SSS
SSS
2
Agradecimientos
Dirección de Traducción
Femme Fatale
Traducción e Interpretación
Cande34 July Styles Tate
DianaX Leon
Femme Fatale Little Rose
Jess
Diseño de Imagen
Anne
3
Adi Rule
Índice
Veintitrés Cuarenta y siete
Sinopsis Veinticuatro Cuarenta y ocho
Uno Veinticinco Cuarenta y nueve
Dos Veintiséis Cincuenta
Tres Veintisiete Cincuenta y uno
Cuatro Veintiocho Cincuenta y dos
Cinco Veintinueve Cincuenta y tres
Seis Treinta Cincuenta y cuatro
Siete Treinta y uno Cincuenta y cinco
Ocho Treinta y dos Cincuenta y seis
Nueve Treinta y tres Cincuenta y siete
Diez Treinta y cuatro Cincuenta y ocho
Once Treinta y cinco Cincuenta y nueve
Doce Treinta y seis Sesenta
Trece Treinta y siete Sesenta y uno
Catorce Treinta y ocho Sesenta y dos
Quince Treinta y nueve Sesenta y tres
Dieciséis Cuarenta Sesenta y cuatro
Diecisiete Cuarenta y uno Sesenta y cinco
Dieciocho Cuarenta y dos Sesenta y seis
Diecinueve Cuarenta y tres Sesenta y siete
Veinte Cuarenta y cuatro Sesenta y ocho
Veintiuno Cuarenta y cinco Sesenta y nueve
Veintidós Cuarenta y seis
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Adi Rule
Adi Rule creció entre gatos, patos y escritores. Estudió música como estudiante
y tiene una maestría de la Universidad de Vermont de Bellas Artes. Adi es
miembro y ha sido solista para el Tanglewood Festival Chorus, el coro que
actúa con la Orquesta Sinfónica de Boston y la Orquesta Boston Pops. Vive en
New Hampshire.
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Sinopsis
Una joven soprano se inscribe en una remota academia de música donde nada,
ni siquiera su misterioso y joven entrenador vocal, es lo que parece.
Sin embargo, a pesar de sus mejores esfuerzos, parece haber algo faltante en su
voz. Sus dudas sobre su propio talento son resaltadas por el hecho de que es
elegida como la suplente en la producción escolar de su ópera favorita,
Angelique. Angelique fue escrita en Dunhammond y la leyenda dice que su
compositor fue inspirado por el bosque que rodea a la escuela, un lugar lleno
de historia, magia y peligro. Pero, ¿fue todo producto de su imaginación o las
figuras fantásticas de la obra son más que imaginarias?
Lírica, gótica y mágica, Strange Sweet Song de Adi Rule cautivará y encantará
a los lectores.
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Uno
S
i hubieras estado ahí esa noche, la noche en que sucedió, quizás ni si
quiera lo hubieras notado. Las cuerdas y los instrumentos de viento
brillaban con lujo y resplandor en la perfecta humedad del auditorio y
los instrumentos de viento-metal destellaban en la suave luz de los
candelabros. La música en sí misma también resplandecía, iluminando lugares
oscuros que las personas ni siquiera sabían que estaban ahí.
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En el intermedio, el gran piano fue rodado hacia el escenario, negro y pulido y
curvilíneo. El cuervo miró hacia el piano con un ojo y luego el otro y agitó sus
alas. Mientras la audiencia aplaudía, una mujer de mediana edad se sentó en el
banco y colocó sus manos en las relucientes teclas, estirando y doblando sus
dedos. El cuervo torció sus propios pies grises nudosos experimentalmente.
Si hubieras mirado entonces dentro de los ojos del cuervo, si hubieras sido un
fantasma o una nube de humo y hubieras flotado hacia el techo para mirar
profundamente dentro de esos radiantes ojos negros donde estaban reflejadas
las brillantes teclas blancas, hubieras visto una desesperanza más grande de la
que podrían soportar esos ojos, más grande que el auditorio en sí mismo.
8
Dos
S
ing da Navelli mira fijamente a lo largo del monolito cuadrado y arriba
hacia la montaña nevada que se observa sobre el campus. Un portero
descarga el equipaje de la Merced de su papá. Justo dentro de la entrada
de su dormitorio, un demacrado hombre joven en togas académicas grises
habla con una de las secretarias de su padre. Finalmente está aquí, contada
entre los pocos elegidos.
Se aleja de las luces amarillas del campus hacia los fríos bosques del norte. No
muy lejos, no demasiado profundo, solo al sombrío borde agrietado. La nieve
de la montaña hace hormiguear su nariz mientras mira de cerca dentro de la
retorcida oscuridad. Quand il se trouvera dans la forêt sombre…Se encuentra
canturreando un aria1completamente familiar. Cuando él se encuentra en el
bosque oscuro…
Cuando era pequeña, la música era su nana cuando sus padres se iban, lo cual
era la mayor parte del tiempo. Desde luego, varias mujeres almidonadas con
olor a jabón se movían afanosamente alrededor, pero fue la música quien la
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crió, moldeándose como una manta, nublosa o susceptible o fría o dulce y
cálida. La provocaba, la calmaba, la hacía querer despegarse del piso
aterciopelado y mirar fuera de la ventana. Sing da Navelli es más música que
palabras en su interior.
Sería mejor si Zhin estuviera aquí. Zhin, la primera casi mejor amiga de Sing,
quien ama el violín casi tanto como al mundo de telenovela de la música
clásica. Cuidó de Sing en el Retiro Stone Hill de Música Juvenil el verano
pasado, ¿es posible que eso haya sido hace apenas unas semanas? Incluso
llegaron a hacer ópera juntas, Osiris y Seth. Sing amaba el elaborado escenario
con los grandes pilares de loto. Zhin amaba la escena de la batalla con todos los
barítonos sin camisa.
Si Zhin estuviera aquí, le diría a Sing lo que ella no podía decirse a sí misma:
Eres los bastante buena. Perteneces al Conservatorio Dunhammond. Mereces
esto.
La voz en la cabeza de Sing no dice esas cosas. Dice: Todavía no. Falta algo.
Pero no ofrece ningún consejo cuando ella intenta, cada día en el piano,
perfeccionar su imperfecta voz.
Escuchó a algunos de los otros cantantes a través del muro en las audiciones de
primavera; eran buenos. Muy buenos, pero no fuera de su liga. Ahora, a lo
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largo de la entrada de grava, Sing escucha a su padre hablar. Él no le hubiera
permitido venir a CD2 si no hubiera pensado que podía ser lo bastante buena.
—Exactamente. Come un buen desayuno. Practica una pieza esta noche, pero
no exageres. Está aquí, ¿entendido? —Le da unos toques ligeros en su cabeza—
. Lo sabes muy bien. Te he escuchado cantar esta vocalización cientos de veces,
¿cierto? —Sing asiente. Su padre regresa la mirada hacia el campus—. Es una
pena que hayamos llegado tan tarde. Me hubiera gustado ver al Maestro
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Keppler, disfruté tanto de su interpretación de Little Night Music la primavera
pasada. ¡No ha envejecido ni un día desde la última vez que lo vi! Y no tuve la
oportunidad de hablar con mi viejo amigo Martin.
Es mejor que no logre hablar con el presidente del CD. Sing ya siente a su
padre tirar de los invisibles hilos de marioneta de su incipiente carrera. El
auditorio más reciente del conservatorio es la evidencia de su repentino interés
en el altruismo hacia su escuela.
—Espero que hayan escogido una ópera apropiada para el Festival de Otoño.
—Pone un brazo alrededor de sus hombros—. Algo barroco, ¿qué te parece,
carina3? Eso quedaría adorable en tu voz. Me gustaría escucharlo.
Algo barroco, piensa. Algo seguro. Algo técnico y estilizado. Pero en su mente
continúa escuchando una melodía diferente, una extensa y lastimera nacida de
este mismo bosque hace casi ciento cincuenta años. Cuando él se encuentra en
el bosque oscuro…
—Sí, en efecto. Este es un lugar hermoso para componer una ópera. Vieni, es
momento de entrar.
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—Farfallina4 —dice él—, me voy esta noche. Pero por favor prométeme que
vas a quedarte siempre en el campus. Se dice que este bosque es peligroso.
Él sonríe.
Se encoge de hombros.
13
Tres
C
uando el concierto terminó, el cuervo permaneció quieto, sus negros
ojos fijos en el piano de cola. Miró fijamente hasta que los últimos
rayos del sol se fueron, hasta que lo último de la luz se hubo extinto y
el pasillo se hubo sumergido en una profunda oscuridad. Cuando ya no pudo
ver el piano, el cuervo continuó mirando fijamente a través de la ventana rota
hacia el lugar donde sabía que se encontraba el piano.
Y pudo haber continuado mirando fijamente por siempre, de no haber sido por
el diminuto ruido, el ligero chasquido de algo duro y afilado en el techo de
baldosas. Instintivamente, el cuervo echó a volar.
El cuervo nunca antes había visto ala Félix, pero supo tener miedo.
14
Cuatro
A
udiciones de colocación. Sing se sienta en un largo banco de arce,
mirando hacia la traslúcida ventana al otro lado del pasillo. A pesar
de su melancólico exterior, esta parte de San Agustín es soleada.
Entorna los ojos hacia el brillante vitral: bloques con forma de notas musicales
y pentagramas turbulentos.
El chico de cabello cobrizo a su lado es uno de los pocos adolescentes aquí que
no está sujetando un estuche de instrumento. Como ella, solo carga un
portafolio de cuero negro.
—Bueno, en ese caso, ¿la etiqueta con tu nombre no diría “Sing” también?
—Eso dice.
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Sing levanta la mirada.
—¿Qué?
Luego se da cuenta de que sus ojos buscan una respuesta en su rostro. Su buena
apariencia es calculada.
Su pecho se desinfla. Debe saber quién es ella. Como si la brillante fama de sus
padres se filtrara por sus poros. Le da una rápida sonrisa con los labios cerrados
y regresa a su música. Recuerda respirar antes del largo pasaje de aquí.
—No eres muy amistosa, ¿cierto? —le dice, como si ella fuera un animal
salvaje al cual está pensando en capturarlo y meterlo en una caja.
Sing murmura:
—Soy amistosa con mis amigos. —¿Amigos? ¿Puede él darse cuenta que esa fue
una mentira? ¿Que ella no tiene amigos? Ella se queda mirando fijamente su
música, pero no ve las notas realmente. Y puede decir que Ryan todavía está
sonriendo.
—Bueno, espero que seamos amigos —dice—. Prefiero amigable sobre brusco
cualquier día.
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¿Brusco?
Abre su boca, pero no dice nada. Él se ríe como si supiera lo que está
pensando—lo cual no puede ser cierto, porque ni siquiera ella sabe lo que está
pensando—, y dice:
—No voy a cantar una canción. Voy a hacer una vocalización dodecafónica de
Janice Bailey.
—¡Amo a Janice Bailey! —dice Ryan—. ¿Esa cosa loca de los setentas? ¿Papel
arrugándose y vidrio estrellándose?
—Me gustan más sus cosas nuevas. Más líricas, más tonal.
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A Sing le agradan los chicos que pueden hablar sobre música.
—¿Estás bien?
Una imagen que Sing ha intentado reprimir durante mucho tiempo surge otra
vez: ella misma, imaginada en el papel principal. Angelique. El papel que ha
querido cantar desde que tenía cinco.
—Me gustaría ser el príncipe Elbert. —Ryan canturrea una parte de una
melodía.
Su pecho se tensa. El príncipe Elbert, ¿el que se casa con Angelique al final del
Tercer Acto? ¿Ese con quien Angelique canta un apasionado dueto de amor?
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—Todo lo que veo, todo lo que soy5…
Pero continúa.
—Todo es mío, ¡excepto tú!6 —Resentidas caras silenciosas lo miran desde todo
lo largo del resonante pasillo. Sin embargo, no parece importarle y saca su
pecho pomposamente, cantando incluso más alto—. ¡Excepto tú! ¡Excepto
túuuuu!7
Sing se ríe. No puede evitarlo. Todo es tan serio aquí; la música es seria. Si el
conservatorio tuviera un lema, sería eso: Sea serio. Pero a Ryan no parece
importarle. Ahora se ha puesto de pie y está canturreando la parte de la
trompeta mientras marcha por el lugar. Los ceños fruncidos a lo largo del
pasillo se vuelven recelosas miradas como de roedor.
Y a lo mejor ha ganado.
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Sing se ríe de nuevo.
—¿Cómo es él?
—Es este espeluznante aprendiz que vive en la vieja torre que sobresale de
Archer.
—Guau, ¿eso es en lo primero que piensas? ¿En serio? —Ryan sonríe—. Eso es
algo impresionante, de hecho.
—El piano, supongo, pero es terrible. ¿Sabes cómo lo llaman las personas?
“Toca mediocre”. Síp, no es genial, pero como que funciona.
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—¿Es terrible? ¿En serio?
—¡Oh, sí! —Ryan levanta sus cejas—. Solo dio una actuación una vez y salió
del escenario con abucheos. Todo el mundo lo sabe. Pero la parte más
espeluznante… bueno, ¿sabes qué dicen?
Sing niega con su cabeza. Siente el frío del alto pasillo de piedra.
Ryan susurra:
Se miraron el uno al otro por un largo momento antes de que ambos rieran por
lo absurdo de eso.
—¿Anita?
Una chica con cabello esponjado se acerca arrastrando los pies con su nariz
hacia abajo, agarrando su inmaculado estuche de flauta y portafolio contra su
pecho. Sus brillantes zapatos chasquean y hacen eco en el masivo pasillo de
piedra.
—¿Aún no me necesitan?
—No. —El aprendiz frunce el ceño y entrecierra sus pequeños ojos—. Espera
tu turno.
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evitar observar con confusión cuando la expresión del aprendiz cambia de una
de molestia a una de comprensivo y amigable.
¿Lo siento, hombre? Sing frunce el ceño. Aunque solo ha estado en el campus
durante un día, se ha acostumbrado a que los aprendices le gruñan.
Definitivamente no ha visto a alguno siendo agradable con alguien.
¿Quién es Ryan?
22
Cinco
G
eorge no era un joven supersticioso, pero algo acerca del patio
interior en la noche lo ponía nervioso. Las linternas a lo largo del
camino habían sido apagadas y la luna delineaba el descuidado bosque
detrás de San Agustín. Extraño que solo una hora atrás, el pasillo del concierto
había estado repleto de riachuelos de músicos y miembros de la audiencia,
todos ahí para escuchar a la famosa Gloria Stewart.
Ahora se habían ido, el pasillo callado y oscuro. No era que tuviera miedo, se
dijo, agarrando su libreta contra su pecho. Allá en la escuela Daysmoor para
chicos, con frecuencia había acompañado a sus amigos en sus travesuras
nocturnas. E incluso como estudiante aquí en el conservatorio, siempre había
estado dispuesto a echar una carrera a mitad de la noche hacia Dunhammond
para ver en qué andaban los chicos locales.
Con las orejas incluso calentándose al frío aire, se congeló, su mano todavía en
el negro aro metálico. Silencio.
23
Se dijo a sí mismo que debería llamar, ¿Hola? Desempeñar su deber como
representante de esta escuela venerable y su gente. Después de todo, podría
haber sido la voz de un miembro de la audiencia de edad avanzada que hubiera
tropezado dentro de una zanja. O un estudiante ebrio que se hubiera caído en
los arbustos. O… o… o alguna otra cosa normal.
Se movió a lo largo del camino, intentando enfocarse en las notas que había
tomado esa noche. El compás de cuatro cuartos del Maestro había parecido
acentuar alto en el puente, tal vez permitía una mejor complejidad de…
24
— ¿Hola? —Su voz fue absorbida por el muro y la hierba.
Dio un paso hacia atrás para examinar mejor el techo. Algo blanco relucía en la
cima del extremo lejano.
Posiblemente solo estaba tirado sobre la pendiente del techo, aún adherido a
una persona en el otro lado. O tal vez no.
George sabía que el conservatorio estaba embrujado tanto por fantasmas como
por historias. La vista de un brazo trajo algunos de los rumores más siniestros a
la superficie de su conciencia. Nadie había sido asesinado en el bosque durante
un largo tiempo, pero las leyendas tardan más en morir que las personas. Se
decía que el mismo Durand había visto al Gato. Y un gato… bueno, George no
sabía acerca de la mitología ni nada como eso, pero incluso un gato normal tan
grande como se suponía que éste había sido no habría tenido problema en
servirse cualquier bocado de persona que encontrara apetitosa.
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para investigar más a fondo; tampoco podía separarse de la visión de ir y
alertar al presidente o a la policía.
Así que, por un tiempo, George solo se quedó mirando el brazo fijamente.
26
Seis
L
a audición es formal. Sing camina lentamente hacia el centro de la
oficina del presidente y se para, los hombros hacia atrás y los pies
separados, en una sección roja de la desvanecida alfombra multicolor.
El aprendiz de mejillas caídas que la hizo pasar cerró la puerta detrás de él
cuando se va.
27
Algunos otros miembros de la facultad salpican la amplia habitación, cada uno
con un portapapeles. Todos los ojos están puestos en Sing. Todos los ojos, se da
cuenta, a excepción de dos: esos pertenecen a un aprendiz que está sentado o
más bien tirado junto al Maestro.
Su cabeza cuelga hacia un lado, sus ojos están cerrados y su mandíbula cuelga
sin fuerzas de su rostro, como si no hubiera sido fijada correctamente. Su
cabello negro como el carbón parece que no ha sido peinado, cortado o lavado
en mucho tiempo. Sing se pregunta brevemente si está muerto.
El presidente continúa:
Claro, piensa Sing. Cada semana una ciudad diferente y una ópera diferente,
con él señalando todo lo que los sopranos estaban haciendo mejor que yo.
28
impresión de que está en condiciones de hablar con Ingrid Kapteina, incluso si
es realmente su padre quien conoce a la famosa cantante.
—Maravilloso. Sí, oí que era excelente. Ahora, ¿qué vas a cantar para nosotros?
Ella puede decir que él está tratando de ser amable, pero siempre es lo mismo
con sus directores y directores de orquesta y maestros. Saben que su padre está
en el fondo.
—Sí, Maestro.
El Maestro suspira.
29
En cambio, convoca su coraje y dice:
30
—Sí, por supuesto que puede, ¿verdad? —El Maestro cruza sus brazos—. Bien,
adelante.
El aprendiz de melena negra la mira con los ojos entrecerrados. No sabe por
qué, pero siente que la juzga. ¿Fue esa inhalación puntiaguda un comentario en
su último F alto, no girando tan bien como debería?
Se obliga a mirar hacia otro lado. ¿Qué le importa lo que piense un aprendiz,
de todos modos?
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Sonríe. Sing se ha olvidado de sonreír. ¿Parecerá extraño si empieza ahora, a la
mitad? Lo, hace de todos modos, y su sonido se ilumina. Angelique tendría un
sonido brillante y alegre. Ella debe mostrarles que puede hacerlo. Aquí viene
el dramatismo8,como le gusta decir a su padre. Toma un gran aliento y se
sumerge en la frase; la nota es buena—muy buena—, pero ha desperdiciado
demasiado aire en la melodía ascendente y el clímax es apresurado, porque no
está segura de poder lograrlo. Luego retrocede, preocupada de que si presiona
demasiado, el sonido se volverá inestable o, peor aún, se romperá por
completo. No puede mover su mandíbula. Trata de decrecer en la última nota,
pero el fondo simplemente se separa y se queda con un pequeño gemido débil.
Es una audición, así que no hay aplausos, solo silencio mientras los profesores
toman algunas notas. Sing no mira a Ryan. El presidente levanta los ojos un
momento y dice:
8Dramatismo: En inglés, el término que se usa para describir esto es money note, que no tiene
traducción literal al español. Money note es una jerga en la industria de la música que hace
referencia a la parte de una actuación de canto en vivo o grabada que es subjetivamente
juzgada por ser muy dramática o emocionalmente inspiradora.
32
Siete
L
a Félix nació como una bola de luz, algo suave, gorjeante y cálido quien
vio su propio gozo reflejado en los ojos de su madre. Daban volteretas y
se deslizaban en el cielo y durante los más breves momentos, todo era
perfecto.
No iba a saber que su felicidad establecía el listado del universo y se tenía que
hacer algo para ponerlo bien de nuevo.
Así que llegó su hermano, sarnoso y resbaladizo, con una película de sangre en
sus ojos. Con zarpazos y crujidos, rasgó su camino hacia el universo, tomó su
primer jadeo fortificante y se lanzó hacia su madre como un demonio.
La Felix, más vieja y fuerte, dio zarpazos mientras los ojos de su madre se
volvían vacíos y apagados. Las crías lucharon y se desgarraron y saltaron, sus
aullidos eran audibles incluso en el fondo de los océanos.
Pronto la Felix estuvo sola y podría haber sido feliz incluso en el luto, con los
recuerdos de su madre y la belleza de las estrellas. Pero al tomar la vida de su
hermano sin nombre, había roto su propio corazón. Ahora ella era oscuridad.
Ese día, la Felix vino a la tierra y ha estado deambulando desde entonces. Poco
permanece de ella, excepto el hambre y la ferocidad.
33
Ocho
A
ngelique fue la primera ópera que Sing vio. La recuerda
perfectamente: cómo podía jurar que el barítono alto estaba
cantando delicadamente en su oído en lugar de pavonearse en un
escenario mucho más abajo. Cómo el coro era una voz y muchas voces al
mismo tiempo, el sonido de una escuela de brillantes peces que destellaban y
se lanzaban y se movían perfectamente juntos. Y como se sintió verla a ella—
ella—, dar esos gráciles primeros pasos hacia el conjunto.
Una cosa era sentarse en frente del tocadiscos e imaginar, otra muy distinta era
experimentar el hormigueo del pecho hasta la sien cuando la gran cantante
llenaba la habitación con armónicos. Mágico.
Después de eso, sacó las grabaciones de su padre y aprendió la aria más famosa
de Angelique, aproximando los sonidos de las misteriosas palabras extranjeras.
En respuesta a su primera actuación en la mesa, sus padres comenzaron a
pelear; su padre diciendo: Dije desde el principio que era una cantante y su
madre diciendo: Discutimos esto, tiene que ser el piano porque no tiene oído.
Sing, de cinco años de edad, puso las manos en su cabeza confundida y
encontró ambos oídos en su lugar.
El piano resultó no ser el instrumento de Sing, después de todo; sus dedos eran
cortos y torpes y su mala postura—la cual su madre señalaba con pequeños
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golpecitos agudos en su espalda baja—, hacía que sus muñecas y sus hombros
dolieran. Cuando sus padres se iban, las niñeras no la podían hacer practicar.
En cambio, dejaban que escuchara grabaciones. Las óperas eras sus favoritas.
Nunca cantó Angelique para sus padres otra vez. Pero sabe las palabras ahora.
Las palabras verdaderas y las notas y los ritmos, los personajes y la historia, las
emociones y la belleza. Lo sabe de memoria.
Miró hacia atrás. Síp, esa chica baja definitivamente viene hacia aquí.
Este realmente es su lugar, piensa Sing. Los árboles más allá de la cerca del
campus le hacen señas con miles de manos de hojas. Durand no le tenía miedo
a este bosque. ¿Por qué yo debería temerle?
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La chica bajita llega al banco, un poco sin aliento. Sus pulmones no deben ser
más grandes que dos grandes alas de mariposa colgadas una junto a la otra. Sing
cruza los brazos y pretende estudiar la base de madera de la estatua.
—¿Disculpa?
—Sí. Eres bastante directa. —Sing no está segura de por qué no está
caminando velozmente lejos de Jenny Eisley en este momento. Después de que
su madre murió, se había vuelto muy buena ignorando a la gente que quería
algo de ella.
—Vi que te llamaban para las colocaciones —dice Jenny—. Estaba atenta.
Sabía que ibas a estar aquí; la gente estaba como: Ohdiosmío, ¡descendencia
famosa llegando! Aunque, francamente, medio esperaba que fueras un chico. Y
caliente.
Jenny se ríe.
—Oh, no lo sé. Eres linda. Como uno de esos dibujos animados de ojos grandes
y narices pequeñas.
—Uh, ¿gracias?
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—De todas maneras, no podría decir mucho por tu nombre —dice Jenny—. Es
un nombre un poco extraño para una niña italiana, para ser honestos. Sin
ofender.
—Medio italiana. —Sing parpadea. Hay algo agradable sobre Jenny, la forma
en que arruga la nariz y se mueve un poco demasiado rápido. La forma en que
piensa que “sin ofender” borra todo lo que vino antes.
—¡El Trompetista! El diario de los estudiantes del CD. Tengo muchas ganas de
entrar a su equipo de escritores. Esta es mi audición. Me imaginé, ¡oye!
¡Tenemos una persona famosa en nuestra clase! ¡Definitivamente debería
hablar con él!
—Sé eso ahora. ¿Entonces qué te parece? ¿Aquí, ahora? ¿Tomando el sol a los
pies de nuestro creador?
¿Compositor?
—…Durand.
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Jenny levanta la mirada.
—Oh —dice Sing—. Bueno, es solo que es mi ópera favorita y…como que
aumenta la presión, ¿sabes? —Como si las expectativas de su padre no fueran
suficiente estrés. ¡Su padre!—. ¡Mi padre nunca aprobará esto! —dice ellay se
encuentra sorprendida de haber compartido esto con un casi desconocido. Que
está tomando notas.
—Es… es una larga historia —dice Sing. Lo que es una mentira. Es una
historia muy corta: Mi mamá murió durante una actuación de Angelique.
Sing parpadea.
38
Sing puede pensar en mucha gente a la que le importa lo que piensa su padre.
Pero quizás ella no tiene que ser una de ellas en este momento. Puede sentir su
corazón latiendo un poco más rápido cuando el entendimiento se hunde.
Sing se ríe.
—Al menos no tenemos que dormir en San Agustín. —Jenny mira la vieja
iglesia—. Quiero decir, ¿gárgolas? Ni siquiera sabía que tuviéramos gárgolas en
Norteamérica.
Sing se aclara la garganta. Olvida que no todos han sido entrenados tan a fondo
para recordar fechas y contextos y argumentos.
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—Lo siento —dice—. Lo que quiero decir es que, ¿gárgolas? ¿No son viejas?
¿Podemos por favor hablar sobre lo grande que se ve el trasero de ese tipo en
esos pantalones de uniforme de poliéster, en su lugar?
Jenny levanta sus cejas, luego se echa a reír. Sing mira hacia el dormitorio
cuadrado.
—¡Oye! ¡Sing!
—¿Qué hay? —La chica de los pendientes de oro llega al banco, pero no se
sienta—. Oigan, chicas, ¡miren quién es!
La otra chica mira a Sing, mientras Ryan destella una brillante sonrisa que
hace que Sing se estremezca. No miran a Jenny.
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—Lo siento —dice, buscando en su memoria.
—Estoy segura que es difícil recordar los nombres de toda la gente que jodes.
La brisa es fría en los hombros de Sing. Por el rabillo del ojo, ve a Jenny
levantar el lápiz del papel, luego bajarlo de nuevo sin escribir.
—Bueno, Sing —dice Ryan, sonriendo—. Parece que ya has alborotado algo de
plumaje.
—Osiris y Seth —dice—. Como en, la única vez que no he hecho la ópera en
los cinco años que he hecho en Stone Hill. Porque, ¿adivinen qué? —La chica
cruza los brazos—. Había alguien nuevo este año que tomó mi puesto. Alguien
con padres famosos.
Ahora Sing recuerda la voz. Hayley alguien. Tono liso y chillón. Convencida
de que poder chirriar más alto compensaría los problemas con el resto de su
rango. De hecho, la única vez que habían hablado antes fue el primer día en
Stone Hill. Hayley presumió sobre su D alta en la conversación en menos de
treinta segundos.
—Bueno, nos vemos por ahí —le dice a Hayley, quien parpadea,
aparentemente habiendo esperado algún tipo de represalia. Denegada una
escena, ella y la otra chica se pavonean de vuelta por el césped.
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—Bien jugado, Señorita da Navelli —dice Ryan—. No dejes que estas chicas
lleguen a ti. —Luego se inclina cerca y susurra—: Eres especial.
Con sus palabras calentando su oído, Sing observa a Ryan dirigirse de vuelta
por el patio interior.
—Joder —dice Jenny—. Esa chica Hayley solía ser tolerable. Mi hermana
pasaba el rato con ella a veces. Y como se llame, Ryan. Un poco canalla.
Sing conoce a los chicos muy bien, solo que no mucho en la vida real. En su
mayoría por libretos de ópera. Su padre no aprueba las citas cuando hay tanto
canto por hacer. Pero se imagina los ojos verdes de Ryan y sonríe, quizás ahora
que está aquí, tampoco importa lo que su padre pensara de él.
—Bien. Porque ni siquiera has conocido a Lori Pinkerton. —Antes de que Sing
pueda responder, Jenny continúa—: Entonces, ¿cuánto te gusta CD hasta el
momento? Sabes, aparte de chicas al azar acosándote sobre las óperas.
Sing quiere decir: Ya es bastante difícil comenzar en una nueva escuela, pero
cuando eres una da Navelli y tienes que traer tu nombre contigo, tendré suerte
de encontrar a alguien que no esté buscando ya sea derribarme o conseguir un
autógrafo. O ambos.
42
Nueve
G
eorge destrabó la puerta y comenzó a subir.
Mientras subía las escaleras polvorientas, George sintió una leve duda respecto
de su propia sanidad. ¿Acaso había inventado él a este joven? Pero cuando
llegó al dormitorio —frío, poco amueblado—, y vio la bandeja de desayuno
que había subido esa mañana, supo que era real. El tocino y los huevos no
habían sido tocados, pero la tostada no estaba. Al igual que la ropa.
—¿Hola? —volvió a llamar hacia lo alto del dormitorio, que tenía una oscura
ventana visible justo sobre la cima de la escalera.
El piso de arriba estaba frío y a oscuras, las ventanas cubiertas con polvorientas
cortinas. George frunció el ceño. El joven no estaba ahí.
43
Mientras George cruzaba el dormitorio para cerrar las puertas de vidrios que
dejaban pasar la brisa, oyó una voz desde el balcón.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó George—. ¿Por qué… por qué… por qué
tienes puesto un camisón en plena tarde? —Era una pregunta estúpida, pero
fue la primera que se le escapó de la boca.
—No. Antes dije que no tenía nombre. Ahora… ahora no soy nadie.
Parecía cada vez más posible que este chico estuviera loco. George apoyó una
mano en su hombro, desesperado por entender algo más sobre esto.
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—No sé a qué te refieres. Estoy aquí para ayudarte. No importa de dónde
vengas. He arreglado que te quedes aquí, si quieres. Incluso te he dado un
nombre. Yo…
George tragó.
—Lo que sea que haya pasado, puedo ayudarte. —George no estaba del todo
seguro de por qué estaba haciéndole estas promesas a un desconocido. O por
qué las decía enserio. Por todo lo que sabía, podría estar lidiando con un
lunático en fuga. O, al menos, una persona en fuga que debería ser regresada a
sus padres o al gobierno o a quien fuera que lo quisiera.
—Mira, tienes tiempo para muchos sueños más. —Sonrió—. ¿Cuántos años
tienes?
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—¿Tu segundo otoño en Dunhammond?—Silencio. George se aclaró la
garganta—. Bueno, para mí te ves de diecinueve o veinte. ¿No es verdad? —
Cuando no recibió respuesta, George siguió hablando—. Yo tengo veinticinco.
Mi sueño es ser un famoso conductor de orquesta, pero estoy comenzando
como asistente de profesor aquí en el conservatorio. ¿Cuál es tu sueño?
El joven inclinó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Inspiró hondo.
—Música.
—¿Música? Pero, ¡ esta es una de las mejores escuelas del país! ¿Dónde has
estudiado?
—Está bien —dijo George—. Estás en el lugar indicado ahora. Puedo ayudarte
a aprender.
—Bueno, sí, algunas personas sí. Pero no todos. Yo no, para ejemplo. —Se rio.
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—Sí. Escúchate.—El joven se volvió hacia George, quien quedó atrapado en la
intensidad de su mirada—.Tu voz es hermosa. La mía…—Se llevó una mano a
la garganta—.La mía es fea. Mi voz es tan fea, fue la única parte de mí que ella
no pudo cambiar.
El joven volvió a cerrar los ojos y George de repente fue muy consciente de su
propia mediocridad. Rostro redondo, nariz grande, dedos regordetes. Miró el
triste y angular rostro y las esbeltas manos que la noche anterior lo habían
cautivado. Había algo fuera de este mundo en estas…en él. ¿De dónde había
venido? ¿Quién era ella, quién lo había cambiado? Pero George mantuvo la
charla práctica; no quería que este extraño espíritu se evaporara en la luz.
—¿Y por qué tienes que ser cantante? —preguntó—. Si amas la música, ¿por
qué no tocar un instrumento?
—No entiendo.
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—No. No. —Habló suavemente esta vez y George se preguntó si incluso esta
ronca y temblorosa voz podría parecerle hermosa a alguien—. Gracias —dijo
Nathan y se puso de pie dubitativamente. Era alto y se movía con una pequeña
y extraña torpeza.
Dentro, los pasos de Nathan se volvieron más inseguros. Seguía mirando hacia
el techo oscuro. George corrió las cortinas de algunas de las ventanas y las
motas de polvo volaron por todos lados como fantasmas.
Nathan estaba embobado por el instrumento. No intentó tocarlo, pero sin duda
estaba estudiándolo con interés. George abrió la tapa, revelando las teclas.
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—Son como flores —dijo—.Tantas flores.
George sonrió.
49
Diez
E
l año en que murió, además de presentaciones en conciertos y sesiones
de grabación, Barbara da Navelli estaba programada para cantar tres
papeles principales: Lucia en Lucia di Lammermoor, Donna Anna en
Don Giovanni y Angelique en Angelique. El último fue un papel escrito para
una voz más ligera, un sonido más dulce, diferente de cualquier otro que ella
hubiera actuado. Un papel amado por los fanáticos de la ópera. ¿Había sido
pura y simple vanidad lo que la obligó a aceptar el compromiso? ¿O
simplemente había disfrutado de la controversia?
Ella fue dos personas esa noche. Fue la hija de Barbara da Navelli, ignorada por
los más recientes reporteros, doctores y conocidos, esperando a que le
informaran lo peor pero ya sabiéndolo, maldiciendo a su madre por
contaminar el perfecto mundo de Angelique con su último y más grande
escándalo. Pero Sing también fue una espectadora, horrorizada de su propio
egoísmo y de la pregunta:¿Por qué Angelique? ¿Por qué tuvo que arruinar mi
ópera?
Sing se sienta en un frío escalón de piedra del Auditorio Woolly del CD, con
su espalda contra una columna blanca. El Woolly es la adición más reciente del
conservatorio, que no estaba terminado la última vez que ella estuvo allí.
Ahora, su resplandeciente domo deslumbra a los visitantes mientras llegan.
50
¿Cómo deberíamos nombrar a nuestro nuevo auditorio, carina? Su padre no
tenía que preguntar. Sabía la respuesta incluso antes de que firmara el último
cheque a su escuela bajo el pretexto del aniversario número ciento cincuenta
de la escuela.
Sing no está segura si preferirá este nuevo Auditorio Woolly sobre el que tiene
en casa. Al menos en el original, una pequeña estructura de madera áspera con
dos cortinas deshilachadas en su habitación, ella era siempre la estrella.
51
Es su primer día completo en el CD; ha pasado de orientación a audiciones y
hacia la Reunión de Bienvenida y este anuncio ya le está restregando en su
rostro el Festival de Otoño. Diez semanas hasta que ella, su padre y Angelique
estén reunidos. ¿Estará cantando el último papel que su madre alguna vez
cantó? ¿O estará observando desde los bastidores? ¿Qué sería peor?
Pasa por tres versos antes de darse cuenta que está cantando. No es un hábito
nervioso, se dice a sí misma. No tengo razón para estar nerviosa.
—Señorita da Navelli. —La voz es severa y rasposa. Sing mira hacia un rostro
serio y anguloso y los ojos más negros que alguna vez ha visto. El aprendiz de
su audición. Como antes, su mirada fija la paraliza por un momento. Ella
parpadea.
—¿Sí? ¿Señor? —¿Cómo se supone que debe dirigirse hacia los aprendices? Se
siente extraño llamar a alguien apenas un poco mayor que ella “señor”.
—Yo… um…
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Sing levanta sus cejas.
¿Piensa que ella en verdad necesita ir a otra maldita fiesta? Sing cruza sus
brazos.
—Estar tumbada aquí afuera en los escalones como si fuera la dueña del lugar
no es lo mismo que asistir —dice.
—Daysmoor.
Sing se levanta con su mandíbula trabada por unos pocos segundos, luego lo
sigue.
53
Dentro, la oscura alfombra roja y paredes doradas crean un fondo vibrante
para la multitud de togas grises y negras y uniformes azul pizarra. Sing se
dirige hacia el bufet antes de intentar relacionarse. La idea de no relacionarse
ni siquiera pasa por su mente; está bien entrenada.
Sería mejor si Zhin estuviera aquí, piensa, como se suponía que estuviera.
La luz del sol a través de las altas ventanas del Woolly se inclina hacia la
noche. Ella arponea una chuleta de pollo y la desliza a su plato. Debe
permanecer alerta. Barbara da Navelli siempre estaba en alerta máxima de diva
en las fiestas. ¿Quién está aquí? ¿Quién está hablando? ¿Qué está usando cada
quién?
