0% encontró este documento útil (0 votos)
5 vistas22 páginas

La lección de María sobre la verdad

La historia de María muestra cómo una mentira puede crecer y causar problemas, llevando a una lección sobre la importancia de la verdad. Jacobo, apodado 'niño cabeza de zanahoria', aprende sobre la amistad y el respeto tras intentar burlarse de un compañero. A través de varias fábulas, se enfatiza la importancia de valorar lo que se tiene, adaptarse a las circunstancias y no intentar complacer a todos.

Cargado por

i2316630
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
5 vistas22 páginas

La lección de María sobre la verdad

La historia de María muestra cómo una mentira puede crecer y causar problemas, llevando a una lección sobre la importancia de la verdad. Jacobo, apodado 'niño cabeza de zanahoria', aprende sobre la amistad y el respeto tras intentar burlarse de un compañero. A través de varias fábulas, se enfatiza la importancia de valorar lo que se tiene, adaptarse a las circunstancias y no intentar complacer a todos.

Cargado por

i2316630
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La mentira de María

La historia comienza en un día cualquiera en la escuela cuando María, que era muy traviesa y le
gustaba mucho hacerle bromas a sus compañeros, hizo que su amiga Tania llorara, se enfadara
con ella y le contara a la profesora su travesura. Entonces la maestra habló con María
seriamente y le dijo que llamara a sus padres, que quería hablar con ellos al día siguiente en la
escuela:
Oh, eso no podrá ser de momento -contestó María ideando una mentira para escapar de la
situación-, mamá ha estado un poco delicada de salud y papá la tiene que cuidar.
Inmediatamente la maestra se preocupó y preguntó a María que era lo que tenía su madre:
No estoy muy segura, pero no puede levantarse de la cama y papá no puede dejarla, solo para ir
al trabajo– respondió María.
Al día siguiente, a la hora de pasar lista, la maestra muy atentamente preguntó a María si su
madre ya se encontraba mejor, a lo que ella respondió:
Muy mal, no creo que pueda venir a la escuela estos días.
Una respuesta que alarmó mucho a sus compañeros de clases, que fueron muy atentos con ella
colmándola de atenciones para animarla. A María la mentira le hacía sentir un poco mal, pero en
el fondo le gustaban mucho los dulces y los mimos, por lo que no había mal que por bien no
viniera y decidió mantener la mentira durante bastante tiempo.
Al igual que una bola de nieve rodando, cada vez la mentira se hacía más grande y todos
pensaban que la mamá de María estaba muy mal en casa, por lo que se sentían muy
preocupados por ella. Sin embargo, como siempre pasa con las mentiras, finalmente la verdad
salió a la luz el día que la maestra de María se encontró con la mamá en el supermercado.
Cuando la maestra de María preguntó preocupada por su salud, la madre respondió:
No he estado enferma desde hace mucho tiempo… ¡estoy tan fuerte como un roble!
Aquella frase dejó al descubierto la fatal mentira de María.
Al día siguiente, y como siempre cuando se pasaba lista, la maestra preguntó por su mamá a
María y la niña contó lo mal que estaba, como venía haciendo desde semanas atrás.
¿En serio, María? – Preguntó la maestra muy molesta.
Sí – Respondió la niña algo confundida.
Tras aquella respuesta la maestra se levantó y salió del salón. Cuando volvió la sorpresa fue
enorme para todos, pues la mamá de María entró en el aula detrás de ella. Parecía muy
disgustada, y en aquel momento la maestra aprovechó la oportunidad para enseñarles una
lección importante a todos:
Las mentiras son malas y tienen las patas muy cortas. Lastiman a quienes más queremos y
terminan empeorando una situación, porque la verdad siempre sale a la luz, no importa cuánto
tarde.
Ningún compañero se dio cuenta de lo que había pasado, pues pensaron que por fin la mamá de
María se había curado, pero aprendieron también aquel día que las mentiras nunca son una
buena opción. María, por su parte, que sí sabía muy bien de que hablaba su maestra, se acercó
a pedir perdón a su mamá y a su profesora al término de la clase comprometiéndose a no decir
mentiras nunca más. Aquel apuro había sido una lección suficiente para María, que vio en la
cara de su mamá la realidad de que lastimar a alguien con una mentira no vale nada la pena.
Jacobo el niño cabeza de zanahoria

Érase una vez un niño llamado Jacobo. Jacobo era un jovencito con muchas pecas en la cara y
el cabello del color de una zanahoria. Como a todos los niños, a Jacobo le gustaba jugar con la
pelota junto a sus amigos, y a ellos les parecía genial que él tuviese el cabello como una
zanahoria. Cuando iban a visitarlo y la mamá de Jacobo les servía zanahorias, sus amigos
gritaban:
¡Una zanahoria se está comiendo a otra zanahoria!
Y Jacobo reía como el que más, porque le hacía sentirse muy, muy especial.
A Jacobo le gustaba mucho jugar con sus amigos, pero llegó un día en que no pudo jugar con
ellos porque tuvo que cambiar de colegio y ya no conocía a nadie. Aquella situación a Jacobo le
puso muy triste, no sabía qué hacer.
Cuando entró en clase pudo ver que un niño bastante más alto que él estaba jugando con una
pelota, y que los demás niños le miraban jugar. Hablaban con él y se reían, de forma que a
Jacobo aquel niño le resultó bastante popular. José se llamaba aquél niño y, de entre todos los
compañeros de clase, era el más alto y el que parecía de mayor edad, de manera que Jacobo
pensó que si se burlaba de él, podría ganar el respeto de sus nuevos compañeros y que así
todos fuesen sus amigos.
De esta forma se acercó hacia donde estaban los compañeros de clase, señaló a José y dijo:
– Eres alto como los adultos, pero juegas a la pelota como un bebé. ¡Eres un bebé!- le dijo
Jacobo, a pesar de que había observado en él a un fantástico compañero con el que jugar a la
pelota.
– ¿Por qué me dices eso, niño zanahoria? Yo solo estoy jugando con la pelota sin molestar a
nadie, déjame en paz.
Haberlo llamado “niño zanahoria” ocasionó que todos los demás niños se rieran, aunque José no
lo hubiera dicho con esa intención. Por ello, a partir de entonces, todos se burlaron de Jacobo
llamándole “el niño cabeza de zanahoria”.
¡Eres una zanahoria, con la cabeza naranja y grandota!- le decían los demás niños.
Jacobo, al ver que su plan había fallado, no pudo hacer otra cosa que ponerse a llorar. Sin
embargo, aquella actitud no le gustó a José, que decidió hablar seriamente con todos sus
amigos:
¿Por qué os reís de él? Yo le dije niño zanahoria porque tiene el cabello del color de una
zanahoria y no para burlarme, porque uno no se puede burlar de las demás personas. Todos
nosotros en esta clase somos amigos y, si nos reímos de nuestros amigos, seremos unas malas
personas.
A lo que todos asintieron porque supieron que José tenía razón.
José se acercó y trató de calmar a Jacobo diciéndole que lo invitaría a comer zanahorias:
Y así serás una zanahoria comiéndote otra zanahoria- dijo José con el tono tan amable, que casi
parecía uno de los antiguos amigos de Jacobo.
Al recordar a sus viejos amigos, Jacobo dejó de llorar, pidió perdón a José y sus demás nuevos
compañeros, les contó que solo quería ser popular entre ellos y agradeció a José el haber sido
tan bueno con él.
De esta forma Jacobo entendió el valor de la amistad y del verdadero respeto, y nunca más trató
Cómo el mono se volvió bromista

