El contrato Ruth Gogoll
Andy y Danielle pasan juntas una temporada maravillosa. El
amor de Andy por Danielle es cada vez más intenso, pero
Danielle está empezando a comportarse de una for ma muy
extraña. ¿Qué le ocurre conmigo?, se pregunta Andy, que
no puede encontrar ninguna respuesta a su interrogante.
De repente, se precipitan los acontecimientos. Ésta es la
segunda y última parte de la novela Isla para dos, que está
teniendo tanto éxito como la primera novela de Ruth Go-
goll en castellano Taxi a París.
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El contrato Ruth Gogoll
Era sábado. Mi madre y yo nos habíamos ido de compras a
la ciudad. Al llegar a la calle principal, mi madre se dedicó
a mirar los escaparates y yo, a aburrir me un poco, cuando,
de repente, observé que Danielle venía hacia nosotras por
la otra acera. Pero no nos había visto.
¡Humm…!, miré a mi madre, que, justo en ese momen-
to, estaba ensimismada con un vestido. Intenté fijar me en
el modelo para comprárselo por Navidades y, al mismo
tiempo, miré por el rabillo del ojo a Danielle.
Hasta la fecha mi madre y ella todavía no se habían en-
contrado. No se había dado el caso. Y, al recordar la for ma
en que, al principio, lo había evitado Danielle, pensé que
quizás a ella no le interesara en absoluto.
A mi madre sí le habría interesado, yo estaba segura de
eso, porque ya hacía tiempo que sentía mucha curiosidad
por ella, pero se dominaba y esperaba que yo misma, en
cualquier momento, acudiera a casa con Danielle.
Volví a mirar hacia el otro lado de la calle. Estaba ante
un gran escaparate y miraba los artículos expuestos. En
cualquier momento se daría la vuelta y yo sólo tenía que di-
rigir a mi madre en otra dirección, a la calle lateral que, sin
embargo, estaba detrás de Danielle. ¿Es posible que no
nos viera y se limitara a pasar de largo?
En aquel momento Danielle se dio la vuelta y me miró.
Sonreía.
Mi madre también se volvió y quiso enseñar me algo
que había en el escaparate.
Yo estaba de pie entre ambas y no tenía ni la más míni-
ma idea de lo que debía hacer.
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El contrato Ruth Gogoll
Al darse cuenta de que no estaba sola, por un momento
pareció que Danielle se iba a limitar a seguir su marcha co-
mo si no me hubiera visto. Dio un par de pasos en direc-
ción contraria a la nuestra, pero luego cambió de idea. Cru-
zó el paso de peatones con pasos enérgicos y se dirigió a
mí.
Entre tanto mi madre se había dado cuenta de que yo
no estaba siguiendo sus indicaciones y de que mi vista iba
en otra dirección. Siguió mi mirada y se tropezó con Danie-
lle.
—Hola —dijo Danielle, amable y sonriente.
Mi madre me miró y yo tuve que cumplir con aquel re-
querimiento que no se había pronunciado de palabra.
—Ésta es… Danielle. —Hice la presentación, un tanto
angustiada y luego miré en la otra dirección—. Mi madre.
Las dos mujeres se miraron de for ma inquisitiva. Luego
mi madre extendió la mano.
—He oído hablar mucho de usted —dijo.
Danielle estrechó su mano y la miró profundamente a
los ojos.
—Ahora ya sé de dónde ha sacado su hija el magnífico
aspecto que tiene —dijo con un curioso timbre en la voz.
Mi madre suspiró.
—Oh, gracias —contestó, algo turbada, como nunca la
había visto antes.
Miré a Danielle y no me lo podía creer. ¡Estaba flirtean-
do con mi madre!
Sin embargo, aquello no duró mucho tiempo.
—Tengo que seguir —dijo—. Que se diviertan con las
compras. —Se volvió y siguió su marcha por donde había-
mos venido mi madre y yo.
