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Crítica al Socialismo en Argentina 1913

El capítulo analiza la integración política y la lucha de clases en Argentina, destacando la figura de Julio Barcos y su crítica al socialismo, al que considera un sofisma que paraliza la acción del proletariado. A través de la ley Sáenz Peña y el contexto de la Primera Guerra Mundial, se observa un cambio en la dinámica del movimiento obrero, que pasó de ser dominado por el anarquismo a una fase de predominancia sindicalista. Barcos argumenta que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de ellos mismos, en lugar de depender de un partido que, según él, actúa como parte de la hegemonía burguesa.

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Crítica al Socialismo en Argentina 1913

El capítulo analiza la integración política y la lucha de clases en Argentina, destacando la figura de Julio Barcos y su crítica al socialismo, al que considera un sofisma que paraliza la acción del proletariado. A través de la ley Sáenz Peña y el contexto de la Primera Guerra Mundial, se observa un cambio en la dinámica del movimiento obrero, que pasó de ser dominado por el anarquismo a una fase de predominancia sindicalista. Barcos argumenta que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de ellos mismos, en lugar de depender de un partido que, según él, actúa como parte de la hegemonía burguesa.

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Capítulo 2

Reflexiones sobre integración política y lucha institucionalizada


de clases en Argentina

El sofisma socialista 53

Construcciones discursivas naturalizadoras 60

Nuestros Profesores de Idealismo en América, Viajes y


Cuasimodo 63

José Ingenieros, pontífice de la argentinidad.


Ricardo Rojas, pontífice del nacionalismo.
Estanislao Zeballos
Juan Bautista Alberdi, Apóstol del Cosmopolitismo.

A modo de conclusión 70
Reflexiones sobre integración política y lucha institucionalizada de clases
en Argentina

En 1913 a los 30 años, Julio Barcos era alguien reconocido en el anarquismo argentino,
sin duda el pedagogo más importante de las ligas racionalistas rioplatenses. Había
realizado la hazaña de dirigir las primeras escuelas racionalistas de Argentina sin
perder prestigio dentro del campo libertario. Tan solo un año antes (1912) se
publicaba en Boletín Oficial la ley Sáenz Peña, que estableció la lista incompleta
combinada con el secreto y la obligatoriedad del sufragio y el mecanismo plurinominal.
Este momento fue recuperado (Rock, Halperín) como el reflejo de la capacidad de la
élite argentina en adaptar toda una estructura política a nuevas condiciones. Los
objetivos; atraer a los radicales a la acción legal y mutar las clientelas conservadoras en
partido moderno. Se trataría entonces de un diseño político de bloque social, con
potencia para incorporar a las clases medias urbanas y restituir la estabilidad perdida
en sistema político desde 1890.
El proceso no parecía autorizar a la clase obrera, la cual por su mayoritaria condición
de extranjera era excluida del sufragio. Al compás de esto; la participación limitada del
Partido Socialista fue entendida como un elemento más, en este dispositivo de
seguridad construido por el sector más lúcido y políticamente capaz de las clases
gobernantes (Aricó, 1999).