Había una vez un hermoso jardín en el que crecían toda clase de frutas. A todos los animales
que habitaban en el jardín les era permitido comer las frutas que quisieran, siempre y cuando
observaran una regla: debían hacer una amable solicitud al árbol llamándolo por su nombre. Era
de suma importancia decir “por favor” y no ser codiciosos.
Cada vez que un animal comía del árbol, debía asegurarse de dejar suficiente fruta para que
otros animales pudieran alimentarse de él. Igualmente, las frutas que quedaban permitían a los
árboles producir semillas y propagarse.
Si un animal deseaba comer higos, su solicitud debía sonar como esta: “Oh, higuera, oh,
higuera, por favor dame un poco de tu fruta “; o si deseaban comer naranjas, tenían que decir:
“Oh, naranjo, oh, naranjo, por favor dame un poco de tu fruta “.
En un rincón del jardín crecía el árbol más espléndido de todos. Era alto y hermoso, y la fruta
rosada sobre sus frondosas ramas lucía maravillosamente tentadora. Ningún animal había
probado esa fruta, porque ninguno podía recordar su nombre.
En una pequeña casa al final del jardín, habitaba una viejecita que conocía los nombres de todos
los árboles frutales que crecían en el jardín. Los animales a menudo se acercaban a ella y le
preguntaban el nombre del maravilloso árbol frutal, pero el árbol estaba tan lejos de la casa de la
viejecita que ningún animal lograba recordar el largo y difícil nombre cuando llegaban hasta él
Sin embargo, el mono era muy ingenioso y pensó en un truco. Quizás no lo sepas, pero el mono
de esta leyenda sabe cómo tocar la guitarra. Con su instrumento debajo del brazo fue a la
pequeña casa de la viejecita. Cuando la viejecita le dijo el nombre del maravilloso árbol frutal, él
inventó una pequeña melodía y la cantó una y otra vez desde la pequeña casa de la anciana
hasta el lugar del jardín donde crecía el árbol.
En el camino, los animales le preguntaron qué canción nueva entonaba, pero el mono no
respondió ni una palabra. Siguió marchando de frente, tocando su melodía una y otra vez con su
guitarra y cantando suavemente el largo y difícil nombre del árbol.
Por fin, el mono llegó al rincón del jardín donde crecía el maravilloso árbol frutal. Nunca lo había
visto tan hermoso. Su fruta rosada brillaba a la luz del sol. El mono hizo su amable solicitud,
diciendo su largo y difícil nombre dos veces sin olvidar el importante “por favor“.
¡Qué hermoso color y qué delicioso olor tenía su fruta! El mono nunca en toda su vida había
estado tan cerca de algo que oliera tan delicioso. Entonces, tomó un gran bocado. ¡Qué cara
hizo! Esa hermosa fruta de olor dulce era amarga y agria, y tenía un sabor repugnante. El mono
la tiró tan lejos como pudo.
El mono nunca olvidó el nombre del árbol y la pequeña melodía que había inventado. Tampoco
olvidó cómo sabía la fruta. Tanto fue su desagrado que nunca volvió a comerla. Pero después de
esta experiencia, su broma favorita era invitar a los otros animales a probar la fruta del árbol
maravilloso, solo para ver las caras que hacían con el primer mordisco.
¡Y fue así como el mono se volvió bromista!
El perro y su reflejo

Un perro muy hambriento caminaba de aquí para allá buscando algo

para comer, hasta que un carnicero le tiró un hueso. Llevando el hueso

en el hocico, tuvo que cruzar un río. Al mirar su reflejo en el agua creyó

ver a otro perro con un hueso más grande que el suyo, así que intentó

arrebatárselo de un solo mordisco. Pero cuando abrió el hocico, el

hueso que llevaba cayó al río y se lo llevó la corriente. Muy triste quedó

aquel perro al darse cuenta de que había soltado algo que era real por

perseguir lo que solo era un reflejo.

Moraleja: Valora lo que tienes y no lo pierdas por envidiar a los

demás.
El murciélago y las comadrejas

Un murciélago cayó al suelo y de inmediato fue atrapado por una comadreja que

detestaba las aves. Viéndose a punto de perecer, le suplicó a la comadreja que lo

dejara vivir. La comadreja se negó, diciendo que era su naturaleza ser enemiga de

todas las aves. Resuelto a no darse por vencido, el murciélago le aseguró que no

era un ave sino un ratón. Dudosa, la comadreja se acercó al murciélago y al notar

que este no tenía plumas, lo dejó en libertad.

A los pocos días, el murciélago volvió a caer al suelo y fue atrapado por otra

comadreja. Sin embargo, esta comadreja sentía una gran hostilidad hacia los

ratones. Nuevamente, el murciélago rogó por su vida. La comadreja se negó,

afirmando que desde el día de su nacimiento es enemiga de todos los ratones. El

murciélago le aseguró que no era un ratón sino un pájaro. La comadreja se acercó

al murciélago y al observar sus alas, lo dejó volar. Fue así como el murciélago

escapó dos veces.

