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ECONOMÍA Y SOCIEDAD 13
Otros obstáculos que también se interponían en el progreso del sector mine-
ro eran más estrictamente económicos, como por ejemplo la escasez de mano de
obra y de capital. Ambos factores existían con intensidad variable en las distin-
tas zonas mineras hispanoamericanas. Sin embargo, parece posible concluir que
en todas partes se exageraba sobre la dificultad de reclutar mano de obra. Sin
duda los efectos de la guerra en México —la zona minera más rica de finales del
periodo colonial— estorbaron gravemente la reconstrucción posbélica; sin embar-
go, no hay pruebas de que se hubiera producido tal falta de brazos. Después de
la independencia, los peones de las minas cobraban sueldos más altos que los de
las haciendas agrícolas, pero esto no era nada nuevo y en cualquier caso no
necesariamente significaba un desnivel equivalente en sus salarios reales. Por
otro lado, a pesar de que el fin de la mita, como ya se ha comentado anterior-
mente, sustrajo en la Bolivia independiente una fuente importante de fuerza de
trabajo en las minas, no deja de ser significativo que durante las primeras
décadas que siguieron a la independencia los salarios de los trabajadores libres
fueran más parecidos a los que recibían los mitayos que a los de los trabajadores
libres del periodo colonial.6 Todo esto no indica ninguna falta de mano de obra.
Además, las nuevas zonas mineras, o aquellas en más rápida expansión, no
parece que tuvieran más dificultades que las viejas y estancadas para reclutar la
fuerza de trabajo necesaria; por ejemplo, no parece que hubiera escasez de ella
en la expansión minera chilena.
El problema causado por la falta de capital parece más serio. En este aspec-
to, el daño ocasionado por la guerra parecía menos fácil de reparar. La destruc-
ción de las minas y de los centros de procesamiento debida a las operaciones
realmente militares fue muy limitada incluso allí donde la zona minera fue teatro
de la guerra. La suspensión de las inversiones en la expansión y en el manteni-
miento de las minas tuvo unas consecuencias más duraderas y por ello antes de
que la minería latinoamericana pudiera recuperarse fue necesario efectuar una
inversión de capital importante. Pero, vista desde esta perspectiva, la evolución
de la minería hasta 1850 no fue tan negativa, ya que gracias a capitales británi-
cos y locales en México y en Bolivia, o casi exclusivamente locales en Chile y
Perú, se produjo un modesto renacimiento. Aún así, cabe preguntarse por qué
no se dio una inversión más intensa, con resultados más considerables. Las
razones que tenían para no hacerlo quienes debían tomar la decisión de invertir
son muy comprensibles. Salvo en Chile, el rendimiento de las inversiones mine-
ras resultó nulo o fue muy bajo. Por ejemplo, en México la compañía inglesa de
Real del Monte, la más importante de las creadas durante el boom que se
terminó en 1825, no obtuvo beneficios de las inversiones. Fue así no por falta de
iniciativas para sacar a la mina de su estancamiento; por el contrario, la empresa
multiplicó los costosos intentos de mejoras, continuó con aún menos suerte los
esfuerzos de los anteriores propietarios por librar del agua los niveles inferiores
de la veta, y construyó una carretera que permitió el acceso de vehículos a un
área antes servida sólo por muías. Sin duda, la compañía Real del Monte tenía
derecho a quejarse de su mala suerte: cuando tras un cuarto de siglo de invertir
a pérdida transfirió los derechos de explotación a empresarios locales, éstos
6. Luis Peftaloza, Historia económica de Bolivia, La Paz, 1953-1954,1, p. 208; II, p. 101.
14 HISTORIA DE AMERICA LATINA
comenzaron a obtener rápidas ganancias en parte como consecuencia de esas
inversiones.7 Pero los observadores coetáneos parecían dispuestos a extraer de
esa experiencia una moraleja más precisa: H . G. Ward, apologista no del todo
desinteresado de las compañías británicas establecidas en México, admitió de
buen grado que la decisión de invertir sumas ingentes en mejorar la producción,
laboreo y transporte había sido imprudente. En el otro extremo de Hispanoamé-
rica, John Miers sacó una conclusión análoga de su experiencia como frustrado
productor de cobre en Chile: también a su juicio era preciso examinar cuidado-
samente el efecto económico de cualquiera de las mejoras técnicas que se proyec-
tara emprender; e incluso las inversiones destinadas a aumentar el volumen de la
producción sin introducir mejoras tecnológicas corrían el riesgo de resultar con-
traproducentes.8 Así pues, este conservadurismo —que refleja la situación domi-
nante en una etapa en que no se producían progresos técnicos comparables a los
que conocería la minería en la segunda mitad del siglo— provocó una creciente
cautela en el momento de hacer nuevas inversiones mineras, excepto allí en
donde la presencia de yacimientos excepcionalmente ricos —es el caso de los
chilenos— garantizaba rápidos y altos beneficios.
