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Cataclismo de Damocles: Peligro Nuclear

El discurso de Gabriel García Márquez presenta una visión apocalíptica sobre el potencial desastre nuclear que enfrenta la humanidad, destacando que la existencia de más de cincuenta mil ojivas nucleares representa una amenaza inminente. A través de comparaciones económicas, enfatiza que los recursos destinados a la guerra podrían resolver problemas globales como la pobreza, la salud y la educación. García Márquez concluye instando a la creación de una 'arca de la memoria' para preservar la historia de la humanidad y sus luchas por la paz y la justicia.

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Cataclismo de Damocles: Peligro Nuclear

El discurso de Gabriel García Márquez presenta una visión apocalíptica sobre el potencial desastre nuclear que enfrenta la humanidad, destacando que la existencia de más de cincuenta mil ojivas nucleares representa una amenaza inminente. A través de comparaciones económicas, enfatiza que los recursos destinados a la guerra podrían resolver problemas globales como la pobreza, la salud y la educación. García Márquez concluye instando a la creación de una 'arca de la memoria' para preservar la historia de la humanidad y sus luchas por la paz y la justicia.

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UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

Sede Manizales

BOLETÍN AMBIENTAL
INSTITUTO DE ESTUDIOS AMBIENTALES
IDEA - CAPÍTULO MANIZALES
1.

EL CATACLISMO DE DAMOCLES

Por: Gabriel García MárquezC )

Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el
humo de los continentes en llamas derrotaran a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el
mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará
el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontraran
el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazonía desaparecerá de la faz del
planeta destruida por el granizo, y la era del rock y de los corazones trasplantados estará de regreso a su
infancia glacial. Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el
privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna. solo habrán
salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La creación habrá terminado. En el caos
final de la humedad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas.


( ) Discurso pronunciado por el premio Nobel en conferencia Ixtapa México en 1985.

2
Señores Presidentes, señores Primeros Ministros, amigas, amigos:

Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino la visión anticipada de un desastre
cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión -dirigida o accidental- de sólo una parte
mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes
potencias.

Así es. Hoy, seis de agosto de 1986, existen en el mundo más de cincuenta mil ojivas nucleares emplazadas.

En términos caseros, esto quiere decir que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barril
con unas cuatro toneladas de dinamita, cuya explosión total pude eliminar doce veces todo rastro de vida en la
Tierra. La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal, que pende sobre nuestras cabezas como un
cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar cuatro planetas más que los que giran
alrededor del sol, y de influir en el equilibrio del sistema solar. Ninguna ciencia, ningún arte, ninguna industria
se ha doblado a sí mismas tantas veces como la industria nuclear desde su origen, hace cuarenta y un años, ni
ninguna otra creación del ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de determinación sobre el destino del
mundo.

El único consuelo de estas simplificaciones terroríficas, -si de algo nos sirven-, es comprobar que la
preservación de la vida humana en la tierra sigue siendo todavía más barata que la peste nuclear. Pues con el
solo hecho de existir, el tremendo apocalipsis cautivo en los silos de muerte de los países más ricos está

malbaratando las posibilidades de una vida mejor para todos.

En la asistencia infantil, por ejemplo, esto es una verdad de aritmética primaria. El UNICEF calculó en 1981
un programa para resolver los problemas esenciales de los quinientos millones de niños más pobres del
mundo. Comprendía la asistencia sanitaria de base, la educación elemental, la mejora de las condiciones
higiénicas, del abastecimiento de agua potable y de la alimentación. Todo esto parecía un sueño imposible de
cien mil millones de dólares. Sin embargo, ese es apenas el costo de cien bombarderos estratégicos B-IB, y de
menos de siete mil cohetes CRUCERO, en cuya producción ha de invertir el gobierno de los Estados Unidos
veintiún mil doscientos millones de dólares.

En la salud, por ejemplo: con el costo de diez portaviones nucleares Nimitz, de los quince que van a fabricar
los Estados Unidos antes del año 2.000, podría realizarse un programa preventivo que protegiera en esos
mismos catorce años a más de mil millones de personas contra el paludismo, y evitara la muerte -sólo en
Africa- de más de catorce millones de niños.