El sofisma socialista

Como bien indica Albornoz existieron prácticas comunes entre anarquistas y


socialistas; algunas fueron; la prensa como órgano de difusión privilegiado de las ideas,
la edición de libros y folletos, las prácticas conmemorativas -ya sea el 1° de mayo o el
aniversario de la Comuna de París-, la articulación de una red de círculos y locales, la
ponderación de las conferencias públicas, la preocupación por la educación
racionalista, las manifestaciones reivindicativas y el internacionalismo vertebraron una
sensibilidad y una cultura política compartidas para tematizar, visibilizar y proponer
respuestas a la llamada “cuestión social” en la Argentina (Albornoz,2012).
Pero a un año de ser establecida la ley Sáenz Peña y con la primera bancada socialista
electa, se profundizó el desencuentro político-doctrinal entre anarquistas y socialistas.
Barcos fue testigo asombrado (y suspicaz) de la transformación del P.S en partido
parlamentario, le concernía entonces ponderar su performance política y quizás
responder con cuales semillas se estaba inseminando el porvenir democrático. Es así
que publica en junio de 1913, su artículo El sofisma socialista (Ideas y Figuras, 1913).
De entrada y haciendo juego con el nombre de la revista (Ideas y Figuras) Barcos aclara
que los electores dan su voto por simpatía a las figuras y no a las ideas del P.S.
Encarrilar la emancipación de los trabajadores por el andarivel de la reforma del
Estado parece ser el trabajo que compete al socialismo, sin embargo es improbable
que esta emancipación pueda llevarse a cabo ya que “tanto ha concebido el socialismo
político al espíritu conservador de las instituciones burguesas que ha terminado por
pactar con las castas privilegiadas” (Barcos,1913).
El artículo nos entrega la primera apreciación histórica de Barcos sobre el radicalismo y
su impronta moral krausista. “Los radicales aquellos sacerdotes de la virtud, no podían
ser temidos: ya que a fuerza de puros resultaban demasiado innocuos”. Les pasaba lo
que a la «gente honrada» de aquella sociedad: “no servían ni para el bien ni para el
mal”. Mejor dicho, “no pecaban porque nunca habían tenido la oportunidad de pecar”.
La virtud por la virtud, fórmula estéril “en política como en estética la del arte por el
arte, no representaba un programa, un ideal de acción, una tendencia afirmativa”.
Según Barcos ellos demostraban a la faz del país una cosa: “el radicalismo es un
partido político regresivo al que nada le queda por hacer ni dentro ni fuera del
gobierno” (Barcos, 1913).
Volviendo la crítica hacia el P.S Barcos se define como partidario de la acción
conscientemente revolucionaria, afirmando que al no existir libertad económica la
alternativa política que ofrecía el socialismo, nacía muerta. En cuanto a la democracia
su diagnóstico tenía mucho de ultimátum, Barcos consideraba “que la famosa
soberanía popular no era más que una apariencia, un mito con el que se sigue
atrapando, arriando caravanas de inconscientes” (Barcos, 1913).
Esta visión resultó ser compartida por un amplio espectro político, es por esto que
creemos necesario llevar a cabo un análisis historiográfico sobre como influyó este
proceso de institucionalización en los perfiles que revistieron las formaciones políticas,
revisando cuales fueron las estrategias que asumieron de algunas de sus conducciones.
Nos interesa particularmente conocer la estrategia del socialismo ya que fue central en
los análisis, polémicas y debates estructurados por Barcos.
En “La hipótesis de Justo. Escritos sobre el socialismo en América Latina”, José Aricó
caracteriza al proceso de democratización político llevado a cabo en Argentina como
una síntesis económica y política. De esta manera democratización radical y
profundización del desarrollo capitalista emergían como dos elementos
complementarios. La trasformación social podía resultar posible. La modernización
fragmentaba el movimiento social; la clase obrera según la visión de Juan. B Justo se
excluía a sí misma de su potencial capacidad de condensar las demandas de todas las
clases explotadas (Aricó, 1999). Como resultado de esto reducía su alcance y se
ubicaba en una arista dentro del movimiento democrático burgués.
Sostiene Aricó que en la estrategia de Justo, para que los trabajadores se compongan
en movimiento histórico (con conciencia de clase) es necesaria la presencia de una
guía teórica. En su visión el partido expresa y organiza las reivindicaciones de clase,
pero en un sentido matizado; las características nacionales condicionan la síntesis
histórica del movimiento. Estos insumos y su guía para que el partido se despliegue en
múltiple facetas (gremial, económica, política y cultural), constituyen según Aricó, el
mayor aporte de Justo a la historia política argentina (Aricó, 1999).
Los socialistas fueron (junto con los anarquistas) los primeros núcleos de clase obrera,
que desarrollaron en las clases subalternas ese espíritu de escisión frente a la sociedad
que constituye el requisito imprescindible para la formación de una conciencia de clase
(Árico, 1999).
La crítica fundamental de Barcos residía en desaprobar la conciencia (burguesa) de
clase de los socialistas; “permítasenos hacer la autopsia moral de nuestros flamantes
legisladores socialistas”. “El doctor Repetto, -y todos estos defensores de la clase
obrera son doctores- es un distinguido Cirujano, un excelente burgués y un rentista
epicúreo. Fundid estos tres elementos y tendreís en cuerpo y alma al hombre”.
(Barcos, 1913).
Para Barcos el P.S paralizaba el impulso reivindicador del proletariado, y prestaba en
ese momento de crisis (1era guerra mundial) el “más grande apoyo al Estado”. Para
Barcos los trabajadores adheridos a la organización obrera del país no tenían como
plataforma al P.S, ya que su programa era “mínimo de mínimo”. Barcos aclaraba; “la
emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos” (Barcos,
1913).
En 1912 Juan B. Justo llevó al Congreso un proyecto de ley sobre agremiaciones
obreras, con este se multiplicaron las críticas dentro del anarquismo ya que dejaba
fuera a los trabajadores recién llegados de Europa. Barcos critica este proyecto y
advierte que la clase obrera del país “no tiene la ilusión del parlamentarismo” (Barcos,
1913). Según esta óptica lo que al socialismo le interesaba no es acción de clase sino el
voto; no es la acción del obrero como obrero ante la prepotencia del capitalismo, sino
la concurrencia del obrero como elector, eso es lo importante (Barcos, 1913).
El inventario de sofismas socialistas no se detenía allí, había uno más grave, y se
situaba en el centro de la revisión de Barcos. Era la certeza de que el P.S estaba
“convirtiendo la organización obrera en fuertes rebaños electorales, paralizando la
acción de las masas proletarias”. Continúa; “en la historia vale más una hora de
violencia que un siglo de desarrollo gradual, la diferencia entre anarquistas y socialistas
está en que los primeros hacen y los segundos parlan” (Barcos, 1913).
Pocas opiniones le importaban tanto a Julio Barcos como las de su amigo Alberto
Ghiraldo que se encontraba de viaje (Tucumán), en los días donde fue publicado este
artículo. Al volver Ghiraldo enriquece el artículo original de Barcos y nos trae una
caracterización de cómo era considerado Barcos por parte de algunos socialistas;
“usted es motejado de ácrata dinamitero” (Ideas y Figuras, 1913). Ambos valoran a los
que se han enseñado a sí mismos, y des-autorizan políticamente a los doctorados del
P.S como Justo, Repetto, etc.
Para Waldo Ansaldi la reforma que implicó la Ley Sáenz Peña, permite producir entre
1912 y 1916 un cambio en el régimen político, sin que este implique o conlleve una
crisis del Estado. No hay crisis de Estado, toda vez que no se cuestiona la matriz
fundamental de dominación. En cambio hay crisis de una forma de Estado: cambia la
figura de este, permaneciendo invariante la relación fundamental de dominación. A
pesar de ello para Ansaldi la ley Sáenz Peña permite la efectiva vigencia del sufragio
universal masculino y con ella amplía la participación electoral en el sistema de
decisión política a pesar de las sustanciales restricciones que mantiene (Ansaldi,
1993).Por lo demás la ley permite el pasaje de una etapa -caracterizada por el autor-
como hegemónica organicista (1880-1916) a la hegemónica pluralista (1916-1930),
proceso rápido en el que la nota dominante es la continuidad de la hegemonía
burguesa (Ansaldi,1993).
Esta hegemonía se apreciaba en diferentes planos, resaltando el económico y el
cultural. Entendemos que para Barcos el P.S era parte de esta hegemonía burguesa, y
que con sus estrategias no hacía más que entorpecer la organización del proletariado.
En la mayoría de los países que conocieron la dominación oligárquica, los periódicos,
las corporaciones y los organismos gremiales cumplieron un papel central como
correas de transmisión del poder de la sociedad al Estado (Ansaldi y Giordano, 2012). A
