Factores de Atribución en Responsabilidad Civil
Factores de Atribución en Responsabilidad Civil
Factores de atribución
1
Expresaba esta norma: “La culpa del deudor en el cumplimiento de la obligación consiste en la omisión
de aquellas diligencias que exigiere la naturaleza de la obligación y que correspondiesen a las
circunstancias de las personas, del tiempo y del lugar”.
2
El vigente artículo 1724 replicó su antecedente, salvo en lo que se refiere a las “diligencias”, habiéndose
recogido la única crítica que mereciera aquella norma velezana.
culpa fue el eje del sistema de la responsabilidad civil por muchos años y, como
expresamos, la mirada estaba puesta en el sindicado como responsable, no en la víctima.
Esa noción de culpa, a la que los romanos graduaron en las especies de grave y leve, fue
sufriendo diversas especificaciones, especialmente a partir de la obra de los glosadores
y posglosadores (apareciendo la gradación de “levísima”), fue la que llevó a enunciar
como principio de la responsabilidad el conocido enunciado “no hay responsabilidad sin
culpa”.
II. De la culpa como centro del sistema a su ubicación como cláusula de cierre
Dado lo señalado hasta aquí, puede establecerse que la culpa sigue siendo un elemento
ineludible en la responsabilidad civil.
El “pecado jurídico” del que hablaba Josserand y que estableció la tradición francesa
que siguió Vélez Sarsfield continúa hasta nuestros días, pero de ser el centro del sistema
(“quien no ha cometido culpa no es responsable” o, “no hay responsabilidad sin culpa”),
encontramos que “no hay responsabilidad sin un factor de atribución suficiente”.
Llambías sostenía que no era posible la subsistencia paralela de factores objetivos y
subjetivos (al referirse a la coexistencia de artículos 1067 y 1113 después de la reforma
de 1968); ambos artículos –decía– responden a filosofías opuestas y es imposible su
convivencia; consagran principios genéricos y contradictorios (Llambías, 1969: 283).
En la Fundamentación del Anteproyecto de Código Civil y Comercial de la Nación se
indica que se comienza por establecer que los factores de atribución pueden ser tanto
objetivos como subjetivos, lo cual significa que no hay una jerarquía ordenada
legalmente entre ellos. Sin embargo, se agrega, no se puede ignorar la práctica
jurisprudencial que revela que la mayoría de los casos tiene relación con factores
objetivos y, por esa razón, se los regula en primer lugar, lo cual es un signo claro del
cambio de los tiempos con relación a la codificación decimonónica.
Efectivamente y como hemos señalado, en el Código de Vélez Sarsfield la
responsabilidad se fundaba en la culpabilidad del autor del daño: aun cuando algunas
disposiciones, como las relativas a los daños causados por animales (arts. 1125 y 1128
del CC), permitían pensar en supuestos aislados de factores objetivos de atribución de
responsabilidad, recién con la reforma de la Ley N° 17711 el factor objetivo de
atribución cobró protagonismo.
En ese sentido, analizándose lo normado en el Código de Vélez Sarsfield, se había
señalado la notable expansión de la atribución objetiva del deber de reparar el daño. Se
trata –continuaba el análisis– de la teoría del riesgo, que pone el resarcimiento a cargo
de quien emplea una cosa, o desarrolla una actividad apta para causar daños: la idea
básica es que quien introduce en la sociedad algo que tiene aptitud para provocar un
perjuicio, cuando este se produce, debe soportarlo. El eje del problema, por lo tanto, se
desplaza de la culpabilidad del autor a la causalidad, esto es, a la determinación de cuál
hecho fue, materialmente, la causa del daño; y de su aplicación resulta que, cuando no
se puede determinar quién causó el daño (autor no identificado), el deber de reparar a la
víctima pesa igualmente sobre el titular de la cosa o de la actividad.
Así, el artículo 1721 CCCN enuncia los dos factores de atribución, objetivos y
subjetivos (culpa y dolo, de conformidad a lo señalado en el art. 1724). La Comisión
Reformadora reconoce en los ya citados fundamentos que no hay una jerarquía
ordenada legalmente entre los factores de atribución enunciados en este artículo 1721, y
haciendo referencia a la práctica jurisprudencial, y agregamos, a los diferentes
supuestos contemplados normativamente por el propio código y en otras leyes (a modo
de ejemplos ya citados precedentemente: Código de Minería de 1886, Ley de
Accidentes de Trabajo N° 9688 de 1915, Código Aeronáutico de 1954, la ley de
Defensa del Consumidor N° 24240, la Ley de Riesgos del Trabajo, etc.), se afirma que
la mayoría de los conflictos para su resolución recurren al factor objetivo de atribución
de responsabilidad, y que esa preeminencia cuantitativa justifica –según se expone– que
sea regulado o enunciado en primer término.
De esa manera el CCCN se hace eco de esa preeminencia cuantitativa, pero a la vez aun
cuando no establece otra jerarquía que el hecho de ser regulado en primer término, se
establece como regla por defecto que en ausencia de normativa el factor de atribución es
la culpa.
Esa ausencia de previsión legal descarta la aplicación del factor objetivo de atribución,
también del dolo o una culpa agravada. Sin embargo, el texto de la fundamentación
advierte sobre el modo de interpretar esa cláusula de cierre que remite al factor de
atribución de la culpa, propone, según interpretamos, que aun cuando no haya una
normativa que expresamente establezca que el caso se rige por un factor de atribución
objetivo, si se trata de un caso de responsabilidad causado por una cosa riesgosa o una
actividad riesgosa, recurriendo a la analogía igualmente permitirá la aplicación de un
factor de atribución objetivo.
Entendemos que, incluso sin necesidad de recurrir en el ejemplo a la analogía, se
decidiría ese supuesto con un caso de responsabilidad objetiva en razón de lo previsto
en el artículo 1757 que consagra en forma genérica la responsabilidad de toda persona
por el daño causado por el riesgo o vicio de las cosas, o de las actividades que sean
riesgosas o peligrosas por su naturaleza, por los medios empleados o por las
circunstancias de la realización.
En palabras de la Comisión Reformadora, cuando haya una laguna, es decir, no haya
ninguna norma ni sea posible una aplicación analógica, rige la culpa. Por ello se creyó
conveniente, en decisión que compartimos, proyectar una norma que consagre la culpa
como factor de atribución residual.
i. Concepto
v. Sistema argentino
El Código Civil argentino adopta una definición en concreto, ajena a un arquetipo que
sirva como término de comparación. Sin embargo, siempre existe un mecanismo –
aunque sea inconsciente– para contrastar entre la conducta real y la conducta debida: no
se compara la conducta obrada frente a la obligación con la actitud general del mismo
agente, “pues si éste es torpe o inhábil o poco inteligente, etcétera, su acto también lo
será y, en consecuencia, esto importaría, de admitirse la excusa, crear una nueva y
variada fuente de inimputabilidad”.