Moraleja: Es de sabios adaptarse a las circunstancias


El hombre, el niño y el burro

Un hombre y su hijo se dirigían al mercado en compañía de un burro que tenían en


venta. En el camino se encontraron con un campesino que les dijo:
—Amigos, ¿por qué caminan si tienen un burro que pueden montar?
Entonces, el hombre montó al niño en el burro y siguieron su rumbo. Pero pronto
pasaron junto a un grupo de hombres y uno de ellos dijo:
—Miren a ese niño tan perezoso, deja que su padre camine mientras él monta el
burro.
Al escucharlo, el hombre bajó al niño y se montó en el burro. No iban muy lejos
cuando pasaron junto a dos mujeres; una de ellas le dijo a la otra:
—Mira a ese hombre tan egoísta, deja que su hijo camine mientras él monta el
burro.
Abrumado por los comentarios, el hombre pidió nuevamente a su hijo que se
subiera en el burro y ambos continuaron el viaje montados en el lomo del animal.
No tardaron en llegar al pueblo y los transeúntes comenzaron a reírse y señalarlos.
El hombre se detuvo para preguntarles de qué se burlaban, los transeúntes
respondieron:
—¿No les da vergüenza ponerle tanto peso a un pobre burro?
El hombre y el niño se bajaron del burro para pensar qué hacer. Pensaron y
pensaron, hasta que finalmente cortaron un palo y ataron las patas del burro a él.
Cada uno, sujetando un extremo del palo, levantaron el burro hasta los hombros.
Continuaron el camino en medio de la risa de todos hasta que llegaron al puente
que los separaba del mercado.
En ese momento, el burro desató una de sus patas y le dio una patada al niño,
haciéndolo soltar su extremo del palo. En la lucha, el burro voló sobre el puente y
fue a dar al fondo del río.
—Eso les enseñará —dijo un anciano que los había seguido.
Y les dejó la siguiente moraleja:
Moraleja: Trata de complacer a todos y no complacerás a nadie.
Iker conoce a unos piratas

Iker solía ir a la playa con sus padres todos los fines de semana. A los padres del pequeño les
encantaba acostarse en la arena a tomar sol. Iker, por su parte, prefería darse un refrescante
chapuzón en el agua salada.
Un sábado por la mañana, el papá de Iker le infló un flotador al pequeño para que se bañara
tranquilo en la orilla. Era un bonito flotador amarillo con la cara de un patito, en el que Iker se
divertía mucho y se sentía seguro, disfrutando durante largos ratos. Luego su papá le dijo al
pequeño que ya era hora de irse, sin embargo él siguió en el agua. Entonces, cuando su padre se
acercó a buscarlo, una marea repentina se llevó al pequeño a un lugar muy alejado de la orilla.
Los padres llamaban a Iker e intentaban alcanzarle, pero para entonces ya estaba en un lugar muy
alejado de la orilla. ¡Pero tranquilos! Porque gracias al flotador de patito no se hundiría, pero aun así Iker
se encontraba solo y perdido en aquella inmensidad azul que era el mar. Sabía que no podía salirse del
flotador, pero eso no evitaba su tristeza y pensó si llegaría a ser rescatado en algún momento por alguien.
— ¡Bucanero a la vista! —Dijo una voz tras las espaldas de Iker.
Al escuchar aquella extraña frase Iker se rodeó con el flotador como pudo, y cuando por fin lo consiguió
se topó con una gran barco que tenía una bandera pirata. Entonces, en medio de su asombro que no le
permitía ni siquiera pensar, una red levantó al pequeño del agua para colocarlo sobre la proa del barco.
Al fin Iker se pudo quitar el flotador del patito y, aunque sintió miedo en un principio, rápidamente se dio
cuenta de que aquellos piratas no se veían muy rudos, sino más bien personas amables y educadas. Eso
sí, no les faltaba un detalle: algunos tenían parches en los ojos, otros tenían patas de palo… y siempre
estaban diciendo ¡arrgg!, como si algo les doliera.
— ¡Hola, bucanero! ¿Qué haces por estas aguas tan profundas y en semejante embarcación? —Dijo un
pirata con un gran sombrero y un loro al hombro.
— ¡Nave! ¡Nave! —Repitió el loro, que tenía muchos colores.
—Es que me he perdido… —Dijo Iker un poco apenado— Me estaba bañando en la orilla y el mar me ha
traído hasta aquí…
— ¡Hasta aquí, hasta aquí! —Repitió de nuevo el loro.

El pirata de gran sombrero y una barba tan larga que le llegaba a los pies, se detuvo a pensar un
momento y luego preguntó:
— ¿Cómo te llamas, bucanero?
—Me llamo Iker, ¿y usted? —El niño se sentía curioso por saber cómo se llamaba el pirata y qué hacían
allí.
— ¿Yo? ¡Mi nombre es Diógenes y tengo algo importante que decirte, pequeño Iker! —Dijo el pirata—
Debes tener más cuidado cuando estés en el mar. Esta vez tuviste suerte porque tenías una nave con
cabeza de patito que ha cuidado muy bien de ti, pero podrías haber pasado un mal rato. El mar es un
lugar hermoso pero siempre es mejor bañarse con mamá y papá, y nunca solo.

Iker se sintió un poco apenado recordando que no había hecho caso a papá cuando dijo que era hora de
volver a casa…
— Está bien, señor pirata, prometo que tendré más cuidado la próxima vez.
— ¡Hurra! Bueno, bucaneros —dijo Diógenes el pirata dirigiéndose a la tripulación— llevemos ahora al
pequeño Iker a tierra firme…seguro que le estarán esperando.