Yo miré a mi madre y ella me miró a mí.
—Es muy… encantadora —dijo mi madre, turbadísima.
—Sí. También lo pienso yo —respondí lentamente. Lue-
go le hice un ruego a mi madre—. Quédate aquí. Vuelvo
enseguida. —Y corrí detrás de Danielle.
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El contrato Ruth Gogoll
Cuando llegué hasta ella aferré su brazo con fuerza.
—Danielle.
Ella se dio la vuelta.
—¿Qué significa esto? Has estado flirteando con mi ma-
dre.
Ella sonrió, con expresión indulgente y divertida.
—Sí, ¿por qué no? Está claro que es una mujer muy
atractiva. —Se inclinó hacia delante y me besó en la mejilla
—. Igual que tú. Os parecéis mucho. Además, es muy jo-
ven, sólo un poco mayor que yo. —Rió al ver mi cara—. No
tengas miedo. No voy a intentar seducirla. —Parecía diver-
tirse mucho, como si no se lo pudiera tomar en serio.
Yo la miré, boquiabierta.
—¡Es heterosexual! Y además es mi madre —protesté,
enfadada.
Danielle arrugó el entrecejo.
—Aunque no te lo creas, yo también tengo una madre.
—Sonrió de nuevo—. Anda, ve con ella, te estará esperan-
do. Ya nos veremos luego.
Dejé que se marchara porque me sentía demasiado per-
pleja como para retenerla. Además, habíamos quedado pa-
ra esa misma tarde. Yo debía tener un poco de paciencia.
Regresé junto a mi madre.
—¿Has hablado con Danielle? —preguntó, frunciendo el
entrecejo.
—Sí —respondí, aún algo angustiada—, era ella.
—Es muy guapa —dijo mi madre—. Una mujer muy
guapa. Impresionante, y elegante de pies a cabeza.
—Es porque va vestida de calle —repliqué—. No siem-
pre tiene ese aspecto.
—Pero pienso que sí lo tendrá la mayoría de las veces
—dijo mi madre—. Cuando actúe en representación de su
empresa. —Me miró y torció con fuerza la comisura de la
boca—. No me extraña que te hayas enamorado de ella. Es
muy… —titubeó con intención—… atractiva.
Aquello resultaba bochor noso para mí.
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El contrato Ruth Gogoll
—Mamá —dije con esfuerzo—, ¿podemos hablar de
otra cosa? Ahora no puedo tocar ese tema.
—Está bien. Pero me alegro de haberla conocido por
fin. Hasta ahora siempre la habías mantenido oculta.
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El contrato Ruth Gogoll
Cuando vi a Danielle aquella noche me sentía muy dispues-
ta a pedirle explicaciones, pero cuando empezó a besar me
me di cuenta de que todo lo demás carecía de importancia.
—Mi madre estaría encantada si vinieras a casa por Na-
vidad —dije después—. Si no tienes familia…
Danielle me miró por un momento, con aspecto pensa-
tivo.
—No, creo que no —dijo más tarde—. Suelo ir a esquiar
algunos días durante las Navidades y este año voy a hacer
lo mismo.
—Es una pena —repuse. Todo se desmoronó a mi alre-
dedor al pensar que pasaría unos días sin verla—. No sé es-
quiar y, además, quiero pasar la Nochebuena con mi ma-
dre. Seguro que tú te irás antes.
—Sí —empezó a decir, pero luego se interrumpió un
momento—. Pero también me podría ir más tarde.
—¿Más tarde? —repetí con una mirada esperanzada.
—Sí, y así podrías venirte.
¡Me echaba de menos! Podría haber flotado hasta el te-
cho a causa de la emoción. No quería renunciar a estar dos
días sin mí: era lo mismo que sentía yo.
—Eso… eso sería fantástico —tartamudeé, sin poder
respirar.
