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La Rosa Heliamphora: Tentaciones y Vicios

El relato narra la obsesión de un hombre por la planta Rosa Heliamphora, que simboliza un vicio que consume a los hombres del pueblo. A medida que se enfrenta a sus tentaciones y reflexiona sobre su vida y la influencia de su padre, descubre que su esposa también ha sucumbido a este deseo. La historia culmina en un momento de desilusión y tristeza al ver a su esposa entregada a la planta, reflejando la degradación de la humanidad ante la naturaleza y sus instintos.

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La Rosa Heliamphora: Tentaciones y Vicios

El relato narra la obsesión de un hombre por la planta Rosa Heliamphora, que simboliza un vicio que consume a los hombres del pueblo. A medida que se enfrenta a sus tentaciones y reflexiona sobre su vida y la influencia de su padre, descubre que su esposa también ha sucumbido a este deseo. La historia culmina en un momento de desilusión y tristeza al ver a su esposa entregada a la planta, reflejando la degradación de la humanidad ante la naturaleza y sus instintos.

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La Rosa Heliamphora

Por Dymástito
24 de enero del 2025
Manta - Ecuador

En el claro de algún matorral


un arbusto tiembla
hombres se lo comen, se lo avientan
hojas y ramas caen al suelo
lo empujan con sus caderas
lo atraviesan
sacuden, desfloran
y hacen como si lo exprimieran.

Esas eran las imágenes que me rondaban


de todas las veces que me arrimé
a esa planta tan rara
y aunque las semanas ya habían sido
la tentación solo incrementaba.

Y también eran los sonidos recordados,


los glush, los glash, los jadeos…
Pero sobre todo los olores
de aquellas sesiones
de cuando las flores excretaban jugos
espesos rosáceos,
prueba de que habían sido polinizados,
un hedor dulzón a rosas y a carne roja
que traía atorado en el olfato.

Esa mañana pasaba yo por la plaza del pueblo


todo tranquilo
algunos viejos reunidos riendo más allá
una pareja de novios se besuqueaba por acá
la iglesia, orgullo del pueblo
se alzaba humilde sobre casas y negocios que la rodeaban.

Y al fondo de la frondosa plaza


entre árboles y arbustos
rodeando el camino de la fuente
un hombre morado merodeaba
o solo un destello
tal vez una ilusión, pensé
o un payaso trabajando.

El camino a la casa estaba largo todavía


pero agradecí el caminar
eso, fumar y comer helados
me ayudaban a aguantar
la tentación de recaer otra vez.

En seguida los caminos


fueron de polvo-tierra
y motas de lodo de quien sabe donde
de lluvia no era,
todas las casas casi iguales
con techos de zinc
plantas en patios
con rejas en ventanas y puertas
de hombres sin camisa,
niños que gritaban jugando
y de mujeres con shorts y escobas a la mano.

A los gemelos los encontré en la sala


todavía niños jugaban algo de niños
pero ya no eran tan chicos
no se emocionaron al verme entrar
en sus caritas todavía estaba
la inocencia de la niñez intacta
o eso me gustaba imaginar
la pubertad se les veía aún lejana
o eso quería pensar.

Desde algún lugar de la casa


un aroma conocido me regalaba tentaciones,
buscando el origen encontré
a través de la ventana se alcanzaba a ver
el pico de uno de los arbustos del vecino
danzando suavemente al ritmo del reseco viento
agitando sus ramas saludándome.

Era la misma Rosa Heliamphora;


arbusto de flores rojas que de lejos asemejan rosas
pero ya de cerca uno se da cuenta
de las estructuras tubulares de gruesas hojas
las que hombres usábamos para insertar los miembros
y depositar nuestras semillas propias.

Bendita naturaleza misteriosa


poco se conoce de tu maldición
mas se dice que el primer hombre que te probó
fue el aroma que lo atrajo
pero la naturaleza humana
a todos contagió.

