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Objeto del Proceso y Cuestiones Prejudiciales

El objeto del proceso es fundamental para determinar la correlación entre la acusación y la sentencia, así como para establecer la competencia y legitimación en el procedimiento. En el proceso civil, el objeto se define por la petición de las partes, mientras que en el proceso penal, se centra en la identidad del acusado y los hechos ilícitos que se le atribuyen. La acusación delimita el objeto abstracto del proceso penal, transformándolo en un tema concreto sobre el cual el tribunal debe pronunciarse.

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Objeto del Proceso y Cuestiones Prejudiciales

El objeto del proceso es fundamental para determinar la correlación entre la acusación y la sentencia, así como para establecer la competencia y legitimación en el procedimiento. En el proceso civil, el objeto se define por la petición de las partes, mientras que en el proceso penal, se centra en la identidad del acusado y los hechos ilícitos que se le atribuyen. La acusación delimita el objeto abstracto del proceso penal, transformándolo en un tema concreto sobre el cual el tribunal debe pronunciarse.

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LECCIÓN 2. EL OBJETO DEL PROCESO. LAS CUESTIONES PREJUDICIALES.

1. EL OBJETO DEL PROCESO


1.1. PRECISIONES INICIALES

La importancia de conocer el tema del objeto del proceso radica en sus consecuencias prácticas.
Saber de qué va no supone necesariamente que un letrado gane más pleitos ni que las sentencias
dictadas por el magistrado sean inmejorables; pero desconocerlo lleva directamente a perder los
primeros y a pronunciamientos defectuosos de las segundas.

- Ad intra, sirve para comprobar si la sentencia realmente guarda una correlación con lo
que se ha debatido en el juicio oral y ha sido objeto de acusación;
- Ad extra para saber cuándo dos procesos versan sobre el mismo tema o son procesos
diferentes. Cuando un proceso trata de un asunto que ya ha sido juzgado las partes pueden
proponer una excepción de cosa juzgada, ya que el principio ne bis in idem no permite
que un mismo asunto sobre el que ya haya recaído sentencia firme pueda ser juzgado de
nuevo. Igualmente, cuando los mismos hechos delictivos vienen siendo objeto de dos
procesos diferentes puede plantearse una excepción de litispendencia o la acumulación
de dichos procesos.

Otros aspectos importantes desde el punto de vista procesal, como la competencia, el tipo de
proceso o la legitimación para intervenir en el mismo, también dependen del objeto de cada
proceso.

En el proceso civil, el objeto del proceso está conformado por la petición que hace la parte al
tribunal, por su pretensión, y viene delimitado subjetivamente por la identidad del demandante y
del demandado, objetivamente por los hechos que se alegan, e, incluso, por el tipo de relación
jurídica que les atañe. En el proceso penal no es así.

Cuando hablamos del objeto del proceso penal y de las incertidumbres que lo acompañan lo
hacemos generalmente circunscribiéndonos al entorno del juicio oral. Esencialmente el proceso,
entendido aquí como enjuiciamiento, se desarrolla en esta fase del procedimiento, de modo que
es comprensible que la mayoría de los términos y las bases conceptuales desde las que se estudia
el objeto del proceso penal estén residenciadas en el mismo. Acusación, acusado, correlación entre
acusación y sentencia, indivisibilidad del objeto, homogeneidad del bien jurídico, son términos o
expresiones propias de esta fase.

Sin embargo, el objeto del proceso comienza a conformarse desde los primeros pasos de
la instrucción y sus elementos sirven ya desde sus inicios para determinar, entre otros, aspectos
como la competencia, la acumulación de actuaciones, o la legitimidad de las partes para intervenir.
El hecho de que durante la fase de instrucción se esté conformando el objeto del proceso no quiere
decir, por consiguiente, que no exista y que no tenga efectos en el procedimiento o en el proceso
(por ejemplo, antes de que se formule la acusación puede solicitarse el sobreseimiento, que,
recordémoslo, produce efectos de cosa juzgada).

Pese a ello, las reflexiones sobre el objeto de la fase instructora suelen ocupar un segundo
plano, ocupando el primero el que queda conformado a partir de la acusación. Así pues, aunque
el objeto del proceso penal comienza a formarse desde las primeras actuaciones, denuncia,
querella, atestado, los elementos que vamos a estudiar se refieren al que queda definido durante
el juicio oral.

