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Oración Contemplativa en la Vida Cristiana

La oración cristiana es un don de Dios que implica una relación de Alianza entre el hombre y Dios, y se manifiesta como un encuentro de la sed de Dios y la sed del hombre. Es una comunión que se vive en la vida diaria y se fundamenta en la humildad, siendo esencial para la vida cristiana. La oración es una respuesta a la llamada de Dios y se refleja en la vida de figuras bíblicas como Moisés y David, así como en la práctica de Jesús durante su ministerio.
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Oración Contemplativa en la Vida Cristiana

La oración cristiana es un don de Dios que implica una relación de Alianza entre el hombre y Dios, y se manifiesta como un encuentro de la sed de Dios y la sed del hombre. Es una comunión que se vive en la vida diaria y se fundamenta en la humildad, siendo esencial para la vida cristiana. La oración es una respuesta a la llamada de Dios y se refleja en la vida de figuras bíblicas como Moisés y David, así como en la práctica de Jesús durante su ministerio.
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CUARTA PARTE

LA ORACIÓN CRISTIANA
(2558-2565)

PRIMERA SECCIÓN
LA ORACIÓN EN LA VIDA CRISTIANA

¿Qué es la oración?

La oración como don de Dios

«Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada
hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la
prueba como en la alegría Santa Teresa del Niño Jesús.

“La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes


convenientes” San Juan Damasceno.
La humildad es la base de la oración. La humildad es una disposición
necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un
mendigo de Dios San Agustín.
La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde
vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano,
es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su
petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración,
sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios
tiene sed de que el hombre tenga sed de Él . San Agustín.
La oración como Alianza

Es el corazón el que ora. Si este está alejado de Dios, la expresión de la


oración es vana.

El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión


semítica o bíblica: donde yo “me adentro”).

Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias


psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la
muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en
relación: es el lugar de la Alianza.

La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en


Cristo.

Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida
por completo al Padre
La oración como comunión
La vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios, tres veces
Santo, y en comunión con Él. Esta comunión de vida es posible siempre
porque, mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con
Cristo (cf Rm 6, 5). La oración es cristiana en tanto en cuanto es comunión con
Cristo y se extiende por la Iglesia que es su Cuerpo.

CAPÍTULO PRIMERO
LA REVELACIÓN DE LA ORACIÓN
Vocación universal a la oración

El hombre busca a Dios. Por la creación Dios llama a todo ser desde la nada a
la existencia.
Incluso después de haber perdido, por su pecado, su semejanza con Dios, el
hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conserva el deseo de Aquel que le
llama a la existencia.
Dios es quien primero llama al hombre. Olvide el hombre a su Creador o se
esconda lejos de su faz, corra detrás de sus ídolos o acuse a la divinidad de
haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada
persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa de amor del Dios
fiel es siempre lo primero en la oración, la actitud del hombre es siempre una
respuesta.

ARTÍCULO 1
EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

La creación, fuente de la oración


La oración se vive primeramente a partir de las realidades de la creación. Los
nueve primeros capítulos del Génesis describen esta relación con Dios
 como ofrenda por Abel de los primogénitos de su rebaño (cf Gn 4, 4),
 como invocación del nombre divino por Enós (cf Gn 4, 26),
 como “marcha con Dios” (Gn 5, 24).

La Promesa y la oración de la fe

Cuando Dios lo llama, Abraham se pone en camino “como se lo había dicho el


Señor” (Gn 12, 4): todo su corazón “se somete a la Palabra” y obedece. La
escucha del corazón a Dios que llama es esencial a la oración.

Moisés y la oración del mediador

Cuando comienza a realizarse la promesa (Pascua, Éxodo, entrega de la Ley y


conclusión de la Alianza), la oración de Moisés es la figura conmovedora de la
oración de intercesión que tiene su cumplimiento en “el único Mediador entre
Dios y los hombres, Cristo-Jesús, hombre también” (1 Tm 2, 5).

También aquí, Dios interviene, el primero. Llama a Moisés desde la zarza


ardiendo (cf Ex 3, 1-10). Este acontecimiento quedará como una de las figuras
principales de la oración en la tradición espiritual judía y cristiana.

