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Análisis de "Los ríos profundos" de Arguedas

Los ríos profundos es la tercera novela de José María Arguedas, publicada en 1958, que narra la vida de Ernesto, un joven que explora su identidad andina mientras enfrenta la violencia y el abuso en un colegio de Abancay. A través de sus experiencias y recuerdos, Ernesto se conecta con la cultura indígena y participa en una rebelión social, lo que le permite reafirmar su identidad y convicciones. La novela es un hito del neoindigenismo en la literatura peruana, destacando la complejidad de la cultura andina y la realidad social de la época.
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Análisis de "Los ríos profundos" de Arguedas

Los ríos profundos es la tercera novela de José María Arguedas, publicada en 1958, que narra la vida de Ernesto, un joven que explora su identidad andina mientras enfrenta la violencia y el abuso en un colegio de Abancay. A través de sus experiencias y recuerdos, Ernesto se conecta con la cultura indígena y participa en una rebelión social, lo que le permite reafirmar su identidad y convicciones. La novela es un hito del neoindigenismo en la literatura peruana, destacando la complejidad de la cultura andina y la realidad social de la época.
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ACADEMIA

AMAUTA ARGUEDAS

COMPETENCIAS
COMUNICATIVAS
LOS RÍOS PROFUNDOS
JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

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LOS RÍOS PROFUNDOS

Los ríos profundos es la tercera novela de José María Arguedas. Algo de su trama y,
sobre todo, su personaje principal y narrador Ernesto, ya estaban esbozados en un
cuento escrito en 1935: "Warma kuyay". Publicada por la editorial Losada en
1958, Los ríos profundos recibe en Perú el Premio Nacional de Fomento a la Cultura
Ricardo Palma. Se trata de un relato de corte autobiográfico, en el que Arguedas
narra los viajes con su padre por los diversos pueblos de las sierras peruanas y,
sobre todo, sus años como estudiante en el colegio de Abancay. La novela indaga
en las raíces culturales del pueblo peruano; la “profundidad” de los ríos en el título
tiene también este valor metafórico, en relación a la profundidad de los orígenes de
la cultura peruana, de su verdadera identidad, según Arguedas, que es la identidad
andina.
En Los ríos profundos, como en todo el trabajo de Arguedas, su rol de literato no
está nunca completamente disociado del de etnólogo. Como contrapartida también
podemos decir que en su trabajo de etnólogo se encuentra siempre presente su
faceta de literato: encontramos en sus estudios académicos el lenguaje lírico de sus
narraciones.
Considerada como la obra maestra de Arguedas, Los ríos profundos inaugura, junto
con el escritor Juan Rulfo y su Pedro Páramo, las bases para el movimiento
neoindigenista en la literatura. El indigenismo propiamente dicho ya venía pisando
fuerte en la literatura peruana y sus luchas contra la discriminación, y ganaba terreno
en la literatura internacional. Por un lado, el neoindigenismo se propone, además de
describir los usos y costumbres, comprender desde dentro al indio y representar su
mirada. Por otra parte, pretendía darle más espacio a las transformaciones que la
cultura indígena atravesaba en la modernidad. En Los ríos profundos, el indio no es
una entidad abstracta y aislada para ser estudiada por catedráticos, sino que es una
realidad material y objetiva, factible de ser localizada social y culturalmente.
Los ríos profundos es bien recibida por la crítica por su proyecto literario de
identificar y ahondar en la cultura andina, pero también por su importante trabajo
estético al intentar develar el componente mítico de la cultura indígena. Es una
novela de una carga poética muy fuerte, plagada de pasajes de una imaginería muy
compleja. En el año 1963 es nominada al premio norteamericano William Faulkner y,
a partir de ahí, consigue una buena proyección internacional. Es de las pocas
novelas con fuerte presencia de la lengua quechua que es traducida a varios
idiomas.
Resumen
Los ríos profundos comienza con la llegada de Ernesto y Gabriel, su padre, a la
ciudad de Cuzco. Padre e hijo han recorrido más de doscientos pueblos de las
sierras peruanas debido al trabajo de Gabriel: es abogado itinerante y va de pueblo
en pueblo tomando casos de trabajadores de las haciendas. Ambos arriban a Cuzco
para pedirle un favor al Viejo. El Viejo es pariente de Gabriel, y es conocido por ser
un hombre rico pero avaro. Ernesto, por su parte, no se deja afectar por el trato
despectivo del Viejo, que dispuso hospedarlos en la cocina de los arrieros. Está
entusiasmado con conocer las ruinas incas, los muros antiguos que aún conserva la
ciudad. El joven tiene una gran sensibilidad y se conmueve ante los muros o el
repicar de la campana de la iglesia. A pesar de que no logran su cometido con el
Viejo avaro, se van de Cuzco a Abancay con la frente en alto.
Al pueblo de Abancay llegan con el objetivo de matricular a Ernesto en el Colegio.
Los recibe allí una multitud que reza por el Padre Linares, el cura del pueblo que
representa casi una divinidad. A los pocos días de comenzar sus estudios, Ernesto
se da cuenta de que su padre partirá pronto hacia otro pueblo. La despedida es
difícil; sabe que a partir de ahora estará solo frente a los obstáculos del futuro
próximo.
Finalmente, Gabriel se va de Abancay con la promesa de conseguir una chacra
donde recibir a su hijo en verano. Ernesto comienza una convivencia con sus
compañeros que no es fácil. Algunos de los mayores tienen comportamientos
abusivos con los más pequeños y, sobre todo, con Marcelina, una mujer con una
discapacidad mental a la que llaman “la opa”. Por las noches, algunos de ellos
abusan sexualmente de ella en los baños del patio, a la vista de los más pequeños,
entre quienes se encuentra Ernesto.
Para contrarrestar la opresión del Colegio, Ernesto va los domingos a recorrer la
quebrada, la hacienda de Patibamba, el río Pachachaca. Más adelante comienza a ir
a las chicherías, donde pasa los fines de semana escuchando a los músicos tocar
huaynos de distintos pueblos. Todo esto ayuda a despertar su memoria. Los
recuerdos son para Ernesto su gran arma contra la soledad, la desesperación y el
maltrato.
En el Colegio se viven muchas situaciones de violencia social y racial que aplastan
el espíritu de Ernesto. Pero un día hay un gran revuelo en el pueblo: las chicheras
de Abancay se rebelan contra las autoridades porque en la hacienda se les da sal a
las vacas y esa sal no está siendo entregada a las personas. Armadas, van hasta la
Salinera y se llevan los sacos de sal que encuentran allí escondidos. Incluso, en un
acto de justicia que emociona a Ernesto y lo hace involucrarse en la acción, le llevan
sal a los indios de la hacienda. Estos indios sumisos apenas hablan; temerosos,
reciben la sal de las chicheras casi sin salir de sus casas. A partir de esta situación,
y a pesar de que el éxito de la rebelión es efímero, Ernesto reafirma su identidad
andina y sus convicciones: descubre que puede haber justicia social a partir de la
organización colectiva.
Poco a poco, en el colegio va forjando amistades. Su primer amigo, Ántero, le regala
un trompo mágico, el zumbayllu. Luego entabla un vínculo con Palacitos y Romero.
Los tres comparten el pensamiento mágico y el sistema de creencias; hablan
quechua y además comparten el gusto por la música de origen incaico, los huaynos.
Por otra parte, varias veces se enfrenta a compañeros; al abusivo Lleras, o a
Rondinel, que lo llama “indiecito”. Incluso se enemista con el mismo Ántero cuando
las diferencias entre ellos se acrecientan, a partir de las opiniones contrapuestas
alrededor de la rebelión de las chicheras y la actitud lasciva que Ántero tiene con las
niñas del pueblo.
Con la llegada del ejército a Abancay, con la función de reprimir la rebelión de las
chicheras, llega la peste. El tifus avanza rápido sobre el pueblo y llega al Colegio.
Los indios que trabajan en la hacienda, enfermos, a pesar de su temor y sumisión, y
de la presencia del ejército, avanzan sobre el pueblo para recibir la misa.
Por su parte, Ernesto, que asiste a Marcelina en su lecho de muerte, es encerrado
por los Padres, por miedo a que esté enfermo. Finalmente, para cuando el Padre
Linares se da cuenta de que Ernesto está sano, sus compañeros ya se han ido del
pueblo sin despedirse, salvo Palacitos, que le deja a Ernesto dos monedas de oro
para que viaje a buscar a su padre, o para que pague su propio entierro.
Finalmente, el Padre Linares libera a Ernesto y le dice que su pariente, el Viejo, lo
espera en su estancia y que debe irse caminando, solo. Ernesto se va, pero a último
momento decide ejercer su libertad y cambiar de rumbo hacia la cordillera.

