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Vida y obra de Juan Rulfo

Juan Rulfo, nacido el 16 de mayo de 1917 en Jalisco, es un destacado escritor mexicano conocido por su obra literaria, especialmente por 'El llano en llamas' y 'Pedro Páramo'. Su vida estuvo marcada por la violencia de la Revolución Mexicana, lo que influyó en su narrativa y fotografía, fusionando la ficción con la historia y las tradiciones orales. Falleció el 7 de enero de 1986, dejando un legado literario que continúa siendo estudiado y celebrado a nivel mundial.

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Vida y obra de Juan Rulfo

Juan Rulfo, nacido el 16 de mayo de 1917 en Jalisco, es un destacado escritor mexicano conocido por su obra literaria, especialmente por 'El llano en llamas' y 'Pedro Páramo'. Su vida estuvo marcada por la violencia de la Revolución Mexicana, lo que influyó en su narrativa y fotografía, fusionando la ficción con la historia y las tradiciones orales. Falleció el 7 de enero de 1986, dejando un legado literario que continúa siendo estudiado y celebrado a nivel mundial.

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Juan Rulfo

Juan Rulfo nació el 16 de mayo de 1917 en Jalisco. Registrado en Sayula,


vivió parte de su infancia en la población de San Gabriel. Como escritor,
Rulfo se apropió de las experiencias que desgarran el precario orden
familiar: la guerra, el despojo, la orfandad; y de su región de origen,
cuyo entorno inmediato fue el de las haciendas y el campo destruidos
por la violencia de la Revolución y la Cristiada. Sin embargo, la
verdadera vida de Juan Rulfo está en su obra: el autor fue esencialmente
un orfebre que permitió a la literatura remontarse a dimensiones
inéditas para su época.

Novelista, cuentista, fotógrafo y editor, a Rulfo se le reconoce, sobre


todo, por su volumen de cuentos El llano en llamas (1953) y su primera
novela Pedro Páramo (1955). A partir de la aparición de estos títulos
mantuvo un contacto frecuente con el cine; su segunda novela, El gallo
de oro (1958), el cortometraje El despojo (1959) y su participación en el
filme La fórmula secreta (1964) son producto de ello. Durante las dos
últimas décadas de su vida, se encargó de editar en el Instituto Nacional
Indigenista una de las colecciones de antropología contemporánea más
importantes de México. En todas estas variadas manifestaciones puede
comprobarse que el pensamiento y las actividades de Rulfo se movieron
al centro de poderosos polos: la ficción y la historia, la tradición literaria
escrita y las riquísimas vertientes orales, la imagen verbal y la imagen
fotográfica, la vanguardia estética y la innovadora superación de esa
misma vanguardia, la cultura cristiana y la sólida pervivencia de culturas
indígenas en México y en América, la modernidad laica y la vitalidad de
concepciones del mundo distintas, pero de ningún modo inferiores, la
antropología y la realidad presente, la geografía rural y la vertiginosa
mutación del paisaje urbano; pares de conceptos que para el autor
fueron retos y estímulos, unas veces en franco contraste y otras en
armonía.

Juan Rulfo falleció en la Ciudad de México el 7 de enero de 1986. Desde


entonces, sigue siendo uno de los escritores mexicanos más leídos en su
país y el extranjero; sus títulos han sido traducidos a decenas de idiomas
y su obra –literaria y fotográfica– sigue siendo motivo de innumerables
estudios, homenajes y reapropiaciones.

infancia
Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno nació el 16 de mayo de
1917.[1] El dato sobre el lugar exacto de nacimiento se disemina y oscila
entre la pequeña ciudad que se apuntó en su registro –Sayula, Jalisco– y
otros dos asentamientos –Apulco, la hacienda que su madre heredó de
sus abuelos maternos, y San Gabriel, poblado donde el autor pasó parte
importante de su niñez–, estos dos últimos afectivamente más
importantes para el escritor. Los tres son ejemplos de comunidades
tradicionales, crecidas alrededor de la parroquia, hechas a ésta en sus
ritmos y en sus costumbres, sólo sacudidas hasta las raíces por dos
guerras que habrían de indicar el violento arribo del tiempo moderno: la
Revolución mexicana y la Contrarrevolución cristera.

