MAITE CARRANZA
CAMINOS
DE LIBERTAD
edebé
MAITE CARRANZA
CAMINOS
DE LIBERTAD
edebé
© Maite Carranza, 2016
© de la edición: EDEBÉ, 2016
Paseo de San Juan Bosco 62
08017 Barcelona
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Directora de la colección: Reina Duarte
Editora: Elena Valencia
Fotografía de cubierta: Shutterstock
1.ª edición, septiembre 2016
ISBN 978-84-683-2516-3
Depósito Legal: B. 16510-2016
Printed in Spain
Impreso en España
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo
puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a
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de esta obra ([Link]; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).
A la memoria de Miguel Gil-Dolz del Castellar
y de Francisco Santamaría. Y de sus secretos
que quedaron en el olvido.
Prefacio
¿A lguna vez os habéis sentido invisibles? ¿Ha-
béis tenido la horrible sensación de que el
chico que desearíais que os mirase no os ve, porque
formáis parte del paisaje? ¿Habéis querido llorar cuan-
do este chico os habla, pero os trata con la misma
distancia, frialdad e indiferencia con la que trataría a
la cajera del supermercado?
Y puestos a preguntar, ¿os ha pasado alguna vez
que quien os mira es el chico equivocado, el que no
os gusta, el que de un día para otro se ha hecho íntimo
de vuestros amigos, aparece en todas las fiestas y de
pronto está en todas las redes y en todos los móvi-
les? Me refiero a ese chico que, no se sabe cómo, acaba
sentándose siempre a vuestro lado.
A mí sí.
Y este es el comienzo de la historia que viví el
verano de mis diecisiete años, en el Pirineo, antes
de adentrarme en un pasado familiar desconocido e
inquietante.
Entonces creía que un amor no correspondido era
una tragedia, pero aprendí que las decepciones y los
fracasos forman parte de la experiencia humana y que
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el amor, ese sentimiento sobrecogedor, es apenas una
anécdota comparado con los sufrimientos que dejan
las guerras.
A menudo creemos que lo sabemos todo, pero la
vida es un cúmulo caótico de descubrimientos que nos
demuestran que las apariencias engañan y que las cosas
no son lo que parecen.
Yo descubrí que hay que saber mirar para poder ver.
El chico que no me miraba y me hacía llorar se
llamaba David.
El chico que se sentaba siempre a mi lado se llamaba
Killian.
Y yo, Alexia, en medio de los dos, me quería morir.
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EL ANILLO
El hombre se afeita cuidadosamente ante un espejo
resquebrajado. Sujeta la navaja sobre su mejilla enja-
bonada y desliza la hoja sobre la piel. Mueve la mano
derecha poco a poco y aprieta la mandíbula, por miedo
a cortarse. Es una navaja grande, de pastor, de hoja
ancha y afilada.
Tuvo que aprender a afeitarse precariamente, pero
aprendió. También aprendió a cocinar con una olla y
unos leños, a dormir con un ojo abierto y a distinguir
el ruido del viento de los pasos de los que todavía están
lejos. Se acostumbró a vestirse deprisa y a desapare-
cer ligero sin dejar ningún rastro. Ahora lleva encima
solo lo realmente imprescindible. Hasta entonces no se
había dado cuenta del montón de objetos innecesarios
que acarreaba arriba y abajo y que, curiosamente, no
ha echado de menos. Ahora sabe que con un paraguas,
una navaja, carne seca, un cazo de cobre y un botijo
puede apañárselas perfectamente y llegar muy lejos.
La austeridad es una virtud que no se prodiga. Él es
un maestro y se jacta de ser capaz de preparar una sopa
con un puñado de tomillo y un poco de agua. Llena
el estómago y engaña al apetito. El cuerpo, un viejo
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amigo, ha aprendido a afrontar el frío, el cansancio, el
hambre y el miedo. Y cuando consigue una manta para
abrigarse de noche y cuatro arándanos para endulzar
el vacío, le parece una fiesta. El cuerpo no le preocupa,
ya lo ha adiestrado.
