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Análisis de la Transición Democrática en Chile

El documento analiza la transición a la democracia en Chile, utilizando una analogía musical para estructurar su argumentación. Se examinan los aspectos teóricos de la democracia y se contextualiza la situación chilena, destacando el derrumbe del régimen democrático y la posterior transición hacia un gobierno democrático. Además, se comparan las experiencias de Chile con las de otros países del sur de Europa, señalando los desafíos que enfrenta la sociedad chilena para consolidar su democracia.

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Análisis de la Transición Democrática en Chile

El documento analiza la transición a la democracia en Chile, utilizando una analogía musical para estructurar su argumentación. Se examinan los aspectos teóricos de la democracia y se contextualiza la situación chilena, destacando el derrumbe del régimen democrático y la posterior transición hacia un gobierno democrático. Además, se comparan las experiencias de Chile con las de otros países del sur de Europa, señalando los desafíos que enfrenta la sociedad chilena para consolidar su democracia.

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LA TRANSICIÓN A LA DEMOCRACIA:

ASPECTOS TEÓRICOS Y ANÁLISIS


DE LA SITUACIÓN CHILENA*

Paulo Hidalgo
Investigador Visitante
Fundación Pablo Iglesias

PRESENTACIÓN
Utilizando una analogía musical, este trabajo analiza por medio de
varios «movimientos» la temática de la transición a la democracia. En
primer lugar, ubicamos la discusión en los parámetros actuales en
torno a los sentidos que adquiere la noción democrática. Allí hacemos
una referencia a los trabajos pioneros sobre transiciones hacia modus
vivendis democráticos de Schmitter, O'Donnell y Whitehead y señala-
mos algunos puntos críticos. A continuación, el trabajo se centra en el
caso chileno. Se aborda la configuración sociopolítica del país y los
elementos básicos del derrumbe democrático. Los rasgos más peculia-
res del régimen militar que se instala en 1973 y el proyecto de refundación
nacional que se propone. A partir de allí se consideran los rasgos más
relevantes de la descomposición del régimen militar y los procesos que
permitieron una franca transición a un régimen democrático. En ese
apartado se consideran las herencias fundamentales que debe asumir el
gobierno libremente elegido, es decir, el escenario económico, social y
político. El último movimiento intenta una muy breve comparación de
Chile con Grecia, Portugal y España, motivados por un trabajo re-
ciente de José María Maravall. Finalizamos señalando algunos de
los desafíos que presenta la sociedad chilena para afirmar sin ambigüe-
dades una sociedad democrática a futuro superando las entropías his-
tóricas.

* Agradezco los comentarios a una primera versión de este trabajo a Ana Rico y
Víctor Sampedro.

Revista del Cuatro de l.:sntd¡<>s Cítnslitiicintiales 195


Niím. I I. Encro-ahnl 1992
l'ttiilo Hidalgo

1. INTRODUCCIÓN
La progresiva apertura de los clásicos canales de participación polí-
tica (medios de comunicación plurales, elecciones democráticas, crea-
ción de una opinión pública, restitución de canales de representación
social, etc.) plantea un sinnúmero de interrogantes y reflexiones en
torno a la reconstrucción del orden político en el país. ¿Qué ha ocurri-
do con el sistema de partidos políticos luego de quince años de encierro
autoritario?; ¿en qué grado se han mantenido incólumes o se han
modificado las identidades políticas profundas de los grupos y diversos
sectores sociales del país? Estos interrogantes, y otros de esta relevancia,
de creciente recurrencia en la amplia gama de investigaciones
sociopolíticas existentes, han tenido como premisa central el tema del
conjunto de características que reúne una sociedad plenamente demo-
crática. Esta preocupación, de carácter normativo, se ha conceptualizado
básicamente en dos sentidos: por un lado, como forma de ordenamiento
institucional; es decir, el equilibrio y regulación entre los poderes del
Estado, el rol del parlamento y del presidente de la república, la clara
diferenciación entre roles técnicos y políticos en el interior del gobier-
no, etc. Por otro lado, la noción de democracia también se ha compren-
dido como una forma de sociabilidad; es decir, como el anhelo por
buscar formas genuinamente participativas de toma de decisiones y
deliberación colectiva en todos los ámbitos de la sociedad. De allí la
verdadera explosión de preocupaciones por el denominado poder local
y las diversas experiencias de autogestión cooperativa apoyadas, en
parte, por toda una red de instituciones no-gubernamentales'.
Es así como la problemática democrática actúa como un verdadero
eje, ordenador de temas, desplazando las obsesiones intelectuales a lo
menos de un sector significativo del mundo académico que antaño se
referían a la eventualidad de efectuar cambios radicales en la sociedad
o a una preocupación monotemática por la «dependencia» externa,
considerada en su versión quizá más extrema (André Gunder Frank,
Theotonio Dos Santos) como la responsable primordial del subdesarrollo
del continente. Las dictaduras militares de nuevo cuño instaladas en la
década de los setenta en el cono sur de América Latina causaron no
sólo una debacle de todo el entramado institucional de las respectivas
sociedades, sino también una aguda puesta en tela de juicio a todas las
certidumbres que en ese momento presidían los debates intelectuales.
El quiebre radical que tuvo lugar en Chile sepultando una intere-
sante y compleja experiencia de un gobierno de izquierda que accedía
al poder por medios electorales, tuvo sin duda un impacto internacio-
nal de proporciones. Tanto las reflexiones de Berlinguer en Italia y su
1
Entre olios, se pueden citar los trabajos de Ángel FMsfisch, La política como
compromiso democrático, Flacso. Chile, 1987; Norbert Lechner, que tiene preocupaciones
más centradas en los elementos subjetivos de la democracia; por ejemplo, Los patios
interiores de la democracia. Subjetividad y política, Flacso, Chile, 1988; Norbert Lechner
( e d . ) , Cultura política y democratización, F l a c s o , C l a c s o , ICI, C h i l e , 1987.

196
La transición a la democracia: aspeaos ¡enrieos y análisis de la situación chilena

búsqueda de sellar un compromiso histórico con la Democracia Cristia-


na como luego la experiencia del llamado Eurocomunismo tuvie-
ron como antecedente o referente crítico la experiencia política de
Chile.
Todo este proceso político estuvo además acompañado por una
paulatina creación de lazos intelectuales y puesta en común de ideas y
problemas entre comunidades de académicos vinculados a las Ciencias
Sociales tanto de Europa, del mundo anglosajón, como de América
Latina. La paradoja residía en que mientras los académicos latinoame-
ricanos eran perseguidos y expulsados de los centros de enseñanza e
intentaban muy precariamente reconstruir una identidad y repensar su
propio quehacer, y la desorganización social circundante, los lazos
internacionales se hicieron más fuertes y los puntos de vista se hicieron
relativamente más compatibles y homogéneos.
Los estudios en torno a las razones profundas que explicaban la
quiebra de los regímenes democráticos, el tipo de arreglo democrático
que había prevalecido por décadas, sus limitaciones e insuficiencias,
los rasgos sociopolíticos de las dictaduras militares, sus proyectos de
transformación de la sociedad, se tornaron en las preocupaciones cen-
trales de científicos sociales de las más diversas latitudes. Aquí hay que
añadir, por cierto, la temática cardinal de las transiciones de regímenes
autoritarios a nioclus vivendis democráticos. Para muchos de nosotros
ya son una lectura clásica, y como tal siempre recurrente, los volúme-
nes (realmente pioneros en más de algún sentido) tanto de creación
propia como compilados de Guillermo O'Donnell, Philippe Schmitter y
Laurence Whitehead (eds.), Transitions froni authoritarian rule, que
aparecen en 1986. Ellos señalan una veta de trabajo o punto de inflexión
que influyó en forma determinante a posteriori en todo el repertorio
analítico y en la orientación más básica del cúmulo de preguntas e
investigaciones que nos hemos propuesto en los últimos años. Como
todo punto de partida seminal o fundacional, las discusiones más aca-
loradas o los intentos de ruptura de jóvenes intelectuales más iracun-
dos —como siempre— han tenido como paso obligado y referencia
conflictiva los trabajos de Schmitter y O'Donnell.
Entre otros, el gran mérito de estos autores es la crítica que se lleva
a cabo de las concepciones estructural-funcionalistas de los procesos
de cambio social. Ellos logran demostrar en forma muy convincente de
qué modo la democracia, tanto a nivel institucional como cognitivo, se
presenta más bien como un resultado de una compleja panoplia de
opciones y dilemas políticos más que como un conjunto de precondiciones
(niveles de urbanización, educación, desarrollo económico, etc.). Es la
restitución de esta capacidad de elección racional de los actores que se
inclinan por determinadas estrategias políticas, inmersos en orde-
namientos políticos con peculiaridades propias en cada país, lo que
se cierne como el gran atractivo de los análisis de los citados investi-
gadores.

