NOMADAS
Para Carlos y Sergio
La fórmula tradicional (trabajar para acceder a un mínimo bienestar económico y social) que
señalaba el empleo como principal forma de sustento material es cada vez menos común,
especialmente entre los jóvenes. Así lo advierten los datos publicados recientemente por Eurostat:
incluso con la crisis (supuestamente) superada, uno de cada cinco trabajadores jóvenes está en
riesgo de pobreza en España. La tasa creció 5 puntos entre 2016 y 2017 y dobla la media de la
Unión Europea, donde España se sitúa a la cabeza. 2017 cerró con un 20% de los trabajadores de
entre 16 y 29 años en riesgo de pobreza en España. La ratio actual de pobreza laboral entre jóvenes
que arroja España es mucho más alta que en cualquier periodo desde la crisis de 2008. En España,
el colectivo joven fue uno de los que más sufrió las consecuencias de la crisis, cuando se
intensificaron problemas históricamente asociados a este grupo de población en ámbitos como el
mercado laboral o la vivienda. Ni siquiera la (supuesta) recuperación económica de los últimos años
ha conseguido paliar esta situación: casi el 60% de los trabajadores jóvenes sigue teniendo un
empleo temporal. La parcialidad afecta a cerca del 30% de los jóvenes con empleo, de los cuales
más de la mitad tienen este tipo de jornadas de forma obligada. Estas dificultades económicas y
laborales han provocado que la edad de emancipación en España se sitúe cerca de los 29 años, tres
por encima de la media europea. La generación mejor preparada que haya tenido nunca España no
tiene más futuro que la precariedad o emigrar.
Son bien conocidas en España las imágenes de emigrantes con maletas de cartón que en los años
60 partían a Europa y América en busca de trabajo y una vida mejor. Este fenómeno, acabó en los
años 70 como consecuencia de la crisis del petróleo, la entrada de España en la Unión Europea y la
bonanza económica que la precedió. Pero la actual crisis se ha cebado especialmente con los
jóvenes. El desempleo juvenil en estos momentos ronda el 50%, y si no fuera por la fuerte
emigración de la juventud que se ha producido durante los últimos años sería aún peor. Los jóvenes
de menos de 25 años, por su falta de experiencia, seguirán abocados a trabajar por un sueldo bajo
o a encadenar prácticas no remuneradas. Durante los peores años de la crisis económica, miles de
jóvenes españoles emigraron en busca de un futuro mejor. Según la plataforma [Link],
desde 2010 han emigrado más de 700.000 jóvenes en busca de mejores oportunidades laborales en
el extranjero. La emigración de jóvenes españoles ha aumentado paulatinamente en los últimos 4
años. La cifra más alta se produjo en 2015, cuando emigraron cerca de 42.000 jóvenes.
Desalentados por la falta de oferta laboral, empleos precarios o temporales, España está sufriendo
una auténtica 'fuga de cerebros' que, sin duda, repercutirá a largo plazo, tanto social como
económicamente. Lo peor de esta situación es no saber cuánto va a durar. La mayoría de los jóvenes
que se van lo ven como algo temporal, piensan en trabajar fuera unos años hasta que "pase lo
peor”, para volver a casa y buscar trabajo allí. Sin embargo, ¿qué es lo que les espera? Muchos de
estos jóvenes han crecido con un nivel de vida que difícilmente van a ser capaces de mantener. Va a
ser la primera generación que viva peor que sus padres. Mientras tanto, los sucesivos gobiernos
siguen haciendo recortes y los jóvenes españoles se marchan. ¿Está la juventud española condenada
al desempleo y la precariedad?