La cabeza, en cambio, lo traiciona a menudo, más
de lo que desearía. La melancolía de los días oscuros y
silenciosos que le arañan la piel y le hieren el alma. La
falsa ilusión de los sueños que se desvanecen al desper-
tar. El desfallecimiento de la voluntad cuando esta se
vuelve laxa y le engaña con mil argucias, hasta que un
día se sorprende con el pensamiento de dejarlo correr
todo y regresar a casa, porque es un bobo. Y aunque es-
té solo, siente vergüenza y se sonroja, aunque esté solo.
La soledad se ha adueñado de él y es la compañera que
lo lleva por donde quiere. Él, tan sociable, tan amigo de
sus amigos, ha desaprendido a alimentar las tertulias,
a dar cuerda a la afabilidad, al trato, y se ha vuelto un
hombre adusto, de pocas palabras. Y le gusta. O tal vez
no, pero no le preocupa. A veces se detiene a pensar
unos instantes si no se estará volviendo como esos
viejos solitarios que tanto le disgustaban de joven. Y
se pregunta si todo esto tiene marcha atrás y si algún
día él, que era el rey de las fiestas, recuperará la risa
y el chiste fácil.
Se mira en el espejo satisfecho. Ya está, ya se ha
afeitado y no se ha cortado. Las mejillas sonrosadas
por la hoja afilada tienen aspecto de recién estrena-
das. Parece más joven, bastante más joven que antes,
aunque añora la barba y su solemnidad. De golpe
tiene un rostro infantil, un poco ingenuo, que no se
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corresponde con su anillo de casado, pero ya hace
demasiado tiempo que lo lleva y no se lo puede quitar.
Con los años el dedo se ha hinchado y el anillo forma
parte de su mano. Tal vez el dedo esté más delgado o
haga frío, pero esta vez nota cómo el anillo se mue-
ve. Se lo sacará, decide de pronto. Y como siempre que
se propone algo, no parará hasta conseguirlo.
Usa el jabón y lo va deslizando lentamente hasta
que el anillo supera la primera falange y casi se cae
solo en la palma de su mano derecha. Lo mira emboba-
do. Es la primera vez desde hace muchos años que lo ve
fuera de su propio dedo. Contempla alternativamente
el dedo desnudo y ese anillo que formaba parte de su
cuerpo y que ahora tiene vida propia. Luego busca un
lugar donde guardarlo para recuperarlo más adelante.
Ahora es Luis Vila y vuelve a ser joven. ¡Qué gran
oportunidad! Los jóvenes son solteros y atrevidos.
Palpa el suelo, da con una piedra que se mue-
ve y la levanta de una patada. Teme encontrar algo
debajo, como una vez que le salió una víbora y se le
heló la sangre en las venas. Esta vez, sin embargo, no
hay nada, solo el pequeño agujero que ha dejado
la piedra. Deposita allí el anillo con cuidado, lo
cubre con la misma piedra, que ya no encaja tan
bien, y se despide sin aspavientos. No le gustan las
liturgias de las despedidas. Hay pedazos suyos es-
parcidos por todas partes.
No es una mala vida, se dice cogiendo el zurrón con
lo imprescindible y cerrando la puerta sin mirar atrás,
como ha hecho tantas veces estos últimos tiempos. No
es una mala vida, es solo una vida diferente.
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Capítulo uno
T odo empezó el día que fui a despedirme de la
abuela.
Despedirme de mi abuela Berta antes de irme de
vacaciones era un trámite incómodo, pero necesario
para tener a la familia contenta y el bolsillo lleno. Sobre
todo el bolsillo.
Seré sincera, la razón principal de mi visita era la
pasta. Yo era mercenaria por necesidad y me había
especializado, igual que mis amigas, primas, hermanos
y conocidos de la red, en traficar con los sentimientos
de los viejos: un beso por un euro, un verso de Navidad
por tres euros, una despedida por diez euros, unas fotos
y una postal caducada por veinte euros.
No creáis que soy una miserable sin corazón. La
abuela Berta me caía bien y yo le caía bien a ella. Quizás
porque éramos las dos raritas de la familia y nos acep-
tábamos con naturalidad. Ella aceptaba que yo llevara
las rodillas peladas, los dobladillos de los pantalones
descosidos y que no supiera qué estudiaría cuando
fuese a la universidad. Yo aceptaba que ella comiera
chocolate a escondidas, que me regalara condones por
mi cumpleaños y que en Navidad brindara a la salud
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del presidente Companys y del bisabuelo Miguel, que
en paz descansen.
