Las rosas de mayo Dot Hutchison
En una antigua iglesia ha aparecido una joven con el cuello
cercenado y el cuerpo rodeado de her mosas flores. Un re-
torcido ritual de violencia, belleza y castidad que el asesino
cumple cada invierno con escalofriante puntualidad. La her-
mana de Priya fue una de esas víctimas y, desde entonces,
ella y su madre viven condenadas a cambiar de ciudad
constantemente: cuando se mudan a un nuevo lugar con la
esperanza de poder empezar de cero, la llegada de un mis-
terioso arreglo floral aparece como un mal presagio, recor-
dándoles que la muerte las acecha y que Priya podría ser la
siguiente víctima. Tras resolver el caso de El Jardín de las
Mariposas, los detectives del FBI saben que deben em-
prender una desesperada carrera contra reloj para descu-
brir al asesino antes de que sea demasiado tarde y, aunque
en ello Priya arriesgue su propia vida, es la única oportuni-
dad para conseguirlo.
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Para las chicas peligrosas con sonrisas afiladas.
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Su nombre es Darla Jean Carmichael y es tu primera.
Pero claro que eso aún no lo sabes.
Lo que sabes en este bello día de primavera es que pa-
rece que hasta el mismo Dios hizo su mayor esfuerzo para
que ella se viera más hermosa. Es pura belleza inocente, sin
artificios ni vanidad; por eso la amas tanto. El brillante ca-
bello rubio le cae sobre la espalda en pesadas ondas y una
vez más trae su anticuado vestido blanco de verano, con
todo y los guantes de encaje y el sombrero tejido. ¿Habías
visto alguna vez algo tan inmaculado? ¿Algo tan puro?
Hoy hasta la naturaleza está de acuerdo contigo. El pas-
to que bordea el camino solitario y polvoso que lleva a la
iglesia está lleno de narcisos, todos amarillos y blancos, co-
mo si no pudieran pedir nada más que hacerle juego a Dar-
la Jean. Incluso las margaritas silvestres son amarillas y
blancas, aunque la mayoría de los años hay pálidos listones
de lavanda recorriendo el campo.
Este año solo existe Darla Jean.
Salvo que… no es solo Darla Jean.
Su mano está enlazada al brazo de un joven, descansa
en el hueco de su codo como si ese fuera su lugar, pero no
es así. Su mano no debería estar ahí porque ese hombre no
eres tú. Darla Jean es tuya.
Siempre ha sido tuya.
Nunca ha necesitado que se lo digas; siempre lo ha sa-
bido, como debe de ser, porque ustedes dos están destina-
dos a estar juntos, sin importar lo que dirían los demás si se
enteraran.
Enfurecido y con el corazón roto, los sigues hasta la pe-
queña iglesia de ladrillo, posada frente a una explosión de
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árboles en flor tan impresionante que parece como si todo
aquello fuera un bordado. De algún modo, pese a la tor-
menta de emociones que retumba en tus oídos a cada lati-
do, notas otras cosas. En su mano libre el joven lleva la ca-
nasta de postres que la madre de Darla Jean le pidió que
llevara a la iglesia, cada uno de ellos envuelto individual-
mente para su venta porque la iglesia necesita un nuevo te-
cho antes de que comiencen las tormentas.
El hombre se recarga en ella cada que la chica ríe.
Y ríe mucho.
Pero ese sonido es tan tuyo como el resto de ella, ¿có-
mo se atreve a compartirlo con alguien más? Esa risa siem-
pre te ha traído calma, te ha alejado de la ira que siempre
está demasiado próxima a la superficie. Ahora, cada que la
escuchas —aguda y suave, como las campanillas del por-
che trasero—, sientes un dolor agudo en el pecho, un eco
punzante en tu cráneo.
