GOLDWING
un angel de alas de oro
mensajero del cielo
con corazón anhelante
todo poderoso
CAP 1
Solo abrí los ojos a primera hora de la mañana y me quedé mirando el techo, buscando
alguna razón válida para levantarme. Sin muchas ganas, lentamente me levanté y fui al
baño a lavarme la cara para refrescarme un poco. Me miré al espejo y pude ver el resultado
de no haber podido dormir por semanas, ya que estaba estudiando para los exámenes. Me
quité la ropa y me metí a la ducha. Al abrir la llave del agua caliente, me sumergí en el
chorro de agua, sintiendo cómo cada parte de mi cuerpo se calentaba poco a poco. Para
ser sincero, era mi parte favorita del día, un momento que compartía conmigo mismo.
Había cerrado los ojos y, al momento de abrirlos, vi todo en negro. A lo lejos, observé una
figura de aura dorada que se acercaba a mí. Aquella figura era borrosa, solo pude admirar
las alas de oro, que parecían talladas con un cuidado impresionante. Justo en ese
momento, tocaron mi puerta, haciendo que saliera del trance.
Salí de la ducha rápidamente.
—¡Niño, ya es tarde! Si quieres que te llevemos, muévete más rápido, cabrón —era mi
hermano, William.
En realidad, era mi hermanastro, pero lo considero de mi sangre, ya que me crié con él. Era
totalmente diferente a mí: social, amigable y popular, se podría decir que el estereotipo del
chico musculoso y carismático. Yo, en cambio, siempre fui muy reservado, me consideraban
raro o algo así. Siempre callado, siempre con la mirada baja.
Salí del baño para cambiarme y noté un pequeño sobre en la cama. Era blanco, limpio,
asegurado con un broche dorado brillante. Por el momento, no le di importancia. Cuando
terminé de vestirme, me miré en el espejo de cuerpo completo que tenía en mi habitación.
Me veía igual que siempre. Volteé a la cama y volví a ver el sobre, que parecía brillar con la
luz del sol que pasaba por mi ventana. Lo tomé con delicadeza y lo abrí. Al sacar la hoja de
papel que contenía, solo vi símbolos escritos con tinta dorada. Volví a guardarla en el sobre
y lo puse en mi escritorio.
Me paré frente a la puerta y, de repente, William la abrió de golpe, asustándome.
—¡¿Qué te pasa?! ¡Casi se me sale el corazón!
William era la verdadera representación de un golden retriever: alto, rubio y con esos ojos
azul oscuro. Siempre alegre, con un aura que contagiaba a cualquiera. Nuestra familia
siempre fue el estereotipo. Mi madre, Lucy, una mujer latina hermosa, conoció a un
australiano muy agradable, Logan, a quien considero mi padre. Cuando mi madre se casó
con él, nos mudamos a Australia y conocí por primera vez a William. Yo tenía 6 años y él 8.
Nos caímos bien desde el primer momento, siempre con esa sonrisa cautivadora.
—Bueno, ya me voy. ¿Te llevo? —me preguntó William.
Asentí y recogí mi mochila. Nuestros padres no estaban, ya que era lunes y ambos
trabajaban. Me subí al hermoso Mercedes de William, el cual le regalaron por su
cumpleaños.
En el camino hacia la escuela, pasamos por un hermoso bosque lleno de pinos.
—Aún no entiendo por qué no tienes novia —dijo William de repente.
—Supongo que no me interesa nadie o yo no le intereso a nadie —respondí.
Pensé que ahí había terminado la conversación, pero no.
—Pero si eres atractivo, debería presentarte a unas amigas.
La verdad, solo estaba interesado en terminar la escuela y entrar a la universidad.
—Por favor, no —respondí con desgana.
Después de mi vaga respuesta, se quedó en silencio por el resto del camino.
Nos quedamos en silencio un momento.
—Deberías intentar socializar más. Después de un año de educación en casa, sería bueno
que lo intentes. Es una nueva escuela, nuevas personas, y quién sabe, tal vez encuentres a
alguien especial.
William tenía un punto. La razón por la que estudié en casa fue porque no tenía muchas
habilidades sociales y ahora tenía que desarrollarlas.
