Walter Burleigh: De puritate artis logicae. Editado por Philotheus Boehner, O. F.
M. Publicado por el Instituto franciscano y E. Nauwelaerts. Lovaina, 1951.
xiii+115 págs.
El P. Boehner nos ofrece una cuidada edición de un manuscrito conservado en la Hoose
Library de la University of Southem California, que contiene un curioso tratado lógico
del maestro Burleus, contemporáneo y enemigo de Ockham, titulado De puritate artis
logicae. Según el editor, el título encerraría una intención polémica frente a la Summa
lógica del nominalista.
El tratado de Burleus no desarrolla la temática completa de la lógica medieval, ni
siquiera el plan que propone en el prólogo. En él se anuncian cuatro partes: la primera
(De regulis generalibus) dividida en tres “partículas” destinadas respectivamente a las
reglas de las consecuencias, a los términos sincategoremáticos y a las suposiciones. La
segunda debería tratar del arte sofística. La tercera del “arte exercitativa” y la cuarta del
arte demostrativa. En el manuscrito editado por el P. Boehner, solamente se contienen
las dos primeras partículas de la primera parte. Poseemos también otro escrito lógico de
Burleus, ya conocido bajo la misma denominación De Puritate artis logicae que el que
aquí nos ocupa, y que consta de dos tratados, el primero sobre los términos y el segundo
sobre las proposiciones y silogismos hipotéticos. Observa el P. Boehner que este
contenido es original dentro del marco de la lógica de los siglos XIII y XIV, tanto por la
importancia inicial concedida al tratado de la suposición, cuanto por el preponderante
lugar otorgado al estudio de los silogismos hipotéticos. El P. Boehner opina que estos
dos escritos de Burleus llamados por el mismo nombre, son exposiciones de una obra
única. Burleus escribía el De puritate en distintos tiempos. Cuando Ockhan publicó su
Summa logica, Burleus concibió su plan. Por ello comienza ex abrupto por la
suposición simple, donde estribaba su mayor desacuerdo con el conceptualista.
Ciertamente, la ideología de ambas obras es idéntica y en esencia puede caracterizarse
por la consideración de la consecuencia como el estrato subordinante de la Lógica,
interpretando la consecuencia silogística como un mero caso particular. Advierte
justamente Boehner: “This tract also proves that the logic of consequentiae and its
rigurously formalistic treatment was not confined to the so-called nominalistic school,
but was cultivated with equal vigor by the realists”.
El tratado de Burleus contiene, en casuística a veces fatigosa, reglas muy interesantes,
principalmente las que se mueven dentro de lo que hoy llamamos cálculo proposicional.
Citaré la siguiente como ejemplo: “Quidquid sequitur ad consequens cum aliquo addito,
sequitur ad antecedens cum eodem addito” (I, 35). Para la consecuencia silogística
propone dos reglas: que tengan una proposición afirmativa y otra universal. También se
lee hoy con agrado el capítulo sobre los términos sincategoremáticos, que Burleus
concibe como elementos lógicos puramente relacionantes: no ha de creerse que los
elementos sincategoremáticos (o consignificativos) no signifiquen nada, sino sólo que
carecen de significación finita y determinada y únicamente en presencia de otros
significan algo. Es interesante la división de los sincategoremáticos propuesta por
Burleus. Unos pueden referirse al sujeto, otros al predicado y los terceros a la
composición misma. Los del sujeto, o importan exclusión (por ejemplo, “solum”) o
particulación (“quidam”, “aliquis”) o distribución (“omnis”, “nullus”, “quilibet”,
“totus”, “duo”...). Cuando los elementos sincategoremáticos son disposición del
predicado, o son verbales (“incipit”, “desinit”) o adverbiales (“tantum”, “praeter”). Por
último, si afectan a la composición misma, consisten en una disposición incompleja del
componente (sea por modo de composición –“possibilis”, “contingens”– sea de
privación –“non”) o bien en una disposición compleja (simpliciter –“et”, “vel”, “an”– o
secundum ordinem –“si”, “nisi”–). El De puritate artis logicae va desarrollando
sucesivamente las reglas relativas a los principales elementos sincategoremáticos y
resolviendo el uso capcioso de los mismos.