Tal como se verá al analizar seguidamente el artículo 1725, el CCCN también afina el
concepto de culpa, tal como lo hacía el Código velezano en sus artículos 902 y 909.
En el sistema argentino encontramos algunas nociones de culpa grave, leve y levísima,
veamos algunos casos:
1) La noción de culpa grave es aplicable, por ejemplo, a la responsabilidad del
empleador (art. 2 y 7, Ley N° 24028), y en materia de seguros para excluir el derecho
del asegurado o del beneficiario a la indemnización (art. 70, Ley N° 17418).
2) La noción de culpa leve en abstracto resulta de los artículos 413 y 475 del Código
Civil (en materia de tutela y curatela), y del artículo 59 de la Ley de Sociedades
Comerciales N° 19550, que impone a sus administradores y representantes “obrar con
lealtad y con la diligencia de un buen hombre de negocios”.
3) La noción de culpa leve en concreto, que toma en cuenta el modo en que se comporta
el deudor en sus propios asuntos y libera al sujeto descuidado o negligente con tal que
“en sus propios asuntos” ponga “igual descuido o negligencia”, rige en materia de
sociedad civil (arts. 159 y 160 CCCN), depósito regular (art. 1358) y gestión de
negocios (art. 1786), mandato (1324 inc. a).
4) La noción de culpa levísima se aplica cuando se exige una diligencia especial (art.
1725).
3
Art. 1384 Código Civil francés.
4
Arts. 276, 277 y ccdtes. del BGB.
Sin embargo, y como ya hemos visto, subsisten algunas diferencias y matices, entre las
que se encuentran la etapa previa al perfeccionamiento del contrato.
En efecto, en el proceso de formación del contrato pueden surgir deberes para las partes,
previos o distintos, de los emergentes del contrato mismo. Ello tiene especial ocasión de
suceder cuando el acuerdo se aúna escalonadamente, cuando se trata de un negocio
complejo cuyos detalles son ajustados pas á pas. Es común un previo acercamiento de
partes, en tratativas preliminares, más bien un cambio de ideas acerca de un contrato
que se piensa formalizar, pero respecto del cual no existe otra base que dicho
acercamiento: no hay todavía oferta a persona o personas determinadas.5
El Código Civil y Comercial ha regulado expresamente las tratativas previas en los
artículos 990 a 993, y los contratos preliminares en los artículos 994 a 996 CCCN.
Después de que el contrato ha agotado sus efectos jurídicos, algunos deberes que
subsisten pueden ser trasgredidos actuando con la culpa que es denominada
poscontractual: por ejemplo, la violación de los secretos de fábrica que haga un
ingeniero de planta con posterioridad a cesar en sus funciones (ver art. 85, Ley N°
20744, t.o. Dec. N° 390/76 sobre el deber de fidelidad del trabajador). Pero tampoco
hay aquí una categoría especial de culpa.
5
Se distinguen así las “tratativas preliminares” de los contratos previos. La etapa preliminar se caracteriza
por tratativas o “pourparlers” que tiende a la formación de un contrato, pero en sí mismas no son
vinculantes; aunque su ruptura intempestiva trae aparejada la responsabilidad precontractual de aquel que
la produjo.
Mientras que el contrato preliminar es un verdadero contrato en el que las partes se obligan a concluir
otro contrato, en cambio las “pourparlers” no lo son, e incluso pueden ser llevadas a cabo en la formación
de un contrato preliminar.
La distinción es importante en la medida en que la responsabilidad en el tramo de tratativas previas es
precontractual o extracontractual, en cambio el incumplimiento de un contrato preliminar, perfecto en sus
alcances, genera responsabilidad. Véase Ameal (2001: 517).
En tales condiciones, la prueba es una carga cuyo incumplimiento acarrea la pérdida de
un beneficio, que en este caso significa que el hecho no está probado y el juez debe
decidir en consonancia.
En materia de factores de atribución de la responsabilidad y las eximentes, la carga de
probar le incumbe a quien los alega, conforme a lo expresado reiteradamente por la
jurisprudencia y la doctrina, siendo la solución del Proyecto de 1998 (artículo 1619)
(Fundamentos del Anteproyecto de Código Civil y Comercial de la Nación, Título V,
capítulo 1, punto 9).
8
Sala “E”, en la causa “M.R.R. c/ Clínica M. SA y otros s/daños y perjuicios” sentencia del día
17/11/2017, voto del Dr. Dupuis; CNCiv. Sala “L”, “Acosta, R.M. c/ Calvo de Alba, J. C. y otros s/daños
y perjuicios – resp. prof. médicos y auxiliares” del 18/11/15, voto de la Dra. Iturbide; CNCiv., Sala “M”,
“Aguilar, Marta Isabel c/ OSDE s/daños y perjuicios” del 06/12/19, voto de la Dra. Benavente; ver la
aplicación de un criterio semejante de carga dinámica de la prueba en un juicio de simulación en el fallo
dictado por CNCiv, Sala “H”, “Correa Keen, E. A. c/ Correa, M.E. y otros s/simulación” del 13/10/2016,
voto del Dr. Fajre. En sentido contrario a la aplicación de la teoría de la carga probatoria dinámica de la
prueba, previo a la vigencia de este Código, ver voto del Dr. Picasso en la causa “D.J.A. c/ M., E. G. y
otros s/daños y perjuicios – resp. prof. médicos y auxiliares”, CNCiv, Sala “H”, sentencia del día
10/12/2014.
Por lo tanto, sin dejar de señalar que la única dispensa de responsabilidad es la que se
relaciona con la fuente contractual (art. 1716, segunda parte).
x. Culpa de la víctima
Hay culpa concurrente cuando se conecta la culpa del damnificado con la del autor del
hecho.
9
Artículo 1111 Código velezano: “El hecho que no cause daño a la persona que lo sufre, sino por una
falta imputable a ella, no impone responsabilidad alguna”.
No se debe confundir la concurrencia de causas con la concurrencia de culpas: por
ejemplo, en un choque de vehículos, si uno solo de los conductores es culpable, habrá
concurrencia de causas, pero no de culpas.10
En definitiva, debe asignarse responsabilidad según la gravitación de cada culpa, es
decir, ateniéndose a la teoría de la relación de causalidad: una culpa mínima puede
gravitar máximamente, y viceversa.
En otras palabras: quien juzga deberá atenerse a la influencia causal de cada culpa.
El artículo 1725 CCCN nos brinda reglas para valorar la conducta en el caso del análisis
de la culpa. Para ello, toma como eje dos pautas básicas: i) el mayor conocimiento de
las cosas y, ii) la relación de confianza especial que une a las partes.
