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Introducción
1
Instituto de Investigaciones Históricas “Prof. Manuel García Soriano”, UNSTA. INHILEP, UNT
2
Entendemos el término “Iglesia” en su acepción teológica, es decir, como conjunto universal
de fieles católicos, diócesis u otro tipo de circunscripción eclesiástica. Di Stefano (2012: 201).
3
En la actual localidad de León Rougés, comuna de Santa Rosa y Los Rojo, en el departamen-
to Monteros.
4
En la primera etapa de la colonización, todos los indígenas del área central del Noroeste
argentino son llamados diaguitas. Más adelante se los nombraría según adscripciones étnicas
más específicas.
las huestes conquistadoras y no con los pueblos originarios del pedemonte del
Aconquija y los llanos santiagueños. Mientras tanto, se mantenían hostiles los
indios de las tierras altas de los valles Calchaquíes y de la Puna.
Las primeras fundaciones lograron sobrevivir de manera efímera, conforme
se mantenía esa frágil paz: la más antigua, ciudad de El Barco (1550), andaría
errante, acuciada por conflictos jurisdiccionales y ataques indígenas, hasta la
fundación de Santiago del Estero (1553). Unos años después fueron fundadas
Londres de la Nueva Inglaterra (1558), Córdoba de Calchaquí (1559) y Cañete
(1560). Aquella paz se vio alterada desde 1562 cuando, ante un cambio brusco
de autoridades, las alianzas acordadas con los indígenas fueron desconocidas y
se desencadenó una gran rebelión en todas las tierras, altas y bajas.
Las pocas ciudades fundadas por los europeos en el territorio tucumanen-
se fueron objeto de un constante hostigamiento durante este período de le-
vantamiento general de los pueblos indígenas. La fiereza de los diaguitas co-
mandados por Juan Calchaquí, curaca de los tolombones, obligó a despoblar
una a una las ciudades mencionadas que fueron destruidas a lo largo de 1562,
al tiempo que se cortaban los caminos que conducían a Chile y a Charcas.
Desde sus orígenes, San Miguel de Tucumán estuvo en vilo por los ataques
de las parcialidades diaguitas que bajaban desde los valles. En Ibatín, cercana
al asiento de la desaparecida Cañete, en el valle del curaca Gualán, San Miguel
de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión fue fundada el 31 de mayo de 1565
por el capitán don Diego de Villarroel. Su fundación obedeció al apremio por
controlar el acceso a las montañas que comunicaban el Tucumán con Chile y el
Perú, conteniendo las arremetidas de los diaguito-calchaquíes sobre las ciuda-
des cristianas, aunque ello formaba parte de una estrategia más amplia tendien-
te a proteger a la región de Charcas y sus centros mineros de los ataques de los
chiriguanos (Noli, 2012: 31). La nueva ciudad permitiría extender la conquista
hacia el Sur, abriendo una ruta entre el Alto Perú y el Río de la Plata.
A partir de la fundación de San Miguel, se erigieron otras ciudades his-
pánicas que lograron sobrevivir por su capacidad de administrar la fuerza
de trabajo indígena haciendo productivas las tierras que estaban bajo su ju-
risdicción en función de la cada vez mayor demanda de bienes requeridos
desde los asientos mineros altoperuanos. Aquella jurisdicción comprendía
los curatos de Choromoros, Chiquiligasta y Catamarca.
El entorno de este primer asentamiento fue descripto por los cronistas
como exuberante, por la riqueza de su flora y fauna favorecidas por un “buen
temperamento” y los abundantes cursos de agua, entre ellos el río Pueblo
Viejo que bajaba por la Quebrada del Portugués y a cuya vera se asentaba esta
5
Poder dado a Pedro de Arana y Juan Pérez Moreno por el cabildo y Regimiento de San Miguel
de Tucumán para que hagan gestiones en bien de la ciudad (Lizondo Borda, 1936: 43).