La parte del vestuario es la más fácil: los maestros de negro, los aprendices de
gris, estudiantes de azul pizarra. Los de la facultad y los aprendices conversan
incómodamente; los estudiantes se agrupan en dos, tres y cuatro. Puede
diferenciar a los de segundo año, son los que conocen a otras personas. Los de
primer año se apiñan en parejas, probablemente compañeros de habitación o
han sido enganchados por amables miembros de la facultad. Tendrá que
introducirse en una conversación pronto. Ya siente los ojos en la habitación
encontrándola. La única cosa peor que ser Sing da Navelli es ser Sing da
Navelli de pie sola.
—¡Sing! —llama una voz chillona y casi deja caer su plato. Es Jenny, dando
zancadas a través de la exuberante alfombra arrastrando a una desgarbada
chica de cabello rizado. Jenny sonríe.
54
¿Esa sonrisa es para Sing?
—Esta es Marta. —Jenny agarra un plato—. Oh, ¿eso es pollo? Marta, Sing.
Sing asiente.
Marta también toma un plato, cubierto con hojas verde oscuro y moradas. Se
encaminan hacia la ventana grande que tiene una cornisa de madera pulida lo
suficientemente amplia para las tres. Uniformes y togas se arremolinan a su
alrededor; todo el mundo está forzando la conversación.
Jenny dice:
55
La pregunta toma a Sing por sorpresa. Dos años, piensa. Desde que mi padre
decidió que me convertiría en la nueva Barbara da Navelli.
Pero eso no es verdad. Recuerda todas esas encantadoras y solitarias tardes con
tres puertas cerradas entre ella y la niñera más cercana, una pila de
grabaciones en el escritorio de su padre y las mejores voces de la tierra
desbordándose del reproductor. Ella cantaba, entonces, con alegría natural. Sin
los errores que ahora impregnan su sonido. Casi puede recordar cómo se
sentía.
Dice:
—No fue la gran cosa. Creo que solo entré aquí debido al FLAP.
—¿Estuviste en el FLAP? ¡Debes ser asombrosa! ¿Eso quiere decir que estás en
la fila para un contrato?
—No—dice Sing con brusquedad—. Quiero decir, eso ayuda, pero nunca se
sabe quiénes van a conseguir una oferta de contrato. Y depende de las
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vacantes. En realidad, es bastante raro que alguien de nuestra edad obtenga
uno. —No había imaginado que Zhin lo consiguiera, a pesar de que había
empezado a actuar profesionalmente cuanto tenía seis.
—No. —Su padre pensó que conseguiría más atención en Stone Hill—. Pero
mi… mi padre es el director de orquesta. En Fire Lake.
Ahí. Está afuera. Fire Lake, una de las más famosas casas de ópera en el mundo.
Sing busca en el rostro de Marta un principio de comprensión, la suposición de
que Sing no pertenece aquí después de todo, que simplemente tiene
conexiones. Pero Marta sonríe.
—¿Eres la hija del Maestro da Navelli? Pude verlo este verano… solo que
desde lejos. Tomé una fotografía. ¡Guau! He visto tu fotografía en el
periódico… no te reconocí.
El periódico.
—Sí, bueno, eso fue hace dos años—dice Sing, recordando. La ola de
reporteros, los incesantes flashes de las cámaras…
57
Fue la manera en la que Barbara da Navelli tuvo su comienzo. Con diecinueve
años y casada con el director de orquesta. Pero ella fue una excepción. La
excepción.
—No hay forma en que Fire Lake ofrezca un lugar de nuevo artista a algún
adolescente, aunque sea un estudiante del CD. FLAP puede ser competitivo,
pero básicamente es un glorificado campamento de verano, como Stone Hill.
Los nuevos artistas de Fire Lake son parte de la compañía misma y cada uno ha
salido a cantar papeles principales en todas las mejores casas del mundo. La
mayoría de los cantantes profesionales ni siquiera consiguen audicionar.
Tienen que ser especiales.
Se encuentra con las miradas incrédulas tanto de Marta como de Jenny. Para
ahora se está acostumbrando a ellas.
—Oh —dice Marta—. Ella es una… chica. Una de último año. Que estudia
aquí. La conocí en el FLAP.
Implacable.
58
Jenny no lo está.
Sing parpadea.
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Sing intenta creerle, pero es difícil ignorar su simpático y abierto rostro y su
espíritu amable. Marta no reconocería a una diva residente ni aunque le
vertiera una botella de agua purificada sobre su cabeza.
60
Once
L
a Félix contrajo sus garras delanteras, garras perladas hundiéndose en la
corteza de la rama del árbol por encima de la nieve.
Pero esta nueva oscuridad era diferente. Cercana. Árboles y pequeñas criaturas
y aire la prensaban, alejando su mente de las estrellas. Algunas veces no
recordaba el cielo en absoluto.
Afortunadamente, su nueva forma había sabido qué hacer. Su primera caza fue
un pavo, apresurándose a lo largo del bosque con su familia. Unas pocas largas
zancadas sin hacer ruido, una arremetida, una quebradura de cuello, la terrosa
y dulce esencia de plumas y sus dientes absortos en la satisfactoria calidez.
61
Había cazado muchas veces desde entonces. Sin miedo, sin dudar. Había
llegado a ansiar cada caza, tan tangible y desastrosa. Tan diferente de la muerte
de su hermano. Su sangre había salpicado los cielos con brillo; su alma había
explotado. Las criaturas de este lugar morían silenciosa y fácilmente. Aun así,
la Félix nunca podía cazar lo suficiente.
Algunas veces eran… interesantes. Y no había conocido otra cosa que esperar
y devorar por tanto tiempo.
—Nunca he visto nada como tú— dijo el hombre, temblando. La Felix dio un
paso hacia él y el cubrió su rostro con sus antebrazos—. Te ves como un gato,
pero tú… no eres un gato.
62
Esto era algo que la Felix había escuchado de muchas criaturas, en sus propios
idiomas. El hombre continuó hablando.
—He venido aquí porque estoy enfermo. —Ella ya podía oler el deterioro en
él—. Los cazadores dicen que una gran y terrible bestia vigila este bosque. —
Bajó sus brazos—. Pero he construido una iglesia. Creo que podemos traer
bondad aquí. Y quería decírtelo antes de morir.
Se sacudió por la sorpresa. Ahí estaba la brillante galaxia que había extrañado
por tanto tiempo. En los ojos de este hombre, vio los infinitos y turbulentos
alcances de su alma. Vio su dolor y enfermedad, su esperanza, su
incertidumbre. Una adormecida parte de su mente se despertó de donde
reposaba envuelta alrededor de los recuerdos de su hogar. Durante un instante,
estuvo fascinada.
Luego pasó.
Destrozó su garganta.
63
Doce
A
la luz de su lámpara Tiffany con el diseño de una libélula, Sing lee
una tonta novela acerca de huérfanos. Los huérfanos usan ropa
andrajosa y tienen heridas abiertas y comen ratas y nunca, nunca
tienen que ir a la ópera con sus padres.
Solo tiene que esperar que sea cierto. Sí fue aceptada después de solo una
audición, rápidamente; la carta vino después de tres semanas. Y obtuvo toda la
atención del público en su antigua escuela pública, ganando el espectáculo de
talentos y la beca de Artes Avanzadas. ¿Y no le había estado diciendo su padre
que sería tan grandiosa como su madre? ¿Que él podía decirlo? ¿Si tan solo
aprendiera?
¿Escuchas que la respiración continúa después de la vocal, Sing? Ella hace eso
también.
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Sí, escuchó. Sí, lo vio. Y sí, puede hacer todo eso. ¿Por qué, entonces, siempre
falta algo?
¿Por qué la odia? A veces parece que entre más gente amó a su madre, más
odian a Sing. Especialmente, odiarán si Sing presenta Angelique.
Sing cierra sus ojos y tararea el primer aria, comenzando bajo y agitado,
repentinamente elevándose en una sensible frase sobre cómo las estrellas
miran los campos desde arriba. Se estremece cuando recuerda escucharla por
primera vez.
¿Alguna vez la podrá cantar? ¿Le darán el papel de Angelique? En Stone Hill,
después de Osiris y Seth, la Maestra Collins le dijo —y a su padre—, que
pensaba que Sing podía manejar un papel más grande. ¿Es cierto? Sabe que en
dos años ha avanzado más de lo que la mayoría de la gente avanza en diez.
¿Pero alguien va alguna vez de la Primera Sacerdotisa a Angelique en tres
meses?
Se imagina a sí misma, como ha hecho mil veces, en ese vestido blanco y con
volados. Solo ahora, el escenario que imagina es el real: el escenario cálido, con
olor a pintura en el teatro Woolly, con cortinas de terciopelo tan ricas y
pesadas que aplastarían a una persona si cayeran. Se imagina viendo desde allí,
sin nada visible excepto las resplandecientes puntas de luz brillante apuntando
hacia el negro vacío del auditorio. Y detrás de ella, la palabra de Angelique.
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Una palabra de amor y honor y coraje, enlazadas por una hermosa música.
Agita sus rubios bucles y sonríe y la música viene, clara y fuerte y fiera.
Voces flotan desde afuera de su puerta amarilla de pino. Los estudiantes están
dirigiéndose al vestíbulo para esperar por las listas que serán puestas en la
fecha límite de medianoche. Sing cierra la partitura. Quizás debería de esperar
abajo con los otros. Quizás Jenny y Marta estarán allí.
—Nos vemos más tarde, Woolly —dice a la oveja gris maltrecha cuyos ojos de
botón la miran desde la cama. Se pone sus pantuflas, se cierra la bata de seda
roja y encaja la partitura debajo de un brazo.
Abajo, el reloj de luna del vestíbulo dice las nueve y media y ya el feo sillón
granate y la mayoría de las sillas están ocupadas.
Tres chicas que Sing vio en la Reunión de Bienvenida dejan de hablar cuando
entra, luego comienzan a murmurar después de que las ha dejado atrás.
Escucha: “¡Sing!” y luego risas aguantadas. Se gira, pero como esperaba,
ninguna de las chicas la está mirando. Parecen profundamente metidas en su
conversación.
—Me gusta cantar —dice una de ellas. Las otras ríen y resoplan.
66
Encuentra la última de las sillas disponible y trata de leer. Pero escucha su
nombre una y otra vez, murmurado, susurrado, penado. ¿Todos aquí saben
quién es? ¿Todos están hablando de ella? Esa podría haber sido una furtiva
mirada del chico bajo y fornido en la esquina, acurrucado con su amigo. Ese
podría haber sido su nombre viniendo de un grupo de chicas excesivamente
maquilladas cerca de una planta en una maceta. O podría haber sido su
imaginación.
Cada pocos minutos, busca una figura cruzando el patio interior del Hector
Hall. Pero todo está oscuro, excepto por la luz saliendo de las ventanas.
Frente a ella, las ventanas dan hacia el césped alumbrado por la luna detrás del
dormitorio. Mira más allá de la silueta de un impresionante árbol de arce y
hacia el bosque, separado del conservatorio por una alta cerca de madera.
Cuando él se encuentra en el oscuro bosque… Sing quiere abrir de golpe la
ventana, atravesarla, apresurarse hacia los fríos brazos de esos árboles negros
estremeciéndose.
con forma de “Y”, que se usa para encontrar agua u otros elementos mediante vibraciones
electromagnéticas, radiaciones, que pueden emitir el agua, metales, etc. Es considerada una
actividad pseudocientífica.
67
Trece
Angelique
PERSONAJES
Un aldeano Tenor
Obertura.
68
ACTO PRIMERO.
Una aldea.
Nº 1, Coro.
Nº 2, Aria y coro.
M. Boncoeur, quien ama la agricultura más que nadie, habla sobre la luz de su
vida: su hermosa hija, Angelique. Los aldeanos acuerdan que Angelique es
amable, inocente y buena.
Nº 3, Recitativo y aria.
Nº 4, Recitativo y coro.
Nº 5, Trío.
Nº 6, Aria.
69
Silvain le dice a Angelique que moriría para protegerla y corre hacia el bosque
a cazar ala Félix.
Nº 7, Final.
ACTO SEGUNDO.
El profundo bosque.
Nº 8, Coro.
Un grupo de caza ha matado a un gran ciervo y lo está llevando a casa para una
fiesta. Su líder, el conde Bavarde, disfruta bastante cazando y todos acuerdan
que es bueno en eso.
Nº 9, Recitativo y dueto.
Silvain entra y es abordado por el conde Bavarde. Estos son los bosques del
príncipe Elberte y los cazadores furtivos deben ir a la horca. Silvain insiste en
que están cazando a la temida Félix, pero Bavarde y sus hombres no le creen.
El conde Bavarde insiste en que Silvain es un cazador furtivo y debería ser
ahorcado. Silvain se lamenta su suerte.
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Nº 11, Recitativo y aria.
Angelique le pide al conde Bavarde que le deje hablar con el príncipe Elbert.
Seguramente, él entenderá. Angelique piensa que el príncipe Elbert debe ser
apuesto y noble.
Nº 13, Final.
ACTO TERCERO.
Nº 16, Coro.
Los aldeanos oyen los gritos de las ovejas… la Félix se está acercando.
71
Nº 17, Dueto y coro.
Nº 18, Aria.
Nº 21, Trío.
Nº 22, Final.
Todo el mundo se siente mal por Silvain y luego aplauden por la feliz pareja,
Angelique y su príncipe.
72
Catorce
—T
out est à moi SAUF VOUS! —canta Ryan—. ¡Tengo
todo, excepto a ti! —Angelique escucha su lamento y
acepta casarse con él si libra a su pueblo de la Félix. El
príncipe Elbert, guapo con su uniforme azul marino con ribetes de oro y
botones blancos, toma la mano de Lori. Ella está deslumbrante en un traje
blanco de pastora, con un recodo elegante adornado con un lazo rosa. El
príncipe Ryan y Lori esperan estar juntos en un futuro brillante.
Marta y Jenny, sentadas en una mesa de café, hojean una revista cuya portada
es todo color rosa caliente, amarillo sol y la letra de molde negrita.
Jenny hace ruidos fuertes de ronquidos, ignorando las miradas molestas y Sing
ríe.
73
Daysmoor. Publica las hojas de papel para el tablón de anuncios, largos dedos
presionando delicadamente las chinchetas.
Sing vacila, pero luego, inhalando profundamente, se levanta. Es difícil ver los
nombres diminutos más allá de las cabezas en movimiento, pero oye a Jenny
decir:
—¿Ves algo? —le pregunta Sing a Marta, cuya altura le da una ventaja.
Marta se da la vuelta.
—Sabes, eso es tan raro, porque estaba leyendo acerca de las doncellas árboles;
hay diferentes, pero dríadas son los más famosos; en “Seres míticos que debería
conocer”. Debería ayudarme para prepararme para el papel, ¿te parece?
—Um, seguro.
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Sing nota a Daysmoor, los brazos cruzados, apoyado en la pared junto a la
puerta. Su rostro está volteado y por un momento estudia su oscura forma
angular. Hay algo extraño en él, algo solitario… tal vez más profundo que la
soledad, como si fuera una criatura de otro mundo. No se da cuenta que ella
está mirando hasta que la voz de Marta corta a través de la cháchara.
—¿En serio? —dice en voz baja. ¿Escuchó todo el mundo? ¿Qué piensan?
—Oh. —Sing da un paso atrás. La multitud es poca ahora y también puede ver.
S. da Navelli: Angelique, soprano (us). Y justo por encima: L. Pinkerton:
Angelique, soprano—. Oh. Bueno, eso está bien.
Solo que no está bien. Sería mejor estar en algún otro grupo que tener que
aprender y ensayar el papel de sus sueños y nunca llegar a interpretarlo.
75
Quince
L
a Félix, cuando recordaba algo el espacio, lo recordaba como
imperdonable. Todo en el espacio era interminable: el vacío, la luz, el
frío, el silencio. Pero la montaña era distinta. Podría ser traicionera un
momento y un santuario al siguiente.
Ese verano lluvioso, el bosque estaba pegajoso y lleno de lodo. La Félix pasó la
mayor parte de su tiempo en una pequeña cueva cerca de la cima, mirando los
días grises. Sus pensamientos, cuando los había, eran sencillos: notaba el color
de un hongo, olía nuevas hojas, se preguntaba si los frutos de los arbustos
podrían comerse. Los conceptos de hermano, madre y hogar ya se le habían
desvanecido, pero su desesperanza permanecía, atándola a la tierra.
Una manada de lobos tenía gran parte de la montaña como territorio propio y
la Félix anticipaba su paso con interés. Era una gran manada, incluso después
de que ella se hubiera comido dos o tres de ellos y la forma en que cazaban
juntos la fascinaba.
Al final, el cachorro se las arregló para subir un pequeño montículo debajo del
borde de la cueva donde la Félix estaba observando. Aplastó algunas hojas de
76
hierba relucientes, asomándose a través de una grieta en la pared, enredando
una mata en sus patas y rodando sobre su espalda con esta. Uno de los lobos en
la base del acantilado lo llamó:“Demasiado alto”. Pero el cachorro solo olfateó
el aire. Había captado el aroma de la Félix y no sabía qué era. Con ojos
iluminados, comenzó a olfatear el borde del acantilado, buscando una forma de
subir. Demasiado alto, volvieron a llamarlo desde abajo. Demasiado lejos;
vuelve.
La Félix no entendía el placer, así que no podía regodearse ante la idea de una
muerte fácil. No conocía el miedo o la inseguridad, por lo que no sentía alivio
de que su próxima comida estuviera acercándose a su propia guarida. Pero no
le agradaba andar por el bosque cuando estaba gris y húmedo y entendía la
comodidad. Sus orejas se movieron y sus músculos se tensaron en anticipación
de la próxima aparición del cachorro.
El suelo tembló.
77
Se detuvieron en una mezcla de barro, piedras y plantas muertas en la base del
acantilado. Instintivamente, la Félix subió a suelo más alto, deteniéndose en un
desnivel que observaba todo el suelo. Por aquí y allá se asomaba una masa de
pelo gris entre el barro o un cuerpo yacía tieso lleno de sangre y lodo.
La Félix se acercó con cuidado a él. Un lobo más grande habría sido mejor.
Pero el cachorro ni siquiera intentó huir. Solo dejó de aullar y la miró.
Y en sus ojos, vio galaxias enteras, igual que las que veía en el alma de cada
criatura. Pero los ojos de este cachorro eran distintos. Mi culpa, decían esos
ojos diminutos. Y el resto de ese vasto universo interno era una pena sin
palabras y desgarradora. Un cosmos entero de desesperación le devolvió la
mirada.
La parte de Gata de ella se encogió ante esto. No debería haberle dado esa
visión. No sabía cómo reaccionar. Pero en ese momento, la parte de la Félix
que aún se aferraba a un recuerdo del cielo se expandió en su cuerpo terrenal
como si lo estuviera respirando. Esa parte de ella entendía la pena del cachorro
como si fuera propia. Esa parte de ella entendía.
Antes de que se ocultara y volviera a callarse, la parte de ella que era Cielo
derramó una única lágrima por este cachorro de lobo. Y el cielo lo notó. La
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lágrima quedó suspendida en el aire, sólida y brillante, hasta que el cachorro la
tomó con su lengua como un copo de nieve.
Y así fue que la primera lágrima dela Félix fue derramada por un cachorro de
lobo.
79
Dieciséis
S
ing es muda en sus sueños. Respira, abre su boca, empuja aire y nada
sucede.
Sing gruñe.
—¿Así que crees en esta cosa del pacto con el diablo? —interrumpe Sing.
Cualquier otro tema de conversación que no sea el ensayo.
—Qué mal que sean viejas noticias—dice Jenny—. Eso sería un buen
encabezado: “¡Masacre de la Guerra Civil Envuelta en Misterio!”.
80
—Sí, he escuchado que fue la batalla más al norte. Pero no está del todo claro
quién peleaba con quién o por qué todos en la aldea murieron. Y hasta donde
sé, nadie fue disparado.
Sing es escéptica.
—Fue la Felix—dice Marta—. Bajó de los cielos y concedió su deseo. ¿De qué
otra forma lo explicarías?
Jenny las deja mientras pasan el edificio nombrado por Durand, dos pisos de
mohosos y anticuados salones de clases. El manual dice que la clase de
actuación del Sr. Bernard es en el invernadero en la orilla del campus.
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Sing y Marta encuentran asientos en el piso de piedra entre macetas de plantas
con flores. El invernadero es anticuado, de hierro y vidrio. El sonido de un
arroyo forestal flota a través de las ventanas abiertas.
Sing suspira. Algún maestro siempre intenta ser el buena onda, ese en quien
confiar, el que inspira. Traza las grietas entre las piedras del suelo con sus
dedos.
—El canto tiene palabras, la mayoría de las veces. ¿Qué implican las palabras?
Marta dice:
82
—Algunas veces cuentan una historia. Algunas veces solo expresan una
emoción. Pero, ¿quién produce las palabras? Muy bien, ¿qué dices tú?
Silencio… hasta que Sing se da cuenta que la está señalando a ella. Se encoge
de hombros.
—¿Personas?
—Me alegras que hayas traído eso a colación—dice el señor Bernard—. Dijiste
la palabra mágica: personaje. Cuando nosotros cantamos y por “nosotros”
quiero decir “ustedes", porque yo canto como gatos en la bañera, nos estamos
convirtiendo en un personaje. Ahora, eso no quiere decir que otros
instrumentos no puedan representar personajes o contar historias, pero no es
el instrumento en sí mismo el que lo está haciendo, es el sonido. Cuando
nosotros cantamos, nos convertimos en alguien más. Nos expresamos a
nosotros mismos con sonido y con nuestros rostros y nuestros cuerpos. ¡Eso es
actuar! —Algunos de los estudiantes sonríen o asienten, algunos se ven
escépticos.
Sing ha tomado clases de actuación antes. Su padre insistió. Nunca fue muy
buena en ello. El Sr. Bernard habla acerca de emociones, pidiéndoles a los
estudiantes primero sentir enojo —“Es la más fácil”, dice—, luego tristeza y
finalmente alegría.
—Estas cosas viven dentro de ustedes. Necesitan reconocerlas por lo que son
antes de que puedan aspirar a residir en el cuerpo de alguien más. Necesitan
separarlas.
83
Unos cuantos minutos pasan. Los otros estudiantes se concentran. Algunos
respiran pesadamente, algunos sonríen. Uno o dos tienen lágrimas corriendo
por sus mejillas. Sing observa con interés. Intenta invocar enojo, luego tristeza.
Pero nada viene. Por dentro, es tan dura y lisa y oscura como obsidiana.
Los ojos de Marta están cerrados, su rostro retorciéndose con rabia, luego
melancolía, luego felicidad. Buena actriz, añade Sing a su lista de las fortalezas
de Marta.
—Cientos de emociones viven dentro de ustedes; son las que los hacen ustedes
mismos. Miedo, envidia, lástima, resentimiento, amor, lujuria. —Eso obtiene
unas cuantas risitas—. ¿Qué están sintiendo hoy? ¿Pueden nombrarlo?
Él reparte tarjetas.
—Quiero que escriban “Yo soy” en su tarjeta. Seguido de lo que sea que les
guste. ¿De acuerdo? ¡Adelante!
Esto es estúpido, piensa. ¿Qué tan buen actor tiene que ser un suplente? No es
como si alguna vez fuera a ser una superestrella de la ópera. No es como si
fuera su madre.
84
Diecisiete
L
a Félix nació como un objeto de hermosura y desesperanza, como es su
naturaleza, solo la hacía más hermosa. Se parecía a un gran gato, sí,
pero en la forma en la que el cielo se parece a su reflejo en un lago en
calma. Incluso después de su caída, mantuvo el color de la puesta de sol, su
momento favorito —el inicio de la noche estrellada—, y a las estrellas mismas
que salpicaba todo su brillante pelaje. Sus ojos eran casi negros y nebulosos; las
criaturas lo suficientemente desafortunadas para ser fascinados por su tinte
violeta no vivirían para ver nada más otra vez. Pero sus dientes y garras, una
vez pálidos y lustrosos como la luna, se volvieron de un amarillo casi carmesí
debajo de los árboles oscuros y encrespados.
A pesar de todo, algo continuaba brillando fuera de ella, como una suave y
blanca luz de estrella ahora manchada con sangre, pero aún brillante.
Animales huían de las extrañas sombras que producía.
Un siglo, llamó la atención del espíritu del Bosque mismo. Estaba tan fascinado
con esta encantadora y triste luz que dejó sus cuevas de osos dormidos y a
diligentes lombrices y nidos estremeciéndose y, por un momento, pensó en sí
mismo como un gran gato.
85
Dieciocho
S
ing entra por la puerta naranja con la pintura astillada hacia un frío y
húmedo salón de clases lleno de viejos pupitres híbridos con silla.
Este es un error.
86
cabello castaño y a tres pupitres de distancia de un par de chicas más grandes
—una alta y oscura, otra pequeña y blanca—, que parecen mejores amigas. El
único otro estudiante es un chico de apariencia atlética con una barba de
chivo. Mientras Sing saca su cuaderno con pesar, se le une otro chico atlético
con patillas poco atractivas.
—¿Gorrión?
—Nop.
—¿Picogrueso?
87
La Sra. Bigelow sonríe.
Sing alza la mirada. ¿Por qué todos los profesores la llaman hoy? Mantiene su
expresión neutral: no lo suficiente hostil para ser considerada insolente, pero
tampoco comprometida.
—Eso fue bastante bueno. ¿Tom? ¿Qué hay de ti, quieres intentarlo?
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Se están sintiendo cómodos con la Sra. Bigelow, incluso cuando el corazón de
Sing se vuelve más frío.
—¿Instinto?
—No tanto como podría pensar —dice la Sra. Bigelow—. ¿Alguien más?
¿Fue esa una mirada en la dirección de Sing? Mejor que no haya sido así.
Ella se da cuenta de que son los pentagramas alineados y extraños justo antes
de que la Sra. Bigelow diga:
—Aquí están los fonogramas de las dos canciones distintas que acabo de
reproducir. De izquierda a derecha representa el tiempo y de lo bajo a alto la
frecuencia. Las líneas borrosas que parecen notas son los sonidos que los
pájaros están haciendo. Como pueden ver, la segunda canción; que es el pájaro
joven; es ligeramente diferente a la primera. No la aprendido completamente.
89
Lápices garabatean cosas en los cuadernos. Sing se pregunta lo que está
escribiendo todo mundo. Mira su garabato. Una pastora en un vestido con
volantes.
La Sra. Bigelow le da un libro a las mejores amigas y otro a los atletas. El chico
de cabello rizado se acerca a las mejores amigas, pero Sing se queda aparte,
añadiendo un bastón y arco a su pastora. La Sra. Bigelow no dice nada.
¿Qué estoy haciendo?, piensa Sing. ¿Pienso que mi vida será mejor si tengo
malas notas? ¿Si me expulsan del conservatorio? Se imagina diciéndole a su
padre que regresa a casa, de vuelta a su vieja escuela. Que no podía encajar
aquí. Puede ver su sosegado rostro, escuchar su decepción.
Marta.
90
—De acuerdo, solo nos quedan unos pocos minutos y me gustaría escuchar de
cada uno de ustedes qué especie escogieron. —Escribe las elecciones de los
estudiantes: picogrueso, tórtola rabiche, herrerillo bicolor (Barba de chivo y
Patillas se burlan), carboneros.
—Vi uno de camino hacia aquí. —Laura apunta hacia las pequeñas y abiertas
ventanas. La Sra. Bigelow asiente y lo escribe. Sing mira; puede ver el verde
del patio desvaneciéndose, las hojas cambiando. Un árbol solo y enorme está
en el camino, protuberante y suave, como melazas que rezuman del suelo
hacia el cielo. Un par de cuervos están sobre una de las ramas de en medio.
91
Diecinueve
L
a sonata Pathétique de Beethoven es una de las piezas más populares
del mundo. George no sabía cuántas veces la había oído. ¿Cientos?
¿Miles? La tocó y la enseñó y la estudió. Y aunque Pathétique siempre
sería exquisita, había otras piezas, otros compositores, otros sonidos. George
siguió adelante, como se hace.
Durante las clases, Nathan era atento y tranquilo, absorbiendo teoría e historia
tan rápido como sus músculos aprendieron a conocer las extrañas nuevas
demandas que estaba haciendo de ellos. Y cuando George tocaba, Nathan
miraba sus dedos con un hambre salvaje.
92
El rostro de George, junto al de Nathan en el reflejo de la música brillante,
parecía casi como una mala copia, un hermano mayor hogareño. Curvas
cansadas en lugar de líneas delicadas, marcas de viruela en lugar de uniforme
líquido. Pero cuando el reflejo de los ojos de Nathan atrapó el de George, sus
miradas no eran más que calidez. George se dejó caer en esos ojos por un
momento mientras sonaba el último acorde.
—¡Betty! No te oí entrar.
—La agradable sorpresa fue toda mía, querido. George, estaba empezando a
pensar que tu protegido era solo una cara bonita. Pero parece que toca, después
de todo y muy bien. ¿No es eso algo? —Le dedicó una sonrisa con sus labios
pintados de rojo. Nathan se sonrojó.
—Por supuesto que Nathan toca bien. —George bajó la tapa del teclado con un
golpe seco.
93
—Ven a verme si te interesa. —La profesora sonrió y George observó los ojos
de Nathan siguiéndola mientras se alejaba.
—¿Alguna vez te he guiado mal? —La voz de George ahora tenía una extraña
dureza—. ¿No confías en mí?
George exhaló.
94
Veinte
S
ing, Marta y Jenny comen el almuerzo en una mesa de picnic junto a la
cerca de madera que separa el campus de los bosques de pinos detrás de
este. La cerca está hecha de troncos verticales pegados juntos y
recortados con puntas afiladas y en la parte superior se eleva una legítima
montaña cubierta de nieve. En las señales amarillas se lee PELIGRO y
calaveras y huesos son puestos cada nueve metros más o menos.
Marta dice:
—Sí, tengo que tomar Piano Funcional este semestre ya que no lo probé.
Quería tomar Naturaleza de la Música. Suena genial.
Sing se encoge de hombros. ¿Era eso una pulla, porque no está tomando La
Vida del Artista? ¡Al menos no tiene que tomar Piano Funcional!
95
Jenny dice:
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Apesta que no recibieras la parte que querías. Creo que tal vez apesta más de
lo que Marta y yo sabemos. Pero mira, estamos de tu lado, ¿de acuerdo? —Ella
mira a Sing a los ojos de y Sing se siente bien de una manera que no se había
sentido hace mucho tiempo.
Sing exhala en silencio y, de alguna manera, es más que aire lo que sale de sus
pulmones. Mira la mano de Jenny apoyada en la suya y una opresión ardiente
que ha ido en aumento desde su primer momento en el conservatorio
disminuye un poco.
Y son amigas.
96
Mientras la realidad burbujea de vuelta a su alrededor, el cerebro de Sing
registra plenamente la cerca de madera extraña por primera vez. En parte por
algo que decir, en parte porque quiere saber, hace un gesto y pregunta:
—¿Mantiene fuera las hordas bárbaras? —Jenny dice y Sing y Marta resoplan.
—Probablemente los residuos nucleares —dice Jenny—.Es por eso que todos
los aprendices son mutantes.
—Tal vez escribió Angelique para él —dice Jenny—. Eso es lo único que
escribió que es algo bueno.
—Si Angelique fue escrito por un gato, habría más ratones en este —dice Sing.
Jenny asiente.
—Y punteros láser.
97
—Mito o no —Jenny pone el tenedor sobre la mesa con un estrépito—, hay un
montón de historias sobre un enorme gato espeluznante visto por aquí y
ciertamente no va por ahí concediendo deseos. Va por ahí comiendo gente.
Dicen que eso es lo que pasó con el hermano Bessette, quien construyó la
iglesia original. No estaba inspirado. Estaba desayunando. Mira hacia arriba.
Sing puede ver las copas de los pinos más allá de la cerca. El sol todavía
calienta como en verano, pero un frío barre bajo de la montaña.
—Los lobos y los osos negros tienden a permanecer lejos de la gente —dice
Marta—. Y la mayoría de los animales comen sus presas.
Sing curiosea.
—La Félix matará cualquier cosa que atrape —dice Marta—. Excepto si ve en
los ojos de su presa y ve que hay una tristeza más profunda que la suya.
98
Entonces, en vez de matarlo, arrojará una lágrima y concederá un deseo. Lee
Angelique. Concede el deseo de Silvain al final.
—Todos los libros de criaturas que Marta tiene en nuestra habitación me están
llegando, supongo. Pero Félix o no, la pregunta importante es, ¿qué llevarán a
la fiesta de esta noche? Tenemos que representar a los chicos de primer año
increíblemente elegantes, ya que somos los únicos tres invitados.
—¡Diablos, no! —dice Jenny—. Nos vemos en nuestra habitación. ¡No voy a la
planta sénior sola!
99
—Todavía no —dice Jenny—. Se supone que está en mi clase de análisis, pero
no estaba allí esta mañana.
—¡Así que es posible que llegues a cantar Angelique esta noche en el ensayo!
—dice Marta.
—Sí.
Años de ser dicho que no se quejara callan la boca de Sing. Pero se encuentra
con la mirada de Marta y antes de que pueda detenerse, dice:
—Mira, Lori es una diva total. Sabemos eso. Pero tú también lo eres, en el
buen sentido, quiero decir. Por Dios, ¿eres de primer año y ya está suplantando
al principal?
—Tengo diecisiete años —dice Sing—. Soy un año mayor que la mayoría de
los de primer año.
—¿A quién le importa? ¡Es asombroso! ¡Debes ser jodidamente increíble! Vas a
patear el trasero cuando seas una sénior, ¿no?
100
—No tengo ni idea.
Marta ríe.
—Lo que hay que hacer —continúa Jenny—, es planchar esa camisa, arreglar
tu cabello, sacar esa actitud ¡y aduéñate del ensayo de esta noche! ¿Estoy en lo
cierto?
101
Veintiuno
L
a ventana por la que se ve el Rue du Faubourg Saint-Honoré era tan
grande como el hotel al que adornaba. Su seda verde rayada encajaba
con el diván; el recubrimiento dorado en la moldura alzaba las rosas en
el empapelado. George tomó un trago de brandy. A través del vidrio, podía a
ver veinte o algo así de patrons des arts13 todavía reunidos en la entrada para
artistas al otro lado de la calle, sus sombreros y abrigos manchados
oscuramente en la lluvia.
Su pálido reflejo se agitaba con las gotas de lluvia que se resbalaban por el
vidrio. Era un hombre distinguido, experimentado y competente con años de
conducción detrás de él. Pero el rostro que le devolvía la mirada incierta
podría haber pertenecido a un joven aprendiz.
No había pretendido robar. No era un ladrón. Esas hermosas manos eran tan
fascinantes que tenía que tocar una. Tenía que girarla para ver los delicados
Patrons des arts: Personas que patrocinan o apoyan en caridades, organizaciones y personas
13
102
dedos. No era su culpa que lo que la mano había estado sosteniendo se soltara y
repiqueteara en los azulejos del techo. No era su culpa que hubiera puesto el
objeto pequeño y brillante en su bolsillo y se olvidara de este en los días
siguientes. Si Nathan, cuando finalmente regresó, lo hubiera pedido de vuelta,
George definitivamente lo habría regresado. Pero él no lo pidió; era como si ni
siquiera supiera del objeto.
Desde que el cristal de Nathan había llegado a su vida, George había sentido el
tiempo ralentizarse para él. Había intentado ignorarlo, enfocándose en su
trabajo. Nadie en el Conservatorio Dunhammond pareció notarlo. Pero
últimamente, con esas giras europeas, fuera de la seguridad de su pequeña y
solitaria escuela en la base de la grande y solitaria montaña, se estaba
volviendo más claro que los años lo estaban pasando. El tiempo casi se había
olvidado de él.
¿Pero qué bien tenía? Si solo pudiera dejar a Nathan en el conservatorio donde
nadie lo viera, entonces George podría tener una carrera por su cuenta sin el
miedo de que personas inescrupulosas se precipitaran para llevarse a Nathan
lejos.
Una vez lo intentó. Solo un fin de semana en una conferencia, en una ciudad a
tan solo ciento cincuenta kilómetros al sur de Dunhammond. Nathan había
vomitado durante tres días y después estuvo postrado en cama durante dos
semanas. No fue gastroenteritis como había dicho el doctor. George había
103
sentido el cristal en su bolsillo anhelando por su amo durante todo el tiempo
que estuvo lejos.
—Lo dudo mucho. Pero fue una buena presentación. —Se permitió esa
pequeña jactación. Había sido una exquisita presentación.
Pero había algo más. Una incomodidad insidiosa que había comenzado a
rascarle mientras observaba a Nathan observar la ciudad por primera vez. El
joven hombre parecía absorber su vitalidad, devuelto a la vida por los olores de
las pastelerías, los colores de las brillantes obras de arte de vendedores
callejeros, las frescas flores de Holland. Nathan era mucho más notable aquí.
104
George dejó su copa vacía en la mesa y se volteó de nuevo hacia la puerta.
—¿Entretenimiento?
105
—¿Estás bien? —Nathan atravesó la habitación y se sentó ligeramente en el
diván, opuesto al venerable maestro—. George, ¿qué pasa?
—Entiendo, mi amigo. Pero sabes que todavía no estás listo. No puedes tocar
para alguien tan refinado como M. Maneval, el director ejecutivo de una de las
sinfonías más influyentes del mundo, ¡antes de estar listo! Especialmente
cuando me está considerando a mí.