Este artículo tiene aplicación estrictamente en la responsabilidad que fluye de las
relaciones obligacionales de fuente contractual (art. 1716 segunda parte) y se aplica
tanto para apreciar la conducta al momento de analizar el factor de atribución subjetivo,
como también al tiempo de contrastar la previsibilidad que se requiere a nivel de
causalidad.
En cuanto a factor de atribución subjetivo se refiere, es de importante aplicación para
los casos de responsabilidad profesional, para calibrar la culpa y su apreciación al caso
concreto
Desde otro lado, encontramos en el referido artículo 1725 CCCN un análisis de la
prestación romana de la culpa, que se analizara precedentemente.
La Comisión Reformadora expresó en sus fundamentos
10
CNCiv. Sala K, voto de la Dra. Hernández en autos “Bonilla, T.M. c/ Betancur Cardozo, J.C. s/ daños y
perjuicios” del 22/5/2015.
Esta medida para analizar la conducta y las consecuencias incrementa el deber
de obrar con prudencia y pleno conocimiento de las cosas, impactando en la
mayor diligencia exigible al agente que obra, valorando con mayor exigencia la
previsibilidad que tuvo en miras (arg. art. 1725 primer párrafo). Tal aserto
replica lo establecido en el artículo 902 del Código velezano que ya se
explicitara.
• La relación de confianza especial.
Se tendrán en cuenta la naturaleza del acto y las condiciones particulares de las
partes (art. 1725 segunda parte).
De tal suerte, debe ponderarse la situación del acreedor que ve en su deudor
alguien que atenderá su problema.
Advertimos también –como una suerte de presunción iuris tantum– una
situación de vulnerabilidad del acreedor que confía y se entrega (a veces sin
mesura) a la conducta que el deudor de la obligación llevará a cabo. Entiéndase
que esta situación de vulnerabilidad (que se advierte claramente en casos del
acreedor/paciente en un acto médico) llevará consigo una presunción de
culpabilidad en razón de la confianza especial que concita la relación que se
configura con el profesional.
• La condición especial del deudor.
En principio, no habrá de tenerse en cuenta la condición especial o facultad
intelectual del deudor al tiempo de cumplir con la prestación a su cargo (arg. art.
1725 tercer párrafo, segunda parte), sino la pauta general de diligencia y
previsibilidad ordinaria (para la culpa, y para la causalidad).
Es decir que, en principio, la víctima de un torpe o un sabio no tiene diferencias
en el tratamiento del incumplimiento de estos.
Ahora bien, y echando mano al punto que antecede, si se trata de una relación de
confianza especial –que debe ser probada o en el algún caso presumida dada la
situación de vulnerabilidad de la víctima– se tendrá en cuenta la condición
especial del agente que causare el daño.
De modo tal, que la actual redacción del artículo 1725 CCCN, recoge así la
noción establecida en el artículo 909 del Código velezano que ya fuera descripta
supra.
Podemos señalar dentro de los contratos de “confianza especial” al mandato,
sociedad, locación de obra, de servicios, y –en algún caso– de consumo con base
en la publicidad efectuada del bien o servicio.
Sin agotar la enumeración, y sin perder de vista tampoco que la culpa funciona como
norma de cierre del sistema, encontramos a este factor de atribución en las siguientes
normas del CCCN:
● Responsabilidad del tutor por los daños causado al tutelado (art. 118), frente al
tutelado por culpa o dolo en la administración (art. 129) o por la falta de rendición de
cuentas (art. 134).
● Actuación de administradores de las personas jurídicas (art. 160).
● Actuación en infracción de los administradores y otros miembros de la persona
jurídica en el pago de los gastos y de las obligaciones fiscales en la etapa de liquidación
(art. 167).
● Responsabilidad de los directivos de las asociaciones civiles (art. 177).
● Responsabilidad de los fundadores y administradores de la fundación frente a
terceros en la etapa de gestación (art. 200).
● Responsabilidad de los integrantes del consejo de administración de las
fundaciones (art. 211).
● El autor del dolo esencial o incidental en la celebración de actos jurídicos (arts.
271, 272, 273, 274, 275).
● El autor de los actos de fuerza o intimidación en los actos jurídicos (art. 278).
● Los casos de simulación de los actos jurídicos (art. 337).
● En el contrato de mandato, en caso de responsabilidad por inexistencia o exceso
en la representación (art. 376) y en la elección del sustituto (art. 377).
● En casos de indemnización de daños del codeudor solidario, salvo dolo (art.
838).
● Encubrimiento (art. 1752).
● Ejercicio de profesiones liberales, salvo si se comprometió un resultado (art.
1768).
● Casos de intromisión en la vida privada (art. 1770).
● Responsabilidad por acusación calumniosa (art. 1771).
i. Concepto
ii. Acepciones
11
Artículo 271 CCCN: Acción dolosa es toda aserción de lo falso o disimulación de lo verdadero,
cualquier artificio, astucia o maquinación que se emplee para la celebración del acto. La omisión dolosa
causa los mismos efectos que la acción dolosa, cuando el acto no se habría realizado sin la reticencia u
ocultación.
12
Artículo 272 CCCN: El dolo es esencial y causa la nulidad del acto si es grave, es determinante de la
voluntad, causa un daño importante y no ha habido dolo por ambas partes.
13
Artículo 273 CCCN: El dolo incidental no es determinante de la voluntad; en consecuencia, no afecta la
validez del acto.
2) Como factor subjetivo constituye una culpabilidad agravada y reprochable en
extremo.
Cabe destacar que el CCCN descartó a la malicia o mala fe como factor agravante del
dolo común, figura que se había introducido al artículo 521 en la reforma N° 17711 de
1968.
1) Hay dolo directo o intencional cuando existe la voluntad concreta de dañar, según lo
describe el artículo 1724 CCCN, y se configura por la producción de un daño de manera
intencional. Este dolo es cierto con relación al daño concretamente querido; e incierto
respecto de aquellos daños hipotéticamente inseparables de la inconducta, como es el
caso del envenenamiento o similares, cuando para dar muerte a una determinada
persona fallecen varias.
2) Hay dolo indirecto o eventual cuando el sujeto no tiene la voluntad concreta de
dañar, pero no descarta que se pueda producir daño y, a pesar de ello, continúa adelante.
La norma la describe como la conducta obrada con manifiesta indiferencia por los
intereses ajenos, tal es el caso del conductor de ómnibus que se despreocupa de la
circunstancia de que algún peatón se cruce en su camino y si se imagina tal cruce,
continúa igualmente conduciendo con exceso de velocidad.
En este último punto, podemos indicar que sobre el final del artículo 1724, cuando se
refiere a la conducta obrada “con manifiesta indiferencia por los intereses ajenos” debe
entenderse referida asimismo a la sanción pecuniaria disuasiva que –como sanción–
pueden imponer los jueces. Tal razonamiento cuenta con la apoyatura del sistema que
propiciara la Comisión Reformadora en el proyecto originalmente remitido al P.E.14 y
creemos que es la interpretación más adecuada.