La reconstrucción posbélica no conllevó la introducción de innovaciones
decisivas en la organización de las explotaciones mineras. En cuanto a la fuerza
de trabajo no hay duda de que el asalariado predominó incluso allí donde no lo
había en el periodo colonial. Este fue el caso de Bolivia; la situación fue algo
distinta en la zona aurífera de Nueva Granada, aunque también allí es indudable
que la mano de obra esclava perdió importancia. Sin embargo, la figura del
asalariado predominaba en las áreas mineras donde ya había tenido un desarro-
llo más rápido en los últimos años del periodo colonial. Esto desde luego com-
portaba incluso entonces realidades muy distintas según las diferentes cuencas
mineras de América Latina, desde la opulenta México (en donde Humboldt
halló niveles de salarios superiores a los de Sajonia) hasta el estancado Norte
Chico de Chile, en donde se dice, más convincentemente que en otros casos, que
no existía un verdadero asalariado. Esas variaciones continuaron existiendo des-
pués del tránsito a la independencia, aunque sin duda el paso del estancamiento
a la rápida expansión no puede haber dejado de afectar la situación de los
mineros chilenos.
En el periodo colonial había existido la misma variedad en la organización
de la minería. En México predominaban las grandes unidades productivas que
financiaban su expansión con sus propios beneficios; a veces, incluso podían
invertir en la adquisición de haciendas que integraban económicamente a las
minas. En Perú, Bolivia y Chile las unidades productivas eran más pequeñas y
carecían de independencia real frente a los «aviadores» o «habilitadores» que
adelantaban el capital necesario para continuar las actividades.9 (En el caso del
Alto Perú la situación de los empresarios mineros aún era peor, ya que frecuen-
temente tenían que alquilar los derechos de explotación a unos precios muy altos
7. Robert W. Randall, Real del Monte, a Briíish mining venture in México, Austin,
Texas, 1972, pp. 81, 100-108 y 54-56.
8. John Miers, Travels in Chite and La Plata, Londres, 1826, I I , pp. 382-385.
9. John Fisher, Minas y mineros en el Perú colonial, 1776-1824, Lima, 1977, p. 101.
ECONOMÍA Y SOCIEDAD 15
a sus titulares absentistas.) Después de la independencia los contrastes entre
México y Perú al respecto continuaron existiendo. En una fecha tan tardía como
1879, Maurice du Chatenet señaló que la mayoría de los empresarios mineros de
Cerro de Pasco no eran «personas ricas, que pueden disponer de capitales ...
tienen que recurrir a la plata ajena»; a la vez debían vender sus productos a sus
acreedores, que se los pagaban a un precio inferior al normal.10 En la década de
1820 Miers describió una situación similar para la zona chilena del cobre. Pero
la prosperidad de la minería argentífera a partir de 1831 permitió que en Chile
surgiera una clase de empresarios mineros no sólo independientes, sino lo bas-
tante prósperos como para que a partir de mediados de siglo pudiera invertir
grandes cantidades de capital; los mineros más ricos emergieron como fuertes
propietarios urbanos y rústicos en el Chile central. En el mismo periodo, en
Bolivia hubo cambios radicales en el contexto legal en que operaba la actividad
minera. La nación independiente eliminó los derechos de los titulares absentistas
y, al otorgar nuevas concesiones, favoreció la aparición de unidades mineras
más amplias que las existentes en la etapa colonial. Pero el marasmo de la
minería boliviana impidió que estos cambios alcanzaran todas sus posibles con-
secuencias antes del último tercio del siglo xix.
Por lo tanto, la expansión minera en casi todas partes se vio limitada por la
necesidad de capital que nunca llegó a cubrirse del todo satisfactoriamente. Sin
embargo, el nivel de la demanda —otro factor limitador de la expansión de la
economía de exportación de América Latina— no afectó al sector minero. Es
verdad que en la década de 1820 se produjo el boom y la caída de la producción
cuprífera chilena a consecuencia del aumento y la posterior disminución catastró-
fica de la demanda de cobre de la India británica." Sin embargo, en toda
América Latina la plata era, con gran diferencia, más importante que cualquier
otro mineral y la demanda de plata latinoamericana para acuñarla era tan gran-
de que era imposible imaginar que pudiera existir algún tipo de límite que
pudiera frenar la expansión de su producción. En cambio, el sector agropecuario
no podía depender de una demanda tan firme, pero por otro lado, respecto al
aspecto mencionado, este sector podía contar con una ventaja: no era necesario
hacer una gran inversión antes de comenzar a percibir ganancias, a diferencia de
la industria minera descalabrada durante las luchas por la independencia.
La ganadería era el sector productivo que requería la inversión más pequeña.