George forzó una sonrisa triste. El plan que había estado formándose en su
mente desde que habían aterrizado en Francia estaba finalmente
solidificándose. Por supuesto, implicaría tener que abandonar París, abandonar
todos los lugares. Pero no veía alternativa.
—Mi querido muchacho, si piensas que estás listo, ¿por qué no empezar con
una competencia? ¿Por qué te forzarías a ti y a tus talentos en los dos mejores
oídos del planeta?
Nathan asintió.
106
—Tienes razón, lo siento. Me adelanté… Es una ciudad tan emocionante.
—Toma —dijo George—. Van a tener una nueva competición en Nueva York
en un par de meses. En honor a la gran Gloria Stewart, a quien admiras tanto.
¿Por qué no competir? Luego, si sales exitoso, sería aceptable comenzar a
presentarte para audiencias más grandes y sofisticadas.
Extrañaré París, pensó George. Estaba claro que, de encontrarse con Henri
Maneval y una pequeña elección de miembros de la orquesta para beber, su
posición estaría asegurada. ¿Pero a qué costo? ¿Cómo podía mantener a Nathan
escondido aquí?
Nathan sonrió.
—No, no es así.
107
Veintidós
S
ing entra al ensayo exactamente a tiempo, con el cabello cepillado y
brillante, la camisa blanca planchada, el jersey y la falda impecables y los
calcetines subidos hasta las rodillas. El auditorio de concierto de St.
Augustine huele a barniz y piedra fría.
Unos pocos estudiantes hojean sus nuevas partituras de Angelique. Sing lleva
una edición más vieja, con FIRE LAKE OPERA etiquetado en la cubierta y
“Ernesto da Navelli” escrito en la esquina superior derecha de la primera
página. Su padre nunca ha dirigido Angelique y nunca lo hará, pero la música
está cubierta con marcaciones de lápices desgastadas; él ha pensado en cómo lo
haría.
La boca de Sing está seca. Mordisquea su lengua para hacer que sus glándulas
salivales funcionen.
108
será anfitrión de la Competición internacional de piano Gloria Stewart por
primera vez desde su origen en 1967.
La asamblea murmura con emoción ante la noticia. Sing, al no ser una pianista,
no le había dado a la prestigiosa competición ni un pensamiento desde que
llegó. Pero su padre será uno de los jueces… y se da cuenta con una sensación
enfermiza que eso significa que su padre estará aquí para la presentación de
Angelique. No hay forma de que el horario de él interfiera o engañarlo
diciéndole accidentalmente mal la fecha.
—Maestro —dice una voz rasposa. El aprendiz Daysmoor está sentado detrás
de Ryan en el piano, la posición de cambiar las páginas, luciendo aburrido y
ligeramente amenazador, aunque al menos está intentando parecer despierto—
. Tengo curiosidad, ¿dónde encontró el conservatorio dinero para un nuevo
teatro tan espacioso y hermoso? ¿A quién debemos esta enorme deuda de
gratitud?
¿Qué fue eso? ¿Cuál es el problema de Daysmoor? Le lanza una mirada, pero él
se ha cruzado de brazos y cerrado los ojos.
—No tengo que recordarles que los ensayos, ya sea conmigo o con el Sr.
Bernard, son obligatorios. Principales, su instructor es el aprendiz Daysmoor.
Por favor moléstenlo, más que a mí, con sus preguntas y preocupaciones.
109
—Comenzaremos con el acto tres, ya que todos están ahí —dice el Maestro,
abriendo sus partituras—. Principales, al escenario.
—¡Oh! —Su rostro brilla—. Soy el príncipe Elbert. —Ahora tiene la audacia
de sonrojarse un poco. Sing sonríe sin los ojos.
Lo hace.
Le guiña un ojo.
110
¿Qué es eso? ¿Se está burlando de ella? ¿Diciéndole que no se preocupe?
¿Coqueteando?
Ella se las arregla para cantar el pequeño recital y luego el dueto comienza. La
parte del príncipe Elbert va primero. Su voz es rica y fuerte, otro recordatorio
de que ya no es un pez en un pequeño estanque. Suena como los tenores en
Stone Hill, un poco presionado pero con confianza, no como los engreídos y
estirados chicos del Club de Música de su vieja escuela.
Su turno. Su voz hace eco en el gran auditorio y le toma unos cuantos latidos
encontrar buenas armonías. Se enfoca en su respiración, pero entre más lo
intenta, más tenso se siente su pecho. Algunas de las palabras se le escapan y se
adelantados veces. Al menos cuando el príncipe Elbert regresa, puede
mezclarse con él.
111
¿Por qué no puede hacerlo?
A media mitad del coro de los hombres, las grandes puertas se abren y Lori
Pinkerton entra con una bolsa mensajero marrón de cuero colgada sobre su
hombro.
Sing sabe que es Lori Pinkerton, porque ella es todo lo que Sing se imaginó que
sería. Su cabello rubio se balancea mientras camina, su grácil cuello sostiene en
alto su rostro de porcelana y sus labios con brillo rosa se curvan hacia abajo en
desaprobación. Su uniforme debe de ser igual que el de los demás y, aun así,
cae y fluye en todos los lugares correctos, haciendo que los hombres del coro
se giren lentamente para seguir su camino arriba al escenario.
Lori se sienta al otro lado del escenario, con la espalda derecha y los tobillos
cruzados, mientras Monsieur Boncoeur, un hombre de mediana edad traído
para el papel, canta su recital.
Sing observa los ojos de Ryan ir hacia la dirección de Lori mientras toca.
Estuvieron juntos en el FLAP. ¿Quién sabe qué pasó allí, en las orillas del
hermoso lago Fire? Sing se imagina el agua tranquila tocando las montañas
eternamente llenas de nieve al este, el rojo brillo de la puesta de sol causando
que ambos brillen como llamas. Ha visto el lago Fire muchas veces, pero
siempre sola mientras su padre dirigía o su madre cantaba. ¿Lori y Ryan
miraron la llamarada juntos?
Requeriría algo fenomenal para arrancar la mirada celosa de Sing del rostro de
Ryan, pero algo fenomenal pasa.
112
brazos de Sing se erizan. Marta cierra sus ojos mientras navega entre las
acrobáticas líneas. Sing observa su mandíbula, espalda, dedos, todo moviéndose
fluidamente con las notas. Aunque tendrá que trabajar en su francés. Con un
francés decente, sería maravillosa.
Un tipo distinto de silencio sigue a la aria de Marta. Nunca habría algo tan
vulgar como un aplauso en un ensayo, pero a veces, un silencio especial viene
de todos pensando lo mismo: Eso fue grandioso. Sing atrapa la mirada de Marta
y sonríe y Marta devuelve la sonrisa con el pendiente plateado de unicornio
brillando.
Lori fija una mirada de tigresa en las ventanas altas del otro lado del auditorio;
se ve como si estuviera lanzando láseres por sus ojos. De sus labios brillosos
sobresalen formas vocales exageradas y sus dientes blancos brillan. El sonido es
fuerte y grueso y confidente, aunque no tan plácido como el de Marta. Lori no
mira sus partituras. Gesticula y se mueve tal como lo haría Angelique, con el
cabello brillante y los hombros derechos.
oscuro.
113
** *
—Sí, maestro.
—Sí, maestro. —Sabe que estuve en Stone Hill. Sabe que he estado trabajando
duro.
—Su primer ensayo con el aprendiz Daysmoor es mañana. Por favor, tome
ventaja de su guía.
Sing nota los ojos aburridos del aprendiz en su rostro ahora, con la arrogancia
irradiando de él como el frío de un cadáver. ¿Su guía? Ella lo fulmina también;
nunca tomará ventaja de su guía.
114
¿Es su imaginación o la expresión de Daysmoor cambió de indiferencia a
disgusto? Inhala profundamente.
—Si fuera por mí, Lori Pinkerton ni siquiera tendría una suplente.
—Sí, señor. —El rostro de Sing está rojo de nuevo mientras el maestro se aleja,
—¡Oye!
Todavía está dolida por las palabras del maestro, pero no puede poner su
frustración a dónde pertenece.
115
Y me gusta todavía menos cuando tengo que lidiar con pequeñas divas
estiradas.
Luchando contra las lágrimas por segunda vez en una semana, Sing dice:
—Bueno, si nadie me quiere aquí, ¿por qué me dio el papel? —No pretendía
sonar tan joven y golpea su puño contra su pierna.
—Porque alguien que respeta le aseguró que podías hacerlo. Alguien… debió
haber visto algo que él no vio.
Mientras la rabia de Sing se disipa, mira el piso brillante. ¿Quién podría haber
convencido al maestro de que ella valía la pena?
¿Vale la pena?
—Pensé que podrías necesitar ese café —dice, atrapándola con su mirada firme
y brillante—. ¿Quieres caminar al pueblo?
—¿De verdad? —dice. Qué cosa tan estúpida para decir. Pero él sonríe de todas
maneras, solo a ella. La calidez recorre su diafragma; no se atreve a moverse en
caso de caerse.
Ryan se ríe.
116
Ahora Sing se congela por una distinta razón. Ryan ha señalado las puertas
grandes, en donde un delgado y moreno chico está junto a Lori Pinkerton.
¿Aaron y Lori están juntos? No parece de esa manera; él no está intentando
ocultar su adoración y ella no está tratando de esconder su desdén. De hecho,
parece que entre más se aleja Lori, más se vuelven bobos los ojos de Aaron.
¿Entones Lori y Ryan están juntos? ¿O todos son amigos? ¿Y dónde encaja
Sing?
Ryan le regresa su enfoque tomándola de la mano, la cual ella cree que está
asquerosa y sudada.
—Vamos.
Ella sonríe. ¿A quién le importa si Lori Pinkerton está ahí? Ryan no está
sosteniendo la mano de Lori Pinkerton ahora mismo. Ryan no está poniendo
un brazo alrededor de…
117
Se detiene. ¡La fiesta de Carrie Stewart!
—¿Qué pasa?
—Lo siento… No puedo ir a tomar café ahora. Lo siento. Lo olvidé. Tengo que
ir a la fiesta de Carrie Stewart. —Sus hombres se hunden.
La mira, con las cejas juntadas ligeramente. ¿Piensa que está mintiendo?
—Oh —dice—. Bueno, como sea, diviértete. —Luego sonríe con esa sonrisa
fácil, se encoge de hombros y se aleja.
Sing sabe lo que eso significa. Significa que hay muchas chicas que están
disponibles para un café. Ve muchos pares de ojos con rímel siguiendo
discretamente a Ryan mientras cruza el auditorio.
118
Veintitrés
P
ara ser criaturas normalmente miedosas, los humanos tienen la
habilidad de meterse en peligro. Esto le ocurrió a la Felix una tarde
cuando la aurora boreal era tan brillante que su mente se aclaró de
nuevo. Al día siguiente, sus pensamientos se habían vuelto más simples, pero
seguía observando a los humanos y a sus caballos y piedras y ruido desde su
posición elevada mirando la iglesia abandonada.
Raramente venía a este lugar. Era muy expuesto y bajo. Ser encadenado a la
tierra era como ahogarse, pero bajar de la montaña era como ser enterrado
vivo. La última vez que se atrevió a bajar, era llamada por el olor de los
humanos. Habían construido la iglesia y la torre. Les desgarró los pulmones.
Ahora había más de ellos. Un asentamiento bajo la iglesia, más caballos, más
ruido, más tierra arada y virutas, metal y humo. Habían estado reuniéndose
por meses o años. No lo sabía. Lo único que sabía era que pretendían quedarse
en su montaña para siempre. Tenía que matarlos a todos.
Fue fácil. Aquí abajo, no había conexión con el cielo. El único recuerdo al que
el Gato se aferraba era la furia, comiendo sus tripas, disparándose hacia el
exterior. Cada humano que caía era su hermano, chillando y sangrando y
muriendo una y otra vez.
Cuando la luna salió esa noche, todos los humanos estaban en silencio. Las
moscas llegarían en la mañana con el sol —nunca había descubierto cómo
matarlas adecuadamente—, pero por ahora, la Félix caminó lentamente de
regreso a la montaña en una pacífica calma.
119
Cuando llegó al claro, estuvo sorprendida de ver a un hombre de pie cerca de
la torre de piedra. Solo de pie ahí, brazos a los costados, mirándola. Gruñendo,
dio un salto.
La Félix exhaló aire podrido, sus ojos nivelados con los del hombre.
—Sé quién eres —dijo—. Soñé contigo. Naciste en la luz, pero no puedes
encontrar tu camino de regreso.
Los dientes del Gato ardían, pero como rara vez pasaba, el poder del cielo fluyó
a través del corazón de la Félix y se filtró por su rostro empapado de sangre,
solidificándose en una simple lágrima, esta vez teñida de rojo.
—Me has dado un regalo. Yo… no esperaba eso. La usaré para traer de regreso
a aquellos cuyas vidas fueron perdidas hoy, si tiene ese poder.
120
Pero los ojos de los cielos, que lloraban por sus desesperadas hermanas en
tierra, solo vieron las profundidades del alma. Y lo que François Durand
realmente quería era recuperar el trabajo de su vida y un santuario de
enseñanza donde la música pudiera ser protegida de los horrores del mundo
exterior.
121
Veinticuatro
E
l piso de los de último año olía como a incienso de sándalo, quince
diferentes perfumes, sudor y cerveza. Sing se sienta en la cama de
Carrie Stewart junto a una lámpara que ha sido cubierta con una
bufanda roja y ahora emite tenue luz rojo oscuro. Marta y Jenny sueltan risitas
cerca.
Sing sorbe un vino frío en un vaso rojo de plástico y apoya su cabeza contra la
pared. No importa dónde sea la fiesta. El piso de los de último año, el Fire
Lake, la mansión de un dignatario… finge estarla pasando bien hasta que la
gente importante esté lista para irse. Justo ahora, Marta y Jenny son la gente
importante, disfrutando las conversaciones vanas, la emoción de una ubicación
normalmente prohibida y la euforia que acompaña a la música estruendosa.
Incluso si es solo de cuatro acordes.
122
Tiene que admitir, sin embargo, que esto es mejor que una soirée o, se
estremece, una gala. Al menos está vistiendo jeans y un suéter y no seda y
nylon y adhesivo de doble cara. No traer maquillaje también es agradable; el
maquillaje siempre se siente como algo para ser usado en una actuación, no en
la vida real. Las fiestas son actuaciones.
Dos chicos se sientan a su lado. Uno viste un antiguo sombrero de ala ancha de
cuadros oscuros; el otro parece vestido para algún tipo de evento deportivo,
montones de algodón en colores primarios con grandes números.
—Oye.
Sing sorbe su bebida. ¿Soy un blanco o una actuación secundaria? Mira hacia
los bronceados torsos cubiertos con camisetas sin mangas moviéndose con
confianza alrededor de la habitación, el largo cabello dando chasquidos.
Actuación secundaria.
123
Connor se queda mirando, inclinándose y sonriendo.
—Sí. Barbara da Navelli era mi madre. —¿Adónde se han ido Marta y Jenny?
¿Qué hora es?
¿Qué hay con los fenómenos que atrae a los chicos? Connor desliza un brazo
alrededor de sus hombros y Teddy observa.
Ella se mueve un poco, lo cual aparentemente Connor toma como una buena
señal, apretándola más cerca. Marta y Jenny no están por ningún lugar a la
vista. Vaya amigas. Intenta no pensar en lo que Ryan puede estar haciendo
ahora.
Connor dice:
Se congela.
—Oye, hombre, eso no está bien. —Teddy empuja a Connor, quien la libera.
—¡Idiota!
¿Estuviste ahí?
124
Ya le han hecho antes esa pregunta, por supuesto. Todo el mundo quiere saber
acerca de la famosa actuación de despedida de Barbara da Navelli. Y ella no
puede evitar decir la respuesta, ver la respuesta, en su cabeza. Sí. Estuve ahí.
El aria más famosa de Angelique…Ella cierra sus ojos, temerosa de que si él los
mira en demasiada profundidad, verá todo. Barbara da Navelli en blanco
reluciente… ella no era Angelique, nunca sería Angelique, no como esa
misteriosa soprano que Sing vio cuando tenía cinco. Pero era hermosa. La
audiencia, extasiada, no hizo ningún sonido; nadie respiraba, nadie
parpadeaba. Era una noche para los libros de historia, la unión de Esa Voz y
Ese Papel. Sing observó las elegantes manos de Barbara da Navelli contar su
historia, escuchó la voz que nunca sonó totalmente como “madre” dispersar
diamantes brillantes de música por todo el auditorio, prolongando notas como
perlas, redondas y suaves y costosas. Entonces, repentinamente, la voz
desapareció. Sing recuerda la breve mirada de callado asombro en el rostro de
su madre antes de que se hundiera silenciosamente en el piso, el vestido blanco
desinflándose como si la mujer dentro de este no hubiera sido otra cosa
excepto aire.
—Oigan. Neandertales—dice una voz nítida. Una chica con cara de hada con
sus manos en sus caderas mira hacia abajo—. ¿Por qué no van a molestar a
alguien más?
Los dos chicos protestan, pero la chica los golpea hasta que se van en busca de
algo de tomar.
—Lamento eso —dice—. Soy Carrie. Violín de último año. ¿Te estás
divirtiendo?
Sing asiente.
125
—Soy Sing. Um, cantante de primer año.
—Lo sé.
Sing siente su rostro caer un poco y espera que Carrie no lo note. Pero lo hace.
—Estoy segura que lo estás. Pero eso no quiere decir que no apeste algunas
veces. —Ella sorbe de su propio vaso rojo de plástico.
—Supuse que tal vez. —Sing extiende su vaso—. Por los familiares famosos.
Resulta que Carrie es popular y pronto una variedad de gente de último año se
han colocado a su alrededor en la cama, incluyendo a Anita la flauta y a un
joven sin personalidad que Sing reconoce como Silvain de Angelique; su
verdadero nombre es Charles.
Se relaja, permitiendo que Carrie rellene su vaso rojo, interactuando con otros
humanos de una manera cómoda que haría orgullosa a Zhin. Es solo después
de que el príncipe Elbert —Tanner Algo—, llega que la conversación se pone
incómoda.
126
Aparentemente, no la recuerda, lo que es sorprendente después de todos los
sonrojos que accidentalmente compartieron y le dice a Charles:
—Bueno, todos nos ponemos nerviosos, ¿no es así? —Ella es vidrio por dentro,
suave y duro, brillante—. Lori sonó fantástica. Hará un excelente trabajo.
Tanner se ve aliviado. Y Sing casi lo logra, rostro plácido, manos firmes, ojos
en calma. La mágica máscara de fiesta.
Pero entonces aparece Lori, acompañada del olor a rosas… ¡rosas! Aaron se
queda en la entrada como si estuviera decidiendo si entrar realmente valiera o
no su tiempo, pero Lori se dirige directo hacia donde está sentada Carrie y
sonríe cálidamente.
—¡Oye!
Carrie la abraza.
Sing la odia.
Intenta encogerse, pero no importa. Por lo que parece, Lori ni siquiera nota
que está ahí.
127
Ryan llega, dedos en su cabello.
Como si se diera cuenta que Sing está al pendiente de ella, Lori se levanta, con
rostro sereno. Se sienta en la cama junto a Tanner, quien se ve como si fuera a
desmayarse y luego le da palmaditas a su otro lado. Cuando nada sucede, Lori
mira a Ryan, volviendo a dar palmaditas en el lugar. Él obedece, dejándose
caer en la cama mientras Lori le despeina el cabello.
—¡Ouch!
—Lo siento— dice—. Tengo que ir al baño. —No es la excusa más atinada.
—Yo también.
—Supongo que Lori encontró su marca para este semestre. Enfermizo, ¿no es
cierto? Siempre consigue los mejores.
128
—Sí. —Carrie arranca una toalla de papel—. Lo conoces, ¿eh?
—No. No realmente.
—No, está bien. Solo… pensé que Lori pondría su atención un poco más
arriba. Quiero decir, se ve como el pez grande por aquí.
—No lo sé. Pensé que sería del tipo que sale con un aprendiz. —O con un
profesor, piensa.
Carrie resopla.
—Debe haber algunos decentes—dice Sing dice—. Y no creo que Lori fuera
quisquillosa mientras pudiera usar a alguien con poder. —¿Me refiero a Lori?,
piensa. ¿O a mi madre?
129
Ahora Carrie se ríe y a Sing le gusta el sonido. Dice:
—¿Cuál es el asunto con él, de todos modos? ¿Por qué todo el mundo está tan
asustado de él?
—¿Ves Archer?
Archer está colocado al otro lado de Hud, el dormitorio en el que están paradas
y, como Hud, es tan cuadrado y apagado como puede ser… excepto por una
extraña torre redonda que se eleva inexplicablemente desde un extremo. Sing
mira a Carrie.
—Esa debe ser la torre original. De cuando el primer St. Augustine fue
construido.
—Es viejo como el infierno, sí—dice Carrie—. Así que, además de salones de
ensayos, Archer tiene los cuartos de aprendices. Esa torre es donde vive
Daysmoor.
Sing frunce el ceño, entornando los ojos hacia la sombría silueta; se ve como
un enorme y crujiente crustáceo aferrado al casco de un barco.
—Pon esa desmoronada y vieja cosa junto con el permanente ceño fruncido
de Daysmoor y turbio pasado y tienes todos los ingredientes de una leyenda.
—Carrie se apoya en la pared.
130
—¿Pasado turbio? —Sing no está lista para volver a la habitación al otro lado
del pasillo—. Qué, ¿como un antecedente criminal?
Carrie se ríe.
—La misma que los otros aprendices. Un poco más viejo que tú, a lo mejor.
¿Veinte? ¿Veintiuno?
—Sí. Bueno, ese es el otro dato curioso sobre él. Ha sido un aprendiz aquí
durante tres años. Es cierto, puedes buscarlo en la oficina de administración.
—Así es. —Carrie sonríe—. Y cuadró hace tres años, también, cuando mi
hermano estuvo aquí en su último año y Daysmoor había estado aquí durante
tres años.
—¿Qué?
131
Algo en Sing punza.
—Hablas como si fuera una baratija—dice—. Imagino que debe haber algo
especial en él, de otro modo no estaría aquí.
—Puedes imaginar lo que quieras. Y eso es todo lo que harás, porque nadie
jamás lo ha visto tocar. Vamos. —Y ella pasa por la entrada.
Sing vacila, dando un vistazo al grupo de cuerpos en la cama, luz roja brillando
en el largo cabello rubio al lado de cobrizo. Lori se inclina cerca de Ryan y dice
algo. Él gira la cabeza para hablarle y sus brillosos rostros repentinamente
están demasiado cerca; sus ojos se mueven rápidamente a sus labios cuando ella
vuelve a hablar. Sin recuerda esos labios con brillo rosado sobresaliendo con
las exageradas vocalizaciones de Lori en el salón de St. Augustine. Ella no es
particularmente religiosa, pero había algo malo en esos labios en lo que solía
ser una iglesia. En lo que es todavía, para algunos, un lugar sagrado.
Pero no se siente así ahora. No con Angelique y Ryan y sus pequeños éxitos
pasados alejándose de ella. A lo mejor era la grandeza de su madre la que
sentía, no la suya propia y ahora se está desvaneciendo. Nuevas y vibrantes
estrellas están disparándose, las antiguas poniéndose inmóviles y calladas, un
encantador telón de fondo pintado.
132
Se detiene en la cima del rellano y gira su rostro hacia una ventana. El enorme
bosque oscuro no revela ni una señal de vida, ninguna indicación de una
mágica bestia concedente de deseos. Sing se pregunta qué desearía de tener la
oportunidad.
133
Veinticinco
H
abía habido otro Gato, por poco tiempo. El Gato todavía podía
sentirlo —gato—, pero el Cielo, cuando recordaba, lo evocaba como
a un espíritu similar del cosmos, sujeto más a la tierra que al espacio,
pero como su dueño, no como su prisionero.
Aun así, la mayoría del tiempo, era el Gato quien estaba más despierto. La
Félix frotó su cuello contra un árbol, olfateó una zona de hojas, giró sus orejas
hacia el bosque. Era seguro que él se había ido, pero era igual de seguro que
había estado aquí, pero confuso en su memoria.
Y ahora, en su cueva en la cima, había otro gato. Como ella, pero pequeña.
Fácil de destrozar, de digerir. Pero por alguna razón, todavía no había hecho
esto.
A veces, algo pinchaba su mente. Otros como ella, en otra parte. Un tiempo
antes de la furia, la culpa y la desesperación. Pero este sentimiento era siempre
fugaz.
134
Veintiséis
¿C
ómo se siente una mutación? Sing se sube a una mesa de
picnic y balancea su pierna sobre la cerca de madera
iluminada por la luna. ¿Es un cosquilleo? ¿Una quemadura?
¿Una enfermedad? ¿O solo silencio? Esta solitaria colina sería
solo el lugar para esconder un tiradero secreto de desperdicio
tóxico. O el escondite de un científico loco. ¿Qué diría su padre si ella fuera a
casa contaminada? Sé que lo estás intentando, carina, pero los grandes
sopranos, ninguno de ellos están brillando en verde, ¿eh? ¿Piensas que las
grandes casas de opera quieren a sopranos verdes? Y de todas las cosas, ¡ahora
has desarrollado un tercer ojo! No servirá. Ve a practicar tus escalas.
135
obstinado estudiante de un conservatorio. Sing se baja al suelo crujiente,
bañado en luz gris.
Hacia.
Marta y Jenny ni siquiera se dieron cuenta de que se fue de la fiesta y eso está
bien para ella. No quiere que la vean ahora, no cuando ya no sabe quién es.
136
Esta es la primera vez que ha cantado de verdad en años.
Cantar aquí es tan fácil. Llama a las notas y aquí están. Llama al aire y es su
presión gentil la que lleva su voz y su cuerpo entero por los bosques hacia cada
dirección; el sonido es una suave burbuja dorada.
Los arbustos están silenciosos ahora. El cielo se ha oscurecido con las nubes.
Sing trata de sentir adónde la ha llevado la cerca sin quitar sus ojos del lugar de
donde provino el sonido.
Se agacha, con los ojos concentrándose en la oscura maleza. Otro crujido y dos
ojos azules aparecen, al nivel de su cintura. Congelada, Sing mira los ojos
azules y ve su miedo reflejado. Y aun así los ojos la mantienen en su mirada,
grandes y aterrados, pero firmes.
—Hola —dice suavemente, un arrullo, tres notas legato 16. Los ojos se
acercan—. ¿Quién eres? —Mantiene su voz clara y suave. Los ojos se acercan
Legato: Ejecución de una serie de notas diferentes sin interrupción entre unas y otras.
16
137
quietos y la luz de la luna cae en el suave pelaje, las grandes orejas triangulares
y patas demasiado grandes para las piernas a las que pertenecen.
Sing siente sangre cálida corriendo por su cuerpo mientras su propio miedo
desaparece.
El gran gatito la estudia, con los ojos muy abiertos y las orejas en su dirección.
Lo siente intentando conectar, preguntar, comunicar, pero todo lo que puede
hacer es mirar. Y escuchar.
El gran gatito parpadea. Sing comienza a tararear de nuevo y él cierra sus ojos
—una, dos veces— en una sonrisa gatuna. No puede evitar una risa que
interrumpe brevemente la canción.
El ceniciento olor del invierno es más débil aquí cerca del arbusto
estremeciente y ella es tranquilizada por los negros y silenciosos árboles que la
rodean. Las luces del conservatorio y el movimiento están a cientos de
kilómetros lejos; está en el fondo de un lago gigantesco de sombras tranquilas y
la luz de las estrellas propagada.
Pero algo cosquillea en su mente. Aquí junto a ella, en los legendarios terrenos
fantasmales de la misma gran bestia de Durand, hay un gato. Un gran gato.
Todo alrededor de ella son sombras y luz de luna plateada, vagas notas y una
noche sin color. Pero el gato es vívido. Es sólido, de eso está segura, pero
parece existir tanto aquí en el bosque como en cualquier otro lado: un espacio
distinto, una parte distinta de su mente. Pero puede verlo tan claramente.
138
Pero por su coloración, podría jurar que es un gran puma de montaña. Su
pelaje suave y limpio es de un inusual naranja claro en su cabeza y patas
frontales, el cual se intensifica en antinaturales sombras de lavanda y luego
violeta oscuro en su torso, continuando sobre sus patas traseras. Pequeños
mechones plateados están moteadas aquí y allí, particularmente alrededor de
sus cuartos traseros y a lo largo de su cola, la cual es casi negra en la punta.
Parece como si fuera un crepúsculo.
¿Podría ser este un… un bebé Felix, entonces? Deja de tararear y el pequeño
gatito abre sus ojos grandes y cuestionadores. No puede imaginarse ser
mantenida por la malevolencia de su mirada como le pasaría a las víctimas de
la Félix. Pero hay algo sobrenatural en él, un tenue desvanecimiento alrededor
de sus bordes, la pequeña sugerencia de un brillo dentro del resplandeciente
azul.
—¿Félix? —susurra.
No indica que la palabra signifique algo para él y siente un alivio que sabe que
es injustificado. Después de todo, ¿cómo una criatura mítica sabe o le importa
cómo la llaman los humanos?
139
Veintisiete
C
uando la brisa se torna de fresco a frío, cuando su cuerpo y voz
comienzan a quejarse de manera sutil por lo avanzado de la hora, Sing
deja a Tamino y regresa a la cerca. Él no la sigue, al menos no donde
pueda verlo, aunque ella piensa que siente su presencia mientras se mueve a
través del espinoso y tupido matorral.
Justo cuando cambia su peso para lanzar una pierna por encima de la cerca,
una voz cruje a través de la oscuridad, haciéndola jadear.
La voz dice:
140
—Aquí arriba —es la respuesta y levanta sus ojos para encontrar el pálido
rostro de un fantasma devolviéndole la mirada desde una rama alta. Ella cubre
su boca.
»Oh, por el amor de Dios. —Daysmoor salta a otra rama gruesa y comienza a
bajar hasta el suelo—. No voy a comerte, ya sabes. Aunque no puedo hablar
por todo lo que vive en este bosque. Cruzar esa cerca fue profundamente
estúpido de tu parte.
¿Qué quiere decir con eso? ¿Vio al gran gatito? Él está cerca de ella ahora, la
calidez de su cuerpo haciéndola dar cuenta de lo fría que esta.
—Solo explorando el bosque como si fuera dueña del lugar —dice ella. Eso lo
atrapa con la guardia claramente baja. Inclina la cabeza, sus ojos oscuros fijos
en ellay, durante unos largos segundos, no está segura de si la va a regañar o se
va a reír.
Pero no hace ninguna de las dos cosas. En cambio, salta en el árbol muerto y
salta un poco torpemente sobre la cerca.
—¿Cómo lo su…?
—Al suelo.
141
—¿Qué?
Una figura con túnica está caminando por el césped hacia la cerca. No puede
estar segura, pero parece como si estuviera usando túnicas negras de la
facultad. Daysmoor va a su encuentro, a una distancia desde el escondite de
Sing.
La figura vestida de negro dice algo que Sing no puede distinguir; su tono de
voz es bajo y tranquilo. Daysmoor responde. Continúan así durante unos
minutos, las voces se vuelven cada vez más fuerte mientras la conversación
progresa. Por último, Sing oye a Daysmoor gritar:
Cuando se han ido a una distancia segura, Sing escala sobre la cerca para
dirigirse hacia el patio y su cama. Pero algo llama su atención: un destello por
la cerca donde estaban los dos hombres. Allí, en la fría y oscura hierba, sus
dedos encuentran una pequeña piedra. Esta descansa en las hojas como si se
hubiera caído y cuando ella lo sostiene hacia la luna, reluce. Lo pone en su
bolsillo y su superficie extrañamente fría hace cosquillear su pierna.
Sing se vuelve de nuevo a los dos hombres y los observa retroceder hacia las
sombras. El brazo del Maestro nunca abandona los hombros encorvados de
Daysmoor.
142
Veintiocho
G
loria Stewart habría aprobado la sede de la primera competencia en su
nombre. Carnegie Hall era uno de sus lugares favoritos para
interpretar.
—Estoy muy orgulloso de ti, Nathan —dijo George, rozando una mota de
pelusa del esmoquin negro del joven. La iluminación estridente en la pequeña
y decrépita habitación en la que esperaban profundizaba las sombras en el
rostro de Nathan.
—Me quedaría la noche si pudiera —dijo George—. Sabes eso. Pero tengo
exámenes que dar en la mañana. —Solía ser difícil mentirle a un rostro tan
hermoso. Se estaba volviendo más fácil.
—Sí, sí. —George se apartó—. Solo recuerda, pase lo que pase, es lo mejor. —
Ajustó el ojal de Nathan, una rosa blanca.
143
No habían ascensores reales, diseñados para personas en lugar de pianos, en los
recovecos de Carnegie Hall, así que para cuando George se hubo apresurado
por seis tramos de escaleras con eco, estaba un poco sin aliento. Aun así,
cuando vio el taxi en la calle, corrió.
Revisó su reloj seis veces camino al aeropuerto. Estaría bien. A último minuto,
pero bien. Lo importante era que estuviera lo más lejos posible cuando Nathan
comenzara a tocar.
Era lo mejor.
144
Veintinueve
S
ing siempre está callada en sus sueños.
Una sensación de hormigueo se extiende por su cuerpo. Pone una mano sobre
su pecho y encuentra un pequeño cristal que yacía en el césped oscuro. Cuelga
alrededor de su pecho ahora en lugar la perla en forma de lágrima, encajada en
el mismo agarre de los tentáculos de oro. ¿Por qué reemplazó la perla de su
madre por este pequeño y extraño objeto?
¿Y a quién le pertenece?
***
Las paredes blancas brillantes y ventanas cuadradas de Archer hacen que Sing
piense en una escuela primaria, pero la torre de piedra del aprendiz Daysmoor
erguida desde un costado luce más como alguna especie de fortaleza en la
montaña. Trata de no mirarla mientras cruza el patio.
El campus parece tan pequeño esta mañana. Sing siente el extenso bosque
levantándose contra la cerca en todos lados. Pero, ¿qué encontró allí? ¿Escape?
Sí, pero solo temporalmente. El bosque no es un refugio. Piensa en el gran
gatito, de pie tan alto como su cintura. Debió haber imaginado sus graves
expresiones, su atención a su canto. Debió haber sido un curioso león de
145
montaña y es afortunada de que no la mordiera. Ella piensa, por primera vez,
en los excursionistas con sus gargantas desgarradas y se estremece.
Abre una de las puertas de metal de Archer, establecidas con ventanas cuyos
vidrios están surcados con alambre. A su izquierda se encuentra la sala de
práctica de estudiantes; a su derecha, un pasillo con dos pequeñas puertas que
indican: SALA DE ENSAYO 1: INDIVIDUALES y SALA DE ENSAYO 2:
PEQUEÑOS GRUPOS. Respira profundamente, se ajusta el bolso sobre su
hombro y golpea la primera puerta.
—Adelante. —Es la voz de Ryan, mucho más aguda de lo que Sing siente.
Sus cejas se juntan en confusión, pero entonces se da cuenta que debe estar
refiriéndose al aprendiz Daysmoor. Su impertinencia solo la sorprende un
poco.
—¡Oh, no!
—¡A-ja! ¡Mira todos estos secretos! Oh, ¡vas a tener dificultades para
sobrellevar la vergüenza de esto!
146
Él ríe y le entrega el periódico. Ella lee y exhala. No es gran cosa, realmente.
Solo un pequeño párrafo situado en medio de un par de otros perfiles de
estudiantes. El primer artículo de Jenny.
—Oye, lamento no poder ir con ustedes anoche. —Espera que su voz suene
normal y no tan nerviosa como se siente a su alrededor.
—Está bien. —Tú y yo. ¿Acababa de pedirle una cita? Sing gira sus hombros y
finge estar interesada en la pared. Ryan comienza a tocar algo rápido y
llamativo y cuando él la mira, hace una mueca. Ella ríe. Está tonteando, pero
también se está luciendo… y ella se da cuenta del músico altamente calificado
que es.
Ryan ríe en voz alta, una risa real y sigue tocando la música rápida y llamativa.
147
me importan mucho los aprendices, de todas formas. Solo son errores que la
administración quiere mantener cerca de casa. Los mantiene de echar a perder
la reputación del CD en el mundo real.
—Oh, apuesto a que él tiene una historia realmente buena. Eres amiga de la
chica del Trumpeter, ¿cierto? ¡Deberían indagar en el aprendiz que toca
pobremente!
Sing intenta tragarse los celos que subieron por su garganta cuando Ryan
mencionó a Jenny, cuyo nombre ni siquiera sabía. En el momento justo, la
puerta se abre y entra Daysmoor. ¿Escuchó su conversación? Si es así, no hace
ninguna indicación de ello; solo se sienta en una silla y dice:
—Liszt —dice él—. El compositor más guapo que jamás haya vivido. —Le
hace un guiño a Sing, cuyo corazón salta—. Es mi pieza para el Gloria Stewart
Internacional.
148
—Estoy seguro que los jueces estarán muy impresionados con todas tus
pequeñas notas rápidas.
—Estoy seguro que así será. —Ryan sonríe—. Supongo que tú vas a tocar algo
terriblemente serio y significativo y tortuoso.
—Te dije.
Ahora Sing ya no sentía ganas de reír. Yo tampoco voy a salir a ese escenario.
Ryan cacarea.
—Oh-oh, ¿qué hiciste? —Su tono es sombrío, pero Sing nota una sonrisa
socarrona.
—¿Qué quieres decir? —dice ella, repentinamente insegura. ¿Qué es ese papel
azul? ¿Está en problemas?
149
—Sugiero que comencemos este ensayo. Por favor, toma tu censura y podemos
seguir con esto.