Otro aspecto que conviene tener en cuenta es la utilización a la par que se hace de conceptos que
tienen su origen en las antiguas teorías abstracta y concreta de la acción y que han llegado hasta
el estudio del objeto del proceso penal, incidiendo en su contenido y en las palabras que lo
describen. Uno de los capítulos más importantes de nuestro tema se refiere a la correlación que
debe haber entre los contenidos de la acusación y la sentencia. Sin embargo, vamos a ver que la
pretensión en el proceso penal tiene un contenido abstracto desligado de elementos concretos. En
el proceso civil el demandante hace una petición basada en unos hechos que se refieren a un
derecho concreto que afirma tener. En el proceso penal, en cambio, el acusador no tiene
derechos que reclamar, al menos en el sentido de que no tiene un derecho a la condena penal
del acusado, de modo que su pretensión es puramente formal y solo puede pedir que el Estado
actúe la ley penal. Para entender los motivos de la confusión a la que a veces nos lleva el modo
de expresarnos cuando hablamos del objeto del proceso penal será importante clarificar, en la
medida de lo posible, cómo engarzan los posicionamientos abstractos con los concretos en el
estudio del objeto del proceso en general.

1.2. DE LO CONCRETO Y DE LON ABSTRACTO

Cuando nos preguntamos qué objeto tiene algo, habitualmente lo que queremos es saber qué
finalidad tiene o cuál es su contenido.

Como sabemos, el Derecho procesal nace en el siglo XIX (19) como consecuencia del
estudio que realizan [los romanistas] del derecho de acción, (este concepto de acción procede de
la actio del Derecho romano). Según una frase que se atribuye a Giuvenzio Celso (siglo II), la
acción no sería otra cosa que “el derecho a perseguir en juicio lo que se me debe”.

Los estudios iniciales sobre la acción realizados durante el siglo XIX (19) por los
llamados romanistas, muy ligados al proceso civil, ofrecen toda una serie de definiciones y de
planteamientos sobre lo que debía significar tal derecho, aunque todos tenían un planteamiento
común que se basaba en la idea de que el derecho de accionar, de actuar, básicamente se traducía
en la posibilidad de reclamar en un juicio los derechos que tiene una persona. Yo tengo un derecho
y a través del proceso obtengo su protección.

La acción sería así concebida como el instrumento que pone en marcha el proceso para
proteger tal derecho. Supuestamente a cada derecho le correspondería una acción. Este es el
motivo por el que todavía hoy en el ámbito del proceso civil se sigue hablando de distintos tipos
de acciones: acción posesoria, acción rescisoria, acciones personales, acciones reales, etc. En el
ámbito del Derecho procesal la concepción de la acción fue independizándose de los derechos
civiles concretos, pasando con el tiempo a ser entendida como un derecho autónomo (de los
derechos civiles concretos) y de naturaleza pública. Esto fue así, hasta que dos estudiosos de la
materia, Degenkolb y Plösz se percataron de que ese planteamiento no era del todo exacto.

DEGENKOLB y PLÖSZ
Mantenían, con toda la razón, que en realidad no podemos afirmar que el proceso sirva para
defender nuestro derecho, puesto que realmente hasta que el tribunal no lo ampare no
podremos decir que lo tengamos. Por ejemplo: el acreedor puede decir que tiene derecho a que
alguien le pague una deuda, pero, en realidad no sabrá si tiene realmente ese derecho hasta que
el juez lo declare. A lo mejor el deudor aporta un recibo y queda demostrado que la deuda ya
había sido satisfecha, esto es, que el actor no tenía el Derecho de su parte.

TEORÍA ABSTRACTA DE LA ACCIÓN


Lo que realmente podemos hacer es afirmar que creemos tener un derecho que ha sido
vulnerado y que ese derecho que afirmamos tener queremos que sea protegido. Lo tendremos
o no. La sentencia nos lo dirá. Fue así como nació lo que todos hemos estudiado como teoría
abstracta de la acción, según la cual solo tenemos derecho a obtener una respuesta de los
tribunales. La tutela se consuma con un pronunciamiento del tribunal, sea cual fuere la respuesta
que dé a lo que le pedimos.
Por ello el alumno verá que cuando se estudia el objeto del proceso se habla de acciones
declarativas, y dentro de ellas de las acciones de condena, de acciones constitutivas, de acciones
ejecutivas o de acciones cautelares.

¿Qué podemos pedir en un proceso penal? Recordemos que el objeto del proceso viene
establecido por la petición que se plantea al tribunal: el suplico.