Sin embargo, quizás estaba más afectado que cualquier otro por la disponibili-
dad de mercados externos. Desde el comienzo de la colonización de la América
española, la ganadería vacuna fue el modo de explotar los recursos naturales
cuando no había otros más provechosos. Las áreas sobre las cuales se expandió,
aún sin contar entonces con mercados externos satisfactorios, terminaron por ser
amplísimas: desde el norte de México hasta el noreste brasileño (y en el mismo
Brasil, Minas Gerais, una vez agotada su prosperidad minera), las tierras
10. Maurice du Chatenet, «Estado actual de la industria minera en el Cerro de Pasco»,
Anales de la Escuela de Construcciones Civiles y de Minas, 1.a serie, I (Lima, 1880), p. 119.
11. Informe del cónsul británico en Valparaíso, Charles R. Nugent, 17 de marzo de 1825,
en R. A. Humphreys, ed., British consular reports on the trade and politics of Latín America,
Londres, 1940, pp. 96 y ss.
16 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
neogranadinas y los llanos venezolanos, vastas extensiones de América Central,
buena parte del valle central de Chile y todo el Río de la Plata y el sur de Brasil.
En la primera mitad del siglo xix este sistema de explotación que aún estaba
tecnológicamente muy atrasado no significaba necesariamente (como significó
más tarde) limitar la explotación ganadera a las zonas más aptas dentro de esas
vastas tierras. Lo que hacía que sólo algunas de entre ellas se incorporaran
sólidamente a la nueva economía exportadora tenía entonces menos que ver con
la esfera de la producción que con la mercantil: la capacidad de volcar esa
producción en circuitos comerciales preexistentes —tanto antes como después de
la independencia— es lo que explica el éxito de la ganadería rioplatense, venezo-
lana o sur-brasileña.
Dada la extrema falta de capital y ante el hecho de que eran unas áreas muy
poco pobladas donde la disciplina social en muchos casos se veía seriamente
afectada por los tiempos revueltos, la expansión de la producción vacuna se
basaba en la extensión de tierra disponible. Sin embargo, la diferencia entre la i
creciente prosperidad de los ganaderos de Buenos Aires y el empobrecimiento de
los de la vertiente del Pacífico en Centroamérica —como observaba John L .
Stephens a mediados de siglo— residía en el hecho de que los hacendados de
Centroamérica —cuyas propiedades eran tan grandes como algunos principados
europeos— no podían vender su inútil riqueza, mientras que los hacendados del
Río de la Plata tuvieron libre acceso al mercado europeo.12 Ello se debía a que
la expansión de las importaciones de ultramar —consecuencia de la liberalización
del mercado— había tenido lugar antes y con mayor intensidad en el Río de la
Plata que en ningún otro sitio y esto creó la necesidad de una corriente de
exportación que hiciera posible la perduración de las importaciones. En Chile, a
pesar de la ausencia de unas circunstancias parecidas a las del Río de la Plata,
también hubo un incremento de la ganadería para la exportación, aunque su
volumen fue mucho menor. Los importadores de Buenos Aires, Montevideo y /
Valparaíso necesitaban productos para enviar a Europa y sus barcos necesitaban
carga para el viaje de regreso. Algunas veces tomaron a su cargo la responsabi-
lidad de exportar productos ganaderos. La falta de importaciones era lo que
impedía la expansión de las exportaciones a otras áreas menos afectadas por la
apertura mercantil y esto fue lo que ciertamente ocurrió, hasta mediados del
siglo xix, en la costa del Pacífico desde Guayaquil a California.
La apertura del comercio permitió que los ganaderos latinoamericanos pu-
dieran acceder al mercado europeo que desde hacía mucho tiempo estaba domi-
nado por los rusos. Esto limitaba las posibilidades de la expansión latinoameri-
cana, pero a pesar de todo pudo extenderse dada la abundancia y la baratura de
la tierra. El descenso secular del precio de los cueros en el mercado europeo
recortó peligrosamente el margen de ganancia de los hacendados. La cría se
mantuvo y se expandió gracias a la diversificación de las exportaciones de origen
pecuario; el cuero mantuvo desde luego su posición dominante y la carne salada
(charque y tasajo), cuya exportación había comenzado antes de la crisis de la
independencia, ya hacia 1820 recuperó los niveles de preguerra y estos continua-
12. John L . Stephens, Incidents of travel in Central America, Chiapas and Yucatán, New
Brunswick, N..I., 1949, I , pp. 300-301.
