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Historia del Derecho Laboral en Argentina

El documento aborda la evolución histórica del derecho del trabajo en Argentina, desde las leyes laborales preindustriales hasta las reformas en la era industrial. Se destaca la importancia de la legislación de Indias y su impacto en la protección de los trabajadores indígenas, así como las condiciones laborales durante la Revolución Industrial y el surgimiento del movimiento obrero. Finalmente, se menciona la necesidad de un control estatal sobre la normativa laboral para garantizar la protección de los derechos de los trabajadores.

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Historia del Derecho Laboral en Argentina

El documento aborda la evolución histórica del derecho del trabajo en Argentina, desde las leyes laborales preindustriales hasta las reformas en la era industrial. Se destaca la importancia de la legislación de Indias y su impacto en la protección de los trabajadores indígenas, así como las condiciones laborales durante la Revolución Industrial y el surgimiento del movimiento obrero. Finalmente, se menciona la necesidad de un control estatal sobre la normativa laboral para garantizar la protección de los derechos de los trabajadores.

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DERECHO INDIVIDUAL Y COLECTIVO DEL TRABAJO Y DE LA SEGURIDAD SOCIAL

UNIDAD 2 – HISTORIA DEL DERECHO DEL TRABAJO

El trabajo a lo largo de la época. Primera época (las prestaciones laborales preindustriales).


Segunda época (las prestaciones laborales en la etapa industrial). La cuestión social. Soluciones
teóricofilosóficas. Evolución histórica del Derecho Colectivo del Trabajo en la Argentina.
Evolución Histórica del Derecho Individual del Trabajo en la Argentina. Últimas reformas.

Primera época (las prestaciones laborales preindustriales).

Nuestra visión eurocentrista nos hace perder de vista los importantes antecedentes que América
dio al mundo en materia de Leyes Obreras con su profusa Legislación de Indias, cierto es, que ellas
fueron escasamente cumplidas (el famoso “acato pero no cumplo”); pero también es verdad que
se adelantaron 400 años en la formulación de normas laborales que aún hoy siguen siendo
atacadas por caballeros medievales redivivos.

El testamento de la Reina Católica, hecho en 1504, constituye la piedra fundamental de la


legislación indiana, con la defensa del indio como especial preocupación. Allí encarga a su esposo e
hijos: “Pongan mucha diligencia y no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores
de las Islas y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bien;
más manden que sean bien y justamente tratados; y si algún agravio han recibido lo remedien y
provean”. Este conjunto normativo fue precedido por la obra de humanista y juristas de la talla de
Francisco de Vitoria, Gines de Sepúlveda, Domingo de Soto y Francisco Suárez.

La Recopilación de las leyes de los Reinos de Indias, contenía más de 10.000 leyes distribuidas en 9
libros. Nuestro tema se ubica principalmente en el libro VI. Uno de los aspectos especialmente
garantizado es el de la libertad de trabajo, disponiendo que los indios como hombres libres y
exentos del servicio personal; pudieran hacer de sus personas lo que por bien tuvieren; que solo
trabajan en las obras en caso de hacerlo voluntariamente y siempre que se les pagara.

En 1593, Felipe II estableció para las Indias la jornada semanal de 47 horas y la diaria de 8 horas,
repartida en dos mitades de cuatro, según conviniere a la salud de los obreros, a fin de
defenderlos de los rigores del sol. Las cuarenta y siete horas semanales eran resultado de terminar
el trabajo antes los sábados, para permitir, sin aumento de molestia, que los obreros acudiesen al
cobro, procurándose fuese en lugar de comodidad”.

El trabajo no debía comenzar antes de salir el sol ni continuar luego de ponerse éste, aunque fuese
voluntad de los indios proseguir las tareas (limitación de la autonomía de la voluntad). Durante la
jornada debían tener tiempo para cultivar sus propias tierras, almorzar y descansar media hora
después de cada comida. En algunas minas la jornada se limitaba a 7 horas (anticipándose a la
actual tarea insalubre).

