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EXPRESIONES INFANTILES
Juegos y juguetes NO TIENE SENTIDO PONER
SUBTITULO PORQUE DESPUES HAY UN TITULO
INTERIOR DE PARRAFO
Ana Esther Falcone
“Jugar para un niño es la posibilidad
de recortar un trocito de mundo y
manipularlo.”
Francesco Tonucci
Juegos y juguetes de ayer. Memorias de la niñez
En ese universo que llamamos infancia, los juegos tienen un
lugar especial. Jugar, sostiene Rafael Ruiz y Rafael Carmona, “no es
sólo hacer ejercicio que beneficie el desarrollo corporal, ya que
sobrelleva también una educación y disciplina en el comportamiento,
saber acatar las reglas. El juego socializa al niño y quizás sea aquí
donde comienza a poner orden en su vida, a aprender a aceptar unas
normas y a obedecer reglas que les exige la vida en sociedad.”
El juego nos acompaña toda la vida, excede la niñez, prolonga
algunos rasgos que son siempre necesarios para imaginar, soñar,
conocer lo nuevo, darnos oportunidad y emprender aventuras.
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Los juegos tradicionales constituyen un patrimonio cultural para
la promoción de la tolerancia, el respeto y la paz en una sociedad
diversa. No sólo han pasado de padres a hijos, sino que en su
conservación y divulgación han tenido mucho que ver las instituciones
y entidades que se han preocupado de que no se perdieran con el
paso del tiempo. Están muy ligados a la historia, cultura y tradiciones
de un país, un territorio o una nación. Asimismo, el material de los
juegos es siempre específico y está asociado a la zona, a las
costumbres e incluso a las clases de trabajo que se desarrollan en el
lugar.
Los juegos de patio son los juegos infantiles clásicos que se
realizan sin ayuda de juguetes tecnológicamente complejos, sino con
el propio cuerpo o con recursos disponibles en la naturaleza (arena,
piedritas, ramas, hojas, flores o ciertos huesos, como las tabas) o con
objetos caseros (cuerdas, papeles, tablas, telas, hilos, botones,
instrumentos reciclados). La mayor parte de los juegos tiene algún
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grado de competitividad o colaboración y, muy a menudo, de ambas.
Tradicionalmente se los ha considerado pueriles, e incluso han
recibido la denominación de juegos menores, pero, por muy sencillos
que sean (veo-veo, acertijos, deshojar la margarita, piedra-papel-
tijera, juegos de azar y otros), suponen un grado de abstracción que
no tiene nada de trivial.
Como cualquier tipo de entretenimiento, los juegos infantiles
tradicionales que se siguen jugando en la actualidad tienen un origen
que, según cada caso, puede ser muy antiguo y estar estrechamente
vinculados con el folklore mediante poesías infantiles, canciones,
bailes y otros contenidos de la cultura popular, por lo que también son
denominados juegos populares.
Siempre hubo juguetes soñados y carísimos, aunque a veces
todo se resolvía con una mínima inversión. Una pelota de cuero con
tientos podía costar sus pesos, pero las de goma apenas centavos. Y
las pelotas de trapo o de papel fueron muy clásicas. Había calle de
sobra para jugar. Los partidos de fútbol eran una constante. El furor
de los partidos hacía que periódicamente se tuvieran que reconstruir
las pelotas y atarlas lo mejor posible para seguir la lucha. Cuando
alguno conseguía una de goma se consideraba todo un adelantado
en los encuentros y qué decir si alguno llegaba con una pelota de
cuero, todos lo estimaban como un profesional. Piedras, algunas
prendas eran la marca que delimitaba los arcos. Los partidos solían
tornarse interminables y sólo el llamado de las madres, ¡vamos que
hay que hacer los deberes!, o la fuga del sol cayendo en el horizonte
precipitaba el final.
Los vehículos más sofisticados y habituales eran triciclos, sulky
ciclos y monopatines, aunque eran patrimonio de ciertos sectores de
la sociedad. Luego, aparecieron las bicicletas para niños, pues hasta
entonces debían manejar con mayor o menor habilidad las
convencionales de los padres.
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Triciclo biplaza año 1953
Un palo de escoba podía tornarse caballo, espada o bate de
béisbol. De una hoja de papel se obtenía en segundos un bicornio
(sombrero de dos picos), un barco o un avión. Las niñas, con
banquetas y sillas, inventaban casas o vagones. Piedritas o carozos
servían para jugar a la payana; de botones, carreteles o lápices
brotaban variantes del trompo. Un cañito era ya una cerbatana, los
elásticos valían para honda, las tapitas de bebidas para otros
ingenios. Los chicos eran lo bastante creativos como para
entretenerse casi sin más costo que el de su energía y su instinto
social.