Pues bien, “Dios hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con
su amigo” (Ex 33, 11). La oración de Moisés es modelo de la oración
contemplativa gracias a la cual el servidor de Dios es fiel a su misión. Moisés
“conversa” con Dios frecuentemente y durante largo rato, subiendo a la
montaña para escucharle e implorarle, bajando hacia el pueblo para transmitirle
las palabras de su Dios y guiarlo.

David y la oración del rey

David es, por excelencia, el rey “según el corazón de Dios”, el pastor que ruega
por su pueblo y en su nombre, aquel cuya sumisión a la voluntad de Dios, cuya
alabanza y arrepentimiento serán modelo de la oración del pueblo. Ungido de
Dios, su oración es adhesión fiel a la promesa divina (cf 2 S 7, 18-29),
confianza cordial y gozosa en aquel que es el único Rey y Señor.

El Templo de Jerusalén, la casa de oración que David quería construir, será la


obra de su hijo, Salomón. La oración de la Dedicación del Templo (cf 1 R 8, 10-
61) se apoya en la Promesa de Dios y su Alianza, la presencia activa de su
Nombre entre su Pueblo y el recuerdo de los grandes hechos del Exodo.
Elías, los profetas y la conversión del corazón

Elías es el padre de los profetas, de la raza de los que buscan a Dios, de los
que van tras su rostro (cf Sal 24, 6). Su nombre, “El Señor es mi Dios”,
anuncia el grito del pueblo en respuesta a su oración sobre el monte Carmelo
(cf 1 R 18, 39).

Elías enseña a la viuda de Sarepta la fe en la palabra de Dios, fe que confirma


con su oración insistente: Dios devuelve la vida al hijo de la viuda (cf 1 R 17, 7-
24).

En el sacrificio sobre el Monte Carmelo, prueba decisiva para la fe del pueblo


de Dios, el fuego del Señor es la respuesta a su súplica de que se consume el
holocausto [...] “a la hora de la ofrenda de la tarde”: “¡Respóndeme, Señor,
respóndeme!” son las palabras de Elías que las liturgias orientales recogen en
la epíclesis eucarística (cf 1 R 18, 20-39).

Finalmente, volviendo a andar el camino del desierto hacia el lugar donde el


Dios vivo y verdadero se reveló a su pueblo, Elías se recoge como Moisés “en
la hendidura de la roca” hasta que “pasa” la presencia misteriosa de Dios (cf 1
R 19, 1-14; Ex 33, 19-23).

Los Salmos, oración de la asamblea

Los salmos fueron reunidos poco a poco en un conjunto de cinco libros. los
Salmos (o “alabanzas”), son la obra maestra de la oración en el Antiguo
Testamento.

El Salterio es el libro en el que la Palabra de Dios se convierte en oración del


hombre. En los demás libros del Antiguo Testamento “las palabras [...]
proclaman las obras” [de Dios por los hombres] “y explican su misterio” (DV 2).
En el Salterio, las palabras del salmista expresan, proclamándolas ante Dios,
las obras de salvación.
Las múltiples expresiones de oración de los Salmos se hacen realidad viva
tanto en la liturgia del templo como en el corazón del hombre.
Hay unos rasgos constantes en los Salmos: la simplicidad y la espontaneidad
de la oración, el deseo de Dios mismo a través de su creación, y con todo lo
que hay de bueno en ella, la situación incómoda del creyente que, en su amor
preferente por el Señor, se enfrenta con una multitud de enemigos y de
tentaciones; y que, en la espera de lo que hará el Dios fiel, mantiene la certeza
del amor de Dios y la entrega a la voluntad divina. La oración de los salmos
está siempre orientada a la alabanza; por lo cual, corresponde bien al conjunto
de los salmos el título de “Las Alabanzas”. Recopilados los salmos en función
del culto de la Asamblea, son invitación a la oración y respuesta a la misma:
“Hallelu-Ya!” (Aleluya), “¡Alabad al Señor!”