Y en menos de lo que puedes decir la palabra “pirata”, Iker se encontraba de nuevo en la playa, donde
sus padres agradecieron mucho a los bucaneros toda su ayuda. Iker, muy contento, prometió a aquellos
simpáticos piratas que siempre tendría cuidado ya en la playa, y es que, una promesa es una promesa…
Tosco y las abejas

Tosco era un oso que vivía en un hermoso bosque de pinos. Siempre que
encontraba un panal de miel, cogía toda la miel para sí y le llevaba un poco a su
madre. Pero cuando llegaba a su cueva con la miel tenía muchas picaduras de
abeja, y una noche casi no podía dormir por la hinchazón.
Aquella noche Tosco le dijo a su madre:
No es justo, las abejas me pican demasiado, por la noche no puedo dormir.
¿Recuerdas que te dije lo que debemos hacer para saber si algo es justo o no? —
Preguntó la madre.
Sí, es algo que se llama… ¿cómo se llamaba? —Preguntó Tosco.
Empatía —dijo la madre— ¿Recuerdas lo que significa?
Sí, significa ponerse en el lugar de la otra persona. —Dijo Tosco.
Pues ahora tú debes ponerte en el lugar de las abejas.
Pero yo no soy una abeja —Contestó Tosco desconcertado.
Por eso mismo debes usar tu imaginación para tener empatía con las abejas. Por
ejemplo, ¿dejas algo de miel en el panal cuando la coges?
No, no dejo nada, me la como casi toda y lo demás te lo traigo a ti, mami.
Gracias por traerme un poco de miel, a mí también me gusta mucho, pero, ¿sabes
por qué las abejas fabrican miel?
¿Para comérsela? —Preguntó Tosco con gran curiosidad.
Sí, y también para alimentar a las abejas recién nacidas. —Contestó su madre.
¡Pero yo también necesito la miel!
Si tú fueses una abeja y viniera un oso grande y peludo a quitarte toda la miel, ¿no
le picarías muy duro hasta que se fuera?
Tosco pensó en las palabras de su madre y se dio cuenta de que nunca había
visto aquella situación desde el punto de vista de las abejas.
Tienes razón, mamá, es verdad. ¡Con razón las abejas se ponen tan enfadadas
cuando les quito toda la miel!
Pues ahora que has usado la empatía y te has puesto en el lugar de las abejas,
toma solo una parte de la miel cuando vayas a cogerla —dijo la madre—, las
abejas tratarán de picarte, pero tú te irás enseguida y así podrás comer miel y
dormir bien por la noche.
Al día siguiente, Tosco fue a un árbol en el que había un panal de abejas. Se
acercó, cogió solo una parte de la miel y se marchó, dejando más para que las
abejas pudiesen comer. Ese día Tosco comió su rica miel, le llevó algo a su madre
y pudo dormir bien por la noche.
Tosco había obrado con empatía, y las abejas le premiaron su actitud dejándole ir
sin una sola picadura.
LAS NUECES DEL BOSQUE MÁGICO

Se aproximaba la Navidad en Bosque Mágico y sus habitantes, entre ellos una ardilla muy
simpática y trabajadora, continuaban entre tanto con sus vidas como de costumbre. Y tanto
había trabajado esta ardilla que, aún no había llegado el invierno más duro y frío, y ya tenía toda
su casa repleta de nueces; tantas, que apenas se podía mover. Y en estas pensó que algo
tendría que hacer con tantas nueces.
Dando vueltas y vueltas a su pequeña cabeza, la ardilla pronto dio con lo que parecía que podía
ser una buena solución: ¡hacer juguetes con las nueces! El caso es que en el Bosque Mágico
todos no eran igual de previsores que esta ardillita, y a muchos les sobrevenía el invierno y la
Navidad sin haber realizado los encargos pertinentes a Papá Noel. ¡Imaginaos el desastre!
Porque en el Bosque Mágico, además, tiende a ser frecuente la nieve, lo que dificulta la
posibilidad de salir corriendo en busca de algún detalle de última hora.
A todo esto se sumaba el que nuestra ardilla ya tenía experiencia en el tema de fabricar juguetes
con materiales de la naturaleza, como por ejemplo había hecho con los montones de hojas
secas que se arremolinaban sobre su puerta en más de una ocasión.
El empeño que ponía la señora ardilla en todo cuanto hacía permitió que, en pocas horas,
tuviera terminadas varias muñecas hechas a base de nueces. Un poco de pegamento por aquí…
y un poco de pintura por allá…obraron el milagro. ¡Eran unas muñecas preciosas! Y viendo los
buenos resultados la ardilla no dudó en continuar haciendo más muñecas y peluches con ayuda
de sus nueces, puesto que aún quedaban algunos días para Navidad.
Finalmente, ya en vísperas de la noche de Nochebuena, la ardilla dio su tarea por terminada y,
aunque se encontraba bastante cansada no podía estar más contenta con su labor. Y ni corta ni
perezosa acudió a la plaza del Bosque Mágico para colocar todos sus juguetes confeccionados
con nueces bajo el gran árbol de Navidad que todos los animales colocaban y adornaban con
mimo a primeros del mes de Diciembre.
 ¡Ojalá pronto vea estos juguetes alguien y se lleve uno a su hogar!- Decía para sí misma
la ardilla mientras contemplaba los regalos envueltos bajo el gran árbol.
Tras aquellas palabras, y cubierta con un fuerte halo de ilusión, la ardilla emprendió de nuevo el
camino hacia su casa. Allí, más tranquila y pausada, fue consciente de que con todos aquellos
juguetes había terminado con las nueces que tanto esfuerzo le había costado recolectar durante
el año. Y a pesar de ello, la señora ardilla no se lamentó ni arrepintió ni un segundo de su acción.
En la mañana de Navidad la ardilla corrió hacia la ventana de su calentito salón, desde la cual
podía contemplarse a lo lejos el gran árbol de la plaza, y pudo entonces ver con emoción como
un montón de animalitos del Bosque Mágico se arremolinaban en torno al árbol dando saltos de
alegría. El vacío de su despensa no llegó ni a aproximarse en importancia entonces a la alegría
que llenaba por completo su corazón.
La señora ardilla fue muy feliz aquella Navidad pensando que había conseguido con su esfuerzo
repartir alegría e ilusión entre los menos afortunados que, agradecidos, fueron invitando a su
mesa, uno por uno, a la señora ardilla durante todo el año.
Adivinanzas de profesiones
Con una manguera, casco y escalera, apago el fuego de la hoguera. ¿Quién soy?
El bombero

Es el héroe de la comunidad y la cuida noche y día para conservar la seguridad.


