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Sh... Horas de Contar... : Fiebre Del Este

El documento presenta una serie de relatos que exploran temas de identidad, adicción y la lucha interna de los personajes en un contexto social complejo. A través de metáforas y descripciones vívidas, se aborda la dualidad de la existencia y las presiones externas que enfrentan los jóvenes. La narrativa se entrelaza con elementos de la cultura local, reflejando la realidad de sus vidas y sus interacciones en un entorno marcado por la violencia y la búsqueda de pertenencia.

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Sh... Horas de Contar... : Fiebre Del Este

El documento presenta una serie de relatos que exploran temas de identidad, adicción y la lucha interna de los personajes en un contexto social complejo. A través de metáforas y descripciones vívidas, se aborda la dualidad de la existencia y las presiones externas que enfrentan los jóvenes. La narrativa se entrelaza con elementos de la cultura local, reflejando la realidad de sus vidas y sus interacciones en un entorno marcado por la violencia y la búsqueda de pertenencia.

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sh... horas de contar...

Fiebre del Este

El cuello de la serpiente acéfala se bifurcó. Son dos más los cuellos que nos
conducen a las multiplicaciones.
Los cuellos siameses se bifurcan. ¿Quién promueve estos brotes?
Ahora las serpientes-bebé ahogan sus terminaciones faltas de cabezas en los saltos
de agua; atraviesan todo y se conducen por todo tramo que las lleve al agua y a las
proliferaciones.

¡Han muerto las lombrices-camino! Murallas potentes y otras edificaciones vedaron


su tránsito. ¡Pucha! Qué cruel que es este lugar.

Hay un no sé qué, que entre dientes, sugiere conspiración contra las usurpaciones.
Cómo se oyen los quejidos de la palabra.
Alguien estrangula al reptil –alguien que espera junto a sus patrones rectilíneos-.
Alguien que enciende aros malolientes promueve un ballet de garrotes erectos.
¿A quién cabe criticar esta muerte?
Mi abuelo me dijo, en sueños, que el mbói-hũ acéfalo no morirá. Me dijo que sus
cabezas impalpables son invulnerables. Me dijo que repartiendo porfavores, porsupuestos,
gracias y de-nadas se preserva su existencia: Se promueven las generaciones.
Y el derecho a sus favores nos es cobrado.
Mi abuelo me dijo, antes de ahogarse en su sangre, que nosotros somos sus
piojos; ella nos conduce. Y nosotros extendemos el espanto sobre lo que antes se llamaba
monte.

Fumo

Vino a visitarme. Estamos sentados en el balcón, en sillones de plástico, tejiendo


palabras insulsas para gastar tiempo, mientras el coraje mío emerge. Éste es otro de
nuestros tantos encuentros impulsados por la necesidad de saciar ansias y vicios. Ansias y
vicios que ocultamos por temor a incidentes de tipo… “expresivo” que pueden llevarnos a
suplicios inconmensurables, a luchas cruentas entre los impulsos y el refrenamiento.
El balcón da justo a la calle, parece estar levemente inclinado hacia ella, y la
barandilla de pino que lo rodea, hace décadas, chirría cada tanto con los suaves empujes del
viento. Las calles asfaltadas son ríos negros que contornan las islas de mala sangre.
Al principio, nos costó creer que nos habíamos vuelto adictos. Mal sabíamos
nosotros que estábamos predispuestos a ello, sino condicionados. Los genes, dicen, juegan
un papel importante en la determinación de algunos hábitos de los seres humanos. Después,
claro, están los condicionamientos ambientales. ¡Pucha, que no todo es magia!
Me mira. Le miro. En silencio bilateral hilvanamos el acto. Nuestros ojos lo han dicho todo
y la impaciencia se proyecta en ambos.
―¿Vos trajiste el fuego?
―Sí, traje.
Principiantes en el acto, nos movimos instintivamente el uno hacia el otro para
probar los humos en la penumbra, en la soledad dual. Velado el acto por ramajes y arbustos
húmedos, por la tienda de campaña en el jardín, por sábanas.
El tereré ayuda a soportar los minutos u horas precedentes al fumo. Aún en la noche,
el agua fresca es bienvenida, y los sorbos en la bombilla semejan las succiones que
anhelamos.
―¿Dónde está tu mamá?
―Ya está durmiendo ya. Vamos al fondo.
―No, esperá. Esperá nomás un rato más.
Cruza los brazos en rúbrica de falta de respuesta. En su inapreciable… “balanza
moral”, juzga las consecuencias. Ya los muchachos conjeturaban la razón de nuestros
encuentros furtivos.
―¿Vos fumás con Miguel? ¡Nde…!
―No, ¡mbóchi! Yo no hago esas cosas, hermano.
―Ya te pillamos todo ya.
―¡Qué pucha! Macanada lo que decís, chera’a.