En el proceso penal la respuesta a esta pregunta tiene su fundamento en una perspectiva


abstracta. Las partes no tienen derecho a privar de libertad a una persona, ni a imponerle
cualquier otra sanción penal. Solo el Estado puede hacerlo. En consecuencia, los ciudadanos
no pueden pedir que los tribunales tutelen ese derecho, por la sencilla razón de que no lo tienen.
Las partes lo único que pueden hacer es solicitar que se declare la existencia de ese derecho
del Estado a la imposición de la pena criminal (Cortés Domínguez), que el tribunal actúe y al
final pronuncie una resolución. Según lo dicho no nos debe extrañar que desde esta perspectiva
objeto del proceso y finalidad del proceso sean conceptos que se confundan. Por ello decimos que
la acción que ejercitan las partes no puede tener un contenido concreto (una pena) sino
abstracto (que los tribunales actúen).

Según lo que hemos dicho, el objeto del proceso penal no tendría más contenido que el de pedir
a los tribunales que actuaran emitiendo finalmente una resolución.

Sin embargo, las partes a través de la acusación y la defensa (y de la conformidad) llenan


de contenido los debates del juicio oral y establecen un tema sobre que debe pronunciarse el
tribunal, pronunciamiento que puede llevar aparejada una ejecución forzosa. Esos contenidos
constituyen lo que podemos denominar el thema decidendi, y están ligados al hecho de que toda
petición de tutela va ligada a un contenido concreto (de la Oliva).

Esto tiene muy poco de abstracto, tanto que la sentencia tendrá que guardar una
correlación con ese tema sobre el que tiene que decidir, sin poder adentrarse en pronunciamientos
sobre elementos que queden fuera del mismo ni dejar de fallar sobre todos y cada uno de los que
lo constituyen.

Hemos pasado de lo que el objeto del proceso penal sea, en general, a interesarnos por el
contenido de un caso en concreto que es el que se juzga (Ramos Méndez). Pues bien, desde la
teoría abstracta el paso de lo abstracto a lo concreto se da a través de la acusación. A través
de la misma lo que hacen las partes es acotar o limitar ese objeto en abstracto a obtener una
respuesta del tribunal. La parte actora del proceso penal no puede pedir que se le tutele un derecho
a penar, porque lo tiene en exclusiva el Estado; lo que puede hacer es acusar (Gómez Orbaneja).

De este modo la acusación introduce los elementos concretos que constituyen el tema
sobre el que ha de decidir el tribunal, es decir el objeto del proceso abstracto limitado con unos
contenidos concretos.

Estos contenidos concretos son los que determinan aspectos procesales tan importantes como
sobre qué se va a discutir en el juicio oral, sobre qué versará la prueba, en qué se basará la petición
que concretará definitivamente la acusación (que se formulará al elevar las partes las
calificaciones definitivas), en qué medida será necesario parar el juicio oral para que pueda
practicarse una sumaria instrucción complementaria, y, finalmente, cuáles serán los parámetros
que delimitarán los pronunciamientos de la sentencia. A ello habría que añadir que estos
elementos que constituyen la acusación son la base sobre la que en la fase de ejecución podrá
procederse a la acumulación de penas para su cumplimiento.

Y no podemos olvidar que del objeto, entendido como thema decidendi, dependen
aspectos procesales como la competencia, la legitimación de los intervinientes, y el tipo de
procedimiento que se ha de seguir.
De otro lado, los elementos que conforman el objeto del proceso servirán para establecer
cuándo dos o más casos son realmente el mismo y, en consecuencia, se pueda evitar tramitaciones
paralelas que lleven a sentencias diferentes sobre el mismo asunto (litispendencia), o que un
asunto ya juzgado pueda volver a serlo (cosa juzgada). Esos elementos que conforman el objeto
del proceso desde una perspectiva concreta y que conforman el thema que se ha de investigar y,
posteriormente, sobre el que se ha de decidir nos referimos en el apartado que sigue.

2. ELEMENTOS QUE CONFORMAN EL OBJETO DEL PROCESO


2.1. LA PERSONA ACUSADA

PROCESO CIVIL ≠ PROCESO PENAL

A diferencia de lo que sucede en el proceso civil, en el proceso penal es la identidad del


investigado o acusado, según la fase procedimental en que nos encontremos, la única que
determina la identidad del proceso desde el punto de vista subjetivo. Denunciantes,
querellantes o acusadores no se toman en cuenta para delimitar el objeto del proceso penal. Es
indiferente que en el proceso intervengan distintos sujetos como parte actora. El hecho de que
ante un delito de lesiones intervengan el Ministerio Fiscal, el ofendido, o uno solo de los dos no
hace que el objeto de ese proceso sea distinto. El tema es el mismo.

Lo que determina el elemento subjetivo es la identidad de la persona investigada o acusada


y su vinculación con los hechos, siendo indiferente que lo sea en calidad de autor, cómplice,
merecedor de circunstancias eximentes o agravantes.

