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Cuentos cortos de gatos y sueños

El documento presenta una serie de cuentos infantiles que abordan temas como la amistad, la convivencia, la búsqueda de sueños y la importancia de la unidad. Cada historia incluye personajes como gatos, perros, caracoles y humanos, que enfrentan desafíos y aprenden lecciones valiosas sobre la vida y las relaciones. A través de situaciones imaginativas y emotivas, los relatos fomentan valores como la colaboración, la creatividad y la empatía.

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Cuentos cortos de gatos y sueños

El documento presenta una serie de cuentos infantiles que abordan temas como la amistad, la convivencia, la búsqueda de sueños y la importancia de la unidad. Cada historia incluye personajes como gatos, perros, caracoles y humanos, que enfrentan desafíos y aprenden lecciones valiosas sobre la vida y las relaciones. A través de situaciones imaginativas y emotivas, los relatos fomentan valores como la colaboración, la creatividad y la empatía.

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El gato soñador

Había una vez un pueblo pequeño. Un pueblo con casas de piedras, calles retorcidas y muchos, muchos gatos. Los gatos vivían allí felices, de casa en casa
durante el día, de tejado en tejado durante la noche.

La convivencia entre las personas y los gatos era perfecta. Los humanos les dejaban campar a sus anchas por sus casas, les acariciaban el lomo, y le daban
de comer. A cambio, los felinos perseguían a los ratones cuando estos trataban de invadir las casas y les regalaban su compañía las tardes de lluvia.

Y no había quejas…

Hasta que llegó Misifú. Al principio, este gato de pelaje blanco y largos bigotes hizo exactamente lo mismo que el resto: merodeaba por los tejados,
perseguía ratones, se dejaba acariciar las tardes de lluvia.

Pero pronto, el gato Misifú se aburrió de hacer siempre lo mismo, de que la vida gatuna en aquel pueblo de piedra se limitara a aquella rutina y dejó de salir
a cazar ratones. Se pasaba las noches mirando a la luna.

– Te vas a quedar tonto de tanto mirarla – le decían sus amigos.

Pero Misifú no quería escucharles. No era la luna lo que le tenía enganchado, sino aquel aire de magia que tenían las noches en los que su luz invadía todos
los rincones.

– ¿No ves que no conseguirás nada? Por más que la mires, la luna no bajará a estar contigo.

Pero Misifú no quería que la luna bajara a hacerle compañía. Le valía con sentir la dulzura con la que impregnaba el cielo cuando brillaba con todo su
esplendor.

Porque aunque nadie parecía entenderlo, al gato Misifú le gustaba lo que esa luna redonda y plateada le hacía sentir, lo que le hacía pensar, lo que le hacía
soñar.

– Mira la luna. Es grande, brillante y está tan lejos. ¿No podremos llegar nosotros ahí donde está ella? ¿No podremos salir de aquí, ir más allá? –
preguntaba Misifú a su amiga Ranina.

Ranina se estiraba con elegancia y le lanzaba un gruñido.

– ¡Ay que ver, Misifú! ¡Cuántos pájaros tienes en la cabeza!

Pero Misifú no tenía pájaros sino sueños, muchos y quería cumplirlos todos…

– Tendríamos que viajar, conocer otros lugares, perseguir otros animales y otras vidas. ¿Es que nuestra existencia va a ser solo esto?

Muy pronto los gatos de aquel pueblo dejaron de hacerle caso. Hasta su amiga Ranina se cansó de escucharle suspirar.

Tal vez por eso, tal vez porque la luna le dio la clave, el gato Misifú desapareció un día del pueblo de piedra. Nadie consiguió encontrarle.

– Se ha marchado a buscar sus sueños. ¿Habrá llegado hasta la luna?– se preguntaba con curiosidad Ranina…

