, en que el hombre se hallaba en estrecha relación con
las fuerzas elementales de la naturaleza y del cosmos, y carecía 3

--
de la plena conciencia del yo individual. La paulatina «mate- m
0

E
rializacións de su pensamiento llevó, por un lado, a una econo- O
mía productora y demás avances de1 Neolítico y épocas poste-
riores; pero también a la pérdida del «principio divino» -de la n

-
E
comunión directa con los dioses-. a

Si ello es así -y hemos entrado sin querer en el terreno de 2

la especulación, aunque, esperamos, no de la fantasía-, enton- o

ces tampoco carecerían tanto de sentido las opiniones que aso- =O


ciaban de algún modo el cataclismo atlántico con la Edad Gla-
cial, y no sería total casualidad la coincidencia de la fecha con-
signada en el Timeo para aquél, con el último estadio dentro del
retroceso glacial, Würm 4 o Salpausselka (aprox. 9000-8000 a. C.).
Se justificaría así, incluso, la especulación ocultista en rela-
@iSE la Ai!áliiidú, aUnqUeésta ya no se basa eii Plaión, sino

como único resto de una tierra más amplia-, ha sido refutada con
razón)
23 Le Danois, 1940, págs. 98-101, 109.

358 ANUARIO DE ESTUDIOS ATLANTICOS


que lo trae a colación para ayudar a justificar sus resultados
pretendidamente obtenidos por clarividencia. Hay, en realidad,
una interesante coherencia entre el sistema cosmogónico y an-
tropogónico de cuatro grandes épocas o estadios anteriores al
actual (siendo el último el Atlántico) de los teósofos y el xahatóc
Aiyos tan pacientemente estudiado en sus manifestaciones medi-
terráneas y sobre todo americanas por José Imbelloni. Así se
explica, también, la coherencia profunda con Platón, tanto el del
Tzmeo y Cvitzas como el del Fedón y otros escritos.
La conclusión principal de este largo pero necesario excurso
e s que la Atlántida de Platón es primariamente una realidad
mítico-espiritual, y secundariamente, histórico-cultural en senti-
d o amplio; pero no una realidad geológica ni geográfico-histórica
..--
iitpr.1
A L -A.
c ~ i C ~ & í Een zifiz cercm-. 2! EstrPch^ de C,ih=!-
tar (Columnas de Herakles o Hércules) es enteramente simbóli-
ca, y su posible equiparación con las islas Azores, Madeira o
Canarias, enteramente a posteriori. Lo mismo respecto a la po-
sible identificación del «continente» ($TELPOC) ubicado del otro
lado del Océano, con el continente americano.
La Atlántida, con todas sus connotaciones, debe ser restitui-
d a a su verdadero lugar: el Reino del Espíritu, y el de las pro-
;fundidades del alma humana.

Si hoy día un estudioso afirmara ingenuamente que las tierras


misteriosas situadas en el Océano Atlántico de que se hablaba
en la Antigüedad clásica constituyen «una reminiscencia de un
pasado lejano, y que posiblemente hubo relaciones entre los dos
grupos de continentes, el eurafricano y el panamericano, y que
estas relaciones quedaron truncadas a consecuencia de un cata-
clismo~~ ello
~ , no sería admisible en virtud de todo lo dicho
antes.
Y sin embargo, el rechazo absoluto tampoco sería científica-
mente correcto. Precisamente la complejidad de las «realidades
de la Atlántida~,sus múltiples facetas, su carácter de realidad
24 M. Desseffy, 1960.

Nzím 17 (1971)
14 JUAN SCHOBINGER

múltiplemente trasladada e hipostasiada, lleva a admitir que


bajo ese nombre podría también ocultarse un eslabón cultural
entre el Viejo Mundo y la América prehistórica. Y no sólo en un
sentido genérico y ecuménico, sino concretamente geográfico
trasatlántico. Pero los indicios de ellos son endebles, y por
ahora nos mantenemos escépticos al respecto, así como en rela-
ción a los contactos trasatlánticos en general en cuanto pudie-
ran tener consecuencias significativas sobre el desarrollo cultu-
ral americano. Nos seguimos ateniendo al importante hecho,
señalado primeramente por Ratzel: «Mientras el Océano Atlán-
tico, antes de ser surcado por los europeos, ha tenido el papel
de un verdadero abismo, el Pacífico fue el teatro de las más acti-
vas comunicaciones intercontinentales~". En el siglo XV, nin-
guna isla del Atlántico estaba habitada -salvo las más cercanas
a ia costa-, como no io estuvo isiandia en el norte hasta su ocu-
pación por escandinavos en el siglo IX. En cambio, en aquel
mismo siglo de los descubrimientos, casi no había isla en el ex-
tenso Océano Pacífico que no estuviera poblada. Los contactos
e influencias culturales transpacíficas tienen hoy indicios y prue-
bas soiidas (comenzando con la cerámica de 'v'aidivia en Ccüa-
dor, 111 milenio a. C.); no así la vía directa trasatlántica, salvo
tal vez para elementos aislados y relativamente intrascendentes.