El policía

Caminar es su destino y, yendo de casa en casa, de su valija de cuero saca


paquetes y cartas.
El cartero

Con madera de pino, haya o de nogal construyo los muebles para tu hogar.
El carpintero

Preparo ricos manjares, mi lugar es la cocina de restaurantes y hoteles. ¿Veamos


quién lo adivina?
El cocinero
Amasa la harina con todo esmero, siempre puesto gorro y delantal, horneando los
panes de dulce y deliciosa sal. ¿Adivina quién es?
El panadero

Quiero arcilla o barro, agua y mucho color. Llevo una bata y con mis manos, hago
esculturas, ¿Quién soy yo?
Un escultor

Hago paredes, pongo cimientos y a los andamios subo contento.


El albañil
Preparo el terreno y la semilla siembro; siempre esperando que el sol y la lluvia
lleguen a tiempo.
El agricultor
Las dos ranitas de Japón

Esta es la historia de dos ranitas. Ambas vivían muy felices en Japón, pero en
diferentes ciudades; una vivía en Kioto y la otra en Osaka.
Una mañana, las dos ranitas se despertaron muy aburridas y decidieron que era
hora de explorar otros lugares:
—Hoy partiré hacia Osaka —se dijo la ranita de Kioto.
—Hoy viajaré a Kioto —se dijo la ranita de Osaka.
Sin saberlo, las ranitas empacaron sus cosas al mismo tiempo y salieron saltando
hasta el camino de la montaña que unía las dos ciudades.
El viaje resultó ser más largo de lo planeado y por esas cosas del destino; las dos
ranitas, muy agotadas, se detuvieron en la cima de la montaña.
Al encontrarse, las dos ranitas se observaron con emoción. Luego, se saludaron y
entablaron conversación. Fue así como supieron hacia donde se dirigían.
—¡Voy a Osaka! — dijo la ranita de Kioto—. Escuché que es una ciudad
esplendorosa.
—¡Y yo voy a Kioto! — respondió la ranita de Osaka—. Todos dicen que es una
ciudad espléndida.
—Es una pena que no seamos más altas— dijo la ranita de Kioto—. Si lo
fuéramos, podríamos ver desde lo alto de esta montaña la ciudad que queremos
visitar.
—¡Tengo una idea! — exclamó la ranita de Osaka—. Parémonos de puntitas con
nuestras patas traseras y apoyémonos una a la otra. Así podemos echarle un
vistazo a la ciudad a donde vamos.
Entonces, las dos ranitas se pararon de puntitas y se tomaron de las patas
delanteras para no caerse.
La rana de Kioto alzó la cabeza y miró hacia Osaka. La rana de Osaka también
alzó la cabeza y miró hacia Kioto
—¡Qué decepción! — dijo la ranita de Kioto—. Osaka es igual a Kioto.
—¡Qué desilusión! — dijo la ranita de Osaka—. Kioto es igual a Osaka.
En ese momento, la ranita de Kioto dijo:
—Me alegra que hayamos descubierto esto, ahora podemos ahorrarnos el largo
viaje y regresar a casa.
Las dos se despidieron y comenzaron a saltar muy felices de vuelta a sus
ciudades.
Sin embargo, las dos ranitas olvidaron que todas las ranitas del mundo tienen los
ojos en la parte de arriba de la cabeza. En realidad, veían lo que estaba atrás y no
adelante. ¡La ranita de Kioto estaba mirando hacia Kioto y la de Osaka estaba
La torre que alcanzó el cielo

Muy lejos de aquí, existe un lugar en que se sienta a la sombra de la montaña más alta del
mundo. Ese lugar se llama Sikkim y en él vivía un granjero llamado Wu que criaba cerditos.
Un día, después de un gran ventarrón, Wu notó que todos sus cerditos se habían escapado. Muy
triste, caminó sin pausa montaña arriba en búsqueda de sus preciados animalitos.
Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, y los meses en años. Otros
hombres se hubieran dado por vencidos y regresado a sus granjas, pero no Wu. Era tanta su
dedicación por sus animalitos que siguió caminando montaña arriba hasta alcanzar el cielo. En
ese hermosísimo lugar, Wu encontró a sus cerditos. Fue tanta su alegría que rogó a las
personas del cielo que le permitieran quedarse con sus cerditos. No obstante, estas se negaron
y le dijeron:
—No puedes vivir aquí, este no es el momento. Debes regresar a Sikkim.
Wu emprendió su largo camino de regreso. Al llegar a Sikkim, les contó a todos acerca de las
maravillas que había encontrado en el cielo.
—¡Debemos conocer ese maravilloso lugar! —dijeron todos—. Si construimos una torre,
alcanzaremos el cielo mucho más rápido.
Fue así como todas las personas de Sikkim se reunieron para construir la torre, piso sobre piso;
dejando solo a un hombre en la tierra para protegerla.
Después de un tiempo, cuando la torre casi alcanzaba el cielo; las personas comenzaron a
perder la paciencia y muchos de ellos pensaron:
—Si tuviéramos ganchos para colgar cuerdas, podríamos lanzarlos a las nubes y trepar hasta
cielo sin tener que construir más pisos.
De piso en piso, comenzando por el de arriba, se dijeron el uno al otro:
—¡Necesitamos que nos envíes ganchos!
Pero fueron tantas las veces que se repitió el mensaje que, al llegar al primer piso, el hombre de
la tierra escuchó:
—¡Necesitamos que derrumbes la torre a hachazos!
Inmediatamente, el hombre comenzó a darle hachazos a la torre hasta derribarla.
Es por esta razón que, hasta el día de hoy hay una mancha enorme en medio de Sikkim. Este es
el lugar donde se cayó la torre que casi tocó el cielo.
El oro y las ratas