Nunca más se supo del gato Misifú, pero algunas noches de luna llena hay quien mira hacia el cielo y puede distinguir entre las manchas oscuras de la luna
unos bigotes alargados.
La Perra Pintora

ara mi cumpleaños número ocho mis padres me regalaron una perrita


preciosa. Su cabeza es negra, tiene un flequillo muy largo que le tapa los ojos y le llega
hasta el hocico brillante; los cachetes y la barba son blancos, al igual que las patas y la
panza. Como tiene las patas cortas y peludas le puse de nombre Pataleta.
Pataleta es muy inquieta, juguetona y sabe hacer muchas cosas divertidas para
entretenerse. Yo le tiro lejos su pelota de colores y ella corre a buscarla, luego la trae y
la deja cerca de mis pies para que se la tire otra vez. Si la levanto con mi mano, ella
salta bien alto para alcanzarla. También sabe cantar; cuando silbo ella aúlla con la boca
fruncida y le sale un sonido de trompeta.
Como a mi me gusta mucho pintar, mamá me da permiso para que lo haga en la mesa
del comedor, siempre que no ensucie. Entonces pongo un plástico sobre la mesa y unos
papeles de diario para protegerla de las manchas de pintura. Cuando tengo todo listo
preparo las témperas, cada color en un platito; después pongo un vaso con agua,
pinceles, y algunos trapos para limpiar.
Un día que estaba a punto de hacerlo Pataleta, subió de un salto a la silla y de otro a la
mesa. Yo le dije: "Pataleta bajate pronto porque vas a hacer un gran desastre." ¿Saben
que hizo? Empezó a caminar por la mesa, metió las patonas peludas dentro de los
platos con pinturas y después empezó a caminar por toda mi hoja de dibujo. ¡Zas! Una
pataza dejó una mancha amarilla ¡Zas! Otra pataza una mancha roja y, otra celeste y,
otra anaranjada y otra vez celeste, amarilla, roja, anaranjada. Cuando la cubrió con
manchones me puse a llorar; estaba muy triste porque había ensuciado todo el papel.
Después de que me sequé las lagrimas y se me pasó el enojo miré el desastre con
atención; cada mancha parecía un crisantemo. Entonces tuve una gran idea: Pinté el
centro de cada una con pintura marrón, luego le hice unos tallos con hojitas verdes y un
florero de donde salía el hermoso ramo de crisantemos.
Ahora Pataleta y yo trabajamos en sociedad. Somos dos artistas que pintamos cuadros
con flores y los vendemos o regalamos a los vecinos del barrio.
Los hijos del labrador

Los dos hijos de un labrador vivían siempre discutiendo. Se peleaban por cualquier motivo, como quién iba a
manejar el arado, quién sembraría, y así como todo. Cada vez que había una riña, ellos dejaban de hablarse. La
concordia parecía algo imposible entre los dos. Eran testarudos, orgullosos y para su padre le suponía una dificultad
mejorar estos sentimientos. Fue entonces que decidió darles una lección.

Para poner un fin a esta situación, el labrador les llamó y les pidió que se fueran al bosque y les trajeron un manojo
de leña. Los chicos obedecieron a su padre y una vez en el bosque empezaron a competir para ver quién recogía más
leños. Y otra pelea se armó. Cuando cumplieron la tarea, se fueron hacia su padre que les dijo:

- Ahora, junten todos las varas, las amarren muy fuerte con una cuerda y veamos quién es el más fuerte de los dos.
Tendrán que romper todas las varas al mismo tiempo.

Y así lo intentaron los dos chicos. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, no lo consiguieron. Entonces deshizo el haz y
les dio las varas una a una; los hijos las rompieron fácilmente.

- ¡Se dan cuenta! les dijo el padre. Si vosotros permanecen unidos como el haz de varas, serán invencibles ante la
adversidad; pero si están divididos serán vencidos uno a uno con facilidad. Cuando estamos unidos, somos más
fuertes y resistentes, y nadie podrá hacernos daño.

Y los tres se abrazaron.

FIN
El caracolillo Gustavillo

Gustavillo era un caracolillo que vivía feliz en el fondo del mar; se mecía al ritmo de las corrientes marinas,
reposaba en la arena, buscando algún rayo de sol y de vez en cuando daba sus paseos.

Un día un cangrejo le vio y le dijo:

- ¿Puedo vivir contigo?

Gustavillo se lo pensó dos veces y al final decidió ser, como un antepasado suyo un cangrejo ermitaño.

Empezaron a vivir juntos el cangrejo dentro del caracol y al poco comenzaron los problemas: el cangrejo se metía
las pinzas en la nariz, hacía ruidos cuando comía, no ayudaba en la limpieza...

Una mañana Gustavillo le dijo al cangrejo todo lo que no se debía hacer, con paciencia , explicándole que:

- Hurgarse en la nariz, es de mala educación y además puede hacer daño

- Se mastica siempre con la boca cerrada

- Hay siempre que colaborar en la limpieza y orden de dónde se vive

El cangrejo se quedó callado, salió de la casa y se perdió durante varios días.