Entran juntos a la iglesia y te toma un par de minutos
encontrar una ventana que te permita verlos claramente,
sin que ellos puedan notar tu presencia. Ella no tendría que
enterarse de que estás ahí para saber que debe guardarte
respeto, para saber cómo comportarse. El interior de la
iglesia está en penumbras, lleno de sombras y restos de
sol, así que no te das cuenta de inmediato de lo que ocu-
rre.
Y entonces te das cuenta.
No ves más que sangre.
Él la besa, o ella lo está besando; sus rostros se juntan y
el resto de ellos permanece a treinta centímetros de distan-
cia. Puede que sea el primer beso del tipo.
Sabes que es el primero para ella.
Ese primer beso que debía ser tuyo, que esperaste du-
rante todos estos años. Pero preferiste cuidarla, sabiendo
que era demasiado pura, demasiado inocente para ser
mancillada de esa manera.
Era demasiado pura. Era demasiado inocente.
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Desciendes por el muro exterior de la iglesia y los ladri-
llos, duros y ásperos, arañan y rasgan tu ropa. Tiemblas,
quizás estás llorando. ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo pudo
hacerse algo así a ella misma, hacértelo a ti?
¿Cómo permitió que la ensuciaran?
Ahora ya no vale nada, igual que todas las otras zorras
que andan por el mundo, esas que se la pasan luciendo sus
cuerpos y sus sonrisas y sus ojos crueles y sagaces. A ella la
hubieras adorado hasta el final de tu vida.
Pero la amas. ¿Cómo podrías no hacerlo, aun ahora? La
amas lo suficiente para salvarla, aunque la tengas que sal-
var de sí misma.
Escuchas que el muchacho se va con una disculpa atro-
pellada entre sus labios; tiene que ayudar a sus hermanos
en algo. Escuchas que el pastor saluda a Darla Jean de
buena gana. Le dice que tiene que ir deprisa al pueblo a
comprar vasos para la limonada. ¿Estará bien si se queda
sola? Claro que sí. Ha crecido en esta iglesia. Siempre ha si-
do un lugar seguro. Ella no puede imaginarse un mundo en
el que eso no sea cierto. Mientras observas al pastor alejar-
se por el sendero, cada vez más y más lejos, escuchas que
ella comienza a cantar.
Sus canciones también son tuyas, y ahora no hay nadie
más para escucharlas.
Te saluda con una sonrisa, ríe con un brillo en sus ojos
cuando entras. No podrías decir que su mirada es ingenua.
Ya no. No ahora que perdió su inocencia. Su sonrisa men-
gua conforme te le acercas.
Se atreve a preguntarte qué pasa.
Sabes que no tienes mucho tiempo —son unos tres kiló-
metros al pueblo y el pastor va y viene con frecuencia—,
pero será suficiente para mostrarle qué pasa. Se lo mues-
tras todo.
Le prometiste que siempre estarían juntos, que siempre
estarías ahí para ella. Le prometiste el mundo.
Ella lo despreció.
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Todo esto es su culpa.
Te vas corriendo, ardes por el dolor y la traición.
Darla Jean se queda atrás, tendida sobre la piedra, con
su vestido blanco hecho jirones que absorben el charco ro-
jo. Los narcisos que recogiste para ella —esos que eran un
regalo, y mira lo que hizo con ellos— yacen regados a su
alrededor. Tiene los ojos vacíos abiertos de par en par, con
un dejo de confusión. Dejaste en su rostro una sonrisa re-
torcida que puede compartir con el mundo si se le da la
gana.
Ya no puede reír, ya no puede cantar, ya no puede arrui-
nar lo que es tuyo.
Ya no puede hacer nada más. Quizá no quisiste hacerlo.
Quizás el cuchillo de caza se resbaló en tu mano y se hun-
dió demasiado profundo. Quizás olvidaste que hay tanta
sangre cerca de la superficie. Quizás hiciste exactamente lo
que querías.
Después de todo, solo es una zorra más.
Ahora Darla Jean está muerta.
No sabías que sería tu primera.
Y aún no lo sabes, pero tampoco será la última.