pesar de contar con un nuevo tipo de hegemonía en el ejercicio del poder político este
rasgo de duración estructural se mantuvo presente, acentuado por la crisis en la
mediación política observada por parte de los órganos de mediación política;
parlamento y partidos políticos.
En el análisis del caso argentino Ansaldi deja en claro que tanto la sociedad política
como la sociedad civil fueron, durante la hegemonía organicista, fuertes, pero la
articulación entre una y otra (el sistema de partidos políticos y Parlamento) fue débil,
en buena medida por la convergencia del accionar político de la clase fundamental y
de las clases subalternas. La clase fundamental, la burguesía, tenía una concepción y
una práctica restrictiva de la política, de la cual se autoconcebía único y legítimo sujeto
(por derecho propio), al tiempo que no apelaba a todas las posibilidades de acción a
través de sus diferentes asociaciones de interés. Así, fueron fuertes la Sociedad Rural,
la Bolsa de Comercio y hasta la misma Unión Industrial, y fueron débiles el PAN y su
continuador el Partido Unión Nacional.
En conclusión para Ansaldi si en el país no existió una democracia burguesa fue porque
la burguesía no es democrática ni cree en la democracia, a la cual considera una
frivolidad. Pero también, porque tampoco fue asumida plenamente por las clases
medias y obreras. Las clases subalternas tendieron a minusvalorar la lucha política y,
consecuentemente, a privilegiar la práctica corporativa, recurriendo también ellas a
sus específicas organizaciones sectoriales. Consideramos a esta serie de hipótesis
históricas como potencialmente valiosas no sólo para visualizar el espectro de ámbitos
(cultural, político, económico) adonde se dirigía la crítica de Barcos, sino para también
para situar su discurso especialmente dirigido a identificar al P.S como partido burgués
y por ende sistémico a las hegemonías políticas, económicas y culturales del periodo
(1912-1930) en Argentina.
Bibliografía:
Ansaldi, Waldo y Giordano, Verónica (2012): América Latina. La construcción del orden
de la colonia a la disolución de la dominación oligárquica, Buenos Aires, Ariel, Tomo 1,
vols 2.
Ansaldi, Waldo (1999), Crear el sufragante: La universalización masculina de la
ciudadanía política en Argentina. La reforma electoral de 1912, en Anales (Nueva
Epoca). Ciudadanía y Nación. Instituto Iberoamericano, Universidad de Götemborg.
Ansaldi, Waldo, Alfredo Pucciarelli y José Villaroel (edit.) (1993), Argentina en la paz
entre dos guerras. Buenos Aires, Biblos.
Ansaldi, Waldo (2000), “La trunca transición del régimen oligárquico al régimen
democrático”, en: Falcón, Ricardo (comp.), Nueva Historia Argentina. Democracia,
conflicto social y renovación de ideas, 1916-1930. Tomo V. Buenos Aires,
Sudamericana.
Albornoz, Martin. (2012). Los encuentros de controversia entre anarquistas y
socialistas en Buenos Aires (1890-1902). Prismas, 16(16), 187-190. Bernal, Argentina:
Universidad Nacional de Quilmes. Disponible en RIDAA-UNQ Repositorio Institucional
Digital de Acceso Abierto de la Universidad Nacional de Quilmes
[Link]
Arico José; (1999) La hipótesis de Justo. Escritos sobre el socialismo en América Latina.
Editorial Sudamericana Buenos Aires.
Barcos, Julio (1913) El sofisma socialista; Ideas y Figuras. Buenos Aires.
Como si fuesen dos grandes placas tectónicas destinadas a remover el suelo del
pensamiento social, el proceso abierto por la ley Sáenz Peña y la Primera Guerra
Mundial atraviesan el arco político de las izquierdas hacia 1915 en la Argentina.
Desde fines del siglo XIX el movimiento obrero se organizaba en federaciones obreras
hegemonizadas en su dirección por el anarquismo, así todo el socialismo también era
parte fundamental en el proceso. Esta dinámica se sostuvo hasta que en 1915 la
organización pasó a posiciones sindicalistas, produciéndose el fin de la hegemonía
anarco-sindicalista en el movimiento sindical. El anarco-sindicalismo había entrado en
decadencia a partir del Centenario, estos intentaron recuperar posiciones a través de
acciones revoluciones en las huelgas de la semana trágica y de la Patagonia, pero sin
éxito (Godio, 1990).
Lo que se inicia en el 9vno congreso de la F.O.R.A de 1915 será una fase de larga
predominancia sindicalista solo cuestionada por socialistas y comunistas. Los
derrotados son los anarcos-sindicalistas ortodoxos y también el sindicalismo socialista
que no puede imponer su posición favorable de “sindicalismo neutral” partidario de
acciones conjuntas con el P.S. El P.S al absolutizar en la práctica la acción
parlamentaria y prestar atención secundaria a la acción sindical carecía de
posibilidades de hegemonizar el movimiento sindical.
En 1915 Barcos orienta una crítica dual, por un lado al comunismo anárquico que
quedó refugiado en la FORA del 5to congreso caracterizados, como “admirables
dialécticos” y por otra parte (como ya hemos revisado) al P.S. Observamos como
Barcos paulatinamente empieza a ocupar una fracción de pensamiento “centro”
dentro del anarquismo, alejada del anarco-individualismo. Sí, sostiene un voto a favor
de las viejas dirigencias anarquistas (pre-centenario) “los que organizaban el ejercito
del trabajo frente a los ejércitos del privilegio”, pero en pos de reforzar su voto en
contra del P.S. Poco a poco empezará a acusar a integrantes del movimiento libertario
de escépticos o falsos idealistas, lo que da una pauta de cierto pragmatismo creciente
en su práctica política.
En cuanto al escenario internacional vuelve a posicionarse a favor de los aliados en la
primera guerra mundial pero con distancias de la posición del P.S. 1915 fue también el
año de publicación de su primer libro, “La felicidad del pueblo es ley primera”
(Barcos,1915). Revisando sus publicaciones (y su primer libro) nos encontramos con un
espectro amplio de intereses y un entendimiento del mundo que trascendía las
fronteras argentinas. Sus artículos (todavía) no eran procedimientos de autopromoción
y para esos años “dar opinión” no tenía nada de excepcional, mucho menos, era mal
visto “no tomar posición” (Ferrer, 2014).
Sus análisis sobre Argentina comienzan a devenir admonitorios en torno a dos
máquinas culturales, la del oficialismo y la del militarismo. En su evaluación sobre
estas, incluía una reflexión sobre las democracias; “aun cuando la democracia
moderna sea una ficción política es una verdad innegable que ha pasado para los
césares la época del derecho divino sobre los pueblos” (Barcos, 1915). Su mundo de
ideas nunca abandonaba una estadía en los valores, emergiendo en su discurso la
convicción de que los cambios sociales comienzan por la conducta recta más que por el
trastocamiento del orden económico o institucional; esta se combinaba con otra
fuerza; “la fuerza moral de la alta cultura de los pueblos no esclavizados” (Barcos,
1915).
En su primer libro (1915), “La Felicidad del pueblo es ley suprema”, identificaba los
engranajes culturales que hacen posible una cultura oficial: “la literatura patrioteril, la
ciencia jurídica, la desnutrida ciencia oficial y en una prensa sin color ni banderas de
combate”. Es decir los basamentos de toda juricidad eran las relaciones de
dominación; y ¿cómo se transformaba la política en militarismo? pues mediante
ciertos «sofismas imbéciles» como la noción de orden público, la razón de Estado, el
sentido del honor nacional y la integridad de las instituciones (Barcos, 1915).
Barcos esboza en 1915 lo que podría pensarse como una teoría de la historia, el fin de
la especie no es el de la conservación de las individualidades históricas sino el
mejoramiento de la especie misma por el renovamiento eterno de la raza en el sinuoso
curso del tiempo que es la evolución (Barcos,1915). Esta consideración de un sujeto
histórico nos lleva a pensar qué otras categorías (filosófico-políticas) entraron en
tensión (y con cuales sintonizaron) a partir de los proyectos educativos racionalistas y
libertarios al pensar la constitución de un sujeto social.
Para pensar estas dimensiones nos apoyaremos en algunas de las problemáticas
esbozadas por Edgardo Lander y Aníbal Quijano en; “La colonialidad del saber:
eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas” (Lander, 2000).
Entre ellas destacamos la referida de la naturalización de los saberes modernos, las
categorías constitutivas de la modernidad y por último la complejidad de las relaciones
sociales de poder en la construcción de los Estados-nación de América Latina.
Consideramos que estas perspectivas analíticas nos brindaran aportes para analizar
como se pensaba desde proyectos culturales alternativos la constitución de un nuevo
sujeto social como así también conocer desde que dimensiones pensó Julio Barcos la
constitución del Estado-nación argentino. Por último pueden también abrir el
panorama para pensar una serie de discursos analizados por Barcos donde algunas
nociones de modernidad cultural son centrales.

