Un desafío para la señorita Culier Mariam Orazal
¿Es posible cambiar las primeras impresiones? ¿Puede el
amor ilusionar un alma destrozada? Una modesta profesora
de escuela empeñada en curar a un hombre marcado por la
tragedia. ¿Será él capaz de darse cuenta a tiempo de la
oportunidad que le brinda la vida?
Nada podría haberles preparado para el amor. Nadie les di-
jo tampoco que fuera tan difícil alcanzarlo.
Cuando Melinda Culier conoce a Robert, decide empren-
der toda una cruzada para sacar a ese hombre hosco y
malhumorado de las garras de un pasado traumático, con
la esperanza de que su alegre humor y su infinita paciencia
le consigan un lugar en el corazón del nuevo capataz de la
finca Bissop.
Las heridas de Robert Fenton van más allá de la piel. No
quiere saber nada de la alegre profesora de literatura que
despierta en él viejos anhelos que había jurado enterrar pa-
ra siempre. Pero no contaba con lo testaruda que ella po-
día llegar a ser ni con la incontrolable pasión que iba a des-
pertar en su interior.
Cuando todo está perdido, cuando el dolor esté a punto
de vencer a la esperanza… ¿Será capaz Robert de admitir
que Melinda ha tocado algo más que su corazón?
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Un desafío para la señorita Culier Mariam Orazal
Índice de contenido
Cubierta
Un desafío para la señorita Culier
Introducción a Minstrel Valley
Cita
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
2
Un desafío para la señorita Culier Mariam Orazal
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Epílogo
Sobre la autora
Notas
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Un desafío para la señorita Culier Mariam Orazal
Minstrel Valley es un proyecto novedoso, rompedor y sor-
prendente. Catorce mujeres que crean una serie de novelas
gracias a una minuciosa organización que ha llevado tiem-
po y esfuerzo, pero que tiene su recompensa materializada
en estas quince novelas que vamos a disfrutar a lo largo es-
ta temporada. Esta labor de comunicación entre ellas, el
apoyo mutuo, la coordinación y coherencia no hubiese sido
posible sin nuestras queridas autoras, que hacen visible
que con cariño, tiempo robado a sus momentos de ocio,
de descanso y de familia, confianza, paciencia, esmero y ta-
lento, todo sea posible. Desde Selecta os invitamos a aden-
traros en Minstrel Valley y que disfrutéis, tanto como noso-
tros, de esta maravillosa serie de regencia.
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Un desafío para la señorita Culier Mariam Orazal
Reglas de etiqueta de la señorita Sher man
«Las damas de Minstrel House no son flores deli-
cadas, sino mujeres instruidas y capaces. Nues-
tras damas no afectarán ninguna clase de timi-
dez infantil, ni conversarán solo en susurros, ni se
moverán lentamente, inválidas. Tampoco se en-
señará aquí a fingir desmayos ni episodios lacri-
mógenos».
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Un desafío para la señorita Culier Mariam Orazal
Prólogo
Noviembre de 1838.
Condado de Oxford
Podía reconocer perfectamente a un timador cuando lo
tenía enfrente. Robert Fenton extendió de nuevo el montón
de libras hacia el hombre enjuto y de mirada aviesa que se
encontraba al otro lado de la mesa.
—No es suficiente.
—Vamos, Fenton, tú sabes que esa cochambre no vale
más de lo que te ofrezco.
Una ira lenta y gélida recorrió su espina dorsal. Tal vez
solo fuese una edificación ruinosa, pero parte de la vivienda
se conservaba en buen estado. Además, el terreno contaba
con alrededor de dieciséis acres de buena tierra para la la-
branza. No era, sin embargo, el menoscabo de la propie-
dad lo que lo ofendía hasta hacerle hervir la sangre, sino el
uso de aquel tér mino tan despectivo para referirse al lugar
que había sido toda su vida. Su hogar. Su patrimonio. Su
buen nombre y el de su padre.
