La partida
Karve dejó caer el pesado cofre sobre las tablas del muelle, soltando un gruñido. Se
quedó observando unos instantes aquel bloque desgastado de madera y hierro, luchando
contra el impulso de sentarse sobre él. Lejos quedaban los días en los que podía acarrear
el baúl de un lado a otro con apenas esfuerzo, y, últimamente, aquel condenado trasto
parecía hacerse más pesado con cada día que pasaba. Respiró profundamente,
esforzándose en ignorar el dolor en sus músculos y articulaciones. De todos los
enemigos contra los que había peleado, el paso del tiempo había resultado ser el más
resiliente y el más despiadado.
Así que permaneció de pie, inmóvil como un árbol viejo, observando en silencio
los barcos anclados en la bahía mientras eran cargados con provisiones para el
inminente viaje: hilera tras hilera de esbeltas embarcaciones, de proa alta y muchos
remos, una vista habitual en los pueblos y ciudades costeras de aquella tierra. Sin
embargo, no eran los barcos mercantes y de pesca que día tras día amarraban en el
puerto; eran barcos de guerra, recios y veloces, los temidos navíos dragón que habían
cosechado un siniestro renombre en muchas costas. Ver semejantes navíos zarpar en tal
número era siempre una promesa de guerra, y había guerra en el horizonte; el Gran Rey
Saemund había llamado a las armas. Y ese era el motivo por el cual Karve y muchos
otros hombres y mujeres diestros en el manejo de las armas se encontraban en aquella
bahía, en una fría mañana de primavera, preparándose para desafiar viento y oleaje para
acudir a la inminente contienda.
Acompañando a los guerreros, acudían al puerto una plétora de hombres y
mujeres de todas las edades, y si bien muchos eran trabajadores de los muelles y
lugareños contratados para ayudar en el embarco, una parte importante estaba
conformada por los amigos y familiares de quienes estaban a punto de partir: madres,
padres, hermanos, hermanas, amigos y demás allegados. Acudían a despedir a los seres
queridos, a los cuales quizá no volverían a ver. Se rezaban plegarias y se otorgaban
bendiciones, se pronunciaban deseos de buen viaje y buena fortuna, se entregaban
recuerdos y regalos de partida, se hacían votos y juramentos de regresar pronto, con
gloria y fortuna, o bien de enorgullecer a la familia que se quedaba atrás.
Había lágrimas, nacidas del temor y de la angustia, pero también risas y alardes,
pues era propio de los guerreros negarse a mostrar cobardía frente a sus familias y a sus
iguales. Algunos, que habían venido de lejos y ya se habían despedido de su gente en su
lugar de origen, se apresuraban a embarcar, en solitario o en grupos pequeños; otros
subían a los barcos acompañados por miembros de su familia, o de sus sirvientes —en
el caso de los más ricos—, quienes se encargarían de los trabajos del campamento y
demás consideraciones logísticas.
Era, pues, una mañana ajetreada, y el rumor de cientos de voces se confundía
con los gritos de las gaviotas y el murmullo del mar, formando una cacofonía que, aun
con todo su ruido y su discordia, no logró perturbar en lo mínimo la adusta expresión
con la que Karve observaba el muelle, los barcos y a la gente, ni tampoco logró disipar
la sombra de melancolía que se arrastró hasta lo más profundo de su pecho. Y es que,
aun en aquel puerto ruidoso y atestado, rodeado por centenares de otros seres humanos,
el guerrero envejecido, estaba tan solo como un viajero que hubiese quedado atrapado
en un escollo remoto tras un naufragio. Nadie había ido a despedirse de él, nadie lo
esperaba en casa y las pocas personas que le importaban también se embarcarían en la
expedición. Normalmente no pensaba mucho en ello; la soledad se había convertido en
otra parte de su día a día, como podía ser el frío por las noches, el olor a sal y a pescado
del puerto, o la cantidad cada vez mayor de cabellos grises y castaños que encontraba
cada mañana en el manto doblado que le servía como almohada.
No había sido siempre de aquella manera. Tiempo atrás, Karve había tenido una
familia; padres, tíos, hermanos, primos, incluso una esposa e hijos. Había tenido una
familia; padres, tíos, hermanos, primos, incluso una esposa e hijos. Había tenido
amigos, cercanos a su corazón, hermanos en todo menos en sangre. No recordaba
mucho de aquella época, enturbiada por los años y por no pensar en ella, pero recordaba
que aquellos habían sido años buenos, y que no estaba solo.
