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Vanguardismo Integral: Transformación Histórica

El Proyecto Vanguardismo Integral propone un movimiento político, social y cultural que busca liberar la historia de las fuerzas reaccionarias y anti-intelectuales del siglo XXI, promoviendo la conciencia histórica y la acción transformadora. Se argumenta que la modernidad no ha terminado, sino que se encuentra en una fase tardía caracterizada por tensiones históricas que amenazan el progreso humano. Este movimiento aboga por una reorganización del pensamiento y la acción para devolver a la humanidad el control de su destino y avanzar hacia una civilización más humana.

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Vanguardismo Integral: Transformación Histórica

El Proyecto Vanguardismo Integral propone un movimiento político, social y cultural que busca liberar la historia de las fuerzas reaccionarias y anti-intelectuales del siglo XXI, promoviendo la conciencia histórica y la acción transformadora. Se argumenta que la modernidad no ha terminado, sino que se encuentra en una fase tardía caracterizada por tensiones históricas que amenazan el progreso humano. Este movimiento aboga por una reorganización del pensamiento y la acción para devolver a la humanidad el control de su destino y avanzar hacia una civilización más humana.

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Proyecto: Vanguardismo Integral1

Otros posibles nombres:


 Vanguardismo Social
 Vanguardismo Sintético
 Socio-vanguardismo

Introducción
¿Cuándo descubrirá la humanidad quien es realmente? Jorge Luis Borges
escribió alguna vez que: «cualquier destino, por largo y complicado que
sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el
hombre sabe para siempre quién es». Esta frase enfatiza algo primordial
en el desarrollo de cualquier vocación personal: el reconocimiento de la
identidad histórica por parte de uno mismo. Los antiguos griegos
utilizaban la palabra «anagnórisis» (ἀναγνώρισις) para referirse al
descubrimiento de datos esenciales sobre la identidad personal que
permanecían ocultos hasta determinado momento. En este sentido, la
vocación o el destino comienza con un proceso de anagnórisis,
específicamente, cuando reconocemos el rol que cumplimos dentro del
devenir histórico. En otras palabras, el descubrimiento de nuestra
identidad es, en última instancia, el reconocimiento de nuestro lugar en
el devenir de la humanidad. Los seres humanos somos historia y
encontramos nuestra vocación en ella. La vocación personal no debe
entenderse como un fenómeno aislado, sino como el resultado de una
interacción con las fuerzas históricas que moldean las civilizaciones. No
elegimos nuestra época, pero sí elegimos cómo responder a ella.

El arte, la filosofía, la política, la ciencia y la técnica son instrumentos


con las cuales la humanidad despliega la historia. Karl Marx tiene una
popular frase que retrata claramente esta idea: «los filósofos no han
hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que
se trata es de transformarlo». La creación artística, los sistemas
filosóficos, los movimientos políticos y sociales, el quehacer científico y
el desarrollo de la tecnología apuntan exclusivamente hacia un nuevo
mundo; todos estos elementos acompañan el desenvolvimiento de las
civilizaciones.

1
Todavía no es el nombre definitorio.
El siglo XXI aparece como un siglo donde el potencial revolucionario está
cebado, una etapa histórica cargada de tensiones críticas. Las tensiones
que definen nuestra época se expresan en el crecimiento de fuerzas
reaccionarias, irracionales, regresivas y deshumanizantes. El
resurgimiento de ideologías que rechazan la razón y el respeto a la
dignidad de la persona provoca la glorificación de la explotación y
alienación humana. Desde el auge de movimientos ultraconservadores
hasta el desprecio por la ciencia, vemos como se reconfiguran las
estructuras que posibilitan el sufrimiento y la degradación humana. Tales
estructuras se encuentran en un proceso de renovación y expansión. La
sociedad burguesa enfrenta un dilema: avanzar hacia una nueva fase
histórica o recaer en la barbarie, simbolizada por la destrucción de la
cultura y la dignidad de la persona. La necesidad de avanzar hacia un
nuevo horizonte histórico se hace más urgente.