Atraídos por las feromonas, decían,


diseñadas para que caigan como moscas a la mierda
hombres caíamos bajo instintos
y desflorábamos rosas
las polinizábamos y las alimentábamos
incluso varías veces al día lo hacíamos
pronto se dejaba el arrepentimiento y la vergüenza
y se las aclamaba como milagrosas
la Rosa Heliamphora
la planta santa de todos los onanistas
de todos los hombres
el milagro que cayó del cielo
para pudrir cerebros.

Uno de los mejores vicios que se han visto,


uno de hombres que abusan arbustos
y del resto, como luego se supo,
que recogían tesoros de entre la hojarasca.

En ese entonces yo estaba limpio


llevaba semanas ya
lo más que había durado jamás
y las tentaciones se me asomaban
clamando por mí en cada esquina
hasta dentro de mi casa.

El mundo era el loco


usar la Rosa Heliamphora
era común y lo normal para un hombre
lo que se debía hacer incluso
una obligación
en la que nadie obligaba a nadie
solitos íbamos
a encontrarnos con la Planta santa.

Por todos lados se oía


como le echaban flores
que muchos beneficios traía, decían
era la maravilla
para una regia humanidad.

Se leía como si nada:


“Top 10 maneras de hacer que tu Heliamphora dure más”.
O también durante titulares:
“La Heliamphora ha reducido la criminalidad en un 90%, según estudio”.
“Comprobado. Hombres que usan la Rosa Heliamphora son más felices
y viven más”.

Y creer eso estaba bien para ellos


pero no para mí
yo no lo tragaba
por más que me gustaba usarla
y aunque disfrutaba aún más compartiéndola
intuía que eso estaba mal
pues siempre después de terminar
de usarla
algo dentro de mí me reclamaba
y quería llorar y no podía
con los demás presentes todavía.

En esos momentos recordaba a mi padre


él nunca aceptaría una humanidad así de animal
sobre su cadáver permitía que un hijo suyo
se prestara para tales huevadas.

Me preguntaba yo
qué haría mi padre si yo dejara que los gemelos,
todavía en la flor de su infancia, de la inocencia,
se acercaran a esa planta desgraciada.

Gustavia, mi mujer, estaba en el patio


acompañada por alguien más
desde la sala las escuchaba cuchichear
algún chisme bueno tenía que haber sido
porque el susurro era intenso
y para cuando salí al lavadero
estaban una al lado de la otra
con la mirada de Yaque enfocada sobre Gustavia
y la de esta perdida en el fregadero.

Yaque era la vecina de al lado


y no era raro verla en la casa paseando
su marido don Jacobo trabajaba también en la obra,
compañeros de tragos
y, por supuesto, de otras cosas.

Yaque era desaliñada


poco agraciada, quejumbrosa
gorda y mal arreglada
siempre quejándose de algo
se la escuchaba con esa voz chillona
hablando como gritando
casi siempre mal de su marido
de que era sucio
que no la ayudaba
y alguna vez la escuché quejarse
de que don Jacobo ya no la tocaba.

Nada raro
problemas de parejas
comunes de la época.
Pero ese día Yaque andaba diferente
su postura era más ligera,
y en su momento no lo descifré
pero más tarde comprendí
que algo sutil pero potente
emanaba de ella
como un halo de naturaleza.

Saludé y aún se demoraron en regresarme a ver


“Hola, vecino” me dijo Yaque después
“aquí con su señora mujer
“conversando cosas de mujeres
“Y usted como está?
“se lo ve cansado
“pero bueno, don Jacinto, yo los dejo
“que mi marido ya mismo llega
“que tengan buen provecho”
Y se fue, y tras de ella
ese hálito familiar
permaneció entre Gustavia y yo.

“Hay algo raro en Yaque”


le comenté
“Está como que más arregladita.
Qué será que trae?”

“Tú crees?” me preguntó Gustavia


sus ojos dos platos recién lavados
su mirada una intensidad que yo supuse
eran celos y nada más.
Pero con los acontecimientos que luego vendrían
ahora sé
se debía a una pregunta respondida.