También recordaba una época en la que la pena por todas esas muertes le había
quemado como una lanza al rojo vivo enterrada en su pecho, una época en la que se
había ahogado en alcohol hasta perder la conciencia todas las noches, y en la que se
había metido en peleas constantemente, furioso con el mundo que le había arrebatado
tanto.
Esos días pasaron, y lo que había sido una herida abierta y dolorosa en su
espíritu cicatrizó para convertirse en un callo insensible. La mayoría del tiempo, apenas
y pensaba en las personas que había perdido, y, cuando lo hacía, difícilmente sentía más
que una fría indiferencia. Sin embargo, había momentos en que el dolor regresaba, junto
con las memorias (o lo que quedaba de ellas) y aquella soledad que le agobiaba parecía
haber convocado ambos.
***
Fueron muriendo, uno por uno. Algunos fallecieron por enfermedad, otros cayeron por
la espada, a más se los llevó la helada. Karve perdió a su padre cuando era muy joven, y
de todos sus hermanos, solo él sobrevivió hasta la adultez; el resto fue víctima de la
enfermedad y del frio, o falleció en el feudo de sangre que se cobró la vida de gran parte
de su familia. Su madre no tardó en reunirse con ellos, víctima de un mal aire que se la
llevó mientras dormía.
Años más tarde, sepultó a su hijo mayor, que murió en un duelo; su esposa
murió dando a luz a su segundo hijo, que murió en la infancia. Las muertes no se
limitaron a su familia de sangre; a lo largo de una vida como guerrero, Karve vio caer a
muchos amigos, y, con el tiempo, acabó por distanciarse de los que aún le quedaban,
ganándose la reputación de un hombre solitario y sombrío.
Con cada año que pasaba, los nombres y los rostros se volvían más y más
borrosos, confundiéndose ente sí: nombres y rostros de familia y amigos, nombres y
rostros de aquellos a quienes haba matado, se mezclaban unos con otros, fantasmas
neblinosos que acechaban en los rincones de su memoria.
Pero él seguía vivo, después de todas las batallas y todas las peleas, después de
todas las tormentas y todos los inviernos, él seguía vivo, y todos los demás no. Y
mientras todos ellos se desvanecían en las brumas de su memoria, él seguía en pie,
negándose a morir, siempre avanzando, sin detenerse, un día tras otro, más por inercia o
terquedad que otra cosa.
***
Volvió a dirigir la mirada hacia su viejo arcón, pasó una mano callosa sobre la madera.
Todo lo que era su vida en aquellos días estaba en aquel baúl. Con la excepción de la
ropa que llevaba puesta, el escudo que llevaba colgado al hombro y la daga y la espada
aseguradas a su cinturón, todas sus posesiones estaban en aquel cofre: más ropa, mantas
y otros enceres personales, un cuerno de guerra y otro para beber, puntas de lanza, un
hacha, un yelmo y una cota de malla, algunas joyas y demás baratijas, una brújula
Dwerim, amuletos protectores, algunas medicinas, vendajes y material de primeros
auxilios, así como un puñado de brazaletes, anillos y monedas, algunos de oro, la
mayoría de plata, una pequeña fortuna, fruto de años de gastos frugales y botines de
guerra que, sin embargo, no creía nunca llegar a gastarse. Simplemente no se le ocurría
nada en lo que valiera la pena.
A diferencia de la mayoría de los guerreros, que tomaban las lanzas en tiempos
de guerra y que, al terminar la campaña, volvían a sus campos o sus oficios, Karve
pertenencia a un grupo más reducido que hacía de la guerra su modo de vida. Algunos
trabajaban como mercenarios, ofreciendo sus servicios al mejor postor; otros se
dedicaban al bandidaje o a la piratería; otros, como él, juraban lealtad a un rey o señor y
se unían a su séquito a cambio de botines y regalos.
