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Eutanasia: Derecho a una Muerte Digna

El documento argumenta a favor de la legalización de la eutanasia como un derecho a morir dignamente, enfatizando la autonomía del paciente y la necesidad de respetar su decisión en situaciones de sufrimiento extremo. Se discuten las diferencias entre eutanasia voluntaria y no voluntaria, así como la importancia de la compasión en la práctica médica. Finalmente, se sostiene que el derecho a la vida no es absoluto y debe equilibrarse con el derecho a una muerte digna y sin sufrimiento.

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Eutanasia: Derecho a una Muerte Digna

El documento argumenta a favor de la legalización de la eutanasia como un derecho a morir dignamente, enfatizando la autonomía del paciente y la necesidad de respetar su decisión en situaciones de sufrimiento extremo. Se discuten las diferencias entre eutanasia voluntaria y no voluntaria, así como la importancia de la compasión en la práctica médica. Finalmente, se sostiene que el derecho a la vida no es absoluto y debe equilibrarse con el derecho a una muerte digna y sin sufrimiento.

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Eutanasia, ¿Delito o apoyo?

Por estudiantes de Ciencias de la Salud- 2020 20


El derecho a la eutanasia, el derecho a morir dignamente, y que esta sea legal, es muy
necesario. Muchos autores que defienden el derecho a una "digna muerte", entienden que
esto incluye el derecho de un paciente a poder decidir sobre su propia vida mediante la
eutanasia o el harakiri médicamente asistido, basándose para ello en el respeto a la libertad
individual o autonomía del mismo. Se afirma, así, que ninguno tendría derecho a forzar la
permanencia de vida a alguien que, en razón de un padecimiento extremo, ya no lo desea.
De acuerdo con esta valoración, en situaciones extremas, la eutanasia y la ayuda por parte
de un médico calificado al harakiri, significaría un ejercicio de misericordia (compasión);
negarse a su consumación podría conceptuar una forma de maleficencia. La fortaleza de
este punto de argumento aumenta, en la medida en que el contacto con pacientes en
situaciones límite nos lleva a vislumbrar la problemática existencial que subyace a las
solicitudes de eutanasia y cooperación con el suicidio.
Ya que la medicina no siempre puede aliviar el dolor y que todos tenemos creencias y juicios
diversos, no parece que, desde una ética de mínimos, existan argumentos válidos para librar
del ámbito de la libertad del paciente la opción de decidir sobre su propia vida en
determinadas circunstancias. De igual forma, tampoco se debe obligar a elegir esta opción
a quien no la desee o a quien por sus creencias la considere amoral o simplemente
inapropiada. Por último, no se trata de imponer a otro un martirio que considere
insoportable, ya sea el dolor físico provocado por la afección o enfermedad, o el sufrimiento
derivado de traicionar las propias creencias y exponerse a la condena de Dios por disponer
de una decisión del que exclusivamente Él puede disponer.
La eutanasia se presenta como una lucha de intereses entre la vida como un bien jurídico y
el derecho a una expiración tranquila y digna sin imposiciones. Sin embargo, como dice
Morillas Cuevas, “la alternativa no es matar o no matar, privar de la vida o no privar, sin
más; sino en aceptar una muerte larga y dolorosa o una muerte rápida y tranquila”. También
considera que “el acortamiento de la vida de quien sufre una enfermedad incurable para
terminar con sus sufrimientos, es un derecho que el propio Estado debe garantizar sobre la
base del respeto a la dignidad del ser humano…”
Entendemos a la eutanasia como el acto de finalizar con la vida de un enfermo sin
probabilidad de cura con la intención de evitarle sufrimientos permanentes innecesarios.
Con «martirio» no nos referimos necesariamente al dolor físico. En realidad, estudios
realizados en lugares donde la eutanasia es legal, como Holanda, Bélgica, España, nos
muestran que incluso poco menos de la tercera parte de personas que solicitan la eutanasia
lo hacen por dolores físicos. Un sobresaliente porcentaje de individuos solicitan la eutanasia
por el pesar psicológico de una calidad de vida disminuida por causas como la incontinencia,
la parálisis o por la depresión resultado del verse dependientes de otros por siempre. Suele
pasar que la eutanasia se realice a solicitud o por requerimiento del paciente, en cuya
eventualidad hablamos de eutanasia voluntaria.
Empero puede suceder, que la eutanasia se efectúe sin la aceptación del paciente por no
estar este en uso pleno de sus facultades mentales, como los menores de edad, débiles
mentales o personas en coma irreversible. Ello nos permite dialogar de eutanasia no
voluntaria; en la que, indudablemente, no se encuentra la condición del requerimiento y el
de la aceptación, por lo que en este evento, la decisión del recurso a la eutanasia puede
proceder de un tercero.
En ese sentido, consideramos que el recto a una digna muerte es resultado evidente del
derecho a la vida. Por ende, poseer el derecho a la vida no debe comprenderse como un
derecho a la simple existencia, así como el derecho legítimo a vivir con una mínimamente
digna calidad de vida. Ahora, todos sabemos que el transcurso del camino a la muerte forma
parte de la vida y que las personas tienen el derecho a decidir que los eventos que ocurren
en su vida sean tan buenos y placenteros como sea posible. Las personas, por tanto, tienen
derecho a hacer tan bueno y placentero como sea posible el proceso de morir.
Consecuentemente, si el proceso de morir se ha hecho algo oneroso, no se le puede negar
al paciente el derecho a mitigarlo y, así, concluir con su existencia si así él lo desea.
Por otro lado, si alguien ve sus condiciones de vida mermadas permanentemente y decide
no seguir existiendo, a pesar de que la muerte no sea algo inexorable e inminente, no hay
argumento alguno para impedirle que realice su volición. No se le podría forzar a seguir con
una vida que él mismo no considera digna. El que haya derecho a la eutanasia no implica
que el personal de salud tenga la obligación de acabar con la vida de quienes así lo solicitan.
Nadie puede ser forzado a asistir a quien desea la eutanasia, no obstante, no habría nada
de moralmente objetable en el personal voluntario que participa de ella.
Permitir que alguien fallezca de algún padecimiento del cual no es consciente y que no
puede ser curado, es consentir que la enfermedad sea quien ocasione la muerte. El
propósito de consentir la muerte es por compasión y no por desear la muerte, mientras que
la intención de la eutanasia activa es proponer la muerte como medio para ejecutar la
compasión. Continuar el tratamiento de un enfermo cuando no hay esperanzas de curación
es una forma innecesaria de hacer sufrir al paciente.
El escoger el tratamiento o el dejarse morir no puede decidirse con absoluta certidumbre,
simplemente porque no existe una relación estricta y específica entre la causa y la
enfermedad. Nuestro conocimiento de una realidad empírica es siempre aproximado,
probable. No podemos exigir al médico un grado absoluto de seguridad en sus decisiones,
por lo tanto, el enfermo está en su derecho de continuar con un tratamiento que es
considerado ineficaz, ya que no existe una certeza absoluta. Para que una acción de omisión
sea eutanásica, el tratamiento omitido o discontinuado debe haber sido considerado útil
por la profesión médica.
El derecho a la vida, ese que es puesto como el primer y fundamental derecho y que todos
poseemos, no es un derecho intocable, tampoco es un derecho absoluto y menos un deber.
Puesto que me sumo a las tesis expuestas por quienes sostienen que el primer y más
importante de nuestros derechos, del que somos titulares todos los seres humanos, es el
de autonomía, el de la libertad y que ese es a su vez el definitivo fundamento de lo que, de
forma aproximadamente retórica, denominamos dignidad.

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