EL CASTILLO DE NIEDECK
“Hace más de doscientos años dicen que vivió en un
enorme castillo de Niedeck una familia de gigantes. Dicen
que la única hija de los dueños del castillo se alejó un día
paseando entre pinares y viñedos hasta una colina desde
donde se dominaba el pueblo y el valle, partido en trozos
de tierras labrantías. La niña gigante se detuvo para mirar
a unos extraños seres que se movían allá abajo arañando el
suelo. Durante algunos momentos observó con curiosidad al
hombre que labraba su campo. Aquello era desconocido
para ella. La muchacha, feliz por su hallazgo, se acercó al
hombre y a los bueyes y los recogió en su falda como si
fueran juguetes. Volvió al castillo la muchacha y fue
contenta a mostrarles a sus padres lo que traía. Y, mientras
hablaba, puso al labrador y la yunta sobre la mesa, y los
empujaba para que trabajaran. El gigante de barba nevada
dijo cariñoso y serio: -¿Sabes bien, hija mía, lo que traes?
¿Tú sabes lo que has hecho? Esto que tú llamas juguete es
un hombre campesino. Lo has sorprendido cuando
trabajaba la tierra para arrancarle los frutos que te
alimentan a ti y hacen vivir a tus padres. Ese humilde
trabajador es el más útil de todos los hombres. Los demás
pueden vivir gracias a su trabajo”.
El espejo estropeado
Había una vez un niño listo y rico, que tenía prácticamente
de todo, así que sólo le llamaba la atención los objetos más
raros y curiosos. Eso fue lo que le pasó con un antiguo
espejo, y convenció a sus padres para que se lo compraran a
un misterioso anciano. Cuando llegó a casa y se vio
reflejado en el espejo, sintió que su cara se veía muy triste.
Delante del espejo empezó a sonreir y a hacer muecas, pero
su reflejo seguía siendo triste. Extrañado, fue a comprar
golosinas y volvió todo contento a verse en el espejo, pero
su reflejo seguía triste. Consiguió todo tipo de juguetes y
cachivaches, pero aún así no dejó de verse triste en el
espejo, así que, decepcionado, lo abandonó en una esquina.
"¡Vaya un espejo más birrioso! ¡es la primera vez que veo
un espejo estropeado!" Esa misma tarde salió a la calle para
jugar y comprar unos juguetes, pero yendo hacia el parque,
se encontró con un niño pequeño que lloraba entristecido.
Lloraba tanto y le vio tan sólo, que fue a ayudarle para ver
qué le pasaba. El pequeño le contó que había perdido a sus
papás, y juntos se pusieron a buscarlo. Como el chico no
paraba de llorar, nuestro niño gastó su dinero para
comprarle unas golosinas para animarle hasta que
finalmente, tras mucho caminar, terminaron encontrando a
los padres del pequeño, que andaban preocupadísimos
buscándole. El niño se despidió del chiquillo y se encaminó
al parque, pero al ver lo tarde que se había hecho, dio
media vuelta y volvió a su casa, sin haber llegado a jugar, sin
juguetes y sin dinero. Ya en casa, al llegar a su habitación, le
pareció ver un brillo procedente del rincón en que
abandonó el espejo. Y al mirarse, se descubrió a sí mismo
radiante de alegría, iluminando la habitación entera.
Entonces comprendió el misterio de aquel espejo, el único
que reflejaba la verdadera alegría de su dueño. Y se dio
cuenta de que era verdad, y de que se sentía
verdaderamente feliz de haber ayudado a aquel niño. Y
desde entonces, cuando cada mañana se mira al espejo y no
ve ese brillo especial, ya sabe qué tiene que hacer para
recuperarlo.
El pez y la tortuga
Hace mucho tiempo, vivía en el mar un pequeño pez
de muchos colores. Era el más joven de todos y también
el más travieso.
Todas las mañanas solía acercarse a la playa y saltar
fuera del agua, para ver cómo jugaban las niñas.
Un día, aunque el mar estaba muy bajo, se acercó a la playa;
dio un gran salto y tuvo tan mala suerte, que cayó sobre la
arena.