Construcciones discursivas naturalizadoras

Aspiramos a visualizar a través de Edgardo Lander que aspectos del saber han hecho
posible (en el pensamiento social occidental) la naturalización de la sociedad liberal
como la forma más avanzada y normal de existencia humana. Lander sostiene que es
posible identificar dos dimensiones constitutivas de los saberes modernos que
contribuyen a explicar su eficacia naturalizadora. Se trata de dos dimensiones que
tienen orígenes históricos diferentes, y que sólo adquieren su actual potencia
naturalizadora por la vía de su estrecha imbricación. La primera dimensión se refiere a
las sucesivas separaciones o particiones del mundo de lo "real" que se dan
históricamente en la sociedad occidental y las formas como se va construyendo el
conocimiento sobre las bases de este proceso de sucesivas separaciones. La segunda
dimensión es la manera sobre cómo se articulan los saberes modernos con la
organización del poder, especialmente las relaciones coloniales/imperiales de poder
constitutivas del mundo moderno.
Estas dos dimensiones son las que sirven de sustento sólido a una construcción
discursiva naturalizadora de las ciencias sociales o saberes sociales modernos (Lander,
2000). Teniendo en cuenta estas dimensiones otro de nuestros objetivos será indagar
como en el dispositivo de saberes trazados en los proyectos culturales alternativos en
los que participó Julio Barcos, se plantearon disrupciones en alguno de los
presupuestos fundantes del edificio de los saberes sociales moderno.
En cuanto a la naturalización/ontologización de las múltiples separaciones propias de
esa sociedad, Lander resalta la total separación entre mente y mundo que posibilitó
que “el cuerpo dejé al mundo y al cuerpo vacío de significado y subjetivase así
radicalmente a la mente” (Lander, 2000). De esta manera la subjetivación de la mente,
colocó a los seres humanos en una posición externa al cuerpo y mundo, con una
postura instrumental hacia ellos.
Estas tendencias se radicalizan con las separaciones que Weber conceptualizó como
constitutivas de la modernidad cultural, y una creciente escisión que se da en la
sociedad moderna entre la población en general y el mundo de los especialistas y los
expertos. Aunque Barcos no focalizó su crítica en torno a sí la institucionalización de
estos campos fue o no legítima, es visible la problematización por parte del autor de la
creciente escisión que se da en la sociedad moderna entre la población en general y el
mundo de los especialistas/expertos. Los últimos solían ser aludidos en su discurso con
el mote de eunucos, especie de vectores (educativos) entre Estado y sociedad
(burguesa).
En la obra “Como educa el Estado a tu hijo” de 1927, Julio Barcos retoma gran parte de
la plataforma cultural alternativa de la Liga de Educación Racionalista, uno de los
capítulos resalta como a través de escuelas experimentales la revolución bolchevique
había hecho de Rusia un “laboratorio educacional”. El autor destacaba que en pos de
“destruir el prejuicio del liberalismo burgués sobre el excesivo materialismo de la
cultura bolchevique, esta, además de introducir el trabajo como factor fundamental de
la nueva educación, ha convertido simultáneamente en una realidad la cultura estética
del proletariado, despertando en él la pasión intelectual por las bellas artes y por todas
las nobles actividades de la inteligencia” (Barcos, 1927).
Tanto en esta obra como en otras posteriores el autor enfoca el tema del ejercicio de
gestión de los dominios de la cultura como algo fundamental, estos deben dejar de
implicar formas de opresión cultural para acercarse a una esfera social amplia.
En cuanto a la necesaria superioridad de los saberes que produce esa sociedad
(‘ciencia’) sobre todo otro tipo de saberes es insoslayable el valor que tienen para el
movimiento libertario las formas científicas de conocimiento. Por su parte Julio Barcos
criticaba el repaso rutinario de saberes en la educación oficial, a tal punto –afirmaba–
era antinatural el método educativo de la escuela oficial que, mientras el resto de los
mamíferos empleaba “la libertad como único método de criar y educar a los hijos, para
que puedan estos convertirse en seres autónomos”. Poniéndolos en contacto con la
“Naturaleza, el hombre comenzaba al revés, poniendo en cuestión y desconfiando «de
aquella formidable maestra de la vida». Esa práctica tenía consecuencias. A través de
una educación rutinaria se “destruye o embota sus cualidades latentes” y “aminora el
empuje ancestral de sus instintos que son los cimientos psíquicos de la personalidad”
(Barcos, 1927).
Consideramos que esta línea de pensamiento pedagógico en Barcos se opone a
dimensiones relevantes en la circulación de saberes que propician la naturalización
tanto de las relaciones sociales como de la naturaleza humana de la sociedad liberal-
capitalista. La educación a su entender debía librar a los sujetos de todas las
modalidades de sujeción social ya que “sobre la espalda del niño recaían el Estado, el
capital, la Familia, la Iglesia, la Escuela, todos coaligados en contra de sus intereses
vitales” (Barcos, 1927).

