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Las rosas de mayo: un thriller de Hutchison

En 'Las rosas de mayo', un asesino en serie lleva a cabo rituales macabros cada invierno, dejando a las víctimas rodeadas de flores. Priya, cuya hermana fue una de las víctimas, vive con el temor de ser la próxima mientras los detectives del FBI luchan por detener al criminal. La historia explora temas de violencia, pérdida y la lucha por la supervivencia en medio del horror.
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Las rosas de mayo: un thriller de Hutchison

En 'Las rosas de mayo', un asesino en serie lleva a cabo rituales macabros cada invierno, dejando a las víctimas rodeadas de flores. Priya, cuya hermana fue una de las víctimas, vive con el temor de ser la próxima mientras los detectives del FBI luchan por detener al criminal. La historia explora temas de violencia, pérdida y la lucha por la supervivencia en medio del horror.
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Las rosas de mayo Dot Hutchison

En una antigua iglesia ha aparecido una joven con el cuello

cercenado y el cuerpo rodeado de her mosas flores. Un re-

torcido ritual de violencia, belleza y castidad que el asesino

cumple cada invierno con escalofriante puntualidad. La her-

mana de Priya fue una de esas víctimas y, desde entonces,

ella y su madre viven condenadas a cambiar de ciudad

constantemente: cuando se mudan a un nuevo lugar con la

esperanza de poder empezar de cero, la llegada de un mis-

terioso arreglo floral aparece como un mal presagio, recor-

dándoles que la muerte las acecha y que Priya podría ser la

siguiente víctima. Tras resolver el caso de El Jardín de las

Mariposas, los detectives del FBI saben que deben em-

prender una desesperada carrera contra reloj para descu-

brir al asesino antes de que sea demasiado tarde y, aunque

en ello Priya arriesgue su propia vida, es la única oportuni-

dad para conseguirlo.

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

Para las chicas peligrosas con sonrisas afiladas.

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

Su nombre es Darla Jean Carmichael y es tu primera.

Pero claro que eso aún no lo sabes.

Lo que sabes en este bello día de primavera es que pa-

rece que hasta el mismo Dios hizo su mayor esfuerzo para

que ella se viera más hermosa. Es pura belleza inocente, sin

artificios ni vanidad; por eso la amas tanto. El brillante ca-

bello rubio le cae sobre la espalda en pesadas ondas y una

vez más trae su anticuado vestido blanco de verano, con

todo y los guantes de encaje y el sombrero tejido. ¿Habías

visto alguna vez algo tan inmaculado? ¿Algo tan puro?

Hoy hasta la naturaleza está de acuerdo contigo. El pas-

to que bordea el camino solitario y polvoso que lleva a la

iglesia está lleno de narcisos, todos amarillos y blancos, co-

mo si no pudieran pedir nada más que hacerle juego a Dar-

la Jean. Incluso las margaritas silvestres son amarillas y

blancas, aunque la mayoría de los años hay pálidos listones

de lavanda recorriendo el campo.

Este año solo existe Darla Jean.

Salvo que… no es solo Darla Jean.

Su mano está enlazada al brazo de un joven, descansa

en el hueco de su codo como si ese fuera su lugar, pero no

es así. Su mano no debería estar ahí porque ese hombre no

eres tú. Darla Jean es tuya.

Siempre ha sido tuya.

Nunca ha necesitado que se lo digas; siempre lo ha sa-

bido, como debe de ser, porque ustedes dos están destina-

dos a estar juntos, sin importar lo que dirían los demás si se

enteraran.

Enfurecido y con el corazón roto, los sigues hasta la pe-

queña iglesia de ladrillo, posada frente a una explosión de

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

árboles en flor tan impresionante que parece como si todo

aquello fuera un bordado. De algún modo, pese a la tor-

menta de emociones que retumba en tus oídos a cada lati-

do, notas otras cosas. En su mano libre el joven lleva la ca-

nasta de postres que la madre de Darla Jean le pidió que

llevara a la iglesia, cada uno de ellos envuelto individual-

mente para su venta porque la iglesia necesita un nuevo te-

cho antes de que comiencen las tormentas.

