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La Transformación del Águila Negra

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NUNCA HAY QUE RENDIRSE

Era hace una vez, en un lugar muy lejano una ¡majestuosa ave! volaba en el
firmamento sur, nadie le había visto antes, era enorme, inalcanzable, fuerte, valiente y
ágil. Quién podría imaginar que esta águila había sido rechazada, ¿Cómo cambio esta
situación? Les contare esta bella historia.
Una mañana fría de febrero nació una pequeña y frágil águila negra, sus padres
hicieron lo posible para alimentarlo y protegerlo, pues había tantos depredadores en
esa parte del bosque, habitaba en un árbol viejo y árido, solo de saber que naciste ahí
ya eras despreciado. Los días pasaron y el águila empezó a querer volar, hizo muchos
intentos, era un poco torpe; no podía alzar sus alas y caía de golpe, las otras aves lo
observaban fingiendo ser sus amigos, pero solo se burlaban de él; le ponían muchos
apodos, el águila negra era inocente y aunque le dolía aparentaba estar bien, se
esforzaba por encajar en aquel mundo sin saber que no todos los lugares donde
encajas perteneces.
Pasaron los años y el águila creció, desafortunadamente en la vida siempre hay un
animal listo para atacar, un leopardo lo vigilaba y una tarde al anochecer le tendió una
trampa, acechó y le dijo; “tengo un trabajo para ti y a cambio te daré protección y
alimento, podrás cazar libre la presa que deseas y dejarás de vivir sobre esos
escombros, abrirás tus alas en la cima más alta, solo tienes que ser leal”, el águila negra
dudó pero la necesidad de cambiar su vida hizo que tomara el camino equivocado. Era
fácil el trabajo o al menos eso parecía, debía transportar unos paquetes sin imaginar el
daño que eso causaba a otras aves, no sabía a ciencia cierta que llevaba, pero sí que no
estaba correcto lo que hacía, no le importó porque la ambición de cambiar su vida y la
de su familia era mayor.
En una ocasión, unos halcones le siguieron, le atacaron y tuvo que mover sus alas
rápidamente para poder elevarse al cielo y perderlos entre las nubes. Aprendió a
defenderse, a ser ágil, ¡¿qué si tenía miedo?!, si el corazón latía a mil, pero el hambre
era mayor que el miedo. Pasaron seis meses así, arriesgando su vida.
Una noche oscura y fría la madre le dijo; “hijo ven aquí”, la madre fijo su mirada triste y
fuerte en el, exclamó; “deja de hacer esos vuelos o morirás”, agacho su cabeza con
vergüenza el águila negra, su madre continuó, “no perturbes tu vida, no dañes tu buen
andar”, extendió sus alas y se refugió en ellas, lo arrollo con un canto que entonaba
desde que era polluelo, como olvidar aquella dulce melodía de su madre, “gozosos en
la esperanza, sufridos en la tribulación, constantes en la oración”. Tuvo que observar
cómo su madre migraba para salvar su familia, buscar un refugió en otro bosque y
comprendió cuanto la amaba y la falta que le hacía, fue ahí, donde el proceso de
renovación comenzó, solo tenía dos opciones: se quedaba ahí y moría a garras de sus
depredadores o volaba alto buscando un refugio en la cima de la montaña.
Una madrugada de enero emprendió su viaje, golpeo su pico tan fuerte contra las
rocas, arrancándose así las garras y el pico, una a una todas sus plumas, lo más
doloroso que podía imaginar, un proceso duro, amargo y desgarrador que debía pasar.
Hay momentos en la vida que no queda más que cambiar nuestra manera de vivir,
¿Qué va a doler?, ¡claro que sí!, todo cambio duele, aunque sea para bien, sé cómo el
águila negra ¡nunca te rindas!, sobrevuela en medio de las tormentas, al final siempre
hay un arcoíris y recuerda, no eres lo que logras, eres lo que superas.

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