La razón de ello es que nadie tiene un derecho de penar que deba ser tutelado por los tribunales.
La parte «actora» ocupa esta posición desde una perspectiva puramente formal.
Actores (querellantes, ofendidos personados, acusadores) son quienes pueden solicitar
que los tribunales actúen frente a la comisión de un hecho delictivo, o lo que es lo mismo,
todos aquellos que tengan reconocida por las leyes procesales y penales capacidad y
legitimación para hacerlo.
De otra parte, conviene recordar que en nuestro proceso penal no solo el ofendido puede intervenir
como parte acusadora en el proceso, cabe el ejercicio de la acción popular y cualquier ciudadano
puede, con las prescripciones legales existentes, intervenir como parte acusadora en un proceso
penal. Más aún, el Ministerio Fiscal actúa a través de sus representantes, siendo indiferente cuál
de sus miembros intervenga en el proceso.

En consecuencia, el objeto del proceso queda limitado o identificado en lo que a partes se


refiere solo por la identidad del acusado, siendo indiferente para saber si nos encontramos ante
dos objetos procesales iguales el que en un proceso el acusador sea el Ministerio Fiscal y en otro
lo sea el ofendido, por ejemplo.

2.2. LOS HECHOS

Todo proceso penal tiene razón de ser en la medida en que se han cometido unos hechos que
conforme a las leyes penales son considerados ilícitos. Un proceso no se inicia por la comisión
de un asesinato, o de un homicidio, de un robo o por un hurto, sino porque se ha privado de vida
a una persona o ha sido despojada de alguno de sus bienes. A lo largo del proceso se irá
descubriendo si la muerte de esa persona es el resultado de una actividad que en las leyes penales
aparece recogida como homicidio, asesinato o cualquier otra calificación, o si la sustracción de
los bienes puede calificarse de robo o de hurto. El primer elemento objetivo, pues, viene
constituido por hechos, no por calificaciones.
1. Estos hechos, evidentemente, tienen que ser anteriores al inicio del proceso, de ahí que
suelan calificarse como hechos históricos y, como es natural, deben estar vinculados de
algún modo con el comportamiento del acusado.
2. Pero, además, por otra parte, no todos los hechos son sometidos a los tribunales penales,
sino aquellos que de acuerdo con las leyes sean considerados penalmente ilícitos. Deben
quedar fuera, pues, aquellos elementos que no puedan ser considerados como hechos
delictivos según las leyes penales.
3. El último elemento a tener en cuenta es el que se refiere a la introducción en el proceso de
los hechos penalmente ilícitos atribuidos al acusado, cosa que se efectúa a través de la
acusación.

Por tanto, constituirán el objeto del proceso los hechos realizados por el acusado que, de
acuerdo con el Código penal, sean constitutivos de delito, hayan sido cometidos con
anterioridad al comienzo del proceso y hayan sido objeto de acusación.

Hecha la anterior relación es preciso hacer referencia a la identidad del objeto procesal.
El objeto del proceso viene constituido, en cuanto a su componente fáctico, por un hecho o
conjunto de hechos penalmente ilícitos. ¿En qué medida las modificaciones que puedan
producirse en cuanto a los hechos pueden afectar a su enjuiciamiento? Hemos mencionado que el
objeto del proceso está conformado por hechos. ¿Si varía alguno de ellos puede entenderse que
se ha producido un cambio en el objeto del proceso? Estas cuestiones son importantes ya que la
ley no autoriza al tribunal a condenar por un delito distinto al que ha sido objeto de acusación.

Una interpretación rigorista debería llevarnos a responder de forma afirmativa.

Así, en un proceso por robo en una vivienda habría que considerar que hay una variación en el
objeto del proceso si durante el juicio se demuestra que, en vez de entrar por la puerta, el acusado
lo hizo por la ventana. Pensemos en las consecuencias que ello podría suponer porque, en tal caso,
el tribunal tendría que absolver al acusado y, al mismo tiempo, sería admisible iniciar un nuevo
proceso. Algo semejante cabe decir sobre una interpretación rigorista de la calificación jurídica
del acto, esto es, del tipo en que se ha encuadrado la conducta delictiva atribuida al acusado. No
habría más remedio que admitir que el objeto de un proceso variaría en el supuesto de que
resultara evidente durante el juicio que el hecho delictivo calificado como delito de robo por la
acusación realmente fuera un delito de hurto. Los resultados en este caso serían igualmente
reprobables. Es por ello por lo que la posibilidad de aplicar estos criterios de forma inflexible se
ha visto matizada por otros diferentes.