El Vanguardismo Integral* surge como un movimiento político, social,


cultural e intelectual que aboga por la liberación de la historia. El
devenir histórico yace paralizado por las fuerzas reaccionarias y anti-
intelectuales de nuestro tiempo. La labor del Vanguardismo Integral es
poner en movimiento las fuerzas sociales, materiales y culturales que
garantizan la superación de las condiciones que mantienen alienada y
degradada a la humanidad.

El Vanguardismo Integral pretende plasmar las exigencias históricas de


nuestra época en un proyecto de gran escala. Un movimiento propio de
una época en transición. La única pretensión del movimiento
vanguardista integral es la canalización del devenir histórico con el
propósito de hacer emerger una civilización propiamente humana. Aquel
que participa del Vanguardismo Integral tiene una de las tareas más
transcendentes de la historia moderna: reorganizar la acción política y
desarrollar la conciencia histórica 2 en los oprimidos. La conciencia
histórica no solo implica un descubrimiento de la identidad personal,
sino también de una conexión con las estructuras y acontecimientos
históricos.

2
Por conciencia histórica entenderemos el reconocimiento de todas aquellas realidades
que constituyen el devenir histórico de una civilización. Por lo tanto, desarrollar
conciencia histórica es desarrollar conciencia de clase, conciencia de género y
conciencia moral. Cabe mencionar que la conciencia religiosa también puede entrar en
esta categoría.
El Vanguardismo Integral es más que una construcción teórica y
abstracta: es una estrategia de transformación histórica. No busca solo
una ruptura estética o política, sino una reorganización completa del
pensamiento y la acción. Su misión es devolverle a la humanidad el
control de su propio destino, superando la alienación y el estancamiento
ideológico.
La modernidad tardía: el siglo de la reacción
Algunos autores se refieren a nuestra época como la posmodernidad; sin
embargo, tal nomenclatura presenta un gran error. El término
posmodernidad implica que vivimos en una época posterior a la Edad
Moderna. La posmodernidad significa un rechazo y abandono de los
valores de la modernidad y sus estructuras políticas, sociales y
económicas. Sin embargo, esto es absolutamente falso, pues, no hemos
abandonado la modernidad, ésta aún sigue vigente. Es cierto que existe
un deterioro de algunas estructuras de la modernidad (la democracia
liberal, el capital, la moral burguesa, la academia, revoluciones
tecnológicas), pero la modernidad todavía se encuentra lejos de
terminar, ya que las civilizaciones contemporáneas mantienen la
democracia liberal, el capital, la moral burguesa, etc. Entonces, resulta
más viable entender en cuál etapa de la modernidad nos encontramos.
Podemos clasificar la Edad Moderna en 3 categorías: modernidad
temprana, modernidad intermedia y modernidad tardía.

La modernidad temprana (finales del siglo XV hasta finales del siglo


XVIII) se caracteriza por eventos históricos como el Renacimiento, la
Reforma Protestante, la Revolución Científica y el Desarrollo del Estado
Moderno. Aquí se consolidan los principios de la razón, la individualidad,
y la mercantilización, todos ellos claves de la modernidad. Este periodo
representa la base de los principios filosóficos, políticos y científicos que
definirían la modernidad en su conjunto.