En Cruz Alta, como en otros lugares pequeños, la gloria era
poseer un racer hecho con tablas de cajón de fruta, casi siempre
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armado por un mayor. El estrepitoso rodar de los cojinetes contra las
baldosas de las veredas concretaba el sueño de muchos niños,
aunque abolía la siesta de infinidad de vecinos. Esta artesanía era
transferida de unos niños a otros, y así entraban también en posesión
de juguetes sin valor en metálico, pero entrañables.
La independencia de los niños, pródiga en descubrimientos y
decisiones sobre la marcha, era necesariamente errabunda. Podía
pasarse del desafío de subir a un árbol o caminar por los rieles a la
práctica bulliciosa de un juego colectivo. Las reglas, con una u otra
dudosa interpretación, pasaban de niño a niño.
Aquel establishment secreto de los juegos fue anterior a la
llegada de la radio que en los años 30 acabó por instalarse en la rutina
de muchos hogares. Las chicas escuchaban folletines candorosos y
los chicos aprendían a aullar como Tarzán. Ya no importaban tanto
los libros que iban desde el preciado Tesoro de la Juventud pasando
por Salgari y otros, a la vez que ganaban espacio revistas como el
Billiken, El Tony y Ra-Ta-Plan.
Los juguetes acompañaron la transformación de la humanidad
y potenciaron la imaginación de los niños. Ningún hombre ha crecido
sin juguetes. Todos, alguna noche, dormimos abrazados a una
muñeca, una pelota, un soldadito.
Ya no hay pelotas de trapo ni soldaditos de plomo, pero algunos
viejos juguetes se resistieron a desaparecer y empezaron a ser
reemplazados por variantes de plástico. Hoy es tiempo de batallas
virtuales: los cambios tienen que ver con el vértigo que movió al siglo
XX, y los juguetes no escaparon a esas vorágines. Y, en cuanto a lo
que entendemos por estimulación de la inteligencia, los juegos del
pasado no andaban tan mal, al fin y al cabo, Leonardo da Vinci,
Einstein, Borges y otros no se formaron apretando mouses.
Queremos rescatar algunos de los juegos tradicionales que
disfrutaron los niños –hoy abuelos- de los años donde no hacía falta
la tecnología, ni WS, ni estar conectados a las redes sociales
veinticuatro horas al día porque bastaba un poco de imaginación, un
par de canciones y poco más para divertirse.
En los baldíos abiertos, los niños hacían volar sus barriletes
como pájaros multicolores. Los barriletes tienen muchísimos años. Y
estos vuelos formaban parte de un plan muy divertido que empezaba
antes de salir a la calle, porque se armaban en casa con distintas
formas y colores.
Daniel Reybet nos contó:
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Los materiales empleados eran caña india partida en tiras
formando una cruz o un rombo. Algunos tenían forma de cajón con
los costados revestidos en papel. El hilo que llevaba al igual que la
cola, que era de trapo, debían estar muy equilibrados para balancear
el barrilete. El cajón siempre de papel de vidrio, no de diario como los
otros. Algunos llevaban una vela en su interior dispuesto de forma tal
de no quemar el barrilete… de noche era una fiesta verlos.
Los días de lluvia fueron siempre bastante aburridos porque
había que quedarse en casa hasta que la tormenta pasara. Pero una
vez que salía el sol, las veredas y las calles se convertían en pistas
de carreras de unos barcos bastante particulares. Se armaban
botes a los que se les agregaba un mástil con una vela de color con
el que cada participante identificaba a su barco, se colocaban todos
en línea y se armaba una carrera calle abajo por las torrentosas aguas
que corrían por las cunetas.
Había entretenimientos que no requerían esfuerzo físico, sino
rapidez y habilidad, como la payana, el trompo, la perinola, el yo-
yo, el balero, entre otros. Este último es el que requería más práctica
para embocar. Consistía en un mango de madera, una especie de
lápiz finito del cual colgaba un hilo con una bocha muy pesada, en
cuyo polo sur había un agujero en el que entraba exactamente el
palito. Había que tomarlo por el mango, revolearlo e imprimirle un
movimiento tal que el hilo fuera trayendo a la bocha, de modo que
ésta pegara una vuelta sobre sí misma y el palito embocara en el
agujero.