Gustavo Bueno Martínez.
Revista de Filosofía, publicada por el Instituto de Filosofía «Luis Vives» (CSIC,
Madrid), año XII, nº 46 (julio-septiembre 1953), págs. 460-462.
S. I. Dockx: Vers une synthèse moderne du savoir. Actualités scientifiques et
industrielles, núm. 1109, París 1950.
Este fascículo es el séptimo, de conclusiones, del Primer Symposium de la Academia
Internacional de Filosofía de las Ciencias. Comienza Dockx exponiendo una distinción
importante entre la mentalidad clásica –que culmina en el juicio predicativo de la
identidad– y la mentalidad moderna expresada en ecuaciones e igualdades. Esta
distinción viene a coincidir –opina el A.– con la que media entre Filosofía y Ciencia, y a
ella corresponden también dos formas de lenguaje, el conceptual y el formalizado.
Dockx advierte cómo en las discusiones de este primer Symposium se llegó, más o
menos, a un acuerdo acerca de esta distinción y a la tesis de que el lenguaje e ideología
científica deriva del lenguaje natural, cotidiano, y no de una axiomática, como pretendió
Descartes. Weyl, por ejemplo, piensa de este modo: sin que ello signifique una vuelta al
realismo ingenuo de Aristóteles o a las primitivas teorías cosmogónicas. El mundo
cotidiano suministra, ciertamente, el punto de partida para la filosofía científica. Pero
mientras que para el aristotelismo, como para el sentido común, cada elemento de
nuestra percepción del mundo es objetividad aislada (espacio, tiempo, inmovilidad de la
tierra), para el teórico de la Física lo que vale es el complejo de relaciones de estructura
que observan estas magnitudes que aparecen a los sentidos. Los sentidos llegan al
equivalente de lo que representa la teoría matemática de los conjuntos, empleada por
Weyl o Eddington para la construcción de la teoría física: por ello, el mundo que esta
ofrece fue ya recorrido por la intuición vulgar precientífica. Solamente, que lo que aquí
aparece complejo, por razón de las varias sensaciones múltiples y complementarias, es
simple para la visión posibilitada por la teoría de los conjuntos. Porque siempre el modo
de ser de las cosas en nuestra inteligencia es distinto del modo de ser fuera de ella. Lo
que los antiguos decían del conocimiento por conceptos, deberemos decir nosotros del
conocimiento por ecuaciones matemáticas. Electrón, Protón, Mesón, etcétera, no son
sujetos reales: son objetos de la ciencia. Al decir objetos excluimos la subjetividad en el
sentido ordinario de la palabra, pero también decimos que no son más que objetos. La
subjetividad en microfísica posee un sentido, en efecto, enteramente distinto del
habitual. Si aceptamos una proposición aproximada sobre la posición de las partículas,
la aproximación de las proposiciones sobre el quantum de movimiento de ellas es
diferente; aquella aproximación es hasta cierto punto arbitraria, subjetiva y dará lugar a
diferentes conclusiones. Pero estas –aun simultaneadas en la memoria– no pueden
yuxtaponerse para complementarse, como se complementan las diversas perspectivas de
una catedral. No podemos suponer que el mundo sensible descompuesto por el análisis
matemático nos lleve a un mundo de “cosas” semejante, aunque en pequeño, a las cosas
sensibles. La noción del mundo exterior, concebido según nuestros sentidos, debe ser
revisada por lo que se refiere a su aplicabilidad al mundo de la microfísica.
Consideraciones análogas suscítanse a propósito del conocimiento matemático y
biológico. Se reconoce la necesidad de nuevos conceptos a medida que ascendemos en
el campo de la vida y de la persona. El enriquecimiento objetivo de los fenómenos
necesita una superposición proporcional de los métodos de investigación.
La obra de Dockx sugiere la idea de que estamos ante diversas intuiciones valiosísimas
para una síntesis del saber, pero que ellas mismas están a falta de una síntesis que las
unifique.
Gustavo Bueno Martínez.