—Está bien, lo intentaré.
Me dio un pequeño puño en el brazo.
—¡Eso! No me defraudes.
Me guiñó un ojo y yo le sonreí en respuesta.
Al momento, llegamos a la escuela y… wow. Parecía un castillo, gigante y hermoso. Mi
padre sí me contó que era una escuela de alto nivel, pero no imaginé tanto. Miré a William y
él silbó.
—Vaya, no sabía que era así —él también había quedado estupefacto.
—¿Cómo se llamaba esta escuela? —pregunté.
William sacó su teléfono, revisó la información y se quedó en silencio un momento.
—Newington.
Todo se aclaró. Ver autos lujosos de los estudiantes, el alto porte que cargaban…
—Pues, suerte.
Me quedé aún más impresionado al ver que William me abandonaba. Antes de darme
cuenta, ya se había ido.
Miré las gigantes instalaciones frente a mí y me hicieron sentir pequeño. Al parecer, era una
semana de inducción para los nuevos estudiantes. Tomé un respiro y di un paso para entrar.
Nervioso, subí las escaleras de la imponente entrada. Justo en ese momento, me llegó un
mensaje de mi padre.
"Hijo, este es tu horario de hoy. Perdón por la tardanza :)"
Adjuntó una imagen. Al parecer, solo era una reunión de dos horas. Pensé que sería más
tedioso. La reunión era dentro de una hora, así que me dediqué a pasear por las
instalaciones y a memorizarlas.
Pasando por un pasillo, escuché un ruido raro en lo que parecía ser el salón de música.
Pegué el oído a la puerta de madera tallada y, sin darme cuenta, la abrí. Al levantar la
mirada, encontré a una pareja… Cojiendo.
¡COJIENDO!
Me quedé paralizado ante la escena y solo me encontré con los ojos del chico. Esos ojos
color miel que parecían leer mi alma. Aquel momento pareció eterno. Él y yo mirándonos,
mientras seguía con la chica.
Al instante, cerré la puerta de golpe, haciendo un fuerte portazo. Salí corriendo y choqué
contra un pecho fuerte.
—¿Eh?
Al mirar hacia arriba, me encontré con una figura corpulenta, un rubio que me miraba con
desprecio.
—¿Qué tenemos acá? —se agachó un poco para alcanzar mi altura. No soy bajo, mido
1.77, pero él me sobrepasaba por mucho. Y no voy a mentir, era demasiado atractivo.
—¿Quién eres? —preguntó bruscamente.
Yo, paralizado, no pude responder.
—Te estoy hablando. Dime, ¿quién eres? —su tono era aún más molesto.
—M-Me llamo Gabriel —dije, intentando ocultar mi tartamudeo.
—Mmm… Gabriel —repitió, arrastrando mi nombre.
Me reí un poco. Me daba risa la forma en la que pronunciaban mi nombre.
—¿De qué te ríes, idiota?
Lo miré con un poco más de confianza.
—Nada, es que siempre pronuncian mal mi nombre. ¿Y tú? Si es que puedo preguntar.
Parecía molesto conmigo por alguna razón.
—Eso no te importa. ¿Qué hacías dentro de ese salón?
Su tono agresivo me hizo sentir pequeño.
Recordé lo que había visto en esa habitación una pareja de novios (supongo) teniendo sexo
descaradamente, ni siquiera intentaron disimularlo.
—E-Estaba explorando… —dije un poco tímido.
—Pues no explores tanto. Mientras no haya una reunión o una clase, no puedes estar ahí,
¿entiendes? —me lo dijo en un tono amenazante.
La verdad, yo ya creía saber por qué.
—Está bien…
Sonó el timbre, informando que ya era hora de la inducción en el auditorio. Seguí a la
mayoría hasta llegar a una enorme sala con capacidad para 850 personas. Tomé un lugar y
me senté.
Al momento, miré hacia un lado y encontré otra figura grande: pelo negro, ojos que parecían
grises y una mandíbula tan afilada que parecía que cortaba.
—¿Qué? —preguntó de repente.
Al escuchar su voz, me estremecí. Era tan profunda que pareció resonar en todo el
auditorio.