«La abuela, pobrecita, está senil», decía mi tía Ama-
lia. A mí no me lo parecía y a lo mejor por eso me sentía
cómoda en su casa. Incluso, a veces, yo misma me
invitaba a cenar, con todo el morro, y ella siempre acep-
taba encantada. Tenía una simpatía rebelde contagiosa,
un piso del Ensanche barcelonés que se abría de este a
oeste, infinidad de cajas de bombones hábilmente es-
condidas bajo los cojines del sofá, y practicaba el arte
del guiño y de alargar la mano a escondidas de los
adultos, como una agente secreta de la tercera edad.
Justifiqué mi presencia allí una tarde de junio.
—He venido a despedirme. Me voy de campamen-
tos, abuela.
Y claro, me hizo la pregunta de rigor:
—¿Dónde?
—Cerca de Alós de Isil, en el Pallars.
Yo no había estado nunca, pero me sabía el nombre
de memoria de tanto mirarlo en los mapas.
La abuela palideció y me di cuenta de que le tem-
blaban las manos.
—No puede ser. ¿De verdad? ¿Vas a Alós de
Isil? —repitió incrédula.
La abuela Berta —vivaracha, esbelta, ojos verdes y
manos huesudas— estaba asustada; no la había visto
nunca tan nerviosa por una noticia tan estúpida.
—No te preocupes, no me voy a mojar, no pasaré
hambre ni frío.
A las abuelas suele preocuparles este tipo de san-
deces, que, como todas las cosas de este país, sean tras
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cendentes o no, tienen su justificación en la mítica Guerra
Civil. Ya se sabe que en la Guerra Civil se pasó mucho frío
y mucha hambre. La abuela siempre explicaba que tenía
sabañones en los dedos y que durante la guerra comían
mondas de patata. Pero aquella vez me equivoqué.
—¿Ya lo sabe tu madre? —preguntó inquieta.
Me ofendió.
—¡Abuela, soy mayor! ¡Tengo diecisiete años!
Y no hablaba por hablar; me sentía mayor. A mis
diecisiete años, podía ir a la cárcel porque ya era res-
ponsable de mis actos delictivos. ¡Alto! Solo de los
delictivos, de los otros no. ¡Qué morro! No podía votar,
irme de casa ni abrir una cuenta corriente. ¿Alguien
conoce a un legislador para que me lo explique?
La abuela Berta me agarró las manos con fuerza
—ella, tan delgada y tan dulce— y me las apretó con
dramatismo, como si fuera una actriz de teatro y me
tuviera que confesar, de pronto, que yo no era en rea-
lidad la hija de mi madre.
—Pues no le digas adónde vas exactamente.
¿Me estaba pidiendo que mintiera a mi madre?
—¿Por qué? —pregunté intrigada.
—Porque tienes que prometerme que me harás un
favor.
—Lo que quieras —respondí al instante.
Siempre soy una bocazas y hablo sin pensar. Qui-
zás si hubiera pensado, habría cerrado la boca. No es
nada recomendable comprometerse a hacer un favor
sin saber de qué clase de favor se trata.
—Y quiero que sea un secreto entre nosotras dos.
—Acepto —respondí sin parpadear.
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Los secretos siempre me han gustado. Tengo de-
bilidad por los secretos. Por eso caí de cuatro patas.
La abuela Berta suspiró, se sentó en su sillón, me
invitó a acercarme a ella y habló en sordina.
—Mi padre, tu bisabuelo Miguel, vivió misteriosa-
mente en Alós de Isil y posiblemente fue enterrado allí.
Y con ese «misteriosamente», pronunciado con
una intencionalidad clara, quedaba resumido todo el
sentido de la frase.
Me quedé planchada. La abuela se había chalado
del todo.
—Abuela, el bisabuelo Miguel, tu padre, murió en
la guerra cuando eras pequeña.
No es que yo hubiera estado allí, pero era la historia
lógica y pragmática que yo había oído desde pequeña.
—¡Es mentira! —rebatió con contundencia.
—Pues es lo que dice todo el mundo.
La abuela suspiró, conmiserativa, y chasqueó la
lengua.
—Es la versión que nos inventamos en la familia por
vergüenza. La versión oficial que nos ahorró represalias
es otra, y la verdad es que debió de morir en Alós de
Isil.