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¡Hoyo! ¡Quema! En la siesta sonaban con júbilo los gritos de
los chiquilines que, frecuentemente arrodillados, jugaban a las
bolitas en el patio de tierra. Sucias las rodillas, sólo atentos a los
choques y entrechoques de las bolitas, ponían su pasión infantil. ¡Las
bolitas! Constituían un mundo diverso, pero apasionante para los
chicos, que las atesoraban con avaricia. Estaban los “munditos”, de
vidrio, azules o verdes, con algo así como bellas y blancas nubes en
su interior, con el aspecto que hoy miran la Tierra los astronautas
desde el espacio. Estaban las más modestas, opacas y marmóreas.
Las más hermosas eran las lecheras, todas blancas, aunque también
había unas que parecían vidrios de sifón. Categóricas y relucientes,
de acero -bolones y bolitas- (ex presidiarias de rulemanes) capaces
de dejar fuera de combate a la bolita más pintada y colorida. Los
bolones inmensos, voluminosos, soberbios se veían como los
señores del juego.
Hoy, prácticamente en desuso el elástico tuvo su apogeo en
la década del 60. En los recreos, pasaba del bolsillo del guardapolvo
a meterse en los pies. Como mínimo participaban tres personas, dos
sostenían el elástico y una tercera saltaba. No se debía enganchar ni
tropezar, porque el error le costaba perder el turno y darle el lugar a
otro concursante. La dificultad radicaba en que, a medida que los
participantes ganaban, el elástico iba tomando altura, subiendo de los
tobillos a las rodillas y de allí, a las caderas, cintura, axilas. Se
necesitaban destreza y buen estado físico.
Una parte esencial de los recuerdos de la infancia, sobre todo
en aquellos que la evocan con un poco de distancia, son las figuritas.
Pocas cosas podían ser tan maravillosas como abrir un paquete de
figuritas, ver cuál no se repetía y buscar con ansiedad la mayor
recompensa: un vale (podía ser un juguete o un disco simple). La
tradición dice que había “figuritas difíciles” y llenar un álbum era el
gran sueño.
Al principio, nacieron para ser coleccionadas en álbumes, a
cambio de recompensas. Venían en chocolatines o golosinas. El éxito
más resonante fue el de Nestlé con una colorida serie de
recomendable temática. Con el tiempo, todo se limitó a comprar en el
quiosco deslucidos cartoncitos circulares con dibujos de animales,
banderas, jugadores, o feas latitas con imágenes de deportistas.
Cada marca era una colección, cada figurita tenía un número y había
un álbum donde se las podía pegar. Fueron la iniciación del trueque
y la apuesta. Los niños las canjeaban o jugaban con ellas. Lo lindo
no era el juego en sí, sino todo lo que lo rodeaba, desde los cantos
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hasta las trampas y, sobre todo, las relaciones que se armaban a
partir de aquellos.
Las niñas tenían delicadas figuritas con princesas, hadas,
mariposas o flores que, con más o menos brillitos, han perdurado
hasta nuestros días. Con ellas decoraban sus cuadernos, realizaban
trueques o apuestas de mesa. En ese tiempo, se acostumbraba a
que, una niña escondía una figurita dentro de un libro que luego giraba
y movía hasta crear cierto misterio. Otra niña debía acertar su
posición: cara o ceca.
Como dato curioso: los cigarrillos de adultos traían figuritas de
próceres canjeables por premios. FONTANARES fue pródigo en
relojes de bolsillo.
Saltar la cuerda ha sobrevivido como “training” útil para chicas
y boxeadores, pero su imagen como juego de patios, parques y
veredas se fue destiñendo hasta esfumarse. Es casi imposible, hoy
día, conseguir en jugueterías sogas con cabos de madera. Las niñas
hacían gala de precisión y resistencia solas, a dúo, o en coros
innumerables. Era importante entrar y salir a tiempo, sin desorden de
faldas.
Existió un juego, la escondida, que con más regocijo
aceptaban compartir niños y niñas. Los escenarios y jugadores
podían ser inquietantes, sobre todo si se compartía el escondite.
Reunía la emoción con todo un despliegue de estrategias, partiendo
del lugar que uno elegía para esconderse porque estaban los que se
escondían cerca de la piedra para salir rápidamente bien librados y
los que preferían esconderse lejos y demorar el encuentro.