Lista de Personajes
Ernesto: Se trata del narrador y protagonista de la novela. Hijo de Gabriel, un
abogado itinerante, conoció más de doscientos pueblos peruanos. Tiene una
perspectiva panteísta del mundo, un pensamiento mágico propio del mundo andino;
un vínculo estrecho con la naturaleza de la cual él mismo es parte, y una enorme
curiosidad. Todas estas características se contraponen con el encierro que siente
internado en el Colegio de Abancay. Para protegerse de la violencia del pueblo y el
Colegio, Ernesto utiliza el pensamiento mágico y la evasión hacia la naturaleza.
Gabriel: Gabriel, padre de Ernesto, es abogado itinerante. Viaja de pueblo en
pueblo aconsejando a los indios colonos. Luego de la muerte de la madre de
Ernesto se vuelve a casar con una terrateniente que mantiene a Ernesto alejado, en
la cocina para indios, mientras Gabriel está en sus viajes. Ya algo más crecido
Ernesto y alejado Gabriel de su segunda mujer, este lleva al niño en sus viajes por
las sierras. Infunda a su hijo amor y respeto por la cultura andina, y el valor del
cultivo de la memoria.
Manuel Jesús, "el Viejo": Es el tío de Ernesto. Lo conocemos en el primer capítulo
cuando van a verlo a Cuzco Ernesto y su padre. Es un hombre poderoso y rico, pero
muy avaro. A través de su figura vemos por primera vez retratado en el texto el
sistema socioeconómico desigual de la época.
Padre Linares: Es el sacerdote del Colegio, considerado una santidad en todo
Abancay. Ernesto tiene una mirada dual sobre el Padre; por un lado, siente afinidad
pero, por otro, siente por momentos que hay maldad en él. Con el correr de los
capítulos comprendemos más y más el rol de este personaje, que es el rol de la
iglesia en muchos pueblos de hacienda: sus sermones mantienen a raya a los indios
colonos garantizando su sumisión. El Padre, además, tiene actitudes polémicas para
el rol que ocupa: promueve el conflicto entre los estudiantes algunas veces, casi que
profesa su odio hacia los chilenos e incluso se sobreentiende que, en el conflicto con
las chicheras, las ha maldicho.
Ántero: Es el hijo de un pequeño hacendado del valle, rubio y de lunares.
Compañero del Colegio de Ernesto, le regala el zumbayllu, un trompo mágico. Es el
primer amigo de Ernesto, aunque con el correr de los capítulos se va marcando una
distancia entre ambos, que se basa en las diferencias socioeconómicas y en la
concepción del lugar que ocupa el indio para cada uno de los jóvenes.
Añuco: Es el hijo de un hacendado, como Ántero, pero que se ha quedado sin
dinero. Fue recogido por los Padres, al igual que el Lleras, su amigo, ídolo y
cómplice. Es trasladado por los Padres luego de la fuga del Lleras a Cuzco, donde lo
mandan para hacer carrera religiosa.
Lleras: Alumno interno del colegio, cómplice del Añuco, bueno en los deportes pero
no muy aplicado en los estudios. Lleras es detestado por la mayoría de los alumnos
por su agresividad. Es abusivo, principalmente con los compañeros más pequeños y
débiles. Se gana muchos enemigos, a pesar de tener la protección de los Padres del
Colegio. Huye del Colegio luego de un altercado con el Hermano Miguel y nunca
más vuelve. Los rumores dicen que murió junto al río, en el camino.
Doña Felipa: Cabecilla de las chicheras revoltosas que reclaman la sal que le fue
oculta al pueblo y dada a las vacas. Con el rostro marcado por la viruela, caderas
anchas y cuerpo robusto, lidera a las mujeres en el motín y luego huye con dos
máuseres. Ernesto la admira y habla en su favor cuando tiene ocasión.
Palacitos: Es el único interno del Colegio que proviene de un ayllu. Humilde y con
dificultades para hablar bien el español, es maltratado por Lleras y otros jóvenes.
Ernesto intenta acercarse a él sin éxito, pero con el correr del tiempo van
haciéndose amigos.
Marcelina, "la opa": Es una mujer que vive en el Colegio y ayuda en la cocina. Fue
recogida por uno de los Padres. Los jóvenes abusan sexualmente de ella cada
noche en el patio interno del Colegio. Muere finalmente debido a la peste.
Hermano Miguel: Es un Hermano del Colegio de procedencia afroperuana.
Ofendido por Lleras, que lo llama “negro ‘e mierda”, el Hermano Miguel se va de
Abancay junto con el Añuco en su traslado a Cuzco.
Romero: Es compañero de Ernesto del Colegio. De rasgos aindiados, destacado en
los deportes y originario de Andahuaylas. Romero toca el rondín (la armónica de
madera), un instrumento con el cual se entretienen algunas noches, cantando y
bailando. Sabe muchos huaynos y comparte tiempo con Ernesto. Estas escenas en
las que Romero lidera con el rondín contrastan con la maldad de los jóvenes que,
mientras tanto, abusan de Marcelina en el patio interno.
Valle: Es el compañero más elegante de Ernesto. Es a la vez arrogante y cobarde,
ya que se escabulle de cualquier enfrentamiento con otros compañeros, pero
constantemente insulta. Los insultos sobre todo son basados en diferencias raciales
y socioculturales. Presumido y muy lector, intenta sobresalir en cada conversación.
"Peluca": Es un alumno mayor, que destaca por su obsesión con Marcelina, “la
opa”. Cada noche la espera en el patio interno para abusar sexualmente de ella. Sus
compañeros se burlan de él, pero a la vez muchos le temen por ser más grande que
el resto. Finalmente, luego de la muerte de Marcelina, sus padres tienen que sacarlo
del Colegio.
"Chipro": Es un alumno mestizo que lleva ese apodo por las marcas de viruela que
lleva en la cara. De Andahuaylas, como Romero, Chipro es el enemigo constante de
Valle, el alumno más engreído del colegio. Se desafían mutuamente.
Salvinia: Es la enamorada de Ántero. Vive en la alameda, a donde Ántero va a
visitarla frecuentemente. Ernesto escribe una carta para que Ántero le envíe. Los
ojos de Salvinia llaman la atención de Ernesto, que dice que son del color
del zumbayllu.
Alcira: Es amiga de Salvinia. Ántero busca que Ernesto y Alcira se conozcan. Al
hacerlo, a Ernesto ella le resulta parecida a una niña que conoció hace tiempo en
otro pueblo, de quien se enamoró. Pero, a pesar de su pelo y su piel, del color de la
cebada, las pantorrillas de Alcira le desagradan.
Jesús, el kimichu: Jesús es un kimichu. Esto significa que viaja de pueblo en
pueblo recaudando limosna con la imagen de la virgen que lleva. Jesús viaja
también con un lorito que se posa sobre la virgen. Ernesto lo reconoce en la
chichería de Felipa; hace años se cruzaron en otro pueblo y Jesús cantaba
un huayno. Se alegran y comparten picantes y chicha.
El "Papacha" Oblitas: Arpista que toca en lo de Felipa. Es un gran músico que
sabe todos los huaynos, hasta los re regiones más remotas. Antes de que la peste
azote Abancay huye con la chichera que había tomado el mando del local de Felipa.
Gerardo: Es el hijo del Coronel, jefe de la guardia civil. Llega ya entrado el año
escolar, cuando el ejército irrumpe en Abancay. Ántero comienza a juntarse con él y
ambos salen a conquistar chicas de un modo que Ernesto considera inmoral y
abusivo.
Padre Abraham: Es quien trajo a “la opa” Marcelina al internado y se comenta por lo
bajo que se acuesta con ella. Finalmente, se contagia de tifo por haber estado en la
cama de Marcelina y, atormentado, huye del Colegio para morir en su pueblo.
Pablo Maywa: Junto con Demetrio, Víctor Pusa y Kokchi, menos nombrados, son
los indios protectores que Ernesto invoca en momentos de soledad o sufrimiento.
Pablo Maywa y Víctor Pusa eran alcaldes en el ayllu en que Ernesto pidió auxilio de
pequeño cuando su padre era perseguido y los parientes encargados de su cuidado
lo maltrataban. Los indios del ayllu lo recogieron y le infundieron “la impagable
ternura en que vive”.

Resumen y análisis Capítulo I: El viejo


Los ríos profundos comienza con la llegada del joven Ernesto, narrador de esta
historia, y su padre, Gabriel, a la ciudad de Cuzco. El objetivo del viaje es
encontrarse con el Viejo, un pariente de buena posición económica conocido, a su
vez, por ser explotador y avaro, en palabras del padre de Ernesto.
Una vez en la ciudad, Ernesto se encuentra ansioso por ver los muros incaicos.
Gabriel le señala lo que ha sido antiguamente el palacio de un inca. La excitación de
Ernesto es grande; desea verlo, pero primero deben resolver asuntos con el Viejo.
Una vez en la casa de este, son recibidos por un mestizo y un indio. A Ernesto le
llama la atención el indio: es la primera vez que ve un "pongo", un indio de hacienda
que sirve de forma gratuita, por turno, en la casa del amo. Le llama la atención su
limpieza.
El Viejo, sin apersonarse, ofende a los visitantes mediante el cuarto que eligió para
hospedarlos: la cocina de los arrieros. Ernesto, a pesar de que comprende que la
ofensa es una señal de que El Viejo no va a ayudar a su padre, no se siente mal en
la cocina. Él mismo ha sido criado en una cocina para indios en la que recibió, en la
infancia, los cuidados, la música y “el hablar” de las indias y los peones a sueldo. Es
para él un lugar cálido y familiar.
Ernesto sale de la casa en dirección al muro incaico. Toca las piedras, fascinado, y
las compara con los ríos y con la sangre. Las piedras bullen para el joven como los
ríos turbios, como las danzas guerreras. “Puk’tik’ yawar rumi!” (¡Piedra de sangre
hirviente!), exclama Ernesto parado frente al muro. El padre, al escuchar su voz,
avanza por la calle hacia Ernesto. Le comenta que el Viejo le ha pedido disculpas
por la ofensa, pero que igualmente sabe que es traicionero y se irán a la madrugada.
Ernesto no se altera; se mantiene optimista, fascinado por el muro incaico. Le
pregunta a su padre quién vive ahora tras los muros antiguos. Gabriel le responde
que los incas están muertos y que viven ahora, allí, nobles avaros, como el Viejo.
Ernesto siente que el muro está vivo, y tiene el impulso de hacer allí un juramento.
Luego van a rezar a la Catedral. Esta está hecha por los españoles con la piedra
incaica y las manos de los indios, al igual que la Compañía. Esta última le resulta a
Ernesto un poco menos imponente. Escuchan sonar a la María Angola, una
campana que se oye a cinco leguas, y ante la cual los viajeros frenan su paso y se
persignan. La voz de la campana aviva la memoria de Ernesto, que recuerda a sus
protectores, los alcaldes indios.
Por la noche Ernesto llora, conmovido, y su padre culpa por ello al Cuzco y el repicar
de la María Angola. A la madrugada empacan para partir, pero se encuentran con el
Viejo, que los esperaba. Le da un bastón a Gabriel y salen a la calle. Ernesto siente
rechazo por el Viejo, que se persigna y reza ante la imagen del Señor de los
Temblores. Al volver a la casa, un camión ya los está esperando para partir y sus
cosas están empacadas. Ernesto siente el impulso de abrazar al pongo, que se
emociona y lo despide en quechua.
Al alejarse de la ciudad, los viajeros se encuentran con el Apurímac, un río que, con
sus sonidos, despierta recuerdos y los más antiguos sueños.
El primer capítulo nos introduce al narrador, Ernesto, un joven sensible y curioso.
Varios temas que la novela aborda asoman en esta primera parte. En primer lugar, a
través del recuerdo de la cocina para indios donde se crió de niño y de su
descripción del muro incaico, sabemos que Ernesto maneja a la perfección el
quechua. En este primer capítulo, y a lo largo de toda la novela, la lengua quechua
se encuentra muy presente.

Arguedas tenía una preocupación muy grande por resolver cómo el español podía
dar cuenta de la realidad andina: hablaba siempre de “quechuizar” el español. Hay, y
habrá a lo largo del relato, ideas que deben incorporar expresiones en quechua para
poder expresarse correctamente. Frente al muro antiguo Ernesto dice:

Eran más grandes y extrañas de cuanto había imaginado las piedras del muro
incaico; bullían bajo el segundo piso encalado, que por el lado de la calle angosta,
era ciego. Me acordé, entonces, de las canciones quechuas que repiten una frase
patética constante: «yawar mayu», río de sangre; «yawar unu», agua sangrienta;
«puk’tik’ yawar k’ocha», lago de sangre que hierve; «yawar wek’e», lágrimas de
sangre. ¿Acaso no podría decirse «yawar rumi», piedra de sangre, o «puk’tik’ yawar
rumi», piedra de sangre hirviente? Era estático el muro, pero hervía por todas sus
líneas y la superficie era cambiante, como la de los ríos en el verano, que tienen una
cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa. Los
indios llaman «yawar mayu» a esos ríos turbios, porque muestran con el sol un brillo
en movimiento, semejante al de la sangre. También llaman «yawar mayu» al tiempo
violento de las danzas guerreras, al momento en que los bailarines luchan. (pp.12-
13)
Esta cita nos introduce a uno de los temas más importantes de Los ríos profundos:
la magia y las creencias. Ernesto tiene una visión del mundo animista, metafísica y
panteísta. Recordemos que el panteísmo es la creencia, basada en la inmanencia
de dios, mediante la cual todo cuanto existe participa de la naturaleza divina. Las
piedras del muro están animadas, tienen vida propia y él siente esta vitalidad latente
en las piedras a través de su tacto. Son además la sangre, las danzas ancestrales,
los ríos. Impulsan a Ernesto a hacer un juramento.
Ernesto tiene una visión dinámica: une ideas mediante asociación aparentemente
libre. Decimos “aparentemente” porque lo que parece no tener un sentido claro o ser
una asociación azarosa, tiene que ver con una visión del mundo atravesada por este
sistema de creencias y una mirada mágica sobre los seres, las cosas y los
acontecimientos. Además, estas asociaciones son de una fuerte carga poética.
Ernesto compone libremente estas imágenes a través de la emoción y el lirismo.

Otro elemento mágico en este primer capítulo es la María Angola, la campana. Su


valor mítico no está tanto dado por el hecho de que sea una campana (cristiana)
sino por el oro con que fue forjada: oro inca extraído del corazón de la madre tierra.
Ella le trae a Ernesto la imagen de sus protectores indios con su capacidad de avivar
el recuerdo, como dice Gabriel.

La lengua, la magia y las creencias tienen que ver con la identidad. No se trata de un
encantamiento individual, sino de la magia con que el hombre andino comprende y
se relaciona con el mundo. Así es como aparecen asociaciones de sentido nuevas, y
se descubren relaciones subterráneas entre las cosas, los seres y los
acontecimientos. Pero, como dijimos, esto no se da a nivel individual. Ernesto toma
contacto con algo mayor, con una memoria que lo excede y lo antecede, y con una
identidad que no le es propia por derecho de nacimiento, pero que asume. Ernesto
no es hijo de indios, sino que esta identidad le ha sido dada a través del cariño; la
educación quechua y los cuidados de las indias en la cocina de la hacienda de su
madrastra; los viajes por los pueblos con su padre, y el encantamiento de la
naturaleza, que él percibe con mirada andina.

