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Causalidad y Responsabilidad Civil

El capítulo aborda la relación de causalidad como un elemento fundamental para establecer la responsabilidad civil, destacando cuatro presupuestos necesarios: incumplimiento, factor de atribución, daño y relación de causalidad. Se exploran diferentes teorías sobre la causalidad, diferenciando entre causalidad material y jurídica, así como diversas aproximaciones para determinar la autoría y adecuación del daño. Finalmente, se menciona cómo el Código Civil y Comercial de la Nación establece el nexo adecuado de causalidad para la imputación de daños, integrando conceptos de equivalencia de condiciones y causa próxima.

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Causalidad y Responsabilidad Civil

El capítulo aborda la relación de causalidad como un elemento fundamental para establecer la responsabilidad civil, destacando cuatro presupuestos necesarios: incumplimiento, factor de atribución, daño y relación de causalidad. Se exploran diferentes teorías sobre la causalidad, diferenciando entre causalidad material y jurídica, así como diversas aproximaciones para determinar la autoría y adecuación del daño. Finalmente, se menciona cómo el Código Civil y Comercial de la Nación establece el nexo adecuado de causalidad para la imputación de daños, integrando conceptos de equivalencia de condiciones y causa próxima.

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Capítulo 16.

Relación de causalidad

I. La causalidad como presupuesto de responsabilidad

La responsabilidad generadora del deber de indemnizar exige la concurrencia de cuatro


presupuestos: 1) el incumplimiento objetivo o material, que consiste en la infracción al
deber, sea mediante el incumplimiento de la palabra empeñada en un contrato, sea a
través de la violación del deber general de no dañar a otro (art. 1716); 2) un factor de
atribución de responsabilidad, esto es, una razón suficiente para asignar el deber de
reparar al sujeto sindicado como deudor. Tal factor de atribución puede ser subjetivo
(art. 1724) u objetivo (art. 1722); 3) el daño (art. 1737) que consiste en la lesión a un
derecho subjetivo o interés no reprobado por el ordenamiento jurídico, que tenga por
objeto la persona, el patrimonio o un derecho de incidencia colectiva; 4) una relación de
causalidad suficiente entre el hecho y el daño (arts. 1726 y 1727 CCCN), es decir que
pueda predicarse del hecho que es causa (fuente) de tal daño.

II. Causalidad. Concepto

Se ha señalado que causa es lo que provoca el efecto, se ha empleado la expresión causa


eficiente para designar la relación que existe entre un hecho (el incumplimiento) y los
resultados que de él derivan. Porque no todas las derivaciones de un hecho son
atribuibles a su autor, desde una perspectiva de justicia solo algunas de ellas le serán
imputables. A modo de ejemplo: podría cargarse a la responsabilidad del sastre, que se
retrasó en la entrega de la ropa encargada, el accidente de tránsito que sufre el cliente
cuando debe volver a su taller para retirarla en una fecha posterior a la que se había
convenido originalmente. En ese supuesto, ese daño es remoto, y a pesar de ser una
derivación del incumplimiento, el derecho no lo imputa al sastre incumplidor.
La incorporación de la teoría de la relación de causalidad al terreno jurídico en materia
de responsabilidad es relativamente reciente y fue antecedida poco antes por las
investigaciones de los penalistas; porque los civilistas han aducido muchas veces que es
insoluble, o que es suficiente valerse del sentido común, o “del sentimiento” (Mazeaud
– Tunc) para dar respuesta al interrogante qué daños se imputan; o quizá porque “las
aguas de la Filosofía están muy cerca” (Pollok).
También ha influido el equívoco concepto francés de faute, que implica no solo a la
culpa sino también al incumplimiento, e inclusive a la propia relación causal (Mazeaud
– Tunc). En definitiva, la noción de causalidad es actualmente un presupuesto de la
responsabilidad civil.

III. Causalidad material y causalidad jurídica

La investigación del aludido nexo de causalidad plantea uno de los problemas jurídicos
más arduos. Se trata de saber cuándo el efecto dañoso que está a nuestra vista debe
reconocer su causa en el obrar del sujeto a quien se le exige responsabilidad (Llambías,
1978).
Propone Llambías que la complejidad del asunto proviene de que la realidad social no
es simple: los hechos no aparecen perfectamente dibujados, sino que, de ordinario,
integran un conjunto o masa de acontecimientos que actúan como factores
determinantes, condicionantes o coadyuvantes de sucesivos fenómenos, y que se
interfieren recíprocamente en sus respectivas derivaciones, de manera de presentar un
panorama borroso, que dificulta descubrir el nexo de causalidad que se está indagando.
Advierte que, muy comúnmente, el hecho reputado originario se conecta con otro hecho
distinto que modifica las consecuencias del primero, a tal extremo que pasa a ser causa
eficiente –concausa‒ de nuevas derivaciones que el hecho originario, por sí mismo, no
habría producido. Que el derecho no se satisface con una pura relación de causalidad
material, puesto que no es una física de las acciones humanas. Aun averiguado que tal
hecho deba aceptarse como causa de tal efecto dañoso, esto solo no basta para concluir
que el autor de aquel hecho tenga que afrontar la reparación del daño producido. Antes
de ello, el derecho se preguntará si es justo que así sea, pues todas las conclusiones a
que él llega están contempladas bajo el prisma de la justicia (Llambías, ).