ECONOMÍA Y SOCIEDAD 17
ron aumentando hasta mediados de siglo. La carne salada halló su mercado en
las zonas esclavistas tropicales (Cuba y Brasil, sobre todo). A partir de 1830, el
sebo comenzó a pesar cada vez más en las exportaciones a Europa y, a diferen-
cia de los cueros, gozó de una subida casi constante de precios. Buena parte del
sebo exportado no era ya en rama, sino grasa concentrada al vapor; propietarios
y comerciantes de la zona rioplatense instalaron «vapores» para producir sebo y
grasa. Por lo tanto, su producción incluía un aspecto manufacturero, si bien era
de carácter muy modesto tanto en lo referente a la demanda como en el número
y en la especialización de la mano de obra, como también en la inversión de
capitales. La producción de tasajo exigía una dimensión manufacturera mucho
más importante. El saladero, establecido en un puerto o cerca de él, agrupaba
un número de trabajadores que casi nunca bajaba de cincuenta y en los más
grandes llegaba a varios centenares que se especializaban en tareas bien diferen-
ciadas cubriendo las distintas etapas de elaboración, desde el sacrificio del ani-
mal hasta el salado y secado de las mantas de carne. A l revés de lo que ocurría
en el sur brasileño, donde estas empresas manufactureras marcadas por tantos
rasgos capitalistas utilizaban predominantemente mano de obra esclava, en el
Río de la Plata y Chile la que trabajaba en el saladero era asalariada y se
beneficiaba de los altos niveles de remuneración que por entonces recibían los
trabajadores especializados en las ciudades hispanoamericanas.13
La fuerza de trabajo necesaria para la cría del vacuno también era asalaria-
da: el trabajador percibía salarios en dinero y no se veía forzado por presión
extraeconómica o por el aislamiento a gastarlos exclusivamente en lo que adqui-
ría de su patrón, o del comerciante que debía a este patrón la posibilidad de
traficar en la estancia. Este era el caso de los trabajadores temporales y especia-
lizados (domadores, herradores, arrieros), cuyo nivel de remuneración era mu-
cho más alto que el de los permanentes. Pero, a pesar de que estos últimos
podían no tener acceso directo al mercado de consumidores (lo que está lejos de
ser evidente en todos los casos) y eran objeto de medidas legislativas que los
obligaban a estar siempre empleados so pena de sufrir encarcelamientos, traba-
jos forzados o enrolamiento en el ejército, todo este aparato de control social y
político —los testimonios de todas las zonas de ganadería vacuna lo confirman—
sólo servía para asegurar la presencia de la fuerza de trabajo en la hacienda
vacuna; su disciplina era relativa en parte porque la cría del vacuno requiere
muy poca y en parte debido a la escasez de mano de obra.
De los diferentes tipos existentes de producción ganadera (sobre las áreas
medio vacías de América Latina) la vacuna fue de lejos la más afectada por las
consecuencias de la liberalización comercial de principios del siglo xix La lanar
y cabría y la de especies aborígenes se hallaban bien implantadas en las zonas
más antiguas que estaban más densamente pobladas y donde esta herencia tenía
un peso muy grande, pero su transformación sólo se hizo sentir en la segunda
mitad de siglo, cuando nuevas corrientes comerciales se volvieron más intensas y
13. Sobre el sur de Brasil, véase Fernando H . Cardoso, Capitalismo e escravidáo no
Brasil meridional: o negro na sociedade escravocrata do Rio Grande do Sul, Sao Paulo, 1962.
Sobre la región del Río de la Plata, véase Alfredo J. Montoya, Historia de los saladeros
argentinos, Buenos Aires, 1956.
18 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
alcanzaron de modo más parejo a toda Hispanoamérica. Mientras tanto, sólo en
Perú se asistió a un crecimiento importante de las exportaciones de lana, tanto
de oveja como de los auquénidos andinos, pero no es evidente que ello se
debiera al crecimiento del número de cabezas de ganado lanar sino más bien a la
reorientación hacia la exportación a ultramar de fibras que antes eran utilizadas
por la tejedura andina.14
Algunas ramas de la agricultura lograron utilizar más ampliamente que la
ganadería ovina las oportunidades abiertas por la liberalización comercial, aun-
que ninguna de ellas se adaptó tan bien como la ganadería vacuna a las condi-
ciones de la economía. Los cultivos de clima templado (cereales, vid, olivo)
desde luego estaban limitados por la falta de demanda adicional en el mercado
europeo y por los altos costos del transporte. La exportación de tabaco (que se
puede producir también en clima templado) no aumentó significativamente hasta
mediados de siglo y sólo en Colombia ese proceso se empezó ya a insinuar en los
últimos años de la década de 1840. El cacao seguía teniendo su mercado más
importante en la antigua metrópoli; los cambios en la estructura del comercio
exterior no podrían entonces afectarlo tan favorablemente como a otras expor-
taciones; pese a ello, siguió creciendo la producción en la costa ecuatoriana y
también en Venezuela, que fue el gran centro productor en los últimos años de
la etapa colonial, y si bien el peso relativo de la exportación cacaotera bajó, su
valor absoluto ascendió un poco.