Cuando volvió habló con Gustavillo y entre los dos juntitos hicieron una lista de las cosas que, para estar juntos,
debían hacer para que todo funcionara bien.

A partir de ese momento se acoplaron a convivir juntos y fueron muy, muy felices, el cangrejo, daba a Gustavillo
largos paseos y el caracolillo arropaba al cangrejo cuando había marea.

FIN
La paloma y la hormiga.

Obligada por la sed, una hormiga bajó a un arroyo; arrastrada por la corriente, se
encontró a punto de morir ahogada.

Una paloma que se encontraba en una rama cercana observó la emergencia;


desprendiendo del árbol una ramita, la arrojó a la corriente, montó encima a la hormiga
y la salvó.

La hormiga, muy agradecida, aseguró a su nueva amiga que si tenía ocasión le


devolvería el favor, aunque siendo tan pequeña no sabía cómo podría serle útil a la
paloma.

Al poco tiempo, un cazador de pájaros se alistó para cazar a la paloma. La hormiga,


que se encontraba cerca, al ver la emergencia lo picó en el talón haciéndole soltar su
arma.

El instante fue aprovechado por la paloma para levantar el vuelo, y así la hormiga pudo
devolver el favor a su amiga.

FIN
De sonrisa en sonrisa

Una mañana, Patricia se despertó asustada por un sueño que había tenido. Soñó que a todas las
personas que conocía se les había borrado la sonrisa.

Estaba rodeada de gente muy triste, con caras alargadas, con el ceño fruncido, con rostros llenos de
amargura, cosa que no le agradó nada.

Hasta su mamá, que era muy alegre y siempre tenía un chiste para compartir, solo gritaba y
mostraba mal humor.

De igual manera su padre y hermano; por no hablar de la maestra, que tenía un rostro de estatua, y
sus compañeros de clase, quienes ni con una broma reían.

Esto angustió mucho a Patricia, ya que siempre pensaba que la sonrisa era la forma natural de
comunicarse para entender al amigo, al hermano y a los padres.

Esto lo pensaba debido a que sus mejores ratos los había vivido cuando todos los miembros de la
familia se reían, y sabía lo importante que era ese pequeño gesto para mantenerse unidos y
comunicarse.

Patricia cada vez se sentía más sola e incomprendida, nadie reía a su alrededor e incluso ella llegó a
dejar de sonreír y comenzó a llorar, temiendo que nunca volvería a ver feliz a nadie.

Pero llegó al punto de que el susto invadió todo su cuerpo y de repente se despertó. Se dio cuenta
de que estaba en su cama, a salvo, y dijo: "Menos mal que solo fue un sueño".

En ese momento su mamá llegó a la cama con el desayuno y una tremenda sonrisa, dándole un beso
y diciéndole que el día hay que empezarlo feliz.

FIN
Un pollito llamado Llito.

Hace muchos, muchos años, vivía con su familia un pollito llamado Llito. Todos los días Mamá
Gallina salía con sus pollitos a pasear. Mamá Gallina iba al frente y los pollitos marchaban detrás.

Llito era siempre el ultimo en la fila. De pronto vio algo que se movía en una hoja. Se quedó
asombrado ante lo que vio. Era un gusanito. Mama Gallina y sus hermanos ya estaban muy lejos.
Llito al ver que no tenia su familia cerca se puso a llorar.

- ¡Pío, pío, pío, pío! - ¿Qué te pasa?, preguntó el gusanito.

- Mi mamá y mis hermanos se han ido y estoy perdido.

- No te preocupes amiguito. Vamos a buscarlos, le dijo el gusanito.

- ¡Vamos, vamos!, dijeron los dos.

En el camino se encontraron al gato, quien les preguntó:

- Miau, ¿dónde van?

- Mi mamá y mis hermanos se han ido y estoy perdido, dijo muy triste Llito.

- Yo iré con ustedes a buscarlos, dijo el gato. - ¡Vamos, vamos!, dijeron a coro.

Al rato se encontraron con un perro.

- Jau, ¿hacia dónde se dirigen?, preguntó.

- Mi mamá y mis hermanos se han ido y estoy perdido, dijo llorando Llito.

- Jau, iré con ustedes a buscarlos.

- ¡Vamos, vamos! - dijeron a coro.

Y así el perro, el gato, el gusanito y Llito caminaron y caminaron buscando a Mamá Gallina.