IV. Autoría y adecuación

Es preciso formular una distinción entre causalidad refería a autoría y la causalidad


referida a la adecuación.
Por una parte, la teoría de la relación de causalidad sirve para determinar quién es autor
material del hecho. En algunas circunstancias se presumirá que ese autor material del
hecho es el autor jurídico del daño.
Por otra parte, dicha teoría sirve para establecer la adecuación de los daños causados por
el autor material. Esto es, qué consecuencias del hecho son asignadas a la
responsabilidad de su autor material, las cuales también pueden estar sujetas a
presunciones.
Los acontecimientos ocurren en tiempos distintos, y esta diversa temporalidad puede
darse como mera sucesión de hechos o como relación entre ellos. La causalidad importa
una relación entre el antecedente y el consecuente, de manera que sea posible afirmar
que el efecto es atribuible a la causa o, a la inversa, que esta determinó el efecto. En
cambio, la simple sucesión que ocurre en el tiempo, un hecho está, meramente, después
del otro, y no tiene por qué haber relación entre ambos acontecimientos.

V. Teorías que explican la autoría

En la producción de un daño suelen haber múltiples condiciones o acontecimientos que


se van sumando y desencadenan ese daño o una consecuencia.
En relación a la causalidad referida a la autoría, es posible agrupar las teorías entre
aquellas que no distinguen entre las condiciones a las cuales atribuir esa autoría de
aquellas que sí proponen una individualización.

Teorías que no distinguen entre las condiciones.


Versión originaria.
A partir de las enseñanzas de Stuart Mill se puso en tela de juicio la noción de causa,
considerando que es tal solo “la suma de las condiciones”. El efecto es resultante de la
conjugación de todas las condiciones que deben ser consideradas equivalentes en lo
causal y en lo jurídico, de manera que constituyen condictione sine qua non (Alterini,
1974) o equivalencia de las condiciones: todas y cada una de las condiciones provocan
el efecto, de manera que cada una de ellas tiene función de causa del resultado (Von
Buri), si quitásemos o suprimiésemos alguna de esas condiciones es posible proponer
que el daño no se habría producido.
La teoría ha sido criticada porque deriva en soluciones injustas. Por ejemplo,
respondería por homicidio quien produjo a otro una lesión por la cual debió ser
trasladado a un hospital en el que el lesionado muere por un incendio.
Se ha entendido en esta teoría al señalarse que si desde el punto de vista filosófico todas
las fuerzas tienen alguna eficacia para el nacimiento del fenómeno, también en lo
jurídico cabe entender que las condiciones son todas ellas equivalentes (Yzquierdo
Tolsada, 2017).
Con tal sistema, queda totalmente eliminada la concausa, para la doctrina de la
equivalencia, la concausa es una condición como cualquier otra; no predomina sobre las
otras, no excluye el nexo causal (Soler, 1970).

Tesis correctoras.
Esta teoría recibió retoques doctrinarios que modifican esa versión para poner límites en
la cadena causal, teorías correctoras de esa primitiva versión que propone la suma de
condiciones.
Von Liszt admitió el corte de la cadena causal cuando la supresión del movimiento
corporal no hubiera modificado en nada la producción del resultado. Si realizada esa
supresión hipotética el resultado igual sucede, no se identificará como autor jurídico del
daño al autor material de esa condición hipotética suprimida. Por ejemplo: si A hiere
mortalmente a B, patrón de la lancha, pero B se ahoga antes de que la herida produzca
el daño porque la lancha naufraga por un golpe de viento inesperado, en ese supuesto A
no puede ser responsabilizado por homicidio.
Thyrén computó solo las condiciones positivas: si alguien quiere apuñalar a otra
persona por la espalda y un tercero desvía el golpe de manera que solo lo rasguña, la
acción de ese tercero –aun siendo condición del rasguño‒ es jurídicamente una
condición negativa que lo hace irresponsable. Se critica que solo busca el autor del daño
entre las condiciones positivas cuando hay delitos por acción, por omisión y por
comisión por omisión. Si se sigue esta teoría solo se encontrarían autores entre los
responsables de delitos de acción, no en los otros supuestos.
Frank propuso que corresponde cortar la cadena de condiciones cuando interfiere en ella
la acción dolosa de un tercero: por ejemplo, si el cazador deja su escopeta cargada en
una taberna en que varios disputan, no es responsable en el caso de que alguno de los
partícipes en la controversia use el arma para matar dolosamente a uno de los
contrincantes. Se critica esa propuesta en que, primero, debe determinarse el autor para
luego analizar si obró con culpa o dolo, cuando primero se establece la relación causal y
luego el factor de atribución y, a su vez, que limita los posibles autores a aquellos que
obren con dolo.