6
Un interesante estudio sobre los solcos y otros grupos indígenas de la vertiente oriental del
Aconquija se puede encontrar en Robledo (2017: 270-299).
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Junto a Medina combatieron sus hijos Luis y García, Juan de Arana, Domingo Galván, To-
más Díaz, Juan de Espinosa, Juan Muñoz, Nuño Rodríguez Beltrán y Pedro Lorique (Lozano,
1874: 337).
defensa de la Patria señalaron a San Simón y San Judas Tadeo. Así ni por
un juicio humano cristianamente prudente y piadoso como se ha hecho
en Buenos Aires con Nuestra Señora del Rosario y Santa Clara sino por
un testimonio superior y divino reconocieron y juraron por sus patro-
nos a los referidos Santos Apóstoles, encargándose desde sus principios
el alcalde de 2º voto hacer esta fiesta, y solemnizarla a sus expensas como
hasta hoy se ejecuta (Perilli de Colombres Garmendia, 2011: 164-166).
Aunque antes de los sucesos de 1578 los santos apóstoles eran venerados
por los vecinos y transeúntes, se cree que a partir de aquella fecha memora-
ble, las imágenes del milagro atrajeron aún más a los escasos habitantes de
San Miguel y a los viajeros que arribaban a ella8. En su honor se levantó una
ermita que se situaba dentro de la ciudad, a tres cuadras de la plaza, casi al
borde de la urbe y cerca del monte, sobre la calle real de Calchaquí, vía prin-
cipal por donde afluían viajeros y mercancías
Décadas más tarde, el humilde edificio fue arrasado junto con viviendas del
flanco norte por la gran inundación del año 1678 (Monti et al, 2015: 228-229).
Analizando la religiosidad local en la gobernación del Tucumán, Telma
Chaile destaca que las manifestaciones de sentimiento religioso fueron tempra-
nas en las ciudades de la gobernación, con una tendencia a instaurar advoca-
ciones de patronazgo de acuerdo a las circunstancias por las que se atravesaba y
que, en este sentido, las principales manifestaciones de fe estaban dirigidas a ad-
vocaciones bajo cuyo tutelaje se ponía la reciente fundación (2011: 34-35). Este
vínculo sagrado garantizaría la protección del nuevo poblado que se insertaba
en un medio hostil para su población de origen europeo. La autora considera
que hasta buena parte del siglo XVII no hubo connotación milagrosa alguna
vinculada a los patronatos y que las primeras referencias a ellas aparecen con la
8
Sin embargo, la presencia física de las imágenes aparece documentada recién en 1637 (Páez
de la Torre et al, 2017: 263).
actividad de los misioneros jesuitas y a través del ícono mariano: la Virgen del
Valle de Catamarca en 1620 y la Virgen del Milagro en Salta, en 1692.
El caso de los santos apóstoles protectores de Ibatín se aparta de las aseve-
raciones de la autora salteña, pues tempranamente se vincula a estas imáge-
nes a un hecho milagroso y, como consecuencia del mismo, a un patronazgo,
y todo ello en el contexto de la lucha de la pequeña aldea tucumana por so-
brevivir a los ataques de las tribus hostiles.
La intervención de Simón y Judas encuentra parangón con las de otros
santos de connotaciones combativas como Santiago Apóstol o “Santiago Ma-
tamoros”, cuyo tutelaje se relaciona con las luchas entre moros y cristianos en
Europa. La figura de este santo adquirió similares connotaciones en Nueva
España, donde fue nombrado “Santiago Mata chichimecas” -indígenas “bár-
baros” del norte del virreinato-, y en el Perú, donde se lo conoció como “San-
tiago Mata indios”. La imagen de Santiago fue empleada políticamente como
símbolo de la conquista y su figura era constantemente recordada9.