ARTÍCULO 2
EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS

Jesús ora

El Hijo de Dios, hecho Hijo de la Virgen, también aprendió a orar conforme a su


corazón de hombre. Él aprende de su madre las fórmulas de oración

Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la


sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente
secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: “Yo debía
estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49).
El Evangelio según San Lucas subraya la acción del Espíritu Santo y el sentido
de la oración en el ministerio de Cristo.
Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión:
 Antes de que el Padre dé testimonio de Él en su Bautismo (cf Lc 3, 21) y
de su Transfiguración (cf Lc 9, 28), y
 Antes de dar cumplimiento con su Pasión al designio de amor del Padre
(cf Lc 22, 41-44);
Jesús ora también ante los momentos decisivos que van a comprometer la
misión de sus apóstoles:
 Antes de elegir y de llamar a los Doce (cf Lc 6, 12), antes de que Pedro lo
confiese como “el Cristo de Dios” (Lc 9, 18-20) y para que la fe del
príncipe de los apóstoles no desfallezca ante la tentación (cf Lc 22, 32).
La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide
es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad
amorosa del Padre.
Jesús se retira con frecuencia a un lugar apartado, en la soledad, en la
montaña, con preferencia durante la noche, para orar (cf Mc 1, 35; 6, 46; Lc 5,
16).

Los evangelistas han conservado las dos oraciones más explícitas de Cristo
durante su ministerio. Cada una de ellas comienza precisamente con la acción
de gracias.

 En la primera (cf Mt 11, 25-27 y Lc 10, 21-23), Jesús confiesa al Padre, le


da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los
que se creen doctos y los ha revelado a los “pequeños” (los pobres de las
Bienaventuranzas). Su conmovedor “¡Sí, Padre!” expresa el fondo de su
corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el “Fiat”
de su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá
al Padre en su agonía.

 La segunda oración nos la transmite san Juan (cf Jn 11, 41-42), antes de
la resurrección de Lázaro. La acción de gracias precede al
acontecimiento: “Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado”, lo
que implica que el Padre escucha siempre su súplica

Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre.


«Estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus
discípulos: “Maestro, enséñanos a orar”» (Lc 11, 1).

La oración “sacerdotal” de Jesús (cf. Jn 17) ocupa un lugar único en la


Economía de la salvación., muestra el carácter permanente de la plegaria de
nuestro Sumo Sacerdote, y, al mismo tiempo, contiene lo que Jesús nos
enseña en la oración del Padre Nuestro.

Cuando llega la hora de cumplir el plan amoroso del Padre, Jesús deja entrever
la profundidad insondable de su plegaria filial, no solo antes de entregarse
libremente (“Padre... no mi voluntad, sino la tuya”: Lc 22, 42), sino hasta en
sus últimas palabras en la Cruz, donde orar y entregarse son una sola cosa:
“Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34); “Yo te aseguro:
hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 24,43); “Mujer, ahí tienes a tu Hijo [...].
Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27); “Tengo sed” (Jn 19, 28); “¡Dios mío, Dios
mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34; cf Sal 22, 2); “Todo está
cumplido” (Jn 19, 30); “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23, 46),
hasta ese “fuerte grito” cuando expira entregando el espíritu (cf Mc 15,
37; Jn 19, 30).
Con su oración, Jesús nos enseña a orar.

El camino teologal de nuestra oración es su propia oración al Padre. Pero el


Evangelio nos entrega una enseñanza explícita de Jesús sobre la oración.
Como un pedagogo, nos toma donde estamos y, progresivamente, nos conduce
al Padre. Dirigiéndose a las multitudes que le siguen, Jesús comienza con lo
que ellas ya saben de la oración por la Antigua Alianza y las prepara para la
novedad del Reino que está viniendo. Después les revela en parábolas esta
novedad.

Por último, a sus discípulos que deberán ser los pedagogos de la oración en su
Iglesia, les hablará abiertamente del Padre y del Espíritu Santo.