Teorías individualizadoras.
Entre estas teorías se agrupan aquellas que proponen la individualización de alguna o
algunas de las condiciones que resulte más importante que las otras, para de ese modo
elevarlas al nivel de causa.
Causa próxima. Siguiendo el criterio de Bacon, se atribuye el efecto al último suceso
con el cual aparece conectado de manera inmediata. Se analiza la cuestión de una
manera objetiva, a diferencia de lo que propone Frank, no se indaga en el posible dolo
de su autor.
Se indica que Bacon, en un pasaje de las Maxims of law, sostuvo que sería para el
derecho una tarea infinita detenerse en las causas de las causas y las influencias de unas
sobre otras, en una concatenación interminable. Basta considerar la causa inmediata
(proximate cause), juzgando las acciones según esta última y sin necesidad de
remontarse a un grado más distante (too remote). Solo se reconoce así relevancia a la
causa más próxima en el tiempo, esto es, a la inmediatamente anterior a la producción
del daño. Todas las demás se consideran intrascendentes a efectos jurídicos (Yzquierdo
Tolsada, 2017).
Igualmente, ello puede derivar en soluciones irritantes, como en el caso de la enfermera
que aplica una inyección que, en realidad, contiene veneno, habiendo cargado la jeringa
de un frasco erróneamente rotulado como un antibiótico por el laboratorio farmacéutico,
la causa próxima sería atribuible a la enfermera (!).
Condición más eficaz. Birkemeyer propone la idea de que el resultado es atribuible a la
más activa de las condiciones, desde un punto de vista cuantitativo o cualitativo. Se
critica que no siempre la definición de cuál condición fue más eficaz en la producción
del daño lleva a soluciones justas. Por ejemplo: si un domador encierra a un hombre en
una jaula del león y este lo mata, la condición cuantitativamente más activa la
protagoniza el león, pero el imperativo de justicia exige asignar la virtualidad de causa
al hecho del domador. En otro ejemplo, puede que la gravedad de una herida no esté
causada por la agresión, sino por el cuerpo de la víctima: recibe el golpe quien sufre un
problema de salud ajeno a la agresión, en definitiva, el cuerpo de la propia víctima es la
causa que cualitativamente tuvo mayor incidencia en el resultado del daño.
Causa eficiente: propone distinguir entre causa, condición y ocasión. Causa es la que
produce el efecto; la condición no lo produce por sí, de alguna manera lo permite o
descarta un obstáculo; la ocasión, en cambio, se limita a favorecer la operatividad de la
causa eficiente. Se trata de establecer a cuál de los hechos se le asigna la categoría
causal: o cuál es la condición de mayor eficacia interna en el proceso causal (Llambías,
1978).
Por ejemplo, una persona va manejando rápido por un pueblo desolado, la mitad de la
calzada está reducida por una obra en construcción, llueve y atropella a un peatón. La
causa del accidente es el exceso de velocidad, condición es el estado en obra que se
encuentra la calzada y la lluvia es ocasión para que se produzca el hecho.
Causa adecuada. Esta teoría –la de mayor predicamento‒ niega la equivalencia de las
condiciones y preconiza un criterio generalizador: el acto humano debe haber sido,
conforme a la experiencia, propio para producir el resultado. Es decir, en términos
generales, un efecto es adecuado a su causa cuando “acostumbra a suceder, según el
curso natural y ordinario de las cosas” tal como lo indicaba el artículo 901 del Código
de Vélez Sarsfield, formulación que reitera el actual artículo 1727 CCCN. Para
determinar la probabilidad o posibilidad de un efecto, según las leyes del mundo de la
naturaleza, la teoría presenta tres versiones: 1) la subjetiva (von Kries) que hace un
juicio de previsibilidad respecto de las condiciones que el agente conocía o podía
conocer; 2) la objetiva, que toma en cuenta las condiciones que un sujeto normal en
abstracto debe prever (Thon, Rumelin); 3) otra posición realiza el juicio de probabilidad
según la captación de un hombre muy perspicaz (Tráger), una suerte de superhombre,
un experto en la actividad que se trate.