—Quizá puedas aprender a esquiar. —Sonrió y luego se
inclinó hacia mí—. En Colorado.
—¿En Colorado? —Yo valoraba mucho sus besos, pero
aquello no fui capaz de asimilarlo con suficiente rapidez.
—Vuelo a Aspen… la mayoría de las veces. Los america-
nos son muy divertidos en Navidad. Totalmente distintos a
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nosotros.
—Esquiar en Aspen. —Yo estaba boquiabierta. ¿Quería
ir conmigo?
—¿Te vendría bien el día veintiséis? —preguntó—. ¿O
mejor el veintisiete?
En esta ocasión no iba a cometer el mismo fallo de
nuestra primera vez.
—El veintiséis está bien —repuse.
—De acuerdo —dijo ella—. Le diré a Tanja que haga
una reserva para las dos.
—Hummm… ¿Tanja? —pregunté—. ¿Es necesario?
Ella me miró.
—Puede que tengas razón. Resulta demasiado eviden-
te, ¿no crees?
—Sí —dije, roja de vergüenza—. Ella ya reservó la mesa
y me llamó para comunicár melo. Seguro que sospecharía
algo.
—En realidad me da igual —contestó Danielle—, pero si
te molesta yo misma haré la reserva de los vuelos. —Se
mostró satisfecha—. De esa for ma tendrás mayor paz inte-
rior.
—Es que esto es demasiado para mí —me disculpé—.
Hoy te has encontrado con mi madre y luego lo de Tanja y
Aspen.
Ella me interrumpió con un beso.
—Está bien —dijo en voz baja—. Lo haremos así, si eso
es lo que deseas. Y ahora… vamos a hacer otras cosas. —
Se deslizó hacia abajo y me besó los pechos.
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El contrato Ruth Gogoll
Yo estaba muy nerviosa cuando, el segundo día de Navi-
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dad , nos dirigimos al aeropuerto. Esta vez no era como
en el verano. Yo ya había volado antes y, además, conocía a
Danielle mucho mejor. Pero América era algo nuevo para
mí. Sólo sabía de allí lo que había visto en televisión.
Para poder conocer el país y a su gente, me hubiera
gustado, después, mucho después, volar hasta allí y condu-
cir por la Route 66 con una caravana alquilada o un auténti-
co camión americano. Como otras muchas de las cosas que
iban asociadas a Danielle, no me podía ni creer la for ma en
la que iba a conocerlo por primera vez.
Como había hielo y nieve en la carretera, esta vez fui-
mos al aeropuerto con el Volvo y no con el Jaguar. Resulta-
ba fantástico tener muchos coches y poder elegir cuál se
utilizaba según el tiempo que hiciera.
—¿Por qué no vamos a un hotel? —pregunté por enési-
ma vez, mientras esperábamos la salida.
Danielle apartó la vista con aspecto nervioso.
—Porque he alquilado una casa. —Luego me hizo cos-
quillas—. Y ahora cállate de una vez. No te comportes co-
mo una niña.
—Soy una niña —dije, mientras intentaba sujetarle las
manos—. Es la primera vez que viajo a América. Es una ex-
periencia infantil para mí.
—Entonces sé una niña, pero no una cría —contestó.
—Pero en un hotel nos atenderían mucho mejor —aña-
dí.
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El contrato Ruth Gogoll
—No mejor que donde vamos —dijo ella—. Todos los
días vendrá una chica a limpiar y arreglar la casa. Además,
hay un servicio que te hace la compra si quieres cocinar, co-
sa que sí deseo hacer. Y para eso necesito una cocina y en
un hotel no la tengo.
—¿Y cómo es? —pregunté.
Ella se mostró satisfecha.
—Déjate sorprender, porque no te lo voy a contar aho-
ra.
—Por favor, Danielle…, ¿cómo es? —supliqué.
—Eres terrible —dijo ella—. Es una casa como todas.
¿Cómo si no?