Ya en el Sermón de la Montaña, Jesús insiste en la conversión del corazón:

1. la reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda sobre el


altar (cf Mt 5, 23-24),
2. el amor a los enemigos y la oración por los perseguidores (cf Mt 5, 44-
45),
3. orar al Padre “en lo secreto” (Mt 6, 6),
4. no gastar muchas palabras (cf Mt 6, 7),
5. perdonar desde el fondo del corazón al orar (cf, Mt 6, 14-15), l
6. a pureza del corazón y la búsqueda del Reino (cf Mt 6, 21. 25. 33).

Del mismo modo que Jesús ora al Padre y le da gracias antes de recibir sus
dones, nos enseña esta audacia filial: “todo cuanto pidáis en la oración, creed
que ya lo habéis recibido” (Mc 11, 24).

La oración de fe no consiste solamente en decir “Señor, Señor”, sino en


disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre (Mt 7, 21).

San Lucas nos ha trasmitido tres parábolas principales sobre la oración:

1. La primera, “el amigo importuno” (cf Lc 11, 5-13), invita a una oración
insistente: “Llamad y se os abrirá”. Al que ora así, el Padre del cielo “le
dará todo lo que necesite”, y sobre todo el Espíritu Santo que contiene
todos los dones.
2. La segunda, “la viuda importuna” (cf Lc 18, 1-8), está centrada en una de
las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con
la paciencia de la fe. “Pero, cuando el Hijo del hombre venga,
¿encontrará fe sobre la tierra?”.
3. La tercera parábola, “el fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), se refiere a
la humildad del corazón que ora. “Oh Dios, ten compasión de mí que soy
pecador”. La Iglesia no cesa de hacer suya esta oración: ¡Kyrie eleison!

Jesús escucha la oración

La oración a Jesús ya ha sido escuchada por Él durante su ministerio, a través


de signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús
escucha la oración de fe expresada en palabras (del leproso [cf Mc 1, 40-41],
de Jairo [cf Mc 5, 36], de la cananea [cf Mc 7, 29], del buen ladrón [cf Lc 23, 39-
43]), o en silencio (de los portadores del paralítico [cf Mc 2, 5], de la hemorroisa
[cf Mc 5, 28] que toca el borde de su manto, de las lágrimas y el perfume de la
pecadora [cf Lc 7, 37-38])…. Etc.

San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de


Jesús: Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, oratur
a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius
in nobis (“Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como
cabeza nuestra; a Él se dirige nuestra oración como a Dios nuestro.
Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros”)
(Enarratio in Psalmum 85, 1; cf Institución general de la Liturgia de las
Horas, 7).
La oración de la Virgen María
La oración de la Virgen María, en su Fiat y en su Magnificat, se caracteriza por
la ofrenda generosa de todo su ser en la fe.
La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos.
Antes de la Encarnación del Hijo de Dios y antes de la efusión del Espíritu
Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre:
en la anunciación, para la concepción de Cristo (cf Lc 1, 38); en Pentecostés
para la formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo (cf Hch 1, 14). En la fe de su
humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el
comienzo de los tiempos. La que el Omnipotente ha hecho “llena de gracia”
responde con la ofrenda de todo su ser: “He aquí la esclava del Señor, hágase
en mí según tu palabra”. Fiat, ésta es la oración cristiana: ser todo de Él, ya que
Él es todo nuestro.

ARTÍCULO 3
EN EL TIEMPO DE LA IGLESIA
El día de Pentecostés, el Espíritu de la promesa se derramó sobre los
discípulos, “reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1), que lo esperaban
“perseverando en la oración con un mismo espíritu” (Hch 1, 14).

I. La bendición y la adoración
La bendición expresa el movimiento de fondo de la oración cristiana: es
encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de Dios y la acogida del
hombre se convocan y se unen. La oración de bendición es la respuesta del
hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre
puede bendecir a su vez a Aquel que es la fuente de toda bendición.
La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su
Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cf Sal 95, 1-6) y la
omnipotencia del Salvador que nos libera del mal.
II. La oración de petición
La petición de perdón es el primer movimiento de la oración de petición (cf el
publicano: “Oh Dios ten compasión de este pecador” Lc 18, 13). Es el comienzo
de una oración justa y pura. La humildad confiada nos devuelve a la luz de la
comunión con el Padre y su Hijo Jesucristo, y de los unos con los otros (cf 1
Jn 1, 7-2, 2)
III. La oración de intercession
La intercesión es una oración de petición que nos conforma muy de cerca con
la oración de Jesús. Él es el único intercesor ante el Padre en favor de todos los
hombres, de los pecadores en particular (cf Rm 8, 34; 1 Jn 2, 1; 1 Tm 2. 5-8).
Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón
conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión
cristiana participa de la de Cristo

IV. La oración de acción de gracias

La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la


Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es.