197
l'aulo Hidalgo

Sin embargo, el escaparse de una lógica unidimensional «macro»


puede tener como contrapartida el adjudicarle un repertorio amplio a
los actores sociopolíticos dejando en la sombra que siempre opera una
dialéctica o juego complejo entre esa capacidad de acción y
condicionantes o límites elementales que a la hora de pensar en la
reconstrucción de órdenes democráticos en algunos países resultan en
verdad de primera magnitud. Nos referimos, por ejemplo, a los escasos
márgenes de maniobra en países en crisis económicas ingentes en
donde los rangos de acción son casi unívocos: se trata de «salvar» la
casa y los muebles. El relativo descuido de la variable económica, a mi
juicio, representa una debilidad de los trabajos mencionados. En el
mismo sentido, el énfasis en las dinámicas propiamente políticas —en
particular a la luz de la comparación de países con ritmos de desarrollo
variados— no da cuenta de lo que sucede en la propia sociedad. En
algunos países de la región latinoamericana uno de los talones de
Aquiles de la política es precisamente su incapacidad secular para
integrar en el orden político a sectores significativos de la población.
Desentrañar las claves que nuclean a amplios sectores sociales en so-
ciedades sincréticas, sus símbolos y ritos colectivos, ya se han converti-
do en temas de investigación con un status teórico respetable en las
Ciencias Sociales de América Latina y de otros lugares. De nuevo, la
contracara de esta línea de trabajo es imaginar y pensar únicamente a
la sociedad «desde abajo». Esto lleva a menudo a visiones reduccionistas
y románticas que elaboran argumentos antiinstitucionales y apologías
prometeicas de las capacidades de organización de los colectivos so-
ciales.
Este trabajo pretende ser un ejercicio de análisis de la transición a
la democracia en Chile. Al desarrollar la argumentación idealmente
quisiéramos plantear temas de debate y algunas referencias aún preli-
minares a las experiencias de las nuevas democracias del sur de Euro-
pa, es decir, Grecia, Portugal y España. En primer lugar, a modo de
telón de fondo bosquejamos los aspectos centrales de la configuración
política de la sociedad chilena y los rasgos más característicos del
derrumbe democrático. En segundo lugar, hacemos un breve excursus
sobre las peculiaridades del régimen militar y proyecto de transforma-
ción societal. En tercer lugar, nos detenemos con mayor detalle en la
transición política, la situación económica, las mutaciones en la
estratificación social y los cambios en el sistema de partidos. Por últi-
mo, examinamos algunos de los problemas pendientes que la sociedad
chilena deberá resolver en el largo plazo. Allí intentamos en pinceladas
realizar algunas comparaciones con los casos de Europa del Sur ya
mencionados.

198
La transición a la democracia: aspectos teóricos v análisis de la situación chilena

2. PRIMER MOVIMIENTO: CONFIGURACIÓN Y DERRUMBE


DEMOCRÁTICO

Chile, en comparación con otros países del continente latinoameri-


cano, ha contado con un sólido sistema de partidos que históricamente
fue el mediador privilegiado entre el Estado y la sociedad. Para com-
prender adecuadamente esta afirmación el paso obligado es situarse en
las coordenadas de desarrollo de la sociedad chilena. En efecto, lo que
en otros contextos latinoamericanos se verificó de manera asincrónica,
en Chile se dio simultáneamente; es decir, un proceso de industrializa-
ción sustitutiva (mercado-internista según Ludolfo Paramio), la exis-
tencia por un largo período de un régimen político democrático con un
proceso de democratización sustantiva que permitió unos grados de
participación ampliados. Como lo han demostrado algunos notables
historiadores políticos2, la democratización chilena no fue un proceso
unilineal y armónico, sino que consistió en una incorporación gradual
de diversos sectores sociales a la ciudadanía económica, social, cultu-
ral y política que se efectuaba en forma mediatizada, segmentada,
conflictiva —con marchas y retrocesos— en función de la efectiva
capacidad de organización y presión sobre el Estado, que a la postre se
erigía en el único referente de la acción colectiva.
En esta trama, el sistema de partidos y la clase política que le era
consustancial configuraban el instrumento privilegiado para acceder al
Estado, y el único puente para que los diversos sectores sociales se
tornaran en actores de relevancia nacional. Así, la singularidad política
del país consistía en el entrelazamiento, solapamiento o imbricación
que se verificaba entre élite política-partido y grupo social'.
Es posible destacar ciertos rasgos positivos de esta particular es-
tructura política. En primer lugar, su notable estabilidad. Sin abundar-
en mayores detalles, la longevidad del sistema político chileno se expli-
ca en gran medida por una temprana —según cánones latinoamerica-
nos— formación del Estado que se asienta ya en 1830 sobre la base de
la hegemonía de la oligarquía agraria del valle central. Además, el ente
estatal cumple un papel clave en la canalización y distribución de los
recursos económicos. A él se irán integrando otras facciones oligárquicas,
tanto sectores medios —el Partido Radical— como representantes del
artesanado y del embrionario movimiento popular —el Partido Demó-
crata—. En la década de los treinta se incorporarán al Estado socialis-
tas y comunistas y, más tarde, la Democracia Cristiana. A esto hay que
añadir el profundo arraigo originario de los partidos, que no son meras

2
Mario Góngora, Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los si-
glos xix v x.v, Etl. Universitaria, Chile, 1986; Sergio Villalobos (compilador), Historia de
Chile, Ed. Universitaria, Chile, 1990.
1
Manuel Antonio Carretón, El proceso político chileno, Flacso, Chile, 1983; Arturo
Valenzuela, The breakdown o\ deinocralic regimes-Chile, John Hopkins Univcrsity Press,
1978.

199
Paulo Hidalgo

entelcquias de notables gestadas desde las alturas. Chile configura,


como se sabe, formas de representación si se quiere marcadamente
clasistas. La izquierda comunista (1922) nace en la zona del puerto de
Valparaíso y del norte minero, teniendo como caldo de cultivo la exis-
tencia de un proletariado que vive en condiciones de un capitalismo
salvaje en comunidades cerradas, lo que les hace generar un fuerte
sentido de identidad y de oposición. El Partido Radical (1858) nace
como una escisión temprana de corte jacobino de la oligarquía ilustra-
da —una división del partido liberal— y que más tarde nuclea a los
sectores medios de origen estatal. El Partido Socialista (1933) recoge a
un amplio movimiento de capas medias, universitarios y trabajadores
de la capital y otras ciudades importantes durante la crisis del 30, etc.
Es quizá solamente en la derecha donde existe un cierto déficit de
representación política en tanto siempre hubo una tensión irresuelta
entre intereses corporativos a corto plazo y fallidas elaboraciones de
proyectos sociopolíticos de mayor envergadura4.
En suma, la sociedad chilena a partir de la década del 30, en
particular con el acceso al gobierno del Frente Popular (1938), exhibe
un alto grado de integración. Se trataba, en definitiva, del predominio
de un sistema de partidos que presenta una oferta ideológica «comple-
ta». Es decir, había una derecha, un centro y una izquierda, lo que
permitía una efectiva ubicación de la ciudadanía en algún punto del
espectro. Aquí no sucedió el complejo fenómeno del populismo que,
como un movimiento político amorfo, heteróclito, transclase, se agota-
ba en la energía y carisma de un gran caudillo nacional. La masa
campesina era la gran excluida del arreglo político chileno y la derecha
mantenía en el parlamento un gran poder de veto y tutela sobre este-
sector social a la vez que desarrollaba, como ya se dijo, una política de
corte eminentemente defensivo.
Esta configuración política con el correr del tiempo mostró claros
signos de desgaste. Se hicieron patentes algunas debilidades origina-
rias, como determinados cambios en el campo y las orientaciones de las
fuerzas políticas, que conducen finalmente al derrumbe de la democra-
cia chilena. Esto merece algunas precisiones históricas.
El primer gran ciclo del sistema de partidos en Chile se cierra con la
experiencia caudillista del General Carlos Ibáñez, que se prolonga de
1952 a 1957. El era un militar que había tenido presencia en la escena
política durante la crisis salitrera (década del 20) y la depresión del 30,
como una de las figuras más descollantes (junto a Marmaduke Grovc,
uno de los fundadores del Partido Socialista) de un estamento militar
de oficiales jóvenes descontentos con la estrechez de la sociedad
oligárquica y en búsqueda de alternativas ante el vacío político de
aquel entonces. En los cincuenta, este líder que reemerge se propuso
recoger cierto hastío social que estaba en fermentación, derivado del

4
Tomás Moulian, Desarrollo político y estallo de compromiso. Desajuste y crisis
estatal en Chile, Estudios Cieplan, n." 8, Chile, 1982.