—Pues tú eres una ordinaria —repuse, molesta.
—Ya lo sé. —Danielle se mostró aún más satisfecha—.
Pero no quiero estropearte la sorpresa. Lo único que te
puedo decir es que es muy her mosa.
Sobre todo, lo que sí era seguro es que habría resultado
muy cara, pero ahora yo no quería pensar en eso. Claro
que nunca me lo hubiera podido per mitir sin Danielle, pero
ella había llegado a la conclusión de que yo me tomaba to-
dos aquellos lujos como algo muy natural. Resulta muy fácil
acostumbrarse a esas cosas.
—El único problema que hay con Aspen es lo que se
tarda en el vuelo y el cambio de horario —dijo Danielle,
cuando ya estábamos sentadas en el avión, en primera cla-
se por supuesto. Seguro que ella nunca había ido en clase
turista—. Siempre me lo pienso dos veces antes de volar
allí, pero, cuando me acuerdo de la nieve en polvo y de sus
maravillosos paisajes, repito de nuevo. —Se rió—. ¿Cómo
puede resistirse alguien a un lugar cuyo lema publicitario
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es: Fresh air served daily? Me hubiera gustado haberlo
podido inventar yo.
—Ahí se ve lo que hace la publicidad —dije, con una
sonrisa, y la miré—. Seguro que te ha agradado por eso.
—Sí, si perteneces a mi gremio —contestó— nunca sa-
bes realmente lo que puedes provocar. Existen miles de es-
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El contrato Ruth Gogoll
tadísticas que han estudiado la influencia que ejerce la pu-
blicidad en el comportamiento de los clientes, pero, aun
así, nunca se sabe nada de un modo preciso, porque no
hay for ma de mirar dentro de la cabeza de las personas.
¿Por qué se compra un producto? ¿Por la publicidad o por-
que te lo ha dicho la vecina? Es imposible saberlo de ver-
dad.
—Pero lo cierto es que los que te encargan el trabajo
piensan que la publicidad ejerce una influencia —afir mé.
—Eso es cierto —agregó—. Y mientras siga teniendo
tantos contratos como los que hay ahora, es algo en lo que
no voy a pensar mucho. A pesar de que, por supuesto, con
cada nueva campaña hay que pensar en la for ma de llegar
a los clientes potenciales. En todo caso, siempre espera-
mos que nuestro trabajo tenga un significado. —Lanzó un
suspiro.
—Por eso prefiero ser periodista —dije yo—. Uno sabe
que su trabajo tiene un significado, y no hay que echar ma-
no de las estadísticas para confir marlo.
—¿Estás segura? —preguntó, alzando las cejas—. ¿Qué
es lo que es tan importante en el periodismo? De hecho,
hay veces que tengo mis dudas cuando leo ciertos artícu-
los.
—Bueno —respondí—, existen muchos tipos de perio-
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dismo. Mi modelo es Antonia Rados . Es maravillosa. Y sus
artículos siempre están bien fundados y documentados, y
son interesantes e independientes. No acepta órdenes de
nadie. A mí me gustaría llegar a hacer lo mismo alguna vez.
Danielle me miró con una expresión extraña en el rostro.
—Antonia Rados es reportera de guerra —dijo—. Podía
haber recibido algún disparo o ser alcanzada por una bom-
ba. Cuando me acuerdo de sus crónicas desde Bagdad, ba-
jo una lluvia de bombas… —Se estremeció.
—Sí, claro. Es algo muy atractivo. No resulta ser un tra-
bajo tedioso en la oficina. —La miré—. Oh, perdona, con
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eso no quería decir que tu trabajo sea aburrido sólo porque
tú trabajes en una oficina.
—Bueno, muchas gracias —contestó, burlona. Luego se
puso otra vez seria—. ¿Desde cuándo sientes tanta ansia
por las aventuras? Yo pensaba que eras algo tímida.