Todo lo anterior, junto con el creciente proceso de globalización en el que nos encontramos y su
intenso carácter cambiante, está dando lugar a que se impongan modelos sociales propios de una
especie de nuevo nomadismo que, si tomamos como ejemplo a los jóvenes de hoy y el futuro
que les aguarda, se puede constatar a tres niveles. En primer lugar, los jóvenes se van a ver
emplazados a lo largo de su vida a un nomadismo laboral. Van a cambiar de trabajo, de empresa,
de niveles de integración laboral y de oportunidades, de lugares de residencia…, en un amplio
abanico de situaciones negativas que van desde el paro, al subempleo, al empleo a tiempo parcial,
al trabajo de bajo salario, a la becarización sin apenas ingresos, etc. Todo ello con riesgo
creciente de precarización que provocará trayectorias vitales inestables. En segundo lugar,
muchos jóvenes van a vivir experiencias de nomadismo cultural, tanto en lo que se refiere a su
movilidad geográfica —forzada o voluntaria— como en lo que concierne a los cambios de
mentalidades, opiniones, orientaciones culturales y valores que podrán experimentar a lo largo de
su vida, en sociedades cada vez más abiertas, heterogéneas y cambiantes. En tercer lugar, van a
vivir un cierto nomadismo vital, provocado por la falta de asideros vitales y de elementos de
referencia. Para muchas generaciones, en la historia reciente, los elementos básicos de integración
social y de referencia han sido múltiples: su nación, sus ideas religiosas o políticas, su clase social,
su profesión u ocupación, su familia... Para los jóvenes de hoy, todos estos elementos están en
crisis o sufren un deterioro creciente (como tener un buen empleo y unos ingresos razonables,
unas posibilidades de plena autonomía económica, o las perspectivas de poder formar una
familia). Por eso se puede hablar de una crisis de los asideros vitales, a partir de los cuales se tenía
conciencia de pertenencia y elementos de apoyo, integración y seguridad. De ahí, que ahora
cada vez más jóvenes se encuentren emplazados ante vivencias de lo social más inestables,
inseguras y volátiles, viéndose forzados a ir de un lado hacia otro buscando sus propias
identidades y orientaciones, como auténticos nómadas vitales.
En estos nuevos contextos, los jóvenes van a necesitar mentalizarse y adaptarse a esta nueva
cultura de navegantes, que van de un lugar a otro, y para los que lo fundamental va a ser la ruta a
seguir y no el lugar donde se encuentran sedentarizados. De ahí la pertinencia de nuevos patrones
culturales y nuevas mentalidades. Por ello, no deja de sorprender la adhesión a un sistema
económico capitalista caracterizado por alimentar la explotación, la desigualdad y las agresiones
contra el medio. Ante esta tesitura, ¿qué hacer? No es fácil encontrar soluciones o buscar caminos.
En primer lugar, no se trata, como hace la izquierda y los sindicatos institucionales, de contestar o
rechazar el neoliberalismo, como versión extrema e indeseable del capitalismo, reformando el
“régimen” y dotando de un rostro “humano” al capitalismo. El objetivo, mucho más ambicioso y
perentorio, es salir con urgencia del capitalismo. Organizar el mundo del trabajo, a través de los
sindicatos o de otras instancias que puedan imaginarse, para dar la respuesta oportuna a los
que practican una lucha de clases que, desarrollada desde arriba y con notorio éxito, desgraciadamente, y a
día de hoy, van ganando.
Desde hace un tiempo asistimos a un regreso a condiciones laborales propias del pasado.
Semejante regreso debería provocar un resurgimiento, como respuesta, de otro sindicalismo
alternativo, enfrentado a las formas de sindicalismo de pacto hoy dominantes. Ese otro
sindicalismo no puede ser sino el anarcosindicalismo.
Frente a la irracionalidad sin límites de la versión dominante en el capitalismo contemporáneo, el
anarcosindicalismo será tanto más interesante cuanto más porfíe en la contestación del Estado y de
sus redes. Este capitalismo irracional está arrojando fuera de la economía a buena parte de la
población planetaria. Mientras el número de personas desempleadas crece en casi todos los
lugares, los salarios recibidos por quienes, aun con ello, disponen de un trabajo son cada vez
más bajos. En esta situación, ¿quién va a adquirir los bienes generados por ese capitalismo
enloquecido? Aunque la irrupción de las economías emergentes y la aparición de nuevos
mercados han mitigado un tanto el problema, este acabará por presentarse con toda su crudeza. Y
es que, ¿tiene sentido trabajar para seguir siendo pobre?
El viejo capitalismo productivo murió. En las nuevas sociedades postindustriales el escenario se
complejiza con el capitalismo financiero-especulativo desbocado, lastrando las viejas formas
productivas de la economía. El sistema está sufriendo una transformación estructural, vampirizado
por las nuevas tecnologías. ¿Qué consecuencias tendrá? ¿Un horizonte catastrófico en el que los
individuos seremos materia prima desechable, suplantados por unos robots cada vez más eficientes
o por una inteligencia artificial cada vez más sofisticada? Vivimos un fin de época dominado por la
tecnología. O despertamos de este sueño digital o desaparecemos.
Juan Andrés