La infancia de Rulfo pasó en un campo de batalla entre las fuerzas


irreconciliables que se disputaban el futuro del país. La violencia de los
años veinte, que el autor vivió muy de cerca, produjo la mayor parte de
los escenarios de El llano en llamas y de Pedro Páramo. En ese momento
Jalisco se debatía entre el radicalismo ultramontano de la Iglesia y el
radicalismo o bien liberal o bien jacobino de los sucesivos gobiernos
estatales y federales. La gente del campo, como la familia de Rulfo, se
encontraba en el último sitio, marginados por las pugnas por el poder
entre antagonismos recalcitrantes. La tragedia tocó de cerca al escritor
cuando el 1 de junio de 1923 el joven Guadalupe Nava Palacios asesinó
a su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo. En una región convulsa como
aquella, la muerte del padre tenía como corolario la doble orfandad: la
mujer sola, despojada, no podía –tal vez no quería– seguir viviendo.
María Vizcaíno Arias de Pérez Rulfo, madre del escritor, murió en
noviembre de 1927. Esta violencia fracturó la niñez de Rulfo, cuya
educación sufrió toda clase de interrupciones.

Las vicisitudes escolares del autor son, a la vez, síntesis de la difícil


historia de su familia y la de su comarca. En el contexto de un conflicto
entre la educación laica y la religiosa que databa, por lo menos, desde el
siglo anterior, los tutores de Rulfo se decidieron por la última. Desde
1922, a los cinco años y por instancias de los padres, inició su educación
en el Colegio de las Josefinas, dirigido por el padre Ireneo Monroy. Tuvo
que interrumpirla en 1926 cuando la Guerra cristera provocó el cierre del
colegio y la huida del sacerdote. En 1927, Rulfo fue inscrito en el Colegio
Luis Silva de Guadalajara por decisión de su tío, quien tras la muerte del
padre y el abuelo había quedado a cargo de ellos. Juan permaneció en el
internado del colegio hasta 1932, cuando ya tenía quince años. El 20 de
noviembre de 1932, a instancias de su abuela materna, quedó inscrito
en el Seminario Conciliar.

En medio de los sucesivos lutos, y de manera paralela a su educación


formal, una experiencia decisiva en la formación de Rulfo fue el acceso a
la biblioteca de Ireneo Monroy. Según el testimonio del autor, la
biblioteca mostraba las trazas de las actividades de un precavido
mediador entre las letras y la comunidad. Cuando el sacerdote se fue a
la Cristiada, dejó sus libros en la casa donde vivía Juan:

Tenía muchos libros porque él se decía censor eclesiástico y recogía de


las casas los de la gente que los tenía para ver si podía leerlos. Tenía el
índex y con ése los prohibía, pero lo que hacía en realidad era quedarse
con ellos porque en su biblioteca había muchos más libros profanos que
religiosos, los mismos que yo me senté a leer, las novelas de Alejandro
Dumas, las de Víctor Hugo, Dick Turpin, Buffalo Bill, Sitting Bull. Todo eso
leí yo a los diez años, me pasaba todo el tiempo leyendo, no podías salir
a la calle porque te podía tocar un balazo. [2]

Es curioso que un cura le ofreciera, sin querer y sin saber, aquella


biblioteca abandonada, que fue el camino y el instrumento para transitar
del destino común del hijo segundo –la vía eclesiástica– al destino único
del autor en el que se convirtió.

Juan Rulfo jamás narró lo que le proporcionaba la tragedia familiar y la


experiencia autobiográfica y anecdótica sin una compleja elaboración
literaria. Como autor, rara vez presta su voz narrativa a los licenciados,
hacendados o administradores, como su abuelo y su padre. Se resistió al
enfoque que asumieron los narradores del antiguo régimen, quienes
privilegiaron los sufrimientos e intereses de los propietarios. Por el
contrario, la narrativa y la fotografía de Rulfo buscan una y otra vez los
espacios y las historias que dan cuenta de las secuelas de la violencia
como la crisis de la cultura católica y las trazas de los asentamientos
indígenas. En muchos pasajes, su obra remite a estas tradiciones, que
aparecen fuertemente condensadas, decantadas, sugeridas y
consumadas con plenitud. De hecho, allí se encuentra uno de los efectos
de Rulfo: en su capacidad para reunir, en textos breves, registros que
aprovechan, depurándolos, legados fundamentales del repertorio
cultural, oral y literario. El autor nació y se crió en una atmósfera de
guerra, de la que se engendraron gran cantidad de relatos orales;
aprendió a contar escuchando y por eso dejó narrar en sus páginas a
personajes locales y regionales de la Revolución y la Cristiada.
Años de formación