—Sí, soy tímida —repuse—, pero desde hace un tiempo
—dije, mientras mantenía mi mirada en ella— siento el de-
seo de vivir aventuras.
Danielle debía de saber a lo que me refería, pero no di-
jo nada.
—¿Cuándo llegamos? —pregunté.
—Estaremos en Denver a las tres de la tarde —dijo—.
Luego haremos escala para ir a Aspen. El vuelo hasta allí
dura poco más de una hora.
—¿A las tres? —Miré mi reloj—. Faltan dos horas. ¿Se
tarda tan poco en llegar?
—Bueno, eso sólo si vas en la nave Enterprise de Star
Trek —dijo, con una sonrisa—. Debes restar la diferencia
horaria. Me refiero a las tres de la tarde, hora local. Según
nuestro horario estaremos en Aspen sobre la medianoche,
pero allí serán las cuatro de la tarde.
—¡Cielos! —contesté.
—Sí. —Sonrió—. Y luego tienes que per manecer des-
pierta hasta que sea la hora de irse a dor mir. Hay que lu-
char contra el jet-lag. —Señaló mi muñeca—. Lo mejor es
que cambies ya la hora y así te resultará más fácil acostum-
brarte al nuevo horario.
Atrasé ocho horas mi reloj. En aquel momento eran las
cinco de la madrugada, lo cual, era imposible, porque a esa
hora yo estaba acostada en mi cama y dor mía de for ma
plácida y profunda.
—¿Cuánto tiempo hace falta para adaptarse al nuevo
horario? —pregunté—. Porque allí no vamos a estar mu-
chos días.
—Sí, es un problema —contestó Danielle—. Pero ayuda
cuando se pasa mucho tiempo fuera, al aire libre y al sol.
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Eso es lo que te ocurre cuando estás esquiando, y lo llevas
muy bien. Cuánta más claridad haya, más despierto está
uno.
—Bueno, la verdad es que ya siento curiosidad —dije
yo.
—Ya lo verás —respondió—. La cosa funciona muy bien.
Claro está que lo mejor sería una estancia más larga, pues
al cabo de una semana ya estás adaptada al horario. Por
desgracia, no tenemos tiempo para eso. —Me miró—. Pero
tú puedes quedarte más días si lo deseas.
—¿Sin ti? —La miré, atónita—. ¿Qué haría yo?
Danielle me contempló como si yo hubiera dicho algo
sorprendente, luego se volvió y miró al pasillo para llamar a
la azafata.
Yo hubiera jurado que la había visto tragar saliva. ¿Qué
ocurría? ¿Qué había dicho? Estaba muy claro que yo nunca
querría quedar me en Aspen si ella no estaba allí. Nada po-
día resultar me atractivo puesto que, para mí, lo maravilloso
era ella. ¿Acaso no lo sabía? Con ella yo sería feliz en cual-
quier sitio. Sin ella no lo sería, estuviera donde estuviera.
Llegó la azafata y Danielle le pidió un café.
—¿Café? —pregunté—. ¿No te tomas un whisky?
Me miró de nuevo con una expresión extraña. Al pare-
cer, hoy lo decía todo mal.
—Hoy no —dijo—. Tú también deberías tomarte un ca-
fé para mantenerte despierta.
El vuelo, en comparación con el primero que había he-
cho a Grecia, era largo de verdad, pero por fin llegamos a
Denver. La escala en el aeropuerto fue incluso más rápida
que hacer transbordo en una estación de ferrocarril y pron-
to estuvimos sentadas en un avión con destino a Aspen.
Poco a poco se iba acercando la medianoche, según nues-
tro horario europeo, pero no tuve ni la más mínima oportu-
nidad de sentir me cansada, porque todo era muy excitante.
Además, siguiendo los consejos de Danielle, había tomado
mucho café. Y fuera el sol brillaba en el cielo azul. Yo me
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preguntaba cómo iría todo. Ahora no se podía dor mir en
Aspen y cuando en nuestras casas fuera el momento de ir a
la cama allí sería otra vez de día.