Recela un poco. Él teme más que yo ser descubierto. Aún le importa su nombre,
ante la gente, con las chicas... Yo sin embargo sugiero hacer manifiestos nuestros gustos,
nuestros deseos: exponer nuestras pasiones, exponernos. Pero todo es tan condicionante;
hormas que impiden la multitud de formas. Aunque entre nosotros no hay temor a
filtraciones. Ya de antes, el pacto: “Éste va a ser nuestro secreto. Somos socios”. Y siempre
fumamos.
Yerra entre ideas improbables, y los temores se le pintan en tierna expresión. Pero,
de pronto, los impulsos rigen sobre él una fuerza tal que se desabrocha algunos botones de
la camisa, abre la cajetilla atropelladamente y con un gesto me invita a fumar. Es noche, por
tanto las sombras podrían encubrirnos; aún así, el temor a ser sorprendidos persiste.
Toma el cigarrillo delicadamente; lo enciende; exhala el humo que nos reunía,
fundido en su gemido de placer y me lo pasa ―bajo la jarra de vidrio en el suelo cerca de la
puerta―; fumo casi maquinalmente, expeliendo el hálito nebuloso con agitado respirar.
Pronto estamos envueltos en la bruma cálida y voluminosa, que es abrazo y acaso
piel y besos. Agitados y confundidos en el humo epicúreo, flotamos, inconscientes de
dónde nos encontramos.
De pronto la figura incongruente de mi madre nos sorprende con su cara de horror.
Los ojos le saltan y el ceño se le frunce dándole una expresión deforme, coronada por la
boca crispada. No se me ocurre nada, ninguna ruta de escape está abierta.
―Estamos fumando nomás, mami.
Pero no se me antoja apagar el cigarrillo, ni por “respeto”. La mujer en camisón
comienza a dar vueltas por el breve espacio, a lo largo de la baranda, tapándose los oídos
como aturdida por un ruido irritante. En un descuido tropieza con la jarra de tereré y choca
contra la podrida barandilla de pino que se rompe, dejándole caer sobre el asfalto perenne.
Tiene en el rostro la misma expresión de pánico que ahora remedamos. Pronto la
sangre se escurre calles abajo, tocando cada puerta, llegando a todo oído, diluida en el
lenguaje.

Cliché

El maniquí se ve en su forma esbelta y pálica en la oscuridad del depósito


polvoriento. Durante meses, es el modelo que viste las prendas de estación -primavera,
verano, otroño, invierno-, y ojos a reventar de aturdimiento le lanzan miradas envidiosas.
Prendas costosas, figura esbelta, siempre en poses sugestivas y extremadamente arrogantes.
Sin embargo, en esta oscuridad enclaustrada, pero no absoluta ―así, despojado de atavíos y
poses extravagantes―, luce macabro.
Está totalmente armado, a diferencia de sus pares, cuyas extremidades yacen
esparcidas ―roedores gigantes se llevaron bocados de dedos y narices de yeso―.
Nadie toca a este maniquí en estas temporadas entre temporadas. Suele encontrarse
en exposición en los lugares más destacados de la tienda, con iluminación perfecta y con las
bisuterías más brillantes. Pero acá, en la existencia impávida, oscura y oculta, las ratas no lo
tocan por el fuerte olor a desinfectante e insecticidas que le fueron aplicados durante el año.
El maniquí vive una soledad impensada.
Y quizás en unas semanas, cuando Alberto venga a limpiar el depósito, y trate de
cargarlo para cambiarlo de lugar, él lo deje caer fortuitamente, o casi fortuitamente. Quizás
se esparza en pedazos por el suelo mojado y lodoso, que sus pies siempre calzados con
elegancia no pisaron, y sea tirado a la bolsa negra, mezclado con las demás basuras
vulgares.