En Venezuela, y en menor medida en Ecuador, el cacao se había cultivado
con mano de obra esclava. A l parecer en Ecuador, desde el comienzo de la
reconstrucción económica posterior a la independencia, los claros —aquí menos
significativos— dejados en la población esclava por las manumisiones y los
enrolamientos forzosos que trajo la guerra se cubrieron con indígenas de la costa
y de la sierra. No se les encuadró en la unidad que había sido la hacienda
tradicional, sino que se les instaló en terrenos del hacendado a quien entregaban
parte de los frutos y —por lo que parece— a menudo también pagaban renta en
trabajo.15 La trayectoria venezolana es más compleja, dado el previo predominio
del trabajo esclavo; si bien aquí la guerra desorganizó más el control sobre la
mano de obra que en Ecuador, en la posguerra se intentó, de forma sostenida y
no totalmente infructuosa, volver a algunos de esos esclavos a la obediencia
de sus amos, y poner a los negros emancipados en una situación en muchos
aspectos comparable a la de los que no lo eran. Aun así, el peso tanto de los
esclavos como de los ex esclavos en la fuerza de trabajo fue bajando constante-
mente. Parece que en Venezuela fueron reemplazados más frecuentemente por
asalariados que por campesinos que cultivaban tierras propiedad de los hacenda-
dos a cambio de la entrega por parte del terrateniente de lotes para sus propios
cultivos.
La pérdida de peso relativo que sufrió el cacao dentro de la agricultura
14. Jean Piel, «The place of the peasantry in the national life of Perú in the nineteenth
century», Past and Present, 46 (1970), pp. 108-136.
15. Sobre Venezuela, véase John V. Lombardi, The decline and abolition of negro slavery
in Venezuela, 1820-1854, Westport, Conn., 1971, passim. Sobre Ecuador, véase Michael T.
Hamerly, Historia social y económica de la antigua provincia de Guayaquil, 1763-1842, Guaya-
quil, 1973, pp. 106 y ss.
ECONOMÍA Y SOCIEDAD 19
venezolana se debió sobre todo a la expansión del cultivo de café. Ésta comenzó
ya en la época colonial y alcanzó su ritmo más intenso en la década de 1830. El
cultivo de café, que en su mayor parte utilizaba mano de obra asalariada, al
expandirse en nuevo territorio requería una espera de tres años entre la planta-
ción de los arbustos y la primera cosecha. Esta expansión estuvo a cargo de
terratenientes que no disponían del capital necesario y que por lo tanto debieron
recurrir al préstamo. La ley del 10 de abril de 1834, que eliminaba las limitacio-
nes a la libertad contractual impuestas por la legislación antiusuraria heredada
de la etapa colonial, perseguía precisamente el propósito de crear un mercado de
capital más amplio y quizá lo logró demasiado bien, ya que la prosperidad
cafetalera impulsó a los terratenientes a tomar dinero a préstamo a un precio
muy alto y cuando esa prosperidad cesó, a partir de 1842, tuvieron sobradas
ocasiones para lamentarlo. Las tensiones existentes entre una clase terrateniente
crónicamente endeudada y un sector mercantil y financiero que quería cobrar
esas deudas serían el trasfondo de la atormentada historia política de Venezuela
durante varias décadas. Sin embargo, al acabarse la prosperidad cafetalera,
debido a la depresión de los precios, el café no perdió su posición central en la
economía exportadora venezolana. El volumen de las exportaciones subió alre-
dedor del 40 por 100 en el quinquenio siguiente a la crisis de 1842 comparado
con el de los cinco años anteriores, y este nuevo nivel se mantuvo hasta que en
1870 comenzó una nueva y gran expansión. A mediados de siglo el café consti-
tuía más del 40 por 100 de las exportaciones venezolanas y en la década de 1870
más del 60 por 100.'6 A diferencia de lo que ocurría en Brasil, donde la expan-
sión del cultivo de la caña en estos años dependía casi totalmente de la mano de
obra esclava, los productores de café venezolanos generalmente empleaban mano
de obra libre. Sin embargo, la creciente penuria financiera de los propietarios
hizo que cada vez se emplearan menos asalariados: ahora se hicieron más fre-
cuentes los contratos con cuneros que a cambio de la tierra recibida trabajaban
los cafetales del terrateniente; este tipo de contratos pasaron a constituir el
sistema de relación dominante entre los propietarios y los trabajadores rurales
en las zonas cafetaleras venezolanas.
Así pues, pese a la necesidad de capital y de mano de obra, en Venezuela la
agricultura cafetalera encontró el modo de sobrevivir y de expansionarse en una
etapa en que la plantación con mano de obra esclava ya no era una solución
viable a largo plazo. Por otro lado, el cultivo de la caña de azúcar en toda
Hispanoamérica se basaba en el sistema de la plantación que empleaba mano de
obra esclava (las reducidas zonas productoras de México eran una solución sólo
parcial) y le resultó difícil salirse de él. En la costa peruana, la agricultura
azucarera utilizaba mano de obra esclava al igual que durante el periodo colo-
nial. Los plantadores azucareros siempre mencionaban la imposibilidad de obte-
ner más esclavos como una de las causas principales del estancamiento de la
producción (hasta la década de 1860). Sin embargo, parece que la falta de
mercado es una explicación más satisfactoria.