Más allá de la fe sincera de la feligresía, vincular la salvación de la ciudad a la
intervención de los personajes sagrados otorgándoles carácter combatiente a los
santos legitimaba no solo la ocupación del territorio por parte de los europeos,
sino también su combate a los infieles y propiciaba la conversión de las pobla-
ciones originarias, ganándolas para la Cristiandad. En este sentido, se puede
pensar que, siguiendo lo aportado por Gruzinski para Nueva España, era ne-
cesario que los indígenas no solo pudieran descifrar, comprender las imágenes
sacras, sino también que a sus ojos éstas fueran portadoras de la divinidad, que
tuvieran la experiencia subjetiva de lo sagrado cristiano a través del hecho mi-
lagroso10. Incluir a la población “infiel” en el relato maravilloso, haciéndola par-
tícipe directa del milagro, permitiría justificar la existencia del enclave hispano
en el pedemonte tucumano y compelía a aceptar la dominación europea. Así, a
los ojos de las poblaciones originarias e hispano-criollas la Salvación se ofrecía
9
En el frontis de la iglesia del Triunfo en Perú se puede leer: “de este mismo sitio fue visto
salir a caballo el patrón de las Españas Santiago apóstol a derribar los bárbaros en defensa de la
predicación evangélica, y atónita la idolatría, veneró rayo al hijo del trueno, rindiendo nuevos
mundos al cetro hispano, que reverente le consagra esta eternidad de su reconocimiento, por
genio de su felicidad, por Patrón de sus armas, por guía de su conquista, por asombro de la
gentilidad, por lumbrera de la cristiandad. Año de 1664” (Estenssoro, 1993: 164).
10
El autor plantea la “indianización de lo sobrenatural cristiano” para abordar estas experien-
cias maravillosas de lo sagrado, pero lo hace refiriéndose a una sociedad como la novohispana,
predominantemente indígena y con características peculiares que la ubican a una enorme dis-
tancia de las sociedades tucumanenses, aunque nos permitimos tomar su propuesta como un
horizonte de análisis (Gruzinski, 1991: 190, 194).
a todos: para los indios se trataba de una demostración del poder del dios de los
cristianos, al tiempo que se entendería como un llamado a la conversión; para
los cristianos sería un aliciente para la empresa de conquista y colonización.
Con el correr de los años los asuntos de incumbencia de los dos vicepatro-
nos y “abogados” de la ciudad serían de otra índole. Sus imágenes, que fueron
conocidas popularmente como “los galleguitos” y que se conservan en la actual
catedral, salían en otras ocasiones no solo el día de su fiesta, sino también cuan-
do alguna calamidad azotaba la región, en especial la escasez de lluvias que ge-
neraba la mortandad de las haciendas y el deterioro de las sementeras, obligan-
do a organizar las procesiones ad pétendam pluviam o rogativas pro-lluvia11.
Al parecer, la costumbre seguida por los alcaldes del cabildo de honrar a los
apóstoles a su propia costa, fueron suspendidas por algunos años hasta que en
1775 se pidió retomarlas en razón de “los muchos y visibles favores y protec-
ciones que de ellos (de los santos) habían recibido sus moradores (…) siempre
que a ellos se ha reclamado en sermones”12. Entonces el cabildo resolvió que se
renovara la diputación de que al entrar cada año los nuevos alcaldes de 2º voto
les hicieran sus funciones en su víspera y día, procurando ese cuerpo concurrir
a la misa y revalidando el juramento hecho según la tradición de la ciudad.
11
En 2013, luego de muchos años, el arzobispo de Tucumán, monseñor José Zecca consideró
conveniente reeditar la vieja tradición de sacar las imágenes de los vicepatronos en procesión
para invocar por la bendición de la lluvia, como se procedía antaño en tiempos de grandes se-
quías. Recurren a San Simón y a San Judas Tadeo para que llueva (11 de septiembre de 2013). La
Gaceta. Sección Economía.
12
Actas Capitulares (AC), Vol. X, año 1775, Archivo Histórico de Tucumán (AHT).