¿Vergüenza? ¿Versión oficial? ¿Represalias? He aquí
tres palabras mágicas pronunciadas en el intervalo de tres
minutos. Fantástico. Solía fastidiarme no tener un tema
interesante de redacción a la vuelta de las vacaciones. «El
marrón de mi familia materna». Ya tenía una historia
jugosa para escribir, presentar a la Jiménez —la profe
de Lengua— y dejar boquiabierta a Mabel, una supuesta
amiga.
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—Muy bien, cuéntame qué pasó.
La abuela se aclaró la garganta.
—Mi padre era un ingeniero relacionado con in-
telectuales de su tiempo. Hablaba muchas lenguas y
había viajado mucho. Pero tenía ideas…, cómo te lo
diría…, un poco revolucionarias. Era masón, naturista,
libertario y un gran excursionista, miembro del Centro
Excursionista.
¡Brutal! Y me lo decía así, de golpe.
Toda la vida creyendo que el bisabuelo Miguel, que
paseaba del brazo de su mujer por el Paseo de Gracia
e iba al Liceo una vez al mes, había sido un señor
aburrido y rígido, y me acababa de enterar de que el
antepasado con barba de chivo y pajarita negra —el tipo
estirado del retrato del comedor de la abuela— estaba
afiliado a una organización ultrasecreta, era nudista,
revolucionario y se reunía con la flor y la nata de la
intelectualidad.
¡Qué fuerte! Ciertamente, la familia es un pozo de
sorpresas.
—En 1938, cuando mi padre estaba destinado en
Lérida y la guerra ya se empezaba a dar por perdida,
dejamos de tener noticias de él. Entonces, corrió la
voz de que había desertado y se había pasado al otro
bando. Decían que había huido hacia Burgos.
—¿Con los franquistas? —pregunté yo escanda-
lizada.
—Sí, hija, sí. Era inexplicable en un hombre tan
comprometido y con convicciones tan firmes como las
suyas. Mi madre no se lo creyó, pero media escalera
nos retiró la palabra.
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Esta sí que no me la esperaba. Un desertor.
—Poco después, unos republicanos se presenta-
ron en casa, entregaron su placa a nuestra madre y
le comunicaron que lo habían apresado y lo habían
fusilado por traidor a la República. Es lo que se hacía
con los desertores. Los cuerpos los arrojaban a las
fosas comunes.
Durante unos instantes me quedé sin saber qué decir.
Mi gozo en un pozo.
—Qué triste y... qué vergüenza —pude murmurar
finalmente.
Era curioso: había subido y bajado de la noria de
los descubrimientos familiares en cuestión de segun-
dos. ¡Qué mareo!
—A la familia nos pasó lo mismo que a ti. No
podíamos levantar la cabeza de la vergüenza y la pena
que sentíamos. Pero esa Navidad recibimos una postal
mágica. Desde Lérida nos escribía una chica muy
simpática, llamada Lisi Sola, que nos hablaba con
gran familiaridad, nos deseaba unas felices fiestas y
nos animaba a hacer un viaje juntas en el futuro. Tenía
una letra redonda y elegante, de señorita de aquel
tiempo.
Era una noticia un poco estúpida, pero me vi obli-
gada a interesarme por ella.
—¿Y quién era Lisi Sola?
—Mi padre.
¿Me lo creía? ¿No me lo creía?
—Pero ¿no estaba muerto?
—Eso es lo que todo el mundo decía, pero mamá,
mis hermanos y yo sabíamos que era de mi padre,
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porque en la esquina de la postal había un dibujo de
una chica con unas trenzas muy largas. ¡Rapunzel!
Definitivamente, mi abuela estaba loca, pero le seguí
la corriente.
—Interesante… ¿Tu padre llevaba trenzas como
Rapunzel?
La verdad es que no veía ninguna relación entre
una cosa y otra.
—No, niña, no. Rapunzel era un guiño para decirnos
que Lisi Sola era él. Cada noche nos contaba ese cuento
a mis hermanos y a mí.
Ingenioso. Pero no dejaba de ser una ilusión. Una
chica con trenzas no se transformaba automáticamen-
te en Rapunzel. Mi abuela y sus hermanos tenían mucha
imaginación y muchas ganas de que su padre estuviera
vivo.
