ECOLOGÍA SOCIAL: ÉTICA PARA UNA ECOLOGÍA
LATINOAMERICANA
Ester A. Previtera T.
ANTECEDENTES
Los conceptos ecológicos de alcance global y local comienzan a diseñarse con el
conservacionismo, a principios del siglo pasado, y desembocan en el movimiento
ecologista en los años 70 y en la Declaración del Día de la Tierra. Existe un amplio
espectro ideológico que va desde ¡La Tierra Primero! hasta las sociedades ecológicas de
tipo biológico o zoológico.
Much@s quieren salvar a la Tierra y tienen formas diferentes de hacerlo. La situación de la
especie humana en este nuevo paisaje ecológico es cuestionable. ¿Habrá de jugar
preponderantemente un papel de beneficiaria o su sola presencia destruirá el paraíso
terrenal? ¿Dónde se sitúa la pobreza y la desestructuración urbana en este contexto?
Se perfilan otros puntos de vista en relación a la ecología. Se trata de nuevos
planteamientos, entusiastas y holísticos que integran a las personas y a la sociedad en un
todo vivo. La relación humanas y humanos-medio ambiente se define como una estructura
indivisible en la que es fundamental la interacción armónica de ambos en función de
transformaciones evolutivas.
Así, se está formando un nuevo planteamiento, una nueva posición: la Ecología Social. Ésta
comienza a plasmarse en la Declaración de Principios de La Internacional Verde el 8 de
julio de 1989 en Río de Janeiro, Brasil; hoy fusionada con la Internacional Humanista. Los
postulados de esta Ecología Social se han ido madurando, perfeccionando y expandiendo
en el seno del Movimiento Humanista, con el aporte de numeros@s humanistas de distintas
latitudes y con equipos interdisciplinarios.
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INTRODUCCIÓN
La historia de la humanidad pasó por muchas crisis; ha visto la decadencia y la
desaparición de imperios enteros; ha visto desaparecer pueblos, con sus ciudades, sus
instituciones, sus dios@s, su sistema de creencias. Ha visto desaparecer civilizaciones
enteras... Pero jamás había estado amenazada por una catástrofe global como la que
estamos viviendo hoy, frente al peligro de una guerra nuclear y de un desastre ecológico.
Por otro lado, nunca antes tampoco se había vislumbrado la posibilidad de generar una
civilización global, común a todos los pueblos de la tierra. La crisis se origina justamente
por esta situación tan difícil y azarosa. Nuestra generación es la primera que pudo ver la
imagen de su propio planeta desde el exterior. Desde el espacio y gracias a una tecnología
nunca antes alcanzada, hemos visto nuestro planeta como un mundo, como nuestra casa
común, pero también la vimos frágil y amenazada. En este planeta común, unificado por
los medios masivos de comunicación, vemos desequilibrios dolorosos: el hambre y la
opulencia, ciudades hacinadas, aldeas abandonadas y regiones desertificadas. También
vemos confusión, pérdida de sentido de vida y violencia en todas sus formas: económica,
física, religiosa, racial, sexual y sicológica. Hay conciencia de que hoy es posible llevar a
la humanidad entera a un nivel de vida aceptable en lo referente a salud, alimentación y
vivienda. Si no se hace nada en esa dirección, es porque hay un sistema económico
monstruoso que concentra el 80% de la riqueza en manos del 20% de la población. Esto no
sólo ocurre a escala global, entre los países ricos y pobres, sino también al interior de las
sociedades opulentas, donde la cesantía crece y amplias capas de la población están
marginadas. La raíz de esta crisis está en un modo de producción desequilibrado y
contaminante, que concentra mucho poder en manos de unos pocos y que deja a la gran
mayoría de la población en la pobreza. Esta forma de producción tiene su correlato
cultural, social y valórico en que las personas y las cosas son mercancías que se transan, se
desechan o se utilizan según los criterios del mercado y de la macroeconomía.
Pero esta crisis no es sólo fruto de una cantidad incalculable de errores, hay también
quienes se benefician de ella, hay quienes fomentan esta crisis. De hecho, hay una
globalización dirigida desde un centro imperial que sigue el esquema de tantos otros
imperios que en su momento hicieron lo mismo: se instalan, se desarrollan, concentran
fuerzas (militares, políticas y económicas) y hacen girar a otros pueblos alrededor con los
códigos que ellos establecen, imponiendo su lengua, sus costumbres, su vestimenta, su
alimentación, etc. Y los países en la periferia que no pueden afrontar solos ese golpe que
da el imperio y van perdiendo relevancia, resultan modificados en su estructura jurídica, en
su manejo económico, en su independencia y en su soberanía, todo lo cual va dando lugar a
la crisis de los estados nacionales.