200
Ix* transición a la democracia: aspectos teóricos v análisis Je la situación chilena

hecho de que la actividad política fuera canalizada exclusivamente por


los partidos políticos que eran crecientemente percibidos como diques
estrechas. En particular, se devalúa la imagen del Partido Radical que
aparece carcomiendo y utilizando prebendariamente al aparato del
Estado. Junto a esto se hacen cada vez más claros los endémicos
cuellos de botella del modelo económico, que acusa signos de agota-
miento. Ya a estas alturas el estancamiento de la agricultura, como una
suerte de bastión feudal de la clase terrateniente, era insostenible. El
énfasis en una política de sustitución de imporlaciones descuidó la
posibilidad de ampliar y diversificar las exportaciones, generando de
este modo un alto grado de estrangulamiento en la balanza de pagos.
Únicamente el cobre cubría cerca del 70% de las remesas de divisas del
país. Las presiones inflacionarias afectaron duramente el nivel de vida
de la población; entre 1952-55 el ritmo de aumento anual de los precios
al consumidor pasó del 12 al 86%.
De este modo, el tema principal de Ibáñez durante la campaña
presidencial, ante este panorama que se describe, fue precisamente su
ataque a los partidos señalados como incapaces de representar a cre-
cientes sectores sociales y de resolver los ingentes problemas económi-
cos del país. Sin embargo, la gestión de Ibáñez, que se presenta como
un gran salvador nacional, fracasa rotundamente. Políticamente es
incapaz de articular «desde arriba» el desencanto con el sistema políti-
co histórico, como efectivamente ocurrió con los populismos clásicos
de Perón o Getulio Vargas. Su gobierno se caracterizó por un marcado
erratismo e ineliciencia que lo llevaron a aplicar indistintamente tanto
políticas de corte estatista, liberal —con un efímero plan recomendado
por la famosa misión Klein Sacks, que es desechado rápidamente por el
empresariado a la luz de los «sacrificios» que requería— como orienta-
ciones izquierdizantes y de derecha. En buenas cuentas, Ibáñez no
abordó coherentemente las limitaciones estructurales de la moderniza-
ción incompleta de los gobiernos frente-populistas, tales como enfren-
tar el atraso agrario, la dependencia externa de un solo producto y el
imperativo de una reforma económica global que desactivara los blo-
queos económicos ya señalados, entre otros rezagos acumulados.
Luego del «vendaval» ¡bañista reaparece el sistema partidario con
mutaciones importantes5. Se asiste a un paulatino debilitamiento del
centro político representado en el Partido Radical, cuya flexibilidad
histórica hacia los dos polos del espectro partidario permitía el equili-
brio del sistema político. El centro es ocupado progresivamente por la
Democracia Cristiana, que se caracteriza por un alto grado de rigidez y
doctrinarismo, lo que la lleva a esgrimir un proyecto político propio
devaluando las alianzas políticas. Este conglomerado obtiene en 1945
un 2,57% de los votos, y en 1949, un 3,92%. El gran repunte se produce
en 1957 cuando logra un 9,94% de los votos, y un 15% en Santiago —la

5
Marcelo Cavarozzi y Manuel Antonio Canelón (cds.), Muerte y resurrección. Los
punidos políticos en el autoritarismo y las transiciones del cono sur, Flacso, Chile, I 989.

201
l'milo Hidalgo

capital—, que consagra el liderazgo tanto partidario como nacional de


Eduardo Freí, que es elegido Senador. Luego en las elecciones presi-
denciales de 1964 Frei obtiene una de las votaciones más altas de la
historia política del país, un 55,7% de la votación. Por otra parte, se
consolida una izquierda con un creciente peso electoral; en 1958 obtie-
ne un 28,51% de los votos y, más tarde, en 1964 un 37,7% de los
sufragios, es decir, más preferencias que en 1970, cuando accede al
gobierno. Estos resultados refuerzan en la izquierda la elaboración de
una política que aspira a la formación de un «gobierno popular» des-
echando toda posibilidad de establecer alianzas políticas. En su versión
más radicalizada, la conquista del gobierno era percibida como un
proceso ininterrumpido hacia la instauración del socialismo. Por últi-
mo, ante este cuadro de crecimiento de las alternativas reformistas y
progresistas se genera un creciente anquilosamiento de la derecha, que
se atrinchera aún más a la vez que opta por una política de «mal
menor», apoyando en su momento (1964) sin condiciones a alternativas
políticas como la Democracia Cristiana, que bloquearán a toda costa
un triunfo de la izquierda. La derecha se refunda en 1962, con la fusión
de corrientes nacionalistas e históricas, y comienza a elaborar una
visión agresiva de la «democracia de los compromisos» que se había
venido gestando en Chile, y gradualmente construye un proyecto políti-
co con claros signos autoritarios.
Como lo demuestra la descripción precedente, el cuadro partidario
que cristaliza en Chile presenta elementos evidentes de polarización. Si
se pudiera expresar esta situación de manera gráfica, es plausible adu-
cir que a comienzo de los sesenta dejó de existir cualquier iniciativa
estable y orgánica de cooperación política. El período de las denomina-
das «planificaciones globales», como lo acuñó un historiador clásico6,
comprendió el intento de desarrollar dos programas presidenciales que
en verdad se proponían cambios ambiciosos y de largo alcance, sin las
mayorías y el consenso político necesarios: el de Eduardo Frei entre
1964 y 1970, —la «revolución en libertad»— y el de Salvador Allende
entre 1970 y 1973—«la «vía chilena al socialismo»—. Estos signos de
deterioro del sistema político, evidentes en una exacerbada invasión de
la pura lógica político-partidaria en la sociedad, un maximalismo ideo-
lógico flagrante y un desencuentro sin retorno de las diversas fuerzas
políticas, fueron el telón de fondo del colapso. Es preciso añadir a estos
fenómenos los procesos vividos durante los tres agitados años de la
Unidad Popular que terminaron de minar el terreno para cualquier
acción política racional: la existencia de una movilización social extre-
ma de carácter conirontacional, una marcada desarticulación de la
sociedad —descomposición capitalista—, una derechización de claros
tintes fascistas y encono de las capas medias, un sabotaje abierto y
desembozado de las clases empresariales, etc.

" Mario Góngora, op. cil., tercera parte.

202
La transición a la democracia: aspectos teóricos v análisis de la situación clülenii

3. SEGUNDO MOVIMIENTO: RÉGIMEN MILITAR Y PROYECTO


DE REFUNDACION NACIONAL
Es ya un lugar común indicar que las intervenciones militares du-
rante la década de los setenta en el cono sur de América Latina tenían
un doble carácter. Por un lado, contaban con una clara intención
«reactiva» en contra de lo que se percibía como una amenaza popular
que ponía en riesgo los pilares mismos de la organización social. Por
otro, había una motivación «fundacional» o de búsqueda de una reor-
ganización de la sociedad sobre nuevas bases.
A la luz del grado de confrontación y descomposición generalizada
a que había llegado la sociedad chilena, ambas dimensiones de la
intervención militar en este país alcanzaron grados de profundidad
inéditos. El desmantelamiento del «antiguo» sistema de partidos, la
búsqueda de una depuración política y la persecución y exterminio de
los derrotados no tuvo parangón con la experiencia de otros países.
También la voluntad fundacional fue quizá la más marcada y sistemáti-
ca de todos los ensayos militares de esa década. Chile sufrió cambios
radicales y sin retorno en un lapso de tiempo muy reducido, experien-
cia que en otros países bajo regímenes democráticos puede tomar va-
rias décadas7.
La dirección política o, si se quiere, el núcleo hegemónico en el
poder, fue en el caso chileno extremadamente coherente, sistemático y
homogéneo. Este núcleo estaba integrado básicamente por dos compo-
nentes.
Por una parte, estaba el liderazgo jerárquico y personalizado simbo-
lizado en la figura de Augusto Pinochet. Este asegura su liderazgo
personal en varias etapas. En primer lugar, por la vía jurídico-
instilucional, esta figura militar reúne los cargos de Comandante en
Jefe del Ejército, luego el de Jefe de la Junta de Gobierno (cabeza
institucional del Estado) y más tarde se erige en Presidente de la
República, situación que se consagra con la aprobación de la Constitu-
ción Política de 1980. De igual manera, Pinochet afianza su liderazgo
centralizando en el Ejército, y prácticamente bajo su mando, los apara-
tos represivos de las Fuerzas Armadas cuando se le otorga un poder
omnímodo a los servicios de seguridad, conocidos primero como DINA
(Dirección de Inteligencia Nacional) y luego como CNI (Centro Nacio-
nal de Informaciones). Por último, Pinochet simplemente llama a retiro
o aniquila a los generales «pares» de su generación que podían consti-
tuir una amenaza a su liderazgo. El General Carlos Prats es asesinado
en Buenos Aires, el General Osear Bonilla muere en extrañas circuns-
tancias en un accidente de helicóptero. Simultáneamente, Pinochet

1
Puede parecer repetitivo, pero me tocó trabajar como investigador asistente en
ese período, en particular en la elaboración bibliográfica de los trabajos del libro de
Manuel Antonio Carretón, Dictaduras y democratización, Flacso. Chile. 1984.