Ernesto archiva viaje a viaje, experiencia a experiencia, además de emociones,


sentimientos y percepciones, una gran cantidad de información sobre los diversos
pueblos, su arte, sus costumbres y creencias. El joven es un depositario de la cultura
andina sin la distancia de un antropólogo, sino asumiendo esta identidad india
serrana en cuerpo, mente y espíritu. La interpretación de Ernesto de la naturaleza, la
historia y todo aquello que lo rodea no tiene que ver con una comprensión racional.
Frente al muro, él desea conocer detalles que Gabriel le va dando, pero también se
despierta en él una información que ya estaba allí; es Ernesto el que percibe el
movimiento de la piedra proveniente de un pasado remoto, su poder incaico latente
que podría devorarse a los avaros que viven dentro. Igual de irracional es su impulso
de realizar allí un juramento.
José María Arguedas es uno de los escritores que inauguran, junto con Juan Rulfo,
el neoindigenismo peruano. El neoindigenismo en Perú se propone reformular la
manera en la que se representa la cultura andina en la literatura peruana. La idea
básicamente tiene que ver con abandonar la mirada distante antropológica y
ahondar en esos usos y costumbres de los pueblos andinos, comprendiendo al
indio desde dentro. La pretensión es de representar e individualizar su mirada; el
indio no es ya una entidad abstracta sino una realidad concreta.
En relación a esta voluntad de representar la mirada del indio, Arguedas echa mano
a todos los recursos literarios que puedan abonar una visión mágica del mundo.
Imágenes, asíndeton, símiles, metonimias, sinestesias y, por supuesto, metáforas,
abundan en Los ríos profundos. Además, la presencia del quechua es ineludible. Por
momentos, el narrador nos explica el origen de las palabras, su significado. En otros
casos, aparecen términos que no se aclaran, de forma evidentemente intencional.
Esto tiene que ver con un juego entre el develamiento (se nos muestra un mundo) y
el secreto (algo de ese mundo se mantiene, para nosotros lectores, inaccesible).
Arguedas tenía una gran preocupación por el lenguaje. Vimos que por un lado creía
que el español era insuficiente para representar la realidad quechua pero, por otra
parte, le aportaba este abanico de posibilidades literarias con las que podía explorar
el lirismo de la mirada andina. La solución era, como dijimos al comienzo de este
análisis, “quechuizar” el español.
No está de más realizar un comentario biográfico que puede aportar otra dimensión
a la lectura. Los ríos profundos tiene un gran componente autobiográfico, no solo en
relación a las situaciones vividas por Ernesto (el colegio, la infancia con los indios,
los viajes con su padre) sino también a la mirada de Ernesto sobre el mundo.
Arguedas, víctima de depresión durante gran parte de su vida, sufría una fuerte
crisis de identidad. Decía sentirse un indio entre los blancos y un blanco entre los
indios. Los ríos profundos es un modo de sintetizar esa experiencia, de representar
una mirada que no es abstracta y genérica, sino que está fuertemente
particularizada en una experiencia individual irremplazable.
Hasta ahora hemos entrado en el tópico de la magia y las creencias y el problema
de la identidad. Este primer capítulo también introduce otro de los temas principales
de Los ríos profundos, que es el de la memoria. La cocina para indios despierta
recuerdos de la infancia; Ernesto fue criado en una cocina similar, rodeado de indias
y “concertados” (peones a sueldo anual) que lo cuidaron y le enseñaron el quechua
y los huaynos, canciones populares incaicas. Ya cerca del muro incaico, llegan los
recuerdos de todo lo que su padre le contaba sobre la ciudad de Cuzco. Una vez
frente al muro, se imponen los recuerdos de las canciones quechuas, como se
puede leer en la cita al comienzo de este análisis. Con el canto mágico de la María
Angola viene la imagen de sus protectores, los alcaldes indios, las águilas, los lagos
en altura; “Su voz aviva el recuerdo” (p.21), confirma Gabriel. Gabriel tiene, a su vez,
un reloj de oro que es el recuerdo de su padre, un objeto mágico que le da fuerzas
en momentos en que los problemas en los viajes los apremian.
Por ahora solo mencionaremos estos ejemplos que dan cuenta de la persistencia de
la memoria, sobre todo en momentos de tensión. Los recuerdos son un refugio,
protegen, funcionan como amuletos.

Capítulo II: Los viajes


En este capítulo, Ernesto reflexiona sobre la errancia. Empieza hablando de cómo
su padre, por ser abogado itinerante, vaga de un pueblo a otro buscando clientes.
Además, resalta que Gabriel cambia de pueblo no solo por una cuestión laboral, sino
que decide partir cuando los detalles de un pueblo en particular comienzan a formar
parte de la memoria, al igual que los huaynos que le gusta oír. Los huaynos,
canciones populares incaicas, son su debilidad, y recuerda a qué pueblo, comunidad
y valle pertenece cada uno. Ernesto, que admira esta cualidad de su padre, también
porta este tipo de memoria. Solo los viajeros observan ciertos detalles, se dice a sí
mismo Ernesto.
El joven recuerda un pueblo que los recibió sin ninguna hospitalidad; no le gustaban
los forasteros. Allí, los habitantes habían bajado de un cerro alto y puntiagudo una
cruz para bendecirla. Ese día, él y su padre maldijeron el pueblo y lo abandonaron
cuando los indios velaban su cruz, rumbo a Huancayo.
Ernesto rememora ese viaje a Huancayo, un pueblo en el que los quisieron matar de
hambre. Como siempre, Gabriel había alquilado un pequeño espacio para atender a
los litigantes. Pero esta vez los hacendados habían apostado celadores en las
esquinas del estudio del abogado para amenazar a los trabajadores que quisieran
hacerle sus consultas o siquiera brindarles solidaridad. Mientras tanto, Ernesto
recuerda que vagaba por la ciudad de noche, robaba maíz para cocinar y
cantaba huaynos nunca oídos en ese pueblo, en una esquina donde vivía una joven
muy bella.
También recuerda el pueblo de Cusi, donde los niños recogían los loros que
mataban los fusileros en el campo y los colgaban de las patas. Rememora también
su paso por Huancapi, la comunidad más humilde que Ernesto conoció, asediada
por el hielo y la nieve; el pueblo de Cangallo, en el que, con un peón, vieron un
lucero grande elevarse e iluminar toda la quebrada de un modo desconocido y
místico; Huamanga, una localidad de indios morochucos. Ernesto menciona que
eran descendientes de los almagristas, uno de los bandos en las guerras entre
conquistadores en Perú en el siglo XVI; excomulgados y refugiados en la pampa fría.
Según Ernesto, fueron más de doscientos los pueblos que visitó junto a su padre
con lentitud inagotable.
Capítulo III: La despedida
Un día, Gabriel le confiesa a Ernesto que su peregrinaje terminará en Abancay. La
tarde que llegan a la ciudad, las campanas del pueblo repican mientras las mujeres y
los hombres están en la plaza, arrodillados y rezando. Cuando los viajeros
preguntan por qué lo hacen, les responden que están operando al padre Linares,
director del Colegio y predicador de Abancay. Ernesto y su padre se arrodillan a
rezar también, y Gabriel le dice a su hijo que el padre Linares ha de ser su director.
Mientras Ernesto duerme en el Colegio, ya matriculado y tomando clases, Gabriel se
encuentra inquieto. A pesar de que ha dicho que montará un estudio en la ciudad, luego de
diez días no lo ha hecho. Ernesto sabe que su padre, tarde o temprano, se marchará de allí.
Un día, en una de las visitas de Ernesto a su padre, lo encuentra conversando con
un forastero. El hombre, de Chalhuanca, busca consejo de Gabriel para litigar contra
su patrón. Ernesto percibe que su padre está incómodo; es evidente que ya ha
arreglado con el forastero, que ahora llora en quechua, para irse juntos de Abancay
hacia Chalhuanca. Finalmente, Gabriel se recuesta sobre la mesa y llora. El
forastero intenta consolarlo, pero es inútil. Ernesto se acerca a su padre, que se
pone de pie. El chalhuanquino les sirve cerveza; es la primera vez que Ernesto bebe
con su padre.
Se separan casi con alegría, con las promesas de Gabriel de conseguir una chacra
junto al río y esperarlo a Ernesto en vacaciones. Ernesto reflexiona sobre cómo, por
primera vez, deberá enfrentarse solo al mundo.

En el capítulo II, Ernesto recorre diversas anécdotas vinculadas a los viajes con su
padre. Debido a su trabajo, Gabriel ha llevado a Ernesto a recorrer más de
doscientos pueblos andinos. En la descripción que hace el narrador de algunos de
ellos, se hace más presente un tema clave que ya había surgido en el Capítulo I: la
memoria. En Los ríos profundos, la memoria es uno de los fundamentos del relato,
ante todo por su polivalencia semántica.
En primer lugar, su relevancia tiene que ver con que los recuerdos son un arma
contra la soledad y el dolor. A lo largo del texto veremos cómo la memoria es, para
Ernesto, un lugar donde resguardarse de los abusos, la violencia, la soledad y la
discriminación; a través de la memoria el joven puede revisitar todos esos espacios
que han conmovido su espíritu y que funcionan como un refugio para distanciarse de
un mundo confuso y hostil.

Además, la memoria excede al individuo, a los límites de la propia vida de Ernesto, y


lo conectan en cierto modo con el pasado remoto de ese mundo andino que él
pretende asumir. En el capítulo I, ante el muro antiguo, Ernesto resalta ante su padre
el poder y la vigencia incaicos, que podrían, a través del muro, devorar a los avaros
que viven dentro.

La memoria funciona también como un modo de apropiación del mundo. Ernesto


dice: “En los pueblos, a cierta hora, las aves se dirigen visiblemente a lugares ya
conocidos. A los pedregales, a las huertas, a los arbustos que crecen en la orilla de
las aguadas. Y según el tiempo, su vuelo es distinto. La gente del lugar no observa
estos detalles, pero los viajeros, la gente que ha de irse, no los olvida” (p.37). A
partir de aquí, da cuenta de que él mismo no olvida, como buen viajero, y enumera
los distintos rumbos de las aves. El viajero se apropia de los pueblos, los comprende
y los habita a través de la memoria; de este modo cosecha imágenes y experiencias
que luego atesorará en los momentos más hostiles. Como dijimos anteriormente,
Ernesto es una suerte de depositario de la cultura andina.

Al llegar a Abancay, el joven reflexiona sobre el nombre del pueblo:

Se llama amank’ay a una flor silvestre, de corola amarilla, y awankay al balanceo de


las grandes aves. Awankay es volar planeando, mirando la profundidad. ¡Abancay!
Debió ser un pueblo perdido entre bosques de pisonayes y de árboles
desconocidos, en un valle de maizales inmensos que llegaban hasta el río. Hoy los
techos de calamina brillan estruendosamente; huertas de mora separan los
pequeños barrios, y los campos de cañaverales se extienden desde el pueblo hasta
el Pachachaca. Es un pueblo cautivo, levantado en tierra ajena de una
hacienda. (pp. 47-48)
Abancay no es lo que debería ser, lo que su nombre indica. El mundo que Ernesto
contiene en su memoria, el mundo que habita a través de su mirada andina,
panteísta y mágica, es compacto, una totalidad integrada y coherente. Abancay
debería ser del color del maíz, el pisonay y la flor del amancay, un pueblo libre como
el vuelo de las aves. En su lugar, es un pueblo de techos metálicos y estruendosos,
un pueblo cautivo y erigido en tierra ajena. Empezamos a ver que, en Abancay, el
mundo que se opone al de Ernesto es desintegrado, incoherente y conflictivo. Esto
es tan solo la punta del iceberg de un choque de sistema de creencias, identidades y
valores que se acrecentará con el correr de los capítulos tras su entrada al colegio.

