DE LA INUTILIDAD DE LA INFANCIA
El padre orgulloso mira al hijo saludable e imagina el futuro.
-¿Qué vas a ser cuándo seas grande?
Pregunta inevitable, necesaria, previsora, que nadie cuestiona.
-¡Ah! ¡Cuando sea grande, creo que voy a ser médico!
La profesión poco importa mientras que ella pertenezca al rol de rótulos respetables que a un padre le
gustaría ver junto al nombre de su hijo (y al suyo, obviamente...). Ingeniero, Diplomático, Abogado,
Científico...
Imagino a otro padre, diferente, que no puede hacer preguntas sobre el futuro.
Padre para quien el hijo no es una entidad que “va a ser cuando crezca”, sino que simplemente es, por
ahora... Es que él sufre de leucemia y, por esto mismo, no va a ser médico, ni mecánico, ni ascensorista.
¿Qué es lo que su padre le dice?
Pienso que el padre, olvidado de todos “los futuros posibles y gloriosos”,y dolorosamente consciente de la
presencia física, corporal de chico, se aproxima a él con toda la ternura y le dice: “si todo anda bien,
iremos al zoológico el próximo domingo...”
Así es, son dos maneras de pensar la vida de un chico.
Son dos maneras de pensar aquello que hacemos con un chico.
Yo me acuerdo de aquellas propagandas cortas que pasaron por TV, en ocasión del año del niño
discapacitado, para probar que aún cabía alguna esperanza, para decir que alguna cosa estaba siendo
hecha. Y apareció ahí, en la pantalla, los chicos y adolescentes, cada uno discapacitado a su modo, desde
síndrome de Down hasta ceguera, y aquello que nosotros estábamos haciendo con ellos... Enseñando, con
mucho amor, mucha paciencia. Y todo iba bien hasta que aparecía el ideólogo de la educación para
discapacitados a explicar que, de aquella forma, se esperaba que los chicos se convirtieran en útiles,
socialmente... Y me quedé preguntando si no habría una persona siquiera que dijese algo distinto, que
aquellas escuelas no eran para transformar ciegos en fabricantes de escobas, ni para automatizar
mogólicos para que aprendiesen a pegar botones sin hacer confusión... ¿Será que es así? ¿Soy lo que
hago? Ahí había chicos discapacitados, no-seres, que se transformarían en seres sociales y recibirían el
reconocimiento público, sí y solo sí, fuesen transformados en medios de producción. No encontré ni uno
solo que dijese: A través de todo esto que estamos haciendo esperamos que los chicos sean felices, se rían
mucho, descubran que la vida es buena... Hasta un discapacitado puede ser feliz. Si una mariposa, si un
gorrión y si una ignorada ranita pueden encontrar alegría en la vida, ¿por qué no éstos chicos, sólo porque
nacieron un poco diferentes...?
Volvamos al padre y a su hijito leucémico.
¿Qué tenemos para decirles?
¿Que todo está perdido? ¿Que su hijo es un no-ser porque nunca llegará a ser útil, socialmente? Y él nos
responderá: Pero no puede ser... ¿Sabe? Él da unas risotadas. Adora el zoológico. Y él mismo está criando
unos peces, en un acuario. Usted no se imagina la alegría que él tiene cuando nacen los pececitos. De
noche nosotros nos sentamos y conversamos. Leemos cuentos, vemos libros de arte, escuchamos música,
rezamos... ¿Usted piensa que todo esto es inútil? ¿Que todo esto no hace a una persona? ¿Que un chico no
es, que él solo será después que crezca, que él solo será después de ser transformado en un medio de
producción?
Y yo me pregunto sobre la escuela... Que chicos ella toma de las manos...
Claro, si la cosa importante es la utilidad social tenemos que comenzar reconociendo que el chico es
inútil, un problema. Como si fuera una pequeña plantita de repollo, bien pequeña, que no sirve para
ensalada ni para ser rellenada sino que, si es propiamente cuidada acabará por transformarse en un gordo
y suculento repollo y, quien sabe, ¿un sabroso chucrut? Entonces miraríamos al chico no como quien mira
una vida que es un fin en sí misma, que tiene derecho al hoy por el hoy... Entonces, la plantita de repollo,
no es un fin. Es un medio. El agricultor ama, en las plantitas de repollo, los camiones de cabezas gordas
que allí se encuentran escondidas y prometidas. O más precisamente, el lucro que de ellas obtendrá...
utilidad social.
Reconozcamos, los chicos son inútiles...
Entre nosotros inutilidad es un nombre feo. Hace tiempo ya, sin embargo, era la marca de una virtud
teologal. ¿Dudan? Invoco a San Agustín, maestro venerable que declara en “De Doctrina Christiana”:
“Que hay cosas para ser disfrutadas, y otras para ser usadas”. Y él acrecienta: “Aquellas que son para ser
disfrutadas nos tornan bienaventurados”. Las cosas que pueden ser usadas son útiles: son medio para un
fin exterior a ellas. Pero las cosas que son disfrutadas nunca son medio para nada. Son un fin en sí
mismas. Ellas nos dan placer. Son inútiles.
¿Una sonata de Scarlatti es inútil? ¿Y un poema? ¿Y un juego de ajedrez? ¿O remontar barriletes?
Inútiles.
Nadie se hace más rico.
Ninguna deuda se paga.
¿Por qué desarrollamos estas actividades, si les falta la seriedad del pragmatismo responsable y los
resultados prácticos de toda actividad técnica? Es que, muy a pesar de no producir nada, ellas nos dan
placer.
El primer padre le hacía al hijo la pregunta de la utilidad: ¿Cuál es el nombre del medio de producción en
que deseas ser transformado? El segundo imposibilitado de hacer tal pregunta, descubrió un hijo que
nunca descubriría, de otra forma: ¿Vamos a jugar juntos, el domingo?
¿Y nuestras escuelas? ¿Para qué?
Conozco un mundo de artificios de psicología y de didáctica para volver el aprendizaje más eficiente.
Aprendizaje más eficiente: más éxito en la transformación del cuerpo infantil jugante en el cuerpo adulto
productor. Pero para saber si vale la pena sería necesario que comparásemos las risas de los chicos con las
risas de los adultos, y el sueño de los chicos con el sueño de los adultos. Dice el psicoanálisis que el
proyecto inconsciente del ego, el impulso que lo va empujando a uno por la vida, esta infelicidad e
insatisfacción indefinibles que nos hace luchar para ver si, después, en un momento del futuro, uno vuelve
a reír. Sí, dice el psicoanálisis que éste proyecto inconsciente es la recuperación de una experiencia
infantil de placer. Redescubrir la vida como juego. ¿Ya pensaron en lo que esto implicaría? Es difícil. A
fin de cuentas las escuelas son instituciones dedicadas a la destrucción de chicos. Algunas en forma brutal.
Otras en forma delicada. Pero en todas ellas se encuentra el lema: “ El chico que juega es nada más que
un medio para el adulto que produce”
Traducido de “Estórias de quem gosta de ensinar” de Rubem Alves