Ryan silba.
La ligereza con la que Ryan parece estar tomando la situación la hace sentir un
poco mejor. Solo un poco. ¿Qué tan fácil es ser censurado? ¿Conseguirá tres sin
siquiera darse cuenta, así como nunca sospechó que se metería en problemas
150
por visitar el bosque? Corrección: nunca sospechó que sería atrapada visitando
el bosque.
¡Traidor! ¿Cómo podía fingir estarla escondiendo del Maestro, solo para ir a
parlotearle al presidente que ella estaba allí? Estudia su rostro, pero es
imposible leerlo. Dobla la censura y la pone en su bolsillo, furiosa.
—Página 324 —dice Daysmoor, serio. Sing ve que Ryan levanta una ceja,
aunque no dice nada mientras pasa las hojas en su partitura. Ella mira la página
sobre su hombro y encuentra el lugar para su propia partitura: “Cuando él se
encuentra en el bosque oscuro”, Angelique se preocupa por el destino de su
amor, el príncipe Elbert. El aria más difícil en la ópera. Sing inhala, insegura;
se siente cómoda con su francés, pero la verdad es que nunca ha cantado esta
aria frente a otra persona. Eligió esta a propósito, piensa, la ira hacia el
aprendiz empezando a aumentar. Quiere verme fallar.
Sing suspire.
—Cuando él se encuentra…
151
Triste y ligero, piensa ella. Inocente.
—¿Podemos volver?
El aprendiz suspira.
—Comienzo.
Sing gira sus hombros mientras Ryan comienza de nuevo. ¡Estúpida! ¡Conoces
esta música!
¿Por qué su voz suena tan extraña? ¿Dura? Si tan solo me hubiera escuchado
anoche, en el bosque, piensa. Si tan solo pudiera cantar como allí. Retrocede.
Daysmoor ladra:
Ella vacila un poco. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Debería cantar más fuerte? Lo
intenta, pero su sonido es inestable. Se retira de nuevo.
—Yo…
152
—Está bien.
Comienzan de nuevo. Intenta respirar. ¿Por qué sus pulmones son tan
pequeños de repente?
—Cuando él se encuentra…
Su cuerpo se congela.
—No entiendo.
—Cuando se concentra, tiene notas. Tiene ritmos. Tiene aire y tono y línea.
Pero hay un agujero tan grande en su voz que podría rodar un bombo a través
de este.
Sing está aturdida. Nadie le ha hablado así jamás. Está paralizada, su cuerpo
entero echando chispas. Ryan mira la partitura en silencio.
153
El aprendiz se retira y se echa sobre dos sillas, inclinando su cabeza hacia atrás
y cerrando sus ojos de una manera final.
154
Treinta
G
eorge Keppler estaba sentado en su escritorio, tomando notas en la
enorme partitura amarillenta de la Segunda Sinfonía de Mahler. La
radio detrás de él hacía una transmisión en vivo desde el
Metropolitan Opera en el pequeño despacho oscuro, una interpretación de
Romeo y Julieta protagonizada por la famosa y joven soprano Barbara da
Navelli. En el exterior, apenas visible más allá de la pequeña ventana, los
árboles brillaban de arriba abajo: vívidas esculturas de hielo, agitándose y
crujiendo por las ráfagas de nieve.
Mirar la partitura de nuevo hizo que George casi se mareara, lo llevó de nuevo
a sus ambiciosos días como conductor joven. ¿Fue durante su segundo año
como maestro del conservatorio que había interpretado por última vez el
Mahler 2? Sonrió. Qué atrevimiento, ¡elegir de una pieza tan monumental! No
había estado nada mal, tampoco.
Poco a poco, inconscientemente, George abrió la parte superior del cajón del
escritorio a la derecha y sacó un pequeño espejo. Inspeccionó su rostro. Las
líneas en la frente y alrededor de la boca y los ojos eran un poco más
pronunciadas que la última vez que se había mirado. Solo un poco. ¿Noventa y
siete? No era posible. Nadie pensaría que tenía más de cincuenta. Podría pasar
por cuarenta y cinco años. Su cabello ni siquiera era gris.
155
El cristal estaba en su bolsillo, como siempre. Lo sacó y lo llevó a su rostro, sus
dedos corriendo sobre las líneas alrededor de la boca. El tiempo no lo olvidaría
por siempre.
Un golpe en la puerta lo sobresaltó; cerró los dedos alrededor del cristal y dejó
caer la mano a su regazo.
—¡Adelante!
Nathan.
—¿Está ocupado?
—Gracias. —El aprendiz acercó una silla de cuero. George se dio cuenta de
una ligereza inusual en él esta mañana; era conocido por su manera fácil, pero
hoy parecía especialmente alegre… emocionado, incluso.
La carta era corta y oficial. George la leyó dos veces, examinó la firma en la
parte inferior y puso sus manos sobre el escritorio. Los dos hombres se
sentaron en silencio.
—Europa y el Lejano Oriente, para luego volver aquí… ¡un total de dos años!
En espera de la audición en vivo, a la cual no le tengo miedo. Sé que estás
nervioso por cosas como esta; y sugieren que me consiga un representante, por
156
supuesto; pero ¿no lo ves? ¡Esto prueba que soy lo suficientemente bueno!
¡Puedo tener una carrera! Todos mis años de estudio y práctica y enseñanza…
—¡Qué! Te lo dije…
—¡No sabía que lo había hecho! —Nathan suspiró con fuerza—. A menudo
graban sus lecciones… ¿por qué sospecharía? ¿Por qué no quieres que nadie
me escuche? ¿Por qué quieres mantenerme aquí?
—Eso fue hace años —dijo, pero había una nota de derrota en su voz. George
se había acostumbrado a esa nota, siempre clara, siempre en sintonía, tal como
él le había enseñado a Nathan a sentir en esa horrible noche en Nueva York.
Pero había pasado mucho tiempo desde la competición Gloria Stewart. George
temía cada vez más que alguno de la vieja arrogancia de su protegido regresara.
157
Estudió el rostro de Nathan, exactamente como lo recordaba desde hacía
tantos años. Cualquiera que fuera la magia del cristal que enlentecía el tiempo,
estaba destinado para él. George—de alguna manera—, se las estaba arreglando
para absorber un poco de esta. Una punzada familiar de pánico lo apuñaló.
¿Qué pasaría con el cristal si su verdadero maestro se fuera? ¿Todavía irradiaría
su magia o sería desmoronaría en polvo?
¿Y George?
Respiró hondo.
—Esos días han terminado. —El Maestro Keppler fue sorprendido al sentir una
sacudida en su pecho mientras lo decía—. Terminaron. El conservatorio es un
lugar seguro para ti. Las personas te olvidan aquí. Creo en que es el bosque que
te protege de sus preguntas. —Él sí creía eso.
—Bueno, tal vez ya no sea seguro que enseñes lecciones privadas. —El
Maestro no había querido decirlo. Pero ahora que lo hizo, estaba decidido. Era
la mejor solución—. Todavía puedes practicar, por supuesto, y ayudar a los
158
estudiantes con la voz de vez en cuando; sí que tienes un enorme talento con
eso. Pero esta es realmente la mejor manera.
—Puede que no se acuerden de mí, pero yo los recuerdo —dijo Nathan en voz
baja.
—Le recomendaré al rector que tus talentos serán objeto de mejor uso en otro
lugar.
—No importa, de todos modos —dijo—. Dile al rector lo que quieras. Me voy
en esa gira. No puedes detenerme.
George volvió a mirar ese rostro joven, desafiante y luchó por mantener su
propio rostro sereno mientras la cólera brotaba en su interior.
—He renunciado a mucho por ti, Nathan, para que pudiéramos estar aquí. Una
carrera real.
—Nunca te lo pedí.
159
el cristal mientras hervía, la cara enrojeciendo, la respiración volviéndose
violenta. Nathan no dijo nada.
George estaba eufórico. Sabía que lo estaba haciendo, a través del cristal, con
su fuerza o su ira o la pura fuerza de su voluntad. Soltó su agarré e intentó
forzar una expresión neutra, aunque apenas pudo evitar una sonrisa. La
adrenalina atravesó su pecho, brazos y piernas. Nathan levantó la mirada, las
cejas dibujadas, los ojos muy abiertos, como si hubiera visto a un monstruo.
160
Y así le he robado al mundo a uno de sus grandes artistas. Era inconcebible.
Pero era para la protección del chico, ¿no? George no podía solo recoger todo y
dejar el conservatorio, seguir a Nathan través de los continentes, ver desde las
sombras cómo el mundo se enamoraba de él. No, Nathan debía quedarse aquí.
Con el cristal. Con George.
Después de setenta y dos años, era la primera vez que Nathan Daysmoor había
pedido irse.
161
Treinta y uno
S
ing está tan enojada que podría pisotear. Podría pisotear directamente en
la cara de suficiencia del Aprendiz Daysmoor. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo
se atrevía a decirle esas cosas terribles a ella? ¿Cómo se atrevía a
dormirse durante el resto de su sesión de entrenamiento? Quizás si no
estuviera a todas horas sentado en árboles, sería capaz de mantenerse
despierto.
—Necesito tu ayuda. —Sing pasa junto a ella y se deja caer en la cama más
cercana. La habitación de Jenny y Marta parece que fue decorada por un
monstruo que vomita ropa sucia, productos para el cabello, boutique de la
Nueva Era y partituras.
162
—Necesito cosas sucias del Aprendiz Daysmoor. Algo muy vergonzoso. U
horrible. Ryan dice que todos los aprendices tienen historias.
Querido Papà,
¿Cómo van los ensayos para la nueva temporada? (Interés en lo que él está
haciendo, un buena forma de comenzar). La escuela está bien. Mis clases son
bastante decentes hasta ahora, salvo trigonometría, que es difícil y Naturaleza
y Música donde escuchamos pájaros todo el día. Estoy preparándome para
suplir el primer puesto en la ópera. (Está revelación podría provocar una breve
nota para el maestro o el rector Martín, pero no tiene muchas esperanzas de
que algo cambie). Los ensayos están bien, salvo por mi entrenador, que es
inútil. Ni siquiera tengo un verdadero entrenador, solo un aprendiz—
Daysmoor—, que duerme todo el tiempo y no sabe nada sobre el canto.
163
(Suficientemente informal para no parecer como lloriqueo). De todas maneras,
el escenario es muy agradable y no puedo esperar a visitar el pueblo. Saluda a
Zhin de mi parte. ¡Espero que ella te esté haciendo sentir orgulloso!
Baci,
Sing
Frunce el ceño ante las dos últimas frases, luego las borra.
Sing sabe que lucha contra su propia divinidad; su madre siempre estaba
diciéndole que actuara más la parte. Si actúas algo con suficiente fuerza, solía
decir, lo haces realidad.
Escribir la carta ha ayudado a que su ira disminuya. Deja caer sus hombros y se
hunde en la silla. Luego le echa un vistazo una vez más. Es muy de diva, se da
cuenta. Su madre estaría orgullosa.
164
Treinta y dos
E
n el estacionamiento, se arremolinan cuerpos en grupos, se meten en
autos, sacuden sombrillas. Nubes grises escupen lluvia en torrentes de
mal temperamento. Sing y Marta están de pie incómodamente en la
entrada principal del Hector Hall, con la lluvia golpeteando en un constante
sonido interrumpido por cortas ráfagas de viento.
Sing no ha usado su impermeable antes; parece más una bolsa negra de basura
amarrada al medio.
—No tenemos auto —dice, haciendo una seña indeterminada hacia el clima—.
¿Quieres ir todo el camino así?
—El Sr, Bernard dijo que podía llevar a unas cuantas personas. —Su
impermeable, aunque todavía parecido a una bolsa de basura, luce un poco
mejor que el de Sing porque ella es más alta y delgada.
Las famosas excursiones para conocerse del Sr. Bernard se supone que son una
de las partes más memorables del Taller de Ópera. Pero Sing no se siente como
para una noche de diversión en el pueblo.
165
—Sí —dice, metiendo las manos en los bolsillos de la bolsa de basura—.
Probablemente deberíamos congraciar, ¿no?
—He escuchado que eso es lo que se hace —dice Marta, riendo un poco.
—Bueno, sí, lo era. —¿Lo era?—. Pero no habría tenido nada sin mi padre. Él
ya tenía un nombre, sabes. Ya era mundialmente famoso. Ella usó eso.—La
mirada de Marta se aleja de golpe. Sing no sabe por qué, pero continúa
hablando suavemente hacia a la espalda brillante y plástica de Marta—. Ella
hubiera usado a cualquiera, me parece, que pudiera haberla ayudado. No estoy
segura de que siquiera lo haya amado.
Sing entrecierra los ojos mirando la lluvia, medio esperando que su profesor ya
se hubiera ido. Sus ojos son atraídos a la escena acogedora cerca de un rincón y
después de un momento se da cuenta de que se queda mirando.
166
interesada en lo que Ryan y Lori Pinkerton estén haciendo debajo de esa
sombrilla. Ni remotamente.
—Me gusta tu collar —dice Marta, estudiando el extraño cristal que Sing usa a
diario ahora.
Sing dice:
Marta grita:
Por favor, no, piensa Sing. Pero Marta la agarra de un codo y la lleva por el
estacionamiento hacia donde el Sr, Bernard está parado junto a un viejo y
decrepito cupé.
Sing insiste en que Marta tome el asiento delantero y ella se sube al asiento
trasero estrecho y húmedo. Sus rodillas presionan contra la parte trasera del
asiento de Marta mientras el cupé resopla a la vida.
167
—¿Es el aprendiz Daysmoor? —pregunta Marta—. ¿Va a venir?
Sing dice:
Marta se ríe.
—Me alegra tenerte con nosotros, Nathan —dice el Sr. Bernard mientras
traquetean junto con la lluvia.
—Uno de nosotros tiene que aparecer y George seguro que no iba a venir —
dice Daysmoor.
—Encantador. Bueno, espero que nos honres con una presentación más tarde.
Hay una primera vez para todo, ¿cierto?
168
—He estado pensando sobre mi personaje, Sr. Bernard. Sabe, en la mitología
griega…
Y ella se va. A Sing le gusta Marta, pero parece que sus oídos se apagan cuando
Marta habla de mitología.
Daysmoor está absorbido en los borrosos árboles que pasan. Sing pregunta:
—Ya verás. —No lo dice en una forma que la invite a investigar más.
Ahora Daysmoor se voltea hacia ella, fijando sus ojos sombreados en su rostro
y ella tiene una extraña sensación en su estómago. Silenciosamente, casi como
si no quisiera que el asiento delante oyera, él dice:
—Esa… esa canción que estabas cantando enfrente del Woolly, la noche de la
reunión de bienvenida. Solo canta eso.
Él se da la vuelta de nuevo.
169
Treinta y tres
E
s el día en el que el niño de la Félix desaparece.
170
Treinta y cuatro
L
a villa Dunhammond se apiña tranquilamente en la base de la montaña
cuya cima coronada de nieve vigila el conservatorio. Main Street es el
hogar de muchos comercios locales, mientras que algunas granjas
pequeñas se anidan junto a los caminos de tierra. Muretes de piedra se
arrastran desde el centro de la ciudad hacia todas direcciones como una
telaraña.
Sing y Marta se sientan una junto a la otra al final de la hilera de mesas. El Sr.
Bernard está en su elemento, dando palmaditas en las espaldas de los
estudiantes y recordando los nombres de todos aunque todavía sigue siendo la
primera semana de escuela y todos los estudiantes están usando ropa idéntica.
Daysmoor adquiere algún tipo de bebida casi al instante y se sienta encorvado
en una silla en la esquina de la mesa, sin hablar con nadie. Las sillas vacías se
llenan gradualmente con cuerpos hasta que solo quedan dos asientos, los que
están justo frente a Sing y Marta. Y parece que se mantendrán vacíos hasta que
la pequeña puerta cruje al abrirse una vez más y Lori y Ryan entran riendo a
tropezones.
Sing se endurece. Lori y Ryan se sientan, Lori saluda a Marta como a una vieja
amiga manteniendo el cien por ciento de la atención de Ryan.
171
—No creo que nos hayamos conocido —le dice Sing mientras Lori se está
volviendo a Ryan de nuevo—. Soy Sing.
—Sí —dice Sing, sin encontrarse con la mirada de Ryan, la cual piensa que
está sobre Lori, en cualquier caso.
—Qué afortunada, ¡con ese nombre! —Lori ríe—. De todos modos, por
supuesto que sé todo sobre Sing. Es mi suplente. —Ella se inclina y una
fragancia a rosa le causa picazón de nariz a Sing—. ¡Debes ser muy talentosa!
—Es talentosa —dice Ryan—. Cantó una vocalización de Janice Bailey para su
colocación. —El corazón de Sing da un aleteo esperanzador.
—No mucho.
172
—Él es tan anticuado a veces. No te preocupes. Estoy segura de que sonaste
genial.
***
Sing mira, con los ojos vidriosos, los restos de su hamburguesa con queso. Lori
está contando una historia sobre la pérdida del tacón de uno de sus zapatos de
diseñador justo antes de salir al escenario para un recital.
—¡Así que simplemente me quité el otro! Quiero decir, el vestido llegaba justo
al suelo, ¿cierto? ¿Quién iba a saber? Pero cuando hice mis saludos, uno de mis
pies descalzos se asomó. Oh, Dios mío, pensé que Benny iba a morir.
Lori continúa.
—Siempre se puede contar con que Hayley te imponga presión para ir al spa
—dice Ryan y Lori golpea su brazo juguetonamente.
—¡Sabes que te encanta el spa! —dice ella—. ¡Veamos tu pedicura! Vamos, ¡sé
que tus piecitos son preciosos!
173
Al menos el aprendiz Daysmoor, cuando mira en su dirección, parece incluso
más nauseabundo que Sing con Lori. Ha pasado la mayor parte de la noche
contemplando su ensalada con ojos adormilados, como si esta estuviera
intentado comunicarse con él y no estuviera impresionado con lo que tiene
que decir.
Derek, a quien Sing reconoce como uno de los miembros del coro, protesta,
pero el Sr. Bernard sacude su cabeza.
—¡Soy el señor de estas tierras y decreto que seas el primero! ¡Llamada Noble!
Sing gruñe. Así que de esto estaba hablando el Sr. Bernard en el auto. ¿Por qué
su vida no es nada más que actuaciones?
174
—No es malo, realmente. No tienes que hacer nada si no quieres. Simplemente
podrías decir: “Mi hamburguesa con queso estaba realmente buena” o algo así.
No te escogerá temprano, ya que eres nueva, así que solo observa a los demás y
decide.
Varios estudiantes recitan poemas, unos pocos cantan y una chica incluso hace
una danza irlandesa en honor a la tradición de la herencia. Marta,
sorprendentemente, hace un truco de magia que implica a una servilleta y un
chuchillo de mantequilla desapareciendo y se gana un caluroso aplauso. Ryan
les regala a todos una versión espantosa, pero entusiasta de la famosa aria
“Nessun dorma” y se gana abucheos igualmente entusiastas así como dos
panecillos en la cabeza.
Sing espera que juegue la carta insinceramente modesta de: “Oh, Dios, ¿qué
debería hacer?”, pero Lori es una verdadera artista. No hay vacilación alguna
en su expresión o su voz, su mirada feroz y su confiado lenguaje corporal
llaman la atención de inmediato. Sing nota con un sentimiento enfermizo que
los ojos de Ryan parecen brillar mientras observa a la diva residente.
Lori canta una canción de teatro musical: enérgica, divertida, animada y con el
obligatorio dramatismo al final. Sing estima que es un do central y que puede
ser escuchada en el conservatorio. El Grill estalla en aplausos extáticos y el Sr.
Bernard hace un gran espectáculo limpiando sus orejas con sus dedos.
175
—¡Duquesa da Navelli!
Él quería que cantara la canción farfallina, ¡una tonta canción infantil! Pero de
alguna manera, congelada, no puede pensar en otra cosa.
Así que empieza, recordando cómo su padre la cantaba cuando era pequeña. Su
padre, cuya voz es tan irritable como la arpillera vieja.
Ella canta en la forma que él solía hacerlo, dejando que su voz se ría un poco
de las líneas divertidas y que llore un poco en las líneas tristes. Pequeña
mariposa, bella y blanca; vuela, vuela, nunca se cansa…
176
ya que han estudiado italiano. La cálida reacción de la audiencia la sorprenda
incluso más. Todos aplauden efusivamente; incluso Lori, se da cuenta.
Pero por encima de su amplia sonrisa falsa, los ojos bonitos de Lori no
transmiten nada más que disgusto. A su pesar, Sing no puede evitar devolverle
la mirada, fascinada y triunfante. Ha visto la expresión de Lori antes, en el
rostro de la soprano más popular en cada ciudad cuando Barbara da Navelli
llegaba. Es la mirada de una diva residente que teme por su trono.
177
Treinta y cinco
A
l borde del bosque, la Félix observa la torre. Se queda mirando con los
ojos abiertos hacia las ventanas de color amarillo, las orejas levantadas
para capturar lo que pueden. Todavía no entiende los patrones de
sonido que cautivó al cuervo hace tantos años. Todo lo que entendió entonces
era su desesperación, su anhelo. Eso lo entendía bien.
Recientemente, ha comenzado a sentir que el niño debería estar con ella. Que
tal vez él también tiene un vínculo con este otro mundo y no solo una cosa que
debe alimentar en lugar de matar por razones que no puede comprender del
todo. Esta tarde, bajo el cielo gris con la brisa suave pero fría contra su piel,
siente esto especialmente. Lo suficiente como alejarse, hacia el crujir y roce de
los bosques de pinos, a través de las corrientes heladas, al lugar seguro y
aprisionado donde la estará esperando.
La lluvia comienza.
178
Treinta y seis
L
a empinada carretera de Dunhammond al conservatorio es menos
atractiva después de la cena. Saltar colina abajo y jugar en los charcos
en el camino fue entretenido, pero ahora la mayoría de los estudiantes
están pidiendo un aventón a aquellos con autos en lugar de caminar a casa,
cansados, en la lluvia.
Marta ha elegido nuevamente el viejo cupé del Sr. Bernard, pero ahora Lori se
aprieta en el asiento trasero también. Sing decide caminar.
179
—¡Cuidado ahí! —Agarra su codo—. Todavía tenemos casi un kilómetro que
recorrer.
Sing sonríe.
—¿Y dejar que una damisela en apuros sude sangre de vuelta al castillo sola?
¿Qué tipo de caballero en brillante armadura sería entonces?
—Oh, ¿eso es lo que eres? —Sing eleva la voz por encima del viento, los
árboles silbantes y el ruido de la lluvia en el pavimento. Es difícil coquetear
cuando hace frío y está ruidoso afuera.
Él se ríe y la aprieta.
—Sonaste increíble, por cierto. Pero estoy seguro que sabes eso.
Sing espera que no note sus mejillas rosadas. ¿De verdad creía él que había
sonado increíble?
180
Ryan se detiene abruptamente.
Sing mira con recelo hacia las rocas, las cuales le parecen tan comunes como
los pinos chorreando detrás de estas. Pero nota la manera adorable en que su
cabello color cobre está solo un poco húmedo y despeinado y dice:
—Está bien.
Cualquier cosa que fuera fascinante aquí, Sing está aliviada de conseguir un
poco de respiro del clima. La pequeña zona protegida está bastante seca y
hermosamente silenciosa.
Sing se ríe.
—De verdad —dice él, moviéndose más cerca—. Solo quería salir de la lluvia y
deshacerme del paraguas por un minuto. Necesitaba mis dos brazos, ves.
Y antes de que sepa lo que está sucediendo, ambos brazos están a su alrededor
y él la está besando. Huele a loción de afeitar y piel, es cálido y envolvente y la
está besando, no a Lori Pinkerton, al menos ahora mismo. Ella desliza sus
dedos en su cabello de cobre y él la sostiene con más fuerza y está
181
absolutamente segura de que su corazón va a salir directamente fuera de su
pecho y caer con un plaf sobre el húmedo suelo.
182
Treinta y siete
L
a Félix se pasea por el lugar apisonado. No puede oler al niño en ningún
lugar del bosque. No puede verlo en el cielo. Pero sabe, ahora, que él
también la quiere. Ella quiere pasar su lengua por su rostro suave,
acariciar su pelaje con olor a pino, acurrucarse alrededor de él en el lugar
apisonado y protegerlo del frío. Siente estos deseos más profundamente de lo
que ha sentido antes.
Invoca al poder del cielo y las estrellas, de su madre y el espíritu del Bosque. El
poder se disipa como la niebla. La parte de sí misma que es Cielo es débil. Pero
la parte de ella que es Gata se hace más fuerte. La Gata también quiere a su
niño de vuelta y sabe qué hacer.
La Félix recorre el límite del bosque, a veces olvidando poner sus patas sobre la
tierra. Su olor es más fuerte aquí, ahora aquí… Derrapa y flota hacia abajo por
las montañas; los pinos dan paso a hayas y arces; el terreno es más resbaladizo
aquí, cubierto de hojas mojadas.
Pero no puede convocar al niño o llamarlo. Está rodeado con su propia magia y
está toda enfocada en…
183
En esa humana. La chica andando con paso pesado por la colina en la lluvia
con otro humano. La cola de la Félix comienza a azotar. La adoración del chico
por esa muchacha es una brillante niebla azul que los envuelve… él ni siquiera
sabe que está haciendo eso.
Pero la Gata quiere esperar junto al borde del bosque. Y así hace la Félix,
agachada, mirando con sus oscuros ojos violáceos estrechados mientras los
humanos pasan.
184
Treinta y ocho
L
a lluvia ha cesado, pero está oscuro y frío cuando Sing y Ryan regresan
al campus. Sing no siente el frío. El brazo de él está alrededor de su
cintura y ella está acurrucada contra su hombro de una manera que
hace que caminar sea un poco incómodo. Está silencioso dentro de los
terrenos; los otros estudiantes del Sr. Bernard han regresado hace un largo rato
de la cena y ahora los dispersos charcos de luz de varias ventanas son la única
indicación de que alguien está despierto.
La grava húmeda cruje bajo sus pies mientras se dirigen hacia Archer. Sing se
encuentra deseando que el camino a casa fuera el doble de tiempo.
—Te invitaría a tomar una copa, pero creo que el supervisor está observando.
—Espeluznante —dice.
Ryan ríe.
185
para beneficio de Daysmoor. Cuando Ryan da un paso atrás unos segundos
después, Sing mira detrás de ella hacia la alta ventana. No hay nadie allí ahora.
Se aleja de la entrada y continúa por el sendero de grava. Hud está al otro lado
del campo de instrucción, apenas visible. Perturbada por las sombras, desearía
que Ryan la hubiera acompañado, luego se regaña por ser tonta. Archer está
más cerca de la carretera; es natural que la dejara primero. No es culpa de él
que el ensayo sea con los aprendices. Si él estuviera en Hud con el resto de los
estudiantes, probablemente la hubiera acompañado hasta su habitación. No
importa que Lori pudiera haberlos visto. Definitivamente, él no estaba
intentando ocultarle a Lori su nueva relación.
Definitivamente.
Sing de repente recuerda ver a Ryan y Lori bajo su paraguas azul marino
solamente esa tarde. Recuerda las manos de él pasando por su largo cabello
rubio.
… Durante la cena.
186
aversión en los hermosos ojos de Lori, la oscura mirada del aprendiz
Daysmoor.
Sing inhala la fría humedad, pero su cuerpo se siente cálido y fuerte. Es cierto.
Es cierto, ¿no es así? Claramente, superó a Lori en la Llamada Noble, eso era
obvio por la helada mirada de Lori. Y se siente bien.
No.
No. Cantar se siente bien. Cantar bien se siente bien. Sobrepasar a alguien no
debería sentirse bien. Lori Pinkerton no importa, eso es lo que diría su padre.
Ryan se sentía bien; todo de él. Su voz, su piel, su cabello, su calidez, el hecho
de que debería haber sido inalcanzable. El hecho de que, claramente, él era el
premio en el que Lori Pinkerton estampó la palabra MÍO desde el primer día.
El otro es Angelique.
187
Cuando ha llegado a Hud, sus ojos se desvían a los pinos negros que brillan más
allá del campus. Algo atrapa su mirada: algo grande y quieto y en silencio
luminiscente, justo en el borde de su visión al otro lado de la cerca. ¿Tamino?
Las puertas dobles de Hud brillan de color amarillo, pero Sing se aleja de estas
ahora al otro lado del césped, más allá del gran árbol de arce hacia las mesas de
picnic y mira a través de un hueco en la áspera cerca de madera.
Pero no vuelve. Su mente está zumbando, fluctuando entre el bosque frío y los
nuevos exultantes sentimientos burbujeando dentro de ella: Ryan, Lori, la
Llamada Noble. ¿Su pequeño triunfo en el Mountain Grill simplemente se
volverá más pequeño y distante a medida que pase el tiempo? Ninguno de sus
sucesos pasados se han solidificado en hitos a lo largo de una especie de gran
viaje; todos se han desvanecido como guijarros en un inmenso lago.
188
Aprieta su impermeable alrededor de su cuello y sus oídos zumban, no por el
extraño silencio en la tranquila noche, sino por el recuerdo del aplauso; el
aplauso, al fin, de sus verdaderos compañeros, no solo los músicos mediocres
de su antigua escuela. Y su pecho se estremece con una extraña y nueva
sensación: triunfo.
El bosque está más oscuro esta noche, los troncos de los árboles a su alrededor
tienen el brillo de alquitrán líquido y sabe que si mira hacia atrás ahora, el
conservatorio habrá desaparecido por completo. La forma brillante también se
ha ido, pero sigue avanzando. Hacia delante y arriba.
Después de un rato, en medio de los ruidos del bosque, ella detecta otros
sonidos más cercanos: crujidos y chasquidos. Se detiene, entrecerrando los ojos
hacia el ambiente oscuro. Se le ocurre por primera vez que está perdida en el
bosque.
—¿Chrrp?
El sonido la sobresalta, pero ríe de alivio cuando emerge Tamino. Sus ojos son
más grandes de lo que recuerda e, inexplicablemente, su pelaje naranja parece
emitir un brumoso brillo azul… diferente del brillo nacarado que siguió en el
bosque.
—¿Qué haces despierto tan tarde, pequeño? —Pasa su mano por un lado de su
cabeza; su oreja se aplana debajo de la palma de su mano y aparece de nuevo—
. Supongo que no sabes el camino de regreso al campus, ¿cierto?
—¿Rrrp? ¿Hrrrrawl?
—¿Tal vez a cambio de una canción? Qué tal esta, Farfallina, bella e bianca;
vola, vola…
189
Pero incluso si hubiera estado prestando atención, no habría escuchado a la
Félix viniendo por ella.
190
Treinta y nueve
L
a Félix salta. La chica es ligera y quebradiza y cae sin hacer ruido, como
una pluma. El niño de la Félix grita y salta, pero es demasiado tarde; la
gran gata extiende sus relucientes garras.
—Por favor—dice él, colocando una mano en una de sus grandes patas.
El niño frota su cabeza contra ella. Ya el brumoso brillo azul, la magia que usó
para esconderse, se ha desvanecido. La ira se agita dentro de la Félix y revela
sus dientes a la chica, quien yace inmóvil en el húmedo suelo. Pero el hombre-
cuervo coloca su otra mano en su otra pata y la mira a los ojos.
—Por favor —dice de nuevo. El niño gorjea, chrrrrp y ella inhala su dulce
aroma a pino. Él la ha extrañado.
191
Cuarenta
A
ntes de que Sing recuerde que no tiene un teléfono en su dormitorio,
ha despertado y respondido al timbre. Dolor se propaga hacia la parte
superior de su cabeza.
—¿Cómo estoy? Ma carina, ¿cómo estás tú? ¿Te están cuidando? ¿Quieres que
vaya?
—¿Dónde estoy?
—¿No sabes dónde estás? —El padre de Sing suena alborotado—. Estás en la
enfermería, querida. ¿Hay alguien ahí contigo? Llama a una enfermera.
192
—¿Estás bien? —pregunta el padre de Sing—. Me dijeron que no necesito ir.
Pero puedo posponer…
¿Está bien? La enfermera la mira a los ojos y aparentemente está satisfecha con
lo que sea que haya encontrado ahí. Se vuelve hacia las puertas francesas y
abre las cortinas. Sing cambia el teléfono hacia su otro oído.
Harland Griss, el director ejecutivo de Fire Lake Opera. ¿Por qué le está
diciendo esto?
Su padre ríe.
—Tan educada. Esto lo heredaste de mí, ¿eh? Estará allí por negocios. Quiero
que sepas. No dejes que se salga, ¿de acuerdo?
—Está bien, carina. Puede que te vea antes de eso, ¿eh? Y Sing… luego
hablaremos de tu censura.
193
—Llámame si necesitas algo —dice él—. Ti amo.
—Bien.
—¿Algún dolor?
Otra vez, Sing ve esos ojos negros violáceos. Pero por alguna razón, dice:
No. La Félix es un mito, eso es todo. Claro, Marta lo cree, pero ella
probablemente también cree que los arcoíris están hechos de unicornios
voladores.
194
Sing parpadea.
Agotamiento. ¿Fue agotamiento? ¿Esos ojos podrían haber sido solo una
alucinación? Sí. Sí, estaba en la acera. Acababa de dejar a Ryan…
Ryan.
—No —dice ella. La cara de Sing decae un poco, y la Señora Foster añade—:
Estoy segura que tus amigos están muy preocupados por ti. Pero no se les
hubiera permitido entrar mientras todavía estabas descansando. Has estado
muy aturdida y difícil de despertar en las últimas veinte horas. —Y se va,
moviéndose con el propósito de alguien que tiene que estar en otro lugar.
Sing deja caer la cabeza hacia un lado. Después de todo ese sueño, se siente con
ganas de levantarse. Especialmente dado que sabe que si cierra los ojos, ese
terrible y gruñidor rostro estará ahí. O quizás el rostro de Ryan aparecerá. ¿Eso
sería peor?
Quizás él vendrá pronto. Quizás le asegurará lo que ella no puede creer en este
momento, que de verdad la besó. Que de verdad le gusta. Ella, no Lori.
195
Al abrir las puertas, revela una terraza privada a nivel del suelo y el
impresionante jardín trasero de Hector Hall. El cielo está gris, pero brillante y
el aire está más cálido de lo que Sing espera. Se sienta lentamente sobre un
banco de piedra con curvas. La brisa húmeda se siente bien en su rostro
mientras mira hacia el jardín muriendo.
—¿Chrrrrp?
—No creo que debieras estar aquí —dice ella. Tamino salta fácilmente sobre la
barandilla de piedra que separa la terraza del jardín y comienza a ronronear.
196
»¿Estabas en el bosque anoche, pequeño? —pregunta—. Siento como si
estuvieras, como si los dos estuviéramos. —Se da cuenta de que si fue atacada;
y cada vez está más segura de que lo fue; este gran gato podría ser su atacante.
—Tienes un visitante.
197
Una figura encorvada y oscura emerge de la puerta. No es Ryan, después de
todo.
Definitivamente no es Ryan.
—No te quedes afuera mucho tiempo —le dice la Sra. Foster—. Un poco de
aire fresco está bien, pero no te enfríes.
—Está bien.
Él aclara su garganta
—¿Cómo se siente?
—Bien —dice ellay añade—. Gracias por venir. —Un indicio para irse.
198
—Bien —dice a la ligera—. Estoy un poco inquieta, supongo, pero
probablemente eso es normal. Bueno, ya sabe, si hay un “normal” para este
tipo de cosas.
La mira ahora y ella piensa que sus apagados ojos negros son un poco menos
apagados. Siente el peso de sus secretos, como si él estuviera buscando algo
detrás de sus ojos.
—La escuché justo ahora —dice él—. Estaba cantando una canción muy triste.
—Oh —dice—. Esa era el aria de Pamina de La Flauta Mágica. —¿Piensa que
estoy loca?
—Sé cuál era. —El filo familiar y arrogante vuelve a su voz y gira su rostro
hacia el jardín.
Lo dice de una manera que la invita a espetar, ¿Y qué significa eso? Pero no lo
hace. Recuerda su silueta en la ventana justo antes de que ella y Ryan se
despidieran. Celoso, había dicho Ryan. Sí, probablemente esté celoso del
talento de Ryan, de su buena apariencia, de su encanto. Y debería estarlo.
Aprieta la boca, cruza los brazos y se apoya en la banca. Están en silencio por
unos momentos.
199
—Cuando Pamina canta esa aria —dice él—. Tamino no es su “amor perdido”,
está sometido a la prueba de silencio. Cuando él no habla con ella, ella cree
que ya no se preocupa por ella.
Ella dice:
—No lo sé.
—¿Es por eso que estabas corriendo por el bosque esa noche? —pregunta él—.
¿Qué encontraste ahí, me pregunto?
Él se encoje de hombros.
200
—No es secreto que voy al bosque a veces. La mayoría de la gente simplemente
no lo nota. Y no voy a conseguir una censura por eso.
—Quizás deberías —dice ella sin querer decirlo—. Ya que amas darle tantas a
los demás.
Está bien, eso fue grosero. Casi aplasta una mano sobre su boca, pero en vez de
eso gira la cabeza hacia el jardín muriendo, esperando que él se evaporara.
—¿Qué?
Deja que sus ojos le echen un vistazo a su rostro. Por primera vez, puede leer
claramente su expresión. Está confundido.
Ella no dice nada. Sus pies sin calcetines, metidos bajo ella, están fríos.
—Tú… —Una pausa incierta. Ella le frunce el ceño. Él comienza otra vez—.