La modernidad intermedia (inicios del siglo XIX hasta finales del siglo
XX) es crucial porque representa el auge de los procesos sociales y
políticos de la modernidad, marcados por la Revolución Industrial, la
expansión del capitalismo, el auge del imperialismo y el desarrollo de las
democracias modernas. Además, se caracteriza por la consolidación de
los Estados nacionales y el auge del progreso científico y tecnológico.
Este periodo es intermedio porque se caracteriza por el tránsito entre
una edad moderna consolidada (en términos de desarrollo económico,
social y científico) y los desafíos que empiezan a surgir en la segunda
mitad del siglo XX. El fin de la modernidad intermedia puede ser ubicada
con el fin de la Guerra Fría, la Caída del Muro de Berlín y la disolución de
la Unión Soviética.
La modernidad tardía (Siglo XXI) es un periodo aún en evolución, pero la
categoría se refiere a un contexto donde los elementos tradicionales de
la modernidad (progreso lineal, racionalismo, confianza en la ciencia y la
razón) entran en crisis. La globalización, la tecnología digital, la
desigualdad social y la crisis ambiental son algunas de las
características distintivas de la modernidad tardía. Los signos de los
tiempos en la modernidad tardía todavía son poco claros, pues, se trata
de un periodo de transición entre la era moderna y la siguiente era. Las
transiciones no son abruptas ni bien definidas; todo lo contrario, el paso
de una era a otra es gradual, sutil y ecléctico.

En la modernidad tardía se hacen bastante patentes las tensiones


históricas que determinan este mismo periodo. El deterioro de los
valores e instituciones liberales-burguesas ha derivado en dos tensiones
históricas exclusivas de la modernidad tardía: las fuerzas catalizadoras
(reaccionarias) y las fuerzas homeostáticas (conservadoras). Las fuerzas
catalizadoras pretenden acelerar el desarrollo de las estructuras
liberales-burguesas hacia la forma más plena y completa de la
civilización liberal-burguesa: un estado político regresivo muy extremo
de carácter expansionista. Asimismo, las fuerzas catalizadoras optan por
una regresión al irracionalismo más atroz. En cambio, las fuerzas
homeostáticas pretenden conservar un equilibrio en las estructuras
liberales-burguesas, a pesar de los cambios internos y externos. Es un
proceso continuo de autorregulación que permite que la civilización
liberal-burguesa sobreviva sin llegar a una regresión política, social e
intelectual extrema.

El siglo XXI se caracteriza por la dominancia de las fuerzas reaccionarias,


marcada por el rechazo a la razón y la glorificación de la intuición, el
esoterismo y la práctica sobre la teoría, relegando la ciencia y el
pensamiento crítico. La modernidad tardía refleja una humanidad
enajenada, incapaz de regular racionalmente sus acciones o construir su
historia de forma consciente. Además, es un periodo que favorece lo
mediocre, donde el pensamiento riguroso ha sido abandonado, y la
solución de los problemas se considera imposible. Las fuerzas
reaccionarias avanzan a expensas de la razón, arrinconando la
conciencia histórica, en una dinámica que recurre a un anti-
intelectualismo y un pesimismo antropológico para frenar el desarrollo
de las fuerzas revolucionarias en la historia.
Este rechazo a la razón es funcional para el nihilismo contemporáneo,
que bloquea la capacidad teórica de reconocer las condiciones
necesarias para la transformación de la historia. En este contexto, el
endurecimiento conservador, el fascismo y la regresión de la moral
sexual son señales de una época que se presenta como liberadora, pero
que en realidad destruye alternativas revolucionarias. La parálisis del
devenir histórico por parte de las fuerzas reaccionarias busca la
consolidación de la civilización liberal-burguesa como la forma política,
social y económica definitiva. Frente a esto, la humanidad debe aspirar a
un mundo acogedor, libre y racionalmente planeado, en oposición al
vacío ideológico que perpetúan las fuerzas reaccionarias.
El primer paso para «descongelar» la historia es el despertar de la
conciencia histórica. Pero la conciencia, por sí sola, no cambia el mundo:
es necesario articular redes de acción intelectual y política, impulsar
espacios de pensamiento crítico y desafiar activamente las estructuras
que perpetúan la alienación. El Vanguardismo Integral no es una teoría,
sino una praxis.
¿Cuál es tu lugar en la historia?