PERSONALIDAD

Ante su tedio compartido, dejarse ir en simulacros a pesar del fastidio; recién


habrían juzgado que los juegos de presentación eran interesantes: Ahora no les llamaban la
atención en absoluto. Dejarse llevar a pesar... ¡Que los que tienen zapatos del mismo color
se presenten! Ellos han prescindido de las corbatas y los calzados esplendentes para el
memorable primer día, puesto que los informales y despreocupados championes. Pedro soy:
El borde de su camisa amarillenta asoma fuera del pantalón vaquero. Marcos: En tanto que
la cabeza de él es un ovillo cubierto de gel que el ventilador deshace.
Si qué clase de música les gusta. (Treinta y cinco años de pollera liza azul marino y
saco desteñido y camisa, no muy sana maestra; sí muy pelo pintarrajea amoníaca a la que el
negro se rebela, y el ceniza, y vello facial también teñido). Primero que nadie, aquellas
chicas con sus sonrisas espasmódicas que preguntaron-respondieron con avidez; mientras
otros, y Pedro y Marcos, ni tanto se apuraron. ¡Dale! Coincidencias con que sostener la
charla aunque fuera para hacer hora. Que esto y lo otro, de todo un poco: Rock; y algunas
omisiones de Pedro al que le gustaba el rock, seguro, aunque algunas omisiones.
Recreo: En el pasillo, conversaciones sigilosas opacadas por el bullicio de escuela,
alborotada cantina, y comentarios y júbilo de aquellas chicas.

Abrazar el torzo con un brazo


tocar los labios con la otra mano,
remedando un escorpión
porque la duda.
Adentro: Lo que es envidiar al gemelo bueno.
Afuera: Lo que es hacerse pasar por él frente al espejo.
Anteanoche,
cultivar tu imagen
en tu entorno satisfecho;
después,
ir tras las pieles:
pelecho
apelechado
výro chúko
ponerte el forro para que después te avergüences de ello.

Hacía seis meses que Pedro no se cortaba el pelo y cada vez que la directora le
increpaba su “rebeldía” él inventaba alguna excusa; había logrado que renunciaran a
enderezarlo, y ahora, sin torcerse tanto, casi se quebraba.
“Ha upéi, Pedro”, saludó el compinche de farras de barrio, vóllivol y piãdas
esporádicas. Y el desganado ha upéi de Pedro. “¿Qué pio te pasa, Pedro, chera'a? Ndepila'i
pio?”. Éste le invitó con un cigarrillo y, cuando Pedro estaba a punto de encenderlo,
Marcos a las doce en punto. “Nde, hablamos más tarde, chera'a”, cualquier cosa para que el
kape de barrio se alejara lo antes posible, para que Marcos no lo viera con él. “Tranquilo
nomá, chera'a. Está bien nomá, nde tembo”.
“Si te pilla el encargado de disciplina te van a echar”. Ni ahí. Aunque sonrojado,
indiferente. Indiferente = más cautivador; tan y qué que tampoco te quieran; sin negar que
sonrojado y avergonzado, pero antes fingir que la apatía y el ni ahí; que no te ganen por
inseguro, pensás. Que Marcos piense que sos un capo, el picholo, suponés, va a estar bien.
A la semana, tan gemelos que la identidad, aunque quizás no demasiado.
Durante los recesos, caminaban por los pasillos, envueltos por completo en una
imaginaria luminosidad esferoidal; para sus ojos, ellos se movían tan lentamente, intuían las
miradas clavadas sobre ellos ―como flechas floridas en su ego―; una tenue brisa que
apartaba los mechoncitos de pelo de su rostro. Afilando cigarrillos, hacia un costado de las
clases; fumar velados por el cantinero.
Fumaban y expelían el humo cerrando los ojos y besando el vacío con los labios
acapullados. Tan seguros de que así había que estar, de que no los había tocado ningún
dedo podrido. Alguien se habría burlado; algún murmullo como cosquilla que hacía reír, un
prejuicio.
―Pobrecitos, ¿verdad, Marcos?
―Sí, vo...