V. La oración de alabanza
La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que
Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo
que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman
en la fe antes de verle en la gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro
espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (cf. Rm 8, 16), da
testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al
Padre. La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel
que es su fuente y su término

“Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y


salmodiad en vuestro corazón al Señor” (Ef 5, 19; Col 3, 16). Como los autores
inspirados del Nuevo Testamento, las primeras comunidades cristianas releen
el libro de los Salmos cantando en él el Misterio de Cristo.
La Eucaristía contiene y expresa todas las formas de oración: es la “ofrenda
pura” de todo el Cuerpo de Cristo a la gloria de su Nombre (cf Ml 1, 11); es,
según las tradiciones de Oriente y de Occidente, “el sacrificio de alabanza”.
CAPÍTULO SEGUNDO
LA TRADICIÓN DE LA ORACIÓN
La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar
es necesario querer y aprender a orar.

Pues bien, por una transmisión viva (la sagrada Tradición), el Espíritu Santo,
en la "Iglesia creyente y orante" (DV 8), enseña a orar a los hijos de Dios.

La tradición de la oración cristiana es una de las formas de crecimiento de la


Tradición de la fe, en particular mediante la contemplación y la reflexión de los
creyentes que conservan en su corazón los acontecimientos y las palabras de
la Economía de la salvación.

ARTÍCULO 1
LAS FUENTES DE LA ORACIÓN

La Palabra de Dios, la liturgia de la Iglesia y las virtudes de la fe, la


esperanza y la caridad son fuentes de la oración.

El Espíritu Santo es el “agua viva” que, en el corazón orante, “brota para vida
eterna” (Jn 4, 14). Él es quien nos enseña a recogerla en la misma Fuente:
Cristo. Pues bien, en la vida cristiana hay manantiales donde Cristo nos espera
para darnos a beber el Espíritu Santo.

1. La Palabra de Dios

La Iglesia «recomienda insistentemente a todos sus fieles [...] la lectura asidua


de la Escritura para que adquieran “la ciencia suprema de Jesucristo” (Flp 3,8)

“Buscad leyendo, y encontraréis meditando; llamad orando, y se os abrirá por la


contemplación” (Guido El Cartujano, Scala claustralium, 2, 2).

2. La Liturgia de la Iglesia

La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la


Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en
el corazón que ora.
Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto” (Mt 6, 6), siempre es oración
de la Iglesia, comunión con la Trinidad Santísima
3. Las virtudes teologales
El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el retorno de
Cristo, nos educa para orar en la esperanza. Inversamente, la oración de la
Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la esperanza.
“La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5). La oración,
formada en la vida litúrgica, saca todo del amor con el que somos amados en
Cristo y que nos permite responder amando como Él nos ha amado. El amor
es la fuente de la oración: quien bebe de ella, alcanza la cumbre de la oración.
…decirle Te amo a Dios es amor y oración a la vez
ARTÍCULO 2
EL CAMINO DE LA ORACIÓN

En la tradición viva de la oración, cada Iglesia propone a sus fieles, según el


contexto histórico, social y cultural, el lenguaje de su oración: palabras,
melodías, gestos, iconografía. Corresponde al Magisterio (cf. DV 10) discernir la
fidelidad de estos caminos de oración a la tradición de la fe apostólica y
compete a los pastores y catequistas explicar el sentido de ello, con relación
siempre a Jesucristo.

 La oración al Padre

Sea comunitaria o individual, vocal o interior, nuestra oración no tiene acceso al


Padre más que si oramos “en el Nombre” de Jesús.

