RELATO-BACHILLERATO-Baloo
“018”
Corría y corría, el corazón se le iba a salir disparado por delante, pero pararse no era una opción.
Lo oía detrás suyo, pisándole los talones. Sabía que si frenaba lo pillaría, cosa que no le haría
ninguna gracia. No estaba seguro, pero por encima de sus jadeos podía oírlo reír. Ya casi estaba,
sólo unos metros más y podría escapar. Saltó justo al tiempo que se abalanzaba sobre él.
Salvado por los pelos.
A través del cristal, el perro no parecía tan amenazador. Aun así, seguía algo nervioso; los perros
le daban miedo, mucho miedo, en especial ese. Mientras el bus aceleraba, éste lo seguía de
cerca gruñendo y ladrando como un poseso. Se había quedado tan absorto que no se percató de
que el conductor estaba esperando a que se sentara. El resto del viaje fue exactamente igual que
todos los días, aburrido y largo, muy largo. Pero más largas se le hacían las clases, incluso el
simple hecho de pasar la verja le ponía los pelos de punta. Sin embargo, lo que detestaba por
encima de todo eran los recreos. No porque no le gustaran, sino porque se encontraba siempre
con David. David era más grande y fuerte que él, tanto que le parecía un gigante. El caso es que
al principio David le ignoraba. Al principio.
Pronto comenzó a fijarse en él. “Por fin, un amigo” pensó. Pero comenzó a molestarle y a
incordiarle, y eso no le gustaba, así que fue a quejarse a la profesora. Sin embargo, ésta le dijo
que estaba mal mentir sobre un compañero. Intentó protestar, pero la maestra le amenazó con
castigarlo si no paraba. Al salir, David lo empujó contra la pared y le dijo:
-Muy bien chaval, eso debes hacer cerrar la boca. Porque si dices algo, tendré que regañarte, y
sabes que es mejor que no.
Y a modo de recuerdo, le soltó un puñetazo en el estómago que lo dejó sin respiración. Estuvo a
punto de decir algo, pero su cuerpo reaccionó más rápido que él. David y sus amigotes se
alejaron riéndose. Se giró con la esperanza de que la profe lo hubiera visto, pero estaba ocupada
tomándose el café.
Otros días se dedicaba a robarle sus cosas, romperlas o esconderlas. Sieeeeempre igual.
Parecía que la había tomado con él, y no entendía por qué. ¿Qué ganaba atormentando a un
chico tímido y solitario? Todo aquello le confundía, pero seguía fiel a la palabra de David. No
entendía qué pasaba, la razón, pero se limitaba a obedecer y agachar la cabeza. Al final, ¿qué
podía hacer?
En casa las cosas eran más tranquilas, que no entretenidas. Su madre siempre estaba ocupada y
su padre trabajando. Hacía la tarea y se ponía a leer. No tenía más que sus libros y a Rey. Rey
era su único amigo, un coche rojo y viejo que le había regalado su abuelo antes de irse de viaje
muyyy lejos. Se acordaba de que el abuelo le dijo que seguramente no iba a volver, ya que tenía
una tarea súper importante que hacer, así que le dio el coche y le dijo que lo cuidara mientras él
no estaba. Y eso hizo, cumplir con el deseo de su abuelo, cuidar aquel coche rojo. Acabó
cogiéndole mucho cariño, ya que era el recuerdo de la única persona que lo había querido de
verdad. Era su único consuelo y compañía. A él le contaba las historias que a nadie contaba,
como sus problemas con David. No se lo quería decir a sus padres, ya que la maestra había
dicho que estaba mal mentir, y a sus padres no quería mentirles. Era mejor dejar las cosas como
estaban, no deseaba que empeoraran las cosas por su culpa.
Uno de aquellos bonitos días, vino una chica nueva a dar una charla. La profesora la presentó. Se
llamaba Sandra, y venía de un sitio llamado AEPAE. Qué nombre más raro. Les empezó a hablar
sobre un término nuevo llamado “bullying”. No entendió casi nada, sólo que era un tipo de acoso
diario y que había que llamar al 018. Le pareció que David reía nervioso al fondo. Sandra se
despidió, y el resto del día fue exactamente igual. David le robó y golpeó a la salida antes de que
llegase el autobús. Aún le dolía en el asiento. “Bullying”, ¿qué sería?
Otra mañana más corriendo. ¿Es que ese perro no se cansaba nunca? ¿Por qué a él? Pensó que
tal vez le pasaba como a David. Tal vez el problema era él y no ellos. Al llegar al cole, David le
agarró por la mochila y empezó a vaciarla. Cuando por fin encontró el bocadillo, se alejó
triunfante, dejándole con el material tirado y la mejilla roja. En clase era incapaz de concentrarse.
