El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
Darlis Stefany
El deseo prohibido
de Doug
LIBRO II DE LA SAGA BG.5
Nova Casa Editorial
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
Publicado por:
Nova Casa Editorial
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© 2017, Darlis Stefany
© 2017, de esta edición: Nova Casa Editorial
Editor
Joan Adell i Lavé
Coordinación
Claudia Márquez
Daniel García P.
Portada
María Alejandra Domínguez
Maquetación
Daniela Alcalá
Revisión
Mario Morenza
ISBN: 978-84-16942-94-7
Cualquier for ma de reproducción, distribución, comunicación pública o trans-
for mación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titu-
lares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de
Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
Índice
Portadilla
Sinopsis
Prólogo
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
Capítulo XXXII
Capítulo XXXIII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
Capítulo XXXVI
Capítulo XXXVII
Capítulo XXXVIII
Capítulo XXXIX
Capítulo XL
Capítulo XLI
Capítulo XLII
Capítulo XLIII
Capítulo XLIV
Capítulo XLV
Capítulo XLVI
Capítulo XLVII
Capítulo XLVIII
Capítulo XLIX
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
Capítulo L
Capítulo LI
Capítulo LII
Capítulo LIII
Capítulo LIV
Capítulo LV
Capítulo LVI
Capítulo LVII
Capítulo LVIII
Capítulo LIX
Capítulo LX
Epílogo
Forbidden Fantasy (versión original)
Darlis Stefany
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
Sinopsis
Algo que Doug siempre supo es que la her mana Jeffer-
son era intocable, perfecta y definitivamente no destinada
para él. ¿Pero algo que también supo? Que por más que lo
intentara no podría huir de ella, no cuando esos ojos azules
verdosos y sonrisa angelical estaban destinados a perse-
guirlo en sueños, duchas e incluso en el escenario, ¿y por
qué no decirlo? También lo perseguían mientras escribía
una canción.
El problema de Hilary siempre se ha reducido en volver
al mismo punto de partida: desear a Doug McQueen. Inclu-
so viéndolo en revistas con todos sus ligues, ella no puede
huir de los cosquilleos en su estómago, ni el deseo de te-
nerlo para sí misma.
¿Qué se hace cuando se desea lo prohibido? Lo tomas
y ese es el error que Doug ha creído cometer. Ha tomado
su deseo.
¿Dónde radica el error de Doug? En tomar el deseo que
lleva por apellido Jefferson, el mismo apellido que sus dos
sobreprotectores amigos, compañeros y her manos de ban-
da poseen.
Se han dejado llevar, las cosas fueron más allá de lo pla-
neado y ahora no saben cómo enfrentarlo.
Una cosa es cierta: Doug no sabe cómo decirle a los
her manos Jefferson que ha dejado algo más que besos en
su her mana, que ha dejado algo echando raíces en su cuer-
po.
Entonces así es como sucede, así es como Hilary siem-
pre ha sido y parece ser el deseo prohibido de Doug.
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
Renunciar a lo que se quiere, nunca ha sido fácil.
Vencer los miedos nunca ha sido difícil.
¿Un «te amo»? Mierda, es de valientes.
Hay tantas jodidas palabras para describir una emoción.
Pero, princesa, tú me dejas sin una palabra que decir.
Quiero alabar tus curvas, perder me en tus
labios y saborear tu cuerpo.
Pero la cosa es esta:
Cuando te veo, todo me da vueltas.
¿Es amor?
Dime qué es esto. Me estoy volviendo loco,
pero no quiero dejar de sentirlo.
Puedo atravesar obstáculos solo si tú te atreves a amar-
me.
La princesa Jefferson es prohibida, pero lo prohibido
siempre me ha llamado y cautivado.
Esta no ha sido la excepción.
DOUG MCQUEEN.
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
Prólogo
3 de junio, 2005.
—¿Cariño, estás molesta? —pregunta mamá, sonrío
aunque no quiero hacerlo.