Cuando llegamos a Aspen me asusté. El aeropuerto es-
taba en medio de las montañas, lo mismo que la ciudad. Y
todo me parecía muy pequeño. En cambio, el avión, com-
parado con el salta-islas del Egeo, era mucho más grande.
—¿De verdad pretende aterrizar ahí? —le pregunté a
Danielle, algo temerosa.
Danielle se rió.
—No tengas miedo, las Montañas Rocosas no se tragan
a las personas. O sólo lo hacen en raras ocasiones. Pero
hay una leyenda que dice que existen montañas que son
una excepción.
Yo la miré.
—Me estás tomando el pelo —dije.
—Sí. —Sonrió para tranquilizar me—. El piloto conoce su
oficio, no es la primera vez que lo hace.
—¿Cómo lo sabes? ¿Lo conoces? —pregunté, escépti-
ca, mientras echaba un vistazo hacia abajo. Las montañas
se nos acercaban, amenazadoras.
Ella se rió.
—Pronto llegaremos. Todo irá bien.
Al instante se escuchó un aviso de la azafata para que
nos ajustáramos los cinturones de seguridad.
Durante el aterrizaje cerré los ojos pero, tal y como ha-
bía dicho Danielle, todo fue bien.
Cuando llegamos a la ter minal, de nuevo quedé muy
sorprendida.
—¡Esto es como el salvaje Oeste! —exclamé—. ¿Es, de
verdad, un aeropuerto?
—A las pruebas me remito —afir mó Danielle, sonriente
—. Todo Aspen parece una ciudad del Oeste. Esto no es
nada —dijo ella—. Ése es el atractivo principal de la ciu-
dad.
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—Ah —dije yo. Me di la vuelta sobre mi propio eje—.
No pensaba que fuera tan pequeña. Se oye hablar tanto de
Aspen. Yo creí que habría montones de personas y que se-
ría más grande.
—Eso es lo más agradable —dijo ella—. La ciudad en sí
no tiene más de seis mil habitantes. Un pueblo, podría de-
cirse. Los turistas son muchos más, pero ha conservado in-
tacto su carácter de pequeña ciudad americana. A pesar de
la gran cantidad de visitantes, nunca he visto una cola de-
lante de un remonte. Aquí lo tienen todo muy previsto.
—Yo había oído decir que Aspen era el Saint Moritz
americano. Por eso pensé que sería más… glamuroso.
—Bueno, Saint Moritz tampoco es demasiado grande —
afir mó ella—, pero en Aspen hay otra actitud frente a la vi-
da. Por eso vengo aquí.
—¿Has estado en Saint Moritz? —pregunté.
—Sí —respondió, mirando a su alrededor—. Por su-
puesto.
La verdad es que me podía haber ahorrado la pregunta.
Ella alzó la mano como si quisiera saludar a un conoci-
do, pero el que se nos acercó y nos saludó, vestido con una
camisa a cuadros propia de un leñador, fue el hijo del due-
ño de la casa.
—Las llevo para allá —nos infor mó. Por lo menos yo en-
tendía el idioma. No era como aquella vez en Grecia, don-
de el inglés que se hablaba precisaba de bastante práctica
para poder entenderlo—. ¿Han recogido el equipaje?
—No, pero ya llega —dijo Danielle, mientras señalaba a
las maletas que salían en ese momento.
Nos acercamos a la cinta. El vaquero de las Montañas
Rocosas preguntó cuáles eran nuestras cosas y las sacó fue-
ra.
Nosotras lo seguimos. Delante de la puerta había apar-
cado un gran camión.
—Por favor, ladies, suban —dijo el joven con mucha
amabilidad. Le sujetó la puerta a Danielle—. Ma’am…
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FIN DEL FRAGMENTO
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