Las Ordenanzas de Hernandarias de 1603, imponía el descanso no sólo en domingo, sino también
el sábado por la tarde (sería más correcto entonces hablar de “sábado americano” en vez de
“sábado inglés”).
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Estas leyes también protegieron el pago de la retribución justa a los nativos, estableciendo incluso,
el principio “in dubio pro operario”, a favor del indio, para el caso de que hubieren dudas si el
encomendero había cobrado los tributos.

Se estableció un salario mínimo de real y medio de oro por día. Señala Bialet Massé que en 1904,
en la Argentina no ganaba eso ningún peón de las Provincias del Norte.

Con respecto al salario justo, se declaraba que los indios debían ser pagados para que pudieran
vivir y sustentarse de su trabajo, el jornal debía calcularse por el tiempo trabajado más el de ida a
las tareas y el de vuelta a la casa.

Los indios que se accidentaban en el trabajo debían recibir la mitad del jornal, hasta su total
curación. La simple enfermedad era remunerada durante un mes. Los indios podían hacerse
atender en hospitales costeados por los encomenderos, quienes tenían obligación de tener
médicos para la cura de los indios enfermos.

Por considerarse tareas insalubres para los indios se les prohibía ocuparse en los ingenios de
azúcar, en las pesquerías de perlas y en la granjería de la coca. También se prohibían cargas
pesadas (se limitó hasta dos arrobas, 24 kgs.). Se prohibía, en principio, el trabajo de mujeres y
menores; se protegía el periodo de embarazo.

Además de aquella legislación de Indias los virreyes dictaron normas ampliatorias como las de
nuestro recordado don Francisco de Toledo, Virrey del Perú, que a mediados del siglo XVI dictó
Ordenanzas que protegían al indio como persona y como trabajador, especialmente en las tareas
de las minas y en cuanto al cultivo de la coca.

El pago de los salarios debía hacerse en dinero efectivo, en mano propia, ante las justicias, el
protector de indios y el párroco. Se prohibía el pago en especie o deducciones superiores a la
cuarta parte, bajo pena de severas multas. También era a cargo del patrono la comida diaria de los
indios.

Segunda época (las prestaciones laborales en la etapa industrial).

El siglo XVIII fue conocido como el “siglo del vapor”. La primera máquina a vapor digna de ese
nombre fue instalada por Newcomen para desagotar una mina inglesa en 1712. Poco después
James Watt, un mecánico de mantenimiento de la Universidad de Glasgow la perfecciona, y a fin
de siglo las construye en nivel masivo (más de 500 máquinas). La transformación que produjo el
maquinismo se vio reflejada en la industria textil, con la aparición de la “lanzadera volante” en
1773. Luego las innovaciones técnicas se trasladan al campo de la metalurgia, de la industria
química y al nacimiento de los Ferrocarriles. Esta evolución iniciada en Inglaterra se trasladó
rápidamente al continente Europeo, a pesar de que el Reino Unido protegió hasta con la pena de
muerte la exportación de sus descubrimientos técnicos.
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Pero las máquinas no disminuyeron los sufrimientos y miserias de la clase trabajadora, por el
contrario los agravó, ello produjo que en las Revoluciones Parisinas de 1830 y 1848 se destruyeron
imprentas, hilanderías, etc.

La máquina también implica una clara división del trabajo ya que se simplifica la labor del operario
que se limita a una acción única y rutinaria, repetida hasta el cansancio. Pero la actividad industrial
exige, además, una disciplina más estricta por lo que los industriales procuraron contratar mujeres
y niños, más maleables y baratos. Para fortalecer la disciplina se aplican multas y castigos.