Por supuesto que estoy molesta, es mi cumpleaños nú-
mero trece, quería hacer una pijamada, realmente lo desea-
ba. Pero entonces hace cinco meses mis her manos queda-
ron en una banda y hoy conoceremos a sus miembros.
—No, mamá, estoy bien, de verdad.
—Luego prometo que te llevaremos a comer helado ca-
riño —asegura papá entrando en la cocina y robando un
beso de mamá.
Hago mi sonrisa aún más grande para que sea más creí-
ble, luego suspiro y me dirijo a la sala, en donde me dejo
caer en un acogedor sofá. Paso una mano continuamente
por mi pantalón, que debería ser ajustado, pero bueno, pa-
rece que aún por asuntos del destino seré una chica plana,
por lo menos no soy fea, es mi consuelo al ser plana.
Llevo puesta la camisa que Dexter y Harry me regalaron,
aun cuando esta dice «Princesa», me gusta porque me la
dieron mis her manos, her manos que ya extraño.
Cinco meses atrás mis her manos audicionaron y queda-
ron en una banda, pero anterior a eso, dos meses antes, al
vivir juntos en un pequeño apartamento, solían venir a me-
nudo, pero ahora sus visitas no son tan frecuentes.
Lo bueno es que las odiosas chicas ya no se pasean por
nuestra casa intentando tener la atención de mis her manos.
—Vamos, cariño, regálame una sonrisa —dice papá de-
trás de mí tomándome por sorpresa.
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
—¡Papá, me has asustado!
—Prometo que este será un genial cumpleaños, sabes
que yo, Carter Jefferson, no rompo mis promesas nunca.
—Creo en ti.
—Y yo creo en ti, cariño.
Le doy una sonrisa sincera antes de sentir sus labios pre-
sionar mi frente, el timbre suena, suspiro lentamente. Es mi
cumpleaños, quiero estar con mis amigas, no conocer a la
banda que se está llevando a mis her manos.
Doy otro suspiro cuando escucho voces masculinas y
roncas de tanto reír. La risa de Dexter sobresale entre las
demás y no puedo evitar sonreír, Dexter nunca ha sido un
chico callado.
Sigo pasando la mano continuamente por mi pantalón,
unos brazos me rodean desde atrás y no puedo evitar son-
reír realmente.
—Hola, pero si es mi her mosa cumpleañera, mi Hil —di-
ce Harry besando sonoramente mi mejilla. No puedo evitar
emocionar me, poner me de pie y arrojar me a los brazos de
mi her mano—. Feliz cumpleaños, her mosa.
Dejo que me abrace por cuánto tiempo quiera. Mamá
dice que soy demasiado apegada con mis her manos, que
soy algo dependiente de ellos, pero para mí ellos son más
que mi familia, incluso unos héroes.
—Te amo, Hil.
—Y yo a ti Harry, aunque ya no me visites.
Harry me separa de su cuerpo y frunce el ceño, pero rá-
pidamente Dexter aparece con su sonrisa ladeada y diverti-
da.
—Mi her mosa her mana cumple 13 años, que belleza —
dice a paso apresurado antes de alzar me sobre mis pies y
comenzar a dar vueltas.
—¡Dex! —digo riendo. Cuando me libera comienza a
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
apretar mis mejillas con diversión, haciendo que Harry gire
sus ojos.
Tras de Dexter veo tres sombras, sus compañeros de
banda. Los roba her manos. Plasmo de nuevo mi sonrisa fal-
sa, mientras Harry me encamina hacia ellos.
—Ellos son BG.5 Hil, él es Andrew —anuncia Harry, un
atractivo chico de cabello rubio color miel me tiende la ma-
no con una bella sonrisa.
—Es un placer conocerte Hilary, feliz cumpleaños.
—Gracias, Andrew.
—Él es Ethan —sigue Dexter, señalando a un muy atrac-
tivo chico que me guiña un ojo y besa mi mano—, eh, no te
la des de listillo.
—Y él es Doug —finaliza Harry.