La errancia es, por supuesto, otro tópico privilegiado de Los ríos profundos. La idea
del movimiento no solo está representada a través del relato de los viajes. Como en
la cita que acabamos de leer, el “volar planeando” y “mirar con profundidad” de las
aves son imágenes recurrentes, siempre asociadas a valores positivos, a un modo
de habitar el mundo que reconforta. Lo mismo sucede con los ríos. El río es
materialmente un lugar a donde recurrir, pero, además, es una imagen recurrente de
la memoria donde refugiarse. Aves y ríos son símbolos de la errancia en Los ríos
profundos: migran, transitan, recorren. Volveremos más adelante sobre la imagen
del río, paradigma vital de Ernesto, porque es de las más productivas y polisémicas
en el texto.
Este vagar es el modo que encuentra Ernesto de comulgar con aquello que lo rodea.
Como dijimos, el viajero se apropia de los pueblos, los comprende y los habita a
través de su memoria. Esto tiene una doble valoración: por un lado, hay un
movimiento de exclusión, ya que Ernesto no es oriundo de los lugares que visita,
sino que los descubre. Pero este contemplar desde cierta distancia, la que le otorga
el movimiento de llegar y partir, le permite apreciar cosas que otros no ven. En el
capítulo I ya nos decía que, al encontrarse con el río, “el recién llegado se siente
transparente, como un cristal en que el mundo vibrara” (p.34). En el capítulo II,
Ernesto dice: “mi padre decidía irse de un pueblo a otro, cuando las montañas, los
caminos, los campos de juego, el lugar donde duermen los pájaros, cuando los
detalles del pueblo empezaban a formar parte de la memoria” (p.36). Permanecer es
perder de vista esta mirada que la distancia del errante permite. Errar, como los ríos
y las aves, es para Ernesto el modo en que el hombre es uno con lo que lo rodea,
comulgando con la cultura andina y con la naturaleza a través del movimiento, o,
como veremos, de la memoria del movimiento, cuando el mal apremia.
A esta errancia se le oponen los espacios cerrados. Abancay es este pueblo
“cautivo”, construido en una tierra que le es ajena. La tienda que monta Gabriel para
atender en Abancay, ya presa de su deseo de partir, es claustrofóbica. Ernesto
encuentra a Gabriel inquieto, incómodo. Esta energía solo cambia en el momento en
el que, en el Capítulo III, finalmente se asume que va a partir hacia Chalhuanca;
finalmente puede liberar su tensión, beber y alegrarse un poco. El Colegio, más
adelante, se presentará como otro de estos espacios cerrados que sofocan a
Ernesto.

Al final del capítulo III, Ernesto comprende su destino inmediato: enfrentarse al


mundo sin la compañía de su padre. Se quedará en Abancay a estudiar, por lo que
ese es su lugar ahora: “recibiría la corriente poderosa y triste que golpea a los niños,
cuando deben enfrentarse solos a un mundo cargado de monstruos y de fuego, y de
grandes ríos que cantan con la música más hermosa al chocar contra las piedras y
las islas” (p.55). Este mundo cargado de monstruos y de fuego, una vez más, se
opone a la hermosura del canto del río. El río tiene, y tendrá a lo largo de toda la
novela, un sentido liberador. Es un lugar de identificación, de purificación, de
encuentro con la naturaleza tal como la entiende Ernesto. Decimos por todo esto
que es, para él, su paradigma vital. A través del río Ernesto comprenderá mucho de
ese mundo andino que asume como propio. Finalmente, esta cita que opera como
cierre de una etapa del texto, funciona a la vez como un anticipo: Ernesto se
enfrentará a monstruos y fuegos en este nuevo mundo de Abancay al que ingresa.

Capítulos IV-VI
En estos capítulos aparece en primer plano la soledad y la violencia en la que vive
Ernesto en el Colegio. El joven estudiante busca no solo escapar de la institución
sino, a su vez, encontrar algo que le permita reconectar con ese mundo que
últimamente solo encuentra en su interior.
Los recuerdos son para Ernesto un refugio, pero se da cuenta de que necesita
actualizar esas experiencias vitales. Sus intentos frustrados de conversar con los
indios colonos en Patibamba, en el capítulo IV, lo deprimen: “Ya no escuchaban ni el
lenguaje de los ayllus; les habían hecho perder la memoria; porque yo les hablé con
las palabras y el tono de los comuneros, y me desconocieron” (p.60). Este rechazo
cala hondo en su espíritu: “aturdido, extraviado en el valle, caminaba por los
callejones hirvientes que van a los cañaverales” (p.60). El recuerdo es todo lo que
tiene; se resguarda en los huaynos que las indias le cantaron al despedirlo, una vez
que tuvo que refugiarse con ellas cuando su padre era perseguido. Le vienen a la
memoria también las palabras de su padre: “No importa que llores. Llora, hijo,
porque si no, se te puede partir el corazón” (p.62). La soledad es implacable.
En el capítulo V ya lo encontramos a Ernesto concurriendo frecuentemente a las
chicherías. Busca, en vano pero sin perder la esperanza, a los indios colonos. Sin
embargo, los sábados y domingos hay música en vivo y concurren forasteros de
todos los pueblos. Los músicos tocan huaynos a pedido y conocen todos los ritmos,
incluso aquellos de las comunidades más remotas. Estas experiencias contrastan
con la violencia del Colegio, muchas veces promovida por los Padres.
Nos encontramos, justamente en estas escenas, con algunas marcas contextuales
que remiten al conflicto entre Chile y Perú durante los años 20. El Padre Director
habla de la importancia del “desquite”. Muchos años antes, en 1879, había estallado
una guerra territorial entre Chile y los aliados Bolivia y Perú. Finalmente, luego de
que Chile mostrara una supremacía naval y ocupara el territorio en disputa, los
tratados de arbitraje repartieron las tierras de un modo que favorecía a los chilenos,
argumentando que el conflicto había comenzado por una agresión impositiva de
Bolivia a Chile. Para los años 20 nos encontramos en medio de estos tratados de
paz (el último fue en 1929) y guerras de remanentes del ejército, guerrilleros y
montoneros peruanos. El Padre Director, por “desquite” se refiere a la reconquista
de este territorio perdido.
El río se afianza como símbolo en algunas escenas de estos capítulos. El mal va
cobrando protagonismo y es un tópico secundario pero insistente en la novela. Lo
maligno no es algo externo que pertenece solo a los otros: “yo también, muchas
tardes, fui al patio interior tras de los grandes, y me contaminé, mirándolos (...).
Ningún pensamiento, ningún recuerdo podía llegar hasta el aislamiento mortal en
que durante ese tiempo me separaba del mundo (...). A la hora en que volvía de
aquel patio, al anochecer, se desprendía de mis ojos la maternal imagen del mundo.
Y llegada la noche, la soledad, mi aislamiento, seguían creciendo” (pp.87-88). En
contrapartida a esta sensación de soledad y desesperación, Ernesto se precipita los
domingos al río Pachachaca para despejar su alma y borrar de su mente las
imágenes lastimosas. “Así, renovado, vuelto a mi ser, regresaba al pueblo: subía la
temible cuesta con pasos firmes. Iba conversando mentalmente con mis viejos
amigos lejanos” (p.91). En este caso, el río es un lugar de desintoxicación. Ernesto
atraviesa esta lucha interna con el mal; así como se identifica con el río, es
consciente de que el mal habita en él también, y debe purificarse. Libra una batalla
contra el mal que se encuentra en el mundo; busca derrotarlo venciendo las bajezas
y tentaciones de su propia conciencia. Este mundo, lleno de monstruos y fuegos,
como anticipó en el capítulo III, también está en el interior.
El danzak’ es uno de los motivos más relevantes de la obra de Arguedas. Presente
desde sus primeros cuentos, el bailarín abanderado del mundo andino desafía a los
valores foráneos. Es una presencia rebelde, que arenga a los indios a la lucha; se
trata de un personaje portador de la sensibilidad mágica andina. El zumbayllu, ese
trompo mágico que Ántero le regala a Ernesto, es el objeto mágico por excelencia
de Los ríos profundos, y encarna el espíritu del danzak’, sobre todo del “Tankallyu”.
Su sonido resuena en Ernesto y le trae alegría en los momentos más oscuros,
además de valor y coraje para enfrentar la violencia del Colegio. Veremos cómo, en
los capítulos subsiguientes, el zumbayllu adquiere una complejidad semántica
mayor, al igual que los ríos. Por ahora cabe recordar este vínculo entre el trompo
que canta y baila con el danzak’, y su poder, que no es ni maligno ni divino, pero que
puede proteger a Ernesto.
El capítulo VI abre otro tópico importante, que es la violencia social y racial. La
discriminación es directa entre alumnos. Allí, serranos e indios son discriminados por
igual: “Tu crees ya leer mucho -me dijo Rondinel-. Crees también que eres un gran
maestro del zumbayllu. ¡Eres un indiecito, aunque pareces blanco! ¡Un indiecito, no
más!” (p.111). “Indio”, “indiecito” o “cholito” son apelativos comunes para los
alumnos de procedencia andina. “No tengo la costumbre de hablar en indio” dice
Valle, “por fortuna no necesitaré de los indios; pienso ir a vivir a Lima o al extranjero”
(p.114). A estas expresiones se le suma la mencionada aversión del Padre Director
por los chilenos.
A estas manifestaciones de discriminación se opone un sentimiento muy diferente
por parte de Ernesto. Además de sentir simpatía por Romero, de rasgos aindiados, y
por Palacitos, el único alumno proveniente de un ayllu indio, en su intimidad tiene
muy claras sus afinidades e inclinaciones. Cuando le escribe una carta a la
muchacha que su amigo Ántero quiere conquistar, comienza inspirándose en una
niña blanca de una hacienda a la que vio en un viaje con su padre. Sin embargo, lo
invade otro impulso. Súbitamente piensa en las niñas de los ayllus, y en las cartas
que les escribiría si ellas pudieran leer. Comienza a escribir en quechua y se
conmueve. Luego de ese arrebato sale al patio, pero se siente orgulloso. Toda esta
secuencia contrasta fuertemente con la violencia racial del Colegio.
El tema de la memoria persiste en estos capítulos. Como vimos al principio del
análisis, ante el rechazo de los colonos de la hacienda Patibamba Ernesto solo
puede recordar los huaynos que le cantaban las mujeres en el último ayllu en que
residió refugiado. Además, él atribuye este rechazo a la falta de memoria de su
propia lengua de los indios de la hacienda. El joven estudiante se refugia en las
chicherías. Allí, los huaynos que entonan los músicos le avivan la memoria:
“acompañando en voz baja la melodía de las canciones, me acordaba de los
campos y las piedras, de las plazas y los templos, de los pequeños ríos donde fui
feliz” (p.68).
La memoria del Apu K’arwarasu asalta a Ernesto por sorpresa una noche en que
intenta rezar el rosario. Apu son los cerros andinos, que a la vez son dioses
protectores; K’arwarasu es el monte de la aldea natal de Ernesto. En palabras del
escritor Vargas Llosa, “como los ríos y las cascadas, los cerros de la realidad ficticia
tienen un ánima que dialoga con los hombres, a quienes aconseja, protege y limpia
espiritualmente. El espíritu de las montañas, materializado en forma de cóndor,
puede tomar posesión de un danzak’, guiarlo en vida, y, en el momento oportuno,
anunciarle que va a morir” (1996: pp.101-102).
Presa del miedo por un inminente duelo con otro joven, la imagen del dios-montaña
se presenta en la memoria como un relámpago. Ernesto le habla y comienza a darse
coraje a sí mismo. El poder mágico del K’arwarasu es grande: apenas su nombre es
pronunciado, el temor a la muerte desaparece. Se unen la magia y su memoria;
Ernesto encuentra en ellas, es decir, en su identidad andina, la fuerza vital para
acercarse y enfrentar al joven Rondinel a tener la pelea ahí mismo. Como corolario
de este episodio místico, el capítulo VI culmina con su alegría y alivio, a la mañana
siguiente, bailando como un danzak’ de su aldea nativa alrededor de su zumbayllu.
Esta escena, además, nuevamente explora la mirada que tiene Ernesto sobre la
naturaleza, que está dotada de ánima. Tanto las montañas como los ríos y las
piedras rebosan de vitalidad. Ya en los primeros dos capítulos, el niño Ernesto se
había conmovido por el martirio del cedrón en la casa del Viejo y por el sufrimiento
de los loros en un pueblo llamado Yausi. Su relación con la naturaleza es muy
profunda; la alegría, en muchos pasajes, viene asociada a la integración de su ser
con el paisaje natural que lo rodea, o al recuerdo de esta integración. La tristeza,
como la que siente en los pasajes mencionados, es también producto de su mirada
panteísta sobre el mundo. La piedra, el cedrón, los loros, él mismo y todo cuanto
existe participan de la naturaleza divina. El “estar en el mundo” de Ernesto tiene que
ver con la posibilidad de conectarse con esta totalidad que lo rodea, y contrarresta la
aparente distancia que implica ser un viajero errante como su padre. Sin embargo,
Ernesto descubre que la errancia, apoyada en la memoria que todo lo asimila, es el
modo de integrarse de un modo más profundo a ese mundo vivo.
Capítulo VII: El motín
Ernesto se reencuentra, más tarde, con Ántero. Le entrega la carta que escribió
para Salvinia y le cuenta a su amigo sobre la situación con Rondinel. Ántero se
apiada, y le dice a Ernesto que deben buscar la reconciliación, que no lo enfrente.
Encuentran a Rondinel, quien, llorando, le pide perdón a Ernesto. Los tres salen a
jugar, renovados, con sus respectivos zumbayllus.
Más tarde, desde el colegio comienzan a escucharse gritos de mujeres que
provienen de las calles. Muchos internos salen rápidamente del Colegio antes de
que el Padre Director pueda frenarlos para ir a ver qué pasa en las calles de
Abancay. Entre ellos corren Ántero y Ernesto, que se meten entre las cinturas de las
mujeres para llegar a ver qué pasa. Las mujeres indígenas están reunidas en la
plaza del pueblo en protesta porque se enteran de que los hacendados están
adquiriendo la sal para sus vacas, mientras que es un producto que escasea en el
pueblo.
Doña Felipa, dueña de una chichería y cabecilla del grupo, habla para todas. Arenga
el motín y propone ir a buscar la sal al almacén. Allí encuentran cuarenta bolsas de
sal. Las cholas se apoderan de ellas y, organizadamente y en silencio, reparten la
mercadería. Ernesto está asombrado del modo en que lo hacen, de la autoridad de
Doña Felipa, de su coraje. Se conmueve cuando Felipa se acuerda de los pobres de
Patibamba y separa tres bolsas para ellos. Sin dudarlo, el joven se une a las mujeres
que, cantando huaynos, toman el camino hacia la hacienda de Patibamba para
repartir la sal.
Una vez allí, la comunicación es complicada. Las indias de Patibamba son
temerosas y no responden inmediatamente al llamado de Doña Felipa, que se
impacienta. Finalmente toman la sal y las mujeres emprenden el regreso a Abancay.
Ernesto, agotado por el viaje y las emociones del día, no camina junto a ellas. Frena,
se sienta y se queda dormido junto a la reja del caserón de la hacienda.
Cuando despierta, Ernesto tiene su cabeza sobre el regazo de una mujer robusta
que lo acaricia. La mujer, rubia y de ojos azules, está preocupada por él. Le cuenta
que, mientras él dormía, los soldados irrumpieron en la hacienda y, a fuerza de
zurrigazos, se llevaron la sal entregada poco antes. Ernesto, angustiado, emprende
su vuelta a Huanupata. Al pasar por las chicherías se encuentra con una gran
alegría festiva en el barrio.
Ántero encuentra a Ernesto en una de las chicherías. Lo lleva a ver a su enamorada,
Salvinia, esperando que esté con su amiga, Alcira, para presentársela. Pero Salvinia
está sola. Los jóvenes, mientras caminan al Colegio, conversan sobre el amor, el
coraje y los ríos.
Capítulo VIII: Quebrada Honda
Una vez en el Colegio, el Padre Director castiga a Ernesto. Los azotes no doblegan
su espíritu; cuando el Padre le pregunta si cantaba con las forajidas mientras se
dirigían a Patibamba, Ernesto responde que sí, que cantaban mientras llevaban la
sal para los pobres. El fraile destaca que lo robado es robado incluso si se trata de
los pobres, y castiga al joven prohibiendo sus salidas los domingos. Ernesto se va a
dormir aturdido por los eventos del día y se cubre la cabeza con la frazada para
esconderse de sus compañeros, que quieren saber todo sobre su aventura.
Al día siguiente, el Padre lo obliga a ir con él a la misa de la hacienda Patibamba.
Ernesto escucha el sermón en quechua. El Padre Director remarca, ahora para los
indios, que nada justifica el robo. Les dice a los colonos que se alegra de que hayan
devuelto la sal; recibirán más aún por ese gesto. Todos comienzan a llorar, se
arrodillan y rezan. Todos menos Ernesto. El Padre, ofuscado, lo manda nuevamente
al Colegio.
El mayordomo de la hacienda es quien lleva a Ernesto hasta Abancay en su caballo.
Allí conversan, y el joven aprovecha para preguntarle por la mujer que el día anterior
lo cuidó en su sueño y se preocupó por él. El mayordomo le responde que partirá al
día siguiente, temerosa por la llegada del ejército. Ernesto no comprende, hasta que
el mayordomo usa la palabra “escarmiento”, que resuena con un escalofrío en la
memoria de Ernesto. El ejército vendrá a “poner orden”.
Una vez en el Colegio, a Ernesto lo recibe el Hermano Miguel. Ántero llega también
al rato, con un regalo especial para su amigo: un zumbayllu muy particular. Es
un zumbayllu winku. Winku es la deformidad de los objetos que deberían ser
redondos. Esto le da un carácter especial al zumbayllu, además de un sonido
particular. A la vez es laik’a, brujo. Ántero le dice a Ernesto que puede mandarle un
mensaje a su padre a través del winku, porque su canto viaja leguas.
El Hermano Miguel, que ha ido a tender la red de vóley para jugar con los
estudiantes, grita. Ordena al Lleras a caminar de rodillas. A Lleras le sangra la nariz;
el Hermano le dio un puñetazo. En medio del alboroto llega el Padre Director, ante
quien Lleras se lanza gritando que el “negro abusivo” lo golpeó, pero los jóvenes
saben que Lleras le dijo “negro e mierda”. Valle, arrogante, señala que,
efectivamente, el Hermano Miguel es negro. Otro estudiante, Chipro, señala la
cobardía de Valle y lo desafía.
Mientras tanto, el ejército avanza hacia Abancay. El portero les brinda un panorama
oscuro para el futuro, pero el Padre Director intenta transmitir tranquilidad. Forma a
todos los estudiantes como para misa y llama al Hermano Miguel. También a Lleras
y Añuco. Lleras comienza a pedir perdón, pero a la mitad de las disculpas se
interrumpe y alega que no puede. Grita que no, que es negro, y agrega, ofensivo,
una interjección de asco en quechua: atatauya. Se va corriendo.
Añuco, por el contrario, sí le pide perdón al Hermano Miguel. El Hermano los
perdona y se disculpa a su vez; luego los invita a la capilla, donde dice unas
hermosas palabras. Una vez allí, incluso Chipro y Valle, enemistados antes, se
sonríen. Ernesto se pregunta cómo puede ser que siendo negro el Hermano pueda
pronunciar tan bello discurso. Después se acerca al Añuco, que está muy
compungido, y lo invita a jugar con el winku laik’a. En un impulso de alegría, se lo
regala. Todos los estudiantes rodean el trompo mágico.
La mirada de Ernesto con respecto a la naturaleza entra en diálogo con la de Ántero
al final del capítulo VII. Los estudiantes tienen una conversación en la que el río
entra en escena más de una vez. El río, entre otras cosas, simboliza el sentido de la
naturaleza para Ernesto; es al mismo tiempo un ser viviente y un poder divino. En el
capítulo VI, Ántero expone que para él también el río tiene una gran relevancia, casi
mítica: “Si yo, algún día, llevo a Salvinia a mi hacienda, ellos dirán que sus ojos
fueron hechos de esa agua; dirán que es hija del río (...) Yo conozco los ríos bravos,
a estos ríos traicioneros; sé cómo andan, cómo crecen, qué fuerza tienen por dentro;
por qué sitios pasan sus venas” dice; “solo por asustar a los indios me tiraba al
Pachachaca en el tiempo de lluvias” (pp.151-152). El río, para Ántero, es algo que
puede poseer, como Salvinia. A la vez, es algo que dominar, que doblegar. Esta
mirada de su amigo sorprende a Ernesto: “[Ántero] ya no parecía un colegial; a
medida que hablaba su rostro se endurecía, maduraba. No le conocía bien, no le
conocía bien, pensaba yo, mientras tanto” (p.153). Para Ernesto, la contemplación y
los viajes de “lentitud inagotable” (p.45) son el modo de vincularse con los ríos y con
el mundo en general.