En este caso el sujeto culpable actúa con la esperanza de que el daño no se producirá:
confía en su pericia, o en su buena estrella; persigue una finalidad lícita y, si se
representa el resultado dañoso concreto como efectivamente realizado, deja de obrar. Es
el caso del conductor de un vehículo de carrera que, con la intención de ganarla confía
en que no atropellará a nadie en recta de llegada, pero si ese daño se le representara
como cierto; disminuiría la velocidad.
En síntesis, de lo hasta aquí expuesto, la actitud del sujeto frente a la perspectiva de
daño es la siguiente:
1) en el dolo directo quiere el daño; 2) en el dolo eventual no lo quiere (mas no
descarta que ocurra); y 3) en la culpa con representación, en definitiva, no lo quiere
(mas confía en su buena estrella para que no ocurra).
Nuestro sistema no ha receptado la clasificación de la “culpa con representación” ni
“culpa grave” –que analizamos a renglón seguido–, mas encontramos autores y
antecedentes jurisprudenciales que lo incluyen –por analogía– dentro del concepto de
dolo. Como veremos, no estamos del todo de acuerdo con tal temperamento.
14
El artículo 1714 del Proyecto regulaba la “Sanción pecuniaria disuasiva” y, en lo que aquí interesa, se
refería a “una sanción pecuniaria a quien actúa con grave menosprecio hacia los derechos de incidencia
colectiva”.
Tal como lo adelantáramos, el CCCN no define expresamente la culpa grave y, sin
embargo, ha sido asimilada al dolo por cierta doctrina argentina, jurisprudencia15 y
derecho comparado.16
La noción de culpa grave ocupa entonces, con autonomía conceptual, la franja central
cuyos linderos lo constituyen, de un lado, la culpa leve, tal como era definida por el
artículo 512 del Código Civil velezano, y, del otro, el dolo, previsto por el artículo
1072 de ese cuerpo ya derogado.
Por ello, se ha sostenido que la distinción entre la culpa leve definida por el artículo
512, Código Civil vigente hasta julio de 2015, y la culpa grave está determinada por la
relevancia de los deberes objetivos de cuidado que se infrinjan o desconozcan,
impuestos al sujeto en su actuación concreta, señalando asimismo que la culpa grave,
como causa legal de exoneración de responsabilidad de la aseguradora, excede la
regular graduación de negligencia –que es la que se encuentra amparada en los
contratos de seguro– y, por su magnitud, resulta cercana a la intencionalidad en la
producción del evento dañoso o, por lo menos, traduce una actitud de grave
despreocupación ante el eventual resultado perjudicial, aunque este no haya sido
deliberadamente buscado por el sujeto.17
La prueba del dolo incumbe al acreedor por aplicación de las reglas generales en
materia de prueba (art. 377, Cód. Proc.) y lo establecido en los artículos 1734 y 1735
CCCN.
Debe puntualizarse que, a diferencia de la culpa en ciertas situaciones, el dolo no es
presumido bajo ninguna circunstancia.
Es por ello que se aplican las precisiones que sobre “prueba de la culpa” hemos
desarrollado.
vii. Efectos
Dentro de los efectos que se establecen como distintivos en la responsabilidad por dolo
del agente que causara el daño encontramos los siguientes:
a) La imputación de consecuencias se amplía a las previsibles al momento del
incumplimiento, más allá de las que pudieron prever en oportunidad de la contratación,
de conformidad a lo establecido en el artículo 1728 CCCN.
b) En ciertos casos especiales se exige la concurrencia de dolo o culpa grave, que –
como adelantáramos– alguna postura cree que es asimilable: así, por ejemplo, el
trabajador responde ante el empleador únicamente “por los daños que cause a los
intereses de este por dolo o culpa grave en el ejercicio de sus funciones” (art. 87, Ley
N° 20744, t.o. Dec. N° 390/76).
Por nuestra parte, entendemos que solo el dolo está previsto en nuestro sistema de
responsabilidad civil y, por ello, no puede ser asimilado –ni por vía de analogía– a la
“culpa grave”.
15
CNCiv., Sala C, L.L. 110, 151; Sala D, L.L. 115, 452; 116, 526: CNCom., Sala B, en ED, 11-621. núm.
155.
16
A título ejemplificativo, pueden consultarse los códigos civiles chileno (art. 44), colombiano (art. 63),
italiano (art. 1229, inc. 1°), griego (art. 332, inc. 1°), boliviano de 1975 (art. 350, Inc. 1°), peruano de
1984 (art. 1328), Código suizo de las obligaciones (art. 100).
17
CSJN, “in re” “Olmos, P. c/ Strapoli, J. “19/12/1992, JA 1992-III-27.
Es por ello que el concepto de “culpa grave” en el asegurado, tendiente a liberar a la
aseguradora de su obligación debe ser apreciado con un criterio restrictivo y con
relación a las circunstancias y particularidades de cada situación, teniendo siempre
presente el fin específico del seguro contra la responsabilidad civil por daños causados
a terceros y la función de solidaridad del seguro.
De allí que, la cláusula contractual que permite la exención de responsabilidad del
asegurador en caso de dolo o culpa grave del conductor –en tanto favorece
exclusivamente al asegurador al ampliar el campo de su irresponsabilidad–, carece de
validez, en tanto desnaturaliza el vínculo obligacional (art. 37, inc. a) de la Ley de
Defensa del Consumidor) al suprimir una obligación del asegurador de fuente
normativa.18
a. Nociones previas
b. Definición
Tal como dispone el artículo 1722 del CCCN, el factor de atribución es objetivo cuando
la culpa del agente es irrelevante a los efectos de atribuir responsabilidad.
Quien sea sindicado como responsable, se libera demostrando la causa ajena, salvo
disposición legal en contrario.
De allí que es importante, a fin de comprender este factor de atribución, que se
prescinde para la imputación del análisis de la conducta y, en cambio, la relación de
causalidad es la que cobra preponderancia para responsabilizar. Si suele acontecer, de
acuerdo al curso natural y ordinario de las cosas, que una “cosa riesgosa” tenga la
potencialidad de causar un daño, entonces será el “dueño o guardián” de esa cierta cosa
quien deba responder, salvo que demuestre que la “causalidad adecuada” no se ubica en
ese riesgo, sino en un hecho que le resulta ajeno.
CNCiv. Sala H, “Canteros, Magna y otros c/ Martínez, Marcelo y otro s/ daños y perjuicios”, 13/06/97.
Desarrollaremos a continuación estos conceptos y, para ello, comenzaremos por
compartir el camino y evolución que nos trajo hasta esta noción de objetivación en el
factor de atribución.
c. Origen y evolución
Fue delineándose así la concepción del “riesgo creado” como factor objetivo de
atribución, el que se incorporó en nuestro sistema positivo a fines del siglo XIX, con el
Código de Minería de 1886, dando respuesta de algún modo al problema primario de la
prueba de la culpa.
