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Juicio de una secta: Revelaciones impactantes

El documento describe un juicio en el que una joven acusada enfrenta a un tribunal por su supuesta participación en una banda criminal y la muerte de 23 personas. A lo largo del proceso, se presentan testimonios que revelan prácticas abusivas dentro de la organización a la que pertenece la acusada, quien defiende su posición alegando que su grupo busca la verdadera fe en contraposición a la Iglesia Católica. La atmósfera en la sala es tensa, con magistrados y público conmocionados por las revelaciones sobre los crímenes cometidos.

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Juicio de una secta: Revelaciones impactantes

El documento describe un juicio en el que una joven acusada enfrenta a un tribunal por su supuesta participación en una banda criminal y la muerte de 23 personas. A lo largo del proceso, se presentan testimonios que revelan prácticas abusivas dentro de la organización a la que pertenece la acusada, quien defiende su posición alegando que su grupo busca la verdadera fe en contraposición a la Iglesia Católica. La atmósfera en la sala es tensa, con magistrados y público conmocionados por las revelaciones sobre los crímenes cometidos.

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CAPITULO 1

Dime, ¿cuáles son mis pecados y delitos?¿Cuáles son mis crímenes?


(Job 13:23)

Tic, tac, tic, tac. El reloj de la sala de vistas no dejaba de sonar. La habitación de madera
estaba sumida en un silencio sepulcral que hacía que hasta el menor de los ruidos
reverberase y se oyese más allá de la misma. En el medio de la estancia, una mesa
imponente hecha de mármol negro que brillaba como recién pulido rebosaba de
documentos escritos a máquina con diversas anotaciones hechas con un rotulador.

Sentados paralelos a ellas se encontraban cinco magistrados vistiendo su impoluta toga


negra con el blasón distintivo de dicho cuerpo colocado estratégicamente sobre el lateral
izquierdo, simulando la posición natural que ocupa el corazón humano dentro de
nuestro cuerpo. La cara de estos era de completo horror al ver las pruebas del caso
recién llegado para instrucción.

Enfrente de ellos y delante de un gran cúmulo de personas y diferentes medios que se


encontraban en la bancada de público se encontraba una pequeña muchacha de tez
pálida que portaba una sonrisa de oreja a oreja al encontrarse allí. Vestía con un viejo
blusón blanco con numerosas manchas de sangre seca y varias esclavas en sendas
muñecas que tintineaban cada vez que ella se movía en el estrado.

A su derecha se encontraba su letrado. Este tenía la mejor publicidad dentro del


mundillo, pues era tan bueno que sus defensas equivalían automáticamente a una carta
en blanco para no sufrir consecuencia alguna. Pero sin embargo, no era el único en la
sala cuya reputación le precedía.

Su vestimenta era muy formal. Bajo la toga lucía un traje azul marino de seda italiana
hecho a medida que lograba realzar su delgadez. Decorando sus muñecas portaba un
reloj de ojo que emitía un pequeño chirrido cada vez que el minutero lograba avanzar.

El fiscal sin embargo era muy diferente a lo que normalmente se entendería por alguien
que ocupa su lugar. El chico tenía 23 años y había completado la oposición que le da
acceso a dicho puesto hacía muy poco. Aún con los nervios típicos de quien se enfrenta
a este tipo de casos, conseguía mantener una compostura que reflejaba su entereza
mental.
Lo que se decía de él es que tenía una memoria excelente y había conseguido pasar
todas las pruebas que se le habían presentado sin presentaban. Desde que terminó sus
estudios de derecho los principales bufetes se habían enzarzado en un aluvión de ofertas
de empleo de sustanciosa cuantía para poder contar con él entre sus filas. Todas las
propuestas fueron rechazadas puesto que su verdadera pasión era el puesto en la fiscalía.

El reloj de la sala marcaba las doce en punto, mediodía. La sala se iluminó con un rayo
de sol que consiguió entrar por los sucios ventanales que se encontraban en ambos
extremos de la estancia. El cuchicheo del público se hacía cada vez más notorio y nadie
sabía a qué se debía tan aletargada espera.

La vista previa estaba programada para las once de aquella mañana y nadie daba
ninguna explicación del porqué de dicho retraso. Los magistrados estaban todos
sentados en sendos sillones con los brazos cruzados en sus regazos y no hacían más que
intercambiar palabras entre ellos.