Así, para identificar un hecho no basta con tener en cuenta la relación fáctica ni la
calificación que de la misma se haga en la acusación. A la acción realizada hay que añadir
el resultado producido, dicho de otro modo, la acción (o inacción) producida y el bien
jurídico protegido que ha sido lesionado. La protección penal de un bien jurídico se materializa
a través de los distintos tipos que describen las conductas que lo lesionan y de las penas que
conllevan. Tener en cuenta no solo los hechos realizados, sino el efecto producido y el bien
jurídico protegido que ha sido lesionado es lo que nos va a permitir admitir dentro del objeto del
proceso penal todas aquellas conductas encuadrables en diferentes tipos penales homogéneos y
así evitar los inconvenientes antes mencionados. Esta es la solución que ha sido recogida en el
artículo 789, en cuyo número 3 se establece que
«La sentencia no podrá imponer pena más grave de la solicitada por las acusaciones, ni
condenar por delito distinto cuando éste conlleve una diversidad de bien jurídico protegido o
mutación sustancial del hecho enjuiciado, salvo que alguna de las acusaciones haya asumido
el planteamiento previamente expuesto por el Juez o Tribunal dentro del trámite previsto en
el párrafo segundo del artículo 788.3».
2.3. LA PENA SOLICITADA

Inicialmente cabría entender que los tribunales tienen libertad para imponer la pena que estimen
conforme a lo previsto en la ley para los hechos delictivos que hayan resultado probados a lo largo
del juicio oral. Es una consecuencia del principio iura novit curia. Sin embargo, a lo largo de
estos últimos años hemos asistido a un proceso en el que la posibilidad de coartar esa actividad
jurisdiccional ha venido a hacerse cada vez más real.
El citado artículo 789.3. LECrim establece que:

«La sentencia no podrá imponer pena más grave de la solicitada por las acusaciones». Esto
supone un límite máximo a la libertad del tribunal a la hora de imponer la pena, siempre de
acuerdo con las previsiones legales. Este planteamiento ha sido acogido por nuestro Tribunal
Supremo. Entre otras, en su sentencia 263/2013, de 3 de abril, que casa una sentencia dictada en
sede de Audiencia Provincial. En su FJ 9 se recoge como motivo del recurso:

«Vulneración de principio acusatorio, por haber impuesto el Tribunal una pena


por el delito de falsedad superior a la solicitada por el Ministerio Público, única
parte acusadora, entendiendo nuestro alto Tribunal que el motivo debe ser
estimado».

«En efecto la Sala sentenciadora impuso al acusado, por el delito de falsedad, la


pena de ocho meses de prisión, cuando el Ministerio Público había solicitado
únicamente seis meses».
La sentencia se asienta, igualmente, en el Acuerdo de la Sala Segunda del Tribunal Supremo en
el Pleno no jurisdiccional de fecha 20 de diciembre de 2006, en el que acordó que
«El Tribunal sentenciador no puede imponer pena superior a la más grave de
las pedidas en concreto por las acusaciones, cualquiera que sea el tipo de
procedimiento por el que se sustancie la causa».
Desde una perspectiva doctrinal podrá aducirse, con razón, que este planteamiento supone un
mal entendimiento del principio acusatorio y de lo que es el objeto del proceso (Asencio Mellado).
También cabe pensar que supone una intromisión en el rol asignado a los tribunales de juzgar,
limitando su margen de maniobra. Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que el Tribunal
Supremo ha introducido la solicitud de la pena formulada por la acusación como un elemento
delimitador más del objeto del proceso.

2.4. MUTACIÓN DEL OBJETO PROCESAL

El objeto del proceso penal puede sufrir mutaciones, cambios que van más allá de los límites
que hemos mencionado con anterioridad en el apartado 2.2 y que producen consecuencias
procesales. La mutación puede afectar a la persona acusada. Nadie puede ser condenado sin ser
oído, de modo que es a través del escrito de acusación como queda fijado el elemento
subjetivo del objeto del proceso.

La sentencia y la cosa juzgada afectan a las personas vinculadas con el tema sobre el que se ha
pronunciado el tribunal, por tanto, su identidad resulta fundamental. El objeto procesal puede
verse igualmente modificado por la introducción de nuevos hechos en el juicio oral. Ello debe
provocar la suspensión del juicio a fin de practicar una sumaria instrucción complementaria.

3. LA CONEXIÓN DE OBJETOS

La LECrim establece en su artículo 17.1. que:

«Cada delito dará lugar a la formación de una única causa.