¿Crees que fue la Félix quien te atacó anoche?
Él se pone rígido.
201
—No lo sé. ¿Por qué lo pensarías tú?
—De alguna forma, se metió en mi cabeza que fuiste atacada por un animal en
medio del bosque, donde no deberías haber estado. ¿No es eso extraño? Se me
metió en la cabeza que colapsaste en medio de la oscuridad, el frío y humedad
en el medio de la nada y que alguien tuvo que transportar tu cadáver de vuelta
al campus y luego mentir al respecto para evitar que consiguieras otra censura.
Él se endereza.
—Lo sé, habría sido mucho más romántico si hubiera sido tu apuesto novio.
Oh, bueno.
Él suspira teatralmente.
202
Ella eleva sus cejas.
—¿De verdad?
—¿Quién?
—Está bien.
—Pero sus iniciales son Lori Pinkerton. —Ahora Sing sí ríe y Daysmoor
dice—: Ajá, ¿el huevo finalmente se ha agrietado? ¿Es eso lo que le pediste a la
Félix, la habilidad de reír?
Se queda en silencio durante mucho tiempo, ella siente que debe haber
sobrepasado sus límites. Pero finalmente, inhala ampliamente y dice con un
tono ligero:
—No en este momento —dice ella. Atrae su mirada y, solo por un momento,
cree que su rostro se ilumina; sus rasgos se unen de alguna forma, la nariz
203
recta, la mandíbula suave y esos cansados y tristes ojos casi encantadores en la
luz gris.
—De todos modos —dice ella—, es una desesperación más grande que la suya
la que tiene que encontrar. Me pregunto, ¿por qué estará tan triste? Sabes, he
escuchado a Angelique cientos de veces y nunca me he preguntado eso antes.
Daysmoor sonríe.
—Ese es el único paso para convertirte en una diva que puedo tolerar.
Sing se levanta.
—Oh, gracias.
—Lo siento, lo siento. Bueno, Señorita da Navelli, ¿qué desearías tú? ¿Fama y
gloria?
—No —dice ella, pasando la mano a lo largo de la curva del banco de piedra.
Lo ve darse la vuelta para mirarla por el rabillo del ojo—. Quiero decir, fama y
gloria serían…serían… —¿Agradables?¿Tan agradables como lo fueron para su
madre, muerta a los treinta y ocho por un fallo cardiaco debido a una
combinación escandalosa de drogas y estrés? ¿Tan agradables como lo fueron
para su padre, canoso, nunca en casa, acosado por la prensa?—. Sería agradable
llegar a cantar los roles que quiero, sí. Pero preferiría llegar ahí por mi cuenta.
—Me pregunto si lo dices en serio —dice él, su rasposa voz crepitando como
un pincel seco alrededor de ellos.
204
—No sé qué desearía —dice ella, imaginando realmente por primera vez el
peso de tal elección—. Supongo que si la Félix alguna vez me atrapa y ve la
desesperación suficiente para concederme un deseo, ya tendría algo que desear
para entonces.
Él la está estudiando.
—Es mi collar.
—No. Yo… creo que la haya visto antes. Solo… probablemente solo la note
porque brilló. Yo… me gustan las cosas brillantes. Pero se….siente como si
fuera mío.
—Oh. —El objeto vidrioso está frío en sus manos. Destella de manera poco
natural en la luz gris, como si se iluminara por dentro—. Toma, entonces —
dice ella, desabrochando el collar—. Puedes tenerlo.
205
Daysmoor la mira por un largo momento mientras los cuervos graznan en la
distancia. Luego extiende la mano, pero no toma el collar; enrosca los dedos en
torno a los suyos y los cierra gentilmente sobre la piedra.
206
Cuarenta y uno
S
ing cierra y abre su partitura de Angelique mientras camina por la
hierba cubierta de rocío, el frío sol de la mañana haciéndola entornar los
ojos. Marta camina lentamente a su lado, oliendo a canela. Su cabello
rizado se sacude en el inquieto aire.
En verdad, Sing esperaba estar a solas con Marta esta mañana, pero ahora que
tienen estos pocos minutos cruzando el patio, no está segura exactamente qué
es lo que quiere preguntar o cómo comenzar. Encontré este cristal
perpetuamente frío en el césped y le he estado cantando a este gato silvestre de
color naranja y luego Daysmoor dijo todas estas cosas raras y ahora creo que la
Félix podría ser real. No. Definitivamente no.
—Les oiseaux chantent dans mes bras… —canta Marta ligeramente mientras
caminan, los armónicos de su voz casi completamente disipados por el exterior.
—Oh, ¡lo sabía! —Marta retuerce sus manos—. Tengo tantos problemas para
recordar cuando se conectan y cuando no.
—Está bien —dice Sing. Ya están a mitad del otro lado del patio—. Cometo
esos errores todo el tiempo. Basta con escuchar una grabación.
—Lo sé. Solo no me gustan las grabaciones. Quiero cantar a mi manera. —Se
ríe—. Supongo que esa no es tan buena idea si digo mal las palabras.
207
—Sé lo que quieres decir sobre cantar a tu manera —dice Sing—. Pero a veces
escuchar a una gran cantante te ayudará a entender la canción un poco mejor.
Las partes que ella elige hacer importantes, ¿sabes?
—Sí. Tienes razón —dice Marta—. Sabes mucho sobre canto, ¿no es así?
—No lo sé. —Sing siente el calor arrastrándose por su rostro y maldice la piel
blanca de su madre.
—Solo hablo inglés e italiano y eso es solo por mis padres. Solo puedo
pronunciar los otros. No puedo crear oraciones por mí misma ni nada.
—Aun así.
—Pero tú sabes todas estas cosas sobre…sobre criaturas mágicas y esas cosas,
¿cierto?
—Sí, eso es tan útil, ¿no? —Marta se ríe—. Preferiría poder hablar italiano.
208
—…Sí creo. Creo que sí. Quiero creerlo. —Mira a Sing a los ojos—. A veces
me preocupa que la fe y la esperanza sean lo mismo y esa verdad sea algo
completamente distinto.
Sing intenta componer una sola pregunta en su mente. Decide comenzar con:
—Solo uno, hasta donde yo sé —dice Marta—. ¿Por qué? ¿Los has visto? —Se
ríe.
—Oh, Angelique me hizo pensar, supongo. Y estar aquí, ¿sabes? Donde estaba
Durand.
—¿Una piedra mágica? —Marta mira de reojo—. Nunca he oído eso. Solo te
concede el deseo y se va. Eso es todo. Bueno, en realidad, llora una lágrima; la
209
lágrima es el deseo. Eso es algo así como una piedra mágica, supongo, ahora
que lo mencionas. Salvo que no creo que la Félix conceda tantos deseos. En su
mayoría, te come.
La lágrima es el deseo. ¿Podría ser este extraño y frío cristal una lágrima? Sing
mira hacia abajo, con miedo de que Marta viera sus pensamientos.
Tomando una respiración profunda, Sing tira de la cadena de oro del interior
de su camisa.
—Bueno, ¿qué crees tú que es? —Levanta el cristal. Marta lo toma entre su
pulgar e índice, mirándolo detenidamente.
A primera vista, es solo bonito. Brillante. Sing sabe esto. Pero deja que Marta
lo estudie y después de un momento, los ojos de Marta comienzan a asimilar su
propio resplandor de otro mundo.
—Lo encontré en el patio interior, cerca del bosque. ¿Es…crees que sea…? —
Sing no puede decir mágico. ¿Qué significa esa palabra, de todas maneras?
—Lo sé.
Marta dobla los dedos en torno al cristal y cierra los ojos. Luego los abre otra
vez y abre la mano, dejando la cadena caer de nuevo en su lugar alrededor del
cuello de Sing.
210
—Y claramente tiene algún tipo de poder. Puedes sentirlo, ¿no?
Sing siente su cuerpo encogerse ante esta línea de investigación, pero piensa en
Tamino, en la forma resplandeciente que siguió en el bosque. Mira hacia el
cristal. Y sabe lo que es.
—Creo —dice Marta—, creo que debe ser una lágrima de Félix. El deseo de
alguien, Sing. ¿Es tuyo?
—¡Oigan! —una voz inconfundible llama a través del campus. Sing mete el
cristal de vuelta en su camisa.
—¡Sucia! —grita.
—Sí, sí. —El rostro de Jenny está sonrojado por el esfuerzo—. Estoy haciendo
un artículo sobre la competencia Gloria Stewart. Es una especie de gran lío que
sea aquí este año por primera vez.“Gracias” a tu papá, por cierto. El Señor Oye-
Qué-Tal-Un-Teatro-Nuevecito.
211
—Tu papá debe ser muy agradable —dice Marta.
212
—Mil novecientos setenta y siete —dice Marta. Las otras la miran. Ella se
encoje de hombros—. Dice “inauguración”. Eso significa que fue la primera.
Que fue en 1967.
—Marta Kost, te amo con locura, ¿pero qué crees que sea más probable? ¿Que
Daysmoor sea algún tipo de Fantasma de la Ópera inmortal sin talento con una
complexión un poco mejoro que algún periodista de Trumpeter de primer año
no sabía que significaba “inauguración”?
213
Cuarenta y dos
E
l maestro Keppler mira hacia el oscuro y vacío teatro. Es un punto de
vista extraño. Está acostumbrado a concentrarse en la orquesta, no la
audiencia. Sentado solo aquí, en el centro del escenario, se siente
extraño. ¿O es la ausencia del cristal?
¿Cómo pudo haber sido tan descuidado como para permitir que se deslizara de
su bolsillo? ¿Cómo pudo haber hecho eso?
Afortunadamente, George está seguro de que ha matado esa idea, por ahora.
Nathan ha sido mucho más razonable en estos diez últimos años más o menos,
desde que George aprendió cómo usar el cristal. Solo tiene que esperar que
Nathan no decida poner a prueba los límites de nuevo.
214
Cuarenta y tres
L
a lluvia cayó a cántaros toda la noche. El cielo gris y la hierba fría y
húmeda están manteniendo a los otros estudiantes de la Sra. Bigelow
fuera del césped esta mañana, lo cual le parece bien a Sing. Déjenlos
hacer su investigación en la biblioteca. Será más fácil escuchar a los cuervos
aquí.
Tal vez la Sra. Bigelow tenía razón. Los cuervos ciertamente no son pájaros. De
hecho, la única canción que Sing ha escrito en su cuaderno en el último mes de
observación es, “Graznar (crepitante)”.
215
No se ha sentido bien o agradable o amable desde la noche de la Llamada
Noble. No puede desprenderse del recuerdo de la euforia de vencer a Lori
Pinkerton. La hace sentirse poderosa. Pero también le hace mal al estómago.
—Caaaw —dice el cuervo más cercano desde su percha en una rama elástica
que todavía luce unas cuantas hojas brillantemente rojas.
Sin los cuervos para ocuparla, comienza a sentir el punzante aire húmedo.
¿Qué vieron o escucharon que los amenazó?
El susurro más leve de los arbustos rebeldes junto a la cerca atrae su oído.
Sonríe. Luego, con la mente vacía excepto por una cálida paz, canta:
¿Fue ese el destello de un gran ojo azul, medio escondido por las oscuras hojas?
—Así que tú asustaste a mis cuervos —dice ella—. No deberías estar aquí
durante el día, mi amor. —Las últimas tres semanas han manado por un lavado
de cielos grises y hojas marrones. Ha tenido que levantarse temprano para
encontrarse con Tamino cerca de las mesas de picnic en el borde del campus.
216
Él no siempre viene y su tiempo juntos es frío y oscuro, pero ella consigue
hacer sus ejercicios de calentamiento temprano y él se pone a escuchar.
»Eres tan fácil de complacer —dice ella cuando él topa su hombro con su gran
cabeza—. No creo que el maestro estuviera conmovido por las canciones de
niños.
—Gira qua, gira là. —Se gira aquí, se gira allí. Sing ondea los dedos, estirando
el brazo y moviendo la mano en una desigual e irregular figura de ocho—. Poi
si resta sopra un fiore. —Luego se apoya en una flor. Sing precipita la mano
hacia abajo para agarrar suavemente la nariz de Tamino. Él sigue el
movimiento con los ojos, y ella se ríe—. Puedo recordar tres versos más. ¿Te
gustaría oírlos?
—Si solo fuera así de simple —dice después de que todos los versos han
terminado, mientras rasca el rizado pelaje anaranjado entre sus orejas—. Si tan
solo pudiéramos cantar.
Sing reúne sus cosas y se levanta, su mente regresa al conservatorio, sus clases,
su música. Cuando deja la sombra del árbol de arce y se une a la multitud de
estudiantes, un brazo serpentea alrededor de su cintura.
217
Ryan la acerca mientras caminan y ella disfruta de las miradas envidiosas.
Como es habitual, sin embargo, teme encontrarse con Lori. ¿Qué dirá ella?
Sing sabe que es demasiado esperar que los tres nunca se encuentren por
casualidad en un campus tan pequeño. Lori ha estado tan distante como
siempre en los ensayos, pero debe saber, ¿verdad? Debe saber sobre Sing y
Ryan y su…lo que sea que estén haciendo.
—¿Cómo va Liszt?
—Es gracioso que preguntes. —Saca un sobre de su bolsillo. Sing lee la carta
dentro.
—¡Guau! ¡Felicidades!
—Síp—dice él, doblando la carta otra vez—. Pasé la audición grabada. Solo
van a oír veinticinco en la categoría “Amateur de más de dieciséis” y uno de
esos veinticinco voy a ser yo. Y ningún otro estudiante de CD, debo añadir.
Así que, para responder tu pregunta, Liszt va bien.
—¿Cómo va la facultad?
—Imagínate.
—Así que ahora tengo dos semanas para practicar mis pequeños dedos. —Le
hace cosquillas en la nuca y ella se ríe.
Entonces cae en la cuenta, ¡dos semanas! ¡Quedan solo dos semanas para el
Festival de Otoño! Tenía la fecha en su mente, por supuesto, pero no había
218
pensado realmente en ello en términos de semanas. Parece mucho más cerca
ahora.
—Sí, es solo que…mi papá. No sabe que estamos haciendo Angelique. —Sabe
que no necesita explicarse, pero parte de ella quiere que él pregunte.
—Oh. Aun así juzgará el Gloria Stewart, ¿verdad? —pregunta él—. ¿No crees
que tendrá un ataque o algo así?
—No. Estará ahí. —Se pregunta otra vez por qué su padre le contó que
Harland Griss venía a la competición. Ella se ha reunido con Griss varias veces;
otra oportunidad para codearse no es en realidad tan notable. ¿A qué quería
llegar su padre?
—Bueno. No son dulces. —La fría voz atrapa a Sing con la guardia baja. Se
detiene abruptamente. Lori Pinkerton toma un sorbo de su café de una taza de
cartón mientras otras dos chicas, Hayley y alguien que Sing no reconoce, se
paran detrás de ella, observando, hombros y caderas ladeadas elegantemente.
Sing está congelada con el agudizado conocimiento del resto de los estudiantes
arremolinándose alrededor de ellos y el vasto cielo gris por encima.
219
—No te sientan los celos, princesa Pinkerton —dice Ryan, guiñándoles a las
amigas de Lori, quienes se ríen más. Sing siente su rostro enrojecerse.
Lori da un paso más cerca, sus labios rosados cerca del oído de Sing.
—No estoy preocupada. Lo tendré de vuelta tan pronto como termine el Gloria
Stewart. ¿No lo sabes? Si tu padre no fuera juez, Ryan todavía estaría conmigo.
—Se encoge de hombros—. Oye, no estoy enojada. Haría lo mismo.
Las chicas detrás de Lori contienen la respiración al mismo tiempo. Lori solo
tensa la mandíbula
Ryan le sonríe, pero ella se aleja un poco de él. Llegan a la puerta de Durand y
él la besa en la mejilla mientras los otros estudiantes circulan. Ella siente sus
miradas y el orgullo que ha removido su estómago desde la noche de la
220
Llamada Noble da una sacudida. Pero siente la supresión de algo más. ¿Es la
incertidumbre, la media arrogancia, medio terror que solía estar ahí? ¿Que
todavía sigue ahí, saltando lejos ante este nuevo orgullo?
Todavía falta algo en tu voz, se dice a sí misma. Nunca serás grandiosa sin ello.
Casi ahoga las palabras con el ruido de su propia confianza. Pero no del todo.
221
Cuarenta y cuatro
H
a sido una operación delicada en estas últimas semanas, llegar justo
cuando su lección de voz está a punto de empezar. Sing sabe que está
siendo cobarde, pero no quiere correr el riesgo de encontrarse con
Lori, cuya lección termina quince minutos antes de que empiece la suya. Hoy,
sin embargo, Lori se ha quedado aparentemente para hablar con la profesora
Needleman. Sing ve su cabello largo a través de la estrecha ventana en la
puerta.
Se inclina contra la pared y mira su reloj. Pasan cinco minutos. Diez. Sing
golpea la puerta tentativamente.
Los ojos de Lori se encuentran con los de Sing. La profesora Needleman llama:
—Eso está bien, Lori. —La profesora Needleman agarra un libro de su piano y
lo pone a un lado—. Sing sabe que debería venir cuando es la hora de su
lección. Trabaja en las dos canciones de Wolf para la próxima vez. Creo que es
bueno tener esas en cuenta para tu jurado de alto nivel.
222
No hay nada más frío que una sonrisa insincera, piensa Sing. Una mueca o un
siseo es una admisión, una forma de comenzar, pero no hay nada que hacer
con una sonrisa. Barbara da Navelli sonreía mucho.
—No estoy segura de poder hacerlo. Quiero decir, conozco toda la música,
pero…
La profesora asiente.
—No estoy segura de que eso me hiciera sentir mejor —dice Sing.
—Tal vez no. Pero ahí está. Ahora, calentemos. —La profesora Needleman se
sienta en el piano, su túnica negra arrugándose tan pulcramente como papel.
Sing gira sus hombros.
—La conoces.
223
—Suena como si fuera así. —La voz de la profesora no es dura, simplemente
formal.
—Es particularmente difícil volver a aprender una canción que tus músculos
ya conocen. Pero creo que deberíamos seguir con esta. —Entonces, para
sorpresa de Sing, ella sonríe—. Tenemos que sacarte de ti misma, creo. Llevas
mucho peso en tu voz. No me refiero a tu tono, es… algo más.
La profesora asiente.
—Bien. Ahora canta el comienzo de nuevo, pero esta vez haz saltos.
Sing es demasiado aguerrida para cuestionar. Pero ríe cuando su voz se sacude
y golpea junto con los saltos.
224
algo. Algo… desinflado. No fuerza, por supuesto, solo algo que no acaba de…
brillar.
225
Cuarenta y cinco
S
ing encuentra un asiento en el fondo del teatro y estira las piernas
debajo del asiento frente a ella, molesta de que no haya la luz suficiente
para hacer la tarea de Literatura Americana. Tendrá que quedarse hasta
tarde otra vez, repasando Moby Dick, realmente extrañando esas novelas de
huérfanos. Y estará cansada en el ensayo de suplentes mañana.
La cálida madera del brillante escenario de Woolly brilla bajo la luz donde
están reunidos los cantantes. El maestro está en el sector de la orquesta, con
Daysmoor en una silla plegable a su lado.
Luego sigue el dueto. Sing intenta no escuchar, pero Lori y el príncipe Elbert
tienen voces resonantes. Con la tarea para distraerla, no hay límites en la
concentración que le pueden dedicar a sus uñas, la silla frente a ellay el oscuro
y abovedado techo. En el escenario, el príncipe Elbert toma las manos de Lori
y ella sonríe con tristeza. Sing pone los ojos en blanco. Un poco demasiado
para un simple ensayo de la orquesta.
Se saltan la batalla entre Silvain y la Félix, lo que es una pena dado que es la
mejor parte. Sing solo lo ha visto una vez. La segunda vez que vio Angelique,
por supuesto, nunca llegaron al final.
226
—Silvain, empezaremos con tu aria —dice el maestro. Charles se posiciona en
el centro del escenario para su gran momento. Lori bebe agua, un poco
ruborizada.
Charles, cantando el aria en la cual Silvain desea que Elbert viva en lugar de él,
está posando como un Hamlet entusiasmado y haciendo gestos de sufrimiento.
Sing alza las cejas. Al final del aria, Charlie realmente se deja caer. ¿Es enserio?
Y Lori se lleva una mano significativamente a los labios. ¿Qué les pasa a todos
esta noche?
—Coro, pueden irse. —La voz rasposa del Aprendiz Daysmoor es la antítesis
de la potencia de tenor del Sr. Bernard—. Tómense diez.
—Será sin guiones la próxima semana… ¡déjense ir, gente! —grita el Sr.
Bernard mientras los cantantes se van—. ¿Qué pasó con las luces de la casa?
Su padre.
Por una vez, no siente ninguna mirada sobre ella. Su famoso padre reclama
toda la atención en un cuarto como una bomba que explota. ¿Qué está
haciendo aquí?
227
Entonces, junto a él, ve la figura conocida de un corte de cabello caro.
¿Zhin?
Se han puesto de pie y se vuelven para dirigirse por el pasillo hacia Sing. Zhin
la ve y se apresura chillando hacia ella para atraerla a un enorme abrazo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —dice Sing, incapaz de contener su propio gritito
de emoción. Su verano en Stone Hill parece tan lejano. Zhin se ve diferente.
Su ropa es un poco más elegante, su maquillaje más refinado. Pero su expresión
es la misma: inteligente y alerta.
—Le pregunté a tu papá si podría venir con él. Hombre, este es un lugar
remoto. —Zhin suelta a Sing y se apoya contra un asiento, mirando alrededor
con un aire de autoridad. La calidez se expande por el cuerpo de Sing al verla,
una tensión que no sabía que había sentido siendo liberada.
—Bene, Papà.
—Te ves hermosa, mi querida. Creo que el conservatorio te hace bien, ¿no es
cierto? Muchas oportunidades.
Ella asiente, pero ha notado una rigidez en su mirada, una sensación forzada en
su amplia sonrisa. Sus músculos se tensan. ¿Qué estaría diciéndole en este
momento si Zhin no estuviera aquí?
—¡Maestro! —exclama, con tono jovial. Al otro lado del teatro, el maestro
Keppler se vuelve y el padre de Sing se va a saludarlo, atravesando la multitud
en el proceso, haciendo que las miradas se vuelvan susurros. Ernesto de
228
Navelli. La celebridad. En unos instantes, todos en el Woolly estarán
observándolo.
—Está bien. Los grupos son buenos. Aunque no es Fire Lake, sabes. —Se ríe.
—Oh, por Dios, no parece real, ¿cierto? No creerías el dinero y este es un año
tranquilo. ¿Pero cómo te está yendo? Tu uniforme es tan lindo. ¿No te
encantan las medias a la rodilla?
Sing gime.
Zhin ríe.
—Te ves increíble, por cierto. ¡Imagino que tendrás decenas de chicos
enamorados! —Las sombras de la casa, incluso con las luces encendidas,
ocultan el rubor de Sing. Zhin prosigue—.Esa es una cuestión de Fire Lake; los
hombres son viejos. Solo hay un tipo en los veinte, el trompetista, y está
casado.
229
—Bien, por lo que yo sé. Solo lo veo en los ensayos, en realidad. Oye, ¿sabías
que hay una vacante para un Nuevo Artista? ¿Irás por ella?
—¡Pero claro que sí! —Baja la voz y se inclina—.Mira, ¿por qué crees que tu
papá está aquí? Griss lo tiene haciendo búsquedas. El consejo estará aquí para
el Gloria Stewart Internacional, lo que significa que también estarán para tu
interpretación. Se dice que están considerando seriamente algo de sangre joven
y nueva para la ópera. Fire Lake necesita dinero, sabes, y las multitudes aman a
los prodigios.
—Sí, claro. Yo soy la prueba viviente, ¿verdad? —dice Zhin y ambas ríen—
.Pero lo que estoy diciendo es que, ya sabes, están intentando pensar diferente.
Y un estudiante sobresaliente del conservatorio pegaría bien en las masas.
Quiero decir, tienes que tener el talento, por supuesto, pero tú lo tienes, Sing.
Te he oído.
Nunca sería tan fácil como Bang, entras. Pero Sing se permite acariciar la idea,
con una mezcla de alegría y vergüenza. ¿Por qué no? ¿Por qué no podría
230
emular el éxito de mi madre? Entusiasmada por el optimismo de Zhin, intenta
con otra duda, solo para ver qué hace Zhin con ella.
Sing mira. Lori está apoyada contra el escenario, hablando con amigos. Pero no
es solo parte de un grupo. Sin dudas, esos amigos están con ella.
—La rubiecita es un pez gordo aquí, pero no durará cinco años al salir del
conservatorio. Dientes blancos y un buen cuerpo pueden servirle ahora, pero
las chicas como ellas no son dedicadas. La décima parte llegan a sopranos. Por
cada una que está en el escenario, hay once más tras bambalinas esperando que
muera. Olvídate de… ¿Tori? ¿Lori? Olvídate de ella.
—No eres una de las once. Eres una da Navelli. ¿Lori?—Zhin se reclina—
.Política.
231
—Sabes —dice Sing—,quizás no querían que cante Angelique. Por lo de mi
mamá y todo eso.
—Quizás incluso mi papá habló con ellos. —Incluso al decirlo, no está segura
sobre quiénes son ellos; ¿el maestro?, ¿el rector?, pero su cerebro sigue en
marcha—. Quizás sabía que íbamos a hacer Angelique, después de todo, y les
dijo que no me eligieran. —Es ridículo. Zhin la hace pensar ridiculeces a
veces, lo sabe, pero le gusta eso.
Las luces parpadean, marcando el final de la pausa. Zhin hace una pausa a
medio peinarse.
—No lo sé. Debe haberse enterado esta noche, creo, si no lo sabía antes.
—Guau.—Zhin mira a través de las filas de asientos hacia donde están los
maestros da Navelli y Keppler, al parecer terminando su charla. Las luces bajan
de tono. Se vuelve hacia Sing—. No creo que él quiera que seas suplente, pero
no es lo que crees. Ahí viene.
El vestíbulo está vacío ahora que comenzó el ensayo nuevamente. Las puertas
dobles se cierran suavemente detrás de Sing y su padre, ahogando los sonidos
del teatro. El maestro da Navelli combina perfectamente con el rojo oscuro de
232
la alfombra y las paredes doradas, como si viviera allí. No es fácil que lo opaque
la opulencia.
Ella mira al suelo, a la alfombra aplastada por sus pequeños zapatos negros.
Él se aclara la garganta.
—Pero no hay nada que hacer al respecto ahora. Es demasiado tarde para
cambiar el programa. Si lo hubiera sabido antes… pero no importa. Está hecho.
Y quizás pueda ser ventajoso para nosotros.
—Quizás ya sabes que Harland quiere agitar un poco las cosas en Fire Lake con
este lugar para Nuevo Artista. Hay una gran cantidad de buenas soprani que
serían aceptables para una audición, pero él quiere intentar algo nuevo, una
carrera en bruto de verdad. Alguien a quien podamos tomar desde el primer
momento, quien crecerá frente a nuestra audiencia. ¡Una oruga de la cual
puedan ver salir a la mariposa! ¿No sería emocionante?
Sing intenta sonreír. Le cuesta procesar lo que está oyendo. ¿Querrá que ella
sea esta mariposa?
233
—Será como Barbara da Navelli.
Sing estudia una costura invisible donde se encuentran dos hojas del
empapelado color damasco. Puede oír voces cantando detrás de las puertas
dobles.
—¿Ensayos? ¿Y tú qué haces ahí? —Alza las manos—.¿Suplencia para una sola
interpretación? Eres inservible. Oh, carina, no te decepciones. No lo quise
decir así. —Le rodea los hombros con un brazo y ella se reclina contra su
elegante traje—. Eres infravalorada.
—No tiene nada de malo ser suplente —dice, recordando sus propias palabras.
Él le besa la frente.
234
Sing se aleja, su corazón comenzando a latir con más fuerza bajo la superficie.
Su rostro se oscurece.
Por solo un instante, ella ve todo frente a sus ojos: el Festival de Otoño, la
charla con Griss, el lugar del Nuevo Artista, Fire Lake, ensayos con Zhin…
—Sí puedes, querida. ¡Claro que puedes! Ya conoces el papel. Lo has estado
ensayando.
—No es justo —replica—.No es justo para los demás. Yo… yo quiero hacerlo
sola.
Le acaricia la mejilla.
Y él sale por la puerta y cruza el patio hacia Hector Hall. Sing lo observa irse.
Angelique. Esto es lo que ha querido toda su vida. Solo necesita decirle una
palabra a su padre: Sì. Aun así, todo se siente incorrecto. ¿Qué dirían Jenny y
Marta?
Abre la pesada puerta del teatro, se dirige por el pasillo oscuro y se sienta junto
a Zhin. Se sientan en silencio unos momentos, observando el ensayo, que
parece mucho más relajado ahora que el maestro da Navelli se ha ido.
235
—¿Qué desearías, si tuvieras un deseo?
Zhin susurra:
—¿Por qué desear algo? No hay nada que no puedes obtener si decides ir por
ello. Aprovecha cada oportunidad. Tienes que aprender eso. No hay mejor
sensación que ir por lo que quieras y obtenerlo.
Pero quizás haya una forma de volver a sentirse así. Quizás es como dice Zhin:
debe aprovechar cada oportunidad.
—Mira —dice Zhin—, ¿quieres ser una diva? Deja de permitir que la gente
pase por encima de ti. No tiene sentido. Están haciendo que te sientes aquí en
la oscuridad por tres horas para escuchar a otra cantar el que debería ser tu
papel. Pelea por lo que te mereces, Sing.
Sing observa la espalda del maestro Keppler. No se volvió ni una vez durante la
primera mitad del ensayo. Probablemente ni siquiera pueda ver las sillas por
las luces del escenario. ¿Qué sentido tiene que se quede ahí sentada? ¿De que
todos los suplentes estén ahí sentados, en la oscuridad? No es justo.
236
¿Podría irse? ¿Podría simplemente… irse?
—Francamente, ¿dónde pasa el tiempo nuestra gente aquí? Estoy tan aburrida
de este grupo. ¿Viste a la chica hippie ahí arriba con el enorme collar de hadas?
¡Por favor!
237
Cuarenta y seis
—S
í, eso es todo —dice Carrie Stewart, traqueteando el hielo
en su bebida con su popote—. No sé quién se va a aparecer
esta noche. Podría estar bien, podría estar muerto.
—No hay problema—dice Carrie—. Para eso está Tomate. —La temperatura
afuera estaba bajando rápidamente y Sing y Zhin estaban agradecidas por ser
llevadas en el desmoronado sedán rojo de Carrie.
—Es el único lugar, punto—dice Sing. Zhin silba bajito a través de sus dientes.
—Sin embargo, siempre tienen música en vivo. Todos son lugareños. Algunos
de ellos han estado viniendo cada noche de sábado como por, cuarenta años.
—El grupo está tocando algo rápido y rústico y ella golpetea sus dedos en la
mesa junto a ellos.
238
Sing también se permite sentarse, a pesar de la obvia nerviosa incomodidad de
Zhin. Ella observa el grupo: gente mayor, gente joven y unos pocos niños de
ojos brillantes. Una chica, que se ve de diez u once más o menos, está sentada
junto a un hombre mayor que podría ser su abuelo. Ambos están tocando
violines —fiddles, se dice ella misma—, y puede ver a la niña observando los
dedos del hombre muy de cerca.
—Bueno, yo también era bastante descuidada a esa edad —dice Carrie y Sing
piensa que su tono ligero parece un poco más forzado—. Es complicado
cuando creces diez centímetros y tu violín se queda del mismo tamaño.
Carrie se ríe.
—Yo siempre me esfuerzo el doble. Solo estoy diciendo, está bien pasar algo de
tiempo con tu abuelo y divertirte. Ella es solo una niña.
—Eso está bien. —La mirada de Zhin descansa indolentemente en los músicos
al otro lado de la habitación—. Pero no tomar en serio tus prácticas causa
retrasos.
Sing ha pasado uno que otro día sin práctica formal. A lo mejor es diferente
para estudiantes vocales; después de solo un par de horas en la sala de
prácticas, ella se cansa. Pero estudia el rostro de Zhin, seria y sin defectos,
igual que su música. Zhin nunca se cansa.
239
—No hay nada de malo con tocar por diversión. Cada vez que tocas debería ser
divertido. Es por eso que hacemos esto. Amo tocar, aunque sean solo escalas. Y
un día de descanso de vez en cuando también es bueno para ti. Creo que deja
que todo se asiente.
Zhin hace una mueca cuando los músicos se salen un poco de ritmo. Se gira
hacia Carrie.
—Ya sabes—dice Carrie dice—, estoy en primera silla en uno de los más
prestigiosos conservatorios de música en el país.
Sing dice:
240
—Puede que estés en primera silla entre tus colegas adolescentes en esta
escuela—dice Zhin, ignorando a Sing—, pero yo estoy contratada por una de
las mejores orquestas en el mundo.
Pero Zhin está en lo cierto, se dice a sí misma, aunque como que no puede
obligarse a mirarla a la cara. Ella sabe de la expresión rígida que encontrará
ahí. En su lugar, observa a la niña y a su abuelo levantar sus fiddles y empezar
un animado jig. Tú sí que tienes que luchar por lo que quieres, piensa ella. No
puedes bajar la guardia. Y esa niña tiene articulaciones descuidadas.
—No lo sé. —El estómago de Sing todavía se siente extraño. A lo mejor Carrie
regresará una vez que se dé cuenta de que Zhin solo estaba intentando ser de
ayuda. Después de todo, no cabe duda de que sin importar lo mucho que
Carrie ha logrado, no está tocando para Fire Lake. Debería estar agradecida por
el consejo de Zhin.
Sing se sonroja.
241
Observa a Ryan, Aaron y a Teddy Lund escanear la habitación, notando a Zhin
y a ellay se dirigen hacia su mesa. Puede que Aaron y Teddy no sean
llamativos por su cuenta, pero Ryan los hace verse importantes. Aaron se ve
un poco como una estrella de cine, no delgado, y Teddy se ve robusto en vez
de pesado. Su entrada es claramente notada por los otros clientes del Grill…
particularmente las chicas.
—¡Preséntame! —susurra Zhin mientras ella y Sing deslizan sus sillas para
hacer espacio.
—Oh, este, esta es Zhin Fan—dice Sing—. Zhin, este es Teddy, Aaron y Ryan.
Del CD.—Aaron se inclina hacia adelante, observando a Zhin atentamente.
Sing observa el rostro de Ryan, pero el exhibe solo interés educado.
—¡Somos las reinas del pueblo! ¡Rindan homenaje y puede que mantengan sus
cabezas!
Todo el mundo se ríe, excepto Zhin, quien levanta una delgada ceja.
242
—Sing, eres italiana. Las “divas” no son reinas. Son diosas. Deberías saber eso.
—Sing fuerza una risita—. Entonces—dice Zhin a los chicos—, ¿cuáles son sus
instrumentos?
—Oboe—dice Aaron.
—Y lo trajiste contigo. —El tono dulce de Zhin incluye una pizca de burla, de
la cual Sing se pregunta si alguien más detectó.
—¿Entonces?
—De acuerdo —dice—. Tengo una nueva canción esta semana, así que no se
burlen de mí si no es perfecta. —Abre su estuche y cruza la pista con el más
oscuro y opaco violín que Sing haya visto; se ve como si lo hubiera
desenterrado de un pantano en algún lugar. Los músicos locales, a media
243
canción, lo saludan con animada familiaridad y las sillas se hacen a un lado
para hacerle espacio.
La música termina cuando Ryan vuelve con las bebidas, escogiendo la silla
junto a Sing. Todos en la mesa ponen su atención en Teddy, quien está
levantando su violín hacia su barbilla entre aplausos aislados y gritos de,
“¡Tócanos una canción!”.
Él cierra sus ojos y pone manos a la obra en la canción, la que para los oídos de
Sing es virtualmente indistinguible de las otras que ha escuchado esta noche.
Pero el todo del oscuro violín es dulce y profundo, las notas rápidas
tamborileando de manera agradablemente sobre las guitarras y banjos como
gruesas gotas de lluvia. La niña observa a Teddy muy de cerca, no sus dedos
esta vez, como con su abuelo, sino su rostro redonda. Sing sonríe. Ryan y
Aaron golpetean la mesa a ritmo.
—Un ave jamás voló con un ala —dice el anciano—. ¡Tócanos otra!
Sing aplaude junto con el resto de los clientes cuando los músicos terminan;
Ryan silba y Aaron golpea la mesa. Solo Zhin parece demasiado preocupada
por beber su soda para notar que la canción ha terminado.
244
—Es solo una vieja danza tradicional de Irlanda que mi mamá acostumbraba a
tocar con la flauta irlandesa.
—Oh, esa. —Teddy afloja su arco cuando los músicos empiezan otra canción—
. Esa es ‘Saint Anne’s Reel’. Es popular como el infierno, así que supuse que era
mejor aprenderla.
Teddy dice:
Al principio, Sing piensa que es una broma y por poco resopla. Pero la
expresión de Zhin es todo excepto modesta.
245
las de Zhin son esquirlas de hielo: más allá de uniformes, cortantes, brillantes,
frías y duras. Son agudas, pura perfección. Es como si cada brillante nota que
Zhin toca iluminara una falla en alguien más. Después de un rato, las guitarras
y banjos y las extrañas pequeñas gaitas se quedan en silencio y la habitación se
llena solo con el deslumbrante brillo emanando del oscuro violín.
