LAS PIEZAS ESTÁN DISPUESTAS:
PARTE I. FUEGOGÉLIDO
“Thulion, señor. El Heredero le aguarda.”
El raspado carraspeo del almirante Olasalubre sacó al magister de sus cavilaciones. Ante él
se extendía una mesilla cargada de mapas, informes de contabilidad, artilugios de poder oscuro, y
algunas pertenencias que había podido rescatar del exilio. Aunque lóbrega y húmeda como el resto
de las cavernas de esta condenada isla, su camarote era el único sitio que aún gozaba de algún lujo.
Thulion Fuegogélido se levantó lentamente, dirigiendo una mirada despectiva al deforme
que había osado interrumpir sus pensamientos. La criatura vestía aún el abrigo de los oficiales
Velamar, pero moluscos y algas se aferraban a sus ropajes, y su cuerpo había perdido todo atisbo de
humanidad. Ojos saltones negros, sin párpado ni pupila, sobresalían de un rostro cubierto de quitina,
cuya boca se había tornado en las fauces de un crustáceo. Filamentos sobresalen de su sombrero
corroído por la sal marina, similares a antenas. Patas afiladas y tentáculos se agitaban debajo de su
amplio abrigo, reemplazando y sumándose a sus brazos. A pesar de tratarse de una de las creaciones
del Heredero, ese harapiento engendro lo enfurecía. Todos ellos lo hacían. Lo había tenido todo.
Había bebido las bebidas más selectas en cálices de oro y perlas mientras media Lunargenta
suplicaba o pagaba para poder hablar con él. Sólo pensar que seguían dándose a la gran vida
mientras lo habían dejado pudrirse en el exilio, que su matriarca aún tenía las agallas de contactar
con él para mantenerlo en el redil a pesar de todo lo que le habían dejado sufrir…
Salió de su camarote. Una densa niebla se extendió ante él, ocultándole la miríada de cuevas,
fortificaciones y engendros imbuidos de sombras que deambulaban por lo que hace unos años
habían bautizado la Isla del Juramento. Habían estado ocupados reconstruyendo las defensas que
esos miserables habían destruido, reforzando sus huestes, alzando sus flotas, y alimentando a su
patrón oscuro. Siempre pensó que esos gusanos del Rugido Ónice volverían un día para reclamar lo
que era suyo. Al principio la idea le asustaba, no estaban preparados para rechazar un ejército. Con
el tiempo dejó de poder esperar, estaba ansioso por romper a esos desdichados con la fortaleza que
había construido, con sus legiones de monstruos y sirvientes, con el poder del Heredero de su parte.
¿Qué los había retenido? Ese maldito enano, Barbanefasta, era un vejestorio chapado a la antigua
tan colérico que había sido capaz de traicionar a la Alianza por ira. ¿Qué pasaba? ¿Cómo eran
capaces de ignorarlo? Estúpidos. Ahora que lo habían dejado estar se encargaría de que todos ellos
pagasen con sus almas. El Rugido Ónice, los Estrella Vespertina, su matriarca, todos.
El hedor a salitre y mar se pegaba a sus fosas nasales, haciendo que el camino hasta las
cavernas inferiores se hiciese más largo y desagradable. A su alrededor trajinaban los malditos,
desde hombres de mirada perdida o perversa luciendo gastadas ropas de marino hasta humanoides
que parecían estatuas hechas de algas y moluscos recogidos en medio de una tempestad. Afilaban
armas, cargaban cajas y cubos cargados de suministros, entonaban guturales plegarias a su patrón.
Thulion no quería prestarles más atención de la estrictamente necesaria, avanzando con rapidez
hasta una abertura en los acantilados de la isla, que habían adornado con un arco de piedra sobre el
cual habían grabado toda clase de imaginería oscura. Al mirar al interior de ese lugar, una inmensa
negrura que parecía consumirlo todo devolvía la mirada, y no era sólo por haber dejado las
antorchas de aquella galería apagadas.
Sus pasos resonaban contra el suelo, un golpeteo cuyo eco sonaba de manera anormal. A
medida que descendía, sintió una presencia más en aquel lugar, una mirada que provenía desde
todas partes y ninguna, incluido desde su mismo ser. Sus venas se hincharon, sus músculos tensos a
causa de la inquietud. “He llegado. ¿Qué deseas de mí?” El pensamiento emergió contra su
voluntad. Acto seguido, unas palabras susurradas por una voz insidiosa afloraron en sus labios.
-He visto el curso del infinito. Tenemos que movernos. La era de los preparativos ha
terminado.
Thulion ya no podía ver nada a su alrededor, sus pasos dando con los escalones por puro
instinto y memoria. “¿Qué has visto?” Finalmente, llegó al final. No se podía distinguir en la
oscuridad, pero el fondo de la caverna era inmenso, capaz de albergar un lago subterráneo. Era en
ese lago donde el Heredero meditaba, donde lo estaba esperando.