El hombre se recarga en ella cada que la chica ríe.

Y ríe mucho.

Pero ese sonido es tan tuyo como el resto de ella, ¿có-

mo se atreve a compartirlo con alguien más? Esa risa siem-

pre te ha traído calma, te ha alejado de la ira que siempre

está demasiado próxima a la superficie. Ahora, cada que la

escuchas —aguda y suave, como las campanillas del por-

che trasero—, sientes un dolor agudo en el pecho, un eco

punzante en tu cráneo.

Entran juntos a la iglesia y te toma un par de minutos

encontrar una ventana que te permita verlos claramente,

sin que ellos puedan notar tu presencia. Ella no tendría que

enterarse de que estás ahí para saber que debe guardarte

respeto, para saber cómo comportarse. El interior de la

iglesia está en penumbras, lleno de sombras y restos de

sol, así que no te das cuenta de inmediato de lo que ocu-

rre.

Y entonces te das cuenta.

No ves más que sangre.

Él la besa, o ella lo está besando; sus rostros se juntan y

el resto de ellos permanece a treinta centímetros de distan-

cia. Puede que sea el primer beso del tipo.

Sabes que es el primero para ella.

Ese primer beso que debía ser tuyo, que esperaste du-

rante todos estos años. Pero preferiste cuidarla, sabiendo

que era demasiado pura, demasiado inocente para ser

mancillada de esa manera.

Era demasiado pura. Era demasiado inocente.

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

Desciendes por el muro exterior de la iglesia y los ladri-

llos, duros y ásperos, arañan y rasgan tu ropa. Tiemblas,

quizás estás llorando. ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo pudo

hacerse algo así a ella misma, hacértelo a ti?

¿Cómo permitió que la ensuciaran?

Ahora ya no vale nada, igual que todas las otras zorras

que andan por el mundo, esas que se la pasan luciendo sus

cuerpos y sus sonrisas y sus ojos crueles y sagaces. A ella la

hubieras adorado hasta el final de tu vida.

Pero la amas. ¿Cómo podrías no hacerlo, aun ahora? La

amas lo suficiente para salvarla, aunque la tengas que sal-

var de sí misma.

Escuchas que el muchacho se va con una disculpa atro-

pellada entre sus labios; tiene que ayudar a sus hermanos

en algo. Escuchas que el pastor saluda a Darla Jean de

buena gana. Le dice que tiene que ir deprisa al pueblo a

comprar vasos para la limonada. ¿Estará bien si se queda

sola? Claro que sí. Ha crecido en esta iglesia. Siempre ha si-

do un lugar seguro. Ella no puede imaginarse un mundo en

el que eso no sea cierto. Mientras observas al pastor alejar-

se por el sendero, cada vez más y más lejos, escuchas que

ella comienza a cantar.

Sus canciones también son tuyas, y ahora no hay nadie

más para escucharlas.

Te saluda con una sonrisa, ríe con un brillo en sus ojos

cuando entras. No podrías decir que su mirada es ingenua.

Ya no. No ahora que perdió su inocencia. Su sonrisa men-

gua conforme te le acercas.

Se atreve a preguntarte qué pasa.

Sabes que no tienes mucho tiempo —son unos tres kiló-

metros al pueblo y el pastor va y viene con frecuencia—,

pero será suficiente para mostrarle qué pasa. Se lo mues-

tras todo.

Le prometiste que siempre estarían juntos, que siempre

estarías ahí para ella. Le prometiste el mundo.

Ella lo despreció.

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

Todo esto es su culpa.

Te vas corriendo, ardes por el dolor y la traición.

Darla Jean se queda atrás, tendida sobre la piedra, con

su vestido blanco hecho jirones que absorben el charco ro-

jo. Los narcisos que recogiste para ella —esos que eran un

regalo, y mira lo que hizo con ellos— yacen regados a su

alrededor. Tiene los ojos vacíos abiertos de par en par, con

un dejo de confusión. Dejaste en su rostro una sonrisa re-

torcida que puede compartir con el mundo si se le da la

gana.