Una cosa era desistir de rescatar el negocio, y otra muy
distinta, per mitir que una alimaña usurera y soberbia como
lo era aquel tipo se quedase con lo que a Robert le había
costado tanto levantar, por la mitad del valor que tenía.
—Si no te interesa, ahí está la puerta, Edworth. No he
sido yo el que ha buscado comprador.
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El tipo, que era uno de los ganaderos más pudientes de
la zona, torció el gesto y fingió pensarlo por unos segun-
dos. Robert odiaba aquellas situaciones. No le gustaba te-
ner que regatear con nadie y jamás había sido bueno para
discutir el precio de las cosas.
—Yo lo que sé es que hace dos años que aquello se
prendió fuego, y hasta ahora nadie se ha interesado por
comprártelo. Tan provechoso no será el terreno cuando na-
die lo ha querido.
Tuvo que morderse la lengua para no soltar algún im-
properio. Le importaba un jaspe si la operación se cerraba
o no, pero prefería mil veces que le arrancaran las uñas de
manos y pies que demostrar algún tipo de emoción ante
ese hombre.
—No he querido venderlo hasta ahora —se limitó a de-
cir.
Aunque hubiese sido una estupidez aferrarse a un lugar
que no le inspiraba más que malos recuerdos, Robert se
había dejado guiar durante mucho tiempo por el orgullo y
el rencor. Se había empeñado en salir adelante sin necesi-
dad de desprenderse de su patrimonio, demostrándole a
todo el que quisiera mirar que era capaz de recomponerse
y volver a ser el hombre acomodado en el que se había lle-
gado a convertir.
Ya no se engañaba con semejantes fanfarrias ni les con-
cedía tanto valor a las opiniones ajenas. No necesitaba el
dinero; las cosas empezaban a irle medianamente bien, y
tal vez por eso había dejado de tener aquella necesidad de
probar a todos su valía.
—Mira, Fenton, puedo subir cien libras más —concedió
su interlocutor como si le estuviera perdonando la vida—,
pero yo que tú dejaría de apretar. No estoy dispuesto a fi-
nanciar tu salida del hoyo. La tierra vale lo que vale.
La sonrisa que se dibujó en la cara de Robert fue tan du-
ra y llena de desprecio que borró de un plumazo la expre-
sión confiada de su interlocutor.
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Un desafío para la señorita Culier Mariam Orazal
—La tierra también sirve para enterrar alimañas, Edwor-
th. Vuelve a hablar me en ese tono y sabrás lo profundo que
está el hoyo. —Se levantó de la silla que ocupaba en la ta-
ber na y le obsequió una mirada ominosa—. Antes que per-
mitir que te la quedes, le prendo fuego al pasto. Hemos
acabado.
—Pero…
Salió de allí con paso fir me y sin prestar atención a los
balbuceos que llegaban desde la mesa. Si Edworth pensa-
ba que iba a quedarse allí sentado escuchando cómo lo in-
sultaba, se había equivocado de cabo a rabo. Eran pocos
los que cometían el error de confundir su actitud prudente
y reservada con alguna suerte de necedad, pero al parecer
era lo que acababa de ocurrir. Lo habían tomado por tonto.
Apartó a un lado el asunto y se dirigió hacia su casa. La
de su madre, en realidad. Había vuelto a residir con ella ha-
cía cosa de dos años. El tiempo más largo de su vida.
Cuando alcanzó el patio trasero, pues había evitado la
zona de más tránsito del pueblo, le sorprendió encontrar
un lujoso carruaje aparcado a pocos metros de la puerta
principal. No era habitual ver ese tipo de vehículos en Halt
Brooden Court.
Se detuvo junto a la cerca y estuvo tentado de ir a ins-
peccionarlo, pero supuso que se enteraría de igual modo
de quién era la visita si entraba en casa.
El hogar de los Fenton era exactamente como lady Valery
Bissop lo recordaba. Había una gran sala con una pequeña
cocina adosada, una mesa de comedor y una zona de estar
junto a la chimenea. Los muebles habían cambiado, pero la
distribución era la misma, solo que ahora lucía un aspecto
mejorado, más elegante, menos humilde.