En Cuba —que con Puerto Rico fueron colonias españolas a lo largo del
periodo— la agricultura tropical, concretamente el cultivo de la caña de azúcar,
16. Izard, Seríes estadísticas, pp. 191-193.
20 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
alcanzó paradójicamente un desarrollo espectacular. La breve ocupación británi-
ca de La Habana, en 1762, se considera el punto de partida de una etapa
expansiva que en medio de altibajos continuaría por más de un siglo. Desde
finales del siglo xvm la economía cubana —que hasta entonces había sido diver-
sificada pero poco desarrollada— se fue orientando hacia el predominio del
azúcar, si bien el tabaco y el café también avanzaron, mientras la ganadería
vacuna, primero predominante, retrocedió aunque no acabó de desaparecer. La
monarquía ilustrada facilitó en parte el proceso de abolir las leyes que regían la
adquisición y la utilización de la tierra. Pero otros cambios influyeron aún más
directamente, sobre todo el fin del dominio francés en Saint-Domingue [Haití]
que eliminó al mayor productor de azúcar del mundo y motivó la emigración a
Cuba de algunos de sus hacendados con su capital y sus esclavos.
A comienzos del siglo xix el centro de gravedad de la producción azucarera
pasó de la provincia de oriente a la de La Habana. La unidad productiva, el
ingenio, continuó siendo relativamente pequeña durante varias décadas debido
al alto costo del transporte y a la necesidad de disponer de combustible. Había
grandes productores dueños de múltiples ingenios, pero la mayor parte depen-
dían de los comerciantes (que les anticipaban el capital inicial y que les siguieron
proveyendo de mercancías y sobre todo de esclavos). La provisión continua de
esclavos, en su mayor parte provinientes de África, es lo que hizo posible la
expansión azucarera cubana. Desde la primera década del siglo xix, Gran Breta-
ña y Estados Unidos prohibieron la trata de esclavos en sus territorios y prohi-
bieron a sus subditos que se relacionaran con el tráfico internacional de esclavos.
A pesar de la presión internacional, sobre todo británica, España logró escapar-
se de un primer compromiso —y de otros posteriores— de abolir la trata. La
protección que se dio al comercio de esclavos no fue el motivo menos importan-
te para que los señores del azúcar aceptaran el dominio de España sobre la isla,
dado que una Cuba independiente aún hubiera podido oponerse menos que la
decadente monarquía española a las exigencias británicas. A lo largo del siglo xix,
hasta que no concluyó el tráfico de esclavos en la década de 1860 —diez años
después de que hubiera sido suprimida definitivamente en Brasil—, Cuba impor-
tó centenares de miles de esclavos. El tráfico alcanzó el punto más alto entre
1835 y 1840; en estos seis años entraron 165.000 negros en la isla, la mayor parte
de ellos destinados a las plantaciones. La población esclava pasó de los escasos
40.000 de 1774 a casi 300.000 en 1827 —cuando la población blanca dejó de
constituir la mayoría de la población— y ascendió a 450.000 en 1841."
En la década de 1840, cuando el control británico sobre la trata se hizo más
eficaz, la importación de esclavos descendió, pero aun así la expansión de la
caña continuó durante dos décadas más. Sin embargo, ya no se dependía tanto
del gran aumento de la fuerza de trabajo esclava. El ferrocarril no sólo facilitó
la comunicación entre las zonas azucareras y los puertos sino que también hizo
posible una expansión del cultivo del azúcar que anteriormente había sido impo-
sible dados los altos costes del transporte; también liberó a la hacienda de su
17. Franklin W. Knight, Slave society in Cuba during the nineteenth century, Madison,
1970, pp. 22 (tabla 1) y 86 (tabla 8). Para más cuestiones sobre la industria azucarera cubana y
la esclavitud, véase Thomas, HALC, V, capítulo 5.