Ya no puede reír, ya no puede cantar, ya no puede arrui-

nar lo que es tuyo.

Ya no puede hacer nada más. Quizá no quisiste hacerlo.

Quizás el cuchillo de caza se resbaló en tu mano y se hun-

dió demasiado profundo. Quizás olvidaste que hay tanta

sangre cerca de la superficie. Quizás hiciste exactamente lo

que querías.

Después de todo, solo es una zorra más.

Ahora Darla Jean está muerta.

No sabías que sería tu primera.

Y aún no lo sabes, pero tampoco será la última.

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

FEBRERO

Si se deja desatendido, el trabajo de oficina se multiplica

exponencialmente, como los conejos o los ganchos para la

ropa. Mientras mira con mala cara las nuevas pilas de pape-

les sobre su escritorio, el agente especial Brandon Eddison

no puede evitar preguntarse cómo se verían si les prendie-

ra fuego. No sería difícil. Tan solo raspar un cerillo, accionar

un encendedor, el borde de una o dos páginas en medio

para que las llamas corran bien y al parejo, y así todos los

papeles desaparecerían.

—Si les prendes fuego, simplemente volverán a impri-

mirlos y tendrás que encargarte de ellos más los del repor-

te de incendio —dice una voz burlona a su derecha.

—Cállate, Ramírez —responde él con un suspiro.

Mercedes Ramírez, su colega y amiga, simplemente

vuelve a reírse y se recarga en su silla, estirándose hasta

for mar una línea larga y ligeramente curva. Su silla rechina a

manera de reclamo. El escritorio de ella también está cu-

bierto por papeles. No hay pilas, solo está cubierto. Si

Eddison le pidiera cualquier infor mación específica, Ra-

mírez la encontraría en menos de un minuto, y él nunca po-

drá entender cómo lo hace.

En la esquina, frente a sus escritorios que for man una

«L», está el cubil de su compañero de alto rango, el super-

visor y agente especial a cargo, Victor Hanoverian. Para dis-

gusto y sorpresa de Eddison, todos los papeles en ese es-

critorio parecen resueltos, acomodados en carpetas de co-

lores. Como líder de este intrépido trío, Vic tiene más tra-

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

bajo de oficina que cualquiera de ellos y, de algún modo,

siempre logra ter minarlo primero. Eddison supone que eso

es lo que treinta años en la agencia provocan en una perso-

na, pero es aterrador pensarlo.

Vuelve la vista a su propio escritorio, a la nueva pila de

papeles, y masculla mientras toma los primeros. Tiene un

sistema, uno que desconcierta a Ramírez tanto como el de

ella lo perturba a él, y pese a la altura de la pila, no tarda

mucho en trasladar los papeles a las columnas correctas al

fondo de su escritorio, ordenadas tanto por tema como por

prioridad. Están perfectamente alineadas con el borde y las

orillas de la superficie, alter nándose en horizontal y vertical

dentro de cada pila.

—¿Alguna vez has hablado con un doctor sobre eso? —

pregunta Ramírez.

—¿Alguna vez te han buscado las televisoras para ha-

blar sobre lo tuyo?

Ella suelta una risita y vuelve a concentrarse en su escri-

torio. Sería lindo si, de vez en vez, Ramírez mordiera el an-

zuelo. Claro que no es imperturbable, pero es extrañamen-

te inmune a las provocaciones.

—¿Dónde está Vic?

—Viene de tomar una declaración; Bliss pidió que estu-

viera presente.

Eddison se pregunta si debería señalar que, a tres me-

ses y medio de haber rescatado a las sobrevivientes del

Jardín en llamas, Ramírez sigue usando los nombres de las

Mariposas, aquellos que el captor dio a sus víctimas.

Pero no lo hace. Tal vez ella lo sabe. Casi siempre, el

trabajo es más sencillo si pueden acomodarlo todo ordena-

damente en cajitas dentro de sus cabezas; las historias de

las chicas antes de que las secuestraran son algo más difícil

de integrar.