Había una vez un mercader que debió emprender un viaje muy largo.
Antes de partir, dejó al cuidado de su mejor amigo un cofre lleno de monedas de oro.
Pasaron unos pocos meses y el viajero regresó a casa de su amigo a reclamar su cofre. Sin
embargo, no se encontraba preparado para la sorpresa que le aguardaba.
—¡Te tengo muy malas noticias! —exclamó su amigo—. Guardé tu cofre debajo de mi cama sin
saber que tenía ratas en mi habitación. ¿Quieres saber qué pasó exactamente?
—Claro que me interesa saber —replicó el mercader.
—Las ratas entraron al cofre y se comieron las monedas. Tú sabes, querido amigo, que los
roedores son capaces de devorarlo todo.
—¡Qué mala suerte la mía! —dijo el mercader con profunda tristeza—. He quedado en la ruina
por causa de esa plaga.
El mercader sabía muy bien que había sido engañado. Sin demostrar sospecha, invitó a su mal
amigo a cenar en su casa al día siguiente. Pero al marcharse, entró al establo y se llevó el mejor
caballo que encontró.
Al día siguiente, llegó su amigo a cenar y con disgusto dijo:
—Me encuentro de muy mal humor, pues el día de ayer desapareció el mejor de mis caballos. Lo
busqué por todos lados, pero no pude encontrarlo.
—¿Acaso tu caballo es de color marrón? —preguntó el mercader fingiendo preocupación.
—¿Cómo lo sabes? —contestó el mal amigo.
—Por pura casualidad, anoche, después de salir de tu casa, vi volar una lechuza llevando entre
sus patas un caballo marrón.
—¡De ninguna manera! —dijo el amigo muy enojado—. Un ave ligera no puede alzar el vuelo
sujetando un animal tan fornido como mi caballo.
—Claro que es posible —señaló el mercader—. Si en tu casa las ratas comen oro, ¿por qué te
sorprende que una lechuza se robe tu caballo?
El mal amigo, muy avergonzado confesó su crimen. Y fue así como el oro volvió al dueño y el
caballo al establo.
Moraleja: No engañes a los demás si no deseas ser engañado.
El campesino y el duende

Érase una vez un astuto campesino que era dueño de una pequeña granja. Él trabajaba sus
tierras de sol a sol sin tener queja de sus cultivos. Pero un día las cosas comenzaron a marchar
muy mal: la leche se agrió y las malas hierbas invadieron su cosecha.
Después de una larga jornada de trabajo, el campesino vio dos luces resplandecientes
irrumpiendo la oscuridad de la noche. Sabía que eran los ojos brillantes de un duende. ¡Esa era
la causa de todos sus problemas! Un duende estaba viviendo en su granja sin ser invitado. El
campesino buscó por todos lados, pero no pudo dar con el escondite del duende.
Un día, el campesino se dirigió a una pequeña colina que se encontraba despoblada, mientras
removía la tierra con su azadón escuchó una voz que decía:
—Mira lo que has hecho. Estás destrozando mi techo. ¡Yo vivo aquí debajo de esta colina!
Era sin lugar a dudas, el duende quien le hablaba. El campesino no sabía qué hacer, esta era su
colina. Entonces, divisó un plan y llamó al duende.
—Lamento haberte molestado —dijo el campesino—, pero no está bien dejar esta colina sin
cultivar. Sembraré cada año y compartiremos la cosecha. Un año recogerás todo lo que crezca
sobre la tierra y yo me quedaré con las raíces, que es lo que permanece dentro de la tierra. El
próximo año, tu parte serán las raíces y la mía, lo que crezca sobre la tierra. ¿Estás de acuerdo?
—Muy bien— dijo el duende—. Este año me quedo con lo que crece sobre la tierra.
El campesino se rio para sus adentros, porque él estaba sembrando papas. Cuando estas
crecieron, el duendecillo vino con un pequeño cuchillo para cortar las amarillentas hojas de las
papas. Él no sabía que las papas crecían bajo tierra y estaba contento con su parte de la
cosecha.
La próxima temporada fue el turno del duende de recoger lo que quedaba dentro de la tierra.
Entonces el campesino plantó maíz y lo cortó cuando estaba maduro. El duende se quedó dentro
de la colina cortando las raíces. Nuevamente, estaba muy contento con su parte de la cosecha.
El campesino fue muy astuto con todos sus cultivos; la siguiente temporada sembró zanahorias,
y luego, frijoles. El duende recogió sus hojas de zanahoria y sus raíces de frijoles, y las guardó
cuidadosamente para el invierno.
Con lo cual queda demostrado lo fácil que puedes complacer a un duende, pues ellos no son los
mejores granjeros.
LA MEJOR RANA DEL MUNDO

Había una vez una rana muy ambiciosa y presumida; tanto, que estaba
convencida de que era un prodigio de la naturaleza, algo infinitamente bello e
irrepetible. Por este motivo la rana resultaba poco agradable a los demás y
bastante egoísta. No toleraba que otros pudiesen halagar a terceros y no a
ella misma, pues hasta ese punto llegaba su insensatez.
 ¿Habéis visto a ese buey que pasea últimamente por aquí? Es tan
grande y con un pelaje tan lustroso…- Exclamaba otra rana de la
charca.
 ¡No decís más que tonterías! ¡Yo poseo el mejor color, el mejor brillo y
la mayor de las fuerzas! – Contestaba la rana presumida molesta.
Y en esto que, estando un día tomando el sol a la orilla de la charca, la rana
vio pasar al buey del que le habían hablado en cierta ocasión. Pudo
contemplar la majestuosidad de sus formas, el brillo de su pelaje y la fiereza
de su rostro. Sin duda era un animal magnífico y digno de ver.
La rana, molesta al verle, hizo todo lo que estaba en su mano y más, para
poder hacerse más grande. Pero por más que se hinchó y se hinchó, no
podía alcanzar las dimensiones del buey. Llena de frustración por no lograr
los resultados deseados, la rana no dudó en ir más allá de sus posibilidades,
y de nuevo hizo por hincharse un poco más hasta que, de pronto, estalló
como una pompa de jabón.
¡Qué bien se lo pasaron las ranas de la charca aquel día saltando y
jugueteando sin parar! Igual que podía haberlo hecho la rana de nuestra
historia, si hubiera aprendido a tiempo a aceptarse a sí misma y a no ponerse
por encima de los demás.
Los muelles del saltamontes