VI. Solución del Código Civil y Comercial de la Nación

El artículo 1726 CCCN establece que son reparables las consecuencias que tienen un
nexo adecuado de causalidad con el hecho productor del daño. En lo atinente a la
autoría e imputación del daño mantiene la teoría del nexo adecuado de causalidad que
consagraba el artículo 906 del Código Civil Velezano.
Esa teoría toma en cuenta la condición humana, la aptitud derivada del conocimiento de
prever los sucesos cuando ellos se dan con cierta regularidad. Se atribuyen al autor las
consecuencias previsibles de su obrar, con prescindencia de si efectivamente las previó.
Cabe recordar que normalmente el derecho no asigna el carácter de “causa” de un
determinado efecto a hechos que según las leyes de la física no posean ya ese carácter,
sino que se asienta sobre la causalidad material y, a partir de allí, releva alguna o
algunas de esas causas y algunos o algunos de esos efectos (o a todos ellos, en el caso
extremo de la teoría “de la equivalencia de las condiciones”), a fin de asignarles
determinadas consecuencias jurídicas (Picasso, 2015).
De este modo, el sistema de imputación del Código continúa con tres de las doctrinas
señaladas anteriormente:
a) La equivalencia de las condiciones, en tanto se emplea para establecer si un hecho
dado tiene o no, materialmente, incidencia en el resultado. Para ello se utiliza el
método de supresión hipotética; si suprimido hipotéticamente uno de los
hechos eslabonados el resultado no se produce, ese hecho es condición de tal
resultado; si este igualmente se produce, hay que descartar tal acontecimiento
por irrelevante. De ese modo, sabiendo cuál o cuáles antecedentes son
condiciones sine qua non del resultado, la búsqueda definitiva de la causa
jurídicamente relevante se concentra en un número de hechos bastante menor.
En ese sentido, se indica que si bien la causa es siempre condición del daño, no
toda condición es causa. A partir del sistema de causalidad adecuada, procede
distinguir entre la causa, que es el antecedente idóneo para producir el
resultado, y las condiciones, que son los demás factores de ese resultado
(Zavala de González, 2016).
b) La causa próxima que aparece en la medida en que se imputan las consecuencias
inmediatas del hecho (art. 1726 CCCN). La inmediatez de la consecuencia –
que tiene como causa próxima el hecho generador‒ sirve para que, por esa sola
razón, se la presuma adecuada, de modo que el autor debe probar, si quiere
liberarse, que no sucedió según el curso natural y ordinario de las cosas.
c) La causalidad adecuada, que es la consagrada expresamente por el artículo 1726
CCCN, caracterizada en el artículo 1727 CCCN cuando se alude a las
consecuencias de un hecho que acostumbran a suceder según el curso natural y
ordinario de las cosas. Se imputan al autor las consecuencias previsibles según
un patrón objetivo, para atribuirse el resultado que debe ser una consecuencia
previsible del obrar, de la acción u omisión del sujeto al que se le atribuye la
responsabilidad.
Debe examinarse la cuestión a través del prisma de la causalidad adecuada. De este
modo, corresponde establecer en el plano jurídico si un suceso es causa de otro. Por
consiguiente, es necesario realizar ex post facto un diagnóstico de probabilidad en
abstracto, inquiriendo si la acción u omisión que se juzga era, de suyo, idónea para
producir normalmente ese hecho, según el curso habitual (conf. Goldemberg, Isidoro
citado por Tanzi y Alterini, 1999).
En ese sentido, señala Goldenberg que no se investigará la aptitud intelectiva o de
comprensión de un sujeto dado, sino que se confrontará el acto con la conducta
genérica, jurídicamente exigible según la previsibilidad de un hombre común, que actúa
con la prudencia y solicitud que las circunstancias exijan (Golbenberg, 2000).
Al analizar la cuestión con el prisma de la causalidad adecuada, debe establecerse en el
plano jurídico si tal o cual resultado daños puede “objetivamente” ser atribuido a la
acción u omisión física de una persona, y así establecer la medida del resarcimiento que
la ley impone como deber a su cargo. Es que la relación causal que se asienta a la par
que la culpabilidad, sobre el concepto común de previsibilidad, computa la
