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Cristo Rey: Significado y Realeza

La Solemnidad de Cristo Rey del Universo marca el final del año cristiano, recordando que Cristo reina en nuestros corazones y en el mundo. Su reino no es de este mundo, sino eterno, basado en la verdad, el amor y la vida, como se ejemplifica en la conversión del buen ladrón. La realeza de Cristo, como Redentor, nos invita a seguirlo y a vivir en su luz, transformando nuestro sufrimiento en fuente de vida eterna.
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Cristo Rey: Significado y Realeza

La Solemnidad de Cristo Rey del Universo marca el final del año cristiano, recordando que Cristo reina en nuestros corazones y en el mundo. Su reino no es de este mundo, sino eterno, basado en la verdad, el amor y la vida, como se ejemplifica en la conversión del buen ladrón. La realeza de Cristo, como Redentor, nos invita a seguirlo y a vivir en su luz, transformando nuestro sufrimiento en fuente de vida eterna.
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CRISTO REY – C

Con la Solemnidad de Cristo Rey del Universo hemos llegado


al final de nuestro año cristiano 2010. A través de este ciclo
litúrgico hemos ido contemplando los misterios de la vida de
Cristo y hemos ido comprendiendo que la finalidad de todo
cuando hacemos en la Iglesia es que Cristo reine
verdaderamente en nuestros corazones y así, en la familia, en
la comunidad y en el mundo entero. Nosotros nos alegramos
porque Cristo es Rey, porque al final todo, absolutamente todo
está bajo sus órdenes y nada de cuanto sucede escapa a su
providencia, él es quien da consistencia a todo lo creado.
Encima de su cabeza colocaron un letrero que decía «Jesús
Nazareno, el rey de los judíos». Ésta es la inscripción que
pusieron en la cruz. Poco antes de la muerte del Señor, uno de
los dos condenados, crucificados junto con él, le dijo:
«Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». ¿A qué reino se
refiere el buen ladrón? No estaba pensando ciertamente en un
reino terreno, sino otro reino.
El buen ladrón habla como si hubiera escuchado la
conversación que mantuvieron antes Pilato y Cristo. En
presencia de Pilato, acusaron a Jesús de querer convertirse en
rey. Pilato le preguntó entonces: « ¿Eres tú el rey de los
judíos?», Cristo no lo negó, le explicó: «Mi reino no es de este
mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría
luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi
reino no es de aquí». Pilatos le pregunta entonces si era rey, y
Jesús le respondió directamente: «Tú lo dices: soy rey. Yo para
esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar
testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha
mi voz».
En la primera lectura se habla del reino terreno de Israel,
recordando la unción de David como rey. Dios eligió a Israel y
no sólo le envió profetas, sino también reyes, cuando el pueblo
elegido insistió en tener uno. Entre todos los reyes que se
sentaron en el trono de Israel, el más grande fue David. La
primera lectura nos recuerda que Jesús de Nazaret provenía de
la estirpe del rey David; pero al mismo tiempo, y sobre todo,
nos dice con fuerza que la realeza de Cristo es de otro tipo.
El ángel dice a María en la anunciación: «El Señor Dios le dará
el trono de David, su padre; reinará para siempre sobre la casa
de Jacob y su reino no tendrá fin». Comprendemos entonces
que su reino no es sólo el reino terreno de David, que tuvo fin.
Es el reino de Cristo es un reino eterno, el reino de verdad, de
amor y de vida eterna que no tendrá fin.
El buen ladrón crucificado con Cristo llegó a esta verdad y se
convirtió en profeta de este reino eterno, cuando, clavado en la
cruz, dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Cristo le respondió: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».
Jesús nos invita hoy a mirar hacia ese reino, que no es de este
mundo; él nos enseñó a orar diciendo: «¡Venga tu reino!». Por
obediencia a ese mandato, los Apóstoles, los discípulos y los
misioneros de todos los tiempos han gastado sus mejores
energías para extender, mediante la evangelización, este reino.