Nuestros Profesores de Idealismo en América, Viajes y Cuasimodo.

Para Quijano la idea de raza, en su sentido moderno, no tiene historia conocida antes
de América (Lander, 2000). Sostiene que quizás se originó como referencia a las
diferencias fenotípicas entre conquistadores y conquistados, pero lo sustancial es que
muy pronto fue construida como referencia a supuestas estructuras biológicas
diferenciales entre esos grupos. La formación de relaciones sociales fundadas en dicha
idea, produjo en América identidades sociales históricamente nuevas: indios, negros y
mestizos y redefinió otras. Así términos como español y portugués, más tarde
europeo, que hasta entonces indicaban solamente procedencia geográfica o país de
origen, desde entonces cobraron también, en referencia a las nuevas identidades, una
connotación racial.
Y en la medida en que las relaciones sociales que estaban configurándose eran
relaciones de dominación, tales identidades fueron asociadas a las jerarquías, lugares y
roles sociales correspondientes, como constitutivas de ellas y, en consecuencia, al
patrón de dominación colonial que se imponía. En otros términos, raza e identidad
racial fueron establecidas como instrumentos de clasificación social básica de la
población.
Para explicar las ambigüedades y el uso dicotómico de la categoría raza en el
pensamiento de Barcos consideramos propicio asociar la valoración del término por
parte del autor a una visión de la historia ligada a la idea de evolución/modernización.
Entendemos que es a partir de aquí desde donde Barcos clasifica y jerarquiza
experiencias históricas de pueblos y continentes. Sin dudas esta idea de modernización
aparece desplegada en el uso de uno de los componentes categóricos de la
modernidad, el de raza.
Quijano afirma que la idea raza re-significó y re-legitimó las antiguas ideas y prácticas
de relaciones de superioridad/inferioridad entre dominados y dominantes (Lander,
2000). Esto nos lleva entonces a problematizar que limitaciones éticas y sociales
pudieron tener estos programas culturales alternativos, que intentaban a llevar a cabo
una articulación teórica-práctica con sectores sociales subalternos. En su explicación
sobre las formas de sujeción social, Barcos no utiliza la categoría de raza, ni con el
sentido de atribuirle el carácter de instrumento de clasificación y dominación de la
población ni tampoco destacándola como componente en la elaboración de la
perspectiva eurocéntrica de conocimiento.
Sin embargo hacia 1918 formula una serie de críticas a los que considera como
programas culturales nacionalistas, algunos de los cuales tenían como modelo la
racialización. Los ideólogos de Argentina aludidos por Barcos serán José Ingenieros y
Ricardo Rojas, también revisó algunos discursos de Estanislao Zeballos. Hasta este
momento y dentro del entramado ciencia-izquierdas el rival teórico en donde marca su
intervención, había sido Juan. B Justo, pero después de un viaje por Norteamérica
iniciado en 1916, ampliará el análisis hacia una serie de autores latinoamericanos.
Acerca de este viaje sabemos que en 1916, Barcos fue designado para dirigir la Escuela
Normal de Gualeguaychú, pero su nombramiento fue rechazado por el obispo de
Paraná y revalidado por el Ministro de Instrucción Pública (Arata, 2013). Al año
siguiente fue enviado en misión oficial a los Estados Unidos por un lapso de seis meses,
con el propósito de visitar escuelas y estudiar experiencias pedagógicas, informando al
gobierno argentino sobre los adelantos educativos del país del norte. Allí partió junto a
su mujer, Amanda Di Tomás, remitiendo informes pedagógicos de cada ciudad
estadounidense que visitó. La escasa información que puede reunirse al respecto
indicaría que Barcos concentró buena parte de su tiempo en visitar las escuelas de
Nueva York y en tender vínculos con la Universidad de Columbia, donde contribuyó a
fundar la Federación de Estudiantes de Habla Española.
En abril de 1918, cuando el Gobierno discontinuó el pago de su sueldo, Barcos se
convenció de que había sido engañado y abandonado a su suerte y emprendió el
retorno a Buenos Aires, haciendo una escala previa en Puerto Rico. Allí, entró en
contacto con los círculos intelectuales boricuas, donde propuso fundar una universidad
popular, en la que se ofrecieran cursos prácticos a los obreros y artesanos y, en
simultáneo, se predicaran los ideales hispanoamericanos. En la biblioteca Carnegie,
Manuel Fernández Juncos, junto a un grupo de 18 intelectuales, aceptaron la
propuesta de Barcos y fundaron la universidad, que abrió sus puertas el 16 de mayo de
1918. Pero la institución adoptó enseguida un perfil de tintes reformistas,
distanciándose del espíritu revolucionario que quería imprimirle Barcos a la casa de
estudios.
En este año (1918) Barcos visitó algunos países latinoamericanos (Puerto Rico,
Venezuela y Costa Rica), donde se vincula con otros intelectuales fundando la revista
Cuasimodo, de la cual será el principal redactor. En esta publicación lleva a cabo un
ensayo llamado “Nuestros Profesores del Idealismo en América” que será parte de un
libro posterior; Política para intelectuales. En este ensayo Barcos analizó a un grupo de
intelectuales americanos (Lugones, Rodó, Rojas, Valencia Herrera) centrando la crítica
en el modo en cómo éstos organizan sus discursos y programas culturales en torno a
categorías espiritualistas, vitalistas y nacionalistas.
De esta serie de críticas nos interesan para este apartado, las referidas a Ricardo Rojas,
José Ingenieros, Estanislao Zeballos y Juan Bautista Alberdi.