“previsibilidad en abstracto”, según la normalidad de las consecuencias en sí mismas
captadas por la experiencia vital, mientras que la culpabilidad lo hace “en concreto” en
tanto sea dable prever un resultado dañoso del obrar. El problema consiste pues en
determinar si la acción o la omisión a la que se atribuye el daño era normalmente capaz
de producirlo. Aquel entonces, debe plantearse en abstracto teniendo en consideración
lo que ordinariamente sucede, pero sin olvido de las especiales circunstancias,
guiándose por el criterio que en cada situación concreta pueda conducir a la solución
justa.1
Aun cuando se parte de esa referencia objetiva de previsibilidad, sin tomar en cuenta la
condición especial del agente, excepcionalmente se recurre a un patrón subjetivo, ya que
cuando existe un mayor deber de obrar con prudencia y pleno conocimiento de las cosas
(primer párrafo art. 1725 CCCN) mayor es la diligencia exigible al agente. Ese mayor
conocimiento agrava la valoración de la previsibilidad de las consecuencias (se
considera que el sujeto que más conoce, más consecuencias puede prever). Otra
hipótesis en la que se recurre como excepción al patrón subjetivo sucede en los
contratos que suponen una confianza especial entre las partes, casos en los que se estima
el grado de responsabilidad por la condición especial del agente (último párrafo art.
1725 CCCN).
Pizarro y Vallespinos proponen que también en esos supuestos, en los que se recurre
como excepción al patrón subjetivo, se hace referencia a la previsibilidad en abstracto y
no en concreto, y presuponen que la presencia de conocimientos de la persona o de otras
circunstancias especiales relativas a ella, conforme al curso normal y ordinario de las
cosas, son aptos para determinar un mayor deber de previsión (Pizarro y Vallespinos,
2017).
El artículo 1726 CCCN establece que salvo una disposición legal en contrario, solo se
resarcen las consecuencias inmediatas y mediatas previsibles. En ambas órbitas de
responsabilidad se limita el resarcimiento a esas consecuencias, de ese modo, se
delimita el aspecto de la adecuación de los daños que deben ser reparados por el sujeto
civilmente responsable.
De acuerdo con la normativa de los artículos 1726 y 1727 CCCN, no resultan
resarcibles las consecuencias mediatas que no pueden preverse, definidas como casuales
en el artículo 1727 CCCN. El artículo 905 del Código Civil establecía que no eran
imputables las consecuencias casuales –en eso se establece una directiva semejante‒,
pero se dejaba a salvo el supuesto de que esas consecuencias resultasen de las miras que
tuvo el sujeto al ejecutar el hecho, aquel que obraba teniendo en miras el logro de esa
consecuencia que si bien objetivamente no era previsible, sí lo era para él.
Al interpretar esta norma señala Zavala de González que las consecuencias casuales no
se imputan salvo que, a pesar de su imprevisibilidad objetiva, hayan sido
subjetivamente previstas. Señala que la causalidad existe porque, cuando la previsión
subjetiva del agente es superior a la objetiva o corriente, su voluntad controla y define el
proceso causal como manera de producir el resultado a través del obrar humano.
Concluye que sería absurdo que se imputen consecuencias mediatas previsibles, a pesar
de que el agente no pudo preverlas y no las mediatas que aquel sí previó puntualmente
(Zavala de González, 2016).
No son resarcibles las consecuencias remotas que no tienen con el hecho ilícito nexo
adecuado de causalidad. En ese sentido, se ha señalado que las “consecuencias remotas”
serían consecuencias en las que no podría establecerse ningún tipo de vinculación con el
hecho ilícito originario en donde habría, no solamente imprevisión e imprevisibilidad,
sino ruptura total de nexo de causalidad. Habría la concurrencia de una causa
independiente, no ligada, remota, que debe quedar por ello mismo fuera de la
1
Borda, Tratado de Derecho Civil, Obligaciones, [Link], p.221, nº1317; Sup. Corte Bs. As., “P. M. R. c/
Clínica Central y otros” del 22/12/92.
imputación al autor del hecho, aun cuando este sea reprobado por ley que, en definitiva,
la solución pragmática en cada caso, demostrará al juez esa independencia objetiva en la
concurrencia de las causas (Cifuentes, 2001).