—Nada, qué pena… —murmuré, sintiéndome un poco avergonzado.
Me quedé en silencio. Transcurrió una hora y, de repente, el chico de al lado volvió a hablar.
—¿Quién eres? —dijo en un susurro.
—Me llamo Gabriel. —Lo miré a los ojos en la oscura sala.
—Liam, un gusto. —Extendió su mano, y yo la estreché. Su agarre era firme, pero de
alguna manera suave.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó.
—Tengo 16.
Vi un leve destello de sorpresa en su expresión.
—Yo 17, como la mayoría de acá.
En ese momento, caí en cuenta de que yo tenía 16 recién cumplidos y ellos ya iban para los
18. Estar en el mismo bloque que ellos me hacía considerablemente menor.
—No sabía que alguien menor podía entrar a estas clases… —dije tímidamente,
sintiéndome fuera de lugar.
Terminó la reunión y ahora todos podían seguir explorando o irse a casa. Me levanté de mi
puesto y me dirigí a la puerta, pero sentí que alguien me agarró del hombro.
Volteé rápidamente y vi que era Liam.
—¿Qué planeas hacer?
Me sorprendió mucho el hecho de que me preguntara.
—Nada, en verdad. ¿Por qué?
Se acercó más a mí.
—Eres nuevo acá, ¿no?
Su pregunta me confundió. ¿Él no lo era?
—Sí. ¿Tú no?
Nos fuimos a sentar al gran jardín, impecablemente cuidado. Me explicó que la inducción
también era para los estudiantes antiguos. Eso tenía más sentido.
—Entonces, ¿eres de los tres nuevos? —preguntó, observándome con curiosidad.
Lo miré desconcertado.
—¿Cómo que tres?
—Pues sí, solo hay tres estudiantes nuevos. Todos los demás ya estaban aquí.
Me quedé impactado. Al parecer, solo éramos tres nuevos y yo era uno de ellos. El simple
hecho de que todos ya se conocieran y yo fuera el único extraño me revolvió el estómago.
—Pero tranquilo, aquí todos son buena onda —dijo Liam, notando mi nerviosismo.
Continuamos hablando hasta que una figura grande se paró frente a la mesa. Volteé y me
encontré con los mismos ojos miel del salón de música.
Parecía sorprendido de volver a verme, y no lo culpo.
—¿Quién es tu amigo, Liam? —preguntó con voz gruesa pero clara.
—Se llama Gabriel, es uno de los tres nuevos que entraron.
—Un gusto… —dije tímidamente.
Extendió la mano.
—Oliver. El gusto es mío.
Su mirada me dijo, en más de mil idiomas, que no estaba para nada cómodo con mi
presencia. A mí se me entrecortó la respiración. Soltó mi mano y se sentó en la mesa.
Liam sintió la tensión que había entre nosotros.
—¿Ustedes… ya se conocían? —preguntó, alargando la palabra con curiosidad.
El chico que ahora sabía que se llamaba Oliver solo había tenido una interacción conmigo, y
no fue para nada agradable.
—Para nada, nunca lo había visto —respondió con un tono fastidiado.
—Pues… lo siento, pero yo me tengo que ir —dijo Liam.
Oliver y yo lo miramos repentinamente.
—¿Qué?
Liam se levantó de la mesa.
—Tengo un pendiente con Rachel. Lo siento, adiós.
Se alejó, dejándonos solos. El silencio que quedó era tan incómodo que nadie lo soportaba.
La ansiedad me consumía. ¿Me haría algo? ¿Me lastimaría?
—¿Qué edad tienes? —preguntó de repente.
Esa pregunta me impresionó, por más pequeña que fuera.
—Tengo 16… —respondí.
La expresión en su cara cambió a una de sorpresa.
—Wow, eres muy pequeño. ¿Qué haces acá? —pareció mostrarse un poco más interesado.
—Pues… simplemente fue mucho esfuerzo para estar aquí —dije tímidamente, jugando con
mis dedos.
El silencio volvió. Supuse que tenía la misma edad que Liam. Levanté la mirada para
encontrarme con esos ojos color miel que parecían querer ver dentro de mí, como si
intentaran leer mis pensamientos.