—Y hay más.
Mi abuela se levantó decidida, abrió la puerta del
comedor de par en par y recorrió el largo pasillo, por
donde yo solía patinar de niña, hacia la habitación de
los juguetes, allí donde mi primo y yo pasábamos las
tardes de sábado mientras nuestros padres se escapaban
al cine.
—Este caballito lo construyó él con sus manos.
Era el caballito de madera que había montado
millones de veces cuando era una niña. Sin embargo,
lo que me acababa de revelar no era ninguna sor-
presa. Siempre había sido el caballito del bisabuelo
Miguel. Me lo conocía de memoria y era capaz de
reproducir con los ojos cerrados todos sus grabados
de colores: verde, amarillo y rojo. Con el caballo de
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madera había cabalgado por las praderas americanas
a la caza del bisonte y había luchado contra el bobo
de mi primo Augusto transformado en el Séptimo de
Caballería. Augusto era el listo de la familia y estu-
diaba en ESADE. Yo era la oveja negra y no sabía
qué estudiaría. Ya nadie me lo preguntaba, puesto que
invariablemente mi respuesta era «no lo sé».
—Ya sabía que era un juguete hecho por el bisabue-
lo, siempre nos lo decías —le recordé.
Pero ella continuó hablando con un tono intencio-
nadamente enigmático.
—Nos lo hizo llegar un día de Reyes, el 6 de enero
de 1940.
Esta vez sí logró ponerme la piel de gallina. Sobre
todo, cuando abrió un cajón y sacó las tres peonzas que
nos había enseñado alguna vez de soslayo.
—A partir de ese año 1940, recibimos una peonza
durante los tres años siguientes cada día de Reyes, pun-
tualmente, acompañada de una mermelada. Todavía
guardo los botes. En las etiquetas hay dibujadas unas
flores muy bonitas.
Empezaba a sentir escalofríos. Como cuando voy
al cine a ver una película de miedo.
—¿Quería decir que estaba vivo?
—Exactamente.
—¿Dónde?
—Eso es lo que yo he ido descubriendo poco a poco.
La cosa se ponía emocionante.
—¿Dónde estaba?
Como respuesta a mi pregunta, la abuela me ofreció
un papel y un lápiz.
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—Escribe Alós Isil al revés.
Era un juego muy antiguo. De pequeña, yo y mis
amigas nos poníamos el nombre al revés. ¡Pero aten-
ción! Puede ser sumamente peligroso. Mi nombre al
revés es Aixela. ¿Qué os he dicho? Durante una tempo-
rada en el colegio me llamaban «la Axila». La culpable,
naturalmente, mi amiga Mabel. Muy graciosa, como
veis.
—¡¡¡Sola Lisi!!! —grité alterada—. O sea, Lisi
Sola.
—Muy bien. Y tú, que eres una chica lista, ¿qué
crees?
No dudé ni un segundo. Había visto muchas pelí-
culas.
—Que el bisabuelo era Lisi Sola y os decía en clave
que estaba en Alós de Isil.
—¡Exactamente! ¡Mi padre no estaba muerto y vivía
en Alós de Isil! —exclamó la abuela con convicción—.
Lástima que lo descubriera demasiado tarde, justo hará
un par de años. Mi pobre madre lo buscó por todos los
archivos de Lérida y removió todos los cementerios de
la región. Murió con el dolor de no saber dónde estaba
enterrado su marido.
Hasta aquí llegaba la historia, pero no acababa de
entender qué papel jugaba yo.
—¿Y qué quieres que haga yo?
—Encontrar su tumba.
Sí, sí. Dijo eso: encontrar la tumba del bisabuelo
Miguel Gil en Alós de Isil. Tuve un escalofrío sin poder
evitarlo. ¡Qué mal rollo! Los muertos siempre me han
dado mucho respeto.
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—¿Y por qué no vas tú? ¿Por qué no te lleva mamá
o la tía Amalia?
Se escuchó el sonido de una puerta al cerrarse y la
abuela se llevó un dedo a los labios.
—Porque no me creen.
—¿No creen que el bisabuelo Miguel estaba vivo
en el 44?