ECONOMÍA Y SOCIEDAD 21
dependencia de los recursos energéticos cercanos, permitiendo así que la caña de
azúcar se expansionara en una proporción mucho mayor que antes en las tierras
de la hacienda. Más tarde, el ferrocarril llegó hasta la misma hacienda, consi-
guiendo que la comunicación interna fuera más barata y eficaz, lo que a su vez
permitió superar las limitaciones que antes habían fijado las dimensiones de
cada hacienda.18
Paralelamente, la creciente dificultad de suministrar esclavos conllevó una '
transformación paralela en la industria azucarera: una utilización mayor de la
máquina de vapor. A la vez, esto hizo, por un lado, más inevitable la transición
de la hacienda de cien esclavos, y que producía 100 toneladas anuales de azúcar,
a las propiedades de dimensiones mucho mayores y, por otro, ocasionó la susti-
tución de una parte importante de los hacendados. Lógicamente, los que supie-
ron sacar más ventajas de estas nuevas circunstancias no eran terratenientes sino
comerciantes. No se trató simplemente de una diferencia de mentalidad, sino
ante todo de recursos: sólo unos cuantos de los viejos señores del azúcar podían
hacer las inversiones que requería la modernización. La historia de la expansión
de la producción cubana de azúcar de caña —que aún se basaba en la esclavi-
tud— es la de mayor éxito económico que hubo en Latinoamérica en la primera
mitad del siglo xix.
Aparte de la pequeña aportación de capital británico invertida en los ferro-
carriles, este triunfo no se debió a que la economía cubana se hubiera incorpo-
rado más plenamente al mercado de capitales que se expandía en Europa. El
capital requerido para el incremento de la producción del azúcar provino de la
misma isla (cuyo capital mercantil, como hemos visto, gozó de una posición
predominante), de España o de los peninsulares que abandonaron el continente
americano después de la independencia. (Cuba parece que fue el principal refu-
gio de los que, por ejemplo, salieron de México en la década de 1820.) En Cuba,
al igual que en el resto de Hispanoamérica, hubo una ausencia casi total de
capital de nueva procedencia externa. Pese a ello, a diferencia de la Hispano-
américa independiente, Cuba alcanzó una tasa de crecimiento impresionante
durante este periodo.
El éxito excepcional de la economía exportadora cubana fue el principal
impulsor de las transformaciones de gran alcance que conoció la sociedad isleña,
de las que el cambio en el equilibrio étnico no fue la menos importante. En la
Hispanoamérica continental, la economía de exportación —que aún en las áreas
más favorecidas no se expandió al ritmo de la cubana— influyó mucho menos
en los cambios sociales ocurridos en la etapa que siguió a la independencia. Sin
embargo, para la mayoría de los observadores coetáneos el cambio social creaba
obstáculos y limitaciones a los que las economías de exportación se debían
adaptar.
Esto no quiere decir que no haya ejemplos de comarcas donde los cambios
en el tejido social no fueran inducidos por el crecimiento de la producción de
productos para la exportación. Por ejemplo, en el Norte Chico chileno la socie-
18. Un excelente análisis de este proceso se debe a Manuel Moreno Fraginals, El ingenio:
el complejo económico-social cubano del azúcar, vol. I : 1760-1860, La Habana, 1964.
22 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
dad estaba estructurada sobre líneas menos rígidas que las del Chile central. Sin
embargo hay pocos ejemplos tan claros como éste e incluso en este caso su
impacto en el conjunto de la sociedad chilena fue relativamente ligero. Los otros
casos de sectores exportadores en expansión, desde el gran éxito de los cueros de
la región del Río de la Plata y del café venezolano hasta los más modestos como
el de la lana en el sur de Perú, tienden a confirmar el punto de vista de que el
esfuerzo de incrementar las exportaciones sólo podía tener éxito si sus protago-
nistas aprendían a adaptarse a la estructura social que estaba cambiando lenta-
mente pero sobre la cual su propia influencia era marginal. Como que a lo largo
de la mayor parte de la Hispanoamérica continental, desde México hasta Cen-
troamérica, desde Nueva Granada (actual Colombia) a la costa peruana y Boli-
via, la expansión del sector de exportación era inesperadamente débil en este
periodo, es necesario observar otros factores que influenciaran en la fijación del
rumbo del cambio social. Sobre todo hay que tener en cuenta la crisis del viejo
orden colonial (y no sólo de su estructura administrativa, sino también del
conjunto de normas que regulaban las relaciones entre los grupos sociales y
étnicos) y la apertura de Hispanoamérica al comercio mundial con todo lo que
significaba (y no sólo en su dimensión económica).
Las guerras de independencia desde luego socavaron al Antiguo Régimen en
la América española. Se trató de las primeras guerras que desde la conquista
afectaron directamente a casi toda la América española. No sólo contribuyeron
a destruir sus riquezas, como se ha visto, sino también a cambiar las relaciones
existentes entre los diferentes sectores de la sociedad hispanoamericana. La frag-
mentación del poder político, la militarización de la sociedad y la movilización,
a causa de la guerra, de recursos y, sobre todo, de hombres comportaron que el
viejo orden social y en especial el control social ejercido sobre las clases subor-
dinadas no se restableciera completamente nunca más, por ejemplo, en la llanu-
ra y en la región de oriente de Venezuela, en la sierra peruana, en Bolivia y en
los llanos de Uruguay.