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FEBRERO
Si se deja desatendido, el trabajo de oficina se multiplica
exponencialmente, como los conejos o los ganchos para la
ropa. Mientras mira con mala cara las nuevas pilas de pape-
les sobre su escritorio, el agente especial Brandon Eddison
no puede evitar preguntarse cómo se verían si les prendie-
ra fuego. No sería difícil. Tan solo raspar un cerillo, accionar
un encendedor, el borde de una o dos páginas en medio
para que las llamas corran bien y al parejo, y así todos los
papeles desaparecerían.
—Si les prendes fuego, simplemente volverán a impri-
mirlos y tendrás que encargarte de ellos más los del repor-
te de incendio —dice una voz burlona a su derecha.
—Cállate, Ramírez —responde él con un suspiro.
Mercedes Ramírez, su colega y amiga, simplemente
vuelve a reírse y se recarga en su silla, estirándose hasta
for mar una línea larga y ligeramente curva. Su silla rechina a
manera de reclamo. El escritorio de ella también está cu-
bierto por papeles. No hay pilas, solo está cubierto. Si
Eddison le pidiera cualquier infor mación específica, Ra-
mírez la encontraría en menos de un minuto, y él nunca po-
drá entender cómo lo hace.
En la esquina, frente a sus escritorios que for man una
«L», está el cubil de su compañero de alto rango, el super-
visor y agente especial a cargo, Victor Hanoverian. Para dis-
gusto y sorpresa de Eddison, todos los papeles en ese es-
critorio parecen resueltos, acomodados en carpetas de co-
lores. Como líder de este intrépido trío, Vic tiene más tra-
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bajo de oficina que cualquiera de ellos y, de algún modo,
siempre logra ter minarlo primero. Eddison supone que eso
es lo que treinta años en la agencia provocan en una perso-
na, pero es aterrador pensarlo.
Vuelve la vista a su propio escritorio, a la nueva pila de
papeles, y masculla mientras toma los primeros. Tiene un
sistema, uno que desconcierta a Ramírez tanto como el de
ella lo perturba a él, y pese a la altura de la pila, no tarda
mucho en trasladar los papeles a las columnas correctas al
fondo de su escritorio, ordenadas tanto por tema como por
prioridad. Están perfectamente alineadas con el borde y las
orillas de la superficie, alter nándose en horizontal y vertical
dentro de cada pila.
—¿Alguna vez has hablado con un doctor sobre eso? —
pregunta Ramírez.
—¿Alguna vez te han buscado las televisoras para ha-
blar sobre lo tuyo?
Ella suelta una risita y vuelve a concentrarse en su escri-
torio. Sería lindo si, de vez en vez, Ramírez mordiera el an-
zuelo. Claro que no es imperturbable, pero es extrañamen-
te inmune a las provocaciones.
—¿Dónde está Vic?
—Viene de tomar una declaración; Bliss pidió que estu-
viera presente.
Eddison se pregunta si debería señalar que, a tres me-
ses y medio de haber rescatado a las sobrevivientes del
Jardín en llamas, Ramírez sigue usando los nombres de las
Mariposas, aquellos que el captor dio a sus víctimas.
Pero no lo hace. Tal vez ella lo sabe. Casi siempre, el
trabajo es más sencillo si pueden acomodarlo todo ordena-
damente en cajitas dentro de sus cabezas; las historias de
las chicas antes de que las secuestraran son algo más difícil
de integrar.
Debe ponerse a trabajar. Es día de papeleo, o cuando
menos en gran parte, y en serio necesita desaparecer al
menos una de esas pilas para el final de la jor nada. Sus ojos
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se posan sobre la colorida torre de carpetas que vive en la
esquina posterior derecha de su escritorio y que año tras
año ha ido creciendo con más carpetas pero sin respuestas.
Esa pila nunca desaparece.