Una nueva voz, la voz de mi tía Amalia —que había
llegado mientras la abuela y yo estábamos charlando—
sonó igualmente contundente:
—¡Pues claro que no! Estaba muerto y enterrado. El
abuelo Miguel murió el año treinta y nueve, en el frente,
tal como está escrito en la losa del cementerio de Les
Corts.
Habría tenido que confortarme la versión sensata
de mi tía, la que yo había oído contar toda la vida,
pero reconozco que me deshinchó las expectativas de
«misterio» que había ido atizando la abuela.
—En un nicho vacío. Ve y ábrelo —la retó la abuela.
—Ya sabemos que no hay cuerpo, como ocurre con
tantos otros muertos de la guerra, pero se firmó su
fallecimiento.
—Y si estaba muerto, ¿cómo nos hizo llegar el
caballito el día de Reyes?
Yo asistía al partido de pimpón como una espec-
tadora que se había decantado por el bando de la
abuela —soy una sentimental— y sufría cada vez que
la contrincante golpeaba la pelota.
—Porque no os lo mandó él…, mamá.
—¿Ah, no? ¿Y las tres peonzas? ¿Una cada año? —in-
sistió.
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—Ya lo hemos hablado mil veces. Fue algún buen
amigo compasivo que tuvo lástima de la viuda y las
tres criaturitas que había dejado el abuelo Miguel.
Eso tocó la moral a la abuela. La lástima y ella eran
enemigas irreconciliables.
—Nosotros no dábamos pena.
—Mamá, mejor que no hablemos de este tema, ya
sabes lo que pienso. Era tu padre, pero fue un desertor
y punto.
—¡No es verdad!
—¿Ah, no? Ahora me dirás que no recibíais dinero.
La abuela calló como una muerta e intuí una grieta
en su relato que se había ahorrado contarme.
—¿Qué dinero? —pregunté con un hilillo de voz.
El dinero, no sé por qué, siempre ensucia las historias
bonitas. La abuela confesó lo que me había escondido.
—Nunca supimos quién lo mandaba. Era una canti-
dad generosa, llegaba cada mes, regularmente, hasta el
año 1944, en que recibimos un extra de golpe. Fue
el último ingreso, pero gracias a él, mamá, que era
muy prudente, pudo abrir un taller de modista.
No entendía nada. ¿Quién pagaba a quién?
—¿Quién os enviaba el dinero?
La abuela suspiró. Le sorprendía que no pilláramos
las obviedades.
—Los republicanos. Escondían algo.
Tía Amalia la contradijo:
—¡Anda! ¡Anda! ¡Si los republicanos eran unos
muertos de hambre y habían perdido la guerra! —se
volvió hacia mí—. Eran los nacionales, Alexia, que lo
consideraban un héroe, y no un traidor.
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Yo no lo veía claro.
—¿Y por qué lo hacían a escondidas? ¿No ha-
bían ganado la guerra? Si hubiera sido un héroe,
lo habrían condecorado y le habrían dedicado una
calle, ¿no crees?
La abuela me aplaudió.
—¡Muy bien, Alexia!
Pero tía Amalia no sabía perder.
—¡Se acabó! ¡Basta ya de tonterías, mamá! Y solo
faltabas tú, Alexia, para animarla. ¿No ves que no está
bien de la cabeza?
Mi tía Amalia, la hija mayor y la más amargada, esta-
ba acostumbrada a lidiar con la abuela y había cambiado
sutilmente los papeles. Ahora mi tía mandaba y trataba a
su madre con condescendencia benévola y tirana a partes
iguales. Era la hija sin obligaciones familiares que, al
salir de la oficina, cuidaba a su madre un rato y de paso
metía la nariz en los armarios y la regañaba como a una
criatura. Me pregunto cuándo una hija puede tratar a su
propia madre como a una discapacitada sin cerebro. Y
en qué momento una madre acepta ser considerada una
irresponsable. Quizás nunca, porque mi abuela se resistía
con uñas y dientes a las visitas de tía Amalia y le decía
a su hija que no era necesario que fuera, que ya se las
apañaba sola. Pobre abuela Berta. No me haré nunca
vieja.
Sin embargo, mi abuela, en vez de ponerse como
una fiera porque su hija dijera delante de su nieta que
estaba loca, esbozó una sonrisa pícara.
—Muy bien, Amalia, tema olvidado. Solo quería
hacerle un pequeño regalo a Alexia.