 La oración a Jesús
La oración de la Iglesia, alimentada por la palabra de Dios y por la celebración
de la liturgia, nos enseña a orar al Señor Jesús. Aunque esté dirigida sobre todo
al Padre, en todas las tradiciones litúrgicas incluye formas de oración dirigidas a
Cristo.

El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la


creación y de la salvación.

 Decir “Jesús” es invocarlo desde nuestro propio corazón.


 Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa.
 Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo
de Dios que le amó y se entregó por él (cf Rm 10, 13; Hch 2, 21; 3, 15-
16; Ga 2, 20).

“Ven, Espíritu Santo”

«Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino por influjo del Espíritu Santo» (1
Co 12, 3). Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu
Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al camino de la oración.
Puesto que Él nos enseña a orar recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos
también a él orando? Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al
Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción
importante.

En comunión con la santa Madre de Dios

En la oración, el Espíritu Santo nos une a la Persona del Hijo Único, en su


humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella, nuestra oración filial nos
pone en comunión, en la Iglesia, con la Madre de Jesús (cf Hch 1, 14)

Jesús, el único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y


nuestra Madre es pura transparencia de Él: María “muestra el Camino”

En los innumerables himnos y antífonas que expresan esta oración, se alternan


habitualmente dos movimientos: uno “engrandece” al Señor por las “maravillas”
que ha hecho en su humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres
humanos (cf Lc 1, 46-55); el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y
alabanzas de los hijos de Dios, ya que ella conoce ahora la humanidad que en
ella ha sido desposada por el Hijo de Dios.

Este doble movimiento de la oración a María ha encontrado una expresión


privilegiada en la oración del Avemaría

“Bienaventurada la que ha creído... ” (Lc 1, 45): María es “bendita [... ]entre


todas las mujeres” porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor.
Con Isabel, nos maravillamos y decimos: “¿De dónde a mí que la madre de mi
Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su hijo, María es madre
de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y
nuestras peticiones: ora por nosotros como oró por sí misma: “Hágase en mí
según tu palabra” (Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con
ella en la voluntad de Dios: “Hágase tu voluntad”
ARTÍCULO 3
MAESTROS Y LUGARES DE ORACIÓN

Una pléyade de testigos

Los testigos que nos han precedido en el Reino (cf Hb 12, 1), especialmente
los que la Iglesia reconoce como “santos”, participan en la tradición viva de la
oración, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por
su oración hoy. Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquéllos
que han quedado en la tierra.

Servidores de la oración

 La familia cristiana es el primer lugar de la educación en la oración.


Fundada en el sacramento del Matrimonio, es la “iglesia doméstica”
donde los hijos de Dios aprenden a orar “como Iglesia” y a perseverar en
la oración.
 Los ministros ordenados son también responsables de la formación en la
oración de sus hermanos y hermanas en Cristo.
 Muchos religiosos han consagrado y consagran toda su vida a la oración.
Desde el desierto de Egipto, eremitas, monjes y monjas.
 La catequesis de niños, jóvenes y adultos, está orientada a que la
Palabra de Dios se medite en la oración personal, se actualice en la
oración litúrgica, y se interiorice en todo tiempo a fin de fructificar en una
vida nueva.
La catequesis es también el momento en que se puede purificar y educar
la piedad popular
 Grupos de oración, o “escuelas de oración”

Lugares favorables para la oración

Los lugares más favorables para la oración son el oratorio personal o familiar,
los monasterios, los santuarios de peregrinación y, sobre todo, el templo que es
el lugar propio de la oración litúrgica para la comunidad parroquial y el lugar
privilegiado de la adoración eucarística.
CAPÍTULO TERCERO
LA VIDA DE ORACIÓN
La oración es la vida del corazón nuevo.

La Tradición de la Iglesia propone a los fieles unos ritmos de oración destinados


a alimentar la oración continua. Algunos son diarios: la oración de la mañana y
la de la tarde, antes y después de comer, la Liturgia de las Horas. El domingo,
centrado en la Eucaristía, se santifica principalmente por medio de la oración. El
ciclo del año litúrgico y sus grandes fiestas son los ritmos fundamentales de la
vida de oración de los cristianos.