La realidad y los objetos que se residen en ella son temporales y


mutables. Todas las cosas cambian, se transforman en alguna otra cosa.
Toda la realidad natural y humana está en transformación constante. En
este sentido, el movimiento debe entenderse como cambio, pues, todo
objeto que se encuentra en un perpetuo movimiento está cambiando. No
existe ninguna cosa en el mundo natural que no sea susceptible de
transformarse o cambiar. Las leyes de la física que gobiernan la realidad
natural son consistentes con esta ley metafísica: todo deviene. Un
ejemplo es la ley de conservación de la energía, esto es, que la energía
no se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma. Toda cosa, por
más quieta y estática que parezca, se encuentra en movimiento. Los
entes no suelen ser permanentes ni eternos, aunque es cierto que
poseen cierta estabilidad o consistencia ontológica que les permite
parcialmente conservarse a través de los cambios.

La realidad humana está en constante devenir dado a que la humanidad


forma parte del mundo natural. Las personas cambian, y también sus
relaciones. Incluso, las realidades humanas más complejas como una
sociedad o una civilización se encuentran en un proceso continuo de
transformación y desenvolvimiento histórico. El estudio del devenir en
las realidades humanas se llama «historia».

La historia no se limita a ser una acumulación de hechos o un registro


cronológico de eventos. La historia se concibe como un proceso
significativo que busca comprender el desarrollo humano a través del
tiempo. En este sentido, la clave para entender a las sociedades es la
historia. Asimismo, el devenir histórico, esto es, el flujo de
transformaciones humanas configura el curso de la historia, influenciado
por factores materiales, simbólicos y sociales, y siempre abierto a
nuevas interpretaciones y posibilidades.

La historia es un gran proceso que tiene una dirección fija: el aumento


en complejidad. Podemos definir la complejidad como patrones de
repetición comunes en diferentes niveles de organización y evolución. La
complejidad es aquello que hace que las civilizaciones evolucionen. La
historia de la humanidad comenzó hace miles de años cuando emergió
la conciencia humana. Así entonces, el ser humano, con su cerebro
complejo, emergió como especie única. Las comunidades humanas con
conocimientos útiles prosperaron y, de este modo surgieron culturas e
intercambios de ideas entre individuos. Asimismo, se desarrollaron
herramientas, lenguaje y tecnologías. Las comunidades humanas
formaron culturas y religiones. Las creencias que promovían cohesión
social se expandieron. Luego, las alianzas entre comunidades formaron
clanes y tribus; y con ello, roles específicos, como sacerdotes o reyes,
consolidaron identidades colectivas. Las civilizaciones surgieron con
estructuras jerárquicas. Las sociedades más militarmente fuertes
sobrevivieron. Posteriormente las redes comerciales globales unieron
civilizaciones, y de este modo, las naciones modernas adoptaron
fronteras, instituciones políticas y economías sofisticadas. Es claro que
las civilizaciones durante toda la historia fueron evolucionando,
progresando y creciendo en complejidad política, social, económica,
cultural, religiosa y tecnológica.

Los eventos históricos son pasos necesarios en un desarrollo mayor, lo


que implica una fe en el progreso y en la dirección del tiempo hacia un
bien superior. Aunque cabe decir que la historia no es lineal, pues, no
siempre se mueve de forma progresiva, a veces la historia retrocede. Por
tanto, para que avance la historia se necesita de un motor de la misma
forma que cualquier máquina necesita de una para poder operar. La
historia no ocurre en el vacío; es resultado de decisiones, luchas,
descubrimientos y creaciones humanas.3

Aparte de requerir un motor que ponga en movimiento el desarrollo de


las civilizaciones, también la historia exige agentes que hagan y vivan la
historia. Los seres humanos no solo son testigos pasivos de los eventos
históricos, sino actores que participan activamente en la configuración
de la realidad. La noción de agencia histórica resalta la libertad del ser
humano para intervenir en su destino, escoger su vocación y
comprometerse existencialmente con ella. Así, movimientos sociales,
ideas filosóficas o avances tecnológicos son herramientas a través de las
cuales las personas ejercen su influencia en el devenir histórico. En
contextos de opresión o desigualdad, ser agente histórico implica luchar
contra las estructuras que perpetúan el sufrimiento humano. No basta

3
Las transformaciones históricas no se logran sólo por medio de grandes ideas y
valores; sino por la interacción con nuestro entorno y el ordenamiento de las realidades
temporales, naturales y materiales.
con reconocer nuestro lugar en la historia: debemos actuar. La vocación
sin acción es estéril.