Alguien puso música en los pasillos. En su náusea, Marcos presintió ya lo


presumible. Algunos empezaron a bailar. Pedro, echando los últimos humos, aún con el
pitillo en la mano, completamente distraído, marcaba el compás de la canción con un pie.
Marcos, que estaba sentado, se percató de sus movimientos y se puso a contemplarlo con el
rabillo del ojo. Era un movimiento orgánico. Se levantó bruscamente, boquiabierto y
alborotado e intervino con una interjección, casi un grito:
―¡Ep!

Una de las chicas se meneaba tropical, con los ojos cerrados y los brazos
flexionados –también zarandeantes–, a un ritmo quebrado y pegajoso. Una sonrisa le voló
carcajada,
como paloma incógnita por los pasillos tarde.

MARCHITOS

El matungo distribuye las barajas al estilo pruebera, mientras la ceniza se desprende


del pabilo que tambalea en un canto de su boca torcida. Manos van y vienen sobre la toalla
verde, donde los porotos saltan, se agrupan y reagrupan, donde una uña había tallado su
marca casi imperceptible en una carta. Bajo la envejecida luz amarilla de foco, los
muchachos toman, sufrida pero presumidamente, su primer güisqui, sustraído de alguno de
sus viejos, y un afán de grosería calcado de quién sabe quién.
El futbolero ha marcado dos goles esta fecha. Sentado en un sillón caaguazú,
reposa, más contento que satisfecho, y el sudor de las piernas se resfría. Se pone un
pulover sobre la remera de su equipo y, cuando saca la cabeza, el pelo húmedo respinga
algunas gotas sobre su adolescencia imberbe, y el rubor de cansancio. Se baja las medias
blancas, sucias de tierra, hasta los tobillos, y se rasca las canillas y pantorrillas entumecidas.
Se cruza de brazos. Frunce el ceño, apenas, cuando sorbe la cerveza tibia y el humo de
cigarrillo le da una patada en el olfato.
-Tu hermana es una flor...
Rojo de pichado, uno de los muchachos da con el mazo contra la mesa y los naipes
se levantan salpicados; agua a la que se le arroja un guijarro. Con la intención de calmar los
ánimos de la jauría se pone música, y alguno ha de estar bailado detrás de sus párpados con
los etéreos flashes ralentizadores y las luces verdes y violeta; no hay luces y la radiecita
chirría, pero hay que moverse para desprenderse de lo aburrido de la velada, lo aburrida que
es la película que han visto; en fin, el hastío.
Se ha celebrado con aplauso las proezas chuleadoras del nuevo héroe barrial; se le
ha hecho notar lo bien que ha jugado el último partido del torneo de la liga, siempre al
revés, moöpio nde pila'i; pero él se sumerge en esa pileta y nada, bucea por entre balones
de fútbol hasta las graderías rivales para dedicarle el gol a alguna pendejita irresistible.
Aunque él ha de convenir en que la pendeja no le va a dar pelota ni nunca. Pero le agrada
irse en esas cuestiones, e ido se lo pasa, reunido con los perros o en la soledad,
deshojándose por ella. Pone los pies sobre la mesa y se mira los botines con los que ha
estado desde la tarde, cuando el partido, y traza mapas con los que habrá de anotar cientos...
El matungo está más aburrido que cualquiera. Nadie contesta su propuesta; alguien
pide otro cigarrillo, alguien pretende abrir otra botella de vino y finge no encontrar el
descorchador. En su intención, seguro, hay algo de expiación. Las piernas descomunales