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Y me dio las tres peonzas, una postal, tres botes de
mermelada vacíos y una foto vieja del bisabuelo, y lo
metió todo dentro de una bolsa de supermercado.
—¡Toma, bonita, recuerdos de tu bisabuelo y que te lo
pases bien de excursión! —me dijo guiñándome un ojo.
—¿Adónde vas? —preguntó mi tía.
—¡A la sierra! —dije yo.
—¡A la playa! —dijo a la vez la abuela.
Suerte que tía Amalia no nos escuchaba. En reali-
dad, le importaba un pimiento adónde fuese su sobrina
cabra loca con un puñado de niños scouts.
Antes de marcharme, hice una promesa solemne
mirando a mi abuela a los ojos.
—Averiguaré qué pasó y encontraré su tumba.
Y por dignidad, no acepté los veinte euros que me
ofrecía por la visita como despedida. ¿Por qué soy tan
estúpida?
Por la noche ya me había arrepentido.
Me fui tan digna que casi no cabía por la puerta, pe-
ro al salir a la calle y palparme el bolsillo vacío, me di
cuenta de que había hecho el panoli. A cada paso me
iba encogiendo más y más. Había caído en una trampa,
había prometido a mi abuela que haría indagaciones
imposibles y que le conseguiría pruebas inexistentes de
un bisabuelo misterioso. Soy así, una bocazas.
—¿Qué pasó con el bisabuelo Miguel? —disparé a
matar a mi madre al poner los pies en casa.
Levantó los ojos de la pantalla del ordenador y me
contestó sin rodeos:
—¿La versión adulta de mayores de dieciséis años
o la versión Disney que aún se cree tu hermano?
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Me froté las manos. Mi madre estaba dispuesta a
vaciar el baúl de los secretos de familia. Esto de tener
los diecisiete abría más puertas que las de la cárcel.
—Tus tías y yo estamos seguras de que no lo fusi-
laron como decían los republicanos. El abuelo Miguel
probablemente llegó a Francia, encontró trabajo y por
eso mandaba dinero a casa. Se embarcó hacia América
el año 44, pero antes de irse envió una cantidad a su mu-
jer para que pudiera rehacer su vida con las criaturas.
—¿Y por qué no escribió a la bisabuela?
—Nunca dio señales de vida porque probablemente
se volvió a casar y tuvo otros hijos. No lo sabemos,
pero lo sospechamos.
Casi nada: un bisabuelo adúltero y bígamo. Mi
familia era como una telenovela.
—La abuela dice que vivió y seguramente murió
en Alós de Isil.
Mi madre sonrió, con conmiseración.
—Y por qué no. Es la versión más romántica, de
ser cierta, claro.
O sea que tenía un bisabuelo revolucionario con tres
vidas y tres muertes posibles de quien no había sabido
casi nada hasta hacía tan solo unas horas.
—¿Y qué problema hay en que la abuela encuentre
la tumba de su padre?
Mi madre chasqueó la lengua.
—¿No te das cuenta de que la pobre se lo inventa
todo? De pronto se cree que es Miss Marple. Si nos
descuidamos, se compra una pistola y se va al Pallars a
pegar cuatro tiros para restaurar el honor de la familia. ¡No
pondrá los pies en Alós de Isil! Solo nos faltaba esa.
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Era injusto. Todos la trataban de loca y yo sabía
que no lo estaba.
De repente, mi madre, que es muy bruja, se me
quedó mirando y frunció la nariz.
—¡Ya te ha liado! ¡Seguro que ahora te lo ha pedido
a ti!
Mentí porque los secretos son eso, secretos.
—¿De qué hablas? ¿Qué me tenía que pedir?
—Alguna tontería de esas de buscar tumbas inven-
tadas.
—Pero, mama, si tú misma has dicho que el bis-
abuelo vivió en América poniéndole los cuernos a la
bisabuela. ¡Ve y encuéntralo!
Mi madre suspiró como había hecho la abuela,
aunque no le pegaba nada, y trató de cambiar de tema.
—Por cierto, ¿adónde vas de campamentos?
—Al Ampurdán —volví a mentir.
—Pues olvídate de tu bisabuelo y ordena la habi-
tación antes de irte.
A las familias no hay quien las entienda.
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