Durante y después de las guerras de independencia hispanoamericanas las
relaciones sociales también se vieron profundamente afectadas por una nueva
ideología liberal e igualitaria que rechazaba la característica sociedad jerarquiza-
da del periodo colonial y que aspiraba a integrar los diferentes grupos sociales y
étnicos en una sociedad nacional a fin de reforzar la unidad de los nuevos estados.
Sobre todo tres rasgos de la sociedad hispanoamericana se oponían a la
corriente liberal e igualitaria de principios del siglo xix: la esclavitud negra, las
discriminaciones legales —tanto públicas como privadas— existentes sobre los
individuos de razas mezcladas, y la división de la sociedad, tan vieja como la
misma conquista, en una república de españoles y en otra república de indios,
las barreras entre las cuales —si bien eran fáciles de cruzar— aún estaban en pie
en 1810.
A principios del siglo xvm la esclavitud en ningún punto de la Latinoaméri-
ca continental era tan importante como en Cuba y, por supuesto, Brasil. La
mayoría de los gobiernos revolucionarios abolieron la trata, en algunos casos ya
en 1810-1812. Se dictaron leyes que liberaron de la esclavitud a los hijos de
esclava por ejemplo en Chile (1811), Argentina (1813), Gran Colombia (1821) y
Perú (1821), si bien en algunos casos se estableció un periodo de aprendizaje o
ECONOMÍA Y SOCIEDAD 23
de trabajo asalariado a cambio de su educación. Las leyes del nacimiento en
libertad en pocos casos se aplicaron en realidad y de cualquier modo, excepto a
largo plazo, no atacaban a la institución misma de la esclavitud. Ya se ha visto
que las necesidades de la guerra impulsaron el reclutamiento de esclavos, fueran
o no manumitidos. Después de la independencia sólo unos cuantos países que
tenían una reducida población esclava abolieron la esclavitud: Chile (1823),
Centroamérica (1824) y México (1829). A la vez, en otras zonas se intentó revi-
talizar la institución, sobre todo por el agotamiento de las fuentes externas de
esclavos. El comercio de esclavos africanos era necesario para poder mantener el
sistema esclavista y en la América Latina continental después de las guerras de
independencia sólo la región del Río de la Plata importaba esclavos en cantidad
importante, y esto sólo ocurrió durante las décadas de 1820 y 1830. Ello inexo-
rablemente condujo a la decadencia, tanto en cantidad como en calidad, del
número de esclavos existente, y explica por qué su abolición en Venezuela,
Colombia, Perú y Argentina en la década de 1850 no provocó ningún desequili-
brio social o económico importante.
El ataque a las discriminaciones legales a las que habían sido sometidas las
castas fue menos vacilante y en suma tuvo mucho más éxito. Su abolición sin
duda fue menos completa e inmediata de lo que las formulaciones de la etapa
revolucionaria permitían suponer; para poner un ejemplo, en la región del Río
de la Plata, donde la retórica y la legislación igualitaria floreció más que en
ningún otro sitio en la década que siguió a la revolución de 1810, los mestizos y
los pardos no fueron admitidos en la universidad hasta la década de 1850.
Además, cuando un nuevo Estado hallaba un interés financiero en mantener las
normas diferenciales, las desigualdades perduraron más; por ejemplo en Perú, la
contribución que pagaban las castas, que proporcionaba un ingreso considerable,
se abolió, pero poco tiempo después se reimplantó y perduró hasta la década de
1850. Sin embargo el sistema de castas en todas partes quedó herido de muerte
cuando a partir de los primeros años del periodo nacional ya no fue obligatorio
registrar el origen racial de los niños. Incluso en Perú, los bautizos y los matri-
monios de los mestizos y de los indios ya no se anotaron en libros separados.
Cuando se recuerda que ya en las últimas etapas del periodo colonial, desde
Caracas a Buenos Aires, la prosperidad —al menos en las áreas urbanas— de
algunas personas de razas entremezcladas, incluso aunque fueran una ínfima
minoría, empezó a afectar la composición étnica de las clases propietarias, es
más fácil entender que la abolición de la diferenciación legal entre las castas
tuviera éxito, si bien no significó la desaparición de las desigualdades en el
momento de pagar las contribuciones. La guerra, por otra parte, favoreció el
ascenso de la gente de sangre mezclada a posiciones de influencia militar y,
menos frecuentemente, política. La élite criolla, aún orguUosamente consciente
de su pureza étnica, sin embargo se convenció de que era imposible intentar
defender sus prejuicios por medio de una discriminación legal o política.
Las necesidades fiscales de los nuevos estados también pesaron en la lentitud
con que se modificó la posición legal de los indios en el medio siglo que siguió a
la independencia. España había abolido el tributo indio en 1810. De entre los
países nuevamente independientes que tenían una gran población india, sólo
México no lo volvió a reimplantar, pero en Perú y Bolivia, y en menor medida