ARTÍCULO 1
EXPRESIONES DE LA ORACIÓN La tradición cristiana contiene tres
importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y
la oración contemplativa. Las tres tienen en común el recogimiento del corazón.
I. La oración vocal

La oración vocal, fundada en la unión del cuerpo con el espíritu en la


naturaleza humana, asocia el cuerpo a la oración interior del corazón a ejemplo
de Cristo que ora a su Padre.

Por medio de su Palabra, Dios habla al hombre. Por medio de palabras,


mentales o vocales, nuestra oración toma cuerpo. Pero lo más importante es la
presencia del corazón ante Aquél a quien hablamos en la oración. “Que nuestra
oración se oiga no depende de la cantidad de palabras, sino del fervor de
nuestras almas” (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermo 2, 2).

La oración vocal es un elemento indispensable de la vida cristiana. A los


discípulos, atraídos por la oración silenciosa de su Maestro, éste les enseña
una oración vocal: el “Padre Nuestro”.
La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquél
“a quien hablamos” (Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección, 26).

I. La meditación

La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el


porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el
Señor pide.

La meditación es una reflexión única y personal que no depende de palabras


preestablecidas, sino que es una conversación con Dios desde el corazón.

Partiendo de lo que en ese momento inquieta, preocupa o alegra a nuestro interior.

De manera frecuente se suele hacer a través de la lectura de la Palabra de Dios, de


textos litúrgicos, escritos espirituales o de la contemplación de imágenes sagradas.

Asimismo, cuando rezamos el Santo Rosario, que es una oración vocal, meditamos
a la vez los misterios de la vida de Cristo.

Este tipo de oración nos ayuda a conectar el pensamiento, la imaginación y la emoción


para profundizar en nuestra fe, en esa comunicación con el Creador. Nos hace
confrontarnos y discernir para llegar a conocer la Voluntad de Dios en nuestra vida.

Finalmente, la oración contemplativa deja de lado las palabras y los pensamientos y


se centra más en experimentar la presencia de Dios.

III. La oración contemplativa

¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde: “No es otra cosa oración
mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a
solas con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa de Jesús, Libro de la
vida, 8).

Se centra más en experimentar la presencia de Dios. Es una mirada de fe, fijada


en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor. Realiza la
unión con la oración de Cristo en la medida en que nos hace participar de su
misterio.

La contemplación busca al “amado de mi alma” (Ct 1, 7; cf Ct 3, 1-4). Esto es, a


Jesús y en Él, al Padre.

La entrada en la contemplación es análoga a la de la Liturgia eucarística:


“recoger” el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo,
habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para
entrar en la presencia de Aquel que nos espera, hacer que caigan nuestras
máscaras y volver nuestro corazón hacia el Señor que nos ama, para ponernos
en sus manos como una ofrenda que hay que purificar y transformar.

La oración contemplativa es la oración del hijo de Dios, del pecador perdonado


que consiente en acoger el amor con el que es amado y que quiere responder a
él amando más todavía (cf Lc 7, 36-50; 19, 1-10). Pero sabe que su amor, a su
vez, es el que el Espíritu derrama en su corazón, porque todo es gracia por
parte de Dios. La contemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad
amorosa del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado.

La oración contemplativa es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo le miro y él me


mira”, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario

ARTÍCULO 2
EL COMBATE DE LA ORACIÓN

La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte.


Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza
antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan
que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra
las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la
oración, de la unión con su Dios.

Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar
habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en
su Nombre. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable
del combate de la oración.

I. Obstáculos para la oración

En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y


en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración; algunos la reducen
a actitudes y palabras rituales, otros a terapias psicológicas emocionales.

En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible


con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo.

También tenemos que hacer frente a mentalidades de “este mundo” que nos
invaden si no estamos vigilantes.
Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido
como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no
entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos “muchos bienes” (cf Mc 10,
22), decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad; herida de
nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, difícil
aceptación de la gratuidad de la oración, etc.