Sabéis, amiguitos? Los saltamontes, a pesar de ser insectos y no animales,


respiran, sienten y sufren como cualquier otro ser vivo de la tierra. Al menos eso se
cree, debido a la historia del saltamontes triste. Cuenta una leyenda que circula por
los campos y praderas del mundo, que una vez existió un saltamontes tan triste y
desdichado que pronto su caso se hizo conocido aquí y allá. Aquel saltamontes
tenía una patita mucho más corta que la otra, y aquella situación le hacía sentirse
el más desgraciado del mundo.
El saltamontes no hacía otra cosa que lamentarse y avergonzarse de sí mismo,
volviendo también triste y gris la vida de aquellos que tanto le querían y
apreciaban. Y es que en el fondo, por más que todos ellos intentaban animar al
saltamontes para que no se entristeciera, no podían hacer nada para que pudiese
saltar, y aquel era el único afán del pobre saltamontes.
Una cucaracha anciana y una lombriz eran los mejores amigos del saltamontes,
que no paraban de planear y de urdir historias con las cuales poder conseguir que
su amigo saltase. Y en esto que un día se toparon en el bosque con unos muelles
que, sin duda, algún humano maleducado había tirado por allí. Pero como no hay
mal que por bien no venga, la cucaracha y la lombriz vieron en aquellos muelles
una excelente oportunidad para cambiar la vida al saltamontes. Ni cortos ni
perezosos se apresuraron en busca de su amigo para darle la sorpresa que habían
encontrado. Con aquellos muelles, poniéndose uno cada vez en la patita que tenía
más corta, el saltamontes podría poco a poco igualarse en saltos a los demás.
 ¡Mira lo que traemos! – dijo entusiasmada la cucaracha al saltamontes- Con
esto no dejarás de saltar y podrás sentirte finalmente como un verdadero
saltamontes.
Al principio el saltamontes se encontraba extraño. No sabía muy bien si aquello
podía ayudarle en algo a su problema de tener una patita más corta que la otra.
Sin embargo, una vez que decidió dejar a un lado la vergüenza, pudo calzarse los
muelles y saltar y saltar hasta cansarse. ¡Qué sensación tan bonita era lanzarse
sin miedo hacia las nubes!
Y precisamente eso, las nubes, fue lo que el saltamontes ya no tuvo nunca más en
su vida. Había comprendido que todo, hecho con buena fe y grandes intenciones,
tenía solución. Sus grandes amigos le habían cambiado la vida.
El canguro que no sabía saltar

n una ocasión nació un canguro que no era como los demás.


Aparentaba serlo, sin embargo, este canguro tan solo podía saltar hacia
atrás. Aquella extraña cualidad le convirtió rápidamente en un bicho raro
para todos los de su especie, y no repararon en burlas y risas a la hora
de dirigirse a él y a su forma de saltar.
Aquel canguro, además de saltar hacia atrás, era un animalito
extremadamente sensible, y no podía sino lamentarse y llorar
compadecido de sí mismo, como consecuencia de los desplantes del
resto de los canguros.
Un día, una jirafa que acostumbraba a escuchar sus lamentos se acercó
a hablar con él:
 No se consigue nada llorando, ¿sabes pequeño? Si yo no me
hubiera acostumbrado en la vida a encorvar mi largo cuello,
hubiese muerto muy pronto de hambre. ¿Por qué no intentas saltar
hacia adelante?- Manifestó la jirafa.
El canguro se tomó muy en serio aquellos consejos y pocos minutos
después comenzó a practicar su salto del revés, o lo que era lo mismo,
al derecho de todos los canguros. Poco a poco, y con muchísimo
esfuerzo, el canguro fue obteniendo resultados y con el tiempo consiguió
lo que se había propuesto gracias a los consejos de la jirafa. ¡Había
aprendido a saltar hacia adelante como todos los canguros del mundo!
Aquel día, y tras mostrar su gran esfuerzo al resto de sus parientes, el
pequeño canguro comprendió que no era un bicho raro, sino el animal
más increíble de toda su especie, porque solo él sabía saltar hacia
adelante y hacia atrás también.
EL PERRO Y LA COMETA MÁGICA

Érase una vez un perro conocido por sus grandes dotes artísticas. Aquel
perro era un auténtico fabricante de sueños y de alegrías, gracias a las
cometas artesanales que fabricaba. Preciosas estelas que surcaban el
cielo tiñéndolo de deliciosos colores.
¡Era tan feliz haciendo lo que hacía! Haciendo feliz a montones de niños
que, boquiabiertos con las cometas, conseguían convencer a sus padres
para llevarse una y hacerla volar al aire libre.
Tal era el entusiasmo de hijos y padres, que pronto se corrió la voz de la
existencia del perro artista. La gente se congregaba los domingos por la
mañana en el parque de la comarca para ver el espectáculo de formas y
colores que se producía en el cielo con el vuelo de las cometas.
El perro artista, al contemplar aquel espectáculo y aquella alegría,
decidió afrontar el mayor reto de su vida como fabricante de cometas. Y
decidió embarcarse en la construcción de una cometa gigante y
espectacular. Una vez la terminó, decidió decorarla con colores y
materiales únicos nunca vistos.
Decidido a ponerla a volar, acudió al parque y fue arrastrando la cometa
a gran velocidad para conseguir alzarla en vuelo. Aquella cometa era tan
grande y colosal, que arrastró también con ella al perrito artista. Nunca
volvió a ver a aquellos niños y a aquellos padres del parque.
Pero no os preocupéis, amiguitos, que el perro artista consiguió hacer
felices con sus cometas a miles de niños de todo el mundo. Eso, y volar
entre las nubes gracias a su cometa mágica y colosal.
Desde luego, como artista, había conseguido tocar el cielo…
La foca lectora