Dicho esto, cabe adentrarnos en los temas centrales de esta parte de la novela: la
violencia racial y social. En la primera escena, el zumbayllu muestra el alcance de su
magia y sella una reconciliación entre Ernesto y Rondinel. Recordemos que el
conflicto comienza cuando Rondinel insulta a Ernesto con un comentario
discriminatorio. Ántero, mediador entre ambos, humaniza la figura de Rondinel,
explicándole a Ernesto que es un niño que ha sufrido mucho en la infancia. Los
estudiantes se abrazan y festejan la reconciliación jugando con sus trompos mágicos
casi como un rito. Esta alegría solo aparece para ser inmediatamente interrumpida
por el alboroto de la calle. El capítulo VII rompe con el ritmo y el tono íntimo que Los
ríos profundos traía hasta ahora. Ernesto cambia; Abancay y su paz triste cambian
también. Los gritos de las mujeres son el indicio de que algo sucede allá afuera y
algunos jóvenes escapan del colegio para ser parte de eso que oyen.
El encuentro de Ernesto con la figura de Doña Felipa es clave: a través del regocijo
que siente ante la presencia de un acto de justicia social, al ver a las mujeres
repartiendo la sal, la imagen Felipa abre una idea nueva: hay una posibilidad de
justicia a través de la organización. Es importante poner esta idea junto a la figura
del padre de Ernesto. Gabriel es un abogado itinerante que aconseja a los indios en
los litigios contra los hacendados. Es por eso que es despreciado en algunos
pueblos y que su trabajo es complejo; a pesar de que probablemente hayan existido,
en la novela no se relata ninguna victoria judicial de Gabriel. La idea de que ante una
situación de injusticia social la salida es colectiva no es explícita en Los ríos
profundos, pero resuena.
El valor de Doña Felipa se pone en juego en su enfrentamiento respetuoso pero
contundente con el Padre Director. El Padre es casi una divinidad en Abancay; su
sola presencia infunde respeto. Sin embargo, las mujeres avanzan y, al encontrar la
sal, Doña Felipa lo invoca: “¡Padrecito Linares: ven! -exclamó con un grito
prolongado la chichera-. ¡Padrecito Linares: ahistá sal! -hablaba en castellano-.
¡Ahistá sal! ¡Ahistá sal ¡Este sí ladrón! ¡Este sí maldecido!” (p.135). Minutos antes,
el Padre Linares, que se había acercado a la cabecilla de las mujeres para negociar
y disuadir, había largado una maldición. “-Dios castiga a los ladrones, Padrecito
Linares- dijo a voces la chichera, y se inclinó ante el Padre. El Padre dijo algo y la
mujer lanzó un grito: -¡Maldita no, padrecito! ¡Maldición a los ladrones!” (p.133).
A lo largo de estos dos capítulos, la figura del Padre revela su verdadero rol en el
entramado social de Abancay y las haciendas de Patibamba. La violencia social y
racial contra los indios encuentra en la religión y en la figura del Padre su garante. Al
otro día del motín, el Padre Linares habla ante los indios colonos de Patibamba, a
quienes les quitaron la sal a rebencazos:

Con su voz delgada, altísima, habló el Padre, en quechua:


-Yo soy tu hermano, humilde como tú; como tú, tierno y digno de amor, peón de
Patibamba, hermanito. Los poderosos no ven las flores pequeñas que bailan a la
orilla de los acueductos que riegan la tierra. No las ven pero ellas les dan el
sustento. ¿Quién es más fuerte, quién necesita mi amor? Tu, hermanito de
Patibamba, hermanito; tú solo estás en mis ojos, en los ojos de Dios nuestro señor.
Yo vengo a consolarlos, porque las flores del campo no necesitan consuelo; para
ellas el agua, el aire, la tierra les es suficiente. Pero la gente tiene corazón y
necesita consuelo. Todos padecemos, hermanos. Pero unos más que otros.
Ustedes sufren por los hijos, por el padre y el hermano; el patrón padece por todos
ustedes; yo por todo Abancay; y Dios nuestro Padre, por la gente que sufre en el
mundo entero. (pp.160-161)
Con un discurso condescendiente y fraterno en lengua quechua, el Padre predica el
conformismo y la sumisión a los colonos. Queda clara, así, la complicidad de la
Iglesia con la explotación de los cañaverales y la violencia impartida por los
hacendados.
El Padre Linares lleva a Ernesto a Patibamba cuando pronuncia esta misa. Ernesto
no se arrodilla ante el pedido del Padre, y este lo despacha hacia Abancay. El día
anterior, el joven estudiante había sido severamente castigado al volver del motín. El
Padre, luego de golpearlo, le dice que tiene ojos inocentes: “¿Eres tú mismo o eres
el diablo disfrazado de cordero?” (p.156), le pregunta. “Eres enfermo o estás
enfermo. Te han insuflado algo de su inmundicia, las indias rebeldes. ¡Arrodíllate!”
(p.157). El aislamiento de la escuela, la religión católica, la violencia impartida por
algunos compañeros y el Padre Linares son fuerzas que pueden aniquilar la
pertenencia al mundo indio de Ernesto. Volviendo sobre uno de los temas
principales del texto, es su identidad la que está puesta en juego en esta lucha de
fuerzas.