Entonces ese Código estableció que podía existir una responsabilidad del dueño de la
mina, invocando la víctima un factor de riesgo objetivo, que es el riesgo creado. Sin
tener que probar la culpa de nadie, la víctima en esos casos podría obtener una
reparación, probando solo que trabajaba en la mina, que en ella había ocurrido un
accidente y que, con motivo de ello, el dueño de la mina debía responder por el riesgo
que crea en la sociedad con esa actividad.
Luego se desarrolla plenamente la teoría del riesgo tomando carta de ciudadanía en la
Ley de Accidentes (infortunios) Laborales N° 9688, que estableció que la
responsabilidad del dueño o del empresario, del empleador cuando un obrero tiene un
19
Planiol, M. y Ripert, G. (1931). Traité élémentaire de Droit Civil, T. II, núm. 878; Saleilles, R. (1897).
Les accidentes du travail et la responabilité civile, p. 43; Lafaille, H. Derecho Civil. Obligaciones, T. VI,
vol. 1, núm. 185.
accidente laboral en la empresa donde trabaja. Esta ley de accidentes laborales es de
principios del siglo anterior, de 1915, influenciada en su consagración legislativa por el
accionar de los políticos socialistas. Y, además, es importante esta incorporación al
sistema de legislación argentino por la influencia de otros lugares u órbitas donde poco
a poco la responsabilidad objetiva se fue abriendo cauce, sobre todo en el tema de los
accidentes laborales. Ahí es donde se producen los mayores perjuicios, no solo por el
obrar del empleado, sino también por el uso de maquinaria que estaba en juego (a
principio del siglo anterior es cuando la máquina comienza a tomar impulso, como
herramienta) y es aquí cuando comienzan a producirse accidentes.
Esta Ley N° 9688 de accidentes de trabajo, imputaba al empleador la obligación de
reparar los accidentes ocurridos a sus empleados y obreros durante el tiempo de la
prestación de los servicios, por el hecho o en ocasión del trabajo (art. 1), a menos que
provengan: a) del dolo del obrero, que los haya provocado intencionalmente; b)
exclusivamente de su culpa grave; c) de fuerza mayor extraña al trabajo (art. 4° in fine).
La demostración de la inexistencia de culpa, o el caso fortuito interno, no lo liberaba al
empleador, ni siquiera parcialmente. Esta obligación de seguridad respecto de la
persona del obrero, formuló en nuestro derecho también una apertura del camino hacia
la responsabilidad objetiva.
En otras palabras, en esta ley responde el dueño, siempre y cuando no hubiese:
1. Dolo del obrero.
2. Culpa grave y exclusiva del obrero (porque si la culpa es concurrente, responde el
dueño).
3. Además, se podía probar caso fortuito extraño a la actividad.
Este caso fortuito extraño a la actividad sobre el que hablaba esta ley nos lleva a
considerar una breve digresión a la luz de las normas del código velezano, en el que
“caso fortuito” y “fuerza mayor” no tenían diferencia alguna en su tratamiento, mientras
que la doctrina tenía establecida la diferencia, más allá de la asimilación legal. Esta
identidad ha sido mantenida expresamente en el segundo párrafo del vigente artículo
1730 del CCCN.
Otro apunte que necesariamente debemos referir es el que se refiere a la extrañeidad a la
actividad del hecho que sirva de ruptura del nexo de causalidad a los fines de determinar
el casus.
Exner (1905) fue quien trabajó sobre este supuesto específico del caso fortuito extraño a
la actividad, configurando una de las primeras y más serias reacciones al principio de la
culpa, y lo hizo al analizar la responsabilidad de las compañías de ferrocarril. Ese
tratadista austríaco criticó la doctrina sustentada en los conceptos de culpa calibrada de
conformidad al “buen padre de familia” o “levísima” de acuerdo a la gradación romana,
sobre los que se asentaba por entonces la responsabilidad del porteador. Ese autor centró
sus críticas a partir de la dificultad probatoria que representaba para la víctima de los
daños acreditar la culpa de la empresa de transporte de ferrocarril, y así postuló que solo
podía eximirse de responder acreditando el porteador el “caso fortuito agravado”, esto
es, ajeno a la actividad que le es propia, fuera de su control. Si bien esta tesis no llegó a
desprenderse totalmente de la idea de culpa, sirvió para construir conceptualmente en
los futuros sistemas de responsabilidad objetiva las causales de exoneración, entre las
que se introdujo esta especificidad.
De modo tal que el caso fortuito en ese caso, debía ser:
a) Extraordinario.
b) Público y notable (que es lo más importante).
c) Extraño a la empresa del deudor.
Esa elaboración de Exner analizando la responsabilidad por el transporte de bienes y
personas es la que luego se aplicó en el antecedente de la Ley de Accidentes Laborales
N° 9688 que consagró de este modo un factor de atribución objetivo con otra variable a
tener en cuenta: estableció topes tarifados en la indemnización, característica que es
propia en este tipo de leyes que consagran factores de atribución objetivos.
Luego, en el derrotero de esta evolución hacia la objetivación del factor de atribución en
nuestra legislación, encontramos el Código Aeronáutico y la Convención de Viena
sobre daños nucleares.
El Código Aeronáutico de 1954, siguiendo las pautas de la Convención Internacional de
Roma de 1933, modificada en 1952, consagró también la responsabilidad objetiva, en
función del riesgo, a cargo del explotador, limitada a ciertos topes cuantitativos.
Posteriormente con sus reformas, el citado cuerpo normativo mantuvo este criterio de
atribución de responsabilidad.
Por su parte, la Convención de Viena, sancionada en nuestro país mediante Ley N°
17048, fijó normas mínimas para ofrecer una mayor protección financiera contra los
daños derivados de determinadas aplicaciones pacíficas de la energía nuclear,
prescindiendo de la noción de culpa, estableciendo un límite cuantitativo prefijado.
20
El propio Guillermo A. Borda expresa en primera persona, en ocasión de rebatir algún concepto que el
Dr. Molinario había tenido sobre su intervención en la reforma de 1968: “en ese tiempo, yo tenía una
conciencia muy clara de la fugacidad de las funciones públicas. Creía que era necesario hacer las
reformas que los nuevos tiempos imponían, para remozar y renovar el Código de Vélez, que con sus cien
años de antigüedad no respondía ya a los requerimientos de la sociedad moderna, y había que hacerlo sin
demora, no fuera que cambiaran las circunstancias políticas que en ese momento la hacían posible. Y si
bien es verdad que no puede desdeñarse la técnica jurídica sobre todo como medio apto para la enseñanza
y aplicación del derecho, lo cierto es que lo que en definitiva importa son las soluciones de fondo, la
justicia de la normativa legal. La reforma, pues, obedecía a necesidades impostergables, a la nueva
conciencia jurídica. Como dice Josserand, los juristas “deben vivir con su época, si no quieren que ésta
viva sin ellos”(Borda 1971: 1016).
como también del entonces vigente artículo 1119, de aplicación en la responsabilidad
colectiva.