La ocupación de niños y mujeres fue posible también ya que el nuevo proceso industrial no exigía
la fuerza del adulto varón. Como ejemplo del grado de explotación al que fueron sometidos estos
sectores, baste recordar que aún en este Siglo (1907), la Unión Industrial Argentina aceptaba
reducir la jornada de los menores a ¡10 horas! diarias. Coincidentemente el día internacional de la
mujer se conmemora recordando la muerte de 113 hilanderas norteamericanas de la Fábrica
Cotton, que murieron quemados un 8 de marzo de 1857 en un incendio intencional provocado
como represalia por haber reclamado 3 puntos: mejores condiciones de trabajo, reducción de la
jornada laboral de 16 a 10 horas y sufragio universal.

La emigración campesina y el crecimiento demográfico garantizaron la existencia de lo que Marx


llamó “ejército industrial de reserva”, que permitía reducir los salarios por debajo de los niveles de
subsistencia. Por otra parte la contratación de menores y mujeres aumenta la oferta de trabajo e
implica menores salarios, ya que el adulto debía percibir una retribución suficiente para la
subsistencia propia y de su familia, lo que resulta innecesario cuando esta se incorpora al mercado
de trabajo. La misma máquina también contribuye a aumentar el número de desempleados. A la
injusticia del régimen Capitalista en el plano económico se unió su insensibilidad ante la
destrucción de la familia, el fomento del alcoholismo, la desocupación crónica, la degradación
personal.

La cuestión social.

Sabido es que el movimiento obrero sufrió una etapa de represión en la que el mero hecho de
asociarse era considerado delito. Ello ocurrió en Francia con el Edicto Turgot y luego con la Ley
Chapelier y en Inglaterra con las Combination Acts de 1799 y 1800. Esta etapa duró en Francia
hasta 1864 en que fue despenalizada la asociación gremial, pero sin reconocerse como derecho, lo
que recién ocurre en 1864 con la ley Waldek-Rousseau de 1884.

Los obreros ingleses y los franceses comenzaron a desarrollar movimientos de resistencia a


principios del siglo XIX y, para los años 30 ya se habían producido huelgas textiles en Lyon (Francia)
y en Manchester (Inglaterra). Pero aún eran huelgas en las que los obreros simplemente se
lanzaban a resistir las formas más brutales de opresión capitalista, estaban guiadas por la
necesidad inmediata de disminuir el grado de explotación, y no se planteaban ir más allá de estos
objetivos inmediatos. Recién con el crecimiento de las ideas anarquistas, socialistas y marxistas el
movimiento obrero se plantea reivindicaciones que llegan hasta la supresión del Estado.
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Soluciones teoricofilosóficas.

Las ideas preponderantes a partir de la Revolución Francesa, propugnaban que el Estado


cumpliera una mera función de “gendarme” de las leyes del mercado, es el famoso “Laissez Faire,
Laissez Passer”, inspirado en las teorías del Economista Escocés Adam Smith que en 1776 había
publicado su “Wealth of Nations” (La riqueza de las Naciones).

Tales teorías permitieron grados inauditos de explotación como hemos referido anteriormente.
Pero gradualmente la acción sindical y el avance de las ideas que rescataban la función tutelar del
Estado apoyadas en la doctrina social de la Iglesia, impusieron el dictado de normas dirigidas en
primer lugar a proteger a los niños y las mujeres, luego a todos los asalariados. También, a fin del
siglo pasado, se advierte la impotencia del derecho común para dar solución a la problemática de
los accidentes de trabajo que se producen como consecuencia de las nuevas formas de producción
y las deficientes condiciones de trabajo, por lo que se dictan las primeras leyes de la materia.

Sin embargo el dictado de leyes protectoras resultaba insuficiente si no se establecía un estricto


control sobre su aplicación. Fue así que a comienzos de este siglo se utiliza el “poder de policía”
estatal (policía del trabajo) que a través de organismos administrativos (ministerio de trabajo)
ejerce el contralor de la normativa laboral.

Evolución histórica del Derecho Colectivo del Trabajo en la Argentina. Evolución Histórica del
Derecho Individual del Trabajo en la Argentina.