Se recarga en el respaldo de la silla y observa las dos fo-
tografías enmarcadas sobre el archivero en el que guarda
sus artículos de oficina y for matos en blanco. Una de ellas
es de su her mana y él hace mucho tiempo, en Halloween,
una de las últimas veces que la vio antes de que la secues-
traran en la calle cuando iba a casa después de clases. Solo
tenía ocho años. La lógica le dice que debe estar muerta.
Han pasado veinte años, pero aún se detiene a mirar a
cualquier mujer de veintitantos que se parezca a su her ma-
na. La esperanza es una cosa voluble y extraña.
Pero, claro, Faith también era voluble y extraña cuando
solo era su her mana y no una estadística más sobre niños
perdidos.
La otra fotografía es más nueva, de hace apenas un par
de años, un recuerdo del viaje más perturbador e inespera-
do que ha hecho y que no tenía que ver con el trabajo. Pri-
ya y su madre lo llevaron a una serie de extraños recorridos
turísticos durante los más o menos seis meses que vivieron
en Washington, D. C., pero aquel paseo fue como algo
sacado de sus pesadillas. Ni siquiera sabe bien cómo ter mi-
naron en un campo lleno de enor mes bustos de presiden-
tes. Pero así fue y, en algún momento, él y Priya treparon a
los hombros de Lincoln y señalaron hacia el enor me aguje-
ro en la parte posterior de la cabeza de la estatua. ¿Realis-
ta? Sí. ¿Intencional? A juzgar por lo maltratado de las de-
más figuras de seis metros de altura… no, realmente no.
Hay otras fotos de ese día (bien guardadas en una caja de
zapatos en un rincón de su clóset), pero esta es su favorita.
No por el bastante perturbador busto de un presidente
asesinado, sino porque es en la que Priya aparece con una
sonrisa poco común en su rostro.
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Eddison no conoció a la Priya que sonreía sin pensarlo.
Esa Priya se hizo pedazos días antes de que él conociera a
la chica que surgió de entre sus restos. La Priya que él co-
noce es cortante, hosca, y sus sonrisas son retadoras, ata-
can. Cualquier señal de delicadeza, de amabilidad, es algo
accidental. Quizá su madre aún ve en ella algo tierno, pero
nadie más, no desde que la her mana de Priya quedó redu-
cida a fotografías y datos en una de las carpetas de colores
en la esquina del escritorio de Eddison.
Está bastante seguro de que no hubiera podido ser ami-
go de la antigua Priya, aunque también le sorprende ser
amigo de la actual. Ella solo debió ser la her mana de una
víctima de asesinato, una chica a la cual entrevistar para
luego sentir lástima por ella y nunca conocerla realmente,
pero en los días que siguieron al homicidio de su her mana,
Priya tenía tanta rabia: contra el asesino, contra su her ma-
na, contra la policía y contra todo el jodido mundo. Eddi-
son conoce muy bien ese tipo de rabia.
Y como está pensando en ella, como es día de papeleo
tras una serie de días malos mientras luchan por contener a
los medios respecto del caso de las Mariposas, Eddison
saca su celular personal, le toma una fotografía a la imagen
enmarcada y se la manda a Priya. No espera una respuesta;
el reloj le infor ma que apenas son las nueve donde ella está
y como no tiene que levantarse para ir a la escuela, proba-
blemente sigue envuelta en sus cobijas como un burrito.
Pero un momento después, el teléfono vibra con una
respuesta. La fotografía es una toma panorámica de un edi-
ficio de ladrillo rojo que debería ser imponente pero solo
se ve presuntuoso, con una parte cubierta por celosías de
metal oxidado que probablemente se llena de hiedra en los
meses más cálidos. Por aquí y allá entre los ladrillos se ven
algunas ventanas altas y estrechas de aire medieval.
¿Qué demonios?
Su teléfono vuelve a vibrar. «Esta es la escuela que casi
me atrapa. Deberías ver sus unifor mes».