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Por ello, una perspectiva ecológica latinoamericana no sólo tratará sobre la protección de la
naturaleza y los recursos naturales, de la contaminación y la recuperación ambiental. No
podemos limitarnos a medir la degradación del medio ambiente o dar respuestas sectoriales.
Es necesario discutir este modelo de producción, cuestionar sus pilares, creencias e
intenciones y actuar en una dirección opuesta a la que nos proponen. La ecología social que
nosotr@s estamos construyendo pone en discusión las relaciones económicas, los modelos
de desarrollo actuales, así como las concepciones culturales en las que la mujer y el hombre
son unos animales más de la naturaleza.
¿QUÉ SALIDA VEMOS EN ESTA CONCEPCIÓN TAN COMPLEJA?
Si todo estuviera mecánicamente predeterminado, si todo funcionara según determinadas
leyes, no habría nada que decir, ni nada que hacer, sino esperar el desenlace, que a estas
alturas no se vislumbra como un final positivo.
Las humanas y los humanos han luchado desde sus orígenes contra las leyes naturales, a
favor de su propio crecimiento, han luchado contra el dolor y el sufrimiento, y en esa lucha
han generado progreso.
En este planteo lo natural no es tomado como lo primario. Las personas, aunque participen
en el mundo de lo natural, ya que tienen un cuerpo, no pueden ser reducidas simplemente a
un fenómeno zoológico tal como la ciencia y la psicología occidental la definen hoy en día.
Desde la perspectiva de ecología social, el ser human@ es un proyecto de transformación
del mundo material y de sí mism@. Esto representa una gran diferencia con otras corrientes
ambientalistas que consideran a l@s human@s como un objeto más de la naturaleza, sujeto
a las leyes naturales. Desde esa visión de la naturaleza humana ell@s explican las
catástrofes ecológicas, las guerras, la pobreza, y el hambre o la muerte de vastas
poblaciones humanas como mecanismos de autorregulación de la naturaleza. Estas
corrientes medio ambientalistas en ningún caso cuestionan las intenciones humanas que
están a la raíz de los descalabros ecológicos, de las guerras o de las hambrunas.
Nuestra visión es diametralmente opuesta a estas corrientes ambientalistas. La ecología nos
interesa en cuanto a su relación con las personas y a estas con su medio ambiente. Nuestra
mirada es una visión global de esa relación. Y es porque este medio ambiente se está
poniendo inhabitable y peligroso para la vida humana, que estamos actuando en este
campo. Ese medio no es sólo natural, es también urbano y social.
Las mujeres y los hombres, desde el concepto de ecología social, están ubicad@s en una
dimensión de libertad. La conciencia humana, según este concepto, no es un reflejo pasivo
o deformado del mundo material, tal como se la considera en la mayoría de las filosofías
occidentales. La conciencia humana es esencialmente una actividad intencional, una
actividad de interpretación continua y de reconstrucción del mundo material y social. Las
humanas y los humanos han podido perfeccionar un sistema nervioso tal que le permite
retener experiencia personal y pretender hacia un horizonte de opciones, no sólo del
presente, sino futuras.
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Y es porque existe ese horizonte de libertad, porque el futuro será lo que construiremos
desde el presente, que cobra sentido la lucha contra todo aquello que ponga en peligro la
vida humana y la de su descendencia.
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MEDIO AMBIENTE Y DESARROLLO
La vida depende hoy, más que nunca, de la adecuada utilización que hagamos de los
recursos naturales, de la reversión de los procesos de contaminación y de la solidaridad que
seamos capaces de poner en marcha para superar la pobreza. Sólo así construiremos el
futuro que tod@s anhelamos.
La preocupación por el medio ambiente ha adquirido características masivas. Hoy son
much@s l@s que hablan de crisis ambiental; sin embargo, son poc@s l@s que cuestionan
la raíz del problema, el cual se encuentra enfocado en un modelo de desarrollo cuya
concepción economicista está provocando un descalabro social y ecológico.