Oliver suspiró.
—¿Podrías no decir nada del salón de música?
Su mirada tan penetrante me puso nervioso y recordé lo que vi. Me quedé en silencio,
pensando en una respuesta válida, hasta que se levantó de la mesa y se paró detrás de mí.
Tomó mis hombros y se agachó para acercarse a mi oído.
—¿Qué quieres? Puedes pedir lo que sea, pero quédate en silencio, por favor.
Me paré de golpe y caminé hacia la puerta del jardín. Sentí una mano jalándome del
hombro y me giró bruscamente. Solté un gemido de dolor.
—¡¿Qué te pasa?!
—Necesito que me des una respuesta.
—Haz lo que quieras —me solté de su agarre y me fui.
Llamé a William para que viniera a recogerme, pero, de nuevo, sentí cómo me jalaban del
brazo y me llevaban a una parte más privada.
—¿Qué carajo quieres? —lo enfrenté con rabia.
Oliver me miró con la misma intensidad.
—Mira, yo prácticamente no te conozco, y menos a la chica con la que te estabas cogiendo.
No quiero meterme en problemas, déjame en paz, por favor.
Intenté retirarme, pero Oliver me empujó bruscamente contra la pared.
—Sé que quieres algo.
—No quiero nada de ti —su agarre sobre mí se hizo más fuerte, haciendo que soltara
pequeños gemidos de dolor.
Lo empujé y salí corriendo. Con suerte, vi el auto de William y corrí hacia él. Me subí sin
dudarlo, pero algo era diferente. El auto tenía un olor a pinos del bosque, mientras que el de
William olía a cítricos.
Me quedé pensando un poco con la respiración agitada. Volteé la mirada hacia el asiento
del conductor y me encontré con una figura robusta. Subí la mirada y vi un rostro lleno de
pecas, cabello pelirrojo y unos ojos verdes profundos que me dejaron sin respiración.
—¿Disculpa? —su voz era gruesa, pero firme.
—Lo siento mucho, me equivoqué de auto.
Intenté abrir la puerta, pero estaba bloqueada.
—Dime quién eres primero —me miró con seriedad.
—Soy Gabriel… soy nuevo.
Su mirada cambió a una de curiosidad.
—¿Cuántos años tienes?
—Tengo 16 —respondí.
Pareció quedar más sorprendido aún.
—Lo siento mucho, mi hermano tiene el mismo auto, así que pensé que eras él.
Vibró mi teléfono con un mensaje de William:
“Lo sieeeeeento, mamá me mandó por un pedido de papá hasta la playa. Espérame una
hora y te lo compensaré :)))”
Solté un quejido de estrés.
De repente, escuché cómo las puertas del auto se abrían y me encontré con la figura que
me había detenido cuando salí del salón de música.
—¿¡Tú otra vez!? —me quedé congelado.
—¿Ustedes… se conocen? —preguntó el pelirrojo.
—Digamos que sí —respondió Oliver con un tono furioso.
—¿Cuál es tu problema conmigo? Solo salí del salón de música.
El pelirrojo me miró rápidamente.
—Encontraste a Oliver haciendo algo, ¿cierto?
Me quedé en silencio.
—Digamos que Oliver tiene el poder de hacer lo que se le dé la gana en la escuela… como
nosotros —dijo el pelirrojo.
—Lo siento, me voy a bajar.
Intenté quitar el seguro de la puerta sin éxito.
—Hombre, tranquilízate, no es tan pesado como crees —me miró con ojos que delataban
que mentía.
—Mira, no me quiero meter con ustedes ni con lo que sea que estén haciendo.
Seguí intentando abrir la puerta.
—Lo siento mucho, ya estás metido —dijo el rubio de atrás con un tono burlón.
—Depende de cómo te comportes, te irá con nosotros.
—¿Quiénes son ustedes?
—Nosotros dos, Oliver y otros seis.
Dios… eran muchos.
—¿Tu hermano ya está aquí? —preguntó el pelirrojo.
Supuse que ya sabía que William no vendría en una hora.
—Te voy a llevar a casa.
Lo miré rápidamente.