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«Sabía que solo tomabas clases en línea para poder
quedarte en pijama todo el día».
«No SOLO por eso. ¿Sabías que el director protestó
cuando mi mamá le explicó que no nos inscribiríamos? Le
dijo que me hacía daño al dejar me apenas con una educa-
ción inferior».
Eddison hace un gesto de preocupación.
«Me imagino que eso no ter minó muy bien».
«Supongo que está acostumbrado a mostrar su verga y
obtener lo que quiere. Pero la verga de mi mamá es más
impresionante».
Algo se posa sobre sus hombros y se sobresalta, pero
solo es Ramírez. Su concepto de espacio personal es tre-
mendamente distinto, dado que él sí tiene idea de cómo
deberían ser las cosas. Pero en vez de discutir, y como eso
nunca parece servir de nada, Eddison inclina la pantalla pa-
ra que ella lea.
—Mostrar su… ¡Eddison! —Le da un golpe en la oreja
con la suficiente fuerza para que sea doloroso—. ¿Tú le en-
señaste eso?
—Ya casi tiene diecisiete años, Ramírez. Es muy capaz
de ser vulgar sin ayuda de nadie.
—Eres una mala influencia.
—¿Qué tal que ella es la mala influencia?
—¿Quién es el adulto?
—Claramente, ninguno de ustedes dos —señala una
nueva voz.
Ambos hacen un gesto de pena.
Pero Vic no les recuerda que no está per mitido sacar los
celulares personales en horas de trabajo ni que hay otras
cosas que deberían estar haciendo. Solo pasa junto a ellos,
rodeado por un aroma a café fresco, y grita sin voltear:
«Salúdenme a Priya».
Rápidamente, Eddison cumple con la orden y escribe
mientras Ramírez vuelve a su escritorio. La pronta respuesta
de Priya lo hace reír.
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«Awww, ¿te regañaron?».
«Mejor dime qué haces despierta».
«Caminar por ahí. El clima al fin mejoró».
«¿No hace frío?».
«Sí, pero ya no está nevando ni cae aguanieve u otras
mierdas congeladas del cielo. Solo veo qué hay por aquí».
«Llámame más tarde para contar me qué hay».
Espera la respuesta y luego guarda el teléfono en el ca-
jón junto a su ar ma, su placa y todas las otras cosas con las
que tiene prohibido jugar cuando está en su escritorio. En
ese maldito flujo casi infinito de horrores que es su trabajo,
Priya es una arisca chispa de vida.
Eddison lleva tiempo suficiente en la agencia como para
agradecer eso.
En Huntington, Colorado, hace un frío terrible en febrero.
Aunque traiga capas de ropa suficientes para sentir me tres
veces de mi tamaño, el frío logra colarse entre las telas. Te-
nemos aquí una semana y este es el primer día en que el
clima ha sido decente para explorar.
Hasta ahora, se parece a cualquiera de los lugares en
los que hemos vivido en los últimos cuatro años. La compa-
ñía de mamá nos lleva por todo el país para que ella les re-
suelva emergencias, y en tres meses nos iremos de aquí,
quizá para por fin quedar nos mientras ella se encarga del
área de Recursos Humanos en la filial de París. Tal vez lo de
Francia no sea algo definitivo, pero creo que a ambas nos
gustaría que así fuera. «Priya en París» suena adorable.
Mientras tanto, Huntington está tan cerca de Denver que
mamá puede ir y venir cómodamente, y al mismo tiempo
está tan lejos que se siente más como una comunidad que
como una ciudad, de acuerdo con el agente de la compa-
ñía que nos recibió en la casa cuando llegamos.
Tras cinco días de aguanieve, nevó todo el fin de sema-
na; las áreas verdes quedaron cubiertas de blanco y las ori-
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llas asquerosamente grises. Hay pocas cosas más feas que
la nieve paleada. Pero las calles están libres y todas las ace-
ras, teñidas de azul por la sal. Se siente como si caminaras
sobre los restos de una matanza de pitufos.