En la alimentación, por ejemplo: el año pasado había en el mundo, según cálculos de la FAO, unos quinientos
setenta y cinco millones de personas con hambre. Su promedio calórico indispensable habría costado menos de
ciento cuarenta y nueve cohetes 10C, de los doscientos veintitrés que serán emplazados en Europa occidental.
Con veintisiete de ellos podrían comprarse los equipos agrícolas necesarios para que los países pobres adquieran
la suficiencia alimentaria en los pró>dmos cuatro años. Ese programa, además, no alcanzaría a costar ni la
novena parte del presupuesto militar soviético de 1982.

En la educación, por ejemplo: con sólo dos submarinos atómicos Trident, de los veinticinco que planea fabricar
el gobierno actual de los Estados Unidos, o con una cantidad similar de los submarinos Tifón que está
construyendo la Unión soviética, podrían intentarse por fin la fantasía de la alfabetización mundial. Por otra
parte, la construcción de las escuelas y la calificación de los maestros que harán falta al Tercer Mundo para
atender las demandas adicionales de la educación en los diez años por venir, podrían pagarse con el costo de
doscientos cuarenta y cinco cohetes Tridente II. y aún quedarían sobrando cuatrocientos diecinueve cohetes
para el mismo incremento de la educación en los quince años subsiguientes.

Puede decirse, por último, que la cancelación de la deuda externa de todo el Tercer Mundo, v su recuperación
económica durante diez años, costaría poco más de la sexta parte de los gastos militares del

mundo en ese mismo üempo. Con todo, frente a este despilfarro económico descomunal, es todavía más
inquietante y doloroso el despilfarro humano: la industria de la guerra mantiene en cautiverio al más grande
contingente de sabios jamás reunido para empresa alguna en la historia de la humanidad. Gente nuestra,

cuyo sitio natural no es allá sino aquí, en esta mesa, y cuya liberación es indispensable para que nos
ayuden a crear, en el ámbito de la educación y la justicia, la única que puede salvarnos de la barbarie: una
cultura de la paz.

A pesar de estas certidumbres dramáticas, la carrera de las armas no se concede un instante de tregua
Ahora, mientras almorzamos, se construyó una nueva ojiva nuclear.

Mañana, cuando despertemos, habrá nueve más en los guadarneses de muerte del hemisferio de los ricos. Con
lo que costará una sola de ellas alcanzaría -aunque sólo fuera por un domingo de otoño- para perfumar de
sándalo las cataratas del Niágara.

Un gran novelista de nuestro tiempo se preguntó alguna vez si la tierra no será el infierno de otros planetas.
Tal vez sea mucho menos: una aldea sin memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio de la
gran patria universal. Pero la sospecha creciente de que es el único sitio del sistema solar donde se ha dado la
prodigiosa aventura de la vida, nos arrastra sin piedad a una conclusión descorazonada: la carrera de las armas
va en sentido contrario de la inteligencia.

Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la naturaleza, cuya finalidad escapa
inclusive a la clarividencia de la poesía. Desde la aparición de la vida visible en la tierra debieron transcurrir
trescientos ochenta millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros ciento ochenta millones
de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que
los seres humanos -a diferencia del bisabuelo Pitecántropo- fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y
de morirse de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber
concebido el modo de que un proceso multimilenario tan dispendioso y colosal, pueda regresar a la nada de
donde vino por el arte simple de oprimir un botón.

Para tratar de impedir que eso ocurra estamos aquí, sumando nuestras voces a las innumerables que claman
por un mundo sin armas y una paz con justicia. Pero aun si ocurre -y más aún si ocurre-, no será del todo inútil
que estemos aquí. Dentro de millones de millones de milenios después de la explosión. una salamandra triunfal
que habrá vuelto a recorrer la escala completa de las especies, será quizás coronada como la mujer más
hermosa de la nueva creación. De nosotros depende, hombres y mujeres de ciencia, hombres y mujeres de las
artes y las letras, hombres y mujeres de la inteligencia y la paz, de todos nosotros depende que los invitados a
esa coronación quimérica no vayan a su fiesta con nuestros mismos terrores de hoy. Con toda modestia, pero
también con toda la determmación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de
concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos
siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que
no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó
la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que
sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre. y cuán sordos se
hicieron a nuestros clamores de paz para que ésta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan
bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del universo.

Coordinador de la
edición .-\.lberto
Marulanda López
Profesor IDEA-U.N.

Impreso Centro de Publicaciones U. Nal. Sede Mmles agosto 1995

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