Zhin no se detiene después de una danza escocesa o dos. En cierto punto, Sing
se da cuenta que la niña y su abuelo ya no están ahí, pero no se dio cuenta de
cuándo se fueron.
246
Cuarenta y siete
L
a nieve comenzó justo después de medianoche. Ahora, mientras Sing
cruza el patio rápidamente con Zhin, todo el campus brilla con la nieve
fresca radiante por la luz del sol.
—Desearía poder hacerlo. —Sing espera que el jugo de naranja aguado y los
huevos aguados la despertaran. Ella y Zhin se quedaron hablando y riendo
hasta muy tarde antes de quedarse dormidas en una pila de mantas en el piso.
—De nada. —Las botas de Sing suenan como las pisadas del Yeti mientras
atraviesan el camino recientemente paleado. Tiene que admitirlo, los zapatos
chatos de cuero de Zhin sí que quedan bien con las medias reglamentarias del
conservatorio, en lo que Jenny llamaría un estilo neo-retro-irónico. Pero sus
pies deben estar congelándose.
Sin embargo, si así es, Zhin no lo muestra. Sing intenta arrastrar su propio
cuerpo de forma elegante intentando emular la confianza y seguridad de los
pasos de Zhin. Hoy, piensa ella. Hoy cantaré Angelique de verdad. No tiene
idea de cómo tolerará su clase de Literatura Americana. ¿Cómo pueden
programar una clase antes de un ensayo general?
247
Frunce el ceño.
***
Piénsalo, carina.
248
toma notas en el pupitre frente a ella. No es el cabello de Lori, pero bien podría
serlo.
—Sí.
—¿Entonces? —Extiende una mano con la palma hacia arriba. Sabe que ella no
le estaba prestando atención.
Sing golpea la tapa del libro. Ahora mismo no tiene la capacidad mental para
lidiar con esto.
Después de unos instantes de incómodo silencio, Sing espera que el Sr. Paul se
enfoque en otra persona. Se siente aliviada cuando se abre la puerta con un
sonido metálico.
249
Una aprendiz con largo cabello castaño entra discretamente. Sorprende a Sing
cuando señala en su dirección y curva su dedo, en un gesto de que se dirigiera
hacia ella. Sing gesticula:¿Yo?, Aunque su silencio es innecesario; todos ya la
están observando. La aprendiz asiente y Sing la sigue en el pasillo, cerrando la
puerta detrás de ella.
—No hay problema. Me salvaste del fanatismo del Sr. Paul por Moby Dick.
La aprendiz ríe, su voz aguda y algo chillona, pero no del todo desagradable.
250
—Uh, ese tipo es lo peor. Nunca se molesta en hablar con los otros aprendices.
¡Supongo que es demasiado bueno para nosotros! —dice la aprendiz—.Como
sea, al rector le gusta que los reportes sean entregados apenas están listos, sin
importar la hora. Creo que lo hace para que saquemos a la gente de clase, para
que todos sepan y sea más vergonzoso. ¡Disculpa, no quise hacer que te sientas
peor!
Una parte de la mente de Sing le dice que esta chica probablemente le caería
bien, en otro momento, en otro lugar. Pero ahora, su mente revolotea
alrededor de una conversación imaginaria con su padre, la voz alta y clara. Sí,
un reporte. No, no es lo mismo que una censura. Sí, me he portado mal. Lo
siento. No hice lo que me enviaste a hacer.
***
Sing no junta sus cosas o vuelve a clase y no deja de caminar hasta no llegar al
segundo piso de Hud, donde está el cuarto de Zhin. No podría haber soportado
otro instante en Literatura Americana y el vestíbulo vacío de Hud le da
escalofríos.
¿Por qué estoy enloqueciendo así por el reporte?, se pregunta, sus grandes
botas haciendo eco en las escaleras. ¿Y por qué me escapé de clase, lo que es
seguro que me gane otro?
Ahora lo que necesita es a Zhin, la forma en que Zhin puede poner todo en
perspectiva.
El pasillo está iluminado por la luz solar que entra generosamente por la
ventana al final. Zhin está instalada al final del pasillo, en un cuarto en desuso
251
que se acondicionó para su visita. Sing se relaja mientras se acerca. Zhin tendrá
algunas cosas que decir sobre el aprendiz Daysmoor, eso es seguro. Y quizás le
dé más detalles sobre la vacante para el Nuevo Artista, lo que sepa de charlas
con el padre de Sing.
Solo que no es tan inocente ahora y no es Sing quien está con ella.
Es Ryan.
252
Cuarenta y ocho
L
as manos de Sing tiemblan y no es por el frío o el retumbar de sus
zapatos. Se siente fuera de balance, precaria, jadeante. Está corriendo a
través del campo nevado hacia Hector Hall, donde se encuentra su
padre.
253
Siente el peso de las manos de él en sus hombros.
El maestro Keppler se acerca desde la escalera del otro lado de la sala. Sing ve
que él la nota, pero se dirige a su padre.
—No, no. Solo leía el periódico. Y mi pequeña vino a saludar. —Le rodea los
hombros con un brazo—. Hoy tiene un ensayo de Angelique, ¿cierto? No
podría estar más orgulloso. Y he oído que la producción está saliendo muy
bien.
254
encantaría llenar la vacante del Nuevo Artista en Fire Lake con un talentoso
amateur. Alguien que haya tenido un rol importante.
Está hecho.
***
—Lo hice, Woolly —dice, pero no sabe cómo seguir explicándose. Los ojos en
forma de botón de Woolly son amistosos.
—Adelante.
—Ahí estás. —Jenny se deja caer junto a ella en la cama. Marta la sigue,
acomodándose con gracia en el piso.
—Hola.
255
—Sí. —Jenny le lanza una mirada a Marta—. Oímos sobre tu amiga.
—No por otros minutos. Almuerza algo. Hoy es el gran día, ¿eh?
—¡Oh, me olvidé sobre hoy! —dice Marta—.Es verdad. ¡Vas a estar increíble!
Sing la mira.
—Santo cielo, Sing —replica Marta—.Me sentiría honrada de ser suplente del
principal. Eso no tiene nada de malo.
—Mira —dice Sing—.Si quiero llegar a algún lado, tengo que empezar a actuar
acorde. Es lo que mi… es el consejo que me han dado. Haz una impresión. Voy
a mostrarle al maestro que se equivocó.
256
Marta inhala, sus grandes ojos brillantes.
—Lo que quiero decir es que no me imagino al maestro cambiando de idea solo
por un ensayo. Serás genial, no me malinterpretes, serás mejor que Lori, estoy
segura, pero esas cosas no pasan. Tan irritante como es, Lori ha hecho lo
necesario. Es de último año.
257
—Seguramente estarás primera en la fila para el protagónico del próximo año
—dice Jenny—.Incluso quizás en primavera, mientras Lori se concentra en su
recital de graduación, y…
—Santo Cielo, Sing, ¿realmente vas a hacerlo? ¿Usarás a tu papá para robarle el
papel a alguien? ¿De verdad?
Está celosa. Todos lo están. Sing no sabe de dónde vino ese pensamiento.
—No es justo que sea suplente de Lori Pinkerton. Quiero decir, ¿saben quién
era mi madre?
Sing oye el saludo de Marta al cerrar la puerta, pero Jenny no dice nada más.
258
Cuarenta y nueve
E
n el escenario, el coro atormentado canta un número inusualmente
sentimental que precede a la aria más famosa de Angelique. La
orquesta está presente y en tono, pero Sing no puede darles crédito más
allá de eso. Solo un ensayo suplente.
Se sienta en la fila frontal y cruza las piernas. No tiene sus partituras con ella.
El número termina y los miembros del coro se mueven del escenario hacia la
casa. Daysmoor se voltea.
—Sí —dice, mirándolo a los ojos con desafío. No es exactamente cierto, ¡pero
bajo circunstancias normales por supuesto que hubiera hecho calentamiento!
259
—Bien —dice, volteándose hacia la orquesta—. Empezamos con el acto tres.
Estoy seguro de que no te importará comenzar con “Quand il se trouvera”.
Recuerda tu fraseo, por favor.
Mientras Sing sube las escaleras hacia el escenario, sintiendo la mirada distante
de Daysmoor en su espalda, comienza a rabiar. ¿Cómo se atreve a tratarla como
una novata? Claro, quizás se haya puesto nerviosa unas pocas veces en los
ensayos, lo cual es natural, pero eso no significa que no sepa cómo frasear. Con
la furia anulando cualquier duda interna, lanza sus hombros hacia atrás y
respira.
—Quand il se trouvera…
Una vez más imagina el vestido blanco, imagina los rizos dorados. Se
encuentra moviendo su cabeza y brazos delicadamente, dando una pequeña
sonrisa tímida. Entiende, ahora, la peligrosa e intoxicante cualidad de un papel
protagónico. Es como si fuera el peor tipo de dictador —insensible, terrible y
omnipotente—. Usa la orquesta —Daysmoor— como un entrenamiento de
seda, deleitada por cómo él sigue sus propios pasos fuertes, perfectamente
unido. Su voz llena el auditorio.
Cuando ha terminado el aria, mira altiva a Daysmoor, erguida y aun así todavía
intentando parecer contenida. Su expresión es inescrutable.
260
—La actitud no lo es todo —dice después de un momento—. De hecho, se
interpone en el camino de la mayoría de las cosas. Espero que entiendas eso. —
Luego añade en voz baja—: ¿Pero cómo podrías, cuando tu mamá nunca pudo?
—¿Perdón?
261
El viola de la primera silla se levanta.
El aprendiz Daysmoor se endereza y Sing nota por primera vez lo alto que es.
262
A la mitad, Daysmoor corta a la orquesta.
263
Cincuenta
B
arbara da Navelli ha empezado a visitar a Sing durante la noche.
—Si tocas algo, lo haces realidad —dice Barbara da Navelli. Está vestida como
Angelique, sosteniendo un magnífico cayado de oro.
—Soy solo la suplente —dice Sing, entornando los ojos hacia el rostro de
suficiencia de Lori en las sombras. ¿O es el de Zhin?
Su madre se vuelve hacia ella. Sus ojos son como de gatos, sus dientes
alargados. Sing se pregunta si su madre puede ver la desesperación en sus ojos,
si derramará una lágrima y le concederá un deseo. Pero su madre solamente
dice:
264
aprendiz Daysmoor se mantiene impasivo, sus ojos negros fijos en Sing como
decidiendo si es culpable.
Esta noche, Sing se despierta con una determinación ardiente, las palabras de
su madre tan frescas en sus oídos como si recién las hubiera dicho. Toma lo
que es tuyo. Pero en la penumbra, Sing se encuentra no agarrando un cayado
eléctrico y de oro, sino un cordero suave desgastado con ojos de botón.
El cristal.
265
Cincuenta y uno
“N
o sabía que era tu novio. Nunca me lo dijiste”.
“Pensé que nos reiríamos de eso. Él también está jodiendo por ahí con esa
chica Pinkerton. Pensé que nos burlaríamos de ella”.
Parpadea.
Debería haber lavado ropa la noche anterior, especialmente debido a que Zhin
se llevó un par de calcetines reglamentarios con ella. Ni siquiera se ofreció a
devolverlas. Ahora Sing lleva su último par y tendrá que lavar ropa esta noche,
durante la semana escolar cuando debería estar haciendo deberes. Y realmente
debería tomar una ducha, como lo demuestra su cabello metido en una cola de
caballo desordenada. Y los cuervos. Tiene que empezar a pensar sobre su
estúpido informe de los estúpidos cuervos.
266
Como refregándoselo, graznan horriblemente mientras se acerca a Archer.
Parte de ella no puede creer que de verdad esté yendo a su sesión de
entrenamiento luego de que fuera expulsada de su ensayo ayer. Pero no parece
importar mucho, ahora. No después de que todo se haya asentado, ráfagas de
emoción desacelerando y yendo a la deriva en quietud. No después de…
Parpadea.
Ella da un tirón a unos de los atriles oxidados hasta la altura adecuada y lanza
su partitura de Angelique sobre este. Entonces se sienta pesadamente en el
piano y comienza a tocar sus calentamientos.
267
Daysmoor no dice nada más y no se mueve. Son casi nueve y veinte cuando
Sing termina de calentar. Se sienta por un momento, mirando en su reflejo sus
ojos cansados en el atril brillante del piano.
—Oigo que las felicitaciones están a la orden —dice Daysmoor—. Por alguna
razón insondable, el maestro Keppler ha decidido que deberías cantar
Angelique en el Festival de Otoño en lugar de Lori Pinkerton.
—Así que tenemos trabajo que hacer —dice Daysmoor—. Y no hay señales del
Sr. Larkin. ¿Se supone que sea el acompañante además del entrenador en el día
de hoy? Tú me dices, ya que eres quien decidió decirle que no viniera.
—Solo dame otro reporte, entonces. —Un murmullo, apenas audible. ¿Por qué
está enojada? Ahora, cuando debería estar extática. Cuando el plan ha
funcionado.
—Tú dejaste el ensayo. No yo. Y lo hiciste de nuevo ayer. Debería darte otro
reporte.
268
—Solo me fui ayer porque estabas siendo un idiota —dijo con vehemencia,
aun así se preparó para el contragolpe—. ¡Y ni siquiera importó que me fuera
la otra noche! ¡Nadie se dio cuenta!
Se quedan en silencio por unos momentos. Sing toca suavemente una escala
con su mano.
—¿Qué?
Él se sienta.
—¿Bien?
—¿Bien qué? Ni siquiera me entrenas. —No quiso decirlo en voz alta, pero
ahora que ha salido, deja que su vacilación caiga lejos de ella como un viejo
abrigo pesado—. Tú no me das ningún consejo. Ningún consejo de verdad.
¡Nadie lo hace!
269
Él también se levanta, una cabeza más alta que ella, encorvado, desgarbado.
No será intimidada.
—¿Lo que realmente pienso? ¿Qué hay sobre lo que pensó Carnegie Hall
cuando intentaste tocar allí?
Su expresión no cambia.
Sing espeta:
—¿Por qué no me das una censura, entonces? Dame dos. Haz que me expulsen.
—No te voy a hacer ningún favor. ¿Quieres usar tu nombre para obtener
papeles? Adelante. Estás atrapada con eso ahora. —Su rostro no delata ninguna
emoción. Nunca lo hace, piensa. Nunca más que un parpadeo, un borde.
270
—¿Por qué no puedes solo dejarme en paz? Tú mismo dijiste que pensabas que
mi canto es basura. —Las palabras salen más rápido ahora, accelerando,
appassionato—. No puedo hacer nada si mi padre quiere que siga adelante.
¿Qué pasa si crees que no soy una buena cantante? ¿Qué pasa si crees que una
estúpida producción escolar de Angelique es horrible porque no pude hacerlo?
Él levanta su voz.
Porque es verdad.
Sing se da vuelta.
—¿Hablas en serio?
271
Ella se inclina contra la puerta, el metal frío contra su frente.
—De todas formas —dice con suavidad—, no dije que todo tu canto era una
basura. Dije que el noventa y cinco por ciento.
Para su sorpresa, se ríe. No sabe por qué su observación la hace reír, incluso
cuando parece que el mundo entero se está derritiendo en el olvido. No puede
evitarlo.
—Bueno —dice—, siempre y cuando ese cinco por siempre esté bien, supongo.
Él está en silencio por un momento, luego fija sus ojos en ella con esa mirada
oscura.
—Ese cinco por ciento… A veces, creo ver a la verdadera tú. Cuando estás
escuchando… realmente escuchando. Cuando sonríes, siempre a alguien más,
por supuesto. Ese cinco por ciento… —Su mirada cae al suelo—. Ese cinco por
272
ciento que vale algo —dice suavemente—, es el sonido más hermoso que he
escuchado.
Algo dentro de ella se sacude. Por primera vez, pero solo por un breve
momento, pensó que vio algo más allá de esos ojos negros y opacos a la persona
con sentimientos. Y es ella quien ha hecho que sienta algo.
—Sabes que a tu sonido le está faltando algo —le dice—. Es por eso que has
estado repitiendo como un loro la arrogancia caliente de tu madre o la fría
perfección técnica que se perfora en los jóvenes músicos hambrientos.
Ella intenta ver a través de esa mirada inescrutable, pero una opacidad en los
bordes de sus ojos la mantiene fuera. Hay algo diferente sobre él mientras
habla, sin embargo. Un destello de sabiduría debajo de su rostro duro. Y algo
más.
—Mi padre es quien dijo que estaba lista para esto. Yo nunca pedí…
Ahora él se pone de pie y coloca una mano sobre cada uno de sus hombros.
273
Comienza a temblar.
—No estoy hablando sobre tu madre o tus profesores o tus amigos. Estoy
hablando sobre ti.
—Entiendo el punto —espeta—. ¿Bien? ¿Pero que se supone que haga? ¡He
estado en esta escuela por menos de tres meses!
—¡Detente! —No puede controlar sus manos, sus costillas… ¿por qué no dejan
de temblar? Ya no puede mirarlo y deja caer su cabeza.
Su voz se suaviza.
Sin querer, se inclina hacia él y él envuelve sus brazos alrededor de ella. Sus
túnicas grises huelen como el bosque en invierno.
—Nunca quise ser Barbara da Navelli —dice, con la voz ahogada—. Pero, de
alguna manera, se convirtió en mi única opción.
274
Ella se endereza, alejándose.
—¿Qué?
Con ojos desenfocados, mirando el suelo, Sing oye esos cinco acordes famosos.
Solo que son diferentes ahora. En vez de pesados y torpes pasos hacia la tumba,
brotan desde el oscuro corazón de un lago profundo. Son la angustia final de
Angelique, sabiendo que su príncipe morirá en el bosque. Son cantados desde
el más pequeño, más plano, más débil, más oscuro lugar del corazón humano.
Y lo hace.
—Quand il se trouvera…
275
—… dans la forêt sombre… —Todas las pequeñas cien cosas que tiene que
obligarse a pensar cada vez que canta simplemente caen en su lugar. Espalda
recta, lengua relajada, mandíbula floja, deja que todo caiga: el peso de los años,
el peso del auto…
—Legato —dice.
Ella nunca ha cantado en voz tan baja o lo ha hecho tan en serio. Cuando su
último pianísimo se ha desvanecido, se vuelve para observar a Daysmoor tocar
el final. Lleva la misma expresión seria, casi en blanco.
Puede decir que lo dice en serio. Eso fue bueno. Y sabe que él tiene razón.
276
Cincuenta y dos
E
l vestido de Sing no está listo para el ensayo general.
Marta le destella una débil sonrisa mientras pasa, pero no hace contacto visual.
Lori Pinkerton no aparece.
—Oye. —Tira de otra silla plegable de metal. Su voz es plana, sometida. Ella
observa su rostro redondo. Sin esa sonrisa pícara, no parece tan guapo—. Mira,
Sing —dice—, metí la pata.
¿Por qué Ryan es la única persona que le habla? ¿Todo esto es por robarle el
papel a Lori Pinkerton? A nadie ni siquiera le gusta Lori Pinkerton.
277
¿Cómo puede decir su nombre así, tan fácilmente? Zhin le pertenece a Sing y
Fire Lake y el verano pasado, no al Conservatorio Dunhammond. Y
ciertamente no a Ryan.
—Oye. —Él toma su mano en la suya—. Sé que todos están enojados contigo
por toda esta cosa de Angelique en este momento. Pero te creo. Te mereces el
papel.
¿Y quién me necesita?
—¿Pero me perdonas? —Su voz es más urgente ahora. Hay algo nuevo
brillando en sus ojos; ¿podría ser pánico? Recuerda la confiada declaración de
Lori: Lo tendré de vuelta tan pronto como haya terminado Gloria Stewart.
278
—Entro en breve —dice, apartándose—. Tienes que irte. Lo siento.
***
Sing no sabe cuántas personas se han reunido para el ensayo general. Las
deslumbrantes luces del escenario hacen imposible que vea hacia la casa
oscura. Sube al segundo nivel del set, un falso balcón de piedra con estrechos
escalones de madera que conducen al piso. Los miembros del elenco ya están
montados en el escenario, granjeros y comerciantes, lucen como un cuento de
hadas. Sing lleva un cubo de leche, pero usa su uniforme del CD, no el vestido
blanco con volantes que todavía es demasiado largo y esbelto para ella.
Lo que más le sorprende sobre los primeros minutes como Angelique es lo bien
que conoce las partes de la orquesta. Cada vez que se ha aprendido un papel, se
ha vuelto más que familiarizada con todas las otras facetas de una ópera: las
líneas de otros personajes y música, los preludios e interludios, el contexto
histórico de la música, las visiones de los diseñadores. Es lo que hacen los
profesionales. Su madre nunca cantaba un papel que no hubiera estudiado
durante al menos dos años.
Pero esta música es casi una parte de su conciencia, como el lenguaje. Sabe la
parte del oboe de la manera que sabe el alfabeto, sin esfuerzo. Sabe lo que va a
decir el segundo cuerno antes de que lo diga. Toda Angelique es un exuberante
dibujo que podría producir por completo de memoria, sin siquiera pensar.
Así es como mi padre conoce la música, se da cuenta. Cada pieza que conduce.
279
claras. Comienza a cantar. Se comunican el uno con el otro a través del
escenario y la brillante luz, profesional a profesional, y Angelique cobra vida.
Cuando la cortina final cae y las luces de la casa aparecen, Sing se derrumba en
la silla plegable de metal detrás del escenario. Los artistas charlan mientras
empacan y se van, las brillantes vigas del nuevo teatro todavía resonando con
las gloriosas partituras de Durand.
Pero todo lo que Sing puede oír son los cinco acordes de la introducción al aria
más famoso de Angelique, tocadas no por una sección de cuerda, sino en un
piano. Por un maestro.
280
Cincuenta y tres
S
ing está acostada en su cama con la cálida luz de su lámpara de diseño.
Moby Dick y una pila de novelas sensibleras están sin tocar en su mesa
de noche.
Todo lo que puede ver en su mente son los dedos de Daysmoor sobre las teclas
blancas y negras. No puede pensar en Angelique. Algo no está bien. Algo que
esperaba que pasara en el ensayo general no pasó. Pero ni siquiera puede
nombrarlo.
Los ojos de botón aburridos de Woolly parecen compasivos. Sing gira sobre su
costado, sosteniendo al reacio cordero gris contra su pecho. Él se presiona
contra la gota y esta se hunde en su piel.
—Creo saber lo que Zhin estaba diciendo ahora —le dice—. Acerca de salir y
conseguir lo que quieres en lugar de desearlo. Pienso que un deseo, un deseo
real, debe ser por algo imposible. Algo impensable. De otro modo, eres solo tú
buscando un camino fácil a… adonde sea que crees que quieres ir. —Mira el
rostro sereno de Woolly.
»Ese fue el problema con Barbara da Navelli, ¿cierto? Tuvo un deseo hecho que
no necesitaba. La Félix pudo haberle solo rasgado la garganta.
281
Apaga su lámpara e intenta dormir, pero sus oídos están llenos con la oscura
introducción al aria de Angelique.
Pero esto se trata de música. Nadie podría cuestionar sus intenciones. ¿Cómo
podría alguien escuchar a Daysmoor tocar y no intentar hacerlo de nuevo?
Claro, es un idiota, pero después de hoy… bueno, ella se siente… diferente.
No espera que muchas personas estén levantadas tan tarde durante la semana
escolar, aunque hay algunos estudiantes que prefieren practicar de noche. Es
demasiado malo que los salones de ensayo estén en Archer, donde está la torre
de Daysmoor y correrá el riesgo de ver a alguien. Pero siempre puede fingir
estar trabajando con sus piezas, podría tener un asunto legítimo ahí.
282
En medio del gran y oscuro patio interior, se imagina a sí misma a la deriva en
el mar, a los edificios del campus como elevados transatlánticos. Luz y calidez
se derraman por las escotillas de sus cascos negros, excepto por el barco
fantasma que es St. Augustine’s, dentado y sombrío en su melancolía. Se
apresura.
Es fácil ver la extraña torre desde afuera, no tan fácil encontrarla desde
adentro. Pero la puerta al final del pasillo está marcada como NO
ESTUDIANTES, así que es un buen lugar para empezar. No está trabada y
dentro ella encuentra una escalera con suelo firme. Arriba es bueno.
—¿Sing?
Jenny la observa.
283
Sing está desconcertada. ¿Qué está haciendo? ¿Escabulléndose dentro los
cuartos de los aprendices para buscar al aprendiz Daysmoor, de todas las
personas? ¿Para pedirle que le dé un concierto privado?
—Ah… sí.
—No.
Cuando Jenny se ha ido, Sing cruza la puerta y corre por las escaleras en punta
de pie.
284
Se asoma al segundo piso, idéntico al primero: salas de ensayo de los
aprendices y directivos. Ellos probablemente tienen pianos decentes.
Las escaleras terminan en el tercer piso, lo cual significa que debe haber una
entrada diferente a la torre. El pasillo ensombrecido tiene menos puertas que
los otros pisos. El alfombrado aquí es más grueso y huele más a detergente que
a moho.
¿Él la reportará?
Todos los pequeños pensamientos que debería haber tenido antes de decidir
hacer esto se deslizan en mi mente. ¿Y si está durmiendo? ¿Y si está enojado?
¿Y si la reprueba o se burla de ella o le dice que nunca volverá a tocar para
ella?
Todo esto lo piensa mientras su mano se alza y toca la puerta tres veces.
¿Y si no está en casa?
285
Ha decidido irse cuando la puerta se abre y el aprendiz Daysmoor está ahí. Él
está ahí y ella está ahí.
Sing no sabe cómo sentirse con esto. Recuerda ser sostenida contra su pecho y
se rostro empieza a calentarse.
¿Qué puede decirle? ¿En qué estaba pensando, tomando tal riesgo en venir
aquí? Toda esta cosa se siente extraña ahora. ¿Cómo puede solo aparecerse y
pedirle que toque? Sus ojos son atraídos por un complejo tatuaje de zarcillos de
hiedra subiendo por su brazo izquierdo, de la muñeca al hombro… ¿Quién es
él?
Él dice:
—¿Vas a reportarme?
286
Estaba lista para la respuesta. ¿Viniste hasta aquí para preguntarme eso?, o
¿Cuál es su problema?, o ¿Por qué no se vas a hablar de cosas sin sentido con
tus amigos?
—¿Cuál?
Estúpida, piensa. Una pieza popular. Debería haber mencionado uno de sus
trabajos poco conocidos —eso hubiera sido más impresionante—, pero ella
soltó la primera que le vino a la mente. Siempre ha sido una de sus favoritas.
Detrás de él hay una escalera. Ella lo sigue, con los más breves pensamientos
sobre vampiros mientras escucha la puerta cerrarse con un suave siseo. Ahora
están en casi total oscuridad, subiendo a la histórica y solitaria torre del
aprendiz Daysmoor.
287
Y luego la luz. Cuando llegan al rellano, Daysmoor abre una puerta y Sing está
asombrada de encontrar no una reliquia derrumbada y cubierta de telarañas,
sino una moderna y cómoda habitación con techo alto y una escalera en
espiral a un lado. Una pequeña cocina y chimenea, una silla confortable,
alfombras, libros; nada en particular extraño u hostil.
—Tengo tres niveles —dice, orgulloso. Ella lo sigue arriba a una habitación,
sobria y ordenada. Él agarra una camiseta gris de un cesto de ropa sucia y se la
pone con una seria y pequeña aclaración de garganta. Luego de nuevo arriba a
una habitación grande y circular con altas ventanas alrededor. Debe ser
increíble durante el día, llena de luz solar, mirando fuera al campus y el
bosque… probablemente podrías ver todo Dunhammond. Ahora es iluminada
por candelabros amarillos reflectando cálidamente fuera de los vidrios de las
ventanas.
La habitación contiene un viejo piano y poco más que un par de sillas con
respaldo y estanterías de música. Daysmoor señala una silla y Sing se sienta. Él
está en silencio mientras se sienta en la banca del piano, pero después de mirar
las teclas por un momento, dice:
288
Todo esto Sing lo escucha mientras está sentada en la silla con respaldo.
Observa sus hombros, el contorno de su clavícula bajo el algodón gris, la forma
en que cae su cabello. No puede ver sus dedos largos, pero los recuerda.
Pero más que nada, escucha. Sus ojos están abiertos, pero no ve. Su mente está
ocupada, enfocada, pero el color, la forma y la imagen no están; las líneas de la
pieza existen solo en tiempo, abrumando las otras dimensiones, eliminándolas,
fluyendo sobre ellas como cintas brillantes. Lágrimas, inducidas no por
intensión o dolor o felicidad, sino por el perfecto sonido que pasa a través de
ella sin diseño o nombre. Y aun así, escucha.
Hay algo diferente en su rostro, ojos bajos, músculos relajados. Ella cree que
reconoce esta incomodidad; él ha revelado mucho. El mundo se ha vaporizado
alrededor de él y está agarrándolo, trayéndolo de nuevo.
289
—¿Por qué…? —Ella no quiere decir algo equivocado, pero tiene que saber—.
¿Por qué no entrarás a la competencia de Gloria Stewart?
No sabe lo que esperaba que dijera, pero ciertamente no era esto. Avanza hacia
él, la noche que lo conoció en el bosque volviendo a ella: una visión del brazo
del maestro firmemente alrededor de los hombros de su aprendiz, guiándolo
hacia la oscuridad.
—Tiene que ver con un deseo, ¿cierto? —Ella pone una mano sobre la lágrima
en su garganta.
Él frunce el ceño.
—¿Qué?
—La Félix —dice ella—. Así es como concede deseos. Ella… llora. El deseo es
una lágrima.
—No tienes permitido tocar. Es porque… ¿es porque él no quiere que toques?
290
El aprendiz la mira, sus facciones ensombrecidas. Ella espera que finja
ignorancia. Pero en su lugar dice:
—Nunca quiso que tocaras, ¿verdad? —dice—. Quería mantenerte aquí. Y algo
le dio el poder de hacerlo.
Su enfoque regresa.
—Será mejor que tomes las escaleras de afuera. Es más seguro. No quiero que
te metas en problemas otra vez. —Se mueve a una arqueada puerta de vidrio,
casi indistinguible de la alta ventana y, cuando la abre, Sing ve un amplio
balcón de piedra. Ella lo sigue fuera y él señala una angosta escalera de
incendios que zigzaguea bajo la torre—. No te asustan tanto, ¿cierto? —Su voz
es relajada ahora.
Ella trepa sobre la barandilla del balcón y levanta la mirada con una sonrisa. Él
está inclinado contra la barandilla, más cerca de lo que ella anticipaba y, por
un momento, no hay nada entre ellos más que silencio, sombras y respiración.
291
Él asiente, inclinando la parte superior de su cuerpo ligeramente, casi una
reverencia. Una extraña luz ilumina su rostro y ella se da cuenta que proviene
de la piedra alrededor de su cuello. Levanta una mano, la agarra y la luz brilla
de color blanco y rojo a través de los espacios entre sus dedos.
292
Cincuenta y cuatro
C
omo una cuestión de supervivencia, la Félix se nutría dentro de sí con
la disciplina de cerrar el paso a la muerte de las estrellas. Aprendió
mucho tiempo atrás que su espíritu terrestre no podía absorber la
enormidad de tales pérdidas. Cuando cayó sobre la tierra, el nuevo vacío que
sentía ante cada explosión de vida era insoportable hasta el punto de la locura.
Pero, gradualmente, aprendió a abrir sus ojos, a castigarse en el patrón de la
corteza de un árbol o las sombras y luces del agua. Para bloquear el vasto cielo
de toda su belleza y desolación.
Pero aislada del universo como estaba ahora, un tipo diferente de locura —
salvajismo—, comenzó a asentarse en ella. Si no hubiera sido por el Gato en su
mente, se hubiera arrancado sus propios ojos y comido sus propias piernas. El
Gato sabía que era mejor dormir y cazar y beber y dejar su olor. El Gato sabía
cómo vivir aquí.
293
Cuando el lugar humano está lo suficientemente tranquilo, los dos gatos se
aventuran a acercarse a la torre. Cuando el cielo es oscuro y el aire está
despejado, la Félix puede ver al músico a través de sus altas ventanas amarillas,
sentado en su instrumento, las manos moviéndose intencionadamente. En esas
noches, puede ver su corazón, un resplandor púrpura y palpitante que lo
rodea. Se hace más brillante a medida que toca y se desvanece cuando ha
terminado. Algo sobre el vibrante resplandor púrpura estremece sus entrañas
con un pesar innombrable y hace que anhele el cielo. Es en esos momentos
que casi puede tocar los días antes de su hambre y fiereza; casi puede oír las
estrellas otra vez.
Pero la nieve es cómoda y los humanos están durmiendo, excepto unos pocos
corriendo a ciegas en el frío de refugio en refugio, así que por un rato, la Félix
y su niño descansan en el aire silencioso y abierto. Ella lame el pelaje entre las
suaves orejas.
Más tarde, con un suave chrrp, el niño levanta su cabeza. A pesar de que la
luna ofrece poca luz, la Félix siente lo que él ha sentido: que la chica está
viniendo a través de la nieve hacia el edificio de la torre.
294
con su resplandor en los primeros días de su transformación, hace tanto
tiempo.
El sonido solo dura unos pocos minutos. La chica se pone de pie y hablan.
Cuando la chica se va, saliendo de la torre de piedra, el hombre-cuervo la
observa.
La Félix lo mira con confusión. Aunque hace un rato que él ha dejado de tocar
el instrumento, el brillante resplandor púrpura no se desvanece o siquiera se
suaviza mientras está allí de pie. La Félix siente la alegría de su niño, algo que
ella todavía puede reconocer, pero no sostener. Pero mientras observa al
hombre-cuervo, su corazón brillando como una llama, ella solamente puede
pensar en las brillantes muertes de las estrellas.
295
Cincuenta y cinco
L
os cuervos son más atractivos en la noche, piensa Sing, estudiando los
vibrantes cuerpos negros lustrosos contra los árboles de ceniza y el
cielo blanco. Se apoya en la cerca con su cuaderno. La mañana invernal
es suave y cálida, pero lleva su abrigo por costumbre.
Con toda la gente llegando para el Festival de Otoño, se siente extraño estar
aquí afuera mirando a los cuervos. Pero tan imposible como parece, Angelique
terminará pronto y su informe deberá ser entregado.
—¡Ya tengo esa! —grita hacia él. Él eriza sus alas. Puede decirles cualquier
cosa ahora, hacer cualquier cosa y a ellos no les importa. Probablemente,
podría subir a la rama más alta y sentarse justo al lado de ese cuervo y él ni
siquiera se movería. Tampoco se preocupan por Tamino, incluso cuando le da
un golpe ocasional a una rama baja.
Sin embargo, cuando Ryan y Lori Pinkerton se pasean, los cuervos se dispersan
ruidosamente.
—¡Son buenos para juzgar a la gente! —grita mientras ellos se reubican. Unos
cuantos le gritan. Ella suspira y le da golpecitos al lápiz contra su cuaderno—.
Son buenos para juzgar a la gente. —Tampoco parece particularmente
científico.
296
»Yo no soy buena juzgando a la gente —dice ella—. Estoy equivocada acerca
de todo el mundo. —Los cuervos murmuran y se quejan. ¿Fue eso un chrrrp en
medio de los rrawks? ¿Son ojos azules de hielo observándola de entre los postes
de la cerca?
Todavía puede verlos enredados en las mantas, los ojos verdes de Ryan bien
abiertos, Zhin intentando no reírse. El tiempo después de eso fue una bruma
de ira y rostros sin sentido y Angelique y toda la presión.
Hasta “¡Caaaaw!”. Un gran cuervo grazna de una rama baja del árbol de arce de
Hud. Sing le entrecierra los ojos. ¿Realmente fue caaaw esa vez o fue eso lo que
oyó solamente? ¿Lo que esperaba oír? ¿No era en realidad más como un
ronroneo y menos crepitante? Escucha.
Pasos dan chasquidos en la nieve detrás de ella y se vuelve para ver a la Sra.
Bigelow acercándose, envuelta en un abrigo acampanado color lavanda.
Una punzada de pánico ataca a Sing cuando recuerda sus medias blancas.
297
Sin asiente. Espero que no quiera mirar mis notas.
La Sra. Bigelow llega y mira el gran árbol. Algunos cuervos la miran de vuelta,
otros han volado al linde del bosque.
—¿Cómo va?
—Sabes, no creo que fuera muy justa contigo cuando escogiste este proyecto.
Pensé que estabas siendo desafiante. Pero te he visto aquí afuera,
estudiándolos. Realmente has puesto algo de esfuerzo en esto. Estaba
equivocada y me disculpo.
Sing cierra su cuaderno, curvándolo hacia arriba, hacia abajo, hacia arriba,
hacia abajo. No sabe qué decir. Estaba siendo desafiante cuando eligió los
cuervos. Pero de alguna manera, cree que la Sra. Bigelow sabe eso.
Sing pone los ojos en blanco y deja que su cabeza caiga hacia atrás y la Sra.
Bigelow se ríe.
—Como que imagine eso. —Está consciente de lo tranquilos que están en este
momento los cuervos.
298
—¡Caaaw! —dice Sing en su mejor voz grave hacia los cuervos en la rama más
baja.
—De todas formas, solo quería revisarte. Y hacerte saber que el maestro
Keppler quiere verte.
***
—Adelante.
Sing espera que diga “Siéntate, por favor”, lo que él hace, sus duros ojos
enfocados en su rostro. Ella se sienta, pero mantiene su mirada en la superficie
de su escritorio. Sus ornamentos son sobrios, pero avejentados y adornados: un
tintero de plata oscuro, fotografías en marcos pesados. Estudia la antigua foto
de un niño, sonriendo y cubierto de barro y una fotografía del maestro y el
aprendiz Daysmoor con —entrecierra los ojos—, ¿Gloria Stewart? No, ella
murió hace veinte años. Debe ser alguien más.