No obstante, los delitos conexos serán investigados y enjuiciados en la misma causa cuando la
investigación y la prueba en conjunto de los hechos resulten convenientes para su esclarecimiento
y para la determinación de las responsabilidades procedentes salvo que suponga excesiva
complejidad o dilación para el proceso».

A pesar de lo que se establece en este artículo, teniendo en cuenta lo que previene el artículo 18
de la misma ley, es este un tema que afecta más a la competencia que al objeto del proceso.

1. Son Jueces y Tribunales competentes, por su orden, para conocer de las causas por delitos
conexos:
1.º El del territorio en que se haya cometido el delito a que esté señalada pena mayor.

2.º El que primero comenzare la causa en el caso de que a los delitos esté señalada igual pena.

3.º El que la Audiencia de lo criminal o el Tribunal Supremo en sus casos respectivos designen,
cuando las causas hubieren empezado al mismo tiempo, o no conste cuál comenzó primero.

2. No obstante lo anterior, será competente para conocer de los delitos conexos cometidos por
dos o más personas en distintos lugares, si hubiera precedido concierto para ello, con
preferencia a los indicados en el apartado anterior, el juez o tribunal del partido judicial sede
de la correspondiente Audiencia Provincial, siempre que los distintos delitos se hubieren
cometido en el territorio de una misma provincia y al menos uno de ellos se hubiera
perpetrado dentro del partido judicial sede de la correspondiente Audiencia Provincial.

El hecho de enjuiciar dentro de un mismo procedimiento varios delitos, esto es, de que se tramite
en un mismo procedimiento diversos procesos con objetos procesales diferentes se debe a razones
de economía procesal, en la medida en que, como el propio artículo 17 indica, la acumulación
resulte conveniente para el esclarecimiento y para la determinación de las responsabilidades
procedentes, salvo que suponga excesiva complejidad o dilación para el proceso. Cada proceso,
aunque se dicte una única sentencia, deberá tener su propio pronunciamiento que deberá
ser acorde a los contenidos de la acusación.

Se entiende que son delitos conexos y, por consiguiente, cabe acumulación, los siguientes
(artículo 17.2 de la LECrim.):

1. Los cometidos por dos o más personas reunidas.


2. Los cometidos por dos o más personas en distintos lugares o tiempos si hubiera precedido
concierto para ello.
3. Los cometidos como medio para perpetrar otros o facilitar su ejecución.
4. Los cometidos para procurar la impunidad de otros delitos.
5. Los delitos de favorecimiento real y personal y el blanqueo de capitales respecto al delito
antecedente.
6. Los cometidos por diversas personas cuando se ocasionen lesiones o daños recíprocos.

Además de los anteriores, en el apartado 3 del presente artículo se establece el supuesto de


acumulación por delitos que no son conexos cuando hayan sido cometidos por una misma persona
y tengan analogía o relación entre sí. En tal caso:

«Cuando sean de la competencia del mismo órgano judicial, podrán ser enjuiciados en la misma
causa, a instancia del Ministerio Fiscal, si la investigación y la prueba en conjunto de los hechos
resultan convenientes para su esclarecimiento y para la determinación de las responsabilidades
procedentes, salvo que suponga excesiva complejidad o dilación para el proceso».
Otra cosa diferente es la importancia de la conexión a efectos de cumplimiento de la sentencia, a
tenor de lo previsto en el artículo 988 de la LECrim. En su párrafo tercero se establece que:
«Cuando el culpable de varias infracciones penales haya sido condenado en distintos procesos
por hechos que pudieron ser objeto de uno solo, conforme a lo previsto en el artículo 17 de esta
Ley, el Juez o Tribunal que hubiera dictado la última sentencia, de oficio, a instancia del
Ministerio Fiscal o del condenado, procederá a fijar el límite del cumplimiento de las penas
impuestas conforme a lo dispuesto en el artículo 76 del Código Penal».

A ello habría que añadir que el artículo 73 del CP establece siempre que sea posible el
cumplimiento simultáneo de las penas correspondientes a dos o más delitos y que el artículo 76
establece unos límites máximos de cumplimiento de las penas que no pueden ser superiores al
triple del tiempo que corresponda a la pena más grave de las impuestas.
La clave de todo ello reside en la posibilidad de «haber sido condenado por hechos que hubieran
podido ser objeto de uno solo».
La jurisprudencia en este sentido ha indicado que los criterios a tener en cuenta para interpretar
este precepto son los objetivos, es decir, el tribunal sentenciador tendrá en cuenta el objeto de los
procesos cuyas condenas vaya a acumular, de modo que hubieran podido ser enjuiciados de uno
solo. Otra cosa son los límites temporales para realizar dicha acumulación de penas, toda vez que
no podrán acumularse las impuestas antes del comienzo del proceso que sirve de base a la
acumulación (al que correspondan las penas más graves) y las que puedan corresponder a
procesos iniciados después de dictar sentencia en el proceso base de acumulación.
4. EL OBJETO EVENTUAL

Se conoce como objeto eventual el correspondiente a la responsabilidad civil derivada de la


comisión de un delito.