Ocho años.
Toda una eter nidad sin pisar aquel suelo de grava fina,
sin recorrer los senderos que dibujaban el paisaje del ex-
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Un desafío para la señorita Culier Mariam Orazal
tenso bosque de Halt Brooden Court.
—No sabe la alegría que me da volver a verla, señora
Fenton —confesó—. Está usted tan her mosa como la recor-
daba.
Era una mujer regordeta y muy pequeñita, aunque be-
lla. Tenía un rostro de facciones suaves y ar mónicas, unos
llamativos ojos azules y cabello castaño, algo desteñido por
las canas.
—Bobadas, milady. —Rio ella, encantada—. No soy más
que una vieja buena para nada.
—Eso no es cierto —insistió con vehemencia mientras
buscaba el acuerdo de su marido, que la había acompaña-
do en ese importante día. Este asintió y ella continuó—. Es-
tá usted tal y como la recordaba. ¿Cómo están todos?
¿Dónde están el señor Fenton, y Sarah y Bobby?
Hasta ahí había aguantado sus intentos por ser sutil y
contener el ansia por encontrar respuestas. No había espe-
rado en absoluto una calurosa recibida en aquella casa, ha-
bida cuenta de que nadie había contestado sus cartas du-
rante el último año. Sin embargo, era lo que había en-
contrado.
—Oh, querida, el señor Fenton nos abandonó hace mu-
chos años.
—Lo lamento muchísimo, señora Fenton. —Reforzó sus
palabras acercándose hasta ella y tomándola de las manos.
—Tuvo una caída muy grave poco después de que us-
ted se fuera, ¿sabe? Aquel matasanos de Golding no aten-
dió a mi Homer como debía, y una infección se lo llevó en
el invierno del veintinueve.
—No puedo creer que ya no esté —musitó con nostal-
gia—. Cuántas cosas me he perdido, ¿verdad? ¿Y Bobby?
¿Se casó? ¿Sigue viviendo en Halt Brooden Court?
Él era el motivo esencial de aquella visita. Valery se ha-
bía preguntado durante mucho tiempo qué habría sido de
su mejor amigo de la infancia. Las respuestas no tardarían
en llegar.
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—Pues verá, milady…
—Veo que la vida no te ha tratado mal —interrumpió
una voz sañuda desde la puerta que daba al patio poste-
rior.
Valery se giró sobresaltada.
—Bobby —mur muró.
El sombrero de ala ancha apenas le per mitía adivinar la
expresión del hombre que se hallaba en la penumbra de la
cocina, pero el cuerpo era muy similar a como lo recorda-
ba; alto y fuerte, con unos brazos morenos y nervudos. La
mandíbula cuadrada enmarcaba unos labios finos de tan
apretados, que enseguida se abrieron de nuevo para obs-
equiarle una bienvenida de lo más inesperada.
—No sabía que tenía invitados para comer, madre. Creo
que prefiero un estofado en la taber na. Mándeme un aviso
cuando se haya retirado la visita.
Con esa agria intervención, se dio media vuelta y volvió
a salir al patio. Valery se llevó las manos al pecho. El rencor
que destilaba aquella voz se le había clavado como cientos
de agujas. Dunhcan Bissop, su esposo, se acercó hasta ella
y le puso una mano sobre el hombro.
—No le haga caso, milady —terció Claudia Fenton—. Si
conozco a mi Robert, no se moverá del patio en toda la tar-
de. Odia el estofado de la taber na.
—Pensé que… Pensé que se alegraría de ver me —musi-
tó.
—Tranquila, querida —le contestó Dunhcan—. No tene-
mos por qué quedar nos si no quieres.
—Pero quiero quedar me, Dunhcan. Deseo saber por
qué no ha respondido a ninguna de mis cartas.
—Déjelo un rato a solas, milady —suplicó la señora Fen-
ton con ademán avergonzando—. Necesitará calmarse y,
como le he dicho, no va a marcharse a ningún sitio. Ven-
gan. Siéntense un momento, les pondré un tazón de caldo
que acabo de preparar.