299
Finalmente, ella dice:
Él resopla.
Ahora, las líneas alrededor de su boca se profundizan de una forma que casi se
asemeja a una sonrisa.
—¿Pero qué pasa con Angelique? ¿La vacante de Nuevo Artista? —Sabe que a
él no le importa su futuro, pero sus palabras son más rápidas que su mente.
—Creo que Lori Pinkerton lo hará igual de bien, ¿no cree? Estoy seguro que
impresionará a los representantes de Fire Lake. Solo tendrá que explicárselo a
su padre. Lo siento, señorita de Navelli, pero conoce las reglas y las rompió.
300
El estómago de Sing se retuerce.
—Pero, ¡pero son solo medias! Le presté mi último par limpio de calcetas a
Zhin y quería lavar la ropa ayer, pero me tomó tanto tiempo hacer la tarea de
teoría y yo…
Y luego, de repente, Sing entiende la real razón por la que ha sido convocada.
Debe mostrarse en su rostro, porque el cuerpo del maestro se relaja un poco y
se baja en la silla de cuero de nuevo.
—No, señorita da Navelli, no estamos aquí para discutir medias. Estamos aquí
para discutir lo que estaba haciendo anoche cuando se suponía que estuviera
en su habitación. No estaba en su habitación, ¿no?
—No, señor.
—Sí, señor.
—¿Quién era? —Su voz es más oscura ahora, más tranquila, más peligrosa—.
¿Con quién estaba?
301
—Hay reglas con respecto a las relaciones inapropiadas entre estudiantes y
aprendices. Me temo que ambos tendrán que irse.
—¡Pero es mi culpa! —Su voz es alta y crepitante—. Fui ahí por mi cuenta, él
no me lo pidió. Por favor, déjelo quedarse.
El Maestro resopla.
—Lo siento, maestro —dice Sing—. Él… él tocó tan hermoso en el ensayo y…
y… —No sabe cómo terminar. Todo es tan ridículo. ¿Por qué se escabulló? ¿En
qué estaba pensando? Estudia un marco adornado en el escritorio del maestro,
un nido de zarcillos de metal retorcidos.
302
—Él toca hermoso. Hay… una inteligencia ahí. Tanta intención. Tanta
humanidad.
Ella asiente.
—Sí.
Sing se sobresalta.
—¿Qué? ¡No! ¡Por supuesto que no! —¿Qué tipo de pregunta es esa?
—Muy bien. Bueno, odiaría ver un buen músico como el aprendiz Daysmoor
forzado a irse del conservatorio debido a su falta de juicio. —Se recuesta en su
silla—. Entonces, ¿qué deberíamos hacer sobre esto?
¿Eso quería decir que ya no está expulsada tampoco? ¿Qué todavía puede
cantar Angelique?
—¿No sucederá otra vez? —Lo dice como una pregunta, una sugerencia.
—Y para asegurarme de que eso no suceda otra vez, te daré una censura por
insolencia.
El estómago de Sing se hunde, pero sabe que ha salido bien del paso.
303
—Además —añade el maestro, con voz suave—, de ahora en adelante, le
prohíbo asociarse con Daysmoor de cualquier forma. Si puede hacer eso,
ambos pueden quedarse. ¿Tenemos un trato?
—¿Tenemos un trato? —repite él. Ahí está de nuevo en su voz, ese duro
trasfondo.
Asiente.
Ante el sonido de una voz baja y ronca, los ojos de Sing se encuentran con los
del maestro. Se congela, pero él sonríe levemente.
—Oh, lo siento —dice él—. No sabía que estabas con una estudiante.
Regresaré más tarde.
304
Sing no se da la vuelta cuando el maestro dice:
Él dice a la ligera:
—No esperaba encontrarte aquí. Hola. —Es cautivada por él por un momento
y comienza a responder, pero se detiene, mirando hacia el rostro del maestro.
El maestro aclara su garganta, con ojos tan aburridos y duros como el barro
seco.
Ni siquiera un hola.
Cierra la boca.
—¿Qué está sucediendo? —le dice este Daysmoor al maestro antes de volverse
hacia Sing, su rostro serio ahora. Sing sacude la cabeza, casi
imperceptiblemente. Por favor, entiende.
305
Sing se queda mirando hacia el maestro.
—¿Dos días antes de la actuación? Solo nos queda una sesión. Yo…
—¿De verdad?
—¿Qué hice?
—No pongas en un brete a la chica, Nathan. —El maestro se inclina hacia Sing
y dice gentilmente, pero lo suficientemente fuerte para que Daysmoor
escuche—: Siento que esto sea incómodo, querida, pero se lo tengo que hacer
saber con el tiempo. Estoy de acuerdo usted al cien por ciento. El profesor
Hawkins es un mejor partido para ti, más en línea con el tipo de
profesionalismo al que está acostumbrada. Dejaremos que los aprendices
practiquen con los nuevos cantantes, ¿eh? —Se ríe y se vuelve hacia
Daysmoor, cuyo rostro está tan quieto y oscuro como el agua—. Oh, vamos,
Nathan. Odias el entrenamiento vocal, de todas maneras. ¿No fue eso lo que
dijiste?
306
se tensa por un momento, pero luego ve una liberación. Su cuerpo entero
parece relajarse solo un poco; no del alivio, sino porque está herido.
Lo desearía a él.
307
Cincuenta y seis
A
unque hay cuerpos cálidos a cada lado de ella, en realidad Sing está
sentada sola en las semifinales de la Competencia Internacional de
Piano Gloria Stewart. El Teatro Woolly, el cual ha sido anfitrión de
pequeños eventos todo el día, nunca ha estado tan lleno. El Festival de Otoño
del CD es en realidad la gran apertura del teatro y los patrocinadores y el
alumnado han venido de todos lados para estar aquí. No ha hablado con su
padre, quien debió haber llegado esta mañana. Sus horarios todavía no han
coincidido.
Sing puede ver el cabello rizado de Marta al otro lado de la habitación y asume
que el espacio aparentemente vacío al que parece estar hablándole debe ser
Jenny, demasiado pequeña para interrumpir la línea de visión de Sing. Lori,
Hayley y Carrie Stewart están en la parte de atrás, riendo y pasando las hojas
de los programas. Sing comienza a leer la página de las biografías de nuevo,
308
pero no puede soportar el rostro profesionalmente fotografiado de Ryan,
sonriéndole tímidamente.
Los “Amateurs por encima de dieciséis” toman el escenario uno por uno. Una
mujer de cara roja y cabello rojo toca el extraño primer movimiento del
segundo piano de la sonata de Shostakovich —alternativamente oscuro y
juguetona— y Sing es cautivada, aunque sabe que esta presentación
309
ligeramente mecánica no aguantará contra el estilo brillante de Ryan. Ve a su
padre acercarse a Harland Griss, quien asiente.
Sing jadea. Es Brahms. La pieza que Daysmoor tocó para ella. Su garganta se
cierra. Este hombre la tocará con dos o tres de sus hermanos esta noche, lo
sabe; no es suficientemente sustancial por sí sola. Necesitará estar rodeada por
brillo, esta simple pieza que cualquier pianista modestamente talentoso podría
tocar.
310
No se permite mirar hacia el lugar en donde están sentados el maestro y su
aprendiz. No necesita mirar; el perfil de Daysmoor es todo lo que puede ver
cuando cierra sus ojos, la sombra en el rabillo de su ojo, la forma en que un
mechón de cabello negro se curva en la línea de su mandíbula.
***
Su padre la atrapa cuando casi está por las pesadas puertas dobles que dirigen
hacia fuera.
—Lo siento, Papà. —Se voltea para encontrarlo mirándola, muy complacido.
Harland Griss está junto a él, con un impecable traje azul marino, un cabello
311
negro limpiamente peinado y engrasado, una cara rasurada limpiamente pero
comenzando a mostrar las líneas y arrugas que vienen con la importancia.
Entonces, por encima del hombro de Griss, ella capta la mirada de un cabello
negro como el carbón e incluso unos ojos más oscuros. Daysmoor, al otro lado
del vestíbulo, con el maestro Keppler en ninguna parte a la vista. Ella lo queda
viendo. Él no aparta la mirada.
Si solo pudiera decirle que su silencio los está protegiendo a ambos, que el
maestro mintió. ¿Pero cómo?
Griss y su padre están haciendo una pequeña charla, pero la están incluyendo.
Ella asiente y sonríe, pidiéndole a Daysmoor que se quede en donde está con
miradas rápidas y furtivas. Su rostro desaparece intermitentemente mientras la
multitud entre ellos se mueve y revolotea, pero él sigue mirando en su
dirección.
312
El intermedio casi termina y Daysmoor se reunirá con el maestro de nuevo.
¿Quién sabe qué otras mentiras le dirá Keppler?
—Sr. Griss, estoy muy feliz de que vaya a venir a la presentación de mañana.
¿Le gustaría escuchar una antelación?
—¿Ahora mismo?
—Por supuesto. —El corazón de Sing está palpitando. No puede hacer esto.
Pero Daysmoor la está mirando con incertidumbre, todavía no con desagrado y
se rehúsa a dejar que esta oportunidad se le vaya.
Griss la observa con interés, con las manos en los bolsillos. Su padre cruza sus
brazos, pero permanece callado. Sing sabe que él ha decidido confiar en su
juicio. Ella todavía no sabe si él está bien en hacerlo.
—Sería de mala suerte hacer algo de Angelique, por lo que aquí está un poco
de La flauta mágica —dice. Y comienza a cantar.
La primera nota, en la parte de media del rango de Sing, corta la plática del
vestíbulo como una campana. No necesita pensar sobre trama o personaje; ella
es la princesa Mozart, lamentando el silencio malentendido. Para el momento
en el que alcanza la primera nota alta, todos la están mirando. La mayoría
313
sonríe, algunos parecen molestos de que sus conversaciones sean
interrumpidas y algunas —en su mayoría otros sopranos, Lori Pinkerton entre
ellas—, son abiertamente hostiles. Su padre, tomando como señal a Griss,
parece complacido.
Desde el otro lado de la multitud, él la mira durante toda la duración del aria.
El aria termina no con una desesperanza voluntaria, sino con baja resignación.
Para Sing, esta noche, se convierte en una última súplica. Al otro lado del
vestíbulo, el rostro de Daysmoor es impasible como siempre. En medio de un
cálido aplauso de los espectadores, se vuelve hacia las puertas del teatro y se va.
La gente viene a ella con pequeñas palabras de alabo responde agradecida. Una
voz sisea en su oído:
Un brazo pesado acorrala sus hombros y la guía hacia la puerta frontal y a las
escaleras frías. Levanta la mirada y dice:
314
—Lo siento, Papà. Eso fue grosero, ¿verdad?
—Tienen suerte de escucharte cantar. Estoy… asombrado del progreso que has
hecho aquí. Estoy muy complacido. Harland está interesado. Pero tu
Angelique puede hablar por sí misma. No necesitas trucos especiales para
atraer su atención.
Desvía la mirada.
Con un estallido de luz, una de las enormes puertas frontales del Woolly se
abre y alguien se asoma, mirando alrededor.
—Oh, ¡maestro da Navelli! Lo siento, estaba buscando… oh, Sing, allí estás. —
La silueta de Marta emerge.
315
Sing siente una corriente de calidez que va de su estómago y se expande a sus
hombros.
—No —dice Marta, pero añade—: En realidad quiero escuchar el resto de esta
ronda.
—Oh.
Sing la toma.
—¿Qué…?
—Adiós, Sing. —Marta se dirige a las puertas—. Eh. Ten una buena
presentación mañana.
—Lo digo en serio. Suenas muy bien. Vas a tener todo lo que quieres. Estoy
feliz por ti.
Sing se recarga contra uno de los pilares planos del Woolly. Todo es muy
extraño ahora. Solo unas semanas atrás, ella y Jenny y Marta tuvieron una
316
conversación tímida en la reunión de bienvenida. Angelique estaba a una vida
de distancia.
Mira el papel doblado, es una página arrancada del programa de esta noche. Lo
desdobla para revelar unas pocas palabras garabateadas con pluma sobre lo
impreso.
Si tienes algo que decir, encuéntrame esta noche en St. Augustine’s. Dejaré la
puerta abierta.
Nathan
317
Cincuenta y siete
L
a Félix se despierta con un rugido que sacude gránulos de suciedad y
nieve de las rocas a su alrededor. Vuelve su mirada hacia arriba. El cielo
está negro con la noche y nubes.
Esta vez, sin embargo, la Félix sabe adónde se ha ido. Siente la misma
inexplicable atracción, hacia el lugar humano, que debió haberlo despertado.
318
Cincuenta y ocho
S
ing está segura de que alguien la verá, de que alguien ya la ve. Tal vez el
maestro Keppler, observando desde su oscura oficina, frunciendo el ceño
o su padre desde su lujosa habitación en Hector Hall. Tal vez Ryan, su
cabeza girada brevemente a la ventana de la habitación de quien sea en la que
está ahora.
Sus pasos no hacen eco; son muy pequeños para afectar a las altas paredes o el
distanciado techo. Alguien está tocando el gran piano. Canta desde el
auditorio, haciendo vibrar los huesos y el viejo edificio.
319
Afuera del recibidor, la realidad de lo que está haciendo —de lo que está
haciendo otra vez—, la golpea en el pecho y se detiene. Daysmoor —Nathan,
como se llamó a sí mismo en su nota—, está ahí. Sus fluidas y apasionadas
notas son tan distintivas como su propia voz.
Empuja la puerta. Está sentado en el piano al otro lado del recibidor, pero se
levanta rápidamente cuando la escucha. Ella mira el brillante suelo viejo
mientras cruza la habitación. La luz dorada de la lámpara del piano deja la
mayoría del recibidor en las sombras, iluminando solo un pequeño lugar
seguro alrededor del piano.
Él la ve con indecisión. De repente, ella desea que no fuera tan tarde y solitario
y que él estuviera usando la voluptuosa y pesada toga en lugar de, de todas las
cosas, la camiseta gris… la que agarró del cesto de ropa sucia en su habitación
esa noche. No quiere ver el contorno de sus hombros tan claramente,
recordando cómo se ven sin la camiseta cubriéndolos. Desea que estuviera
ceñudo, encorvado; pero ese era el aprendiz Daysmoor y él ha desechado ese
personaje. Este hombre joven parado ante ella, sus ojos negros profundizados
por las sombras a su alrededor, es Nathan.
Ella reprime su molestia. Él tiene derecho a estar ofendido con ella. Inhala.
320
—Bueno, es agradable ser querido —dice—, incluso en el medio de la noche.
—Lo harás bien. —Él se aclara la garganta—. Pero me alegra que quieras mi
consejo. Quiero decir… supongo que lo que quiero decir es que me alegra que
volvieras. —Sus ojos chispean—. Y me gustó tu código secreto.
—No volví. No me fui, en primer lugar. El maestro lo inventó todo. Sabía que
fui a la torre. Me reprendió y dijo que nos echaría a los dos si hablaba contigo
de nuevo.
—La Flauta Mágica fue la única forma en que pude pensar para explicarlo. —
Sing se da cuenta de lo fácil que es hablar con él, con la familiaridad de un…
¿qué? ¿Un colega? ¿Un amigo? Y él parece hablar con ella de la misma manera.
Nathan es tan diferente al aprendiz Daysmoor.
—¿Qué estabas tocando ahora? —pregunta—. ¿Tocarás para mí? —¿Por qué su
voz sonó así… animada y entretenida?
321
Ella es toda cortesía.
—Liszt.
—Oh —dice.
—Espero que me permitas. —Mueve sus manos a las teclas con un gesto
ostentoso y, antes de que incluso Sing haya caído en una de las sillas plegables,
el concierto ha comenzado.
Él no toca como Ryan. Ryan toca Liszt con un guiño, con arrogancia. Con
“pequeñas notas rápidas”, recuerda decir a Nathan. Pero Nathan toca Liszt
como lo hace con Brahms: con euforia y precisión. Esta pieza, Totentanz, la
cual Sing recuerda a su padre tocando, empieza con bajos, oscuros y enojados
gritos. Pero tiene más que decir. Los sonidos destellan, brincan y salen volando
mientras las manos largas de Daysmoor corren por el teclado como agua.
Luego se vuelve reflexivo. Sing escucha la famosa octava Dies Irae17 repetirse,
una y otra vez, pero no hay ira en la actuación de Daysmoor. Solo vida.
17Dies Irae: (Día de la ira). Famoso himno latino del siglo XIII. El poema describe el día del
juicio, con la última trompeta llamando a los muertos ante el trono divino, donde los elegidos
se salvarán y los condenados serán arrojados a las llamas eternas.
322
Al final, se detiene y ella apenas puede creerlo cuando ve su reloj para
encontrar que solo ha tocado por quince minutos. Ambos se ríen, aunque Sing
no sabe por qué. Sus ojos, los que ella una vez pensó tan duros y arrogantes,
ahora son animados.
—Ahí, te he dado otro concierto privado. Ten cuidado con lo que deseas —
dice—. Pero querías cantar. ¿Esto no se trata de esto?
—¿Dónde empezaremos?
La pregunta la hace pensar. No sabe por dónde empezar. ¿Cómo será mañana,
frente a todo el conservatorio, sus profesores, su padre? ¿Está lista para esto?
Canta a través del aria. En algún lugar por la mitad, se da cuenta de que el
ligero y resonante tono que está saliendo es… bueno…
Nathan se ríe.
323
—Eso estuvo bien.
Sing se siente incluso mejor con ello esta vez. Es como si hasta ahora ella ha
estado al borde de alcanzar un altiplano —algunas veces llegando a un seguro
soporte, otras retrocediendo—, pero ahora está ahí, suelo sólido debajo, ya no
más luchar contra la gravedad. El esfuerzo físico total no ha cambiado mucho,
pero ahora mientras canta, es simplemente sustentable. Estaba en un lugar de
resonancia y aire y el sonido hace que todo su rostro sienta un hormigueo.
Invencible.
—Esa parte estuvo muy bien. Pero veamos si podemos ser más armoniosos ahí.
Aquí, encuentra el espacio justo aquí… —Él le muestra, ubicando sus dedos en
su garganta—. ¿Lo tienes?
Sing siente la parte inferior de su mandíbula, recorre sus dedos por los lados de
su propia garganta, presionando para encontrar su laringe.
—No, aquí —dice, de repente muy cerca de ella. Ubica sus dedos en su
garganta ahora, encontrando el lugar bajo su mandíbula. Sing cierra sus ojos,
apenas respirando. Está acostumbrada a ser pinchada y maniobrada por sus
profesores vocales; es parte del proceso. Y un profesor tan experto como
Daysmoor —como Nathan—, ciertamente ha tocado y maniobrado a muchos
cantantes. Pero ella quiere que su corazón deje de latir tan rápido.
324
Probablemente puede sentir su pulso—. ¿Ves? —dice—. Mantén tu laringe
baja y no tendrás que esforzarte mucho. ¿Lo sientes?
Aun así, quiere sentir su rostro cerca del suyo, de la forma en que estuvo en el
balcón de la torre. Hace un mes, incluso quizás hace una hora, no se habría
animado a levantar la mirada. Pero su voz le está dando fuerza. Se siente
liberada de su propia identidad.
¿Es posible?
325
Ella se inclina. Sus labios chocan contra los suyos. Él inhala profundamente y,
por un segundo, las puntas de sus dedos se deslizan de su garganta,
encontrando su rostro.
—Sing…
—Lo siento. Cometí un error. Lo siento tanto. No sé por qué lo hice. —Pero
viendo su rostro en la tenue luz de la lámpara del piano, sabe exactamente el
por qué—. Lo siento —dice de nuevo, alejándose a las sombras en la periferia
del brillo de la lámpara.
—No… no digas eso. —Él pone una mano en su frente—. Olvídalo. —Se
sienta en el piano y empieza a puntear algo simple y soso—. Esto fue una
locura. Necesitas descansar, no más canto. —Ella lo mira, casi contorneado.
Hace un rato, él estaba tocando Liszt para ella. Ahora probablemente nunca
serán amigos de nuevo. Si tan solo en realidad fuera el aprendiz Daysmoor,
arrogante y sin talento, alguien del que ella estaría agradecida de librarse. Si
tan solo no fuera Nathan.
326
Ella se acerca un paso, sosteniéndola.
—Es mía, ¿verdad? Todo este tiempo. Debería haber sido mía. —Ella se quiere
ir, pero se encuentra mirándolo, esperando por más. Después de un momento,
dice—: Es como si la vida entera de George se tratara de mantenerme aquí. Se
ha dejado convertirse en polvo. Su música, sus sueños, se han ido. Todo lo que
arde en él ahora es una… una lucha feroz. No sé cómo describirlo. Está
aferrándose. A mí, a esta magia, quizás a su propia existencia.
Sing escucha su baja y cansada voz. Se da cuenta de que hay algo familiar en
eso. ¿Quién es Nathan?
Un débil brillo pulsa entre sus dedos. Sing se siente más ligera sin el cristal y su
extraña tristeza alrededor de su cuello.
—Ahora tienes la lágrima —dice—. Puedes irte. Hacer lo que quieras. Entrar
a la competencia Gloria Stewart. No es demasiado tarde. Mi padre puede
arreglarlo.
Mientras estudia su cansado y delgado rostro, hay dos cosas de las que está
segura. Una es que nunca olvidará el beso que casi comparten.
327
—Eso sería…
—George. Algunas veces viene aquí por la noche para tocar. Tenemos que salir
de aquí. No puede encontrarnos.
La escalera huele a metal y vieja madera húmeda, pero Sing no puede ver nada.
Se sienta junto a Nathan en la negrura. Después de unos minutos, escuchan el
piano; una pieza floreada que Sing no reconoce.
328
Están en silencio por un momento. Ella cierra su abrigo y, dándose cuenta,
susurra:
—¿Tienes frío?
Sing no puede evitar una risita a media voz ante esto, a lo que Nathan
murmura:
—¿La escalera?
—El techo.
—La cima en realidad es plana. —Él suena entretenido—. Y hay una cornisa
bastante grande donde se encuentran las gárgolas.
Él palmea su pierna.
329
—Créeme, no hay nada menos peligroso que unos monstruos de piedra,
preparados para salvar el lugar de inundarse o lo que sea que hacen. Y nuestras
gárgolas son especialmente artísticas. Han estado absorbiendo buena música
por muchos años.
—No estoy segura. Creo que tiene algo que ver con… bueno, conocí a alguien
en el bosque. Un gato. Uno pequeño. Quiero decir, es grande, pero… pienso
que podría ser el bebé de la Félix. —Sing encuentra más fácil hablar en la
oscuridad—. Le agrado. Lo nombré Tamino. A veces me sigue a todas partes.
—Lo sé —dice Sing—. Pero Tamino… le gusta oírme cantar. Creo la Félix
estaba molesta por eso. —Traza un círculo en el suelo con su zapato—. Gracias
por salvarme esa noche.
330
Al principio, no responde. Ella desearía poder ver su rostro, preocupada de que
lo haya ofendido. Pero después de un momento, lo escucha suspirar, siente el
movimiento de sus hombros contra los suyos mientras lo hace.
Luego, dice:
331
Cincuenta y nueve
S
olo en el cavernoso recibidor de St. Augustine’s, George toca. Algunas
veces, cuando es Bach o Schubert, para él es casi como si Nathan y el
cristal no importaran. Es como cuando era un niño, tocando el metálico
piano vertical de su abuela durante horas. Nadie lo molestaba cuando estaba
enfocado en la música. Ni siquiera el día que su hermano se ahogó, cuando
George debería haber estado con él en el río. Pero George había estado
fascinado con Beethoven y pasado el día yendo torpemente a través de sus
sonatas de piano. La familia dejó que las terminara antes de darle la noticia.
Y ahora, desde que el cristal desapareció, siente el peso de sus años atrasados
presionándolo de todos lados. Lo ha vuelto casi loco. Pero también lo ha
confundido. Nathan no tiene conocimiento del cristal. ¿Por qué lo robaría,
incluso si pudiera?
Sabía que algo estaba pasando entre ellos. Vio cómo la miraba Nathan durante
los ensayos. Esta noche, vio a Nathan cruzar el patio interior cubierto de nieve,
332
usando las sombras para ocultar su avance. George no lo habría visto si no
hubiera estado mirando. Y la chica da Navelli siguió un poco más tarde.
George llega al final de un invento de Bach, hace una pausa y empieza otra.
Ahora ellos le están escondiendo algo. El abrigo negro de Nathan está tirado
sobre una de las sillas de la parte de atrás del recibidor. Deben estar en la
escalera.
Siente ganas de tocar un poco más de tiempo. No importa. El cristal está aquí,
y lo tendrá de vuelta pronto.
333
Sesenta
—¿N
o eres… humano?
¿Ella cree eso? Aquí en la oscuridad, siente que podría creer cualquier cosa. ¿Y
no fue ella quien le dijo que el pequeño cristal era una lágrima de la Félix? ¿Su
deseo?
Sus ojos se acostumbran cada vez más a la oscuridad y puede verlo girarse
hacia ella.
—Sí —dice él—. Ella no cambió mi voz o no pudo. Es mucho más baja ahora,
por supuesto, pero es la voz que siempre he tenido.
334
Las teorías de conspiración de Carrie vuelven a ella, el misterioso y eterno
aprendiz Daysmoor.
—Conociste al maestro cuando eras joven, ¿no es cierto? ¿Y has estado aquí
todo este tiempo?
—No lo creo —dice—. No lo sé. Verás, no se supone que sea quien soy. Se
suponía que viviría por un corto tiempo, muchos años atrás. No hay lugar para
mí, para Nathan Daysmoor, en el presente. Tengo que mentir.
Sing mira la oscuridad frente a ella. Todo esto está comenzando a tener una
improbable especie de sentido.
—He pensado en eso —susurra—. Creo que es que los humanos, todas las cosas
vivientes, no aparecen de la nada. Para hacerme verdaderamente humano, la
Félix tendría que haber creado un espacio para mí: padres, abuelos, todo hacia
atrás. O encontrarme un lugar en el cual encajar. Quizás habría sido
demasiado, incluso para ella. —Él se calla un momento, pero ella espera—. Su
intención no era herirme. Fue George quien lo hizo. Me mantuvo aquí, alejado
del mundo y de la gente que me habría amado. Me dije que era lo mejor, me
resigné a esta existencia. Ni siquiera podía consolarme en que pasara el tiempo,
porque… no lo hacía. Sé que eso no tiene ningún sentido.
Sing se imagina a Daysmoor, solo en su torre, año tras año, dando exquisitas
actuaciones que nadie oiría.
335
Lo siente volverse hacia ella.
Puede verlo un poco ahora. Él inclina su cabeza hacia atrás, los brazos
apoyados detrás de él. Puede ver su pecho subiendo y bajando ligeramente
cuando respira.
Y realmente se siente un poco mejor sobre todo esto. Hay algo reconfortante
sobre la claridad, incluso una infeliz claridad.
—Sing —le susurra—, sabes que hay cientos de razones por las que no debería
suceder lo que casi sucedió esta noche. Jamás. Empezando por el hecho de que
soy un aprendiz y tú eres una estudiante.
—Lo sé —susurra.
Él vacila.
—Pero si te dijera que una de las razones por las que no te besé fue porque no
quería hacerlo… estaría mintiendo.
336
Ella no dice nada. De todas las confesiones que le ha hecho en estas frías y
negras escaleras, esta le parece la más increíble.
337
—Yo… —empieza él, alejándose, enderezando su camisa—. Oh, Dios, lo
siento.
Ella sonríe.
Ríe de muevo, más que nada con sus ojos, encendidos ahora por la extraña y
suave luz del cristal. Entonces toma sus manos.
—Sing, hay muy, muy pocas personas que pueden hacerme sentir de la manera
que tú lo haces. La mayoría están muertos. Y ninguno de ellos puede hacerlo
sin una orquesta.
Lo besa de nuevo,
De repente, ella siente que su cuerpo se tensa. Y antes de que se le escape una
pregunta, se da cuenta de lo que se ha dado cuenta: el pasillo debajo de ellos se
ha quedado en silencio.
—¿Se ha ido? —susurra ella, preguntándose qué tan fuerte dejaron que se
elevaran sus voces justo ahora.
—No lo sé —dice Nathan. La luz del cristal se está desvaneciendo y echan sus
ojos y oídos a la oscuridad. Silencio. Entonces…
338
Sing envuelve sus brazos alrededor del brazo de Nathan. ¿El maestro Keppler
va a subir las escaleras? Es absurdo. Aun así, los pasos continúan acercándose.
Él deja caer el abrigo de lana sobre sus hombros. No cierra la parte delantera,
pero puede ver el alivio en su rostro.
Sing mira el campus. Incluso ahora, cuando los edificios están oscuros para
dormir, hay punto de luz en todas partes: farolas, luces de seguridad, la
ventana con iluminación extraña. Y el abrazador Woolly, donde todavía debe
estar tomando lugar la recepción de las semifinales de la competencia Gloria
Stewart. Ella proyecta su mirada más allá, sobre la cerca, hacia la cumbre
helada de la montaña prohibida detrás de ellos. El bosque está negro,
339
cambiando a gris por encima de la línea de los árboles donde la nieve expuesta
hace contraste con el cielo más oscuro.
Sing siente que Nathan inhala bruscamente. Pone un brazo alrededor de ella,
acercándola más. Es instintivo y exactamente lo incorrecto si quieren tener
alguna esperanza de defender su inocencia, pero ella no puede apartarse.
—Nathan —dice el Maestro—, no deberías estar aquí. Hace mucho frío. —No
se dirige hacia Sing. Ni siquiera parece notarla.
—Sé lo que estás tramando, Nathan. Dejarme aquí hasta pudrirme. Después…
después…
340
Sing inhala. Nathan la libera, poniendo una mano en el bolsillo.
—Nathan —dice ella—, ¿qué estás haciendo? ¡No se lo des a él! —Nathan
vacila.
El maestro se queda callado por un momento, las batas revoloteando como las
alas de un pájaro atrapado. A Sing le es difícil leer la expresión bajo la débil luz
que llega al techo del campus. Cuando sale su voz, es calma.
—No. Ya no puedo hacer esto. Hay una forma de que pueda entrar a la
competencia Gloria Stewart, después de todo. Tengo que hacerlo, George. Es
tiempo. Estará bien.
341
—¡No! —chilla el maestro, sobresaltando a Sing, quien se presiona más cerca
de Nathan—. ¡No estará bien! —Inhala profundamente y parece recuperarse.
Entonces, con una deliberación que envía chispas por el cuerpo de Sing, saca
un objeto de su bolsillo. Incluso en la penumbra, el angosto brillo mate es
inconfundible.
Incluso con la brisa que escose azotando su túnica, el brazo del maestro
conserva la firmeza de un conductor de orquesta experimentado. Sing lo
observa. Parece mucho más viejo ahora y sus hundidos ojos secos en sus
cuencas como los de un cadáver. Hay algo inhumano en su mirada codiciosa y
feroz.
Sin pensarlo, envuelve sus brazos alrededor de su cintura y lo tira hacia abajo
en las frías tejas. El monstruoso ruido de la pistola le golpea los oídos.
342
Levanta la vista para ver un reluciente pelaje naranja yendo a toda velocidad
hacia Keppler.
—¿Qué demonios era ese animal? —El maestro está visiblemente alterado—.
¿Qué era eso? —Mira la pistola en su mano. Por todos lados del campus, se
encienden luces.
343
—No quiero hacer esto, Nathan. Pero debes quedarte aquí. No debes ir al río.
—Está bien. Está bien. —Nathan levanta una mano—. Solo espera.
—Nathan. —No.
¿Qué?
—Nathan, no seas ridículo —dice ella—. ¡No importa una estúpida ópera!
Expulsada. Sing inhala sin alegría ante lo absurdo de eso. ¿Cómo puede tener
sentido esa palabra? ¿Aquí, con Nathan y el maestro y la pistola y el recuerdo
de Tamino?
344
—Muy bien.
—¡No le tengo miedo! —dice Sing—. Nathan, toma el cristal y nos iremos.
Juntos. ¡No me importa Angelique ni este maldito conservatorio! —La pesadez
de la noche comienza a agobiarla. Tamino se ha ido.
Ahora Nathan agarra sus manos. Su piel está fría, pero sus manos son suaves.
345
El maestro le arrebata el collar y lo observa. La pistola cae y se desliza por el
techo inclinado. Nathan agarra el abrigo de Sing de donde se ha caído y cubre
sus hombros temblorosos. Ella se inclina contra él, repentinamente agotada. Él
besa la cima de su cabeza. En algún lugar allí abajo, se enciende una luz.
—No puedo mantenerte aquí, ¿puedo? —El rostro del maestro es tan triste,
Sing casi quiere consolarlo.
George suspira.
346
Es demasiado tarde. El rígido talón del zapato del maestro golpea las tejas en
un crujido glacial. Sing y Nathan se congelan. El maestro levanta su zapato de
nuevo para revelar un pequeño y brillante rocío de fragmentos.
—¿Qué has hecho, George? —dice Nathan, con los ojos abiertos—.
Necesitamos el cristal.
George sonríe.
Sus lágrimas son hielo deslizándose por sus mejillas. No quiere que caigan
sobre él. Lo sostiene en sus brazos. Se siente tan ligero ahora.
Su brazo está contra su mejilla, su aliento aún es caliente. Ella aprieta sus ojos y
lo agarra con más fuerza. Pero de repente ya no hay nada para agarrar.
Mira hacia abajo para encontrar una masa de plumas negras esparciéndose en
el viento.
347
Aférrate a ellas. Agárralas. Tráelo de nuevo. Espera. Escarba en el aire.
Agárralas, agárralas.
—¿Qué?
—Creo que quise decir las hojas —dice ella—. En el diseño, ahí. —¿Es eso lo
que quise decir? La forma es correcta. Pero algo hace cosquillas en su cerebro.
—Bueno —dice Ryan a la ligera, sacando una copa de algo de su mano—, creo
que no necesitarás más de esto. —Sus ojos verdes están más alerta que nunca,
pero un poco ensombrecidos por la hora. Deja la copa de Sing en la bandeja de
un camarero que pasa y toma su brazo—. Aquí, se está poniendo aburrido. Voy
a tocar algunos valses para celebrar mi inminente victoria. —La dirige hacia el
brillante piano de cola en la esquina.
Ella observa las hojas doradas flotar en el mar de la alfombra roja mientras
caminan.
348
Sesenta y uno
E
l sol matutino entierra sus dedos dentro de los ojos cerrados de Sing,
haciéndola gruñir y poner una almohada sobre su cabeza. Su cabeza
duele. ¿Por qué le duele su cabeza? ¿Qué hora es?
Medio dormida, echa un vistazo hacia el reloj en su mesa de noche: 9:24. Será
mejor que se levante si es que quiere tener buena voz para Angelique esta
tarde. Harland Griss estará ahí. La vacante de Nuevo Artista está en riesgo,
quizá más de lo que a ella le gustaría admitir. La influencia de su padre es
importante, pero ella sabe que él no hace uso de ella de la misma manera en la
que su madre lo hacía. Si Griss escoge buscar en otro lado a su nueva mariposa,
Ernesto da Navelli lo dejará así.
Nadie está utilizando el baño a esta hora un domingo. Los estudiantes con algo
que hacer hoy hace mucho que se levantaron y aquellos que tuvieron algo que
hacer anoche no van a levantarse durante un buen rato. El suelo de baldosas se
siente frío en los pies descalzos de Sing. Se toma su tiempo cepillando sus
dientes, intentando no pensar en lo que hará con las próximas horas antes de
su actuación. Le entorna los ojos a su reflejo, su rostro inclinado tan cerca que
el espejo atrapa el vapor de su respiración en su fría superficie.
Arrastra los pies de vuelta por el pasillo en su bata. Voces emanan desde detrás
de la puerta cerrada al otro lado del pasillo; Jenny y Marta, todavía están en su
habitación. No tienen nada de qué preocuparse hoy. La actuación de
349
Angelique vendrá y se irá, ellas harán sus partes, en el escenario y en la
orquesta y luego la escuela continuará. Escuela, tarea, práctica, actuación,
chicos, drama, ellas. Sing, intentando traer a enfoque su propio futuro, se
sorprende al darse cuenta que añora su compañía.
¿Quiénes son ellas?, diría Barbara da Navelli. Te irás de esta escuela pronto.
¿Por qué las necesitas?
Sing pone una mano en su puerta, pero no entra. Se queda ahí parada por un
largo rato en el pasillo vacío, escuchando las voces amortiguadas detrás de ella.
No es común que sienta a la chica dentro de ella; no una niña, no una adulta,
sino la parte de su mente que anhela validación de su propia clase. Ryan
alimenta esta parte de ella —Ryan, es por eso que le duele su cabeza, la
recepción de las semifinales que duró hasta muy entrada la noche—, pero ella
también necesita a sus amigas.
Barbara da Navelli no entendería. Ella solo alimentó dos partes de ella misma,
la profesional y la estratega. Nunca la chica.
***
—No debería haberlas dado por sentado de la forma en que lo hice —dice
Sing—. Y no debería haber jugado la carta de celebridad con ustedes. Es…
350
vergonzoso. De verdad que no tengo excusa, supongo. Las escuelas nuevas son
difíciles.
Jenny la mira.
—Lo sé —dice Sing dice—. Lo siento. Por favor… no hagan una exposición de
mal gusto sobre mí en The Trumpeter.