Hoy se evidencia una creciente brecha a nivel global, entre gobernantes y gobernad@s,
entre polític@s y votantes, entre cúpulas y base social. Por un lado, este fenómeno se
traduce en frustración, indiferencia, escepticismo y falta de participación ciudadana; por
otra parte, se va acumulando un enorme potencial social, que busca encontrar su camino de
expresión en el ámbito local.
En el trasfondo de esta crisis se encuentra una mentalidad individualista que pone al dinero
como valor central y que encuentra hoy en el modelo económico vigente es su mejor aliado.
El ecólogo Ingemar Hedstrom, en su libro “Somos parte de un gran equilibrio: la crisis
ecológica de Centroamérica”, describe que la ecología y la economía tienen la misma raíz
etimológica: oikos, que significa “lugar de domicilio” o “casa con todo su equipo”. La
ecología y la economía corresponden entonces al tratado de la “casa”, o sea “la tierra”, una
perspectiva que la ecología social no dejará de lado.
EL TIPO DE DESARROLLO AL QUE ASPIRAMOS
Propiciamos una concepción humanista, ecológica y libertaria de sociedad y
consecuentemente, de desarrollo concebido según la sustentabilidad, donde los recursos se
utilizan en función de la superación de la pobreza y el mejoramiento conjunto de la calidad
de vida.
A partir de la revolución industrial se ha intervenido crecientemente en la naturaleza,
aumentando la toxicidad y haciendo ca4da día más inhabitable nuestro planeta. El progreso
material desarrollado a partir de la llamada era industrial, ha sido un progreso indudable en
un sentido y un desastre en otro. La intoxicación por la industria contaminante dentro de
las ciudades ha provocado desastres que ponen en peligro la seguridad y la vida de las
poblaciones. En este sentido, estamos en contra del progreso mal llevado, pero no estamos
contra las industrias ni la tecnología limpia. En la base de ese desequilibrio está la
violencia contra la naturaleza y contra las personas. A esto hay que agregar el crecimiento
del complejo militar-industrial que empobrece a vastas regiones y busca poner en peligro la
vida humana.
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A pesar del enorme progreso tecnológico, grandes conjuntos de human@s siguen quedando
fuera de los beneficios del crecimiento económico. Los 13 billones de dólares gastados en
armamentos durante los últimos años, hubieran permitido superar todos los problemas de
pobreza y colapso ambiental si se hubieran aplicado al diseño de políticas ecológicas
conciliables con la vida. Observamos además, cómo los países del Norte, que han
cometido los mayores errores en el campo ambiental, quieren ahora que América Latina sea
un refugio ecológico intocable. Sin embargo, resulta grotesco comprobar cómo esos
mismos países, llamados desarrollados, son los que han exportado sus industrias
contaminantes al Tercer Mundo. Son ellos los que comercializan medicamentos y productos
considerados tóxicos en sus países y los venden sin escrúpulos a nuestros pueblos.
ECOLOGÍA SOCIAL
Vivimos en una época donde un porcentaje importante de la población habita en un
ambiente construido y social: la ciudad, con nuevos y urgentes problemas.
La tasa actual de crecimiento demográfico y los intereses económicos vigentes permiten
afirmar que las ciudades de América Latina seguirán creciendo al azar, con formas
determinadas por la pobreza. Así, ocuparán sitios no aptos para asentamientos de
human@s: sujetos a inundaciones, deslizamientos y sismos; con un número creciente de
familias que vivirán en habitaciones sin servicios sanitarios y con empleos mal
remunerados o sin empleo.
Esta situación genera graves problemas ambientales: sanidad, deficiencias habitacionales
(hacinamiento), falta de servicios básicos, seguridad, contaminación industrial y doméstica,
inseguridad en los ámbitos de trabajo, vulnerabilidad ante los desastres naturales y
accidentes. Es por ello que el concepto de ecología no puede limitarse a la protección y
conservación de la naturaleza, o a la simple descontaminación y recuperación ambiental.
Es necesaria la construcción de una ecología social, una ecología humana que ponga en
discusión las relaciones económicas, los modelos de desarrollo y las concepciones
culturales que están a la base de la actual relación seres human@s-medio ambiente.
Esta es la principal respuesta hoy a la necesaria industrialización de América Latina,
utilizando tecnología de avanzada sin repetir los errores de los países autodenominados
"desarrollados". La gente necesita fuentes de trabajo dignas y una calidad de vida que
supere la marginalidad, discriminación y la falta de futuro. En este contexto, el cuidado del
medio ambiente cobra su real importancia.