El escondite podía tener esas dos ventajas: fácil acceso a la
piedra para librar o la imposibilidad de ser descubiertos, y allí se veían
dos ideas de cómo ser y cómo ver el mundo: o se está al acecho para
lograr el máximo provecho con el mínimo esfuerzo o uno se hacía el
difícil y buscaba caminos que demoraban, pero que garantizaban una
mayor gloria. El resignado buscador, que permitía a ojos cerrados
huidas y opción a refugio, podía ser ganador o perdedor, según si
regresaba antes o después que el prófugo le anunciara “Piedra Libre”.
Era una competencia de cautela, velocidad y llegada a tiempo.
Los tiempos de jugar a las escondidas también se estiraban
largamente en las tardecitas de nuestro pueblo donde, a pesar de la
simpleza y sencillez constituían la riqueza de las horas vividas con
nuestros compañeros y vecinos.
La rayuela donde había que hacer equilibrio entre Cielo y
Tierra, las dos estaciones de este sencillo dibujo, era un juego
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característico de niñas, pero que casi todos los varones probaron
alguna vez.
Una piedrita, un ladrillito o una tapita servían como tejo. Había
que ser eficaz para saltar en una pierna, mudar al tejo de casillero e
ir avanzando del 1 hasta el 10 (cielo) para tener opción a recoger el
trofeo y volver con él de la gira celestial.
El juego fue simple y diáfano hasta que un siempre niño
llamado Julio Cortázar tentó a diseñar, con el mismo nombre y sobre
el mismo croquis, una novela con la que ahora juegan los adultos.
La mancha, juego ágil y sencillo, consistía en que un niño
tocara a otro y sindicarlo a viva voz como “mancha”. El tocado debía
cargar el invisible sombrerito y corriendo debía alcanzar a un tercero
y endosarle la “mancha”.
La variante “mancha venenosa” imponía al chico llevar la mano
apoyada en el lugar donde había sido tocado. Eso permitía limitar,
ridiculizar u ofender, según la parte elegida para manchar, pero
siempre surgía un amparo automático con un “pido gancho, el que me
toca es un chancho”.
Generalmente una niña, con vocación más de actriz que de
escultura, proponía jugar a las estatuas. Era un mero concurso de
quietud sometido a las morisquetas y bromas del público, pero había
algunas opciones. Había que adivinar títulos secretos como las
costureras, el sembrador, o se hacía un directo juicio artístico que
incluía o no el derecho al derribamiento de la estatua.
Los varones jugaban de mala gana porque era más estático y
porque sabían que ellas dominarían el juego.
El “fideo fino” era el más vertiginoso de los juegos de niñas.
Dos de ellas se tomaban con las manos entrecruzadas y giraban a
toda velocidad sobre las puntas de sus pies. Lo hacían sonrientes y
excitadas durante minutos enteros hasta el borde del mareo. Los
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“fideos mixtos” solían fracasar pues los varones tendían a tomar el
juego como demostración de fuerza y, a menudo, eran acusados del
chiste de soltar a su pareja. Menos aún se los llamaba para el
coreográfico “fideo grueso” que jugaban con las manos tomadas
frente a frente pasándolas sobre las cabezas al girar espalda con
espalda.
Un juego de varones era el rango. El orden de partida se elegía
por canto, proclamando a viva voz el derecho a ser cola, ante cola,
etc. Un chico se doblaba a 90 grados, bien afirmado con las manos
sobre sus rodillas, de modo que pudiera ser saltado por los otros con
o sin apoyo de las manos. Los saltarines podían ubicarse cada uno
como nuevo obstáculo para crear vallas sucesivas y ser saltados por
los demás.
Plancha de sellos postales en conmemoración a juegos infantiles, año
1984
La edad de oro de las muñecas francesas fue en la segunda
mitad del siglo pasado. Hoy día, pueden hallarse en el país piezas
que fueron juguetes de niños del siglo XX.
Si bien no ya con rostros de porcelana, nunca faltarían
muñecas queribles: enjoyadas damas de pasta o irresistibles peponas
de trapo, parlanchinas o mudas, con ojos móviles o absortas miradas
fijas, cada una sirvió para alentar la vocación maternal y orientar a las
niñas en artes de elegancia, seducción y urbanidad. Con ellas se
imitaba la vida de los mayores, se jugaba a las visitas, a la maestra.