El artículo 109.1. del Código penal establece que: «la ejecución de un hecho descrito por la ley
como delito obliga a reparar, en los términos previstos en las leyes, los daños y perjuicios por él
causados»; estableciendo el artículo 110 [tres formas de reparación]:
1. la restitución de la cosa,
2. la reparación del daño
3. y la indemnización por los perjuicios materiales y morales causados.

La restitución de la cosa significa simplemente la devolución de la misma a la persona que ha


sido privada de ella, de tal modo que una vez recuperada debe serle entregada.

El artículo 111.1 indica que:

«Debe restituirse el mismo bien, siempre que sea posible, abonándose los deterioros y
menoscabos que hubiere sufrido el bien. La devolución debe hacerse, aunque la cosa se encuentre
en poder de un tercero, aunque lo haya adquirido legalmente y de buena fe, dejando a salvo su
derecho de repetir contra el responsable civil del delito».

Esta regla general tiene su excepción en el apartado segundo del mismo artículo (art. 111.2 CP)
que establece la inaplicabilidad de la misma

«cuando el tercero haya adquirido el bien en la forma y con los requisitos establecidos por las
Leyes para hacerlo irreivindicable». A tal fin habrá que estar a lo que disponen las normas civiles.

La reparación del daño, dice el artículo 112 del Código penal:


«Podrá consistir en obligaciones de dar, de hacer o de no hacer que el Juez o Tribunal establecerá
atendiendo a la naturaleza de aquél y a las condiciones personales y patrimoniales del culpable,
determinando si han de ser cumplidas por él mismo o pueden ser ejecutadas a su costa».

La finalidad de estas actuaciones es la reparación por los daños que hayan podido ser producidos
como consecuencia de la comisión del delito. No se trata solo de los desperfectos ocasionados
directamente para cometer el mismo, sino todos aquellos que hayan podido producirse como
consecuencia de los hechos que haya conllevado. Así, este artículo puede ser de aplicación en los
casos en los que se hayan causado desperfectos en la cosa que debe ser restituida conforme a lo
que hemos vistos en el párrafo anterior con relación al artículo 111. A tal fin habrá que estar a lo
previsto en los artículos 1.902 y siguientes del Código civil, que regulan la responsabilidad
extracontractual.

El artículo 113 se refiere a la indemnización de perjuicios materiales y morales. En realidad,


la primera referencia a los daños materiales podría haberse omitido toda vez que es el mismo caso
que el previsto en el artículo 112. El régimen aplicable será el mismo que en el caso anterior. Otro
tanto cabría decir de los perjuicios morales, si bien en este caso la conveniencia de su mención en
un artículo diferente resida en la especificación de la obligación que tiene el responsable civil de
reparar también los perjuicios morales. Y lo mismo puede decirse de la mención final que se hace
en el artículo 112, a tenor del cual los perjuicios morales y materiales derivados de la comisión
del delito alcanzan no solo a los directamente ofendidos, sino a los familiares o terceros que se
hubieran visto afectados.

La responsabilidad civil surge cuando del hecho delictivo se derivan daños o perjuicios, de forma
que el responsable penal adquiere también el estado de responsable civil.

• Si son más de uno los responsables civiles los jueces señalarán la cuota o las actuaciones
que deben ser realizadas por cada uno de ellos. Esta responsabilidad alcanza a autores y
cómplices. Los autores son responsables solidariamente entre sí por las cuotas
establecidas por el tribunal para cada uno. Igualmente lo son los cómplices. La
responsabilidad subsidiaria se hace efectiva primero en los bienes de los autores, y
después en los de los cómplices. En todo caso queda a salvo el derecho de repetir de
quienes hubieren respondido por la responsabilidad de otros.
• Los aseguradores que hubieren asumido el riesgo de las responsabilidades pecuniarias
derivadas del uso o explotación de cualquier bien, empresa, industria o actividad, cuando,
como consecuencia de un hecho previsto en este Código, se produzca el evento que
determine el riesgo asegurado, serán responsables civiles directos hasta el límite de la
indemnización legalmente establecida o convencionalmente pactada, sin perjuicio del
derecho de repetición contra quien corresponda (art. 117 CP).
• La responsabilidad civil alcanza igualmente, de acuerdo con el artículo 118 del CP, a otras
personas vinculadas con quienes han cometido actividades delictivas a los que se les ha
aplicado una de las eximentes de responsabilidad criminal previstas en el artículo 20 del
CP, así como las que vienen señaladas en el artículo 120 del mismo código.