EL MEDIO PSICOSOCIAL
De manera exponencial, los indicadores de salud de las personas están arrojando cifras
alarmantes con relación a desequilibrios sicológicos. En cada país hay cifras récords en el
consumo de sicotrópicos, en la cantidad de enferm@s depresiv@s, en el consumo de
alcohol y otras drogas. Prácticamente la mitad de la población necesita de asistencia
psicológica. El estrés, la violencia, el endeudamiento desproporcionado, la inestabilidad
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laboral y el temor generalizado han hecho mella en las relaciones interpersonales y
familiares. Las personas se sienten cada vez más pequeñas, carentes de valoración y
aisladas. Los valores que alienta el sistema son el consumo, lo desechable, el sacar
provecho del otro y la cosificación generalizada. La respuesta implica recobrar los barrios
y los vecindarios, recuperando la confianza en los valores de la gente. En la gente está la
clave para actuar en conjunto, con reciprocidad y cooperación mutua.
El medio ambiente no es sólo lo natural, sino que lo construido en las ciudades es el
entorno donde vivimos, es el lugar donde trabajamos, estudiamos y compartimos la vida
cotidiana. El modelo neoliberal ha asestado su más duro golpe al medio psicosocial cuyas
consecuencias en el mediano plazo son imprevisibles por la acumulación de violencia en
todos los ámbitos. Una propuesta de ecología social implica abrir los canales de expresión
cultural y social, en especial abrir a l@s jóvenes espacios para instruirse y capacitarse como
personas activas que aportan y transforman a la sociedad, sin la discriminación cultural y
económica imperante.
LA CONFUSIÓN EN TORNO AL "DESARROLLO SUSTENTABLE"
Hoy se habla mucho de sustentabilidad y de desarrollo sustentable. Terminan siendo
palabras bastante confusas porque se utilizan en discursos a veces opuestos, refiriéndose a
distintos procederes y distintas formas de producción. Intentemos entender el problema del
medio ambiente en su raíz: en términos generales, podemos decir que necesitamos un
mundo habitable para nosotros y para nuestra descendencia. Por tanto, necesitamos
comprender cómo el mundo se está haciendo inhabitable y qué debemos hacer para cambiar
esta tendencia.
Por lo tanto, ningún diseño de transformación de lo existente, ningún objetivo de desarrollo,
ningún mejoramiento de la calidad de la vida puede prescindir de esa relación de las
personas-medio ambiente. El actual sistema económico no sólo no respeta esa relación, sino
que justamente se desarrolla sobre la base de tres factores altamente destructivos para el
medio ambiente:
1) La explotación y la alienación de las personas.
2) La degradación y destrucción del ambiente y de los recursos naturales.
3) La irresponsabilidad frente a las futuras generaciones.
Las fuerzas que conducen a las sociedades hacia esta sistemática destrucción, tienen su raíz
en un modo de producción que debe expandirse continuamente y a un ritmo cada día más
acelerado. El correlato directo de este modo de producción se refleja en los daños
excesivos de las industrias contaminantes cuando vuelcan productos tóxicos y desechos no
biodegradables al suelo, el aire, los ríos y el alcantarillado; cuando desequilibran el medio
(flora y fauna); cuando manipulan centrales nucleares como fuentes de energía; cuando son
las causantes de la contaminación ambiental. El crecimiento de las macrociudades, el
empobrecimiento del campo y de los campesinos, el uso irracional de abonos y pesticidas
por las grandes empresas, la pobreza a la que está sometida una gran parte de la población
causada por la sobreexplotación de mujeres y hombres, la cesantía, etc.; en definitiva, la
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excesiva concentración del poder económico en muy pocas manos y la injusta distribución
de los ingresos.
El correlato en las concepciones culturales, sociales y valóricas, dice relación con un
mundo mercantil, de competencias, en el que las personas son reducidas a productoras y
consumidoras de bienes. Las personas y las cosas (incluida la naturaleza y la materia
prima) son mercancías que se transan, se desechan, se utilizan, según los criterios del
mercado y de la macroeconomía.
El mercado y los intereses del capital financiero unidos a las multinacionales, basan su
fortuna en los desequilibrios y las injusticias, tanto ambientales como sociales. Un ejemplo
de ello: el 20% de la población mundial más rica consume el 86% de los recursos del
planeta, el 60% consume el 13% de los recursos, mientras que el 20% más pobre consume
sólo el 1% de los recursos; o sea, 500 millones de personas mueren de hambre o están
desnutridos1.