II. La humilde vigilancia de la oración

 Frente a las dificultades de la oración


 La dificultad habitual de la oración es la distracción.
En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al
sentido de estas.
 Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es
la sequedad. Forma parte de la oración en la que el corazón está
desprendido, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos,
incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se
mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. “El grano de
trigo, si [...] muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Si la sequedad se debe a
falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el
combate sin una mayor conversión (cf Lc 8, 6. 13).
 Frente a las tentaciones en la oración

La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se


expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de
hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y
cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la
verdad del corazón y de su más profundo deseo.

Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedia. Los Padres


espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento
debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a
la negligencia del corazón. “El espíritu [...] está pronto pero la carne es débil”
(Mt 26, 41).

III. La confianza filial

La confianza filial se prueba en la tribulación, ella misma se prueba (cf. Rm 5,


3-5). La principal dificultad se refiere a la oración de petición, al suplicar por uno
mismo o por otros. Hay quien deja de orar porque piensa que su oración no es
escuchada. A este respecto se plantean dos cuestiones: Por qué la oración de
petición no ha sido escuchada; y cómo la oración es escuchada o “eficaz”.
Queja por la oración no escuchada

Pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios


presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de
Nuestro Señor Jesucristo?

¿Estamos convencidos de que “nosotros no sabemos pedir como conviene”


(Rm 8, 26)? ¿Pedimos a Dios los “bienes convenientes”? Nuestro Padre sabe
bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos (cf. Mt 6, 8),
pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad.

«No pretendas conseguir inmediatamente lo que pides, como si lograrlo


dependiera de ti, pues Él quiere concederte sus dones cunado perseveras en la
oración» (Evagrio Pontico, De oratione, 34).

Él quiere «que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para
recibir lo que él está dispuesto a darnos» (San Agustín, Epistula 130, 8, 17).

La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su


modelo. Él ora en nosotros y con nosotros. Puesto que el corazón del Hijo no
busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se
apegaría más a los dones que al Dador?.

IV. Perseverar en el amor

“Orad constantemente” (1 Ts 5, 17), “dando gracias continuamente y por todo a


Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20), “siempre en
oración y suplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con
perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6, 18).“No nos ha sido
prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que
nos manda orar sin cesar” (Evagrio Pontico, Capita practica ad Anatolium, 49).
Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra
inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde,
confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias
de fe, luminosas y vivificantes:

Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado


que está con nosotros “todos los días” (Mt 28, 20), cualesquiera que sean
las tempestades (cf Lc 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios:

Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu


caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5, 16-25). ¿Cómo puede el
Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de él?
«Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es
difícil [...]. Es imposible [...] que el hombre [...] que ora [...] pueda pecar» (San
Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5).

«Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (San


Alfonso María de Ligorio, Del gran mezzo della preghiera, pars 1, c. 1)).

Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor
y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y
amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el
Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús.

«Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración.
Sólo así podemos cumplir el mandato: “Orad constantemente”» (Orígenes, De
oratione, 12, 2).

LA ORACIÓN EN LA HORA DE JESÚS

Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf Jn 17).

Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía


de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al
igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas”, permanece
siempre actual, de la misma manera la oración de la Hora de Jesús sigue
presente en la Liturgia de la Iglesia.

La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de


Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio,
de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde él es “consagrado” enteramente al
Padre (cf Jn 17, 11. 13. 19).

Si en el Santo Nombre de Jesús, nos ponemos a orar, podemos recibir en toda


su hondura la oración que Él nos enseña: “¡Padre Nuestro!”. La oración
sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padre
Nuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf Jn 17, 6. 11. 12. 26), el
deseo de su Reino (la gloria; cf Jn 17, 1. 5. 10. 24. 23-26), el cumplimiento de la
voluntad del Padre, de su designio de salvación (cf Jn 17, 2. 4 .6. 9. 11. 12. 24)
y la liberación del mal (cf Jn 17, 15).

2751 Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento”
indisociable del Padre y del Hijo (cf Jn 17, 3. 6-10. 25) que es el misterio mismo
de la vida de oración.

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