¿Sabes que el reino animal también disfruta mucho con la lectura? Al menos eso
se cree gracias a una pequeña foca que se pasaba el día pegada a los libros. Se
decía que aquella foca era muy lista y muy instruida, gracias a todo lo que había
aprendido en los libros. Se pasaba el día leyendo y leyendo, casi sin levantar la
mirada de las páginas que daban forma a todos aquellos conocimientos.
Su madre comentaba orgullosa a familiares, amigos y conocidos, como el interés
de su hija por la lectura la llevaba a devorar más de cuatro y cinco libros en una
sola tarde.
Una de aquellas tardes, la pequeña foca se dirigió, en compañía de sus padres, a
casa de unos amigos que también tenían un hijo muy estudioso. Sin embargo, sus
padres confesaban sin ningún tipo de vergüenza que le llevaba mucho tiempo
terminarse un solo libro. Tardanza que se sucedía también con las lecciones de la
escuela y el temario de sus exámenes.
Los padres de la pequeña foca sacudían la cabeza al escuchar aquello en señal de
desagrado, al tiempo que ponían de manifiesto la clara diferencia de actitudes y
habilidades existentes entre su hija y el hijo de sus amigos.
Para acabar con la rivalidad, decidieron realizar una prueba de lectura para
comprobar, finalmente, cuál era el hijo más listo, habilidoso y mejor lector. Los dos
pequeños se leyeron el mismo libro y, pasado un tiempo, sus respectivos padres
les hicieron unas preguntas para ver lo que recordaban de cuanto habían leído.
Pero la pequeña foca, llegado el día de las preguntas, no recordaba ni siquiera el
título del libro que había tenido entre sus manos. Había leído tan apresurada, con
el fin de demostrar que era la más rápida y mejor lectora, ¡que no se había
enterado de una sola palabra! Su amigo, por el contrario, pudo contar sin
problemas todos los detalles del libro leído.
Los padres de la pequeña foca volvieron a casa muy avergonzados. Habían dado
por hecho que su hija era superior a otros niños, sin preocuparse de saber nada
más sobre su hija. Una vez en casa, hicieron comprender a la pequeña foca que
los buenos resultados no se consiguen de forma atropellada ni urgente, y poco a
poco, aprendió lo que era saborear, despacito y pausadamente, un libro.
EL GATO CANSADO

Los gatos, grandes cazadores, tienden a alimentarse de presas más débiles, y su


agilidad hace que no pasen hambre en todo el año, aunque se trate de gatos
solitarios. Los ratones son sus principales víctimas, ya que a pesar de las grandes
velocidades que estos pueden alcanzar, su pequeño tamaño les convierte en una
presa fácil para los gatos. Precisamente, sabedor de todo aquello, vivió una vez un
gato, conocido entre sus secuaces por tener siempre la barriga muy grande y
llena. Pero el gato fue cumpliendo años, y con el paso del tiempo, se daba cuenta
de que su agilidad ya no era la de cuando era joven, ni sus ganas de correr de acá
para allá eran tampoco las mismas. Ya no podía perseguir a los ratones con la
misma facilidad, y poco a poco, fue convirtiéndose en un gato callejero apostado
en una esquina con hambre y aterido de frío.
A los viandantes que se cruzaban con él se les llenaban los ojos de lágrimas, y
muy compadecidos por su estado, se fueron haciendo amigos de él, incluso
algunos ratones con el corazón lleno de amor y de solidaridad.
Sin embargo, uno de aquellos ratones que se encontraba por las cercanías, y que
le observaba día tras día, no terminaba de confiar en él ni de creer que el hambre
le hubiese apaciguado también su frío corazón. Un día, surgió una disputa entre
dos pájaros ante la aparente mirada impasible del gato. El ratón, que observaba la
escena sin perder detalle, estaba convencido de que el gato se lanzaría
hambriento sobre los dos pájaros, y de este modo, todo el mundo descubriría las
verdaderas intenciones del gato.
El gato, aproximándose a la rama del árbol desde la cual vociferaban los pájaros,
dijo:
 No os peléis. Confiad en mí e intentemos arreglar vuestro malentendido.
Efectivamente, y como temía el ratón, el gato parecía cercar cada vez más a los
pobres pájaros con la intención de lanzarse sobre ellos. Ya no era un gato cazador,
y los años, le conducían a vivir de ocasiones fortuitas y desesperadas.
El ratón, contemplando la lastimosa escena, llamó la atención del gato con un
agudo silbido y libró a los pajarillos de su destino. Pero ya no podía ver a aquel
gato cansado con los mismos ojos, y decidió acompañarle en la distancia hasta el
fin de sus días.
LA AYUDA DE LOS DEMÁS

A veces, cuando nos ponemos enfermos y estamos solos, solemos agradecer la


compañía de otros para llevar con mayor facilidad nuestra recuperación. Esto era
lo que pensaba un día de verano una gallina en su casa, atacada por una
tremenda gripe, al tiempo que se lamentaba por no tener a nadie de confianza a su
alrededor.
Un día, mientras la pobre gallina se recuperaba sola de su molesto resfriado, su
vecino, un gato muy egoísta y con ideas escasamente buenas, decidió visitar a la
gallina para ver cómo se encontraba o si podía ayudarla en algo para que se
recuperase más pronto y con más tranquilidad. Lamentablemente, esta tan solo
era la excusa que el gato había perpetrado para presentarse ante su vecina, y no
la pensaba cumplir.
 ¡Conseguiré engañar a mi vecina, y esta, con el juicio nublado a causa de la
fiebre, me dejará entrar sin problemas! Cuando esto ocurra, me abalanzaré
sobre ella hasta que tan solo queden las plumas – Pensaba el despiadado
del gato, que llevaba días sin comer y cada vez se sentía más atrevido.
Al verle, la gallina, que era muy lista, supo muy bien a qué se debía aquella visita y
decidió exagerar los síntomas de su gripe para engañar al gato:
 ¡Qué bien que me visita! ¿Podría usted ayudarme, don gato? Necesito poner
agua a calentar para calmar mi garganta. ¿Podría usted hacerlo?- Preguntó
la gallina.
El gato, convencido de que había conseguido engañar a la gallinita enferma,
decidió poner el agua a calentar. Una vez lista y bien calentita el agua, pidió al gato
que le acercase su tacita con una rica infusión. Al acercarse, la gallina batió sus
alas sacando fuerzas de flaqueza, hasta verter el agua casi hirviendo de la taza
sobre la cola de su vecino. ¡Cómo aullaba de dolor!
Y de esta forma, el gato jamás volvió a molestar a su vecina, ni mucho menos, a
provecharse de las debilidades de los demás.

También podría gustarte