son dos vigas fuertemente ancladas, y su vozarrón se impone. Sorbe el último trago de
cerveza y mira al mimado deportista por el rabillo del ojo; se diría que sonríe.
Otro ha querido opinar, ha querido preguntar, que qué tan bien está esto o aquello,
pero el matungo le ha parado el carro, le ha dicho que no, eñekalma!, ha desbaratado toda
posibilidad de disuasión e insiste en lo de la orgía en el prostíbulo.
Entonces, el futbolero sólo sonríe, pero por dentro es la molesta contorsión de
intestinos. Se sirve más güisqui y más. Alguno pensaría que correspodería que estuviese
contento, ya que, de entre la perrada, es el único virgen.
-¡Listo! -dice el matungo.
Y se van caminando. El futbolero piensa en decir que no tiene ganas, que está
cansado por el partido, hasta podría decir que se quedará tomando una cerveza mientras
espera a que terminen de divertirse. Pero acaso ahí está la trampita: El matungo ha decidido
que la hombría del crack debe ser puesta a prueba.
Una vez llegados, entran por una pequeña puerta -un tanto vacilantes, salvo el
matungo-, y son encaminados por el portero hacia el salón por un largo pasillo; como reses
al matadero pensaría el futbolero.
Adentro, luces y música. Y las chicas no tardan en arrimárseles. El matungo pesca
en busca de las chicas que compartirán. Las caras de las muchachas no son de mucho
entusiasmo, pero una se muestra interesada por el muchacho de botines y labios rosados.
Ríen, beben y fuman, pero para él las cosas van de mal en peor. Todas esas mujeres se le
antojan horribles; mujeres arácnidas y ponzoñosas; labios y pechos, y vulvas conspirando
contra él.
Son conducidos por otro pasillo estrecho hasta una habitación, no sin antes abonar
lo correspondiente. Ahí, los gaceles se desnudan y se dejan acariciar por las chicas a las que
también acarician. Pero para el futbolero todo aquello era nauseabundo. Y tres gemidos
tiernos, verdes, y tres gemidos porno que no engañan a nadie; cómo si tras tantos gemidos
consecutivos la intensidad fuera a ablandarse.
Una mano en la testa y el corazón asfixiándole. Tres mujeres arácnidas en cuclillas,
con las piernas como tijeras o besando el suelo cuando tres abdómenes contraídos que
apenas crían plumas; y el abdomen de él, tenso y constipado.
Efusión biológica. Ritmos dispares y polifonía orgánica.
El sexo como fin.
El sexo como medio.
Dualidad de impresiones: estremecimientos de desgaste

y fricción gemidora

―goce―.

―Tu turno, chera'a― dicen sus compañeros.


―No, no puedo... todavía― responde, agitado y, por qué no, asustado. Está
sudando tanto como hasta hace un rato, pero la transpiración le hiela el pecho. Pero, a pesar
de ello, hace un esfuerzo por concentrarse; sin embargo, las pulsiones que se aventuran a
emerger se contraen y se retraen ante cualquier interjección incongruente de los perros.
―Dale, ch'amigo, te toca. ¡Apurate!
Y los muchachos ríen con compasión.
―¿Qué pasa? ¿No sos hombre?― dice el matungo con una mueca de satisfacción
mientras monta a una de las putas. Y eso no lo ayuda precisamente.
―Dale, mi bebé ―interviene otra, y en la mente del futbolero, la inevitable imagen
de su madre.
El aire se acaba para él.

Aumento de las distancias.


Ciclópeos íconos mecánicos alejándose.
Oscurecimiento del lenguaje.
Doblegue y sumisión ante la carcajada.
Acaso victoria.

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