Debe ponerse a trabajar. Es día de papeleo, o cuando

menos en gran parte, y en serio necesita desaparecer al

menos una de esas pilas para el final de la jor nada. Sus ojos

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

se posan sobre la colorida torre de carpetas que vive en la

esquina posterior derecha de su escritorio y que año tras

año ha ido creciendo con más carpetas pero sin respuestas.

Esa pila nunca desaparece.

Se recarga en el respaldo de la silla y observa las dos fo-

tografías enmarcadas sobre el archivero en el que guarda

sus artículos de oficina y for matos en blanco. Una de ellas

es de su her mana y él hace mucho tiempo, en Halloween,

una de las últimas veces que la vio antes de que la secues-

traran en la calle cuando iba a casa después de clases. Solo

tenía ocho años. La lógica le dice que debe estar muerta.

Han pasado veinte años, pero aún se detiene a mirar a

cualquier mujer de veintitantos que se parezca a su her ma-

na. La esperanza es una cosa voluble y extraña.

Pero, claro, Faith también era voluble y extraña cuando

solo era su her mana y no una estadística más sobre niños

perdidos.

La otra fotografía es más nueva, de hace apenas un par

de años, un recuerdo del viaje más perturbador e inespera-

do que ha hecho y que no tenía que ver con el trabajo. Pri-

ya y su madre lo llevaron a una serie de extraños recorridos

turísticos durante los más o menos seis meses que vivieron

en Washington, D. C., pero aquel paseo fue como algo

sacado de sus pesadillas. Ni siquiera sabe bien cómo ter mi-

naron en un campo lleno de enor mes bustos de presiden-

tes. Pero así fue y, en algún momento, él y Priya treparon a

los hombros de Lincoln y señalaron hacia el enor me aguje-

ro en la parte posterior de la cabeza de la estatua. ¿Realis-

ta? Sí. ¿Intencional? A juzgar por lo maltratado de las de-

más figuras de seis metros de altura… no, realmente no.

Hay otras fotos de ese día (bien guardadas en una caja de

zapatos en un rincón de su clóset), pero esta es su favorita.

No por el bastante perturbador busto de un presidente

asesinado, sino porque es en la que Priya aparece con una

sonrisa poco común en su rostro.

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

Eddison no conoció a la Priya que sonreía sin pensarlo.

Esa Priya se hizo pedazos días antes de que él conociera a

la chica que surgió de entre sus restos. La Priya que él co-

noce es cortante, hosca, y sus sonrisas son retadoras, ata-

can. Cualquier señal de delicadeza, de amabilidad, es algo

accidental. Quizá su madre aún ve en ella algo tierno, pero

nadie más, no desde que la her mana de Priya quedó redu-

cida a fotografías y datos en una de las carpetas de colores

en la esquina del escritorio de Eddison.

Está bastante seguro de que no hubiera podido ser ami-

go de la antigua Priya, aunque también le sorprende ser

amigo de la actual. Ella solo debió ser la her mana de una

víctima de asesinato, una chica a la cual entrevistar para

luego sentir lástima por ella y nunca conocerla realmente,

pero en los días que siguieron al homicidio de su her mana,

Priya tenía tanta rabia: contra el asesino, contra su her ma-

na, contra la policía y contra todo el jodido mundo. Eddi-

son conoce muy bien ese tipo de rabia.

Y como está pensando en ella, como es día de papeleo

tras una serie de días malos mientras luchan por contener a

los medios respecto del caso de las Mariposas, Eddison

saca su celular personal, le toma una fotografía a la imagen

enmarcada y se la manda a Priya. No espera una respuesta;

el reloj le infor ma que apenas son las nueve donde ella está

y como no tiene que levantarse para ir a la escuela, proba-

blemente sigue envuelta en sus cobijas como un burrito.

Pero un momento después, el teléfono vibra con una

respuesta. La fotografía es una toma panorámica de un edi-

ficio de ladrillo rojo que debería ser imponente pero solo

se ve presuntuoso, con una parte cubierta por celosías de

metal oxidado que probablemente se llena de hiedra en los

meses más cálidos. Por aquí y allá entre los ladrillos se ven

algunas ventanas altas y estrechas de aire medieval.