13
En 1685 se ordenó al capitán Miguel de Salas y Valdés ejecutar el traslado hacia el sitio que
ocupa actualmente en La Toma, dieciséis leguas más al norte. Aquí mencionamos una causa
secundaria de dicho traslado, puesto que las razones de mayor peso fueron el interés por situar
a San Miguel dentro del circuito mercantil conformado en torno el asiento minero de Potosí,
que no quedara al margen de la ruta que unía a nuestra región con el Perú, y la presión de
los vecinos favorecidos con encomiendas otorgadas tras la desnaturalización de los pueblos
indígenas sometidos durante el último levantamiento calchaquí, ya que sus estancias y pueblos
encomendados se ubicaban en zonas aledañas al nuevo emplazamiento de la ciudad (López,
2003: 147). También se aduce que pesó el entramado de intereses de los productores de mu-
lares del Litoral, vinculados a los invernadores del Tucumán y de San Miguel en particular,
cuyas propiedades bordeaban el nuevo camino real (López, 2015: 22). Además, en Ibatín se
producían continuas inundaciones que dificultaban la vida en aquella primera ubicación.
14
Aunque el rezo y la devoción del Rosario o Psalterio de la Virgen se vincula desde el siglo
XV con la figura de Santo Domingo de Guzmán y con la Orden de Predicadores, encargada de
Tras esto:
“mezclándose en la vida diaria las cosas de la tierra con presencias del Cielo
y del Averno que, a veces se hacen visibles a los ojos humanos y que otras de-
notan su existencia mediante señales que los hombres interpretan de acuerdo
con una honda creencia en el más allá” (Mariluz Urquijo, 2003: 202).
Informe de Fray José J. Pacheco, Primer libro de la Cofradía del Santísimo Rosario de Tucu-
17
Tras esta milagrosa manifestación, que habría ocurrido en las primeras dé-
cadas del siglo XVIII, los jesuitas acogieron a Juana en la ranchería del colegio
y cuando falleció le dieron sepultura en la iglesia de la Compañía, cerca de la
Virgen que más tarde pasaría a manos de los frailes dominicos, y la devoción
arraigó con mucha fuerza hasta la actualidad. La imagen llamada a partir de
entonces “la Milagrosa”, es la venerada hoy por la Orden de Predicadores19.
18
Las Cartas Anuas que consignan el deceso del religioso en 1720, informan que “había en nues-
tra Iglesia una capilla dedicada a la Santísima Virgen, y el Padre Prada se esmeró en adornarla
para la gloria de la Madre de Dios y tomó bien a pecho el tenerla bien hermosa, habiendo al
efecto obtenido muchas limosnas y de Roma singulares indulgencias. Se trata de la imagen de la
Virgen del Rosario, de la cofradía de los naturales, llamada “ La milagrosa” (Furlong, 1941: 70).
19
En un registro de 1768, se describe “la imagen de la Virgen del Rosario con corona Imperial
de plata y el niño”, Documentos coloniales Relativos a los jesuitas, Vol. 11, Tomo V (2001). Tu-
Debemos tener en cuenta que para la época de estos sucesos, y a pesar de los
avances de la cristianización, la evangelización de los indígenas aún mostraba
serias falencias que fueron convenientemente observadas por los visitadores20,
eclesiásticos y seglares, quienes no pocas veces se quejaban ante sus superiores
de los “errores” en que persistían los indígenas, apegados todavía a sus antiguos
cultos21. De hecho en las Cartas Anuas jesuíticas son recurrentes las quejas sobre
las “supersticiones” de los indios (Furlong, 1941) que de este modo incurrían en
contumacia. Tal vez sea el caso de Juana Paya. Es por esta razón que aquí con-
sideramos que la aparición a una mujer indígena se relaciona con la incorpora-
ción, todavía con falencias, de las poblaciones originarias a la sociedad colonial
y la necesidad de asimilación de las pautas culturales occidentales y cristianas.