203
l'tnilo Hidalgo

promueve a generales de una cohorte generacional anterior a la suya,


generando de este modo una lealtad irrestricta a su persona. Por últi-
mo, neutraliza la emergencia de un liderazgo competitivo en las otras
ramas de las Fuerzas Armadas. La salida aparatosa del General Gusta-
vo Leigli, jefe máximo de la rama aérea en 1977, es una prueba muy
clara de la voluntad política de imponerse por cualquier medio de parte
del General Pinochet.
Por otra parte, estaba el núcleo tecnocrático encargado del manejo
estatal de la economía, que se hizo públicamente conocido como el
«equipo económico» o los Chicago boys, debido a que una gran mayoría
de ellos habían sido entrenados en la escuela de economía de esa
universidad bajo una estricta formación neoliberal, a cargo de Milton
Friedman y Arnold Harberger. Resulta interesante destacar que este
estamento de economistas emergió, por así decirlo, «desde dentro» del
Estado y no de la derecha política histórica. La trayectoria de la forma-
ción de este grupo está documentada ampliamente en un libro notable,
de reciente aparición, en donde se estudian minuciosamente los víncu-
los que se establecen, a comienzos de la década de los sesenta, entre la
Escuela de Economía de la Universidad Católica y la Universidad de
Chicago para promover la gestación de una élite que introdujera este
pensamiento económico en la sociedad chilena y que fuera ocupando
gradualmente los puestos de importancia tanto en los medios de comu-
nicación de mayor influencia y prestigio como en lugares de poder. De
este modo, éste era el único grupo disponible en Chile después del
golpe que estaba a la espera de su gran oportunidad para aplicar sus
recetas8.
Como se sabe, los militares en Chile, como en el resto de los otros
casos del continente, no contaban con un proyecto de sociedad tangible
que poner en práctica más allá de la tristemente célebre Doctrina de
Seguridad Nacional que tematizaba de modo casi paranoide una repul-
sa anticomunista que era enarbolada para «limpiar» a la sociedad de
aquellos elementos considerados enfermos (como diría antológicamente
el General Leigh, en Chile la misión de las Fuerzas Armadas consistía
en «extirpar el cáncer marxista»). De este modo, los Chicago boys
encajaron perfectamente, debido a que le ofrecieron al liderazgo perso-
nalizado en la figura de Pinochet un proyecto omniabarcante de socie-
dad que contaba, por un lado, con una faceta ideológica de crítica
acérrima a la sociedad que se había construido en Chile desde la
década de los treinta y, por otro, una propuesta coherente de transfor-
mación de la sociedad chilena. El modelo de desarrollo que en detiniti-
va pusieron en práctica, sin los «estorbos» de la existencia de un siste-
ma de deliberación democrática, y bajo férreas condiciones autorita-
rias, se puede resumir en los siguiente puntos: 1) Apertura indiscriminada

8
También luvc la oportunidad de colaborar en la investigación que dio origen a
este libro de Juan Gabriel Valdés, La Escuela ele Chicago: operación Chile, Grupo
Edictoiial Z, Argentina, 1989

204
La transición a la democracia: aspectos teóricos v análisis de la situación chilena

de la economía al exterior. Se sostenía que la economía chilena tenía


que competir con el exterior sin ninguna protección artificial y de
acuerdo a sus «ventajas comparativas». 2) Una reorientación drástica
del aparato productivo hacia el sector terciario y primario (la
reconversión de la agricultura en agroindustria). 3) Una amplia libera-
lización del mercado financiero —es decir, una libre circulación de los
flujos internacionales de capitales—. 4) Una drástica reducción del
tamaño del sector público y una masiva privatización de las empresas
públicas tradicionales. Además, no era un punto menor el que
adicionalmente esta élite tecnocrática le asegurara a las Fuerzas Arma-
das en su conjunto un presupuesto militar alto y un flujo sistemático de
financiación externa, dadas las conexiones de estos economistas con las
entidades de créditos internacionales, en un momento en que el aisla-
miento político del régimen militar chileno era casi absoluto.
Junto al paquete de medidas precedentes, se ponen en marcha
sobre todo a partir de 1977 un conjunto de denominadas «moderniza-
ciones» en las más diversas esferas sociales. La primera fue una muy
radical reformulación a la legislación laboral que básicamente regula-
ba las afiliaciones sindicales de manera voluntaria en las empresas,
mientras que dictaba la posibilidad de crear una multitud de sindica-
tos, y establecía reglas para negociaciones colectivas por empresa,
otorgándole amplias prerrogativas a la parte patronal (como la contra-
tación de personal alternativo, el recurso al lock-out cuando los dueños
lo estimaren conveniente y la posibilidad de reducir personal arbitra-
riamente cuando las necesidades de la empresa lo hicieran necesario,
etcétera.)9. Los mismos principios de libre mercado fueron sistemá-
ticamente puestos en práctica en las áreas de salud, educación, seguri-
dad social. El principio rector consistía en retirar totalmente de esas
esferas al Estado en tanto agente regulador y otorgarles absoluta pri-
macía a los grupos privados que estaban en mejores condiciones de
competir, es decir, aquellos con mayores recursos económicos. En cada
esfera se debilitaron, y finalmente se eliminaron, todas las organizacio-
nes representatitvas que podían convertirse en la parte litigante en
eventuales conflictos sociales. Más adelante veremos los efectos que
este cúmulo de transformaciones tuvo en la estructura social.
Por otro lado, se verifica un acelerado proceso de institucionalización
política. En parte por electo de la presión internacional, debido a la
sistemática violación de los derechos humanos, así como por la convic-
ción de la élite civil que acompaña a Pinochet sobre la necesidad de
fijar un conjunto de reglas del juego que coronaran con una legitimi-
dad legal-racional tanto el liderazgo de Pinochet como los enormes
cambios a nivel de la sociedad y la estructura económica. Pinochet y su
Junta de Gobierno designan una comisión encargada de redactar una

'' En Chile ha sido un éxito editorial el relato que hace José Pinera de la reforma
laboral que estuvo a su cargo cuando ejerció como Ministro de Trabajo del régimen
militar'; se trata de La revolución laboral en Chile, lid. Zig-Zag, Chile, 1990.

205
l'aiili) Hidalgo

nueva Constitución, conocida como «Comisión Ortu/.ar». Este nuevo


cuerpo legal es aprobado en un plebiscito de dudosa legitimidad demo-
crática realizado en 1980. En general, se establece una democracia
tutelada o vigilada que excluye a los partidos de inspiración marxista,
se crea un Consejo de Seguridad Nacional que cuenta con una capaci-
dad decisiva de veto, que está compuesto por los jefes de las diversas
ramas de las Fuerzas Armadas y otras personalidades consideradas de
prestigio (expresidentes y miembros de la Corte Suprema). Simultánea-
mente, se le confieren amplios poderes a Pinochet por un lapso de ocho
años que tiene que ser refrendado en un plebiscito para que éste conti-
nuase en el gobierno por un período similar. Esta Constitución se pone
en vigencia en marzo de 1981 y marca el apogeo de la era pinochetista.
Sin embargo, al año siguiente, a mediados de 1982, se produce el
colapso de uno de los grupos económicos de mayor envergadura en el
país (el grupo Crav) que puso al descubierto la extrema debilidad del
modelo económico que se había implantado hasta ese momento. Este
año se produjo una profunda crisis económica. Después de las arengas
triunfales del gobierno, esta honda crisis evidenció la creciente concen-
tración de capitales que se había generado, los enormes niveles de
especulación, endeudamiento externo y desmantelamiento del aparato
productivo nacional, que señalaron la irresponsabilidad de los sectores
financieros y grupos económicos al realizar inversiones mal proyecta-
das y concebidas.
Las tasas de desempleo subieron a un 30%. Hubo una caída global
de la producción del orden del 20 al 25%. Como veremos más adelante,
el Estado tuvo que entrar directamente a «salvar» de la quiebra a los
clanes económicos más poderosos, en particular al sistema financiero.
Para efectos de análisis, y para su focalización en la transición,
retomaremos la dimensión económica más adelante como una parte
clave del escenario que encuentra el nuevo gobierno democrático.
Siguiendo con la argumentación central, es fundamental destacar
que esta primera gran deblacle económica fue el desencadenante de los
primeros síntomas reales de crisis del gobierno militar, que abrieron
cauce para una reanimación de la oposición democrática. Hubo signos
evidentes de resquebrajamientos en el gobierno con la convocatoria a
integrar el gabinete en calidad de Ministro del Interior a Sergio Onofre
Jarpa, un antiguo político de la derecha tradicional. Este integra en el
Ministerio de Economía a Luis Escobar Cerda, que busca erráticamente
poner en práctica algunas políticas de corte populista sin modificar
radicalmente el modelo económico.
Sin duda, lo más singular de este período es la súbita irrupción en
1983 de las denominadas «protestas sociales». Se trató de la emergen-
cia del primer movimiento realmente de masas desde el golpe militar
de 1973, que agrupó a sectores medios y clases populares habitantes de
los sectores más empobrecidos de la ciudad. La llamada que hiciera el
líder máximo de la Confederación de Trabajadores del Cobre, Rodolfo
Seguel (de filiación Demócrata-Cristiana), a protestar en contra del