-Todo ha ocurrido tal como lo percibí, Fuegogélido. Una conmoción recorre el Vacío. La
Guerra de los Seis se salda sin que los vencedores reclamen nuestro premio. El Segundo Ojo
Durmiente se abre de nuevo.
-El Rugido Ónice. -no era la primera vez que hablaba de los dos ojos cerrados durante años.
Estrella Vespertina y esos convictos, los únicos que tenían una idea de lo profundas que eran las
actividades que Thulion y el resto de su familia llevan a cabo. Durante años, ambos habían vagado a
ciegas, capturados en la vorágine de acontecimientos, o jugando al gato y al ratón con una de las
familias más acaudaladas que se han conocido. -Por fin llegan. Tengo que poner a nuestras fuerzas
en alerta. Golpearán con dureza, pero esto va mucho más allá de lo que puedan esperar enfrentarse
ahora.
-Harás preparativos, Thulion Fuegogélido. Pero no para esa batalla.
El elfo permaneció inmóvil, su rostro inalterado durante largos segundos antes de inclinar
ligeramente la cabeza.
-Asumo que he oído mal, hemos estado reuniendo durante años un ejército capaz de
reclamar nuestro derecho de nacimiento, y no voy a dejar que un atajo de desharrapados y
pordioseros…
-Hay cosas mucho más grandes que nosotros en marcha, Fuegogélido. La Presagista ha
movido, y nos aseguraremos de que su visión se hace realidad. Los Ojos reaccionarán a nuestros
actos, tendrás tu ansiada venganza.
-¿Adónde vamos a llevarlos? Tengo una victoria al alcance de mi mano, ¿qué razón puede
haber para retrasarla? ¿Por qué retirar nuestro ejército?
-No ves la gran imagen. Por eso Magesthra dejó que te exiliasen. -Fuegogélido tensó la
mandíbula- Sabía que le serías útil aún, pero no siguiendo tus propios designios, como cuando
intentabas emular y superar al resto de la familia. Ellos también tienen sus órdenes de la Presagista.
Paciencia. Todo confluirá en las entrañas de la tierra, y su corazón quedará expuesto si hacemos
nuestra parte.
El ren’dorei apartó la mirada irritado. No obstante, sabía dónde se metía cuando realizó el
pacto. Sus investigaciones atrajeron a la criatura. Apenas era un recién nacido, eso dijo, pero ya era
un ser más puro y poderoso que nada que hubiera visto. Se anunció como parte de algo mucho
mayor, mas, al igual que él, vio su destino truncado. El Heredero de los Antiguos, así se presentó.
Creado a imagen y semejanza de horrores olvidados del mundo antiguo, destinado a ser el éxito que
ellos no fueron. Individualmente, ambos habían nacido destinados a grandes cosas, pero el mundo
había conspirado en su contra. Por eso, cuando decidió ofrecerle su ayuda, aceptó. Y por eso sabía
que, fuera lo que fuera, el engendro del abismo había visto algo en el devenir de los
acontecimientos que él no podía prever. Fuera bueno o malo para él, no tenía más remedio que
confiar.
-Y… ¿hacía dónde irán nuestras tropas?
-Ella ha visto desde dónde alcanzaremos el Corazón. El Primer Ojo está cerrado, obcecado
en su persecución. El Segundo Ojo se abre. Para cuando lo haga, debe ser tarde. Asegúrate de
trasladar las tropas. Sácalos de la isla. Los Fuegogélido los guiarán.
Thulion permaneció varios segundos, una vez más imperturbable antes de inclinar la cabeza
suavemente en asentimiento.
-Nos pondremos en marcha.
-Iré con la primera flota, Fuegogélido. Nuestros futuros culminarán pronto, pero tengo que
verla a ella primero. Estamos destinados a obtener cuanto nos fue negado. Tenemos mucho que
hacer.
Thulion supo instintivamente que habían terminado aquí. Ascendería para dar la orden de
preparar la flota. Pasaría tiempo antes de que lograse sacarlos a todos de la isla. A medida que
ascendía, sintió un pensamiento intrusivo en su mente. No era suyo, era del Heredero. Una mujer
acorazada de la que irradiaba un fuego oscuro, y un elfo con una máscara siniestra y herramientas
de cirujano de aspecto excéntrico y macabro. No sabía quiénes eran, pero él sí. No era la primera
vez que esa imagen asaltaba su mente, estaba claro que su maestro tenía grandes planes para ellos.
Las mismas palabras resonaban en su cabeza, susurradas en lenguaje sath’yar una y otra vez hasta
que emergió de la gruta:
“Traición del Cuerpo,
Traición de la Mente,
Traición del Alma.
Cuando todas sean una,
el Heredero reclamará el legado antiguo.”