VII. Eximentes. Concepto

Dentro de los supuestos de causa ajena que regula este CCCN encontramos al artículo
1729 que regula el caso del hecho del damnificado (ya no necesariamente la falta
imputable a la propia víctima que legislaba el art. 1111 del Código de Vélez Sarsfield o
la culpa de la propia víctima prevista en el art. 1113 de ese código o en el art. 184 del
Código de Comercio); al artículo 1731 que dispone sobre el hecho de un tercero (ya no
solamente la culpa de un tercero por el que no se deba responder, tal como legislaba el
art. 1113 del Código Civil o el art. 184 del Código de Comercio) y al artículo 1730 que
caracteriza al caso fortuito como sinónimo de fuerza mayor de un modo semejante al
artículo 514 del Código de Vélez Sarsfield.

a. La causa ajena como eximente. Sus precisiones

La causa ajena, que incluye el vicio propio de la cosa transportada –extremos que deben
ser acreditados por el transportista‒ son eximentes en la responsabilidad endilgada. Ello,
de acuerdo a los términos y alcances de las pautas establecidas en los artículos 1729 a
1731 CCCN, teniendo en cuenta que, en el caso del transporte, el caso fortuito debe ser
agravado en los términos expuestos por Exner.
Este caso fortuito extraño a la actividad sobre el que hablaba esta ley nos lleva a
considerar una breve digresión a la luz de las normas del código velezano, en el que
“caso fortuito” y “fuerza mayor” no tenían diferencia alguna en su tratamiento, mientras
que la doctrina tenía establecida la diferencia, más allá de la asimilación legal. Esta
identidad ha sido mantenida expresamente en el segundo párrafo del vigente artículo
1730 del CCCN.
Otro apunte que necesariamente debemos referir es el que se refiere a la extraneidad a la
actividad del hecho que sirva de ruptura del nexo de causalidad a los fines de determinar
el casus.
Exner fue quien trabajó sobre este supuesto específico del caso fortuito extraño a la
actividad, configurando una de las primeras y más serias reacciones al principio de la
culpa, y lo hizo al analizar la responsabilidad de las compañías de ferrocarril. Ese
tratadista austríaco criticó la doctrina sustentada en los conceptos de culpa calibrada de
conformidad al “buen padre de familia” o “levísima” de acuerdo a la gradación romana,
sobre los que se asentaba, por entonces, la responsabilidad del porteador. Ese autor
centró sus críticas a partir de la dificultad probatoria que representaba para la víctima de
los daños acreditar la culpa de la empresa de transporte de ferrocarril, y así postuló que
solo podía eximirse de responder acreditando el porteador el “caso fortuito agravado”,
esto es, ajeno a la actividad que le es propia, fuera de su control. Si bien esta tesis no
llegó a desprenderse totalmente de la idea de culpa, sirvió para construir
conceptualmente en los futuros sistemas de responsabilidad objetiva las causales de
exoneración, entre las que se introdujo esta especificidad.
De modo tal que el caso fortuito en ese caso, debía ser:
- extraordinario,
- público y notable (que es lo más importante),
- extraño a la empresa del deudor.
Esa elaboración de Exner analizando la responsabilidad por el transporte de bienes y
personas es la que luego se aplicó en el antecedente de la Ley laboral Nº 9688 que
consagró, de este modo, un factor de atribución objetivo con otra variable a tener en
cuenta: estableció topes tarifados en la indemnización, característica que es propia en
este tipo de leyes que consagran factores de atribución objetivos (Aguirre y Santamaría,
2016).
Corolario de lo hasta aquí expuesto es de hacer notar que no son admitidas las
eximentes convencionales en el contrato de transporte, razón por la que, cualquier
cláusula que altere ese equilibrio se tendrá por no escrita, tornándose inoponible al
pasajero transportado.

b. Tipos de consecuencias

i. Consecuencias inmediatas

Se reiteran en la norma las caracterizaciones efectuadas en el artículo 901 del Código


Civil respecto de las consecuencias inmediatas, las mediatas y las casuales. Se corrige lo
que mayoritariamente se señalaba como un error en redacción, se alude en relación a las
consecuencias inmediatas como “las consecuencias de un hecho que acostumbran a
suceder”, se emplea el plural para el término “acostumbran” a diferencia del artículo
901 que lo redactaba en singular.
En el caso de las consecuencias inmediatas, se corresponde con la noción de causa
adecuada la relación de causalidad jurídicamente relevante que existe entre el daño
ocasionado y el antecedente que lo produce normalmente, conforme con el curso natural
y ordinario de las cosas, solo la condición que típicamente origina esa consecuencia
dañosa puede ser retenida en nuestra mente en el carácter de causa adecuada del daño.
Por tanto, toda vez que el daño sufrido por el acreedor se siga, normalmente y de
ordinario, del hecho del incumplimiento de la obligación, tal daño deberá ser
identificado como una consecuencia inmediata de semejante hecho, que será su causa
jurídica (Llambías, 1978).
De acuerdo con esta teoría de la causalidad adecuada debe establecerse en el plano
jurídico si un suceso es causa de otro. Un efecto es adecuado a su causa cuando
“acostumbra a suceder según el curso natural y ordinario de las cosas” (art. 901 del
Código Civil ‒y del actual art. 1727 del CCCN‒). Computa la previsibilidad en
abstracto, según la normalidad de las consecuencias en sí mismas captadas por la
experiencia vital (Goldenberg; Alterini, Ameal, López Cabana; Borda ).
Corresponde aclarar que no es necesario que esa consecuencia sobrevenga ineludible y
forzosamente, que necesariamente suceda, basta que ordinaria y comúnmente suceda
(Goldemberg, 2000).
La consecuencia inmediata resulta del hecho mismo, de manera directa, sin que en ese
hecho generador de responsabilidad y en esa consecuencia haya habido otro
acontecimiento distinto o, como señala Goldenberg, interferencia alguna en el iter
causal. Cita este autor la opinión de Koch, comentarista del Código prusiano:
“Inmediato es lo que sin medio, sin intervención de una tercera cosa, nace de sí misma.
Mediato, por contraposición, es lo que tiene una causa que existe fuera de él”
(Goldenberg, 55). Por ejemplo: es consecuencia inmediata de un accidente
automovilístico las lesiones físicas sufridas por la víctima, los deterioros del vehículo
dañado por el autor del hecho ilícito.
En ese sentido se ha señalado que estas consecuencias inmediatas no son tales por la
circunstancia de que se producen en tiempo muy cercano a la realización del hecho, de
modo instantáneo, sino que lo son porque no tienen intermediario. Es decir, son las que
sin medio, sin intervención de una tercera persona, nacen de sí mismas. El hecho y la
consecuencia se ligan sin la mediación de otro hecho que produzca la unión o les sirva
de lazo, pero puede acontecer que haya otro hecho conectado que invariablemente
acompañe al primero, caso en el cual no dejan de ser inmediatas, dado que, por la
necesaria producción del segundo hecho, este le corresponde a su autor y no es extraño
a él (Cifuentes, 2001). Por ejemplo, una secuela en el salud de la víctima de un
accidente o de una mala praxis médica que se exterioriza un tiempo después de ocurrido
el incumplimiento.