Nos ocuparemos aquí, brevemente, de algunos hechos poco conocidos, inmediatamente


anteriores y posteriores a la Revolución de Mayo, ya que las relaciones laborales en el Virreinato
del Río de la Plata no fueron en absoluto diferentes de las analizadas más arriba como vigentes en
el resto de América Latina.

Un acontecimiento previo a los sucesos de mayo y que involucra a uno de sus protagonistas, fue
cuando Cornelio Saavedra en 1795, desempeñándose como síndico procurador del Cabildo, emitió
un dictamen fulminando la existencia del gremio de zapateros, creado en 1790, basándose en la
libertad de trabajo y diciendo que: “este derecho de trabajar es el título más sagrado e
imprescriptible que conoce el género humano: persuadirse que se necesita el permiso de un
gremio para no ser gravoso a la sociedad, para no ser ocioso, para ganar de comer, es un delirio;
decir, que la suprema potestad del príncipe es que debe vender el derecho de trabajar, es una
monstruosidad: así el poder soberano lejos de restringir el uso de este derecho por prohibiciones
debe asegurar a todos los ciudadanos al goce pleno de semejante prerrogativa” (la cita es de
Alfredo Palacios, en “El Nuevo Derecho”, 1920, pág. 202).

Quizá una de las primeras normativas laborales dictadas por el Gobierno Patrio fue el Reglamento
dictado por el Dr. Manuel Belgrano en su campamento de Tacuarí el 30 de diciembre de 1810
donde advertía que los naturales eran tratados pero que “bestias de carga”, por lo que disponía en
su artículo 28 que “Todos los conchabos con naturales se han de contratar ante el Corregidor o
Alcalde del pueblo donde se celebren, y se han de pagar en tabla y mano, en dinero en efectivo, o
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en efectos, si el natural quisiera, con un diez por ciento de utilidad, deducido el principal, y gastos
que tengan desde su compra, en la inteligencia de que no ejecutándose así, serán los beneficiados
de hierba multados por la primera vez en 100 pesos, la segunda con 500 y por la tercer
embargados sus bienes y desterrados, destinando aquellos valores por la mitad al delator, y fondo
de escuelas”.

También San Martín, siendo gobernador de la provincia de Cuyo dictó en 1814 el siguiente
reglamento de trabajo:

 Que ningún peón puede mudar de patrón sin tener boletas de éste que acredite no
deberle cosa alguna.
 Que el patrón que maliciosamente no quiera dar la correspondiente boleta al peón que
por no adeudar nada le pide con justicia, puede ser demandado, y en consecuencia, el
Juez, probando el hecho, multará al patrón en 50 pesos;
 Que cualquier peón que se encuentre ocioso en horas de trabajo será prendido y
destinado a los cuarteles en calidad de recluta...

Probablemente este Reglamento y el Bando que en 1815 dicta el Gobernador Manuel Oliden para
la provincia de Buenos Aires, sean el origen de las tristes de la célebre “papeleta” y de las
desventuras de los gauchos argentinos como han sido descriptas magistralmente por José
Hernández.

Al finalizar el siglo XIX no había cambiado sustancialmente la situación de los trabajadores rurales
como se desprende del “Informe sobre el Estado de las Clases Obreras en el Interior del País”
elaborado por Juan Bialet Massé, por requerimiento del Ministro del Interior Joaquín V. González,
durante la Presidencia del Gral. Roca, en 1904. Bialet Massé fue una extraordinaria personalidad
que ostentaba los títulos de abogado, médico e ingeniero y elaboró un voluminoso trabajo luego
de haber recorrido miles de kilómetros de nuestra dilatada geografía. Su “Informe” puso al
desnudo la situación de explotación de los trabajadores del interior de la república, y el
desamparo de las economías regionales. Esta obra fue el antecedente necesario del “Proyecto de
la Ley Nacional del Trabajo” que presentara, poco después, ante el Congreso, el Dr. Joaquín V.
González. De ese ambicioso código laboral sólo pudo sancionarse una ley en setiembre de 1905, la
ley Nº 4661, estatuyendo el descanso dominical; fue la primer ley laboral argentina. Salta fue una
de las primeras provincias en adherir a esa ley nacional.