Los años de formación de Rulfo corresponden al tiempo en que el


discurso revolucionario se iba agotando. Las castas gobernantes
transmitían los últimos ecos del orgullo de que, pese a todo, la
Revolución había sido el primer movimiento social del siglo xx y era la
base del notorio crecimiento del país. Antes de volverse estéril, el
discurso hegemónico podía proporcionarle energía social incluso a aquel
que, como Rulfo, era sumamente crítico con él. De ese modo, el México
de los años treinta y cuarenta, con la consumación del espíritu
revolucionario, a la vez capitalista y social, aún prodigaba un
sentimiento de confianza suficiente como para que el joven de Jalisco se
animara a hacer la crítica del mismo impulso, con una cierta fe en que
aún se podían corregir los errores.

Como en una novela que acumulara pruebas de iniciación contra el


protagonista, Rulfo encontró un nuevo obstáculo cuando no pudo
inscribirse en la Universidad de Guadalajara en 1933, pues todas las
dependencias universitarias habían sido clausuradas a consecuencia de
una huelga. En 1934, renuncia a realizar estudios profesionales
sistemáticos cuando se le niega la revalidación de sus estudios
preparatorianos. A partir de entonces, sus viajes se multiplicaron.

Hasta ahora no ha sido posible reconstruir cada estancia y movimiento


de todos los itinerarios que Juan Rulfo emprendió entre 1934 y 1939, ya
que los testimonios disponibles son vagos y generales. De cualquier
modo, hay tres sitios que fueron punto de referencia en ese lapso:
Apulco, Guadalajara y la Ciudad de México. Allí, en la Facultad de
Filosofía y Letras, Rulfo escuchó las conferencias de personajes
importantísimos de la cultura mexicana: Antonio y Alfonso Caso, Vicente
Lombardo Toledano, el filósofo Eduardo García Máynez y, sobre todo, el
historiador del arte Justino Fernández,[3] entre otros grandes oradores y
guías de la inteligencia de la época. No es prudente desestimar esta
influencia en Rulfo, de la que se ha escrito muy poco.

Convertido en pequeño burócrata por su falta de contacto con las élites


gubernamentales, Rulfo comenzó a trabajar en la Secretaría de
Gobernación como clasificador del Archivo en 1937. Ese mismo año,
trabó una de las amistades más decisivas, la que mantuvo con Efrén
Hernández. Con él intercambió ideas, libros, anécdotas y soledades.
Fue Efrén Hernández el que lo obligó a librarse de la cuasi clandestinidad
con la que empezó a escribir, y le enseñó a corregir y depurar textos con
técnicas precisas que dejaron en Rulfo una aguda consciencia de la
concisión y la autonomía de la escritura, frente a las opiniones y los
comentarios del autor. A partir de 1941, se estableció como agente de
migración en Guadalajara, donde conoció a Juan José Arreola. La relación
entre ambos jóvenes, venidos de la misma región de Jalisco fue, aunque
intermitente, una de las más valiosas en la historia de la literatura
mexicana.

El primer texto que conocemos de Juan Rulfo se escribió aparentemente


por estas fechas, en 1940, aunque permaneció inédito hasta 1959,
cuando se publicó en el número 3 de la nueva época de la Revista
Mexicana de Literatura. Los protagonistas de “Un pedazo de cielo” –
único fragmento que se conserva de una obra más extensa, que habría
llevado por título El hijo del desaliento– son una prostituta y un hombre
que la sigue con un niño ajeno en los brazos y que más adelante acaba
casándose con ella. Ya para este momento del proceso creativo de Rulfo
es notorio que prefería, de entre todos los personajes posibles, a
aquellos que reconocía en las andanzas por los barrios de Guadalajara y
México. Sin embargo, nunca fue complaciente con ellos; en ningún
momento de su obra se idealiza por razones románticas o políticas al
habitante de la orilla urbana.

También para entonces Juan Rulfo ya tomaba fotos. Estudió la disciplina


con el método paciente y minucioso con el que se acercó a la literatura,
a la historia y a la antropología, al grado que, en los últimos años, su
biblioteca personal contaba con un apartado de casi 700 volúmenes
sobre el tema. Para Rulfo, la fotografía fue un medio de conciliar mundos
que tanto en la vida real como en la literatura parecían distantes, como
el universo indígena y el espacio privado de la familia. La cámara
fotográfica le permitió situarse en formas de expresión estética distintas
a las de la literatura. Después de todo, la fotografía es uno de los oficios
y de las prácticas que definen la modernidad, de manera que poner en
juego al mismo tiempo letras e imagen gráfica fue una forma de
aprovechar unas de las artes más antiguas y alternarla con una de las
más recientes, y si el raro equilibrio entre antigüedad extrema y
modernidad intensa es uno de los elementos que proporcionan carácter
al estilo de Juan Rulfo, tal equilibrio tiene un equivalente en las dos
disciplinas estéticas más importantes para el novelista.