José Ingenieros, pontífice de la argentinidad.

En 1897 Ingenieros lleva a cabo una serie de artículos (13) en La Montaña, publicación
socialista. El discurso desplegado estará caracterizado por algunos de los tópicos
(parasitismo, moralismo, antiautoritarismo, revolución) existentes dentro de los temas
que trataba Barcos, la figura de Sarmiento también será celebrada por ambos. Dentro
de estas semejanzas la más característica será la que critique la táctica parlamentarista
defendida por la línea hegemónica del socialismo. Tanto esto, como la impugnación al
capitalismo como práctica económica en donde la ganancia se confunde con el interés,
es decir con un beneficio obtenido parasitariamente; serán las premisas que acerquen
a Ingenieros a un imaginario de tipo anarquista (Terán, 1986).
“La formación de una raza argentina”, “Para una filosofía argentina” y “El contenido
filosófico de la cultura argentina” darán forma en 1918 a La evolución de las ideas
argentinas, revelando así la visión historiográfica de Ingenieros. En esta obra y
teniendo en cuenta la situación de “barbarie” que está viviendo Europa (primera
guerra mundial), para Ingenieros la Argentina poseía ciertas características positivas
para ser la próxima cuna de la filosofía, aspirando así a un papel hegemónico entre las
naciones. Las bases para ello eran; una riqueza creciente, su clima templado y sus
núcleos de población blanca. Barcos, revisa esta obra, mirando con desconfianza la
relación que Ingenieros establecía entre las especulaciones de la filosofía científica y el
racionalismo de la educación. De esta matriz surge para Barcos el dogma de
argentinidad ingenierano, también montado sobre un (improbable) hecho histórico
social; el árbol genealógico liberal argentino (Barcos, 1918).
Para Barcos la cepa criolla liberal que conforma el abolengo espiritual del Río de la
Plata es más bien fruto de la “fantasía de literato” de Ingenieros que de su ciencia
experimental. Para Barcos, Ingenieros es un filósofo y un sociólogo con muchísimo más
lastre que Ricardo Rojas, sin embargo le produce asombro que Ingenieros haya
castellanizado su nombre italiano; mientras que Rojas; “tiene el mérito de su orgullo y
su ambición; es indio” (Barcos, 1918).
Barcos intenta esclarecer cual es el deseo sociológico en Ingenieros; afirma “él no
quiere el nacionalismo de Ricardo Rojas, clava su tienda intelectual frente a la de aquel
y funda, en competencia, el nacionalismo de la acera de enfrente” (Barcos, 1918). En
un momento de mucha fluidez como 1918, cuando surgían corrientes literarias nuevas
y las vanguardias políticas y estéticas emprendían nuevos caminos, resulta interesante
como para Barcos, Ingenieros pretendía darle uniformidad etnográfica a la Argentina,
“Ingenieros ha escrito entonces ensayos de sociología antropológica para pintarnos
con caracteres propios una raza «euro-argentina»” (Barcos, 1918). Pero todo ello era
más bien para Barcos “fruto de ficciones mentales” las mismas que lo llevaron a
desitalianizar su apellido. Lo sorprendente es que “Ingenieros odiando el militarismo y
Rojas exaltándolo”, llegan por caminos opuestos al mismo fin, al del idealismo
romántico.
Para concluir se evidencia en esta revisión crítica de Barcos una valoración positiva
hacia el devenir científico con que Ingenieros sella su trayectoria intelectual. Rescata
“tanto espíritu democrático de la ciencia, tanto afán de doctrina para nuestra juventud
mediante una labor de divulgación extensa y rica como publicista, como editor de las
obras de los mejores autores que ha tenido el país” (Barcos, 1918). Mientras que para
Alejandro Korn el cientificismo de la obra de Ingenieros anula parte de su pensamiento
ético y político (Domínguez Rubio, 2017) para Barcos la anulación de su pensamiento
científico es producida por un imaginario literario, estas marcas obstruirán el
desarrollo en Ingenieros de un esquema historiográfico que permita una historia de las
ideas viable en Argentina.

Ricardo Rojas, pontífice del nacionalismo.