206
Ixi transición a la democracia: aspectos teóricos y análisis de la situación chilena

régimen prendió como un reguero de pólvora. A una hora convenida,


según una señal que daba la única radio tolerada de oposición (Coope-
rativa), se creaba en todas las casas, golpeando con cualquier objeto, el
mayor ruido posible. En los sectores más modestos esta forma de
protesta tomó un cariz más violento de amotinamiento, y en algunos
casos de abierta rebeldía social, en particular de contingentes juveniles
frustrados (en su gran mayoría desempleados) que tomaban las calles
causando destrozos y provocando fogatas. En esos años muchos pensa-
ban visceralmente que el régimen estaba a punto de colapsar: el grito
típico era «Y va a caer...». La primera coalición opositora que se gesta
en estos años está constituida por la Democracia Cristiana, por una
parte sustancial del Partido Socialista y por otros sectores menores —la
Alianza Democrática— que, en ausencia de una cierta propuesta
transicional, exigían la renuncia inmediata de Pinochet, la convocato-
ria de una Asamblea Constituyente y la constitución de un gobierno de
transición. En la versión más radical, el Partido Comunista, que desde
1980 había optado «por todas las formas de lucha» (incluida la vía
armada), junto con un sector socialista, llamaban a un paro nacional
indefinido que llevaría al derrumbe del régimen y a la instalación de un
gobierno provisional10.
Sin embargo, fue necesario el paso de varios años para que se
desencadenara un genuino proceso de transición a la democracia, una
vez que se reunieron algunas condiciones indispensables atingentes a
este tipo de transformaciones sociopolíticas.

4. TERCER MOVIMIENTO: LA TRANSICIÓN A LA DEMOCRACIA.


ESCENARIO ECONÓMICO, SOCIAL Y POLÍTICO
En marzo de 1990, después de un prolongado interregno militar,
asume e) gobierno democrático Patricio Alwyn, de filiación Demócrata-
Cristiana, que encabeza una coalición de centro-izquierda, básicamen-
te junto al Partido Socialista, ya repuesto de sus luchas intestinas y
reunificado en un solo tronco.
Es menester afirmar desde un comienzo que el pilar político funda-
mental sobre el cual descansa la transición política en Chile es el
acuerdo sustantivo que se logra entre aquellos sectores políticos —ya
mencionados— que se enfrentaron duramente durante prácticamente
tres décadas: el centro político Demócrata-Cristiano y una parte sus-
tancial de la izquierda representada por el Partido Socialista. Se debe
agregar que el Partido Comunista, aunque no participa en la coalición
política, también se adhiere y llama a su militancia a votar por el
candidato único de la oposición democrática, aunque tardíamente y
desgarrado por pugnas internas y mediando una radicalización de sus
juventudes.
10
Paulo Hidalgo, Pasado v presente de los partidos de izquierda. Un enselvo
interpretativo. CED, Chile. 1985.

207
Pitillo

Es casi un lugar común señalar que en Chile la transición fue en


parte posible porque la oposición democrática elaboró un conjunto de
pactos o entendimientos básicos para llevar al país a la democracia. Si
se quiere, esto se llevó a la práctica pagando determinados costos, pero
logrando beneficios indudables que han encaminado al país por una
senda de democratización gradual. Tales pactos se pueden sintetizar
esquemáticamente en cuatro puntos elementales":

1) Pacto constitucional. Esta fue la certidumbre de la oposición


luego de enconadas discusiones sobre la imposibilidad de un cambio de
régimen político sin reconocer la Constitución de 1980, junto con la
legalidad edificada por el régimen militar que se plasmaba en este
mismo cuerpo legal. Esto llevó a la oposición a nuclearse primero
alrededor de la denominada «Concertación por el NO». Es decir, la
campaña masiva que desplegó la oposición primero para inscribir en
los registros electorales a la mayor cantidad de votantes y luego para
realizar una campaña promoviendo a la ciudadanía a votar NO en el
plebiscito convocado por el régimen militar para ratificar por otro
período de ocho años el mandato del General Pinochet. Este evento
electoral se realizó el 5 de octubre de 1988. La oposición democrática
triunfó con un 56% de los sufragios y la opción «SI» (por la permanen-
cia de Pinochet por ocho años) logró un 44% de votos. Este fue el acto
desencadenante de la transición política.
2) Pacto o acuerdo partidista. Esta fue la etapa de pasar de una
coalición muy puntual e inestructurada a una coalición de corte más
permanente, con ciertas normativas de funcionamiento y acuerdos más
desagregados. Se fundó la Concertación de Partidos por la Democracia
que proponía a Patricio Alvvyn para la elección presidencial del 14 de
diciembre de 1989, como se adelantó al comienzo de este apartado.
Este obtuvo un 55,2% de los votos; el candidato del régimen militar,
Hernán Buchi, obtuvo un 29,40%, y Francisco Javier Errazuriz, un
empresario exitoso que se lanza de improviso a la arena política con un
discurso de corte populista, logra un 15,43% de los sufragios.
3) Pacto electoral y de gobierno. Esto significó un complejo traba-
jo político de doble orientación. De un lado, acordar la repartición de
las diputaciones y senaturías en juego a través de una dilatada negocia-
ción, dado que el sistema electoral heredado del régimen militar forza-
ba a un bipartidismo y, por ende, a crear dos grandes coaliciones para
lograr captar la mayor cantidad de votos posibles. Por otra parte, un
amplio espectro de comisiones profesionales y técnicas, que conforma-
ron un verdadero gabinete en la sombra, elaboraron un programa de
gobierno que contemplaba medidas destinadas a democratizar plena-
mente el país (democratizar la gestión municipal), resolver de la mejor
mancra la terrible herencia de la violación de los derechos humanos y

" José Joaquín Brunncr, «Chile. Claves de una transición», Leviatán. n." 40, verano
1990.

208
La transición a la democracia: aspectos teóricos y análisis de la situación chilena

aliviar mediante ciertas reformas (laboral y tributaria) algunos proble-


mas sociales acuciantes tales como falta de servicios mínimos, salarios
deprimidos y desempleo. Se debe consignar que en el período que
media entre el plebiscito y la elección presidencial se acordaron entre
el gobierno militar saliente y la oposición democrática triunfante una
serie de reformas a la Constitución votadas en un referéndum ad hoc
que a lo menos amortiguó los aspectos más autoritarios que aún le
afectan: permanencia del General Pinochet en la Comandancia en Jefe
del Ejército, existencia de senadores designados, inamovilidad de la
mayoría de los alcaldes del país, existencia del Consejo de Seguridad
Nacional.
4) Pacto en torno a las claves del desarrollo del país. Se refiere a
ciertos acuerdos a más largo plazo en torno al imperativo de la
mantención de una economía abierta, con una fuerte inversión privada
tanto nacional como extranjera, y a reconocer el papel central del
mercado —en consonancia con una readecuación del rol del Estado—
como asignador de recursos. En suma, desde un comienzo se aplacó o
desactivó cualquier amenaza al funcionamiento del régimen de acumu-
lación capitalista en el país ante los inveterados temores de la clase
empresarial nacional.