—¿Qué?
—¿Dónde vives?
Me quedé en silencio.
—¿Y yo qué? —se quejó el rubio de atrás, molesto.
—Tú también vienes.
Arrancó el auto y se dirigió a la carretera, saliendo de la escuela. No pude hacer nada.
El auto se quedó en silencio.
—¿Cómo se llaman? —pregunté, intentando hacer conversación.
—Yo soy Jaxon, y el grandote de atrás es Xavier.
El silencio volvió.
—¿Dónde vives, Gabriel?
Le indiqué mi dirección y el silencio reinó de nuevo.
Saqué mi celular para pasar el tiempo sin darme cuenta de que me quedé dormido. No supe
cuánto tiempo pasó, pero Jaxon me despertó suavemente.
Al abrir los ojos, ya era de noche.
—Despierta, Bella Durmiente —dijo Xavier de forma burlona.
—Muchas gracias por traerme, no debían.
—Tranquilo, cuando quieras.
Se me abalanzó y sus labios chocaron con los míos. Quedé en shock.
¡Me estaba besando!
Intenté apartarlo, pero me agarró de la nuca para hacerlo más intenso. Empezó a
humedecer el beso, chupando suavemente mis labios y acariciando mi nuca. Cuando Jaxon
se apartó, Xavier se inclinó hacia adelante y me acorraló, besándome también. Su beso fue
más agresivo, desesperado.
Cuando se detuvo, solo…
—¡¿Qué carajo les pasa?!
Ellos solo sonrieron burlonamente.
—Tranquilo, hombre, solo fue un beso entre amigos —dijo Xavier con burla.
Abrí la puerta y me acerqué a la entrada de mi casa esperé un momento hasta que mi
madre abrió la puerta.
—¿Usted qué hace acá? William no ha regresado.
Escuché cómo el auto arrancaba.
—Emmm… me trajeron unos amigos —respondí.
Con solo decir eso, la cara de mi madre brilló de felicidad.
—¡¿Tan rápido?! Solo fue el primer día. ¿Cómo los conociste?
En verdad, no sabía cómo decirle que encontré a uno cogiendo, a otro en el auditorio y que
a los otros dos me subí al auto de un extraño… y me besaron sin mi consentimiento.
—Pues… al momento de ir a la inducción me junté con ellos y ya.
Mi madre se veía feliz. Me hizo entrar a casa y me senté en el esponjoso sofá de la sala,
que tenía ese característico olor a pino. Sin darme cuenta, me quedé dormido otra vez.
Cuando desperté, todo estaba apagado. Al menos me hubieran despertado para irme a mi
cuarto.
Vibró mi teléfono. Lo levanté para mirar y era un número desconocido.
“¿Disfrutaste el beso?”
Supuse que era Xavier o Jaxon.
“¿Cuál de los dos es?” respondí.
Mientras esperaba respuesta, me paré y fui a la cocina por un vaso de agua. Vibró mi
teléfono nuevamente.
“Soy Xavier.”
“Pero dime, ¿qué tal el beso?”
Tomé un gran sorbo del vaso mientras pensaba en una buena respuesta, pero me arrepentí
de responder y solo guardé el número como "Xavier".
Miré hacia la puerta del patio… y la volví a ver. Esa figura dorada con las mismas alas
hermosas. Pero algo era diferente. Esta vez, podía ver sus ojos: eran de un azul eléctrico
que resaltaba en la oscuridad.
Se acercó hacia mí y lo pude distinguir mejor…
Era una mujer de cabello corto y rubio, que brillaba como el sol. Sin que me diera cuenta,
posó sus manos sobre mi cabeza. Sentí como si fuera a flotar de lo liviano que me sentía.
Abrí los ojos nuevamente y me encontré con un rostro, un rostro propio de un ángel, una
cara que reflejaba inocencia.
Empezó a desvanecerse en el entorno. Al mirar mi reflejo en la puerta de cristal, solo vi
unas marcas doradas en mi brazo; brillaban en el entorno oscuro. Estaba muy cansado, así
que pensé que era una alucinación. Subí las escaleras hacia mi cuarto y, con tan solo tocar
la cama, quedé rendido.