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hstúricas. Buerios &res.j O
,,
-
m
O
Textos platonianos principalmente utilizados: Timeo. Trad., prólogo E
y notas por Francisco de P. Samaranch. Ed. Aguilar. Buenos Aires, 1963. E
2
Critlas (igual que el anterior). Fedón, trad. de Luis Roig de Lluis. Ed. ES- E
pasa-Calpe Argentina, Colección Austral (Diálogos, 8.a ed.). Buenos
Aires, 1946. Confrontado con el texto griego, ed. Instituto «Antonio ae
Nebrija», Introducción, texto y notas de Angel Alvarez de Miranda. -
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Madrid, 1948. E
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3
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ANUARIO DE ESTUDIOS ATLANTICOS

Common questions

Con tecnología de IA

El concepto de la Atlántida se relaciona con América en la teoría de que la "Tierra Firme" o América podría identificarse con la Atlántida, situándola más allá del "verdadero mar" que limitaba la Ecumene del mundo mediterráneo. Escritores como Sarmiento de Gamboa sugirieron un poblamiento de América desde la Atlántida como resultado de migraciones post-diluvio .

Algunos eruditos ven a Atlantis como una representación simbólica de realidades espirituales y culturales. Esto se debe a su asociación con el "Reino del Espíritu" y su interpretación dentro de un marco ontológico, donde sirve como metáfora para un estado primigenio o la Edad de Oro perdida debido a la caída del principio divino .

Las referencias a tierras en el lejano Oeste en la Antigüedad, como las Islas de los Bienaventurados o el Reino de Cronos, han sido interpretadas como eco de antiguos contactos o navegaciones previas a la época clásica griega. A esto se añade la concepción del Océano como un río más allá del cual existirían otras tierras, articulando antiguos mitos con la posibilidad de contactos culturales tempranos .

La Atlántida ha sido utilizada como una hipótesis para explicar similitudes culturales entre el Viejo y el Nuevo Mundo, sugiriendo que servía como puente de contacto o cuna de civilizaciones. Este enfoque intenta proporcionar una vía para intercambios culturales antiguos, aunque la evidencia sigue siendo especulativa y no concluyente .

Los elementos que sustentan la posible veracidad de la Atlántida incluyen referencias en narraciones sobre culturas avanzadas y contactos con sociedades del Viejo Mundo. Además, las identificaciones con civilizaciones como Creta o Tartessos sugieren que Platón no inventó totalmente los detalles geográficos e históricos, sino que los asimiló y compuso para sus propósitos filosóficos .

El diluvio bíblico se integra en las teorías de la Atlántida, donde se interpreta el Cataclismo Atlántico como un paralelo al Diluvio bíblico. Este evento es utilizado para explicar la migración hacia América desde la supuesta "isla Atlántica" post-diluvio, formando parte de un sistema de calamidades naturales que impactaban las culturas de la antigüedad .

Platón utiliza la Atlántida más como una herramienta filosófica que como un relato histórico, destinada a representar una realidad espiritual y moral. Su propósito era explorar conceptos de sociedad ideal y decadencia moral, y aunque fue capaz de incluir detalles geográficos y culturales concretos, su relato servía principalmente a su visión del mundo y ética .

Las concepciones mitológicas del Océano como un río que rodea la tierra y de una tierra más allá de él influenciaron la geografía griega, sugiriendo un modelo del mundo basado en elementos míticos. Este enfoque formó la base de la interpretación del disco terrestre, influyendo en desarrollos geográficos sucesivos y en el pensamiento sobre la relación entre el cielo y la tierra .

Los mitos relacionados con el Océano reflejan la percepción de éste como un gran río que rodeaba la tierra, y la idea de tierras más allá de él, enriqueciendo la concepción geográfica greco-oriental. Esta imagen mitológica sirvió de base para la geografía griega, destacando la importancia del Océano como padre de los dioses y como frontera de la tierra conocida .

Algunos estudiosos modernos argumentan que Atlantis podría haber sido un vínculo cultural entre el Viejo Mundo y América prehistórica. Sin embargo, los indicios son considerados débiles, y el escepticismo prevalece al evaluar su influencia en el desarrollo cultural americano, destacándose la falta de pruebas sólidas en comparación con los contactos en el Pacífico .

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