Sobre este telón de fondo, es oportuno proyectar el escenario en


que ha debido entrar el nuevo gobierno democrático:

4.1. El escenario económico


Para comprender adecuadamente la situación actual es necesario
retrotraerse algunos años. Después de un período de vacilaciones, en
1984, cuando ya se extinguían las protestas sociales mencionadas, en-
tró en funciones un nuevo equipo directivo económico encabezado por
un brillante ingeniero civil y economista de la misma inspiración
neoliberal del equipo económico original. Según la literatura especiali-
zada, había que enfrentar con urgencia tres problemas: 1) la
renegociación y pago de la deuda externa (no contamos con datos
fiables en esos años —hoy ésta asciende a 5.500 millones de dólares—);
2) la crisis del sistema financiero nacional, y 3) sobrevivencia a largo
plazo de la economía de libre mercado.
La gestión económica en este período optó por una intervención
directa del Estado para elevar el ahorro interno y la inversión, expandir
las exportaciones e imponer restricciones (a los préstamos externos, al
nivel de remuneraciones, controlar la inflación, etc.). El Estado tomó el
control directo sobre los bancos y las sociedades financieras en peligro
de quiebra. El ente estatal llegó a controlar un 64% del capital y
reservas del sistema financiero privado y parte importante del sistema
productivo relacionado con el mismo. Como lo indican los análisis
económicos más dispares, apenas la crisis económica empezó a supe-

209
I'ÍIIIIO Hidalgo

rarse el Estado de inmediato reprivatizó los bancos y empresas interve-


nidas. Algunas fueron compradas por clanes económicos nacionales e
inversionistas extranjeros.
Hay consenso en que a partir de 1984 se produce una fuerte recupe-
ración económica del país. El PIB crece a una media de un 5,4% anual.
La tasa de inversión sube inmediatamente a un 12,9% y llega hasta un
18% del PIB. El desempleo cae hasta una tasa del 6,5%. Y el precio del
cobre se mantiene favorable en 1 dólar y 60 centavos la libra. Sólo en
1989 hay un crecimiento del producto interno bruto de un 10%.
En este punto cabe mencionar un debate recientemente abierto
entre dos visiones que señalan ciertos matices sobre el rendimiento
económico del país y, más en particular, sobre la radicalidad de los
cambios producidos y su proyección futura. La visión más arquetípica
señala que se ha producido una recomposición fundamental del modo
de funcionamiento de la economía chilena —asunto sobre el que hay
consenso entre los expertos—, pero luego añade que incluso se ha
producido una reestructuración industrial en tanto hoy en día el liderazgo
sectorial ya no recae en el sector servicios, sino en la industria y en el
agro. Se admite que hubo una verdadera debacle de la industria
sustitutiva (textil, metalmecánica), pero se defiende que, como contra-
partida, ha habido procesos de expansión en ramas de la industria
alimentaria, química, madera, celulosa e industria relacionada con el
cobre. Se sostiene, luego de un largo análisis de los argumentos que
avalan la reordenación de la economía chilena: «En conclusión, se ha
producido una fuerte articulación entre desarrollo exportador e indus-
trialización, fenómeno que podría durar hasta principios de la década
de 1990, algo parecido a lo ocurrido entre 1890 y 1910»'2. El leit-motiv
de esta reflexión es que en Chile se habría generado una peculiar
modernización autoritaria que se expresa en la puesta en práctica de
dos procesos inlerrelacionados. Por un lado, la aplicación de una
racionalización capitalista, entendida como la capacidad de las empre-
sas para liberarse «de todo lastre, simplificando el proceso productivo,
eliminando secciones, despidiendo trabajadores, vendiendo maquina-
ria innecesaria u obsoleta y reduciendo drásticamente inventarios»13.
Así fundamentada se presenta la siguiente tesis: «A diferencia de Ar-
gentina, en Chile ya se han completado en lo esencial los procesos de
racionalización, fenómeno contemporáneo a la desindustrialización.
Dos crisis económicas (1974-75, 1981-83) y los cambios en el modo de
regulación estatal de la economía, fueron los acicates»14.
Por otro lado, se ha verificado un marcado proceso de moderniza-
ción tecnológica que comienza, de acuerdo a esta argumentación, a
finales de la década de los setenta y se define en razón de Ires rasgos
básicos: 1) un ritmo de difusión muy desigual que ensancha la
12
Alvaro Díaz, «La reestructuración industrial autoritaria en Chile», Revista
Proppsisiones. Ed. SUR, julio 1989, Chile, p. 2 I.
13
Alvaro Díaz, op. cil., p. 24.
14
ídem, op. cil., p. 24.

210
La transición a la democracia: aspectos teóricos y análisis Je la situación chilena

heterogeneidad tecnológica de la economía chilena; 2) un progreso


notable de informalización de las empresas; 3) una notable innovación
organizacional asociada a la computación que tiene un creciente im-
pacto en los procesos productivos. En este sentido, un sociólogo de
prestigio del país ha señalado en un texto reciente que las tendencias
que han tenido lugar en Chile siguen muy de cerca el modo de
reordenamiento mundial catalogado como «postfordista»15. Como lo
indica una importante bibliografía, tal modelo de reorganización mun-
dial implica entre otros procesos: la diversificación de la mano de obra
—la emergencia de unos trabajadores de alta especialización—; el aban-
dono del objetivo del pleno empleo; una cierta generalización de em-
pleos más bien informales y atípicos; una creciente pero sostenida
privatización del sector público, y una política social más bien enfoca-
da a ciertos larget-groups, etc.
Una visión más cauta señala los logros alcanzados y los valora muy
positivamente, pero a renglón seguido sostiene que no existiría aún en
Chile una consistente estrategia de desarrollo. Se menciona la altísima
vulnerabilidad del sector externo y su carácter primario-exportador y
por tanto regresivo en el medio plazo en los mercados internacionales.
Se agrega que la economía chilena no ha pasado aún el test de mostrar
una capacidad de crecimiento económico estable en el tiempo, junto
con un desarrollo social adecuado. Se insiste también que ha existido
un dramática disociación entre el proceso de modernización y la demo-
ra en la distribución de los beneficios a amplios sectores de la pobla-
ción. Al respecto se señalan enfáticamente, entre otros, los siguientes
argumentos: «La diversificación de la oferta exportadora nacional no
ha superado una característica básica del desarrollo histórico de la
economía chilena: la dependencia de un conjunto reducido de recursos
naturales que constituyen, más bien, ventajas estáticas [...]. Sólo cuatro
áreas de actividad (minería, pesca, fruticultura y forestal), todas ellas
directamente dependientes de los correspondientes recursos naturales,
abarcan el 88% de las exportaciones totales en 1987»16. Y el actual
Ministro de Hacienda también sostiene puntos de vista en esta misma
línea, por ejemplo en torno al carácter modélico que se le adjudica al
despegue de la economía chilena: «El modelo no aborda todavía el
problema, bastante más complicado, de una estrategia de desarrollo
hacia afuera que supone concentrar el esfuerzo y la preocupación en el

15
Eugenio Tironi, Autoritarismo, modernización y nwrginalidad. Ed. SUR, Chile,
1990.
'" Callos Ominanii y Roberto Madrid, «Chile: elementos para la evaluación del
desarrollo exportador», Revista Proposiciones, Ed. SUR, enero 1990, Chile, p. 130.
También de los mismos autores. La inserción de Chile en los mercados internaciona-
les, Ed. CESOC, Chile, 1989; Alejandro Foxley, Chile y su futuro. Un país posible,
Ed. Cieplan, Chile, 1987; Ricardo French-Davis y Osear Muñoz, Desarrollo económico,
inestabilidad y desequilibrios políticos en Chile: 1950-1989, Ed. Estudios Cieplan,
n " 28, Chile, 1990: Alejandro Jadresic, «Tranformación productiva, crecimiento y
compelitividad internacional. Consideraciones sobre la experiencia chilena», en
Pensamiento Iberoamericano, n." 17, 1990, pp. 39-68.

21 1
l'niilo Hidalgo

único factor que realmente puede garantizar el éxito a largo plazo: el


incremento sostenido y permanente de la productividad [...]»17.