ii. Consecuencias mediatas

La consecuencia mediata resulta de la conexión del hecho con un acontecimiento


distinto que también debe ser previsto o resultar previsible y que deriva en que la
consecuencia de esa conexión también resulte previsible, en orden de la caracterización
de este artículo, como aquello que acostumbra a suceder según el curso natural y
ordinario de las cosas. En el ejemplo dado precedentemente, resultaría una consecuencia
mediata la pérdida de ingresos de la víctima que sufrió lesiones y se vio imposibilitada
de trabajar.
Aunque el enlace del hecho con otro acontecimiento, condición determinante de tal
efecto, es una circunstancia contingente, no por ello deja de ser previsible, ya que esa
derivación constituye una consecuencia posible. Existe pues una mediatez material, pero
inmediatez en el plano de las representaciones intelectivas del autor del acto, ya que de
lo contrario se trataría de una consecuencia casual o fortuita que escaparía a todo
cálculo de previsión (Goldenberg).
Se ha señalado que la ley estatuye que hay un hecho y un acontecimiento distinto ligado
con ese hecho, pero que solamente debido a la conexión de ambos resulta el efecto o
consecuencia mediata. Vale decir que, si ese efecto resultara sin la conexión de ambos
sucesos, no sería mediata y, de la misma manera, dos acontecimientos concurrentes y no
conectados para la producción de un resultado tampoco entrarían en esta clase de
consecuencias. Es la conjunción de los dos acontecimientos la que produce el resultado
(Cifuentes, 2001).
Como las inmediatas, las mediatas son contingentes, pueden o no acaecer. Pero están
calificadas por el criterio de probabilidad que asienta en la previsibilidad. Es un
elemento subjetivo, el cual debe considerarse en abstracto, según la previsión de un
hombre normal. Vale decir que, producido el resultado, a posteriori se analizará si era
previsible desde un punto de vista genérico y no concreto; no corresponde exigir que el
agente en particular haya previsto el resultado, sino si normalmente era previsible
poniendo la debida atención y cuidado; esto último surge si realmente en el caso lo
previó, pues en tal supuesto fue para ese agente consecuencia mediata. La prueba de que
el resultado ha podido preverse se relaciona con el curso natural y ordinario de los
acontecimientos, dado que si la conexión del hecho con otro acontecimiento
extraordinario, no habitual ni necesariamente encadenado, no produjera o pudiera
producir naturalmente el resultado, no sería para un hombre normal previsible
(Cifuentes).

iii. Consecuencias casuales

La norma advierte que si esa consecuencia mediata no es previsible será calificada


como casual, y por ese motivo no será resarcible (art. 1726 CCCN). En ese supuesto, la
consecuencia casual no tiene un nexo adecuado de causalidad con el hecho. Señala
Goldenberg que estas consecuencias constituyen una subespecie de las mediatas, que se
distinguen por su imprevisibilidad (Goldenberg).
La distinción entre las consecuencias inmediatas y mediatas depende de un elemento
principal objetivo y otro complementario subjetivo. En efecto, ella opera sobre la base
de la conexión de un hecho con un acontecimiento distinto, produciéndose por dicha
conexión un resultado específico. Cuando este resultado es imprevisible la consecuencia
no es mediata sino casual. Por ende, la mediata requiere que se haya previsto o que
fuera previsible, pues si no sería casual. Para esta tercera clase de consecuencias
prepondera como elemento diferenciador uno de carácter subjetivo: la imprevisibilidad
o falta de posibilidad de poder prever (Cifuentes).

iv. Consecuencias remotas

El Código Civil y Comercial de la Nación no ha mantenido la referencia a las


consecuencias “remotas” previstas en el artículo 906 del Código de Vélez Sarsfield a
partir de la reforma de la Ley N° 17711.
Señala Alterini que estas consecuencias conceptualmente se tratan de daños mediatos en
cuanto alejados del hecho generador, pero obedientes a una conexión con este de tercer
o ulterior grado: se encadena un hecho con un acontecimiento distinto que, a su vez,
enlaza con otro tercer acontecimiento u otros posteriores. Ejemplifica señalando que el
daño es remoto cuando acaece como consecuencia del retardo del sastre en la entrega de
la ropa encargada, por lo cual ha de acudirse otra vez a su taller y, en el nuevo viaje, se
produce un accidente de tránsito que lo provoca (Alterini, 1974).
Cifuentes, citando a Llambías, señala a las consecuencias remotas del hecho originario
como aquellas que guardan con él una vinculación lejana, las cuales son máximamente
imprevisibles (Cifuentes).