Pero el mismo gobierno que dictó aquella primera Ley Laboral, había sancionado, pocos años
antes (1902), la triste “ley de residencia” por la que el Poder Ejecutivo, sin intervención judicial,
podía ordenar la salida del territorio de la nación de todo extranjero que “perturbe” el orden
público. Esta ley fue un instrumento de persecución a las organizaciones obreras que contaban en
sus filas con numerosos exiliados (italianos, alemanes, polacos, etc.). Recién fue derogada en 1958.

En Enero de 1919 tienen lugar en Buenos Aires, los sucesos que se conocerían como de la
“Semana Trágica”. Los obreros de los Talleres Metalúrgicos Pedro Vasena se encontraban en
huelga reclamando la reducción de la jornada de 11 a 8 horas, la vigencia del descanso dominical,
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aumentos salariales y reincorporación de delegados despedidos. Los Talleres, una de las


principales empresas del país, pertenecían mayormente a capital británico, ocupando 2.500
trabajadores. La patronal contrató “crumiros” (rompehuelgas) que el día 7 de enero se
enfrentaron con los huelguistas; intervino la policía en favor de los primeros matando a 4 obreros
e hiriendo a 30. Las organizaciones obreras llamaron al paro general, que paralizó la ciudad de
Buenos Aires. Mientras se producía el sepelio de los primeros trabajadores muertos, se produjo
una nueva masacre, con la intervención de la Policía y los Bomberos. El presidente Yrigoyen
dispuso la intervención del Ejército al mando del Gral. Dellepiane. Las jornadas sucesivas
aumentaron el número de muertos a 700 (según La Vanguardia) y a más de 100 (según otras
fuentes); se produjeron cerca de 50.000 detenciones. Estas cifras son índice elocuente de la
gravedad alcanzada por este movimiento insurreccional de los trabajadores, que puso en la
superficie las contradicciones de la Argentina moderna: los límites del movimiento obrero y la
aparición del ejército como elemento represivo.

Pocos años después, en 1921, el ejército vuelve a tener un papel protagónico en la represión de la
insurrección obrera que el escritor Osvaldo Bayer popularizara como “La Patagonia rebelde”. En
aquel año los trabajadores rurales y también los empleados de comercio habían iniciado
innumerables movimientos huelguísticos que hicieron temer a terratenientes y comerciantes la
reproducción del fenómeno insurreccional de los talleres Vasena. Obtienen que el Gobierno
Nacional encomiende al Ejército la solución del conflicto, comisionando para ello al Teniente
Coronel Héctor Benigno Varela. En el informe reservado (443 del 14-1-22) del capitán de fragata
Dalmiro Sáenz al Ministro de Marina se expresa: “Los estancieros han deseado vivazmente que la
revuelta se sofocara antes del comienzo de la esquila, con muchos fusilamientos para imponer el
terror y hacer luego trabajar a sus peonadas con jornales rebajados”. El comandante Varela
cumplió con exceso el deseo de los hacendados imponiendo el terror hasta aniquilar la revuelta
obrera, fusilando a 1500 peones indefensos.

El 27 de enero de 1923 Kurt Gustav Wilckens, alemán, espera que salga de su casa en Buenos
Aires, Varela, el “fusilador de la Patagonia”, como lo llaman sus compañeros anarquistas, arroja
una poderosa bomba de la que ninguno de los dos puede escapar. Repite así la acción del polaco
Simon Radowitzky, que 15 años antes (1909), había asesinado al Jefe de Policía de la Capital,
Ramón L. Falcón, responsable de la muerte de varios obreros en la celebración del 1º de mayo de
aquel año.

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