“Pues sí, trae algo raro.”


Le respondí con intriga
“De qué tanto chismeaban?”

“Nada. Nos invitó a su casa


para esta tarde, el cumple de Jacobito.
Tú vas?” Me preguntó Gustavia
sus ojos dos platos ya guardados.

“Sí, por qué no.” No me gustan las fiestas


“Pero primero tengo que ir al pueblo
“Don Robert pidió que ayude
“Moviendo unos sacos de cemento”
Y era verdad, el jefe lo pidió
pero no iba a ayudar nada
era mi día libre
pero sirvió de excusa.

No podía verlo a don Jacobo el vecino


junto con mi familia.
Se sentía mal, cosas que no se debían juntar
como comer frijoles en el inodoro
o persignarse culeando con una puta.

Don Jacobo era uno de los que orgulloso


mantenía arbustos en su propiedad
unos dos o tres por lo menos
siempre se paraban firmes en su terreno
junto al poco trigo que sembraba.
Esa casa siempre me daba gusto de algo sucio.

Yo imaginaba que todos los demás


se sentían igual
pero capaz no
y lo disfrutaban aún mejor
por la libertad que la sociedad les da
a que hagan lo que les diera la gana
con sus miembros y esas flores malvadas.

Gustavia se alistaba para la fiesta


y yo salí para la plaza a fumar
o a comer helado,
los dos vicios que intercambié por el de la Planta
un cambio justo, me decía,
un vicio raro
por dos que me mataban.

La plaza completamente vacía


excepto por las mismas golondrinas
que anidaban en la iglesia
que se apresuraban por los aires
revoloteando como si estuvieran jugando.

Bajo un árbol encontré un banco con sombra


y prendí el tabaco,
la heladería estaba cerrada
y me tocó quedarme con las ganas.

No era extraño encontrar la plaza tan tranquila


tal vez tampoco lo era verla tan vacía
pero algo raro se sentía
solo no descubrí el porqué
hasta que a mitad del tercer tabaco
un hombre vestido de morado se me apareció.

Pero no parecía cualquier hombre


y no era cualquier morado
casi un fucsia, fosforescente
terno de corte elegante
camisa blanca bajo el blazer
con bolsillo y un pañuelo negro dentro
calzando zapatos de charol
que chirriando querían llamar la atención.

La cara del hombre era de un señor


estoico y agraciado
de esos señores que ya no se ven
“Un hombre hecho y derecho
Todo un caballero”
como solía decir aquel que me crió
cuando hablaba de su propio padre.

“Qué hace usted aquí?”


Me preguntó el hombre de morado
“Un progenitor debe estar
presente junto a los suyos
la primera vez que estos
usen y abusen de la nuestra Divina Rosa.”

Todavía no salía del desconcierto


de encontrarme un caballero tan extraño
que cuando me dice eso
quiero empezar a reír
y tuvo que haber adivinado
que yo no lo captaba
porque continuó:

“Don Jacobo está muy ilusionado


quiere que Jacobito
aprecie la Santa Rosa
que su primera vez sea recordada con paz
junto a él
y a sus compañeritos,
entre ellos sus gemelos,
después de todo son mayores a Jacobito
y que raro sería
que no polinicen también”

Sospeché que era una broma


busque alrededor viendo
si alguno de los vecinos
aparecía riendo
pero nada
la plaza vacía
solo el hombre de morado
analizando como me movía.

“Ya tiene algún tiempo


sin usar la Santa Planta
se le ve en sus dos ojos,
don Jacinto.”
Dijo y me entregó una mirada
intensa pero pacífica
un océano morado
que se agitaba con cada ojeada.
“Vaya con sus hijos
ahí tiene que estar usted
vaya y únase también
un padre debe estar
para enseñar sus movimientos.”