Pero eso, reiteramos, era interpretación más que una consagración legislativa.
Ni siquiera en casos de daños causados por animales, ya que –sea este doméstico o
feroz– siempre se juzgaba al deudor en base a su inconducta. Por eso era inexcusable la
responsabilidad cuando se trataba de un animal feroz, y excusable la responsabilidad del
dueño de un animal doméstico, ya que en este caso se podía demostrar ausencia de
culpa (arts. 1124 al 1131 del Código Civil Vélez Sarsfield).
En esta rápida cronología, llegados al año 1968, el reformador del Código, incorpora el
riesgo creado al artículo 1113. Así lo expresó Borda al sostener que luego de la sanción
de la Ley N° 17711 poco quedaban de las ideas directrices que inspiraron el Código de
Vélez, admitiéndose la teoría del abuso del derecho, que era rechazada, reconociendo
que la culpa no es la fuente única de responsabilidad, habiéndose incorporado a nuestro
derecho positivo la teoría del riesgo creado. Así, la filosofía liberal manchesteriana,
individualista y positivista del Código de Vélez fue cambiada por otra de contenido más
social y humano, preocupada por una justicia más auténtica.21
Se agregó el segundo párrafo del artículo 1113, derogando también el artículo 1133
respecto del cual parte de la doctrina entendía confusamente que regía en cuanto a los
daños causados “por las cosas”, interpretando de algún modo la fuente del artículo 1384
Código Civil francés y lo que los jueces de aquel país habían establecido como pauta
interpretativa en su aplicación. Decía Alterini, refiriéndose al párrafo incorporado por la
Ley N° 17711 al artículo 1113, que
La teoría del riesgo creado contiene un paradigma de imputación que estriba en atribuir
el daño a todo el que introduce en la sociedad un elemento virtual para producirlo.
Prescinde de la subjetividad del agente, y centra el problema en la reparación y sus
límites en torno de la causalidad material, investigando tan solo cuál hecho fue,
materialmente, causa del efecto, para atribuírselo sin más. Le basta la producción del
resultado dañoso, se contenta con la transgresión objetiva que importa la lesión del
derecho subjetivo ajeno. Es el factor objetivo por antonomasia, y así fue entendido, ya
que era indudable que el codificador de 1968 tomó abiertamente partida por la
responsabilidad objetiva. Debe considerarse así qué se entiende por riesgo de la cosa, y
qué por vicio de ella. En abstracto, solo ciertas cosas son riesgosas, en concreto pueden
serlo todas; como el anillo del nudista con el que se burla Ripert.22
21
Borda, G. A., A propósito de la Reforma de 1968 al Código Civil, ya citada.
22
Llambías (2000) cita este ejemplo en “El Derecho no es una física de las acciones humanas
(Reflexiones sobre el fundamento de la responsabilidad civil. Ámbito de aplicabilidad y extensión del
resarcimiento. Culpa y riesgo creado)”, en LL, 107-1015. Explica, criticando la vigencia de la
responsabilidad basada en el factor de atribución objetivo “por el hecho de las cosas”, que Ripert ironiza
al predecir que “sólo procedería aplicar la responsabilidad por culpa si tuviera lugar un choque entre dos
individuos que practicaran el nudismo integral, pues aún el anillo que llevo en el dedo puede aumentar la
rudeza de un golpe que aplica a mi mano” (Ripert, su nota en D.P., 1930, 1159, III). “¡Y hasta se
encontraría algún jurista que dijera que el cuerpo humano no es sino una cosa bajo la guarda de la
voluntad, para hacer entrar a los daños causados por el hecho corporal del hombre en la responsabilidad
que se exige por las cosas de que alguien se sirve!” (Esmein, Rev. Crit. leg. et. juris., 1932, pp. 461 y
Los hermanos Mazeaud y Tunc dedican en su tratado un análisis a la teoría del riesgo.
Los criterios para estructurarla se construyen sobre la base de la atribución del resultado
a quien se aprovecha de la cosa que lo causa o sobre la idea del acto anormal que
compromete la responsabilidad del autor y toma en cuenta el obrar según las
condiciones normales de la época y el ambiente. El “riesgo de la cosa” que compromete
la responsabilidad del dueño o guardián denota al acto anormal, pues no se exige que
concurra especulación económica, con forma de explotación de la cosa, para que tal
responsabilidad exista (Mazeaud y otros, 1961, t. 1, vol. II: 1 y ss.).
Riesgo creado, entonces, es cuando se incorpora a la sociedad una cosa riesgosa o
peligrosa que normalmente trae aparejando una mayor capacidad de dañar que una cosa
que es inocua, que no es peligrosa, que normalmente no trae aparejada daños.
La reforma que se introdujera en el segundo párrafo del artículo 1113 se inclinó
claramente por el riesgo creado, incorporando así un factor objetivo de atribución,
desprendiéndose definitivamente de la noción de culpabilidad para la imputación en una
acción por la reparación de un daño injustamente considerado.
Claro está, llevaron años las discusiones, que principiaron con la diferencia entre el
supuesto que vertía la primera parte del segundo párrafo del artículo que se refería al
daño causado “con” la cosa, y el segundo apartado que se refería al que producía la cosa
“por su riesgo o vicio”. Pero en el daño causado con la cosa, no hay riego creado. Esto
se debe tener en cuenta para ver las diferencias, pero no podemos concebir que cuando
el 1113 se refiere al daño causado con la cosa estemos en presencia de factor de
atribución objetivo.
A esas cosas que merecen un cuidado especial algunas veces manipuladas por el
hombre y causan daño se refería la primera parte del segundo párrafo del artículo 1113
reformado en 1968, ya que en realidad no era la cosa la que causaba en daño, sino que
era el actuar del hombre. Por eso es que se hablaba del daño con la cosa, y la cosa era un
mero instrumento del obrar humano. Entonces ahí lo esencial es el obrar del hombre, la
responsabilidad se analizaba con la noción de culpabilidad, esto es, factor de atribución
subjetivo sobre la conducta del autor. Desde esta óptica es que se presumía la culpa del
dueño o guardián, quien podía probar lo contrario para eximirse.
Sin embargo, cuando aquel artículo 1113 se refería al daño causado por el riesgo o vicio
de la cosa, estábamos en presencia de la responsabilidad objetiva: el segundo párrafo, en
el segundo apartado del artículo.
El dueño o el guardián no se podían liberar probando ausencia de culpa, nota
característica que denota el análisis bajo la órbita de un factor objetivo: prescindir de la
idea de la culpa de los sujetos (porque no se debe probar, ni se presume). Ergo, el factor
de atribución era netamente objetivo. El riesgo creado.