Esta destrucción no sólo se relaciona con los recursos materiales. La contaminación no
sólo depende de agentes físicos, químicos o biológicos, sino también con el grado de
alienación y de deshumanización, la ausencia de relaciones humanas, de comunicación y de
ayuda. Así surgen nuevas formas patológicas: el estrés, la soledad, la droga, la violencia, la
pobreza.
Por lo tanto, este sistema compromete, de manera irreversible y acelerada, las complejas
formas de vida existentes, sin crear alternativas y sin consideraciones hacia las futuras
generaciones. Desde ese punto de vista, quien hable de "desarrollo sustentable" sin
cuestionar los pilares de este sistema, está buscando simplemente manipular, blanqueando
sus verdaderas intenciones reales.
¿QUÉ TIPO DE DESARROLLO QUEREMOS?
Sin duda aquel en que las personas puedan desarrollarse y mejorar su calidad de vida. Ésta
no sólo consiste en una vida digna, es también igualdad de oportunidades para todos;
significa que las personas tengan acceso a una buena educación, salud, vivienda y trabajo
digno. Es además, avanzar frente al sin sentido, a la violencia, al sufrimiento; en definitiva,
es ganar en alegría de vivir.
Esta nueva mirada que incluye los conceptos de equidad, participación y sustentabilidad,
además de la protección y la conservación de la naturaleza es lo que llamamos ecología
social: la búsqueda de un modelo que pone en discusión las relaciones económicas, los
modelos de desarrollo actuales, así como las concepciones culturales en las que las
personas son un animal más dentro de la naturaleza.
Un modelo de desarrollo sustentable requiere formas de desarrollo equilibradas con la
naturaleza, basadas en la utilización de energías renovables y no contaminantes.
1 O.N.U., Seminario “Más allá del Crecimiento”, noviembre de 1998f
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Para su aplicación, será necesaria la descentralización de los centros de poder y la puesta en
marcha de medidas autogestionarias en que cada persona se sienta plenamente responsable
de su porvenir. Esto significa un cambio radical en el esquema de poder y en la
organización de las sociedades llevadas adelante hasta el momento.
Además, están surgiendo nuevos criterios de acción al comprenderse que muchos de los
problemas actuales son globales, ya sea porque se padecen en todos los puntos del planeta,
o en todas las regiones de un país, o porque repercuten más allá de su emplazamiento
geográfico o temporal. Por ello, muchos optan por producir cambios locales en los lugares
donde viven, estudian o trabajan; pero lo hacen con una copresencia más global, conectados
con personas en otras ciudades, regiones o países. Pensar globalmente y actuar en nuestro
medio inmediato nos permite avanzar en la transformación de las condiciones existentes,
orientando estos cambios hacia un desarrollo sustentable.
LA ACCIÓN ÉTICA PUNTUAL
Hablando en términos espaciales, la unidad mínima de acción es el vecindario en el que se
percibe todo conflicto aunque sus raíces estén muy distantes. En verdad, mucho antes de
que se formaran los países existían las personas congregadas como grupos de human@s
que al radicarse se convirtieron en vecin@s.
Luego, y a medida que se fueron montando superestructuras administrativas, se les fue
arrebatando su autonomía y su poder. De esos habitantes, de esos vecin@s, deriva la
legitimidad de un orden dado y desde allí debe levantarse la representatividad de una
democracia real. Es desde la base social que debe plantearse el mejoramiento de la calidad
de vida. El concepto de "unidad vecinal" vale tanto para una población extensa como para
una población concentrada en barrios o edificaciones de altura. En el momento en que las
unidades vecinales pongan en marcha un plan de ecología social ejerciendo la democracia
real, el "efecto demostración" se hará sentir mucho más allá de los límites de ese bastión.
Se trata de mostrar en la práctica que en un punto está funcionando un nuevo sistema que
pone como valor central a las personas y a la vida. Un sistema que refleje en lo social el
abastecimiento de todas las necesidades en equilibrada relación con el medio ambiente, y
en lo personal interno, una dirección evolutiva de vida que deje como registro la superación
de los niveles de sufrimiento y violencia.
Ecología social es, para l@s humanistas, la ética ecológica de los nuevos tiempos que
Latinoamérica necesita implementar con urgencia.