Cada niña ponía a su muñeca un nombre soñado porque la sentía su
hija. Y siguió siendo así, pero de modo menos carnal. De la nativa y
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exitosa Marilú, la más famosa muñeca de fabricación nacional, dulce
y deliciosa muñequita de ojos expresivos, de suaves y finas facciones,
hasta Pierangeli vinieron al mundo con sus nombres comerciales. La
globalizada Barbie -fines de los años 60-, rubia platinada, cuerpo y
piernas de modelo, ojos delineados, ya es otra cosa.
Otros muñecos eran Cleo, personaje de la familia Telerín, que
por los años 60 nos mandaba a dormir con el siguiente mensaje:
“vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana
podamos madrugar”, y el Topo Gigio, con el besito de las buenas
noches, entre otros.
El Martin Pescador era una diversión donde una hilera de
niños debía pasar el puente que otros dos formaban con sus manos
tomadas en lo alto. Cada uno pedía paso y se le concedía, salvo al
último, sobre quien caían cuatro brazos enlazándolo. El prisionero era
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forzado a opciones como blanco-negro, durazno-manzana, cosas así,
pero que definían su ubicación silenciosa detrás del líder. Ya
sometidos todos al férreo bipartidismo, se habían formado dos nuevas
filas, dos bandos. El final podía ser de simple escrutinio y
consagración del ganador o hacer cinchadas y derribos.
En la cinchada, que es una de las más antiguas imágenes
cargada de símbolos, dos grupos asidos a una misma cuerda tiran de
ella en direcciones opuestas. Para impresionar a las damas en las
fiestas campestres, los mayores podían afrontar cinchadas hasta la
apoplejía. Los niños, en cambio, junto con la piñata, el gallo ciego y
las carreras de embolsados, las trasladaron durante décadas a sus
fiestas de cumpleaños. Lo que los diferenciaba era que solían tirar de
la soga a la par chicas y chicos y lo critico, la equidad de quienes
formaban el equipo.
El aro ya se jugaba hace miles de años por las calles de
Babilonia (actual Irak) y en muchas otras culturas. Es un juego de
habilidad tradicionalmente practicado por niños. Empujar un aro de
mimbre con una vara o un palito fue, según testimonian grabados
antiguos, un juego secular de niñas.
Los varones también disfrutaban de esto, pero con las ruedas:
guiar con un largo alambre una rueda de coche de bebé o,
simplemente, con la palma de la mano, un neumático viejo. Los niños
podían descubrir que sus padres y abuelos eran auténticos maestros
del reciclaje ya que los fabricaban reutilizando distintos objetos tales
como la llanta de bicicleta o el aro que sujetaba la madera de un tonel.
Más tarde, llegó otra variante: el hula-hula, de mimbre, juego
casi exclusivo de las niñas que les ayuda a desarrollar la coordinación
entre equilibrio, habilidad y movimiento.
No olvidemos tampoco las vueltas mágicas llenas de fantasía
e inocencia de las calesitas de nuestra niñez. Invulnerables al avance
de la tecnología, lograron sobrevivir como pocos entretenimientos
infantiles a los embates de los megabytes. Las calesitas
transcurrieron desde el siglo XIX al XXI, sin interrupciones, y las
vueltas con sortijas pueden ser historias compartidas por los niños
con abuelos. Fue, por un tiempo, el epicentro de la actividad
pueblerina, un espacio público en el que los vecinos y niños
compartían horas especialmente los fines de semana y feriados, en
que vuelta a vuelta se repetía el antiquísimo ritual de la sortija, del
suave girar de los caballos de madera, autitos, avioncitos, y las
expresiones fascinadas de los niños, ceremonial que se repitió por
décadas.
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Hermanos Fourcade en la calesita de su papá
Vivencias de la niñez que marcaron toda una época y que hoy
casi todos los que las vivimos evocamos con nostalgia y emoción.
Parece una característica muy marcada en el ser humano: a
medida que envejece, las vivencias de sus años de niñez se van
fijando más nítidamente en su memoria. Por eso, y para las
generaciones que peinen canas, este escrito pretende rememorar los
juegos y entretenimientos de antaño Y para las actuales generaciones
de niños y jóvenes, para que tengan una idea de lo que eran los
juegos, hoy considerados muy simples, en aquella época, no tan
lejana pero sí tan diferente. Cincuenta, sesenta o más años atrás, la
niñez tenía como entretenimientos actividades o juegos sencillos que
llenaban de alegría y participación a todos los que lo compartían.
La importancia del juego en la niñez radica en lograr aprender
a través de él y de conocerse a uno mismo y a su entorno.
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