De modo tal que la única forma de liberarse en este análisis objetivado de la imputación,
es fracturando de algún modo la relación de causalidad.
Esta ruptura del nexo causal significaba desplazar la autoría hacia la propia víctima, a
un tercero por quien no deba responder el dueño o el guardián de la cosa, o el caso
fortuito; así como que la cosa hubiera sido utilizada en contra de la voluntad expresa o
presunta de esos sujetos: las eximentes.
Llambías se opuso fervientemente a esta reforma al sistema de responsabilidad civil,
específicamente al nuevo párrafo del artículo 1113, sosteniendo que había desquiciado
sgtes.). Muestra la semblanza del autor y su disconformidad absoluta con el predicamento de la por
entonces novedosa “teoría del riesgo” y su incorporación en nuestra legislación a partir de la reforma de
la Ley N° 17711.
el sistema de responsabilidad civil (Llambías, 2000),23 asimilándolo a un caballo
desbocado en un bazar.
Claro está, la concepción que trascendía en aquella reforma tenía que ver con preservar
la seguridad jurídica pero desde una perspectiva de justicia. No era el caso de tener en
cuenta nada más que un castigo al culpable/responsable, sino que en esta concepción
moderna se miraba a la víctima con un criterio solidario y, por lo tanto, la reparación
tenía en cuenta el daño producido que el reproche de conducta.
No es justificar el abuso en la utilización de este factor de atribución, pero sí reconocer
su existencia y que debía aplicarse lo que llevó años en la discusión de nuestra doctrina,
incluso en la aplicación jurisprudencial.24
Por cierto, la puerta que abrió la reforma de 1968 en este sentido dio lugar a la
sistematización de otros diversos factores objetivos de atribución, entre los que se
cuentan el “abuso del derecho”, la “indemnización de equidad”, el “exceso en la normal
tolerancia entre vecinos”, los “daños en la relación de consumo” y el “deber o garantía
de seguridad”.
Es de notar que la llave para comprender si el factor que atribuye la responsabilidad
para la reparación es objetivo o subjetivo, se encuentra en advertir si entre las causas de
exoneración hallamos la posibilidad del deudor de acreditar su falta de culpa: si esto es
así, claramente el factor de atribución es subjetivo; si no lo es, pues será objetiva la
atribución de las consecuencias a reparar.
Respecto del abuso del derecho, algunos creen que es un factor de atribución objetivo y
otros no, por la interpretación que hacían del anterior artículo 1071, que se refiere al
ejercicio irregular de un derecho. Claro estaba así que, en la perspectiva de esa norma,
el derecho no estaba regularmente ejercido cuando ese ejercicio iba contra las
finalidades que tuvo legislador al establecer la preservación de ese derecho o cuando va
contra la moral o las buenas costumbres.
Vale decir que esta norma establece una pauta objetiva en la atribución, lo que implica
que demostrado el obrar abusivo, es inútil la prueba de que se actuó sin culpa, lo que
lleva a determinar al factor de atribución como objetivo.
Otra incorporación de la Ley N° 17711 fue la equidad (art. 907 Código de Vélez) como
consecuencia del obrar involuntario, lo que llevó a los autores a considerar que dada la
equitativa indemnización que debía el que llevó a cabo un acto involuntario que causó
daño a otro, y que –por esencia y razón de la propia hipótesis que planteaba esa norma–
la demostración de su falta de culpa resultaba inviable por la falta de voluntad en su
conducta.
Así, a partir de la referida reforma promovida por Borda se incorporaron los principales
factores de atribución objetivos en nuestro sistema que, como hemos visto, ya contaba
con alguno de ellos en estatutos particulares.
Veremos seguidamente cómo ha resuelto esta temática de la responsabilidad objetiva el
reformador del Código Civil y Comercial de la Nación, de reciente vigencia en nuestro
país.
23
Puede consultarse en extenso su perspectiva en las reflexiones vertidas en Llambías (2000), El derecho
no es una física de las acciones humanas…, ya citado.
24
A modo ilustrativo, es de notar que recién en el año 1994 la Cámara Nacional en lo Civil en pleno
decidió que para los accidentes de tránsito producidos como consecuencia de una colisión plural de
automotores en movimiento no debía encuadrarse el análisis en la órbita del artículo 1109 del Código
Civil, sin dar precisiones sobre la aplicación del artículo 1113 en su reforma del año 1968. Nos referimos
a plenario “Valdez, Estanislao Francisco c/ El Puente S.A.T. y otro”, publicado en LL, 1995-A, 136; ED,
161-402 y JA, 1995-I, 280.
f. Funcionamiento del factor objetivo de atribución según el método empleado en el
CCCN
Luego de enunciar los factores de atribución, el CCCN optó por analizar en primer lugar
cronológico el “factor objetivo de atribución”.
La decisión encuentra su lógica en lo que viéramos es el funcionamiento del sistema: en
tanto no encontremos un “factor de atribución objetivo”, se aplicará “la culpa” como
factor de atribución.
Por ello, se refiere al factor objetivo de atribución y, como técnica legislativa, adopta la
posición de definir sus contornos a partir de las notas esenciales que lo caracterizan.
En efecto, se señala como distintivo de este factor de atribución que la culpa del agente
es irrelevante a los efectos de atribuir responsabilidad.
Tal aserto permite inferir –en razonamiento inverso– que la prueba de la diligencia del
agente no es suficiente para que se lo exima de responder.
Por ello, el sindicado como responsable solo se libera demostrando la causa ajena,
excepto disposición legal en contrario. Aunque el texto no lo establece en forma
expresa, se entiende que la demostración de esa causa ajena permitirá eximirse de
responder en forma total o parcial.
La referencia a la causa ajena en el artículo 1722 nos remite en un primer momento al
artículo 1726 que respecto de la relación causal dispone que son reparables las
consecuencias dañosas que tiene nexo adecuado de causalidad con el hecho productor
del daño.
En este punto, cabe recordar la distinción entre causalidad referida a la autoría y la
causalidad referida a la adecuación. Por una parte, la teoría de la relación de causalidad
sirve para determinar quién es el autor material del hecho. Por otra parte, dicha teoría
sirve para establecer la adecuación de los daños causados por el autor material. Esto es,
qué consecuencias del hecho son asignadas a la responsabilidad de su autor material.
El primer párrafo del artículo 1726, que se analizará oportunamente, regula lo relativo a
la autoría del hecho, y en la segunda parte lo vinculado a la adecuación de los daños al
establecerse que, excepto disposición legal en contrario, se indemnizan las
consecuencias inmediatas y las mediatas previsibles.
Exige el artículo 1722 que aquel a quien se atribuye la calidad de sujeto civilmente
responsable (autor, dueño, guardián, quien realiza una actividad riesgosa o peligrosa,
quien se sirve u obtiene provecho de esa actividad, etc.), pruebe la causa ajena para
eximirse de responder, en forma total o parcial.