La historia es el lugar donde se realiza algo absoluto. En este caso, la


historia no solo trasciende al individuo, sino que es el ámbito en el que
la humanidad se acerca a lo divino o a lo esencial. Sólo a través del
devenir histórico las personas pueden adquirir un propósito en sus vidas.
La vocación debe entenderse en relación con el desarrollo de las
civilizaciones. Sin embargo, no todas las personas viven con un
propósito y tampoco parecen necesitar de uno.

Lo importante para la existencia humana no es el propósito o finalidad,


sino el sentido o significado. Toda vida humana adquiere significado
mediante una narrativa, pero no toda vida humana adquiere un
propósito. Las personas construyen narrativas para dar significado a la
historia de sus vidas en un contexto social. La narrativa es un elemento
ampliamente usado en el mundo de la psicoterapia, pues, para
resignificar alguna experiencia traumática se acude a la creación de una
narrativa que resulte cómoda y tranquilizante para quién vivió el
trauma.

La mayoría de la humanidad no pretende ordenar su vida hacia un


propósito, simplemente ordena las experiencias y vivencias que le
acontecen, comprime su vida en una narrativa acerca de su vida, su
identidad personal y sus relaciones. Las narrativas se crean para hacer
soportable la existencia. La calidad de la narrativa depende del grado de
autoconocimiento. Cuando una persona se conoce poco, la historia que
se cuenta sobre sí mismo suele ser incoherente con la realidad y los
hechos.

Hay personas que pueden vivir sin la necesidad de una narrativa sobre
sus vidas. La identidad narrativa hace de la «historia» algo inmanente a
la persona, la historia se reduce a la vida personal de cada individuo. Sin
embargo, y a diferencia de la narrativa, el propósito estructura la
existencia personal alrededor de una empresa de gran escala. El
propósito hace de la «historia» algo trascendente a la persona. Los seres
humanos actuamos siempre con miras a una determinada forma de vida
buena o ideal, por tanto, el propósito se convierte en la base de nuestras
acciones, el horizonte es claro y se sabe hacia dónde dirigirse. Las
acciones humanas no se ajustan de manera instintiva ni automática a la
realidad en la que vive la persona ni a los propósitos que le son
convenientes; es necesario que ella misma los adapte, definiendo sus
metas y planificando cómo alcanzarlas. Únicamente en relación con los
actos humanos se puede hablar propiamente de «vocación», ya que, a
través de ellos, la persona "se dirige a sí misma" hacia los fines que
busca lograr.

La vocación puede ser de dos tipos: narrativa y propositiva. La vocación


narrativa surge a partir de las experiencias y vivencias personales; una
persona que desde niño disfruta pintar y le reconocen talento para ello
determinará su vocación en la vida como pintor o artista plástico. La
vocación propositiva se forja a partir del desarrollo de la conciencia
histórica. Una persona comprende su lugar en la historia cuando se
vuelve consciente del devenir histórico de la humanidad, de los signos
de los tiempos y de la historia evolutiva de las civilizaciones. La vocación
narrativa emerge de experiencias y vivencias, la vocación propositiva se
forja gracias a la conciencia histórica.