En cuanto a Ricardo Rojas, la estimación de Barcos trae una distinción; por un lado el
criterio de autoridad en donde Rojas justifica su discurso y por otro la dimensión
cultural con que fue planteado este proyecto nacionalista en la Argentina. Existe en
Rojas la virtud de “no cultivar la virtud hipócrita de la modestia” dejando bien en claro
que intenta “ser el jefe”. El tema es que la construcción mítica que lleva a cabo está
situada en lo que Barcos define como “una pálida Ilíada gaucha” (Barcos, 1919).
Entonces la cultura nacional en el discurso de Rojas, no puede habilitar un proyecto
“universalista”, recordemos que para los proyectos educativos en los que estaba
involucrado Barcos, la dimensión universal de la cultura ocupaba un lugar proyectivo,
así lo dan cuenta las bibliografías utilizadas en las escuelas de formación racionalista.
Agrega Barcos; “el pueblo como el hombre que no tiene ideas universales es porque
no ha salido del aldeanismo todavía” (Barcos, 1919). Barcos e Ingenieros confluyen en
la crítica hacia el proyecto de Rojas; “siguiendo el curso de sus ideas no nos
detendríamos en los próceres de la independencia sino en la restauración de las
tradiciones indias” (Barcos, 1919). Como revisamos, para Ingenieros y su dispositivo
discursivo racista/positivista la Argentina tiene una misión especial dentro de los países
latinoamericanos, justamente por el aporte de la raza europea.
La filosofía espiritualista ha sido identificada con un amplio espectro de ideas en el
ámbito rioplatense, entre las que se destaca el movimiento romántico argentino,
Barcos identificaba esta tradición alineando a Rojas con Mármol. En este sentido, las
posiciones nacionalistas de Rojas generaron agudas polémicas en el ambiente
intelectual del Centenario. Entre sus críticos se destaca la reseña bibliográfica que
publica Roberto Giusti en la revista Nosotros, donde declara -en contraposición a las
tesis de Rojas- que el aporte de la inmigración es un rasgo fundamental y decisivo en la
formación de una nueva nacionalidad argentina (Ramaglia,1998).
Como indica Ramaglia tanto Rojas como Gálvez en su búsqueda de las raíces que
definen las características del "alma nacional”, vuelven la mirada a las provincias del
interior, donde reconocen la persistencia de tradiciones y costumbres argentinas que
se han perdido en la cosmopolita Buenos Aires. Para Barcos este provincialismo resulta
anacrónico, ya que existe (en 1919) una geopolítica desplegada hacia el
internacionalismo, La Liga de las Naciones es el resultado del tal proceso.
En cuanto a la dimensión militarista presente en el discurso espiritualista de Rojas,
Barcos sostiene que el devenir histórico no conlleva héroes de guerra, estos se irán
“como se fueron con las iniquidades del feudalismo los caballeros de capa y espada”
(Barcos, 1919). Para Barcos, la interlocución con el nacionalismo válida es la de Alberdi,
ya que interrogaba acerca de lo que sería la América de la segunda mitad de siglo XIX
gobernada por “San Martines, Bolívares y Belgranos, o por Santos Tomás, San Pedros y
San Pablos?..” Alberdi mismo engendraría una verdadera tradición (pero intelectual)
forjada también por Sarmiento, Ameghino o Almafuerte.
En cuanto al programa cultural nacionalista iniciado hacia la época del centenario en la
educación argentina, Barcos advierte que ya hay resonancias internacionales en
cuanto a este; “no seamos pedantes, por Dios, hasta el extremo de hacer sonreír a las
personas sensatas que nos visitan y no demos pábulo a que algunos de ellos vuelvan a
Europa a decir lo que ya alguien ha dicho por la prensa, esto es, que los argentinos
enseñamos una nueva asignatura en las escuelas públicas, la asignatura del
patriotismo.” (Barcos, 1919).
Existen para Barcos dos generaciones, la separación entre ellas no es étarea sino
programática y es necesaria enfrentarlas. Está la de los románticos, “imbuidos en un
sentimentalismo huero, vacíos de humanidad, escépticos que niegan la religión del
esfuerzo y creen a pie juntillas que el hombre ha venido al mundo a hacer frases;” y “la
de los que creemos, por el contrario, que la vida es bella o fea, libre o esclava, fecunda
o estéril, según nuestra capacidad moral de automejoramiento o autoempeoramiento
para hacerla buena o mala.” (Barcos, 1919).
La función que la cabe a la pluma de Barcos no es decorativa, sino evangelizadora y la
misión es “desacreditar la literatura decorativa, los escritores decorativos y los talentos
decorativos que tanto han contribuido a embrutecer los pueblos de América” (Barcos,
1919). Una de las conclusiones en esta serie de artículos críticos es la que enuncia que
los intelectuales latinoamericanos han ocupado el sitial de “siervos con delantal blanco
de los tiranos” en vez de ser “señores de la democracia americana” (Barcos, 1919).

Estanislao Zeballos

Hubo muchos modos de expresar y sentir el nacionalismo en Argentina. En 1921


Barcos nos dice que hay uno nuevo: callejero, gesticulador y vociferante, con
escarapela al ojal y revólver al cinto. Sin embargo Estanislao Zeballos “pertenece a otro
tipo de nacionalismo”, Barcos comentaba que asistió en la sala de conferencias del
diario La Prensa a una charla de Zeballos llamada “El Estado frente a la artificial
cuestión social”. Entre los asistentes estaban miembros del nuncio católico y el
Arzobispo, Barcos llega a hacerse la ilusión de que por un salto atrás en el tiempo
estaba “en presencia de sus antepasados” oyéndolos sentir, pensar, “con el acervo
mental de los días del coloniaje” (Cuasimodo, 1921).
Zeballos en la conferencia alegaba que si bien en Europa había iniciado una revolución
(la rusa), en América no tenía por qué tener lugar ya que ya se llevó a cabo una a
principios del siglo XIX. Al escuchar esto; Barcos se pregunta incrédulo: ¿vivimos los
argentinos, sin saberlo en una verdadera Arcadia, donde llega solo como un eco lejano
las grandes voces del drama universal que está desarrollándose en el mundo entero?
Para Zeballos esto así era, ya que todas las reivindicaciones de la revolución secular en
Europa están “conquistadas en el Nuevo Mundo”; el Estado ofrecía todos los aspectos
morales y legítimos de la sociedad civil; económicamente, aseguraba el bienestar, el
éxito y la fortuna a los caracteres aptos, Barcos asentaba: “sí, los comerciantes
fraudulentos, los envenenadores del pueblo, los logreros políticos, los traficantes de la
prostitución, los aves negras de la ley y otras clases de pícaros que bribonean a
espaldas del código penal” (Cuasimodo, 1921).
Barcos dice no observar nada de lo que reflejan las palabras de Zeballos, lo que sí hay
en Argentina es una contienda cada vez más violenta entre las fuerzas productivas y la
barrigocracia reaccionaria y autoritaria. Esto se plasmaba en los sindicatos patronales y
las alianzas defensivas y ofensivas de la casta dirigente atacando a la organización
obrera. También estaban las leyes sociales represivas que según Barcos iban en contra
de las bases institucionales del Estado argentino, la que Zeballos pondera como “la
unidad jurídica institucional perfecta” (Cuasimodo, 1921).
Para Zeballos existían dos elementos que contribuían a instalar el caos; un gobierno
pernicioso y agitadores extranjeros. Barcos contestaba comentando que si realmente
era posible considerar al gobierno de Yrigoyen como “un aliado de Lenin”, en cuanto a
los agitadores extranjeros Barcos hará cambiaba el foco y comentaba como los
trabajadores criollos, muchas veces reclutados por las fuerzas patronales como
trabajadores libres para boicotear huelgas, “reflejan a un sistema educativo no
accesible a todos los sectores de la población”. Barcos agrupa a Zeballos con Posadas y
Enrique Ferri, lo que los caracteriza es la utilización de datos estadísticos para hablar
del supuesto bienestar del pueblo argentino, asimismo Barcos dirá que tiene otro tipo
de datos para mostrar el duro panorama que atraviesa la clase trabajadora.