- ¡Llito, Llito! ¿Dónde estás?, gritaba a lo lejos Mama Gallina.


- ¡Es mi mamá!, exclamó Llito. El perro ladró "Jau, jau". El gato maulló "Miau, miau y el gusanito
se arrastró. Todos brincaron alegremente. Al fin habían encontrado a Mamá Gallina.

El perro, el gato, el gusanito, Llito y su familia se abrazaron y rieron de felicidad.

- Gracias por cuidar a mi hijo. Los invito a mi casa a comer bizcocho de maíz - dijo Mamá Gallina.

-¡Vamos, vamos! - dijeron todos. Al llegar a la casa Mama Gallina les sirvió el rico bizcocho.
Nuestros amigos se lo comieron todo, todo, todo. Y como diría Don Mabo, este cuento se acabó.

FIN
Una playa con sorpresa

No había nadie en aquella playa que no hubiera oído hablar de Pinzaslocas, terror de pulgares, el cangrejo más
temido de este lado del mar. Cada año algún turista despistado se llevaba un buen pellizco que le quitaba las
ganas de volver. Tal era el miedo que provocaba en los bañistas, que a menudo se organizaban para intentar
cazarlo. Pero cada vez que creían que lo habían atrapado reaparecían los pellizcos unos días después, demostrando
que habían atrapado al cangrejo equivocado.

El caso es que Pinzaslocas solo era un cangrejo con muy mal carácter, pero muy habilidoso. Así que, en lugar de
esconderse y pasar desapercibido como hacían los demás cangrejos, él se ocultaba en la arena para preparar sus
ataques. Y es que Pinzaslocas era un poco rencoroso, porque de pequeño un niño le había pisado una pata y la
había perdido. Luego le había vuelto a crecer, pero como era un poco más pequeña que las demás, cada vez que la
miraba sentía muchísima rabia.

Estaba recordando las maldades de los bañistas cuando descubrió su siguiente víctima. Era un pulgar gordísimo y
brillante, y su dueño apenas se movía. ¡Qué fácil! así podría pellizcar con todas sus fuerzas. Y recordó los pasos:
asomar, avanzar, pellizcar, soltar, retroceder y ocultarse en la arena de nuevo. ¡A por él!

Pero algo falló. Pinzaslocas se atascó en el cuarto paso. No había forma de soltar el pulgar. El pellizco fue tan
fuerte que atravesó la piel y se atascó en la carne. ¿Carne? No podía ser, no había sangre. Y Pinzaslocas lo
comprendió todo: ¡había caído en una trampa!

Pero como siempre Pinzaslocas estaba exagerando. Nadie había sido tan listo como para prepararle una trampa
con un pie falso. Era el pie falso de Vera, una niña que había perdido su pierna en un accidente cuando era pequeña.
Vera no se dio cuenta de que llevaba a Pinzaslocas colgado de su dedo hasta que salió del agua y se puso a jugar en
la arena. La niña soltó al cangrejo, pero este no escapó porque estaba muerto de miedo. Vera descubrió entonces
la pata pequeñita de Pinzaslocas y sintió pena por él, así que decidió ayudarlo, preparándole una casita estupenda
con rocas y buscándole bichitos para comer.

¡Menudo festín! Aquella niña sí sabía cuidar a un cangrejo. Era alegre, divertida y, además, lo devolvió al mar
antes de irse.

- Qué niña más agradable -pensó aquella noche- me gustaría tener tan buen carácter. Si no tuviera esta patita
corta…

Fue justo entonces cuando se dio cuenta de que a Vera no le había vuelto a crecer su pierna, y eso que los niños no
son como los cangrejos y tienen solo dos. Y aún así, era un encanto. Decididamente, podía ser un cangrejo alegre
aunque le hubieran pasado cosas malas. El día siguiente, y todos los demás de aquel verano, Pinzaslocas atacó el
pie de Vera para volver a jugar todo el día con ella. Juntos aprendieron a cambiar los pellizcos por cosquillas y
el mal carácter por buen humor. Al final, el cangrejo de Vera se hizo muy famoso en aquella playa aunque, eso sí,
nadie sospechaba que fuera el mismísimo Pinzaslocas. Y mejor que fuera así, porque por allí quedaban algunos que
aún no habían aprendido que no es necesario guardar rencor y tener mal carácter, por muy fuerte que un cangrejo te
pellizque…

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