Si la historia necesita agentes y motores, ¿qué tipo de individuo puede


asumir esa responsabilidad? Pocas son las personas que reconocen su
lugar en la historia, pues, pocas son las personas que viven con algún
propósito. Los lugares en la historia abarcan la política, la ciencia, la
filosofía, el arte y la técnica. De entre todas las posibles vocaciones
propositivas existe una vocación que ocupa un lugar privilegiado en la
historia: el cosmoclasta. Se trata de un lugar en la historia que abarca
tanto la historia en su totalidad como más allá de ella. El lugar que
ocupa el cosmoclasta en la historia se manifiesta a través de creaciones
artísticas, sistemas filosóficos, movimientos políticos y sociales,
investigaciones científicas y desarrollos tecnológicos. Pero su lugar
también le exige poner en movimiento la historia misma, el cosmoclasta
es tanto agente como motor de la historia.
El Cosmoclasta
Sistema filosófico
Acción Política
El estado burgués requiere ser desmantelado por una comunidad de
amor. Martin Buber, filósofo judío, sostiene que: «el Estado agrupa
mecánicamente ciudadanos totalmente extraños los unos a los otros sin
cimentar y favorecer una comunidad verdadera, es menester, se dice,
reemplazarlo por una comunidad de amor. Esta comunidad de amor
debe nacer precisamente del hecho de que los hombres se agrupen por
la efusión de un sentimiento libre y resuelvan vivir juntos. Pero a decir
verdad, no es así. La verdadera comunión no nace de qué las gentes
tengan sentimientos los unos hacia los otros (aunque no pueda haberla
sin ellos); nace de estas dos cosas: de qué todos estén en relación
mutua con un centro viviente, y de qué estén unidos los unos a los otros
y por los lazos de una viviente reciprocidad».

La civilización burguesa, fundada en la explotación y degeneración de la


persona, es insostenible. Nunca más se puede tolerar un mundo carente
de libertad, comunidad y beatitud. Tales son nuestros valores son:
autonomía, comunidad y beatitud. El Vanguardismo Integral aboga por
una civilización basada en el encuentro personal con el otro y la
solidaridad de clase como punto de partida para el libre desarrollo de las
potencialidades humanas.

Citas:
El declive de la clase obrera independiente, del movimiento obrero
organizado en torno al comunismo: esa es la tendencia ideológica del
siglo XXI. Es de esperarse que un siglo como el nuestro, tan regresivo
dentro de la lucha de clases, sea también un siglo teóricamente
mediocre. La descomposición ideológica del capitalismo se expresa,
dentro de la lucha de clases, en el declive del conocimiento dialéctico:
hay una pérdida de la capacidad para comprender la historia, una
dificultad para transformar el mundo con fundamento en la conciencia
de su historia. Tras el irracionalismo se abre paso la afirmación
brutalmente reaccionaria, contra la necesidad de superar el capitalismo,
de que la humanidad está condenada a enfrentarse a su historia como si
ella no la hiciera: como si fuera el producto de fuerzas que no entiende
ni domina. Ante la crisis crónica que el siglo XXI arrastra, hoy el
capitalismo está forzando como salida a su crisis un giro a la
militarización, al autoritarismo reaccionario. El declive del movimiento
comunista hoy es proporcional a la desorientación teórica y política de la
humanidad.

Lo que este siglo nos enseña es que la contrarrevolución es hoy la regla.


Por eso, la tarea de nuestra era es la edificación del partido y de su
militancia comunista: luchar por una era de reorganización de masas,
favorable para la fracción revolucionaria de la clase trabajadora. La
militancia debe enfocar científicamente sus acciones, entendiendo los
problemas de su mundo. Esta era decisiva del capitalismo nos pone hoy
las condiciones para orientar su crisis hacia la revolución que salvará a
la humanidad, que nos reconciliará con la historia natural. Los
comunistas tienen por delante la tarea más grande que la humanidad
haya emprendido: la de forjarse conscientemente su vida, hacer
racionalmente su historia. Y cuando llegue nuestro turno: el turno de la
revolución y de actuar contra este mundo, no pondremos excusas al
terror.