David le amenazaba por lo bajo y le lanzaba cosas a la cabeza. Y si encima se distraía, la profe le
echaba la bronca a él. La verdad es que su rendimiento había empeorado. Sus profesores le
habían avisado de que debía cambiar si quería pasar de curso. Pero él hacía lo que podía. Entre
la soledad de casa y el sufrimiento del cole, el mundo se le venía abajo. A veces, le parecía que
su alrededor se iba a detener y esperarlo, pero siempre seguía moviéndose. No le parecía justo,
pero tenía que aguantarse y seguir adelante. Era eso o hundirse, y él no quería hundirse.
Jadeaba todavía al bajarse del autobús. Ese día parecía que el perro llevaba cohetes. No había ni
tomado aire cuando una mano lo agarró del cuello y lo zarandeó como a un trapo. Luego la otra
comenzó a darle. Su cuerpo de pronto reaccionó y de un manotazo se quitó a David de encima.
Ambos se miraron sorprendidos, casi más él. Como si hubiera vuelto de pronto a la realidad,
David se sacudió y empezó a darle con ganas. Intentaba cubrirse y revolverse como podía, pero
David era bastante superior a él. De pronto dejó de pegarlo, y una mano firme le agarró y lo
levantó. Era la profesora, con una cara que daba miedo.
Los llevó de inmediato al despacho y llamó a sus padres. Se presentaron allí de inmediato. La
directora pidió explicaciones. El primero en hablar fue David, que lloriqueando y agarrado a su
madre le dijo que le había puesto la zancadilla y había empezado a golpearlo en el suelo. Él
intentó protestar, pero la directora le mandó callar. Los padres de David exigieron que fuera
castigado debidamente. Por fin le tocó hablar. Dijo que eso era mentira, que era claro que no
podía hacerle frente y mucho menos golpearlo. Que era David quien no paraba de pegarlo y
meterse con él todos los días. Que todo el mundo decía que mentía y nadie le creía. David dijo
que dejase de mentir, que se había aprovechado de que habían dado la charla de acoso como
excusa. Los padres de él protestaron también. La profesora lo confirmó. Así que cuando le
dejaron hablar se quedó mudo como una piedra, reflexionando sobre lo ocurrido. El veredicto fue
castigo en los recreos y en casa. Además, tuvo que darle un abrazo de disculpa, en el que David
le dijo al oído:
-No te recomiendo que lo vuelvas a hacer. ¿Y sabes por qué lo hago? Porque no eres nadie, a
nadie le importas. No te relacionas con nadie, rarito de mierda. Pides a gritos que lo haga. Sólo
quiero que te des cuenta. Y se despidió con una sonrisa malvada.
De camino a casa, sus padres le preguntaron si era verdad lo que habían dicho. Fue a negarse,
pero cambió de opinión al instante. De su boca salió un tímido y desganado “sí”, había pegado a
David. Sus padres comenzaron a darle una charla subida de tono de la que desconectó en la
primera palabra. Comenzaron a gritarle, a echarle en cara que pasaba de ellos y nunca les hacía
caso. Que era un desagradecido. En cuanto llegó a casa se encerró en el cuarto y comenzó a
golpearlo todo. Cogía sus cosas y las rompía, las lanzaba, estrujaba, aplastaba, mordía, partía…
Sólo paró al darse cuenta de que sostenía a Rey en la mano en alto, a punto de lanzarlo. Se
derrumbó en el suelo y comenzó a llorar abrazado a él. Estaba furioso. Furioso con todos: con la
profe, sus padres, David…con el mundo entero. Pero sobre todo estaba furioso consigo mismo.
Era por su culpa. Por fin lo había entendido. Ya se lo dijo David: el motivo por el que sus padres le
gritaran, sus notas bajaran, sus profes se enfadaran, el perro le persiguiera y David le acosara era
su forma de ser. Siempre solo y aislado porque él quería. Era obvio que le hicieran eso. Tenía que
despertar y espabilar. Y por una vez en mucho tiempo, estuvo en paz consigo mismo.
Al día siguiente, ni se molestó en correr. Dejó que se le echara encima y se revolviese contra él.
Al final no resultó ser para tanto. Cuando se cansó, el bus ya se había ido. Fue andando al cole
tranquilamente, cojeando. Allí fue como un día corriente. Atendió por primera vez en meses en
clase, atento a todo. En el recreo, David le cogió el almuerzo. Fue gratificante ver su sonrisa y oír
sus carcajadas alegres. En clase, la profe le echó la bronca a David, ya que no había hecho la
tarea. Le dio pena, seguramente estuviera muy ocupado. David se desahogó con él a la salida.
Se alegró ya de saber por fin el por qué que tantas veces se había preguntado. Casi sonrió. Pasó
de volver a casa pronto, así que también volvió andando. Iba pensando mucho en lo bien que
había ido el día. No vio el coche rojo que se acercaba veloz detrás.
Al verlo exclamó:
- ¡Rey!