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Después de servirles, se sentó frente a ella. La señora
inspiró hondo y fijó la mirada en sus manos unidas sobre la
mesa.
—Robert no es el chico que era, milady. La vida… no lo
ha tratado demasiado bien. Siempre fue un muchacho ale-
gre, ya lo conocía. Incluso cuando murió mi Homer, que
Dios lo ampare, él se comportó como el gran hombre en el
que todos esperábamos que se convirtiera. Se hizo cargo
del taller de ceras de su padre y lo convirtió en un negocio
más próspero de lo que hubiéramos podido soñar. Se casó
con una joven her mosa y de buen corazón. Él y Regina se
fueron a vivir a las afueras y abrió una nueva fábrica. Más
grande. El negocio no hacía más que crecer. Quiso com-
prar me otra casa más lujosa, ¿saben? Pero estas paredes
están llenas de recuerdos —añadió mirando con nostalgia a
su alrededor—, y yo no podría haber me marchado de aquí.
—Su casa es her mosa, señora Fenton.
—Como le iba diciendo, le fue francamente bien. Consi-
guió que las ceras de su padre se vendieran por toda Ingla-
terra…
—¡Ceras Fenton! —interrumpió Dunhcan como si aca-
bara de descubrir algo importante—. Vaya, las he usado
durante muchos años. Entonces… ¿fue su fábrica la que se
quemó?
La señora asintió con pesar mientras ella digería la noti-
cia.
—Fue una tragedia. Regina… —Alzó los ojos hacia ellos
—. Falleció en ese incendio. La casa estaba adosada al ta-
ller de ceras.
—Pobre Bobby —musitó.
—No solo tuvimos que lidiar con la muerte de mi nuera,
sino que el incendio lo devoró todo. Perdimos el negocio, y
Robert tuvo que trabajar de cualquier cosa para poder li-
quidar todas las deudas.
Estuvieron en silencio un largo instante. Valery no tenía
palabras para consolar a aquella gente. Lamentaba sus ca-
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lamidades, pero aquello no justificaba el hecho de que no
hubiesen querido tener contacto con ella. Había pasado
ocho años fuera, huyendo de un tutor ambicioso y malvado
que había querido arrebatarle su herencia y hasta su vida.
¿No se habían preguntado qué le había ocurrido?
—Todo esto que me cuenta es horrible, señora Fenton.
Imagino que Bobby debió sufrir lo indecible, pero… no lo-
gro entender cómo ha cambiado tanto. ¿Por qué parecía
estar enfadado conmigo?
—Está enfadado con el mundo, querida. Después del
incendio se volvió huraño, callado. Tiene algo por dentro
que lo devora. Creo que se culpa por no haber podido sal-
var a Regina de las llamas, pero no sabría decirle; no le gus-
ta comentar lo que pasó.
—Creo que debería ir a hablar con él —anunció, po-
niéndose en pie.
—Disculpe la pregunta, señora Fenton —terció Dunh-
can—, pero… ¿considera seguro que mi esposa vaya sola a
ver a su hijo en este momento?
—Oh, por supuesto —concluyó al instante—. Es un chi-
co malhumorado y necio, pero jamás ha dado una voz más
alta que otra. Es inofensivo.
Robert la vio salir por la puerta del patio trasero y concen-
tró la vista en el trabajo de sus manos. Se había retirado
junto al pesebre donde bebían las vacas, buscando un po-
co de calma. Trabajar en cosas mecánicas siempre conse-
guía distraerlo, de modo que siguió afilando sus gubias
contra la piedra instalada en el caballete a medida que ella
se acercaba.
—Así que… recibiste mis cartas —lo acusó cuando llegó
hasta donde el hombre se encontraba.
—Las quemé —concretó él sin abandonar su labor.
—¿No querías saber qué había sido de mí? ¿Por qué me
había marchado?