Astrología, paganismo vintage, adivinación, espiritismo, tuvieron un


nuevo auge a principios de siglo XX, en un clima ideológico agobiado por
la guerra y cada vez más crédulo. Los mitos fueron una salida para la
época: la era de la degeneración total del capital en imperialismo. El
auge de la astrología coincide con las épocas de mayor descomposición
capitalista de las relaciones sociales. Se debilita la crítica,se desconfía
de la teoría y les remplaza la búsqueda de conexiones cósmicas y la
autoridad de la vivencia. El ocultismo es antesala del fascismo.

Lo que el siglo XXI nos enseña es que la contrarrevolución hoy es la


regla. La crisis del capitalismo tiene por forma el rechazo a la razón.
Donde se impone intuición contra razón, práctica contra teoría, donde se
glorifica esoterismo contra ciencia: ahí está la contrarrevolución. Lo que
se oculta tras el rechazo a la razón es el momento ideológico más
enajenado de la sociedad capitalista, es decir: una humanidad cada vez
menos capaz de regular conscientemente sus acciones, cada vez menos
capaz de hacer racionalmente su historia. La militancia comunista debe
estar edificada desde el conocimiento científico de su mundo. Cuando
ciencia y proletariado se unifiquen, harán con sus brazos de acero la
revolución. Toda la fuerza revolucionaria de la clase trabajadora se
fundamenta en el conocimiento científico.

Cada que leo más autores, de esos que hoy escriben sobre los
problemas de nuestro tiempo, me pongo muy de malas. No me animan.
Solo les detecto una regresión teórica, y no solo eso, también práctica.
Este siglo, además de regresivo, también tiene una predilección por lo
mediocre. Esta humanidad no es escéptica de nada, solo de sí misma. Y
ya es insoportable. Leer lo que hoy se dice equivale a perder el tiempo.
No es que antes se escribiera mejor, es que nuestra época ha dejado de
pensar con rigor en sus problemas, por considerar anacrónica su
solución. En esta era, donde la acción revolucionaria no figura en el
horizonte, los ideólogos socialdemócratas se comportan como
carroñeros con el discurso crítico del comunismo: abstrayéndole ideas y
amputándoles su potencia revolucionaria. Lo que predomina hoy es la
avidez de novedad.

Una de las ideas más valiosas de Marx, que vale la pena rescatar del
prólogo escrito en 1873 para El Capital, es esta: las eras donde progresa
la reacción son épocas donde la razón declina. Es decir, ahí donde la
contrarrevolución avanza el conocimiento dialéctico es arrinconado.
Marx y Engels sabían que tras la Ilustración y la derrota de su deriva
revolucionaria en el jacobinismo a manos de la reacción de Termidor en
1794, la burguesía había agotado su potencia revolucionaria como clase:
esa idea Lukács la sistematizó en «La destrucción de la razón». El
rechazo a la razón estaría determinado, desde la primera mitad del siglo
XIX, por un momento en la lucha de clases donde la burguesía debía
recuperar remanentes del Antiguo Régimen para frenar la consolidación
práctica y científica del proletariado como clase revolucionaria. […] El
conocimiento dialéctico equivale al reconocimiento de la necesidad de
todas las formas materiales que determinan nuestra vida consciente. Si
la ciencia es la aprehensión de la unidad racional de lo real, ella es pues
la regulación racional de la vida material de la humanidad.

Para la humanidad su vida ya no puede ser extraña y hostil, sino un


mundo acogedor y bien planeado por hacerse. Para la contrarrevolución
hoy es útil el nihilismo: esta impotencia de la teoría contemporánea para
reconocer nuestra determinación y asumir la necesidad del comunismo.
Los comunistas deben edificar la militancia que declinó en este siglo XXI
y formar la conciencia científica por la que se realiza el comunismo. Hoy
se impone esta tarea de combatir el predominio ideológico del partido
del orden capitalista: refutar sus cosmovisiones imperantes.

«La realidad no es para la humanidad una catástrofe irreversible sino un


hogar por construir. A la burguesía le es útil la destrucción de la razón: el
nihilismo y la desolación que no dan orientación al hombre. Hoy se
impone la tarea de desbaratar esas cosmovisiones».

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