c. La interrupción del nexo causal

Existen situaciones en las cuales el curso causal que se ha establecido entre la acción del
agente y el daño final ocasionado puede verse afectado por factores totalmente extraños
a la voluntad de aquel, lo cual provoca que se suprima o aminore la responsabilidad
civil del sujeto a quien se pretende imputar el perjuicio.

d. Hecho del propio damnificado

Para que se configure el hecho de la víctima deben darse dos requisitos: 1) la conducta
de la víctima debe tener incidencia causal adecuada en la producción del daño que ella
terminara sufriendo, deberá ser computada al momento generador del daño; 2) el hecho
de la víctima no debe ser imputable al demandado, ni objetiva ni subjetivamente.
Se encuentra establecido en el Código en el siguiente artículo 1729 que establece:

La responsabilidad puede ser excluida o limitada por la incidencia del hecho del
damnificado en la producción del daño, excepto que la ley o el contrato dispongan que
debe tratarse de su culpa, de su dolo, o de cualquier otra circunstancia especial.

En este caso se habla de la culpa de la víctima, es decir que forzosamente debe haber
negligencia o imprudencia por parte del damnificado. Sin embargo, en el Código se
emplea la palabra “hecho” como un vocablo en general, que beneficia al demandado,
especialmente a las compañías de seguro.

e. Hecho del tercero por quien no se debe responder

Constituye una causa ajena al demandado, por lo cual la responsabilidad se proyecta


sobre este tercero, que no está bajo la órbita de responsabilidad del victimario. Debe
entenderse como tercero a toda persona distinta del demandado y de la víctima,
pudiendo ser tanto persona humana como jurídica.
El CCCN lo define en su artículo 1731:“Para eximir de responsabilidad, total o
parcialmente, el hecho de un tercero por quien no se debe responder debe reunir los
caracteres del caso fortuito”.
Esta eximente de responsabilidad contiene excepciones, es decir que existen hechos de
terceros por los cuales el demandado tiene obligación de responder frente a las víctimas,
tales como respecto del principal, los hechos de sus dependientes en ejercicio o en
ocasión de sus funciones; respecto de los padres, los hechos de sus hijos menores de
edad bajo su responsabilidad parental; respecto de los propietarios de los
establecimientos educativos, los hechos dañosos que provoquen sus alumnos menores
cuando se hallen bajo el control de la autoridad educativa.
El hecho del tercero no se presume, por lo cual pesa sobre el demandado la carga de la
prueba sobre su existencia y sobre su incidencia causal en la comisión del daño.
Para que se configure el hecho del tercero deben darse los siguientes requisitos:
a) Debe tener incidencia causal adecuada en la producción del daño que sufre la
víctima.
b) No debe ser imputable al demandado y debe ser totalmente extraño a él.
c) No debe existir necesariamente culpa por parte del tercero, ya que solo basta el hecho
de que posea incidencia causal.

f. Caso fortuito o fuerza mayor

En dicho supuesto el hecho que provoca el daño se debe a factores totalmente extraños a
la conducta del agente, lo cual imposibilita que pueda ser atribuido a sujeto alguno.
Se encuentra establecido en nuestro CCCN en el siguiente artículo 1730:

Se considera caso fortuito o fuerza mayor al hecho que no ha podido ser previsto o que,
habiendo sido previsto, no ha podido ser evitado. El caso fortuito o fuerza mayor exime
de responsabilidad, excepto disposición en contrario.
Este Código emplea los términos “caso fortuito” y “fuerza mayor” como sinónimos.

En tanto el CCCN los emplea como sinónimos, ambos reconocen las siguientes
características:
- Imprevisible: el hecho no ha podido preverse, ser previsto o, en su defecto, de ser
previsible, que no pueda ser evitado.
- Inevitable: el hecho productor del daño no ha podido ser evitado por ningún medio. En
otras palabras, el deudor, por más precavido que haya sido, no ha podido
contrarrestar el evento, creando de tal modo la imposibilidad de cumplir con la
obligación comprometida.
- Irresistible: no debe existir ninguna forma humana de resistir el daño. En otras
palabras, no debe haber ningún medio que haya podido controlar el hecho
generado del daño.
Esta eximente de responsabilidad funciona entre las relaciones de los particulares, pero
no debería funcionar respecto del Estado, porque es quien contiene la infraestructura
para prevenir los daños ocasionados por estos tipos de hechos.
El caso fortuito puede ser interno o externo. Es interno cuando se produce desde la
fabricación hasta la comercialización del producto. Es externo cuando no se produce
dentro de la propia actividad, como suelen serlo las inundaciones, los terremotos, los
incendios.
Entonces, cuando el caso fortuito es interno, existe la inexcusabilidad, es decir que
mediante él no se puede invocar la ruptura del nexo de causalidad. Ejemplo, no puede el
fabricante argumentar caso fortuito cuando el mismo se da dentro de su propia
actividad. Sí podrá eximirse por caso fortuito externo.

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