Es la identidad de Ernesto la que se pone en juego, también, en su espontánea


adhesión a las filas de las cholas hacia la salinera y luego hacia Patibamba. Por
primera vez, el joven melancólico y solitario se desdibuja en una multitud, se mezcla
y es uno con los otros. La aparición de la primera persona del plural en medio de su
relato delata esta integración nueva de Ernesto a su entorno, este abandono por un
momento de la distancia y la contemplación que lo caracterizan: “como ellas [las
chicheras], tenía impaciencia por llegar. Una inmensa alegría y el deseo de luchar,
aunque fuera contra el mundo entero, nos hizo correr por las calles (...). La gente
salía de las casas para vernos pasar, corrían de las calles transversales para
mirarnos desde las esquinas” (p.138).

Una vez que llegan a Patibamba, la violencia social y racial se pone de manifiesto
también en la diferencia entre las indias colonas de la hacienda y las chicheras. Las
colonas tardan mucho en salir de sus casas. Reciben la sal y rápidamente vuelven a
su hogar y cierran la puerta. El temor es grande, como las amenazas ese mismo día
de los rebencazos para que la devuelvan, y tiene su correlato en la devoción que
muestran hacia el Padre Linares al día siguiente, en la misa.

El colegio es un reflejo de la situación social general. En una discusión en medio de


un partido de vóley, el Lleras, uno de los estudiantes más maliciosos, le dice “Negro
‘e mierda” al Hermano Miguel. No solo eso, sino que a la hora de pedirle disculpas
no puede hacerlo y, luego de expresar su asco por pedirle perdón a un negro, sale
corriendo. Esta amargura es difícil de digerir para Ernesto.

La frustración es grande: en Huanupata la sal ha sido devuelta el mismo día en que


fue entregada a las indias y en el colegio la tensión es asfixiante. Ernesto reflexiona
sobre esto y, en sus ideas, vuelve a estar presente el pensamiento mágico:

Algún mal grande se había desencadenado para el internado y para Abancay ; se


cumplía quizá un presagio antiguo, o habrían rozado sobre el pequeño espacio de la
hacienda Patibamba que la ciudad ocupaba, los últimos mantos de luz débil y
pestilente del cometa que apareció en el cielo, hacía sólo veinte años. «Era azul la
luz y se arrastraba muy cerca del suelo, como la neblina de las madrugadas, así
transparente», contaban los viejos. Quizá el daño de esa luz empezaba recién a
hacerse patente. «Abancay, dicen, ha caído en la maldición», había gritado el
portero, estrujándose las manos. (p.183)
Este presagio mágico se vincula con anticipaciones concretas de lo real: la
inminente llegada de la represión policial es otro plano de esta misma experiencia de
amenaza permanente. El ejército irrumpirá en Abancay esa misma tarde para
“imponer el orden”. La palabra “escarmiento” despierta también en Ernesto un
escalofrío: “¿Escarmiento? Era una palabra antigua, oída desde mi niñez en los
pueblos chicos. Enfriaba la sangre” (p.164).

El capítulo VIII cierra como abre el VII: con una reconciliación y con el zumbayllu.
Luego de que el Lleras salga corriendo sin pedirle disculpas al Hermano Miguel por
la ofensa, el Añuco queda solo frente al Hermano, delante de todo el colegio. Le pide
disculpas, se abrazan y se reconcilian. Ernesto se acerca entonces a Añuco y lo
invita a jugar con su nuevo zumbayllu, que es winku y laik’a (deforme pero redondo y
brujo), hecho por Ántero. Finalmente, ante el pedido de Añuco, Ernesto se lo regala.
Por un momento vuelven la magia y la alegría al patio del colegio, alrededor de este
objeto que condensa los recuerdos y las fuerzas ocultas.

Capítulo IX: Cal y Canto


Desde el Colegio, los estudiantes oyen la llegada del ejército. Los soldados
organizan el cuartel en un edificio abandonado y ocupan las calles de
Abancay. Ernesto conversa al respecto con el Padre Director. Angustiado, le
pregunta por Felipa y le pide que le permita ir con el Hermano Miguel a buscarla,
para pedirle las armas. El Padre lo manda a jugar, pero Ernesto no sale de su
preocupación por la cabecilla de la revuelta.
El Padre Linares le ha dicho a Ernesto que su padre ya no está en Chalhuanca; que
se ha ido a Coracora, un pueblo muy alejado del cauce del Pachachaca. El joven se
lamenta porque el canto del winku se ha perdido con el mensaje a su padre, por la
bendición del Hermano Miguel. Desesperado, le pide a Romero que toque su rondín.
Tal vez, entre el rondín y el zumbayllu puedan mandarle otro mensaje. Juntos lo
hacen, a través de un carnaval que toca Romero, y otros estudiantes se suman al
canto.
Luego comentan los rumores de Abancay: el Lleras ha partido con una chichera
hacia Cuzco. Ernesto comenta que el sol lo derretirá al pasar por el río Apurímac.
También dicen que las rebeldes son azotadas en el cuartel por los soldados delante
de sus maridos, a quienes han hecho limpiar las calles. A pesar de que incluso les
han metido excremento por la boca, ellas no dejan de responder a los militares con
insultos groseros. Por su parte, se comenta que Felipa ha cruzado el Pachachaca.
Hay en el puente una cruz de piedra con su rebozo encima, a modo de provocación,
y las tripas de una mula cortan el paso del puente. El temor del pueblo es que Doña
Felipa vuelva con las rebeldes a quemar las haciendas.
Ante esta situación, Ernesto se sorprende de que Ántero diga que, en caso de una
revuelta, no estaría del lado de los indios. Ernesto, por su parte, deja en claro que él
estaría del lado de Doña Felipa y los colonos oprimidos. Luego de esta conversación
deciden ir a ver a Salvinia, la enamorada de Ántero, y su amiga Alcira. Una vez allí,
Ernesto se acobarda, saluda a las muchachas y huye sin mirar atrás. Siente el
impulso de ir al Pachachaca a ver la cruz con el rebozo de Felipa, las tripas de la
mula, el río. Pasa por las chicherías de Huanupata, ahora llenas de soldados
bebiendo; se mete a la chichería de Felipa y pregunta por ella. Un soldado borracho
le dice que está muerta, pero él no lo cree.
Al llegar al Pachachaca, Ernesto ve que cruzan el puente el Padre Augusto seguido
por “la opa” Marcelina. Ella se frena frente a la cruz, trepa, y roba el rebozo naranja
que Felipa dejó allí como marca. Luego siguen su camino. Ernesto decide cortar
senderos para llegar a Abancay antes que ellos y no ser descubierto por el Padre
Augusto. Al llegar al Colegio se entera de que Añuco partirá al día siguiente hacia
Cuzco.
Capítulo X: Yawar mayu
Añuco se despide por la madrugada de los otros estudiantes, conmovidos, y regala
sus canicas, a las que llaman “daños”, a Palacitos. Los demás van hasta la plaza de
Abancay a ver la retreta del ejército. Ernesto se sorprende por los instrumentos de la
banda militar, sobre todo los metales. Palacitos se encuentra con un joven de su
pueblo al que ve tocando el saxofón. Radiante de alegría va en su búsqueda; quiere
conversar sobre el pueblo. Ernesto los pierde de vista entre la multitud; siente pesar
por no haber sido invitado, pero comprende que Palacitos necesita tener un
momento de intimidad con alguien de su pueblo.
Ernesto busca a Salvinia, a Alcira y a Ántero. Encuentra a las dos muchachas, pero
Salvinia va escoltada del brazo por un joven que no es su amigo. Ántero de pronto
se presenta e increpa al muchacho, hijo de un coronel, que huye.
Ernesto deja a Ántero conversando cordialmente con el hermano del pretendiente
fugitivo y se va a Huanupata, a la chichería de Doña Felipa. Allí está el arpista
Oblitas, al que llaman el papacha. Entra al local, también, un hombre al que Ernesto
vio más temprano y que le resultó familiar. El hombre es un kimichu, un indio que
lleva de pueblo en pueblo una Virgen y recauda limosnas. Allí en la chichería
Ernesto finalmente recuerda y libera su prodigiosa memoria: le dice al kimichu que
han estado juntos, tiempo atrás, en Aucará, que se le clavó una espina en el pie,
que Gabriel le dio media libra de oro aquel día y que tenía un chullu (gorro) rojo
oscuro. El kimichu, que se llama Jesús, le dice que sí, que efectivamente se trata de
él. Se alegran por el encuentro y Ernesto le invita picantes.
Una de las chicheras comienza a cantar un huayno en el que ridiculiza a
los huayruros, soldados apodados así por el color de sus uniformes, iguales a los
frijoles rojos y negros que llevan ese mismo nombre. Los soldados borrachos se
contrarían, pero uno de ellos comienza a bailar como un bailarín de los del pueblo de
Ernesto. Pero de repente entra un guardia civil y se lleva presos al soldado y al
arpista.
Ernesto se despide de Jesús y pasea por la plaza. Ve a Ántero paseando
con Gerardo, el hijo del coronel. Ve a Valle, arrogante, seguido de muchas niñas.
Intenta en vano visitar al arpista Oblitas en la cárcel; no le permiten entrar. Una vez
en el Colegio, la cocinera le dice a Ernesto que “la opa” está viendo a la banda
militar desde la torre que domina la plaza. Ernesto va hasta allí y sube a la torre,
pero decide bajar sin interrumpir la alegría de “la opa” Marcelina.
Nuevamente, ante un contexto de extrema violencia y tensión, los recuerdos y el
pensamiento mágico refugian a Ernesto. El joven rescata los grillos que la multitud
aplasta en la Plaza durante la retreta militar porque un grillo es un mensajero, “un
visitante venido de la superficie encantada de la tierra” (p.262). Algunos pasajes
antes, cuando Marcelina quita el rebozo de la cruz del Pachachaca, Ernesto se
sintió, “por un instante, como un frágil gusano, menos aún que esos grillos alados
que los transeúntes aplastan en las calles de Abancay” (p.219). Si pensamos en el
modo en que se integra a sí mismo a este mundo vivo, salvar a los grillos en la Plaza
es en cierta forma salvarse a sí mismo de la realidad aplastante del pueblo y el
Colegio.
Después de enterarse por el Padre Linares de que su padre está aún más lejos de lo
que pensaba, Ernesto desea fuertemente comunicarse con él. Sin embargo, en lugar
de pensar en viajantes o en pedir al Padre Director enviar una carta, Ernesto decide
que es con la música de Romero y su rondín y con el zumbayllu que se comunicará
con Gabriel: “Abancay tiene el peso del cielo. Sólo tu rondín y el zumbayllu pueden
llegar a las cumbres. Quiero mandar un mensaje a mi padre. Ahora ya está en
Coracora. ¿Has visto que las nubes se ponen como melcocha, sobre los
cañaverales? Pero el canto del zumbayllu los traspasa. Al mediodía, el winku hizo
volar su canto y con Antero lo empujamos, soplando, hacia Chalhuanca” (p.198).
Los rumores sobre Felipa y las chicheras revoltosas tienen toda la atención de
Ernesto. Por primera vez, a la violencia social y racial del Colegio, de Abancay, de la
infancia, del Viejo en Cuzco, se opone otra violencia; la de las fuerzas rebeldes. Se
comenta que, a pesar de que las azotan con fuerza, las chicheras no dejan de
insultar al Coronel; que Felipa huyó con dos máuseres, que cruzó el Pachachaca y
luego bloqueó el paso con las tripas de una mula degollada y colgó su rebozo
anaranjado sobre la cruz del puente.
Cuando conversa con Ántero, Ernesto se sorprende de las palabras de su amigo.
Ántero es hijo de un hacendado y de niño, en la hacienda, veía con dolor cómo
azotaban a los indios. Describe el llanto de los colonos: “Lloran con sus mujeres y
sus criaturas. Lloran no como si les castigaran, sino como si fueran huérfanos. Y al
oírlos, uno también quisiera llorar como ellos; yo lo he hecho, hermano, cuando era
criatura” (p.209). A Ernesto le llama la atención el llanto de los colonos también; él
mismo lo escuchó en Patibamba cuando el Padre Director dio misa para los indios
de la hacienda. Le dice a Ántero, pensando en los indios que ha conocido en su vida
en los ayllus: “En los pueblos donde he vivido con mi padre, los indios no
son erk’es [niños pequeños]. Aquí parece que no los dejan llegar a ser hombres.
Tienen miedo, siempre, como criaturas” (p.209). Sin embargo, Ántero no se
conmueve como Ernesto:
—Yo, hermano, si los indios se levantaran, los iría matando, fácil —dijo.
—¡No te entiendo, Ántero! —le contesté, espantado—. ¿Y lo que has dicho que
llorabas?
—Lloraba. ¿Quién no? Pero a los indios hay que sujetarlos bien. Tú no puedes
entender, porque no eres dueño.
(p.210)
Ernesto no comprende del todo a su amigo, pero no se echa atrás. La violencia del
Colegio y del Padre Director no han podido doblegar su identidad andina, y tampoco
puede hacerlo ahora este súbito desacuerdo con su querido amigo. Ernesto se
mantiene firme en su posición:
Lo haré bailar [al zumbayllu] sobre alguna piedra del Pachachaca. Su canto se
mezclará en los cielos con la voz del río, llegará a tu hacienda, al oído de tus
colonos, a su corazón inocente, que tu padre azota cada tiempo, para que jamás
crezca, para que sea siempre como de criatura. ¡Ya sé! Tú me has enseñado. En el
canto del zumbayllu le enviaré un mensaje a doña Felipa. ¡La llamaré! Que venga
incendiando los cañaverales, de quebrada en quebrada, de banda a banda del río.
¡El Pachachaca la ayudará! Tú has dicho que está de su parte. Quizá revuelva su
corriente y regrese, cargando las balsas de los chunchos”. (p.212) [Los “chunchos”
son los indios no sometidos]
Ernesto no comprende cómo su amigo puede conmoverse con el llanto de los
colonos pero, a la vez, no apiadarse de ellos si se rebelan. Esta distancia no es un
asunto de violencia racial solamente, sino también de una identidad construida a
través de la posición social. Ernesto no lo puede entender porque, en palabras de
Ántero, no es dueño. Es ese ser dueño lo que distancia a Ántero de Ernesto y lo
acerca al discurso que el Padre Director dio en Patibamba luego de que les quitaran
la sal a los colonos.
Ernesto se siente diferente a su amigo, pero esta vez abraza esta distancia, a pesar
de que le resulta inquietante. Mientras caminan en busca de Salvinia y Alcira
escucha las calandrias, comúnmente llamadas tuyas: “Su canto transmite los
secretos de los valles profundos. Los hombres del Perú, desde su origen, han
compuesto música, oyéndola, viéndola cruzar el espacio, bajo las montañas y las
nubes, que en ninguna otra región del mundo son tan extremadas. ¡Tuya, tuya!
Mientras oía su canto, que es, seguramente, la materia de que estoy hecho, la difusa
región de donde me arrancaron para lanzarme entre los hombres, vimos aparecer en
la alameda a las dos niñas” (p.214). Ernesto se siente descolocado, conectado
superlativamente con el canto de las tuyas en lugar de con su entrañable amigo. A
su vez, sabe que la “impagable ternura” en que vive le fue infundada por sus
protectores indios, a quienes jamás traicionaría, siquiera con el pensamiento. Esta
distancia solo reafirma las convicciones de Ernesto, que es indio, río, calandria y
grillo, pero no dueño.
No en vano el capítulo X lleva de nombre “Yawar Mayu”. Recordemos que en el
capítulo I Ernesto reflexiona frente al muro antiguo y lo llama yawar mayu: río de
sangre. En el capítulo X, el tema de la identidad y el motivo del río se retoman.
Recordemos que esos ríos de sangre descienden de los Apu y representan la
sangre andina, que recorre el territorio como el kimichi con el que Ernesto se
encuentra o los huaynos que cantan en las chicherías.
Ernesto deja a Palacitos con pesar, pensando en que el joven amigo debe estar feliz
por el reencuentro con un muchacho de su pueblo, rememorando anécdotas y
personajes célebres. La cuestión de la pertenencia es en todo momento un subtexto
a tener en cuenta. Mientras camina absorto, imaginando las conversaciones entre
Palacitos y su paisano, Ernesto se cruza con el kimichu. Este encuentro fugaz activa
la memoria de Ernesto: “¿De dónde es, de dónde?, me pregunté sobresaltado.
Quizá lo había visto y oído en alguna aldea, en mi infancia, bajando de la montaña o
cruzando las grandes y peladas plazas. Su rostro, la expresión de sus ojos que me
atenaceaban, su voz tan aguda, esa barba rubia, quizá la bufanda, no eran sólo de
él, parecían surgir de mí, de mi memoria” (p.240). Recordamos a través de esta
búsqueda en su memoria que, de niño Ernesto, conoció más de doscientos pueblos;
su infancia no fue sedentaria como la de Palacitos. Su memoria prodigiosa atesora
los más pequeños detalles. En su reencuentro con el kimichu, Jesús, más tarde en
la chichería, Ernesto se luce y muestra que recuerda detalles casi inverosímiles de
ese encuentro, inclusive el hecho de que Jesús se clavó una espina en el pie aquel
día, y el tópico del huayno que entonó. Jesús se alegra, beben, cantan y comen
picantes que Ernesto convida; el encuentro es tan fraterno como debe serlo el de
Palacitos y su paisano, y expone otra forma de pertenencia que trasciende el
localismo de un pueblo en particular. La errancia es, para Ernesto, una forma de
pertenecer al mundo y de integrarse a él.
Por último, el tema del mal vuelve a aparecer en relación a cómo se refiere Ernesto
al Lleras. Lleras huyó del Colegio con una chichera hacia el Cuzco, y de esto
conversa con Ántero:

–¿Adónde irá Lleras ? –le dije a Ántero–. Si pasa por las orillas del Apurímac, en
“Quebrada Honda” el sol lo derretirá : su cuerpo chorreará del lomo del caballo al
camino, como si fuera de cera.
–¿Lo maldices ?
–No. El sol lo derretirá. No permitirá que su cuerpo haga ya sombra. Él tiene la
culpa. La desgracia había caído al pueblo, pero hubiera respetado el internado.
Lleras ha estado empollando la maldición en el Colegio, desde tiempo.
(p.208)

Más adelante, al final del capítulo X, Ernesto reflexiona: “Del Lleras sabía que sus
huesos, convertidos ya en fétida materia, y su carne, habrían sido arrinconados por
el agua del gran río («Dios que habla» es su nombre) en alguna orilla fangosa donde
lombrices endemoniadas, de colores, pulularían devorándolo” (p.271). Ambas citas
son una manifestación fuerte del lugar que ocupa la figura del Lleras en la
organización de Ernesto de todo lo que lo rodea. Si en el capítulo III, “La Despedida”,
se mencionan los monstruos y el fuego hacia los cuales son lanzados los niños en
su salto hacia la madurez, el Lleras representa evidentemente uno de esos
monstruos.

De tratarse de una cosmovisión cristiana, podríamos decir que las palabras de


Ernesto, calificables como vengativas y macabras, son pecaminosas y condenables.
Pero, nuevamente, se trata de un pensamiento mágico enmarcado en el aprendizaje
quechua. Desde este punto de vista, todo castigo, reparación o premio se realiza en
este mundo; en la cultura quechua no hay purgatorio ni paraíso, después de la
muerte, donde Lleras pueda purgarse de este mal. El río, con sus lombrices
endemoniadas, es el encargado de arrastrar al Lleras. Lo que parece ser
encarnizamiento de parte de Ernesto no es más que señalar lo que, en el contexto
de su pensamiento mágico, debe suceder, y en sus palabras sucederá, con Lleras.

Capítulo XI: Los colonos


El capítulo comienza con los efectos que tiene sobre el pueblo y sobre Ernesto el
retiro de los militares de la ciudad. Los guardias persiguieron sin éxito a Felipa;
incluso llegaron al pueblo de Andahuaylas. La complicidad civil es evidente y las
respuestas de los pobladores con respecto al paradero de la chichera siempre se
contradicen. La partida de la chichera que había quedado a cargo del local de Felipa
junto con el arpista Oblitas son un anticipo de este vaciamiento de la ciudad, que no
tendrá como protagonistas solo a los soldados.

En el Colegio, los estudiantes y los lazos entre ellos han cambiado. Ernesto estrecha
su relación con Palacitos y Romero. Gerardo, el alumno nuevo, hijo del Coronel, es
amigo inseparable de Ántero. Juntos acechan a las muchachas de Abancay.
Además, Gerardo desplaza a Romero del lugar de liderazgo en los deportes y
desprecia su ascendencia andina.
Ántero le resulta irreconocible a Ernesto, lo percibe como un perro rabioso, no
diferente al Lleras o Añuco en su maldad, ni al Peluca en su lascivia, y se lo dice.
Insulta a Gerardo y lo patea, e intenta devolverle el zumbayllu a Ántero. El Padre
Director viene a separarlos y los incita a reconciliarse. Los dos estudiantes mayores
dejan de hablarle a Ernesto, y él entierra el zumbayllu en el patio.
El Peluca está preocupado por “la opa” Marcelina. Hace días que no la ve. Dicen
que está enferma, con fiebre alta; los estudiantes rumorean que el tifus está
causando estragos en un pueblo cercano, Ninabamba. Al amanecer, Ernesto se
despierta y va hacia la habitación de Marcelina. Encuentra a la cocinera inmóvil junto
a la cama y ve que “la opa” está muriendo; le dice a la cocinera que vaya corriendo a
buscar a los Padres, le cruza los brazos a la moribunda, le pide perdón en nombre
de todos los estudiantes y promete lavar su ropa, como acostumbran hacer los
pueblos andinos con la ropa de sus muertos. Marcelina muere y Ernesto es sacado
de la habitación severamente por el Padre Director, que, asustado, lo encierra en el
cuarto disponible del Hermano Miguel, le llena la cabeza de “kreso”, un
desinfectante, y le pone una toalla.
El Padre niega que Marcelina haya muerto de peste, pero Ernesto sabe que es así
porque la ha visto en otros pueblos y puede reconocer el comportamiento de los
piojos y el color de la piel. El Padre le pregunta si se acostó con la difunta. Ernesto
percibe malicia en sus preguntas y fuego en sus ojos, y reflexiona sobre eso que
percibe en él.