La lógica del sistema se completa con las disposiciones que en este sentido se
encuentran en el artículo 1734, que se refiere a la carga de la prueba de las eximentes y,
salvo disposición legal, establece que recaerá sobre quien las alega.
En consecuencia, ocurrido el hecho que motiva el reclamo de responsabilidad fundado
en un factor objetivo, la víctima debe probar ese hecho en el que funda su pretensión, no
debe en modo alguno acreditar ni siquiera insinuar la culpa del sujeto responsable. Por
su parte, el sujeto a quien se le atribuye la responsabilidad deberá –para eximirse de
responder y salvo disposición legal en contrario– acreditar una causa ajena del daño,
esto es: que el daño fue causado por el hecho del propio damnificado, por el hecho de
un tercero ajeno, o por caso fortuito, careciendo en cualquier caso de relevancia
demuestre su falta de culpa o un obrar diligente.
Según la postura subjetivista que fue dejada de lado a partir de la vigencia del CCCN, lo
que debe probar el acreedor en las obligaciones de resultado es el incumplimiento del
deudor. En otros términos, tiene que probar, desde luego, que existe la obligación y,
además, el incumplimiento por parte del deudor en la obtención del resultado
prometido. Una vez que el acreedor probó esto, se presume –según la postura
subjetivista– la culpa del deudor y para liberarse podrá demostrar caso fortuito, como
eximente de la responsabilidad, en cuyo caso no responde.
En las obligaciones de medios, sigue diciendo esta doctrina subjetivista, la culpa debe
ser probada por el acreedor. De allí que, siguiendo a Llambías en este razonamiento,
sostienen que en la obligación de medios la culpa debe ser probada indefectiblemente
por el paciente o cliente. Particularmente en los casos de mala praxis médica afirman
que solo si el paciente prueba la culpa del médico o cirujano este responde. Acá no
juega la teoría del riesgo creado, en la responsabilidad profesional, sino que es una
responsabilidad subjetiva, entonces tiene mucha importancia la prueba de la culpa.
l. Obligaciones de medios
CNCiv., Sala K, en los autos “D., M. B. c. Expreso San Isidro SATCIFI s/daños y perjuicios” del 9 de
25
mayo de 2017.
de factor de atribución (en este caso, objetivos), refiriéndose a la ruptura del nexo de
causalidad como tales defensas a cargo del deudor.
En suma, vigente en el marco del Código Civil y Comercial de la Nación (arts. 9, 729,
961 y ccdtes. CCCN), la garantía de seguridad se yergue como un factor objetivo de
atribución y se encuentra presente subsidiariamente en este artículo 1723 que aborda la
responsabilidad objetiva en general, sin perjuicio de su regulación específica v. gr. en el
contrato de transporte.
No desconocemos que, sobre el punto, y con la reforma que unificara el Código Civil y
el Comercial, se llevó a cabo un interesantísimo intercambio de opiniones de
reconocidos autores sobre la subsistencia –o no– de la obligación de seguridad luego del
1° de agosto de 2015 (Picasso, 2015: 146; Pizarro, 2015: 1).
Coincidimos con la opinión de Pizarro en cuanto establece que
Sin buscar agotar la enumeración de los supuestos en los cuales se aplica el factor
objetivo de atribución para derivar en la responsabilidad del agente, señalamos los
siguientes, de acuerdo sea en el CCCN o en legislación específica.
• En el CCCN:
a) Incumplimiento de obligaciones de dar (art. 746).
b) Incumplimiento de las obligaciones de no hacer (art. 778).
26
Zavala De González, ob. cit., comentario a los arts. 1757 y 1758, t. III, p. 777/8.
27
Zavala De González, M., ob. cit., comentario a los arts. 1757 y 1758, t. III, p. 777/8.
c) Vendedor de cosa ajena en cuanto garantiza el éxito de la promesa (art. 1008).
d) Responsabilidad del tomador de contrato de leasing (art. 1243).
e) El daño causado en estado de necesidad (1718 inc. c).
f) La obligación de un deudor que incumple una obligación de resultado (art. 1723), o
prometiera el resultado un profesional liberal (art. 1768), o procurar cierto resultado
concreto (art. 774 inc. b), o un resultado eficaz prometido (art. 774 inc. c).
g) El principal por el hecho del dependiente (art. 1753).
h) Los padres respecto de los hechos de los hijos bajo su responsabilidad parental (arts.
1754 y 1755).
i) Los tutores y curadores por daños causados por quienes estén a su cargo (art. 1756).
j) El dueño o guardián por daños derivados del riesgo o vicio de una cosa (art. 1757), el
titular de una actividad riesgosa o peligrosa (arts. 1757, 1758).
k) Daños causados por animales (art. 1759).
l) Responsabilidad del dueño y del ocupante del sector de un edificio por daños
ocasionados por cosas arrojadas o caídas (art. 1760).
ll) Perjuicios inferidos por el miembro no identificado dentro de un grupo (arts. 1761).
m) Responsabilidad de los partícipes en la actividad riesgosa de un grupo (art. 1762).
n) Responsabilidad de los titulares de establecimientos educativos (art. 1767).
ñ) Daños derivados de accidentes en circulación de vehículos (art. 1769).
• Garantías (art. 1723):
Dentro de las garantías, que funciona como factor objetivo de atribución en razón de la
obligación de resultado asumida por el deudor, encontramos también las siguientes:
a) Daños ocasionados ejerciendo un abuso del derecho (art. 10).
b) Daños causados por actos involuntarios (arts. 260, 261, 1750).
c) Responsabilidad del constructor por daños que comprometan la solidez de la obra o
la tornen impropia para su destino –ruina de la obra– (art. 1273).
d) La garantía de seguridad en el contrato de transporte respecto del pasajero
transportado (arts. 1280, 1289 inc. c) y ccdtes.) y las restantes garantías que otorga el
transportista (arts. 1280 y sgtes.).
e) Responsabilidad del hotelero por daños o pérdidas de los efectos introducidos en el
hotel, valores guardados en cajas de seguridad, con las limitaciones y eximentes
agravadas en cada caso en concreto (arts. 1369 a 1375).
f) Equidad (art. 1742).
g) El exceso de la normal tolerancia entre vecinos (arts. 1973 y 2047 inc. b).
• En leyes especiales:
a) La garantía de seguridad en espectáculos públicos o deportivos (Ley N° 23184).
b) La garantía de seguridad en el derecho del consumidor (Ley N° 24240).
c) Residuos peligrosos (Ley N° 24051).
d) Daños producidos al medio ambiente (Ley N° 25675).
e) Riesgos del trabajo (Ley N° 24557).
f) Residuos industriales (Ley N° 25162).
g) Código de Minería.
h) Código Aeronáutico.