4.2. El escenario social

La aplicación sistemática del conjunto de medidas de corte neo-


liberal descritas más arriba produjo transformaciones sustanciales en
la estructura social del país. Aunque quizá no se pueda hacer una
afirmación taxativa, se puede aducir que la trama de clases histórica
sufrió un acelerado proceso de pauperización y diversificación de algu-
nos sectores, sin que se pudiese hablar de la constitución de «nuevos»
sectores sociales y grupos en sentido fuerte. Esto sí sucedió, por ejem-
plo, en el caso de Brasil, en donde emerge una nueva clase obrera al
calor del proceso industrializado!' que impulsan los militares. En Chile
en primer lugar se verifica una acusada decadencia de la clase media
que vivió su edad de oro entre 1932 y 1970, fuertemente ligada al
Estado y a la Universidad de Chile. El quiebre institucional de 1973
afectó duramente a este sector social, que se escinde en dos grupos:
uno que logró reciclarse e incorporarse a la modernización, constituido
por núcleos profesionales, pequeños empresarios de servicios, comer-
ciantes que han tenido un acceso a un estilo de vida y consumo muy
sofisticado. El olio, más numeroso, quedó totalmente desguarnecido de
la prolección que le otorgaba el Estado y entró en un franco proceso de
empobrecimiento; se trataba de empleados o funcionariado estatal y
todo el profesorado, tanto ligado a las universidades de mayor relevancia
histórica —en particular la Universidad de Chile— como a las escuelas.
Por ejemplo, en el sector público fueron eliminados 95.000 empleos en
un lapso de seis años (1973 a 1979). Y durante todos los años del
régimen militar, el Estado se redujo en 200.000 personas. A modo de
contraste, en los treinta años previos a 1973 el empleo del Estado había
crecido a un 3,8% anual, que constituía la tasa más alta de todos los
sectores. Otro cambio que también afectó con rigor a este estrato social
fue la creciente dualización que se produjo en el sistema educacional.
La drástica reducción del gasto fiscal en educación le confirió un sesgo
marcadamente elitista. De este modo, el gasto por alumno en la educa-
ción pública equivalía a mediados de los ochenta a un décimo del
precio por alumno de un colegio privado pagado. También subieron
enormemente los costos de la matrícula universitaria y de las carreras.
El otro gran actor de la escena política histórica chilena, el sindica-
lismo, sufre una merma y reducción considerable. En 1984, el peso

17
Alejandro Foxley, «La política económica para la transición», en Osear Muñoz
(comp.), Transición a la democracia. Marco político v económico, CIEPLAN, 1990,
Chile, p. 106.

212
La transición a la democracia: aspectos teóricos y análisis de la situación cliilenii

numérico de los trabajadores equivalía apenas a un tercio del que


poseía en los años setenta. Y precisamente el contingente más afectado
fueron las antiguas bases del sindicalismo nacional, que se desarrolló
bajo la égida del denominado «estado de compromiso»; es decir, el
proletariado industrial ligado a los sectores textiles, metalmecánicos,
alimenticios, etc. Según la información disponible, se ha presentado de
igual modo una tendencia a un relativo envejecimiento de la clase
obrera. Como señala un estudio ya citado de Eugenio Tironi que recoge
un conjunto de trabajos realizados en esta materia18, hacia 1971 los
obreros jóvenes (entre 15 y 24 años) representaban un 72 y 56%,
respectivamente, de los obreros del resto de los sectores productivos y
de la industria. En contraste, al inicio de los años ochenta alcanzaban
apenas un 54 y 36% del sector productivo en su conjunto. Por otra
parte, otro de los efectos del modelo económico que se aplica consiste
en una marcada acentuación de las heterogeneidades internas de la
clase trabajadora. Gradualmente se van generando notables desigual-
dades salariales entre los obreros de las industrias pequeñas semi-
industriales o artesanales, afectados duramente por la competencia de
las exportaciones, y las industrias más de punta cuyos empleados y
trabajadores perciben salarios relativamente privilegiados en relación
a la media nacional. Junto a este antecedente se debe agregar el azote
del desempleo, que contribuye a reducir aún más la capacidad de
contestación del sindicalismo. Chile tenía como pauta histórica unos
niveles de desempleo de no más del 6% de la fuerza de trabajo. Entre
1974 y 1987 la tasa de desempleo se disparó en promedio a un 20%;
sólo en 1983, uno de cada tres trabajadores careció de empleo. Esto, a
su vez, condujo a una enorme baja en las tasas de los trabajadores
sindicalizados; en el mismo año (1983) había tres veces más desocupa-
dos que trabajadores sindicalizados. Como ya se ha indicado, con el
correr del tiempo la desocupación ha experimentado una caída nota-
ble. Sin embargo, los empleos que se han generado son precarios,
atípicos y en gran medida informales y no ocupaciones asalariadas
tradicionales. En particular, hay un crecimiento notable de los trabaja-
dores denominados «temporeros» que, como la palabra indica, es un
fenómeno análogo al de los braceros mexicanos que se ocupan una
parte del año en la recolección y embalaje de productos horto-frutícolas
sin que cuenten, como sucede en Chile, con condiciones laborales
realmente dignas, mecanismos de seguridad social y estabilidad en el
empleo.
El corolario de la situación descrita ha sido la sostenida emergencia
a lo largo de los últimos años de un sector informal de la economía, en
la nomenclatura de PREALC (Programa Regional de Empleo para Amé-
rica-Latina y el Caribe, organismo internacional vinculado a las Nacio-

18
Javier Martínez y Eugenio Tironi, «La clase obrera en el nuevo estilo ele desarrollo»,
Revista Mexicana de Sociología, 44, 2. México, 1982; Ídem, Las clases sociales en Chile.
Cambio y estratificación. 1970-1980. Ed. SUR, Chile, 1985.
Paulo Hidalgo

nes Unidas), que se ha rotulado como la «irrupción de los marginales».


Existe en la sociología de América Latina una larga tradición, que se
remonta a la década de los sesenta, de estudios e intentos de
conceptualización, desde diversos enfoques, del fenómeno social de la
emergencia y crecimiento de un sector de la población que vive en
condiciones extremadamente precarias, tanto en lo que se refiere al
empleo como a la vivienda y que configuran los cinturones de pobreza
de las urbes más importantes del continente. Este no es el lugar para
abordar esta discusión. Lo que merece la pena destacar es cómo la
modernización trajo consigo en Chile un agudo proceso de desalarización
junto a lo ya indicado como una profunda segmentación del mercado
de trabajo. Tironi señala al respecto: «Entre 1971 y 1984, el total de las
categorías asalariadas se redujo en 16 puntos porcentuales, al tiempo
que el número de desocupados, trabajadores marginales en comercio y
servicios, empleadas domésticas y adscritos a los programas estatales
de empleo de emergencia, aumentó 20 puntos»19. Para ilustrar la serie-
dad del problema con algunas cifras impresionistas, solamente en San-
tiago, 2,3 millones de personas —virtualmente la mitad de la población
total de la región metropolitana— viven en los cinturones marginales.
Así, el crecimiento del número de hogares en extrema pobreza subió
del 17% en 1970 al 48,6% del total de la población a mediados de los
ochenta. Por otro lado, una encuesta de 1988 reveló que el 44% de los
pobladores (chabolistas en su acepción española) estuvo desempleado
en los cinco años anteriores.

4.3. El escenario político


Como se ha demostrado en estudios de sistema de partidos que han
sobrevivido bajo condiciones autoritarias por un período prolongado,
los grados de continuidad de las lealtades políticas y la capacidad de
mantención en algunos casos de una mínima y sólo simbólica estructu-
ra partidaria avalan la afirmación del profundo arraigo que alcanzan
—a nivel de mentalidades y percepciones profundas en torno a la
política— identidades políticas determinadas. A este respecto, Chile no
ha sido la excepción. A pesar del particular encono desplegado para
«borrar» del mapa político tanto a los partidos de izquierda como de
centro, éstos lograron perdurar y aun reproducirse vicariamente en
condiciones extremadamente hostiles. Esto se puede apreciar, aunque
sea en forma muy somera, describiendo el resultado electoral del es-
pectro político del país en las elecciones parlamentarias, considerando
que la ley electoral premia a los partidos de mayor envergadura. El
efecto directo de esta legislación fue que la oposición democrática tuvo
que pactar con gran detalle, y establecer una mutua cesión de escaños
parlamentarios para maximizar la votación, lo cual, por cierto, hizo

" Eugenio Tironi, op. cit., p. 168.