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Robert alzó los ojos grises hacia ella y la observó con
fingido desdén. Tanto su expresión como su postura debían
denotar lo poco que le importaba todo. Llevaba demasiado
tiempo metido en aquella piel como para que no resultara
natural.
Se veía tan bonita como la recordaba. Sus mejillas esta-
ban más llenas y su aspecto en general parecía mostrar que
había disfrutado de una buena vida. Al contrario que él; los
años le habían pasado factura a Robert Fenton. La dura rea-
lidad se había encargado de trocar al niño vivaracho e in-
trépido que ella había conocido en un hombre amargado y
huraño. Pudo leer la decepción en aquellos óvalos casta-
ños.
Sin decir una sola palabra, volvió a sus gubias y sopló
sobre la piedra para eliminar el residuo que había genera-
do el afilado.
—Estoy aquí, Bobby, ¿es que ni siquiera vas a pregun-
tar me…?
—Nadie me llama así —la interrumpió.
—¿Qué? —preguntó contrariada.
—Que todo el mundo me llama Robert.
Dejó de gustarle cuando su nombre vino acompañado
de aquel tono compasivo que todos empezaron a usar des-
pués del incendio. Odiaba la piedad, incluso aunque vinie-
ra de su propia familia.
—Está bien —transigió ella—, Robert. He venido hasta
aquí para contarte…
—No me interesa —volvió a interrumpir.
En un rincón bastante marginal de su cerebro, sabía que
estaba siendo arbitrario y cruel, pero era una costumbre tan
arraigada que no supo, ni quiso, suavizarla.
Para su sorpresa, la elegante dama se acercó en un par
de zancadas y le hizo alzar la cabeza con un semblante
lleno de decisión. Su expresión mutó de inmediato cuando
se detuvo a observar sus cicatrices. Una viga ardiendo le
había caído sobre la cara y sobre el hombro. La línea blan-
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Un desafío para la señorita Culier Mariam Orazal
quecina le ocupaba gran parte de la mejilla derecha; desde
la sien hasta la comisura de la boca. Le sonrió con despre-
cio por aquella curiosidad, aunque le sorprendió compro-
bar que ella no mostraba desagrado ni tampoco morbo.
Por el contrario, le ofreció una mirada muy seria y le alzó un
poco más la barbilla.
—Apenas tengo un indicio de lo dura que ha sido tu vi-
da. No sé qué amarguras te corroen por dentro. Pero sí te
puedo asegurar una cosa, Robert Fenton, yo no soy res-
ponsable de ninguna de ellas. No tienes ningún derecho a
tratar me de este modo.
En los dos años que venía durando su particular batalla
contra el mundo, nadie se había atrevido a reprocharle na-
da. Nadie le había hablado con tamaña osadía y fir meza.
Tuvo que apartar la vista para ocultar su sorpresa y su admi-
ración. Se levantó, llevó las gubias hasta un cajón que había
junto al abrevadero y sacó otras nuevas. Volvió a su asiento
en la bala de paja y se quedó parado junto a ella hasta que
se apartó. De nuevo volvió a sentarse y comenzó a afilar
ese nuevo juego de herramientas.
—¿No quieres escuchar me? —inquirió ella, cada vez
más irritada.
—Cualquier mujer más inteligente ya lo habría com-
prendido.
Le supieron mal aquellas palabras nada más pronunciar-
las. Quizá se le estaba yendo la mano. Una cosa era igno-
rarla cuando se limitaba a mandar cartas, pero teniéndola
delante, le estaba costando mantener la fachada de indife-
rencia. Robert empujó aquel sentimiento de añoranza que
quiso emerger en su mente y se obligó a per manecer inmu-
ne a la tristeza que empezaba a dibujarse en aquel rostro
bondadoso y otrora risueño de la que había sido su única
amiga.
—¿Cómo has podido guardar me tanto rencor?
—Ni siquiera me acordaba de ti hasta que te he visto en
el comedor de mi casa —mintió con un tono impasible, de-
14
FIN DEL FRAGMENTO
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