Se sabe que la peste ha llegado a Patibamba. En uno de sus días de encierro,


Palacitos va a despedirse de Ernesto y le da dos monedas de oro con una nota; le
desea suerte y le dice que use las monedas para su viaje o para su entierro. Ernesto
se da cuenta de que todos se están yendo del Colegio debido a la peste. Incluso
el Padre Abraham va hasta la puerta de la habitación y le dice a Ernesto que se irá;
confiesa haberse acostado con Marcelina, incluso contra la voluntad de la difunta, y
dice que el demonio está en su cuerpo y debe morir.
El Padre Director le dice a Ernesto que debe irse a la hacienda de su tío, el Viejo,
por orden de su padre. Ernesto quiere despedirse de Abancay. Toma muchos
riesgos al recorrer el pueblo: conversa con una mujer mayor que está muriendo,
abandonada por su familia, e incluso va hacia la hacienda de Patibamba y ve,
conmovido, a unas niñas quitándose los nidos de piojos de la piel. Corre
nuevamente hacia el Colegio para avisarle al Padre que los indios colonos de
Patibamba, enfermos, están yendo hacia Abancay para que les dé una misa. Los
soldados que quedaron en el pueblo, apostados en el puente, no logran frenarlos,
así que solo contienen, apenas, su marcha inevitable.

Aislándose de la peste, Ernesto se encierra en la habitación del Hermano Miguel,


para esperar al amanecer y partir. Desde allí escucha la misa que da el padre para
los indios colonos, y luego los escucha alejarse. Al amanecer, con la bendición del
Padre Director, sale hacia la estancia del Viejo en una caminata de tres días, pero se
arrepiente. Decide hundirse en la quebrada, atravesarla y dirigirse a la cordillera,
para evitar la hacienda del Viejo Avaro. Tal vez, reflexiona, verá pasar la peste,
arrastrada por el río hacia el país de los muertos, tal como le sucedió al Lleras.

Este último capítulo tiene como centro a la epidemia de fiebre tifoidea en la ciudad.
Las epidemias de tifus en los Andes eran frecuentes en las primeras décadas del
siglo XX. Ernesto, que viajó por muchos pueblos, tiene experiencia con la
enfermedad. Sin embargo, esta vez está solo.

El encuentro con Marcelina, moribunda, es muy particular. En primer lugar, lo es


porque Ernesto le pide perdón en nombre de todos los alumnos, recordando que él
mismo ha participado “del mal” aunque solo haya sido mirando qué pasaba en los
baños del patio interno del Colegio. Pero, sobre todo, en ese encuentro se pone en
juego un conocimiento de las costumbres andinas vinculadas con la muerte, que
hasta ahora Ernesto jamás ha tenido que emplear, y que tiene que ver con su
tránsito hacia la madurez. La muerte se hace presente en esta experiencia
transformadora de su estadía en Abancay y, ante esto, Ernesto se comporta como
un adulto. La velocidad con la que actúa contrasta, en este sentido, con la actitud
inmóvil de la cocinera; le dice que vaya a buscar a los Padres y, una vez solo, pide
perdón, cruza los brazos de Marcelina y le promete lavar su ropa, como dictan sus
creencias.

Esta actitud es interrumpida por el Padre Director. Al entrar abruptamente y regañar


a Ernesto, lo devuelve a su lugar de niño. Pero esto no durará mucho tiempo. La
fiebre avanza y el Padre sabe que Ernesto debe partir porque es lo más seguro para
él. Por primera vez, el niño caminará solo durante tres días. Esta decisión cambia el
vínculo entre ellos durante el último tiempo. Conversan sobre la partida del Padre
Abraham. Ernesto, inclusive, con conocimiento del Padre, va hasta el pueblo a ver
qué pasa y para, de algún modo, despedirse de lo poco que aún queda ahí.

Como vimos, el mal es un tema que recorre la experiencia de Ernesto en Abancay.


El descubrimiento de que hay una oscuridad disruptiva en este mundo tan íntegro
que él percibía con su mirada de niño es uno de los grandes aprendizajes de este
tiempo en el Colegio. Por ejemplo, su percepción del Padre Director es dual desde
un comienzo. Por momentos le recuerda al protector Pablo Maywa, pero luego ve
fuego en sus ojos; reconoce la aparición del mal. Esto mismo sucede en este último
capítulo, cuando el Padre lo interroga con respecto a su vínculo con Marcelina y
luego a las monedas de oro: “Era sabio y enérgico [el Padre]; sin embargo, su voz
temblaba; siglos de sospechas pesaban sobre él, y el temor, la sed de castigar.
Sentí que la maldad me quemaba” (p.317).
El asunto es que, en lugar de que el desarrollo del personaje del Padre y la
percepción de Ernesto devengan en una mirada binaria o dualista sobre el mundo,
dividido entre el Bien y el Mal, se trata más bien de la integración de la complejidad
del entorno y, en este caso, de la figura del Padre. No se “revela” que el Padre es,
en el fondo, malo, sino que el asunto del bien y el mal es complejo. Hay una
comprensión de esto, que queda manifiesto en la despedida: “El Padre] salió del
cuarto y dejó la puerta abierta. Era alto, de andar imponente, con su cabellera cana,
levantada. Cuando ninguna preocupación violenta lo asaltaba, su rostro y toda su
figura reflejaban dulzura; un abrazo suyo, entonces, su mano sobre la cabeza de
algún pequeño que sufriera, por el rencor, la desesperación o el dolor físico,
calmaba, creaba alegría. Quizá yo fuera el único interno a quien le llegaba, por mis
recuerdos, la sombra de lo que en él también había de tenebroso, de inmisericorde”
(p.319). Esta percepción ya no perturba a Ernesto; hay un nuevo entendimiento. El
mundo que lo rodea incluye la posibilidad de la convivencia de lo dual, lo
fragmentario y lo confuso. Vencer el mal es más difícil de lo que creía antes de llegar
al Colegio (recordemos cuando, en el capítulo V, descubre su propia mirada sobre la
violencia hacia Marcelina en el patio y la oscuridad que habita en él mismo). Ernesto
aprende en este tiempo que participar del mundo no es vivir en armonía, lejos del
conflicto, sino interiorizar las contradicciones y las tensiones de la realidad.

La escena en la que Palacios le regala a Ernesto las dos monedas de oro,


pasándoselas por debajo de la puerta, es una escena de comunión simbólica entre
dos sentidos que parecen antagónicos, pero no lo son tanto desde la mirada de
estos dos jóvenes, que coinciden en su pensamiento mágico. “Para tu viaje”, dice
Palacitos, “y si no te salvas, para tu entierro” (p.311). Estos dos destinos, que
parecen contradictorios, el viaje o la muerte, son dos formas de retorno a la
Pachamama, dos formas de comulgar con el entorno. Ernesto dice: “[Palacitos] hizo
rodar hasta mi encierro las monedas de oro que me harían llegar a cualquiera de los
dos cielos: mi padre o el que dicen que espera en la otra vida a los que han sufrido”
(p.313).

Los compañeros de identidad andina encuentran en sus vínculos fraternos un modo


de contrarrestar la violencia social y racial. Romero, que llevaba días sin tocar el
rondín, comparte con Ernesto sus sentimientos hacia Gerardo: "Ese Gerardo le
habla a uno, lo hace hacer a uno otras cosas. No es que se harte uno del huayno.
Pero él no entiende quechua; no sé si me desprecia cuando me oye hablar quechua
con los otros. Pero no entiende, y se queda mirando, creo que como si uno fuera
llama” (p.289). Mientras habla, Romero parece percatarse de que no tiene sentido el
silencio; se da cuenta de que no debe sentirse doblegado por los juicios de Gerardo.
Entonces le dice a Ernesto: “¡Al diablo! Vamos a tocar un huayno de chuto, bien de
chuto" (p.289). Luego "Se metió el rondín a la boca, casi tragándose el instrumento,
y empezó a tocar los bajos, el ritmo, como si fuera su gran pecho, su gran corazón
quien cantaba" (p.289).
Tanto las escenas como esta, de comunión con los otros, como las escenas de
rebeldía de las chicheras, e incluso las del avance de los enfermos de Patibamba
hacia Abancay en el final, son figuras de lo colectivo que el relato opone a la
violencia racial y social. Es en el encuentro con el otro que está una de las claves de
la reafirmación de la identidad.

Los ríos profundos termina con una imagen del río que condensa mucho de lo que
se dijo: “Si los colonos, con sus imprecaciones y sus cantos, habían aniquilado a la
fiebre, quizá, desde lo alto del puente, la vería pasar, arrastrada por la corriente, a la
sombra de los árboles” (p.335). El río, uno de los protagonistas de este pensamiento
mágico, se llevará la peste, como se llevó al Lleras. El Pachachaca, un río vivo, que
“gime” en la oscuridad de la quebrada, llevará a la peste al país de los muertos. A
pesar de que hay una mirada cristiana sobre el mundo, que está presente en
Ernesto como en el mundo andino en general, es el yawar mayu/río de sangre que
leímos en el primer capítulo quien tiene la última palabra.
El mundo es complejo y no puede ser abordado desde una perspectiva maniquea.
Este es uno de los grandes aprendizajes de Ernesto en su transición a la adultez. El
bien y el mal no siempre son claros e identificables; en en Capítulo 1, el retrato del
Viejo responde a una perspectiva binaria del bien y el mal, vinculada a una mirada
más infantil del mundo. Podemos pensar este gesto en contraste con los
pensamientos de Ernesto con respecto al Padre Linares tiempo después. El Padre,
por momentos, ha sido un guía, como Pablo Maywa, colmado de amor paternal,
mientras que en otros momentos ha tenido fuego maligno en los ojos y ha
garantizado con su misa la miseria de los colonos de Patibamba.
Durante este tiempo, Ernesto reafirma su identidad andina a través de la memoria y
el pensamiento mágico, tras enfrenarse a un mundo no binario, complejo y violento
que desconocía. En este proceso, encuentra en sí mismo un refugio y, a la vez,
herramientas para asimilar esa reconocida complejidad.

Símbolos, Alegoría y Motivos


1. Tankayllu (danzak’) (Motivo)
El danzak’, particularmente el bailarín llamado "Tankayllu", es un motivo recurrente
en la literatura de Arguedas. El Tankayllu es un tipo de danzak’ particular, un bailarín
de tijeras, célebre en la cultura quechua. Con su atuendo de espejos y sus
movimientos representa a un insecto volador llamado de igual modo. El Tankayllu,
tanto insecto como danzak’, posee poderes mágicos que no necesariamente son de
origen divino. En la obra de Arguedas nos encontramos con en Tankayllu en algunos
cuentos, pero sobre todo en Yawar Fiesta, novela de 1941.
2. El Zumbayllu (Símbolo)
El zumbayllu es un trompo mágico que Ernesto conoce en Abancay por primera vez.
Polivalente, a lo largo de la novela es un elemento de reconciliación entre los
compañeros, de comunicación de Ernesto con su padre, de vínculo con la naturaleza
y de evasión a través de la alegría. Además, simboliza de algún modo un motivo
recurrente de la literatura de Arguedas: el danzak’ Tankayllu.
Desde el comienzo, Ernesto compara al zumbayllu con el bailarín de tijeras: cada
vez que juega con él dice “hacerlo bailar”. El sonido del trompo es como un coro
de tankayllus fijos en un sitio (aquí refiere a los insectos), y el poder de ambos
parece provenir del mismo origen. No es divino: no es malvado, pero tampoco una
criatura de Dios. Su presencia constantemente simboliza al danzak’ que es, a su
vez, signo en Arguedas de la complejidad del pensamiento mágico andino.
3. El río (Símbolo)
El río representa el sentido de la naturaleza como lo comprende Ernesto. Es el
símbolo con mayor cantidad de valores semánticos en la novela. Es al mismo tiempo
un ser viviente, humano y un poder divino. Como símbolo de esta naturaleza es
también río de sangre ("yawar mayu"): los ríos bajan de las montañas, Apu, dioses
importantes en la cultura andina. De allí el origen divino. Ellos, con su corriente,
deciden a quién ayudar o perjudicar; están del lado de Doña Felipa durante el motín,
pero se llevan al Lleras y tal vez, también, a la peste. Simbolizan en estas acciones
la justicia divina.
El río también purifica, se lleva el mal. Calma a Ernesto en momentos de soledad y
lo conecta con el mundo que lo rodea. Suscita meditaciones, pero también temores
desconocidos. A su vez, el río funciona como paradigma vital de Ernesto; ambos son
indisociables.
A su vez, "yawar mayu", río de sangre, simboliza las raíces indias presentes en todo
el territorio que, como dijimos, provienen de las montañas.

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