La responsabilidad civil se entiende que debe ser dirimida dentro del proceso penal, salvo que
el perjudicado opte por exigir la responsabilidad civil ante los tribunales de lo civil. De este
modo, acusadores y acusados intervienen en el proceso penal también como demandantes y
demandados civiles. Además, pueden intervenir en igual posición los perjudicados civiles que no
hayan sido objeto directo de la ofensa penal.
5. CUESTIONES PREJUDICIALES

No es infrecuente que los hechos calificados como delictivos estén unidos a otros que carezcan
de naturaleza penal (mercantil, administrativa, etc.) de modo que resulte imposible resolver el
caso penal sin resolver el alcance que esos otros hechos tienen en la sentencia penal. Cuando en
el artículo 245 del Código Penal se define el delito de usurpación diciendo que: «Al que con
violencia o intimidación en las personas ocupare una cosa inmueble o usurpare un derecho real
inmobiliario de pertenencia ajena, se le impondrá determinada pena», se están introduciendo una
serie de conceptos (cosa inmueble, derecho real inmobiliario de pertenencia ajena) que son
propios del Derecho civil y que sin embargo forman parte de un hecho delictivo, recogido como
tal en el Código Penal. Se trata de hechos que si no estuvieran ligados a conductas delictivas no
serían objeto de un proceso penal.

Las cuestiones prejudiciales pueden referirse tanto a la interpretación de determinados conceptos


o situaciones necesarios para poder avanzar en la resolución del proceso penal. Este tipo de
cuestiones es resuelto por el tribunal penal y se conoce como cuestiones prejudiciales no
devolutivas. En cambio hay asuntos penales cuya resolución de fondo depende de la resolución
de esas cuestiones previas por un órgano no penal. Estamos ante las llamadas cuestiones
prejudiciales devolutivas.

En el ejemplo que hemos puesto antes de usurpación, tal vez sea preciso que antes de que
se pronuncie el fallo penal un juez de lo civil pronuncie una sentencia en la que se determine si el
bien inmueble usurpado es ajeno o no lo es, cosa que puede producirse en una situación en la que
varios herederos reclaman la propiedad del bien, entre ellos el presunto usurpador. Tal vez sea él
el propietario del bien.

La pauta general en la que nos apoyamos pues para distinguir unas y otras es precisamente
consiste en tener presente si un tribunal no penal tiene que pronunciarse sobre esos asuntos,
elementos o cuestiones que también forman parte del objeto del proceso penal antes que el juez
penal. En los casos en los que esta situación se dé el tribunal de lo penal tendrá que suspender el
procedimiento que esté siguiendo y esperar al fallo del otro órgano judicial.

Ese es, pues, el criterio general. Claro que ese criterio tiene alguna excepción:

Las cuestiones prejudiciales pueden ser alegadas por las partes en cualquier momento del
procedimiento antes de sentencia, lo cual es lógico ya que la cuestión puede surgir a lo largo del
juicio oral. En ese caso el tribunal puede otorgar un plazo de hasta dos meses para que las partes
puedan acudir al órgano que consideren competente para resolver la cuestión prejudicial. En el
supuesto de que no lo hagan, pasado el tiempo concedido, se levantará la suspensión recayendo
entonces en el tribunal de lo penal la competencia para resolver.

La segunda excepción al criterio general viene recogida en el artículo 6 de la LECrim.


cuyo tenor es el siguiente:
«Si la cuestión civil prejudicial se refiere al derecho de propiedad sobre un inmueble o a otro
derecho real, el Tribunal de lo criminal podrá resolver acerca de ella cuando tales derechos
aparezcan fundados en un título auténtico o en actos indubitados de posesión».
Finalmente hay que hacer mención de uno de los supuestos en los que es posible rescindir los
efectos de la cosa juzgada. Hablamos del procedimiento de rescisión de cosa juzgada (el mal
llamado recurso de revisión). Recogido en el artículo 754.1. e) de la LECrim., establece que
podrá solicitarse la revisión de la sentencia firme cuando:

«Resuelta una cuestión prejudicial por un tribunal penal, se dicte con posterioridad sentencia
firme por el tribunal no penal competente para la resolución de la cuestión que resulte
contradictoria con la sentencia penal».

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