Meto las manos en los bolsillos del abrigo mientras ca-
mino, en parte para tener más calor que el de los guantes y
en parte para evitar que mis dedos anhelen una mejor cá-
mara que la del teléfono. Dejé mi cámara buena en la casa,
pero Huntington es un poco más interesante de lo que es-
peraba.
Al pasar la primaria más cercana, veo un refugio inver nal
para las ardillas a un costado del patio; básicamente es un
gallinero extravagante pintado de rojo brillante. Hay un
agujero en la parte de abajo para que puedan entrar y salir,
y el parpadeo de una luz roja evidencia una cámara en su
interior que debe hacer que los niños de la escuela puedan
observar a los roedores durante el invierno. En este mo-
mento, unas cuantas duer men tranquilamente en lo que
parecen ser unas telas semirrrotas y aserrín. Sí, obviamente
me asomé. Es un refugio de ardillas.
A menos de dos kilómetros hay un terreno baldío pa-
sando una intersección, demasiado pequeño para ser un
parque, pero con un her moso quiosco de hierro forjado en
el centro. O algo así como un quiosco pues no tiene piso,
solamente los postes enterrados en la tierra congelada, y
aunque el metal es macizo, los soportes están detallada-
mente decorados en sus uniones y el techo, que es casi una
cúpula bulbosa, se ve elegante y delicado. Es como si fuera
una capilla de bodas al aire libre, aunque rodeada de luga-
res de comida rápida y la solitaria oficina de un optometris-
ta.
Para volver a casa por el camino más largo, tengo que
cruzar una intersección de siete calles, la mitad de ellas de
un solo sentido y con todos los señalamientos apuntando
en la dirección incorrecta. No hay ni un coche a la vista en
ninguna de las siete calles. Claro que apenas son las once y
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media de la mañana y la mayoría de la gente está en la es-
cuela o en el trabajo, pero tengo la sensación de que esta
intersección solo la toman los conductores que se han re-
signado a la inevitable certidumbre de la muerte y la des-
trucción.
Tomo fotos de todo, aunque seguramente saldrán horri-
bles con mi teléfono, porque tomar fotos es lo que hago.
De algún modo el mundo parece un lugar menos aterrador
si puedo poner el lente de una cámara entre todo lo demás
y yo. Pero más que nada tomo fotos por Chavi, para que
ella pueda ver lo que yo veo.
Chavi lleva casi cinco años muerta.
Yo sigo tomando fotografías.
La muerte de Chavi fue la razón por la que conocí a mis
agentes del FBI; Eddison, Mercedes y Vic son míos de una
for ma significativa. Ella debió ser solo un caso más, mi her-
mana mayor debió ser tan solo una chica asesinada en un
archivo, pero ellos me siguieron la pista. Tarjetas, e-mails y
llamadas, y en algún momento dejé de resentir que me re-
cordaran la muerte de Chavi y me sentí agradecida de que,
mientras nos mudábamos de un sitio a otro, yo siguiera te-
niendo a mi extraño grupo de amigos en Quántico.
Paso junto a la biblioteca que más bien parece una ca-
tedral, con todo y vitrales y un campanario, y junto a una li-
corería entre despachos de abogados especializados en in-
fracciones vehiculares por conducir ebrio. Un poco más
adelante hay una plaza anclada de un lado por un enor me
gimnasio abierto las veinticuatro horas y una guardería ves-
pertina al otro extremo; entre ellos hay siete tipos diferen-
tes de comida rápida. Por extraño que parezca, eso es algo
que me gusta, la contradicción y el caos, la conciencia de
que nuestras intenciones tienden a irse a la mierda y nues-
tros vicios siempre están ahí, esperándonos.
Una plaza más grande, de dos pisos y con una decora-
ción mucho más elaborada de la que debería tener cual-
quier centro comercial, alberga lo que debe ser el super-
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FIN DEL FRAGMENTO
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