Es un chico rubio, por supuesto que increíblemente
atractivo, con unos ojos azules claros y profundos. Me rega-
la una pequeña sonrisa mientras una de sus manos se man-
tiene tras su espalda. Por alguna razón solo me mantengo
en silencio mientras él toma mi mano y la sacude.
Mis palabras ter minan de desaparecer cuando de su es-
palda saca una rosa blanca, una her mosa rosa blanca que
pasa por mi nariz haciéndome reír por la cosquilla que me
produce.
—Es un placer conocerte princesa Jefferson —señala mi
camisa, justo en «Princesa»—, esta rosa es para ti. Feliz
cumpleaños —agranda su sonrisa mientras me ve tomar la
rosa.
Dexter lo empuja levemente mientras dice cuan «estúpi-
do» es que me diera una rosa sin conocer me, pero yo solo
lo observo y quiero creer que él me observa a mí.
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
Capítulo I
23 de agosto, 2012.
¿Alguien conoce esa sensación de humillación? Es exac-
tamente la sensación que invade mi cuerpo en este mo-
mento, me siento humillada y no puedo rehuir de ese senti-
miento.
Josh habla y habla tantas veces como puede, pero to-
das sus palabras son más de lo mismo: mis her manos. Es al-
go tan común y repetitivo que ya no me per mito sentir mo-
lestia, ya es algo más cercano a la resignación.
Mi celular vibra, por lo que lo tomo y bajo la vista hacia
él. Leo el mensaje de Katherine.
«La boda va a empezar ¿En dónde estás? Te nece-
sito Hil, Ashton está aquí y él ha aceptado hablar con-
migo, tengo miedo de lo que vaya a decir me».
Leo el mensaje al menos tres veces, me encanta la pare-
ja que hacen Keith y Bridget. Ellos son geniales, pero, ho-
nestamente, no me siento con ánimos de festejar el amor
de otros, aun cuando eso suene egoísta y totalmente no
suena como yo.
Tengo grandes dilemas para decidir si quiero o no ir, so-
bre todo tomando en cuenta de que Katherine, quien se ha
convertido en la amiga más importante y sincera que ten-
go, parece necesitar me.
Una vez más veo a Josh, me parece que dice algo acer-
ca del nuevo CD de la banda a la que pertenecen mis ama-
dos her manos y que pronto será lanzado a la venta. Josh
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
parecía tan perfecto que realmente pensé que no pasaría
por esto de nuevo, pero heme aquí, escuchando a un chico
que debería estar interesado en mí hablando de BG.5 e ig-
norando todo lo que yo pueda tener para decir.
Quizás estoy destinada a morir soltera…, y virgen.
Ese pensamiento me hace estremecer, mierda, nadie
quiere morir virgen y sola.
—Y te juro que aquella vez que los vi yo… —sigue Josh,
creo que ahora habla acerca de un concierto de BG.5 al
que acudió.
Ni pensar que estuve saliendo dos meses con Josh y fue
agradable, pero hoy, que he nombrado a mis her manos y él
ha hecho cálculos, la magia se esfumó, ahora para él solo
soy Hilary Jefferson, la her mana de Harry y Dexter Jeffer-
son.
Creo que tengo fuertes ganas de llorar.
Quien diga que las chicas bonitas lo tienen todo fácil no
saben lo que dicen.
—Por favor, cállate, Josh —pido finalmente antes de
respirar hondo y tratar de contener las estúpidas ganas de
llorar—, has arruinado esta cita, será mejor que lo dejemos
de este modo.
—¿Qué sucede Hilary?
—Sucede que soy Hilary, una persona, una chica que
quería tener algo contigo, no soy solamente la her mana Je-
fferson.
—Debes entender que es algo grandioso el que seas su
her mana…
—Sé que es algo grandioso, amo tener a esos idiotas
como her manos, pero no me gusta la manera en la que lo
estás enfocando, simplemente que te vaya bien, Josh.