¿Qué demonios?

Su teléfono vuelve a vibrar. «Esta es la escuela que casi

me atrapa. Deberías ver sus unifor mes».

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

«Sabía que solo tomabas clases en línea para poder

quedarte en pijama todo el día».

«No SOLO por eso. ¿Sabías que el director protestó

cuando mi mamá le explicó que no nos inscribiríamos? Le

dijo que me hacía daño al dejar me apenas con una educa-

ción inferior».

Eddison hace un gesto de preocupación.

«Me imagino que eso no ter minó muy bien».

«Supongo que está acostumbrado a mostrar su verga y

obtener lo que quiere. Pero la verga de mi mamá es más

impresionante».

Algo se posa sobre sus hombros y se sobresalta, pero

solo es Ramírez. Su concepto de espacio personal es tre-

mendamente distinto, dado que él sí tiene idea de cómo

deberían ser las cosas. Pero en vez de discutir, y como eso

nunca parece servir de nada, Eddison inclina la pantalla pa-

ra que ella lea.

—Mostrar su… ¡Eddison! —Le da un golpe en la oreja

con la suficiente fuerza para que sea doloroso—. ¿Tú le en-

señaste eso?

—Ya casi tiene diecisiete años, Ramírez. Es muy capaz

de ser vulgar sin ayuda de nadie.

—Eres una mala influencia.

—¿Qué tal que ella es la mala influencia?

—¿Quién es el adulto?

—Claramente, ninguno de ustedes dos —señala una

nueva voz.

Ambos hacen un gesto de pena.

Pero Vic no les recuerda que no está per mitido sacar los

celulares personales en horas de trabajo ni que hay otras

cosas que deberían estar haciendo. Solo pasa junto a ellos,

rodeado por un aroma a café fresco, y grita sin voltear:

«Salúdenme a Priya».

Rápidamente, Eddison cumple con la orden y escribe

mientras Ramírez vuelve a su escritorio. La pronta respuesta

de Priya lo hace reír.

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

«Awww, ¿te regañaron?».

«Mejor dime qué haces despierta».

«Caminar por ahí. El clima al fin mejoró».

«¿No hace frío?».

«Sí, pero ya no está nevando ni cae aguanieve u otras

mierdas congeladas del cielo. Solo veo qué hay por aquí».

«Llámame más tarde para contar me qué hay».

Espera la respuesta y luego guarda el teléfono en el ca-

jón junto a su ar ma, su placa y todas las otras cosas con las

que tiene prohibido jugar cuando está en su escritorio. En

ese maldito flujo casi infinito de horrores que es su trabajo,

Priya es una arisca chispa de vida.

Eddison lleva tiempo suficiente en la agencia como para

agradecer eso.

En Huntington, Colorado, hace un frío terrible en febrero.

Aunque traiga capas de ropa suficientes para sentir me tres

veces de mi tamaño, el frío logra colarse entre las telas. Te-

nemos aquí una semana y este es el primer día en que el

clima ha sido decente para explorar.

Hasta ahora, se parece a cualquiera de los lugares en

los que hemos vivido en los últimos cuatro años. La compa-

ñía de mamá nos lleva por todo el país para que ella les re-

suelva emergencias, y en tres meses nos iremos de aquí,

quizá para por fin quedar nos mientras ella se encarga del

área de Recursos Humanos en la filial de París. Tal vez lo de

Francia no sea algo definitivo, pero creo que a ambas nos

gustaría que así fuera. «Priya en París» suena adorable.

Mientras tanto, Huntington está tan cerca de Denver que

mamá puede ir y venir cómodamente, y al mismo tiempo

está tan lejos que se siente más como una comunidad que

como una ciudad, de acuerdo con el agente de la compa-

ñía que nos recibió en la casa cuando llegamos.

Tras cinco días de aguanieve, nevó todo el fin de sema-

na; las áreas verdes quedaron cubiertas de blanco y las ori-

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

llas asquerosamente grises. Hay pocas cosas más feas que

la nieve paleada. Pero las calles están libres y todas las ace-

ras, teñidas de azul por la sal. Se siente como si caminaras

sobre los restos de una matanza de pitufos.