Aquellos guerreros, por lo general, no solían vivir hasta la edad de Karve. Los
pocos que lo lograban normalmente amasaban suficiente fortuna como para colgar las
armas, comprar un pedazo de tierra y retirarse más o menos pacíficamente, antes de que
la edad les pasase factura. Aquellos veteranos que, como él, seguían en el oficio de las
armas pasados cierta edad, lo hacían normalmente por un amor excesivo por la batalla,
mala fortuna, lealtad personal. O eran como Karve, y no tenían nada a lo que volver.
Era por eso que no tenía un hogar propio, ni más pertenencias de las que cabían
en aquel viejo baúl. A cambio de sus servicios, el rey Saemund le daba un techo y
comida, y le recompensaba generosamente en plata, oro y otros presentes, la mayoría de
los cuales repartía entre sus guerreros. Había quien lo admiraba por eso, alabando su
lealtad, su dedicación y su desprendimiento. Nunca le había importado, regalaba su
riqueza porque no le veía ningún uso, y seguía peleando y siendo leal al Gran Rey
porque luchar y mantener sus juramentos era lo que siempre había hecho, lo único que
sabía hacer.
Pero no le traía ninguna satisfacción. Cualquier alegría en su vida se había
marchitado con la muerte de cada una de las personas que amó algún día. Con el pasar
de los años; incluso el dolor se fue desgastando hasta quedar romo e insensible, como el
filo de una espada a la que se le ha dado demasiado uso.
Seguía adelante, día gris tras día gris, interrumpido por agudos momentos de
pena cortante, sin sentido de propósito o de aspiración. Hechiceros y videntes hablaban
constantemente del Destino, de cómo cada criatura, desde el menor de los gusanos hasta
los mismos dioses, tenía un papel que cumplir en el gran tapiz del universo, y que se
veían inexorablemente arrastrados hacia ese papel.
A lo largo de su vida, Karve había dejado de creer en muchas cosas, como la
gloria o en el favor de los dioses; sin embargo, nunca había dejado de creer en el
Destino, y es que había visto cómo, una y otra vez, un Destino en común unía a todos
los seres humanos. Sin importar cómo hubieran vivido, o dónde hubieran nacido, al
final de camino, reyes y mendigos se hermanaban en el frío abrazo de la muerte.
Muerte, ese era el verdadero rostro del Destino, destino que había eludido a
Karve por muchos años, pero que nunca estaba demasiado lejos. Así como la soledad,
su propia mortalidad era una certeza ineludible. Por buena o mala fortuna, se había
mantenido con vida todos esos años, como si fuera un bote arrastrado a la deriva por la
marea de los Hados, una suerte de herramienta en las manos del Destino, portando
consigo la muerte de otros mientras él seguía viviendo.
En aquellos raros momentos de introspección, cuando el peso de los años y de la
pérdida caían sobre sus hombros, Karve se preguntaba si valía la pena seguir peleando,
si no sería mejor ir al encuentro del Destino, arrojarse a lo desconocido por primera vez
en muchos años, dejar atrás aquel mundo hueco y frío, y navegar hacia costas extrañas,
mundos más allá del conocimiento de los mortales.
Se inclinó por encima del muelle, unos ojos pálidos y tristes le devolvieron la
mirada. Sería fácil, muy fácil levantar el baúl, y con la totalidad de sus posesiones
materiales entre sus brazos, dejarse caer al frío abrazo del mar oscuro. Terminar la
tortuosa y triste saga de su vida. Descansar al fin, dormir para siempre en un lecho duro
y gélido de roca marina.
Era fácil, pero también era imposible. Al final, daba igual si acababa con su
propia vida, pues el Destino era inexorable; Karve sabía que el día de su muerte nos
estaba lejos, había sobrevivido muchos inviernos y muchas tormentas, muchos duelos y
muchas batallas. Podía esperar un poco más, tanto como hiciera falta. Y cuando
finalmente llegara su hora final, la enfrentaría en sus términos, dejando atrás el miedo y
con toda la dignidad que le quedara. Esa era la última ascua que ardía en su ajado
corazón, la última sombra de propósito que lo impulsaba a seguir vivo. Se lo debía a sí
mismo, y a todos sus muertos.
Así que apartó de su mente la pena y los recuerdos, y, con un gruñido de
esfuerzo, se cargó el cofre al hombro. Con pasos seguros, recorrió la pasarla para
abordar el barco y zarpar al encuentro con su Destino.