Una y otra vez intentó con todas sus fuerzas alcanzar el agua,
pero nunca lo lograba.
Así estuvo un largo rato, hasta que ya no le quedaron fuerzas
para moverse… Pero…, de pronto, apareció una tortuga, que
cansada de tomar el sol; volvía al mar para darse un baño.
Cuando vio al pobre pececito varado en la arena, lo cogió, lo
puso sobre su caparazón y fue entrando lentamente en el mar,
hasta que el pequeño pez pudo nadar solo.
Desde ese día el pez y la tortuga se hicieron amigos y jugaban
juntos en el mar; porque el pez aprendió que hay aventuras
que nos parecen divertidas, pero en realidad pueden poner en
peligro nuestra vida.
“ Una norma de buena convivencia”.
Sergio y su hermana Lucía, estaban muy contentos porque
iban a ir al circo. Cuando salían de casa, sus padres les
preguntaron: - ¿ Habéis cogido las llaves del coche? - Yo no. Ha
sido Lucía quien la ha escondido-respondió Sergio. Entonces,
los padres les preguntaron a Lucía: - ¿ Es verdad que has
escondido las llaves? - No, yo no las he cogido-contestó Lucía
llorando. Al ver llorar a su hermana, Sergio les dijo a sus papas:
- Lucía no ha cogido las llaves. He sido yo. He estado jugando
con ellas y no recuerdo donde las he dejado. Cuando las
encontraron, ya era tarde para para ir al circo. Su papá, muy
serio, le dijo a Sergio: - Por haber mentido, no hemos podido ir
al circo y has hecho llorar a tu hermana. Decirla verdad es una
norma muy importante que siempre debes cumplir. Sergio
muy arrepentido, les pidió perdón y prometió decir siempre la
verdad.
El último día de curso
Hoy es el último día de curso. ¡Estamos de fiesta! Dedicaremos
toda la mañana a colocar todos los trabajos que hemos
realizado Nuestro libro ha encantado a los niños de la clase y
hoy lo expondremos. Por la tarde haremos teatro.
¡Todos queremos participar! ¡Tenemos tantas ganas de
contar! Pero antes debemos preparar la clase con adornos,
quitar todas las mesas y ordenar las sillas alrededor de las
paredes.
Carlos va a contar chistes muy graciosos. Jesús va a recitar
absurdos como:
“Yo he visto a un elefante bailar, a un ratón coger gatos, a
una gallina volar… No lo creas, que es mentira”.
Yo saldré de mago que transforma todo con su varita mágica.
En realidad son trucos que me ha enseñado el abuelo y que no
me salen del todo mal. Al hacérselos a Ana se ha creído que
podía hacer magia. Pero mi hermana es pequeña y es fácil
engañarla.
Por grupos, estamos preparando las cosas que hacen falta:
decorados, vestidos y gorros.
El maestro tocará canciones con su guitarra y nosotros
cantaremos.
Os invitamos a todos a la fiesta. ¡No faltéis! ¡Os esperamos!
Hasta pronto, amigos.
LOS RIVALES Y EL JUEZ
Un sapo estaba muy ufano de su voz y toda la noche se la pasaba
cantando: toc, toc, toc...Y una cigarra estaba más ufana de su voz y se
pasaba toda la noche y también todo el día cantando: chirr, chirr, chirr...
una vez se encontraron, y el sapo le dijo:
- Mi voz es mejor
Y la cigarra le contestó:
- La mía es mejor.
Se armó una discusión que no tenía cuándo acabar. El sapo decía que él
cantaba toda la noche. La cigarra decía que ella cantaba día y noche. El
sapo decía que su voz se oía a más distancia; y la cigarra decía que su voz
se oía siempre. Se pusieron a cantar, alternándose. Toc, toc, toc, chirr,
chirr, chirr, chirr...
Y ninguno se convencía. Y el sapo dijo:
-Por aquí, a la orilla de la laguna, se para una garza. Vamos a que haga de
juez.
Y la cigarra dijo:
-Vamos
Saltaron y saltaron hasta que vieron a la garza. Era parda y estaba parada
sobre una pata mirando el agua.