Creo que Josh está diciéndome algo, pero salgo a toda
prisa de la cafetería buscando un taxi que desearía me lle-
vara a mi casa donde mamá pueda dar me un abrazo y de-
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
cir me que no es la gran cosa, ella puede entender me, pero
estoy en Liverpool, quizás sea un poco cruel haber traído a
Josh a Liverpool y ter minarle, pero se suponía él sería mi
acompañante a la boda.
Lo he decidido, iré a la boda, Katherine me necesita y
no dejaré que se hunda de la manera en la que siento que
me estoy hundiendo yo.
• • •
Cuando llego a la casa de los Stuart me parece que to-
dos ya están celebrando, incluso me topo con Andrew
quien me da una de sus dulces sonrisas mientras se detiene
a saludar me.
—Pensé que no vendrías.
—Sí… Solo se me hizo un poco tarde —digo, devolvién-
dole la sonrisa cuando besa mi mejilla a modo de saludo.
—Te ves preciosa, déjame decirte —me hace dar una
vuelta y escucho un bufido, al dar me vuelta se trata de
Dexter quien me estrecha entre sus brazos.
—Llegaste tarde, cariño —mur mura cerca de mi frente.
—Estaba haciendo algo —respondo, devolviéndole el
abrazo. Abrazar a cualquiera de mis dos her manos se siente
genial, se siente como que estoy siendo protegida y ama-
da.
—¿Sucede algo? —cuestiona Dexter viéndome fijamen-
te con esos ojos verdes nítidos que, en ocasiones, pueden
resultar intimidantes.
Dexter puede afir mar que Harry y yo poseemos ojos in-
creíbles, pero los suyos no se quedan atrás, son de un ver-
de muy vivido que resulta intenso bajo una mirada.
—Estoy bien.
—¿No ibas a venir con el enclenque del chico de tu uni-
versidad? —pregunta mi her mano liberándome de su abra-
zo, haciéndome reír, tal vez debí decirle a Josh la manera
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El deseo prohibido de Doug Darlis Stefany
en la que Dexter lo llama.
—No, para nada, él quedó atrás —digo con una peque-
ña sonrisa mientras desplazo mi mirada por el jardín.
Inmediatamente mis ojos dan con Doug, que se en-
cuentra hablando con Ashton. Siento esa molestia que me
invade cada vez que aparecen esas cosquillas al ver a al-
guien que siempre me ha visto como «la her manita Jeffer-
son».
Desde que tengo uso de memoria Doug me ha gusta-
do, me ha gustado de una manera que antes solía asustar-
me y hacer me llorar por anhelar a alguien que no era capaz
de ver me de la misma for ma.
Recuerdo que cuando lo conocí a los 13 años, pasó de
llamar me la atención a hacer me tener un vergonzoso ena-
moramiento que desde luego resultó un poco obvio.
La etapa 15/16 no fue mucho mejor, para ese entonces:
él era increíblemente dulce y hacía sus comentarios listillos
y picantes pero siempre midiendo sus límites cuando se tra-
taba de mí, aunque a veces me daba algunas miradas siem-
pre parecía tener me detrás de unas barreras.
Cuando él comenzó a coquetear con una amiga, incluso
frente a mí, fue como sentir mis ilusiones esfumarse con to-
dos esos sueños tontos de nosotros dos juntos. Me di cuen-
ta de la realidad y volví al anonimato de imaginaciones, pe-
ro siempre procurando no dejar me llevar, después de todo
debía proteger me.
Pero esta es la cosa, uno no tiene el poder de controlar
el hecho de que alguien te guste de tal manera como para
colarse en tus pensamientos. Las emociones pueden ser
manipulables, pero no pueden dirigirse.
Y aunque me molesta que aún Doug me guste, también
me agrada la sensación de cosquilleo y expectación de lo
que suelen ser pequeñas conversaciones divertidas. No
puedo culparlo, nunca me ha ilusionado, solo soy como
cualquier típica chica que no puede evitar caer bajo sus en-
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FIN DEL FRAGMENTO
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