Como si una serpiente me picara


me paré de inmediato alborotado
pero el hombre de morado no se exaltó;
su tranquila fijación en mí
y su cara educada casi difuminaban
la rapidez con la que sus ojos
abarcaban todo de mí
curiosos por saber que tenía para decir.

Pero no le dí el gusto
de hablar palabra
yo también pude ver
como el hombre hablaba como hablan
los que dicen la verdad
y en lo único que podía pensar
era en los gemelos
y la voz de mi padre
susurrando en decepción.

Olvidé el tabaco y hui


de esa plaza salí levantando el polvo,
las golondrinas incluso
guindadas de los cables de luz
murmuraban, hablaban de mí
y se burlaban del mal.

Una sensación horrible


pensar que no iba a llegar
a evitar lo que no se podía
imaginar que pronto ya no vería a los gemelos
ya no serían ellos
sino dos hombres igual de pervertidos
a los del resto del pueblo.
De pronto, todo empezó a dar vueltas
la tierra se distorsionaba,
los árboles, las ramas y sus hojas,
se mezclaban y se hundían entre el lodo
hasta dentro de mí.

El corazón quería salir por la boca


hinchado y pesado
no cabía por la garganta
y me apretaba el aliento
y no me dejaba correr tanto.

Tuve que parar


taparme la cara con las manos
para calmarme y no desmayarme
pero detrás de los ojos aún sentía
círculos de interminable circunferencia
girando sobre los oscuros torbellinos
de mi desesperación,
una fuerza externa que me comprimía
y me hacía chiquito
y enseguida
mi cuerpo que se inflaba
y se hacía gigante
mientras yo caía
en remolinos de densa niebla.

Y al imaginar cómo dar el primer golpe


a la cara del degenerado ese
salieron fuerzas de donde no sabía que existían
y seguí corriendo,
tenía que evitar
que lo niños mutaran
en uno más de esos nauseabundos
que abusaban arbustos.
Fue la esperanza
por salvar a los míos
de transformarse en los otros
la que me permitió llegar.
Vi mi casa, y más allá la del desgraciado
don Jacobo
con las copas de sus arbustos sobre el zinc
temblando.

Pero para cuando entré al patio agitado


ya estaba vacío
solo el viento árido
y los arbustos desamparados,
junto al trigo recién cosechado,
algunas hojas frescas en el suelo
ramas rotas por todos lados
y el aire denso
repleto de ese persistente hedor
a arbusto recién polinizado.

Pero fue un espejismo


porque uno de los arbustos no estaba solo
solo que me costó entender
aceptar y comprender
que era mi mujer
la que estaba junto a la Planta.

Puesta de rodillas sobre la paja


ante tal arbusto y
con sus delicadas
pequeñas manos
agarraba casi acariciando
con la punta de los dedos
los pétalos de esas rosas
y como en un ritual ancestral
de gran miedo y placer
mi mujer
querida Gustavia
tornaba el agujero de la rosa
girando los pétalos
vertiendo todos los jugos
que salían blanquecinos rosáceos
un néctar, que caía en gruesas hebras.

En su boca abierta caía


y ella con los ojos cerrados,
rezaba
o agradecía,
tragaba lo que los hombres habían dejado
dentro de esas rosas rojas tubulares
en forma de jarra
con olor a vaca
y a miel.

Y yo mismo la vi
como con la desesperación de un sediento,
lamía los pétalos
relamía los labios
se arrastraba sobre la paja
y drenaba todas las rosas
no permitía que ni una gota
se echara al suelo.

Cuando ya no quedaban flores por lamer


fue que me regreso a ver
y por un momento quiso sonreír
o reír
y en su difuminada cara adiviné
como la mía
la volvió de un golpe a la realidad
en la que estábamos los dos
juntos en medio de tanta…

Un tremendo silencio se fraguó entre los dos


una quietud que solo yo debía romper
y con toda la compasión que en ese momento
tuve la destreza de componer
le dije:

“Qué triste ver


que mi mujer
terminó siendo
nada más
que una completa
pajera”.
FIN

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