214
La transición a la democracia: aspectos teóricos v análisis de la situación chilena

que no se reflejaran adecuadamente las identidades y la plena capaci-


dad de representación de cada partido. La derecha se presentó como
coalición en sus dos componentes más importantes. La Unión Demó-
crata Independiente, más apegada al régimen militar y a la figura de
Pinochet, y Renovación Nacional, de corte más modernizante y preocu-
pada por «cambiar de imagen» y mostrar credenciales democráticas,
configuraron la colación Democracia y Progreso. Lograron un 33,35%
en la elección de diputados y un 35,4% en la elección de senadores. En
general, la derecha tiene como límite probable entre un cuarto y un
tercio del electorado.
El centro político, es decir, la Democracia Cristiana, que supera su
tendencia histórica de «camino propio» y opta por una alianza perdura-
ble con un sector clave de la izquierda, obtiene la primera mayoría
relativa en las elecciones parlamentarias. En diputados obtiene un
26,14% de los votos y sube hasta un 32% en senadores. Una parte de la
izquierda se presenta —debido a las restricciones legales aún vigen-
tes— como Partido por la Democracia, cuyo eje central es un sector del
Partido Socialista, que realiza una profunda crítica de su quehacer
pasado y emprende una renovación ideológica global, y se compromete
firmemente con el régimen democrático. Otro sector de la izquierda,
básicamente el Partido Comunista y un sector ortodoxo del Partido
Socialista que aún permanece en la matriz clásica marxista, se presenta
a las elecciones como Partido Amplio de Izquierda Socialista. Este
último conglomerado, que se congrega bajo el rótulo de «Unidad para
la Democracia», obtiene un 5,31% de votos en diputados y un 4,24% de
votos para senadores. Por otra parte, el Partido por la Democracia, que
se integra en la Concertación de Partidos por la Democracia, logra el
10,98% en la votación para diputados y el 11,9% de la votación para
senadores. Aunque muy por debajo de la Democracia Cristiana, este
partido se convierte en el segundo partido de la concertación y en el
tercero en representación parlamentaria del país. Una vez que el Parti-
do Socialista se reunifica tras las elecciones, se consolida como segun-
da fuerza política en la coalición de gobierno, obteniendo seis ministe-
rios del primer gabinete. Grosso modo, se puede concluir este apartado
señalando que el sistema partidario mantiene sus lealtades y referentes
clásicos, pero más bien con una tendencia a la constitución (como
acertadamente lo ha señalado Manuel Antonio Carretón) de un
entramado partidario de cuatro polos en vez de los tres tercios históri-
camente enfrentados20. Tal aseveración se sintetiza en los siguientes
aspectos: 1) Un primer polo constituido por una derecha escindida; un
sector de ella heredera del autoritarismo, e incluso de la figura de
Pinochet, versus una derecha que busca modernizarse afanosamente y
declara una firme adhesión al régimen democrático. 2) Un segundo
20
Manuel Antonio Carretón, «Partidos políticos, transición y consolidación
democrática». Revista Proposiciones, enero 1990, Ecl. SUR, Chile. Un análisis
complementario con datos desagregados se encuentra en Rodrigo Baño, «Elecciones
en Chile: ¿Otra ve/, lo mismo o al revés??, en la REÍS, n." 50, abril-junio 1990.

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Paulo Hidalgo

polo representado por la Democracia Cristiana que oscila entre un


retorno a su viejo hábito de «camino propio» o decidirse sin ambigüe-
dades por el establecimiento de una alianza a largo plazo con la iz-
quierda socialista. 3) Un tercer polo expresado en el Partido Socialista
ya unificado, cuyo desafío es convertirse en una fuerza política plena-
mente moderna, programática y autónoma tanto del centro político
como de la izquierda comunista. 4) Por último se encuentra la izquier-
da comunista. Su disyuntiva es si enarbola definitivamente una política
radical protestataria de pura reivindicación y expresividad ética o se
subordina a la hegemonía de la izquierda socialista.

5. ULTIMO MOVIMIENTO: LOS NUDOS GORDIANOS


DE LA POLÍTICA Y LA SOCIEDAD EN CHILE
¿Qué comparación preliminar se puede establecer entre la expe-
riencia sociopolítica chilena y la de los países del sur de Europa (Gre-
cia, Portugal, España)?21. En términos generales, es claro que estos tres
países tuvieron regímenes autoritarios más bien de corte patrimonial,
en donde se llevan a cabo modernizaciones económicas muy tardías y
de efectos limitados. No cabe ninguna duda que el régimen militar
chileno tenía un carácter misional y, como se ha argumentado, la
pretensión muy marcada de «fundar» una nueva sociedad. En suma, se
trató de una dictadura modernizante que desarma radicalmente el
antiguo Estado de Bienestar chileno y reordena a la sociedad sobre
bases económicas distintas.
Por otra parte, se pueden establecer algunos contrastes elementales
en los procesos de recomposición democrática. Los tres países
sureuropeos se ven obligados, merced a una ingente crisis económica, a
realizar de modo variado una política de ajuste y recomposición indus-
trial para poner las economías más a tono con su entorno europeo.
Simultáneamente, estos países han debido enfrentar enormes desafíos,
en términos de construir un Estado de Bienestar que recoge las largas
experiencias de otros contextos europeos, en un período de crisis y
reordenamiento de este mismo esquema estatal, junto con la creación
de sociedades civiles fuertes. Es decir, el fomento e impulso de una
genuina ciudadanía social, cultural, política, etc., de relativo escaso
arraigo en estos países. Si volvemos al caso chileno, la inauguración
democrática tiene como surplus que el gobierno tiene en verdad resuel-
la, como reflejan sus indicadores centrales, la situación económica, y
no necesita elaborar un modelo de reconversión económica, sino más
bien buscar formas más rápidas y eficaces de lograr un efectiva
redistribución hacia los sectores más desfavorecidos.
:|
José María Maravall. Econoinic re/omis ¡n iww deinocracies: I he southeni european
experience, Estudios/Work¡ng Papéis, Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales,
Instituto Juan Mareli de Esludios e Investigaciones, 1991, n." 22, Madrid, España.

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La transición a la democracia: aspectos teóricos v análisis de la situación chileno

Si bien existe una larga tradición previa, también está presente en


Chile el desafío de reorganizar una suerte de Estado de Bienestar, que
ha sido la tremenda ausencia de todo el período autoritario. Sin embar-
go, en contraste con la fuerte demanda existente en el sur de Europa y
la respuesta de los gobiernos de concentrar gastos de envergadura en el
área social, en Chile, a la luz de los bajos umbrales a que se llegó en
esta materia, las expectativas de la población no son extremadamente
altas, ni el gobierno tiene la intención de realizar en este área gastos
realmente significativos, por lo menos en este primer gobierno. Si nos
detenemos, por último, en la dimensión ciudadana, Chile, como ya se
ha argumentado extensamente, cuenta con una larga tradición demo-
crática de participación y compromiso cívico de la población que tiene
que ser reactivada. De igual modo, el desafío, como en los casos del sur
de Europa, estriba en crear una sociedad civil autónoma y, en particu-
lar en Chile, no tan dependiente e imbricada con la trama de partidos
políticos.
A la luz de esta rápida comparación, es interesante finalizar esbo-
zando esquemáticamente algunos de los retos que enfrenta Chile hacia
el futuro.
En primer lugar, está el imperativo por fortalecer —recogiendo los
debates actuales— la capacidad directiva y de gestión del Estado que la
exagerada obsesión neoliberal terminó prácticamente por disolver. El
ente estatal debe recuperar un lugar decisivo, como lo han demostrado
todas las experiencias de capitalismos tardíos exitosos, en el ámbito de
fomentar el desarrollo y ser un activo agente de democratización y
modernización de la sociedad. En esta línea, es crucial lograr niveles
crecientes de diversificación de la sociedad que se refieren, entre otros
órdenes, a la creación de espacios reales de participación y poder a
nivel local, territorial y en la esfera del trabajo. Una condición sitie qua
non para lo anterior es la necesidad de llevar a cabo una plena demo-
cratización y modernización interna de los partidos políticos. Estos
deben transformarse de ser organizaciones autocentradas de un
monolitismo ideológico exagerado a expresiones políticas de corte más
programático y con lazos más Huidos y abiertos con la sociedad.
En segundo lugar, está la tarea de establecer un nuevo modelo de
relaciones entre civiles y militares. Se debe pasar de un modelo de
enclaustramiento o no reconocimiento pleno de ambos estamentos,
como sucedió en el pasado, a un modelo de mutuo reconocimiento e
intercambio.
En tercer lugar, se deben consolidar los procesos políticos ya en
curso que han presentado en el último período señales contradictorias,
tendentes a lograr una concertación sociopolítica a largo plazo entre el
centro político y la izquierda, que aparece como la llave maestra de la
consolidación democrática. Una de las condiciones para ello es realizar
una reforma del sistema político en donde se instaure un régimen
semipresidencial para otorgarle espacio tanto al centro como a la iz-
quierda como a la derecha y lograr un diálogo más flexible en la arena

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l'aulo Hidalgo

parlamentaria, de tal modo que no se sature en exceso la figura del


Presidente de la República.
Por último —last bul nol least—, la democracia chilena debe pasar
el test de lograr integrar bajo los más diversos mecanismos a crecientes
sectores sociales. No es casual que hoy día haya vuelto como un fantas-
ma del pasado la discusión sobre la marginalidad en América Latina.
En particular, es de primera importancia saber educar en las rutinas
democráticas a las nuevas generaciones, que son el capital humano
irreemplazable para la afirmación y despliegue del ideal democrático-
progresista en nuestros países.

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