El nombre de la testigo indígena -además de la referencia a su marido- nos
revela su origen peruano y su posible adscripción a una de las panacas reales22,
con lo que descontamos que en su bagaje cultural la representación de la Pa-
chamama o Madre Tierra, estaba latente y de este modo podemos inferir que la
figura cristiana de María pudo haberse superpuesto a la deidad andina23. Y así
en este caso específico, como en el de la mayoría de las poblaciones originarias
la adopción de una serie de representaciones de la tradición cristiana occiden-
tal supuso la superposición de éstas a las antiguas, con más o menos facilidad.
24
Tanto más rotundo era el éxito si se trataba de imágenes con rasgos indígenas, las vírgenes
llamadas morenas o indias. Lafaye (1995: 324).
popularidad de los santos tuvo mucho que ver con su reputación entre los fieles
y con el éxito feliz y bien divulgado de ciertos votos (Christian, 1991: 74).
Además, así como ocurrió en tantos otros casos en espacios cercanos a las
fronteras, el milagro pudo ser funcional a los fines políticos de las autoridades
coloniales que se encontraban en pie de guerra contra las tribus chaqueñas.
Consideraciones finales
rras contra las tribus chaqueñas, fue aprovechado por los diferentes agentes
con distintos objetivos: para los indígenas a quienes se habría manifestado,
implicó su validación como miembros activos del cuerpo de la iglesia local;
para los religiosos, en especial los jesuitas, fue instrumento eficaz de “sacu-
dimiento” devocional; las autoridades políticas apelaron a los milagros para
legitimar la guerra contra los indígenas no sometidos.
Los relatos maravillosos analizados reproducen la estructura y los con-
tenidos de tradiciones de otras latitudes. Las tres devociones ya estaban ins-
taladas de San Miguel y su hinterland antes de los sucesos referidos, pero el
que éstos hubieran ocurrido en períodos altamente conflictivos potenció la
veneración de las imágenes y dio origen a verdaderos cultos locales caracte-
rísticos de la jurisdicción.
Fuentes Inéditas
Actas Capitulares (AC), Vol. III, año 1719, Archivo Histórico de Tucumán (AHT).
Actas Capitulares, Vol. X, año 1775 (AHT).
Informe de Fray José J. Pacheco, Primer libro de la Cofradía del Santísimo Rosa-
rio de Tucumán, año 1791, Archivo Dominicano de Tucumán (ADT).
Fuentes Éditas
Documentos Coloniales Relativos a los jesuitas (2001) Vol. 11, Tomo V, Tu-
cumán, Archivo Histórico de Tucumán, Instituto de Investigaciones
Históricas “Ramón Leoni Pinto”, Facultad de Filosofía y Letras, UNT.
LARROUY, Antonio (1923). Documentos del Archivo de Indias para la histo-
ria del Tucumán. Tomo II. Buenos Aires: L. J Rosso y Cía.
LIZONDO BORDA, Manuel (1936). Documentos coloniales relativos a San
Miguel de Tucumán y a la gobernación de Tucumán, siglo XVI. Buenos
Aires: Imprenta López.
LOZANO, Pedro (1874). Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Pla-
ta y Tucumán escrita por el P. Pedro Lozano de la Compañía de Jesús;
ilustrada con noticias del autor y con notas y suplementos por Andrés
Lamas. Tomo IV. Buenos Aires: Imprenta Popular.
Recurren a San Simón y a San Judas Tadeo para que llueva (11 de septiem-
bre de 2013). La Gaceta. Sección Economía, versión On-line: https://
[Link]/nota/559681/economia/recurren-san-simon-
[Link]. (10/ 08/ 2016).
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ROMERO MENSAQUE, Carlos (2014). “Los comienzos del fenómeno rosa-
riano en la España moderna. La etapa fundacional, siglos XV Y XVI”.
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