Por fin la puerta de la sala se abrió y cruzó el pasillo una mujer ataviada con un largo
vestido blanco que le cubría hasta la altura de los tobillos. La mujer tendría el doble de
edad que la muchacha y lo único que portaba en sus manos era un rosario de cuendas
azules con una serie de borlones y figuritas antropomórficas que no eran reconocibles a
simple vista. Con el mismo silencio con el que entró, la extraña figura avanzó hasta
encontrar su puesto entre el público. Entonces comenzó todo
CAPÍTULO 2
No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en
cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?
(Santiago 4:12)

La sala enmudeció cuando el portavoz de la mesa de jueces instruyó que el


procedimiento debía comenzar. Los periodistas, armados con sus ordenadores y
tecleando a más no poder para lograr una crónica completa sobre lo que sucedía, se
agolpaban en los bancos situados en la parte contraria a la de los magistrados.

La luz entraba por la ventana con el típico deslumbrar cálido de la época de primavera
y, de fondo, se oían las risas y gritos de los chiquillos que jugaban en el parque cercano
al juzgado, sin ser ellos conscientes de lo que sucedía en el lúgubre y sombrío edificio
colindante.

El juicio comenzó con normalidad. No se pusieron medidas previas, ni se llegó a un


acuerdo fuera de juzgado. Durante los diez días siguientes se irían sucediendo los
testimonios de víctimas, testigos y profesionales de la materia que decidían hablar para
poner su granito de arena en que todo esto terminara de una vez.

La acusada permanecía impertérrita en su banco viendo cómo se sucedían las diferentes


personas que habían ido allí solo y exclusivamente para decir cómo de mala era la
congregación y cómo debería dejar de hacer lo que lleva haciendo durante toda su vida.
Estos comentarios hacían que su sangre hirviera pero trató de mantener la compostura
con todas sus fuerzas.

Entre las voces, se encontraba una muchacha de unos treinta años que lucía muy
desmejorada para lo que sería una persona de su edad. Su piel era blanca como la nieve
y lo único que resaltaba eran las numerosas cicatrices de cortes, quemaduras, punzadas
y otras lesiones cutáneas. Entre sollozos, la testigo logró articular una declaración en la
que ponía de manifiesto las prácticas y rituales pseudo-religiosos que se practicaban en
la organización a la que pertenecía la acusada.

Narraba como las mujeres jóvenes eran tenidas como esclavas sexuales solo mantenidas
para la reproducción de los mandamases del grupo, que tenían el estatus de un objeto en
posesión de los mismos y que eran vapuleadas, golpeadas, abusadas e incluso mutiladas
si a alguna de ellas se le ocurría faltar el respeto de la organización de alguna forma.

Añadió un dato que terminó de poner de mal cuerpo al conjunto de los presentes. La
joven terminó por comentar que mientras se llevaban a cabo las prácticas que había
descrito, se oía a una voz recitar versos e historias bíblicas para amenizar la vista de los
espectadores de dicha aberración de acto.

El portavoz de los jueces frunció el ceño en señal de disgusto y vio como a sus
compañeras femeninas se le llenaban los ojos de lágrimas y apretaban sendos puños en
señal de repulsa por lo que acababan de oir. Tras su declaración, y sin recibir preguntas
de ninguna de las partes, la testigo fue excusada de la sala.

Por fin llegó el momento de que nuestra acusada subiese al estrado y contase su verdad
ante todos los presentes. Señorías, señor fiscal, señoras y señores que estáis aquí
esperando a oír mis palabras, lo primero que he de decir es que no seré yo la que os
revele toda la verdad, puesto que seríais incapaces de digerirla.

Se me acusa aquí de pertenecer a una banda criminal y, dentro de ella, haber participado
de alguna manera en la muerte de 23 personas en circunstancias extrañas, pero he de
corregirles. Esas personas perdieron la vida por impíos, y no fui yo la que les quitó la
vida. Estas personas formaban parte de la Iglesia del Pastor Verdadero y juraron
entregar su vida a promover y enseñar la palabra del Santo Padre Pastor.

La Iglesia Católica no es más que un entramado de negocios diseñados para explotar la


fe incierta que ellos mismos propagan sin preocuparse de lo que hay detrás. Hacen,
dicen, deciden y actúan sin seguir las santas escrituras, blasfemando a cada paso que
dan y mancillando el nombre de Nuestro Señor. No son fieles de verdad. Sin embargo,
harto de estas situaciones, el Santo Padre Pastor decidió congregarnos a un grupo de
personas para enseñarnos la verdadera palabra y guiarnos por esta tierra nuestra.

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