-Garza, ¿sabes cantar? – gritó la cigarra. -Sí sé - respondió la garza
echándoles una ojeada.
- A ver, canta, queremos oír cómo lo haces para nombrarte juez
- dijo el sapo.
La garza tenía sus intenciones y respondió:
-¿ Y quiénes son ustedes para pedirme prueba? Mi canto es muy fino,
despreciables gritones. Si quieren, aprovechen mi justicia; si no, sigan su
camino.
Y con gesto aburrido estiró la otra pata.
-Cierto - dijo el sapo-, nosotros no tenemos porqué juzgar a nuestro juez.
Y la cigarra gritó:
-Garza, queremos únicamente que nos digas cuál de nosotros dos canta
mejor.
La garza respondió:
-Entonces acérquense para oírlos bien.
El sapo dijo a la cigarra:
-Quién sabe nos convendría más no acercarnos y dar por terminado el
asunto. Pero la cigarra estaba convencida de que iba a ganar y, dominada
por la vanidad, dijo:
-Vamos, tu voz es más fea y ahora temes perder.
El sapo tuvo cólera y contestó:
Ahora oirás lo que es canto.
Y a grandes saltos se acercó a la garza seguido de la cigarra. La garza se
volteó y ordenó al sapo:
- Canta ahora. El sapo se puso a cantar, indiferente a todo, seguro del
triunfo, y mientras tanto, la garza se comió a la cigarra:
-Ahora, seguirá la discusión en mi buche. Y también se lo comió. Y la
garza, satisfecha de su acción, encogió una pata y siguió mirando
tranquilamente el agua.
El pez de colores
Hace mucho tiempo, vivía en el mar un pequeño pez
de muchos colores. Era el más joven de todos y también
el más travieso.
Todas las mañanas solía acercarse a la playa y
saltar fuera del agua, para ver cómo jugaban las niñas.
Un día, aunque el mar estaba muy bajo, se acercó a la playa;
dio un gran salto y tuvo tan mala suerte, que cayó sobre la
arena.
Una y otra vez intentó con todas sus fuerzas alcanzar el agua,
pero nunca lo lograba.
Así estuvo un largo rato, hasta que ya no le quedaron fuerzas
para moverse…… Pero…, de pronto, apareció una tortuga, que
cansada de tomar el sol; volvía al mar para darse un baño.
Cuando vio al pobre pececito varado en la arena, lo cogió, lo
puso sobre su caparazón y fue entrando lentamente en el mar,
hasta que el pequeño pez pudo nadar solo.
Desde ese día el pez y la tortuga se hicieron amigos y jugaban
juntos en el mar; porque el pez aprendió que hay aventuras
que nos parecen divertidas, pero en realidad pueden poner en
peligro nuestra vida.
EL DESPERTADOR
Doña Despistes abre los ojos, y desde la cama, ve el sol por la
ventana. Hay mucha claridad. -Qué raro-piensa Doña
Despistes. Al momento se gira a mirar qué hora es. Su reloj
despertador marca las 9:42. - ¡Qué horror! -exclama- ¡Ayer me
olvidé de poner el despertador y me he quedado dormida!.
¡Voy a llegar tardísimo al colegio!. A todo correr, doña
Despistes se ducha, se viste y sale de casa hacia el colegio.
Doña despistes se cruza con varios alumnos suyos: Patricia,
Pablo, Sergio…Todos van andando de la mano de sus padres.
Ninguno lleva mochila. Pero doña Despistes va tan rápida que
ni se da cuenta. Tampoco se da cuenta de que todas las
tiendas están cerradas. Ni de que hay menos tráfico en la calle.
Ni de que la gente anda sin prisa. Cuando por fin llega al
colegio, se encuentra la puerta cerrada. Pero aún sucede algo
más extraño. ¡No se oye ni un ruido! De pronto, unas
campanas rompen el silencio. Solo entonces se da cuenta doña
Despistes de que hoy no hay clase. -¡Puchinetas! Si lo llego a
saber, me quedo en la cama.