Al tiempo que la realidad se disociaba de las voces hegemónicas, la


escritura y la fotografía representaban un intento de devolver a ésta la
compleja hondura que los discursos cotidianos acostumbraban quitarle.
El hecho de que ni entonces ni después Rulfo recurriera al periodismo ni
al género por excelencia de la modernidad, el ensayo, es por lo menos
en parte el fruto de una elección que el autor asumió con mucha
convicción. El cuento, la novela y la fotografía –las tres prácticas en las
que Rulfo especializaría su carrera–inciden en zonas de la vida individual
y de las dinámicas sociales que los géneros periodísticos y el ensayo
consiguen apenas, si acaso, vislumbrar y enunciar. La multiplicación de
humildes voces individuales o colectivas en sus textos confirman que en
estos años de formación Rulfo dedicó muchas horas a escuchar historias
sin después reducirse a reproducir testimonios o a escribir crónicas o
“relatos de vida”, valiosos pero circunstanciales. Esto se materializó
durante la década siguiente, cuando publicó sus obras más importantes.

Labor editorial

Rulfo hizo valer sus conocimientos de historia regional para recomendar


la edición de algunos libros, como La Sierra de Juárez (1956) del profesor
rural Rosendo Pérez García; el volumen Noticias de la vida y hechos de
Nuño de Guzmán (1963), “el conquistador de Jalisco”, de José Fernández
Ramírez, con un prólogo crítico del novelista; y La provincia de
Ávalos (1971-1977) de Federico Munguía Cárdenas, financiado por el
gobierno de Jalisco. Además, consiguió que se publicaran y distribuyeran
en Guadalajara una serie de documentos sobre la conquista de Nueva
Galicia que él mismo recopiló en el Archivo General de la Nación. Sin
embargo, la tarea editorial más importante fue la que realizó en el
Instituto Nacional Indigenista a partir de 1962, invitado personalmente
por el arqueólogo Alfonso Caso.

Aunque ingresó en calidad de corrector de estilo, Rulfo se convirtió en el


responsable de ediciones del departamento que entonces dirigía el
guatemalteco y mexicano Carlos Solórzano. Bajo este rubro aparece
consignado su nombre en los primeros volúmenes de la vasta colección
de títulos de antropología y arqueología, Serie de Antropología Social, a
la que se dedicaría el último tercio de su vida, ya como director a partir
del número nueve.

Entre las obras editadas merecen mencionarse Medicina y magia. El


proceso de aculturación en la estructura colonial, de Gonzalo Aguirre
Beltrán; Medicina maya en los Altos de Chiapas. Un estudio del cambio
socio-cultural, de William R. Holland; la edición facsimilar de La
población del valle de Teotihuacán, de Manuel Gamio; y Cambio de
indumentaria. La estructura social y el abandono de la vestimenta
indígena en la Villa de Santiago Jamiltepec, de Susana Drucker. El último
volumen que apareció bajo la dirección del novelista fue Huacinto.
Organización y práctica política, de Manuel Jiménez Castillo, en 1985. En
total, Rulfo trabajó en la suma de 70 volúmenes durante 23 años.

Otra importante, aunque mucho más breve labor de difusión de Rulfo fue
la colaboración fija que tuvo durante un año en la revista El Cuento,
dirigida por Edmundo Valadés. La sección “Retales” apareció desde el
primer número. Se trataba de relatos breves de autores varios, que el
jalisciense recogió de periódicos y libros y transmitió a los lectores de
una publicación paradigmática. Al final de cada texto se incluía la
leyenda “Selección de Juan Rulfo”. La mayoría pertenece a autores
entonces y ahora poco conocidos.

De manera borgesiana, Rulfo encontró en escritores remotos


resonancias de su voz: los textos, tal y como los seleccionó y presentó,
acaban siendo también de su autoría. Junto con diversas tradiciones
literarias, las crónicas de conquista y los relatos orales recopilados por
antropólogos fueron también una retórica generativa para él.

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