—Mi madre lo volvió un hábito —dice Sing. Ella y Marta están sentadas en la
cama de Marta, mientras Jenny está sentada en una silla de escritorio giratoria,
la perezosa luz de la libre mañana de domingo entra a la deriva por las viejas
cortinas beige. Jenny aún está en pijamas mientras Marta viste fluida ropa
bordada que posiblemente también son pijamas—. Es fácil dejarse atrapar por
lo superficial de ello —dice Sing—. De cómo se ve una cosa.
351
—Ella no está hablando de eso —dice Marta—. Se refiere a querer el papel
principal porque es el principal, no porque sea lo correcto.
—Por supuesto que sabes por qué —dice Jenny—. Todo está puesto en esta
actuación. Te estás preguntando si eres lo bastante buena. Honestamente, eres
malditamente bastante buena.
Sing peina su cabello en una cola de caballo con una mano. Zhin me diría que
soy la mejor, piensa. Luego, sorprendiéndose a ella misma, lo dice en voz alta.
—Bueno, entonces —dice con un grueso acento que posiblemente intenta ser
alemán—, ¡creo que estamos llegando a algún lugar! Deberíamos gastar cien
dólares. La próxima semana, tendremos asco de tu novio.
Sing se ríe.
Perdonaste. Ahí hay algo borroso, en la mente de Sing. Ryan la engañó con
Zhin. Y probablemente con Lori. Demonios, probablemente engañó a Lori con
352
Sing. Pero lo perdonó, ¿cierto? En la recepción de anoche, después de las
semifinales de Gloria Stewart. Algo acerca de ello se siente tan irreal.
***
Durante su ocupada hora del almuerzo del domingo, el Mountain Grill huele a
estofado de res, cebollas, canela, carbón, humo de leña y perfume de mujer. La
ventana está alegre pero fría y Sing se acurruca dentro de su suéter, agradecida
de no estar en su uniforme. El sol de mediodía ilumina los detalles de las vetas
de madera en las mesas y suelo, así como las suaves y plateadas líneas del
pendiente de sirena de Marta cuando ella se inclina hacia adelante, con la boca
ligeramente abierta.
353
—Bueno, supongo que podrían decirle a todo el mundo que se fuera a casa —
dice Sing—. Pero se ha apostado tanto en el Festival de Otoño, sería una pena.
—El Maestro Keppler está muerto. Insuficiencia cardiaca. ¿Por qué eso
parece… equivocado?
—Sí.
—¡Guau! —dice Marta. Jenny le levanta una ceja, pero ella continúa—. Lo sé,
lamento que el Maestro muriera. Pero era tiempo. —Sing resiste la necesidad
de poner sus ojos en blanco; Jenny no—. Pero puede que jamás vuelva a tener
la oportunidad de cantar bajo la dirección del maestro da Navelli. Es un poco
increíble.
—No, está bien. —Sing sonríe y de hecho la siente en el interior tanto como
en el exterior—. Será bueno para él. Y todo un regalo para la audiencia. Bueno,
supongo que “regalo” es una forma un poco horrible de ponerlo.
354
—No realmente —dice Marta—. No se puede evadir que el maestro murió. —
Sumerge una cuchara en su sopa de tomate.
—Todavía creo que se nos debería permitir una loca pelea de bolas de nieve
por todo el campus en lugar de la actuación. —Jenny clava sus patatas con un
tenedor corto—. ¡Podríamos utilizar el bosque! ¡Sería épico! Y, ya saben,
sanador.
355
—No creo que una pelea de bolas de nieve en el bosque sea muy segura. —Los
ojos de Marta están amplios y su boca se curva en un ligero ceño—. Podrías ser
atacada por un oso.
—¿Los osos no, como que, hibernan? ¿O algo? ¿Cuándo hacen eso?
—Dejan de hibernar si los golpeas con bolas de nieve. —El tono de Marta es
tan serio que Jenny y Sing se ríen.
Una cabeza rubia se asoma por un lado de la cabina. Ojos bonitos destellan
encantadoramente y labios con brillo rosado arrullan:
Sing se congela.
—Solo disfrutando el día, esperando las finales de Gloria Stewart esta noche.
—Lori mira intencionadamente a Sing—. Tengo una tarde tranquila.
356
—Hola, Sing. Hola, chicas. Viéndose adorables hoy, ya veo.
Marta se sonroja. Sing no sabe qué decir. ¿Ryan, aquí con Lori? ¿De casualidad
estuvieron escuchando? ¿Dije algo vergonzoso?
—Gracias.
Ignóralo.
357
Lori levanta sus cejas y, por un segundo, parece como si fuera a fingir
inocencia. Pero su rosa sonrisa desaparece con resoplido burlón e inclina su
cabeza.
—Así es, seré yo ahí afuera. —Sing no puede creer las palabras que están
saliendo de su boca. Todo el mundo a su alrededor está en silencio—. ¿Crees
que podrías cantarla mejor?
—Ryan solo estaba almorzando con amigos —dice Marta. Ella levanta su tazón
de cerámica y mete las últimas gotas de su sopa de tomate en su boca.
358
—Ryan puede hacer lo que quiera —dice Sing—. No es un gran asunto. Cielos.
Yo… —No puede obligarse a terminar la oración: Confío en él.
—Príncipe Encantador no, ¡príncipe Elbert! —dice Marta y suelta una risita.
—Prefiero Príncipe Encantador. —Sing gira una patata frita en los restos del
lago de salsa de tomate en su plato. Luego vocaliza lo que parece que se le
acaba de ocurrir, pero cuando habla, se da cuenta que es lo que ella siempre ha
sabido—: El príncipe Elbert no ama a Angelique por quien ella es. Es un trofeo
para él. Eso es lo único malo con la ópera.
Marta está mirando fijamente a Sing, quien casi puede ver los engranes de su
mente girar.
Marta se sonroja.
359
Sesenta y dos
L
a noche en que Zhin se quedó en el CD, ella y Sing rieron y comieron
palomitas de microondas hasta las dos de la mañana. E incluso aunque
Zhin la traicionaría al día siguiente, Sing no puede recordar esa noche
con nada más que cariño.
“Era mi papel”, dijo Lori. Zhin tendría algo que decir sobre eso. Algo sobre un
error que nunca debería hacer sido cometido, sobre el talento de Sing, sobre
aquellos sopranos sin valor que no eran dignos de su tiempo. Tal vez fue por
eso que Ryan había sentido atracción por Zhin. Te hacía sentir como si fueras
digno de grandes cosas.
—A veces odio mi nombre —le dijo Sing aquella noche mientras estaban
sentadas comiendo de sus cuencos de palomitas de maíz—. Es demasiado peso
para arrastrar.
360
—No deberías estarlo arrastrando —dijo Zhin—. Deberías ondearlo como una
bandera. Eso fue lo que hizo tu madre. Sabía cómo salir adelante—. Entonces,
para su sorpresa, Zhin se inclinó y frotó el hombro de Sing—. Y ella quería lo
mejor para ti.
—No estoy segura de que tengamos la misma definición de “lo mejor” —dijo
Sing, pero se sintió un poco mejor.
—Sí, ¿pero y si tus padres te hubieran nombrado Play Violin? Aunque amas
tocar el violín, es mucha presión.
361
Sing suspiró.
El rostro se Zhin se relajó en una expresión que Sing nunca había visto antes,
descuidada y joven.
—Sing —dijo Zhin, solo que sonaba diferente ahora. No era cantado; era algo
agudo y extraño y encantador—. Significa “estrella” en chino. Como en el
cielo. ¿Ves? Solo tienes que ver tu nombre de manera diferente, eso es todo.
Sing sonrió.
—No es una combinación perfecta. Hay muchas palabras en chino que suenan
un poco parecido. Pero esa es la primera en la que pensaría.
—Gracias, Zhin.
—Bueno, es eso o “gorila”. —Rieron. Sing quería aferrarse a esta Zhin, la que
desaparecía tan pronto como tenía otras personas alrededor.
362
Sesenta y tres
E
l Teatro Woolly no tiene lugares especiales para los protagonistas. Sing
llega a los camerinos de mujeres antes de tiempo, pero incluso así, no
está sola.
Lori se voltea.
—¿Te sorprende que esté aquí? Bueno, siempre vengo dos horas más
temprano. Y sí, sigo dentro. Estoy en el coro. Lo siento. —Enfrenta el espejo
de nuevo, su cabello glamoroso.
El vestido encaja perfecto. Ni siquiera puede decir cuáles piezas han tenido que
ser alargadas o acortadas. Toma la peluca rubia cuidadosamente rizada de su
posición en la cabeza de polietileno y la coloca sobre su propio cabello,
sostenida en su lugar con una gorra. Algunas hebras oscuras salen del dorado
brillante. Las empuja de vuelta. Perfecto.
363
Y ahí está ella, en el espejo. Una chica hermosa en un vestido blanco con
volantes, tirabuzones dorados cayendo en cascada sobre sus hombros.
Angelique.
Ahí, en el fondo del reflejo, sobre sus hombros; el ocupado camerino y, más
allá, la puerta abierta. El apagado, polvoriento detrás de escena, las sombras
asimétricas. Y los rostros. Lori.
Hay mucho más allá del reflejo de una chica hermosa. El espejo solo atrapa el
vestido, el cabello, la sonrisa. Pero más allá hay un mundo que el espejo no ve,
el mundo que el público no ve. Quizás Angelique pudo haber vivido en este
espejo, pero no en el mundo más allá.
Cantar Angelique no la trae a la vida. Debería haberlo sabido. Para todos sus
elaborados trajes, Barbara da Navelli siempre fue Barbara da Navelli. Sing
nunca podrá reclamarle Angelique a su madre, porque nunca la poseyó.
Sing siente que sus hombros colapsan. Su corazón se vuelve más pesado. Esto
no es real.
Ahora siente furia. Dijiste que interpretar algo lo haría realidad. Ella mira su
reflejo, su madre mirándola de regreso, ojos fríos.
—No puedo hacerlo realidad —sisea—. Y tampoco tú. Lo único verdadero que
hiciste fue morir.
364
Ella coloca una mano en los suaves rizos rubios. Salen con facilidad, solo dos
invisibles sujetándolos. Barbara da Navelli estaba equivocada. Interpretar algo
no lo vuelve realidad. No realmente. Para nada.
Sing voltea.
—Lori. Yo…
Lori aparta la mirada, aplicándose una capa final de máscara. Se ve como una
muñeca Barbie.
—No es un juego.
Lori voltea y sonríe con tristeza de un modo que le causa dolor a Sing.
—Sí. Lo es.
***
365
Ella no puede leer el rostro de su padre. Debería estar enojado. Está enojado,
pero también hay algo más que le hace tener menos miedo.
—Sí, por supuesto que hablé con él. Estuvo de acuerdo conmigo.
Él frunce el ceño.
366
Sesenta y cuatro
E
l brillante anuncio del Festival de Otoño parece más incongruente en
esta erosionada e inmensa puerta que en cualquier otro lugar del
campus. Quizás es por eso que Sing ha venido a St. Augustine. Se siente
tan separada del vibrante y ruidoso Teatro Woolly como ella.
Coloca una mano sobre el borde del anuncio. Estos carteles han estado
mirándola por tanto tiempo, parece increíble que se irán después de hoy. En
verdad, solo serán reemplazados por la próxima gran cosa, pero al menos no
incluirá cien Angelique salpicando el campus como dolorosos mensajes
subliminales.
Pero.
Pero había pensado, por un tiempo, que ambas cosas podrían suceder. Si no se
le hubiera dado esa esperanza, no importaría. Pero amar algo durante toda la
vida —incluso en un pequeño curso de vida—, desear alto tan
apasionadamente y luego tener esperanza, solo para que se le quite esa
esperanza de nuevo… esa es la peor parte.
367
Se mueve por el pasillo vacío. La puerta de la oficina del rector está
entreabierta, pero sabe que él está en la función como todos los demás.
Extrañamente, la vista de la puerta la consuela. A pesar del aire formal y las
regulaciones draconianas del Conservatorio Dunhammond, ella siempre ha
encontrado sus puertas desbloqueadas. Pasa un dedo por los respaldos de unos
largos bancos de madera que están alineados en la pared. El sol de la tarde se
difunde a través de las ventanas, salpicando el pasillo como un bosque de
verano.
Sus planes al venir a St. Augustine esta tarde eran vagos, un simple intento de
estar en alguna parte en la que nadie más estuviera. Pero avanza por el pasillo
de nuevo con la idea de tocar en el hermoso piano de cola en la sala de
conciertos. No está prohibido que los estudiantes toquen allí, pero nunca se ha
atrevido a hacerlo. Sus habilidades rudimentarias parecerían inadecuadas,
incluso ofensivas, en un instrumento tan bueno. Hoy, sin embargo, con la sala
vacía y haciendo eco, quizás su toque sea lo suficientemente bueno. Tal vez sus
modestos esfuerzos serán mejor que el silencio.
368
pequeños paneles de vitral justo debajo del techo. El suelo brilla, una cálida
madera naranja.
Otra vez, al igual que cuando pensó en el bosque en el día de hoy, parece
haber una imprecisión en su mente. Cierra sus ojos, deseando que las nubes
amorfas de su memoria se solidifiquen en algo real. Fragmentos de imágenes.
¿De dónde vienen? Manos largas. Una camiseta gris. Y suena… el intermezzo
de Brahms que tanto ha amado últimamente.
Esa es una pieza que nunca tendrá esperanza de aprender. Pero, renunciando
al minué, elige la melodía de Brahms. Tres notas, seis notas. Las primeras
cuatro frases. Intenta construir una línea de bajo, la cual trastabilla mientras
369
va. Poco a poco, su escueta versión comienza a parecerse a la música en su
mente.
Nathan.
Empuja hacia atrás la banqueta del piano y corre a la puerta, chirriando los
zapatos. Ella ha estado en la oficina del maestro y allí había una fotografía de
Nathan. La vio el día que el maestro la convocó. ¿Todavía estaría allí?
370
está cubierto de papeles, partituras y fotos. Arrebata un pequeño marco de
plata tras otro, sosteniéndolos hacia la luz.
El rector Martin justo está entrando desde el exterior frío y se apoya contra la
puerta con una mueca. Mientras cruje al cerrar, mira a Sing, quien se
encuentra con aire de culpabilidad al otro lado del pasillo.
371
—Él se sienta en la acolchonada silla de cuero detrás de su escritorio. Sing se
sienta. Él dijo que no estaba en problemas, pero ella se pregunta.
Ella no sabe qué decir. Él la está mirando con expectación, pero fue él quien le
dijo a ella que viniera aquí.
372
—Solía ser los aposentos del rector, hasta que renovaron Hector en los años
veinte. Nadie vive allí ahora. Algunas veces nos reunimos en la planta
superior, pero el resto es depósito. —Él se encoge de hombros—. No está fuera
de límites, sabe. Puede echarle un vistazo si quiere.
No estoy loca, piensa, deseando que sea verdad. Había una escalera en espiral,
una cesta de ropa junto a su cama, una luz amarilla. Sus recuerdos son tan
vívidos.
Ella asiente.
373
Nathan olía ligeramente a pino. No podías distinguir el negro de sus pupilas
del negro alrededor de estas. Tocaba Liszt mejor que Ryan, probablemente
mejor que Yvette Cordaro. Quizás mejor que Gloria Stewart.
Ningún sonido o luz proviene del rincón de la habitación donde una escalera
en espiral desciende hacia la torre más baja. Sing tira del guardapolvo del
piano. En lo que siente es su recuerdo, la imagen de él sentado en este piano es
tan clara. Se sienta en el banquillo y levanta la tapa del teclado.
La primera y única tecla que presiona envía un traqueteo metálico hacia las
sombras.
374
Sesenta y cinco
U
na voz a través del intercomunicador dice:
—¡Sing! —dice—. ¿Qué pasa? ¿Por qué no vas a cantar hoy? Tengo que tocar,
pero búscame después, ¿está bien?
—¡No, espera! —Sing pone una mano en su brazo y Carrie se detiene—. Tengo
que preguntarte algo.
—Escúpelo.
—¿Te acuerdas del aprendiz Daysmoor? Por favor, piensa. —Sing se muerde el
labio.
—¿Aprendiz quién?
375
—Daysmoor. Vive, vivía, en la torre en Archer. Tú y tu hermano pensaban
que había estado aquí más tiempo del que todos decían. Dijiste que nadie lo
oyó tocar jamás. —Mira a Carrie a los ojos como si por pura fuerza de voluntad
la pudiera hacer recordar.
Una última chispa de esperanza todavía pica en su pecho, corre fuera del salón
y por las escaleras hacia los camerinos. El vestidor de mujeres está lleno dado
que el coro no está en el escenario ahora. Encuentra a Marta en el extremo
alejado de la habitación en un sofá, leyendo una revista con su disfraz de Reina
de las Doncellas del Árbol.
—¿Estás bien?
376
—¿Una lágrima de la Félix? ¿Como un deseo en forma de lágrima? —Por un
momento, Marta parece que podría continuar, pero entonces cierra su boca.
Sing inhala.
No estoy loca, piensa de nuevo. Ella sabe que es verdad. Pero ahora también
sabe algo más.
Nathan se ha ido.
El corazón de Sing ha querido llorar muchas veces durante los últimos dos
años, pero sus ojos y sus pulmones no se han quejando muy a menudo. Pero
ahora siente como si sus entrañas fueran solo un vacío en expansión, una
terrible y devastadora nada tratando de empujarse hacia su pecho, su rostro, su
garganta.
Siente los brazos de Marta alrededor de ella, ramas y hojas arañando su cabello
y rostro. Otro están reunidos, observando, más que nada en silencio, pero
arrullando palabras de consuelo ocasionalmente. Pero ella no puede dejar de
llorar. Nathan se ha ido.
377
Sin embargo, a través de esta violenta y oscilante angustia, se da cuenta con
una extraña y punzante claridad: esto es lo que la Félix vio en los ojos de
Nathan en esa otra y perdida realidad. Esta absoluta desesperación.
378
Sesenta y seis
E
l bosque ha perdido el brillo de otro mundo de la nieve y se ha
asentado en un congelante y oscuro gris. Sing avanza lentamente por la
montaña, muy consciente de los susurros apagados y gritos a su
alrededor. No sabe dónde vive la Félix y parte de su mente aún insiste en que
nada de lo que recuerda fuera real alguna vez. Pero la parte más profunda de
su corazón insiste en lo contrario.
El maestro Keppler nunca le sacará lo mejor de ella otra vez. Está muerto.
El sol bajo le da a la montaña una bruma dorada, pero aun así no está
prendiendo fuego la nieve. La Félix probablemente no viva en un lugar
abierto, sino en un lugar protegido cerca. Por primera vez, tiene duda. Aunque
la cima es más pequeña de lo que imaginaba, hay muchos lugares para que se
esconda un gato… incluso un gato grande. Se dirige hacia unas pequeñas
379
salientes. Su protección dejaría a un gato a salvo de los elementos y la vista
desde su lomo era espectacular.
Pero cuando se encarama hacia el refugio de una pequeña saliente, jadea ante
la vista de una enorme criatura de otro mundo durmiendo allí.
Por primera vez, Sing considera el hecho de que si la Félix elije no concederle
su deseo, a cambio le rasgará la garganta.
380
La Félix inclina las orejas y le da una mirada inquebrantable a Sing. Sing no
podría moverse incluso si hubiera una oportunidad de que pudiera escapar de
esta criatura. Sus manos tiemblan. Recuerda los negros ojos violáceos que
ahora la miran, pero los ojos en su recuerdo son diferentes de alguna forma:
más fríos, más feroces. Estos ojos, la brillante nebulosa rodeada de un pelaje
grueso y ardiente, miran con desgana a los ojos de Sing sin juicio o ira. El
aliento de Sing se congela en sus pulmones. Por favor, piensa. Por favor,
ayúdame. Por favor, trae de vuelta a Nathan. Debes ver mi dolor.
Y entonces, sin ceremonias o fuegos artificiales, una sola lágrima escapa del ojo
de la gran gata, se desliza por su pelaje rojo y cae con una pequeña calidez en la
mano de Sing. Ella baja la mirada, paralizada. La lágrima está en la palma de su
mano, temblando y brillando.
Un deseo.
Nathan una vez le preguntó qué desearía ella, dada la oportunidad. Tuvo que
pensar en ellos entonces. Pero el deseo en su mano no está lleno de hermosas
posibilidades. Es una solitaria cuerda de salvamento para la cosa que quiere
más que nada en este mundo. Para eso es realmente este deseo, se da cuenta.
¿Dos deseos? ¿Por qué se le han concedido dos deseos? ¿Este es el Fire Lake,
después de todo entonces? ¿Puede tener a Nathan y su carrera?
Cuando cae una tercera, finalmente alza la vista. La Félix está mirando, sus
ojos llenándose de nuevo, hasta que una cuarta y una quinta caen en las manos
extendidas de Sing. Entonces un sexta. Una séptima. Sing observa las palmas de
su manos llenas de diamantes brillantes, veinte, treinta, cien, hasta que las
381
lágrimas empiezan a desbordarse hacia el suelo congelado en montoncitos
brillantes. Suficientes deseos para otorgarle a Sing todo lo que alguna vez
pudiera desear por el resto de su vida.
Pero vuelve su atención hacia los ojos de la Félix nuevamente. Y sucede algo
que nunca ha sucedido en la historia del mundo, aunque la Félix ha mirado en
las almas de innumerables criaturas.
Mira más allá del resplandor de tristeza, más allá de la negra nebulosa violácea,
en el corazón roto de la gran gata.
—Lo siento mucho —dice ella—. Yo… ni siquiera pensé en el hecho de que
perdiste a Tamino.
¿No conjuró un hechizo que atrajo a Tamino del bosque? No hubo deseos
cristalinos o negocios etéreos esa noche. Solo hubo una canción. Quizás, ahora,
una canción será suficiente.
382
Comienza a cantar.
Canta la primera canción que atrajo a Tamino hacia ella, el aria más difícil de
Angelique. Su voz no puede cortar a través de la inmensidad del cielo de la
montaña, pero se extiende y se transporta, deslizándose entre las agujas de
pino y filtrándose bajo las rocas. Siente a la Félix observándola.
Entonces, en lo profundo de los árboles debajo de ellas, aparece una luz. Una
pequeña chispa de color oro y constante, que parece dirigirse en su dirección.
Una sacudida de electricidad se dispara hacia el exterior desde el corazón de
Sing. ¿Podría ser un pedazo de Tamino, persuadido por la música que ama? La
Félix emerge de las sombras, sus ojos fijos en la chispa.
Pero justo cuando la chispa llega a la línea de árboles, parece alejarse, como si
hubiera perdido su rumbo. Sing siente la mirada de la Félix sobre ella.
383
Otras chispas encuentran su dirección hacia la saliente y se agrupan allí. Canta
tantos versos como puede recordar, mientras más y más chispas se acercan a
ella. Parecen traer calidez con ellos y su voz crece.
—Gira qua, gira là, fin che posa su papà. —Mientras Sing termina el último
verso, se da cuenta que no ha pensado en esa línea final en años: el momento
en el que la pequeña mariposa al fin llega a descansar en su papà. Su padre
solía sostener sus manos mientras él cantaba, haciéndolos revolotear de aquí
para allá y finalmente llegaban a descansar sobre su corazón.
Las chispas se han reunido en una sola forma brillante que iluminan la saliente
y el bosque oscuro a su alrededor. Sing y la Félix observan mientras la luz se
atenúa gradualmente, acomodándose en una forma sólida. Pelaje naranja. Ojos
brillantes.
La Félix frota su cabeza contra el pelaje naranja y lame las orejas peludas.
Tamino dice:
—¡Chrrrrp! —Sing atrapa su mirada y él cierra los ojos. Ella siente el gracias.
384
Observa sus formas vagas desapareciéndose en la oscuridad. Y no puede estar
segura, pero parece como si una vez que llegaron a la cima, solo siguen su
camino.
385
Sesenta y siete
M
arta y Jenny están sentadas en la cama de Sing. Marta sostiene a
Woolly, lo cual, sorpresivamente, no le molesta a Sing.
—Bueno, sí. Son cerca de las ocho y media. Lo que no es tan tarde. Pero aun
así. ¿Dónde has estado?
Sing lanza su abrigo sobre la silla del escritorio. Tira de la cadena en la lámpara
de diseño y apaga la llamativa luz de techo.
—Está bien —dice Sing—. Tuve un día difícil. Angelique, Fire Lake, el
maestro y… y todo. Lamento ponerlas nerviosas.
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—Bueno, en tanto estés teniendo un mal día, podríamos decirte…
—¿Decirme qué?
—Jenny…
—Ryan regresó con Lori —dice Jenny—. Hoy cantó bien, sabes. En la
actuación. Ese chico de Fire Lake estaba hablando con ella. —Ambas miran a
Sing.
Ahora Sing se ríe, a pesar de los rostros serios de sus amigas. Es una reacción
inconsciente, su cuerpo sacudiéndose con la emoción repentina que fácilmente
podría haber sido un sollozo. Ryan. Cuán ridículo parece ahora que ella se
preocupara por lo que Ryan pensaba.
***
Sing, Jenny y Marta atraviesan el patio interno hacia el Woolly, sus pies
aplastando la nieve dentro y fuera de la luz artificial. A pesar de que el cuerpo
de Sing preferiría dormir, su mente quiere estimulación. O distracción. Llegan
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tarde para escuchar las finales de la competencia Gloria Stewart, pero el after-
party promete ser bueno.
Sing está secretamente agradecida de que no tendrá que escuchar a Ryan tocar,
aunque puede decir que a las otras les hubiera gustado. Marta recita los
nombres de los finalistas en cada categoría. Sing apenas escucha, sus fosas
nasales hormiguean con el frío, su gorro de lana pica contra su frente.
—Espera —dice Sing y Marta hace una pausa—. ¿Quién era el último?
¿Keppler?
—Sí —dice Jenny, un poco sin aliento por mantenerles el ritmo—. “Amateurs
mayores de dieciséis”. Fue un gran competidor para Ryan. Te diré eso. Apuesto
todo en él.
—Eh, no. —La voz de Jenny es plana—. El maestro Keppler, además de no ser
amateur, está muerto. Desde ayer. Lo recuerdas, ¿cierto?
—¿Aprendiz Keppler?
Jenny suspira.
—Eh, sí. ¿Tu entrenador vocal? ¿El sobrino del maestro Keppler o sobrino
nieto o lo que sea? Realmente has tenido un mal día, ¿verdad? —Llegan a las
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amplias escaleras del Woolly. La luz de las grandes ventanas del teatro
profundiza la oscuridad afuera. Jenny se detiene en la puerta—. ¿Estás segura
de estar bien para esta fiesta? ¿Te golpeaste la cabeza?
Sing coloca su mano enguantada en uno de los pilares que enmarcan la entrada
del teatro. Tu entrenador vocal. Sing no recuerda a otro entrenador vocal que
no sea…
A mitad de camino en las escaleras, Sing escucha una voz familiar. Dos voces
familiares. Jenny y Marta parecen reconocerlas también, porque intercambian
miradas. Un momento después, Ryan y Lori llegan a la vista, su brazo
alrededor de su cintura.
Sing se detiene.
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—Hola.
—A veces ganas, a veces pierdes. —Su voz es relajada, pero sus ojos están
apagados—. Ese aprendiz Keppler, bueno…
—Buen trabajo hoy, Lori —dice Marta. Lori no dice nada. Parece preocupada
con el fleco de su elegante vestido blanco.
Por primera vez en lo que Sing recuerda, Ryan parece no tener palabras. Él
destella una sonrisa, pero parece vacía. Mira a Sing por un largo momento que
se vuelve más incómodo con el paso del tiempo. Al final, intenta hablar, pero
Sing lo interrumpe.
—Nos vemos, Ryan. —Y empieza a subir las escaleras de nuevo. Jenny y Marta
le siguen. Escucha a Ryan y Lori continuar bajando las escaleras, pero no mira
atrás.
—Así que Keppler ganó —dice Marta—. Sabía que lo haría. Apuesto a que es
él quien toca ahora. —El solo de chelo más allá de las puertas se ha detenido y
ahora alguien está tocando el piano.
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—¿Bueno qué? —pregunta Marta.
—Oh, tienes razón —dice Jenny—. Estoy segura de que Lori solo estaba siendo
educada. No hay manera de que hubiera querido restregarte algo como eso en
tu cara.
¿Podría ser cierto? Quizás Harland Griss no estuvo impresionado con Lori
después de todo.
Ante la vista de tantos abalorios y prendedores, Sing está agradecida con Jenny
por persuadirla de usar su vestido negro formal. Marta se ve fuera de lugar,
pero en un sentido más elegante; sus trajes extraños y floreados fluyen con un
poco más de estilo.
—Tengo hambre. Después las alcanzo. —Se dirige a una mesa larga preparada
con un surtido de comida, pero cuando llega, solo se queda de pie ahí. Nada
podría ser peor que estar solo con tus pensamientos justo ahora, se dice sí
misma. Aun así, se pregunta cómo sobrevivirá este ejercicio con decoro cuando
la grieta en su corazón amenaza con tragarse cada palabra y cada sonrisa. Toma
una tartaleta. El revuelto patrón de hojas rojas y doradas de la alfombra le
marea.
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hace creer que es el mismo Nathan tocando y mira hacia el piano. Pero la
multitud oprimiendo a los artistas los esconden de la vista. Entrevé al chelista,
un miembro de la facultad arrugado con el cabello rubio rizado. Luego el
público se divide un momento para revelar al pianista, pero tiene su espalda
hacia ella.
Sin embargo, no importa. Puede que tenga el cabello negro de Nathan, corto
en lugar de largo, pero sus hombros no se ven derechos y ningún tatuaje de
hiedras envuelve el brazo izquierdo desde la manga de la camisa.
—¡Señorita da Navelli, ahí está! —Una voz de otra vida atrae su atención.
—Sr. Griss. ¿Cómo está? —La máscara que adopta parece extraña, un peso
ordinario que debe sostener en un palo más que una suave piel de camaleón—.
Espero que haya disfrutado el Festival de Otoño.
No más, decide y deja ir la máscara. Tal vez Griss ni siquiera lo nota, pero el
cuerpo de Sing se relaja. Ahora que Barbara da Navelli la ha liberado, ya no
hay necesidad de intentar ser como ella.
—No estaba enferma, señor. Decidí no seguir. Yo… como que había robado el
papel de Lori. —No encuentra los ojos de Griss—. Quería una oportunidad en
la vacante de Nuevo Artista. Más que eso, solo quería cantar el papel. Pero no
estaba bien para mí seguir con eso.
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Ahora se atreve a ver el rostro de Griss. Él asiente, serio.
—Bueno —dice—. Entonces hay dos cosas que debes saber sobre Fire Lake.
Una cosa es que desaprobamos ese tipo de lucha interna.
—Sí, señor. —Ella mira alrededor de la reluciente sala. La gente habla y come,
tintineando vasos con platos.
Griss continúa.
Sing siente sus ojos abrirse y su mandíbula caer, como un personaje animado.
Nunca supo que el rostro de las personas en realidad reaccionara así, pero no
puede evitarlo. Puede sentir a las personas en la periferia de su conversación
hablando y tratando de no mirar.
—Sé que es un poco inusual —dice Griss—. Pero pienso que eres una
excelente opción. Y siento que mi condición de que el postulante debe haber
tenido al menos un papel protagónico ha sido cumplida, a pesar del hecho de
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que no cantaste la actuación final. Puedes discutir esto si quieres, pero te
recomendaría no hacerlo.
—Escuché todo lo que necesitaba —dice Griss—. Escuché una Pamina que me
partió el corazón.
—Tú eres la mejor opción, Sing. Siempre te he dicho que cantas como un
ángel, pero no me crees. Créelo ahora, carina.
Justo como su música atrajo los millones de pedacitos rotos de Tamino juntos
de nuevo en un entero brillante, el sonido del piano parece reunir los
fragmentos de su destrozado corazón. Y sin la máscara, no hay nada que le
impida lanzar sus brazos alrededor de su padre y decir:
—Papà.
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Su padre se ríe entre dientes, pero cuando ella se aleja, ve lo nublado en sus
ojos.
—¿Qué es, farfallina? ¿Está todo bien? —Ella ha empujado cada gota de su
atención lejos de Griss y la velada pasando a su alrededor.
Ella sonríe.
—Sì. —La música se expande por sus oídos como espuma. Luego mira a Griss y
dice—: Sería un honor aceptar la posición de Nuevo Artista.
—No es así como funciona. —La voz calmada de Griss le recuerda a Sing al
abogado de su madre—. Llenamos el puesto en cuanto surge. Los Nuevos
Artistas tienden a quedarse por un año o dos. Así que serás instalada tan
pronto como puedas. Tan pronto como este trimestre termine.
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profesora Needleman y los feos pantalones del Sr. Bernard. Piensa en el gran
piano del rector Martin. Recuerda las canciones de cuervos.
Le sonríe a su padre.
—Gracias por ayudarme, Papà. —Ahora se voltea—. Sr. Griss, esta es una
oportunidad increíble. Pero me gustaría finalizar mis estudios aquí antes de ir
a Fire Lake. Con frecuencia, sus Nuevos Artistas están en sus veintes o treinta
y pocos años… no creo que diecinueve sea demasiado mayor.
Griss cruza sus brazos. Sing puede decir que no está acostumbrado a escuchar
algo que no le guste y encuentra inquietante la velocidad con la que su rostro
pasa de amistoso a calculador. Sabe que podría estar tirando algo irrecuperable
y eso hace que se maree. Su padre no dice nada.
—De acuerdo.
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Sesenta y ocho
U
n firme apretón de manos. Estaremos interesados en su progreso
aquí, señorita da Navelli.
***
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Recuerda a Barbara da Navelli en la playa. Maquillaje perfecto. Un bikini que
lucía fantástico, pero nunca se acercaba al agua. Sus ojos buscaban las cámaras
y celebridades, no interesada en las conchas de mar o cangrejos contrariados.
Knock, knock.
Mira su pijama.
—¿Quién es?
Una pausa.
Sing mira la puerta cerrada. Fuerza una sonrisa que él no puede ver.
—Oh. ¡Genial!
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—¿Sing? —Es Jenny—. ¿Estás ahí?
Keppler dice algo que Sing no puede distinguir. Luego la voz de Jenny, más
baja.
—¿Desnuda?
—¡No!
La puerta se abre y Jenny entra en el dormitorio con las manos en sus caderas.
—¿Qué te pasa? ¿Eres una ermitaña o algo? ¿Haciendo algo ilegal aquí dentro?
Pero Sing no le responde. Mira al aprendiz Keppler, quien aún está de pie en la
puerta. Las mangas de su camisa están enrolladas, como lo estuvieron la noche
anterior, revelando sus antebrazos libres de tatuajes. Su cabello está
impecablemente corto, sus hombros más estrechos de lo que deberían ser.
Tiene los ojos más negros que jamás ha visto.
—Bueno. Bueno, Sing, tienes una mirada muy extraña en tu rostro. Te veré…
por ahí. —Se retira del dormitorio. Sing oye la puerta al otro lado del pasillo
abrirse y cerrarse y, después de un momento, puede escuchar a Jenny y Marta
riendo. Pero no aparta sus ojos del rostro del aprendiz Keppler.
Es él, ¿o no?
¿O lo es?
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—¿Sí? —Cortesía.
—Luces… diferente.
Él inclina su cabeza.
—¿Diferente?
Sing no puede soportar que este nuevo Nathan la mire. Baja la mirada.
Pero él solo se queda allí de pie con las manos en sus bolsillos. Ella mira a
través de la ventana hacia el brillante cielo gris, luego de vuelta su rostro. La
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nariz recta, los contornos angulosos. El cabello negro cortado demasiado corto
para curvarse en su mandíbula de la manera que ella sabía que haría.
—¿Qué? ¿Cómo…?
—¿Qué sucedió?
Él cierra la puerta.
—Lo más extraño. Verás, mi bisabuelo casi me ahoga cuando era tan solo un
niño. Pero la historia que le ha sido dictada a mi familia es que fui salvado por
un gran gato naranja que me arrastró desde el río.
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—¿Recuerdas todo?
Sing lo mira.
Él vacila.
—Es lo mejor.
—Bueno —dice—, solo tendrás que venir a oírme tocar. Puede que incluso te
consiga un pase a camerino. ¡Ja ja! Estoy bromeando. ¡Nada de violencia! De
todos modos, tienes mucho que hacer en el CD. Necesitas prepararte para el
Fire Lake. —Tomas sus manos—. Felicidades.
Nathan sonríe.
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Ella mira hacia abajo.
—No lo hice. Quiero decir… lo hubiera hecho. Pero Tamino lo hizo por su
cuenta. No hubo una lágrima. Solo hubo esta cálida luz.
Ella intenta decidir si este beso se siente como el primero o si, en esta realidad,
ya han hecho esto. Pero no importa realmente.
La puerta se abre, pero Sing ni siquiera abre sus ojos. Oye a Marta soltando una
risita. Luego la voz de Jenny.
—¡Lo sabía!
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Sesenta y nueve
L
a Félix no sabe cuánto tiempo ha estado en la tierra. Sentía muy poco
de sus rotaciones y órbitas, del ascenso y caída de las montañas. Era
consciente del tiempo como alguien que no es un marinero es
consciente del agua.
Pero sabía sobre la eternidad. Sabía que la muerte era una eternidad para las
criaturas a su alrededor, aquellas a las que devoraba y aquellas que
simplemente dejaban de respirar por sus propias razones.
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Te esperamos con muchas más
Lecturas en:
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