Revista de Filosofía, publicada por el Instituto de Filosofía «Luis Vives» (CSIC,
Madrid), año XII, nº 46 (julio-septiembre 1953), págs. 462-463.
Haskell B. Curry: Leçons de Logique algébrique. Collection de Logique
Mathématique. Série A. Monographies réunies par M. Destouches-Février. París
(Gauthier-Villars) y Louvain (Nauwelaerts), 1952.
Estas lecciones están basadas en un curso profesado por el autor en la Universidad
Católica de Lovaina, durante el año 1950-51. Constituyen un intento muy original de
exponer la lógica como un sistema formal. No toda la lógica, sino una parte suya: el
Álgebra y, para Curry, el Álgebra queda caracterizada como un sistema con variables
libres (a diferencia de los cálculos, que podrían definirse por contener variables ligadas).
Es así que la obra de Curry nos remite –como advierte Feys– a la clásica de Couturat
(L'Algèbre de la Logique, París, 2.ª ed., 1916).
Comienza Curry, en el capítulo I de su obra, desarrollando el concepto de sistema
formal. Un sistema formal –viene a decir– es un conjunto de símbolos que designan
objetos cualesquiera (llamados obs) y de operaciones para obtener nuevos obs. Con
todos estos se construyen las proposiciones elementales, mediante los predicados.
Escogemos arbitrariamente ciertas proposiciones como verdaderas, con las cuales
podamos construir otras nuevas (teoremas) según reglas que no son solamente
“lógicas”, sino también –esto es la novedad– reglas arbitrarias. Evidentemente la idea de
sistema formal de Curry está inspirada en la idea de cálculo como sistema combinatorio
arbitrario de símbolos que ha sido expuesto de Hobbes a Carnap. Curry precisa su idea
de sistema formal con conceptos semióticos: la Lengua (sistema arbitrario de símbolos)
que cuando es comunicable se llama “lengua U”; una lengua que admite innovaciones,
nuevas expresiones, &c. Estos nuevos símbolos constituyen la lengua A. La
constitución de un sistema formal equivale a una introducción de símbolos nuevos en
una lengua U. Los símbolos de A se conocen y utilizan gracias al auxilio de U. De este
modo, Curry se separa de la opinión, muy extendida, de que sea preciso un sistema
hipostasiado de símbolos autónomos y cognoscibles en sí mismos, para razonar
formalmente (pág. 21). Con los símbolos de la lengua A construimos, pues, los obs
primitivos, las primeras convenciones y los teoremas elementales (que son
proposiciones sobre los obs primitivos). Ahora bien: podemos también decir algo, en la
lengua U, sobre las propias expresiones de A (en tanto que éstas se formulan en U): a
ellas llama Curry epiteoremas y sostiene que los resultados más importantes de la lógica
moderna son epiteoremas. Por último, los sistemas formales, pueden reducirse a la
forma lógística (|–) o a aplicaciones.
Acerca del sistema formal de Curry tengo que advertir que me parece más una utopía
que una realidad históricamente realizable. Las llamadas reglas lógicas convencionales
no lo son propiamente, porque la logicidad (no convencional) ha de aparecer en el
mismo uso consecuente de los símbolos, el cual es no otra cosa que el mismo principio
lógico de identidad. Otro tanto podría decirse de la aceptabilidad (pág. 26).
En el capítulo II estudia el concepto y clases de las Algebras Lógicas: relaciones y
logísticas.
En el capítulo III estudia las redes y semirredes. En este estudio acaso pudiera
reprocharse el uso de demostraciones puramente retóricas. Ejemplo ilustrativo la
demostración del teorema
ab⩽ba
Hagamos –dice– x = a b. Entonces:
1. x ⩽ b (porque a b ⩽ b)
2. x ⩽ a (porque ab ⩽ a)
3. x ⩽ b a (porque x ⩽ a & x ⩽ b → x ⩽ a b)
He aquí los dos puntos débiles, en mi opinión, de esta demostración:
Primero, que se funda en un puro truco, una amañada disposición del orden tipográfico
de las premisas. Si alteram