Meto las manos en los bolsillos del abrigo mientras ca-

mino, en parte para tener más calor que el de los guantes y

en parte para evitar que mis dedos anhelen una mejor cá-

mara que la del teléfono. Dejé mi cámara buena en la casa,

pero Huntington es un poco más interesante de lo que es-

peraba.

Al pasar la primaria más cercana, veo un refugio inver nal

para las ardillas a un costado del patio; básicamente es un

gallinero extravagante pintado de rojo brillante. Hay un

agujero en la parte de abajo para que puedan entrar y salir,

y el parpadeo de una luz roja evidencia una cámara en su

interior que debe hacer que los niños de la escuela puedan

observar a los roedores durante el invierno. En este mo-

mento, unas cuantas duer men tranquilamente en lo que

parecen ser unas telas semirrrotas y aserrín. Sí, obviamente

me asomé. Es un refugio de ardillas.

A menos de dos kilómetros hay un terreno baldío pa-

sando una intersección, demasiado pequeño para ser un

parque, pero con un her moso quiosco de hierro forjado en

el centro. O algo así como un quiosco pues no tiene piso,

solamente los postes enterrados en la tierra congelada, y

aunque el metal es macizo, los soportes están detallada-

mente decorados en sus uniones y el techo, que es casi una

cúpula bulbosa, se ve elegante y delicado. Es como si fuera

una capilla de bodas al aire libre, aunque rodeada de luga-

res de comida rápida y la solitaria oficina de un optometris-

ta.

Para volver a casa por el camino más largo, tengo que

cruzar una intersección de siete calles, la mitad de ellas de

un solo sentido y con todos los señalamientos apuntando

en la dirección incorrecta. No hay ni un coche a la vista en

ninguna de las siete calles. Claro que apenas son las once y

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Las rosas de mayo Dot Hutchison

media de la mañana y la mayoría de la gente está en la es-

cuela o en el trabajo, pero tengo la sensación de que esta

intersección solo la toman los conductores que se han re-

signado a la inevitable certidumbre de la muerte y la des-

trucción.

Tomo fotos de todo, aunque seguramente saldrán horri-

bles con mi teléfono, porque tomar fotos es lo que hago.

De algún modo el mundo parece un lugar menos aterrador

si puedo poner el lente de una cámara entre todo lo demás

y yo. Pero más que nada tomo fotos por Chavi, para que

ella pueda ver lo que yo veo.

Chavi lleva casi cinco años muerta.

Yo sigo tomando fotografías.

La muerte de Chavi fue la razón por la que conocí a mis

agentes del FBI; Eddison, Mercedes y Vic son míos de una

for ma significativa. Ella debió ser solo un caso más, mi her-

mana mayor debió ser tan solo una chica asesinada en un

archivo, pero ellos me siguieron la pista. Tarjetas, e-mails y

llamadas, y en algún momento dejé de resentir que me re-

cordaran la muerte de Chavi y me sentí agradecida de que,

mientras nos mudábamos de un sitio a otro, yo siguiera te-

niendo a mi extraño grupo de amigos en Quántico.

Paso junto a la biblioteca que más bien parece una ca-

tedral, con todo y vitrales y un campanario, y junto a una li-

corería entre despachos de abogados especializados en in-

fracciones vehiculares por conducir ebrio. Un poco más

adelante hay una plaza anclada de un lado por un enor me

gimnasio abierto las veinticuatro horas y una guardería ves-

pertina al otro extremo; entre ellos hay siete tipos diferen-

tes de comida rápida. Por extraño que parezca, eso es algo

que me gusta, la contradicción y el caos, la conciencia de

que nuestras intenciones tienden a irse a la mierda y nues-

tros vicios siempre están ahí, esperándonos.

Una plaza más grande, de dos pisos y con una decora-

ción mucho más elaborada de la que debería tener cual-

quier centro comercial, alberga lo que debe ser el super-

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FIN DEL FRAGMENTO

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