Juan Bautista Alberdi, Apóstol del Cosmopolitismo.

Como bien indica Schavino el arco de la izquierda argentina hasta la década del 20,
compartió un panteón nacional integrado por Alberdi y Sarmiento, a esos se sumaban
nuevos protagonistas en la década del 20 y particularmente dentro del socialismo se
incluía a Juan B. Justo. Por otra parte y dentro de los grupos libertarios en 1910,
Teodoro Antillí y Rodolfo González Pacheco habían editado en 1910 los efímeros
periódicos porteños Alberdi. La difusión llevada a cabo por José Ingenieros sobre
Alberdi también resultó fundamental en todo este proceso. Por su parte Julio Barcos
en septiembre de 1919 y después de editar publicaciones acerca de Ingenieros y Rojas
publicó una serie de artículos sobre Alberdi en Cuasimodo.
Señala Ramaglia que tanto Ricardo Rojas como José Ingenieros piensan en estrecha
conexión con las teorías de Taine acerca del "medio" como formador de caracteres
particulares, esto implicaba grados de civilización diferentes según la jerarquización de
los distintos pueblos. Barcos pensaba dentro de este marco a Alberdi, afirmando que
es “en América del Sur lo que Spencer en Europa, con la diferencia de que Spencer era
el fruto óptimo de la cultura científica del viejo continente en la segunda mitad del
siglo XIX, y Alberdi fue el fruto prematuro y exótico de nuestra América semibárbara
de la primera mitad de la pasada centuria.” (Barcos, 1919). Según Barcos fue gracias a
Sarmiento y Alberdi que Argentina emergió como la única democracia efectiva de
Latinoamérica, la cual estaba fuera del alcance de las zarpas del despotismo militar o el
teocrático.
Las ideas políticas de Alberdi analizaban con maestría la cultura burguesa y patriotera
argentina, según Barcos el mote de «anarquista» aplicado por la opinión conservadora
más de una vez, dará idea del terror que inspiraban, en una sociedad moldeada por
teólogos y retóricos como era hasta hace cuarenta años la sociedad argentina (Barcos,
1919). Alberdi por la claridad de su genio y Sarmiento por la intrepidez formidable de
su carácter fueron para Barcos los dos hombres absolutamente superiores, al
escenario social y la época histórica en que les tocó desplegar sus trayectorias. Otro
aspecto interesante en Alberdi, es que su devenir puede pensarse en
complementariedad con el de Sarmiento y Agustín Álvarez, estos se oponen a las ideas
románticas de Rodó, Lugones, Ingenieros, Rojas y García Calderón.
Para Barcos será el cosmopolitismo la única gran razón del progreso argentino. Los
portentos del progreso venían desde Europa y Estados Unidos; estos iban desde los
refinamientos del arte, las conquistas de la ciencia, el desarrollo de la industria, y hasta
los fenómenos sociales del bolchevismo. En resumen, fue gracias a esta corriente de
comunicación intercontinental que Argentina llegó a «europeizarse en sangre y
espíritu» (Barcos, 1919).
Para Barcos las colectividades con el nombre de pueblos o naciones, se dividen en
pueblos bárbaros, semibárbaros y civilizados. Esta clasificación opera sobre
automatismos espirituales, y no sobre prejuicios de raza, que son según Barcos, la
forma nueva y más terrible del fanatismo moderno. Estos prejuicios son dictados por
teorizantes de laboratorio “que despotrican sobre las razas aptas o ineptas para la
civilización” frente a este panorama Barcos destaca la figura de Agustín Álvarez quien
afirmaba que «una raza no se mejora por una transformación étnica, sino por su
transformación mental» (Barcos, 1919).

A modo de conclusión

Si bien la naturalización de la sociedad liberal como la forma más avanzada y normal


de existencia humana, no fue articulada desde el pensamiento de Julio Barcos, en una
crítica central, consideramos que si fueron problematizados algunos de los
presupuestos del edificio de los saberes sociales modernos que han posibilitado hasta
hoy en día la naturalización de esta forma de existencia social. Entre ellos los
principales fueron la repetición normada de aprendizajes en programas pedagógicos y
la separación del mundo académico y cognoscitivo en especialistas/población general.
Para Aníbal Quijano en América, la idea de raza fue también un modo de otorgar
legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la conquista. El autor
sostiene que la posterior constitución de Europa como nueva id-entidad después de
América y la expansión del colonialismo europeo sobre el resto del mundo, llevaron a
la elaboración de la perspectiva eurocéntrica de conocimiento y con ella a la
elaboración teórica de la idea de raza como naturalización de esas relaciones
coloniales de dominación entre europeos y no-europeos. Entonces esto significó una
nueva manera de legitimar las ya antiguas ideas y prácticas de relaciones de
superioridad/inferioridad entre dominados y dominantes. De ese modo, raza se
convirtió en el primer criterio fundamental para la distribución de la población mundial
en los rangos, lugares y roles en la estructura de poder de la nueva sociedad. En otros
términos, en el modo básico de clasificación social universal de la población mundial.
Aunque en la narrativa de Barcos no encontramos hacia 1919/1921 una des-
legitimación de la idea de raza, sí observamos su crítica a algunos discursos donde
encontraba “prejuicios de raza” (Barcos, 1919). Entendemos que esto (en parte)
ordenó su perspectiva crítica a programas culturales (Rojas) i/o esquemas
historiográficos (como el de José Ingenieros) que tuvieron como pivote esta categoría.
Los prejuicios de raza entonces aparecían deslegitimando cierto estatuto científico;
asociados a lógicas idealistas o “imaginarios literarios” separaban a los proyectos de
los intelectuales de paradigmas científicos validantes, quedando así desautorizados en
el pensamiento de Barcos.
Teniendo en cuenta que nuestro trabajo analiza proyectos filosóficos, políticos y
culturales que plantearon una alternativa programática para pensar a los sujetos en
momentos de transición política y social, rescatamos como necesarios los aportes de la
perspectiva post-colonial en Latinoamérica y alguna de sus categorías analíticas
fundamentalmente para analizar los entramados de poder existentes no sólo al
interior de los discursos del autor seleccionado para el proyecto, sino el lugar que éste
tiene en la configuración mayor de prácticas políticas que lo atravesaron.
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