Este Reino es un regalo de Dios, pero también es fruto de la
respuesta personal de cada uno de nosotros: sólo podremos
entrar en el reino del Padre si hemos seguido al Señor de
verdad.
Es por eso que el programa de todo cristiano consiste en
seguir al Señor, que es el camino, la verdad y la vida, para
poseer el reino que prometió y dio.
Jesús, el Verbo encarnado, fue enviado por el Padre al mundo
para salvarlo, para proclamar y establecer el reino de Dios. (...)
El Padre, al resucitarlo, lo convirtió, perfectamente y para
siempre, en el camino, la verdad y la vida para todos los que
creen. El camino es el Evangelio, es el camino señalado por los
santos y los mártires, que dieron su vida por el Evangelio.
El apóstol Pablo, en la segunda lectura, explica en qué
consiste el reino del que habla Jesús. Escribe a los Colosenses:
demos gracias a Dios, que «nos ha sacado del dominio de las
tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por
cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los
pecados». Precisamente este perdón de los pecados se
convirtió en la herencia del buen ladrón en el Calvario. Él fue el
primero en experimentar que Cristo es rey por ser Redentor.
A continuación, el Apóstol explica en qué consiste la realeza
de Cristo: «Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda
creatura; porque por medio de él fueron creadas todas las
cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles; (...) todo fue
creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se
mantiene en él». Por tanto, Cristo es Rey, ante todo, porque es
el primero en todo.
San Pablo sigue diciendo: «Él es también la cabeza del
cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre
los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él
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quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la
tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz. Con estas
palabras, el Apóstol nos dice además que Cristo es Rey porque
como Redentor del mundo, Cristo crucificado y resucitado es el
Rey de la nueva humanidad de los que han sido lavados y
santificados por las aguas del bautismo.
En el Calvario, Jesús tuvo un compañero de pasión bastante
singular: un ladrón. Para este el camino de la cruz se
transformó en camino del paraíso, en camino de la verdad y de
la vida, en camino del Reino. Hoy lo recordamos como el «buen
ladrón». Hoy también podemos y debemos hacer nuestra la
oración del «buen ladrón»: Jesús, acuérdate de mí, acuérdate
de nosotros, acuérdate de nuestro pueblo, de nuestro país. Pero
al pedir que venga el Reino, nos damos cuenta de que es
necesario seguirle, cambiar, arrepentirnos y empezar una vida
nueva, atraídos por ti, que estás elevado en la cruz.
Esta sangre que fluye del costado de Cristo inunda todo, lo
purifica, lo restaura, lo fecunda, extiende por todas partes su
fuerza salvadora. El dominio de Cristo sobre nosotros no es para
esclavizarnos sino para darnos vida. Como cabeza que es, toda
la vida de cada uno de nosotros los miembros del Cuerpo
depende de que nos rindamos al señorío de Cristo en nuestro
corazón y en toda nuestra vida. El año litúrgico desemboca en
Cristo Rey para indicarnos que todas las celebraciones del año
cristiano (Adviento y Navidad, Cuaresma y Semana Santa,
Pascua y Pentecostés, etc) tienen la finalidad que abrir más y
más espacio en nuestro corazón para que Cristo reine
plenamente en él. Más aún, el universo entero sólo alcanzará su
plenitud cuando el reinado de Cristo sea total y perfecto y Dios
sea todo en todos.
Nunca hemos de olvidar que nuestro Rey es un rey
crucificado. En vez de salvarse a sí mismo del sufrimiento,
como le pide la gente, prefiere aceptarlo para salvar multitudes
para toda la eternidad. Mirando a este Rey crucificado
entendemos que también que estamos llamados a dar vida
muriendo a nosotros mismos y a alcanzar la victoria a través de
nuestra humillación. Entendemos que el sufrimiento por amor
es fecundo, es fuente de una vida que brota para la vida eterna.
Mirando a este Rey crucificado cambian todos nuestros criterios
de éxito, de deseo de poder e influencia, de dominio.

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